jueves, 21 de marzo de 2019

Papado fallido


Hace pocos días, la revista Vatican Insider publicó un curioso artículo firmado por Gianni Valente. Se trata de la revista del diario La Stampa, que dirigía hasta esta semana Andrea Tornielli, y que ciertamente es un medio oficioso de comunicación del Vaticano. Tan estrecho es el vínculo, que Tornielli ha sido designado director de los medios de prensa de la Santa Sede. Es decir, una revista francisquista destinada a la defensa acérrima de Bergoglio.
Gianni Valente, por su parte, es un periodista vinculado a Comunión y Liberación, que bien puede ser definido como un consagrado sicofante del actual pontífice, autor, entre otras cosas, del libro Francisco, el Papa del fin del mundo.

Y el artículo es curioso porque ambos -la revista y el periodista- han comenzado a reconocer que el papado de Francisco ha fracasado. No hace falta una alta cuota de sagacidad para darse cuenta de una realidad tan evidente. Basta ver la plaza de San Pedro casi vacía durante las audiencias de los miércoles (las fotos corresponden al 27 de febrero). 
Pero Valente no se refiere a la frialdad de los fieles con respecto a Francisco como signo de fracaso, sino al modo en el cual está siendo tratado por el mundo. Afirma que los ataques no provienen tanto de los enemigos declarados del pontífice -la derecha clerical-, sino de los que eran sus amigos, es decir, la prensa liberal. Y aquí se le pianta un lagrimón: “Yo creía que ustedes siempre iban a estar con nosotros, y en cambio ahora nos han abandonado”, parece decirles. ¿Es que los muy ingenuos, e incluyo en el grupo también a Bergoglio, pensaron realmente que el mundo les iba a dar crédito a cambio de nada? Como el mismo periodista admite, lo que el mundo busca es que, a raíz de los escándalos, la Iglesia se vea forzada a reorganizarse con operaciones de ingeniería institucional, a fin de que esté a la altura de los tiempos. Y Bergoglio no les lleva el apunte, como quedó demostrado en la famosa e inservible “cumbre” de febrero.
¡Por fin cayó Valente! Bergoglio es un bluff, y él no se había dado cuenta. Le creyó. Que la inocencia le valga.
Si afinamos un poco, creo que bien se podría decir que Bergoglio no fracasó. Más aún, triunfó, porque alcanzó lo que quiso: ser papa. Ese era su objetivo. Alcanzar el poder por el poder mismo, pero sin ningún plan sobre qué hacer con el poder una vez conseguido. Llegó a la cima del poder y, una vez encaramado a la sede de Pedro, no supo qué hacer, y creo que tampoco le importó mucho no saberlo. Su concupiscencia insaciable es el ejercicio del poder, como sea; sin objeto. Como decíamos en este blog, Francisco tiene ablacionado el intelecto especulativo: es puro intelecto práctico. 
Para con los fieles católicos, el pontificado de Bergoglio ha sido un profundo y lamentable fracaso en todo los aspectos que se lo considere, aunque el más grave a mi entender es que logró acentuar la división en la Iglesia, sembrado confusión a través de su imparable verborragia. En el día del juicio, que no lo tiene muy lejano, será juzgado por el escándalo que provocó: ha sido causa de pecado de una multitud. 
Para el mundo y para los obispos liberales que lo eligieron, ha sido también un fracaso porque no hizo nada de lo que les prometió que haría: no reformó la Curia; no saneó las finanzas vaticanas y, más importante todavía, no llevó a cabo ninguna de las reformas con las que ellos soñaban: abolición del celibato, sacerdocio femenino, aceptación de la homosexualidad y varias más. Los conformó con migajas durante varios años; pero ahora ya no se conforman. “Quieren flan”, diría Casero. Y no les va a dar flan. Les vendió humo adentro de un buzón, y ellos, ingenuos, compraron a un altísimo precio ambos productos. 
Finalmente, Bergoglio fracasó del modo más rotundo y estridente en el modo en el manejó y sigue manejado la tormenta que se le vino encima: los innumerables casos de abusos y homosexualidad en el clero. No hizo nada y no hará nada. Él es parte del problema. No esperemos nada. 

En julio de 2014 publicaba en el blog un post de autoría intelectual de Ludovicus, al que titulaba El papa Francisco. Hipótesis narrativa II. Chauncy Gardiner. Lo que en ese momento hipotizábamos, se ha cumplido al pie de la letra. El mundo, los que fueron sus amigos y buena parte de los fieles católicos se han dado cuenta finalmente de la triste realidad: Bergoglio no es más que lo que se ve, un simplón con ambiciones (Mons. Adriano Bernardini, nuncio apostólico en Argentina, lo definió como un “hombre enfermo de poder” (Diego GENOUD, Massa. La biografía no autorizada, Sudamericana, Buenos Aires, 2015, p. 96)), al que se le alinearon los planetas para alcanzar lo que quería. Y al pato lo terminamos pagando todos nosotros.
Dos objeciones se levantan contra esta postura. En primer lugar, la de algunos amigos que dicen: “En realidad, Bergoglio es un tipo de una inteligencia brillante porque consigue lo que quiere”. Concedo que consigue lo que quiere -consiguió nada menos que ser papa-, pero el problema es que una vez que alcanzó ese objetivo, ya no quiere nada más, o más bien, tiene caprichos y berrinches, pero no objetivos claros que se haya fijado para alcanzar en su pontificado. “Ausencia de deseo”, diría un psicoanalista despistado.
La segunda objeción, que más bien es una explicación alternativa, es la del mismo Gianni Valente: “El Papa Francisco abraza plenamente también el misterio propio de su ministerio: la tarea del sucesor de Pedro, el pescador pecador crucificado de cabeza en la zona de la colina Vaticana”. Ya se abrió el proceso de canonización, estando el santo aún en vida. 

lunes, 18 de marzo de 2019

Lex orandi, lex credendi, lex vivendi


Hemos escuchado en muchas ocasiones este principio: “Se cree lo que se reza, y se vive lo que se cree”, y nunca más que antes caemos en la cuenta de su verdad. El video de la “misa villera” publicado en el último post, celebrada al menos por dos obispos argentinos y numerosos sacerdotes en la basílica de Luján no es una excepción. Con más o menos gusto, con más o menos grosería, con más o menos tambores, con más o menos negros y con más o menos monjas pavotas, es lo habitual de la liturgia católica contemporánea. Es eso lo que de modo eminente el “pueblo de Dios” reza, y si eso es lo que reza, eso es lo que cree y, consecuentemente, eso es lo que vive. En recta lógica, entonces, no debería asombrarnos la hecatombe moral por la que está atravesando la Iglesia. Es simplemente el reflejo existencial de su fe la que, a su vez, refleja su oración. Sin pretender juzgar el interior de las personas, pero aplicando el principio enunciado, es lícito preguntarnos acerca de la calidad de la vida virtuosa de los sacerdotes que asistían ceremonia y dudar si Mons. García Cuerva y Mons. Baliña, celebrantes del oficio religioso, se encuentran realmente en el estado de perfección, lo cual es exigido al estado episcopal según enseña Santo Tomás (S.Th. II-II, 184, 6), siguiendo a los Padres de la Iglesia. ¿Es de extrañarnos, entonces, la novedad de que buena parte de cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos de la Iglesia se hayan estado revolcando en las últimas décadas en pecados innominables?

Los católicos nos hemos quedado aturdidos frente a las revelaciones que todavía no terminan; más bien, recién comienzan. Nunca pensamos, ni siquiera aquellos que éramos más críticos con la marcha de la Iglesia en los últimos tiempos, en tamaña degradación en la vida de los clérigos, con casos que nos cuestan creer y que, sin embargo, son ciertos. Pero ¿tenemos derecho a ese aturdimiento? Si esos clérigos abandonaron el verdadero culto, abandonaron también la verdadera fe y, por tanto, les resulta imposible vivir castamente, porque se vive lo que se cree. Soy consciente que, planteado el argumento en estos términos, adopto una posición extremista puesto que, en ese caso, la misa novus ordo no sería el culto que transmite la verdadera fe, y yo no mantengo esa postura, aunque considero que se trata de un rito de tal modo despojado y empobrecido que en todo caso transmite una fe de esas mismas características. Simplificando, el Concilio Vaticano II, aunque fue un factor determinante para el desencadenamiento de esta catástrofe, no es la única causa como parece ser la opinión de Michael Matt, aunque resulta imposible negar que algo muy grave pasó, o terminó de concretarse, con ocasión de ese famoso acontecimiento
La blogósfera ya nos ofrece suficientes descripciones del momento actual y quizás sea llegado la hora de plantearnos seriamente cómo seguimos. Sabemos que con Bergoglio en la cátedra de Pedro, nada cambiará: ni en el culto, ni en la doctrina ni en el moral. ¿Tampoco en moral? No, tampoco. Y las pruebas están a la vista, día tras día. Lo ocurrido la semana pasada y de lo que dimos cuenta en este blog, es muestra evidente de ello: el obispo Zanchetta, cuya historia conocemos suficientemente, fue invitado por el mismísimo pontífice al retiro anual de los miembros de la Curia, como si nada hubiese pasado, y el mismo pontífice -suponemos-, autorizó a que Mons. Cappozzi, luego de protagonizar hace pocos meses lo que Martel llama chem-sex parties (orgías en las que se combina sexo homosexual con drogas), fuera nombrado párroco en la diócesis de Ascoli Piceno. Conclusión: Francisco no hará nada para solucionar el problema. 
Pero seamos honestos y preguntémonos de qué manera se soluciona un problema de estas dimensiones. ¿Descabezando a la mitad del colegio cardenalicio? ¿Mandando a su casa a la tercera parte de los obispos del mundo? ¿Laicizando a miles de sacerdotes? Aun en el casi hipotético de que fuera posible tomar esas medidas, no solucionarían nada, o bien poco, en el mejor de los casos. Si nos atenemos al principio enunciado al comienzo de este artículo, para reformar las costumbres hay que fortalecer la fe, y para fortalecer la fe hay que restaurar el culto verdadero. Mientras la liturgia no vuelva a ser el culto público ofrecido por la Iglesia a Dios Sabaoth, y deje de ser una ocasión de encuentro comunitario y, en el mejor de los casos, devocional, será inútil todo lo que pretenda hacerse en materia moral. 

El culto exterior durará siempre como la jerarquía, pero la Iglesia, en cuanto maestra de los sacramentos y de sus órdenes, modificará la jerarquía y el culto según los tiempos: aquella será sencilla, más liberal, y éste más espiritual; y por esta vía se convertirá en un protestantismo, pero un protestantismo ortodoxo, gradual, y no en uno violento, agresivo, revolucionario, insubordinado.

El párrafo fue escrito en 1943 por el P. Ernesto Buonaiuti (Il modernismo cattolico, Guanda, Modena, 1943, p. 128), compañero de seminario y amigo cercano de Angelo Roncalli, luego Papa Juan XXIII, autor de la brillante idea de convocar un concilio ecuménico. No se trataba de una profecía; era más bien un plan de trabajo que se cumplió escrupulosamente. No está de más recordar que apenas diez años más tarde, a mediados de los ’50, Pío XII reformaba drásticamente y en contra de toda la tradición secular de la Iglesia, las ceremonias de Semana Santa, las más importantes del rito romano. Y ahora, ochenta años más tarde, vemos que el culto exterior se ha transformado en un candombe, como el de Luján, o bien, en un acto para enardecer la espiritualidad y la piedad de los fieles y, por eso mismo, ha abandonado su carácter propiamente cultual para convertirse en algo meramente devocional: las últimas y residuales consecuencias de la devotio moderna
Este drástico cambio en la lex orandi, necesariamente debe provocar un cambio en la lex credendi.


Minuciosos estudios realizados durante siglos, por hombres de muchas naciones, de variada mentalidad, y entre ellos también de hijos tuyos, han mostrado que, según los Evangelios más antiguos, Jesús ignoró ser el logos del mismo Dios, Dios con el Padre, existente antes del mundo. Estos títulos Jesús no se los dio jamás en aquellos relatos. Fue un gran profeta, siervo e hijo de Dios, enviado para una gran obra, pero no afortunado como Moisés o Mahoma, o Francisco de Asís: cuando él vivió, su pueblo esperaba un Mesías (…). Parece bien que Jesús se tuviera como Mesías: pero logos de Dios, Dios con el Padre no se dijo jamás.
Y si alguno que lee estas páginas me preguntase: ‘¿Y qué queda ahora al cristianismo, si Jesús no es Dios?’, les respondo ya desde ahora: Queda muy poco: Dios, el deseo y el gozo del universo.

Mucho me temo que esta breve declaración de fe sería hoy proclamada por una buena mayoría de los obispos y sacerdotes de la Iglesia. ¿De verdad alguien puede creer que los capitostes que hoy ocupan las sedes de los apóstoles y de sus sucesores creen que Jesús es el verdadero el Logos, es decir, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero? ¿Es eso lo que cree el Papa Francisco? Tengo mis dudas.  El texto con esta actual profesión de fe, fue escrito en torno a 1930 por el P. Primo Vannutelli (en F. Gabrielle (ed.), Il testimonio di fede di don Primo Vannutelli, CSSM 7, 1978), oratoriano, que vivió toda su vida y murió como sacerdote del Oratorio romano, en la bellísima Chiesa Nuova. ¿Profecía? ¿Premonición? No. Programa de acción.
Para restaurar la vida de santidad en la Iglesia, y que ésta vuelva a ser el “milagro moral” del que tanto gustan hablar los apologistas, es necesario restaurar la doctrina a fin de restaurar la verdadera fe, y para hacerlo es necesario restaurar el verdadero culto. Un programa que se enuncia fácil pero creo casi imposible (“Señor, creo pero ayuda a mi poca fe” (Mc. 9, 25). Se necesitaría un papa santo, rodeado de obispos santos con sacerdotes santos que consolaran a fieles santos, y lo que vemos en nuestro alrededor es más bien lo contrario. 
¿Qué cardenal, si fuera elegido Papa, estaría dispuesto a llevar adelante este programa? ¿Quién resistiría la ya necesaria (¿imprescindible?) escisión de la Iglesia entre aquellos que creen con fe sobrenatural y los que profesan un mero naturalismo filantrópico? ¿Quién se animaría a romper definitivamente con el mundo y sus criterios, y ser crucificado diariamente por sus príncipes y sus voceros, que son los medios de prensa? ¿Quién? Sólo un santo. Un gran santo.
Que aparezca rápido; no queda mucho tiempo. 

jueves, 14 de marzo de 2019

Misa villera en la basílica de Luján


Obispos y sacerdotes argentinos, rodeados de una turbamulta con asfixiantes aromas ovinos, celebraron el 10 de marzo de 2019 una santa misa en la basílica de Nuestra Señora de Luján.
Así estamos. 

martes, 12 de marzo de 2019

Desconcierto y bronca en la CEA


Comenzó ayer la asamblea plenaria de los obispos argentinos y pareciera que será una reunión complicada. Los obispos más o menos serios están desconcertados y con mucha bronca. Los nombrados por Francisco, en cambio, revolotean en el paraíso de la ternura y la misericordia.

En la homilía de la misa de apertura, el presidente de la CEA, Mons. Oscar Ojea, afirmó que “los abusos sexuales son también abusos de conciencia y siempre parten de un abuso de poder”, y que “el papa Francisco llamó vivamente ‘a dar un corte radical a estas situaciones’ de abusos”, llamando a sus hermanos obispos “a no encubrir ni de lejos una denuncia que amerite una investigación para proteger a los menores y a los adultos vulnerables”.
Los prelados argentinos comprendieron enseguida que Ojea hablaba pour la gallerie, porque si era en serio, la mitad de los presentes debía retirarse. Saben que el problema de los abusos y encubrimientos en Argentina es mucho mayor de lo que piensa, y saben también que, si de encubrir se trata, el primero que encubrió a sacerdotes abusadores fue el cardenal Bergoglio, como ya hemos probado en este blog. Y causó sorpresa que fuera justamente Ojea, obispo de San Isidro, diócesis en donde se han producido los casos más resonantes de abuso y encubrimiento en tiempos de su predecesor, Mons. Casaretto, el que viniera a sermonearles de tolerancia cero. 
Son varios los obispos preocupados puesto que no saben qué harán cuando estalle la tormenta y truene el escarmiento de los fieles cuando descubran la subcultura homosexual existente en el clero argentino, que en algunas diócesis llega a porcentajes alarmantes, y justo en el momento en que el episcopado ha renunciado a los aportes del Estado y necesitan de la buena voluntad de los laicos para poder financiarse.
Para colmo de males, anoche, en un reportaje televisivo, la diputada Elisa Carrió afirmó que Guillermo Moreno trasladó al Vaticano durante el gobierno kirchnerista, fuertes sumas de dinero fruto de la corrupción. Y aunque sea un lugar común decir que Carrió está un poco chalada, lo cierto es que tiene una enorme credibilidad entre los argentinos, a quienes no les costará mucho creer que Bergoglio, además de peronista y amigo de los personajes más impresentables de la política, es también corrupto.
Por otro lado, la bronca de la mayoría de los obispos, según nos comenta un observador de la CEA, viene por la próxima beatificación de Mons. Angelelli, a la que no le encuentran ninguna razón y consideran no solamente irreverente sino también disparatada. Ellos han recibido y remitido a la Santa Sede documentos y protestas de muchos sacerdotes y laicos que se resisten a la idea de el Iglesia ubique en sus altares a un obispo y tres personajes más, que no solamente profesaron el marxismo, sino que alentaron el terrorismo como promotores del grupo armado Montoneros.
La única respuesta que reciben a estos planteamientos es que el Papa está mejor informado y tiene la gracia de estado para saber a quién beatifica, y eso mismo es lo que transmiten a los fieles que plantean su descontento. Pero bien saben que ese argumento no puede sostenerse pues los acontecimientos de los últimos tiempos demuestran que si algo le falta a Bergoglio es, precisamente, buena información. Y para prueba basta hojear los diarios de los últimos meses. 
Podríamos conceder que el Papa desconocía los detalles y la gravedad del caso McCarrick y de los miles de abusos ocurridos en Estados Unidos pero, ¿podía desconocer lo que sucedía en Argentina?
El caso de Mons. Zanchetta es emblemático pues se trata de un amigo personal del Papa Francisco. El pontífice fue informado oportunamente por las autoridades de la diócesis de Orán de los escándalos protagonizados por su ordinario que estaba sucediendo, e hizo oídos sordos. Finalmente lo relevó y lo designó en un un alto puesto del Vaticano, lo que contribuyó a acrecentar un escándalo frente al que nadie puede dar una explicación, como quedó demostrado en el desconcierto de Mons. Scicluna frente a una pregunta concreta sobre el caso realizada por una periodista americana. “¿Por qué debemos creer en las afirmaciones de tolerancia cero a abusadores y encubridores realizadas por Francisco cuando él mismo encubrió a Mons. Zanchetta recientemente?”, preguntó. Y todos hicieron agua en los intentos de respuesta. Y como si todo esto fuera poco, los medios publican hoy  que este obispo adicto a páginas pornográficas de contenido homosexual y al toqueteo de seminaristas, está participando, invitado por el Santo Padre, del retiro espiritual de la Curia Romana, como si nada hubiese pasado.
(No es un caso aislado. Hoy también nos enteramos que Mons. Capozzi, secretario del cardenal Coccopalmiero, que fuera descubierto hace unos meses en una orgía homosexual con consumo de drogas y que, se dijo, se había retirado a una vida de oración y penitencia, ha sido ya ascendido a párroco en una diócesis italiana).
Tampoco podía desconocer Bergoglio el caso Mons. Casaretto, que protegió al sacerdote pedófilo Cristián Gramlich y amenazó a las víctimas con un juicio penal por calumnias, caso al que nos referimos detalladamente en este blog. A pesar de esto, Francisco comisionó en 2017 a Mons. Casaretto para que investigara las denuncias de abuso sexual por parte del obispo auxiliar de Tegucigalpa a sus propios seminaristas, además de una serie de desfalcos económicos. No es de extrañarse por esta incoherencia, pues durante varios años el entonces cardenal McCarrick recorría el globo cumpliendo encargos del papa argentino. Vergonzosamente, en Argentina y otros países hispanohablantes se utiliza el Misal confeccionado por Gramlich con la firma del cardenal Bergoglio, que fue promulgado pocos días antes de su condena definitiva.
Públicamente documentada fue la evidencia de falta de información esencial y sensible del Papa  Francisco en el caso de Mons. Barros cuando, perdiendo sus estribos, respondió de mala manera a los fieles que le preguntaban sobre este obispo chileno, diciendo que no había prueba alguna sino sólo calumnias. Finalmente, en sede judicial, quedó ampliamente demostrado lo que todos sabían, excepto el Papa, de que no solamente Barros sino varios obispos chilenos estaban directamente implicados en casos de abuso sexual a menores y encubrimiento.
Todo hace suponer entonces que el Santo Padre no tiene ningún tipo de información privilegiada que justifique la beatificación de Angelelli y sus compañeros y, al permitirla, pondrá en serios aprietos a la Iglesia argentina.


Una cuestión queda sonando: una persona que ha demostrado manifiesta incapacidad para gestionar la información y ha manejado de un modo tan catastrófico la situación por la que está atravesando la Iglesia, ¿está en condiciones y tiene la gracia de estado para gobernarla?

jueves, 7 de marzo de 2019

"Sodoma", de Frédéric Martel. Conclusiones y una apostilla




1. ¿Frédéric Martel dice la verdad en su libro? No, aunque dice muchas verdades. ¿Se trata de un libro mentiroso? No, aunque diga muchas mentiras. Que las pruebas 
que ofrece para verificar su hipótesis sean tan débiles no es suficiente, al menos en este caso, para descartar de plano todo el contenido del libro. Y hay que ser justos: si Martel fuera un mero mentiroso, podría haber mentido mucho más, y sobre todo hacerlo con respecto a personas y situaciones que habrían favorecido sus tesis, como en el caso de los cardenales Burke o Bagnasco, pero no lo hace. Más aún, lo dice explícitamente: “No escuché comentarios de homosexualidad referidos a estos purpurados”. Por otro lado, lo que afirma acerca de gran parte de los miembros de la Curia vaticana es verosímil y no aparecen contradicciones. El core del libro confirma con detalles lo que se sabía en círculos reservados  y no tanto desde hace décadas; todo coincide; todo cierra; y se explican muchas cosas si se utiliza como clave de lectura la hipótesis del libro. Lo que se escuchaba y se veía en Roma en los ’90, y a lo que no se quería dar crédito y se negaba a admitir la evidente interpretación de ciertos hechos, aparece ahora como real. Era verdad. Yo, como tantos otros, era un ingenuo que aún creía que los obispos necesariamente estaban en el estado más alto de la perfección cristiana. 
Y pongo un ejemplo entre tantos. Lo que Martel narra de Sodano explica no solamente el encubrimiento a Maciel sino a otros sinvergüenzas. Muchos recordarán la asombrosa protección de la que gozó el cuestionado y actualmente condenado fundador de un instituto religioso argentino por parte del entonces Secretario de Estado, que le llegó a torcer el brazo al episcopado argentino en su conjunto. Hay un elemento en común en los tres personajes.

2. ¿El libro es un ataque a la Iglesia? Claro que lo es; está escrito por un enemigo de la fe, pero no sirve escudarnos en esta razón para negar el libro y hacer oídos sordos a lo que dice. Eso es precisamente lo que hicieron los funcionarios de la Iglesia durante décadas cuando le advertían, por ejemplo, de las andanzas del Sr. McCarrick. Si no nos hacemos cargo, porque resulta mucho más cómodo cerrar los ojos, no esperemos que los problemas se solucionen. Pero además, hay un factor extra que debemos tener en cuenta: este ataque a la Iglesia no puede ser comparado con los que le infligían los emperadores romanos o los soviéticos, que atacaban a los santos en razón, precisamente, de que eran santos. Este ataque, en cambio, es un ataque que a su modo se justifica: es un ataque a la Iglesia en razón de la enorme cantidad de personajes que perdieron la fe en Jesucristo y que se enquistaron en sus más altos puestos de poder y gobierno para dar satisfacción a sus pasiones. Se trata de un ataque inverso a las gloriosas persecuciones que sufrieron quienes nos precedieron en la fe. A estos otros los persiguen por pérfidos y traidores, y bien merecido se lo tienen.

3. La enorme mayoría de los casos que menciona el libro demuestran un hecho indiscutible: sus protagonistas hace tiempo que perdieron la fe. Seguramente ingresaron al seminario con buenas intenciones pero, en algún momento de sus vidas, comenzaron a flaquear hasta que en un punto determinado pronunciaron el temible: Non serviam. Dejaron de servir a Dios, y sabemos a quien sirven los que no recogen junto a Cristo. Por tanto, la terrible realidad a la que debemos enfrentarnos y aceptar aunque nos cueste, es que la Iglesia católica está gobernada mayoritariamente por hombres que no tienen fe. Hacen su trabajo; un trabajo que les reporta muy buenos beneficios de todo tipo. Satisfacen su carne, satisfacen su vanagloria y su soberbia, y satisfacen su bolsillo. A cambio, deben representar una comedia; hacer finta de hombres piadosos, y escribir y pronunciar discursos religiosos que no le cuesta demasiado borronear. Esa es la realidad, mal que nos pese y cueste aceptar.

4. ¿Hemos llegado al fondo del pantano? No lo creo. El autor dedica varios párrafos a tratar la extensión de la homosexualidad en el clero y episcopado de Italia (“la homosexualidad es tan general, tan omnipresente en la jerarquía italiana, que la mayoría de las carreras dependen de ella. Si se escoge bien al obispo, si se sigue la senda adecuada, si se hacen buenas amistades, si se juega al «juego del armario», se suben rápidamente los escalones jerárquicos” (Pos. 6801); España, Francia, México (“Yo diría que en México la mitad de los sacerdotes son gais, tirando por lo bajo, aunque decir tres cuartas partes sería más realista. Los seminarios son homosexuales y la jerarquía católica mexicana es gay de un modo espectacular” (Pos. 4347) y Cuba (“es impresionante el número de homosexuales entre los sacerdotes y los obispos de Cuba. Protegidos en el obispado, esta auténtica masonería se hizo muy visible, desbordando ya el armario (Pos. 9432)”. Sabemos de lo sucedido en Chile y en Estados Unidos. Y mucho me temo que estamos en los umbrales del gran destape del caso argentino.  Y me pregunto si no comenzará a develarse lo que ocurre en las órdenes religiosas más antiguas. ¿O es que allí dentro no habían redes de corrupción sexual?

5. Concluyamos, en los últimos cuarenta o cincuenta años, hemos sido engañados. Muchos de nuestros sacerdotes y buena parte de nuestros obispos, a los que señalábamos como progresistas y reprochábamos su adhesión a la nueva liturgia, y también a los que considerábamos conservadores, piadosos y respetuosos del culto divino, eran pecadores impenitentes; lobos colados en el aprisco divino, dispuestos a despedazar a las ovejas no solamente falsificando su fe, sino mancillando sus cuerpos. La Iglesia romana se ha convertido, como decían las profecías, en la Gran Prostituta. ¿Tiene esto solución? Lo sabrá Dios, pero de lo que estoy seguro, como lo está la mayor parte de los católicos bien pensantes, es que con las “medidas” que se están tomando y con la organización de cumbres y summits en el Vaticano, no se solucionará nada. Más aún, mientras Francisco sea Papa es imposible que se solucione nada puesto que él mismo es pieza fundamental del problema, y no sabemos aún hasta qué punto lo es. 

Finale: Me cuestioné si era conveniente dedicar tanto espacio y tiempo a la reseña de este libro, y pedí consejo a amigos más sabios que yo, y decidí que lo era. Varios lectores del blog me han hecho saber a través de sus comentarios que no están de acuerdo, y los entiendo. Pero mi argumento, repito, es que mientras no seamos capaces o no queramos ver en su totalidad la crisis de la Iglesia, nada podremos hacer para solucionarla. Lo más fácil y tranquilizador es despachar el libro de Martel como una burda patraña y adjudicarlo a los enemigos de la Iglesia. Siempre hay judíos y masones a mano para señalar. Pero lo terrible es que esta vez no los necesitamos, porque el enemigo está dentro. 
Es un trago muy amargo y requiera entereza aceptarlo, pero estamos viviendo, a mi entender, la crisis más profunda que ha afectado a la Iglesia. No se trata solamente, como todos los que frecuentan esta página sabíamos, de una crisis doctrinal -modernismo- que tuvo repercusiones litúrgicas; se trata también de una crisis moral sin precedentes, que desconocíamos. Es la tormenta perfecta. 


Apostilla: 
A muchos, como me pasó a mí, toda la situación que estamos viviendo y que el libro de Martel no hace más ratificar, nos produce una enorme tristeza y una enorme ira. Es lógico que así sea, pero no es bueno. Ambas, la tristeza y la ira, son según la tradición de nuestros Padres, pecados capitales, es decir, canales abiertos por los cuales se filtran los demonios, y que dadas las circunstancias actuales buscarán por todos los medios que todo esto termine con la pérdida de la fe. Ese es el gran riesgo: perder la fe. Es lo que ya ha ocurrido a millares de católicos al enfrentarse a la realidad de una situación tan dura, y no dejan de resonar las palabras divinas: “Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”. Por eso mismo, hay que estar muy atentos y rechazar con fuerza ambas tentaciones.
No olvidemos el perdón y la misericordia. Sería insensato condenar a los que tanto daño han hecho  a la Iglesia creyéndonos nosotros mismos inmunes al pecado. La caída original dañó irremediablemente la naturaleza humana y ningún hijo de Adán está libre del pecado, y si Dios nos ha preservado de algunas caídas más fieras, ha sido por pura bondad y gracia, y no por mérito alguno de nuestra parte.
Por eso, si quienes pecaron violando sus votos, abusando de su autoridad moral y comprometiendo a la Iglesia, se arrepienten sinceramente, nuestro deber es el perdón de corazón y, más todavía,  la com-pasión, porque si ese arrepentimiento es sincero, no quisiera estar yo en su pellejo y sufrir lo indecible que estarán sufriendo. A ellos, entonces, nuestro perdón y nuestra oración.
Pero hay una condición que me parece imprescindible. ¿Qué hacía la Iglesia con los pecadores de este tipo que volvían al redil? Se los condenaba a una vida de oración y penitencia hasta que los encontrara la muerte. Y esa debe ser, creo yo, la muestra del arrepentimiento verdadero: desaparecer literalmente del mundo y rogar ser olvidado por todos; retirarse a un monasterio perdido y desconocido, y hacer allí vida de monje penitente. Si eso no sucede, no me creo yo los arrepentimientos.

miércoles, 6 de marzo de 2019

"Sodoma", de Frédéric Martel. III parte


El caso de Marcial Maciel es interesante y creo que Martel acierta cuando lo trata, puesto que sus afirmaciones explica el por qué de los silencios de la jerarquía católica durante tantas décadas, siendo que las denuncias contra el fundador de los Legionarios de Cristo datan de los años ’50. “Si Marcial Maciel hubiera hablado, toda la Iglesia mexicana se habría venido abajo” (Pos. 4355), dice el autor. Y continúa más adelante: “Muchos de los cardenales de los que rodeaban a Juan Pablo II tenían una doble vida. No es que fueran pedófilos ni cometieran necesariamente abusos sexuales, pero sí en su mayoría homosexuales que llevaban una vida enteramente basada en el doble juego. Varios de estos cardenales recurrían habitualmente a los servicios de prostitutos y a préstamos para satisfacer sus deseos. No hay duda de que Marcial Maciel, alma negra, fue mucho más allá de lo tolerable, o legal, y en el Vaticano todos lo reconocían, pero denunciar sus esquemas mentales suponía cuestionarse su propia vida. También era exponerse a que saliera a relucir su propia homosexualidad” (Pos. 4444). “¿Puedo excomulgar a Marcial por sus crímenes sexuales si yo también vivo en la mentira sexual y soy «intrínsecamente desordenado»? Denunciar abusos es exponerme inútilmente y, quién sabe, arriesgarme a que me señalen con el dedo. Tal es el secreto profundo del caso Maciel y de todos los crímenes de pedófilos que han encontrado, y siguen encontrando, en el Vaticano y el clero católico un ejército de apoyos, innumerables excusas e infinidad de silencios” (Pos. 4451). Mucho me temo que el caso del encubrimiento de Maciel sea paradigmático. ¿No habrá ocurrido lo mismo en la iglesia argentina?  

Están más fundadas las afirmaciones de Martel sobre el cardenal Alfonso López Trujillo. “La homosexualidad del cardenal Alfonso López Trujillo es un secreto a voces del que me han hablado docenas de testigos, confirmado incluso por varios cardenales” (Pos. 5150). Y, efectivamente, cita con nombre y apellido a una buena cantidad de personas que conocieron de cerca al purpurado colombiano y dan fe de sus excesos y voracidad sexual. 
No me detendré por pudor, afecto y respeto al largo capítulo que dedica al papa Benedicto XVI. Baste decir que el autor considera que es una persona que siempre vivió casta y virtuosamente…, porque no se animó a otra cosa. Y relata dos momentos de profundo dolor y lágrimas del venerado papa emérito: cuando leyó el informe preparado por los tres cardenales sobre la Curia y cuando le describieron, durante su viaje a Cuba, la profundidad del problema homosexual entre el clero de esa isla. “Joseph Ratzinger ya no puede soportarlo más. Se derrumba. El papa, que se ha pasado toda la vida intentando combatir el Mal con intransigencia y dureza, se encuentra ahora rodeado, acorralado, literalmente cercado por sacerdotes homosexuales o escándalos de pedofilia. ¿Es que no hay un solo prelado virtuoso?” (Pos. 9458).
Lo que llama la atención, y da mucha bronca, es la ingenuidad de decenas de funcionarios vaticanos que accedieron a entrevistarse en numerosas ocasiones con Martel y le hicieron multitud de importantes favores, sabiendo quién era. ¿O esperaban que en su libro los iba a perdonar porque lo trataban bien? ¿O esperaban convertirlo a la verdadera fe? ¿O se desviven por aparecer en la prensa y se hacen pipí cuando ven un periodista? Uno de los casos más llamativo es el del arzobispo François Baqué, nuncio apostólico retirado y a quien se suele ver con frecuencia celebrando pontificales en las comunidades tradicionalistas. El autor lo utilizó de todos los modos posibles, le sacó mucha información y logró que Bacqué lo alojara en la Casa del Clero de la romana vía de Scroffa. Es decir, lo introdujo en el núcleo de la tormenta, para que pudiera tomar notar de todo lo que quisiera: desde lo atractivos que son los camareros que asisten a los nuncios y obispos que allí se alojan, hasta del portón trasero de la casa, del que algunos tienen la llave, y que les permite disfrutar de correrías nocturnas sin ser observados en la recepción de la puerta principal. Y pesar de estos favores, Bacqué es vapuleado de arriba a abajo por Martel. Maldad del periodista sin duda, pero idiotez del prelado. El cardenal Farina le dedica varios días y hasta lo pasea con su auto por el interior de la Ciudad del Vaticano. Todos los purpurados y prelados que visita -que son muchos-, lo tratan con amabilidad y cortesía, despachándose animosamente en todas las preguntas que le hace, y pisando ingenuamente el palito. No sé entiende cómo personas tan imbéciles, incapaces de darse cuenta frente a quien están sentados, sean los que dirigen los destinos de la Iglesia. 

Hay dos observaciones de índole sociológica que me parecen acertadas e interesantes. En primer lugar, Martel considera que no existe un “lobby gay” en el Vaticano, entendiendo “lobby” por un conjunto más o menos grande de personas relacionadas entre ellas para ejercer presión a fin de alcanzar un fin determinado. Si ese fin, como se dice, fuera que la Iglesia terminara “legalizando” la homosexualidad, no se entiende cómo los personajes más pérfidamente homosexuales son los más conservadores en sus discursos y decisiones. Martel afirma: “Creo que el hecho homosexual, construido a base de complicidades subterráneas, está estructurado en rizoma en el Vaticano, y más extensamente en la Iglesia católica. Con su propia dinámica interna, cuya energía proviene tanto del deseo como del secreto, la homosexualidad conecta entre sí a centenares de prelados y de cardenales de una manera que escapa a las jerarquías y a los códigos. De este modo, siendo a la vez multiplicidad, aceleración y derivación, da lugar a innumerables conexiones multidireccionales: relaciones amorosas, contactos sexuales, rupturas afectivas, amistades, reciprocidades, situaciones de dependencia y promociones profesionales, abusos de poder y del derecho de pernada. Sin embargo, las causalidades, las ramificaciones, las relaciones no pueden ser determinadas claramente desde fuera” (Pos. 8591).
La segunda, es la descripción tipológica que hace de las diferentes clases de homosexuales que integran la Curia vaticana y, quizás, el clero católico en general. Aunque el nombre que les asigna es muy desagradable, los caracteres son interesantes: 
“El modelo «virgen loca», mezcla de ascetismo y de sublimación, es el de Jacques Maritain, François Mauriac, Jean Guitton y quizá también el de algunos papas recientes. Homófilos «contrariados», eligieron la religión para no ceder a la carne; y la sotana para escapar de sus inclinaciones.. El modelo del «esposo infernal» es más práctico: el sacerdote closeted o questioning es consciente de su homosexualidad, pero teme vivirla; oscila siempre entre el pecado y el arrepentimiento, en medio de una gran confusión de sentimientos. A veces, las amistades especiales derivan en actos, lo que se traduce en profundas crisis de conciencia. Este modelo del «malviviente», que nunca «se sosiega», es el de muchos cardenales de los que hemos hablado en este libro. En estos dos primeros modelos, la homosexualidad puede ser una práctica, pero no es una identidad. Los sacerdotes de este modelo no se aceptan ni se reconocen como gais; incluso tienden a mostrarse homófobos. En cambio, el modelo de la «loca por amor» es uno de los más frecuentes y, a diferencia de los anteriores, constituye una identidad. Si bien es característico, por ejemplo, del escritor Julien Green, lo comparten muchos cardenales e innumerables sacerdotes de la curia que he conocido. Esos prelados, si pueden, apuestan más bien por la monogamia, a menudo idealizada, con las gratificaciones que proporciona proporciona el hecho de ser fiel al otro. El modelo «Don Juan pipé» es el del que va tras los hombres «cortesanos», como se decía en otro tiempo de ciertas mujeres. Algunos cardenales y obispos de los que hemos hablado son ejemplos perfectos de esta categoría: no se reprimen, ligan sin complejos, con la famosa lista «Mil y tres» del cortesano empedernido, según los cánones. Por último, el modelo «La Montgolfiera» es el de la perversión o de las redes de prostitución: es, por antonomasia, el del mal cardenal La Montgolfiera, pero también de los cardenales Alfonso Pérez Trujillo, Platinette, y de otros muchos cardenales y obispos de la curia.” (Pos. 9549). 
continuará

martes, 5 de marzo de 2019

"Sodoma", de Frédéric Martel. II parte



Frédéric Martel parte de una hipótesis que busca probar a lo largo de su extenso libro. “La dimensión gay no lo explica todo, claro está, pero es un criterio decisivo si se quiere entender el Vaticano y sus tomas de posición morales” (Pos. 161). “También saben que el deseo sexual, y ante todo el deseo homosexual, es uno de los motores principales de la vida vaticana” (Pos. 200). Para probar su hipótesis deberá probar que la mayor parte de los funcionarios vaticanos son homosexuales (el 80%,  estima), y lo hace utilizando métodos de investigación bastante curiosos, que adapta según el caso, y que no pasarían el examen elemental en cualquier cátedra universitaria.

Se basa en una serie de postulados, a los que llama “reglas”, y que no se sabe bien de dónde salen. La primera y más importante de ellas es la que establece que “cuanto más homófobo es un prelado, más posibilidades hay de que sea homosexual” (pos. 204). Su primera misión será, entonces, desenmascarar a este tipo de prelados, los más duros, los más conservadores. Y el primero es el cardenal Burke, y como Martel afirma que no obtuvo ningún testimonio o comentario acerca de sus costumbres sexuales, recurre entonces a otra evidencia: el gusto del prelado por echarse encima cuanta vestidura y colgajo pueda exhumar de los viejos arcones cardenalicios. Dedica un capítulo entero a burlarse lisa y llanamente de Burke, y lo hace utilizando las sornas y pitorreos que se escuchan en los sacros palacios cuando aparece el cardenal en los blogs y otros medios de prensa las clásicas fotos ataviado con la capa magna, o el armiño o el capelo apomponado. El periodista solicitó una audiencia con Burke que le fue concedida. Concurrió a su apartamento -el que describe minuciosamente, desde las lámparas y mesas, hasta las toallas del baño-, pero no pudo entrevistarse con él.. “No hay nada afeminado en Burke: según él, hay que respetar la tradición. ¡Lo que no es óbice para que viendo al cardenal con sus galas extravagantes y sus disfraces lo primero que nos venga a la cabeza sea una drag queen!” (Pos. 689), dice. Si esto es suficiente prueba para demostrar la regla recién mencionada, habrá que concluir que todos los cardenales hasta mediados del siglo XX eran homosexuales, puesto que todos ellos se ataviaban como Burke. (En honor a la verdad, hay que decir usar tanto chirombolo, en estas épocas, es bastante ridículo. Poco ayudan a Su Eminencia los amigos que fungen como sus asesores de vestuario).
El segundo gran ogro conservador al que hay que sacar del armario es el cardenal Müller, y la empresa es difícil. El alemán lo recibe en su apartamento vestido de chándal, lo que Argentina llamamos jogging, y responde fríamente a todas sus preguntas, mientras destrata a una monja que le acerca un té. Sin embargo, y resignado ya al fracaso, un suceso viene en ayuda de Martel. El cardenal recibe una llamada telefónica; cuando identifica el número, se le iluminan los ojos, habla un buen rato con tono afectuoso -distinto al que había usado con el-, lo que le lleva a concluir que “Si no tuviera ante mí a un hombre que ha hecho voto de castidad y si no oyera resonar a lo lejos, en el aparato, una voz de barítono, podría suponer que se trataba de una conversación sentimental”. Es decir, hay que sospechar también de Müller: sería también homosexual tan desenfadado que habla tranquilamente con su amante en presencia de un periodista. Y Martel pretende que se lo considere un periodista serio…
En tercer lugar, habrá que manchar al cardenal Sarah, pero le resulta imposible. No solamente no encuentra testimonios, como en los casos de Burke y Müller, sino que no encuentra indicios de ningún tipo, y para salir del paso recurre al “método Kasper”. Afirma: “Robert Sarah no nació católico, se convirtió. Creció en una tribu conanigue, a quince horas de taxi de la capital Conakry, y compartió sus prejuicios, sus ritos, sus supersticiones e incluso la cultura de la hechicería y los morabitos. Su familia es animista, su casa es de tierra batida, donde se duerme en el suelo. Así nació el relato del jefe de tribu Sarah” (Pos. 5743). Se trata de un cardenal primitivo, apenas despierto como para aprender a leer y hablar cuatro palabras de francés. Y su primitivismo y superchería se demuestra por el hecho que es un impulsor de la misa en latín y de espaldas a los fieles! Sólo alguien muy elemental y supersticioso puede querer volver a semejantes costumbres… Recoge el testimonio de un sacerdote que le dice: “Sarah es un gran místico. Reza continuamente, como alucinado. Da miedo. De verdad que da miedo” (Pos. 5760). Y le creo; esta gentuza de lo único que puede tener miedo es de la oración y de la presencia de Dios. Y se horroriza por uno de los grandes crímenes de Sarah: en su relación con los países pobres, se preocupa más por la evangelización que por la filantropía. ¿Cuál es la conclusión que un lector medianamente avisado saca de todo lo dicho? Que, efectivamente, el cardenal Sarah no es homosexual, pero no porque no quiera, sino porque no le da el piné. La sodomía es para espíritus más refinados que los de un simple negro africano.
Para desclosetar a los cardenales que no son homófobos, es decir, que son progresistas, el autor utiliza otro probado método científico. Dedica muchas páginas de su libro a describir el mundillo católico homosexual francés de buena parte del siglo XX, donde se destacan Ernesto Psichari, Jacques Maritain, François Mouriac y Jean Guitton, quienes serían representantes del grupo de aquellos que soportaron estoicamente su inclinación, viviendo castamente e incluso tratando de ayudar a otros que sufrían el mismo problema a tomar el camino de la autonegación. Una vez establecida esta premisa mayor, Martel considera que todos los prelados que fueron amigos o leyeron a algunos de estos autores, son homosexuales como ellos, hayan sido practicantes o no. Mirando para atrás, incorpora al grupo a Juan XXIII y a Pablo VI. Y comienza a visitar purpurados ya muy ancianos a los que se gana afectivamente hablando con ellos de literatura y tratando por todos los medios que confiesen su gusto por los escritores franceses recién mencionados. Y pisan el palito los cardenal Paul Poupard, Roger Etchegaray y Jean-Louis Tauran, entre otros, además de varios obispos y arzobispos. 
Pero este infalible método no le sirve para cazar al cardenal Stanislas Dziwisz, a quien llama la Viuda, apelativo con el que lo conocen sus colegas vaticanos, y que fuera secretario privado del papa Juan Pablo II. Dedica varias páginas al caso de Dziwisz, que ahorraremos. Digamos que lo visita en Cracovia, pero como el pobre cardenal no es precisamente un intelectual sino un campesino con suerte, y no tiene idea de literatura francesa, lo mete también en la bolsa porque lo trató con mucha dulzura, le tomó de la mano y le regaló dos rosarios. 

Dedica luego Martel un largo capítulo a investigar al mundillo gay que rodeó a Juan Pablo II. Y no se entretiene con el bajo clero que correteaba alocadamente en las universidades pontificias o por los parques que rodea el Capitolio. Comienza a cortar cabezas con el cardenal Casaroli que, según parece, fue el gran protector del cardenal Achille Silvestrini, ambos de rumboso pasado rosa.
Como el primero ya está muerto y el otro muy anciano, pasa a uno de los peces más gordos. Martel identifica con pseudónimos reales, es decir, que se usan actualmente en la Curia, a los más gays de todo el Vaticano. La Montgolfiera, Platinette, La Païva y Mons. Jessica. La Montgolfiera (el origen del apodo se debe a “«una apariencia imponente, mucho vacío y poco aguante», me explica mi fuente, que quiere destacar la naturaleza aeronáutica, la arrogancia y la vanidad del personaje, «un confeti que se toma por un globo aerostático»” (Pos. 4461), es el cardenal Angelo Sodano. El sobrenombre ya había señalado hace veinte años por Mons. Luigi Marinelli, un curial jubilado, en su libro Via col vento in Vaticano. Martel le descubre las plumas a Sodano porque es notoriamente afeminado, porque era amigo del ex padre Fernando Karadima y porque protegió a muchos homosexuales, entre ellos, el emblemático Marcial Maciel. Sodano vive actualmente con su amante masculino en su lujoso departamento del Pontificio Colegio Etíope, en el interior mismo de la Ciudad del Vaticano (Pos. 9575). 

“Monseñor Jessica”, apodo que según dice Nuzzi en su  libro corresponde a   Francesco Camaldo, es decano de los maestros de ceremonias pontificias, entre otros menesteres. Según uno de los soplones de Martel, Camaldo “aprovechaba las visitas regulares del Santo Padre a la iglesia de Santa Sabina de Roma, sede de los dominicos, para entregar a los jóvenes frailes su tarjeta de visita. Su pickup line, o técnica de ligue, fue objeto de comentarios en todo el mundo, cuando fue divulgada en un artículo de investigación de la revista Vanity Fair: ¡pretendía seducir a los seminaristas proponiéndoles ver la cama de Juan XXIII!” (Pos. 8430). 
continuará

lunes, 4 de marzo de 2019

"Sodoma", de Frédéric Martel. I parte


Durante los próximo días, publicaré una larga reseña acerca del libro Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano, de Frédéric Martel (Roca Editorial, Barcelona, 2019, 604 pp.).

La verdad es que se trata de un libro que no merece una reseña, al menos en esta bitácora, pero yo solo me metí en el brete: antes de que fuera publicado el libro, le otorgué casi a ciegas una importancia de la carece. En ese momento, me pareció que el autor, que se presenta como sociólogo y periodista de investigación, y con varios libros publicados, merecía consideración, más allá de su militancia homosexual. A eso se sumaba el batifondo que hicieron las editoriales: se publicaría simultáneamente en siete idiomas y por los sellos más conocidos del planeta. “Debe ser algo serio”, pensé. Y la verdad es que no lo es, aunque sea verdad la mayor parte de las cosas que dice.
No recomiendo su lectura. Es un libro que causa tedio, asco y mucha tristeza. Lo leí como un deber, y me costó hacerlo. Deja ver un rostro de la Iglesia de Cristo que no solamente desconocíamos sino que éramos incapaces siquiera de imaginar. Es un libro que hace daño al alma; infecta, lastima. Y algo similar quizás ocurra con esta reseña. Advierto entonces a los lectores del blog que, si pueden, la pasen de largo.

Lo primero que hay que decir es que es un libro escrito a las apuradas, y más a las apuradas aún fue hecha la traducción española, que deja mucho que desear (por ejemplo, traducen ancien por “anciano”!). Y es un libro destinado a lo que el autor llama outgoing, es decir, a sacar por la fuerza del armario a mucha gente del Vaticano, aunque él proteste lo contrario. Parecería deshonesto de su parte - y lo es, porque deja en evidencia a muchos de los prelados a los que entrevistó. Queriéndose curar en salud, aclara que cuando ellos aceptaban ser entrevistados sabían perfectamente quién era Martel, y podían conocer su militancia gay con sólo ingresar su nombre en Google. Es una confesión de parte: “Si ellos no se preocuparon por saber quién era yo, no vengan a quejarse ahora que los dejo en evidencia”. Aunque me apresuro a decir que las “evidencias” del autor son bastante endebles, o inexistentes.
Martel es un mal bicho., a quien propiamente un buen católico reconoce como un enemigo. Su militancia gay no se reduce a ponerse una peluca rosa una vez al año y salir a menearse en el Gay Pride. Es un personaje que se mueve por todo el mundo haciendo lobby por las peores causa de la agenda progresista, como el matrimonio homosexual, la “ampliación de derechos” y todo el resto que ya conocemos demasiado bien. Sabe lo que hace y sabe lo que busca, y por eso consiguió que le financiara generosamente su libro, que le demandó incansables viajes alrededor del mundo, el editor italiano Carlo Feltrinelli, representante eximio de la peor progresía internacional (Pos. 340). 
Aunque pretenda darse aires, el libro no evidencia buena pluma, y contiene permanente y aburridas repeticiones. Y Martel es escasamente culto, y valgan estos ejemplos para probarlo: “Bajo la grandiosa cúpula de Miguel Ángel y el baldaquino con las columnas barrocas de estuco dorado de Bernini,…” (Pos. 7913). Cualquier persona de mediana cultura sabe que esas columnas son de bronce; precisamente del bronce que cubría el pronaos del Panteón. O bien: “Extrañamente, Navarro-Valls era un laico célibe que había hecho voto de castidad heterosexual sin estar obligado a ello,…” (Pos. 7578). Y sí que lo estaba, pues era numerario del Opus Dei. O: “Tras una primera entrevista con Radcliffe en el convento de los Blackfriars, cerca del campus de la Universidad de Oxford,…” (Pos. 8624). Es dato conocido que la Universidad de Oxford no tiene campus o, en todo caso, su campus es toda la ciudad. Blackfriars se encuentra en pleno centro, pegado a Holy Cross College. 

Una primera cuestión que salta a la vista rápidamente, es la falta de cuidado en la exactitud de los datos que ofrece, lo cual pone dudas acerca de cualquier pretensión que Martel pueda tener sobre la calidad de sus investigaciones. Pongo un ejemplo. Dice: “…las juntas militares [argentinas], que fueron responsables de al menos 15.000 fusilamientos y 30.000 desapariciones, así como de un millón de exiliados” (Pos. 1494). Ni a Hebe de Bonaffini en la peor de sus borracheras se le habría ocurrido largar cifras como esas. Podemos inferir lícitamente entonces, que si Martel es capaz de afirmar una inexactitud tan flagrante y exagerada como esa, simplemente porque no tuvo ganas de chequear los datos, habrán a lo largo del libro otras distorsiones del mismo género, al menos en detalles históricos o culturales que no hacen al fondo mismo de su investigación.

Su situación personal de homosexual y “gay”, en el preciso sentido técnico del término, le juega también una mala pasada porque verifica lo que la sabiduría popular sentencia: “Quien es ladrón ve a todos de su misma condición”. Martel encuentra maricas enclosetados en todas partes, y algunas veces lo afirma con audacia sorprendente que desdibuja los aires de investigador que continuamente se está dando. Descubre con sorpresa que en los jardines vaticanos hay una estatua de San Bernardo de Claraval, a raíz de lo cual escribe: “…san Bernardo de Claraval, gran reformador y doctor de la Iglesia, conocido por sus textos homófilos y por haber amado tiernamente al arzobispo irlandés Malaquías de Armagh. ¿La presencia allí de esta estatua rígida, que lleva una doble vida en pleno centro del catolicismo romano, es un símbolo?” (Pos. 462). Y más adelante: “Ya en la Edad Media, los papas Juan XII y Benedicto IX cometieron el «pecado abominable», y en el Vaticano todos conocen el nombre del amigo del papa Adriano IV (el célebre Juan de Salisbury), así como el de los amantes del papa Bonifacio VIII” (Pos. 830). Este tipo de afirmaciones tan contundentes sobre las costumbres y la moral de santos y pontífices romanos exigiría un mínimo de decencia: ofrecer, al menos a pie de página, las pruebas históricas que las sostienen. Por supuesto, no las consigna y estimo que, si le preguntáramos, diría que, a partir de las cartas de San Bernardo o de las muestras de afecto de tal o cual Papa, se colige que era homosexual. Es que Martel es un sabueso especializado, ya que en varias partes de su libro se envanece de tener un gaydar (“radar gay”) muy eficiente que le permite detectar fácilmente a los miembros de su grupo.
Una tercera mala pasada se la juega su ideología que lo lleva a posicionarse claramente a favor de los miembros progresistas del Vaticano, comenzando por el Papa Francisco. En muchos momentos del libro, da la impresión que se trata de una operación montada por los obispos progres para desprestigiar a los conservadores y para blindar la figura de Bergoglio, que es considerado por Martel como una pobre ovejita: “Condenado a vivir con esa fauna tan especial, el papa Francisco hace lo que puede” (Pos. 1263) pero, claro, los malvados conservadores se lo impiden. La defensa que hace de Bergoglio es cerrada; no admite en él ningún defecto, más allá de algunas imperfecciones propias de cualquier jesuita que se precie, y lo presenta como el adalid de una reforma integral de la Iglesia que todavía está por verse, luego de seis años de pontificado.
Se dedica a encontrar a los enemigos de Bergoglio en Buenos Aires, ocasión que aprovecha para denigrar con saña a Mons. Héctor Aguer. Las páginas cargadas de veneno que le dedica no resisten ningún análisis. Por ejemplo, dice que su corresponsal argentino “le entrevistó en su casa de verano de Tandil, a 360 kilómetros de Buenos Aires. Aguer veraneaba allí en compañía de una treintena de seminaristas, y Andrés fue invitado a comer con el viejo arzobispo rodeado de sus «muchachos», como los llama…” (Pos. 1533). A partir de este hecho, multiplica las insinuaciones acerca de la afición del obispo platense por los jovencitos, sin caer en la cuenta que esa “casa de verano” pertenece a la arquidiócesis y es allí donde pasan parte del verano los seminaristas a quienes, como es normal y saludable, su obispo visita ocasionalmente. Sólo una mente muy torcida y viciosa puede concluir que este hecho pueda tener una connotación sexual. 
Y entrevista solamente a algunos (pocos) de sus amigos, como P. Scannone, que durante décadas fue feroz enemigo de Bergoglio y ahora es uno de sus principales asesores. Me pregunto por qué no se extiende en el encubrimiento del entonces arzobispo de Buenos Aires al cura Rubén Pardo. O por qué no se preocupó por entrevistar a algunos empleados de la curia porteña que tendrían mucho para aportar.
Es muy sugerente que la defensa de Bergoglio se extiende a personajes más impresentables de su corte. Niega que Mons. Battista Ricca sea homosexual y sostiene que todo lo que se dijo de él es mentira. ¿La razón? Sus andanzas uruguayas fueron reveladas por un periodista ratzingeriano de 75 años, Sandro Magister (Pos. 1226). Parece que para este respetable científico, esas circunstancias son suficientes para invalidar cualquier dato documental. Es pertinente señalar que Mons. Ricca le otorgó a Martel permiso para alojarse en Santa Marta y en otras dos casas sacerdotales romanas durante meses -privilegio que al que muy pocos acceden-, mientras desarrollaba su investigación. Explica Martel: “… yo disponía de una llave que me permitía entrar en el Vaticano sin control alguno, al atardecer, cuando me alojaba en su interior. El guardia suizo [que se enteró de esta situación anormal] está consternado al oírlo” (Pos. 4716). De algún modo había que pagar el favor.
Aunque afirma que se entrevistó con el cardenal Coccopalmerio (Pos. 8396), no dice nada acerca de este entrevista y nada acerca de este purpurado, que es el ícono del mundo gay en el Vaticano, además de cercanísimo colaborador de Francisco. Y apenas si menciona al secretario privado del pontífice, P. Fabián Pedachio, cuyas correrías, además de ser sugeridas por el Manifesto de Mons. Viganò, fueron la comidilla en Buenos Aires y lo son ahora en Roma. No menciona una sola vez al Sustituto de la Secretaría de Estado, Edgar Peña Parra, denunciado por prácticas homosexuales desde su época de seminarista. Tampoco menciona al gran amigo de Bergoglio, cardenal Maradiaga, acusado por sus propios seminaristas de encubrir una red de homosexuales liderada por su obispo auxiliar. ¿Y el cardenal Jorge Mejía (RIP) no merecía tampoco una mención?
Concluye el autor: “De modo que el papa vive en Sodoma. Amenazado, atacado desde todos los flancos, criticado, Francisco, como ha dicho alguien, está «entre los lobos». No es del todo exacto: está entre las Locas” (pos. 204). ¡Pobre Bergoglio!

Su fuente de información primaria es el ex sacerdote Francesco Lepori (fotografía de la derecha), un triste espécimen. Natural de Benevento, ingresó al seminario con la mejor de las intenciones y llevó una vida casta y virtuosa durante sus primeros años de sacerdote hasta que lo enviaron a estudiar a Roma. Cuando vio lo que allí sucedía -la doble vida de muchos sacerdotes y obispos-, comenzó él también a deslizarse por esta vía. Ingresó en la Secretaría de Estado y fue uno de los encargados de traducir al latín los documentos oficiales de la Santa Sede. ¿Cómo pudo suceder esto? Según explica “Le dieron a entender claramente que podía vivir sin problemas su sexualidad a condición de que fuera discreto y no la convirtiera en una identidad militante” (pos. 405). El mismo Lepore dice: “Cada vez celebraba menos misas, salía vestido de calle, sin sotana ni alzacuello, y acabé dejando de ir a dormir a Santa Marta” (Pos. 518). Finalmente, no pudo soportar la doble vida, dejó el sacerdocio y se convirtió en un activista gay.
Además de Lepore, hay muchas fuentes más. Dos sacerdotes a los que identifica con pseudónimo porque aún están en actividad: Menalcas, “sacerdote estuvo en el centro de la máquina CEI durante los años en que el cardenal Camillo Ruini, y luego el cardenal Angelo Bagnasco, eran los presidentes. Estuvo en primera fila” (Pos. 6768), y Lafcadio, uno de sus “mejores informadores porque, al ser joven y bien parecido y al estar bien introducido en la curia romana, muchos cardenales, obispos e incluso una liturgy queen próxima al papa han intentado ligar con él. (Pos. 7320). Y asegura que tuvo “veintiocho «fuentes» internas en la curia romana —monsignori, sacerdotes, religiosos o laicos—, todos ellos manifiestamente gais conmigo, y que viven o trabajan a diario en el Vaticano: han sido informadores regulares y a veces anfitriones durante cuatro años, y sin ellos este libro no habría sido posible. Todo el mundo entenderá que se haya respetado su anonimato” (Pos. 9920). 
Ellos le proporcionaron a Martel una larguísima lista nombres de todos los funcionarios, o altos funcionarios, vaticanos que son o fueron homosexuales. La investigación consistirá en seguir el rastro de cada uno de ellos para reunir las pruebas que certifiquen la veracidad de los dichos. Para ello, confirma que “Sodoma es un trabajo de investigación llevado a cabo sobre el terreno durante cuatro años, en Italia y en más de treinta países. Se realizaron un total de 1.500 entrevistas, con 41 cardenales, 52 obispos y monsignori, 45 nuncios apostólicos, secretarios de nunciaturas o embajadores extranjeros, 11 guardias suizos y más de doscientos sacerdotes católicos y seminaristas (Pos. 9847). Y para que no quede duda de sus palabras, asegura: “tengo más de cuatrocientas horas de grabaciones, ochenta cuadernos con anotaciones de las entrevistas (¡en cuadernos Rhodia A5 de color naranja!) y varios centenares de fotos y selfies cardenalicias” (Pos. 9879).

continuará