domingo, 9 de mayo de 2021

Quis ut Deus?

 

Creo que todos somos conscientes que estamos viviendo tiempos históricos que anuncian un profundo cambio de época, y no por causa del coronavirus, porque pandemias han habido cientos a lo largo de la historia, y cuando pasan, las cosas siguen más o menos iguales. Mucho más grave y definitorio que un bichito es el profundo cambio operado en la Iglesia Católica que sí puede provocar modificaciones mucho mayores y radicales.


Lo que está sucediendo en Alemania, a mi entender, no es más que el epifenómeno de lo que sucede en lo profundo de toda la Iglesia, y las afirmaciones que los alemanes están declamando abiertamente, las firmarían en lo profundo de su corazón una buena mayoría de obispos, sacerdotes y fieles. Una larga entrevista concedida por el cardenal Müller, en la que describe la situación de Alemania, sirve para demostrar el fenómeno del que hablo. Estamos frente a una iglesia, también en Argentina, España y todo el mundo, que ha renunciado a la pretensión de verdad y de ser la única que posee la verdad de la revelación, y que tiene muchísimo cuidado en no presentarse con esos títulos, no sea que la apedreen en las plazas públicas de los medios de comunicación. La Iglesia, en la práctica, se ha reducido a la ética social y al sentimentalismo religioso, y la única legitimidad que acepta es la que proviene del interior de cada católico (¿por qué un sacerdote va a negar la comunión a un adúltero si él, en su interior, se sabe justificado en su proceder?). Una iglesia de este tipo está condenada a la irrelevancia social, y es lo que está sucediendo. Bouyer, hace varias décadas, se reía con sorna de los católicos que corrían a estrecharse en abrazos con los enemigos de la fe, protestando su modernidad, amplitud de miras y fraternidades universales, y lo único que conseguían era la burla y el desprecio, la misma burla y desprecio que recibe hoy el Papa Francisco y otros personajes eclesiásticos por el estilo.

En pocas décadas, la Iglesia Católica ha dejado de ser y de proclamarse una religión sobrenatural para convertirse en una religión civil, que ha negociado todo en aras de conseguir la aceptación del mundo. Cuando un Papa da la comunión públicamente a un protestante —lo mismo que harán abiertamente los alemanes en pocos días—, está cuestionando la necesidad de la gracia; cuando se besa, reza y firma acuerdos con un musulmán, está despreciando la fe en el Dios Trino y en la divinidad de Jesucristo. Y esto que ha hecho últimamente Francisco, y que con variantes no muy pronunciadas también habían hecho Pablo VI y Juan Pablo II, ambos aparentemente santos, es compartido sin cuestionamientos por la inmensa mayoría del clero y de los fieles. Estamos frente a una iglesia diluida, la sal que perdió su sabor y que ya no sirve más que para ser arrojada al camino y pisada por los viandantes (Mt. 5,13).

Con la llegada de Bergoglio al solio de Pedro, se impuso de un modo magisterial —y destaco este carácter afirmado por el mismo pontífice— un principio que el marxismo y toda la progresía había usado a mansalva en las últimas décadas: la realidad se impone y los principios deben ceder frente a ella. Es este el nuevo superdogma. El ideal es la celibato sacerdotal, la castidad matrimonial y la continencia en los jóvenes, pero la realidad es que los sacerdotes quiebran frecuentemente sus votos, y la castidad es poco y nada observada en los otros estados de vida. Por tanto, esta “realidad de la vida” debe imponerse a los principios, los que deberán ceder sus pretensiones. En el mejor de los casos, quedarán como ideales a los que cada cual se acercará en la medida de sus posibilidades. Es esta la nueva moral católica y la teología moral que se enseña en la mayoría de los seminarios católicos. Y es, en el fondo, una renuncia a la fe en Jesucristo. Él es el liberador del pecado, de la muerte y del demonio. Él no respondió a la “realidad de la vida” del divorcio , que era común en su tiempo, o a la envidia de los fariseos, o a la violencia de los romanos, con el conformismo, ni les sugirió discernimientos, ni pretendió un “cambio de paradigma” de la fe de Israel. San Pablo no se detuvo a respetar los “proyectos de vida en común trazado por dos personas del mismo sexo adultas en la fe” sino que espetó en alta voz: “No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales heredarán el Reino de Dios” (I Cor, 6,9).

Decía al comienzo que estamos frente a un nuevo escenario que exige necesariamente medidas también nuevas. Y no me parece que siempre acertemos en este empeño. A veces, a fuer de conservadores, pretendemos aplicar las estrategias y argumentaciones que fueron más o menos eficaces en siglos anteriores y que ahora no tienen ya ningún peso, al menos para esgrimir en la primer línea de batalla. Después de la Reforma Protestantes y después de la Revolución Francesa, es decir, después de la subversión del orden religioso y político, podíamos hacer apologética de nuestra fe refiriéndonos, por ejemplo, a los “motivos de credibilidad de la Iglesia”, entre otros, la “santidad de su miembros”, pero eso, después de los escándalos de los últimos tiempos, no se lo cree nadie, y no prueban absolutamente nada. Y tampoco podemos ya argüir en contra del divorcio, de la homosexualidad e incluso del aborto apelando a la ley natural, porque nadie acepta ya la existencia de una naturaleza y mucho menos de una ley que provenga de ella. Esgrimir las armas de la apologética del siglo XIX es una pérdida de tiempo, y esto no significa que nos hayamos quedado sin argumentos. Sencillamente, nos quedamos sin oídos aptos para escuchar y comprender esos argumentos.

En mi opinión, ha llegado la hora de argüir el último y fundamental argumento: Dios lo quiere así, aunque la “realidad de la vida” sea otra. Dios no quiere el adulterio, ni tampoco quiere la fornicación según o contra natura, como tampoco quiere el robo o la mentira. Esta es su Voluntad, expresada claramente en la Revelación a través de las Escrituras y la Tradición, y es nuestra obligación obedecerla, sabiendo que esa obediencia nos hará libres. Se trata, en el fondo, de la tentación primigenia, de querer ser como dioses, de querer establecer nosotros mismos las reglas. Y así como muchos pueden argumentar que todos tienen derecho a rehacer su vida luego de un fracaso matrimonial, o que tienen derecho a amar a quien sea independientemente de su sexo, y que es arbitraria toda disposición contraria, también Adán y Eva tenían derecho a protestar por la arbitrariedad de no poder comer del famoso manzano, siendo como era un árbol más del jardín de Edén. En el fondo se trataba de la voluntad de Dios: Él, porque es Dios, decidió que de ese árbol no se comía; y porque es Dios decidió también la prohibición del adulterio y de la fornicación en todas sus variantes. Y nosotros sólo podemos decir: "¿Quién como Dios?"

Quis ut Deus?


[Nota bene: Muchos dirán que se trata de un recurso propio del voluntarismo escotista. No es esa mi intención y lo dejo claro en el post].

jueves, 6 de mayo de 2021

El sentido de la vida monástica

 

Finalmente apareció en español uno de los libros de espiritualidad más importantes del siglo XX. Ese es el convencimiento al que llegué hace algunos años cuando terminé de leer de nutrirme con El sentido de la vida monástica de Louis Bouyer. Se trata, para ponerlo en terminología actual, de la mejor y más completa fórmula que conozco para curar e inmunizar contra la decadencia de la devotio moderna que impregnó la vida espiritual de los católicos en los últimos siglos, desfigurando muchas veces el sentido profundo de la vida cristiana.


Y la mejor presentación es la que hace el autor en el prefacio de su libro:

El presente libro se dirige en primer lugar a los monjes. Quiere simplemente mostrarles que su vocación en la Iglesia no es, y nunca ha sido, una vocación particular. La vocación del monje es y sólo es la vocación del bautizado. Pero es la vocación del bautizado que llegó, diría, a lo extremo. Quienquiera se haya revestido de Cristo ha escuchado el llamado de la búsqueda de Dios. El monje es aquél para quien este llamado se hizo tan insistente que no puede responder mañana sino hoy mismo. No espera que pase la figura de este mundo para ver a Aquél que todavía se encuentra más allá. Él se adelanta abandonando todo lo de este mundo para encontrarlo desde ahora.

Pero hay que decir que este libro se dirige, al mismo tiempo, a todo cristiano. Si es verdad que el llamado: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” apunta, de una u otra manera, a cualquiera que quiere ser hijo de Dios, se puede invertir lo que acabamos de decir. En toda vocación cristiana hay un germen de vocación monástica. Se puede desarrollar más o menos; su desarrollo mismo puede tomar muchas formas diferentes. Pero este germen no podría ser ahogado sin que sucumba con él el germen propio de la vida en Jesucristo. No se puede, en efecto, ser hijo de Dios sin escuchar en lo más profundo de su corazón la voz que nos grita: “Venid al Padre”, sin estar preparados a responder con un sacrificio total. 

Los autores modernos glorifican la espiritualidad posterior a San Francisco de Sales por haber dejado de modelar al cristiano que vive en el mundo sobre la base monástica. Esta alabanza es relativamente ambigua. Si se admira la sagacidad con la cual el santo ha sabido distinguir entre la esencia de la vida monástica, la cual, una vez más, se confunde con la vida cristiana integral, y sus accesorios. –si se lo felicita de que haya desanimado a los cristianos que viven en el mundo a imitar el monacato por sus apariencias para adoptar y sólo adoptar de él sus principios vitales, nada mejor. Si se sobreentiende que abriría a algunos la esperanza de un cristianismo sin austeridades no buscando sino sólo a Dios, en una palabra, sin penitencia y sin vida interior, no se puede sino dirigir a los llamados discípulos de san Francisco de Sales la acusación más grave. La oración y la penitencia son las bases de toda vida cristiana, porque sin ellas la caridad no es sino una palabra vacía de sentido. Rechazarlas o arrojarlas a la periferia es negar al evangelio que se convierta en el todo de nuestra vida. Pero no se puede dar a Cristo un lugar limitado en una vida. Quien rehúsa darle todo, rehúsa darle algo.

Si se prefiere expresarse en términos más ambiciosos, diremos que el sentido de este libro, si es que lo tiene, es mostrar que no hay un humanismo integral más que el humanismo radicalmente escatológico. Ciertamente el cristiano debe amar el mundo en el sentido del que habla san Juan que dice que Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo único… Pero esto no quiere decir que el cristiano deba aspirar a instalarse en el mundo y a servirse del evangelio para este fin. Tal interpretación sería la más ridícula, al mismo tiempo que la más escandalosa de las paradojas. Esto quiere decir que el cristiano debe aspirar a salvar al mundo salvándose él primero. “El Señor está cerca: que pase este mundo y que venga su Reino…”, la sinceridad con la que volvemos a decir estas palabras de los primeros cristianos será la prueba de autenticidad de nuestro cristianismo.

Es muy probable que tales declaraciones preliminares choquen a muchos cristianos de hoy. Tanto mejor, pues escribimos para despertarlos de un sueño dorado. Como muchos otros, nuestros contemporáneos fuimos formados en la ilusión de que, al lado de la ascesis negativa, crucificante de siglos anteriores, había lugar para una ascesis positiva, constructiva, que no rechazaba nada de este mundo pero que consagraba todo a la gloria de Dios. La experiencia de la vida, y la del ministerio sacerdotal más que toda otra, se encontraba confirmada por el estudio de la Escritura y de la Tradición: esta ilusión no es sino una tentación, la primera y más elemental de las tentaciones que el diablo ha intentado con Nuestro Señor. Ésta reposa, como todas las tentaciones, sobre la mentira de una confusión previa. Que el esfuerzo cristiano deba apuntar a una consagración universal de nosotros mismos y del mundo, floreciente en un  gozo que no se puede marchitar, no hay duda. Pero la cruz es precisamente el Camino que conduce hacia allí y no hay otro. Si este libro pudiera convencer a algunos de que no hay “cristianismo sin lágrimas”, se realizarían los deseos de su autor.

Se consigue en Amazon, en versión digital e impresa.


sábado, 1 de mayo de 2021

La tempestad

 

En octubre de 2014 publiqué aquí un artículo comentando un breve folleto de Ronald Knox escrito en 1914 y en el que mostraba a través de una sátira las consecuencias que podían tener las actitudes aperturistas que algunos sectores minoritarios de la iglesia anglicana exhibían en ese momento, y que se habían puesto de manifiesto en una reunión ecuménica celebrada en la ciudad africana de Kikuyo. Pocas décadas más tarde, esa iglesia superó con creces las sátiras que había imaginado Knox. 


Yo no dejo de ver cómo la Iglesia Católica esta siguiendo con menos de un siglo de atraso, los pasos anglicanos y mucho me temo que, si seguimos en la misma ruta, terminemos como han terminado ellos. En los ’80, ni aún el más ácido de los comentaristas religiosos hubiese podido imaginar que cuarenta años más tarde se estuviera discutiendo con seriedad la licitud y conveniencia de bendecir, cuando no casar, a parejas del mismo sexo. 

Los anglicanos, sin embargo, tenían una ventaja sobre nosotros; tenían una chalupa aparcada junto a la nave que se iba a pique y que permitiría a quienes quisieran salvarse del naufragio. Cuando en 1993 la iglesia de Inglaterra decidió ordenar mujeres sacerdotes, Graham Leonard, obispo de Londres, decidió dejar esa comunión y convertirse a la Iglesia de Roma, en la que fue ordenado sacerdote poco después. Cuando en 2010 dieron un paso más y decidieron ordenar mujeres obispos, fueron cinco los obispos anglicanos que volvieron a la iglesia católica y este movimiento no se ha detenido. Hace poco más de un año, otro obispo del sur de Inglaterra y antiguo capellán de la Reina, se convertía. Y lo mismo ha sucedido con muchísimos sacerdotes y fieles. Se subieron a la chalupa y se alejaron del naufragio.

El problema es que los católicos no tenemos chalupa o, mejor dicho, estamos en la nave que se está hundiendo rápidamente bajo el comando del Papa Francisco. Hace algunos días discutíamos el cisma alemán que probablemente se producirá luego de finalizado el famoso “camino sinodal”, y decíamos que no ocurriría nada. Los alemanes no harán ninguna declaración oficial de separación de la sede de Pedro y aplicarán con mayor o menor premura las resoluciones a las que lleguen. Y no sería raro que un par de años, o antes, algún obispo ordene diaconisas, y poco más adelante sacerdotisas. Y no será raro tampoco que casen a divorciados y a homosexuales, y vaya uno a saber qué otros disparates. Y Roma no hará nada, con Francisco o con quien sea que lo suceda, y no lo hará no por falta de convicción sino por falta de fuerzas. Sabe perfectamente que cualquier sanción o prohibición que establezca será desoída. O bien, pasará por la criba de los discernimiento en los que tanto ha insistido Bergoglio, y los obispos tedescos terminarán diciendo que tales ordenanzas no son de aplicación en sus territorios. A Roma los únicos que la obedecen son los obispos y católicos conservadores.

La última entrada de este blog, sobre el desarrollo de la comunión en la mano en los últimos tiempos, es un buen ejemplo. Más allá de la voluntad de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI ampliamente documentada en decretos y disposiciones tendiente a limitar o suprimir esta práctica, fue desobedecida por los obispos del mundo entero, y Roma no hizo nada, no tanto porque no quiso sino porque no pudo. Y hoy estamos con que es obligatorio comulgar en la mano. 

La nave de la Iglesia está naufragando y se acerca lo peor de la tormenta. Sus oficiales eligieron al más chapucero e improvisado de los capitanes que podía encontrar quien, en vez de ordenar trincar velas e izar el tormentín para capear la tempestad, se adentra en ella con todo el velamen desplegado. Y nosotros a bordo, como corresponde, asustados, cansados y tristes. Sabemos, claro, que hay Alguien que duerme y que despertará en el momento apropiado pero, mientras tanto, debemos soportar los vaivenes de las olas y los vientos.


martes, 27 de abril de 2021

La comunión en la mano, ¿el triunfo de la desobediencia?

 

Acaba de publicarse hace un par de semanas en Francia un libro de autores varios sobre la comunión en la mano (Jean-Pierre Maugendre y otros. Bref examen Critique de la Communion dans la main, Contretemps, 2021). Los autores analizan en sendos capítulos aspectos históricos de esta práctica en diversas épocas y su situación jurídica en tiempos de pandemia. Todo este material ayuda a comprender diversos aspectos de este tema en un momento en el que, en muchas partes, constituye motivo de malestar entre los fieles.


Querríamos llamar la atención en especial sobre el texto de Mons. Nicola Bux con el que el libro concluye[La Communion dans la main, une désobèissance autorisée. Pp.149-164.], pues en él se tratan con claridad algunos temas vinculados con la historia reciente que habitualmente son mal conocidos o se comprenden de modo errado, y a veces hasta opuesto a la verdad de los hechos. En efecto, oímos decir con frecuencia que la comunión en la mano fue autorizada por san Pablo VI por medio de un documento llamado Memoriale Domini en 1969 y que este uso fue confirmado por san Juan Pablo II y luego aceptado sin problemas por el Papa Benedicto XVI como uno de los dos modos normales de recibir la comunión. Habría así actualmente dos posibilidades ofrecidas por la Iglesia para recibir el sacramento: en la boca o en la mano, así como hay dos posturas del cuerpo igualmente posibles: de rodillas o de pie.

Sin embargo, Mons Bux, apoyado en las dos obras monográficas que se han publicado sobre el tema (el libro del obispo argentino Juan Rodolfo Laise y la tesis doctoral del sacerdote italiano don Federico Bortoli), muestra cómo Pablo VI, lejos de autorizar o introducir el uso de la comunión en la mano, confirmó formalmente su prohibición, exhortando a obispos, sacerdotes y fieles a «someterse escrupulosamente a esta ley nuevamente confirmada». Sin embargo -y aquí nos hallamos frente a uno de los mayores puntos de la confusión arriba mencionada- previendo que algunos sectores no estarían dispuestos a obedecer esta ley, decidió disponer un mecanismo jurídico que permitiera a los obispos en cuya diócesis hubiera una resistencia masiva e inflexible a la prohibición papal, indultar a los desobedientes, si así lo veían necesario su conciencia y su prudencia. Esta última posibilidad, claramente limitada, la concedió el Papa no sin gran reticiencia y aprensión, pues temía que el hecho de recibir la comunión en la mano pudiera ir debilitando la fe de los fieles en la presencia real.

Años más tarde, cercano ya al fin de su vida y ante la confirmación de estos temores, intentando detener el desmesurado uso que se estaba haciendo del indulto, mandó que se implementaran medidas para suspender la concesión de nuevos indultos y también que se dejara en claro que, aun donde el indulto había sido concedido, la práctica de la comunión en la mano debía ser desaconsejada. Sin embargo, esa orden no fue obedecida. Meses después, recién elegido papa, san Juan Pablo II confirmó la decisión de su predecesor y ordenó que no se autorizara en más países el uso de la comunión en la mano, suspensión que se mantuvo por un lustro y que le valió presiones y hasta algunas expresiones impertinentes por parte de algún obispo. Los textos que transcribe Mons. Bux sobre esta desobediencia y resistencia frontal son realmente impresionantes.

Por último, el papa Benedicto XVI dispuso que en las misas que él celebrara los fieles recibieran la comunión únicamente en la boca. Más tarde explicó así la medida: «Al hacer que la Comunión se reciba de rodillas y se administre en la boca, quise dar un signo de profundo respeto y hacer un llamado de atención acerca de la Presencia real … Quería dar una señal fuerte; esto debe quedar claro: ¡Se trata de algo especial!».

Mons Bux muestra luego cómo los colaboradores más estrechos del Papa alemán en materia litúrgica reflejaron en diversas ocasiones el pensamiento de éste sobre el modo de dar la comunión, que coincidía plenamente con el de San Pablo VI, expresando en alguna ocasión la posibilidad de que se volviese a la práctica legalmente en vigor en detrimento de la indultada.

Mons. Bux cita una serie importante de textos de estos colaboradores, testigos de la posición del papa Benedicto, pero entre éstos deberíamos añadir al propio autor del escrito; en efecto: Mons. Bux ha tenido una larga relación personal con el cardenal Ratzinger, gracias a quien fue nombrado consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y perito para los trabajos preparatorios del Sínodo mundial de los Obispos sobre la Eucaristía. Al comenzar el Sínodo, ya convertido en Papa, Benedicto XVI lo nombró adiutor secretarii specialis del mismo; más tarde lo hizo consultor de la Oficina de las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice y de la Congregación para el Culto Divino. Esta larga colaboración coloca a Mons. Bux entre los testigos privilegiados del pensamiento litúrgico de Benedicto XVI.

Todo el material por él presentado en el texto que comentamos no hace, en su conjunto, sino confirmar la conclusión a la que Mons. Laise había llegado en su libro: «Por todo esto creemos poder afirmar que la introducción y difusion por todo el mundo de la práctica de la Comunión en la mano constituye la más grave desobediencia a la autoridad papal de los últimos tiempos».

Para finalizar, permítasenos notar que resulta asombroso que este uso, que fuera impuesto por medio de una actitud de desobediencia frontal y desafiante al mandato papal en los años 60, actitud muy semejante a la que en este momento están tomando los obispos alemanes con respecto al documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe sobre la bendición a las parejas homosexuales, sea ahora impuesto a los fieles que durante más de 50 años han seguido fielmente no sólo los deseos y disposiciones de san Pablo VI, san Juan Pablo II y Benedicto XVI, sino también la reiterada confirmación de la misma posición por parte del Prefecto de Culto Divino que el papa Francisco nombró a poco de asumir el pontificado: el cardenal Robert Sarah, retirado hace pocas semanas por haber llegado al límite de edad, quien escribió: «el modo en el que la práctica de la Comunión en la mano se difundió aparece como algo que ha sido impuesto de un modo que no es según los caminos de Dios».

La paradoja hoy es que se acusa a estos fieles nada menos que de «desobediencia» justamente por no querer acogerse a un uso que no sólo ha sido desaconsejado permanentemente por los Papas, sino que no es más que tolerado por medio de un indulto que se otorgó a quienes desobedecieron de modo frontal la autoridad papal. La situación actual parecería indicar que la desobediencia finalmente ha triunfado; confirmar este triunfo con medidas draconianas adoptadas contra los que no desobedecieron transformándolos así súbitamente en «desobedientes», es el colmo de la paradoja y contiene un mensaje implícito muy peligroso: la desobediencia es el camino, con tal de que sea inflexible.

El texto de Mons. Bux que comentamos y que puede leerse entero en español aquí, había sido publicado originariamente con ocasión del primer aniversario de la muerte de Mons. Juan Rodolfo Laise, el obispo argentino que obedeció el deseo de Pablo VI de mantener la prohibición de dar la comunión en la mano.


Fuente: Infocatólica.

domingo, 25 de abril de 2021

La iglesia y el rito

 

El abandono de muchos obispos y sacerdotes hacia sus fieles durante más de un año, aterrorizados en algunos casos por el virus y en otros, atacados de un civismo exacerbado que los llevó a ir mucho más allá de las normas impuestas por las autoridades, provocó que los templos en los que se celebraba la misa en el rito tradicional, y se da la comunión en la boca, vieran aumentar su feligresía en términos muy notables. Las iglesias de la FSSPX en Argentina han cuadriplicado, por lo bajo, sus fieles. En el priorato de Mendoza, por ejemplo, hay cinco sacerdotes que no dan a basto para atender todas las tareas que les demanda la feligresía, y esto no sucede en las parroquias “normales” de la arquidiócesis, que alojan dos sacerdotes, o tres en casos excepcionales, buena parte de ellos cercanos a la edad de la jubilación. Bendito virus que vino a exponer tantas de las bondades y pastoralidades que nos vendieron como frutos del Concilio.


Frente a esta situación, quienes han quedado en situación insegura, o tecleando para utilizar términos tangueros, han sido los sacerdotes denominados “línea media”, o “juanpablistas”; los que “sí, pero no tanto”; “está bien pero habría que ver”; “el rito de Pablo VI bien celebrado”, etc. Los que en este blog hemos definido con mayor o menor acierto como “neocones” (ver la editio princeps del diccionario neocon aquí). Es que a ellos han recurrido muchos fieles desencantados por los giros de la iglesia oficial a confesarles que han comenzado asistir con cierta regularidad a las misas de la misa tradicional debido a que en ellas pueden confesarse normalmente y recibir la comunión en la boca. 

¿Qué hacer?, se preguntaron, y pareciera que han recibido de sus gurúes o chorepíscopos una respuesta estandarizada: “Está bien, puedes ir, pero recuerda que el rito no es la Iglesia”, es lo que le dicen a los fieles. La típica respuesta que busca extremar las relativizaciones, a fin de salvar su fundamentalismo de permanecer siempre en el medio. En el fondo, lo que están diciendo es que el rito es algo accesorio, y la Iglesia es mucho más que una práctica ritual determinada para la celebración de los misterios de la fe. Ellos son los ecuánimes que ponen en su lugar a la liturgia evitando que absolutice a la Iglesia.

Ciertamente, la Iglesia es más que el rito. Quien es hijo de la Iglesia debe tener fe católica, practicar de las virtudes, amor a Dios y al prójimo, además de ir a misa. Más aún, en varias situación extremas de persecución, como la ocurrida en los países comunistas, los fieles subsistieron buen tiempo sin el rito. Sin embargo, la frase esconde también otra idea peligrosa: el rito, para línea media, es sólo una expresión de la Iglesia. Los cristianos dan culto a Dios a través de la liturgia, y los ritos en los que ésta se celebra son variopintos y circunstanciales. Lo importante es permanecer en la Iglesia, más allá de la accidentalidad del rito al que se asista. En pocas palabras, ellos dirán: “La batalla es por la Verdad; no nos entretengamos demasiado en cuestiones rituales”.

Y en esto veo yo un error grave, repetido una vez más por el neoconismo, y que desgloso en dos facetas. 

La primera tiene que ver con el resabio jesuita que suelen tener todos los movimientos neocones. Sea Opus Dei, Legionarios, Miles Christi, IVE, seminario de San Rafael, o tantos otros del mismo género, no pueden desprenderse de la espiritualidad jesuita y el relegamiento a la que ésta condenó a la liturgia y a la contemplación en favor del activismo. Para ellos, la liturgia no es más que una cuestión ceremonial, análoga a la que se utilizaba en las cortes reales, de importancia relativa, y que puede ser modificado según cambian las modas y “sensibilidades” sociales. Sobre este tema vuelvo a recomendar el libro del benedictino dom Maurice Festiguére, sobre el que escribí un post que pueden leer aquí, titulado La liturgie catholique. Essai d’une synthèse (Abbaye de Maredsous, 1913), y al que el P. Navatel, S.J, respondió en un largo artículo en la revista Esprit

La segunda es de orden metafísico. La aserción en discusión podría reducirse a estos términos: la Iglesia es sustancial; el rito es accidental. El problema es que aplican estos conceptos de acuerdo a la vulgata que ciertos manuales neotomistas han expandido, según la cual los “accidentes son accidentales”, es decir, secundarios cuando no insignificantes, y de una importancia relativa. Y esto es un error sobre el que Aristóteles y Santo Tomás alertarían rápidamente. Los accidentes son la expresión de la sustancia; ellos dicen la sustancia y la sustancia es dicha por ellos. Desaparecidos o mutilados los accidentes, desaparece o es mutilado el conocimiento de la sustancia. Sobre este tema hay mucho escrito por buenos filósofos y no es este el lugar para honduras metafísicas. Sin embargo, me permitiré una vulgarización de la cuestión.

Todos sabemos lo que es un elefante: un paquidermo de gran tamaño, de color gris, con una larga trompa, grandes orejas y rabo corto, entre otras características. Todas estas propiedades son accidentes. La trompa no es el elefante, pero ¿qué quedaría de un elefante sin trompa? ¿O si, en vez trompa, se le adhiriera un hocico de jirafa? Y si, dado que los accidentes son secundarios, en vez de color gris fuese rayado como una cebra y tuviera orejas de buey? ¿Sería eso un elefante? ¿Quién lo reconocería como tal? Ese paquidermo sería irreconocible, porque el ser o la sustancia elefante se expresa en sus accidentes.

La Iglesia no es el rito, y el elefante no es la trompa, pero un elefante sin trompa es un pobre y desgraciado elefante.


martes, 20 de abril de 2021

El cisma alemán

 

Los medios de prensa, y no solamente católicos conservadores sino también seculares, están alertando desde hace varios meses acerca de la inminencia de un posible cisma alemán que se produciría como consecuencia del sínodo que está llevando a cabo la iglesia de ese país. Veremos qué pasa, pero la situación pareciera que es ya irreversible. Propongo algunas reflexiones al respecto:


1. Si bien el camino disruptivo de los alemanes con la fe católica viene de lejos, no ha sido casual que explotara con el Papa Francisco. Creo que se puede trazar un paralelismo histórico útil para comprender la situación, teniendo en cuenta la prosapia peronista del pontífice. Cuando a fines de los ’60 y principios de los ’70 Perón estaba exiliado en Madrid y quería volver a tomar el poder en Argentina, no desechó ningún medio, entre ellos la alianza con la Juventud Peronista que era más bien la juventud marxista. Ellos le aseguraron generar en el país disturbios permanentes y actos de violencia casi diarios que contribuyeron a debilitar al gobierno de Lanusse y a predisponer a la opinión pública a aceptar que el único que podía solucionar el caos era Perón. Y así fue que volvió, y volvió a ser elegido presidente. Sin embargo, pocos meses después, insultaba a estos jóvenes  que lo habían ayudado a recuperar el poder públicamente desde el balcón de la Casa Rosada, los expulsaba del movimiento peronista y aseguraba que el pueblo haría “tronar el escarmiento”. Y escarmiento hubo de los dos lados: una guerra sucia que costó la vida a miles de Argentinos y cuyas consecuencias aún se están pagando en el país, y si no, pregunten a los cientos de ancianos que pasan sus últimos días encarcelados, en espera de un juicio en el que saben que serán hallados culpables, por haber combatido esa guerra. En pocas palabras, Perón utilizó a la Juventud Peronista para alcanzar el poder y, cuando dejó de serle útil, la arrojó e hizo sonar sobre ella el escarmiento. 

Bergoglio hizo algo parecido. Para alcanzar el máximo poder en la Iglesia, no dudó en utilizar a todos los purpurados que podían serles de provecho, desde los latinoamericanos, que lo votarían por afinidad cultural, hasta los americanos, que lo votarían por ingenuidad. Y también a los más rabiosamente progresistas germanos que se ilusionaron con que el nuevo pontífice sancionaría magisterialmente sus aspiraciones más profundas: eliminación del celibato sacerdotal, ordenación sacerdotal de las mujeres, cambios en la moral sexual, etc. Bergoglio, en cambio, como buen jesuita y buen peronista, una vez que alcanzó su objetivo y se sentó en el solio de Pedro, pretendió desembarazarse de ellos, no al estilo de Perón, sino dando largas a los pagos y exigencias que los germanos reclamaban. Y, claro, no le funcionó. O le funcionó igual que al General: los jóvenes expulsados se radicalizaron en los grupos armados e iniciaron una larga etapa de terror y asesinatos. Los alemanes, al saberse usados, están haciendo su propia revolución.

2. La diferencia está en que Francisco no podrá hacer tronar el escarmiento. En un artículo de hace pocos días, Michael Warsaw pedía a gritos que Roma hiciera algo para frenar el cisma alemán antes de que fuera tarde. Y comparaba la situación con lo ocurrido con Lutero, cuando en ese caso Roma reaccionó lentamente y, cuando lo hizo, ya era tarde. Pero, aun cuando fue tarde, fue efectivo. Se perdió buena parte de la Cristiandad, pero se preservó otra. El Papa tenía decisión y autoridad, y apoyo de buena parte de los obispos que deseaban ser fieles a la ortodoxia e incluso de los gobernantes que no dudaron en emplear sus armas para contener la herejía. 

Pero ahora, ¿qué autoridad tiene Bergoglio para imponer su autoridad en favor de la ortodoxia? Este personaje, que ha pasado todo su pontificando flirteando con cuanto hereje y herejía anda suelta por el mundo, no tiene capacidad alguna para exigir obediencias o adhesiones doctrinales. Un buen test de la capacidad de autoridad que aún le resta a la Santa Sede será el próximo 10 de mayo, cuando 2500 sacerdotes y “agentes de pastoral” alemanes bendecirán públicamente a todas las parejas del mismo sexo que lo deseen en abierto desafío a la norma vaticana. Lo importante no será cuántos se sumen o cuántos sean bendecidos, sino la reacción por parte del episcopado alemán y de Roma. Yo creo que nadie dirá nada, y mucho menos el Papa Francisco, no solamente porque lo último que desea es quedar mal con la progresía internacional, sino porque sabe que no le obedecerían. 

Bergoglio es consciente de que si los obispos alemanes terminan proclamando los cambios doctrinales que se preven, se encontrará con las manos atadas. ¿Es que los “misericordiará” como hizo con tantos obispos conservadores expulsándolos de sus sedes? Él sabe que contaba con la obediencia de Mons. Rogelio Livieres o de Mons. Pedro Martínez, y que los fieles de Ciudad del Este o de San Luis bajarían la cabeza sumisamente al nuevo pastor que les era enviado. Y sabe también que los alemanes o los austríacos resistirán todo tipo de misericordias pontificias, no dejarán sus sedes y los fieles desafiarán la autoridad papal. 


Por otro lado, los alemanes afirman que su “camino sinodal” pondrá las enseñanzas de la iglesia a votación y respetarán las decisiones de la mayoría. Y piden, en nombre de los “estándares de una sociedad democrática”, que las “recomendaciones y las decisiones adoptadas por la mayoría sean aceptadas también por aquellos que votaron diversamente”. ¿Qué autoridad puede tener entonces Bergoglio? Hace pocos días afirmaba: “Los gobiernos, hablando sin ofender, incluso yo como gobernante, somos oficinistas de lo que Dios nos manda a través de quienes nos delegan. Cuando falta la consulta al pueblo, falta soberanía”. ¿Desconocerá, acaso, las decisiones soberanas del “pueblo de Dios que peregrina en Alemania”, sobre lo que debe ser creído y practicado? No puede.

Aun en el caso de que Bergoglio pasará a mejor vida en los próximos meses, ¿su sucesor tendría autoridad para frenar el cisma? Lo dudo. La autoridad pontificia está debilitada; el relativismo que nos legó el Vaticano II, que Juan Pablo II expuso ante el mundo en el encuentro de Asís y que Francisco no se cansa de documentar día tras día desde hace ocho años, ha limado cualquier posibilidad de imposición de autoridad para el progresismo. 

3. La comparación con lo ocurrido en el siglo XVI con Martín Lutero es interesante. Si un fraile agustino fue capaz de lograr la adhesión, por los motivos que fuere, de los príncipes de media Alemania, ¿de qué no será capaz un poderoso episcopado como el alemán? No contará con la ayuda militar de los estados laicos, pero sí con sus calurosas felicitaciones por sumarse a la extensión de derechos propios de la moderna cultura democrática. Y con el apoyo también de buena parte de los fieles que ven a Roma como la vetusta guardiana de un orden completamente perimido.

El eventual cisma alemán se expandirá como un reguero de pólvora, con la misma velocidad de internet, por todo el mundo. Y no sería raro, quizás, que parroquias francesas o americanas, por ejemplo, adhirieran al cisma. ¿Serían sus obispos capaces de reprimirlas, deponer a sus párrocos o amenazar con el entredicho a los parroquianos? No lo creo. Esas medidas solamente las utiliza Mons. Eduardo Taussig, obispo de San Rafael, para castigar a quienes se atreven a cometer el sacrilegio sanitario de dar la comunión en la boca.


El pontificado del Papa Francisco es ya un pontificado fracasado y acabado, aunque no conocemos aún las profundidades de la sima en la caerá. 

domingo, 18 de abril de 2021

Algunos nuevos libros

 


El libro del Apocalipsis es el más enigmático de toda la Escritura. Y la prueba está no solamente en la oscuridad de las imágenes y escenas que narra sino también en la interpretación que ha recibido a lo largo de la historia por parte de los exégetas cristianos. Poco comentado por los orientales, recibió más atención en Occidente. En algunos casos, fue interpretado como referido a los últimos tiempo, y en otros, como relacionado con la vida de la Iglesia y la vida espiritual de cada cristiano.

En este volumen presentamos el comentario que realizan a los dos primeros capítulos del Apocalipsis —aquellos que contienen las cartas a la siete iglesias—, tres autores eclesiásticos pertenecientes a diversos ámbitos y diversas épocas. Dos de ellos vivieron en los primeros siglos y pertenecen, por tanto, a la patrística. Son Ecumenio y San Cesáreo de Arles. El primero proviene del cristianismo griego; el segundo, del latino. El tercer autor, San Beato de Liébana, es ya un autor del primer medioevo, que escribe en la naciente cristiandad que se asoma de la mano de la restauración del imperio por parte de Carlomagno.

Las tres visiones enriquecen la interpretación que nosotros, los cristianos del siglo XXI, podemos tener acerca del último libro de la Escritura y del mensaje que el Señor ha querido que escuchemos.

Disponible en Amazon. (U$ 3.50)



Ya tiene un tiempo, pero vale la pena.

Es la edición, largamente esperada, de todos los ensayos publicados por el padre Castellani en la revista Dinámica Social entre los años 1951 y 1964, la mayoría inéditos, acompañada de un prólogo, actualizaciones y notas de Aníbal D’Ángelo Rodríguez. En esta voluminosa obra el lector podrá recorrer su itinerario espiritual, intelectual y aun literario sobre nuestra patria, su historia y su destino.

Disponible en Librería Vórtice.





Amis et lecteurs de Leonardo Castellani,

Je suis heureux de vous annoncer la parution le 12 mai prochain de La Vérité ou le néant, une nouvelle anthologie du Grand d'Argentine en français. 

La substance de cet ouvrage a été élaborée pour soutenir les résistants au long cours et les ouvriers de la onzième heure. D'une forte teneur en sel, elle est naturellement déconseillée à ceux qui refusent l'eschatologie, le risque de vivre et de penser. 

En précommande chez votre libraire et aux éditions Artège.



Lectio ha reeditado dos grandes libros que no necesitan presentación.



miércoles, 14 de abril de 2021

La traición de los padres


Uno de los temas más dolorosos y desconcertantes que los católicos de las últimas décadas hemos debido afrontar es el descubrimiento de los incontables abusos de todo tipo cometido por sacerdotes y religiosos. Es difícil enfrentarse con la situación por muchos motivos, y uno no menor es una pregunta agazapada que nos resistimos —al menos es lo que suele ocurrirme— a encararla. ¿Desde cuándo sucedió esto en la Iglesia? Porque los casos que se están destapando en los últimos tiempos tuvieron lugar, a lo más, hace cincuenta años, pero ¿antes también ocurría o se trata de un fenómeno nuevo? Es una cuestión inquietante, sobre todo cuando miramos a las congregaciones religiosas que tanto bien objetivo trajeron a la Iglesia y al mundo. ¿Habrán sido ellas también parte de un monstruoso sistema de abuso o encubrimiento?


Acaba de aparecer en Francia un libro que, por lo que parece, echa bastante luz sobre el tema (La Trahison des pères, Bayard, Paris, 2021). Al menos, esa es la impresión que me ha dado al leer un reportaje realizado a la autora, Céline Hoyeau. Tiene a su favor que se trata de una mujer católica, que practica su fe y que ha sufrido tanto como cualquiera de nosotros la situación. Y, siendo periodista, realiza una investigación que parece seria, aunque reducida a los casos franceses. Lo que me ha resultado interesante, y tranquilizador, es que ella adjudica el caso de los abusos a los fundadores (les pères) surgidos como flores luego de la lluvia al calor de la primavera que trajo Concilio Vaticano II, y abonados y animados por Juan Pablo II, que los consideraba los “heraldos de la nueva evangelización”. Sería, si estos criterios son ciertos, un efecto más de la tan mentada primavera.

He traducido los párrafos más salientes de la entrevista publicada en Crux, y aquí los dejo:


Crux: ¿Cómo resumiría el libro para los lectores de Crux?

Algunos de los fundadores de las nuevas comunidades, principales figuras carismáticas de la segunda mitad del siglo XX en la Iglesia católica, fueron descubiertos por haber cometido abusos (abuso espiritual, abuso de poder, abuso sexual). He querido comprender las razones de esta "caída de las estrellas" entrevistando a víctimas, antiguos miembros de estas comunidades y expertos: historiadores, sociólogos, psiquiatras, psicoanalistas, teólogos, canonistas, obispos...

Me parece que un determinado contexto permitió el ascenso de estas figuras carismáticas que llegaron a tales alturas que ya no encontraron ningún contrapeso y pudieron cometer abusos: Un contexto de crisis, de grandes expectativas de renovación para los católicos y de ausencia de control.

Después del Concilio Vaticano II, en un período marcado por la secularización y la descristianización, algunos fundadores se entusiasmaron, atrajeron muchas vocaciones y tuvieron éxito, en un momento en que la Iglesia parecía perder impulso, cuando las parroquias y los seminarios se vaciaban. Estas nuevas comunidades parecían haber encontrado la receta milagrosa para convertirse en el futuro de la Iglesia. En un contexto de crisis, estos fundadores aparecían como “hombres providenciales” capaces de “salvar a la Iglesia” y reevangelizar la sociedad.

Estas personalidades carismáticas respondían también a las grandes expectativas de los católicos que aspiraban a tener puntos de referencia claros en la enseñanza de la fe, una liturgia con sentido de lo sagrado, la belleza de las celebraciones, una relación personal con Dios y un fuerte ideal de vida comunitaria y fraterna. El genio de estos fundadores es haber sabido responder a esta búsqueda espiritual, haber sabido encarnar no sólo una autoridad tranquilizadora, sino también una nueva forma de creer, que da lugar a la emoción, a la afectividad, a la ternura, al cuerpo, a la acogida de la propia vulnerabilidad.

Estos fundadores fueron considerados por estas generaciones de católicos como enviados del Espíritu Santo: como santos. Se encerraron en una omnipotencia y pudieron abusar impunemente, sin encontrar fuerzas contrarias ni un control eclesial eficaz. Si estos abusos han podido continuar a lo largo del tiempo sin ser denunciados, en realidad es también culpa de todo un ecosistema, del que cada uno de los actores tiene una parte de responsabilidad y un papel que desempeñar hoy para ayudar a la Iglesia a salir de ellos.

Crux: Marie-Dominique y Thomas Philippe, André-Marie van der Borght, Ephraim, Thierry de Roucy, Jean Vanier... la lista de líderes de la "primavera de la Iglesia" que fundaron estos supuestos “nuevos movimientos” pero que demostraron haber cometido actos delictivos. ¿Por qué muchos de ellos pudieron “salirse con la suya”?

Por razones que tienen que ver tanto con su personalidad, a menudo manipuladora, como con el contexto no controlable en el que surgieron. En efecto, siempre han existido personalidades bifrontes y abusivas, pero el contexto será propicio o no para que transgredan y abusen. Pero estos fundadores no encontraron ningún contrapeso fuera o dentro de su comunidad, o lograron eludirlos.

Los obispos, por ejemplo, no estuvieron atentos. En la época en que despegaron, en los años 70, la mayoría de los obispos franceses estaban más comprometidos con la Acción Católica y las luchas sociales, y miraban con cierta desconfianza a estos fundadores, que les parecían conservadores y apegados a formas de piedad anticuadas. Frente a la descristianización, otros obispos se alegraron, sin embargo, de acoger en sus diócesis a estas comunidades que atraen muchas vocaciones, mientras sus seminarios y parroquias se vaciaban. Estaban fascinados por estos fundadores.


Las autoridades romanas también se dejaron cegar por el éxito de estas comunidades. Durante el pontificado de Juan Pablo II, que veía en estos fundadores a los heraldos de la nueva evangelización, estaban fascinados por los cientos de “ratones grises” que acompañaban al padre Marie-Dominique Philippe a San Pedro cada año. Por eso, cualquier queja que pudiera remontarse a Roma no se tomaba en serio y se desestimaba. Sobre todo porque, en aquella época, la palabra de las víctimas no se tenía en cuenta en absoluto en la Iglesia.

Pero incluso los obispos que estaban lúcidos se encontraban impotentes: Hubo algunos intentos de advertir a estas comunidades, pero se encontraron con reacciones defensivas muy fuertes. De hecho, estos fundadores no hubieran podido prosperar si no hubieran tenido delante una corte de discípulos bajo su influencia, que los adoraban, que les daban una imagen de santidad, que no veían o no querían ver, y que se dejaban engañar en todos los sentidos. Defendieron al fundador con uñas y dientes. Cualquier crítica a su comunidad era desacreditada, los obispos acusados de no entender el carisma del fundador que había recibido su misión del Espíritu Santo. Atacarlo era, en esencia, atacar a Cristo. Los pocos miembros de la comunidad que eran críticos fueron marginados, y los que se fueron, fueron demonizados.

La regla se elaboraba según las intuiciones del fundador, en torno al cual giraba todo. Básicamente, la regla era él. Estas comunidades no respetaban las salvaguardias y los equilibrios que constituyen las reglas habituales de la sabiduría en la Iglesia (en particular, la distinción entre el foro interno y el externo, es decir, que el superior de una comunidad no puede dirigir espiritualmente o confesar a un miembro de su comunidad, para preservar su libertad).

Todo ello se inscribe en el contexto de una sociedad, tras el Concilio Vaticano II y el mayo de 1968, en la que se había convertido en “prohibido prohibir”. La Iglesia no era inmune a estos cambios culturales: Los obispos preferían “acompañar” antes que sancionar. Se prefería una “Iglesia de comunión” al modelo autoritario de antes del Vaticano II.

E incluso cuando había sanciones, el secretismo en la Iglesia tuvo el efecto perverso de disminuir su alcance y hacer que algunas de estas sanciones cayeran en el olvido, como en el caso de Thomas y Marie-Dominique Philippe. Hasta 2019 no supimos que el propio fundador de la comunidad de San Juan había sido sancionado en 1957, tras el juicio a su hermano.

Crux: Sé que para escribir el libro entrevistó a supervivientes y a expertos en la materia. ¿Llegó a una conclusión sobre los elementos comunes de estas personas que se inspiraron y que inspiraron a otros a hacer mucho bien en nombre de Dios, tenían personalidades reservadas y criminales?

Todos estos fundadores son personalidades carismáticas, a menudo emotivas y cautivadoras por esta afectividad, dotadas de un gran talento para la predicación, y con un elevado ideal espiritual adecuado para alcanzar las aspiraciones de los buscadores de sentido.

También tienen en común el haber mantenido, bajo un aire de humildad, un culto a la personalidad, y el haberse reservado un ritmo especial y un trato privilegiado en su comunidad (comidas separadas, horarios diferentes). Tienen una relación complicada con la autoridad: Algunos dejaron una primera comunidad para fundar la suya propia en la que eran los únicos maestros a bordo; eligieron diócesis donde el obispo les era favorable y cambiaron de diócesis para encontrar nuevos apoyos.

Me pregunté si eran perversos desde el principio o si iban a la deriva, ganados por el orgullo espiritual del éxito de su comunidad. Hay razones psicológicas y espirituales para ello. Sin embargo, no puedo trazar un perfil típico.

Los expertos, además, no se ponen de acuerdo entre ellos. No obstante, podemos enumerar algunos aspectos de estas personalidades de dos caras... algunos, raros, reúnen las características del verdadero “pervertido”, que construirá un sistema en el que podrá disfrutar de la explotación y la destrucción del otro; otros, los más numerosos, presentan un fuerte defecto narcisista y, en un contexto incontrolado, desarrollarán rasgos de perversión y utilizarán a los demás para sus fines (intelectual, espiritual, financiero, sexual), sin ser necesariamente conscientes de ello.

 

martes, 13 de abril de 2021

Algunas aclaraciones y una reflexión

 

El cardenal Newman tuvo que escribir un libro —la Apologia pro vita sua— para exponer cuáles habían sido y cuáles eran sus opiniones religiosas a fin de defenderse de los que con buena o mala intención tergiversaban sus escritos. Yo estoy muy lejos de ser Newman y no voy a escribir un libro, pero me parece necesario exponer algunas aclaraciones y una reflexión frente a muchos lectores del blog que interpretan caprichosa o maliciosamente lo que digo. 


1. Considero que es falta de realismo afirmar que la pandemia es un armado de las fuerzas sinárquicas. No sé cómo ni de dónde salió el virus; tampoco le hago mucho caso a las estadísticas de la OMS, organismo en el que creo poco y nada, y presto escépticos oídos a lo que narran los médicos, sean “por la verdad” o sean “por la mentira”. Me refiero a mi experiencia, que es la base primera y firme de cualquier pensamiento realista. En mis más de cincuenta años nunca conocí a una sola persona que haya muerto de gripe. En los últimos meses, han muerto varios conocidos de esta nueva “gripe”, otros estuvieron a punto de morir y algunos están en eso ahora mismo. Y conozco a otros que superaron la “gripecita” sin demasiadas complicaciones, pero que al tiempo le han aparecido secuelas graves. Mi experiencia me dice, entonces, que estamos frente a una nueva enfermedad, que es grave y que, aunque no tenga índices de mortalidad muy elevados, son lo suficientemente altos como para afectar a una parte importante de la población y complicar la atención de la salud del resto.

Es ridículo quedarse en una discusión semántica sobre si es pandemia o epidemia. Poco importa. Llámenla “peste”, un nombre más añejo si quieren, pero no puede negarse lo que la evidencia y la experiencia demuestran. Hacerlo implica privilegiar las propias ideas por sobre la realidad, y a eso se llama ideología, y a esa ideología algunos la llaman conspiranoia. 

2. Acudiendo nuevamente al realismo, el dato histórico nos indica que cuando aparecían las pestes  u otras desgracias que asolaban países o regiones, surgían paralelamente teorías conspirativas con respecto a su origen. Cuando los miembros de una mayoría experimentan un shock, suelen echar la culpa a un objetivo específico para así dotar de sentido a un suceso dramático y aumentar su sensación de poder. El incendio de Roma fue adjudicado a los cristianos; la Peste Negra del siglo XIV a los judíos que envenenaban las fuentes; la peste de Milán del siglo XVII a los untadores enviados por ciudades rivales, y el Covid del siglo XXI a Bill Gates y toda su camarilla de personajes siniestros.

Las conspiraciones ciertamente existieron y existirán, y no tengo elementos ciertos para afirmar o negar que Gates y Soros estén detrás de la peste actual con el fin de dominar a la humanidad. Y nadie tiene esas evidencias. Estimo que si tal conspiración existiera, sus autores serían lo suficientemente sagaces como borrar sus huellas. En todo caso y con mucha suerte, sabremos si hubo conspiración dentro de algunas décadas.

En conclusión, cualquiera es libre para creer en una conspiración mundialistas detrás del Covid, pero que tenga claro que “cree” en ella, es decir, que se trata de un acto de voluntad y no de una aceptación de la evidencia por parte de la inteligencia.

3. Al leer muchos de los comentarios al último post, pareciera que sus autores consideran que yo soy poco menos que un agente de Pfizer y que trato de convencer a lectores a que corran a vacunarse. Lo que yo señalé fueron los cuestionamientos éticos que muchos aducen para cuestionar las vacunas, y lo hice con las preguntas que les hace a ellos mismo el Prof. Roberto de Mattei, y que se mantienen en el plano estrictamente lógico. Yo no entro en cuestiones científicas porque no soy competente para hacerlo, y estimo que la mayoría si no todos los lectores, tampoco lo son.

En cuanto a la seguridad o peligrosidad de las nuevas vacunas, no conozco más que lo que conoce cualquiera que lee un medio de prensa. Por eso mismo, creo que la decisión de aplicarse la vacuna contra el covid es una cuestión prudencial, es decir, cada uno lo verá de acuerdo a sus circunstancias. En mi caso particular, me vacunaré cuando llegue el momento, y espero poder hacerlo con la vacuna de Sinopharm que utiliza virus inactivados, una tecnología ya probada durante décadas (por las dudas aclaro que no estoy pagado por el gobierno de Pekín, que no hago propaganda de ese vacuna y, menos aún, que incito a recibirla). 


Y una reflexión final: Como bien dijo un comentarista, la reacción de muchos de los lectores del blog en la última semana ha terminado siendo un interesante experimento para conocer la mentalidad de ciertos católicos. Estoy seguro que si hubiese escrito un post cuestionando algunos aspectos del dogma de la Santísima Trinidad no hubiese tenido 170 comentarios, más otros tantos que eliminé. Algunos de ellos decían que los artículos eran una prueba más de la estrategia de Bill Gates y compañía que atenazaba al resto fiel por izquierda y por derecha. Y otros expresaron la misma idea en las redes sociales: Infovaticana, la Cigüeña de la Torre, de Mattei y yo mismo estábamos comprados por los gerentes del NOM. Otro me decía lo siguiente: “Pero vos wanderer , con el post del otro día , sos cómplice de genocidio. Cuando ande por cerca tuyo , pasaré a decírtelo en la cara. Miserable”.

Se trata de gente para quienes la “falsemia” es parte de la fe, y quienes consideramos que se trata de una real epidemia, somos herejes que debemos ser combatidos. Para ellos, se debe comprar el combo completo: los dogmas definidos, los que aún no están definidos, la liturgia tradicional, el nacionalismo, las Malvinas, los Chalchaleros, la boina vasca y ahora, la “falsemia” y el antivacunismo. Como en McDonald’s, hay que comprar el combo completo; o todo, o nada. Un buen católico debe tener todas esas notas, y algunas más que no he detallado, y si no las tiene, es un miserable y un hereje que merece ser combatido. 

Eso no es ser católico tradi. Eso es ser fundamentalista. 


lunes, 12 de abril de 2021

Los untadores y diez preguntas de Roberto de Mattei

 

La inesperada reacción de muchos lectores del blog al post de la Cigüeña de la Torre que publiqué también en esta página la semana pasada, me lleva a una reflexión y a publicar nuevamente un trabajo ajeno, esta vez del Prof. Roberto de Mattei.


La reflexión tiene que ver con la previsibilidad de las teorías conspirativas cuando alguna desgracia asola a una comunidad, y el caso de las pestes es el mejor ejemplo. Copio aquí apenas un párrafo de la crónica de José Ripamonti sobre lo ocurrido en la peste de Milán del siglo XVII. El día 11 de junio de 1640, aunque con cierta reticencia, el cardenal Federico Borromeo presidió una gran procesión que recorrió el centro de la ciudad implorando el fin de la epidemia. Y dice: 

Y he aquí que, al día siguiente, precisamente mientras reinaba aquella presuntuosa confianza, más bien, en muchos, la fanática seguridad de que la procesión debía de haber acabado con la peste, las muertes aumentaron en todas las clases, en todas partes de la ciudad, a tal exceso, con un salto tan súbito, que no hubo quien no viese la causa, o la ocasión, en la procesión misma. Pero, ¡ah, fuerzas admirables y dolorosas de una superstición general!, no ya al encontrarse juntas tantas personas y durante tanto tiempo, no a la infinita multiplicación de los contactos fortuitos, atribuían los más aquel efecto; lo atribuían a la facilidad que los untadores habían encontrado para llevar a cabo, a lo grande, su impío proyecto. Se dijo que, mezclados entre la multitud, habían infectado con su ungüento a cuantos habían podido. Pero, como esto no parecía medio suficiente, ni apropiado para una mortandad tan amplia y difundida en toda clase de personas; como, por lo que parece, no había sido posible al ojo tan atento, y aun obcecado, de la sospecha vislumbrar pringues, manchas de ninguna suerte, sobre muros ni en otro lugar, así se recurrió, para explicar el hecho, a aquel otro invento, ya viejo, y recibido entonces en la ciencia común de Europa, de los polvos venenosos y maléficos; se dijo que tales polvos, esparcidos a lo largo del camino, y especialmente en los lugares de las paradas, se habían pegado a los bajos de los vestidos y tanto más a los pies, que en gran número habían aquel día andado descalzos. «Ved, por lo tanto —dice un escritor contemporáneo—, el mismo día de la procesión, la piedad topar con la impiedad, la perfidia con la sinceridad, la pérdida con la ganancia». Y era, en realidad, el pobre sentido humano el que topaba con los fantasmas que él mismo había creado. (Josephi Ripamonti, De peste quae fuit anno 1630, lib. V, Mediolani, 1640, 235).

Nada nuevo bajo el sol. La peste del Covid tiene también sus untadores.


Roberto de Mattei, sobre quien no hay sospechas de que actúe por cuenta y orden de Bill Gates, publicó junto al P. Richard Cipolla un extenso artículo en Rorate Coeli con respecto a la pandemia y a las vacunas que despertó también oleadas de críticas. Responde a las mismas formulando una serie de preguntas a los partidarios de conspiraciones y denostadores de vacunas que aquí reproduzco:

El debate sobre la vacunación COVID-19: 

El profesor De Mattei responde a los críticos con 10 preguntas


Mi posición en defensa de la licitud moral de las vacunas anti-Covid actualmente disponibles ha atraído la aprobación de algunos cardenales, teólogos y sacerdotes, a los que doy las gracias aquí, pero también la previsible desaprobación de muchos que mantienen una posición “antivacunas”. Habiendo publicado recientemente un estudio sobre la licitud moral de la vacunación que examina la cuestión de forma más amplia (Sobre la liceidad moral de la vacunación), me limito aquí a plantear algunas preguntas a los que mantienen la posición "anti-vax". Les pido que las respondan de forma precisa y, de ser posible, educada. 

1) El libro de cabecera de la posición anti-vax es Vaccination: a Catholic perspective (Vacunación: una perspectiva católica) de Pamela Acker, publicado por el Kolbe Center en 2020. En este libro, la autora argumenta que los riesgos de cualquier vacunación son mayores que los posibles beneficios (en las páginas 80-81 pone el ejemplo de la rabia y el tétanos). Quienes consideren este libro como un texto de referencia también deberían rechazar las llamadas vacunas éticas por considerarlas perjudiciales para la salud. Más allá de las vacunas contra el Covid, ¿es lícito que un católico se vacune?

2) Algunos trasplantes de órganos, como los de corazón, son moralmente ilícitos porque se acogen al falso criterio científico de la “muerte cerebral” y en realidad provocan la muerte [del donante]. Sin embargo, la Iglesia considera lícitos los trasplantes de donantes realmente muertos (por ejemplo, de córneas) o de donantes vivos (por ejemplo, de riñones), al igual que permite la transfusión de sangre. En todos estos casos, las células de otra persona entran en el cuerpo humano. ¿Aceptan [los antivacunas] la enseñanza de la Iglesia sobre los trasplantes?

3) En caso afirmativo, ¿consideraría lícito un trasplante de córnea para devolver la vista a un ciego, si, con el consentimiento de la familia, esta córnea se extrajera de una víctima de asesinato? Del mismo modo, ¿aceptarías una transfusión de sangre anónima que pudiera proceder del cuerpo de un hombre malvado y no te sintirías contaminado por su maldad? ¿Aceptaría usted un trasplante o una transfusión de sangre que haya estado remotamente implicada en un crimen?

 4) Las células HEK [línea celular proveniente de células de embriones humanos abortados] utilizadas en algunas vacunas contra el Covid se usan ampliamente en la investigación farmacéutica y en la industria alimentaria. Considerando ilícito el uso de líneas celulares derivadas de fetos abortados, ¿renunciaría al uso de otros medicamentos producidos o probados con células fetales, como la insulina, las vacunas contra la rubeola, la hepatitis y muchas otras?

5) La Santa Sede reafirmó la licitud moral de la vacunación en los documentos de la Academia Pontificia para la Vida (2005 y 2017) y de la Congregación para la Doctrina de la Fe (2008 y 2020). ¿Por qué rechaza hoy estas declaraciones magisteriales pronunciadas entre 2005 y 2020, mientras que durante estos años no ha expresado ninguna forma de desacuerdo con ellas?

6) Quizás la razón de este aparente cambio de opinión respecto a las vacunas derivadas de células fetales se deba al cambio de contexto histórico en 2020, cuando la pandemia se convirtió en un pretexto para la “dictadura sanitaria” sobre la humanidad incluyendo la vacunación como parte de este plan. ¿Cree usted que el mal está en la propia vacunación o en la “conspiración” que ésta expresa?

7) Más concretamente: ¿cree que el fin último de la vacunación es bueno, pero los medios que se han utilizado (el uso de células fetales) son malos, o comparte las teorías conspirativas de que no sólo los medios sino el fin último de la vacunación es malo, que sería el exterminio de la humanidad?

8) El teórico de la conspiración antivacunas más conocido es Robert F. Kennedy, un político demócrata, que financió a Hillary Clinton. Kennedy se presenta como el enemigo número uno de Bill Gates, pero es un miembro del establishment que a través de la Children's Health Defense ha financiado la difusión de la mayoría de las informaciones falsas sobre las vacunas en las redes sociales. ¿Comparte las teorías de Robert F. Kennedy sobre el origen ecológico y new age? Si no es así, ¿no sería importante distanciarse públicamente de él y de su movimiento antivacunas?

9) Los documentos de la Santa Sede que afirman la licitud de la vacunación no son infalibles, pero son ciertamente pronunciamientos del Magisterio ordinario de la Iglesia. ¿Cuáles son los criterios según los cuales se puede estar en desacuerdo con este Magisterio? Los que critican Amoris laetitia, por ejemplo, no basan su juicio en su propia conciencia, sino en el Magisterio perenne de la Iglesia. ¿Cree usted que la conciencia de un solo laico, sacerdote u obispo puede oponerse al Magisterio ordinario de la Iglesia sin basarse en otra enseñanza de la Iglesia que se haya expresado directamente con continuidad y claridad sobre el mismo punto?

10) Algunos sacerdotes presentan el rechazo a la vacunación contra el Covid no como un consejo espiritual, sino como una obligación moral. Sin embargo, la única autoridad que puede definir lo que es pecado y lo que no, de manera vinculante para un católico, es la Iglesia Católica. Si un obispo o un sacerdote asume la responsabilidad de imponer una obligación moral no dada por la Iglesia, ¿no corre el riesgo de crear una “nueva iglesia”? ¿Y no es paradójico que esto ocurra precisamente por parte de quienes acusan al Papa Francisco de haber instituido una “nueva iglesia”?


Fuente: Rorate Coeli

miércoles, 7 de abril de 2021

Mi fe sepultada bajo doce centímetros de taco. Historia de una conversión

 

por Valentina Lazzari


[La autora nació en Buenos Aires donde transcurrió su infancia y adolescencia. En su juventud, se trasladó a Milán donde, incursionando en el mundo de la moda, alcanzó una posición relevante y exitosa, hasta que algo ocurrió en el metro. Actualmente, es colaboradora del blog de Aldo Maria Valli, además de estimada amiga]


Es la tarde del 10 de septiembre de 2001 y estoy en el metro de Milán esperando a una amiga. Mientras aguardo, mi mirada se posa en el borde de una cesto de basura. Allí veo un rosario de plástico, hecho en forma de anillo, de tipo vasco, una cosa barata y bastante fea, pero...

Tengo un lejano recuerdo de mi fe, ahora desvanecida y pisoteada por mis tacos doce, inmersa en la vida frenética de una diseñadora de modas. Montenapoleone, Via Manzoni, San Babila… todos lugares maravillosos. Me doy cuenta de lo privilegiada que soy, tanto que a veces pienso y digo: “¡Yo misma me envidio!”. Joven, buena presencia, inteligente, amigos a manos llenas, exitosa con los hombres y también profesionalmente. ¿Quién tiene tiempo para lo Otro?

Todas las  mañanas paso con indiferencia frente al majestuoso Duomo de Milán, camino junto a la multitud casi por inercia y corro hacia la oficina: estamos atrasados con la colección, como siempre, y si todo va bien se almuerza con un sándwich frente a la computadora. Trabajar en la moda significa saber a qué hora se entra en la oficina pero no cuándo se sale.

Sin embargo, ese rosario de plástico no me deja indiferente. Podría estar bendecido y terminar en la basura sin que yo levante un dedo para evitar ese tormento. El recuerdo de la fe aprendida de niña me trastorna. Llevada por la duda y la vergüenza (quién sabe por qué), sigilosa como un ladrona, miro a mi alrededor y me lo guardo en el bolsillo. Pero llega mi amiga y en un instante visto de nuevo mis tacos de doce centímetros.

Al día siguiente, 11 de septiembre de 2001, durante la reunión con el nuevo transportista, los teléfonos se vuelven locos. Un avión se estrelló contra una de las Torres Gemelas, en Nueva York...

En un santiamén vuelvo a la tarde anterior; más aún, ese rosario barato que había guardado en mi bolsillo me conduce a la Nostalgia que siento de Casa. Así comienza el camino de mi conversión, largo y doloroso, lleno de lágrimas que no sé definir si son de alegría o de sufrimiento. Solo sé que esas lágrimas tan sinceras desearía poder llorarlas todavía hoy.

Llegar a mi primera confesión fue un calvario de muchos años. De salidas temprano del trabajo, para que mis compañeros no descubrieran que iba a la iglesia a rezar el rosario. Horas frente al Tabernáculo conversando familiarmente con el Señor a tal punto que a veces se hacia tarde y decía: “Ahora me voy a casa, pero mañana seguimos”. Y quién sabe por qué, en mi cabeza insistía en que debía confesarme antes de cada fiesta de precepto, y cada vez que esa fiesta terminaba, yo me decía: “Y también esta Navidad (o Pascua) pasó sin confesarme”.

Pero ese Sábado Santo, sola, en Milán, clima lúgubre, lágrimas para condimentar mejor la desolación, decido ir a la iglesia a rezar el rosario. El compromiso con Jesús es ese: voy, no me confieso, digo el rosario.

Y Jesús tenía otros planes para mí. Siempre sigilosamente, me siento y comienzo con las avemarías. Y apenas iniciado el rezo, un anciano me pregunta con una sonrisa: “¿Se va a confesar?”. Se me escapa un sí. El lío está hecho y ya no puedo huir. Llega mi turno.

No tengo idea de cuánto tiempo estuve bajo el bisturí, ni lo que dije, pero sé que ante las palabras del sacerdote, “¡Hija mía!”, se rompieron las compuertas y lloré también las lágrimas de los demás, un río de pecados cometidos durante años con ligereza y obstinación. Al salir del confesionario, caminé en el aire, ligera, feliz, con un alboroto de emociones celestiales en el que encontré el tan anhelado regreso a Casa en la comunión del Domingo de Pascua.

Cuántas veces durante las misas en que no comulgaba, respondiendo “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y seré salvado”, eran otras las palabras que resonaban dolorosamente en mi corazón: “Señor, hace tiempo que me hablas y yo no logro dar el salto”. Ya lo sé, esos tacos de doce centímetros…

La historia de mi conversión no es muy distinta de la tantas que he escuchado a lo largo de los años. Son muy similares en la desesperación que se siente, en ser conscientes de estar tan cerca pero a la vez tan anclados en los asuntos humanos. ¡Ese miedo a perderlo todo! Y es verdad que se pierde mucho: poco a poco van quedando en el camino muchas de esas cosas que nos habían hecho personas exitosas, admiradas y envidiadas.

Pero, mirando hacia atrás, al final nos damos cuenta de que llevávamos a cuesta, de un modo más o menos inconsciente, pesos inútiles y que seguir el camino angosto puede conducir a desafíos completamente nuevos e inesperados, seguros de que en cada uno de ellos hay Quien nos anima. Su yugo es más ligero.

Regresar a la Iglesia Católica me hizo comprender que en realidad he subido la apuesta: no importa dónde esté ni cuál sea la tarea que tenga que realizar, porque cada uno de los dones recibidos encuentra plena realización si se ponen a Su servicio, para nuestro santidad y la de nuestro prójimo.

Last but not least, le he pedido a la Santísima Virgen que, si alguna vez hago algo bueno, que lo tome en Tus manos y lo use para quien lo necesite, de modo que ese día pueda comparecer ante Jesús con las manos vacías de modo tal que, si me salvo, lo sea solo por Su Misericordia. O por la piedad hacia el trapo hecho jirones que se presentará ante Él.


Fuente: Aldo Maria Valli