lunes, 3 de julio de 2017

El argentino magnífico I


por  Erick Audouard

para Sebastián Randle


Por toda la hermosura 
nunca yo me perderé, 
sino por un no sé qué 
Que se alcanza por ventura.
Juan de la Cruz

No es bien que mi flaqueza defraude esta verdad.
Don Quijote

  1. Vir verax
Muchas gracias por invitarme a esta celebración en honor de Leonardo Castellani y de su estimado biógrafo Sebastián Randle. Otorgándome la oportunidad de volver al país de Castellani y reunirme con sus amigos de carne y hueso, sepan que ello ha aumentado considerablemente el coeficiente de realidad de mi existencia. En un mundo cada vez más abstracto y virtual, nunca estaría lo suficientemente agradecido por este gesto.  
Me llamo Erick Audouard, soy católico, francés, escritor, esposo, padre de un hijo – más o menos en este orden. 
Para empezar, debo destacar dos puntos importantes. Primero: he presentado y traducido a Castellani en un libro de publicación inminente  en Paris (en el próximo mes de noviembre), pero no soy un traductor profesional.  Lo traduje y seguiré traduciéndolo, si Dios quiere, porque nadie se ha tomado la molestia en hacerlo – o mejor dicho porque nadie se ha tomado el gusto de hacerlo. Aquí, para que las cosas queden bien claras, cabe aclarar mi situación cultural-geográfica. Muchos argentinos todavía albergan ilusiones culturales sobre Francia. Ahora bien, como nunca antes en su historia, Francia se encuentra bajo la dictablanda del divertimento y de la opinión fabricada y falsificada en las farmacias tecnocráticas, con el consentimiento pasivo de los pseudo-intelectuales y de una población que aborrece de su historia y se odia a sí misma. Desde el comienzo de la civilización occidental, un signo de la vitalidad de una cultura consiste en la infusión de genios de otro país en nuestro propio idioma. Hace ya 35 años que murió Castellani; nunca se ha traducido, y podemos apostar que no será leído, sino por pocas personas que pertenecen al resto fiel. 
Segundo: hace solamente dos años que descubrí la existencia de Castellani. Por casualidad, por suerte, hace dos años he oído su nombre y los primeros balbuceos de su leyenda – leyenda a la vez dorada  y emplomada. Decir esto, entre vosotros, es como decir que nací ayer. Es como decir que todavía tengo mis dientes de leche. Por lo tanto, me disculpo de antemano por la ingenuidad de estas pocas palabras acerca de un escritor y de una obra que algunos de ustedes conocen desde hace décadas o desde siempre.
Cuando comencé a leer a Castellani, a buscar sus libros – tarea nada fácil –, recordé que, en los años ochenta del siglo pasado, un equipo de paleontólogos (dos italianos, si no me equivoco) hizo un descubrimiento notable. Encontraron al pie de las montañas argentinas los huesos fósiles de un ave gigantesca, un pájaro con alas de siete metros de ancho – el más grande que jamás voló en la atmósfera. Este increíble volátil pertenecía a una especie extinta desde seis millones de años. Impresionados por su tamaño, y también, sin duda, irónicamente – debido a la relativa fealdad y monstruosidad de este tipo de cóndores gigantes – le bautizaron Argentavis Magnificens: el Argentino Magnífico. 
Cuando encontré las primeras piezas de Castellani, una historia similar parecía pasar en mi vida. Convencido que mi descubrimiento era un hallazgo excepcional, lejos de Argentina, con los medios a mi alcance en Francia, yo trataba de reunir, poco a poco, los miembros dispersos de la obra, – una obra cuya escala, cuyo tamaño y amplitud aumentaban con cada nuevo fragmento. 
Era obvio que yo tenía que traducirlo, que era un deber hacerlo, no solamente para compartirlo con mis compatriotas sino también para descubrirlo a través de las entrañas de la lengua. Me informaban sobre él numerosos testimonios, prólogos y estudios, pero muchos elementos faltaban para mí. Había como eslabones perdidos. Sobre todo, ciertos discursos demasiado edificantes no me permitían responder a esta pregunta: ¿por qué milagro este fenómeno podía arreglárselas para volar? ¿cómo podía simplemente vivir en este mundo sublunar? 
Entonces un día decidí escribir una carta a su biógrafo, – una sorpresa más, que el animal extraño e fabuloso, este escritor completamente desconocido, enterrado mil pies bajo tierra, tuviese ya un biógrafo, es decir un paleontólogo que había trabajado durante décadas para reconstruir la unidad del pobre monstruo literario, filosófico y teológico de la calle Caseros. 
Sin forma, de inmediato, y como si él me estuviera diciendo "Ah, quieres saber, che? Así vas a saber!", Sebastián es el paleontólogo que me envió los resultados de su investigación : un enorme volumen, exhaustivo, tanto científico como apasionado, donde relata una vida casi sin una sola « anécdota », o mejor dicho una vida donde cada anécdota es un signo, un mensaje que significa, así como los textos de su obra : una obra que era vida, una vida que era obra. 
Como dice Paul Claudel en su prólogo a un libro de Albert Frank-Duquesne, “hay vidas que son parábolas”. En un momento, Sebastián habla específicamente de “la parábola de la vida” de Castellani, de la parábola vital de este gran “parábolero” que era Castellani. Confiesa de ese modo que se debe interpretar la existencia de Castellani, hacer exégesis de la “sua vita”. Y nos recuerda que el cristiano verdadero habla no sólo con palabras sino con hechos. No hay duda que el mismo Castellani habla de su proprio ideal, y aun de su propia vida, cuando él escribe esas luminosas frases sobre Kierkegaard: “Él ha calcado esforzadamente su alma individual, su “existencia” – como habla él – sobre la doctrina de Cristo y las luces que Dios le daba; y Dios le daba, a lo que podemos colegir, una “luz negra” devoradora, para convertirlo en una señal en la noche. Él “gesticuló con toda su vida”, como San Juan el Crisóstomo: lo que dice nos es sermón, no es retórica, ni es creación poética pura, ni es sistema, sino modelado vital.”
Iniciado y deseado como ideal en la primera parte de su vida, este “modelado vital” se convierte en un duro y doloroso esfuerzo en la segunda parte, desde el episodio de Manresa. Sebastián nos advierte que el tiempo ha pasado desde la escritura de la primera parte; las búsquedas fueron a veces más fáciles gracias a internet, y el entusiasmo de la juventud ha dado paso a la reflexión más equilibrada, más interrogativa, a veces teñida de perplejidad. Pero lo que pasa es que la segunda parte de esta vida es quizás aún más apasionante, porque a partir del famoso colapso de Manresa comienza la Pasión de Castellani – o como él lo decía para el poeta Gerard Manley Hopkins, cominenza The Wreck of Castellani. Comienza su largo calvario en un mundo cada vez más similar al mundo en que vivimos hoy en día.
La biografía despliega este calvario o naufragio – calamidad ambulante para la edificación y la vergüenza de la gente cómodamente sentada – donde yo pude ver entonces cómo Castellani había unido y encarnado, hasta las últimas consecuencias, verdad, virtud y virilidad – que tienen en común la misma raíz latina en la palabra “vir”, que significa “hombre”, como lo saben. Así, una de las lecciones que surgen de la lectura es que ser cristiano no es solamente divinizarnos siguiendo el modelo crístico: ser cristiano es ser verdaderamente y profundamente hombre.

Para volver a mi primera sensación, al final, a través de esta biografía tan monstruosa como su objeto, vi aparecer el cuadro más completo posible de Leonardo Castellani. Vi aparecer la silueta viable y perenne del real Argentino Magnífico – Argentavis Magnificens, Vir Verax, de tipo catholicus catholicus.


(Continúa)

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Primero aclaro que leo y releo a Castellani desde los 18 años. Su obra completa la he releído unas 3 veces y algunos libros puntuales más.
El primer tomo de la Biografía lo leí dos veces y el reciente y segundo tomo que acaba de salir lo leí una vez hace unos pocos días atrás.

Lo segundo que debo decir es que me gustaba más el modo de escribir del autor del 2003 que el de ahora, modo que no me resultó igual.

Lo tercero, que este segundo tomo trata de un período de la vida del biografiado más interesante de leer que el primero.

El segundo tomo me gusto, pero, como digo, me gustó más el primero.

¿Qué no gustó? (pequeños detalles, el libro es bueno y hay que leerlo)

No me gustó no coincidir con afirmaciones del autor como que Castellani y Bouyer criticaron mejor y más duramente a la modernidad que M. Lefebvre o que el P. Roger Calmel. Además de innecesaria la comparación, no me resulta exacta. Desconozco qué obras y sermones conoció S. Randle de estos últimos clérigos.

Tampoco me gustó que habiendo citado a tantos testigos (ver índice onomástico) presenciales del período biografiado, en relación a Castellani y M. Lefebvre, sólo se cite a la profesora Caminos, quien afirmó que al encontrarse no se entendieron, cuando hay una gran cantidad de testigos citados que podrían haber dicho otras cosas; que podrían haber contado que en más de un viaje de M. Lefebvre a la Argentina se encontraron; que estaban allí cuando le preguntaron qué pensaba del arzobispo y si éste era un santo y contesto "que lo diga Roma, pero algo hay"; que Castellani no dudó en salir de padrino de confirmación de una persona cuando era M. Lefebre ya un suspendido el obispo que confirmaba y varias anécdotas más. O, mucho más fácil, que le regaló un libro dedicado, cuya dedicatoria se encuentra en internet, que no era cualquier libro ni cualquier dedicatoria (si se googlea se encuentra la foto en Internet y se trata de un ejemplar de El Ruiseñor Fusilado).

Me parece que si bien no se puede, ni se debe, hacer de Castellani un lefebvrista, estos eran datos que venían a cuento considerando que se trataba de dos clérigos suspendidos, bajo el yugo de la misma Iglesia que se había tornado defeccionante y dañina y que compartieron algunos episodios. Estos encuentros y opiniones dan cuenta de temas que para la Biografía eran de interés.

Me gusta, eso sí, que el autor entendió a Castellani en puntos donde lo entiende todo el que lo lee con atención, pero también en los que no todos lo entendieron.

También me gustó la mayor claridad en relación a la Misa. En el tono anterior se criticaba el rito nuevo, aunque se justificaba la presencia a un rito semejante porque no daría lugar al fariseismo (es una de las páginas menos felices del primer tomo). Daría la atención que el autor ahora lo tiene más claro que antes.

Hay que leer también este segundo tomo.

Muy atte.

A.D.O.M.

Anónimo dijo...

Mais c'est magnifique !! Trouver une áme a travers l'ocean et a travers les ages qui fremit en lissant notre Castellani et qu'on voit vibre du méme son, c'est que Dieu existe et s'interesse toujours a nous.
Hilbert

Anónimo dijo...

Muy buena noticia.

Tengo entendido que el autor, bajo otro nombre, es alguien bien conocido y querido de los lectores de este blog y de la página Et voilà.

Cacho dijo...

A.D.O.M.:
Interesante es su testimonio sobre el padrinazgo de Castellani ante la confirmación conferida por Mons. Lefebvre, ya suspendido.
Ambos suspendidos por bajo el yugo de la misma Iglesia: distingamos. Cuando Castellani estuvo suspendido, Mons. Lefebvre no lo estaba, más bien era promovido. Eso no habla ni bien ni mal de Mons. Lefebvre. Es un hecho.
Lo de la santidad de Mons. Lefebvre y la frase que Ud cita no afirma nada. Son típicas frases ante preguntas desubicadas (como preguntarle a un sacerdote si un obispo viviente es santo).
El libro que le regaló con Dedicatoria Castellani a Mons. Lefebvre era el último publicado por él en ese tiempo. Y digamos que Mons. Lefebvre mucha bola no le dio porque lo dejó en el seminario de La Reja.
Y dando vuelta su argumento le pregunto, ¿qué dijo Mons. Lefebvre a todos los testigos de esos numerosos encuentros sobre el P. Castellani?

Balvanera dijo...

Me parece muy atinada la observación de Cacho. La Iglesia que suspendió a Castellani, fue la Iglesia de Pío XII y del P. Janssens. La que suspendió a Mons. Lefebvre fue la de Pablo VI y la del P. Arrupe. Es decir, a Castellani lo suspendió y persiguió la Iglesia añorada por mis amigos de la Fraternidad.
Otrosí: Uno de los motivos que más contribuyó a la suspensión de Castellani y a su expulsión de la Compañía, fueron sus fuertes críticas a la formación sacerdotal que los jesuitas impartían en el seminario de Devoto. Yo sospecho que, si Castellani se diera hoy por el seminario de La Reja, encontraría los mismos defectos. Y con esto no quiero decir que el cura tuviera razón; yo creo que exageraba, pero eso de pretender empardar o, por lo mismo, acercalo a Mons. Lefebvre, no tiene mucho asidero.

Anónimo dijo...

No se trata de empardarlos y se ha dicho arriba que esto sería un error.
Sólo se dijo que había mucho más para decir que la afirmación de Irene de que no se entendieron...
Casi que lo sabe todo vecino de Capital Federal!

Lo mismo se puede decir del padre S. Abelenda. Hay cualquier cantidad de datos sobre él y Castellani, como para limitarse a unos pocos detalles (su frase antes de morir, que la gente de Bella Vista le gustaba...). Esto también tiene mil testigos, de los que cincuenta o algunos menos han sido entrevistados (ver índice onomástico).

Sólo eso. No pasa nada. Al libro hay que leerlo.
Los viejos le encontraremos estas pequeñas cosas, mientras las nuevas generaciones de lectores de Castellani, que en definitiva son las que importan, no las verán.

Tal vez por ser viejo, también hubiese omitido la mención de ciertas reyertas que puede ver en las codas de algunos capítulos, pero es apenas una cuestión de preferencias y al fin y al cabo, si quiero una biografía de Castellani a mi medida, la tendré que escribir yo y no sé escribir.

Felicitaciones al autor (y espero ahora haberme explicado mejor).

A.D.O.M.

Anónimo dijo...

Me olvido de dos cosas:
Sobre su pregunta acerca de qué dijo Mons. Lefebvre sobre el P. Castellani, lo desconozco completamente. No hablaba de nadie y las audiencias eran privadas (con Quantín, algunas de ellas, haciendo de portero en la vereda para que no se mande quien no tenía cita previa).
Desconozco que pensó de todos los que lo venían a ver, salvo de la reunión que tuvo con Carlos Disando y que no fue entre ellos dos solos (Disandro no reparó en hacer pública la que tuvo de él).

No me animaría a afirmar lo que insinía Balvanera: M. Lefebvre, aún antes del Concilo Vaticano II, quiso volver a la formación eclesiástica de se juventud, que era muy distinta de la anterior al Concilio y muchísimo más de la posterior.
No estoy nada seguro que aquel Seminario de Devoto se pueda emparentar con los seminarios que fundó luego.

A.D.O.M.

Anónimo dijo...

Añado que el P. Castellani celebraba la misa en castellano y segun el Novus Ordo. Yo lo asistí personalemnte. Lo único que recuerdo como singular, era que había copiado el canon romano a mano con letra muy grande para ver mejor. Usaba ese canon romano en castellano.
jrm

Anónimo dijo...

Claro que sí.
De hecho, en los tomos donde se publicaron sus sermones, se sigue el calendario litúrgico "nuevo".

Anónimo dijo...

de tanto leer a Castellani a Jack Tollers se le pusieron las cejas como las del cura.

Erick Audouard dijo...

Muchas gracias al estimado Wanderer por publicar mi texto sobre su blog.
También gracias a Hilbert; lo saludo fraternalmente por encima del océano.
Es bastante divertido descubrir que esas modestas palabras sobre Castellani y su biógrafo son una oportunidad para una pequeña disputa alrededor del caso de Monseñor Lefebvre. Tomo nota que el sabor de la controversia entre hermanos no está ausente de la Argentina. Aquí, en el Viejo Mundo, estamos casi muertos a causa de ello.
Falta el d final de mi apellido en la página, pero no importa; al contrario, me siento oportunamente castellianizado, porque "así es como se pronuncia".
Con el debido respeto,
Erick Audouard (confirmando su existencia en algún lugar de los escombros fósiles de Francia)

Anónimo dijo...

La última frase entre paréntesis de Erick Audouard,es para rogarle al Señor,que Ya te lleve.