jueves, 14 de octubre de 2021

Respuesta al Prof. Massimo Viglione

 

[Desde hace ya algunos meses, el reconocido periodista italiano Aldo Maria Valli, tiene la gentileza de reproducir en su blog Duc in altum la mayor parte de los post que publico en Caminante Wanderer. 

Hoy ha publicado también mi última entrada, titulada “Resignación” y lo hace adjuntando una extensa réplica del Prof. Viglione, a la cual me veo obligado a responder]


El Prof. Massimo Viglione ha tenido la amabilidad de redactar un largo y minucioso artículo en respuesta a mi escrito titulado “Resignación”. No puedo si no agradecer su tarea y el interés puesto de manifiesto hacia mis breves líneas.

Sin embargo, me resulta difícil comprender el objeto de la respuesta del colega Viglione. Mi intención no fue discutir la Revolución sanitaria ni las eventuales tasas de contagio provocados por las vacunas, entre otras tantas cuestiones. Son temas que están fuera de mi competencia e interés.

Expresamente digo en mi artículo lo que me interesa discutir: 

Pero no me interesa discutir estas cuestiones que, en el fondo, son fenoménicas. Me interesa indagar en la psicología de aquellos que continúan esperando, como Helen White subida al tejado de su casa, el apoteósico final. En el fondo, creo yo, hay una fuerte necesidad de poblar su fe y su esperanza con hechos concretos que las confirmen.. 

En pocas palabras, lo que yo quería discutir es el modo que tenemos los cristianos de vivir las virtudes de la fe y la esperanza en el valle de sombras que estamos atravesando, oscuridades innegables que vemos en la Iglesia y en el mundo. 

Y para hacerlo, proponía utilizar como clave de interpretación de la fe y la esperanza el concepto de “resignación” de San John Henry Newman, que cito textualmente al final de mi artículo. Como cualquiera puede observar, la resignación newmaniana nada tiene que ver con la resignación según la entiende el Prof. Viglione, que llega incluso a asimilarla a la complicidad con el mal y a la pereza.

Me da la impresión entonces, que no he sido suficientemente claro en mi artículo, o bien, que he sido interpretado erróneamente, y no puedo si no lamentar cualquiera de las dos posibilidades.

martes, 12 de octubre de 2021

Resignación

 


La pandemia de coronavirus está terminando. Siempre que llovió, paró, y epidemias hubo miles en la historia de la humanidad, y siempre terminaron. Las vacunas no dejaron mortandad alguna y quienes la recibieron no se han convertido en autómatas ni en rinocerontes. El Gran Reset no se avizora en el horizonte: los mercados financieros siguen operando como antes y se recuperan rápidamente, como así también las economías nacionales. La temida gobernanza global parece una ilusión: Europa, además de fracturada por el Brexit, ni siquiera ha sido capaz de ponerse de acuerdo en políticas sanitarias comunes; Rusia se aleja cada vez más de una entente cordial con el Occidente liberal, China vive en su mundo, los talibanes volvieron al poder, y las regiones periféricas como Hispanoamérica son un mosaico de países con gobiernos de derecha virando hacia la izquierda, y con gobiernos de izquierda virando a la derecha. Es decir, el Nuevo Orden con un gobierno mundial unificado parece más lejano que hace dos años.

Esta es la situación, al menos tal como puede colegirse a partir de la lectura de la prensa. Y tengo la impresión que muchos de mis buenos amigos están decepcionados. Ellos esperaban que la peste provocara un cataclismo político y económico, que las vacunas fueran el instrumento perfecto para el dominio mundial y que el Amo del Mundo estuviera por estas horas ajustándose el traje para aparecer en escena de un momento a otro como el (falso) salvador de una humanidad desesperada. Y Bergoglio, por cierto, coronándolo y apostatando de Jesucristo. 

No parece que las cosas vayan en esa dirección: el mundo sigue como siempre y en menos de un año habrá retornado a los mismos hábitos que tenía antes de la pandemia, y Bergoglio no es más que un simple cachafaz surgido de las orillas porteñas cuyo pontificado pasará a la historia como un vergonzoso y fracasado experimento. Le monde va de lui même.

Pero no me interesa discutir estas cuestiones que, en el fondo, son fenoménicas. Me interesa indagar en la psicología de aquellos que continúan esperando, como Helen White subida al tejado de su casa, un próximo y apoteósico final. En el fondo, creo yo, hay una fuerte necesidad de poblar la fe y la esperanza con hechos concretos que las confirmen. Yo soy el primero que quisiera ver signos en el cielos y escuchar las trompetas angélicas; siempre soñé con vivir en los días de la gran persecución y ser testigo de la lucha cósmica entre el arcángel Miguel y el Hijo de la Perdición. Pero últimamente me está pareciendo que esos deseos y esas necesidades de ver signos, prestar oídos a revelaciones y apariciones y estar oteando en el horizonte los fulgores del fin, son solamente una comprensible búsqueda de muletas a la fe y a la esperanza, lisiados como estamos y debiendo caminar como debemos en este valle de lágrimas lleno de amarguras y tinieblas. Estamos cansados y necesitamos un poco de entusiasmo que nos ayude a continuar el camino, y la hipotética proximidad de un fin, y del triunfo definitivo de nuestra causa, nos lo da. Es la comprensible búsqueda de una esperanza optimista en un éxito cercano, al que nosotros podamos ver y tocar, y del que podamos ser protagonistas.

La solución, sin embargo, está en la resignación. Sí, resignarnos a que la fe y la esperanza son oscuras, que nuestra vida de cristianos es caminar ex umbris et imaginibus in veritatem,“desde las sombras y las imágenes hasta la verdad”. Y no se trata de una postura pesimista y triste. Todo lo contrario. Es la postura del gozo profundo que nos dan las virtudes que recibimos en el bautismo: que al final de todo, está Dios. 

Y mucho mejor que yo lo expresa Newman:

Llamo resignación a un estado espiritual más dichoso que la esperanza optimista del éxito presente (I call resignation a more blessed frame of mind than sanguine hope of present success) porque es el más verdadero y el más coherente con nuestro estado de naturaleza caída, el que más contribuye a corregir el corazón; y porque es aquel por el que se han distinguido los siervos de Dios más eminentes. […] Mirad la Biblia, y veréis que los siervos de Dios, aunque comenzaran con éxito, terminan decepcionados. No es que la causa de Dios y sus instrumentos fallen, sino que el momento de cosechar lo que hemos sembrado es el más allá, no aquí; a lo largo de su vida, aquí abajo ningún hombre verá mucho fruto.

Parochial and Plain Sermons 9, t. 8, del 12 de septiembre de 1830.


domingo, 10 de octubre de 2021

Don Gabino y los tres linyeras


 

por el Capitán Dalroy


No sé si la primavera se adueñó de San Etelberto o fue al revés, la cosa es que el pueblo se vistió más hermoso que Salomón en su esplendor. La tarde era un licor añoso que nos invitaba una y otra copa de silencio y reflexiones profundas, como si el horizonte y el alma fueran dos notas musicales unidas en la exactitud de la armonía. 

Allí estaba yo, luego de mi oración vespertina, intentando hallar la cifra de una espiritualidad genuina, sin sesgos, ni remaches, ni adornos. Yo, un viejo y católico de a pie, cavilando para encontrar el secreto evangélico, el centro proverbial de la Sabiduría… Una pobreza en el espíritu que nos hace ricos por dentro; y una paz que nos sosiega para la resistencia y el combate. Y un cultivo necesario y bello que nos prepara para la Fe, o nos aparta de ella por la desfachatez de nuestro orgullo. Una comunidad de santos intelectuales y analfabetos, monjes y guerreros, párrocos y pater familias, niños y ancianos que obtuvieron la Corona de Gloria que añoramos; cuyos medios veníamos pensando y conversando trasnochadamente entre amigos (¡Lo bien que le hace a uno!).  

Ensimismado en estos pensamientos, algo cansado por querer llegar donde no podía, vi una estampa que encendió mi asombro: tres linyeras –creí yo, por sus andrajos y sus barbas crecidas y despeinadas– caminando por la callejuela que linda con mi jardín. Algo inesperado en San Etelberto y que causó cierto revuelo, como era de esperarse y me enteraría luego. El asunto que viene a cuento comenzó en el mismo instante en que escuché la campanilla de mi puerta. Allí estaban los tres, casi ancianos, pidiendo algo de pan en nombre del Dios trinitario. 

No sé si fue mi hospitalidad o curiosidad la que me empujó a invitarlos a pasar y convidarles algo mejor que un trozo de pan. Ofrecí mazapán y licor de mandarinas caseros y encendí mi pipa con intención de provocar algún diálogo que resolviera el enigma… Confieso que lo sucedido fue bien distinto de las conversaciones acaloradas con mis habituales comensales. Esta vez el inquisitivo fui yo –a propósito del asunto que me tenía en ascuas– y sus respuestas fueron tan simples como diáfanas, siempre escuetas. 

Eran tres hombres de Dios, eso seguro; pero no logré saber a ciencia cierta sus orígenes ni el motivo de su peregrinación. Poco y nada me dijeron de ellos mismos, y solo contestaron a mis inquietudes religiosas por no incumplir una obra de misericordia espiritual. Sería difícil transcribir nuestra plática, las palabras ahogarían la fuerza del espíritu que me transmitieron. Sus ideas quedaron rondando en mi interior y, con el afán de darles lugar honrado, decidí probar mi afición y ordenarlas en unos versos menores que, al menos, serán una estela del tesoro que me brindaron. 

El primero de ellos, de semblante apacible y como surcado por la penitencia, fue siempre amigo de la discreción. Sus sentencias sobre la fuerza del silencio y el sacrificio en pos del equilibrio interior y la humildad en el espíritu se traslucían de algún modo en todo su ser. Y sus consejos que eran continuación de ese mismo ser, yo traté de condensarlos así:

Escuchar despacio, preguntar con tino,

huir del bullicio al silencio de Dios;

derramar la sangre que libera el alma

para asir su manto y conocer su Voz.


El segundo linyera de Dios, parecía orar cuando hablaba y casi textualmente lo hizo de esta forma:

Perderme en tu mundo viviente y sonoro,

por cada palabra un misterio de luz;

feliz vagabundo del Libro Sagrado

que en todos sus pliegues me dice: Jesús.


Ciertamente, era un “vagabundo del Libro Sagrado”. Su boca era un caudal bíblico y, en cada cita, el mismo Jesucristo latente o patente. Su oración, su estudio y hasta sus pasatiempos –perdón la irreverencia– rondaban en torno a ese Fuego que le daba luz, calor, tonada y sentido a todo su devenir temporal y espiritual. 

El tercer y último peregrino fue el más conversador y no por eso perdió la calma ni la actitud contemplativa que cargaban los tres. Noté ataviada sus mientes de cuantiosas lecturas, quizás de ciertos estudios sistemáticos que marcaron algún pasado académico. Sin embargo, desde esa multiplicidad de saberes sabía llegar a lo esencial y hasta había ido despojándose de mucho para quedarse con la mejor parte. No sé yo qué me causaba más admiración, si su sabiduría o su recogimiento… o cierta semejanza con mis experiencias y deseos. La cosa es que todo este torbellino pude abreviarlo poéticamente así:


La Sacra Escritura, Platón y los Padres,

la Misa de siempre, la guarda interior.

La oración continua, humilde y callada,

la vida acabada sirviendo al Señor.


Hasta aquí mi encuentro y escueta creación poética. Creo haber cumplido con lo que enseña el Eclesiástico: “El sabio recogerá las explicaciones de los varones ilustres”.

Había algo común en los tres, más allá de sus acentos y singularidades: una actitud monástica. No sabría decirlo distinto. No sé. Si hasta se me ocurrió pensar que quizás fueron ángeles enviados a derrumbar mis pronósticos y disputas, y a convidarme de esas aguas profundas que están más allá de las riberas de mi razón cansada… 


martes, 5 de octubre de 2021

Juan XXIV, el sucesor del Papa Francisco


 

La prensa nos informa que hace algunos días el Papa Francisco respondió a la invitación que le hizo el obispo de Ragusa (Italia) a que visitara su diócesis en 2025 de este modo: ““El Santo Padre sonrió y asintió con la cabeza, y con una broma respondió diciendo que en 2025 Juan XXIV hará esa visita”.

Los titulares y analistas se han dado desde ese día a especular acerca del sucesor en el que piensa Francisco o, al menos, en las características que debería tener. Y si espera que tome el nombre de Juan XXIV es porque lo supone comprometidísimo con el más que fracasado Concilio Vaticano II. Un buen análisis del hecho puede encontrarse en el artículo de Carlos Esteban.

Sin embargo, los argentinos no podemos dejar de señalar algunos hechos. No hay duda que el obispo de Raguso se animó a develar a la prensa el diálogo privado con Bergoglio porque este mismo le pidió que lo hiciera. Así se ha manejado siempre a lo largo de su pontificado en Buenos Aires y en Roma. ¿Qué quiso decir entonces? ¿Solamente una broma sobre su sucesor al que ya eligió nombre? 

Podría haber algo más. El P. Leonardo Castellani, jesuita argentino expulsado de la Compañía, buen teólogo y mejor escritor, y al que Bergoglio conoce muy bien, escribió una novela en 1964 titulada Juan XXIII, Juan XXIV.Una fantasía (Theoría, Buenos Aires). En ella se narra que, cuando en 1963 murió el Cónclave elige a un papa argentino, un jesuita que ejercía su ministerio en el porteñísimo barrio de San Telmo, un teólogo excepcional, cuyo nombre era Ducadelia. Pío Ducadelia, al ser elegido papa, tomó el nombre de Juan XXIV.

El cura Pío Ducadelia es un sacerdote que ha tenido problemas con la jerarquía de la Compañía de Jesús por opiniones y actitudes juzgadas irreverentes. ¿Cómo llega Ducadelia al papado sin siquiera ser cardenal? En su fantasía anticipatoria, Castellani imagina una situación mundial caótica. Francia ha ganado una guerra contra la Unión Soviética, que desaparece, y los Estados Unidos han invadido América del Sur. Ducadelia se encuentra en Montevideo, pero el arzobispo de Buenos Aires lo va a buscar y le pide que lo acompañe a Roma, como asesor en el Concilio que ha de elegir al sucesor de Roncalli. Ducadelia es un gran teólogo. Y el Cónclave, debido a la situación excepcional del mundo y de la Iglesia, lo elige Papa. 

Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía explica a lo largo de sus 342 páginas cómo la burocracia vaticana le hace la vida imposible al Papa y sabotea sus reformas. El libro narra las vicisitudes de ese papa para sobrevivir en Roma —conseguir mate, hacer comprensibles sus argentinismos, adaptar la picardía y algunos tics porteños que los romanos no entienden—. Al margen de estas tribulaciones cotidianas, Leonardo Castellani plantea la necesidad de una modernización y humanización de la Iglesia. Porque Ducadelia quiere reformar la institución partiendo de la acepción original de la palabra Iglesia, que significa asamblea, es decir, reunión de los fieles. Quiere vender los tesoros del Vaticano, quiere que los pastores sean austeros, quiere eliminar la pompa, los privilegios, las rigideces dogmáticas, quiere revalorizar la tarea de los laicos, clama contra el pecado eclesial, sale de noche a caminar por Roma y a compartir la vida de los pobres. Por todo ello le ponen palos en la rueda.

Parecería que Pío Ducadelia, Juan XXIV, es la anticipación de Francisco, o bien, que Francisco no hizo más que llevar a la práctica las reformas de la Iglesia que Castellani imaginó en su novela. Pero éste imaginó un final feliz y Pío Ducadelia era, además de excelente teólogo, una persona inteligente y hábil. Bergoglio es todo lo contrario. Y claro, el resultado es el desastre que tenemos ante nuestros ojos. 

Quizás el Papa Francisco, viendo el fracaso irremediable de su pontificado y sabiendo que su días están contados, espera que sea su sucesor que culmine la obra por él comenzada. Veremos. De lo que sí podemos estar seguro es que nunca más un argentino —y me atrevería a decir que tampoco un latinoamericano— será elegidos en un cónclave. El que se quemó con leche, ve una vaca y llora. 

sábado, 2 de octubre de 2021

El canibalismo del Papa Francisco

 


La semana pasada amplios sectores de la opinión pública española e hispanoamericana expresaron de un modo muy marcado sus críticas a la actitud del Papa Francisco que, en ocasión del segundo centenario de la independencia de México, pidió perdón por los crímenes cometidos por la Iglesia durante el periodo de la conquista y evangelización del Nuevo Mundo. 

En numerosas ocasiones hemos hablado de lo absurdo de pedir perdón por supuestos pecados que cometieron otros y, además, por supuestos “pecados sociales”, que no se sabe qué son. Y es justo recordar que quien comenzó con esta moda que trae tantos aplausos fue Juan Pablo II. Lo cierto es que España llevó la fe y la civilización a América, a costa de enormes sacrificios, rescatando del dominio de las Tinieblas a millones de personas que se encontraban sumidas en la esclavitud, en los cultos idolátricos que exigían sacrificios humanos y en la barbarie. Sobre esta realidad, el Pontífice no dijo una sola palabra. Solamente hizo referencia a los abusos y excesos que ciertamente existieron, como existen en toda obra humana.

Una vez más nos encontramos con una repetida actitud de Francisco que en este blog definió con certeza nuestro siempre amigo Ludovicus como “canibalismo institucional”. Bergoglio es un caníbal que cree acrecentar su poder y prestigio fagocitando a su propia institución. Y es verdad que fue esta una de las cosas que más festejó el mundo a través de los medios masivos de comunicación en los primeros meses de su pontificado. Recordemos algunos hechos: afirmó que los párrocos “arrojaban piedras” a los pobres pecadores y que los seminarios formaban “pequeños monstruos”; diagnosticó a los oficiales de la curia romana de Alzheimer espiritual; apostrofó a las monjas de “solteronas”; retó a los cristianos practicantes por tener cara de “pepinillos en vinagre”; consideró que muchos miembros de la Iglesia sufren una “obsesión” con el tema del aborto y de los gays; y se refirió a los fieles que muestran “religiosidad e incluso amor a la Iglesia”, es decir, los que van a misa, se confiesan con frecuencia y rezan muchos rosarios, como gnósticos o neopelagianos autorreferenciales y prometeicos.

Esta política pontificia puede definirse como canibalismo institucional, cuyas notas son las siguientes:

1. El canibalismo institucional consiste en alimentarse de la mala fama de la institución a la que se pertenece, aceptando las versiones peyorativas, los prejuicios y las calumnias, oponiéndose a ellos y en consecuencia salvar la cara en forma personal. Cuando lo ejerce la persona que ostenta la representación suprema de la institución, puede alcanzar el rango de traición. Frecuentemente, ese salvar la cara individual suele justificarse como un medio para, a su vez, salvar lo salvable de la institución denigrada, que es rescatada, en teoría, por el triunfo del caníbal: “esta organización no puede ser tan mala si soporta a un presidente tan bueno”.

2. Se distingue de una sana autocrítica por la óptica de quien la ejerce, que suele ser exógena y próxima al pensamiento políticamente correcto o vigente. La crítica del caníbal institucional, explícita o tácita, no se diferencia, básicamente, de la del enemigo. O va acompañada del silencio respecto de la interpretación del enemigo. O, en todo caso, a la autocrítica no sigue el señalamiento de los errores del enemigo o la exaltación de los principios que molestan al enemigo de la institución. 

3. El caníbal institucional luce como alienado respecto de la institución. Es como si hubiera llegado a la misma por casualidad, y se distancia de ella permanentemente. La critica como la podría criticar un recién llegado, un parvenue. Cuando representa a la institución, lo hace como actor, como quien ejerce un papel impostado del que se despoja con alegría al terminar la función, agotado por la representación. La institución, sus bases y su historia están bajo su entero juicio y examen, no la asume como un axioma sino como un problema. Nunca más lejos de este canibalismo Napoleón, cuando profirió, “desde Clodoveo hasta la Convención, me hago cargo de todo”.

4. Lo paradójico es que esa alienación con la institución suele coexistir con una actitud de apoderamiento nunca antes vista. El caníbal la considera como propia, y al mismo tiempo la rechaza. Es un amo, no un representante. Como tal dueño, se considera en perfecto derecho para devorarla y rehacerla. Es un heredero con perpetuo beneficio de inventario.

5. El caníbal institucional no es la contracara del triunfalista, sino solo su contrario. Mientras que el triunfalista pretende adueñarse de la fama de la institución, exaltándola y exaltándose en una fusión idolátrica que le hace perder el alma, los principios y la causa final a la propia institución -lo que se justificará, naturalmente, en el intento antrópico de querer darle brillo y gloria-, el caníbal institucional, con la misma actitud e intención,  con el mismo ímpetu antrópico y pelagiano, privatiza el triunfalismo, exaltándose. Pedirá perdón por los crímenes y errores de la institución, pero rara vez por los propios.

6. El caníbal institucional pretende sustituir con su fama el prestigio de siglos; con las malezas de la aprobación popular, el humus de la historia; con los libros antiguos, los muebles centenarios, las vestes venerables, levanta una hoguera que brilla con un fulgor nunca antes visto. A la mañana siguiente encontrará cenizas. Como un Cronos invertido, será devorado por su hijo.


miércoles, 29 de septiembre de 2021

La Iglesia irrelevante

 


En las próximas semanas se publicará el documento final surgido del sínodo alemán y que se presume catastrófico. El obispo de Ratisbona lo ha calificado de herético y nada menos que el cardenal Kasper de “no católico”. Este acontecimiento, que nosotros por ahora vemos de lejos, es indicativo de la situación real en la que se encuentra la Iglesia católica en la actualidad: la irrelevancia, con una fuerte tendencia a su desaparición. En un estudio reciente llevado a cabo en Alemania se concluye que sólo al 12% de la población, incluidos los católicos, les parece que la religión tiene alguna importancia en la sociedad. Es decir, al 88% les da lo mismo que la Iglesia exista o no exista, y si siguen saltando los escándalos de los últimos años, no sería raro que prefieran directamente que no exista. Seguramente los porcentajes serán distintos en Europa del sur, en Estados Unidos y en Iberoamérica, la fantasiosa reserva de la Iglesia, pero ¿cuánto más? ¿20%? ¿25? Sí, en el mejor de los casos. 

Estos datos los he tomado de un video del P. Santiago Martín que recomiendo vivamente. Y este sacerdote, que no es un tradicionalista, concluye: “La nueva Iglesia ha fracasado”. Y es que, si después del Concilio Vaticano II la Iglesia, que ya estaba en retirada, adoptó la estrategia de adaptarse al mundo para permanecer en el candelero y no perder fieles, esa estrategia se ha revelado como un error espantoso que nos ha encaminado a la presente situación de extinción.

Y no es necesario recurrir a estudios sociológicos o a costosas encuestas realizadas por consultoras internacionales. Basta visitar los domingos —no digamos los días de semana—, las iglesias: están vacías. Y lo mismo en Europa que en Argentina. La poca gente que aún iba antes de la pandemia, ya dejó de hacerlo por efecto del pésimo manejo que hicieron los obispos de las cuarentenas decretadas por los gobiernos. Un lector comentaba en la entrada anterior del blog: “En la parroquia donde yo concurro, ayer domingo en misa sólo éramos siete más dos del coro, el cura casi se puso a llorar. Y motivos no le faltan porque cualquier secta de esas que proliferan por ahí reúne mucho más gente”. Y esta no es una situación privativa de Argentina. Es la situación que se observa en todo el mundo.

Pero el problema se agrava porque la jerarquía de la Iglesia, comenzando por el Sumo Pontífice, no reconoce la gravedad terminal de la enfermedad y propone incrementar las dosis del mismo remedio que ya probó su efecto nocivo. Recuerdo, solo para poner un ejemplo entre tantos, lo dicho a los jesuitas eslovacos: 

Por eso hoy se vuelve al pasado: para buscar seguridad. Nos asusta celebrar delante del pueblo de Dios que nos mira a la cara y nos dice la verdad. Nos asusta seguir adelante con las experiencias pastorales. Pienso en el trabajo realizado en el Sínodo de la familia para hacer entender que las parejas en segunda unión ya no están condenadas al infierno. Nos asusta acompañar a gente con diversidad sexual. Tenemos miedo de las encrucijadas de las que nos hablaba Pablo VI. Este es el mal de este momento.

Bergoglio insiste con que el adulterio ya no es pecado y en el “acompañamiento” a las personas con diversidad sexual como signos de esta “nueva Iglesia” “en salida” que ha probado ser un completo fracaso. Muy pocos son los adúlteros interesados en ir a misa o en comulgar, y menos aún los diversos sexuales. Ambos saben bien qué tienen que hacer para ser salvos: más vale arrancarse un ojo y entrar tuerto en el Reino de los Cielos, que irse con los dos ojos al infierno.

La catástrofe actual de la Iglesia no es culpa de Francisco. Lo hemos repetido aquí infinidad de veces; son problemas que se arrastraban desde hacía décadas y que se resolvieron mal sistemáticamente. Pero sí es su responsabilidad la hecatombe que se prevé en un futuro próximo. Hace un par de días, un medio laico calificó a Bergoglio como “el Papa más ridículo de la historia de la Iglesia” y como “tonto”, y ya dimos cuenta aquí que aún sus amigos más cercanos lo han dejado solo. El rey está desnudo y ya no sólo el niño se ha dado cuenta.

Considero que es tarea urgente y grave responsabilidad de los obispos, encargados por Nuestro Señor del gobierno de la Iglesia, sentarse a pensar seriamente qué hacer para encontrar una salida que tenga un mínimo de garantía de éxito. El pontificado de Bergoglio está ya terminado y fracasado. No se puede insistir por esa vía. El problema es lo vendrá después de él. Ya ha quedado claro que la crisis de la Iglesia no se arregla refosilándose con el mundo y juntando multitudes en las JMJ o en los viajes pontificios. Esas fueron ingenuas esperanzas de los ’80 y ’90 que han quedado sepultadas. 

El P. Martín, al final de su video, explica que en su opinión la solución exige la unidad. Y estoy de acuerdo. El problema es que cómo se logra.


sábado, 25 de septiembre de 2021

La tiranía episcopal







“Los obispos se creen que lo mismo que la justicia no existe entre Dios y sus creaturas, ni entre los hombres y los brutos, de igual manera no la hay entre ellos y sus súbditos. Así que toman decisiones fuertes o poco meditadas y sólo se fijan en cómo el clero o los fieles aceptan esas decisiones […] si el agraviado las acepta como una forma de ganar en virtud, con humildad, alegría, sumisión, resignación, etcétera”.

San John Henry Newman, 22 de septiembre de 1866 (Letters and Diaries XXII, p. 293).


Las cosas, luego de 155 años, no han cambiado nada. Están peor. Y a pesar del festejado Concilio Vaticano II, que se llenó la boca hablando de la actitud humilde, paternal y de servicio que se espera de los obispos y del rol imprescindible y la autonomía propia de los laicos. 

Recuerdo sucesos recientes. Los obispos, aparándose en una delicada situación sanitaria, que era real, dispusieron que la comunión debía darse solamente en la mano de los feligreses. Dictada la norma, su preocupación nunca fue buscar buscar evidencia científica que justificara su decisión o acompañar paternalmente a los fieles que se negaban a recibir de ese modo la Sagrada Eucaristía. Se preocuparon simplemente de imponer su voluntad, sin considerar las relaciones de justicia a las que están obligados, y empeñándose solamente en ser obedecidos por sacerdotes y laicos.

Y así, tuvimos el escandaloso caso del obispo de San Rafael, que decidió cerró su floreciente seminario diocesano debido a que sus seminaristas se negaban a comulgar en la mano. 

La situación de peligro sanitario ya pasó. Ya no hay excusas. Sin embargo, los obispos siguen empeñados en ser obedecidos, más allá del daño que causan. Y pongo dos ejemplos recientes:

Mendoza es una provincia argentina que tiene 1.800.000 habitantes. El viernes pasado, 24 de septiembre, se registraron 34 casos positivos de coronavirus. Sin embargo, y a pesar de esa cifra insignificante, el arzobispo de Mendoza mantiene a rajatabla la prohibición de comulgar en la boca y ha castigado a los pocos sacerdotes que en algún momento se animaron a acceder al pedido de sus fieles.

Asturias es una provincia española que cuenta con poco más de un millón de habitantes. En la última semana ha tenido un promedio de 10 casos diarios de covid. Sin embargo, allí también sigue prohibida la comunión en la boca. Claro que los asturianos reaccionan de un modo distinto y más recio a como lo hacen los mansos fieles mendocinos: reaccionan a paraguazos contra curas y sacristanes, como nos anoticia este sitio.

Terminemos tal como empezamos, con las clarividentes palabras de Newman:

Every thing must proceed from the laity — it is spoilt if priests interfere.

Todo debe salir de los laicos; en cuanto se meten los curas, se estropea todo.

Carta a William Monsell, 12 de enero de 1865. (Letters and Diaries 21, p. 384).

 

jueves, 23 de septiembre de 2021

Bergoglio y el demonio cutre

 


En el post anterior decía que me parecía difícil que Francisco fuera el temido Papa de los tiempos apocalípticos porque siempre hemos pensando a éste como un brillante príncipe cuyos esplendores encandilarían a muchos, y evidentemente no es este el caso del papa argentino.

Un amigo, sin embargo, me comentó que exorcistas conocidos como el P. Amorth o el P. Mancuso, se han encontrado en varias ocasiones con demonios bobalicones, que dicen pavadas y hacen bromas zonzas. Una especie de demonios oligofrénicos, los cuales son capaces solamente de hacer tonterías. 

Y yo recordé que Yauseph Hazzaya, el maestro espiritual más importante del cristianismo siríaco, tiene un interesante librito llamado Las tres etapas de la vida espiritual (Sígueme, Salamanca, 2017; p. 118), en el que habla de un “demonio burlón” o “zumbón”, que también es bastante limitado y sus recursos para molestar a los cristianos es distraerlos con bobadas. Por ejemplo, dice Hazzaya, este demonio se pone a resoplar como un  caballo a la puerta de la celda, lo cual  es suficiente para distraer al monje en su oración. Pareciera, entonces, que en el mundo demoniaco no solamente está el rutilante Lucifer u otros como él, sino que hay también demonios zopencos y de cuarta categoría; demonios berretas o demonios cutres. 

Y me puse a pensar si no será ese el caso de Bergoglio. Quizás el pobre no es limitado ni  cutre, sino que lo que ocurre simplemente es que sufre permanentemente e irresistibles tentaciones por parte del demonio cutre y mequetrefe del que nos habla Yauseph el Visionario, o Hazzaya. Las intervenciones pontificias  de la semana pasada, por ejemplo, sólo pueden salir de la boca de un personaje que, o bien no está en sus cabales, o bien es un zopenco, o bien está tentado por  un demonio zopenco. Y esta última debe ser la situación que afecta al Romano Pontífice.

Veamos un breve listado, comenzando por la conferencia de prensa que brindó en el avión, regresando de Eslovaquia. Yo sospecho que los aviones en los que se desplaza el Santo Padre tienen alguna falla en su sistema de presurización y provocan en su augusta persona una suerte de hipoxia que lo hace decir simplezas e idioteces. O bien será que en esas alturas las inspiraciones del “demonio burlón” son mucho más intensas. 

1. Refiriéndose a un tema tan delicado como las vacunas, que requieren un conocimiento especializado y riguroso, afirmó que “algunas vacunas tiene la fama que no son eficaces o que son poco más que agua destilada”. Aquí tienen ya los antivacunas, tan afectos muchos de ellos a las posiciones ultramontanas, la intervención magisterial que necesitaban para sostener su posición.

2. Pero lo peor fue la irónica y burlona referencia al cardenal Burke. Dijo: “También en el Colegio cardenalicio hay algunos negacionistas y uno de ellos, pobrecito, está internado con e virus. Bah, ironías de la vida…”. Creo que habría que remontarse a los Papas renacentistas para encontrar tanta maldad, aunque ellos seguramente las comentaban con sus amigos o sus amantes, y no al mundo entero, como hace el Papa Francisco.

3. Cuando el ex-jesuita Gerard O’Connell, esposo de nuestra conocida Elizabetta Piqué, le pregunta sobre si se pueda dar la eucaristía a quienes promueven el aborto, Bergoglio responde: “Yo nunca he negado la eucaristía a ninguno, a ninguno”. Y relata la siguiente anécdota: “[en una ocasión] fui a celebrar a un asilo de ancianos, estábamos en el salón y dije: ‘El que quiera comulgar que levante la mano”, y todos, viejitos y viejitas querían la Comunión, y cuando le di la Comunión a una señora, me tomó de la mano y me dijo: ‘Gracias, padre, gracias… yo soy judía”. Y yo le  dije: “También al que yo te di es judío; no te hagas problema”. El descaro de Bergoglio es sólo comparable al del demonio cutre. En primer lugar, todo sacerdote sabe que la Comunión no se ofrece, sino que los fieles deben pedirla pero, más allá de eso, ¿cómo es posible que banalice de tal modo la Sagrada Eucaristía para decirle a una persona no bautizada que está muy bien que comulgue? ¿Cuál es la fe del Papa Francisco?

(Me permito dudar de la veracidad de la anécdota relatada por el Santo Padre. Como todo jesuita, tiene permiso para mentir, y el relato de la viejita judía debe ser tan mentiroso como el otro en la que afirmó que, siendo joven, fumó marihuana, o que fue patovica en una discoteca).

4. Y en la misma respuesta sugiere: “Pensemos en Port Royal, en el problema de Angélique Arnaud, en el jansenismo: sólo los perfectos pueden comulgar”. Recurre al trillado lugar común, tan caro a los jesuitas, de dar con un palo a los primeros jansenistas, sin el menor rigor científico o aprecio por la verdad histórica. Le recomiendo al Santo Padre leer Los jansenistas franceses, de Marguerite Tollemache, y traducido por dos compatriotas suyos, profesores de la Universidad Nacional de Nordeste (Las cuarenta, Buenos Aires, 2014), para enterarse de qué se trató realmente el fenómeno del primer jansenismo. Un poco de cultura no le vendría mal.

Como ocurre en todos sus viajes, el Papa Francisco dedica un buen rato para reunirse con sus hermanos jesuitas “a puertas cerradas” (¡tamaño aquelarre!), puertas que a la semana siguiente el P. Spadaro, s.j. abre a todo el mundo en las páginas de La civiltà cattolica. Allí, sentado en una postura muy cutre, respondió algunas preguntas de los jesuitas eslovacos en Bratislava. Veamos algunas respuestas. 

1. Le preguntan cómo se encuentra: “Vivo todavía. Aunque algunos me querrían muerto. Sé que hubo incluso reuniones entre prelados, que pensaban que el Papa estaba más grave de lo que se decía. Preparaban el cónclave. ¡Paciencia! Gracias a Dios, estoy bien. La operación fue una decisión que no quería tomar: fue un enfermero el que me convenció. A veces los enfermeros comprenden la situación mejor que los médicos, porque están en contacto directo con los pacientes”.

Estas declaración provocó que el cardenal Parolín saliera ayer a decir que "Probablemente el Papa tiene información que yo no tengo". Y con esto se abren tres opciones: a) El Papa divulga alegremente información hiper reservada que ni siquiera conoce su Secretario de Estado, con lo cual estaríamos en presencia de un irresponsable mayor incapacitado para desempeñar el cargo que  ocupa; b) El inútil es el Secretario de Estado que no conoce la información sensible que debiera conocer en razón de su cargo, o c) Todo esto  no es más que otra mentirijilla del Papa Francisco. Las opciones no son  excluyentes y, como anota Specola en su  entrada de ayer, se trata de las típicas estrategias de los políticos de bajo nivel que arremeten contra los medios de comunicación o contra lo jueces, y que ven conspiraciones para justificar sus carencias, todo en una terminología tabernera, exigiendo una especie de «obediencia fraterna», propia de ciertas logias masónicas: «Quieren matarme, ya están pilotando el próximo cónclave, están eligiendo a mi sucesor, unámonos y repelamos el asalto del enemigo». Todo suena a un llamamiento a las armas  de un pontífice que se siente cada vez más rodeado y traicionado incluso por sus colaboradores más cercanos.

Por otro lado, aún cuando el hecho fuera verdadero, la conducta más lógica y responsable de los prelados de la Curia romana es que, si el Papa está enfermo y atravesando una cirugía compleja, comiencen a pensar y preparar el cónclave. Y eso no es quererlo muerto; eso es ser responsable. El funeral de la reina Isabel de Inglaterra está preparado desde hace décadas, y seguramente está también preparada la coronación del príncipe Carlos como nuevo rey, pero a nadie se le ocurre pensar que los funcionarios que sirven en la Casa Real desean la muerte de la reina. 

Y finalmente Bergoglio volvió con la historia del enfermero. Populismo barato propio de su resentimiento, en el que opone a los médicos con los enfermeros, que siempre son mejores que aquellos. Me gustaría saber si el que le hizo la cirugía fue un enfermero…

2. Dice: “Has mencionado una palabra muy importante, que define el sufrimiento de la Iglesia en este momento: la tentación de volver atrás. Estamos sufriendo esto hoy en la Iglesia: la ideología del volver atrás. Es una ideología que coloniza las mentes. Es una forma de colonización ideológica. […] La vida nos da miedo.”.

Ya tenemos los tradicionalistas una nueva retahíla de insultos: no solamente somos rígidos y pelagianos con cara de pepinillos en vinagre, sino que estamos colonizados ideológicamente y, además, somos unos cobardes asustadizos de la libertad. 

Y continúa: “Buscar el camino en la rigidez y el clericalismo, que son dos perversiones”. Que nada menos que Francisco critique el clericalismo, cuando ha asumido las actitudes más clericales de los Papas de los últimos siglos, es una patente muestra de cinismo, por decir lo menos. ¿No es, acaso, clericalismo Traditiones custodes, en la que él se ubica como el supremo definidor de la liturgia que hace bien o mal a los laicos y las familias católicas, sin escuchar su parecer? ¿No es terriblemente clericalista la intervención vaticana en los movimientos laicales que se han producido en los últimos meses? Me gustaría saber qué piensan al respecto Enzo Bianchi, o don Julián Carrón de “Comunión y Liberación”, o Antonella Frongillo, de los “Memores Domini”. 

En fin, que si Bergoglio no es zopenco y cutre por naturaleza, debe ser con toda seguridad que sucumbe con mucha facilidad a las tentaciones del demonio zopenco y cutre. 


lunes, 20 de septiembre de 2021

Como ovejas sin pastor

 


 

Uno de los grandes males que padecemos desde hace mucho tiempo los católicos es que estamos sin pastor. Ya nos hemos olvidado qué significa ser guiados por ellos y del sano y comprensible sentimiento de consuelo que implica refugiarnos en su palabra y protección. Tenemos ya el cuero curtido luego de años de abandono y persecución por parte de nuestros obispos y del mismo sucesor de Pedro, que debería confirmarnos en la fe en momentos de tanta confusión. Estamos huérfanos. No tenemos pastores, excepto a algunos buenos sacerdotes y religiosos, medio perseguidos y ocultos, que nos alientan con sus palabras y nos alimentan con los sacramentos. 

Las actitudes confusas e inestables del papa Francisco provoca reacciones e interpretaciones. ¿Qué está ocurriendo? Y aparecen dos posturas. La primera es la de Sherlock Holmes. Decía el detective a su fiel Watson: “Yo nunca supongo nada. Es un mal hábito que destruye la facultad de pensar lógicamente. Lo que te parece extraño es solamente porque no sigues la evolución de mi pensamiento ni observas los pequeños hechos de los cuales dependen las inferencias más importantes.”

Se trata, según Holmes, de observar los pequeños hechos a fin de deducir las inferencias mayores. Si aplicamos este principio al papado de Francisco podemos encontrar muchísimos hechos insignificantes si se los toma aisladamente pero que, si se los anuda unos con otros, urden una peligrosa trama de cambios y direcciones equivocadas. Las entrevistas, llamadas telefónicas y afirmaciones casuales; las homilías diarias y los discursos improvisados; el cambio en las rúbricas, el rompimiento de tradiciones seculares, la ostentación de petulante humildad, la inacabable letanía de insultos y desprecios dirigidos hacia los suyos, la actitud desenfadada hacia toda disciplina, la reinstalación de herejes pertinaces, las frecuentes auto-contradicciones que hacen imposible saber qué es lo que realmente cree, el recurso a pensadores heterodoxos, la expresión pública de sentimientos de afecto hacia sostenedores de ideologías peligrosas, el disimulo de malas conductas bajo el nombre de “misericordia” o “preocupación pastoral”, etc, etc. etc.

Repasemos un par de ejemplos de la última semana. En el rápido encuentro privado que tuvo con el primer ministro húngaro Viktor Orbán, le dijo: “¡La familia es padre, madre, hijos, punto!”. Orbán afirmó que había quedado emocionado por las palabras pontificias que lo confirman en sus políticas. ¡Pobre iluso! No conoce lo que significa tratar con un peronista. Pocas horas después, y en la entrevista concedida a los medios de prensa mientras volaba de regreso a Roma, Francisco afirmó que sí, el sacramento del matrimonio es entre el hombre y la mujer, pero a los que prefieren la unión entre personas del mismo sexo, los estados deben garantizarles el derecho de la unión civil. Todo se resuelve, en definitiva, en una cuestión semántica. El Papa, como siempre, dice a cada uno lo que quiere escuchar. Y agreguemos otro hecho menor: nos enteramos a través del ineludible blog de Specola, que por primera vez en la historia de la basílica vaticana, un simple sacerdote celebrará la santa misa en el altar papal, el que se ubica sobre la tumba misma del Apóstol, y en el que solamente celebraba el Papa. Otra tradición que se rompe por capricho pontificio. 

Todos estos hechos y actitudes a las que nos ha acostumbrado Bergoglio parecieran no ser más que insignificancias o detalles en los que reparan solamente aquellos que siempre estamos prontos a criticarlo, los “rígidos” y “pelagianos” que todavía vegetan en la Iglesia. Pero si comenzamos a armar el listado o a “tejer” los hechos, las inferencias a las que llegaría Holmes son de extrema gravedad. El Sumo Pontífice tendría un objetivo muy claro y hacia él se dirigiría: arruinar (= convertir en ruinas) a la Iglesia y a la fe y desfigurar el rostro con el que se la conoció durante siglos. Si ese fuera el caso, podría ser asimilado a los apocalípticos pontífices que encontramos retratados en los libros de Benson, Castellani, Lacunza, y tantos otros. Las profecías se estarían, aparentemente, cumpliendo.

Hay otra posibilidad. Si bien el diagnóstico descrito es acertado, hay que tener en cuenta un detalle evidente para todos: Bergoglio es un personaje menor, lamentable, irrisorio; un Papa de reparto al que el papel protagónico de Papa apocalíptico le queda demasiado grande. Podría darse el caso, por cierto, que la Providencia quisiera reírse un poco más de nosotros que siempre imaginamos a ese personaje como un gran príncipe lleno de inteligencia y maldad lo cual no se aprecia en el actual Sumo Pontífice.

El papa Francisco soporta sobre sí décadas de jesuitismo. Su inteligencia es puro intelecto práctico, ordenada exclusivamente a alcanzar el poder, siempre, por supuesto, ad maiorem Dei gloriam. Es más un hombre político que un hombre religioso. Sus contradicciones son frecuentes y notables, un fenómeno observable en los políticos a quienes la verdad, en general, les importa nada. El político usa la palabra para generar efectos en los sectores de opinión, a fin de ser aceptado y votado o, cuando se encuentra en el poder, para fijar líneas de fuerza en la dirección que quiere llevar al rebaño. Esto hace surgir en ellos el hábito de considerar la palabra como una herramienta de dominio o persuasión y a despreciar toda ulterior connotación de ella. En la persona que entra en esta lógica, las contradicciones no tienen mayor entidad porque no hay una verdad ante la que responder.

Es por eso que resulta tan difícil entender la lógica del papa Francisco: no entra en categorías religiosas. Se desenvuelve en un campo religioso pero sin las restricciones propias de la religión, en una especie de versión personal de lo que hay que hacer que cambia continuamente. Y esta conducta, una vez más, es típica de la política, donde permanentemente los adeptos a un líder están chequeando lo que hay que pensar y hacer en un momento determinado, de acuerdo a lo que el jefe manda. Esta sensación de imprevisibilidad es lo más típico de la realpolitik moderna. Nunca se puede estar seguro porque la “ortodoxia” cambia permanentemente, de conformidad con los golpes de timón de la voluntad del jefe.

Martin Amis, en su biografía sui generis de Stalin, cuenta la historia de un poeta laureado soviético, que solía publicar en el Pravda versificaciones de la política del momento, como odas a los planes quinquenales y cosas por el estilo. El personaje tuvo un día la idea de escribir un poema con el descenso a los infiernos de Hitler y sus seguidores fascistas, y la mala suerte de publicarlo el mismo día del pacto Ribentrop - Molotov. Stalin agarró el diario que traía la noticia en primera plana y la Oda en la sección literaria, y dijo: “Díganle a este Dante de pacotilla que seguirá escribiendo versos en Siberia”. La ortodoxia, por exigencias de la realpolitik, había cambiado. No hay principios; los principios cambian según las circunstancias y necesidades.

Y hoy, los obispos adocenados que pueblan mayoritariamente la Iglesia, han adoptado como su primera y prioritaria función episcopal, el oler diariamente el aire buscando los aromas ovinos que despide el Romano Pontífice, a fin de conocer en qué dirección va la ortodoxia y no perder sus puestos, aun a costa de la vida y de la fe de sus ovejas. Estamos como ovejas sin pastor. Nuestros pastores sólo se ocupan de pastorearse a sí mismos. 

domingo, 19 de septiembre de 2021

Peregrinación Nuestra Señora de Cristiandad en Argentina

 


El motu proprio Tradiciones custodes ha significado que las peregrinaciones de Nuestra Señora de la Cristiandad, iniciadas en Francia y replicada luego en muchos países del mundo, se encuentran con situaciones imprevistas y, sobre todo, dolorosas. Sin embargo, siguen adelante. Por el valor y la importancia que poseen para todos los fieles católicos de Argentina, les pido que visiten la página de la organización de la peregrinación de este año, que quienes puedan participar lo hagan, como así también quienes puedan colaborar de algún modo u otro en ella. 

viernes, 17 de septiembre de 2021

LA TRAGEDIA DEL RITO ROMANO. Una posible solución al nudo gordiano litúrgico (y último)


 

por Eck

4) La Resolución del nudo gordiano.

La resolución adecuada es cortar por lo sano como hizo Alejandro Magno el nudo gordiano fatal que une los dos ritos y crea la guerra litúrgica fratricida. En mi opinión para ello se deberían tomar las siguientes medidas:

-Reconocimiento oficial e institucional de que hay dos ritos distintos en el ámbito de la Iglesia Romana: El Rito Romano y el Rito Vaticano, cada uno con su Lex orandi propia.

-Reforma en profundidad de las rúbricas del Rito Vaticano para poner orden a la anarquía reinante y atacar los sacrilegios.

-Creación de oficinas separadas en la Congregación de Ritos para cada uno de ellos. Se deberá poner la norma fundamental que toda reforma futura no será obligatoria, que sin la aceptación del clero y los fieles será nula y que la Iglesia no tiene ninguna potestad para abolir los Ritos recibidos ni de derecho ni de hecho.

-Plena libertad para celebrar en uno, en otro o en ambos a todo sacerdote latino así como el derecho de los fieles para recibir los sacramentos en el rito que desee. En consecuencia, se deberá obligar a cada seminario diocesano a enseñar la práctica de ambos.

-Plena libertad a toda orden o comunidad religiosa para celebrar y enseñar en el rito que prefiera o en ambos en consonancia con su estatutos. En las órdenes históricas con su propios ritos se dará libertad a sus miembros para celebrarlos si así lo desean (carmelitano, dominico, etc.)

En resumen, tratarlos como lo que son: dos ritos diferentes y dar plena libertad para su celebración tanto al clero como a los fieles.  A partir de aquí que todo buen cristiano decida aquello que mejor le convenga para su salud espiritual.

Se me podrá argumentar en contra la creación de un birritualismo casi único y sin parangón en toda la Iglesia Romana pero frente a los graves males descritos me parece un problema casi inexistente y de los que pudieren haber, de fácil solución. Por otra parte en muchos sitios de Oriente conviven en armonía varias iglesias católicas de ritos diferentes sin problemas. Seamos humildes y aprendamos de su ejemplo.

Otros podrán argumentarme que sería más fácil dejar de lado el Rito Vaticano, lastrado por sus taras de nacimiento y por el abuso que se le ha sometido, a favor del Rito Romano. Si estuviésemos en los setenta o principios de los ochenta, quizás podría decir que sí. En 2021 mi contestación es No porque se ha "tradicionalizado". Para millones de fieles y para miles de sacerdotes el Rito Vaticano es su misa, con ella han nacido, con ella se han criado y con ella dan culto a Dios. Es su tradición litúrgica, desconocen el carácter ideológico de su origen y las guerras de los sesenta y setenta les son tan ajenas como el Cisma de los Tres Capítulos. Su sustitución manu militari crearía un problema colosal por el corte traumático de su vida cotidiana eclesial y para muchos de sus partidarios los mismos problemas de conciencia que estamos viviendo entre nosotros.

Sería un error de proporciones históricas, que dañaría la Liturgia en su corazón, el hacer un 1970 invertido mediante su imposición en la Iglesia por decreto o un Traditionis Custodes tradicionalista. La falsa solución ultramontana se basa en el voluntarismo que tanto daño nos ha hecho y que debe ser evitada a toda costa porque hace de la liturgia un instrumento ideológico de gobierno en manos de la jerarquía en vez de ser un don divino recibido de lo Alto y que debe ser tratado como res sacra. Si Dios fulminó a quien no trato con el debido respeto su Arca, donde estaba solamente las Tablas de la Ley, ¿qué no hará con quien manosee Su Santa Misa donde se encarna Su Hijo?. En palabras de Donoso Cortés pondríamos otra vez tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias.

Yo soy el primero que me gustaría ver restaurado en todo su esplendor el Rito Romano y abandonado el Rito Vaticano en toda la Iglesia Romana pero prefiero pasar por miles de trabajos y angustias para su restauración progresiva antes que repetir los viejos errores que nos han llevado al desastre actual por muy buenas y santas intenciones se tengan. Muchas veces queremos correr demasiado y no respetamos los tiempos de Dios y de las almas. El Rito Romano se extenderá por sí mismo, por su propia virtud que encierra en su seno como la semilla de la mostaza la belleza del  Rostro de Cristo que atrae y enamora a las almas.Hagamos caso a S. Gamaliel y puesto que nadie podrá destruirla, confiemos en la Divina Providencia y no nos apresuremos con medidas imprudentes, dañinas e injustas. 

El único camino posible si nos tomamos el Rito Romano en serio y no como un caballo de batalla más es su restauración paulatina como el mayor don del Altísimo a la Iglesia romana, lazo que nos une a las iglesias purgante y triunfante que han orado con él antes, a los grandes santos y sabios que han colaborado en su hermoseamiento como Santo Tomás y adelanto de la Gloria reservada a los hijos de Dios. Vivamos, pues, en santidad, comportarnos con caridad, honrando al Señor con amor a la Verdad dentro de la Santa Misa como han mostrado los miles de santos y mártires antecesores nuestros en la Fe, en especial el Santo Cura de Ars, el P. Pio y otros.

Si tomamos sus ejemplos podremos repetir dentro de la Iglesia la conversión de S. Vladimir y todo el pueblo de la Rus. Según una leyenda muy sabia, la conversión se debió a la belleza y la gloria que los emisarios del rey vieron en Santa Sofía durante la Liturgia bizantina: "No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra, tanta belleza, que no sabríamos como describirla". Esta es la verdadera restauración del Rito Romano, que todo el mundo se acerque a el en busca y encuentro con Dios lo halle y viva él y todos los suyos.


miércoles, 15 de septiembre de 2021

LA TRAGEDIA DEL RITO ROMANO. Una posible solución al nudo gordiano litúrgico (II)

 

por Eck

2) La falta de reconocimiento de la verdad o la fictio legis imposible de Benedicto XVI

La verdades no reconocidas desde el fatídico primer domingo de Adviento de 1970 son las siguientes, consecuencia de la Crisis Litúrgica y sus falsas soluciones:

1º) Que el Misal de Pablo VI y el Misal de Pio V son dos Ritos completamente diferentes y que se pueden llamar legítimamente Rito Vaticano (idea de un buen amigo mío oriental) y Rito Romano respectivamente.

2º) Que el Rito Vaticano o de Pablo VI es un rito artificial, creado ex novo por una comisión, con unas finalidades concretas, impuesto por un Diktat pontificio, sin ninguna tradición detrás y por todo ello sui generi, un unicum en la Historia de la Iglesia.

3) Que el Rito Vaticano nació con la principal finalidad de sustituir mediante una "reforma" al Romano, visto como imperfecto y no adaptado a los tiempos, lo que le hace dependiente de este existencialmente. Si el Romano llega plenamente a los modernos, el Vaticano es inútil y sin razón de ser para existir. 

4) Que el Rito Vaticano se ha "tradicionalizado" hasta el punto que ya varias generaciones mayoritarías de fieles se han criado con él en el ámbito de la Iglesia Romana. Es su rito recibido de la Iglesia.

A pesar del benemérito Summorum Pontificum de Benedicto XVI para liberar la Misa Tradicional, contenía un error fatal. Para liberalizar el Rito Romano, el Papa Ratzinger ideó una fictio legis que era considerar los dos ritos diferentes como dos expresiones del mismo rito, el Romano, para que pudieran celebrarlo todos los sacerdotes. No tuvo la valentía de reconocer que eran dos ritos distintos y por ello su obra estaba edificada sobre arena y destinada a perecer a manos de su sucesor.

Francisco I en su lamentable Traditionis Custodes, sin embargo, tiene la lógica de su parte al sacar las consecuencias de los postulados del Summorum. Si son dos expresiones del mismo rito, mientras exista el Vaticano este debe sustituir al Romano tras un plazo de tiempo de adaptación para que los fieles tradicionales se pasen a él. Es su razón de existencia y su justificación, carece de ella mientras exista el Romano y más si éste crece y se expande. De hecho, el fin de toda la obra litúrgica del Papa alemán era la incorporación paulatina de elementos del Romano en el Vaticano para unificarlos en uno, una rectificación del invento ritual de Pablo VI que paliara su artificiosidad y le entroncase con la tradición.

A pesar de la intención de su autor, el Summorum produjo no esta unidad sino una crisis mimética de los dos Ritos a la manera en que René Girard hablaba de los gemeloso dobles miméticos agudizando la crisis hasta el paradoxismo con Bergoglio.


3) La crisis mimética de los dos ritos o el Cain y Abel litúrgico.

Esta gran crisis de la lucha entre gemelos miméticos que producen violencia nos retrotrae a la primera crisis litúrgica de la historia de la humanidad. Nos referimos al episodio bíblico de Caín y Abel, con tantas concomitancias que casi podemos decir que es una anticipación que puede arrojar luz sobre nuestro caso.

Podemos equiparar el Rito Romano con Abel que sacrifica el Cordero al Señor mientras que Caín sería el Rito Vaticano, el cual ofrece al Señor el fruto de la tierra y del trabajo del hombre. El Altísimo mira propicio el sacrificio de Abel porque este es puro y santo pero no el de Caín porque no lo era. Así le dijo el Señor: “¿Por qué andas irritado, y por qué ha decaído tu semblante? ¿No es cierto que si obras bien, podrás alzarlo? Mas si no obras bien, está acechando a la puerta el pecado que desea dominarte; pero tú debes dominarle a él.”(Gn.4, 6-7). 

El mal del Rito Vaticano no está en que no sea un rito santo ni siquiera en que sea artificial sino en la voluntad de sustituir a su hermano para obtener una legítimidad espiritual que solo la historia puede dar, que la autoridad pontificia es incapaz de otorgar pese a la intención de Pablo VI y sus sucesores y que los modernistas quieren destruir a toda costa.Viendo estos últimos que no obtenían el fruto deseado y llenos de envidia por las gracias crecientes que estaban produciendo su restauración, en vez de convertirse a la Verdad, hicieron como Caín, que tomó a Abel, y así como en el relato biblico se narra que Caín le mató con la quijada del asno, del mismo modo los partidarios modernistas del Rito Vaticano intentaron eliminar al Rito Romano con la Traditionis Custodes de Francisco I. 

Toda la Iglesia reclama el rito desaparecido al ver la injusticias de arrancar uno de los ritos legítimos provenientes de los Apóstoles. También llora al ver desolados y maltratados miles de fieles y sacerdotes que sin culpa ninguna fueron despojados de su culto, insultados de palabra y obra, agredida la memoria de centenares de generaciones de santos y fieles que rezaron con esa Liturgia y ofendida la memoria de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI al atribuirles falsedades obscenas. Con ello, Francisco y sus secuaces han profanado el Rito Vaticano y le han marcado con este estigma cainita que ningún otro rito de la Iglesia Universal tiene.

Sin embargo, debemos recordar que Dios marcó a Caín con una señal para que nadie pudiera agredirle fuese a donde fuese a pesar de su crimen  porque estaría protegido por el Altísimo. El Rito Vaticano está marcado por un hecho determinante que debemos recordar siempre y que le hace estar protegido por el Señor: se ha hecho tradicional en gran parte de la Iglesia siendo la Liturgia dada para millones de fieles y con la que santifican sus vidas. Por esta causa, no debemos seguir el ejemplo de Caín para reparar el mal hecho sino el de Cristo: Aquel que hace nuevas todas las cosas.

(continúa)

lunes, 13 de septiembre de 2021

LA TRAGEDIA DEL RITO ROMANO. Una posible solución al nudo gordiano litúrgico (I)

 


[Eck es un comentarista habitual del blog, particularmente agudo en sus observaciones. Publico en tres entregas un artículo de su autoría con interesantes reflexiones sobre el problema litúrgico en la iglesia romana]

por Eck


"Sine dominico non possumus"

Mártires de Abitina (Túnez)


A D. Xavier O. de Santiesteban.


La crisis litúrgica del Rito Romano es el mayor problema que actualmente sufre la Iglesia Católica hasta producir lo que denunció con tanto vigor el P. Louis Bouyer: la propia descomposición del Catolicismo. Sin embargo, muchos de los defensores de los ritos tradicionales no comprenden la profundidad que alcanza este cáncer en toda la vida cristiana cuando creen poder curarla con un simple cambio de misal y una mera vuelta a los usos de un pasado ya fenecido. Es pretender corregir las consecuencias con un simple regreso a las causas que lo provocaron en vez de atacar el mal en su raíz. Por el contrario, su resolución sólo puede venir, con la ayuda de Dios, a partir del reconocimiento de la verdad pura y dura, lo único que nos hará libres, para poder remediar esta enfermedad que debilita a la Iglesia.

Los principales problemas litúrgicos de la Iglesia Latina se pueden resumir en estos tres: 

El primero: el desconocimiento del papel central de la liturgia en la vida de la Iglesia; el segundo: la falta de reconocimiento de la verdad; y el tercero: la crisis mimética entre ambos ritos.

1) El desconocimiento del papel central de la liturgia en la vida de la Iglesia.

Este desconocimiento del papel central de la liturgia en la vida de la Iglesia se puede ver en el uso que se le da. Se la emplea para cualquier fin menos para lo fundamental en ella. Lo que bien sabía el mártir S. Emérito cuando contestó a la acusación del procónsul Anulino de haber participado en los Santos Misterios: "No podemos vivir sin el Día del Señor", nosotros lo hemos olvidado. 

Daré aquí un breve resumen porque el tema es de por sí profundísimo. En mi opinión se puede expresar así: La Iglesia tiene su corazón en la Liturgia, la Liturgia tiene como fundamento el Santo Sacrificio de la Misa, en la Misa es Cristo quien se hace presente. Por este motivo primordial toda la Iglesia esta ordenada por y para la Liturgia y vive de ella como el árbol lo hace de sus raíces. La Donación total de Cristo en la Liturgia es el comienzo de la participación en la tierra de la Gloria y la Vida Divina que alcanzaremos plenamente en el Cielo.  

En cambio, nosotros hemos perdido este sentido sagrado al convertir los sacramentos y, peor aún, la Santa Misa en una máquina de Gracia y Hostias consagradas en vez de una participación en los Misterios de Dios, un injertarnos en la Vida de Cristo para que demos frutos de salvación. Esta nefasta concepción mecánica de los sacramentos nació del nominalismo voluntarista anticontemplativo de la Edad Media para el cual el hacer está por encima del ver, la voluntad sobre el entendimiento. Sus efectos deletéreos se vieron potenciados aún más por la inflamación cancerosa que la Devotio Moderna dio a la espiritualidad occidental, ya muy inclinada a la acción y la individualidad de por sí. En el fondo es una manifestación de un gnosticismo negador de la Encarnación y para el cual las formas históricas no son una encarnación de la Fe sino unos meros trajes de usar y tirar. Por esta razón fue el Caballo de Troya del modernismo, el neognosticismo por autonomasia.

Perdido el sentido profundo de la Liturgia y viendo en ella una simple fábrica de Gracia, era normal que muchos pretendieran resucitarla mediante su aggiornamento más que en la recuperación de su esencia. La famosa actuosa participatio de los fieles y cómo se entendió este concepto nos da la clave: No como una participación en la Vida Divina a través de los ritos sino como un mero desempeño físico dentro de las ceremonias.

Dejémonos de tonterías, las raíces de la Crisis de 1970 estuvo en los mismos comienzos del Movimiento litúrgico pues, menos en los monjes contemplativos, en el resto latían las semillas que produjeron el desastre. Momificada desde la Edad Media, los intentos de resucitarla desde los postulados y las concepciones modernas sólo podrían producir su pudrición completa pues no pudieron dejar de ver la Forma de la Tradición Sagrada como una adiaphora1, en palabras de Melancton, que podría ser sustituida por otras más modernas y más al gusto del presente para atraer a los contemporáneos a recibir los Sacramentos. 

Sólo el reaccionarismo a ultranza de los Papas del sg. XIX impidió que saltase la presa por los aires pero tras los golpes revolucionarios de S. Pío X y Pio XII ya no se pudo contener más las aguas. El Concilio Vaticano II, visto como un revulsivo para la renovación de la Iglesia, dio el golpe final que causó el anegamiento de la tradición. Siendo la Liturgia el Eje de la Iglesia, no es de extrañar que se centrara en ella los intentos de modenizarla, adaptarla y hacerla participativa tirando a la basura los Signos Sagrados dados por viejos y inútiles puesto que lo importante es la mera consagración y recepción del sacramento. Las continúan transformaciones y derivaciones solo continúan a cada vez  mayor velocidad esta lucha por seguir las modas. 

El Misal de Pablo VI y sus problemas fundamentales fueron su consecuencia. Respetada la Consagración y algunos pocos elementos anteriores, se vio como una reforma de las adiaforas del Misal de Pio V pero en realidad se creó un rito nuevo pero atado al anterior por necesidad: mors tua, vita mea. La supervivencia del rito tradicional impidió su consolidación y produjo la guerra litúrgica por dejar sin cimientos el nuevo rito. Benedicto XVI intentó hacer las paces pero la falta de verdad solo creó una tregua y las contradicciones siguieron aumentando con la expansión de la Misa romana y la recuperación de la visión tradicional de la Liturgia hasta que todo ha explotado con la Traditionis Custodes de Francisco I.

(continúa)