jueves, 12 de abril de 2018

Gnósticos y pelagianos

El documento pontificio aparecido en los últimos días, Gaudete et exsultate, pasará a la historia con más pena que gloria. Apenas si algún matutino proclive le regaló un pequeño y volátil título y en cambio, son muchos los sitios que están mostrando sus inconsistencias. 
Sin embargo, hay un hecho indiscutible: se trata de una exhortación apostólica, nos guste o no y, por tanto, de un documento con carácter magisterial, más allá de lo devaluado que se encuentre en la actualidad este instituto. Y lo que quiero señalar en esta ocasión es la liviandad con la que el Santo Padre acusa en un escrito de esa jerarquía a quienes denomina “gnósticos” y “pelagianos”. Lanza un acusación sin nombrar a los acusados, por lo que poner el nombre a estos herejes corre por cuenta y riesgo de los inquisidores, y en esta lista se han anotado los medios de comunicación que han determinados que los tales herejes son los “ultraconservadores” enemigos del pontificado de Francisco. 
La estrategia de crear un rótulo multifunción a fin de pegarlo en la frente de quienes son enemigos, es un viejo ardid jesuita. Lo hicieron en el siglo XVII cuando crearon la etiqueta jansenismo y amontonaron allí a todos los críticos de la Compañía. Aún hoy se sigue hablando de jansenistas para referirse a mujeres que usan mantilla en misa, a quienes prefieren no comulgar con mucha frecuencia, a quienes no comen carne los viernes, a quienes no abusan del alcohol e, incluso, a quienes reservan su actividad sexual  para el matrimonio. Nadie sabe bien qué es y qué fue el jansenismo, pero no importa, puesto que sirve para identificar a un enemigo y darle palos. Lo mismo hace el Sumo Pontífice: ha creado dos rótulos, gnósticos y pelagianos, y va esparciendo las pegatinas por el aire a fin de que cualquier interesado pueda aplicarla a quien mejor le venga en gana.  
La gravedad particular es que, en esta ocasión y a diferencia de otras veces, la acusación aparece en un documento con pretensiones magisteriales y que, como tal, permanecerá en el Depósito. Yo me pregunto hasta qué punto es responsable, lícito y prudente acusar nada menos que de dos herejías gravísimas- que merecen el infierno a quienes adhieren a ellas-, sin mencionar a los culpables. Como los apóstoles en la Última Cena, nosotros también preguntamos con temor: “¿Seré yo, Señor?”, pero no estamos seguros de recibir respuesta como sí la recibió el apóstol Juan. 
Infovaticana ha publicado un interesante artículo en el que se señala la manipulación que el Papa Francisco hace de las citas de santos que utiliza en GE a fin de dar autoridad a lo que dice. Yo quisiera señalar algunas incongruencias más. El documento advierte en el n. 115 acerca de las diversas formas de “violencia verbal”, en que se “naturaliza la difamación y la calumnia”. Para un católico, una de las formas más graves de “violencia verbal” que se puede ejercer es llamar a un hermano “hereje” puesto que se lo está acusando de romper la unidad de la Iglesia y negar la integridad de la Verdad que nos reveló Nuestro Señor. No es una acusación liviana y, si se la hace, se deben dar pruebas muy concretas y fundamentadas. El papa Francisco, en cambio, lanza alegremente estas acusaciones ensuciando a nadie sabe quién, pues aunque describe lo que él entiende por neo-gnosticismo y neo-pelagianismo no sabemos quiénes son los que encarnan esas nuevas y peligrosas doctrinas, lo que da pie para que sea aplicado a cualquiera, y nadie tenga la posibilidad de defenderse, porque no está seguro de ser el acusado. ¿No se trata, acaso, de un tipo particular de “violencia verbal”? ¿Y no se trata también de un modo de calumnia especialmente grave y peligroso?
La segunda incongruencia que encuentro es que el Santo Padre utiliza para insultar y anatematizar a quienes serían -según sus amigos periodistas como Elizabetta Piqué- sus enemigos, un rótulo con herejías del pasado. Lo curioso es que lo hace en el ámbito de una Iglesia en salida y de puertas abiertas. ¿Cómo se conjuga la “revolución de la misericordia” con el desprecio hacia los que piensan diferentes? Nunca al Papa u obispo alguno se le ocurría utilizar al epíteto “luterano”, o “mormón”, o “musulmán”, o “judío” o “ateo”, para insultar o anatematizar. Sería de una incorrección política imperdonable y caería sobre él no solamente la inquisición del mundo sino también la del mismísimo Vaticano. Ahora hemos encontrado las bondades que poseen el luteranismo y el calvinismo; caímos en la cuenta que los judíos son nuestros hermanos mayores; los musulmanes son parientes nuestros ya que son parte de la “religión del Libro”, como le gustaba decir al jesuita cardenal Bea, y los ateos son bellísimas personas que buscan la verdad. Pero los gnósticos y pelagianos, en cambios, son herejes de la más extrema peligrosidad, comparables solamente a los terroristas y merecedores del fuego eterno. Como ya no hay una hermana separada "iglesia gnóstica" o "iglesia pelagiana" que puede sentirse ofendida, ofendamos nomás a los nuestros que escasamente pueden defenderse. Porque un detalle importante es que esos brumosos gnósticos y pelagianos a los que señala el Santo Padre, son todos católicos. De las largas páginas que dedica a describirlos y descarnarlos -de la 8 a la 14 según la edición PDF del Vaticano- surge con claridad que se trata de miembros de la iglesia católica. Más aún, de fieles que conocen la fe y que tienen un fuerte compromiso con la Iglesia. Es decir, son los prójimos, o los próximos del Papa Francisco, y es a ellos a quienes zurra llamándolos “herejes”. En cambio, a los que están fuera, a los que son propia y confesadamente herejes e infieles, los acoge en sus brazos paternales. Se trata, una vez más, de lo que ya Ludovicus señalaba en este blog en 2014 como una característica del discurso bergogliano: alabar a los lejónimos y castigar a los prójimos.
Pero en este tema hay todavía una cuestión más sutil y no menos grave que tiene que ver con la chastrinada que comete el Papa Francisco cuando habla del gnosticismo. Tiene toda la razón del mundo en señalar la peligrosidad de esa herejía. Es lo que hicieron grandes Padres de la Iglesia, como San Ireneo de Lyón que dedicó su libro más importante, el Adversus haereses, a desenmascarar al gnosticismo y a señalar sus errores, y lo mismo que él hicieron muchos otros autores de la época. A tal punto llegó la peligrosidad de esta secta que las comunidades cristianas primitivas se encargaron de destruir todos sus escritos a fin de evitar daños mayores. Lo que conocemos hoy de las doctrinas gnósticas es una reconstrucción a partir de la obra de San Ireneo y, últimamente, de los manuscritos de Nag Hammadi descubiertos en 1945. Y es verdad que, a la par de una serie de doctrinas fabulosas y rebuscadas, los gnósticos postulaban la necesidad de un cierto conocimiento o gnosis para alcanzar la salvación, conocimiento que consistía, justamente, en esas doctrinas irreales y fantásticas.
El problema es que, como en toda herejía, hay una parte de verdad que no debe descuidarse y que en el afán de destruir el error, se destruya también la verdad. En otro términos, tirar el agua sucia con el bebé adentro. Y es lo que hace el Papa Francisco. 

La verdad es que el término gnóstico es un término neutro. Significa “conocedor” o “el que conoce”, y puede aplicarse, como de hecho se aplicaba en los primeros siglos, a los cristianos. En principio todo cristiano debe ser, necesariamente, gnóstico, debe “conocer”. Es así que el bautismo ha sido considerado por toda la Tradición como una iluminación y aún hoy se entrega al bautizado o a sus padrinos una vela encendida como signo de esa luz que ha recibido. Y ¿qué significa haber sido iluminado? Ni más ni menos que “haber conocido” una verdad que antes desconocía, es decir, ni más ni menos que convertirse en gnóstico o conocedor. Incluso el catecismo de las cien preguntas que siembre reivindicamos, se inicia asegurando que el deber de todo cristiano es conocer, amar y servir a Dios en este vida para después gozarlo en la futura; el deber de todo cristiano es, entonces, ser gnóstico.
Pero enseguida hay que aclarar algo: este tipo de gnosis o conocimiento no es sobre determinadas doctrinas como pretendía el gnosticismo herético, ni siquiera sobre el saber teológico. Para ser cristiano no se necesita conocer muchas cosas, sino la única necesaria: Dios. Y se trata de un conocimiento progresivo y transformador. El camino de santidad es también un camino de conocimiento y de iluminación, es decir, un camino gnóstico, mal que le pese al Sumo Pontífice. Pero, insisto, hay que distinguir con mucho cuidado y decir con firmeza que no se trata de una gnosis de carácter racionalista sino espiritual, casi a-lógica, que transforma el corazón del hombre.
Veamos un ejemplo. Los primeros Padres de la espiritualidad cristiana enseñaron que este camino de perfección tenía tres etapas: práctica, gnóstica y teológica, según Evagrio Póntico; purgativa, iluminativa y unitiva, según Santa Teresa. Son las “Tres edades de la vida interior” de la que nos hablaba el P. Garrigou-Lagrange. El fin o acabamiento de la primera etapa consiste en alcanzar la virtud, o el dominio de las pasiones, o mejor todavía, la libertad con respecto a las pasiones, y esto otorga al cristiano un nuevo conocimiento que los maestros llaman contemplación de las segundas naturalezas, y que consiste en descubrir los logoi o razones o semillas divinas en las cosas creadas. Cuando San Francisco de Asís habla del “hermano árbol” o de la “hermana hormiga”, no lo hace por una convicción ecológica o porque se convirtió en vegano, sino porque ha descubierto o ha conocido que en el árbol y en la hormiga hay un logos divino, o si se quiere, un reflejo del mismo Dios o de sus ideas divinas. Y es por eso también que San Juan de la Cruz escribe:
¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!

Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

Juan de Yepes le pegunta a las criaturas si vieron a su Amado porque él descubre o conoce en ellas el reflejo divino. Ellas, efectivamente, le confirman que por allí pasó y las dejó transformadas. San Juan de la Cruz alcanzó un conocimiento nuevo en su progreso o ascenso al Monte Carmelo
Y es por eso también que Santo Tomás de Aquino junto a toda la tradición teológica cristiana, afirma que el conocimiento de las criaturas es un modo de remontarse al conocimiento de Dios, y no lo dice porque se trata simplemente de construir un silogismo a partir del principio de causalidad, sino porque este conocimiento, o gnosis, de los logoi divinos que se encuentran en lo creado, sirve para conocer al Creador a quien reflejan como en un espejo.
Pero a este conocimiento, o a esta gnosis de la que nos hablan los Padres, San Francisco, San Juan de la Cruz, Santo Tomás y todos los demás maestros, no se accede fácilmente. No se trata de abrir un libro y ponerse a estudiar, ni se trata tampoco de pura voluntad. Se trata de adquirir las virtudes naturales y sobrenaturales y de abrirse a la acción del Espíritu Santo en el alma. Se trata de dejarse transformar por Dios, y la verdad es que, ¡ay!, cuánto nos cuesta esa transformación y cuánto nos resistimos a ella. En otras palabras, cuánto cuesta ser gnósticos, en este sentido propiamente cristiano y tradicional del término.
Si el Santo Padre, como bien han señalado otros comentadores, omite en GE una verdad básica de la espiritualidad cristiana y que es la necesidad de la oración para hacer buenas obras, es decir, para ser virtuosos y para ser santos, no podemos pretender que se detenga en analizar las distinciones entre la gnosis herética y la gnósis cristiana. Pero sí que podemos, en cambio, pedirle que no acuse al voleo e indiscriminadamente de gnósticos a aquellos que somos críticos de su pontificado y, peor todavía, que manche de herejía a los santos que hoy pueblan la Iglesia militante y que son, en el sentido más propio, cristiano y tradicional del término, gnósticos.

lunes, 9 de abril de 2018

Gaudete et Exsultate: pasajes memorables


Ofrezco aquí a los gnósticos y pelagianos lectores de este blog algunos pasajes memorables de la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate que nos muestran la luminosa sabiduría del Papa Francisco.

16. …una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: «No, no hablaré mal de nadie». Este es un paso en la santidad.
Un párrafo digno de Cicerón o de Bossuet, de la más alta sabiduría y elocuencia que pueda hacer gala un hijo de la humanidad.

26. No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio.
Agárrense los cartujos, cistercienses, carmelitas y demás comunidades monásticas porque pronto serán misericordiadas.

57. Todavía hay cristianos que se empeñan en seguir otro camino: el de la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor. Se manifiesta en muchas actitudes aparentemente distintas: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia…,
Este  párrafo se ubica en el segundo capítulo del documento dedicado exclusivamente a tratar el problema de los nuevos gnósticos y los nuevos pelagianos y semipelagianos, rótulos en los que embolsa a todos los críticos de su pontificado.  Por ejemplo, quienes tenemos especial cuidado por la liturgia y por la doctrina de la Iglesia somos pelagianos. 

82. Jesús no dice: «Felices los que planean venganza», sino que llama felices a aquellos que perdonan y lo hacen «setenta veces siete» (Mt 18,22).
¿Y por casa cómo andamos? Le podríamos preguntar al difunto Mons. Livieres, al desaparecido Mons. Sarlinga, al sufriente cardenal Burke o al desplazado cardenal Müller.

87. Por ejemplo, cuando escucho algo de alguien y voy a otro y se lo digo; e incluso hago una segunda versión un poco más amplia y la difundo. Y si logro hacer más daño, parece que me provoca mayor satisfacción.
Nuevamente un párrafo digno de ser grabado en los mármoles eternos de la Urbe. 

98. Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público.
Bergoglismo clásico, plagado de bergoglemas: “bulto”, “estorbo”, “problema”. 

101. También es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. O lo relativizan como si hubiera otras cosas más importantes o como si solo interesara una determinada ética o una razón que ellos defienden.
La verdad que sí: hay cosas más importantes que el compromiso social con los demás. La oración, por ejemplo. Me parece, no sé… como soy gnóstico y pelagiano, quizás estoy equivocado.

102. Que diga algo así un político preocupado por sus éxitos se puede comprender; pero no un cristiano, a quien solo le cabe la actitud de ponerse en los zapatos de ese hermano que arriesga su vida para dar un futuro a sus hijos.
“Ponerse en los zapatos de ese hermano”, una frase que adornará por los siglos la sabiduría y agudeza del papa Francisco.

115. También los cristianos pueden formar parte de redes de violencia verbal a través de internet y de los diversos foros o espacios de intercambio digital. Aun en medios católicos se pueden perder los límites…
Aquí estamos nosotros, los blogs católicos que nos oponemos a su pontificado. Tanto hemos crecido que somos dignos de ser mencionados en una documento pontificio.

128. Porque el consumismo solo empacha el corazón;…
¿Habrá que llamar a alguna buena señora para que cure el empacho? ¿Qué método preferirá el Santo Padre: tirar el cuerito de la espalda o el de la cinta métrica?

133. Recordemos que lo que está cerrado termina oliendo a humedad y enfermándonos.
Memorable frase sanitarista.

134. Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas.
No solamente somos gnósticos y pelagianos, sino también imitadores de Jonás en el vientre de la ballena. Un guiño ecológico. Esperemos que cuando intente cazarnos como a Moby Dick, Greenpace pueda salvarnos de sus arpones.

167. Todos, pero especialmente los jóvenes, están expuestos a un zapping constante. Es posible navegar en dos o tres pantallas simultáneamente e interactuar al mismo tiempo en diferentes escenarios virtuales.
Una novedad que pocos habían advertido. Con esta advertencia, evitaremos ver Netflix mientras mandamos un whassapp.

170. Es verdad que el discernimiento espiritual no excluye los aportes de sabidurías humanas, existenciales, psicológicas, sociológicas o morales. Pero las trasciende. Ni siquiera le bastan las sabias normas de la Iglesia.
Hablando en serio, los párrafos dedicados al discernimiento son los únicos serios y peligrosos. Como siempre, camina en la cornisa. Desparrama discernimiento para todos y todas cuando, en realidad, es un ejercicio que pocos pueden realizar, aquellos que tienen formación cristiana y que están avanzados en la vida espiritual. Pero claro, estas son observaciones de un gnóstico pelagiano. No tienen valor alguno.

Por si a alguien le quedaban dudas, el Magisterio se acabó. Nunca fue, y mucho menos desde hace cinco años, fuente de revelación. 

El Novus Ordo de Semana Santa: Viernes Santo

1. Invento: Se impone un nuevo nombre: “Solemne acción litúrgica del Viernes Santo”, eliminando el modo antiquísimo de “Misa de presantificados” o Feria sexta in Parasceve. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: El nombre de “presantificados” subrayaba la consagración de las especies eucarísticas que había tenido lugar en un oficio precedente y se relacionaba con el rito eucarístico. Esto era particularmente antipático para la Comisión -a pesar de que existe en todos los ritos católicos-, por lo que decidió “reducir la amplificación estructural del Medioevo que aparecía en la así llama ‘misa de presantificados’, y retornar a las líneas severas y puras de una grandiosa comunión general”.  

2. Cambio: El altar no tiene más la cruz velada.
Práctica tradicional anterior a la reforma: La cruz velada permanecía en su lugar, o sea, sobre el altar desnudo y rodeada por dos candelabros.
La imagen de la cruz había sido velada en el primer domingo de Pasión, a fin de que permaneciera en su lugar natural -es decir, sobre el altar-, y fuera develada solemne y públicamente el Viernes Santo, día del triunfo de la Pasión redentora. Con la reforma, la cruz es guardada en la sacristía la tarde del Jueves Santo, sin ninguna solemnidad, junto a los manteles del altar. Es llamativo que el día más importante de su historia, la cruz esté ausente del altar.

3. Cambio: La lectura del Evangelio no es más distinta de la lectura de la Pasión.
Práctica tradicional anterior a la reforma: El Evangelio se cantaba en un modo distinto de la Pasión aunque, en este día de luto, sin incienso ni candelabros. 

4. Cambio: Los manteles del altar no están extendidos desde el inicio de la ceremonia e, igualmente, el sacerdote no usa la casulla desde el inicio sino solamente alba y estola. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: El sacerdote tenía la casulla negra y, llegado al altar, se postraba mientras los acólitos extendían un solo mantel sobre el altar desnudo.
El hecho de que el sacerdote usara la casulla para un rito que no era strictu sensu la Misa, testimoniaba al antigüedad de esta ceremonia. La Comisión por una parte, sostenía que las ceremonias del Viernes Santo estaban constituidas por “elementos que, desde la antigüedad, permanecieron sustancialmente intactos”, y por otra, introdujeron modificaciones que separaran la liturgia eucarística de la “primera parte de la liturgia, la liturgia de la palabra”. Esta distinción moderna que luego pasará el Novus ordo missae de Pablo VI, ya estaba aquí presente y, según el P. Braga, debía ser significada por el hecho que el sacerdote usara solamente la estola y no la casulla. 
(No trataremos aquí la cuestión de la oración por los judíos que requiere precisiones filológicas. Los interesados sobre el tema pueden ver este artículo).

5. Invento: Para la séptima oración se introduce el nombre “Pro unitate Ecclesiae”.  
Práctica tradicional anterior a la reforma: La oración no tenía ese nombre ambiguo.
Con la ambigüedad expresiva se introduce la idea de la Iglesia en búsqueda de su propia unidad social que todavía no habría alcanzado. Los que están fuera de la Iglesia deben volver a ella, deben volver a una unidad que ya existe, y no reunirse con los católicos a fin de dar lugar a una unidad que todavía no existe. Según el P. Braga, el objetivo de la Comisión había sido eliminar de la oración algunas palabras que hablaban de las almas engañadas por el demonio y arrastradas por la maldad de la herejía “animas diabolica fraude deceptas” y “haeretica pravitate”. Y también las que pedían el retorno de los que están equivocados a la verdad: “errantium corda resipiscant, et ad veritatis tuae redeant unitatem”. Sin embargo, no pudieron alcanzar en ese momento sus objetivos. 

6. Invento: Procesión de retorno solemne de la cruz desde la sacristía al templo.
Práctica tradicional anterior a la reforma: La cruz permanecía velada sobre el altar, y se develaba públicamente en el espacio del altar, es decir, en el lugar donde había permanecido velada durante dos semanas. 
En la liturgia, lo parte en procesión solemne, retorna en procesión solemne. En esta caso, la cruz había partido casi a las escondidas la tarde del Jueves Santo cuando se desnudaba el altar. No se comprende el significado litúrgico de esta innovación. Quizás se trate del intento de restituir el rito que tenía lugar en Jerusalén durante los siglos IV-V según lo relata Egeria: “En Jerusalén, la adoración se hacía sobre el Gólgota”, y la peregrina española recuerda que “la comunidad se reunía temprano por la mañana. Delante del obispo […] se traía el relicario de plata con las reliquias de la cruz”. Lo curioso es que esta dudosa reconstrucción de un rito no se realiza en el Monte Calvario ni en la liturgia jerosolimitana de los primeros siglos, sino en Occidente y en la liturgia romana. 

7. Cambio: Se reduce la importancia de la procesión eucarística.
Práctica tradicional anterior a la reforma: El Santísimo Sacramento retornaba en una procesión con solemnidad similar a la del día precedente, y la realizaba el celebrante. 
La Comisión decide reducir la procesión del retorno del Cuerpo de Cristo a una forma casi privada. El Santísimo había sido llevado el día anterior solemnemente al Sepulcro (este es el nombre que utiliza toda la tradición cristiana, incluso el Memoriale Rituum y la Congregación de Ritos) y parece lógico y litúrgico que del mismo modo retornara. Pareciera una reducción de los honores que se rinden al Santísimo Sacramento. Incluso, en el caso de la misa solemne, es el diácono quien lo trae y no el sacerdote.

8. Cambio: Eliminación de las incensaciones al Santísimo Sacramento.
Práctica tradicional anterior a la reforma: La hostia consagrada era incensada como de costumbre, pero no lo era el celebrante. Los signos de luto son claros pero no se extienden al Santísimo.

9. Cambio: Introducción del Padrenuestro rezado por los fieles.
Práctica tradicional anterior a la reforma: El Padrenuestro era rezado solamente por el sacerdote. 
“La preocupación pastoral de una participación consciente y activa de la comunidad cristiana” es dominante. Los fieles deben ser “verdaderos actores de la celebración… y era esto lo que pedían los fieles, sobre todo aquellos más sensibles a la nueva espiritualidad… La Comisión ha escuchado las aspiraciones fundadas del pueblo de Dios”. 
Habría que demostrar que estas aspiraciones eran de los fieles y no de un grupo de liturgistas de vanguardia. Y habría que explicitar también que entendía la Comisión por “nueva espiritualidad”. 

10. Cambio: Eliminación de la oración con referencias al sacrificio durante la consumición de la hostia. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: Se mantenía la oración “Orate fratres ut meum ac vestrum sacrificium…” aunque no seguía la respuesta acostumbrada.
Es verdad que en este día no se tiene, strictu sensu, el sacrificio eucarístico pero también es verdad que la consumición de la víctima inmolada el día anterior es una parte, aunque no esencial, del sacrificio. 

11. Cambio: Eliminación de la inmisión de una parte de la hostia consagrada en el vino del cáliz.
Práctica tradicional anterior a la reforma: Se introduce una partícula de la hostia consagrada en el vino, pero se omiten las oraciones relativas a la consumisión de la sangre. 
La inmisión de una parte de la hostia consagrada en el vino no consagrado -práctica que también mantiene el rito bizantino-, evidentemente no consagra al vino, y nunca esto fue creído por la Iglesia. Simplemente esta unión manifiesta simbólicamente, aunque no realmente, la reunificación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y la unidad del Cuerpo Místico en la vida eterna. Las Memorias de la Comisión indican que sus integrantes eliminaron este rito porque, según afirmaban, existía desde el Medioevo debido a una creencia errónea según la cual, la inmisión de la hostia consagrada consagraba también el vino; una especie de ósmosis sacramental… Hay que decir, en primer lugar, que no está comprobado de ninguna manera que esa haya sido la opinión corriente, y afirmar siquiera esta posibilidad, implicaría que la Iglesia Romana hubiese mantenido durante siglos una práctica errónea sin querer modificarla, errando de ese modo sobre un hecho dogmático. Estas afirmaciones de la Comisión se entiende en el marco del racionalismo positivista que estaba de moda en los ’50.

12. Cambio: El cambio de los horarios de la celebración terminó por crear notables problemas pastorales y litúrgicos. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: La misa de presantificados de Viernes Santo tenía lugar durante la mañana del Viernes Santo.
Esta práctica permitía que durante la tarde tuvieran lugar diversas expresiones de la piedad popular, como el Vía Crucis, la predicación de las Siete Palabras, el Sermón de Soledad, las procesiones tan típicas de la Semana Santa andaluza, y muchísimas más que se enraizaban en las tradiciones de cada lugar. Claramente, la “reforma pastoral” no fue pastoral porque había nacido de expertos que no tenían contacto real con las parroquias ni con la devoción y la piedad popular, a la que muchas veces despreciaban. 

Según los reformadores, en la tarde del Viernes Santo se creaba un vacío litúrgico que era llenado con “devociones populares”, y para remediar esta situación decidieron cambiar el horario y dictaminar que la ahora llamada “acción litúrgica” sea a las 15 hs. Se intento solucionar el “escándalo” de las devociones populares con el peor de los métodos pastorales, que es el de omitir las prácticas populares y no darles ninguna importancia. 

Novus ordo de Semana Santa: Del Lunes al Jueves Santo

Continuamos con la serie sobre los cambios que aportó a la liturgia el Novus Ordo de la Semana Santa instaurado en 1955 por Pío XII. Quienes estén interesados en un trabajo más erudito sobre el tema pueden consultar el de Gregory DiPippo, de Henri de Villiers y del P. Stefano Carusi, y como bibliografía más relevante el artículo de Nicola Giampietro, “A cinquant’anni dalla riforma liturgica della Settimana Santa”, in Ephemerides liturgicae, anno CXX (2006), n. 3 luglio-settembre. 

LUNES SANTO
Cambio: Se prohibe la oración “contra persecutores ecclesiae” y la oración por el Papa. 
La oración decía: “Ecclesiae tuae, quaesumus Domine, preces placatus admitte; ut destructis adversitatibus et erroribus universis, secura tibi serviat libertate”.

MARTES SANTO
Cambio: Se suprime la lectura de Mc. 14, 1-31 relativos a la Última Cena y a la institución de la eucaristía con los que se iniciaba la lectura de la Pasión.  

MIÉRCOLES SANTO
Cambio: Se suprime la lectura de Lc. 22, 1-39 relativo a la institución de la eucaristía y su relación con el sacrificio de la cruz.

JUEVES SANTO
1. Invento: Introducción de la estola como hábito coral de los sacerdotes.
Práctica tradicional anterior a la reforma: Los sacerdotes y los diáconos presente usaban el hábito coral normal, sin estola, que se colocaban solamente en el momento de la comunión.
De esta manera, se comienza con la construcción del mito de la concelebración del Jueves Santo que no se pudo imponer en ese momento, según el P. Braga, “porque la mentalidad de algunos miembros influyentes de la Comisión no estaba todavía preparada”. Quienes se habrían opuesto fueron el cardenal Cicogni y Mons. Dante. Es que había un sentimiento fuertemente hostil a la concelebración en ese día porque nunca había sido práctica tradicional en la Iglesia.
2. Invento: Se introduce la práctica de comulgar sólo con hostias consagradas ese día. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: No había ninguna mención acerca de con qué hostias había que comulgar. 
No se entiende muy bien el motivo de este cambio. La práctica romana del fermentum, históricamente probada, consistía en comulgar con una parte de la eucaristía del domingo precedente, como un modo de indicar la comunión de la Iglesia en el tiempo y en el espacio, en torno a la realidad del Cuerpo de Cristo. Con el cambio, se introduce una idea de presencia real ligada al día de la celebración y la obligación de comulgar las hostias consagradas en el mismo día. 

3. Cambio: El lavado de los pies no se hace más al final de la misa sino durante la celebración. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: El rito del mandatum se hacía después de la misa, luego de haber retirado los manteles del altar. De ese modo, no se interrumpía la misa ni se hacia ingresar a los laicos en el coro durante los oficios, y se respetaba la sucesión cronológica descrita en los Evangelios.
Una de las razones que se adujo para justificar la reforma de la Semana Santa, fue el respeto a la veritas horarum, pero en este caso se hizo exactamente lo contrario: no solamente se anticipa o se atrasa un rito por exigencias prácticas, sino que se invierte el orden cronológico de los acontecimiento evangélicos en el interior del mismo rito. San Juan escribe que Nuestro Señor lavó los pies de sus discípulos “después de la cena” (Jn. 13, 12); no se entiende entonces por qué lo colocaron en medio mismo de la Misa, cuando doce laicos debían ingresar sin zapatos ni medias en el coro, comenzando ya la idea de desacralizar ese espacio. 
4. Cambio: Omisión del Confiteor del diácono o del ayudante antes de la comunión. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: Se recitaba el Confiteor antes de la comunión.
De esa manera, se eliminaba el odiado -por los progresistas- tercer Confiteor, que no era una duplicación porque cuando se lo recitaba al pie del altar, al inicio de la misa, era la confesión de la propia indignidad para celebrar el culto. Recitarlo antes de la comunión, es confesar la indignidad para recibir el Cuerpo de Cristo. 
5. Cambio: Terminada la misa, se establece que hay que quitar no solamente los manteles del altar, sino también la cruz y los candelabros.  
Práctica tradicional anterior a la reforma: La cruz permanecía velada y entronizada sobre el altar, en medio de los candelabros, a fin de ser develada el Viernes Santo. 
No hay motivos que expliquen este cambio. 

viernes, 6 de abril de 2018

Novus Ordo de la Semana Santa: el Domingo de Ramos


En octubre de 1949, la Comisión de Ritos nombró una comisión litúrgica que debía ocuparse del rito romano y de eventuales reformas a realizarse y sobre la necesidad de aplicarlas. Lamentablemente, la calma necesaria para tal trabajo no fue posible a causa de las continuas presiones de los episcopados de Francia y Alemania que reclamaban, en la más grande y exigente precipitación, cambios repentinos. La Congregación de Ritos y la Comisión se vieron obligadas a ocuparse de la cuestión de los horarios de la Semana Santa a fin de bloquear las fantasías de ciertas “celebraciones autónomas” especialmente las relativas a la vigilia del Sábado Santo. En este contexto se debía aprobar ad experimentum un documento que permitiese la celebración vespertina de los ritos del Sábado Santo: se trata del Ordo Sabatto Sancti, del 9 de junio de 1951.
En los años 1948-1949, la comisión fue erigida bajo la presidencia del Cardenal Prefecto Clemente Micara y sustituido en 1953 por el cardenal Gaetano Cicognani. Contaba también con la presencia de Mons. Alfonso Carinci, de los padres Giuseppe Löw, Alfonso Albareda, Agostino Bea, y Annibale Bugnini. En 1951 se unió Mons. Enrico Dante, en 1960 Mons. Pietro Frutaz, don Luigi Rovigatti, Mons, Cesario d’Amato y finalmente el padre Carlo Braga. Este último, era desde hacía un tiempo un estricto colaborador de Annibale Bugnini y, durante 1955 y 1956, aunque no era todavía miembro de la Comisión, fue participante de los trabajos (C. Braga, “Maxima Redemptionis Nostrae Mysteria 50 anni dopo (1955-2005)” in Ecclesia Orans n. 23 (2006), p. 11). Braga afirma claramente haber vivido en primera persona la reforma y haber participado activamente en los trabajos. Fue también autor, junto a Bugnini, de los textos histórico-críticos y pastorales sobre la Semana Santa. Nos referimos a A. Bugnini y C. Braga, Ordo Hebdomadae Sanctae instauratus (Bibliotheca Ephemerides Liturgicae, sectio historica 25), Roma: 1956, los cuales funcionaría como una suerte de salvoconducto “científico” de las modificaciones aportadas. 
La Comisión trabajaba en secreto y bajo la presión de los episcopados centroeuropeos. Tanto era el secreto que la improvisada e inesperada publicación del Ordo Sabbati Sancti instaurati del 1 de marzo de 1951, “tomó por sorpresa a los mismos oficiales de la Comisión de Ritos”, como refiere el miembro de la Comisión Annibale Bugnini (A. Bugnini, La riforma liturgica (1948- 1975), Roma 1983, p. 19).
Y fue el mismo Padre Bugnini quien explicó el modo singular con el cual los resultados de los trabajos de la Comisión sobre la Semana Santa eran referidos a Pío XII, quien “era mantenido al corriente por Mons. Montini y, más todavía y semanalmente por el P. Bea, confesor de Pío XII. Gracias a este procedimiento se pudo alcanzar resultados notables, también en los periodos en las cuales la enfermedad del Papa impedía que nadie se avecinara a su presencia” (A. Bugnini, La Riforma liturgica, op. cit., p. 19). El Papa estaba afectado de una enfermedad grave del estómago que lo obligaba a una larga convalecencia, y no era por tanto el cardenal prefecto de Ritos, responsable de la Comisión, quien lo informara, sino el entonces Mons. Montini y el futuro cardenal Bea, que tanta parte tendría en las reformas posteriores.
Los trabajos de la Comisión terminaron en 1955, cuando el 16 de noviembre fue publicado el decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria, que debía entrar en vigor en la Pascua del año sucesivo. El episcopado mundial recibió de modo diverso las novedades y, más allá del triunfalismo debido a una decisión pontificia, no faltaron lamentos por los inventos introducidos e incluso se multiplicaron los pedidos para poder conservar el rito tradicional, pero ya la máquina de la reforma litúrgica se había puesto en movimiento y detener su curso sería imposible como lo iba a demostrar la historia sucesiva.
Entre los personajes más notorios que plantearon su oposición a la reforma se cuenta el liturgista  León Gromier, conocido por su documentado comentario al Caeremoniale Episcoporum, y que era consultor de la Congregación de Ritos y de la Academia Pontificia de Liturgia. El mismo Papa Juan XXIII, en la celebración del Viernes Santo de 1959, en la iglesia de la Santa Cruz en Jerusalén, celebró siguiendo las prácticas tradicionales y haciendo caso omiso de las reformas de Pío XII, dando prueba que no compartía las incongruencias adoptadas (Puede verse la documentación fotográfica y la confirmación por parte de Mons. Bartolucci quien afirmó que recibió la orden de Mons. Dante de seguir los ritos tradicionales: https://bit.ly/2q74aJF). 
Veremos a continuación en los próximos post, de modo detallado, cuáles son los cambios que se introdujeron por esta reforma, que el cardenal Antonelli definió como el “acto más importante en materia litúrgica desde San Pío V a nuestros días” (F. Antonelli, “La riforma liturgica della Settimana Santa: importanza attualità prospettive” in La Restaurazione liturgica nell’opera di Pio XII. Atti del primo Congresso Internazionale di Liturgia Pastorale, Assisi- Roma, 12-22 settembre 1956, Genova 1957, p. 179-197). 

Domingo de Ramos



1. Invento: Uso del color rojo para la procesión y morado para la misa.
Práctica tradicional anterior a la reforma: uso del morado tanto para la procesión como para la misa.
Justificación de la Comisión: “… se podría restituir el rojo primitivo usado durante el medioevo para esta solemne procesión. El color rojo recuerda la púrpura real… y de esta manera la procesión se distinguiría como un elemento sui generis” (Archivio della Congregazione dei Santi, fondo Sacra Congregatio Rituum, Annotazione intorno alla riforma della liturgia della Domenica delle Palme, p. 9. Todas las citas de textos de la Comisión que siguen a continuación proceden de este mismo documento.
Objeción: No se trata de negar que el color rojo pueda ser signo de la púrpura real aunque habría que probar que, efectivamente, se usaba durante el Medioevo en ese sentido, pero resulta llamativo el modo de proceder y el motivo por el cual se buscan razones sui generis y se decide que el rojo deba tener en este día una simbología determinada racionalmente, según el capricho o la fantasía de los liturgistas. De hecho, en el rito romano, el rojo es el color del martirio o del Espíritu Santo, y en el rito ambrosiano, que se usa el Domingo de Ramos, se lo hace para indicar la sangre de la Pasión y no la realeza. En el rito parisino se usaba el negro. Este cambio no habría que atribuirlo a una práctica atestiguada sino a la idea caprichosa de un “pastoral profesor de seminario suizo” (L. Gromier, Semaine Sainte Restaurée, in Opus Dei (1962), n. 2, p. 3).

2. Cambio: Abolición de las planetas (o casullas) plegadas y consecuentemente del estolón o stola largior.
Práctica tradicional anterior a la reforma: Uso de la planeta plegada y del estolón, y de la planeta enrollada en bandolera por parte del diácono durante el canto del Evangelio.
Era esta una práctica de las más antiguas del rito romano que había sobrevivido hasta entonces, y que nunca se había osado cambiar por la veneración que implicaba, por lo extraordinario de los ritos de Semana Santa y por extremo dolor de la Iglesia durante estos días. Por otro otro lado, no se explica que la misma Comisión que introducía del color rojo porque era una práctica medieval, aboliera otra práctica medieval por ser, justamente, medieval. 

3. Invento: Bendición de los ramos cara al pueblo y a dando la espalda a la cruz y al altar y, en algunos casos, al Santísimo.
Práctica tradicional anterior a la reforma: Los ramos se bendecían en el altar, del lado de la epístola, luego de una lectura, un gradual, un evangelio y, sobre todo, de un Prefacio con el Sanctus que introducía las oraciones de bendición. 
Con el objetivo de lograr la participación de los fieles, se introduce la idea de las celebraciones litúrgicas cara al pueblo y de espaldas a Dios. Se inventa una mesa, que se coloca entre el altar y el comulgatorio, con los ministros versus populum, con lo cual se introduce un nuevo concepto del espacio litúrgico y de la orientación de la oración. 

4. Cambio: Supresión del prefacio con las palabras relativas a la autoridad de Cristo sobre los reinos y su autoridad sobre este mundo. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: El rito romano preveía en ocasión de los grandes momentos litúrgicos como la consagración de los óleos o la ordenación sacerdotal, el canto de un prefacio como un modo particularmente solemne de dirigirse a Dios. También para la bendición de los ramos estaba previsto un prefacio que describía el orden divino de la Creación y su sumisión a Dios Padres, sumisión de lo creado que era advertencia a los reyes y gobernantes acerca de su propia sumisión a Dios: “Tibi enim serviunt creaturae tuae: quia te solum auctorem et Deum cognoscunt et omnis factura tua te collaudat, et benedicunt te sancti tui. Quia illud magnum Unigeniti tui nomen coram regibus et potestatibus huius saeculi libera voce confitentur”. El texto revela en pocas líneas la base teológica que fundamenta el deber que tienen los gobernantes temporales de someterse a Cristo Rey.
La asombrosa justificación de la Comisión para este cambio es la siguiente: “Teniendo en cuenta la poca coherencia de estos prefacios, su larga extensión y, en algunos casos, la pobreza de pensamiento, su pérdida no parece relevante” (C. Braga, op. cit., p. 306). 

5. Cambio: Supresión de las oraciones sobre el significado y beneficio de los sacramentales, y sobre el poder que tienen contra el demonio. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: Las antiguas oraciones recordaban el rol de los sacramentales, los cuales poseen un poder efectivo (ex opere operantis Ecclesiae) contra el demonio.
La Comisión consideró que estas oraciones eran “ampulosas…, con toda las características de la erudición típica de la época carolingia”. Se ve que aunque los reformadores están de acuerdo con respecto a la antigüedad de los textos, no los consideran de su gusto porque “es muy débil la relación directa de la ceremonia con la experiencia de la vida cristiana, o sea el significado litúrgico pastoral de la procesión como homenaje a Cristo Rey”. Nadie puede entender la razón de tal “débil relación”. 
La “experiencia de la vida cristiana concreta” de los fieles es poco más adelante completamente despreciada por la misma Comisión que considera que “estas piadosas costumbres [los ramos bendecidos], aún justificadas teológicamente, puede degenerar como de hecho se degeneran, en supersticiones”. Más allá del tono racionalista apenas disimulado, hay que tener en cuanta que las antiguas oraciones fueron deliberadamente sustituidas por nuevas fórmulas según lo dicen expresamente los autores. Es decir, las antiguas oraciones no gustaban porque expresaban de un modo demasiado marcado la eficacia de los sacramentales y, por tanto, se inventan otras nuevas. 


6. Invento: cruz procesional no velada, aún cuando la cruz del altar permanece velada.
Práctica tradicional anterior a la reforma: La cruz del altar permanece velada como así también la cruz procesional, a la cual se ata un ramo bendecido, como una referencia a la cruz gloriosa y a la Pasión vencedora del Señor.
El motivo de este invento se nos escapa completamente. Más que un eventual significado místico, parece más bien el fruto de las prisas que tenían los redactores debido a las presiones de los episcopados.

7. Cambio: Eliminación de los golpes con la cruz a la puerta de la iglesia que permanecía cerrada. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: La procesión se reunía delante de la puerta cerrada de la iglesia. Un diálogo cantado entre un coro de cantores en el exterior se alternaba con otro que estaba dentro del templo. Luego se procedía a la apertura de las puertas, la que ocurría después de haberla golpeado con la parte baja del asta de la cruz procesional. 
Este rito simbolizaba la resistencia inicial del pueblo judío y el ingreso triunfal de Cristo en Jerusalén, pero también la cruz vencedora de Cristo que abre las puertas del cuelo y que es causa de nuestra resurrección: “hebraeorum pueri resurrectionem vitae pronuntiantes”.

8. Invento: Una oración que se recita al final de la procesión, en el centro del altar cara al pueblo. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: La procesión terminaba normalmente y luego se iniciaba la misa con las oraciones al pie del altar como de costumbre. 
La oración introducida aparece como una pegatina al rito en razón de su naturaleza arbitraria: “A fin de dar a la procesión un elemento preciso de conclusión, hemos pensando en proponer un particular Oremus”, dice la Comisión. 
El mismo padre Braga confesaba cándidamente cincuenta años después que el invento de esta oración no había sido feliz: “El elemento que desentona un poco en el nuevo Ordo es que la oración conclusiva de la procesión que rompe la unidad de la celebración” (C.Braga, op. cit., p. 25).

9. Cambio: Se elimina la distinción entre la Pasión  y Evangelio. Además, en la Pasión se elimina la frase final. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: El canto de la Pasión era distinto del canto del Evangelio, que llegaba hasta Mateo 27, 66. 
La Pasión había tenido siempre un estilo narrativo, como un momento distinto al Evangelio. Era cantada por tres voces distintas luego de la lectura del Evangelio, el que era cantado solamente por el diácono con un tono diferente, con el uso del incienso pero sin cirios. La reforma confunde los dos aspectos; Pasión y Evangelio son amalgamados en un único canto sin ahorrarse vistosos recortes del inicia hasta el final. De esta manera, se termina por privar a la misa y al diácono del canto del Evangelio que resulta formalmente suprimido. 

10. Cambio: Eliminación del pasaje evangélico que conecta la institución de la eucaristía con la Pasión de Cristo (Mt. 26, 1-36).
Práctica tradicional anterior a la reforma: La Pasión era precedida por la lectura de la institución de la eucaristía revelando de ese modo el vínculo íntimo, esencial y teológico de ambos pasajes.
Este cambio es desconcertante. Según lo que aparece en los archivos de la Comisión, se había decidido no hacer ningún cambio con respecto a la lectura de la Pasión ya que era una institución antiquísima. Sin embargo, no se sabe cómo ni por qué, la narración de la Última Cena fue eliminada. Parece difícil pensar que el único motivo haya sido una cuestión de tiempo, para no hacer tan larga la lectura, sobre todo cuando se considera la relevancia del pasaje. Hasta ese momento, la tradición había querido que en la narración de la Pasión de los Sinópticos tuviera siempre incluida la institución de la eucaristía que, con la separación sacramental del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es el anuncio de la Pasión. La reforma amputa un pasaje fundamental de la Escritura que es vínculo de consecuencialidad entre la Última Cena, sacrificio del Viernes Santo y Eucaristía. 
El pasaje de la institución de la eucaristía será también eliminado del Martes y el Miércoles Santos, con el extraordinario resultado que permanecerá ausente de todo el ciclo litúrgico! Es decir, luego de la reforma de la Semana Santa por parte de Pío XII, en ningún momento del año se leía el evangelio de la institución de la eucaristía. 
Esto fu consecuencia de un cambio hecho a las apuradas que desbalanceó una obra plurisecular


(A partir del estudio realizado por el P. Stefano Carusi).