martes, 19 de noviembre de 2013

Reflexiones contrafácticas

Habitualmente, no tiene mucho sentido la realización de ejercicios contrafácticos porque, sencillamente, son imposible de verificar o falsear. Sin embargo, desde hace un par de años me da vuelta una pregunta contrafáctica que me hizo un barbado amigo, un brumoso día de febrero, recorriendo los senderos de New Forest. “¿Qué hubiese pasado con la liturgia, y con la Iglesia, sino hubiese ocurrido la reforma litúrgica del Vaticano II?”
Imposible saberlo. Pero animémonos al ejercicio. Imaginemos que, luego de la muerte de Pío XII, en vez de haber sido elegido el Gordo Roncalli, hubiese ascendido al trono petrino un cardenal al estilo Gregorio XVI. O pongámoslo más sencillo, que hubiese sido hecho papa un reaccionario que hubiera enviado a Montini de nuncio apostólico a Ulan Bator, destituido de su sedes a los obispos más díscolos y modernistas, y hubiese prohibido continuar con cualquier intento, o experimento, de cambio en la liturgia romana. Total que hoy tendríamos en cada iglesia de barrio la “misa de siempre”, en latín y con gregoriano solesmiense.
Sabemos lo que ocurrió luego de la Reforma. Y no me refiero a la liturgia misma, sino a la Iglesia: se vino el invierno, aunque algunas voces todavía dicen que estamos en el mejor momento… Seminarios cerrados, escasez de sacerdotes, caída brutal de la asistencia a misa, desprecio y hostilidad cada vez mayor del mundo hacia la Iglesia cuando ésta muestra su ineludible carácter sagrado o dogmático, etc. Pero, ¿qué hubiese ocurrido si nada hubiera cambiado en los ’60? No lo sabemos ni podremos saberlo. Sólo armar algunas conjeturas.
Y yo lanzo, y justifico, la mía. Probablemente el número de vocaciones hubiese descendido considerablemente, pero el resto de las manifestaciones que enumeré se habrían agravado: la hostilidad hacia la Iglesia sería casi una persecución y el número de fieles que asistirían a misa sería mucho menor. Es decir, estaríamos mucho mejor de lo que estamos. Y no hace falta que me detenga a explicar demasiado el porqué de esta afirmación. Estaría ya más o menos conformado el pequeño y sufrido rebaño del que nos habla las Escrituras que espera con ansias la venida del Cordero. Y esto hubiese ocurrido luego de una tremenda purificación de la Iglesia de la que habría caído gran parte del clero –como igualmente ocurrió- y gran parte del laicado.
Y esto, sencillamente, porque tanto la Iglesia como la liturgia preconciliar estaban muy debilitadas y, necesariamente, debían reformarse. Por cierto, el remedio fue mucho peor que la enfermedad, pero la solución de volver a los ’50 no soluciona nada.
Y para probar lo dicho, pongo aquí algunas de las descripciones que hace Louis Bouyer sobre la situación eclesial durante los ’40 y los ’50, y que se venía arrastrando desde mucho tiempo atrás. Por ejemplo, explica que San Francisco de Sales, cuando iba a recibir su consagración episcopal, tomó la piadosa resolución de rezar el rosario cuando sus funciones lo obligaran  a asistir a una misa solemne. Cómo explicar, se pregunta Bouyer, tal resolución si no se comprende que el santo doctor estaba verdaderamente persuadido de que era necesario, para una piedad profunda y espiritual, que tomar parte sólo exteriormente de este tipo de celebraciones públicas. Y si esta era la opinión espontánea de un gran santo y doctor de la Iglesia, ¿qué podrá pensarse de la idea que tendrían los fieles acerca de los oficios litúrgicos?
Propone también el ejemplo de un libro de piedad sacerdotal del siglo XVII muy difundido en su época, obra del oratoriano Thomassin: Le Traité de l’office divin et sa liaison avec l’oration mentale. Por el título, aparece de modo evidente que el público destinatario del trabajo estaba universalmente persuadido de que no había ningún vínculo entre la liturgia y la oración personal sino que, más bien, eran cosas opuestas.
Finalmente, narra también la respuesta que un conocido liturgista francés contemporáneo suyo había dado a un grupo de seminaristas a quienes estaba enseñando a celebrar la misa. Ellos le habían preguntado: “Padre, mientras decimos la misa, ¿en qué momento podemos rezar?”. Y la monstruosa respuesta había sido: “¿Qué? ¿Rezar? Mi amigo, la misa no es  momento para rezar”.
Para Bouyer, gran parte de responsabilidad de tal estado de situación, la tenían los liturgistas. Nuestro autor es consciente de que ya había desaparecido el amante de la liturgia caracterizado como un esteta gregorianizante; una suerte de solterona ensotanada, apasionado por las casullas góticas, o bien una especie de maníaco amante de las chinoiseries rubricistas. En ese momento -1954-, ya habían aparecido los liturgistas modernos, que no conocían otra misa que las misas dialogadas, en las que no había más  diálogo que el de las plegarias al pie del altar –que no forman parte de la misa-, mientras que el resto de la celebración se llenaba de una charlatanería infatigable, en la que las epístola, el evangelio y el canon eran uniformemente ahogados en ellas. Se trataba de misas en las que un “comentador” o “guía” hablaba explicando al pueblo lo que el sacerdote hacía en el santuario. Habían liquidado las vísperas de las tardes de los de los domingos y reemplazado por las Completas en francés, en las que la Palabra de Dios había sido tirada por la borda a fin de dar lugar a composiciones en versos plagados de cursilerías. Pero todo esto no les era suficiente. A lo que ellos aspiraban, era a una misa dicha totalmente en francés en torno a una mesa de cocina decía Bouyer ya en ese año…
Del lado de enfrente se ubicaban los liturgistas que veían con indignación a la liturgia acaparada por personas que no sabían de qué se trata, mientras que ellos sí que lo sabían. Si el primero tipo estaba muy expandido entre los jóvenes vicarios, hay que admitir que el segundo se proveía entre los altos cargos diocesanos. Para estos liturgistas de género grave, las circunstancias eran siempre ofensivas. La liturgia debía volver a ser el primer capítulo del código del decoro eclesiástico y pastoral tal como había sido establecido por los humildes y modestos sulplicianos de una vez para siempre. El gran problema que les preocupaba era que la misa conservara su carácter de devoción sacerdotal estrictamente privada. Su ideal era el de la misa de once horas en la que la devoción del sacerdote y la de los fieles no tuvieran ocasión alguna de interferir y, mucho menos, de confundirse. Y de ese modo, estas celebraciones podían muy bien combinarse con un concierto de órgano discretamente pagado, o bien con una homilía del P. Chose, o.p., sobre la Sindéresis y la fenomenología de las nuevas estructuraciones, o con una instrucción del P. Machin. s.j., sobre el Punto omega y el humanismo cristiano tradicional, y los párrocos más pobretones siempre podrían recurrir a un vulgar oratoriano para que les hablara de Las inquietudes eternas del alma contemporánea.
No es cuestión –pensaban-, que los nuevos liturgistas nos saquen nuestros bellos hábitos del seminario, los buenos usos antiguos de las parroquias y de las pías comunidades religiosas. Los frecuentes saludos al Santísimo Sacramento, la misa baja durante la cual las almas fervorosas pueden hacer tranquilas sus oraciones de la mañana, el breviario para los sacerdotes rezados en los huecos que dejan las horas entre las comidas, o la oración y el examen particular ayudado por los buenos libros, en los que uno no se aburre con disertaciones tediosas que son buenas para los benedictinos o con pasajes de la Biblia buenos para los protestantes.
Estas críticas de Bouyer hacia los dos sectores mayoritarios que descubre en los ’50 no son las únicas. Es también muy dura hacia aquellos que muchos de los tradicionalistas de hoy consideran como la flor y nata de la verdadera tradición, y me refiero a la reforma benedictina de la congregación de Solesmes, con todos sus usos y costumbres litúrgicas. El teólogo califica a sus monasterios como extraños jardines cerrados, al abrigo de cuyos portales la liturgia se cultiva como una flor arcaica milagrosamente preservada. Allí, la gente como uno puede ir a respirar tranquilamente en medio de silenciosos éxtasis. A decir verdad, estrictamente silenciosos, ya que se suelen encontrar avisos en las iglesias solesmienses –dice Bouyer- que advierten a los fieles: “Se ruega no unir sus voces al coro de los monjes”. Solamente el pueblo escaso y elegido de los oblatos –y sobre todo de las oblatas-, los nuevos prosélitos de la puerta, pueden participar de la laus perennis, al menos con la reverencia perfecta de cada Gloria Patri. Los sacerdotes del clero, de vez en cuando, pueden acercarse también allí para recibir algún hálito del perfume de la oración aristocrática.

Había mucho, muchísimo que cambiar, si se quería evitar que el tren se estrellara. El problema fue que pusieron de conductores del convoy a los mismos motormen del Sarmiento.

20 comentarios:

Martin Ellingham dijo...

Una entrada muy interesante.

La cosa venía mal antes de los 40 y 50

http://info-caotica.blogspot.com.ar/2011/06/de-aquellos-barros-estos-lodos-i.html

El libro de Gomá es de 1918.

Saludos.

Blas dijo...

La cosa venia mal aun antes, lean a Rosmini.

Anónimo dijo...

El espíritu de Santo Domingo. Fr. Humberto Clerissac, O.P. pg. 56-57. Editado por “la Secretaria de Prensa y Publicaciones” de la Provincia Dominicana Argentina.

La idea de que se compenetran los ritos sagrados y la vida mística y espiritual, reina, como principio director, en los escritos del pseudo-areopagita, allí donde exalta los poderes de la jerarquía eclesiástica hasta el punto de asociarla a la jerarquía celestial. Añadamos que la asimilación litúrgica de la Iglesia a la Jerusalén del cielo esclarece mejor aún el valor espiritual del culto exterior.

Podemos comprender que en esta aurora del cristianismo, una fe vigorosa, por la que el velo que oculta a Dios era casi transparente, percibía todo lo que los ritos sacramentales contienen de realidad sobrenatural y de poder espiritual. ¿No parece, acaso, que para nosotros, estas fuentes vivas de gracia han perdido su frescura? Las ceremonias que sirven para conferir los sacramentos no tienen ya la misma elocuencia simbólica y parecen superfluas a nuestras almas agotadas o sobreexcitadas. Por eso, apenas llega a comprenderse que la oración oficial de la Iglesia pueda reemplazar en la vida cotidiana las practicas ordinarias de devoción.

Más raros son todavía los que saben encontrar en la liturgia un recurso en las circunstancias diversas y un modo de expresión constantemente apropiado a todos los sentimientos del corazón, a todos los movimientos del alma. Que la liturgia sea una oración, esto apenas lo admiten. Queremos creer que no es verdadera la historia de aquel presbítero de un Capitulo que, aterrorizado por el estallido repentino de una tempestad, cesó de rezar el Oficio exclamando: “Detengámonos y recemos”. El hecho no es probable, pero la sátira es muy significativa. Y el número de los que saben encontrar en las celebraciones litúrgicas la gracia de la verdadera contemplación es muy exiguo. Y, sin embargo, la alabanza oficial de la Iglesia debería llevarnos en poco tiempo a la contemplación divina, puesto que su objeto primero y directo es la Bienaventurada Trinidad.


wooster

Anónimo dijo...

Es inidóneo el ejercicio porque Roncalli fue Papa porque Montini no podía serlo porque no era Cardenal. Todos los cardenales que votaron a Roncalli lo querían a Montini. Y lo primero que hizo Juan XXIII fue crear cardenal a Montini.

Quiero decir, podría no haber sido Papa Roncalli, pero parece una fija de la historia que ibamos a tener un Pablo VI (como un Benedicto XVI). Y ahí habría que pensar como hubiera sido un Concilio convocado y digitado por Pablo VI. O si no hubiera habido Concilio como hubieran sido las reformas operadas directamente por Pablo VI. Creo que no estaríamos muy distinto de lo que estamos, y le demos la buena a Dios, quizás estaríamos peor. Sí, peor. Veo a Francisco y digo, siempre se puede estar peor.

Saludos,

A.C. dijo...

También se dice de Pío IX que con la brecha de Porta Pía detuvo la Misa y rezó las letanías. Creo que esto sí es cierto.

En un cierto sentido es lógico porque en la Misa es el sacrificio y oficia el sacerdote y no es "un momento de oración o súplica". Es mucho más que eso.

Por otro lado, el hecho de que hasta algunos santos no hayan comprendido el valor de la liturgia no significa que la cosa ande mal.

Sobre la inminencia de algún tipo de reforma podemos llegar a estar de acuerdo porque de seguir como en 1958 íbamos a terminar con un divorcio como el del dólar oficial y el paralelo Crsitina K.

Creo que estamos todos de acuerdo que lo que se hizo no era la reforma necesaria.

La figura del cadáver no sé si es muy apropiada. Sí es claro que lo que hoy la gente ve en Fontgombault o el mismo Solesmes (con el rito nuevo) no es lo que se vivía en las parroquias en esos tiempos. Pero ahí van otros problemas que tienen más que ver con la religión de masas (triunfalismo), la formación del clero a modo jesuítico, el triunfo jesuítico y la admiración oriental sin vivir lo oriental. Entonces el problema no era la liturgia sino el oficiante y los participantes. Ellos eran los cadáveres.

Anónimo dijo...

Mande?
Creo que los efectos del Huracán Francisco se hacen notar.







Filomena de Pasamonte.

Odysseus dijo...

Un liturgia donde el sacerdote entona el Gloria y luego lo reza mientras el coro lo sigue cantando... Y para colmo, al rato el cura va y se sienta... es una liturgia con problemitas.

Anónimo dijo...

La cosa viene mal desde que Pio X nos cambio el breviario del mismo San Benito reduciéndolo a un librito pequeños con algunos salmos, que ni siquiera rezan!

Anónimo dijo...

La cosa venía mal desde San Pedro, que la noche de la Pasión negó a Cristo.

Junípero dijo...

Si seguimos así, vamos a "descubrir" que "venimos mal" desde san Pedro, que no tuvo mejor idea que ponerse a negar a Jesucristo N. S. o que tuvo la locura de empezar a decir "esas" cosas, que Jesús Mismo tuvo que callarlo malamente...
La Iglesia no es obra de hombres, aunque es para los hombres. Cuando el hombre se quiere sobreponer a Dios, ahí vienen los problemas. Cuando se quiere "innovar" una Liturgia por que me aburre a mí, lógicamente no pienso en cambiar yo, sino en contratar a un guitarrista bárbaro para que haga la Misa un poco más alegre ...
Una "reforma litúrgica" según los cánones de 1960, era una reforma que dejara intactos las lecturas, el Ofertorio, el Cánon y el Padrenuestro, que todos consideraban sagrados e inspirados. Pero se prefirió suprimir el primero reemplazándolo por unas oraciones judías, modificar completamente el segundo, tergiversar el tercero... y arruinar el todo.
Con el Psalterio, ni hablar: traducción de corte hebraico, supresión de versículos y de algunos salmos, etc. La división en cuatro semanas no era mala idea; la supresión y tergiversación de los Salmos verdaderos, sí.
¡Y los Sacramentos, Gran Dios! ¿qué sentido tenía una reforma del rito de la ordenación sagrada...? ¿O del rito del Bautismo, suprimiéndose los exorcismos...?
No. Debió comprenderse que cualquier "reforma" abría las puertas del infierno, antes que la recomposición de las rúbricas. Pero no hubo fe suficiente para verlo.
J.

Anónimo normando dijo...

Como siempre, Wanderer nos hace pensar. Gracias!

la boga loca dijo...

Usted me hace recordar a un camarista de Morón que de derecho sabe un paquete, cuando la reforma del Código Procesal Penal de Provincia de Buenos Aires, con Cámara de Casación, fiscales instructores y todas las luces; pero los ratis y el Poder Judicial eran los que eran: "están poniendo el tren bala sobre las vías del Sarmiento, esto descarrila".

Pero: "mientras esta gente no termine de apostatar, va a ser difícil convertirse", dixit Gómez Dávila.

Genjo dijo...

En la Misa lo esencial es la acción de Cristo, y como Él ha querido que su acción se realice por el sacerdote, la acción del sacerdote viene a ser también esencial, o casi esencial…
Lo de los viandantes es absolutamente secundario y subordinado a lo principal. Que hablemos, callemos, nos sentemos o nos arrodillemos es totalmente secundario; que entendamos o no, que nos guste o no, es secundario y subordinado a que no perdamos de vista lo esencial. Todo lo que nos lleve a lo esencial o no nos lo estorbe, vale; lo que nos aparte de ello, no vale. Después será cosa de cada uno, con buen consejo, su estrategia y su pelea. Pero donde nos la jugamos es con el sacerdote.

Isaac García Expósito dijo...

Sin embargo, contrasta con lo mandado en la hermosa encíclica Mediator Dei, recogido en los misales, que incluían la Misa y la hora de Vísperas, como el Dom Gaspar Lefebvre, para que los laicos pudieran unirse al rezo.

La liturgia no estaba esclerotizada, más bien lo estarían los hombres.



Antónimo dijo...

Sobre el qué hubiera pasado sin la reforma litúrgica, podemos encontrar una buena pista en otros países como Grecia, que no tuvieron reforma (ni otros factores externos como el comunismo que puedan intervenir en la ecuación). La respuesta: pasó más o menos lo mismo que en el resto de Occidente.

Anónimo dijo...

Me asombra leer esta entrada. Yo creía que era cosa bien sabida que la liturgia pre-conciliar )sobre todo en el siglo XX) era de un barroquismo casi exasperante.
Hablando con gente de a pie de aquellas épocas uno puede recolectar interesantes datos que ellos van ingenuamente -o no- deslizando. Porque hablar con un lefe es como hablar con un hincha de River sobre Boca. No way.
La Iglesia, y particularmente la argentina, era bastante desastrosa litúrgicamente (ya desde principios del siglo XIX); vaya y pregunte cuántos curas (ni hablar obispos) había, en qué iglesia porteña se cantaba gregoriano (esto hasta San Pío X!), en cuál no se dejaba de cantar con música totalmente profana, en cuál no hubo "segregación" por sexo... y así muchas cosillas más.
Hay un par de libros sumamente recomendables sobre el tema.
Saludos.

Anónimo dijo...

Anónimo del 21/11 19.08: mencione alguno de esos libros.

Anónimo del 22/11 01.55

Andres P. dijo...

Estimado anonimo, puede mencionar los nombres de esos libros? me interesa el tema

Anónimo dijo...

Hay varios verdaderos historiadores argentinos (y no me refiero a los revisionistas histéricos) que abordan directa o indirectamente el tema. Busquen.
Podría mencionarles un par, pero los quemaría innecesariamente en Internet -como sucedió en Panorama cierta vez-.
Supongo que algunos key words como estos bastarían: música-iglesias-Buenos Aires. O quizás: crónicas-iglesias-Buenos Aires. Probad.
Saludos.

Anónimo dijo...

Justo me avisan a través de esa herramienta demoníaca que es el whatts up o como demonios se diga, mientras veía-escuchaba la animada conversación de Wotan sub forma Wanderer con el enano Alberich. Como se dice ahora en los retiros sacerdotales, "todo está conectado".
A ver si no me despisto. Esto que aquí se dice es el eterno repaso que hacemos cuando al albur de la conversación nos solemos preguntar los conocidos: "cómo hemos llegado aquí?", la forma cortés de otro enunciado: "en qué coño andaban pensando?". Cada cual suele aportar su objeto formal quo pero al final solemos libelulear sobre lo mismo, muy cerca de lo que aquí dice el Wanderer. El énfasis suele depender de los libros de cabecera de cada cual, o que tipo de "tradis" nos acaban resultando màs molestos y/o irritantes. Irritación producida en general por la estupefaciente contemplaciòn de esos morigerados rautos de quienes identifican la "Iglesia de siempre" con el talibanismo moral, la paranoia doctrinal o la lujuriosa necesidad de pureza. El retrato, según variantes, suele resultar desolador, y la ilaciòn se impone: ese retrato es parte del problema, o un subproducto del problema. No es menester afinar más. Se puede escarbar un poco más hasta el siglo XIX: la mundanización de la liturgia, el ambiente cortesano, o la predominancia de lo apabullante sobre lo numinoso. Algunas consecuencias de esto lo podemos rastrear en tradis selectos que gustan de lo alambicado o incomprensible como característico de lo "bello misterioso". Y es el reverso: la liturgia es el lugar del desvelamiento, y de la belleza redentora. No el lugar del convencionalismo cortesano o del ocultamiento esotèrico. Se puede acabar en lo cursi, y hacer el ridículo de manera sublime que eso no es censurable. Sí lo es el creer que formas defectuosas del catolicismo decimonònico son el camino a seguir por el mero hecho de ser criticadas por los orcos.
A ver qué dice Alberich; cuando era más joven e iba a reuniones del clero, en una ocasión una de esas cabezas despejadas que suelen presidir estos eventos dijo algo asì como que si no hubiese tenido lugar El Concilio, la Iglesia sería a dìa de hoy una "secta". Bueno, pues este es el tema, ya sea con violines, pelucas empolvadas, lumpenaristocratas decadentes o con globitos y adolescentes semidesnudos.

El cura loco español