miércoles, 22 de julio de 2009
Asombroso
lunes, 20 de julio de 2009
domingo, 19 de julio de 2009
Dos banderas
Por mis propias limitaciones, jamás me aprovecharon la docena y media de Ejercicios Ignacianos que hice en mi primera juventud. Las meditaciones me dejaban tan seco como un palo, los silogismos que me sugería el predicador no concluían más que en arideces y las cronometradas conferencias, vía crucis y demás ejercicios de piedad pasionaria me aburrían preocupantemente.
Lo que más me pasmaba era que la famosa meditación de las dos banderas no me decía nada, ni me impulsaba a nada. Comprendía, por cierto, los razonamientos y el texto ignaciano, pero al final, no me movía a nada. Veía, en cambio, que mis amigos y co-ejercitantes salían eufóricos a enfrentar al Mandinga con acciones heroicas como pintarrajear un busto de Sarmiento, romper la vidriera del quiosco que vendía revistas pornográficas o cortar la electricidad del cine donde proyectaban una película blasfema. Muchos de ellos, incluso, sacrificaban a su novia y a su futura vida matrimonial en aras de las sublimidades del sacerdocio que los convertía, ipso facto, en altos oficiales del ejército de Nuestro Señor.
Pero a mí, eso de la lucha y de los dos ejércitos, nada de nada... y yo sabía que algo de eso había en la vida espiritual, pero era incapaz de incorporarlo en la lógica ignaciana.
Y no ha sido un jesuita, sino un oratoriano, quien me lo ha enseñado. Un solo párrafo de Louis Bouyer me ha bastado para entender. Aquí va, con perdón de mi pobre traducción:
“El combate de Cristo no es un combate de hombre a hombre, sino que tiene lugar en el hombre, entre la carne y el Espíritu. La carne, que no es el cuerpo solamente, sino la degradación de todo lo humano, cuerpo y alma, cuando está bajo la influencia del demonio. El Espíritu, que no es nuestro espíritu, sino el Espíritu divino con el que Cristo fue ungido, según su nombre de guerrero, y ungido por él de poder”.
- Pero don Wander, fíjese que este ex-pastor luterano está diciendo que no soy yo el que pelea sino el Espíritu Santo. ¿Qué mérito tiene eso?
- ¿Es que Ud. se cree capaz de vencer a la carne?
- Claro que sí, como la vencieron los santos: con ayuno, silicio y piedritas en los zapatos, más el rosario, la comunión frecuente y la dirección espiritual. Y también la medalla de San Benito, el escapulario y un pomo de agua bendita para cuando vienen las tentaciones...
- ¿Y qué tal le fue en la lucha, munido con tantas armas?
- Y..., vamos tirando. Vio como es esto, a veces se gana, y a veces se pierde. El demonio es muy mal tipo. Hay defectos que tengo desde años y años, y no hay caso..., no los puedo vencer. ¡Y eso que me paso todo el día peleando!
- Ese es su problema. Deje ya de pelear. Su humanidad caída no puede vencer.
- ¡Eso es luteranismo! Eso le pasa por incursionar en autores peligroso como Bouyer.
- No se asuste. No tenga miedo. No pelee, rece, y el Espíritu Santo lo librará de esa maldita inclinación. Esa temible propensión, combatida en vano durante años, desaparecerá un día insensiblemente, discretamente, de modo que podrá decir sencillamente que fue, que ya no es más, porque como respuesta a su oración, se le ha sencillamente borrado, tachado del orden de la existencia. Y esto no es mío. Es de Frank-Duquesne.
- Ya viene Ud. a enseñarme ahora con un judío converso. Acabemos, que se me hace tarde la meditación y después no puedo terminar tranquilo el ramillete espiritual.
martes, 14 de julio de 2009
Desorientación

El Mago Blanco me ha desorientado con algunos pasajes de su última encíclica. Leo en el número 67:
miércoles, 8 de julio de 2009
La base está

En la Sagrada Congregación para el Culto Divino, la base está. El Papa Benedicto es como jefe máximo. El prefecto, cardenal Cañizares, el segundo subsecretario, Mons. Juan Miguel Ferrer y el padre Lang, aseguran no sólo la protección de la liturgia tradicional sino también su promoción. El prólogo escrito por el cardenal al libro del padre Nicola Bux – “La reforma de Benedicto XVI (Ciudadela, Madrid, 2009) - y la historia que Mons. Ferrer escribió en Toledo con sus acciones decididas a favor del rito romano antiguo y de los sacerdotes que lo celebran, garantizan mi afirmación.
Tal como decíamos en un post anterior, había una espina. El primer subsecretario que permanecía enclavado en su cargo. Pero en las últimas horas, los corrillos curiales hablan de un nuevo “colpo di scena” del papa Benedicto: removería al espinoso personaje y, en su lugar, nombraría al padre Bux, hasta ahora asesor de las ceremonias pontificias.
Hasta hace unos poquísimos años, decisiones de este tipo parecía milagrosas, o imposibles. La asunción del papa Ratzinger a la sede de Pedro nos ha deparado más sorpresas que las previstas.
Dominus conservet eum, vivificet eum et non tradat eum in manibus inimicorum suorum!
lunes, 6 de julio de 2009
El equipo está completo
El Santo Padre había nombrado hace ya algunos meses prefecto de la Congregación del Culto Divino al cardenal Cañizares, antiguo arzobispo de Toledo. La decisión fue festejada por todos a quienes el papa Ratzinger ha dado un respiro no sólo en enseñanzas y consuelo sino también en hechos concretos de restauración litúrgica.
Sabíamos, sin embargo, que la tarea del nuevo prefecto no iba a ser fácil puesto que su secretario – que en la curia romana ostenta un gran poder – no iba a ser ya el ceilandés Ranjith sino algún mala línea impuesto desde las oscuras galerías de la Secretaría de Estado. No fue así. Ocupó ese puesto un dominico tomista, Mons. Di Noia, antiguo integrante de la Congregación para la Doctrina de la Fe. No sería un experto defensor de la liturgia tradicional, pero era tampoco un enemigo.
Quedaba el problema del subsecretario, un personaje clave también, e imposible de remover, porque no había ya motivos de edad o de origen. Pero el sorprendente Benedicto XVI nos acaba de sorprender nuevamente: ayer domingo nombró como segundo subsecretario (algo infrecuente en los dicasterios romanos) a Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche, ex vicario de la arquidiócesis de Toledo, mano derecha del cardenal Cañizares, capallán toledano del rito mozárabe, doctor en liturgia y gran defensor y propagador con hechos efectivos y hasta militantes del motu proprio y de su efectiva aplicación.
Deo gratias! Y larga vida al papa Benedicto.
domingo, 5 de julio de 2009
Una carta para el Wanderer
Estimado señor Wanderer:
Cuando veíamos que su peligroso blog estaba languideciendo y próximo ya a la muerte, nos anuncia Ud. una segunda época. Frente a tamaña amenaza permítame que platee mis objeciones a su tarea.
Llegué a su blog a través del por todos recordado Cruz y Fierro, cuyos escritos eran una maravilla de ortodoxia y buena línea. Consideré que el Wanderer sería similar, pero el primer post que leí fue un sainete sobre Mons. Wach y su Instituto. Pensé enseguida, con impecable lógica, que sería Ud. un línea media que, al rechazar los zoquetes morados y los capelos de Gricigliano, arrastraba con ellos los principios de la tradición católica. Sin embargo, aparecieron luego post con críticas a la Society of St. John y a Father U. Quedaba excluida, entonces, su pertenencia a la línea media dura.
Lo ubiqué, para tranquilizar a mi ordenadora inteligencia (tenga presente que soy tomista), dentro de la línea media moderada pero, hete aquí que, a raíz de la furiosa intervención de un tal Alemán, se le dio a Ud. por abrir el foro a las críticas de los Miles Christi. Mis clasificaciones volvían a caer. ¿En qué casillero podía meterlo? Se iban agotando las opciones. No era un progresista por cierto –todavía recuerdo su memorable post sobre Mons. Romanín- y no lo creía un tradí. ¿Sería, entonces, un línea media soft? Sin embargo, al poco tiempo comenzaron Ud. y sus comentadores un sostenido ataque contra el Instituto del Verbo Encarnado y de su respetable fundador, con lo cual quedaba excluida esta última posibilidad.
Le aclaro que esto no me preocupó demasiado su anti-kukusismo. Por el contrario, me parecieron razonables muchas de sus críticas. Permítame que, continuando con sus costumbre proustiana, intercale aquí un pequeño relato personal para iluminar mi reacción. Cuando era apenas poco más que un adolescente comencé a colocar en las hornacinas de mis devociones a los ídolos que, en aquella época, poseíamos todos los chicos del palo: el padre Sáenz y el padre Ezcurra, ambos en el mítico seminario de Paraná, y el padre Buela, mucho más cerca, que nos deleitaba con su amarillo “Catecismo de los Jóvenes”. Con mucha fe y piedad comenzamos a preparar con un par de amigos la necesaria peregrinación a Villa Progreso, sede del nuevo Iñigo. Llegamos el día señalado cuando finalizaba la misa de la que salía un grupo de peregrinos de zonas aledañas que se habían acercado a recibir el escapulario de Nuestra Señora de Villa Progreso, práctica de piedad que Karloncho estaba comenzando a imponer. (Nunca se supo bien si el tal escapulario fue fruto de una visión. Si así fuera, es notable la capacidad que tiene el p. Carlos para recibir este tipo de revelaciones puesto que, luego de la fundación de su instituto, comenzó a imponer también escapularios color beige). Nos dirigimos a la casa parroquial y pedimos hablar con el nuevo profeta. Debimos esperarlo un buen rato y, de pronto, apareció el objeto de nuestros deseos casi en pijamas y con chancletas de lana. Con su natural algarabía, pronto nos comenzó a contar de sus proyectos fundacionales, de San Luis María Grignion de Montfort y de los apóstoles de los últimos tiempos. Con palmadas en la espalda y abundantes sonrisas nos alentó a dejar a nuestras novias (a quienes comerían los gusanos) y a asistir a uno de sus ejercicios espirituales.
Debo confesarle, don Wanderer que, en esa entrevista, el Buela de la historia asesinó al Buela de la fe.
Dejo ya el relato y sigo con mi perplejidad. ¿Es que sería Ud., finalmente, un tradicionalista? No podía serlo: se despachaba periódicamente contra el tomismo, hablaba bien de Louis Bouyer y de otros representantes de la “nueva teología”, simpatizaba con Platón y no tenía inconvenientes en criticar a la Fraternidad de Mons Lefebvre e, incluso, se las agarró con el pobre Mons. Williamson cuando, luego de su oportuno discurso reivindicador de la altura de las chimeneas de Auschwitz, fue expulsado del país.
No me quedaban ya, don Wanderer, casilleros donde ubicarlo ni etiquetas que colgarle. Estaba desesperado. Ud. era mi obsesión.
Pero ayer un amigo logró que mis penurias acabaran. Él me acercó el rótulo que a Ud. le cabe. Ud. es un LEFOPROGRESISTA.
EL DEFINIDOR