sábado, 27 de octubre de 2012

Una buena nueva


En el inmediato posconcilio se puso el acento en una reforma más bien sociológica de la Iglesia. El Concilio se interpretó como una ruptura y, por lo mismo, se puso en marcha la utopía de una Iglesia distinta.
Algunos siguen insistiendo hoy en las bien conocidas (y aburridas) recetas del progresismo teológico: la fe reducida a frío moralismo y la Iglesia convertida en una agencia del cambio social.
El futuro de la fe no pasa por su mimetización con el espíritu del tiempo, una modernización que la haga un fragmento más del mundo, irrelevante e insignificante.
A mí, como obispo católico, poco me interesa una Iglesia más moderna. Ya hemos perdido demasiado tiempo en eso. Me quita el sueño el anuncio del Evangelio: Dios en el corazón del hombre.

Estas palabras fueron publicadas en un diario mendocino el jueves pasado por Mons. Sergio Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza. 
Notable. ¿Qué tendrá que decir Mons. Arancibia, el felizmente renunciante arzobispo de esa diócesis?

8 comentarios:

Anónimo dijo...

¿De veras el tipo se llama Buenanueva? ¡Oh Marechal!"Mira que al dar un nombre se recibe un destino"...

Anónimo dijo...

Dios, nuestro Señor,es magnífico. Puede hacer salir agua de una roca.

Anónimo dijo...

Dios quiera que abandonen para SIEMPRE la retórica y se dediquen al Reino.

Anónimo dijo...

Me parece excelente que se reconozca la terrible herejía del progresismo, "la síntesis de todas las herejías".

Anónimo dijo...

Yo había escuchado buenos comentarios de Buenanueva. Demasiado bien para la edad que tiene y para venir del seminario que viene, el cual es un desastre. Quizá de cuando fue a estudiar a Roma algo bueno le quedó.

Anónimo dijo...

En vista de los antecedentes del hombre, permítaseme ser moderadamente cauto ante tanto optimismo.
Merdocino

Anónimo dijo...

Lo dicho: estamos ganando

Anónimo dijo...

Pensaba en voz alta que quizás el CVII hubiese tenido un mejor derrotero (o al menos no tan nefasto) si hubiesen amalgamado mejor la ingenuidad de Juan XXIII y la prudencia de Pablo VI con la claridad y firmeza de Pío XII, pero lamentablemente sabemos que se le dio cabida sólo a lo primero...