miércoles, 11 de julio de 2018

Más vale tarde que nunca

Sorprendentemente, los obispos argentinos han comenzado a pronunciarse con claridad contra el aborto luego de que el proyecto de ley fuera aprobado en Diputados y comience su discusión en el Senado. 

El arzobispo de San Miguel de Tucumán, en el Te Deum al que el presidente Macri prefirió no asistir, aunque era su deber, dijo que “el aborto es la muerte de un inocente”; el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en la misa convocada en la basílica de Nuestra Señora de Luján, afirmó que “el aborto no es un derecho sino un drama”, e incluso nuestro amigos Mons. Tucho Fernández, fue tajante en el Te Deum del 9 de julio: “Si el presidente Macri tiene una profunda convicción sobre el tema, que vete la ley como hizo el presidente uruguayo Tabaré Vázquez”. 
No han dicho ninguna novedad ni han defendido la divinidad de Nuestro Señor. Han afirmado, para seguir con la expresión chestertoniana, que el pasto es verde y no es azul. Pero eso ya es mucho, muchísimo, para los obispos argentinos. Más vale tarde que nunca. Es una buena noticia. Pero todos nos preguntamos por qué ahora, por qué no tuvieron la misma actitud cuando apenas se insinuó la posibilidad que esta ley podría ser aprobada. Sin ánimo de hacer un análisis exhaustivo para el que no estoy capacitado, propongo algunas reflexiones.
1. Una primer motivo tanto de la actitud anterior como del cambio hacia la actual, viene del sometimiento, que no obediencia, que tiene el episcopado argentino hacia el Papa Francisco. Recibe órdenes directas de él y le obedecen sin chistar, so pena de ser misericordiados o humillados, como sucedió con Mons. Aguer. El primer responsable del fracaso en Diputados es Bergoglio.
2. Hay cuestiones de fondo y cuestiones estratégicas. Si vamos a las de fondo, es claro que los obispos son liberales. Se han tragado con papel celofán incluido el cuento de la democracia y sus bondades. La mayoría no son capaces de ver lo que ésta verdaderamente significa, y los que algo vislumbran se quedan callados. Aceptar la democracia liberal como sistema válido de gobierno implica necesariamente aceptar que todo -TODO- sea debatido. O más bien, que casi todo sea debatido, puesto que los derechos humanos exclusivos para la izquierda revolucionaria de los ’70 no se discute, y no se discute tampoco la culpabilidad de todos los militares de esa época, y no se discute que dos personas del mismo sexo pueda casarse, y otras progresividades por el estilo. Aquí estuvo el primer error: no oponerse decididamente al debate parlamentario sobre el aborto. Más aún, en propiciar y apoyar el debate. El 28 de febrero de este año, la Comisión Ejecutiva de la CEA emitía un comunicado en el que decía: “Que este debate nos encuentre preparados para un diálogo sincero y profundo que pueda responder a este drama, escuchar las distintas voces y las legítimas preocupaciones que atraviesan quienes no saben cómo actuar, sin descalificaciones, violencia o agresión. Junto con todos los hombres y mujeres que descubren la vida como un don, los cristianos también queremos aportar nuestra voz, no para imponer una concepción religiosa sino a partir de nuestras convicciones razonables y humanas”. Craso error. Sobre la verdura del pasto no caben diálogos sinceros ni profundos ni los cristianos tienen nada que decir: ya está todo dicho. El pasto es verde. Eso no se discute. 
3. Otro problema de fondo es el sentimiento vergonzante que habita escondido en el pecho de nuestros obispos: tienen vergüenza de ser cristianos y adalides de una religión que, en un siglo de tantos progresos científicos y humanos, todavía proclame que un predicador judío ajusticiado en una cruz hace veinte siglos es el Hijo de Dios, que unas simples palabras dichas por un sacerdote transforman milagrosamente el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de ese mismo predicador, que las mujeres están impedidas por disposición divina de pronunciar esas palabras, que la sexualidad se orienta primariamente a la procreación y no al placer, y otras antiguallas por el estilo. Este sentimiento de inferioridad los lleva a comportarse como mansas ovejitas y los fuerza a convencerse que los lobos que tienen enfrente no son lobos sino juguetones perritos lanudos. No osan poner en duda el principio por el cual, desde el Vaticano II, los cristianos podemos comulgar sin ningún escrúpulo con los ideales de la humanidad de nuestro tiempo aunque, en apariencia, sean peligrosas para la fe. Nuestros obispos se olvidan que, si bien el evangelio es la salvación del mundo, no se trata sin embargo de un agradable licor que lo hace entrar en calor a través de una borrachera dulce y gozosa. Se trata de un remedio terrible. Cuando el mundo lo gusta, dice como los hijos de los profetas a Elías: “Hombre, la muerte está en la bebida”. Para el mundo, como para Dios, la encarnación es la cruz. El evangelio debe despertar en el mundo una hostilidad que estaba latente, y que será llevada a su paroxismo. Por eso, lo que espera a los apóstoles que predican el evangelio no es la conversión del mundo, sino el odio del mundo. Les aguarda la enemistad del mundo y al mismo tiempo, la victoria sobre el mundo. 
4. Nuestros obispos y muchos católicos de hoy no pueden soportar la idea de tener enemigos. Ellos quieren estar en contra de todo lo que está contra algo, y estar a favor de todo lo que está a favor de algo. “No estamos en contra de nadie”, es su frase favorita. Nadie marchaba en contra del aborto; todos marchaban a favor de la vida. Peor aún, las demostraciones “a favor de la vida” eran una fiesta, con música mundana, hurras y una muestra de desconcertante alegría. Todos los hombres son buenos. Malinterpretamos a los abortistas; incluso el más acérrimo ateo, es más cristiano que nosotros mismos. Es cuestión de hacérselo ver. Pero lo cierto es que los adversarios desprecian al que cede continuamente el terreno. Los obispos “amigos de todo el mundo”, siempre con su sombrero en la mano saludando simpáticamente a todos, se sienten rodeados, sin comprender bien el porqué, de una indiferencia glacial. Todo lo que obtienen sus declaraciones de humilde devoción y de respetuosa admiración por el mundo, es una condescendencia desdeñosa. Nunca sabremos si son conscientes de ella, debido a su perpetuo complejo de inferioridad.

5. Junto a estos errores de fondo, aparecieron también varios errores de estrategia. El primero es que se creyeron el camelo de que el presidente Macri y su jefe de gabinete Peña estaban real y convencidamente contra del aborto y que la habilitación del debate era solamente una picardía política destinada a distraer a la opinión pública mientras se atravesaba una situación económica difícil; que los números en diputados sobraban para rechazar la ley y, de última, si las papas quemaban, el ejecutivo se jugaría para que la ley no afuera aprobada. Esta ficción es la misma que repitió la semana pasada la mesiánica diputada Elisa Carrió. ¡Pobre Macri! Fue un ingenuo; lo engañaron. Si así fuera, le resultaría muy fácil al presidente de la nación hacer lo que hizo su colega uruguayo: vetar la ley en caso que sea aprobada. Se lo dijo bien claro el 9 de julio Mons. Tucho Fernández. Pero su lenguaraz ya salió a repetir por enésima vez que eso no ocurrirá: Macri respetará el sano juego democrático aunque vaya contra sus convicciones personales. ¡Qué ejemplo de virtud! Es probable que Macri no sea favorable al aborto, pero le importan mucho más otras cosas. La discusión que aparece en la superficie esconde intereses mucho más profundos como queda bien explicado en este video.
6. El mismo afán que muestra el papa Francisco por evitar las peleas con el mundo progresista -con el otro se pela sin problemas-, impulsó a los obispos argentinos a dejar la pelea contra el aborto en manos de los laicos, puesto que se trata de una cuestión de ley natural. Ellos se limitaron a aparecer el Domingo de Ramos con cartelitos que en los que proclamaban su opción por “las dos vidas”. Y es verdad que el aborto es una cuestión que atañe a la ley natural, pero hay algo mucho más profundo y religioso; hay algo satánico en el aborto, como bien fue expuesto en este blog hace algunos meses. Nuevamente se trata del sentimiento de inferioridad que les impide decir las cosas como son: el aborto es un pecado abominable, particularmente diabólico, y quienes los propician pecan gravísimamente. No significa esto que los laicos no debían hacer su parte, como la hicieron. El problema es que los obispos, por estrategia, no hicieron la suya, y así nos fue.
7. La saludable reacción de nuestros obispos que estamos observando derivará indefectiblemente en pegar la ley del aborto a las maldades del gobierno neoliberal de Macri. No es cuestión de negar la responsabilidad que tiene este nuevo rico que llegó a la más alta magistratura del país. Seguramente es un apóstata de la fe y muy probablemente sea un comprometido masón. Pero el problema no es de Macri sino, una vez más, del sistema democrático. Los peronistas hubiesen hecho lo mismo. Y no me estoy refiriendo a la inicua equina Cristina Kirchner que anunció que votará a favor ni tampoco a su camarilla de ladrones; me refiero al peronismo clásico: uno de sus representantes más conspicuos, el senador Pichetto, decía: “La Iglesia debería ejercer la tolerancia porque la ley está por encima de los dogmas”. Él, por cierto, votará a favor.
¿Qué puede esperarse de la votación en el Senado? Nadie lo sabe. Es verdad que hay mucho malestar dentro de la coalición gobernante, la famosa “grieta” que cada vez se profundiza más. La vicepresidente Michetti ha dicho que no sabe cómo podrá continuar en el gobierno si la ley es aprobada. Los senadores contrarios a la ley se están moviendo y pareciera que lo están haciendo bien. Pero también en la Casa Rosada se están moviendo a pesar de su declamada prescindencia. No puede explicarse de otro modo, por ejemplo, que la senadora Gladys González, que se había manifestado contraria durante la campaña electoral, haya cambiado de postura: obediencia debida o sobre indebidos.
Nobleza obliga, los obispos argentinos nos están dando un pequeño respiro y, en algún aspecto, hemos dejado de sentirnos huérfanos. Uno se siente raro cuando experimenta esa percepción, entre racional y emotiva, de que hay un padre que nos defiende.

Aclaración necesaria: Que yo afirme que el debate parlamentario jamás debió admitirse, no significa que, cuando éste indefectiblemente se dio, haya que censurar a quienes participaron de él dando testimonio. Ya lo hablamos en estas páginas. 
Y que tenga mis diferencias en cuanto al modo inexplicablemente festivo que adquirieron las marchas contrarias al aborto, o “a favor de las dos vidas” como les gusta decir, no significa que el hecho mismo de manifestarse masivamente me haya parecido inoportuno. Ciertamente iba a ser ineficaz, como lo fue, pero había que hacerlo aunque, creo yo, debería haber adoptado otra modalidad.

lunes, 9 de julio de 2018

La higuera


En varias ocasiones nos hemos referido en este blog a la higuera, esa planta evangélica a la que el Señor nos manda estar atentos: “Aprendan de la higuera esta lección: Tan pronto como se ponen tiernas sus ramas y brotan sus hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Igualmente, cuando vean todas estas cosas, sepan que el tiempo está cerca, a las puertas (Mt. 24, 32-33). Pero la verdad es que no resulta fácil darse cuenta si las ramas están tiernas o si las hojas están brotando. Siempre asoma la duda o el temor a caer en espejismos ocasionados, muchas veces, por nuestros anhelos, el wishful thinking que dicen los ingleses. Pero el hecho que sea difícil discernir los signos y que podamos equivocarnos con facilidad, no nos exime de la tarea encomendada por el Salvador de estar atentos a la higuera
Las últimas semanas que vivimos en Argentina y en el mundo son cuanto menos, curiosas. Sabemos que se predice para los últimos tiempos la existencia de una iglesia de la publicidad y de una iglesia verdadera, casi escondida y perseguida, que caminarán solapadas. Y hemos visto hasta la nausea que en ocasión de la discusión sobre la ley del aborto en la cámara de diputados, nuestros obispos insistían en que el debate era importante y necesario, siempre que fuera con respeto y sin violencia, y casi ninguno de ellos se pronunció con la claridad y contundencia que la gravedad del tema ameritaba (hay que decir que en esta segunda parte de la discusión están cambiando el tono). Y sabemos que muchos prelados, aún convencidos de la maldad de este crimen, prefirieron el silencio y la huída de la disputa a fin de no armar olas en los medios de comunicación, ser tachado de ultracatólicos y conservadores, y perder de esa manera la posibilidad de alguna promoción episcopal. 
Y, sorprendentemente, hemos visto como una actriz y vedette - Amalia Granata-, cuyo lanzamiento a la fama se debió a la ardiente noche que pasó como acompañante ocasional del cantante Robbie Williams en 2004, llevó adelante un discurso claro y duro contra el aborto y los abortistas, lo que le costó no solamente los más crueles ataques de los medios, sino también y finalmente, su trabajo, pues fue despedida del canal de televisión en el que trabajaba. Cómo no  recordar aquí las palabras de Nuestro Señor a los fariseos: “Las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos”. 

Otros de los signos de la higuera que me parece descubrir es que de un modo cada vez más desembozado se niega lo evidente o, dicho de otro modo, se peca contra la inteligencia. Recurriendo a Chesterton, diríamos que ya la mayoría del mundo afirma que el pasto es azul y que dentro de poco deberemos desenvainar nuestras espadas para defender su verdura. La fotografía de la izquierda pertenece a la última marcha del orgullo gay en París. No solamente se presenta ya el satanismo de modo explícito, sino que vemos a niños con banderitas multicolores caminando detrás de pervertidos a los que ni siquiera puede nombrarse. A fuerza de acostumbramiento, no nos asombramos ya del espanto diabólico del hecho: la exaltación pública de las perversiones más abyectas y la corrupción innombrable de los niños.
Pero hay otros modos mucho más sutiles pero igualmente perversos de afirmar que el pasto es azul. Y pongo por caso un ejemplo reciente: Claudia Najul es una médica y diputada mendocina en el Congreso de la Nación que votó a favor de la ley del aborto. Y también votó a favor -como la totalidad de sus colegas- de la ley de transplante de órganos según la cual, entre otras cosas, todos los argentinos somos donantes presuntos de órganos. Sabemos que el transplante de órganos sólo fue posible jurídicamente cuando se cambió hace casi cincuenta años la definición de muerte, que dejó de ser considerada como siempre había sido el cese de la actividad cardíaca, ausencia de reflejos y de la respiración visible, para pasar a ser ausencia de actividad bioeléctrica en el cerebro. Hoy, aunque el corazón siga latiendo, la persona puede estar “muerta” y, por lo tanto, sus órganos pueden ser ablacionados. Hace algunas décadas, este comportamiento habría sido considerado un asesinato, y de los más crueles que puedan pensarse: quitar los órganos internos a una persona viva, cuyo corazón aún está bombeando sangre. 
Pues bien, ante un hecho tan complejo como este, la diputada Najul justificó su voto diciendo que “Donar es un acto de amor y salva vidas”. El problema es que esta señora elige y decide qué vidas salvar: la vida del bebé que se está gestando en el seno de una madre que prefiere no tener complicaciones, puede terminarse de un modo cruento y con el amparo de la ley. En cambio, la vida de otros bebés que ya han crecido y han salido del seno materno hace cinco, o diez o cuarenta años, debe conservarse, aunque para eso haya que acabar anticipadamente con la vida de otra persona que, aunque moribunda, aún respira.
Estos hechos nos muestran una suerte de Moloch travestido de Jano, que en su afán de devorar vidas humanas, adopta diversos rostros y hace uso de sofismas bastante crasos que el mundo compra sin preocuparse por analizarlos, y evitando siempre contrariar el pensamiento hegemónico de la corrección política.
Desconozco si todo esto es signo de que las hojas de la higuera están brotando. Pero pareciera que las yemas y los bornizos están a punto de estallar.

lunes, 2 de julio de 2018

Maquiavelada pírrica

por Ludovicus


De entre los males que nos ha traído el pontificado de nuestro compatriota no es el menor la instalación del tema del aborto en la Argentina. Bergoglio se cansó de provocar de todas las formas posibles a Macri, inmiscuyéndose en la baja política, habilitando operadores de avería, multiplicando gestos de desprecio al gobierno y al pueblo argentino (¿alguien recuerda el telegrama de salutación en inglés cuando atravesaba el cielo patrio?). Desperdició su autoridad en confrontaciones de conventillo, se desprestigió él mismo con su mala voluntad y su infantil y senil capricho. Una visita a la Argentina en el año 2016 habría enervado por mucho tiempo las fuerzas abortistas. Por ende: sin Bergoglio no había aborto. Tampoco sin Macri, faltaba más.
Que la jugada del aborto -hagamos abstracción de la iniquidad cometida y de los intereses sangrientos en juego- fue efectiva en el corto plazo es evidente. Básicamente, creemos que estaba enderezada a cortarle las piernas a Bergoglio, generando una contradicción insalvable con sus tropas vernáculas, izquierdistas y revolucionarias. El frente que estaba armando contra el gobierno se derrumbó desde marzo. Los acérrimos laudatos devinieron abortistas o tibios. Y el desprestigio de la media sanción lo ha cubierto de vergüenza frente al mundo (¡aborto en el país del Papa!), al punto de que por primera vez desciende al extremo de protestar contra la ley de medios y la alianza del monopolio con el oficialismo. Más política en el barro.

Gran jugada táctica pues. De su valor estratégico no pensamos lo mismo, sobre todo si la ley a la postre se sanciona. En primer lugar porque la contradicción de Bergoglio con sus bases se supera al día siguiente de la promulgación de la ley; a partir de entonces, la cuestión será agua pasada y volverá a integrarse el frente popular, con renovados bríos y bronca pontificia, a quien no podrán amenazar o hacerle más daño que esta desautorización planetaria. La clave del aborto como arma táctica era mantenerlo como una amenaza pendiente, no concretarlo. Y permítanme una sonrisa si alguien cree que la supresión del sueldo de los obispos pueda conmoverlo. No sé ustedes, pero lo estoy oyendo.
En segundo lugar, Macri ha sembrado donde otros cosecharán. La apenas disimulada orientación marxista, leninista o no, de casi todos los periodistas argentinos -hasta Menem tenía mejores , y aún así no le alcanzó para blindarse- requería un recambio cultural, al menos la prevalencia de cierta voz conservadora. De lo contrario, obliga a cualquier gobierno a virar permanentemente a la izquierda, con la gobernabilidad en vilo y a merced de la fabricada opinión pública, que se lo va a llevar puesto dentro de una dinámica revolucionaria. Me dirán que en todos los países que aprobaron el aborto lo hizo la derecha liberal sin problemas. Es cierto, pero en Hispanoamérica el aborto sigue siendo una bandera sectaria, bien diversa de los sectores conservadores que conforman un sentido común, que ha sido causa eficiente, en parte, de la victoria de Macri. Para peor, el proyecto aprobado es ferozmente extremista, si alguna ley de aborto no lo fuera en sí misma. Suprime la objeción de conciencia institucional, limita la individual y en una vuelta de judo satánica penaliza a quienes obstaculicen un aborto. La ley de despenalización repenaliza a los penalizadores. Y esto no quedará así: ya vendrán las leyes que prohiban hacer campañas por la vida, las que fijen las prerrogativas de las clínicas abortistas, las que tipifiquen el "delito de odio" a quienes osen calificar como homicidio al aborto. Bah, la parafernalia del totalitarismo de la nueva izquierda.
En este sentido, el negocio electoral es muy oscuro. Incomprensible y suicida si consideramos las presiones de última hora para doblegar a los diputados provida. Como reza el dicho de Talleyrand, "es peor que un crimen, es un error". Macri cambia la complacencia de un grupo que jamás lo votaría (¿se imaginan a uno solo de la horda de trabas, tortas, trans, zurdos y feminazis votando a Macri?) por la desafección de una numerosa cantidad de votantes. Aunque más no fuera medio o un millón de votos, son justamente los márgenes que le permitirían ganar, son más que los angustiosos números netos de su elección anterior, que no llegaron a 700.000 votos en segunda vuelta. Sin contar que los efectos se multiplicarían en el interior, muy contrario a la iniciativa.
Tiene todo para perder. Algunos deberían pensar, en vísperas del voto del Senado.
Aunque más no sea en términos suciamente maquiavélicos.

viernes, 29 de junio de 2018

El que vuelve

En tiempos tumultuosos y desconcertantes como los que estamos viviendo, sirve recurrir a los consuelos que las Escrituras y la misma Iglesia nos indican. Y uno de ellos es la esperanza cierta en la segunda venida en gloria y majestad de Nuestro Señor. A fuerza de visionarios y trastornados, hemos dejado de lado esta verdad de la fe, tan válida como el dogma trinitario, y la hemos convertido en una cuestión individual o mística: “No hay que pensar en la segunda venida ni en el fin de mundo. Eso ocurre cuando llega tu muerte”, o bien: “La segunda venida de Cristo es cuando se manifiesta en tu corazón”. Y aunque todo esto es cierto, lo es también que Él viene; que Él está viniendo y que en el día que nadie conoce y en la hora que nadie sabe, Él volverá tal como sus apóstoles los vieron alejarse.
Para volver sobre estos temas y hacerlo con la imprescindible cautela que exigen, recomiendo vivamente la lectura de un libro que acaba de editar Vórtice: El que vuelve, y que reúne tres trabajos de autores diversos: uno homónimo al título del libro, de Madeleine Chasles; “La venida del Señor en la liturgia”, del P. Johannes Pinsk y “La Parusía o Segunda Venida de Jesucristo al mundo”, del P. Juan Rovira.
El primero de los textos es el más extenso y, a mi entender, el más rico de los tres trabajos. Escrito por una mujer francesa que vivió en la primera mitad del siglo XX y que posee numerosas obras, varias de ellas traducidas al español, en las que alienta a los fieles a leer la Sagrada Escritura. En su libro El que vuelve relata al inicio de qué manera cayó en la cuenta, a partir de un versículo bíblico, que los católicos modernos pasamos por alto la Segunda Venida, que ha dejado de ser el punto de tensión de nuestra fe como ocurría durante los primeros siglos. Es así que hace un repaso detallado de lo que significa esta venida gloriosa en tres partes: “Volverá”, “Reinará” y “Las señales”. 
Pero el suyo no es un estudio bíblico escrito por un biblista -¡Dios nos libre!-, sino que es la lectura hecha por un alma piadosa de los textos de la Escritura que se refieren a la temática. Es una suerte de cadena de textos inspirados, con algunos breves comentarios personales, siempre pertinentes, y que como es lógico que suceda al tratarse de la Palabra de Dios, dejan semilla en el alma y hacen bien al espíritu.
No es sin embargo, un libro piadoso más. Tiene su peso y su valía, y la prueba está que el prólogo lo escribe el famoso dom Fernand Cabrol, abad de Farnborough. Además, según refiere el P. van Rixtel, a fines de la década del ’30 se juntaban en casa de Juan Antonio Bourdieu, socio de Gustavo Martínez Zubiría, Mons. Straubinger y el P. Diego de Castro para estudiarlo y debatirlo.
El segundo de los textos pertenece al P. Pinsk, conocido como uno de los representantes más significativos del Movimiento Litúrgico a partir de una serie de trabajos que enriquecieron el conocimiento de la liturgia latina. En este caso, lo que hace es recorrer todos los textos de la liturgia -del Misal y del Breviario Romano-, mostrando el modo diáfano y permanente con el que la verdad de la Segunda Venida se encuentra en ellos. Se trata de un trabajo que solamente puede ser hecho por un erudito como lo fue el Pinsk pero que no escribe un libro de erudición sino más bien un texto breve (originalmente fue publicado como artículo en Revista litúrgica) destinado a la lectura de cualquier católico a fin de alimentar su fe y su intelección de la lex orandi que, por ser también lex credendi, nunca debe ser descuidada.
El último de los textos que integra el libro pertenece al P. Juan Rovira y originalmente fue publicado en la ya legendaria enciclopedia Espasa bajo la voz “Parusía”. Y es esto lo que concede mayor valor a este trabajo. En primer lugar, porque las exigencias del espacio le impusieron sintetizar lo que se conoce sobre la Segunda Venida del Señor, y lo hace aportando a los lectores un visión global que resulta muy útil para tener una perspectiva de conjunto de un tema que no es fácil ni sencillo de abordar. Y, en segundo lugar, porque podemos ver en esa síntesis un reflejo de lo que fueran sus obras más importantes: De opere messianico, de 1920 y publicado en español como El Reino mesiánico en 2013, y De consummatione Regni messianici in Terris, monumental obra en cuatro tomos, el primero de los cuales acaba de ser publicado en España como El Reino de Cristo consumado en la tierra.
Como decía al comienzo, para los tiempos de confusión y dolor, el Espíritu Paráclito, el Consolador, nos ha dejado la palabra divina y, a través de ella, nos recuerda y nos instruye en las enseñanzas que el Logos predicó en la tierra. El que vuelve sintetiza muchos de esos consuelos que ayudan a sanar el corazón de los lectores.

miércoles, 27 de junio de 2018

Hienas y lobos


Nos estamos ya acostumbrando a lo monstruoso o, al menos, estamos perdiendo la sensibilidad a la horrenda fealdad de ese pecado. Quedaron muy lejos los días en que la sociedad argentina se conmovía por las revelaciones sobre los depravados escarceos del mediático P. Grassi con algunos de los menores alojados en su orfanato. Ahora, la publicación de escarceos clericales es cosa de todos los días, literaliter. Y no hace falta recordar casos pasados. Al horror de lo sucedido en los hogares para niños sordomudos regenteados por los padres del Instituto Próvolo tanto en Verona como en Mendoza, se sigue sumando un caso tras otro. En los últimos diez días nos hemos enterado de lo que hace ya tiempo se conocía en varios ámbitos: los prolongados abusos que varios miembros de la congregación de los Hermanos Maristas cometieron contra alumnos de sus colegio de Santiago de Chile. Los detalles de algunos hechos son escalofriantes. 
Y la semana pasada, el Vaticano decidió prohibir el ejercicio público del ministerio al cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington, después que resultaran creíbles acusaciones de abuso sexual contra un menor, lo cual ha dado pie a ventilar papeles viejos y que aparecieran varias denuncias más de conducta sexual inapropiada con unos cuantos mayores, entre ellos sacerdotes y seminaristas (Ver aquí, aquí y aquí). Este purpurado tiene una relación especial con Argentina, país al que viajó en reiteradas oportunidad para ordenar sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado durante las épocas en que los obispos argentinos se negaban a hacerlo (ver, por ejemplo, aquí y aquí). Los padres de este instituto religioso eran muy cercanos al cardenal McCarrick, a quien asistían en sus desvelos pastorales proveyéndole de secretarios y, a cambio, contaron con su protección durante la época en que eran duramente cuestionados por su carácter conservador. Cuando McCarrick se retiró, eligió hacerlo al seminario que el Instituto del Verbo Encarnado tiene en la capital americana y residió allí hasta hace pocos meses. 
Lo que resulta no sólo llamativo sino también indignante es que el entonces Padre McCarrick haya sido nombrado obispo por Pablo VI cuando ya estas denuncias circulaban y, peor aún, elegido por Juan Pablo II para una de las sedes más importantes de Estados Unidos y creado cardenal por el mismo pontífice. 
Todos estas revelaciones cotidianas dan la impresión que se está levantando tan solo una esquina de la alfombra que esconde una cantidad enorme de mugre clerical que jamás nos hubiésemos imaginado. Hemos caído en la cuenta que, entre nuestras filas, se pasean hienas con risas sensuales llenas de lascivia en busca de víctimas. Y lo hacen en ambos bandos, tanto el progresista como el conservador.
Esta situación tendrá consecuencias muy serias. Últimamente he debido oír fortuitamente conversaciones de personas “normales”, es decir, argentinos que seguramente están bautizados, que probablemente concurrieron a colegios católicos, que de vez en cuando van a misa y que mandan a catecismo a sus hijos. Decían: “Al final, la Iglesia no era más que una red de homosexuales”. “La iglesia católica debería desaparecer. Ya hemos visto a lo que se dedica”. “Iba a misa todos los domingos. No voy más y tampoco va mi familia. La iglesia era una mafia de abusadores”. Y otras cosas más por el estilo e igualmente de dolorosas.
Así las cosas, la Iglesia católica ha quedado mucho más expuesta que antes a la persecución. Una de las murallas de defensa, quizás de las más fuertes, ha caído. Era la que estaba constituida por la inmunidad relativa que le daban sus innegables obras de caridad. Ahora resulta -piensa buena parte de la población atea o católica, o lo que fuera-, que los asilos de huérfanos o de minusválidos, que las escuelas y colegios, no eran más que la ocasión para congregar víctimas indefensas para saciar los apetitos depravados de los curas y las monjas.
Ante esto, según mi entender,  el Papa Benedicto cometió un error por exceso. Llamó a los lobos para que nos libraran de las hienas. Es decir, exigió que ante cualquier denuncia eclesiástica de abuso sexual, se diera parte de forma inmediata a la justicia civil, y con ella necesariamente a los medios de comunicación. ¿Qué más quieren éstos y aquellos para hacer daño en el redil? Estos lobos matarán probablemente a las hienas, para también se llevarán consigo a muchos corderos.
Todo esto viene de perillas al demonio. Sería muy difícil que se emprendiera hoy una persecución a la Iglesia debido a que proclama que Jesús de Nazareth es el Hijo de Dios hecho hombre entre los hombres y redentor del género humano. A nadie le importa. En última instancia -dirán-, es un mito o una leyenda en la que cualquiera puede creer si así le place. Pero sí que se puede perseguir a la Iglesia por considerarla una institución dedicada a producir y encubrir abusadores sexuales de menores y mayores, a esquilmar a la gente pidiendo limosnas para mantener sus obras de caridad que no son más que nuevos gulags donde los pervertidos se pasean a sus anchas, a frenar los progresos necesarios y saludables de la sociedad, a ejercer sistemáticamente la violencia contra la mujer, a pregonar y afirmar como palabra revelada que la homosexualidad es una perversión y un pecado que debe ser condenado, a insistir que la sexualidad se ordena a la procreación y no al placer, y muchos disparates más que son totalmente inaceptables para la sociedad contemporánea. Estos motivos son suficientes hoy para desencadenar una persecución que, por lo demás, ya se está produciendo tímidamente. Hace pocos días una región de Australia aprobó la ley por la cual los sacerdotes están obligados a romper el secreto de confesión cuando se trata de abusos sexuales. Es decir, cualquier cura puede ir preso si no delata cualquier tipo de abuso sexual del que se entere bajo sigilo sacramental. En Irlanda, por otro lado, se han comenzado a levantar voces advirtiendo que bautizar infantes es una violación de los derechos humanos.
Quizás esa última persecución de la que han hablado los profetas y exégetas esté provocada por la misma Iglesia. Ni siquiera existirá el consuelo de saberse perseguidos porque se guarda la verdadera fe o porque se rehúsan a quemar incienso delante de los dioses. No. Será una persecución más sutil y desconcertante. Los católicos serán perseguidos por afirmar y adherir a una institución divinamente fundada, madre nutricia a través de la cual reciben la salvación que, a los ojos del mundo, se revela no más que como una perversa organización reaccionaria que en el fondo no es más que un juntadero de pervertidos. 

lunes, 25 de junio de 2018

Celebración del debate

por Jack Tollers
Si la memoria no me falla, el registro del debate más antiguo, del primer debate ever, tiene que haber sido el que convocó Lucifer, con la moción de que los ángeles votaran a favor del Non serviam qué el proponía, o, por el contrario si continuarían con el Quis ut Deus que decía San Miguel—y claro, que con esto se mostraba más conservador, más reaccionario, como que eso, hasta entonces, siempre había sido así. En cambio, lo de Lucifer era lo nuevo, lo más revolucionario, lo más… ¿qué diré yo? Moderno. 

No sabemos quién ganó ese debate en particular, pero como repetía una y otra vez Lucifer a los dubitativos de siempre, lo importante era que había habido, ¡por fin! un debate (que con eso solo se pusiera en cuestión la autoridad del Creador, era un tópico que se escamoteaba cuidadosamente). Porque lo importante era que hubiera debate. Y vaya si lo hubo. Y fue el primero. 
Después, seguramente animado con resultados tan fructuosos, Lucifer le propuso un debate a Eva acerca de la calidad del fruto de cierto árbol en el paraíso. (Chesterton dice que fue la primera campaña de marketing en la historia, conducida bajo el lema de “coman más fruta”). Después de debatir con Lucifer acerca de las bondades de este fruto en particular, Eva se comió el engaño—y el fruto. Para después (después de haberse convertido en la primera feminista) proponerle un debate a Adán sobre el mismo tema. Que Adán resultara persuadido (el primer marido golpeado) no debe de haberle hecho demasiada mella, con tal de que pensara que lo importante es que habían debatido, por primera vez, si lo que Yahvé Dios mandaba era razonable o no. 
Total que Lucifer siguió con esa táctica, durante muchos, muchísimos siglos.
Ahora, no hay que confundir estos debates con una verdadera discusión filosófica: la discusión filosófica tiene por lo general muy pocos participantes, sólo es fructífera, dice Aristóteles, si se la funda sobre los mismos principios (sería absurdo, por ejemplo, ponerse a debatir sobre un axioma, o sobre el principio del tercio excluido). 
Es como ponerse a debatir sobre si está bien o no matar a un inocente. Eso está fuera de discusión, sobre eso no hay debate posible. 
Pero Lucifer insistió con esto, y le fue, admitámoslo, bastante bien, como aquella vez en que le sugirió a Pilatos introducir la moción de si se lo liberaba a Barrabás o a Jesucristo. El resultado ya lo sabemos, pero muchos, muchísimos judíos se deben de haber quedado muy contentos con el debate, con el hecho de que eso se debatiera y de que los había dejado a ellos, los judíos, participar en el debate. Pilato se lavó las manos lo más tranquilo, pues él simplemente seguía la voluntad de la mayoría. Nada más que eso. No era un deicida: era un representante imperial de la Roma civilizada, se había comportado como un funcionario razonable, un verdadero demócrata avant la lèttre. Siglos después, le habrían dado el Nóbel de la Paz.
Los ejemplos de esto se podrían repetir hasta el hartazgo, como el debate que introdujo Enrique VIII con su Acta de Supremacía (y los dos que no firmaron y no acataron la voluntad de la Conferencia Episcopal Inglesa de por entonces, Fisher y Moro, fueron martirizados). Pero eso, claro está, no importa. Como tampoco importa el resultado de tantos y tantísimos debates en causas judiciales (lo que nos recuerda aquello de Isaías “vuestras justicias son trapos manchados”, referido, claro está, al que usaban por entonces las mujeres para higienizarse cuando menstruaban). 
Recuerdo ahora (qué sé yo, por qué), el juicio de Robert Brasillach (con pruebas falsas, una foto trucada, testigos amañados y no sé yo cuántas cosas más). Cuando terminó el debate de los jurados, el juez (Cochon se tenía que llamar, igual que el que condenó a Juana de Arco) lo condenó a la pena de fusilamiento. “¡Es una vergüenza!”, exclamó alguien de público. “Al contrario”, respondió tranquilamente Brasillach, “es un honor”.
Pero todo eso ya no importa. Lo que importa es el debate. Y así hemos oído en estos días repetir eso por innumerables palurdos: políticos, periodistas, profesionales, pastores, prelados, pontífices, pelafustanes, putas y pelotudos de toda laya (como aquel imbécil que saludó a los miembros de la Cámara con un muy inclusivo “Buenas noches, todos y todes”, créase o no). 
Y luego Marcos Peña con ánimo festivo celebró que Macri haya tenido la iniciativa de convocar a este mortífero debate (como si la idea hubiese sido de él… vamos, que tan imbéciles no somos. Y no, no es Durán Barba, la cosa viene de más arriba).  
Jordan Peterson, el canadiense de moda en estos días, dice con razón que la modernidad razona del siguiente modo: si hay diferencias de parecer, esas diferencias pueden generar conflictos y los conflictos violencia, y la violencia guerras y otras lindezas por el estilo. Entonces, lo mejor es que las diferencias de parecer se resuelvan antes de que generen conflictos. Eso sólo se puede lograr instalando la idea de la tolerancia. Y la idea de la tolerancia sólo se puede establecer instalando el relativismo: después es todo fácil, si todos somos relativistas, debatimos y luego votamos y sanseacabó el conflicto. 
Claro, de paso también se acabaron las ideas de verdad, de justicia, de lo sagrado, del pecado, de la caballerosidad en los hombres, del pudor en las mujeres, de la hospitalidad entre los vecinos, del coraje entre los cristianos y finalmente, de Dios mismo. Todo depende del color del cristal con que se miran las cosas. Y si hay diferencias de parecer, pues ¡a debatir se ha dicho! 
¿Y bien? Aquí entre los hombres, todo empezó con Lucifer preguntando dolosamente, “¿así que Yahvé les prohibió comer de todos los frutos de todos los árboles?”.
Tiene razón Chesterton, fue la primera campaña de marketing. 
Pero aquí, en la Argentina, nos han vendido cualquier verdura, cualquier fruta. 
Y nosotros, los imbéciles, nos la hemos comido.
¿Qué fruta? ¿Lo de la despenalización del aborto?
No señor, la del famoso debate... en la misma línea del diálogo que tanto pregonaban los peritos de Vaticano II (cuentan que Ratzinger comentó una vez que Rahner se largó con uno de sus vacuos discursos: “Ahí va Rahner otra vez con sus interminables monólogos sobre la virtud del diálogo”. Je). Debate, diálogo, disenso, democracia, e vía dicendo.
Pero nosotros tenemos una gran ventaja y es que ya sabemos cómo termina todo esto: con el Juicio Final, ya te voy a dar debate a vos… Ese debate, cuando llegue la hora en que “hasta el justo temblará”, se lo van a tener que meter en el… bueno, ustedes ya saben. 

viernes, 22 de junio de 2018

Canuto Angelelli, obispo y mártir. Conclusiones

La primera pregunta que nos habíamos hecho fue si Mons. Enrique Angelelli había sido efectivamente martirizado o si su muerte, en cambio, fue causa de un accidente. Es la pregunta básica y fundamental. Según como se responda puede quitar todo sustento al decreto pontificio. Deberíamos encontrarnos entonces, con un hecho de claridad contundente y sobre el cual no se abrigaran dudas. 
Pero lo cierto es que las dudas son muchas. Hace pocos días, el P. Javier Olivera dio a conocer en su blog el resumen jurídico sobre el caso elaborado por la Dra. Silvia Marcotullio, ex-jueza de Cámara Penal de la Nación que, en su primera conclusión, afirma: "No solo no se acreditó cómo y quién o quienes fueron los autores del supuesto ilícito por el que se condenó a los procesados, sino que toda la prueba sobre el suceso indica que se trató de un accidente por caso fortuito o imprudencia del conductor del vehículo...". 
Me pareció oportuno poner a consideración de los lectores lo que dice al respecto un amigo y defensor de Angelelli, Horacio Verbitsky, para escuchar las dos voces. Y lo cierto es que él mismo termina admitiendo, volens nolens, que fue un accidente.
Pero el periodista modifica la versión: habría sido un accidente provocado por un Peugeot 404 blanco, en el que viajaban cuatro hombres, que habrían matado al obispo una vez ocurrido el choque. Esta versión tiene todavía menos asidero. ¿Qué testimonio tienen del auto y los asesinos que iban en él? El del P. Pinto, que acompañaba a Angelelli y que una y otra vez decía que no se acordaba de nada. Y el de un camionero que dice que vio pasar un Peugeot blanco. Yo también he visto pasar autos de esas mismas características muchas veces y no se me ocurre que vengan de matar a un obispo. 
Pero lo más inverosímil es que estos cuatro hombre se hubiesen preocupado de rematar en la ruta a Angelelli y hubiesen dejado vivo al único testigo. Si el Agente 86 hubiese estado a cargo del grupo podríamos discutirlo, pero no es ese el caso. 
Por otro lado, los testimonios que cita Verbitsky asombran por su solidez: trataron de asesinar a Pinto mientras estaba en el hospital pero lo impidieron sus dos hermanos gendarmes que se quedaron junto a él. Si las Fuerzas Armadas lo hubiesen querido matar, les habría resultado muy fácil lograr que los superiores de los gendarmes les ordenaran retirarse del hospital, dejando vía libre a los asesinos. Otra: poco después de la muerte de Angelelli, el ministro Harguindeguy recibió una llamada y se le iluminó la cara. ¿Eso es una prueba? Quizás le hablaba su mujer avisándole que su hijo había rendido bien una materia o que había preparado ñoquis para la cena. 
La primera pregunta entonces, debe responderse afirmando que ocurrió un accidente en el vehículo donde iba Angelelli, que no hay pruebas de que haya sido provocado y que tampoco puede concluirse que fue ultimado luego del choque. Esto solo es suficiente para desbaratar la pretensión pontificia de decretar un martirio para el caso del obispo riojano.
La segunda pregunta decía: Si fue martirizado, ¿lo fue por la fe, o lo fue por su ideología política o porque se oponían a los intereses del gobierno de turno?
Aún si damos por válida la tesis de Verbitsky, deberíamos discutir si su muerte fue un martirio o fue un asesinato motivado por cuestiones ideológicas o políticas. La Iglesia es muy clara cuando define quién es un mártir: es aquél muere por causa de su fe religiosa. Y no me parece que Mons. Angelelli hubiese sido asesinado por defender algunas de las verdades de nuestra fe contenidas en el Credo. En todo caso, habría muerto por una cuestión humanitaria, porque defendió a los pobres o desvalidos de los feligreses de su diócesis, o porque se opuso frontalmente a los poderes políticos y económicos de su época. Y todo esto, que podría eventualmente concitar nuestra admiración, no lo convierte sin embargo en un mártir. 
Finalmente, la tercera pegunta tenía que ver sobre la naturaleza de la fe por la que habría muerto Angelelli. ¿Se trataba de la fe católica? De la lectura de los relatos que hace Verbitsky, no pareciera que es el caso. Por el contrario, lo que queda claro es que fue un personaje que tiñó, como hicieron muchos en su época, su religión de ideología. Como dijeron sus sacerdotes: “Cuando la Iglesia se limita a enunciar una doctrina abstracta, intemporal, se la tolera sin mayores resistencias, [que] se hacen sentir cuando su enseñanza toca las realidades concretas”. Angelelli dejó de predicar las verdades “abstractas e intemporales” que son sobre las que se fundamenta nuestra fe católica y las únicas importantes e, ideologizado, se dedicó a solucionar las efímeras realidades concretas. Pero no como lo hicieron grandes santos como San Vicente de Paul o como Santa Isabel de Hungría, sino sembrando el odio y siendo “signo de contradicción” en el sentido marxista y no cristiano de la expresión.
Mons. Enrique Angelelli no fue más que un subproducto latinoamericano del Concilio Vaticano II. Ciertamente no fue un santo y, mucho menos, un mártir. 
Corolario: Considero que la decisión del Papa Francisco de decretar el martirio de Mons. Angelelli y sus tres compañeros y de proceder a su beatificación es tan grave, o más aún, que los desvíos doctrinales de Amoris letitiae. Está proponiendo como modelo de vida y virtud a todos los católicos del mundo a personajes que ideologizaron su fe -que fueron marxistas, en pocas palabras- y que también propiciaron la lucha armada que ensangrentó al país durante varios años. La foto del obispo Angelelli celebrando misa bajo la bandera de Montoneros es suficientemente elocuente al respecto.
Pero además, con un acto de este tipo, el Santo Padre está echando por la borda toda la doctrina y práctica católica sobre las canonizaciones, utilizando esta venerable institución de la Iglesia, para finalidades políticas y de promoción personal.

En situaciones como esta, una quisiera volver al siglo XVI, cuando el emperador Carlos V amenazó al Papa Pablo con convocar a un concilio ecuménico par deponerlo en razón de la negligencia evidente con respecto a la fe que demostraba con sus decisiones. Claro que ahora nos costaría bastante encontrar un emperador de ese tipo y mejor no pensar lo que podría salir de un concilio ecuménico.

jueves, 21 de junio de 2018

Canuto Angelelli, obispo y mártir IV


El coronel Osvaldo Pérez Battaglia, jefe del Batallón 141 de ingenieros del Ejército, fue designado interventor federal en La Rioja y de inmediato fueron detenidos dos sacerdotes. Angelelli viajó a Buenos Aires para gestionan su libertad ante el ministro del Interior. Al regresar, su valija fue violentada en el aeropuerto de La Rioja. También escribió que Pérez Battaglia lo trataba en forma grosera y lo llamaba “llorón”. Angelelli viajó a Córdoba para apelar ante el general Luciano Menéndez. Por su seguridad, pidió que lo acompañara el cardenal Primatesta. Angelelli expuso la situación de los detenidos políticos y sociales riojanos. Menendez, lo escuchó y le advirtió amenazante: “Tengan cuidado”.
Antes de regresar a La Rioja, el obispo previno a sus familiares cordobeses que algo terrible podía ocurrirle.
- ¿No tenés miedo? - le pregunto su sobrina Marilé Coseano.
- Un miedo tremendo. Pero no puedo esconder mi mensaje debajo de la cama.
El 18 de mayo la Comisión Ejecutiva puso los hechos en conocimiento de Videla, quien prometió intervenir. También Angelelli visitó a Videla en la Casa Rosada, en compañía de Primatesta y Zazpe. Según el relato de Angelelli a sus curas, Videla le sugirió que se fuera del país porque el no podía garantizada su seguridad en la jurisdicción de Menéndez. Ante un cuestionario judicial, cuando Angelelli y Zazpe ya habían muerto, Primatesta negó la existencia de la segunda reunión. 
[...]
El párroco de El Chamical, Carlos de Dios Murias [otro de los nuevos mártires], dijo en una homilía que podrían acallar la voz del obispo pero no la de Jesús. Descendiente de una tradicional familia cordobesa venida a menos, hijo de un dirigente de la Union Cívica Radical, Murias llevaba poco tiempo en La Rioja. Había formado parte de Cristianos para la Liberación y participado en encuentros y retiros en el noviciado de la Fraternidad de los Hermanitos del Evangelio en Suriyaco, La Rioja. A otro sacerdote francés de la Fraternidad, Enrique de Solari,  que trabajaba en Las Talas con un sindicato de campesinos,  Angelelli le sugirió que se fuera por un tiempo de La Rioja, donde la policía y los terratenientes lo vigilaban.
Murias había colaborado con el obispo en el asesoramiento a los labradores para evitar el despojo de sus tierras históricas por parte de miembros de las Fuerzas Armadas. Un civil vinculado con la Fuerza Aérea le advirtió al marido de Cristina Murias: “Que el hermano de su señora se cuide”.

La noche del 18 de julio, quince días después del asesinato de los palotinos, dos desconocidos con credenciales de la policial, llegaron a la casa religiosa del Chamical donde vivía Murias y hablaron a solas con él y con el sacerdote Gabriel Longueville. Los cuatro se fueron en un auto oscuro y sin chapas. El 20 por la tarde los cadáveres de Morias y Longueville aparecieron sobre una vía en las afueras de Chamical, acribillados a balazos, las manos atadas, algodón y cinta adhesiva en la boca. Uno de ellos había sido mutilado. Junto a los cuerpos cubiertos por mantas del Ejército, que fueron quemadas en la morgue, había una amenazante lista con nombres de sacerdotes. Los familiares de Longueville acusaron por el crimen a Pérez Battaglia, al otro jefe del Regimiento, Jorge Pérez Malagamba y al segundo jefe de la base aérea de El Chamical, el comandante Luis Estrella, uno de los oficiales del grupo integrista que se había alzado junto con el brigadier Capellini en diciembre de 1975 para exigir que el Ejercito tomara el poder y que volvería a hacerlo en 1988 en apoyo del coronel Mohamed Ali Seineldín.  Otro imputado fue el oficial de inteligencia de la base aérea, alférez Ángel Ricardo Pezzetta. quien había sido compañero de seminario de Murias y tenía dos hermanos sacerdotes. Pezzetta era quien ordenaba que se grabaran las homilías de Murias.
Pérez Battaglia no autorizo que se publicara el comunicado del obispo en el aviso fúnebre que mencionaba el asesinato. La policía accedió a comunicar la noticia por su red radial solo si la palabra “asesinados” era sustituida por “fallecimiento”, la misma que utilizó al intendente de Chamical en su decreto de duelo. Angelelli preparó varias casullas para los obispos que asistirían a las exequias, pero ninguno llegó.
Sus colaboradores recibieron información sobre un plan para matar al obispo, que incluía a Pérez Battaglia, Estrella y el brigadier Aguirre. Entre los complotados se mencionaba al ex interventor federal durante la anterior dictadura, el político conservador Eduardo Menem, cuyo hermano Amado y sus hijos estaban enfrentados con Angelelli. Nunca hubo una incriminación judicial contra ellos.
Angelelli le confesó sus temores a su amigo Hesayne, quien le aconsejó que se ocultara por un tiempo, quizás haciendo un viaje al exterior. Los vicarios zonales también le sugirieron que se alejara, pero Angelelli no los escucho.
- Sí me oculto o salgo de La Rioja, seguirán matando a mis ovejas -, contesto.
El 22 de julio, Videla volvió a recibir a los tres miembros de la Comisión Ejecutiva del Episcopado. El motivo declarado era entregarles la respuesta a 1a carta por el asesinato de los palotinos. Dijo que la Junta Militar comprendía el dolor de la iglesia y haría lo posible por evitar hechos similares. Parecía una burla después del asesinato de Murias y Longueville. Peor aún, Videla les leyó informes de inteligencia que atribuían el asesinato de a “un grupo izquierdista que quiere provocar disensiones entre la Iglesia y el gobierno”. Si los sacerdotes hablaron veinticinco minutos con sus captores, prepararon su equipaje y salieron de la casa en forma tranquila, debía ser porque los conocían, agregó. Primatesta aceptó había quienes querían “provocar un conflicto entre la Iglesia y el Estado en el que nadie ganaría nada”, pero dijo que entre los aspectos a considerar estaba el de los grupos derechistas que gozaban de algún favor pese a su acción contra la jerarquía. Aclaró que no vinculaba a esos grupos con los asesinatos y que la sangre de los sacerdotes podía servir para la pacificación, pero transmitió también el relato de quienes pedían por sus parientes presos o desaparecidos. Según el informe secreto de la Comisión Ejecutiva, Videla asintió pero sin asumir ningún compromiso. Zazpe se despidió en forma efusiva de Videla y le comunicó “palabras de aliento en su difícil misión”. Aramburu y Primatesta manifestaron su deseo de “servir a la Patria sirviendo a la Iglesia". Hasta entonces no habían sido términos contradictorios.
[…]
Angelelli era menos optimista. Reunido con sus sacerdotes dibujó una espiral que se cerraba y señaló el crentro: “Aquí estoy yo. Buscan un copete colorado. Ahora me toca a mí”.
Una mujer que trabajaba para los servicios de informaciones había hecho saber a1 presbítero Juan Gorosito que si Angelelli no dejaba La Rioja lo matarían. El periodista Plutarco Schaller estuvo secuestrado siete meses en La Rioja. Mientras lo torturaban, los capitanes Heriberto Goenaga y Marcó, le anunciaron que entre quienes se había decidido que muriera estaba el obispo.
Al salir del cementerio donde fueron sepultados sus sacerdotes, Angelelli musitó al oído del médico de Chamical César Abdala:
- EI próximo soy yo.

Se equivocaba. Era el turno del dirirgente laico de la Acción Católica Rural Wenceslao Pedernera. El 25 de julio un grupo de encapuchados lo asesinó ante su esposa e hijos en Sañogasta.
El 4 de agosto Angelelli terminó su informe para el Episcopado con la frase “poseo muchos otros datos, algunos muy delicados y comprometedores, que por prudencia no debo escribir”, y le pidió al sacerdote Arturo Pinto que controlara la camioneta en la que viajarían hasta La Rioja, porque de noche advirtieron movimientos extraños detrás de la casa parroquial y vieron alejarse un vehículo ron las luces apagadas. 
Salieron de Chamical por el camino viejo para eludir la base de la Fuerza Aérea. A las tres de la tarde en el camino a La Rioja fueron perseguidos por un Peugeot 404 claro, que los pasó y los encerró. La camioneta que conducía Angelelli volcó. Segun Pinto “se produjo como una explosión. Y a partir de ese momento no recuerdo mas nada, hasta que fui trasladado a la ciudad Córdoba”. -
Inconsciente, Pinto decía: “Los papeles. Apúrese que nos alcanzan”. Según el testimonio del médico que lo atendió. Otro automovilista que venía detrás de ellos, se cruzó con un Peugeot 404 blanco que volvía desde el lugar del vuelco. A bordo iban cuatro hombres.
A un camionero que pasó por allí le llamo 1a atención que el cuerpo no mostrara magulladuras ni hematomas y aparentara “llamativa prolijidad”, que hacía difícil creer que hubiera sido despedido del vehículo. El espectáculo que encontró un sacerdote que llegó al lugar tampoco sugería un accidente. Policías y militares que empuñaban armas largas rodeaban el cadáver. Se lo veía “bien estirado”, como si lo hubieran “sacado del auto, liquidado y arrastrado hasta allí, porque tenía las manos hacia atrás. En un accidente uno se enrolla todo, se defiende”. La ropa del obispo estaba intacta, pero la autopsia constató fractura dc craneo con pérdida de masa encefálica”. La sobrina Marilé llegó a tocar la nuca de Angelelli. “Estaba destrozada”. El gran orificio en la nuca también fue descubierto por la monja que limpió et cadáver en la morgue del hospital de La Rioja. Dos oficiales de las Fuerzas  Armadas y Seguridad la retiraron de su tarea. “Hermana, usted no ha visto nada”, le ordenaron.
Dos hermanos de Arturo Pinto eran oficiales de Gendarmería. Cuando uno de ellos vio la escena del crimen corrió al hospital donde estaba internado el sacerdote y no se movió de su lado hasta que se recuperó. Estaba convencido dc que intentarían rematarlo.“Sus hermanos se turnaban en la puerta de la habitación. Un día aparecieron dos personas dc civil, “muy sospechosas”, que querían entrevistar a Pinto, pero el hermano menor no les permitió pasar. 

A la hora del vuelco, el ministro del Interior recibió a José Alberto Deheza, ministro de Defensa de Isabel, cuya libertad le reclamo. Mientras hablaban, Heuguindeguy atendió el teléfono. “Su cara se iluminó con una sonrisa”.
[…]
Años después, junto con De Navares, Hesayne y el laico Adolfo Pérez Esquivel presentó la denuncia judicial. El 19 de junio de 1986 el juez Aldo Morales sentenció que se trató de “un homicidio fríamente premeditado”. Dijo que el cuerpo de Angelelli fue arrastrado luego del vuelco. Lo colocaron a veinticinco metros del vehículo, boca arriba y con las manos extendidas. Había perdido el calzado y tenia raspados los talones. La persecución penal a los culpables se detuvo en 1987 por las leyes de punto final y de obediencia debida y se reinició en 2005, una vez que la Corte Suprema de Justicia las declaró nulas. Los restos fueron exhumado en 2009. Las costillas superiores tenían la marca del golpe con el volante y la calavera mostraba una gran rotura en la nuca. Los peritos de la Corte Suprema de Justicia descartaron la intervención de terceros pero el perito designado por la familia destaco que no había manchas de sangre dentro del vehículo y que el cuerpo no presentaba otras lesiones que los golpes en la cabeza que le causaron la muerte.  […]
Un cuarto de siglo después el Episcopado argentino seguía sin asumir lo sucedido. […]
En 2008, cuando se cumplían treinta años del golpe militar, Bergoglio, quien necesitaba angelizar su comportamiento durante la dictadura para remover un obstáculo a su posible designación papal, pareció asumir el martirio de Angelilli. Pero lo hizo solo como recurso publicitario en su confrontación política con Nestor Kirchner. […] Bergoglio también pidió que se investigara la muerte de Angelelli, si bien dijo que no importaba como había muerto sino cómo había vivido.

Horacio Verbitsky, Historia política de la Iglesia Católica. Tomo IV: La mano izquierda de Dios, Sudamericana, Buenos Aires, 2010, pp. 100-109.

miércoles, 20 de junio de 2018

Canuto Angelelli, obispo y mártir III

Desde marzo de 1961, Angelelli había sido obispo auxiliar de Córdoba y en julio de 1968 Pablo VI lo designó al frente de la diócesis riojana, donde anuncio que se preocuparía “por el hombre que tiene hambre, que le falta salud, que no tiene trabajo”, por un pueblo “que se siente engañado y frustrado”. 
Muy pronto consiguió malquistarse con los terratenientes locales y el poder político. Nadie llevó mas a fondo las recomendaciones del Concilio y Medellín, comenzando por la tarea conjunta con sacerdotes y laicos. En la Pascua de 1969 propuso salir de los templos a la realidad riojana después de la Eucaristía, sin ataduras ni silencios cómplices con el poder. Invitó a personas no eclesiales y hasta a no creyentes a la Semana Diocesana, cuyo Documento Final elaborado por medio centenar de curas y monjas y un centenar y medio de laicos dijo que la injusticia y la violencia constituían “un pecado institucionalizado”. Esto le valió las primeras acusaciones de preferir a comunistas y ateos sobre los católicos. El documento proclamó que la tierra tiene que ser para quien la trabaje. Mientras muchos de sus colegas se espantaron por el Cordobazo Angelelli lo llamó grito de rebeldía de la juventnd y la clase obrera y le dio una interpretación profética: “Las fogatas de la destrucción" habían encendido una luz que iluminaba “el compromiso para que nadie muriera de hambre ni fuera excluido”. El obispo estaba poco en su despacho porque recorría en una camioneta los pueblos más postergados de la provincia. Desde uno de ellos se opuso al monopolio del agua, que como la tierra y el pan es para todos. “Y esto no es subversión”, advirtió en setiembre de 1969. En noviembre constituyó un Consejo Diocesano de Laicos para que en comunión con la jerarquía creara comunidades misioneras abiertas al dialogo con todos y normalizara las asociaciones, instituciones o movimientos eclesiales, cuyas autoridades y un par de sacerdotes reprocharon por su puesta en estado de asamblea.
Al finalizar 1969 los sacerdotes que formaban el Decanato de los Llanos, uno de los cuatro en que Angelelli dividió su diócesis, dijeron que Cristo vive pisoteado y humillado en la persona de nuestros hermanos llanistas. Luego de enumerar las penurias de comunidades que ni siquiera tenían agua recordaron a Facundo y al Chacho Peñaloza, que “se jugaron hasta derramar su sangre por la liberación”, y a la pionera de la educación popular Rosario Vera Peñaloza. Para los presbíteros de los Llanos los sinsabores y la persecución eran los signos que comprobaban la fidelidad de la Iglesia a su misión: “Cuando la Iglesia se limita a enunciar una doctrina abstracta, intemporal, se la tolera sin mayores resistencias, [que] se hacen sentir cuando su enseñanza toca las realidades concretas. […] Jesús fue condenado a una muerte de cruz porque se enfrentó a una situación de pecado y no trepidó en señalar con nombre y apellido a los que la provocaron”.
En 1970 Angelelli polemizó con el interventor federal Guillermo Iribarren, quien lo llamó resentido por enumerar miserias sin aportar soluciones. Iribarren planteaba la eterna alianza de poderes contra “la subversión izquierdista” cuyas intenciones creía “fatales para la cristiandad y para la Iglesia”. Un gobernante tradicional trataba de explicarle a un obispo renovador cual era la conveniencia de la Iglesia.

En ese momento aparecieron los primeros manifestantes de Tradición, Familia y Propiedad que acusaron al obispo de comunista. Sin prestarles por entonces mayor atención, Angelelli propuso una reforma agraria, la creaeion de comunidades de base como agentes de cambio y de cooperativas de producción y consumo.  En enero de 1971 Angelelli hizo la primera mención pública a los ataques que recibía de TFP y en marzo lo planteó en la Comisión Permanente del Episcopado. Dijo que los obispos estaban muy solos frente al avance del poder y mencionó los agresivos informes de los servicios de informaciones. Con un dejo de ironía, el obispo de Jujuy, José Miguel Medina, le replicó que hay informes secretos muy exactos y que sería bueno que los obispos se informaran bien antes de “defender casos que luego resultan indefendibles”. Aramburu propuso solicitar al gobierno que cuando tuviera informes comprometedores para personas del clero los comunicara a la jerarquía y Tortolo pidió que esas comunicaciones fueran escritas para que quedara constancia.
Los ocho obispos restantes sólo opinaron de manera implícita, como se desprende de los demás temas tocados: la solicitud de pasajes nacionales e internacionales para los obispos, gratuitos o rebajados, y la designación de un hombre de la Iglesia en el organismo gubernamental de censura cinematográfica, para considerar la película Un cura casado. En votación secreta, Manuel Moledo obtuvo diez votos, Oscar Justo Laguna nueve, Carlos Galan tres, Rodolfo Bufano dos y hubo un voto en blanco. Para esa mayoría nada perturbaba la cooperación con el Estado.
Angelelli había decidido desterrar toda diferencia de clases sociales en la misa y el sacramento del matrimonio. Esto ofendió a la burguesía local, porque el obispo consideraba las ornamentaciones una desviación de la fe fruto de la vanidad.
El gobierno nacional ordenó que la estación local de la radio del Estado dejara de transmitir las misas dominicales del obispo. “Se puede silenciar una transmisión radial pero no a la iglesia”, replicó Angelelli. El Vaticano pidió explicaciones. 
Angelelli no retrocedía y la dictadura tampoco. En su mensaje de Cuaresma el obispo dijo que eran inmorales el torturador, el opresor, el usurero, la represión y el robo institucionalizado. En represalia fueron golpeados un sacerdote y dos laicos. Los sacerdotes Henry Praolini Colombo y Antonio Gill fueron detenidos el 24 de agosto de 1972. La policía riojana decía que habían realizado una practica de tiro en un monte y enterrado una caja con panfletos del ERP: cartuchos de gelamón y detonadores. Angelelli acusó a los servicios de información de manejar datos falsos y exigió que no fueran torturados. Sus reproches alcanzaron a otros obispos: “Si hubiéramos asumido como cuerpo episcopal todo lo que debimos asumir no haría falta el movimiento del Tercer Mundo. [...] Hay una psicosis promovida por el miedo. Decir Tercer Mundo hoy en el país, es poco menos que sacar a1 diablo del infierno; decir Tercer Mundo es decir marxismo, subversión, etc.”
Uno de esos obispos era el de San Luis, Rodolfo Laise. Durante unas jornadas sacerdotales promovió un documento cuyas conclusiones leyó el teólogo Estanislao Karlic: “Todo intento de democratizar -en plano de igualdad absoluta- a1 obispo y al presbítero será ir contra la misma institución divina de la Iglesia, que es jerárquica”.
Ademas de homenajear en la Catedral a los sacerdotes detenidos Angelelli convocó a una procesión que fue prohibida invocando el estado de sitio. Angelelli lo denunció en la misa como un atropello al pueblo riojano y un manoseo dc su fe. La justicia le dio la razón al dejarlos en libertad.
Era inevitable que esto se reflejara en las deliberaciones episcopales. Durante una reunión de la Comisión Permanente, Angelelli discutió con Tortolo sobre las implicaciones catequistas para niños y las verdades de la fe. También chocaron respecto de la jurisdicción castrense. […]
El diario riojano El Sol era propiedad de Tomás Álvarez Saavedra, concesionario del casino de la provincia y dueño de hoteles. Cuando Angelelli objetó la usura y el tráfico de sustancias estupefacientes y mujeres, El Sol comenzó a llamarlo Satanelli. 
[…]
Una semana antes del regreso de Perón, en una pequeña población andina se produjo un episodio que sintetiza la situación de antagonismos en la Iglesia, en el peronismo y en el país.
Una de las cooperativas creadas por iniciativa del obispo riojano Angelelli solicitaba la expropiación de un latifundio ocioso que consumía el 70 por ciento del agua de la zona conocida como la Costa. La intervención federal expropió el latifundio pero lo ofreció en venta en parcelas individuales, desdeñando cualquier proyecto cooperativo, “que solo existen en Rusia, Cuba y China”. Durante una visita canónica de Angeielli a un colegio religioso un grupo de padres opuestos a la pastoral diocesana, junto con un sacerdote que había renunciado como secretario del Obispado por diferencias con su línea, lo insultaron y le exigieron que se retirara. Así comenzó a gastarse una Cruzada Renovadora de la Cristiandad que, como su nombre lo indica, solo aceptaba los postulados integristas.


Durante la campaña electoral de 1973, un hermano del ex interventor federal Eduardo Menem presentó su candidatura a la gobernación riojana. Carlos Saúl Menem prometió que de ser electo entregaría el latifundio a la cooperativa y lo reiteró luego de asumir la gobernación. También restituyó la transmisión radial de las misas de Angelelli. El obispo se confió y el 13 de junio de 1973 viajó acompañado por diez sacerdotes y cinco religiosas para presidir las fiestas patronales de San Antonio en el pueblito natal de los Menem, Anillaco. Un grupo de comerciantes y terratenientes, entre ellos el hermano del gobernador, Amado. y sus sobrinos Cesar y Manuel Menem, repudiaron por altoparlantes el propósito de Angelelli de reemplazar al viejo párroco Virgilio Ferreira por dos sacerdotes capuchinos, declararon a Anillaco Capital de la Fe y, ante la pasividad policial, irrumpieron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas.
Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los tres Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos drástica y al día siguiente del regreso definitivo de Perón a la Argentina declaró a trece de los responsables “incursos en entredicho personal”, lo cual los privaba en forma temporaria de asistir a celebraciones religiosas y recibir los sacramentos pero sin llegar a la excomunión. Atribuyó la agresión a un grupo que ejerce el poder en forma injusta y violenta para mantener sus privilegios y por eso se opone a la obra de promoción humana y cultural de los más pobres y oprimidos. Mencionó como adversarios del Concilio Vaticano II a los grupos Cruzada Renovadora de la Cristiandad y Tradición, Familia y Propiedad. También dispuso suspender las ceremonias litúrgico-sacramentales en todos los templos de la parroquia, que quedarían abiertos para que el pueblo pudiera pedir perdón y solicitar la conversión de quienes ofendieron a Dios. Dos semanas después, en otro pueblo vecino de la Costa, un movimiento similar asaltó y destrozó la casa y el oratorio de las monjas enviadas por Angelelli y ocupó la sede de la cooperativa. Arguyendo la intranquilidad social promovida por sus familiares, el gobernador Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundio y la Legislatura decidió venderlo en parcelas, tal como había dispuesto la intervención militar.
Horacio Verbitsky, Historia política de la Iglesia Católica. Tomo III: Vigilia de armas, Sudamericana, Buenos Aires, 2009, pp. 165-169; 278-279.