miércoles, 27 de mayo de 2020

Fides delenda est


A fines del año pasado, el Papa Francisco añadió un nuevo valido a su corte, y enseguida lo creó cardenal. Me refiero al jesuita checo Michael Czerny, subsecretario de la nueva sección vaticana encargada de los migrantes. Una vez más, las iniciativas del Papa llegan con varios años de atraso, pues el coronavirus eliminó el problema de los migrantes, y no por falta de interesados sino porque los gobiernos europeos, aún los más progresistas, lo último que querrán en los próximos años es recibir africanos que venga a agravar aún más la catástrofe económica en la que estarán envueltos.

El pobre cardenal S.J. se quedó sin trabajo antes de comenzarlo y, para matar el tiempo y justificar su salario, se le ocurrió editar un librito que reúne los discursos y homilías pontificias en tiempos de pandemia, al que hace una larga introducción. Se trata de La vida después de la pandemia, editada por la Editrice Vaticana, que puede ser descargado gratuitamente de su sitio. 
El libro, como era previsible, no tuvo ninguna repercusión. Y cuando digo ninguna, es ninguna. Basta buscar en Google para caer en la cuenta que ni siquiera los medios adictos al régimen lo mencionaron o promocionaron. A mí me lo pasó un amigo y tuve la mala idea de leerlo durante el fin de semana largo. La altísima carga viral de inmanentismo que pringan sus páginas vuelve a traer las recurrentes preguntas que nos hemos hecho en este blog, y a riesgo de ser un pelmazo, una vez más digo que resulta inconcebible que los cardenales hayan podido elegir en el último cónclave a un personaje tan limitado, canijo de inteligencia y sólo hábil para picardías y jugadas políticas. Inexplicablemente, Chauncy Gardiner es el Romano Pontífice. Es lo que tenemos.
Pero vayamos al libro. El cardenal Czerny nos previene que las intervenciones del Papa Francisco que allí se recogen están dirigidas a toda la “familia humana” y la esperanza que transmite la “basa claramente en la fe”. No explica, claro, de qué fe se trata. Tengo mis serias dudas que se trate de la fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, a la que él está llamado a conservar. 
Pero no es sobre la fe que el Papa quiere hablar en tiempos tan difíciles. Sus preocupaciones se orientan a lo que vendrá una vez que pase la histeria del coronavirus, y es así que “después de lo que hemos pasado este año, no deberíamos tener miedo de aventurarnos por nuevos caminos y proponer soluciones innovativas”. Francisco y su bufón S.J. insisten una y otra vez en que “mostremos valentía en la innovación experimentando nuevas soluciones y explorando nuevos caminos”.Así es. Se trata de encontrar las sorpresas que el buen Dios está repartiendo a troche y moche a la iglesia y mundo desde 2013.
“¿Por qué reinvertir en combustibles fósiles, monocultivos y destrucción de la selva tropical, cuando sabemos que ello agrava nuestra crisis medioambiental? ¿Por qué retomar la industria armamentística, con su terrible desperdicio de recursos y su inútil destrucción?”, se pregunta nuestro venerado pastor. Y, más aún, “¿Por qué los empleados de otros sectores cuya contribución a la sociedad es mucho menos importante ganan mucho más que los operadores sanitarios?”. Lugares comunes, latiguillos que se han hecho ya aburridos e intrascendentes y, por supuesto, una buena dosis de peronismo: qué más redituable en términos políticos que abogar por médicos y enfermeros en tiempos de pandemia.
Pero lo que supera cualquier previsión y deja al descubierto la verdadera pasta con la que está amasado el Papa Bergoglio, son sus reflexiones sobre la oración. La historia de la iglesia está perlada de grandes santos y doctores que nos enseñaron el modo de dirigirnos a nuestro Padre, de dejarnos inundar con la plenitud del Espíritu para entrar en la comunión del Hijo y, así, habitar en la Trinidad Santísima. Desde San Antonio el primer eremita y sus discípulos del desierto egipcio, hasta los místicos como Teresa de Jesús y Juan de la Cruz y tantos otros maestros espirituales, cuyos tratados y opúsculos aún hoy nos enseñan a rezar. 
El Santo Padre, en cambio, nos dice a través de su nuevo lenguaraz que rezar es: 
— “Escuchar, dejar que lo que estamos viviendo nos preocupe, afrontar el viento y el silencio, la oscuridad y la lluvia, permitir que las sirenas de las ambulancias nos turben”. 
A este pobre hombre ni siquiera se le da la poesía; con las sirenas —y sobre todo las insoportables y permanentes sirenas de Roma—, se acaba cualquier intento de oración. Rezar no es ya escuchar a Dios que me habla, sino escuchar las sirenas que recuerdan que un hermano está sufriendo. Dios es un mero intermediario de la solidaridad.
— “Contemplar el Cuerpo del Señor para ser permeados por su modo de obrar, dialogar con Él para acoger, acompañar y sostener, como Él hizo”. 
La ilusión que podía producirnos la mención a la contemplación enseguida se desinfla cuando vemos que la suya no es una contemplación gratuita, un solo y puro fijar la mirada del corazón en el rostro del Señor, sino que es un instrumento para hacer. La acción siempre siempre domina y termina siendo el objetivo final de la vida cristiana, según Francisco. Ya hablamos hace cinco años de este tema tan caro a Mons. Tucho Fernández: el misionero se come al discípulo; la acción se come a la contemplación. 
— “Aprender de Jesús a tomar la cruz y abrazar junto a Él los sufrimientos de muchos”. 
“Imitarlo en nuestra fragilidad para que, a través de nuestra debilidad, la salvación entre en el mundo”.
Nuevamente el mismo principio. Cualquier referencia a Jesús no es más que la ocasión para una acción solidaria. Aún la experiencia íntima de la propia nada frente a la totalidad divina, no viene a ser más que otro recurso gatillador de conductas fraternas.

La iglesia en las últimas décadas, y de un modo particularmente acelerado en el pontificado de Bergoglio, está transformando todo su tesoro —y no me refiero a las riquezas materiales—, en el carburante que necesitan los católicos para trabajar por la concreción de esa nueva humanidad en la que tantas esperanzas ha colocado el Papa Francisco y sus adictos. Ellos están transformando las palabras y expresiones, con un sutil y casi diabólico manejo del discurso, en justificativos o prescripciones destinadas a que los católicos conciban su pertenencia a la grey del Señor, como un estado de peculiar entrenamiento para alcanzar objetivos puramente inmanentes. Los pocos textos del pontífice que he reportado en este artículo son suficientes para mostrar su concepción del cristianismo: una praxis orientada a la transformación del mundo y despojada de cualquier atisbo de trascendencia. Y, cuando pareciera que ésta aparece, fácilmente se descubre que no es más que una excusa o una anécdota destinada a reforzar la práctica.
Fides delenda est



lunes, 25 de mayo de 2020

jueves, 21 de mayo de 2020

Próxima función


Una actividad que despierta el interés de millones de personas en todo el planeta es pensar e imaginar qué vendrá después de la pandemia. Lo cierto es que muchas cosas cambiarán. Algunos auguran un mundo completamente diferente al que conocimos, y que lo que conocimos —el mundo hasta febrero de 2020—, ya no volverá. Yo soy un poco escéptico con respecto cambios tan abruptos. Los hábitos y estructuras sociales (no así las personales) son muy difíciles de cambiar y, en todo caso, los cambios exigen algo más que situaciones inéditas, por más trágicas que sean: exigen tiempo. Y aunque el transcurrir de la pandemia y del confinamiento nos parezca ya muy largo, apenas si llevamos un par de meses.
No tengo competencia alguna para opinar sobre lo que cambiará del mundo. Pero resulta necesario pensar qué es lo que cambiará en la iglesia. 
1. Tres o más meses de templos cerrados y de imposibilidad de los fieles de asistir a la misa dominical no será inocuo. Si ya antes de la pandemia la asistencia a misa dominical era escasa, cuando todo pase, los números caerán mucho más. Como se decía en el Vaticano hace algunas semanas, cuando armaban la batalla pour la gallerie entre el gobierno italiano y la CEI, “mejor iglesias cerradas que vacías”. Buena parte —y me animo a decir—, la mayoría de las personas que asistían regularmente a misa dominical, lo hacían por hábito y, aunque simularan en su conciencia alguna razón devocional, lo cierto es que la virtus que los empujaba era la provenía del hábito acrisolado durante décadas. ¿El amor a Dios? Se lo puede amar en las casas. ¿El amor a los hermanos? Se expresa mucho mejor en actos concretos de caridad que en besuqueos de paz durante la misa. ¿Obedecer un precepto de la iglesia? La iglesia de la misericordia del Papa Francisco no obliga; invita. ¿La eucaristía? Sí, a veces. Suele producir durante un par de minutos una cierta sensación de paz.
Pero los hábitos, como sabemos, desaparecen cuando su acto deja de ejercerse. Algunos cuestan más erradicarlos; otros, mucho menos. Y creo que la asistencia a misa pertenece a esta última categoría. El hábito de la asistencia misa se licuó. Si nos dijeron hasta el cansancio, a fin de acallar las voces de los que pedían a los obispos que les devolvieran la misa, que no era necesario comulgar porque se podía hacer la comunión espiritual; que no era necesario confesarse porque se podía hacer un acto de contrición perfecta y que el cumplimiento del precepto dominical era una cuestión meramente histórica que perfectamente podía ser abolido, la verdad es que no hay muchas razones para que los fieles vuelvan a perder dos horas semanales para asistir a una ceremonia aburrida y escuchar durante treinta minutos a un cura más aburrido aún, que suele repetir sandeces y caer permanentemente en lugares comunes. Y agreguemos a todo esto una razón biológica: la mayoría de la gente que asistía a misa, era gente mayor. Varios de ellos murieron, y el resto están justificadamente temerosos de contagiarse. 
No veo entonces motivos por los cuales las iglesias católicas vuelvan, cuando pase la cuarentena, a poblarse con el mismo (escuálido) número de fieles con que lo hacían antes.
2. Me he referido hasta ahora a los fieles simpliciter. La situación no será la misma, estimo, para los fieles que tienen algún apelativo adicional. Y me refiero a los tradicionalistas y a los miembros de los movimientos neocones como Opus Dei, neocatecumenales y tantos otros. Para ellos, la misa es mucho más que un hábito y encuentran en su asistencia motivos sobrenaturales que van más allá de la mera costumbre. Todos estos, a los que la jerga eclesial llama “laicos comprometidos”, volverán seguramente con más ganas a participar de los sacramentos.
3. Y si las cosas suceden de este modo, aquí puede aparecer muy rápidamente una nueva realidad: la base de sustentación de la “iglesia conciliar” se agrietará peligrosamente. 
Desde hace ya bastante tiempo, todo el universo neocon, que es el más poderosos en la iglesia en términos reales, había comenzado a cuestionar por lo bajo al Papa Francisco. Solamente sus epígonos en busca de promociones episcopales, como Mons. Mariano Fazio, vicario general del Opus Dei, eran favorables al pontífice. El resto callaba. O bien, con perspicacia, hacían una sutil campaña en contra. De hecho, la promoción del cardenal Sarah como adalid de la resistencia conservadora y candidato en el próximo cónclave, está fogoneada por los ambientes conservadores que hasta hace poco adherían como un nuevo dogma a la papolatría.
En concreto, el Papa Francisco está perdiendo rápidamente apoyo al interior de la iglesia. Y este es un factor que puede agravarse y que contará con el apoyo y acompañamiento de mucho sacerdotes. Y me refiero a curas de campanario, sobre todo menores de cincuenta años, que no se resignarán a que la entrega de su vida se termine convirtiendo en un fiasco, porque ahora parece que da lo mismo vivir con sacramentos que sin ellos. Algunos estiman incluso, una suerte de rebeldía cuasi revolucionaria en este sentido. 
4. Podríamos ilusionarnos y pensar que este cambio en las bases llevaría a que los jerarcas recapacitaran y, sin pretender la conversión del Papa Francisco, al menos podríamos aspirar a que el próximo pontífice fuera católico. Sobre este tema hipoticé hace pocas semanas.
Pero bien podría darse una situación diversa. Y recurro a la genial pre-visión del P. Julio Meinvielle, que hablaba de una “iglesia de la publicidad” y una “iglesia de las promesas”. Estamos viendo como la “iglesia oficial”, y me refiero a la que se muestra al mundo a través de los medios de prensa (y el mundo es aquí la inmensa mayoría de la población mundial), es un remedo de la iglesia de Cristo, la “iglesia de las promesas”. Se trata de una institución puramente humana cuyo cometido es velar por las soluciones a los problemas que afligen a la “gran familia humana”: pobreza, calentamiento global, inequidades de variado pelaje, falta de solidaridad, etc. Y Bergoglio y sus secuaces más cercanos están ejecutando con precisión la danza que les han asignado bailar. El problema es que están bailando como simios en una pista de circo, concitando las risas y carcajadas de un público mundano cada vez más exiguo y desinteresado.
¿Qué influencia tienen las peroratas pontificias en la política mundial? Ninguna. ¿Qué influencia tienen en al ámbito de los fieles católicos? Escasa y con una imparable tendencia a la nulidad. Y esto no es una mera expresión de deseos. Es relativamente fácil de medir. Los medios de prensa de la Santa Sede, como lo están señalando los especialistas en los últimos meses, son cada vez menos leídos. Y no me refiero solamente a la prensa escrita. Veamos algunos ejemplos reveladores: 
1. Los sitios de noticias vaticanos tienen escasos lectores, comparados con los que poseen otros medios de difusión equivalentes. 
2. Si vamos el canal oficial de Youtube de la de la Conferencia Episcopal Argentina, veremos que los frecuentes videos que allí Se publican con mensaje de obispos, tienen en promedio menos de cien visitas totales. 
3. Mientras escribo este artículo, se está transmitiendo en vivo por Youtube, con ocasión de la semana Laudato sì, una publicitada  conferencia tripartita en la que intervienen Mons. Lugones, obispo jesuita de Lomas de Zamora, una conocida monja italiana y una teóloga argentina. Al finalizar, consiguió apenas ciento veintitrés espectadores.
4. Si visitamos el blog del P. Jorge Oesterheld, una de las estrellas mediáticas de la clerecía argentina contemporánea y director de Vida nueva digital , veremos que sus post apenas si superan las ciento cincuenta visitas totales. 
En cambio, el blog de Marco Tossati alcanzó hace pocos días los dieciséis millones de visitas. Este humilde blog del Wanderer, tiene más de seis millones de visitantes totales, y un promedio de tres mil visitas diarias. Y los lectores de estos sitios y de muchísimos otros por el estilo, no son precisamente quienes sostienen y aplauden el pontificado francisquista. 
Pareciera, entonces, que estamos frente a una iglesia de la “publicidad” que se manifiesta en afiches callejeros y luces de neón en las marquesinas de los teatros del mundo, pero que no es más que eso: papel untado con engrudo y neón; simios bailando seriamente una danza que nadie toma en serio. Y paralelamente, hay “otra iglesia”, subterránea, que solamente habla a sus miembros y que es “invisibilizada” por los jerarcas y por el mismo mundo. Nos queda grande atribuirnos el apelativo de “iglesia de las promesas” pero, en todo caso, es una iglesia que busca permanecer fiel al Depósito, ese mismo que quienes debían custodiarlo, lo han dispersado.

lunes, 18 de mayo de 2020

Sine Dominico non possumus


El 12 de febrero de 304 un grupo de fieles cristianos de Abitina, en el actual territorio de Túnez, se reunió secretamente con el presbítero Saturnino para la celebración de los Misterios, es decir, de la misa. El procónsul de la zona había exigido a todos los cristianos entregar los Libros Sagrados y las Escrituras para ser quemados y había prohibido la celebración del culto, a raíz de los edictos de Diocleciano. El obispo Fundano y varios de sus sacerdotes se apresuraron a obedecer la orden y ellos mismos arrojaron a la hoguera los libros. Otros, en cambio, como Saturnino, padre de cuatro hijos, siguieron celebrando el Santo Sacrificio en casa particulares para grupos reducidos de fieles. En una de esas ocasiones fueron denunciados, detenidos y conducidos para ser juzgados en Cartago. El autor de las Actas de los mártires nombra a cada uno de ellos: eran cuarenta y cuatro; varones y mujeres; adultos, jóvenes y niños. 
La acusación ante los magistrados era que los habían “sorprendido celebrando, contra la prohibición de los emperadores y césares, una reunión de culto con los correspondientes misterios”. Cuando el juez les preguntaba, invariablemente respondían como lo hizo la joven Victoria: “Sí, yo he asistido a la reunión y he celebrado los misterios del Señor, porque soy cristiana”. 
Cuando le preguntaron al presbítero Saturnino por qué había celebrado la misa, respondió: “Porque la celebración del día del Señor no puede interrumpirse”. 
Emérito, que era el dueño de la casa donde habían sido encontrados los cristianos, fue interrogado a su vez:
— ¿En tu casa —díjole el procónsul— se han tenido reuniones de culto contra los preceptos de los emperadores?
Emérito, inundado del Espíritu Santo, respondió:
— Sí, en mi casa hemos celebrado los misterios del Señor.
— ¿Por qué les permitiste entrar?
— Porque son mis hermanos y no podía impedírselo.
— Pues tu deber era impedirlo.
— No me era posible, pues nosotros no podemos vivir sin celebrar el día domingo el misterio del Señor. Sine Dominico non possumus
Estos hermanos nuestros, que nos precedieron en la fe y nos edifican con sus testimonio, fueron sometidos al potro, descoyuntados sus miembros y rasgados sus cuerpos con el garfio. Luego, los arrojaron a la cárcel donde fueron abandonados y murieron a causa de sus heridas y de hambre. 
Recomiendo la lectura completa del relato. Pueden encontrarlo en las Actas de los mártires, edición de Daniel Ruíz Bueno (BAC, Madrid, 2003), pp. 970-994. 

Reflexiones posteriores:
1. Encontramos en el testimonio de los mártires de Abitina varios aspectos similares a la situación actual, pero otros distintos, por lo que su ejemplo no pueden ser trasladado sin más. Entonces, los oficios litúrgicos habían sido prohibidos por odio a la fe, y esto dicho de modo expreso: el cristianismo estaba fuera de la ley. Hoy, en cambio, las razones de la prohibición son sanitarias, y aunque muchos gobernantes estuvieran aprovechando las circunstancias para desfogar su odio a la fe, es algo que podemos sospechar pero no afirmar con certeza. 
En cuanto a los obispos y otros miembros del clero, si bien en la actualidad se han comportado con cobardía, no podemos calificarlos de traditores, como fue el caso de Fundano. No han hecho —aún— actos de desprecio público de nuestras verdades; sólo han cerrado los templos.
Finalmente, el peligro que afrontamos nosotros si nos reunimos clandestinamente en la “celebración de los Misterios”, será tener que pagar alguna multa y un mal trago. Lejos estamos de ser sometidos al potro y a los garfios como ocurrió con los mártires africanos.
2. En dos artículos anteriores (aquí y aquí) hablé de sendas pestes de Milán ocurridas en los siglos XVI y XVII. También en esos casos históricos encontrábamos situaciones similares con la nuestra,  pero las analogías no son fáciles de hacer y, en cambio, es fácil caer en confusiones. 
Allí se dio también la suspensión del culto público por varios meses. Pero aparece una diferencia notable. En esos casos, el culto público se suspendió en las iglesias de la ciudad de Milán y de pueblos del ducado, probablemente también en el bergamasco y ciertamente no se suspendió en el Véneto. Es decir, fue en una zona extensa pero focalizada. En el caso actual, la suspensión del culto público se extiende por todo el orbe. Ni la iglesia católica romana ni la iglesia ortodoxa -las dos únicas que ofrecen el culto verdadero- celebraron durante varias semanas públicamente los Misterios. Y esto fue ciertamente una situación nueva para la humanidad.
3. Aparece como necesaria una distinción entre admitir conspiraciones y la conspiranoia. Que detrás de muchos eventos históricos hubo conspiraciones, es claro. Y sería ingenuo no admitir que la pandemia del Covid19 está siendo la oportunidad de hacer experimentos de ingeniería social a nivel planetario, de cercenar libertades, de imponer tácticas de seguimiento, de estudiar las conductas del miedo colectivo, etc. Georges Soros existe, y sabemos muy bien cuáles son las iniciativas que financia, y también existe Bill Gates, que no es precisamente un ingenuo y desinteresado benefactor de la humanidad. Pero una cosa es admitir esto y sospechar que estos personajes y otros similares pueden aprovecharse de la epidemia para acelerar el cumplimiento de sus objetivos, y otra es afirmar que Bill Gates “patentó” (?) el COVID19 en Londres y que, además, tiene cientos de niños encerrados en una caverna subterránea, unida por túneles a la Fundación Clinton, donde son abusados por el mismo Bill y otros villanos. Esto fue publicado por una médica que es autoridad admitida en materia de Nuevo Orden Mundial. Y es un disparate; una conspiranoia peor que la de los milaneses del siglo XVII que insistían en que la peste era obra de los enemigos del ducado de Milán que “untaban” casas y personas con pociones venenosas.
4. En cuanto a la conducta de los obispos y miembros del clero, fue similar, en principio, a la de sus colegas —uno de ellos San Carlos Borromeo—, de las pestes milanesas. Sin embargo, hay una diferencia que cambia su especificidad. En nuestro caso —y me refiero concretamente a Argentina—, los obispos se sometieron servilmente al poder político, sin ofrecer la menor resistencia o ejercer la menor presión para que la situación cambiara. Es cierto que las celebraciones normales de la misa serían ocasión de contagio y es por esa razón que se suspenden pero, a diferencia de lo ocurrido en Lombardía en el siglo XVI, hoy sabemos exactamente cuáles son los mecanismos del contagio y cuál es la fisiología del cuerpo humano en tales casos. Si podíamos ir al supermercado y a la farmacia, ¿por qué no podíamos ir a misa? Es cuestión de establecer un aforo limitado y observar las mismas medidas que se observar en esos locales. 

A partir de la semana pasada, en varias parte del país están abiertos  los negocios, y también abren las iglesias algunas horas al día para la oración privada y suelen haber sacerdotes confesando, pero las celebraciones del culto, nadie sabe cuándo volverán. Y parece que a nuestros pastores poco les importa el tema. En la imagen de arriba vemos el aviso fijado en la entrada de la iglesia del Corazón de María en Mendoza. El párroco nos advierte que las celebraciones volverán cuando las autoridades determinen que ya no hay riesgo de contagio y, además, nos aconseja “hacernos pan”. Pues bien, las más altas autoridades del país ya determinaron cuando podrán volver las misas: “Hasta que no haya una situación de riesgo cero en los contagios de coronavirus no vamos a hablitar a los templos para realizar misas”, dijo el Secretario de Culto. Es decir, dentro de uno o dos años. Y mansitos y casi moviendo la cola, los obispos aceptan que sea el Estado quien determina la habilitación de los templos.
Esta semana entra en vigor el protocolo sanitario que deberá observarse en los templos abierto exclusivamente para la oración personal. Se permite un fiel por banco y se establece que puede estar allí solamente para hacer oración privada. ¿Qué impediría que se celebrara la misa con  esa cantidad limitada de fieles? Nadie lo sabe; irracionalidad pura.  Y lo que más enerva es que los obispos, modositos ellos como siempre, acepten sin chistar estas disposiciones. No sería nada extraño que al paso que vamos fuera el Ministerio de Salud quien fijara el nuevo ritus servandus para la celebración de la Santa Misa, como ya casi está sucediendo en España, a tenor de lo que podemos ver en este video. (Sería una buena idea sugerirle a los políticos que un modo de minimizar los contagios sería que el sacerdote rezará la misa ad orientem, pues de ese modo se evita que las famosas partículas flotantes de saliva infectada pueda dañar a los fieles).
Esta actitud de sometimiento total e indiscutido de los prelados resulta aún más indignante cuando lo hacen antes autoridades que están dispuestas a aprobar la ley del aborto cuando apenas el Congreso comience a sesionar con normalidad. Nos piden a los católicos argentinos que obedezcamos a nuestras autoridades que lo único que quieren —dicen—, es cuidarnos. Justamente las mismas autoridades que se aprestan a autorizar el asesinato legal de los niños en el vientre de sus madres. 
Y, claro, también nos piden que “nos hagamos pan” y que ayudemos con los gastos de las parroquias.



viernes, 15 de mayo de 2020

Lecturas de fin de semana


El Anticristo - John Henry Newman
En el adviento de 1835, John Henry Newman, vicario de la parroquia universitaria de Oxford, predicó cuatro sermones dedicados a la figura del Anticristo. Sobre los “sermones parroquiales” de Newman —que han sido recientemente publicados en ocho tomos por Encuentro, con estupenda traducción de Víctor García Ruíz—, escribía Bouyer: “Es demasiado poco decir que los sermones de Oxford expresan una tal visión de las cosas. Esta visión es más bien el marco en el cual ellos ubican todas las cosas de las que pueden hablar. Para Newman, el hecho de que la revelación ya comenzada de los poderes del Anticristo, prepara una revelación, insólita, del Reino de Cristo, no es solamente una evidencia entre otras, sino que constituye la evidencia de base”.
Newman desarrolla su reflexión sobre el Anticristo, basada en su profundo conocimiento de la Escritura y de los Santos Padres, en torno a cuatro núcleos temáticos: “El tiempo del Anticristo”, “La religión del Anticristo”, “La ciudad del Anticristo” y “La persecución del Anticristo”.
Esta edición cuenta con la traducción y una extensa introducción del P. Carlos Baliña. Con permiso del traductor, puede bajarse gratuitamente en formato PDF y en formato Epub


La esfera y la cruz - G. K. Chesterton
El primer libro de Chesterton que leí fue La esfera y la cruz. Recuerdo que lo hice durante un largo viaje en ómnibus cuando no tenía aún veinte años. Me pregunto cómo hice, pues me habíaan prestado la edición de sus Obras Completas de Plaza & Janés,  muy elegantes con sus tapas de cuero azul y sus páginas en papel biblia, pero con una letra pequeñísima. Quedé fascinado con Chesterton. A partir de entonces, comencé a devorar todo lo que podía de este autor. Y aún no termino de hacerlo. Su corpus es enorme…
La esfera y la cruz es una novela que comienza con el diablo en una nave voladora sobre la catedral de Saint Paul de Londres; y concluye en un manicomio donde han sido recluidos todos los personajes que han aparecido en sus páginas. La obra entera son los intentos frustrados de enfrentarse en duelo un ateo  y un creyente. Unas veces la policía y otras las circunstancias pospondrán el derramamiento. 
Precisamente la cúpula de Saint Paul representa los símbolos de la controversia: “Le estoy diciendo, Michael, que puedo argumentar contra las patrañas del cristianismo haciendo uso de lo mejor del racionalismo a través de cualquier símbolo que quiera usted ofrecerme. He aquí un instante tan propicio como una venganza. ¿A través de qué otra cosa podríamos expresar mejor tanto su filosofía como la mía, si no es a propósito de esa esfera y de esa cruz? Esa esfera, ese globo, es razonable; esa cruz, sin embargo , no lo es. Es como un animal que tuviera una pata más larga que las otras. El globo es inevitable. La cruz es arbitraria. La esfera culmina armónicamente cuanto hay debajo, es una unidad en sí misma; la cruz, sin embargo, simboliza malevolencia primaria, enemistad incluso contra sí misma. La cruz es la expresión de un conflicto entre dos líneas horizontales que van en una dirección irreconciliable. Esa forma silente y cruzada que vemos ahí simboliza una colisión esencial, un choque, una batalla de piedra. ¡Bah! ese símbolo sagrado suyo, querido amigo, no sirve más que para dar nombre o describir la desesperación y el entontecimiento”.
Imperdible.
Athanasius acaba de reeditarla. Aquí pueden encontrar un listado de librerías donde conseguirla.



La esperanza en los Padres de la Iglesia
Minucio Felix, en su Octavio, pone en boca del pagano Cecilio lo siguiente: “Si, por tanto, les queda algo de buen sentido, o de pudor, dejad de escrutar los espacios celestiales y los destinos del universo… mirar a vuestros pies es suficiente para gente como vosotros. Siguiendo un sueño de inmortalidad, los cristianos se niegan los placeres de la vida, viviendo en pobreza y castidad, y aún sufriendo toda clase de vejaciones. Son, por tanto, doblemente desgraciados: “No resucitaréis y mientras tanto tampoco vivís”. Se trata de una objeción que bien podría ser copiada literalmente por los paganos actuales. Los Padres de la Iglesia tuvieron que responder a ella y a otras muchas, dando “razones de nuestra esperanza”. 
La esperanza es la virtud teologal que menos atención ha recibido pero que más se aprecia en tiempos de tribulaciones como los que estamos viviendo, cuando las preguntas existenciales más profundas afloran incluso en aquellos que por gracia de Dios conservamos la fe. “Ubi spes vestra est, christiani?”, “¿Dónde está, cristianos, vuestra esperanza?”; “¿para qué le sirven los ayunos, la continencia, la castidad, el repudio de los bienes? La muerte reina sobre todos de la misma manera”. “¿Dónde está ese Dios que puede socorrer a aquellos que vuelven a la vida pero no a aquellos que viven?” “¿Dónde está todo aquello que les es prometido para después de esta vida?”.
En este libro se recogen textos de diversos Padres de la Iglesia sobre el sentido y el objeto de la esperanza cristiana. San Agustín, Orígenes, San Cipriano, San Cirilo de Jerusalén, San Juan Crisóstomo y San Efrén son convocados para alentarnos y recordarnos que la mirada debe estar siempre puesta en la Jerusalén Celestial, hacia la que caminamos en medio de este valle de lágrimas.
Se encuentra disponible en Amazon

miércoles, 13 de mayo de 2020

Los desaparecidos del Papa Francisco


Una de las primeras biografías de Jorge Bergoglio que se escribió fue la de Omar Bello (El verdadero Francisco), quien había tenido con él una estrecha relación en sus épocas de arzobispo porteño. Curiosamente, el libro se agotó rápidamente, nunca fue reeditado y el autor murió poco tiempo después en un accidente automovilístico. Pueden bajarlo de aquí. En la p. 36 narra la siguiente anécdota:
— ¡Hay que echarlo ya! —reclamó Bergoglio levantando la voz. Las paredes temblaron. —¡Ni un día más puede estar acá ese tipo! ¿Entendieron?
Se refería a un empleado de la Curia que, según se dice comúnmente, se le había metido entre ceja y ceja.
—Me lo echa enseguida. ¿Entendido?
—Pero va a querer hablar con usted… —replicó uno de los ecónomos.
—Dije que lo eche ya. ¿En qué idioma hablo?
—Está bien, monseñor… Lo echamos enseguida
[…]
Ya echado, el empleado en cuestión pidió una audiencia con el cardenal y se le concedió rápido, sin hacer preguntas.
—Pero yo no sabía nada, hijo. Me sorprendés… —aseguró el actual Papa cuando el “echado” le narró sus cuitas.
El hombre salió de las oficinas cardenalicias sin trabajo pero con un auto cero kilómetro de regalo, creyendo que Francisco era un santo empujado por circunstancias ajenas a su control, dominado por una caterva de asistentes maliciosos. La historia de este despido es repetida hasta por los encargados de seguridad de la Curia porteña.
Esta actitud de doblez del Papa Francisco, aprendida en las madrazas jesuitas, lo ha acompañado a lo largo de toda su carrera y ha dejado a su paso un tendal de “desaparecidos”, como el empleado curial de la anécdota. Repasemos sólo algunos otros:

1. El P. Franz Jalic, s.j.: Al quedar en libertad en noviembre de 1976, luego de cinco meses de detención clandestina durante el gobierno militar, Jalics se marchó a Alemania. En 1979 su pasaporte había vencido y Bergoglio —provincial de la Compañía— pidió a la Cancillería que fuera renovado sin que volviera al país. El Director de Culto Católico de la Cancillería, Anselmo Orcoyen, recomendó rechazar el pedido “en atención a los antecedentes del peticionante”, que le fueron suministrados “por el propio padre Bergoglio, firmante de la nota, con especial recomendación de que no se hiciera lugar a lo que solicita”.
2. Adelantemos cuarenta años. En el día de San José Obrero (espantosa festividad socialista impuesta por Pío XII con la que desplazó de su día tradicional a los santos apóstoles Felipe y Santiago) de 2020, el Papa Francisco echó a cinco empleados de la Secretaría de Estado. Estaban sospechados de las maniobras financieras por la compra de un millonario inmueble en Londres. Como ha sido suficientemente explicado por quienes saben, esas maniobras no habrían sido posible sin la autorización de los superiores (Becciu y Peña Parra). Se estima que fue una salida pactada. El silencio, en la Santa Sede, suele ser un poco más caro que un auto cero kilómetro. 
3. Mons. Guillermo Karcher: ¿Alguien se acuerda ya del legendario ceremoniero pontificio que en 2014 era la vedette de los medios argentinos? No solo se fotografiaba con Marcelo Tinelli y Wanda Nara, sino que hacía de trujamán oficioso y consentido del Papa. No había día que no aparecieran publicadas alguna de sus declaraciones. Misteriosamente, de un día para otro, desapareció, y ha quedado relegado a sus oficios de monsignorino vaticano, uno más entre tantos otros. ¿Qué pasó con él? 
4. El P. Fabián Pedacchio: Fue el primer secretario del Santo Padre hasta el año pasado. Personaje oscuro que trabajaba en la Congregación de Obispos por recomendación del entonces cardenal Bergoglio y sobre el que dimos alguna información hace un tiempo. “Renunció” en noviembre de 2019 a su cargo y mucho creyeron que se trataba del paso previo y necesario para una próxima promoción. Sabíamos que no era así. Simplemente, desapareció. ¿Los motivos? Se saben en algunos despachos del Sacro Palacio. Tendrían que ver con una reveladora fotografía que llegó al escritorio del Papa, en la que su secretario aparecía con quien no debía aparecer. 
5. Gustavo Vera: Rufián porteño que durante un tiempo tuvo entrada franca a la antecámara pontificia y fue el agente del Papa Francisco encargado de hacer ruidos y crear conflictos durante el gobierno de Macri. Sus negocios turbios llevaron a Vera a entreverarse con Mons. Marcelo Sánchez Sorondo, como ya hablamos aquí en oportunidad de publicar una elocuente fotografía. Esta amistad permitió al perillán hablar, cual eminente catedrático, en la Pontificia Academia de Ciencias Sociales comandada por el ruin de Sánchez Sorondo. Y, de un momento para otro, Vera se esfumó. ¿Habrá perdido el favor pontificio?
6. Eugenio Hasler: El caso es muy reciente y se habló mucho de él. Se trata de otro fiel empleado de la Santa Sede, despedido de mala manera por el Papa Francisco. Aquí los detalles.

lunes, 11 de mayo de 2020

I promessi sposi


No había leído la obra de Manzoni. Por su título - Los novios- imaginaba una novela de desencuentros amorosos y lágrimas nupciales. Pero aprovechando el encierro, me decidí a leerla y admito que tiene muy bien ganado el galardón de clásico de la literatura italiana. Las desventuras amorosas de Renzo y Lucía son apenas una tenue excusa para retratar la sociedad italiana del siglo XVII. 

Manzoni dedica varios capítulos hacia el final del voluminoso libro, a describir la peste de Milán de 1630. Se trató nuevamente de la peste bubónica que llegó a la ciudad portada por soldados alemanes que se dirigían a tomar la ciudad de Mantua. Duró dos años: de 1629 a 1631, y murió casi la mitad de la población de Milán. En otras ciudades lombardas y del Véneto, las cifras fueron similares o aún mayores. Esas sí que eran pestes.
Comparando con la situación actual, encuentro una serie de similitudes y diferencias.
Similitud: No fue fácil a los milaneses admitir que tenían nuevamente la peste. La anterior, la de San Carlos Borromeo (y de la que hablamos aquí), ya se había borrado de sus memorias. Primero la negaron, luego dijeron que era solamente una gripe un poco más fuerte que las habituales, y cuando se decidieron a cerrar la ciudad, ya era tarde.
Similitud: Se impuso una cuarentena muy estricta. Nadie podía salir de sus casas. Los únicos que recorrían la ciudad eran los encargados de llevar los cadáveres a la fosa común, y los enfermos al lazareto.
Similitud: Hasta el fin mismo de la peste existió un grupo de conspiranoicos que, sin poder negar lo evidente, le adjudicaban una causa tortuosa. En ese caso los culpables no fueron Bill Gates o el doctor Fauci. Eran los “untadores”. Se afirmaba que la peste había sido esparcida en el milanesado por los enemigos de ese ducado, que “untaban” las casas con una sustancia venenosa, o arrojaban polvos emponzoñados a los transeúntes.
Similitud: Las “libertades personales” estaban más limitadas aún que las actuales. No solamente no se podía circular por la ciudad, sino que para aventurarse fuera de ella, o para entrar a cualquier otro pueblo, debía portarse, en ausencia de un chip, el “certificado de sanidad”, que atestiguaba que el portador estaba sanado o inmune por haber contraído el virus y haberse curado. 
Similitud: El culto público estuvo suspendido durante meses, casi los dos años que duró la peste. Más aún, cuando la ciudad comenzó a darse cuenta de la gravedad de la situación, no tuvieron mejor idea que organizar una gran procesión rogando la finalización de la peste. Como una especie de 8M madrileño, la romería provocó que los días siguientes las muertes y contagios aumentaran exponencialmente.
Similitud: El sistema sanitario estuvo saturado durante meses. Los enfermos eran conducidos quisieran o no, al lazzaretto, un gran hospital construido en las afueras de la ciudad y que se fue agrandando con cabañas y barracas. Llegó a albergar a diecisiete mil enfermos. Los familiares sabían que cuando alguien iba allí, lo más probable era que nunca más lo vieran: nadie podía ingresar a visitarlos, y los muertos eran conducidos en carros a fosas comunes, donde se perdía su registro.
Diferencia: El cardenal arzobispo de Milán era Federico Borromeo, primo de San Carlos. El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina es Mons. Oscar Ojea. La diferencia es cósmica. Así como el primero se preocupó, tal como lo había hecho su tío, que todas las almas que le habían sido confiadas recibieran los auxilios espirituales, el segundo, nuestro Ojea Quintana, se preocupa que “todos los argentinos puedan lavarse las manos”.
Diferencia: Una de las primeras decisiones que tomó el cardenal Borromeo fue formar una especie de “cuerpo sacerdotal de elite”, destinado a atender a los enfermos. La gran mayoría de ellos fueron capuchinos, que estuvieron a cargo de la gestión del lazareto. En nuestros días, los capuchinos se enorgullecen del P. Puigjané y de haber tenido varios años entre sus filas a quien luego sería Mons. Zanchetta, no conocido por sus desvelos en favor de los desahuciados, sino por sus acosos a jovenes seminaristas salteños.
Diferencia: El cardenal arzobispo dispuso que los sacerdotes que quisieran, visitaran las casas y, desde la puerta, confesaran y dieran de comulgar a los fieles. Mons. Ojea y buena parte de los obispos argentinos, prohibieron a sus sacerdotes administrar los sacramentos, aún cuando se respetaran todos los protocolos de seguridad y se tuviera el permiso de las autoridades civiles.
Similitud: Uno de los protagonistas de la novela es don Abbondio, el cura del pueblecito donde vivían Renzo y Lucía. Cómodo, cobarde y melindroso, cuando llegó la peste solamente pensó en no enfermar, despreocupándose de su rebaño. Lo mismo que hoy ha hecho buena parte de los sacerdotes que conocemos.

¿Similitud?: Relata Manzoni que la peste terminó abruptamente. Luego de un fuerte aguacero que duró varios días, los contagios comenzaron a disminuir, los nuevos enfermos presentaban síntomas leves y se curaban rápidamente, y pronto el virus bubónico desapareció. Quiera Dios que también sea el caso del Coronavirus. Eso es al menos lo que se está observando en el sistema de salud italiano.




miércoles, 6 de mayo de 2020

El resto y los singulares


por John Henry Newman

¿No sabéis que los que corren en el estadio, 
todos sin duda corren pero uno solo recibe el premio? 
Corred de tal modo que lo alcancéis (1 Cor 9,24)

Nada queda más claro en la Escritura o es más llamativo en sí mismo que esto: que de todas las personas bendecidas con los medios de la gracia solo unos pocos han hecho rendir este inmenso beneficio. Tan claro, tan constante es este hecho que podría considerarse casi una doctrina. «Muchos son los llamados, pocos los escogidos». Y en san Lucas (13,24): «esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán». Y san Mateo (7,13-14): «amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!». Y se diría que san Pablo convierte expresamente el hecho histórico en doctrina cuando, comparando sus propios tiempos con etapas anteriores de la Iglesia, dice: «también en el tiempo presente ha quedado un resto según elección gratuita» (Rm 11,5).

La palabra «resto» es corriente en el lenguaje de los profetas, que es de donde la toma san Pablo. Isaías, por ejemplo, dice: «aunque el número de los hijos de Israel sea como las arenas del mar, un resto se salvará» (Rm 9,27). Jeremías (44,28) habla del «resto de Judá» y de los «hombres contados» a los que se les prometió el regreso. También Ezequiel (6,8-9) declara que Dios «dejará un resto entre vosotros, los supervivientes a la espada entre las gentes. Los que sobrevivan me recordarán entre las naciones donde hayan sido llevados cautivos». Tan bien se entendía esto que la esperanza de los justos no iba más allá. Ni la promesa ni la esperanza va nunca más allá de la salvación de un pequeño «resto», Por eso, el consuelo que se le ofrece a la Iglesia en el libro de Jeremías es que Dios «no acabará contigo» (Jer 46,28) y Esdras confesando los pecados del pueblo expresa su miedo de que no haya quedado «nadie que se librara» (Esd 9,14). Así Cristo, sus apóstoles y sus profetas; todos enseñan la misma doctrina: que los escogidos son pocos aunque los llamados son muchos, que uno gana el premio aunque muchos corren la carrera. […]
Se diría que el Todopoderoso se goza y se digna tener sus delicias en esta pequeña compañía que le es fiel, como si lo reducido de su tamaño tuviera algo de excelente y precioso. «No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino» (Lc 12,32). «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo sino por los que me has dado, porque son tuyos» (Jn 17,9). En ese mismo espíritu dice san Pablo: «porque a los que de antemano eligió también los predestinó» (Rm 8,29) y en tiempos de Elías: «me he reservado siete mil varones, que no doblaron la rodilla ante Baal» (Rm 11,4). Y en tiempos de Moisés: «el Señor se ha prenda- do de vosotros y os ha elegido, no porque seáis el pueblo más gran- de de todos los pueblos, puesto que sois el más pequeño» (Dt 7,7).
No hace falta añadir que la misma bondad por parte de Dios, la misma ingratitud por parte del hombre, la misma pobreza de fe, la misma escasa santidad, verdad y dedicación han marcado el desarrollo de la etapa cristiana, al igual que las anteriores que relata el libro inspirado. […]
Mencionaré una mala interpretación de esta doctrina. Se puede decir que la idea de que los verdaderos cristianos son pocos lleva a los hombres a aislarse en sus propias opiniones, a apartarse de la muchedumbre, a adoptar opiniones nuevas y extravagantes, a volverse singulares en su conducta, como si no pudiera ser bueno lo que hacen y piensan los muchos. Puede ser el caso a veces. Pero me gustaría subrayar que si los verdaderos cristianos son pocos, tienen también que ser en cierto sentido «singulares». La singularidad, por supuesto, no es prueba de que nuestras opiniones sean correctas o de que seamos elegidos de Cristo, porque hay muchísimas maneras de ser singular y todas no pueden ser buenas. Y a menudo la gente es singular por el gusto de serlo, por orgullo, o por llamar la atención; y de ahí no se sigue que incluso los que profesan las ideas de los verdaderos siervos de Cristo, estén en ese número. Pero por otro lado, tampoco se sigue que porque alguien sea singular en sus opiniones, tenga que estar equivocado, ni que porque otras opiniones sean las corrientes en un momento dado, estas sean correctas. Si la mayoría de la gente se encuentra siempre en el camino ancho «que conduce a la perdición», no hay motivo para afirmar que, para acertar en nuestras ideas religiosas, tengamos que estar de acuerdo con la mayoría. Más bien al contrario. Si de tales personas tales opiniones religiosas, lo más probable sería que las opiniones más extendidas estarían siempre equivocadas y serían peligrosas por ser opiniones muy difundidas. Los que sirven a Dios con fidelidad, siempre tendrán que ser tenidos en su tiempo como gente singular, un tanto desaforada y algo extrema. No lo son; deben guardarse mucho de serlo. Y si lo son, están tan equivocados como la mayoría, por mucho que en otros aspectos se distingan de ellos; y aún así, no es prueba de que lo sean porque los muchos les llamen así. No es prueba de que lo sean el que otros den por supuesto que lo son, pasen por alto sus ideas, desprecien sus argumentos sin oponer razonamiento alguno, los traten con gravedad, o se sientan vejados por ellos, o se pongan impacientes, o se rían de ellos, o se opongan a ellos con ferocidad. No. Hay innumerables nubes removiéndose por el cielo, ráfagas innumerables que agitan el aire para uno y otro lado. Igual de numerosas, violentas, extensas, efímeras, inciertas y cambiantes son las nubes y los vendavales de las humanas opiniones; y tan súbita, impetuosamente y sin fruto asaltan a quienes tienen el alma fija en Dios. Vienen y van las opiniones humanas; no tienen vida propia, no duran. No tienen en común nada más que esto: que lo mismo que las nubes, amenazan y, lo mismo que los vendavales, desaparecen rápidamente. Son las voces de los muchos, tienen la fuerza del mundo y se dirigen contra los pocos. Su argumento, el único argumento en su favor, es su pasajera hegemonía en el momento, no que existieran ayer, no que vayan a existir mañana, no que se apoyen en la razón o en una creencia venerable sino que son lo que todo el mundo da por supuesto o quizá supone que está en la Escritura y por tanto no hay que discutirlo. No es que tengan más defensores a lo largo de periodos de tiempo prolongados sino que resulta que es la opinión que profesa más gente en estos momentos cambiantes. Pera la verdad divina es una y la misma, siempre; no cambia como no cambia su Autor. Así pues: se entien-de perfectamente que quienes mantienen la verdad divina se expongan continuamente a la acusación de ser singulares, bien sea por esto o por aquello, en un mundo en cambio constante. […]

Sermón n. 477 

10 de septiembre de 1837


lunes, 4 de mayo de 2020

Imbeles


Hay una antigua palabra castellana que ha caído en desuso —ella, pero no lo que denota—, y encontramos con dolor que es la que mejor cabe a la jerarquía eclesiástica. Me refiero a imbele, cuyo origen es el vocablo latino im-bellis, y significa “incapaz de guerrear o defenderse”. Y en este caso la incapacidad se extiende también a la fe y a los fieles que les han sido confiados.
La semana pasada, la Conferencia Episcopal Italiana se plantó con fuerza ante el gobierno exigiendo que en la nueva etapa del confinamiento se permitiera el regreso del culto publico. Y algunos obispos, como Mons. Ercole, de Ascoli, lo hicieron con fuertes palabras, impensables en un obispo argentino. Sin embargo, al día siguiente —y, según se dice, luego de una llamada del primer ministro—, el Papa Francisco desautorizó públicamente a los obispos, exigiendo la obediencia a las disposiciones del poder político. Imbele.
España también comienza una nueva etapa de la cuarentena, y los obispos peninsulares se apresuraron han elaborar un protocolo con las modalidades que adquirirán las celebraciones litúrgicas en cada una de las fases. Un experto lector español de este blog me envió un documento, cuya lectura aconsejo, en el que muestra las inconsistencias, o más bien incoherencias de las disposiciones episcopales. Allí se concluye: 1) que el Gobierno, que no podía prohibir el culto, le dijo a los obispos que eran ellos los que tenían que hacer de ejecutores y prohibir el culto público para que el decreto del estado de alarma no entrase en «inconstitucionalidad». 2) Que la inmensa mayoría de los obispos de España se plegó a ese deseo del Gobierno y, en total complicidad con él, y 3) que esto, que debió suponer división en el seno de la Conferencia Episcopal a la vista de la falta de unanimidad de criterio, se ha hecho a espaldas de los fieles, con mentiras, con engaños deliberados.
Algo peor ocurrió en Argentina, donde al gobierno peronista le importa un bledo el orden constitucional y ordenó el cierre de los templos. Luego de más de un mes, nos pareció que los obispos se movían. Mons. Tucho Fernández publicó una carta y enseguida sus colegas de la Conferencia Episcopal oficializaron el pedido al gobierno nacional a fin de permitir la reapertura "administrada" de los templos. Previsiblemente, se respondió que no hacía lugar a la requisitoria. Los obispos, bajaron la cabeza calladitos y nos hicieron saber la mala nueva. 
Me parece una ingenuidad pensar que los obispos argentinos hayan realizado el pedido al gobierno nacional tout court. Cualquier persona que haya estado en puestos de gobierno o dirección sabe que, antes de hacer público un pedido, se sondea, y cuando es posible, se arregla la respuesta. No me extrañaría entonces, que nuestros pastores se hayan limitado a hacer una pantomima: explicaron sottovoce a los funcionarios del gobierno la delicada situación por la que atravesaban puesto que estaban quedando como cobardes ante sus fieles, que ya se estaban impacientando. Ellos harían un pedido pour la gallerie sabiendo que la respuesta sería negativa —ci mancherebbe altro! Todo sea por la salud de la población…— y de ese modo, sus ovejitas quedarían conformes. 
Imbeles. 
Y aún tienen cara para pedir ayuda. Que se la pidan a la Madre Tierra. 
Y si la Pachamama, aún después que le tributaron honores en los jardines vaticanos bajo la complaciente mirada del Vicario del Cristo, no les hace caso, les propongo otra solución. En todas las diócesis hay varios colegios perteneciente a congregaciones religiosa. Se trata, en general, de institutos de monjitas que se encuentran en un proceso irreversible de extinción: el promedio de edad supera los 70 años y no tienen nuevas vocaciones. Hace años, o décadas, que han entregado los colegios a laicos que los gestionan como una pequeña empresa, y pasan dividendos a la congregación propietaria y al obispado. 
Estos colegios dejaron de ser católicos hace mucho. Les queda sólo el nombre y el lustre. Ahora, por ejemplo, aceptan mansamente, y en algunos casos lideran, los cambios que imponen las autoridades educativas para pervertir a niños y adolescentes.
Si los obispos necesitan dinero, podrían sincerar la situación y vender esos colegios. Se trata de edificios generalmente muy bien ubicados por los que se pagarían fortunas. Con dos o tres que venden, tienen para vivir un par de años. 




sábado, 2 de mayo de 2020

Lumpenaje episcopal

Quienes preguntaban qué queríamos decir con el lumpenaje episcopal argentino, pueden ver este video. Como puede apreciarse, los obispos acusan recibo de la molestia  causada por el video de los laicos pediéndoles la devolución de la misa. Y responden a su modo. Quedan en evidencia.



Y aunque se dice que las comparaciones no son felices, vale la pena ver al obispo de Ascoli para entender las diferencias, y las desgracias que nos tocan en suerte: