lunes, 15 de julio de 2019

Apostilla a los árboles otoñales


El último post, dedicado a reflexionar sobre las dificultades de la vida religiosa en esta Iglesia de las últimas décadas, tuvo un elevadísimo número de lectores, sobre todo de España. Y también muchos e interesantes comentarios. Uno de ellos me pareció particularmente lúcido. Decía lo siguiente:
El compromiso que se asume en la vida religiosa y en el matrimonio es principalmente con Dios.
Si el cónyuge te abandona y te estafa, vos le debés igualmente fidelidad. 
Si la congregación cambia o te estafa, lo que hay que evaluar es si las condiciones permiten vivir los votos en sus elementos esenciales.
A mi modo de ver el escrito está encarado desde un punto de vista psicológico natural, sin tener en cuenta la dimensión sobrenatural y la principal referencia a Dios del voto religioso.
Que hay congregaciones que estafan, las hay. Pero eso no justifica de por sí abandonar la vida religiosa.
Yo respondí diciendo que, efectivamente, mi post acentuaba el aspectos psicológico pero que el mismo no debía ser despreciado, sin por eso desconocer la primacía de lo sobrenatural. Pero el núcleo de la cuestión que plantea el comentarista es la siguiente: el voto se hizo a Dios, y a Él se debe fidelidad, más allá de los desvíos de la orden. Si ésta me estafa, eso no justifica que yo rompa mis votos hechos a Dios. 
Lo que yo arguyo es que, en la actualidad, son muchas las órdenes y congregaciones religiosas que impiden cumplir esos votos. Y no lo hacen introduciendo mozuelas (o mozuelos) en la celda del fraile para hacerle romper el voto de castidad, sino volviéndolo loco (literaliter) y privando de sentido la vida que eligió, tal como intenté mostrar en el caso de monja fugitiva.
Pero el comentario da mucho que pensar, y pensando me vino a la memoria un episodio de la Vida de San Benito escrita por San Gregorio Magno. En el capítulo tercero, se narra que los monjes de un monasterio cercano a la cueva de Subiaco se acercaron a Benito para pedirle que fuera su abad. Luego de alguna resistencia, éste accedió y comenzó a exigir a sus súbditos la sujeción y el cumplimiento de la regla monástica, lo que pareció demasiado a aquellos, acostumbrados como estaban a una vida muelle, por lo que decidieron asesinarlo envenenando su vino. Sin embargo, cuando San Benito traza la señal de la cruz sobre la vasija envenenada, ésta se rompe y descubre el complot. Decide, entonces, dejar su puesto de abad y regresar a la caverna subiacense. Y escribe San Gregorio:
Entonces regresó a su amada soledad y allí vivió consigo mismo, bajo la mirada del celestial Espectador.
PEDRO.- No acabo de entender qué quiere decir eso de que “vivió consigo mismo”.
GREGORIO.- Si el santo varón hubiese querido tener por más tiempo sujetos contra su voluntad a aquellos que unánimemente atentaban contra él, y que tan lejos estaban de vivir según su estilo, quizás el trabajo hubiera excedido a sus fuerzas y perdido la paz, y hasta es posible que hubiera desviado los ojos de su alma de los rayos luminosos de la contemplación. Pues fatigado por el cuidado diario de la corrección de ellos, hubiera negligido su interior. Y acaso olvidándose de sí mismo, tampoco hubiera sido de provecho a los demás. Pues, sabido es, que cada vez que por el peso de una desmesurada preocupación salimos de nosotros mismos, aunque no dejemos de ser lo que somos, no estamos en nosotros mismos, ya que divagando en otras cosas no nos percatamos de lo nuestro. […]
El ejemplo del patriarca Benito y la reflexión de San Gregorio ilumina de modo análogo a nuestro caso. Hablando desde el sentido común cristiano y sin tener un conocimiento particular sobre el tema, creo que el compromiso o el fin de nuestra vida es conocer, amar y servir a Dios para gozarle en la futura. En otras palabras, nuestro objetivo es alcanzar el cielo; el objetivo no es, y no puede ser, ser sacerdote, monja, fraile o padre de familia. Estos son medios más o menos aptos, según sea la persona, para alcanzar el fin. Si luego de un prudente proceso de discernimiento que involucre todas las condiciones y virtudes necesarias -memoria de lo pasado, inteligencia de lo presente, razón, providencia, circunspección, cautela y consejo-, el religioso concluye que ese medio que eligió en su momento ha dejado de ser conducente al fin, es decir, la vida en tal o cual congregación le impide cumplir sus votos, no solamente puede sino que debe dejarla. Es lo que hizo San Benito según reflexiona San Gregorio: si la vida comunitaria en ese monasterio se le volvía imposible, le quitaba la paz interior y le impedía la contemplación, lo que correspondía era que lo abandonara.

Ya pasaron los tiempos en que los católicos podíamos darnos lujos que hoy parecen asiáticos. Me refiero a los tiempos en los que, cuando un joven descubría en su interior que tenía vocación para la vida religiosa como educador, podía elegir entre hacerse marista, salesiano, lasallano, viatoriano o escolapio; o si prefería entregarse al cuidado de los enfermos, podía hacerse camilo o hermano de San Juan de Dios; o misionero, se hacía pasionista o redentorista; o monje, y podía elegir entre benedictinos, cirsterciences, trapenses o camaldulenses.  Tiempos pasados. Como bien dijo otro comentarista, si hoy un joven considera que tiene vocación religiosa, más le conviene hacer una carrera universitaria, y permanecer célibe -como aconseja con insistencia San Pablo- hasta que escampe, si es que escampa, porque más que le conviene que el Hijo del Hombre lo encuentre esperando con la lámpara encendida, aunque sea sin hábito, ni votos ni hijos, a que lo encuentre en la celda de un rumboso monasterio con la lámpara apagada.

Nota bene: San Benito, cuando decidió dejar su puesto de abad, no se fue con la mujer que turbaba sus sueños; volvió a su casa, o a su cueva, a vivir en pobreza, castidad y penitencia. Dejar la vida religiosa porque la congregación se desnaturalizó implica continuar en otro ámbito con el cumplimiento de los votos que se hicieron, no tirar la chancleta. 


miércoles, 10 de julio de 2019

Árboles de otoño

Hace algunos días me comentaron que una religiosa a la que conozco desde hace mucho, dejó los hábitos y vive ahora sola en una pequeña casa que ha rentado. Lo curioso es que esta ahora ex-monja tiene más de sesenta años y casi cuatro décadas de vida religiosa. El motivo que adujo para justificar su decisión fue que sus superioras la cambiaban a un destino que ella rechazaba y entonces prefería pasar sus últimos años cerca de su familia de sangre. 
El hecho, que no es desacostumbrado en los tiempos que corren, provoca algunas reflexiones. La primera y más obvia es que probablemente la razón aducida no haya sido más que la excusa que, consciente o inconscientemente buscaba desde hace mucho para dejar la vida religiosa. 
La segunda es posterior a la primera reacción que mucho tenemos al enterarnos de defecciones como esta: “Fue infiel”; “No quiso seguir diciendo sí”, “¡Insensata!” o, incluso, proferimos la maldición del apóstol Judas: “¡Ay de ellos, que son árboles de otoño sin fruto!” (12). And yet… Me pregunto si esta infructuosidad de árboles otoñales se debió a su propia incapacidad de dar frutos o, más bien, al terreno en el cual fue plantada. Dicho de otra manera, ¿no habrá sido que esta religiosa decidió, en la plenitud de su juventud, entregarse a Dios en una congregación determinada en la que esperaba dar frutos pero que, a la postre, ese instituto religioso terminó estafándola, porque el terreno que le ofreció era pedregoso y sulfuroso? ¿Hasta dónde, entonces, las culpas no son compartidas o, más bien, recaen en los dueños del terreno?
Una buena parte de la vida religiosa actual se ha convertido en una estafa, y no me refiero a la estafa de la vida religiosa que denunciaba Bouyer en su Clérigos contra Dios; me refiero a otra más grave aún. Imaginemos cómo habrá sido la vida de nuestra monja. Habrá pasado algunos años en colegios de su congregación pero que ya no son gestionado por las religiosas sino por laicos que les conceden graciosamente, en el mejor de los casos, la coordinación de la catequesis, o la posibilidad de alguna breve reflexión diaria antes de izar la bandera. Coordinará catequistas que estudiaron sus catecismos según las directivas de las Conferencia Episcopal, que apenas sabrán los puntos básicos de la fe y que rebosarán de sociología y de palabras como “encuentro”, “solidaridad”, “amor”, “servicio”. Sus reflexiones diarias le entrarán a alumnos y maestros por un oído y le saldrán por el otro en cuestión de segundos. Si tiene suerte, esta monja organizará un grupo de “jóvenes misioneros” que se reunirá una vez por semana para tener veinte minutos de oración en los que, luego de leer un párrafo de alguno de los libritos de Mons. Tucho Fernández, se tomarán de la mano, cantarán una cancionista pavota y pasarán a la segunda parte de la reunión que consistirá, indefectiblemente, en planificar una colecta solidaria, un recorrida por un barrio pobre distribuyendo juguetes a los niños o una noche de juerga católica. 
Otro lustro lo habrá pasado nuestra religiosa como superiora de la casa que tiene su congregación para almacenar a las monjas ancianas y enfermas. Todo un privilegio: es la única casa que crece de toda la provincia religiosa. Su cometido será estar al día con el pago de los servicios de emergencia, mantener a raya a médicos y enfermeras y conseguir los mejores precios en las funerarias de la zona.
Probablemente, en sus años más jóvenes, la habrán destinado al pensionado que tiene la congregación en alguna ciudad capital, y en el que albergan a jovencitas que van allí a hacer sus estudios universitarios. Allí habrá intentado por todos los medios reunir un grupo de residentes al menos una hora a la semana para hablarles de la fe, es decir, de la necesidad de amar al prójimo, pero seguramente habrá tenido poco éxito. Las pensionistas estaban más bien preocupadas en sus estudios, en sus novios, en que no se les note demasiado las resacas de los fines de semana y en no quedar inadvertidamente embarazadas.
Puede haber pasado también algún tiempo en alguna casa “de misión”. Puede haber sido en Bolivia, donde habrá quedado condolida por la cantidad de jóvenes y adultos alcohólicos, pero su superiora le advirtió que es parte de la cultura de ese pueblo por lo que ella no tiene ningún derecho a ejercer colonialismo cultural pretendiendo imponer la sobriedad. También se habrá escandalizado porque en el dispensario que atienden sus hermanas religiosas se distribuyen a jóvenes y adolescentes pastillas y otros medios anticonceptivos. Pero nuevamente su superiora le advertirá que lo hacen porque las niñas ricas de la ciudad tiene acceso a estos métodos porque tienen plata, y no es justo ni igualitario que las pobres queden embarazadas o deban privarse de divertirse con sus novios. [Estos dos casos son reales; los he escuchado con mis propios oídos].

La “misión” puede haberle tocado en algún barrio pobre del país. Allí, junto a una capilla a la que un cura viene a decir “misa”, o algo que se parece, una vez por semana, habrá vivido junto a otras dos hermanas. Allí habrá enseñado a cocinar y a coser a las mujeres adultas, a lavarse las manos a los niños y el pelo a las niñas. Habrá tocado la guitarra con los jóvenes -los escasos jóvenes que asisten de tanto en tanto a la “misión”- y les habrá hablado de un Dios en el que ella escasamente cree porque, en definitiva, si ese es el Dios verdadero, una y otra vez se preguntará a sí misma si vale la pena consagrarse a él en pobreza, castidad y obediencia. Con los más pequeños, habrá pintado dibujos que luego colgaría en el interior del salón frío y feo que sirve de capilla, con la esperanza de que fueran un señuelo para que los padres de esos niños vayan a la misa dominical. Habrá soportado diversos sacerdotes, algunos mejores y otros peores, pero todos mediocres, y habrá tenido que disimular los problemas que esos curas tenían con el alcohol, con las mujeres o con los muchachitos, porque a ellos, como a ella, también los estafaron.
Llegada a los sesenta años, esta monja con toda legitimidad se habrá preguntado: “¿Qué sentido tiene mi vida? Si me equivoqué, al menos me quedan diez o veinte años para aprovechar”. Habrá imaginado su futuro en una agonizante casa religiosa de su congregación, rodeada de la indiferencia y el tedio de la vida comunitaria, escasa vida comunitaria con otras dos monjas de su edad o más ancianas. Habrá decidido, entonces, dejar los hábitos y volver junto a sus hermanos y sobrinos de sangre. Con lo que recibe de su jubilación de maestra, le bastará para vivir entre ellos, esperando recibir más afecto que el que recibía en su vida religiosa y haciendo algo que la haga sentir útil. 
Esta mujer, que entró en la vida religiosa a fines de los ’70 o principio de los ’80, fue estafada por la Iglesia. Habrá sido más o menos consciente y más o menos culpable de esa estafa, pero la plantaron en un terreno sin nutrientes, con sólo piedras y ripios que le impidieron crecer y dar fruto. Y ella no eligió el terreno. Ella tomó una decisión generosa y sincera, y fue engañada. 
¿Se equivocó? Probablemente, pero yo no la juzgo.


lunes, 8 de julio de 2019

Fuera la teología




Thomas Hobbes dedica la cuarta parte de su Leviathan a realizar una severísima crítica a la Iglesia católica basada en la conocida mitología que utilizan sus enemigos cuando quieren atacarla. Sin embargo, no todo lo que dice son mentiras. Cuando se refiere a las universidades y seminarios católicos afirma que allí no se enseñan más que oscuras teorías basadas en el aristotelismo y que, si alguno de los estudiantes pretende levantar la cabeza por encima de la media, la institución se las arreglará para hallarlo culpable de pactos diabólicos. Trescientos cincuenta años después de esta afirmación, los católicos daríamos rendidas gracias al cielo si nuestros sacerdotes se formaran en el aristotelismo. El problema que tenemos es que no se forman en nada y que muchos pactos siguen vigentes. Y este no es un problema reciente.
El escritor francés Huysmans, escribía en una de sus novelas a fines del siglo XIX: “Ya no existe sacerdote alguno que tenga talento, al menos para los libros; son los laicos los que han heredado esa gracia tan extendida en la Iglesia en la Edad Media. […] La ignorancia del clero, su falta de educación, su carencia de inteligencia de los ambientes, su desprecio por la mística, su incomprensión del arte, le han privado de toda influencia sobre el patriciado de las almas. No influye ya más que en las mentes infantiles de las beatas y camanduleros; y es sin duda providencial, es sin duda mejor así, ya que si se adueñara, si consiguiera alzarse y vivificar a la desoladora tribu a la que dirige, ¡sería la tromba de la estupidez clerical abatiéndose sobre un país, sería el final de toda literatura, de todo arte…” (En route, II parte, c. 1).
Cincuenta años más tarde, el teólogo Louis Bouyer decía lo mismo, como ya comentamos en este blog. Y nuestro Leonardo Castellani desarrolló largamente el tema en su Seis ensayos y tres cartas
¿Por qué traigo nuevamente la cuestión a la discusión? Porque a mi entender, la situación se ha agravado aún más, lo cual parecía ya imposible. Sin embargo, siempre puede hacerse daño, y es lo que está ocurriendo con el pontificado de Bergoglio. No estoy diciendo que hayan bajado órdenes vaticanas para hacer tal o cual cosa, sino simplemente que el gobernante -y en este caso, gobernante absoluto- es arché o principio y, al gobernar, enseña a sus súbditos. Y así como durante el pontificado de Benedicto XVI, por ejemplo, poco a poco comenzó a recuperarse la solemnidad y devoción en la liturgia en muchas iglesias y parroquias de todo el mundo, en el actual, están aflorando las peores truhanes dedicados a destruir. 
Si el Sumo Pontífice, desde su cátedra, menosprecia a los teólogos y aconseja que sean deportados a una isla para que continúen allí con sus discusiones inútiles, mientras los pastores con olor a oveja se dedican a hacer el bien al Pueblo de Dios sin injerencias teóricas, ¿qué actitud podemos esperar de los obispos con respecto a la formación de sus seminaristas? Si el Sucesor de Pedro adhiere a así llamada “teología del pueblo”, según la cual el amorfo “pueblo” es lugar teológico y, en cambio, las grandes obras teológicas no son más que ejercicios dialécticos, y si cuenta entre sus “teólogos” de confianza a impresentables tales como  Juan Carlos Scannone, Tucho Fernández y Carlos Galli, ¿qué podemos esperar de la preparación y solvencia de los profesores de seminario?
En Argentina, hace años ya que se está viendo está nueva degradación. Un caso concreto y reciente ha ocurrido en la arquidiócesis de San Juan de Cuyo, en cuyo seminario, si bien nunca fue de excelencia -era más bien calamitoso-, sus estudiantes hacían los cursos de filosofía y teología siguiendo la ratio acostumbrada en la Iglesia. Pero en el último año ha sufrido una transformación lamentable. Nombrado arzobispo Mons. Jorge Lozano, uno de los bufones favoritos de Bergoglio, se ha dedicado a desmantelar todo lo que de formación seria podía tener, despidiendo a los sacerdotes que poseían títulos académicos y priorizando de forma exclusiva la pastoral. Pareciera que lo que la Iglesia necesita son pastores, y éstos no necesitan saber filosofía y teología. Les basta con las últimas encíclicas pontificias, con los documentos de la Conferencia Episcopal y, por supuesto, con el documento de Aparecida. 

El caso de San Juan de Cuyo no es el único. Como hemos dicho varias veces, la anhelada partida a la casa del Padre de Jorge Bergoglio dejará en la Iglesia argentina tierra arrasada. 

jueves, 4 de julio de 2019

Papas en el Infierno, por Anthony Esolen


(Si los subtítulos en español no aparecen automáticamente, debe activarlos)
Traducción y subtitulado: Walter Kurz

lunes, 1 de julio de 2019

Torpezas y farabutes


Aunque resulte ya tedioso y de poco interés, vale la pena detenerse de vez en cuando para tomar conciencia de lo que el Papa Francisco está haciendo con la Iglesia y la catástrofe a la que la está conduciendo. No hablemos ya de las cuestiones doctrinales, bien conocidas por todos y que tendrán un nuevo cenit en el próximo Sínodo sobre la Amazonía. Baste pensar que uno de los asesores teológicos que tendrán los sinodales será nada menos que nuestro conocido P. Carlos Galli, del que tuvimos oportunidad de ver algunos videos aquí y aquí.

No nos detengamos tampoco en cuestiones disciplinares. ¿Qué hubiese pasado en la Iglesia hasta hace siete años, si un cardenal condenaba un sínodo por herético y apóstata? Es lo que hizo el cardenal Brandmüller, y pocos se han enterado y a nadie le extraña ya que altos personajes de la jerarquía cuestionen abierta y duramente al Sumo Pontífice. 
Miremos simplemente tres hechos ocurridos durante la semana pasada y que son muestra evidente de la torpeza absolutamente inexcusable de Bergoglio en el manejo de las cosas de la Iglesia, en la catástrofe que está ocasionando y en el estado lamentable en que la dejará. Y, asombrosamente, nadie hace nada, más que el citado Brandmüller, o Burke, o el viajero Schneider. El resto, calladitos, y criticando por lo bajo, no vaya a ser que sean comisariados y misericordiados de sopetón.

  1. Hace menos de un año que la Santa Sede, gracias a la insistencia de Francisco, firmó un acuerdo con el gobierno chino por el cual reconocía a los obispos cismáticos de la iglesia patriótica china y, en los hechos, entregaba a los obispos, sacerdotes y fieles que a riesgo de su vida y su libertad, habían permanecido fieles en medio de las persecuciones comunistas. El primer hecho bochornoso fue que el presidente de China, en visita a Roma días más tarde, ni siquiera se dignó mandarle un saludito al Pontífice, con el que acababa de firmar un histórico acuerdo. Y lo segundo llegó la semana pasada, cuando el Vaticano tuvo que publicar una carta pidiendo al gobierno chino que respete la libertad de los sacerdotes católicos. El éxito del tratado es manifiesto; una nueva cucarda para la diplomacia vaticana… Un gobernante mediocre ya habría actuado hace tiempo descabezando al Secretario de Estado, autor de este fracasado y nocivo acuerdo. Bergoglio no lo hace porque, si fuera el caso de descabezar, debería autodegollarse.
  2. El Papa Francisco recibió en la mismísima sacristía de San Juan de Letrán con gran ruido mediático a una familia gitana a la que los vecinos de un humilde barrio gitano, no querían ver ni pintados. Se vendió la cosa como odio al diverso, racismo, y demás tópicos políticamente correctos. El ‘cato buenismo’ lo vistió de abrazos pontificios y apoyos incondicionales, en medio de fotógrafos y camarógrafos, sin que a nadie se le ocurriera escarbar un poquito. Pero se descubrió el motivo por el cual los discriminados eran rechazados por sus vecinos: el pobre rumano es propietario de 27 automóviles de alta gama y de origen más que dudoso. Seguramente algún farabute de los que rodean a Bergoglio, o él mismo, que en farabuteadas no se queda corto, habrá leído la noticia de lesa discriminación en los medios italianos y rápidamente ideó el encuentro para ganarse otro poroto entre el decadente mundillo progre. Así le fue. Un bochorno que en otros tiempos no se habría perdonado tan fácilmente.
  3. La Conferencia Episcopal de Estados Unidos lanzó por Tweeter el anuncio de la colecta anual llamada Óbolo de San Pedro, cuyos fondos van íntegramente a financiar la Santa Sede, y que en el caso de USA, son más que sustanciales; vitales según algunos, para sostener el Estado Vaticano. Como podrán ver, la catarata de respuestas de católicos furiosos con Francisco es muy notable: “no pondremos un solo dólar mientras siga Bergoglio”, es el resumen. Insisto, es asombrosa la agresividad y la cantidad de mensajes del mismo tenor, comparable a los comentarios argentinos cuando algún medio de prensa nacional publica una noticia sobre el Papa. Habitualmente, deben cerrar los comentarios debido a su virulencia. ¿Había pasado algo similar en la Iglesia durante los último siglos? Creo que no. Bergoglio lo hizo. 

miércoles, 26 de junio de 2019

Congar


Luego de la lectura del imprescindible libro de Roberto De Mattei, Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, publicada en español por Homo Legens, y sobre el cual ya hablamos en este blog en dos ocasiones (aquí y aquí), quedan muchas pistas para seguir. Por ejemplo, las razones del abrupto cambio de bando de Mons. Parente que, de ser un acérrimo defensor de la ortodoxia, se apichettó o se fernandizó o se massificó, y se pasó a la facción ultraprogre; o del cardenal Suenens, que terminó convertido en un fervoroso carismático. Otro de los enigmas es el de los protagonistas en las sombras de la catástrofe que gestó el Papa Juan que fueron, en gran medida, los verdaderos dueños del Concilio, manejando como títeres a decenas o centenas de obispos que levantaban la mano según los consejos que recibían en recreos y veladas. Me refiero a los famosos periti o asesores, y a los teólogos de relumbrón que menudeaban en los alrededores del aula conciliar. 

Uno de los más relevantes fue, sin duda alguna, el dominico Yves Congar. Y para conocerlo, qué mejor que escudriñar sus diarios, que los dejó escritos con detalles, y publicados. Leí el primero de ellos: Journal d’un théologien. 1946 - 1956 (Cerf, Paris, 2000). 
Son casi quinientas páginas densas que relatan en primera persona todos los sufrimientos reales -y merecidos, la mayoría de las veces-, por los que atravesó Congar en esa década, signada por las prohibiciones de enseñar en Le Saulchoir y de publicar; sus exilios en Jerusalén y en Cambridge, y sus desencuentros con superiores provinciales y con los maestros generales de la orden. En este sentido, me recordó mucho a los diarios de Castellani que tan bien ha engarzado Sebastián Randle en su monumental biografía. Ambos fueron hombres de genio, ambos fueron desobedientes, ambos fueron perseguidos, ambos se dedicaron a plañir sus cuitas, pero uno terminó cardenal, y el otro murió en un minúsculo apartamento de Constitución, viviendo merced a la caridad de sus amigos.
La lectura del libro conduce a varias conclusiones:
  1. En los años ’40, la Iglesia era una bomba de tiempo. La explosión debía producirse, antes o después. Un Papa prudente podría haber manejado una explosión controlada, pero a los egregios cardenales eligieron luego de la muerte de Pío XII a don Angelo Roncalli, a quien se le ocurrió de sopetón, convocar un concilio ecuménico para solucionar el problema. Como si a un bombero se le ocurriera reunir todos los focos de fuego dispersos por una enorme llanura, para acabar con el incendio… ¡insensato Juan XXIII e insensatos los cardenales que lo eligieron!
  2. La realidad de la vida religiosa, aún de la dominicana, dista bastante de la imagen que tenemos de hermanos viviendo en paz y alegría, y procesionando dentro del claustro conventual. Los odios e enemistades acérrimas que describe Congar son muy notables. En su caso particular, arremete una y otra vez, con pasión desencarnada, contra el P. Garrigou-Lagrange, profesor en el Angelicum de Roma. Cuenta el editor de las memorias, que Congar compró en su primer viaje a Roma, una postal con una reproducción de Perseo librando a Andrómeda del monstruo, de Piero de Cosimo, la cual conservaba en su celda con un etiqueta que decía: “Retrato de la Nouvelle théologie y de Garrigou abatiéndola” (p. 119). Ejemplos como este se suceden continuamente, en lo que aparece la ironía y el humor ácido del dominico, reflejos ambos de una agudísima inteligencia.
  3. Congar era, efectivamente, un hombre de gran inteligencia, y por eso, un hombre muy peligroso. Muchas de sus observaciones son ciertas, quizás la mayoría, pero las conclusiones a las que llega no siempre lo son, aunque resulta muy difícil argüir contra ellas, porque el razonamiento se presenta impecablemente concatenado. Cómo no estar de acuerdo, por ejemplo, cuando afirma: “La tragedia de la situación actual y del modo en el que se ejerce concretamente el magisterio ordinario romano, es que este magisterio hace teología sin cesar, y expone, con la autoridad del magisterio católico, las posiciones de una escuela teológica” (p. 182). La conclusión obvia es que el famoso “magisterio” deje de hacer teología, pues ese es asunto de los teólogos, y no tome posición explícita por una escuela, de lo cual la Iglesia siempre se cuidó, particularmente los padres del Concilio de Trento. Pero cuando tal cosa se hizo, en tiempos de Pablo VI, ya vimos lo que pasó. Y como el horror vacui también se aplica en este caso, tenemos en la actualidad al Papa Francisco que de tan progresista y a-teólogo, ha afirmado en varias ocasiones que todo lo que él dice -incluidas las sandeces aéreas y las monsergas de Santa Marta-, son parte del magisterio romano. Si el P. Congar viviera en estos tiempos, ya se habría arrojado de cabeza al Tíber desde el puente Sant’Angelo.
O bien, uno podría acordar con ciertos matices en que, durante la primera mitad del siglo XX, se dio en la Iglesia una desproporción del culto mariano en desmedro de la figura central de Cristo, lo que Congar llama “marilatría”, pero eso no lo autoriza a burlarse, por ejemplo, de San Luis María Grignion de Montfort (p. 159). Son exageraciones o reflexiones desmedidas frente a hechos reales. Uno de los párrafos más célebres en este sentido, dice: “Cuando, en mi estado actual, busco una conclusión para descubrir cuál es el fruto de mi vida, me pregunto si mi vocación no será la de sacrificarme a mi mismo, incluyendo mi felicidad y mi desarrollo espiritual, para luchar contra la hidra romana, para ayudar a las próximas generaciones a no ser cooptados por la empresa de la Bestia. Hay una lucha que ofrecer; un testimonio que dar. Y vale la pena”. (Muy castellaniano, por cierto).  

4. Se constata una vez más lo que tantas veces hemos dicho: el Vaticano II y el inmisericorde triunfo progresista que surgió de él, mucho tiene de venganza y de viejas reivindicaciones. Durante el Vaticano I, las posiciones contrarias al ultramontanismo de Pío IX no solamente fueron vencidas, sino que fueron humilladas; se les hizo besar, y en algunos casos literalmente, el polvo. Y pasó lo mismo que con el Tratado de Versailles: la Alemania humillada se levantó con muchas más fuerzas y destruyó Europa. Escribe Congar: “Nuestro asunto es una vieja historia que se remonta no solamente a 1942 (con el caso Chenú), sino a la época de Pío X, a los grandes debates de entonces. La cuestión de los curas obreros fue una ocasión para derribar a los representantes de una tendencia; no hay otros motivos para las medidas recientes que los motivos antiguos” (p. 264). Él lo hace derivar de la crisis del modernismo; yo creo que viene de antes. La cuestión es que ambos bandos extremaron posiciones. Congar y la nouvelle théologie por un lado, y Roma prohibiendo, por ejemplo, que los seminarios franceses tuvieran la colección de textos patrísticos Sources Chrétiennes (p. 202), por otro. Demencial. 
5. Congar comienza su decurso teológico promoviendo el ecumenismo, un movimiento que había comenzado a principios del siglo XX con el cardenal Mercier. Y la mayor parte de sus problemas con las autoridades de la orden y las autoridades romanas, vinieron por ese lado: su afán de unidad  y diálogo con los hermanos separados. Después de ochenta años, ¿qué tenemos? La misma situación de división, pero con una iglesia católica debilitada y frágil en sus posiciones dogmáticas. ¿Se cumplió el objetivo? Sí, se cumplió el objetivo del que Congar fue instrumento probablemente involuntario. Y me refiero a lo siguiente: relata en su diario en su entrada del 20 de septiembre de 1950: “El movimiento ecuménico (se refiere a la iniciativa protestante con sede en Ginebra) es muy poderoso. Tiene, en su central, 150 empleados y un presupuesto de 500 000 francos suizos y ha recibido una donación de un millón de dólares” (p. 172). Ese dinero, aclara el editor, venía de Rockefeller. 



Apostilla: Decía al comienzo que una de las cosas que me intrigaba era el errático comportamiento que tuvo Mons. Parente en el Vaticano II. Pietro Parente era decano de la Facultad de Teología de la Urbaniana e influyente consultor del Santo Oficio, y se consideraba, junto al cardenal Ottaviani y a mons. Piolanti, como los representantes más eximios de la Escuela Romana. Congar escribe: “El P. Barré me ha aconsejado hacerme el encontradizo con Mons. Parente. Me dice que es un espíritu primario, que asimila rápidamente y escribe más rápidamente aún, sin jamás prestar atención al nivel de los problemas y ni siquiera darse cuenta de su existencia” (p. 325). Y más adelante: “A propósito del Santo Oficio, el P. Vignon me habla de Parente. Y me dice que contribuyó personalmente a confundirlo en cuestiones de fe. Parente, me dice, es un espíritu superficial y concluyente. Juzga sobre todo sin haber estudiado nada. Hace tiempo, le dijo al P. Vignon que no había estudiado nunca las virtudes teologales, y el P. Vignon le pasó una biblioteca entera sobre la fe. Cuatro meses después, Parente sacaba un tratado sobre la fe…” (p. 351). 



lunes, 24 de junio de 2019

¿Hasta cuándo, Señor?


Continúo con algunas notas de lectura sobre la perspectiva de nuestra fe en el mundo:

Muchos cristianos, devotamente clericales, dirán que es verdad que es difícil el diálogo con el mundo, y que no hay que ser ingenuos al respecto, pero que las oposiciones y luchas que vemos se trata de un malentendido pasajero. Si somos pacientes y nos esforzamos, podremos salir del túnel. 

Es verdad que el evangelio dice que la lucha y el conflicto no durarán para siempre, pero también dice que la paz de Cristo no será nunca una paz firmada con este mundo. Estos mismo cristianos dirán: “Por supuesto, estamos convencidos que el mundo no podrá encontrar la solución sin una intervención de Dios”. Pero, precisamente, Dios ya intervino. No tenemos que esperar al Salvador. Él ya vino. Nos queda por hacer la tarea que nos encomendó: actualizar las virtualidades de los tesoros inagotables que nos ha dejado; son los talentos que deben dar fruto. En Jesucristo tenemos todo lo que necesitamos.
Nuestros obispos y los cristianos clericales dirán que este es un discurso desfasado en el tiempo. La Edad Media fue la infancia del cristianismo. Pero ahora estamos ya en la edad adulta, cuando la semilla evangélica dará el ciento por uno. Estamos en la espera de una cristiandad nueva, laica, autónoma, plenamente consciente de sí en la plenitud de su libertad. Trabajemos, entonces, confiados en Cristo y en el mundo, porque nuestra tarea recién comienza. Intervengamos en política, hagamos marchas, peguemos calcomanías y lancemos globos de colores. Compremos el marketing del mundo para nuestras campañas a favor de las buenas causas. No nos desanimemos frente a las dificultades, y de ese modo haremos reinar a Cristo en el mundo. 
No digo que estas acciones sean malas. Son buenas y, a veces, efectivas, pero debemos recordar no es lo que se nos ha prometido en el evangelio. Lo que Cristo y los apóstoles nos han prometido como el porvenir del cristianismo, es que esta situación no es una fase, sino que es el todo. Insisto, el conjunto de textos evangélicos y neotestamentarios no conocen un desenlace bienaventurado de la historia, ni antes ni después de la primera venida del Salvador. Esta primera venida no hizo sino lanzar un conflicto latente y empujarlo hasta el final. Pero en ninguna parte aparece la idea de que lo resolverá. Pretenderlo, es querer conciliar aquello que el Nuevo Testamento unánimemente declara inconciliable.
Pero ¿qué hacemos con las parábolas de la semilla y de la levadura? Lamentablemente, ellas no nos libran de las conclusiones a las que hemos llegado porque no pueden contradecir la parábola del trigo y la cizaña, y porque deben ser leídas en el contexto en el que fueron dichas, y no en el nuestro. Ellas prometen la difusión general del evangelio y aseguran que la humanidad entera será afectada por él. Pero no prometen de ninguna manera la conversión universal y la cristianización integral. No puede concluirse a partir de ellas que la humanidad, a la larga, aceptará el evangelio. 

Es una verdad incontestable que los cristianos de la época apostólica esperaban el retorno de Cristo, y que lo esperaban en un sentido tan real y poco metafórico como su primera venida. “Hombres de Galilea –dice el ángel a los apóstoles-, ese Jesús que habéis visto subir al cielo, volverá de la misma manera en que lo habéis visto subir” (Hech. 1, 11). Y es en su retorno, y solamente en su retorno, en el que esperaban la solución y el triunfo y, también, el juicio: “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos un Salvador, el Señor Jesucristo, que transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas” (Fil. 3, 20-21).

La historia permanece en manos de Cristo y no en las nuestras. La Iglesia lo representa pero no lo reemplaza y, con mucha más razón, no puede sobrepasarlo. Su obra consiste en llevar la salvación a los hombres por el Evangelio y los sacramentos. Y la promesa que ha recibido es la de la indefectibilidad en esta tarea. Ella no hará otra cosa que lo que Cristo mismo hizo durante su primera venida. Deberá hacer brillar la luz, Su luz, en las tinieblas. Pero si las tinieblas no recibieron al mismo Cristo, no esperemos que la Iglesia tenga alguna ventaja en este sentido. Es verdad que se prometió que los discípulos harían obras más grandes que el Maestro, pero esto debe ser entendido en el sentido que llevarían el evangelio a todo el universo, mientras que Él sólo lo predicó en Galilea. La salvación del mundo ha sido confiada a la Iglesia, pero el juicio del mundo permanece en manos del único Señor. Es necesario que Él reine, pero no seremos nosotros quienes lo hagamos reinar. El anuncio evangélico es tarea de la Iglesia, pero su efecto definitivo es un secreto del Padre hasta el día que Él ha fijado y que sólo Él conoce. Ese día, el Hijo del Hombre vendrá a su reino y cosechará el campo en el que la Iglesia arrojó la semilla. Es verdad, en ese día asociará a los santos al juicio que hará entre los elegidos y los réprobos, y como ellos han sufrido con Él, con Él reinarán. Pero no es cuestión de ellos –de los santos-, el anticipar el día de su venida y atribuirse el poder de hacerlo reinar. El día de su reino, es el día de Yavé, el día que sólo el Padre conoce. Sería locura pretender la posesión de aquello que ni siquiera el Hijo poseyó. Hasta ese día, los cristianos no podemos sino arrojar la semilla y gritar con toda nuestra voz: “¿Hasta cuándo Señor, Santo verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?” (Ap. 6, 10).

miércoles, 19 de junio de 2019

Coqueteando con el mundo

Sin pretensión alguna de originalidad, sigo con algunas reflexiones:


Hoy estamos prisioneros de diversas teologías, o de teologías diversas, que en términos generales pueden ser denominadas “teologías de la encarnación”, según las cuales la divinidad entraría en el mundo como un hierro caliente penetra en la manteca. El Nuevo Testamento no conoce esta encarnación. Sin duda, obliga a los cristianos a “glorificar a Dios con nuestros cuerpos” (I Cor. 6,20), pero no pareciera que en esta vida se pudiera hacer otra cosa sino “llevar en todo tiempo la muerte de Jesús en nuestros cuerpos” (II Cor. 4,10). La encarnación, tal como la concibe el evangelio, no es la apoteosis del mundo. Por el contrario, es el principio de su irremediable ruptura. El Hijo de Dios no bajó a nuestra carne por placer, sino que descendió a ella como a la muerte. Como dice San Pablo, que Él se haya hecho hombre y se haya hecho obediente hasta la muerte, es todo una sola cosa.


No se niega que el evangelio sea la salvación del mundo, pero no se trata de un agradable licor que lo hace entrar en calor a través de una borrachera dulce y gozosa. Se trata de un remedio terrible. Cuando el mundo lo gusta, dice como los hijos de los profetas a Elías: “Hombre, la muerte está en la bebida” (II Reyes 2). Para el mundo, como para Dios, la encarnación es la cruz.
El progreso del Evangelio en el mundo, tal como parece entenderlo el Nuevo Testamento, no es una seducción, ni una asunción progresiva ni tampoco una pacificación de toda realidad humana. Pareciera que esta la lógica que propugna la Iglesia desde el Vaticano II y la que el Papa Francisco desperdiga en cada uno de sus discursos y de sus gestos. El evangelio debe despertar en el mundo una hostilidad que estaba latente, y que será llevada a su paroxismo, y esto lo que los obispos actuales, el Opus Dei y tantos otros movimientos neocones no quieren aceptar. No se trata de negar que el evangelio deba fructificar en las almas, ni que su fruto se manifieste a través de toda clase de obras por las que los hombres glorifiquen al Padre. Pero será una obediencia necesariamente dolorosa la que hará nacer ese fruto y, finalmente, deberá sufrir la prueba del fuego. 
Por eso, lo que espera a los apóstoles que predican el evangelio no es la conversión del mundo, sino el odio del mundo. Les aguarda la enemistad del mundo -que se manifiesta cada vez más- y al mismo tiempo, la victoria sobre el mundo. Las dos son inseparables. Pero ocurre que la mayor parte de los cristianos de hoy no pueden soportar la idea de tener enemigos. Quieren estar en contra de todo lo que está contra algo, y estar a favor de todo lo que está a favor de algo. “No estamos en contra de nadie”, es su frase favorita. “No estamos contra la ideología de género. Tenemos algunas diferencias que se solucionarán con el diálogo”, dice la Congregación para la Educación. “No hablemos de lo que nos separa como el aborto y la homosexualidad. Concentrémonos en dialogar sobre lo que nos une”, dice el Papa Francisco. Pareciera, incluso, que hoy no es posible ser ateos, porque sea el personaje que sea, siempre encontrará a algún eclesiástico esclarecido que escribirá un libro o dará una entrevista, quizás junto a ese mismo personaje, en el que demostrará que, en realidad, lo estamos malinterpretando y que en el fondo, ese acérrimo ateo, es más cristiano que nosotros mismos.
Lo malo es que esas conquistas sobre el papel no son muy efectivas. Aunque anexados por nuestros artificios dialécticos, nuestros queridos enemigos siempre escapan a nuestros abrazos, ignorándonos sin más. Al leer los escritos de autores cristianos actuales, se tiene la impresión de que el cristianismo ha perdido para ellos todo contenido propio. Pareciera que su fe, inquieta solamente por comprender y acoger a todos, es una materia dúctil y transparente, en perpetua coquetería con los principios del mundo.
Cualquiera sea el “ismo” del que se enamoren nuestros contemporáneos, siempre se encontrará una versión reducida y esterilizada para el uso de cristianos, munida del correspondiente certificado de bautismo: ecologismo, socialismo, capitalismo, liberalismo, etc. Pero sucede que, cuando los enemigos nos escuchan, encuentran que nuestras palabras no son más que un relato aguado, adaptado para niños, de sus propias creaciones y, entonces, se van desinteresados. Hemos perdido, incluso, el sentido de la afirmación, porque no se puede afirmar sin negar lo contrario, y nuestro temor a golpear y disgustar al otro nos impide dar un no categórico. 
El adversario, por su parte, desprecia al que cede continuamente el terreno. El cristiano “amigo de todo el mundo”, siempre con su sombrero en la mano y que saluda simpáticamente a todos, se siente rodeado, sin comprender bien el porqué, de una indiferencia glacial. Todo lo que obtienen sus declaraciones de humilde devoción y de respetuosa admiración por el mundo, es una condescendencia desdeñosa. Nunca sabremos si es consciente de ella o no, debido a su perpetuo complejo de inferioridad.
Los primeros cristianos, por el contrario, se sentían invencibles, porque estaban seguros de haber descubierto la salvación del mundo, o más exactamente, de haber sido ellos mismos encontrados por el Salvador del mundo. Su fe no necesitaba la aprobación del mundo. Ella era, precisamente, la victoria sobre el mundo. Y lo era porque esa misma fe les aseguraba que había Alguien que era más grande que el mundo. Y esto era lo que los hacía indemnes a toda falsa modestia y a todo respeto humano en su testimonio. Como todos los verdaderos humildes, no tenían escrúpulos en que se los creyera orgullosos. Ellos se sabían arrancados del poder de las tinieblas y transportados al reino de la luz por una fuerza que no era la suya. Esta seguridad estaba estrechamente ligada a su convicción de la intervención divina en su propia historia como así también en la historia del mundo.

Estos cristianos antecesores nuestros estaban convencidos que “El Hijo de Dios vino al mundo para salvar al mundo”, y el mundo lo crucificó, pero Dios lo resucitó. Y que lo que había sucedido con Cristo, sucedería con ellos. Es verdad que iban al mundo para llevar a los hombres la palabra de salvación y de reconciliación, el evangelio del ágape, pero sabían que lo único que podían esperar del mundo era la cruz. Pero como la cruz de Cristo los había arrancado del mundo, así arrancarían a muchos hermanos completando en ellos lo que faltaba a la pasión de Cristo. Y como Dios había intervenido para transformar, después de su muerte, la aparente derrota de Cristo con el triunfo de su resurrección, así esperaban ellos para el fin de los tiempos la misma intervención. No esperaban una victoria que suprimiera la cruz, sino una victoria por la cruz. No una victoria alcanzada por el esfuerzo humano, ni siquiera el esfuerzo del Hijo de Dios hecho hombre, sino una victoria dada por la intervención del Padre, que resucitó a su Hijo sólo después de haber permitido el sufrimiento en Él. En una palabra, esperaban la victoria de la parusía.

lunes, 17 de junio de 2019

Dialoguemos sobre el género


La semana pasada tuve ciertos sentimientos de optimismo cuando me enteré que la Santa Sede había publicado una documento sobre la ideología de género. “Por fin a alguien se le ocurre hablar claro sobre la tragedia del mundo contemporáneo”, pensé. No se me ocurrió, claro, leerlo; hay cosas mucho más importantes que leer. 

Sin embargo, un sacrificado y agudo intelectual argentino, el doctor Mario Caponnetto, no solamente lo leyó sino que escribió un comentario que pueden bajar de aquí, y que señala que mi optimismo era totalmente infundado. Escribe: “La Santa Sede, a través de la Congregación para la Educación Católica, acaba de publicar un Documento bajo el título Varón y mujer los creó. Para una vía de diálogo sobre la cuestión del gender en la educación. La lectura de este texto, dividido en cincuenta y siete puntos, deja un sentimiento de franca insatisfacción. No es que no recuerde algunas verdades esenciales acerca del tema ni que carezca de ciertos pasajes aceptablemente logrados respecto de una exposición católica sobre la ideología de género. Lo que “hace ruido” es el tono general del Documento centrado en una exagerada impostación dialoguista -como lo subraya expresamente el subtítulo- a expensas de lo que debió ser, a nuestro juicio, un severo toque de atención y un llamado a la resistencia católica frente a la avalancha de una ofensiva radicalmente anticristiana cuyo objetivo es la destrucción de lo poco que va quedando de un orden cristiano en el mundo y centrada hoy, sobre todo, en la familia”. 
No se dan cuenta que el adversario desprecia al que cede continuamente el terreno. El cristiano “amigo de todo el mundo”, siempre con su sombrero en la mano y que saluda simpáticamente a todos, se siente rodeado, sin comprender bien el porqué, de una indiferencia glacial. Todo lo que obtienen sus declaraciones de humilde devoción y de respetuosa admiración por el mundo, es una condescendencia desdeñosa. Nunca sabremos si es consciente de ella o no, debido a su perpetuo complejo de inferioridad.
Es por eso que llama la atención una y otra vez, que buena parte de los cristianos de hoy y la mayor parte de la “jerarquía” eclesiástica mantienen el optimismo sobre este estado de situación. Pareciera que ven en los pretendidos avances del mundo contemporáneo las verdades cristianas laicizadas. El espíritu libre que organiza y domina la materia, la moral fraternal de los derechos humanos que se funda sobre la eminente dignidad del hombre, la aspiración a construir el mundo nuevo donde reine la justicia… todos estos ideales del mundo son -dicen-, en su origen, verdades cristianas. Si el mundo nos persigue, se debe solamente a un malentendido. Los cristianos podemos comulgar sin ningún escrúpulo con los ideales de la humanidad de nuestro tiempo aunque, en apariencia, sean peligrosas para la fe. Pero se trata sólo de apariencias. Y si no, recurramos al más irresistible de los argumentos apologéticos: las multitudes que seguían a Juan Pablo II o los millones de jóvenes que se congregan en las Jornadas Mundiales de la Juventud. ¡Qué ocasión inmejorable para convertir a esa marea de ateísmo, y gritarles: “Lo que ustedes buscan es precisamente lo que nosotros les ofrecemos. Seguramente, dudarán de que sea así, pero eso se debe a que la infidelidad de los cristianos con cara de pepinillos en vinagre les esconde la verdadera naturaleza del cristianismo. Pero miren un poco más de cerca, y se darán cuenta de que se trata de la realización de sus más ardientes deseos…”. Para edificar la ciudad fraternal, para establecer el triunfo definitivo del hombre y de sus derechos, para llevar al hombre a su edad adulta en la verdad que finalmente ha sido descubierta, en la libertad finalmente conquistada, los cristianos sentimos el corazón gozoso porque tenemos el secreto infalible. Estamos seguros de que la humanidad, una vez que se encarrile por la buena senda, reconocerá tarde o temprano la señal indicadora que está buscando y que presiente.
Estas ideas que acabo de describir han estado presentes en la literatura cristiana al menos, desde hace un siglo. Sin embargo, y pesar de todas las esperanzas que se habían alentado, el mundo no parece estar muy apresurado en reconocer en las ideas cristianas la expresión perfecta de sus deseos. Más bien, pareciera lo contrario. En lugar, entonces, de intentar, una y otra vez, y siempre sin éxito, de persuadir al mundo de que se equivoca con respecto al cristianismo y que el cristianismo se equivoca con respecto al mundo, quizás sea el momento de preguntarnos si no estaremos nosotros mismos equivocados con respecto a la perspectiva de análisis que estamos utilizando.
Publicaré durante los próximos días una serie de artículos que escribí hace algunos años a partir de varias lecturas. Se trata de reflexiones que, sin pretensiones de originalidad, intentan una compresión del momento actual.  

jueves, 13 de junio de 2019

Falsa dicotomía


por Walter Kurtz


Estoy seguro de que la actual discusión entre los dos polos que algunos plantearon a partir del post anterior, “comunitarismo” y “política”, y que disparó el libro de Dreher, excepto en sus extremos (ausentismo vs. entrismo), es una falsa dicotomía.
Primero porque no puede existir un San Ireneo de Arnois sin leyes mínimas que den seguridad y respeten la libertad de educación y la pequeña propiedad familiar. El hombre del sillón tiene que estar seguro de que a sus hijos no se los van a llevar para ser educados en la ESI, o que la AFIP no se va a quedar con su granja de autosubsistencia porque no le alcanza para pagar impuestos, o que la Srta. Prim no pueda ser asaltada o violada cada vez que va a trabajar.
Por eso, no se trata sólo de hacer política para arreglar los caminos o las cloacas, si las grandes decisiones quedan en manos de perversos y saqueadores.
Segundo porque ya sabemos bien lo que el activismo sin contemplación puede producir. Lo vemos todo el tiempo. No se trata sólo de gente que traicionó sus ideales porque sí, sino muchas veces de un entorno que los condujo lenta e inexorablemente a hacerlo.
Los monasterios eran centros de espiritualidad pero también de caridad en el sentido tomista, con sus siete ayudas (consejo, sostenimiento, enseñanza, consolación, rescate, perdón y oración) y siete obras buenas (vestido, provisión de agua, alimento, redención, refugio, cuidado y sepultura). De ahí que los monasterios nunca estuviesen aislados sino en frecuente contacto con el exterior, autoridades y pueblo. No sólo eran, como decía Dom Gérard, “dedos que señalan el cielo”, también cobraban y pagaban décimas, firmaban contratos de protección armada, recibían y realizaban investiduras feudales, locaciones temporales o perpetuas, recibían legados y donaciones con cargo o sin él, “pagaban” con bienes espirituales, contrataban trabajadores para realizar mejoras o mantenimientos de edificios y terrenos, y un larguísimo etcétera, siendo como eran los principales clientes de notarios y escribanos.
En otras palabras, la nuestra es una guerra con múltiples frentes. Aún los que peleen en la política -como puedan- necesitan tener una retaguardia fuerte, donde los niños sean criados sanamente sin peligro de ESIs y demases, donde las familias sean fuertes y no estén expuestas a un medioambiente perverso, donde la pequeña propiedad familiar no esté sometida al saqueo. Y los “inútiles” necesitan también de quienes los protejan: en la política, en la justicia, en la universidad.

martes, 11 de junio de 2019

La hora de los inútiles (reposteo)


A raíz del último post, dedicado a la perdida vigilia de Pentecostés, se suscitó un breve diálogo sobre las características que tenía esta ceremonia. Un lector dejó un comentario al respecto que decía más o menos lo siguiente: “En momentos en que el mundo se está viniendo abajo, resulta ridículo y objetable que ustedes se dediquen a discutir el introito de la vigilia”. Y a primera vista, parecería que tiene razón. El mundo, literalmente, se está cayendo, y lo está haciendo con la aceleración propia de cualquier derrumbe. Y cuando digo “mundo” me refiero al orden cristiano del mundo redimido por Jesucristo cuyos últimos destellos, los que tenemos algunas décadas, llegamos a vislumbrar. Pero el katejon ha sido quitado. El imperio ha desaparecido, y el orden se fue con él. El mundo se está cayendo.

Y no se trata, me parece, de sugestiones de una mente afiebrada y ávida de conspiraciones: nos enfrentamos a las fuerzas del Mal que ya se están quitando descaradamente la máscara, seguras de su triunfo, y que se han infiltrado por todas las grietas que el terremoto produjo.  Desde George Soros (recomiendo este video para conocer al siniestro personaje) hasta Jorge Bergoglio aposentado en el solio de Pedro. Los Hijos de las Tinieblas, que en este eón son más astutos que los hijos de la luz (Lc. 16,8), nos han desplazado, y el resto fiel de Israel apenas si cuenta con un puñado de fieles. 
Frente a una situación tan dramática que Dios nos ha dado el privilegio de vivir, es lógico que surja enseguida la pregunta sobre qué hacer, y que la respuesta sea la obvia: “Hay que hacer cosas, muchas cosas, cuanto más cosas mejor para detener al Hijo de la Iniquidad”. Es la postura de muchos, entre otros de Michael Matt, al que escuchábamos en el video publicado el viernes último. “Salvini está haciendo cosas; Bolsonaro está haciendo cosas. Apoyémoslos y hagamos cosas similares a ellos”. Y claro que podríamos apoyarlos si fuera el caso, pero me parece cuanto menos ingenuo cifrar alguna esperanza en el éxito de esas empresas, por las razones que muchas veces discutimos en este blog, y que no volveremos a discutir aquí.
Por el contrario y una vez más, yo creo que ha llegado la hora de los inútiles. Y es por eso que vuelvo a publicar este artículo, que apareció hace casi cuatro años, el 20 de octubre de 2015.


En los momentos en los cuales las sociedades comienzan a crujir presagiando la inminencia de sus caídas, es natural que los hombres íntegros se pregunten con inquietud qué hacer, y surge siempre la tentación de soñar con grandes empresas y buscar con desesperación a un líder salvador, convirtiéndose todos en soldados rasos a su servicio y postergando, en razón de ese difuso bien común, las propias particularidades. Los inútiles, es decir, los que no se enrolan en esa empresa y no militan en tal batallón, son desechados como lastre más pesado aún que el que representan los paganos.  
Pero lo cierto es que la historia nos enseña que en esos momentos críticos los más útiles son los inútiles. Mientras Europa se desangraba durante la Segunda Guerra Mundial, un inútil profesor universitario de Oxford se dedicaba a escribir una fantasía que terminó llamándose El Señor de los Anillo, un libro que ha salvado más vidas que cientos de grupos parroquiales juntos. Pero quiero fijar la mirada en esta ocasión  en un momento histórico similar al nuestro y en un personaje al que aún hoy mucho le debemos.
El siglo VI se encontró que Europa ya no existía. El Imperio Romano de Occidente había caído y lo que había sido una unidad orgánica, ahora no era más que un conglomerado de ciudades que giraban en la órbita de las tribus bárbaras vencedoras: visigodos en España, francos en la Galia, burgundios en Retia, vándalos en África y ostrogodos en Italia. Aunque todos pretendían seguir siendo “romanos”, Roma ya no existía, y los únicos que mantenía cierto orden eran los obispos, organizados según el diseño de la antigua administración imperial.
La papuerización de la cultura y la educación parecían irremontables. Signo de ello era que ya nadie en Occidente sabía griego, e ignorar esa lengua era ignorar la filosofía, los clásicos y, todavía más importante, la teología, porque el cristianismo se había desarrollado teológicamente en Oriente. Aún el mismo latín estaba perdiéndose puesto que la atomización política había propiciado también la atomización lingüística y ya se estaban fortaleciendo las lenguas romances. Como señala Pierre Riché (Éducation et culture dans l’Occident barbare. VI – VIII siécle, Seuil, Paris, 1995), las clases dirigentes habían perdido todo interés por la cultura clásica y por la educación en general y aún la formación de las elites políticas y religiosas era más que deficiente.
 En ese momento asciende al trono de Italia el ostrogodo Teodorico cuyo poder militar le permitió  gobernar sobre las penínsulas itálica e ibérica, la Galia mediterránea y las provincias del Danubio. Preocupado por hacer resurgir el imperio no sólo políticamente sino también culturalmente llamó a su lado a Boecio y, posteriormente, a Casiodoro. Y este el personaje en el que quiero detenerme. La familia de Casiodoro formaba parte del patriciado romano y él mismo había sido nombrado cónsul siendo muy joven. A pesar de las circunstancias de su época, fue quizás el último de los romanos en recibir la formación clásica reverdecida con el cristianismo.

Sucedió en su cargo a Boecio y estuvo al lado de Teorodico luchando, junto al rey, para restaurar el principado y las grandezas culturales del imperio. No pudieron. Muerto el rey, Casiodoro continuó en su puesto durante algún tiempo con la nueva reina, pero pronto se dio cuenta que no había caso: todo se caía a pedazos. La solución no venía a través de la política –él lo había ensayado- ni a través de las grandes empresas. Era la hora de los inútiles. Y así fue que se retiró a una de las posesiones de su familia en Esquilache donde fundó el Vivarium, una especie de monasterio en el que sus habitantes tenían un solo cometido: estudiar y copiar las obras clásicas, griegas y latinas, que había legado la antigüedad. Casiodoro se daba cuenta que, sin ese repositorio, Occidente estaba perdido.
Y fue gracias a su labor que los monjes medievales conocieron a Séneca y Cicerón, y a todos los demás clásicos, y que hoy podemos leer a Virgilio. Fueron estos inútiles escapistas, refugiados cómodamente en una casa solariega mientras Occidente se caía, los que salvaron a Occidente. No quisieron meterse en política –más bien huyeron despavoridos de ella- y ni siquiera les importó las triquiñuelas eclesiásticas. Se dedicaron a hacer lo que sabían y podían hacer: estudiar y copiar para conservar.
Los tiempos de hoy son bastantes similares a los del siglo VI. La diferencia está en que ningún Teodorico se avizora en el horizonte y mucho menos un papa Agapito. Es la hora, entonces, de Casiodoro, es decir, es tiempo para que cada uno desarrolle sus propios dones y particularidades. Es la hora de que los poetas se dediquen a cantarle a la luna y a la mujer amada, que los pintores pinten íconos, que los músicos interpreten a Bach y a Beethoven, que los políglotas traduzcan y que los monjes recen. No estoy abogando, por cierto, de que todos nos retiremos a algún monasterio abrigado por las montañas o por los bosques. Estoy diciendo que es el momento en el que cada haga lo que sabe hacer, según Dios se lo pide, más allá de las estructuras institucionales que no siempre son funcionales. 

Es la hora de los inútiles.

sábado, 8 de junio de 2019

Vigilia de Pentecostés

Desde la década del ’50 los católicos nos hemos quedado privados de una de las ceremonias litúrgicas más importantes del calendario y que hundía sus raíces en las celebraciones de los primeros siglos cristianos. En 1955 el Papa Pío XII (sí, Pío XII) suprimió la vigilia de Pentecostés. Y aunque todavía se celebra en algunas parroquias inglesas, la enorme mayoría de fieles no podemos esperar al Paráclito, prometido por el Hijo y enviado por el Padre, como lo hacían quienes nos precedieron en la fe.
Aquí dejo una breve descripción de la perdida ceremonia:

Su estructura es comparable a la del Sábado Santo, a excepción de la bendición del fuego y del cirio pascual. Comienza a la misma hora de la vigilia pascual con la lectura de seis profecías, tres de las cuales son seguidas por un tracto, y cada una de ellas con una oración del celebrante. Luego hay una procesión al Baptisterio para la bendición del agua, acompañada por el canto de un tracto compuesto con los versos del salmo 41 (Sicut cervus ad fontes aquarum). Después de una oración, el celebrante dice la oración para la bendición del agua, como en la Vigilia Pascual. La procesión regresa al altar cantando la letanía de los santos, mientras que el celebrante y los ministros van a la sacristía para vestirse para la misa.
El color de los ornamentos utilizado en la vigilia es el violeta. Las rúbricas especifican que el sacerdote usa una capa para la procesión a la pila bautismal. El diácono y el subdiácono visten casullas plegadas. El rojo, el color de Pentecostés, se usa para la misa. Cuando se terminan la letanías, se encienden las velas, los ministros van al altar y mientras el coro canta el Kyrie, recitan las oraciones al pie del altar. Luego, el sacerdote realiza la incensación e inicia el Gloria, durante la cual suenan las campanas. 

La misa continúa del modo acostumbrado.