lunes, 14 de octubre de 2019

La bella y la bestia

Varios lectores del blog quedaron disconformes con la equiparación que hice en la entrada anterior entre Juan Pablo II y Francisco. Alguno, incluso, introdujo la metafísica aristotélica para mostrar mi error, lo que llevó a un tercero a sostener que yo había afirmado que la causa eficiente de Francisco era Juan Pablo II. Disparates.

Lo que yo dije y sostengo es que el Concilio Vaticano II fue una tragedia para toda la Iglesia y lo papas posteriores están todos impregnados de ese espíritu conciliar que ha terminado desfigurando a la Esposa de Cristo. Hago una salvedad: considero que el Papa Benedicto XVI intentó efectivizar en varios aspectos de su pontificado la continuidad de la Iglesia, dando al Vaticano II el lugar que le corresponde y quitándole la etiqueta de “acontecimiento profético de refundación de la Iglesia” que poseía.
En ese último artículo, dedicado al sínodo de la Amazonia que amenaza con un clamoroso naufragio según los medios de prensa, y comentando el escándalo de los rituales paganos de los que había participado el Papa Francisco, dijo que “si sacamos la vulgaridad y la ramplonería, Bergoglio no es peor que Juan Pablo II”. Y para probar esa afirmación, incluía algunas fotografías en las que se ve al Papa polaco no solamente participando sino siendo el protagonista de rituales paganos: es sujeto de la “bendición” de un chamán, y una “sacerdotisa” realiza sobre él un ritual de limpieza. Y los contextos en los que se dio no cambian los hechos; hay que reconocer la evidencia que muestran los registros gráficos y periodísticos.
Absolute, además, sostengo que Juan Pablo II fue peor que el Papa Francisco al menos en un aspecto, el más importante de todos, y me refiero por supuesto a la liturgia. Wojtyla aceleró la reforma litúrgica iniciada por Pablo VI. Podría haberla frenado o anulado, o al menos podría haber impuesto una celebración de la nueva misa apegándose de un modo estricto al nuevo misal, es decir, en latín y ad orientem, pero no solamente no lo hizo sino se distinguió por incorporar a sus celebraciones pontificias un sinfín de creatividades que no dejaron de ser imitadas en todo el mundo.
Y habló de lo que sé y de lo que vi. Y no solamente por televisión. En los años ’90 viví en Roma y participé en repetidas ocasiones en las liturgias papales tanto en la basílica como en la plaza de San Pedro. Y he participado también de liturgias celebradas por el Papa Francisco. 
Cualquiera que lea las entradas de este blog puede saber cuál es mi opinión sobre Bergoglio, y mantengo lo que he dicho. Pero eso no significa que deba negar la evidencia, y considerarlo la Bestia, mientras que sin criba alguna y por un mero sentimiento de nostalgia de los tiempos pasados, deba considerar a Juan Pablo II como la Bella. Y señalo las diferencias:
1. Las misas pontificales celebradas en San Pedro -basílica o plaza- por el Papa Francisco, son integralmente en latín, excepción hecha de las lecturas y la oración de los fieles. 
En el caso de Juan Pablo II, la única misa en latín que celebraba durante el año era la misa crismal. El resto de las misas, eran en italiano, con incrustaciones en cualquier otra lengua que viniera al caso.
2. En las misas pontificales celebradas por el Papa Francisco se conserva una tradición propia del rito de la misa papal que desapareció con la reforma litúrgica: la presencia de un diácono latino y un diácono griego, y el canto del evangelio en ambas lenguas.
En el caso de Juan Pablo II, en la única misa donde se mantenía esta tradición era en la misa in coena Domini en San Juan de Letrán.
3. En las misas celebradas por el Papa Francisco, tanto en la basílica como en la plaza, no se da la comunión en la mano. Yo he visto cómo los ministros, aún cuando los fieles ofrezcan con insistencias sus manitas “en forma de cuna”, le depositan la sagrada forma en la lengua. Insisto, en ningún caso se da la comunión en la mano.
En el caso de las misas celebradas por Juan Pablo II, una práctica común de la que yo he sido testigo, era que los ministros daban en la mano la comunión a los fieles que estaban junto a la valla, y éstos la iban pasando hacia los que estaban detrás. Era el pasamano de la comunión. Y me comentaban sacerdotes amigos que solían asistir a las ceremonias papales para ayudar a distribuir la eucaristía, que los maestros de ceremonias pontificias les advertían que estaba prohibido negar la comunión en la mano.

4. Los ornamentos litúrgicos que utiliza en Papa Francisco en las celebraciones vaticanas son sencillos y sobrios, sobre todo si los comparamos con el esplendor de los ornamentos que utilizaba el Papa Benedicto pero, en su estilo, mantiene una discreta belleza.
¿Alguien recuerda los ornamentos que utilizaba Juan Pablo II? Yo sí. Y pongo por caso la capa pluvial que utilizó para la apertura de la Puerta Santa en el Jubileo del 2000. Yo estaba allí presente y no podía creer el colorinche esperpento que en el que había envuelto.
Objeción neocon: Es verdad todo lo que dice, pero la culpa no era de Juan Pablo II sino de Mons. Piero Marini, su maestro de ceremonias. El Papa no podía hacer nada.
Respuesta: Quien nombró a Marini -que fue el secretario de Annibale Bugnini- en el oficio de maestro de ceremonias fue el mismo Juan Pablo II en 1987. Si no hubiese estado de acuerdo en las reformas que impuso en la liturgia papal lo podría haber sacado, del mismo modo en que no tuvo ningún prurito de echar de su oficio al maestro del coro pontificio, Mons. Domenico Bartolucci, porque sus cantos eran demasiado tradicionales (Benedicto XVI lo reivindicó más tarde creándolo cardenal). El hecho es que no sólo no echó a Marini de su oficio, sino que lo hizo arzobispo.
Objeción antiFrancisco: Bergoglio mantiene esas prácticas más tradicionales porque se las impone su maestro de ceremonias Mons. Guido Marini, al que heredó de Benedicto XVI. 
Respuesta: Seguramente es así, pero si no estuviera de acuerdo con ellas, hace rato que podría haber mandado a Guido Marini de regreso a Génova, como no ha tenido ningún empacho de poner de patitas en la calle a varios miembros de la Curia con los que no simpatizaba. 

Y si hablamos de la liturgia en general, ofrezco algunos hechos complementarios:
1. Juan Pablo II, al mismo tiempo que se abrazaba con los líderes de todas las religiones del mundo en Asís y permitía que en las diversas iglesias de esa ciudad se celebraran ritos paganos, excomulgaba a Mons. Lefebvre porque quería seguir celebrando los mismos ritos católicos que se habían celebrado durante más de mil quinientos años en la Iglesia.

El Papa Francisco se ha cansado de dar muestras de amistad y incoraggiamento a los miembros de la FSSPX. Es conocido el hecho de haber concedido licencias a todos los sacerdotes de la Fraternidad para confesar y celebrar matrimonios, y hay muchos otros hechos que no son de dominio público pero que doy fe que son sorprendentes. (En la foto de la izquierda, Buda entronizado en el altar de una iglesia de Asís durante el encuentro promovido por Juan Pablo II).
2. Durante el pontificado de Juan Pablo II estaba terminantemente prohibido celebrar la misa tradicional en la basílica de San Pedro. Los sacerdotes que celebraban misas privadas en los altares laterales eran estrechamente vigilados por los sacristanes quienes tenían órdenes expresas del cardenal Virgilio Noé, acipreste de la basílica, de quitarles las vinajeras si descubrían que alguno de ellos, disimuladamente, celebraba el rito antiguo. Y esto lo conozco por testimonio de los protagonistas.
Durante el pontificado del Papa Francisco, no solamente cualquier sacerdote puede celebrar libremente la misa tradicional en la basílica, sino que al menos una vez al año se celebra en el altar de la Cátedra una misa pontifical en rito romano tradicional. Esto hubiese sido impensable en épocas de Juan Pablo II.


No estoy cambiando el discurso ni estoy diciendo que estamos en el mejor de los mundos. Estoy constatando la realidad. La oposición al Papa Francisco no puede terminar convirtiéndose en una cuestión puramente pasional, desprovista de racionalidad. 



miércoles, 9 de octubre de 2019

Solos


En su novela Abejas de cristal, Ernst Junger dedica un capítulo a explicar la experiencia de la soledad. Comenta que una de las experiencias de soledad más profundas que vivió fue en Asturias cuando, durante la Guerra Civil Española, vio allí las tumbas de los conventos profanadas y cadáveres de frailes colgados de ganchos en las carnicerías. Y escribe: “Ese día me acometió una gran tristeza; tuve la certeza de que todo cuanto habíamos respetado, cuanto habíamos reverenciado, se había acabado. Palabras tales como ‘honor’ o ‘dignidad’ se habían vuelto ridículas. Allí volvía sobre mí, de noche, la palabra ‘solo’. La infamia de los corazones, como si la extinción amenazara a nuestro planeta”. 
Somos muchos los que a lo largo de estos años de pontificado francisquista hemos tenido una experiencia similar: la de sentirnos solos porque todo lo que habíamos reverenciado se ha acabado; una sensación de orfandad y de desánimo que, para expresarla, hay que recurrir a la pluma de los poetas. Y estos días amazónicos están cargados de esas tristes nubes.
El sentido del ridículo y la vergüenza ajena no fueron suficientes cuando ayer veíamos y escuchábamos a los cardenales y obispos participantes del sínodo —Padres sinodales, les llaman—, aplaudir y festejar como adolescentes cuando el cardenal Baldisseri les avisaba que, a partir de hoy, podían ir al aula sinodal sin sotana. 

El lunes, mientras vociferaran en el aire que “los hombres y las mujeres de la tierra te alaban Señor” con ritmos tribales, el Papa Francisco caminaba de la basílica de San Pedro al aula sinodal rodeado de personajes arrabaleros, portadores de carteles y fotos con los “mártires amazónicos”.

Más tarde, ingresaba en el aula sinodal una canoa portada por obispos, monjas y aborígenes emplumados, conteniendo en su interior un montón de cachivaches, entre ellos la talla en madera de una mujer embarazada y desnuda. Nadie sabe si se trata de una imagen blasfema de Nuestra Señora o de alguna deidad amazónica. Cualquier sea el caso, el hecho de no deja de ser gravísimo.

Y se trata de un hecho, por otro lado, en un todo armónico con la danza de la lluvia o de la fertilidad que un grupo de indios bailó el viernes en los jardines vaticanos, en presencia del Santo Padre y de orondos cardenales, en torno a un olivo recién plantado, en la que ni siquiera se privaron de adorar postrados a la indecencia más pagana de la representación de la fertilidad: el falo, como puede verse en la figura de la derecha de la fotografía y este video. Sobre este acto de culto pagano y su gravedad, se han explayado los últimos días conocidos personajes, como el P. Nicola Bux. 
Finalmente, en su discurso de apertura al sínodo, nos advertía Francisco que debemos acercarnos a la “cultura amazónica” en “puntas de pie”, para demostrar nuestro respeto, admiración y actitud de escucha.
Se trata de una serie de hechos concentrados en pocos días que además de enfurecernos, provocan sensaciones similares a la descritas por Junger. Se trata de la “infamia de los corazones” y, agregaría yo, de la “infamia de la inteligencia” puesto que la evidencia del ridículo se impone a la vista de todos. Por caso, hay que ser muy caradura para hablar de la densidad e importancia de la “cultura” amazónica sentado bajo la cúpula de la basílica de San Pedro. Mientras la cultura cristiana occidental puede ufanarse de semejante portento artístico y arquitectónico, la máxima hazaña cultural de los pueblos del Amazonas es su habilidad para reducir cabezas rebanadas a los guerreros de las tribus enemigas. No hay que ponerse de puntillas; hay que restregarse los ojos.
Sin embargo, frente a estos acontecimientos que estamos viviendo, es justa y necesaria una reflexión. Nadie duda que el papa Francisco es una calamidad y un personaje rastrero que está provocando un daño enorme a la Iglesia, pero debemos reconocer que ese daño se viene infligiendo desde hace décadas, concretamente desde el Concilio Vaticano II. Como he dicho muchas veces en este blog, Bergoglio no es más que la floración más hedionda de la primavera conciliar, pero me pregunto si es justo sindicarlo como el peor de todos. Es sin duda el más vulgar y el más ramplón, y es por eso que causa en nosotros tanta repulsión, pero si sacamos la vulgaridad y la ramplonería, Bergoglio no es peor que Juan Pablo II. El hecho que durante el pontificado polaco las redes sociales todavía no existieran y que la información fuera sobre todo gráfica, puede contribuir al olvido. Debajo incluyo tres fotografías muy elocuentes:

El Papa Juan Pablo II es “bendecido” por el chamán de una tribu americana (1985).


Una “sacerdotisa” indígena, realiza sobre el Papa un ritual de purificación (2002). Info


Un grupo de aztecas realizan una danza religiosa pagana en torno al altar durante la celebración pontificia de la Santa Misa (2002).



Seamos justos y reconozcamos que algo está oliendo mal en la Iglesia desde hace décadas. En los últimos años, en todo caso, la sentina se ha ensanchado. Por eso, y una vez más, mientras no se ataque el origen, las aguas sépticas seguirán supurando. 


lunes, 7 de octubre de 2019

Ridículos


Si es verdad que estamos atravesando los últimos años de la civilización humana y se acerca el día del Juicio, debemos admitir que la cosa es bastante distinta a como la habíamos imaginado, o a como la imaginaron los grandes exégetas. No digo que éstos se hayan equivocado; todo lo contrario, el libreto que describieron se está cumpliendo al pie de la letra, pero la opera tiene un inesperado regisseur que la está transformando no ya en opera bufa, sino en un vodevil de barrio.


Los últimos protagonistas que se han incorporado al espectáculo no hacen más que poner en evidencia el estado no solamente de decadencia sino también de ridículo en el que ha caído la humanidad entera. Ahora resulta que una de las líderes más escuchada por los jóvenes y temida por los políticos es una adolescente sueca que padece serios problemas psiquiátricos, y que se dirige a los líderes mundiales en medio del foro de las Naciones Unidas increpándoles el haberle robado su niñez y su sueños. Habría que enfrentarla con alguna adolescente cristiana iraquí para que le cuente lo que verdaderamente significan niñez y sueños truncados. Y el mundo entero se maravilla ante ella y es una de las candidatas más firmes al premio Nobel de la Paz. Ridículo.
Ridículo fue también el espectáculo de ayer en la misa de la basílica de San Pedro, con ocasión de la apertura del sínodo sobre la Amazonia. Esparcidos aquí y allá, habían algunos indígenas fácilmente reconocibles por su plumaje y sus rostros pintarrajeados, lo cual no sería de extrañar. Lo que sí sorprendió es que cuando varios de esos indígenas se acercaron al altar para la procesión de las ofrendas, además de su plumero, lucía ajustados pantalones de jean. O se visten de indios, o se viste de occidentales, pero sería conveniente que conservaran cierta coherencia.
Ridículas fueron también las entrevistas que les hicieron a varios de estos indígenas —pidieron que no los llamen “indios” porque ese un término de los colonizadores—, en los que se explayaron, hablando en portugués, apenado a todos los lugares comunes de la teología de la liberación que los hispanomericanos muy bien conocemos. Discursos armados y aborígenes ideologizados, llegados a Europa para servir a los intereses del progresismo mundial.
Ridículo el cardenal Baldisseri, secretario del sínodo, que advertía hoy a los asistentes —padres y madres sinodales—, que los vasos que utilizarán serán de plástico biodegradable como así también el material de las biromes que se entregarán, mientras que el papel que se utilizará será reciclado. 

Las nubes grises y pesadas de la mañana de hoy presagiaban lluvia en Roma. Antes de las nueve, una larguísima cola de turistas serpenteaba en la plaza de San Pedro esperando para ingresar a la basílica. Mientras tanto, los altoparlantes colocados en cada rincón de la columnata, atronaban con una música tribal —o lo que los occidentales consideramos música tribal, pues es la se escuchaba en la serie Tarzán—, y en la que que voces masculinas repetían una y otra vez, y en español: “Los hombres de la selva te alabamos Señor”, y voces femeninas respondían: “Las mujeres de la selva te alabamos Señor”. 
Ni siquiera Bernini pudo escapar a quedar empantanado en semejante ridículo. 



martes, 1 de octubre de 2019

Féminas


Mons. Tucho Fernández es noticia hoy nuevamente en el diario La Nación, donde escribe una columna que viene ilustrada con un retrato suyo en el que aparece con sus característicos rasgos de rata cruel.

No creo que valga la pena destinar demasiado espacio en el blog y en la cabeza a los discursos de este personaje de alcantarilla que son por demás previsibles. Nadie podía suponer que el regalón del papa Francisco tuviera alguna actitud crítica con respecto al Encuentro Nacional de Mujeres que este año se celebra en su arquidiócesis. Si existía alguna reprimenda o advertencia sería contra los católicos, y así fue.
No es mi función discutir el meollo del comunicado de Tucho, es decir, el pedido o conminación a los católicos de acercarse a defender los templos —como se hace habitualmente—, de las desatadas hordas feministas. Está en su derecho, como obispo, a hacerlo y, por otro lado, creo que tiene parte de razón.
En primer término, me parece que ya perdió todo sentido que numerosos grupos de sufridas mujeres católicas, con un heroísmo admirable, se expongan durante dos o tres días a las agresiones verbales y físicas de las feministas radicales en los talleres, reuniones y demás dependencias del aquelarre. En su momento, las católicas representaron una frontera que podía contener, aunque más no fuera momentáneamente, las aguas servidas que ya se han desparramado por todo el país. ¿Qué beneficio obtendrían ahora con su participación? Con suerte modificarían una coma o un punto y coma de la declaración final que, a decir verdad, no tiene la menor relevancia. Nadie está obligado, ni me parece prudente exponerse al vituperio y a las burlas gratuitamente. El martirio no debe ser buscado sino que es ofrecido por Dios. El que lo busca corre el riesgo de sobreestimar su resistencia y sus virtudes.
El otro punto es el de los varones católicos que durante las marchas que realizan las mujeres por la ciudad, se dedican a defender los templos a fin de que no sean arruinados con inscripciones soeces o dañados de algún otro modo. No me parece que sea una actitud reprobable; todo lo contrario, pero es una actitud subsidiaria. La defensa del orden y de los edificios corresponde a la policía. Es una de sus funciones propias y no debería ser reemplazada por “milicias urbanas” sino en caso que se tuviera la certeza que las fuerzas de seguridad no cumplirían con su deber. Y en esto creo que el arzobispo de La Plata tiene razón.

La maldad de la columna de Tucho en La Nación va por otro lado. En primer lugar, su fingida ingenuidad en considerar que el Encuentro Nacional de Mujeres se realiza para discutir con sinceridad las problemáticas de la mujer. Y si no lo suyo no es ingenuidad, es torpeza. Resulta clara por la evidencia de dos décadas de acontecimientos similares, que esa reunión no es más que la excusa para amontonar a las feministas más rabiosas e ideologizadas, financiadas por dineros muy oscuros y comandadas por fuerzas más oscuras aún. Es cuestión de ver los videos y declaraciones de años anteriores. Tucho, que no es ningún estúpido, quiere anotarse un punto más en su listado de correcciones políticas que le sirva para mostrar la moderación y disposición al diálogo apropiados para avanzar en su carrera episcopal.
Pero esta actitud, que no sería muy diferente de la que tuvieron muchos obispos a lo largo de toda la historia de la Iglesia, pero se torna vil, despreciable y digna de un buen sopapo, cuando recurre al canibalismo institucional. En efecto, Tucho carga contra la Iglesia para justificar que las mujeres del Encuentro se pongan por momentos, violentas o agresivas. ¿Cuánta culpa no le corresponde a la Iglesia Católica por siglos de machismo y abuso de poder?, dice en su escrito. Y aprovecha para embarrar la cancha recurriendo a remanidos y discutibles ejemplos históricos que no conforman más que a los ignorantes y a los bobos.
El último párrafo de la columna resume el programa episcopal de Tucho: alcanzar una sociedad más inclusiva en el que se respete la igualdad de todos los hombres y su inmenso valor más allá de las ideas, de sus ideas u orientación sexual. Estas líneas arquiepiscopales habrían merecido en otras época que su autor fuera depuesto, y encarcelado. En las actuales circunstancias, es probable que en algún momento le merezcan la púrpura cardenalicia. 
Los buenos católicos, dispuestos a defender los templos materiales de las hordas mujeriles, quizás deban pensar que nos están vendiendo gato por liebre. El enemigo más peligroso no está en las manifestaciones verdes; está dentro de la iglesia, encerrado en sus palacios episcopales. Las feministas podrán tirar un par de tarros de pintura sobre las paredes de una catedral; un obispo como Tucho destruye la fe de multitudes.
Finalmente, a cualquier lector más o menos atento, le resulta claro que el escrito de Fernández tiene un objetivo claro: desprenderse de cualquier responsabilidad frente a la opinión pública que se le pueda adjudicar debido a la “violencia de los católicos” durante el Encuentro de Mujeres. El deja muy en claro que no sólo no está de acuerdo sino que prohíbe a los católicos establecer una “resistencia cristiana” que, indudablemente, es contraria al diálogo, a la democracia, a la diversidad sexual y todas las otras correcciones políticas que ya conocemos. Él, como Pilatos, se lava las manos desde los balcones del nuevo pretorio -el diario La Nación-, a fin de que vean que no es el responsable por los atentados fascistas.
Alimañas siempre hubo en la Iglesia; pero dejan un rastro más profundo en la historia de la ignominia.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Diálogos londinenses que nunca existieron


En el Strand, un buen trecho después de pasar el local de Twinings, que hasta hace algunos años exponía sus tés y sus aromas entre paneles de roble y marcos de bronce, y ahora lo hace entre vidrios y aceros, está The Wellington, un pub que aún no ha sido transformado del todo y sigue conservando las maderas en sus pisos y paredes, los cueros en sus sillas y tres delgadas mujeres en los enormes vitrales art deco de sus ventanas. Allí me había citado Mons. X. para el almuerzo, que no debía extenderse mucho puesto que él debía volver a los asuntos que lo habían traído a Londres, y yo a mis manuscritos en la British Library. 
Pidió una hamburguesa,  yo fish and chips.
— Debería pedir una ensalada -dijo Mons. X.- Es hora que cuide mi salud…
Me llamó la atención su rostro adusto. Noté los años que habían pasado desde nuestro último encuentro en algunas nuevas arrugas, pero su expresión no tenía que ver con el envejecimiento sino con la preocupación.
— Me dijeron que en la Curia no la están pasando bien -dije.
— Así es, cada vez estamos peor, y en las últimas semanas el aire se ha vuelto espeso, casi impenetrable -me respondió.
— ¿El sínodo de la Amazonia?
— El problema más grave es el otro sínodo, el de los alemanes.
— Nuevamente el Papa Francisco… -dije mientras apuraba un largo trago de ale.
— No. Esta vez el Papa no es parte del problema, al menos no lo es en sentido directo. Nuestra esperanza es que sea parte de la solución.
— ¿Y usted cree que Bergoglio puede solucionar algo?
— Creo que es la única esperanza que podría evitar la catástrofe, pero no lo sé… Los alemanes se hartaron de esperar. Lo votaron con el compromiso de que implementaría rápidamente las reformas que exigían: cambio en la moral sexual, en el celibato sacerdotal, en las funciones y ministerios de las mujeres y en la autoridad de Roma sobre el resto de las iglesias.
-- Incautos -dije sonriendo-. Confiar en un jesuíta porteño, a quien se le ocurre… Pero que no pataleen tanto. Les dio Amoris letitiae
Mons. X., dibujó una sonrisa. 
— Les dio lo que ya tenían, y lo tenían desde hace años. ¿Cuánto tiempo hacía que los obispos y sacerdotes habían dejado de negar la comunión a los divorciados? Décadas. Fue un amague. Nada más que eso, y los alemanes no son tontos. Se cansaron de esperar.
— Pero hubo una carta del Papa, y luego otra más dura y clara del cardenal Ladaria diciéndoles que no podían hacer los cambios que pretenden hacer.
— Sí, así es. Ambos le dijeron al cardenal Marx que la iglesia de Alemania no puede hacer un sínodo local, en el que también tendrán voz y voto los laicos, para discutir cuestiones de fe y  moral, y cambiar la doctrina de la Iglesia, que es lo que se proponen. Pero ellos acaban de responder que no se trata de un sínodo sino de un “camino sinodal vinculante. Roma no debería preocuparse y dejarlos tranquilos. “Recen con nosotros”, termina diciendo el muy ladino de Marx, que firma el documento junto al jefe de los laicos alemanes.
— ¿Usted cree que se atreverán a tanto? ¿Cambiar la doctrina sobre la moral sexual o sobre el diaconado femenino, por ejemplo? Marx no es el papa…
— Marx no está dispuesto a esperar al próximo cónclave para serlo. Ya se puso la tiara. 
— Uno de los pretendientes al trono se rebeló contra el rey… una historia muy medieval.
— Sí, es muy medieval. En el fondo, es una pelea por el poder. Tenga en cuenta que en Alemania la Iglesia tiene una historia y una estructura que en países latinoamericanos y nuevos como el suyo, es absolutamente incomprensible. Y, sin embargo, a pesar de tener todo eso, no les sirve de nada. Los partidos políticos detestan a la Iglesia y no le dejan colar la menor influencia debido a su misoginia, a su intolerancia por la diversidad sexual, a sus prácticas anti-democráticas y las demás cosas que usted podrá suponer. Los medios de comunicación, por su parte, se pelean por zurrarla y están levantando todas las alfombras, y todos los hábitos, para encontrar mugre acumulada. La mayor parte de los obispos alemanes, entonces, se encuentran con que, a pesar de su dinero y su historia, cada día están más relegados, con menos relevancia social y terminarán en la extinción. 
— ¿Pero creen que esos cambios doctrinales pueden traerles efectivamente el peso político que pretenden?
— Los cambios doctrinales sobre los puntos que tratarán en el sínodo les permitirán unirse con los luteranos…
Yo, que en ese momento trataba de ensartar un trozo de pescado que se deshacía entre los dientes de mi tenedor, dejé los cubiertos a un lado, sorprendido.
— ¿Con los luteranos? -dije incrédulo. Pero eso sería una nueva Reforma.
— Ya ve que la cosa es muy grave y ahora entiende nuestras caras de preocupación. 
— ¿Pero qué ganarían uniéndose con los luteranos? Sí, efectivamente, sería una iglesia mucho más poderosa y gravitante en lo político, pero ¿cuánto tiempo duraría eso? Fíjese cómo están las iglesias protestantes por haber cedido a las presiones del mundo.
— La cuestión es que los luteranos están en estado de coma y a la iglesia católica ya la pasaron a terapia intensiva. Si se unen, ambas se fortalecerían, y podrían seguir viviendo un par de décadas más, un cuarto de siglo a lo sumo. Y Marx y los suyos lo saben, pero no les importa. Su proyecto es a corto plazo. Conseguir poder ahora para ellos y para sus sucesores inmediatos. Después, que se las arreglen los que vienen.
— Después de mi el diluvio…
— Sí, algo así. 
Me quedé pensando mientras capturaba algunas papas fritas que habían quedado sueltas en el plato.
— ¿Pero los católicos alemanes no reaccionarán cuando vean que sus obispos les están cambiando la fe?
— No, claro que no. Ya es tarde para eso. La iglesia alemana hace más de sesenta años que dejó de hablar de los dogmas de la fe, de la redención de Jesucristo y de la virginidad de María. Su discurso permanente y constante ha sido el del ecumenismo: la unión, la comunidad, la alegría de ser hermanos… usted ya sabe. Los fieles alemanes son autoinmunes a la cuestiones de fe. Si sus obispos les dicen que dejarán de lado algunos dogmas pero ganarán la unión con los hermanos luteranos, ellos aplaudirán felices.

— Si todo eso finalmente ocurriera, deberíamos despedirnos entonces de la porción de Alemania que permanecía católica.
— Es mucho más grave que perder una porción de territorio. Si los alemanes consuman la ruptura, es muy probable que los segan otros: belgas, holandeses y austríacos por ejemplo, y no me extrañaría que se diera una suerte de cisma selectivo en otros países como Estados Unidos o Suiza. Y además, habría un problema mucho más inmediato: el desfinanciamiento del Vaticano, que terminaría pareciéndose mucho a la Argentina, país líder en defaultear deudas -dijo sonriendo.

— ¿Son serios los problemas financieros vaticanos?
— Muy serios. Piense que el déficit en 2013, año en que asumió el papa Francisco, fue de 24 millones de dólares. El déficit de 2018 fue de 77 millones de dólares, lo cual es insostenible, porque el Vaticano genera muy pocas divisas. Para sobrevivir necesita imprescindiblemente de donaciones, es decir, necesita de la iglesia alemana, que es la que lo financia junto con Estados Unidos. Los americanos ponen ya poco dinero porque tienen que usar el que tienen para pagar los juicios por abuso sexual de sus sacerdotes y porque las donaciones de los laicos se han reducido drásticamente. Piense qué puede pasar si los alemanes dejan de hacer su aporte varias veces millonario; tendremos que vender la Pietà y los frescos de la Sixtina, y no por razones de pobreza, sino de superviviencia.
Pedimos café y nos quedamos en silencio, contemplando el último día de verano que se despedía con un sol radiante, cuyos rayos se transformaban en verdes, azules y amarillos al atravesar los vestidos de las espigadas mujeres art deco de los vitrales.
— ¿Y se avizora alguna solución? -le pregunté a Mons. X. con la esperanza de no volver tan desanimado a mi trabajo.
— Las esperanzas sobrenaturales se las dejo a Dios. Lo que veo de nuestra parte es que el papa Francisco poco puede hacer…
— No querrá -dije mostrando mi encono con el pontífice porteño.
— No crea. Bergoglio no es progresista como todos piensan; al menos, no es más progresista que Juan Pablo II o que Pablo VI. Lo diferencia es que no tiene los tapujos que tenían ellos.
— No estoy de acuerdo. Fíjese sus escaramuzas con musulmanes y judíos, sus discursos confusos, sus declaraciones escandalosas…
— ¿Y usted no se acuerda de la foto de Pablo VI luciendo un efod judío? ¿O de Juan Pablo II siendo incensado y bendecido por chamanes africanos? Es más de lo mismo. 
— Lo que a mi me parece es que a Bergoglio la doctrina y el dogma le tienen sin cuidado. Lo que le importa es el poder.
— Sí, y es justamente allí donde está nuestra esperanza. En la reunión de más de una hora y media que tuvo con el cardenal Marx, saltaron chispas. El alemán está desafiando el poder de Francisco, y eso enloquece a Su Santidad. Veremos quién gana.
— ¿Y aliados? ¿No tiene aliados Francisco en la iglesia alemana?
— Los perdió a todos. Desairó a los más conservadores y a los ratzingereanos, y difícilmente estén dispuestos a ayudarlo. No lo veo al cardenal Müller emprendiendo una cruzada para defender a Bergoglio, que lo ha humillado en varias ocasiones y que lo echó de mala manera de su puesto. Y solo tiene tres aliados en la Conferencia Episcopal Alemana. Está perdido, aunque algunos consideran todavía la posibilidad de una aliada tardía.
Me extrañó el uso del femenino. ¿Es que una mujer podría ser tan importante para salvar a la Iglesia de esta situación? 
— ¡Qué impío soy! -pensé- Mons. X. se refiere a la Santísima Virgen. El prelado, adivinando mi pensamiento, sonrió.
— ¡Oh no! La aliada a la que me refiero es la biología. El cardenal Marx come, bebe y fuma como un monstruo. No sería extraño que su salud nos dé una sorpresa.
— Y, en última instancia, siempre queda la posibilidad del accidente… -dije sonriendo.
Salimos al Strand. Nos despedimos, y mientras Mons. X. volvía a sus asuntos curiales que lo habían traído a Londres, yo me monté al autobús 91 que me devolvía a la British Library. 

martes, 17 de septiembre de 2019

Una misa en Covent Garden



Covent Garden en una zona de Londres pululante de turistas y artistas callejeros que se apiñan en torno a un mercado donde pueden encontrarse chocolates, flores y antigüedades junto a tiendas de Apple y otras marcas de lujo. En ese apiñadero de humanidades desemboca una breve callecita llamada Maiden Lane donde, casi en la esquina, se ubica una iglesia que corre el riesgo de pasar desapercibida. Construida con el ladrillo rojo propio de la arquitectura victoriana, su fachada es plana y se pierda en medio de las otras construcciones. Sin embargo, allí está la iglesia del Corpus Christi desde 1874, y en ella rezaron los principales exponentes del catolicismo inglés como Chesterton, Belloc, Knox, Waugh y muchos otros. Y allí nunca se dejó de celebrar la Santa Misa según el rito tradicional, merced al famoso “indulto de Agatha Christi” concedido por Pablo VI.

Su interior no es muy grande pero igualmente está dividido en tres naves, separadas por arcos góticos, y en el frente aparecen tres altares: de mármol verde los de los costados, y el mayor, custodiado por de piedras policromas. 
El año pasado se terminó su restauración por lo que los colores brillantes y cálidos están en su mayor esplendor, particularmente el techo del santuario, pintado en azul profundo y tachonado con incontables estrellas doradas. Y aprovechando la restauración que dejó el templo tal como era en sus comienzos, se eliminó también la “mesa” posconciliar que se había colocado delante del altar, y sobre la que se decía la misa novus ordo. Ahora, todas las misas se rezan ad orientem, lo cual no es una novedad en Inglaterra. Solamente en la diócesis de Southwark, que se extiende al sur del Támesis, hay quince parroquias que han eliminado el altar conciliar y celebran siempre orientados, como manda la tradición y como recomienda el cardenal Sarah.
Pues bien, ayer, lunes 16 de septiembre y fiesta de los santos mártires Cornelio y Cipriano, celebró la misa vespertina de las 18:30 hs. -que siempre es según el rito extraordinario-, el cardenal Raymond Burke, que se encuentra de paso en Londres. Fue una misa baja pontifical, igualmente solemne pero especialmente devota porque es una misa que transcurre la mayor parte del tiempo en silencio, un silencio sagrado e inspirador, en una iglesia apenas iluminada en sus naves, pero refulgente de luces en el altar. Los ingleses no adoptaron la “misa dialogada”, que surgió a finales de los ’40 y fue autorizada a regañadientes por el papa Pío XII por presión de los obispos alemanes. Es la misa a la que estamos acostumbrados a asistir en la mayor parte del mundo, y en la que los fieles responden al sacerdote junto a los ministros. Esta novedad tiene la dudosa ventaja de hacernos sentir que participamos más activamente de la celebración, pero la desventaja que distrae y suele impedir la concentración y atención acerca de lo que está sucediendo ante nuestros ojos. Cosa distinta es la misa cantada, donde sí somos invitados a unirnos a los coros angélicos en sus alabanzas eternas al Padre.
[Otra característica notable es que en las numerosas iglesias de Inglaterra donde se celebra la misa tradicional, se utiliza el misal propiamente tradicional, y no el misal de 1962, al que el papa Juan XXIII introdujo importantes reformas. Resulta curioso que muchos tradicionalistas, ufanos de celebrar la “misa de siempre”, celebran una misa retocada por los mismos personajes que un lustro más tarde harían el estropicio litúrgico más lamentable de toda la historia de la Iglesia]. 
La iglesia de Maiden Lane estaba colmada, con gente de pie en todos los rincones. Y pude ver allí, de un modo tangible, la catolicidad de la Iglesia, lo que solamente puede ocurrir en ciudades cosmopolitas como Londres. Era fácil distinguir hombres blancos de origen germánico o de origen latino; asiáticos con ojos rasgados; indios de piel oscura y descendientes de africanos de rostro renegrido y cabellos motosos. Habían ancianos que se movían con dificultad, muchas personas de mediana edad, vestidos formalmente algunos y otros no tanto, y jóvenes, muchos jóvenes, de saco y corbata, o de buzo y bermudas, que se distinguían por su piedad. Otra muestra más de catolicidad, expresada no solamente en la variedad de los orígenes, sino también de las edades y de las clases sociales.

Un buen coro polifónico intervino solamente para el ofertorio, la interminable comunión y el brillante Salve Regina del final. Fue, en resumen, una experiencia extra-ordinaria, pues no es común que en el corazón mismo de una ciudad multitudinaria y pecadora como pocas, se encuentren estos refugios de fe y piedad. 
Pensaba yo durante la misa, que el drama al que estaba asistiendo y del que estaba participando, en el que se aúnan lo hierático con la devoción; la belleza con la sencillez, era lo habitual hasta hace algunas décadas, y cualquier católico podía asistir a él cuando lo deseaba. No quisiera estar yo en el cuero de todos los que firmaron la reforma litúrgica cuando sean juzgados por el Justo Juez. Sobre ellos caerá la enorme y trágica responsabilidad de haber privada a la Iglesia de uno de sus tesoros más grandes.



martes, 10 de septiembre de 2019

Los sofismas de Juan Manuel de Prada


Estando yo enfrascado en mis lecturas y estudios, saludablemente alejado del mundo de los blogs y, más saludablemente aún del incomprensible país en el que me tocó en suerte nacer, recibí de un amigo la noticia que Juan Manuel de Prada había publicado hace algunos días, una segunda columna con furiosas diatribas contra Dreher y su libro y, sobre todo, contra los que de un modo u otro adhieren a su tesis de la opción benedictina. Olvidé el asunto, y hoy, sin demasiadas ganas y por insistencias amicales, leí el artículo. Y me indigné. 

Con una catarata de insultos que recuerda las que descarga ocasionalmente el Papa Francisco contra monjas solteronas, o contra católicos con cara de pepinillos en vinagre, De Prada trata a los benedictinistas de liberales, egoístas, comunitaristas, burgueses, católicos pompier, faltos de caridad, dimitentes del bien común e hipócritas. Con la pluma que lo caracteriza, salpica con sus agravios un texto breve, cuyo párrafo más extenso es la cita textual de un autor desconocido del siglo II. Y es justamente en esa cita en la que basa toda su argumentación. 
Un rápido análisis del escrito de De Prada arroja como resultado tres breves párrafos que poseen como núcleo los improperios señalados, a los que reviste con una serie de afirmaciones que no pasan de eso: aseveraciones tomadas de aquí y allá, sin ninguna prueba o fundamentación. En el mejor de los casos, remite a un artículo de don Juan Retamar Server que apareció recientemente en la revista Verbo, lo cual habilita la sospecha que la parrafada de De Prada no sea más que una suerte de Verbo for dummies, o sea, una vulgarización de la postura de esa publicación que, recordemos, reivindica el trono de España para el heredero carlista de la casa de Borbón, una posibilidad tan arriesgada -o factible- como las comunidades benedictinas que propone Dreher. Son tres párrafos, en definitiva, que no tienen fundamento alguno, porque su autor intenta sostener toda la argumentación en el párrafo central, es decir, en la larga cita de la Carta a Diogneto. En otras palabras, su discurso se sostiene en un argumento de autoridad, y aquí reside el problema, según mi modesto entender. 
Veamos el caso. La cita corresponde a los capítulos 5 y 6 de la Carta a Diogneto (πρὸς Διόγνητον) sobre la que podemos arrimar algunos argumentos de crítica externa e interna.

Crítica externa
La Carta a Diogneto posee una historia particular ya que su aparición en el mundo cristiano es reciente. Ocurrió cuando un joven estudiante de griego encontró el manuscrito en una pescadería de Constantinopla, en la pila de papeles con los que se envolvían los pescados. Esto ocurrió en 1436, y es el único manuscrito que se poseía hasta que pereció en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo en 1870. 
Estos datos no son sólo una anécdota. Son significativos porque dan cuenta que la Carta fue totalmente desconocida por los Padres de la Iglesia. Ni siquiera Eusebio de Cesárea la menciona, lo cual es mucho decir puesto que este autor hace referencia en sus obras a prácticamente la totalidad de la literatura cristiana pre-nicena.
La otra cuestión es que desconocemos al autor autor del texto. Hay opciones para todos los gustos: Quasten se inclina por Cuadrato, aunque no termina de convencerse; Marrou dice que es Panteno, el fundador de la Escuela de Alejandría, otros, que es Clemente el alejandrino o el romano, e incluso Connolly arriesga la posibilidad que sea un documento falso, escrito en el siglo XVI.
Estos hechos nos conducen a una primera conclusión: la Carta a Diogneto no pertenece a la Tradición de la Iglesia, más allá que haya sido escrita efectivamente por un autor cristiano del siglo II. Y esto es así porque no fue un texto recepcionado por los Padres, ya que ninguno de ellos lo tuvo en cuenta. En efecto, todos los textos patrísticos están permanentemente cruzados de citas y referencias mutuas. El hecho de que este curioso texto, descubierto de un modo muy curioso no haya sido citado ni siquiera una vez por sus contemporáneos o por autores de lo siglos posteriores, es por demás curioso.
Y hablando de curiosidades, no puedo omitir el hecho que la Carta a Diogneto haya sido estudiada de modo entusiasta por académicos pertenecientes al Opus Dei. Notable curiosidad, la de apoyarse en un texto promocionado por el Opus para refutar al liberalismo….


Crítica interna
Todos los discursos, y de modo particular los patrísticos, deben ser contextualizados para realizar una exégesis correcta. Concretamente, es importante saber con quién está dialogando el autor y en qué circunstancias escribió su texto. Si la Carta a Diogneto fue escrita en el siglo II o III, pertenece a lo que se llama literatura apologética, cuyo autor más emblemático es San Justino con su Diálogo con Trifón. Y una de las características de esta literatura es que busca mostrar que los cristianos no eran bichos raros o psicópatas que adoraban a un burro y comían niños asados. Los cristianos eran gente pensante, que profesaban una religión que podían ser explicada en términos racionales aún conservando sus misterios, y que no tenían costumbres extrañas de corte antropofágico. 
De Prada no tiene en cuenta este factor y, entonces, lee la Carta con los ojos de un cristiano del siglo XX que, después de una encíclica del Papa Pío XI, se ilusiona con el reinado social de Cristo, y entonces, debe participar activamente del mundo y de las políticas de sus reyezuelos. De Prada debería probar, con argumentos que no sean los mismos que utiliza el Opus Dei para justificar su enamoramiento del mundo, que el autor de la Carta a Diogneto dice efectivamente lo que él cree que dice. Y no lo hace. 
Por otro lado, es posible hacer una exégesis de la Carta a Diogneto diametralmente opuesta a la que propone De Prada. Si se lee detenidamente la totalidad del texto, queda claro que la afirmación central del autor es que los cristianos son ciudadanos del cielo (“Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo”) que se encuentran transitoriamente en este mundo, del cual son excluidos porque este mundo los odia. Más aún, la comparación que realiza entre los binomios cuerpo - alma y mundo - cristianos -que tiene un claro origen platónico y estoico- lleva inmediatamente a afirmar el valor secundario del que se reviste el mundo para los cristianos, tal como es secundario el valor del cuerpo para alma, más allá que resulte imprescindible para alcanzar la salvación. 
Entonces, si bien es cierto que los discípulos de Cristo necesitan del mundo en tanto hombres carnales, de esto no se sigue que deban involucrarse en los asuntos del mundo y, mucho menos, en la política del mundo. Se trata, a mi entender, de un salto injustificado que hace De Prada del concepto mundo (κόσμος) al concepto acción política. Escribe, en efecto: “La Carta a Diogneto nos hace una propuesta política valerosa y auténticamente cristiana”. Tal como hizo en su primera columna sobre este tema, don Juan Manuel se despacha con otro sofisma, en este caso un silogismo de cuatro términos, ya que la supositio de mundo no es la misma supositio de propuesta política.
Y vayamos aún más lejos. Pareciera que el autor de la Carta a Diogneto dice exactamente lo contrario a las afirmaciones de De Prada: “Los cristianos están encerrados en el mundo tal como el alma está encerrada en el cuerpo”, escribe. Podríamos pensar, entonces, que la mejor solución es la de Dreher, que propone escapar de la cárcel del mundo.
Finalmente, y como una pequeña coda, me pregunto qué opinarían mis amigos nacionalistas que, según dicen, Dios habría definido que cada hombre naciera en una patria determinada a la que debería amar hasta dar la vida por ella, cuando leen en el texto patrístico propuesto por De Prada que para los cristianos “toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña”. 

Como dije en el comentario a la primera columna de Juan Manuel de Prada hace algunas semanas, no me interesa defender a Dreher ni a su libro, que no me parece gran cosa. Pero no es cuestión de encarnizarse no ya solamente con un lejano autor americano, sino con muchos buenos cristianos que tratan de idear soluciones para sobrevivir en la fe en medio del mundo apóstata y luciferino en el que vivimos. Y, peor aún, hacerlo con argumentos falaces. 

No nos corran con la vaina, (y ahora vuelvo a la pausa).


sábado, 31 de agosto de 2019

En pausa



Debido a razones de índole laborales de su autor, este blog permanecerá EN PAUSA por algunas semanas.

lunes, 26 de agosto de 2019

Dreher, Prada y los monjes


Juan Manuel de Prada publicó ayer un artículo que fue rápidamente reproducido en el blog de mi estimado amigo, el P. Javier Olivera. En él, el famoso novelista se dedica a aporrear a Rod Dreher por su libro La opción benedictina, en la misma línea en que lo hiciera recientemente el último número de la revista española Verbo.
Cuando el año pasado hice un comentario en este blog sobre el libro, dejé en claro que la propuesta de Dreher no puede ser considerada una receta que deba ser seguida por todos los católicos de hoy. En medio del naufragio en el que se encuentra la Iglesia y toda la cultura cristiana, cada uno debe aferrarse a lo que tenga a mano para tratar de mantenerse a flote. Algunos se izarán sobre un bote; otros sobre un barril de lata, y otros apenas si podrán abrazarse a algún madero medio podrido. En definitiva, se trata de cuestiones prudenciales, de decisiones que debe tomar cada uno, dependiendo de la situación concreta que le toca vivir. 

Esta consideración previa no invalida opinar sobre el libro y su propuesta. Yo particularmente, considero que el libro de Dreher no es malo, pero que definitivamente, no es un gran libro. Más aún, es un libro bastante superficial en muchos aspectos y creo que también deshonesto, ya que es innegable que su propuesta se basa en la que hizo hace más de treinta años John Senior, a quien no se menciona en ninguna ocasión. Podemos, entonces, con toda justicia expresar juicios matizados y más o menos negativos sobre La opción benedictina.
Pero lo que no puede hacerse es lo que hace Prada en su artículo, o en buena parte de su artículo.  En primer término, el argumento ad hominem que utiliza es una falacia que cualquiera percibe: que Rod Dreher se haya convertido a la ortodoxia luego de pasar por el protestantismo y el catolicismo, no lo hace “un converso saltimbanqui”. Si ese fuera el criterio para determinar la calidad literaria de una obra, creo que serían muchas las que deberían ser incineradas. No se puede juzgar la obra apelando a la calidad moral del autor.
A continuación, Prada blande contra el Dreher el patrón del chestertómetro, que parece que él posee, y determina que el americano está completamente fuera de los límites establecidos por esa cinta métrica y, por tanto, es un farsante que quiere vendernos gato por liebre, o liberalismo por chestertonismo. 
Sin embargo, el meollo del argumento de Prada, está en esta frase: “…la extensión de la forma de vida benedictina hubiese sido inconcebible si Carlomagno no la hubiese impuesto en todos los monasterios que se hallaban bajo su protección. Sin el amparo del poder político, la labor de San Benito no hubiese obtenido los resultados espectaculares de todos conocidos…”. Esta afirmación es históricamente falsa.  Y no es necesario ser especialista en historia de la Alta Edad Media para comprobarlo. Es cuestión de abrir cualquier historia del monacato occidental. Cuando Carlomagno accede al poder a fines de la segunda mitad del siglo VIII, el monacato estaba extendido por toda la Europa cristiana, y fue justamente ese monacato el que permitió que Carlos pudiera unificar no sólo política sino también culturalmente a Occidente. La renovación del imperio romano y el renacimiento cultural carolingio solamente pudo hacerse efectivo porque había una extensa red de monasterios que habían, a lo largo de más de dos siglos, sostenido no solamente la vida religiosa y la educación, sino incluso la organización política, junto a los obispos, de toda Europa.
Es verdad que fue Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno, quien en 817 impuso a todos los monasterios la Regla benedictina, pero este hecho histórico -que quizás sea al que hace referencia Prada-, ni significa que anteriormente los monasterios languidecieran porque no tenían el apoyo político. Fue un acto administrativo, concorde con el afán unificador que caracterizó a los carolingios. Lo cierto es que, hasta ese momento, aunque las fundaciones monásticas que seguían la regla de San Benito era mayoría, había también muchos e importantísimos monasterios que seguían la regla de San Columbano, y otros muchos que seguían reglas menos conocidas como la de los Cuatro Padres o la de San Ferreol. Lo que hizo la corona fue establecer cuál era la regla que debía seguirse y, además, alentar a que los monjes adhieran a la reforma de San Benito de Aniane. Pero todo esto de ninguna manera significa que el impulso y la acción monástica en la sociedad medieval haya sido efectiva porque fue promovida por los políticos de la época. En definitiva, a los efectos prácticos, fue casi intrascendente qué regla seguían los monasterios. Curiosamente, los monasterios con más prestigios intelectual durante la alta Edad Media, como Luxeuil, Bobbio o San Galo, era columbanianos. 
Finalmente, Prada asume en su artículo un concepto de “cristiandad” que no es al que hacen referencia ni Dreher, ni Senior ni ningún otro autor que se encuentra en esta línea de pensamiento. Escribe: “Por lo demás, hubo otras muchas ‘opciones’, aun dentro de la vida religiosa, que hicieron posible la Cristiandad, aparte de la benedictina: […] hubo órdenes más ‘mundanas’, como la Compañía de Jesús, que se encargaron – con apoyo político – de evangelizar el Nuevo Mundo o de presentar batalla a Lutero y sus mariachis”. Los jesuitas, que surgen en la historia en el siglo XVI, lo hacen cuando la Cristiandad ya había desaparecido, puesto que la Reforma había partido a Europa y el ethos católico que permeaba el continente se había diluido. Una confusión conceptual difícil de justificar en un autor de las indiscutibles características de Prada. 
Vuelvo al punto inicial: yo no propongo la opción de Dreher, y tampoco propongo que los católicos se alejen definitivamente de la participación política. Aunque personalmente no soy partidario de ella, entiendo que se trata de una cuestión prudencial. Pero una cosa es estar en desacuerdo con La opción benedictina, y otra arremeter contra el libro de un modo injusto y poco serio. 

sábado, 24 de agosto de 2019

¿Por qué el Papa Francisco no visita Argentina?


por George Neumayr
The Spectator

El sábado pasado llegué a una fría Buenos Aires. Seguramente fue casualidad, pero mi llegada coincidió con el derrumbe del peso. El dólar avanzó un largo camino en Argentina. For U$ 40, los americanos pueden conseguir un hotel cuatro estrellas; for U$ 4, comer un exquisito bife. Los signos de los problemas económicos en Argentina abundan, desde los barrios marginales en las afueras de Buenos Aires hasta los vagabundos que duermen en sucios colchones en el centro de la ciudad. A los argentinos les encantan los dólares, y ofrecen buenas ofertas para comprarlos en efectivo.
Parece que los peronistas están al borde la victoria. Así como Brasil votó por la derecha, Argentina vuelve a la izquierda, como una suerte de adicción a sus tradiciones socialistas.

El propósito principal de mi visita a Buenos Aires fue averiguar sobre quien no es precisamente uno de sus hijos favoritos, Jorge Bergoglio, que todavía no visitó Argentina desde que fue se convirtió en el Papa Francisco. Durante mis primeros días en el país, pregunté a cada católico con el que me encontré que me explicara esta anomalía. Y conseguí respuestas brutales.
“Todos sabemos que es un hijo de puta”, me dijo un ex-fiscal. “Estamos avergonzados de él. Representa nuestras peores cualidades”.
Su amigo agregó que los católicos consideran que Francisco “es una farsa, un papa imaginario”, por no decir, añadió, “que es un hombre inculto y mal educado”.
El ex fiscal me expresó su desprecio por Francisco: “No sabe nada, ni moral, ni teología, ni historia. Nada. Solo le interesa el poder”.
Me doy cuenta que la descripción del Papa Francisco como un ideólogo enloquecido por el poder está muy extendida. Hablé extensamente con Antonio Caponnetto, autor argentino de varios libros sobre el papa Francisco. “En el seminario, sus compañeros de clase lo llamaban Maquiavelo”, señaló.
Caponnetto da dos razones por las cuales el Papa ha evitado regresar a su país de origen: primera, porque al menos la mitad del país lo odia, y segunda, porque a Francisco no le gusta el régimen supuestamente “conservador” y pro capitalista de Macri. Esta última razón es absurda: Macri no es conservador, y los conservadores argentinos son los primeros en decirlo.
El miércoles por la mañana visité a Santiago Estrada, ex embajador de Argentina ante la Santa Sede. Ha estado cerca de Bergoglio durante décadas, y sabe que Bergoglio “odia a los hombres de negocios”. No le gusta Macri, dijo, no porque Macri sea un pilar del conservadurismo sino porque Macri simplemente no es tan anti-empresarial “como el Papa”. Estrada era reacio a criticar a su amigo, pero reconoció que la promoción que el Papa ha realizado de obispos con antecedentes de abusos sexuales es “inexplicable”.
Los predecesores del papa visitaron su países de origen. Incluso el tímido papa Benedicto XVI desafió a sus críticos alemanes y viajó a su patria.
¿Sería realmente posible que el Papa Francisco pudiera boicotear a Argentina por el resto de su mandato?
Probablemente no. Por un lado, dicen los católicos comprometidos, si los izquierdistas incondicionales regresan al poder, “él volverá al país”. Estrada cree que “definitivamente regresará el próximo año” si Macri pierde, pero que llamará a su viaje una “visita pastoral”.
“Francisco ha estado trabajando detrás de escena” para ayudar al oponente de Macri, me dijo un agente político argentino. “Quiere que Macri pierda”.
Los conservadores temen la posibilidad de una victoria peronista. Uno, que tiene un blog político, me dijo: “Dejaré el país. Ya no será seguro para nosotros”.
Lo comprobé el martes cuando pasé frente a la oficina de uno de los partidos de izquierda de Argentina. Tan pronto como saqué mi cámara para tomar algunas fotos, un par de matones aspirantes a peronistas salieron corriendo de la oficina para interrogarme. “¿Qué estás haciendo?”, me preguntaron. Los ignoré, mientras que otro miembro de mi grupo trató de apaciguarlos con una pieza de falsa adulación hábilmente compuesta.
Un católico conservador que me llamó la atención me dijo que el peronismo de los francisquistas es tan fuerte que algunos acólitos del Papa están hablando de canonizar a Evita.