lunes, 30 de enero de 2017

Reflexiones sobre la derrota

La derrota que hemos sufrido ha sido catastrófica y, probablemente, irrecuperable. Y hablo de “nuestra” derrota porque no solamente fue derrotada la Orden de Malta sino también una de las más esperanzadoras posibilidades de resistencia a los desmanes bergoglianos. 
Es necesaria una reflexión sincera acerca de lo sucedido, que no tema ver lo que efectivamente ocurrió y los errores que se cometieron. 

La Orden de Malta, como sabemos, es la única orden de caballería que sobrevive, y que posee un estatuto especial: no es solamente una orden religiosa sino también un sujeto de derecho público internacional, es decir, un país, minúsculo, pero estado soberano al fin.
Si bien hasta épocas recientes podían pertenecer a la Orden solamente nobles de sangre, con el  tiempo este requisito se fue ablandando. En España, por ejemplo, según tengo entendido, se exigen aún a los postulantes varios cuarteles de nobleza, pero no ocurre lo mismo en los países del Nuevo Mundo. En ellos, como no hay nobleza, en sus comienzos integraron la Orden católicos prominentes que se distinguían por su piedad, su abolengo y sus riquezas. Desde hace algunas décadas, sin embargo, se terminó convirtiendo en un club de millonarios esnob que, sin dejar de hacer algunas obras de caridad, sus intereses pasaban más bien por la figuración social y, en que ocasiones, llegaban a lo bochornoso. En Argentina, por ejemplo, fue admitido como caballero de Gracia Magistral Esteban “Cacho” Caselli y su hijo, un joven de poco más de treinta años, nombrado embajador de la Orden de Malta en Argentina, con todas las prerrogativas -entre ellas, la inmunidad- diplomáticas. Se llegó incluso a discutir la admisión de un funebrero cuyo único mérito que podía acreditar eran que su padre había sido el encargado de proveer las pompas fúnebres a Evita. Si la Orden fuera solamente esto, estaría muy bien entonces su supresión.
Pero vayamos a otra distinción aún más importante: la Orden prevé la existencia de distintos grados de caballeros que sería muy complejo explicar. Lo importante es saber que existen Caballeros de Justicia, que son los que constituyen el primer grado, cuya particularidad es que son propiamente religiosos. Luego de un noviciado y preparación adecuada, realizan los votos de castidad, pobreza y obediencia y, aunque continúan viviendo en sus casas y con sus trabajos habituales, pasan a integrar la comunidad de un priorato o gran priorato. El Gran Maestre de la Orden siempre debe ser un Caballero de Justicia. Son ellos, en realidad, quienes aseguran el carácter religioso de la Orden de Malta, garantizando que ella no termine convirtiéndose en una ONG dedicada al bienestar público. En las últimas décadas, eran ya muy pocos los Caballeros de Justicia; quizás no más de sesenta o setenta y, en su mayoría, ingresaban a este estado personas mayores que habían enviudado y decidían pasar los últimos años de su vida sirviendo a la Orden. 
Finalmente, un tercer elemento para tener en cuenta es la actividad de la Orden de Malta. Y es este un punto crucial que, a mi entender, terminó de definir la batalla con el Papa Francisco. En Argentina, la Orden tienen una casa de acogida para personas con enfermedades terminales y, en mucho países, la actividad asistencial que desarrolla es similar, es decir, mínima. Sin embargo, en otros lugares, es mucho más importante. En Italia, por ejemplo, los caballeros y los voluntarios, poseen una especie de pequeño ejército, con vehículos y uniformes militares, que se dedican a socorrer a las víctimas en ocasión de siniestros. Sin embargo, el caso más importante es Alemania. Allí, la salud pública es asegurada por el Estado nacional a través de terceras instituciones. Es decir, el Estado no tiene hospitales, sino que éstos los poseen y administran ONG como la Cruz Roja, y el Estado los financia. La Orden de Malta es allí una de las organizaciones que mayor peso posee en la salud pública y, consecuentemente, de las que mayor dinero recibe. Son los famosos Malteser.

Los hechos: Ya relatamos en este blog y en toda la blogósfera lo que ocurrió con el Gran Canciller de la Orden, Albrecht Freiherr von Boeselager. En su momento, todos nos congratulamos con el Gran Maestre y con el Cardenal Burke por haber tomado las decisiones que tomaron y por haber enfrentado valientemente los dislates pontificios. Sin embargo, no teníamos la pintura completa. En primer lugar, detrás de la expulsión de Boeselager se encontraba la decisión de Frey Mathew Festing de acentuar el carácter religioso de la Orden lo cual no era aceptado por todos. Los alemanes, que son los que mayor cantidad de dinero aportan, pretenden una orden laica, una suerte de gran ONG católica. Los ingleses, que son los que más caballeros de justicia poseen, pretendían una orden en la que primara aspecto religioso, y esa era la tarea que sea había impuesto el Gran Maestre y en la que estaba empeñado: aumentar las vocaciones a Caballeros de Justicia, que era el modo de asegurar ese carácter religioso-monástico original de la Orden. 

En el Consejo Magistral, el órgano de gobierno de la Orden, la facción alemana estaba en clara minoría. Y siempre lo iba estar, toda vez que el cargo de Gran Maestre es vitalicio y que ellos poseen escasos connacionales que sean religiosos. La perspectiva era, entonces, seguir poniendo millones de euros anualmente y tener escaso margen de autonomía.
Ya con el cuadro completo, podemos darnos cuenta que expulsar a von Boeselager de su cargo no era solamente limpiarse a un progresista, era prácticamente declarar la guerra a Alemania y sus aliados, que son el episcopado alemán y el IOR, el banco vaticano, uno de cuyos directivos es el hermano de Boeselager. Todos ellos se benefician, y no poco, de los millones que fluyen mensualmente del Estado alemán hacia los Malteser
Era previsible entonces que Boeselager chillara, era previsible que con él chillaran todos los obispos alemanes, con Kasper y Marx a la cabeza, era previsible que chillaran los financistas del IOR y era previsible también a quién iba a prestar oídos Bergoglio. Y estas cruciales previsiones aparentemente no fueron tenidas en cuenta por Frey Mathew ni por el cardenal Burke. Esa es la impresión que tengo.
Lo que estaba en juego no era solamente un puesto ceremonial dentro de la Orden; estaba en juego nada menos que el carácter que se pretendía dar a la Orden en el futuro (orden religiosa u ONG), estaba en juego el poder y estaban en juego millones de euros. Es doloroso admitirlo pero, más allá de la justicia de la causa, tanto Frey Mathew Festing como su asesor el cardenal Burke, cometieron un error garrafal: le dieron a Bergoglio y a los alemanes la excusa perfecta para tomar el control de la Orden y acabar con cualquier esperanza de reforma de la misma en sentido católico. Cuando un gobernante decide entrar en guerra, de acuerdo al sentido común y a Santo Tomás, debe tener cierta certeza ganarla, y debe prever todos los escenarios posibles de conflicto. 
Al pensar en lo ocurrido, me viene a la memoria el episodio de la Guerra de Malvinas: nadie duda de la justicia de la causa, pero fue un error imperdonable la imprevisión y torpeza de los gobernantes de turno que decidieron, a tontas y a locas, iniciar una guerra nada menos que contra la OTAN. Pasada la batalla, todo fue peor que antes. Si no hubiese habido guerra de Malvinas, lo más probable es que actualmente las islas estuvieran bajo la soberanía argentina. 

Las consecuencias de lo ocurrido son catastróficas. Dejemos de lado lo que ocurrirá con la Orden de Malta, y pensemos lo que ocurrirá con la resistencia a Bergoglio. Quien la lideraba, gustara o no, era el cardenal Burke. Él es quien ha sufrido la derrota más aplastante. No solamente porque Frey Mathew debió renunciar y Boeselager fue repuesto en su cargo, sino porque la Santa Sede designará un delegado apostólico para intervenir en la renovación religiosa de la Orden, lo cual significa el desconocimiento más flagrante a la figura de Burke como cardenal patrono. Burke es hoy día un Don Nadie. Una Eminencia inexistente. Sus dubia no serán respondidas ni siquiera por los monaguillos de la basílica de San Pedro. Su declarada intención de hacer una corrección pública al Papa surtirá, como único efecto, las carcajadas de todo el mundo. Los cardenales y obispos que en un principio lo seguían, desaparecerán abruptamente: nadie se encolumna detrás del mariscal de la derrota.
Peor aún, aquellos obispos, que no eran pocos, que pensaban ofrecer resistencia a los amores de Leticia dejando en claro que en sus diócesis los recasados no podían comulgar, se quedarán callados, o adoptarán la postura contraria, porque no querrán ser identificados con el cardenal leproso y derrotado.
Decíamos en un post anterior que Francisco enviaría a Burke como nuncio a alguna capital africana. No es necesario que lo haga. Más aún, no lo hará porque, en tal caso, le haría el favor de hacerlo desaparecer. Burke quedará donde está, es decir, en ningún lugar, con la única posibilidad y prerrogativa de calzarse un capelo colorado y envolverse en su cauda magna de seda escarlata. 

Corolario: La maldad y astucia satánica con la que ha actuado Bergoglio en este conflicto da susto. Este hombre no se detiene ante nada. Ahora, envalentonado y sin enemigos a la vista, puede llegar a hacer más desastres aún de los que ya hizo. 

jueves, 26 de enero de 2017

Hooper en Malta


Su Alteza Eminentísima, fra’ Mathew Festing, Príncipe y Gran Maestre de la Soberana Orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, renunció ayer a su cargo luego del pedido que le hiciera en ese sentido el Papa Francisco.
No renunció, según han dicho algunos, por cobardía o poca capacidad de resistencia. Renunció porque como Caballero de Justicia, estaba atado a la Iglesia por los tres votos y, por tanto, frente a una orden directa del Santo Padre, no le quedó otra opción que obedecer. Un caballero es fiel a sus promesas. 
Este hecho, es lamentable decirlo, significa el fin de casi milenaria orden. Lo que no pudieron hacer los musulmanes en Jerusalén y en Rodas, y lo que no pudo hacer Napoleón en Malta, lo ha podido hacer Bergoglio. Esa es la triste realidad.
Analicemos los hechos:
Desde el punto de vista de la Orden, creo que se actuó con torpeza y error de cálculo. No calcularon con quién estaban tratando; no calibraron la extrema peligrosidad y maldad de Bergoglio. Es verdad que la Santa Sede no podía intervenir en un asunto interno de la Orden como fue la defenestración del Canciller por parte del Gran Maestre, pero no pensaron que el mismo Gran Maestre era religioso y estaba atado por el voto de obediencia. Es decir, que podía pasar lo que pasó. O, si lo pensaron, no creyeron que Bergoglio iba a llegar a tanto.
Por parte de Bergoglio, es una gran victoria en dos frentes. Con respecto a la Orden de Malta, la descabeza. No me extrañaría que en virtud del voto de obediencia pidiera la renuncia de todo los caballeros de justicia que integran el Gran Magisterio y así, la Orden quedará en manos del Comisario que él nombre y que procederá a su liquidación.
Sabemos que el Papa le tenía inquina a la Orden desde que era arzobispo de Buenos Aires. Un corazón plebeyo como el suyo no puede soportar la nobleza, y mucho menos la nobleza de sangre. Ahora la tiene totalmente en sus manos. 
Mi pronóstico es que la Orden de Malta desaparecerá como tal y quedará convertida en una multimillonaria ONG católica de ayuda humanitaria. Lo primero que hará el Comisario será cambiar los estatutos, desaparecerán los caballeros y las damas; desaparecerá cualquier requisito de nobleza que aún quedara; desaparecerán los votos, las cogullas negras y los uniformes militares. Desaparecerá como estado soberano y, con ello, desaparecerán sus embajadas y embajadores. Desaparecerá como último resabio de las cruzadas y aportará anualmente millones de dólares a las arcas vaticanas
El segundo frente en el que Bergoglio se anotó un triunfo ha sido en la guerra sorda que libra con el cardenal Burke. De hecho, le ha pegado en su línea de flotación. No sería extraño que, fruto de este escándalo o del cambio de estatuto de la Orden, desapareciera la figura de cardenal patrono, y Burke fuera recluido a algún monasterio o como nuncio en alguna capital africana. 

Conclusión: Dicho al estilo de Evelyn Waugh, Hooper se hizo con Brideshead. La mansión que durante siglos fue habitada por los nobles, se ha convertido ahora en la morada de los Hoopers

Los constructores no sabían los usos a que descendería su obra; hicieron una mansión nueva con las piedras del castillo antiguo, año tras año, generación tras generación, la enriquecieron y extendieron; año tras año crecía la enorme cosecha de maderos en el parque; hasta que, con la helada repentina, llegó la era de Hooper; el lugar quedó en la desolación y el trabajo en la nada: Quomodo sedet sola civitas. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad.”

miércoles, 25 de enero de 2017

El huevo de Fabergé

La semana pasada fui a una “misa” anglicana en Oxford. No lo hice movido por una repentina pasión ecuménica sino con un propósito estético: el coro del college -uno de los mejores de la ciudad- cantaba la  misa O magnum mysterium de Victoria. 
La “misa” fue celebrada por una “sacerdotisa” asistida por un “diácono”. Ambos vestían dignos ornamentos litúrgicos: casulla y dalmática; cíngulo y alba, debajo de la cual se dejaba ver la sotana. Ambos se comportaban con piedad y reverencia hacia algo que no existía: su propia misa.
La homilía de la capellana fue un buena pieza de oratoria: correctamente preparada y organizada, con buena dicción y con todos los elementos propios de la oratoria sagrada. Fue, además, un sermón ortodoxo. No dijo ninguna herejía, hizo referencias sobrenaturales y más allá de la ineludible corrección política propia del mundo civilizado, fue un sermón cristiano. 
Luego, la “misa” continuó según el rito: ofertorio, prefacio, sanctus, plegaria eucarística con consagración, comunión, bendición, despedida. 
Por supuesto, un espectáculo bellísimo desde lo estético, pero completamente vacío desde lo real: allí no hubo misa; apenas una ceremonia que pretendía imitar los gestos y palabras, como un mimo, de las verdaderas misas que se celebraban en Inglaterra antes de Enrique VIII.
La primera apreciación que me surge es la siguiente: “Pues bien, ellos tendrán toda la belleza que quieran, pero no tienen la realidad. La realidad sacramental la tenemos nosotros, los católicos”. Y es verdad. 
And yet... Cualquier católico de la calle que va el domingo a misa a la iglesia de la vuelta de su casa, en Argentina, Chile, España o cualquier otro país del mundo, se encontrará con un espectáculo desafortunado: guitarras y panderos; voces desafinadas que entonan canciones insulsas; curas vulgares que apenas si preparan sus homilías, convertidas muchas veces en muestrarios de herejías, o de sentimentalismos, o de sociología, y que buscan el agrado de la audiencia, y sus carcajadas y su aprobación. Curas que dejaron de usar la casulla y que apenas usan un alba suelta con estola multicolor al cuello. 
“Pero consagran”, gritará alguno. Y tiene razón. A pesar de todo, consagra, y es misa válida, al menos si desea hacer lo que hace la Iglesia y respeta las fórmulas sacramentales. 
And yet... ¿Puede alguien con verdadera fe católica, revestir voluntariamente con tanta vulgaridad el misterio de la Santa Misa y de la eucaristía? La fe en el misterio sagrado que se está celebrando ¿no exigiría necesariamente muestras exteriores de reverencia y adoración? ¿Puede alguien presentarse ante el Santo de los Santos haciendo payasadas, diciendo pavadas cuando no herejías y vestido como le viene en gana? Me pregunto, entonces, si estos curitas, florecidos en la maravillosa primavera conciliar, tienen verdaderamente fe católica. Concretamente, ¿tienen fe en lo que están celebrando? ¿Creen verdaderamente en la presencia real? 
Los anglicanos, o una parte de ellos, cree en la presencia real, pero no la poseen. Conservaron la cáscara del huevo, un hermoso huevo de Fabergé, es cierto, pero adentro está hueco. No tiene nada. O apenas, un poco de pan y un poco de vino. Nosotros, dirán algunos, fuimos mucho más astutos. Conservamos el interior y nos desprendimos del añejo cascarón con olor a naftalina. “¿Qué es la Misa sino un mecanismo para producir la Eucaristía? Lo importante es que estén las palabras de la consagración; el resto es accidental; puras convenciones culturales. Qué importa, entonces, que el cura bailé el chamamé y diga imbecilidades en el sermón. Lo importante es que diga las palabras mágicas”. Serían estás las palabras del perfecto neocón. 
And yet... Los anglicanos solamente conservaron la cáscara; es verdad, y no les sirven más que de acervo cultural. Nosotros, los Roman Catholics fuimos tan pero tan astutos que tiramos a la basura nada menos que un huevo de Fabergé y creímos que, sin la cáscara, podíamos conservar a la clara y a la yema unidas y saludables. Después de cincuenta años, el interior del huevo casi ha desaparecido, desguarnecido por la ausencia de su cascarón protector, y la obra de arte de Fabergé está en el tacho de la basura.

lunes, 23 de enero de 2017

"El Trono de la Sabiduría", de Louis Bouyer

La fe católica va unida siempre a la devoción a la Santísima Virgen. Y, como sabemos, no se trata de una devoción más como las muy venerables devociones a San Benito o a Santa Rita. Hay algo más, casi misterioso, en la unión íntima y profunda de la fe católica con María la Virgen.

Prueba de ello es la extensión de esta devoción en todo el orbe católico, es decir, universal en el tiempo y en el espacio. La primera representación pictórica de Nuestra Señora se encuentra en las catacumbas de Santa Priscila, ubicada en la vía Salaria de Roma, y data del siglo III. La primera oración conocida dedicada a María es el Sub tuum presidium, rezada tanto por orientales como por occidentales. El primer testimonio escrito de esta oración se encuentra en uno de los papiros de Oxirrinco (Egipto), escrito en griego, por lo que podemos afirmar que los cristianos del año 250 ya rezaban esta plegaria. 
En la primera mitad del siglo IV, un monje sirio, San Efrén de Nisibis, Padre y Doctor de la Iglesia, elevó los primeros y más bellos himnos a María Santísima; entre ellos, aquél que proclama todos los títulos con los que los cristianos de su época la invocaban: 
Señora Nuestra Santísima, Madre de Dios, llena de gracia: Tú eres la gloria de nuestra naturaleza humana, por donde nos llegan los regalos de Dios. Eres el ser más poderoso que existe, después de la Santísima Trinidad; la Mediadora de todos nosotros ante el mediador que es Cristo; Tú eres el puente misterioso que une la tierra con el cielo, eres la llave que nos abre las puertas del Paraíso; nuestra Abogada, nuestra Intercesora. Tú eres la Madre de Aquel que es el ser más misericordioso y más bueno. Haz que nuestra alma llegue a ser digna de estar un día a la derecha de tu Único Hijo, Jesucristo. Amén. 
Y poco después, en el año 431, el tercer concilio ecuménico reunido en Éfeso, proclamó a la Santísima Virgen como Theotokos, Deipara o Dei Genitrix, es decir, Madre de Dios.
Y así como los  occidentales nos dirigimos a nuestra madre con el rezo del Santo Rosario y las Letanías Lauretanas, los orientales lo hacen con el Akáthistos, himno compuesto en el siglo VII. Y así como nosotros no hemos dejado de elevar las más bellas canciones en su honor, otro tanto han hecho los orientales. ¿Quién no puede conmoverse ante la música y la letra del Agni parthene? (Aquí puede ver y letra y aquí escuchar su melodía).
Podríamos, entonces, afirmar una proposición complementaria a que establecimos al comienzo: La devoción a la Santísima Virgen es signo de fe católica. Y es por eso que los conversos a nuestra fe -al menos aquellos que se han convertido plenamente-, adoptan como rasgo distintivo esa devoción. Hace algunos meses hacíamos referencia al caso de Chesterton; los escritos del cardenal Newman revelan un amor profundo a Nuestra Señora, tal como él gustaba llamarla, y en términos similares se expresaban Mons. Ronald Knox y Mons. Robert Benson.

Pero en esta ocasión quiero referirme al caso de Louis Bouyer, a raíz de que Cerf ha reeditado su libro Le trône de la Sagesse. Essai sur la signification du culte marial, publicado originalmente en 1957. Se trata de un breve (300 páginas) tratado de mariología capaz de revelarnos, desde diversas perspectivas, la enorme riqueza que tenemos los católicos al contar con una Abogada como la Santísima Virgen y la centralidad que su culto ocupa en la vida de la Iglesia. Escribe en la Introducción: 
La historia muestra, en efecto, que un cristianismo que no quiere rendirle a María el culto que la Iglesia le tributa es un cristianismo mutilado. Podría parecer al principio que se guardaría lo esencial con el culto a Cristo. Pero sería una apariencia ilusoria. Una vez que se ha rechazado aquello que su Madre tiene de único, el Cristo que se creyera poseer sería un Cristo desfigurado: Dios y la humanidad no se unirían nunca en Él. 
De esta manera, entonces, y de un modo clarísimo le dice a los protestantes que el suyo, el Cristo a quien ellos adoran, es un Cristo falso y desfigurado.
Y, refiriéndose a la Virgen, escribe: 
La Mariología, la doctrina de María, es en la teología auténtica un jardín cerrado. Ella es el “Paraíso racional” , siguiendo la expresión de los Padres, el vallado primordial donde la flor más bella de la nueva creación es el signo de la surgente divina. Allí se esconde y se encuentra la fuente secreta de la que el mismo Logos ha querido brotar, en el corazón de la criatura humana. Y así, se puede estudiar a María esperando descubrir como Dios ha elevado a la humanidad hasta Él abajándose hasta Ella. 
Bouyer divide su libro en once capítulos: 1. Los temas bíblicos de teología mariana: el Hombre y la Mujer; la Esposa del Señor; 2. Los temas bíblicos de la teología mariana: la Sabiduría divina; 3. María en el Nuevo Testamento; 4. La Virgen-Madre; 5. Matrimonio y Virginidad a la luz de la maternidad virginal; 6. La maternidad virginal, fecundidad del Agape en la crucifixión del Eros; 7. La Inmaculada Concepción y la Antigua Alianza; 8. La Encarnación y María Madre de Dios; 9. María y la obra de la Redención; 10. María y el Espíritu Santo; 11. La Asunción de María y la Sabiduría.
Uno de los aspectos destacables que tiene el libro, es que el autor, en varios de sus capítulos, traza paralelamente a la mariología una teología del matrimonio cristiano, acentuando el enorme valor y riqueza que tiene este sacramento. Un tema que, por cierto, en los actuales momentos en los que festejamos los amores de Leticia, adquiere un significado y una importancia particular.
En definitiva, esta maravillosa obra de Louis Bouyer muestra a María la Virgen, que se encuentra salvada y exaltada por el mismo Dios; muestra su nobleza como mujer en relación al Hijo Eterno que se comporta para con ella como el perfecto caballero.

Ojalá podamos contar pronto con una traducción al español. 

viernes, 20 de enero de 2017

Aus Deutschland

por El Anacoreta
Vivir en Alemania puede ser algo a la vez fabuloso e inquietante. Fabuloso, pues uno se topa con una sociedad única en el mundo por su rica y vasta cultura, plagada de muestras de una inmensa herencia sapiencial acumulada a través de siglos de Cristiandad. Fabuloso, pues hasta el distraído observador es testigo del intelecto agudamente privilegiado que el alemán promedio posee y disfruta, de la precisión de su idioma, de su inmensa estimación por lo artístico y de la inherente sobriedad varonil que la acompaña. En fin, es fabuloso porque existe algo profundamente místico, recóndito en éste pueblo, que lo hace ser el menos occidental de todos. Y desde mi llegada a estas tierras, muchos días pasé sin saber con qué epíteto caracterizar a un pueblo así, pues me parece que los nombres son necesarios como una puerta, como un dovelaje pétreo grabado a cincel, que sirve de señalizador para mejor perderse en esas realidades inasibles y arcanas. No es necesariamente que un nombre defina la realidad de una cosa, encerrándola en conceptos rígidos como el mundo moderno pretende, no; sino que justamente sirve como un introito para detenerse en lo inaprehensible de su hondón entitativo. Fue así que luego de un largo cavilar y buscar, me encontré casi como por accidente con un diccionario etimológico, que entre otras acepciones y orígenes, musitaba suavemente que tal anhelado epíteto se encontraba en el mismo gentilicio: “Deutsch: die ursprüngliche Bedeutung lautete auch „Stärke, Kraft“
“El pueblo fuerte” o más a secas aún “los fuertes”, fue una individualización siempre común para aquellos que habitaban desde los lindes del Palacio Carolingio de Aachen, hasta las tierras montañosas de Bayern. Probablemente, no cabe mejor y más completo apelativo para el Pueblo Alemán, que ese mismo: Los Fuertes. Una fortaleza, que lejos está de referirse a una cuestión meramente corporal, aunque bien sea el caso de los gigantes teutones. Tampoco tiene que ver con una fortaleza proveniente de la altanería y la verborragia, sino que al contrario es silenciosa y humilde, profundamente intelectual y contemplativa, sin alardes de grandes conquistas, pero capaz de las mayores imaginables. Es una fortaleza que surge como un exquisito corolario de una unión simbiótica entre la Magnanimidad y la Humildad, aunadas a una capacidad superlativa de abstracción de las propias pasiones, para ir al fondo de las cosas y desde allí emitir un acertadísimo juicio sobre la realidad. 
Esto lo testimonia la historia misma con un abundante y variopinto abanico de personajes, que han modelado el mundo en el devenir de los siglos. Soy de la opinión -por supuesto absolutamente subjetiva- que aun sin ser los alemanes los más notorios en cuanto a personalidad se trata, son el pueblo que más ha afectado el curso de la historia desde innumerables aspectos. ¿Es que alguien podría negar el talante, la sobriedad y grandeza de Alberto y Bruno de Colonia o de Hildegarda von Bingen, como silenciosos custodios de la ortodoxia pastoral y monástica? Allí se levantan, como piedras inamovibles, hieráticas y lacónicas, como todo buen hijo de alemán. ¿Alguien duda de la grandeza con la que la nación germana ha alumbrado, hijos tales como Grünewald, Durero, Holbein el Joven, o Friedrich? ¿O de la primacía de la interminable lista compositores teutones como Beethoven, Bach, Strauss, Wagner y un infinito etcétera? ¿Del aporte inmensurable de Gutenberg, Otto, Diesel, Berliner o Zeppelin, todos laudados inventores? Y para culminar una exposición casi de Perogrullo, ¿cómo negar la magna obra de Goethe, Schiller, los Grimm, Pieper y otros incontables tantos que han contribuido al pensamiento clásico desde la literatura, filosofía y metafísica? Y nuevamente, todos ellos plagados del mismo genio agudo, humilde, sereno y preciso, sin pompas que anuncien sus nombres, mientras pasan inadvertidos en el pensamiento colectivo.
Sin embargo, decía también al comienzo que vivir entre alemanes y conocerlos no sólo fascina, sino que también inquieta y asusta. Todo aquello que los hace tan profundos y racionales en sus juicios, toda esa enorme capacidad intelectual y volitiva que poseen, puede tornarse rápidamente en una caja de Pandora cuando es desatada para realizar el mal. El alemán, por su desapasionamiento y racionalidad, comprende más acabadamente de forma natural -que un latino llegado el caso-, la bondad o maldad de un acto dado y es menos susceptible de caer en acciones producto de una fruición explosiva de la pasión. Así, cuando un alemán se ha decidido por el mal, es implacablemente poderoso y eficiente. No sólo ha meditado y aceptado las consecuencias de su acto maligno, sino que también ha cavilado largamente el modo de perpetrarlo más eficientemente realizando el mayor daño posible. Cada vez que un alemán se inclina al mal o abdica en su tarea de ser el juez, defensor objetivo e impasible del Bien, las mayores calamidades en la historia toman lugar. Cada vez que su racionalismo se torna en utilitarismo mordaz, se siguen las peores consecuencias imaginables. Es que, así como destacan en la grandeza al perseguir el bien, también se distinguen abismalmente cuando se pervierten en el mal. Al fin y al cabo, corruptio optimi pessima.
Se levanta un Martin Luther y la Cristiandad queda seccionada y sometida al error y la herejía. Los landsknecht apoyan el movimiento de tropas de Carlos V, y se produce Il Sacco di Roma con toda su depravación y locura. ¿O que decir de la devastación irremediable producida al pensamiento cristiano clásico en todas sus aristas, generadas por Kant, Hegel, Rousseau (nacido y criado en Suiza, aunque considerado francés), Nitzsche und so weiter? ¿Cómo medir el ominoso y siniestro legado de un Marx -con todas las consecuencias que se impregnaron aún en la misma Iglesia-, o la perversión doctrinaria de un Freud, con sus complejos y fetiches perineales?
La lista de golpes mortales asestados por Alemania al Cristianismo es larga y compleja, por lo que dejo a quienes ostentan pericia en materia histórica que enumeren la lista taxativamente. Sin embargo, la claridad de la tesis se vuelve más diáfana: cada vez que un alemán se decide categóricamente por el mal o se abstiene en un cargo de poder de proteger el Bien, las consecuencias son sobradamente caóticas para la Cristiandad. Y nos encontramos frente a un panorama actual que claramente reproduce cuán actual y cierto es esto. Las miríadas de musulmanes sedientos de sangre ocupando el continente, trayendo muerte al grito de un ídolo, junto con la destrucción de los rezagos del pensamiento clásico europeo, ha de ser imputado sin lugar a dudas a Merkel y a su gobierno. El Brexit británico y la lenta pero clara desunión europea es una clara manifestación de las mismas políticas fundadas y sostenidas por Berlín, sin otro fin -no me queda duda que los alemanes así lo han planificado- que la completa aniquilación de la Cristiandad.
En la Iglesia, asistimos a una hora oscura como pocas en la historia, producida por la abdicación de Benedicto y el planeamiento de la Conferencia Episcopal Alemana. Un octogenario sacerdote de pueblo, ferviente celebrante de la liturgia tradicional y otrora alumno de Pieper, me dijo en una de nuestras tantas extensas charlas en medio de Glühwein y chispeantes llamas que despedía la maltratada chimenea de su centenario saloncito parroquial, que el misterio de iniquidad del cual estamos siendo testigos obligados, poco tiene que ver con el hecho de que Saruman sea argentino. “Atrás de todo están los obispos alemanes con su diabólica perversión pertinaz. El hecho que el Papa sea Argentino, es casi accidental. Necesitaban más bien un payaso que comenzara a desgastar más aun los cimientos ya roídos por la modernidad. Todo eso hasta que venga otro alemán a dar el golpe final”, me dijo con calma y casi como si se tratara de lo más evidente y sencillo. Y no es tampoco que esto sea tan difícil de contemplar en sucesos recientes como el Sínodo de la Familia, los Amores de Leticia y un gran e infinito etcétera. La insistencia herética de Kasper y compañía, la resistencia de los Müller y Schneider, y el silencio de Benedicto: los hilos parecen estar siempre en las manos de alemanes. Que los títeres arlequinescos sean hoy Bergoglio, Tucho y toda la sarta de personajes de la chusma, no pasa casi de ser un señuelo y preludio -por muy destructor que nos parezca- para la tormenta que se avecina. Mordor está hoy situado en Alemania y el Señor Oscuro prepara sus hordas para cuando sea la hora del asalto final. 
Difícil me es decir todo esto sin poseer un intenso dolor en mi alma. Primero porque como argentino que vive en el exterior, contemplando cómo nuestra Patria está cumpliendo un papel más bien nefasto en el misterio de la Historia de la Salvación. Además, por tener que ser identificado con Maradona, Messi y la cumbia al nombrar mis orígenes, antes que con la élite de almas grandes que nuestra nación le ha dado al mundo. Dolor en segundo lugar, porque he llegado a amar a este Deutsche Volk que me ha dado una patria pasajera. Tristeza también, por estar obligado a contemplar cómo los mejores dirigen las cosas a su destrucción. Angustia, por pronto tener que ver como un Papa celebra y convalida 500 años de herejía protestante. 
El octogenario sacerdote, decía al terminar la velada en la que casi entre susurros profetizaba, que el próximo Papa será nuevamente alemán. Convencidísimo está incluso de que será el mismo cardenal Reinhard Marx, quien según el prete, es la cabeza principal de todo el misterio de Iniquidad que ahora vivimos y a quien se lo ha protegido deliberadamente para que su imagen no se vea empapada por el barro inmundo de los que le allanan el camino al Anticristo. Mientras tanto sólo nos queda a nosotros esperar con ojos anhelantes, transidos ellos de Espera y regocijo de tanto mirar al Oriente, en aquél bendito velad y orad que aguarda al Señor de los Ejércitos que no demora y que triunfante entre nubes bajará a aplastarle la cabeza al demonio, sea éste alemán, argentino o vietnamita. Y eso otorga tranquilidad. 
Al fin y al cabo, Cristo ya ha vencido. 

 El Anacoreta

miércoles, 18 de enero de 2017

Divisoria de aguas


En la víspera de la fiesta de la Epifanía del Señor, el Pontificio Consejo para la Unión de los Cristianos, emitió un documento acerca de las nuevas relaciones entre católicos y luteranos. Allí nos enteramos que “Separando lo que es polémico de las cosas buenas de la Reforma, los católicos ahora son capaces de prestar sus oídos a los desafíos de Lutero para la Iglesia de hoy, reconociéndole como un «testigo del evangelio»”.
Los disparates que venimos escuchando últimamente nos anestesian. Prestemos atención: la Santa Sede, o el mismo Papa, porque sus dicasterios tienen poder vicario, nos dicen que Lutero fue un testigo del Evangelio, es decir, un santo, porque justamente la santidad consiste en ser testigos de Cristo en la heroicidad de las virtudes. 
Más allá de que al Papa Francisco no le guste responder por sí o por no, o que prefiera los tonos pastel a los definitivos blanco o negro, lo cierto es que el principio de no contradicción sigue vigente. Y por tanto, siguiendo los pasos de los cardenales, yo planteo las siguientes dubia:
  1. Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio, ¿puede afirmarse entonces que el Papa León X, que lo condenó el 3 de enero de 1521 con su bula Decet Romanum Pontificem, estaba equivocado?
  2. Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio y, como dice el Señor, por sus frutos se conoce el árbol, ¿puede afirmarse entonces que la doctrina escrita y enseñada por Lutero es fiel reflejo de su testimonio evangélico?
  3. Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio y habiendo iniciado él mismo un movimiento conocido como Reforma ¿puede afirmarse entonces que los católicos que se opusieron y combatieron a ese movimiento estaban errados, combatiendo a una persona y a una doctrina que daban testimonio de Nuestro Señor?
  4. Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio, ¿puede afirmarse entonces que San Pedro Canisio, doctor de la Iglesia, gastó su vida en vano en la predicación de la verdad contra los seguidores de Lutero?
Por cierto que podría agregar varias dudas más pero no creo tener mejor suerte que los cardenales: el Papa Francisco no las va a responder.
El documento en el que aparece esta asombrosa afirmación fue escrito como preparación para la Semana de oración por la unidad de los cristianos que se inicia hoy. Según varios sitios especializados es probable que, al finalizar la misma, el Papa Francisco permita que católicos y luteranos puedan “compartir la Eucaristía” en ciertas ocasiones, es decir, que los luteranos puedan recibir la comunión en iglesias católicas, y viceversa y que, incluso, los ministros del culto de ambas confesiones puedan “concelebrar” la eucaristía. En este sentido se expresó hace poco tiempo el cardenal Kasper y la iglesia luterana de Suecia afirma en su página web que el deseo más grande que tienen es que la eucaristía puede ser celebrada oficialmente por católicos y luteranos. Por otro lado, esté sacrilegio ya se practica habitualmente en varios países pero los obispos desean que sea permitido oficialmente, según han declarado recientemente. Y relato al respecto un caso personal: el sábado pasado tuve oportunidad de hablar con un anglicano devoto y practicante de su religión. Me comentó que mientras vivía en Basilea (seis años), concurría todos los domingos a la misa católica en la iglesia de los jesuitas quienes le permitían comulgar. En definitiva, es una práctica que desde hace años está vigente al menos en los países de influencia alemana.
Ya sabemos lo que Bergoglio opina al respecto: el 20 de noviembre de 2015, en una celebración con protestantes realizada en Roma, el Papa le respondió públicamente a una mujer que le había preguntado si, siendo ella luterana, podía recibir la comunión. Aquí pueden ver el video con la respuesta que es realmente escandalosa. Las palabras pontificias fueron: “Háblelo con el Señor y siga adelante”, es decir, "Puede comulgar si su conciencia se lo permite".  
Si esta declaración finalmente se hiciera, se estaría marcando en la Iglesia un punto de inflexión mucho más grave, a mi entender, que lo ocurrido con la Amoris laetitia
Hagamos un poco de historia. El proceso de conversión del John Henry Newman fue largo y serenamente meditado. Durante varios años, él se inclinó por lo que llamaba vía media, y consistía en ubicar a la iglesia anglicana en medio de la opción católica y protestante o, dicho de otra manera, en afirmar que la iglesia de Inglaterra era una parte de la Iglesia católica, que poseía usos particulares pero que comulgaba en la misma fe. Esta ilusión de Newman se evaporó súbitamente cuando la jerarquía anglicana aprobó el obispado anglicano de Jerusalén. Consistió en la instalación de un obispo de esa confesión en la Ciudad Santa, con jurisdicción no solamente sobre los fieles anglicanos sino también sobre los luteranos y demás protestantes, celebrando los sacramentos en forma conjunta. Esta decisión convenció a Newman que la iglesia anglicana era, en el fondo, una iglesia protestante y apuró sus pasos hacia Roma: poco tiempo después se convertiría.
Veamos otro caso. Ya hicimos referencia aquí a la reunión de Kikuyo. Se trató de una suerte de congreso realizado en África en la década del ’30 por dos diócesis anglicanas que culminó con una celebración litúrgica de la que participaron obispos y sacerdotes anglicanos y ministros de otras confesiones protestantes. Este hecho fue decisivo para la conversión de Mons. Ronald Knox a la fe católica. Para él quedaba claro que la iglesia anglicana era una iglesia protestante más. 
Notemos que en ambos casos, la comunicatio in sacris o, más concretamente, la comunión del sacramento de la eucaristía con miembros de otras confesiones religiosas, fue la divisoria de aguas. “Hasta aquí llegamos”, dijeron los dos ilustres ingleses, y dejaron la iglesia anglicana. 
Lo que está en juego es, nada menos, que el concepto de gracia, de presencia real de Nuestro Señor en la eucaristía, de ortodoxia y herejía, de sacramento y, si se llegara a permitir una suerte de “concelebración” de la misa, de la mismísima sucesión apostólica. Es decir, está en juego la fe y la verdadera religión.
Si la Iglesia permite que en casos de necesidad, los católicos puedan recibir la eucaristía en una iglesia ortodoxa, lo hace porque estas iglesias conservan la sucesión apostólica y la fe católica. No es el caso de las iglesias protestantes, que perdieron la sucesión apostólica, que no admiten el sacramento del orden, que no creen en la presencia real y unas cuantas herejías más.
Yo no soy teólogo y puedo equivocarme. Pero me da la impresión que si el Papa Francisco hiciera una declaración de este tipo, sería quizás el acto más grave de todo su pontificado y marcaría, o debería marcar, un punto de inflexión para los católicos. Estaría, de hecho, cruzando una línea que exigiría definiciones, como ocurrió con Newman y Knox. 
Habría, claro, una diferencia: ellos dejaron la iglesia de Inglaterra y entraron en la Iglesia católica. Nosotros, los católicos, no deberíamos dejar nada ni entrar en ninguna parte porque, de hecho, ya estamos dentro. En tal caso, quien dejaría la Iglesia católica sería el mismísimo Papa Francisco. 

lunes, 16 de enero de 2017

Un grillo en Santa Marta

Hasta el momento, la afirmación de que al Papa Francisco no le importa la liturgia y, por tanto, nunca se meterá con la liturgia tradicional ni molestará a los motuprorpistas, ha funcionado. Pero los vientos de cambio han comenzado a soplar, o al menos, eso se rumorea desde la semana pasada.
El primer paso fue, como dimos cuenta aquí, la renovación total de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Solamente quedó en pie su prefecto, el cardenal Sarah, que poco y nada puede hacer ahora rodeado como está de progresistas y declarados enemigos suyos. 
Pero en los últimos días sucedió algo nuevo. El Papa acaba de crear una comisión -su típica estrategia de destrucción-, liderada por el arzobispo Arthur Roche, encargada de revisar la instrucción Liturgiam authenticam, documento que constituye un verdadero freno para los desmanes que los liturgistas modernos pretenden imponer, sobre todo en materia de traducciones a las lenguas vernáculas. Allí se establece que la lengua del rito latino es el latín y que, en caso de que sea conveniente, se puede traducir a las lenguas vulgares respetando una serie de principios que vedan cualquier veleidad de los obispos y cleriquillos modernistas de turno. La modificación de esta instrucción, no tengamos duda, se ordenará justamente a permitir que la creatividad litúrgica pueda florecer en cada una de las culturas donde se celebra la Santa Misa. Y así, dentro de poco, tendremos la misa amazónica, la misa polinesia y la misa tucumana, entre otras. 
Quien está detrás de todo estos cambios, según afirma Sandro Magister, es un amigo del Papa Francisco. Los argentinos sabemos muy bien cuál es la calidad de sus amigos: Gustavo Vera, Juan Grabois, el rabino Skorka, Clelia Luro, etc., por lo que suenan las alarmas cuando se habla de "amigos del Papa". En este caso, su amigo liturgista amante de los cambios, es un italiano: Andrea Grillo, un laico casado y con dos hijos, y profesor en el ateneo San Anselmo de Roma. Como podemos apreciar en su curriculum vitae, se trata de un personaje sumamente creativo. Pero lo que causa más temor son sus publicaciones. Aquí pueden leer un artículo suyo defendiendo la ordenación sacerdotal de mujeres, y destaco otra titulada Oltre Pio V. La riforma liturgica nel conflitto di interpretazioni, Quiriniana, 2007 (Más allá de Pío V. La reforma litúrgica en el conflicto de interpretaciones). El pasquín es presentado con las siguientes palabras:
La reforma litúrgica del concilio Vaticano II está en riesgo de no ser comprendida. Diversas señales levantan dudas y perplejidades en el cuerpo eclesial. Extensiones de la validez del “indulto” para el uso del Misal de Pío V, pedidos de un uso más amplio de las lenguas muertas, entrevistas desenvueltas o superficiales realizadas a importantes oficiales de la Curia romana, rigideces poco justificadas -o, peor aún, justificadas- en cuanto a las traducciones, inversiones de la prioridad entre misterio y disciplina. 
El objetivo que tiene este ensayo es el de redescubrir las razones profundas que nos permitan leer la reforma litúrgica como un pasaje necesario en la consciencia eclesial contemporánea, ni contra ni sin Pío V, pero sin duda más allá  de Pío V. 
No hemos hemos decidido -desesperadamente- ser los últimos cristianos todavía fieles a una gran tradición (solamente) antigua, reducida a la figura de un pasado precioso para encerrar en un museo, con aire acondicionado y sistemas de seguridad, pero sin vida y sin hijos.

¡Tomá mate! Este es el asesor litúrgico del Papa Francisco. Preparémonos, porque si esta es la opinión que el Grillo tiene de la liturgia tradicional, podemos prever cuáles serán sus próximos pasos. Magister afirma que será la “corrección” del motu propio Summorum Pontificum... Es decir, se acabó la posibilidad de tener con toda legitimidad y legalidad la misa tradicional, tal como lo quiso el Papa Benedicto XVI.
Algunos sostienen que no será así; que definitivamente, al Papa Francisco no le interesa la liturgia y que no está en sus planes abrir una nuevo frente de batalla. Es la idea de Joseph Shaw, presidente de la Latin Mass Society del Reino Unido, que suele estar convenientemente asesorado. 
Yo estaría de acuerdo con Shaw y con quien lo asesora, pero hay dos factores recientes que deben ser tenidos en cuenta. En primer término, Bergoglio está furioso con la oposición que encuentra, sobre todo con los cuatro cardenales, cuyo mascarón de proa es Burke, que le acaba de mandar a decir que teme más perder su alma que perder su título de cardenal. No me cabe duda que los ataques a la Orden de Malta, en buena medida, han sido lanzados como un ataque personal a Burke, y el cardenal representa para el Papa a los tradicionalistas. Los curas porteños que le estuvieron sometidos durante años saben muy bien quién es Bergoglio: de una memoria prodigiosa, es cruel y vengativo. Se ha ensañado con Burke y se le están soltando todas las compuertas que lo frenaban, y nadie sabe hasta dónde puede llegar si pierde todas sus inhibiciones. Es cuestión de leer los ataques apenas velados que lanza en sus últimas homilías o alocuciones, o de ver lo que hizo con los oficiales de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los que expulsó o con la Orden de Malta: crueldades y maldades, y le importa un comino. "Yo soy el Papa -le dijo al cardenal Müller- y no tengo que dar explicaciones a nadie de lo que hago".
En segundo lugar, no habría que descuidarse del Grillo, que es un insecto molesto y capaz de contagiar vaya uno a saber qué pestes. Si es verdad lo que afirma Magister, y si su amistad con Bergoglio es la del tipo que ya conocemos nosotros, no sería imposible que al Papa le comenzara a interesar la liturgia... para destruirla. Las características de la publicación a la que hicimos referencia -y se trata solamente de la descripción que proporciona la contratapa del libro- denotan que el ortóptero pontificio profesa odio a la liturgia tradicional y que, si por él fuera, debería estar prohibida bajo pena de excomunión. Si los afectos franciscanos por Grillo se profundizan, no tendrá ningún empacho en cumplirle sus caprichos.

No sé si hay razones para alarmarse, pero sí las hay para estar preparados. 

sábado, 14 de enero de 2017

Clemente V y Francisco


Los que reclamábamos que el Papa Francisco fuese un pontífice de acuerdo a la tradición de la Iglesia, hemos recibido una respuesta contundente: Francisco ha decidido imitar a su antecesor Clemente V. Recordemos que fue este pontífice de comienzos del siglo XIV el que instituyó una comisión investigadora a resueltas de cuyo informe ordenó la disolución de la Orden de los Caballeros Templarios y condenó a su gran maestre Jacques de Molay que terminó en la hoguera. El motivo no fue otro que las presiones recibidas del rey de Francia que quería hacerse de los numerosos bienes que poseían los templarios. 
Bergoglio, epígono devaluado de los peores papas de la historia, quiere replicar a Clemente V. Ha decidido acabar con la Orden de Malta, la única orden de caballería que aún subsiste con todos sus fueros, y sus motivos no son, a mi entender, económicos, sino el mero resentimiento plebeyo que lo caracteriza: no puede soportar que aún exista un residuo medieval que se precie de la nobleza de muchos de sus miembros. La excusa es, como ya expusimos hace algunas semanas, la expulsión de quien fuera el Hospitalario de la Orden debido a que en una de las misiones sanitarias que comandó, había distribuido preservativos y abortivos. Todos sabemos que el Papa Francisco posee una enorme misericordia hacia los que niegan las verdades de la fe o hacia los que llevan con pertinacia una vida desordenada, pero es implacable a la hora de perseguir a quienes se mantienen fieles a la doctrina de la Iglesia. 
Al modo de Clemente V, instituyó una “comisión investigadora” a fin de que lo informaran lo que había ocurrido con el infortunado distribuidor de condones. Sabemos lo que ocurrió luego: el Gran Magisterio declaró que la Secretaría de Estado se había confundido ya que la Santa Sede no tiene ninguna jurisdicción para involucrarse en los asuntos internos de la Orden. 
El 10 de enero, en una nueva declaración, el Gran Maestre estableció que la Orden no colaboraría de ninguna manera con la Comisión porque se trataba nada menos que de defender su soberanía. Y la respuesta del Vaticano no se hizo esperar. Fue publicada el día 11, en un medio progresista de Estados Unidos, y, en resumen, lo que allí se afirma es:
  1. La Comisión fue designada directamente por el Papa Francisco. Es decir, le responden al Gran Magisterio que no se la tienen que ver con el difuso cardenal Parolín, Secretario de Estado, sino con el mismo Pontífice. Es el mismo recurso que utilizan los padres cuando le dicen a sus hijos: “Juancito, obedéceme porque si no, vendrá el Viejo de la Bolsa y te llevará”. O bien, “Señores caballeros, pórtense bien porque si no, harán enojar al Papa”.
  2. Y, para justificar su intervención, aducen el siguiente argumento: “El Papa tiene derecho a investigar porque tiene jurisdicción inmediata sobre todos los bautizados, sean religiosos o laicos”.
Yo no soy canonista -y los que lo son podrán corregirme-, pero me parece un soberano disparate. Más aún, un disparate de dimensiones cósmicas. La Orden de Malta es un sujeto de derecho público internacional, es decir, es propiamente un estado soberano. No es primariamente una orden religiosa, como los franciscanos y los dominicos. El Anuario Pontifico, que vaya si tiene autoridad en el tema, menciona en una sola ocasión a la Orden de Malta, y lo hace dentro del listado de los Estados con los cuales la Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas. Es decir, no la ubica dentro de las órdenes religiosas. Por tanto, el derecho que aduce Bergoglio sería análogo al siguiente caso. Supongamos que el presidente Macri expulsa al ministro de Salud Lemus. Como ambos son bautizados, y el Papa tiene jurisdicción inmediata sobre todos los bautizados, establece un comisión para averiguar por qué fue desplazado de su cargo el ministro Lemus. Si esto ocurriera, las carcajadas se oirían no solamente en la Cancillería argentina sino hasta en un bar perdido de Villa Mercedes. 
Francamente, parece un acto de insanía de Bergoglio. Es decir, parece que está completamente loco y nadie se anima a frenarlo. Ni a Gregorio VII o a Bonifacio VIII se les ocurrió tamaño disparate. Ni el mismísimo Luis XIV se habría animado a tanto. Este hombre se quiere llevar todo por delante, con la prepotencia propia de un jesuita resentido.

Veremos qué ocurre. Conozco personalmente al Gran Maestre, fra’ Mathew Festing y a algún otro miembro del Gran Magisterio, y conozco también a varios Caballeros de Justicia y de Honor y Devoción, y puedo dar testimonio de su integridad y fidelidad a la Iglesia y a sus enseñanzas. En Argentina, como en otros países americanos, tenemos una imagen distorsionada de la Orden de Malta, convertida en muchas ocasiones en una especie de club exclusivo de gente snob que organiza conciertos a los que asisten Mirtha Legrand y Cecilia Zuberbhuler. No es así en los países europeos, donde aún se exige la condición de nobleza de sangre para ingresar, o bien, sus miembros son católicos devotos y ejemplares. 
Justamente ha sido la política del fra’ Mathew Festing fortalecer el aspecto religioso de la Orden, alejándola de ese modo de la apariencia de una ONG humanitaria, que es en lo cual la quiere convertir del papa Francisco. Para eso, se ha preocupado en aumentar el número de los Caballeros de Justicia, es decir, de aquellos que pronuncian los tres votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia y que, aunque no están obligados a hacer vida comunitaria, continúan trabajando en su lugares habituales, dando testimonio de Cristo y sirviendo al prójimo. 
Tuitio fidei et obsequium pauperum (“Defensa de la fe y servicio a los pobres”): ese es el lema de la Orden de Malta. Como sabemos, la defensa de la fe no es una de las prioridades del Papa Francisco. Deberíamos decir más bien, que su objetivo es la destructio fidei. No es extraño, entonces, que quiera disolver y acabar con la Orden. 
Yo espero que, si dentro de algunas semanas, nos enteramos que el pobre fra’ Mathew ha sido quemado en el Aventino, cual otro Jacques de Molay, lance también como éste una maldición. Se dice que el último gran maestre de los Templarios exclamó antes de ser arrojado a la hoguera: 

Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir. Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!... A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año..

El papa Clemente V murió un mes después y el rey Felipe IV ocho meses más tarde. Si así fuera, en menos de dos meses tendríamos un nuevo cónclave....

viernes, 13 de enero de 2017

miércoles, 11 de enero de 2017

Democratismo ilustrado

H
El triunfo de Donald Trump, sus escarceos amorosos con Vladimir Putin y la posibilidad real que Marine Le Pen gane las elecciones en Francia, han hecho surgir en el mundo civilizado una suerte de democratismo ilustrado que da mucha risa. Todos somos democráticos y respetuosos de la voluntad popular siempre y cuando el pueblo vote como debe votar. ¿Y cómo debe votar? Tal y como la clase ilustrada piensa. ¿Y quiénes integran la clase ilustrada? Los progresistas.
Este es el razonamiento que siguen impúdicamente, y con más impudicia afirman con gestos adustos y empacados las consecuencias más absurdas de tales postulados: 
  1. “El pueblo que no vota como debe votar, es un pueblo bruto, de pescadores y labradores iletrados, que se dejan engañar por los demagogos”. Estas son las palabras con que los demócratas ilustrados calificaron a los británicos que votaron a favor del Brexit, a los americanos que votaron por Trump, a los húngaros que sostienen a Viktor Orbán, a los polacos que hacen lo propio con Beata Szydło, y a los franceses que votarán a Le Pen. 
  2. Los únicos que tienen derecho a expresarse en los medios de comunicación y las únicas opiniones que deben ser tenidas en cuenta son la de los demócratas ilustrados. Los otros, quienes no pertenecen a esta exclusiva clase dirigente, solamente podrán hablar cuando sus palabras permitan la réplica y la burla de los progresistas. 
  3. A fin de poder distinguir claramente quiénes pertenecen a la clase ilustrada y quiénes son los enemigos de la ilustración, han creado un rótulo para identificarlos: populistas de derecha. Así, quedan perfectamente descalificados a los ojos de los bienpensantes, y asimilados a todos los malvados de la historia: Chávez y Kirchner, entre los modernos, o Hitler y Mussolini, entre los más viejos. 
Francamente, me hace mucha gracia, porque muestra que están nerviosos. 
Lamento no creer demasiado en Trump, en Putin o en Le Pen, pero debo reconocer que prefiero que sean ellos quienes gobiernen el mundo, en vez del demonio de Hillary Clinton o de François Hollande, del mismo modo que prefiero mil veces que Argentina sea gobernada por Macri y no por la caterva de ladrones del peronismo.
Pero hay algo curioso. El progresismo, o democratismo ilustrado, se ha quedado sin líderes globales o, mejor dicho, ha adoptado como líder al que nunca nadie hubiese pensado: al mismísimo Papa Francisco. Es decir, el líder de la retrógrada y siempre odiada Iglesia católica, es el líder de los que siempre odiaron y denostaron a la Iglesia. Y esto no es imaginación mía. Bergoglio fue proclamado urbi et orbi como líder del progresismo global nada menos que por el influyente diario americano Wall Street Journal, el de mayor circulación en Estados Unidos. 
¿Es que cambió la Iglesia para que los inveterados enemigos de Cristo eligiera como capitán de sus huestes al Romano Pontífice? La Iglesia, ciertamente, no cambió. Quién cambió es el Papa. (¡Ni Benson imaginó algo parecido cuando pensó en Felsenburgh!)
Y hagamos un ejercicio contrafáctico: ¿qué ocurriría sin , en vez de tener como Sumo Pontífice a un traidor, tuviéramos un Papa según el corazón de Cristo? Ciertamente, el bien que podría hacer a la humanidad junto a líderes mundiales más propensos a los valores tradicionales, sería enorme. 
Conclusión: Bergoglio es una calamidad y una catástrofe no solamente para la Iglesia, sino para el mundo entero.

Para divertirnos un poco, les dejo dos breves textos de ilustres demócratas ilustrados aparecidos en los últimos días.
David Brooks, columnista del New York Times, el viernes 6 de enero:

“La cosa que más nos preocupa es un cambio en la política exterior americana. Nosotros hemos tenido una misma política exterior compartida por ambos partidos, basada en las instituciones nacidas luego de la Segunda Guerra Mundial, y que cree en un mundo democrático y global, al que Rusia y la Unión Soviética frecuentemente vieron con hostilidad. Y la mayoría de los demócratas y republicanos siempre creyeron básicamente en este orden mundial. Donald Trump y Vladimir Putin, y quizás Marine Le Pen, no están de acuerdo con este estructura básica del mundo. Pareciera que no tiene respeto por las instituciones que fueron creadas luego de la Segunda Guerra Mundial, y prevén una alianza con los otros populistas del mundo, que lucharán contra el Islam y restaurarán algunos de los valores tradicionales”. 

Julio Algarañaz, columnista de Clarín, el domingo 8 de enero: 
“Los descalabros sociales de la globalización produjeron hechos políticos cruciales como la Brexit. la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, y el mismo triunfo de Trump en las presidenciales norteamericanas. 
El proceso venía incubándose desde que la crisis de 2008 castigó en especial a los 28 países de la Unión Europea, dominada en el área de los 18 Estados que utilizan la moneda única, el euro, por la dictadura del gigante alemán. La austeridad que produjo medidas rígidas y la oleada de inmigrantes que en 2016 hicieron entrar 503 mil desesperados en el espacio europeo de 540 millones de habitantes, favoreció netamente a los movimientos derechistas en varios países de la UE, que se están convirtiendo en una pesadilla
En dos países, Polonia y Hungria, triunfó la contrarrevolución nacional, que se sintetiza en blindar la soberanía absoluta y en reducir los espacios democráticos. Un economista turco, Dani Rodrik, enseña que la democracia, la soberanía nacional y los capitales globales, no pueden coexistir. “Uno de estos tres componentes debe caer”. 
La Unión Europea enfrenta la peor contestación a sus principios en la campaña que lanzó el polaco Jaroswlaw Kaczynski, líder del partido de Derecho y Justicia, junto con el primer ministro húngaro Viktor Orbán. El momento es pésimo. Además del enorme embrollo que representa la gestión de la traumática salida de Gran Bretaña, la UE enfrenta este año dos pruebas electorales muy difíciles, con la probable victoria de la ultraderecha en Holanda y las buenas posibilidades de Marine Le Pen y su Frente Nacional en Francia. 
En Polonia, Kaczynski, que ha impuesto medidas restrictivas de la libertad, asegura que “hay que reforzar el patriotismo y la identidad nacional”. Reclama que haya una presencia de “más capital polaco en la economía” y naturalmente propone medidas estrictas de clausura a la entrada de inmigrantes refugiados. 
La unificación europea, propuesta como lejana ilusión, es rechazada de plano. Kaczynski le contrapone el “concepto del Estado Nacional” y agrega: “Una unificación cultural de Europa significa degradación y sería peligrosa”. Música celestial para los oídos de Donald Trump”.

¡Pobre Brooks, parece que vuelven los valores tradiciones! ¡Pobre Algarañaz, tiene pesadillas porque está triunfando la contrarevolución!

Se va a poner divertido.