miércoles, 5 de enero de 2011

Recordando a Pieper


Estimado Wanderer,

Un elemental sentido de gratitud me mueven a recordar al gran Josef Pieper, autor que tuvo enorme influencia sobre mí y muchos amigos y al que le debemos mucha cosa.

Uno de ellos, cuando yo apenas si tenía 18 años, me recomendó vivamente “El Ocio y la vida intelectual”. Su lectura me apasionó como pocos libros “serios” lo habían hecho hasta entonces. Creo que allí mismo exorcisé para siempre toda sombra de voluntarismo y aprendí definitivamente qué cosa es la contemplación y por qué es tan importante. Deuda para con Pieper.

Luego me lancé sobre las distintas virtudes (que por entonces Rialp publicaba de a dos―el volumen con su antología, “Las virtudes fundamentales”, apareció después). En su tratado sobre “El Amor” descubrí a C. S. Lewis citado a menudo y con gran sentido de la oportunidad. A Lewis lo conocía como el autor de las Crónicas de Narnia que mi vieja nos leía de chicos, pero fue a través de Pieper que conocí al insigne escritor inglés y poco después me hice de un ejemplar de “Los cuatro amores”―tal vez el libro más importante de entre los que leí a lo largo de mi vida. Y eso, también se lo debo a Pieper.

Con los años fui adquiriendo todos sus títulos que Rialp y Herder publicaron en castellano, pero la lectura de “Entusiasmo y delirio divino” me movió a escribirle. Me contestó ipso facto, con una breve y simpatiquísima letra, escrita en perfecto inglés, deteniéndose un tanto en los asuntos que le planteaba. Años después le pedí que me pusiera en contacto con el entonces Cardenal Ratzinger. Se ve que éste lo apreciaba mucho a Pieper, como que el mismísimo Cardenal se avino a dejar por un momento sus altos deberes para escribirme una carta que guardo con cierto orgullo entre mis recuerdos. Merced de Pieper, claro.

Creo que el libro que más leí de él fue “Sobre los mitos platónicos”, el más pequeño de sus pequeños libros y que me sé prácticamente de memoria, como que es clave para entender a Guénon, a Danièlou, a Borellá y a tantos más que se detienen en el asunto este de la Tradición Primordial. La llave me fue regalada por el gran maestro alemán.

“Filosofía medieval y Mundo Moderno” son dos preciosos libros en uno que me introdujeron a la escolástica y a Santo Tomás, como pocos podrían haberlo hecho, “El fin del tiempo” constituyó para mí una suerte de confirmación de las intuiciones más audaces de Castellani, y “Muerte e Inmortalidad” es libro que releo todos los años con enorme provecho y renovado interés. Por no hablar de sus ensayos, algunos de los cuales me parecieron siempre simplemente brillantes, como “¿Qué quiere decir Dios habla?” y “Abuso de lenguaje, abuso de poder”. Más y más gratitud por todo eso… ¿no?

¿Y libros malos, objeciones para hacerle? Pero cómo no, “Esperanza e Historia” por ejemplo, me parece una abominable conferencia políticamente correcta y perfectamente errada en su tesis principal, además de respirar el aire del post-concilio. “De la vida serena” siempre me aburrió.

Además, Pieper tiene la mala costumbre de citar muy a menudo al zopenco de Teilhard de Chardin, y siempre en términos encomiásticos, cosa que nunca pude descular a cuento de qué… semejante cabeza rebajándose a semejante palurdo.

¿Entonces? ¿Pieper es “teilardiano”, progresista posconciliar?

Ni por pienso. Es una cabeza original, un hombre que “se metió” en Santo Tomás con gran provecho para un bestia como yo que ni siquiera sabe latín, un autor que supo leer a Lewis, a Newman y a Chesterton con enorme inteligencia para provecho de todos sus lectores.

Sus libros son, como dije, pequeños, breves y luminosos.

Libros enormes, que a mí, y a algunos amigos, nos cambió la vida.

Aquí pues, el testimonio de mi gratitud por ellos.

Y el sueño de que un día, quizá, tal vez, pueda conversar tranquilamente con él, en un eón mejor, más tranquilo, inundados de la Sabiduría que desciende de lo Alto.

Mientras tanto, tengo pensado releer su festiva “Una teoría de la fiesta”, y su conceptuoso “El concepto del pecado”, y… ¿así no?...

Hasta el encuentro que digo, (quiera Dios).

Valeas,

Jack Tollers

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Neo Mago Capria dice:

A propós de la gresca con Carmelo, leer el capítulo sobre la fe, de "Virtudes fundamentales".

Una verdadera perla de Ankara.

Anónimo dijo...

¡Pero qué tipo este Tollers!
Se le dio por escribirle una carta a Pieper ...¡y éste se la contestó!

Siento una envidia, tal vez sana.

El Carlista.

Anónimo dijo...

Ojo, vean que no vestía hábito talar sino traje !!!

Anónimo dijo...

Don anónimo
Aflójele a la grapa. ¿Hábito talar? ¿Desde cuando Pieper fue religioso?
Si es así, algo me perdí.

El sanjua

Anónimo dijo...

Sanjua, es que en Alemania los laicos del palo usan sotana.
menduco

Anónimo dijo...

¡Pieper era laico! Algunos comentaristas no son más pelot... porque no tienen tiempo.

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

Sin ánimo de defender las citas de Teilhard, querido Tollers, creo que tanto Pieper como Ratzinger cuando lo citan no es como teólogo o filósofo -que no lo fue nunca-, sino más bien como poeta, como creador de un mito plástico propio de la era de la ciencia ficción, del que pueden aprovecharse algunas intuiciones muy básicas. Algo así como Scoto Eriúgena, cuya intuición del exitus-redditus de la Creación en relación con el Creador, más allá de todos los gravísimos defectos metafísicos y teológicos en que incurrió, sirvió para inspirar un poquito el esquema general de la Summa, según dicen.
Es una opinión.