martes, 24 de mayo de 2022

El cardenal Erdö y el catolicismo de la Mitteleuropa



 

por don Pío Pace

El cardenal Péter Erdő, de 70 años el 25 de junio, es arzobispo de Esztergom-Budapest y primado de Hungría. Políglota, canonista de formación, administrador vigoroso, se le considera una figura destacada, aunque discreta y casi tímida, de la tendencia “neoconservadora” dentro del Sagrado Colegio. Es un buen representante de los líderes de las iglesias de Europa del Este oprimidas bajo la dictadura soviética.

Con poca simpatía, Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant'Egidio, presenta en su libro La Chiesa bruscia [Laterza, 2021], el tema de la nación ligado al catolicismo, que le gusta cultivar, como un resurgimiento de un nacionalcatolicismo sospechoso. Considera que las iglesias polaca y húngara se equivocan al reivindicar una “teología de la nación”, defendida por Juan Pablo II a partir de su experiencia polaca de salida del comunismo, porque el papa actual se muestra muy abierto a las cuestiones migratorias y al “bien común global”.

En cualquier caso, el jefe de la iglesia magiar se mostró de acuerdo con la posición del primer ministro Viktor Orbán de oposición a las invasiones migratorias, aunque se encargó de asegurar al Papa Francisco su fidelidad. Se trata claramente de una fidelidad en la diferencia, como habíamos visto en la asamblea del Sínodo sobre la Familia de 2015, donde Péter Erdő había defendido la posición moral tradicional: la liberación del pecado de adulterio condiciona el acceso a la absolución sacramental y a la Eucaristía.

Existe, pues, una ósmosis entre las posiciones adoptadas a favor de la familia por los episcopados de Polonia y Hungría, y las políticas de refundación tradicional aplicadas por los gobiernos de estos países: moral familiar, enseñanza del catecismo en las escuelas. Estamos en la Europa del grupo Visegrád (Polonia, Hungría, Eslovaquia, República Checa), con la también Eslovenia de Janez Janša, cercana a Viktor Orbán (pero Janša acaba de perder las elecciones), que es muy contraria a acoger las oleadas migratorias que están a punto de llegar.

Una Europa diferente a la que Ucrania está cerca. Un episodio interesante, dentro de los complejísimos acontecimientos de interpretación de la guerra en Ucrania, fue la visita a Kiev, el 15 de marzo de 2022, de los primeros ministros de Polonia, Eslovenia, República Checa y Hungría (este último, Orbán, sustituido por el viceprimer ministro de Polonia, Jaroslaw Kaczynski, líder del partido gobernante en Polonia). Esta visita, realizada teóricamente en nombre de la Unión Europea para garantizar a los ucranianos su apoyo, puede haber sido un hito para que la Ucrania de la posguerra vuelva a formar parte del grupo de democracias no liberales del Este, frente a las muy liberales de Occidente.

Pero también en Ucrania, como en Polonia y Hungría, la Iglesia es, si se quiere, "antiliberal".  La Iglesia greco-católica agrupa a la mayoría de los católicos ucranianos y representa el 8% de la población del país. Esta Iglesia conserva un vivo recuerdo de los numerosos mártires que sufrió bajo el régimen comunista. El gran testigo de este período terrible y glorioso fue Josyf Slipyi, nombrado cardenal in pectore (en secreto) por Pío XII, permaneció al frente de la Iglesia greco-católica ucraniana durante cuarenta años, dieciocho de los cuales los pasó en campos y cárceles. Terminó sus días en Roma, donde mantuvo relaciones a veces tensas con Pablo VI, a cuya Ostpolitik consideraba demasiado complaciente con el poder comunista. En 1977, dio muestras de su independencia consagrando, según el derecho de su Iglesia, a obispos sin mandato pontificio, (entre ellos el futuro cardenal Husar que se convirtió en su segundo sucesor como arzobispo mayor, después del cardenal Lubachivsky). Su tercer sucesor es Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk, Arzobispo Mayor de Kiev y Galizia, de 52 años, oriundo de la antigua Galizia austrohúngara, como lo fue Karol Wojtyla. Ahora es el jefe de la mayor de las iglesias orientales unidas a Roma, con seis millones de fieles. Como cabeza de la mayor iglesia no latina, es en cierto modo el segundo jerarca de mayor rango de la Iglesia universal después del Papa (aunque muy por detrás, claro, en cuanto al número de sus seguidores). Si no es patriarca, es porque Roma se resiste a hacerlo para no ofender a las iglesias ortodoxas, y si no es cardenal, es porque sus posiciones morales (y en general eclesiales), que no pueden ser más tradicionales, son notoriamente distintas a las de Amoris Letitia.

Hay que añadir que estas preocupaciones morales, que caracterizan al catolicismo de Europa del Este, convergen en algunos temas, por ejemplo la lucha contra la legalización del “matrimonio” homosexual, con las del Patriarcado ortodoxo de Moscú. Se recuerda el sorprendente encuentro organizado en Cuba en febrero de 2016 para el papa Francisco y el patriarca Kirill, también criticable, con el fin de intensificar las relaciones entre Roma y Moscú. De hecho, muchas voces ortodoxas abogan por una especie de ecumenismo civilizatorio, de resistencia al ultraliberalismo de la cultura occidental. Y la guerra dactual no suprime una comunidad de puntos de vista entre los cristianos orientales contra las amenazas que plantea este ultraliberalismo a los fundamentos morales de la vida social y familiar, y contra la discriminación que opera contra los cristianos en la sociedad moderna.

En este contexto, el cardenal Péter Erdő, que también fue presidente del Consejo de Conferencias Episcopales Europeas (CCEE) en 2006, es un prelado que debería contar cuando finalice el actual pontificado.


Fuente: Res novae

jueves, 19 de mayo de 2022

Dos libros recomendables

 

Miguel Sanmartín Fenollera, De libros, padres e hijos. Guía para convertir a niños y adolescentes en lectores entusiastas, Rialp, Madrid, 2022; 412 pp. 

Hace ya varios años incluí entre la sección “Blogs favoritos” de esta bitácora, al sitio homónimo del libro que presento, y me consta por un sinfín de testimonios, que es una ayuda inestimables para muchas familias preocupadas por ayudar a que sus hijos adquieran el hábito de la lectura y se formen en aquellos autores y libros que construyeron la civilización cristiana.

Las familias se encuentran con un problema que no es de fácil resolución: ¿Cómo elegir los libros adecuados para cada edad y para que, efectivamente, sean factores de formación para sus hijos? La oferta de las editoriales católicas, que había sido habitualmente el modo en que los padres compraban libros a sus hijos sin entrar en demasiadas cuestionamientos porque, justamente, se trataba de una editorial católica, ya no es más un criterio válido. No se trata solo de que ya no editan los buenos libros infantiles  y juveniles, sino que aquellos que se publican, además de ser mediocres sino malos, están espantosamente ilustrados. 

El libro de Miguel Sanmartín, un padre de familia español y, además, un apreciado amigo, viene a ayudar a los padres a suplir esta falta. Su libro, nutrido por las entradas publicadas en su blog a lo largo de más de diez años, se encuentra sistematizado de modo tal que resulta muy fácil encontrar lo que se busca en cada ocasión. En la primera parte, se dan las razones de la publicación del libro; luego se aborda un tema central y que lo justifica: la importancia y el modo de desarrollar el hábito de la  lectura; las siguientes tres partes encaran los temas constantes e imprescindibles de la literatura infantil: la poesía, las hadas y duendes, y los héroes, caballeros y dragones. A partir de la sexta parte, Miguel Sanmartín presenta la selección, con su correspondiente análisis y valoración, de los libros adecuados para cada rango de edad: la tierna infancia (2 a 7 años), días de colegio (7 a 12 años), y la “línea de la sombra”, de 13 años en adelante. Encontramos, por ejemplo, a Beatrix Potter y Peter Pan para el primer grupo; a la La isla del tesoro, Tom Sawyer y las series de Enid Blyton para la segunda, y a Oliver Twist, El señor del mundo y las historias de detectives para la tercera.

El libro se cierra con dos utilísimos apéndices dedicados a ofrecer una lista de recomendaciones lectoras y una bibliografía básica que cualquier familia debería poseer para formar a sus hijos.

Se trata, en definitiva, de un libro altamente recomendable y casi imprescindible para cualquier familia joven que tiene hijos que comienzan su infancia o transitan su adolescencia, ya que les aliviará el trabajo de seleccionar las lecturas y les ofrecerá los consejos y sugerencias para elegir, incluso, las mejores ediciones para cada caso. 


San John Henry Newman, Pentecostés: Once sermones de Pentecostés y Santísima Trinidad, Amazon, 2022.

San John Henry Newman es, sin duda alguna, uno de los intelectuales cristianos que más influencia tuvo en los siglos XIX y XX no solamente en su país natal sino en todo el mundo cristiano occidental. Sacerdote anglicano y profesor de la Universidad de Oxford, se convirtió a la iglesia católica en la mitad de su vida, desarrollando un obra teológica que marcó a personalidades tan significativas como Joseph Ratzinger o Louis Bouyer, además de a toda la pléyade de literatos católicos ingleses del siglo XX, como J.R.R. Tolkien, G.K. Chesterton o Evelyn Waugh.

Este libro reúne once sermones predicados en la década de 1830 en la iglesia parroquial de Oxford en los domingos de Pentecostés y Santísima Trinidad. En ellos, Newman desarrolla la importancia que posee el Espíritu Santo para la vida de cada cristiano y para la vida de la Iglesia. Él, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el Paráclito, el Abogado y Consolador y, sobre todo, el Santificador de las almas de los creyentes, que las habita y les recuerda las palabras que Jesucristo pronunció durante su paso por la tierra.

Los sermones de Newman pueden leerse para la propia formación y para la meditación y el crecimiento de la vida espiritual de todo cristiano. Como escribe en su diario uno de sus estudiantes, Charles Furse, que luego terminó siendo sacerdote católico, al narrar la experiencia de escuchar las predicaciones de Newman: “...era como si Newman me practicara una vivisección. Empezaba con los órganos menos vitales, a veces los más alejados, luego atacaba hacia arriba y hacia adentro. [...] Te sentabas, y era todo el tiempo el Buen Samaritano derramado vino en tus heridas -siempre el vino primero, luego el aceite [...]. En más de una ocasión, tras el sermón fui incapaz de entrar en el Hall y me quedé sin cenar”. (LD 32, 559).

El  libro puede conseguirse en formato Kindle en Amazon.

jueves, 12 de mayo de 2022

El retrato de la Iglesia. Apariencia y realidad de la Iglesia actual

 




por Eck


Porque purificáis lo exterior de la copa y del plato, mas el interior queda lleno de rapiña y de iniquidad. 

Mateo XXII,25.


Introducción


El veinte de junio de 1890 es una de esas fechas que suelen pasar desapercibidas para casi todo el mundo con la excepción de algún roedor bien cebado de mamotretos de biblioteca. La vista, los oídos y la mente se nos van detrás de acontecimientos más vistosos y mucho más aparatosos que la publicación de una novela en en una revista literaria de Filadelfia. ¿Cómo se puede comparar el reinado potentísimo sobre tierras, mares y hombres de la augusta reina Victoria de Gran Bretaña con unos cientos de páginas amarillentas compuestas por uno de sus súbditos más extravagantes y dadas a la imprenta en Estados Unidos, en la otra orilla del Oceano Atlántico?

Sin embargo ya hace muchos años que de la gloriosa reina quedan solo mohosos huesos, su gran imperio solo existe en los ajados anales de la historia, toda su pompa y circunstancia se esfumó en el aire y hoy más que ayer se sigue leyendo esa obra como una de las principales novelas en lengua inglesa de todos los tiempos. Su genial autor había alcanzado en el primer intento una de las grandes cumbres del género con el único relato largo que escribió en toda su vida siendo como era un famoso escritor de obras de teatro, poemas y cuentos. 

La hipócrita sociedad victoriana le calificó de inmoral tanto a él como a su obra, sobre todo, después de un farisaico juicio tras el deshonroso desafío de un padre desnaturalizado, cosas en el fondo mucho más perversas que los presuntos pecados denunciados, digan lo que digan los santulones. El juicio del tiempo ha puesto las cosas en su lugar. La conquista que realizó el espíritu humano en la compresión de los efectos de los pecados en el alma le dio la inmortalidad. Debajo de la hojarasca decadentista y de las poses epatantes latía una gran parábola católica de un gran moralista excéntrico en palabras del P. Castellani.

Claro está, me estoy refiriendo a Oscar Wilde y su gran novela, El Retrato de Dorian Grey.


El retrato y el retratado


Ya hablaba Ortega y Gasset de la gran distancia entre la España Real y su sustituta la España Oficial por no hablar de las honduras teológicas del P. Meinvielle cuando se refería de la Iglesia de las Promesas y su antítesis, la Iglesia de la Publicidad. Mas en la parábola de Wilde podemos ver todo el proceso de ocultamiento de una realidad cada vez más podrida mientras que por compensación se iba pintando los grados y colores en los ditirambos por la iglesia mundana, su grandeza y perfección entre las inmensas nubes de incienso, tan densas que muchos fieles y sacerdotes se afixian con sus efluvios como les pasó a unos comensales de Heliogábalo con los pétalos de rosas lanzados desde los techos para enmascarar las orgías del César bajo fragancias y perfumes.

El cuadro se empezó a trazar durante el pontificado de Pio IX, más exactamente con su vuelta de Gaeta donde le exilió la República Romana en 1848. Viendo que le movían la silla temporal y que la Iglesia Universal no se recuperaba de los ataque revolucionarios, el Papa Ferretti titánica y un poco tiránicamente decidió poner todo el peso sobre sus hombros realzando a la Santa Sede y su imagen por todo el mundo. Este ultramontanismo se consagró con la implementación del así  llamado "Espíritu del Vaticano I", aún más tras la toma de Roma en 1870, hasta tal punto que asustó al propio Pio IX que apoyó con dos breves pontificios, uno a Dupanloup por sus comentarios dizque liberales al Syllabus y otro a Fessler contra el infabilismo exagerado.

Hay que decir que estos Papas fueron muy tímidos con el uso de las prerrogativas de su nueva condición de divos ante la jerarquía y las masas pero no se pudieron librar de la tentación. La represión del modernismo por meros expedientes sancionadores con la sospecha de que el saber promovía la herejía, las reformas litúrgicas a golpe de decretos y la vergüenza de México o el doble sacrificio de los legítimos ideales político del catolicismo francés en las aras del interés internacional de la Santa Sede nos lo muestran. 

Tras la II Guerra Mundial se vieron los límites y fallos de esta iglesia papocéntrica, pero fue peor el remedio que la enfermedad. El Concilio Vaticano II, él mismo un trampantojo, siguió en el fondo las vías antiguas y no sólo no derribó el idolillo papal sino que consagró otro dos junto a él: el de la Iglesia Primaveral y el del Mundo. Así entró por la puerta grande el modernismo. De poco valió que la Iglesia lo condenase si no se dejó reaccionar a la verdadera inteligencia católica contra él, de poco valió las voces de alarma en un pueblo acostumbrado a obedecer hasta los gustos del mandante de turno y de poco valió convertirnos en una multinacional modélica si era un cadáver sin alma. Llevamos más de cincuenta años viviendo la ficción de una Iglesia futurista. No voy a traer aquí la larga lista de adjetivos encomiásticos ya oída mil veces, ni los baños de masas delirantes de jornadas y encuentros mundiales, o los movimientos nacientes e incipientes ni los bosques de documentos, encíclicas y declaraciones, ni las reformas para adecuarnos al tercer milenio. ¿Que fueron sino verduras en las eras? Primaveras de papel, glorias de oropel. Pasaron y no hubo nada.

A la vez que el Dorian eclesiástico se presentaba al mundo con sus mejores galas, la Iglesia auténtica se hundía en la falta de contemplación de lo divino en el culto y la vida, se apagaba la caridad, se oscurecía la fe y se nublaba la esperanza. Sin sostén de lo alto, las otras virtudes desaparecían. Luchas de poder y de influencias estallaban, se erigían parcialidades y guerras, los cargos se convertían en pesadas cargas para los inferiores, los briosos sin letras se entronizaban y los tiranizaban, se acallaba a los sabios y se les perseguía, y subían a los púlpitos los sofistas a los que se les aplaudía. Conversos al mundo, buscaban sus pompas sacrificando a los idolillos de las modas, dando ofrendas a sus mentiras y homenajes a sus hechos. Soberbia, ambición, envidia, avaricia y lujuria se convirtieron en señoras. Estallaron los escándalos económicos, los robos a los pobres y los desfalcos. Mucho peores fueron los escándalos sexuales que transformaron a la Iglesia en la nueva Corinto, y se llegó a manchar el sacerdocio con crímenes contra la pureza de los niños y que claman al cielo. Todo se tapó tras la imagen de la Iglesia del aggiornamento, del Concilio, del tercer milenio, pero hoy ya no se puede tapar más como las menguantes multitudes en la Plaza de S. Pedro.


Conclusión

La genialidad de Wilde, además de su portentoso dominio del idioma inglés, está en haber invertido la relación entre el retratado y su retrato con la conversión de éste en el verdadero reflejo del alma, la realidad, mientras que el retratado se volvía apariencia, falsedad, un fantasma, una imagen. En su historia se veía en el cuadro no la imagen favorecida del retratado sino su verdadera faz, tal como Dios la ve. Lo que no pueden ver los ojos lo muestra el arte, vuelto como en el pasado en una forma de conocimiento. 

Conocimiento que tuvieron los grandes pontífices del Medievo. El más grande políticamente de ellos tuvo un sueño que es una de las glorias de aquella edad: por tener semejante sueño, por entender el mensaje y, sobre todo, por haber tenido la humildad de aceptarlo. Una noche soñó el Papa Inocencio III que la basílica de S. Juan de Letrán, su catedral, empezaba a derrumbarse y a hundirse sus naves y sus pórticos, pero que un pordiosero medio loco lo impedía al sostenerla sobre sus hombros: era un quidam de Asis, un tal Bernardone. A la mañana siguiente mandó llamar a Francisco.

Tenía bajo su cetro a todas las testas coronadas y comprendió que esto de nada servía. Mera imagen, mera fachada, mero instrumento de imperio.Vienen los cátaros y borran de un plumazo la iglesia provenzal con su poder civil. Ya puedes mandar soldados e inquisidores (o comisarios y visitadores) que sin predicación y santidad nada sirve ni los hará volver al redil. Toda la gloria mundana de la Iglesia, su magnifica basílica, se hunde de un soplo si no hay fe ni gracia que la sostengan y la eleven a los cielos. Las tenían esos mendigos de Domingo y Francisco e Inocencio humildemente vio la verdad, tuvo fe y los apoyó. Salvó la Iglesia con ello. 

Como en la Edad Media, el remedio es volver con humildad a la Verdad, a Aquel que dijo que era el Camino, la Verdad y la Vida. Si no es a Cristo, ¿A quién iremos si sólo Él tiene palabras de vida eterna? Pues sin Él no podemos nada. Volvámonos al Señor pidiendo contemplar su faz, apartándonos de la falsedad ya que, si vamos con confianza, no seremos defraudados por Aquél que dijo: He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.  A Él que es el verdadero retrato del Padre y que viéndolo nos da la Vida: Quien me ve a mí, ve al Padre. En la cárcel de Reading, Oscar Wilde se vio tal como era, un pobre hombre en la miseria del pecado, y no como la imagen falsa que se mostraba a los demás tanto antes como ahora, pero puso su mirada en Jesucristo y al contemplarlo Él lo salvó de la desesperación y de la muerte. Hagamos lo mismo.

miércoles, 11 de mayo de 2022

El Papa, la liturgia y el discurso a San Anselmo


 


¿Felipe, tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido?

Jn. 14,9.


Hace pocas semanas publiqué un post en el que argumentaba una vez más mi opinión según la cual al Papa Francisco no le importa el tema litúrgico y, consecuentemente, quienes defendemos la liturgia tradicional, debemos considerarlo más bien un aliado que un enemigo. El texto removió el avispero no solamente en Argentina sino también en Italia, donde fue publicado y respondido. Y para colmo de mis desventuras, el sábado pasado el Papa dirigió un discurso a los profesores y estudiantes del Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo en el que hace un fuerte encomio a la reforma litúrgica de Pablo VI, critica a los tradicionalistas y hasta pareciera que se mofa de la liturgia tradicional. Algunos lectores del blog, muy razonablemente, consideraron que este discurso era una lapidaria refutación de mi hipótesis. Y yo creo que no lo es. Y espero demostrarlo.

En primer lugar, tengamos presente quien habla y quiénes son los receptores del discurso. San Anselmo es el nido en el que se refugia el modernismo más rancio en cuestión litúrgica; es el reino de los fundamentalistas de la reforma del Vaticano II. Y quien les habla, Jorge Bergoglio, es Zelig, como hemos dicho más de una vez. Es decir, es el personaje de Woody Allen que por un extraño síndrome, adquiere la personalidad y las características de su interlocutor: si habla con un gordo, se transforma en gordo; si habla con un chino, se transforma en chino y si habla con un científico se transforma en científico. Los argentino tenemos para este trastorno otro nombre más criollo y no se lo adjudicamos sólo a Zelig: peronismo en estado puro. Juan Perón le decía a cada cual lo que éste quería escuchar,  y ese tal se marchaba contento de haber sido comprendido y su postura respaldada por el líder. Néstor Kirchner le dijo a José María Aznar, jefe del gobierno español, lo siguiente: “No mires lo que digo sino lo que hago”. Y esta es la máxima peronista que sigue Bergoglio, y lo ha demostrado centenares de veces a lo largo de su pontificado. Dice lo que el o los interlocutores quieren escuchar; luego hace lo que le parece. Testigos privilegiados son los obispos alemanes, cuyos votos le consiguieron el pontificado: les hizo promesas que nunca cumplió, y ahora están tratando de cobrarse con el sínodo. 

La distorsión entre lo que dice y lo que hace es permanente. Y lo vemos en el mismo discurso. En un momento dice: 

Sobre estos quiero destacar el peligro, la tentación del formalismo litúrgico: retroceder a formas, a la formalidad más que a la realidad, como hoy vemos en esos movimientos que buscan un poco retroceder y niegan incluso al mismo concilio Vaticano II. Entonces, la celebración es recitación, es una cosa sin vida y sin gozo.

Son palabras sin duda durísimas con respecto a todo el amplio espectros de los movimientos reaccionarios a la reforma, desde la FSSPX a los grupos Ecclesia Dei. Pero lo curioso es que él mismo, hace pocos días, le dijo a los obispos franceses que era su voluntad que esos grupos pudieran seguir celebrando, o mejor, recitando ese liturgia triste y aburrida; y fue él mismo quien ordenó la confección de un decreto para dejar fuera de las prescripciones vitales y gozosas de Traditiones custodes a la FSSP. Y fue él mismo quien autorizó a que exactamente una semana antes a su discurso se celebrara nada menos que en la basílica papal de Santa Maria Maggiore —donde, por otro lado, es canónigo el obispo Piero Marini, secretario de Annibale Bugnini—  una misa solemne según el rito tradicional en la fiesta de San Pío V. Como dijo Néstor, en el Papa Francisco hay que ver lo que hace y no lo que dice. Mañas que aprendió en la escuela peronista.

Por otro lado, nadie podía esperar que frente al Pontificio Instituto San Anselmo el Papa hiciera un reivindicación de la liturgia tradicional. Y eso no lo podíamos esperar ni de Francisco ni de Benedicto, y probablemente tampoco ningún otro Papa por más simpatías tradicionales que tuviera. Ningún gobernante quiere crearse enemigos inútilmente, y no es cuestión de provocar a los modernistas por el solo gusto molestarlos. 

Además, en mi argumentación siempre he sostenido que Francisco no sabe de liturgia y esta ignorancia es signo manifiesto de su desinterés por ella. Esta punto queda confirmado en el discurso. Allí dice hacia el final: 

Me acuerdo, cuando era niño, cuando Pío XII comenzó con la primera reforma litúrgica, la primera: se puede beber agua antes de la comunión, ayuno de una hora… ‘Pero esto va contra la santidad de la eucaristía”, se rasgaban las vestiduras. Después, la misa vespertina: ‘Pero cómo es posible, la misa es a la mañana’. Después, la reforma del Triduo Pascual: ‘Pero cómo, el Señor debe resucitar el sábado, ahora lo pasan al domingo, al sábado a la noche, el domingo no suenan las campanas… ¿Y las doce profecías dónde van?”.

Cualquiera que sepa un poquito de liturgia sabrá que ninguno de estos puntos que nombre el pontífice mofándose no sólo de las “mentalidades cerradas” sino de la liturgia anterior a Pío XII, tienen que ver estrictamente con la liturgia. Son cuestiones de disciplina: el tiempo de ayuno para recibir la comunión se redujo a tres horas, y fue Pablo VI —y no Pío XII como dice equivocadamente Bergoglio— el que lo redujo a una hora. Y fue esta reducción la que permitió que la misa pudiera celebrarse por la tarde: antes era imposible porque exigía a los sacerdotes y fieles que quisieran comulgar guardar ayuno desde la medianoche anterior. Y lo mismo debe decirse del cambio de horario de la vigilia pascual, que antes se celebraba el Sábado Santo por la mañana: fue simplemente una cuestión de disciplina que no tiene que ver con una reforma litúrgica. Confundir estos dos ámbitos era un error craso, que solamente puede cometerlo quien no sabe de liturgia.  

En fin, que a este discurso que ha pasado sin pena de gloria, que es como pasan todos los actos y las palabras de Bergoglio en los últimos tiempos, no hay que darle más importancia que la que tiene: palabras que se las lleva el viento. El peso, como siempre, lo tienen los hechos.

Relanzamiento editorial: "El arte de besar"

 


Mons. Víctor “Tucho” Fernández, firme candidato a ocupar el arzobispado de Buenos Aires, relanza desde Fátima su clásico de los ’90: Sáname con tu boca. El arte de besar (Lumen: Buenos Aires, 1995).

Él mismo nos explica el objetivo de su obra:

“Te aclaro que este libro no está escrito tanto desde mi propia experiencia, sino desde la vida de la gente que besa. Y en estas páginas quiero sintetizar el sentimiento popular, lo que siente la gente cuando piensa en un beso, lo que experimentan los mortales cuando besan. Para eso charlé largamente con muchas personas que tienen abundante experiencia en el tema, y también con muchos jóvenes que aprenden a besar a su manera. Además consulté muchos libros, y quise mostrar cómo hablan los poetas sobre el beso. Así, tratando de sintetizar la inmensa riqueza de la vida, salieron estas páginas a favor del beso. Espero que te ayuden a besar mejor, que te motiven a liberar lo mejor de tu ser en un beso.”


[No sabemos con certeza si Mons. Víctor Fernández publicará nuevamente este libro, nave insignia de su vasta y deslumbrante producción intelectual. Sin embargo, quienes quieran leerla pueden descargarla desde aquí]. 

lunes, 9 de mayo de 2022

Poli, ¡qué te hicieron!

 


Hay una anécdota que trae Omar Bello en su libro —la primera biografía del Papa Francisco escrita después de su elección—, que yo más de una vez he citado en este blog, y hoy lo haré nuevamente, porque es sumamente reveladora de la mentalidad y conducta del Sumo Pontífice. Escribe el periodista:

— ¡Hay que echarlo ya! —reclamó Bergoglio levantando lo voz. Las paredes temblaron. —¡Ni un día más puede estar acá este tipo. ¿Entendieron?

Se refería a un empleado de la Curia que, según se dice comúnmente, se le había metido entre ceja y ceja.

— Me lo echa enseguida. ¿Entendido?

[…]

Ya echado, el empleado en cuestión pidió una audiencia con el cardenal y la concedió rápido, sin hacer preguntas.

— Pero yo no sabía nada, hijo. Me sorprendés… —aseguró el actual Papa cuando el “echado “ le narró sus cuitas.

— ¿Por qué te echaron? ¿Quién fue?

El hombre salió de las oficinas cardenalicias sin trabajo pero con un auto cero kilómetro de regalo, creyendo que Francisco era un santo empujado por circunstancias ajenas a su control, dominado por una caterva de asistentes maliciosos. La historia de ese despido es repetida hasta por los encargados de seguridad de la Curia porteña. (El verdadero rostro de Francisco, Noticias, Buenos Aires, 2013, pp. 36-37)

Es el famoso “¡Qué te hicieron!” que tantas veces ha sido usado en el palacio arzobispal porteño y en Santa Marta. Un treta gastada y conocida, pero que todavía parece útil vistas las circunstancias. Y me refiero a lo ocurrido la semana pasada con la carta enviada por la Congregación del Clero al cardenal Mario Poli y, posteriormente, con la nota aparecida en La Nación, que pasó desapercibida pero que, según nuestra hermenéutica, confirma la maniobra bergogliana. 

Los términos de la la carta recibida por el cardenal arzobispo de Buenos Aires fueron durísimos, casi desusados para los modales romanos. El prefecto le decía, por ejemplo: “También quiero subrayar de manera especial que, en vísperas de los setenta y cinco años de edad de Su Eminencia, se limite a realizar únicamente aquellas transacciones económicas que en la actualidad resulten estrictamente necesarias”. Una amonestación humillante. Y este hecho documentado periodísticamente, y no sabemos los términos de lo que no salió a luz, dispara algunas preguntas.

En primer lugar, ¿quién filtró la carta a la prensa? Ciertamente, no fueron las víctimas de la reprimenda. No quedan si no, los enemigos de las víctimas, aquellos que se regocijan por el hecho, sea por el puro placer de la venganza, sea por la pura ambición de poder. Por otro lado, las filtraciones de este tipo son también una maniobra típica del Bergoglio. Y ejemplos sobran, y por poner sólo uno, todos recordarán en Argentina su actitud silenciosa y prescindente durante los días previos a la discusión en el Congreso de la ley de matrimonio homosexual, y la carta que él mismo envío a las carmelitas pidiéndoles que rezarán porque el demonio estaba haciendo de las suyas en el país. La carta, misteriosamente, se filtró de los claustros teresianos y apareció en la prensa. Los católicos ingenuos quedaron tranquilos de que el cardenal estaba en contra de la ley pero, en los hechos, prohibió cualquier tipo de iniciativa o movilización de las instituciones arquidiocesanas y él se mantuvo en silencio.

La segunda pregunta tiene que ver con la carta misma. Concedamos lo que efectivamente hay que conceder: en la curia porteña no funcionaban dos órganos de control que debían, entre otras funciones, involucrarse en el manejo de las finanzas y los bienes del arzobispado. Se hicieron movimientos que no fueron auditados y, probablemente, no fueron del todo limpios, aunque no se haya probado ningún tipo de ilícito. Hay que decir que no es una práctica desacostumbrada en el ámbito de la Iglesia y mucho menos en Buenos Aires. Operaciones oscuras de este tipo se hicieron durante la gestión de Bergoglio, tal como documentamos en este blog (aquí). Resulta extraño, entonces, que desde Roma se envíe una “visita fraterna” por este hecho que, más allá de su opacidad, no es infrecuente. Sería interesante saber cuántas visitas fraternas de este tipo se realizan a los miles de diócesis del mundo, y gestionada, además, por la Congregación del Clero. No conozco el funcionamiento de la curia romana, pero no parece que tales tipos de trámites fraternos sean competencia de ese dicasterio.

Por otro lado, todos saben que nada que tenga que ver con la iglesia argentina se mueve en Roma sin la autorización expresa del Papa Francisco. No es creíble en lo más mínimo que una carta de ese tenor, firmada por el máximo responsable de un organismo vaticano y dirigida al cardenal arzobispo de Buenos Aires, haya sido expedida sin el conocimiento y expresa autorización del pontífice romano. Se trata, como vemos, de una táctica calcada a la empleada hace más de una década en la curia porteña con el empleado indeseado: ordena a sus subordinados que lo echen, o que le den una fuerte reprimenda; luego él recibe a la víctima, y le expresa condolido su desconcierto: “¡Qué te hicieron Marito!”. La víctima se va feliz por el consuelo papal, y los medios adictos y fieles ingenuos vuelven a pensar en el bondadoso pontífice y en los malvados curiales, romanos o porteños, que tanto mal le hacen a la Iglesia. 

El periodista de Vedia que da la noticia del respaldo pontificio a Poli escribe: 

La reunión fue “muy cálida”, confirmaron fuentes confiables. Y el Papa habría percibido cierto cansancio en el cardenal primado por la situación que enfrenta como responsable de la arquidiócesis, tras el fuerte impacto que causaron las observaciones de la auditoría de la Congregación para el Clero. Pero prevalecería la intención de que Poli permanezca en sus funciones, al menos hasta fin de año.

El párrafo es muy revelador. ¿Quién es la “fuente confiable” capaz de relatarle a un periodista no sólo la calidez de una reunión a solas sino también la “percepción de cansancio” que tuvo el Sumo Pontífice? En todo caso, alguno de sus secretarios podría haber sospechado la calidez o frialdad del encuentro cuando hizo ingresar o salir al cardenal Poli del despacho pontificio, pero conocer las “percepciones” papales es cosa más compleja, a no ser que se trate, claro, de un secretario con poderes preternaturales. Resulta claro, a mi entender, que las “fuentes confiables” de Mariano de Vedia son algunos de los adláteres de Francisco a los que él mismo le encomienda la misión de divulgar lo que sirve a sus estrategias. 

Y más importante aún es el contenido de esa percepción: “El pobre Poli está muy cansado”, habrá dicho el misericordioso pontífice. “Lo relevaremos del peso de su cargo apenas cumpla los 75 años o, incluso, y en un exceso de misericordia, un poco antes, en pocos días quizás, todo sea para no mortificarlo”.

En fin, política de baja estofa y matufias que los argentinos conocemos sobradamente. Estos son los frutos de un pontificado entregado imprudentemente por los cardenales a un personaje marginal y mediocre que está conduciendo a la Iglesia a crisis impensadas en todos los ámbitos (no viene mal leer este artículo sobre los desaguisados del Papa Francisco en el caso de la guerra ruso-ucraniana).   

miércoles, 4 de mayo de 2022

El turno del cardenal Poli

 


Ayer, los medios de prensa argentinos publicaron una noticia que conocían desde hace algunas semanas y que, por alguna misteriosa razón, no aparecía en sus portales. Se trata de una inspección que realizó la Congregación para el Clero al arzobispado de Buenos Aires en relación a algunas irregularidades administrativas y financieras que serían bastante serias, si atendemos al riguroso lenguaje que expresa el informe enviado por el prefecto al cardenal Mario Poli. Pueden leer una síntesis, por ejemplo, aquí

Hoy, la noticia ha seguido desarrollándose y tenemos más detalles (aquí). Los periodistas, con la liviandad que los caracteriza y el mandato de proteger siempre al Papa Francisco, ofrecen una interpretación de los hechos bastante distinta de lo que verdaderamente ocurrió.

  La primera conclusión que se llega es que se trata de una excusa, o una operación, para enlodar al cardenal Poli. Mientras que algunos medios señala que el inmueble origen del entuerto es un terreno en Puerto Madero, otros insisten en que es una casa de Palermo. Y la explicación que dan en ambos casos no hace suponer ningún ilícito, y ellos mismos así lo expresan. Pero sabemos que los hechos poco importan cuando se quiere construir un relato, sea de la izquierda o de la derecha. 

El pontificado del cardenal Poli en Buenos Aires ciertamente no pasará a la historia como una gestión brillante. Nadie esperaba eso, pues no correspondía con su personalidad. Más allá de que se ha comportado como un personaje insulso y desangelado, todos saben que Su Eminencia es una persona piadosa, de fe católica, honesta y de indudable integridad moral, y es por eso que cuenta con el apoyo masivo de todos los sacerdotes de la arquidiócesis, tal como puede apreciarse en esta carta pública que le han dirigido solidarizándose con él. Y estas cualidades son las que le impidieron ser un mandadero de Bergoglio, que lo colocó en la sede porteña apenas asumido el pontificado con la ilusión de seguir gobernando su diócesis a través de una marioneta. En honor a la verdad, hay que decir que no es el primer pontífice en hacer algo semejante; los biógrafos narran que San Pío X siguió gobernando su diócesis de origen, Treviso, a través de un dócil y aguado obispo capuchino, Mons. Andrea Longhin. Lo cierto es que el cardenal Poli no fue lo sumiso que se esperaba y los bergoglianos de Buenos Aires, en complicidad con su valedor de Santa Marta, estaban esperando el momento de la venganza. 

Y aquí entra en escena el impresentable obispo auxiliar de Buenos Aires y abanderado de los lacayos de Bergoglio, Mons. Joaquin Sucunza. Un solo dato es suficiente para comprender el crédito del que goza: cuando en febrero del año pasado cumplió los 75 años y presentó la renuncia reglamentaria, el Papa Francisco lo “confirmó” como obispo auxiliar, un hecho insólito pues lo que se hace habitualmente es no aceptar su renuncia, y con eso es suficiente. La confirmación innecesaria venía al caso pues era un modo jesuita de poner presión al cardenal Poli quien, igualmente, lo despojó de su cargo de vicario para los Asuntos Económicos. Y desde ese mismo momento comenzó a tramarse la venganza.

Se trata, por supuesto, de una venganza apañada por Su Santidad. Nada se hace en Argentina sin su anuencia. Y él saca también rédito de la operación: la figura de Poli queda lo suficientemente esmerilada como para que, cuando a fines de noviembre de este año cumpla sus 75 años, sea inmediatamente relevado de su cargo el cual según se presume, será ocupado por el magister osculorum, es decir, Mons. Víctor “Tucho” Fernández, valido predilecto de Su Santidad. Algunos incluso arriesgan que es una jugada para forzar una renuncia anticipada de Poli a fin de asegurarle cuanto antes a Tucho la sede porteña pues no se sabe cuánto tiempo más de vida le queda a Francisco. 

Otros de los que queda enlodado con la operación es el P. Martín Bracht, párroco actual de San Benito de Palermo y, hasta el año pasado, de la iglesia Luján Castrense de la calle Cabildo. Muchos lectores del blog seguramente lo conocerán y todos saben que es un sacerdote ejemplar. Baste señalar que durante el confinamiento debido a la pandemia, jamás cerró su iglesia, jamás dejó de rezar misa y jamás dejó de dar la comunión en la boca. Pero a su celo pastoral se unen dos cualidades escasas en el clero: es un caballero de buena familia (su padre fue un gran amigo del P. Meinvielle y del P. Castellani) y es un buen administrador. Y es por este motivo que el cardenal Poli le encomendó tareas complejas, y fue capaz de recuperar parroquias y colegios que estaban al borde de la quiebra, y dejarlas con un importante superavit. Estas virtudes no están bien vistas en las alturas del segundo piso de la curia porteña y mucho menos por Mons. Sucunza. 

No debemos pensar sin embargo, que las carencias culturales y neuronales del clero son exclusivas de nuestro país. También ocurre en la misma curia romana. Y me refiero a una expresión que aparece en el documento remitido al cardenal Poli por la Congregación del Clero en el que, refiriéndose al P. Bracht, dice que se caracterizaría por “una búsqueda desmedida de protagonismo, incluso en detrimento de sus hermanos sacerdotes”. Cualquier persona que conozca mínimamente el ambiente clerical sabrá descubrir que se trata nada más que de una expresión de los celos y envidias de sus “hermanos sacerdotes” que aprovechan una inspección de Roma para dar rienda suelta a sus pasiones y una torpeza romana al incluir tales bajezas en un informe oficial. Sería interesante saber a qué se refieren con “búsqueda desmedida de protagonismo”, no sea que simplemente sea lo que sucede naturalmente cuando actúa una persona que posee cualidades por encima de la media: se nota enseguida, y los mediocres que lo rodean no ven más que “protagonismos”, y comienzan su labor de zapa. Lo peligroso es cuando quien les da las zapas, palas y picos es el mismo Sumo Pontífice.

En fin, una operación más, y esperemos que de las últimas, cometidas por un pontífice fracasado, cercano ya a su final (penoso y notable este video de la audiencia del día de hoy,) al que ya muy pocos prestan atención y que dejará a la iglesia argentina en una situación de crisis permanente de la que le llevará décadas recuperarse, si es que lo hace.

sábado, 30 de abril de 2022

Por una libertad católica… en la Iglesia católica

 


por el P. Claude Barthe



El actual pontificado, con su hinchazón, bien puede constituir, si no la fase terminal de la era post-Vaticano II, al menos la proximidad de su fin. Siempre y cuando haya hombres de la Iglesia que tengan la determinación necesaria para dar vuelta la página.

No cabe duda de que hoy nos encontramos en un ambiente de pre-cónclave. [1] Esto no significa que los cardenales electores tengan que reunirse mañana en la Capilla Sixtina. Pero cuando llegue el día en que se reúnan las Congregaciones Generales preparatorias, podemos esperar que se haga una evaluación sincera, que abra el camino a un valiente examen de conciencia. En su defecto, podemos esperar que se adopte una especie de realismo escénico, en virtud del cual se deje vivir y desarrollar a las fuerzas católicas que aún existen.


El contexto pesimista

Ya hemos tenido ocasión de constatar que entre los más altos prelados, no sólo los del ala conservadora, sino también una parte de la de los diversos movimientos progresistas, existe ahora una conciencia muy viva y pesimista de la secularización, considerada como fatal. La situación de la Iglesia, especialmente en Occidente, revela una reducción tal del número de fieles y de sacerdotes que se está volviendo casi invisible en algunos países. Esto ha ocasionado que se den cuenta de que todas las soluciones intentadas desde el Concilio han fracasado una tras otra: reformas a ultranza con el Papa Montini, intentos de “restauración” con Juan Pablo II y Benedicto XVI, reactivación de un conciliarismo desenfrenado con Francisco. Es fácil ver que el ecumenismo y el diálogo interreligioso del Vaticano II han contribuido a la devaluación de la misión. Sin embargo, nadie se atreve a decir abiertamente que las orientaciones de ese concilio que saltó todas las normas — a-normativo — tienen una gran parte de culpa en la catástrofe que vemos hoy. Es cierto que sólo los más ideologizados de los bergoglianos, como los jesuitas que trabajan actualmente en la preparación del Sínodo de los Sínodos, consideran que hay que ir más allá y que, además, la secularización es una “oportunidad”.

Muchos altos prelados están hoy desestabilizados por las palabras de mando contra el “clericalismo”, palabras de mando que son devastadoras para las vocaciones que quedan y que van seguidas de visitas canónicas, luego de sanciones contra las comunidades “clericales”, seminarios, diócesis, que pueden tener debilidades, pero que siguen beneficiándose de un cierto reclutamiento. También están muy perturbados por las delirantes propuestas del Camino Sinodal Alemán, con la que la asamblea del Sínodo Romano sobre la sinodalidad probablemente se comprometerá en un mecanismo probado de negociación-capitulación, haciendo propuestas que no alcanzan las propuestas alemanas pero que tendrán el valor de facto de un cheque en blanco y de no condena.

Por ello, no es difícil prever que, cuando se reúnan las Congregaciones Generales, dominen las críticas abiertas o tenues al caos actual, incluso entre los prelados progresistas: un gobierno extremadamente autoritario y escasamente sinodal, decisiones zigzagueantes, una reforma ilegible de la Curia, un fracaso estrepitoso de la diplomacia con China y una situación financiera especialmente preocupante (véanse los detalles bien informados del memorándum citado en la nota 1). En cuanto a la crítica doctrinal de los conservadores, será escuchada no sólo en lo que respecta al hiato entre la enseñanza bergogliana y la anterior (no la anterior al Concilio, sino la de los anteriores papas postconciliares): Amoris letitia que contradice a Familiaris consortio, Traditionis custodes que reescribe Summorum Pontificum, pero también sobre la síntesis teológica de las exhortaciones y encíclicas del pontificado.


¿Las fuerzas que actúan?

Todo el mundo constata que el Colegio Cardenalicio ha sido renovado en gran parte durante este pontificado con un número récord de creaciones y que se ha impedido a sus miembros reunirse, discutir y opinar libremente en los consistorios. Las predicciones sobre el peso de las tendencias en el Sacro Colegio son, por tanto, más inciertas que nunca, incluso si se asume que la mayoría es claramente progresista. Es probable que los nombramientos en el próximo consistorio traten de inclinar la balanza aún más en esta dirección.

Pero, ¿quién saldrá de esa tendencia? ¿A favor de quién votarán finalmente los cardenales Parolin, Marx y Becciu? El cardenal Tagle, de 66 años, Prefecto de Propaganda, que se ha beneficiado del apoyo inquebrantable de los jesuitas, parece demasiado cercano a Francisco y no muestra mucha profundidad teológica. El punto débil del cardenal Jean-Claude Hollerich, arzobispo de Luxemburgo, además de ser muy joven (63 años), es que es jesuita. Sandro Magister, que actualmente redobla su actividad, le ha llamado “Francisco-bis”[2], un término amargo en el contexto actual. De hecho, sus posibilidades, si es que las tiene, residen en el tipo de moderación algo ingenua con la que modera su heterodoxia: está a favor de los sacerdotes casados, pero “a largo plazo”; no está a favor de las mujeres sacerdotes, pero les confiaría gustosamente cargos de autoridad y la homilía en las celebraciones; cree que “las posiciones de la Iglesia sobre la pecaminosidad de las relaciones homosexuales son erróneas”, mientras rechaza las bendiciones de los “matrimonios” homosexuales, no tiene ningún problema con que los protestantes se acerquen a comulgar en la misa, pero se horrorizó cuando asistió a una Cena Protestante y vio que después se tiraba el pan y el vino porque cree en la Presencia Real (¿entre los protestantes?).

En el lado conservador, parece bastante improbable, al menos en esta fase, que un candidato (Robert Sarah, o con una base más amplia Peter Erdö, de 69 años, arzobispo de Budapest), pueda reunir 2/3 de los votos. Pero la contribución conservadora será necesaria para la elección de un candidato transaccional, de la izquierda liberal, que necesariamente tendrá que escuchar sus deseos. Podemos mencionar, pero sólo para dar una especie de esbozo de un candidato realista y tranquilizador, a Jean-Pierre Ricard, antiguo arzobispo de Burdeos, de 77 años, de un redondo progresismo liberal. Tal y como están las cosas, Matteo Zuppi, de 66 años, arzobispo de Bolonia, apoyado por el muy poderoso grupo de presión de Sant'Egidio, cumpliría las condiciones. ¿Podría haber otros?


Por una libertad católica... en la Iglesia católica

En el siglo XIX se produjo la siguiente situación paradójica en el sistema político francés: los más firmes partidarios de la Restauración monárquica, enemigos en principio de las libertades modernas que trajo la Revolución, abogaban sin embargo constantemente por la libertad. En definitiva, exigieron, no sin riesgo, que se les dejara espacio para vivir y expresarse: libertad de prensa, libertad de enseñanza (pero no aprovecharon las oportunidades que este espacio les brindaba para dar un giro al orden de las cosas).

En igualdad de condiciones está el sistema eclesial del siglo XXI... Desde el punto de vista católico, la perspectiva que hay que perseguir es, a la larga, la de una “restauración” más profunda que la buscada por Joseph Ratzinger/Benedicto XVI: un retorno, para reactivar una misión activa, a un magisterio de plena autoridad, separando en nombre de Cristo lo verdadero de lo falso en todas las cuestiones controvertidas de moral familiar, ecumenismo, etc. Porque es devastador para la visibilidad de la Iglesia que ya no sepamos dónde está el exterior y dónde el interior de una Iglesia minada por un cisma latente, o más bien sumergida por una especie de neocatolicismo sin dogma.

Pero, de forma más inmediata, parece que lo único que se puede conseguir es que se afloje el despotismo ideológico —no sólo el conciliar del actual pontificado— sino el más profundo que pesa sobre la Iglesia desde que se le impuso una forma blanda de creer y rezar. Es un despotismo que hace que, en nombre de la “comunión”, haya que someterse más o menos a un Concilio y a una reforma litúrgica que se plantean una especie de nuevas Tablas de la Ley.

El camino a seguir sería que un pontificado de transición diera plena libertad a todas las fuerzas vivas de la Iglesia. Si observamos el panorama francés, que puede servir de analogía para el análisis en toda la Iglesia, el catolicismo que hoy “funciona”, es decir, que llena las iglesias de fieles, sobre todo de jóvenes, de familias numerosas, que produce vocaciones sacerdotales y religiosas, que provoca conversiones, se puede resumir en dos grandes áreas. Por un lado, está lo que podría llamarse el nuevo conservadurismo, con la comunidad del Emmanuel, la comunidad de Saint-Martin (100 seminaristas en la actualidad, es decir, más que todos los seminarios diocesanos franceses juntos), la Comunidad de San Juan y los florecientes monasterios de religiosos y religiosas contemplativos. En otras partes del mundo, habrá comunidades religiosas, diócesis vigorosas, algunos seminarios. Y por otro lado, el mundo tradicionalista, con sus dos componentes, uno “oficial” y otro lefebvrista, sus lugares de culto (unos 450 en Francia), sus escuelas, sus seminarios (en 2020, el 15% de los sacerdotes franceses ordenados pertenecían a comunidades tradicionales). Se objetará que un “laissez faire, laisser passer”, aunque sea a favor de lo que produce los frutos de la misión, también está lleno de riesgos de deriva. Por lo tanto, sólo es deseable mientras permanezcamos en zonas magistrales grises e inciertas.

Sin embargo, todos son conscientes, ya sea porque lo desean o porque lo temen (cf. las motivaciones de Traditionis custodes), de que es en el mundo tradicional, por su peso simbólico, donde esta plena libertad para vivir y crecer puede dar más posibilidades de ayudar a los prelados que se decidan a “dar la vuelta a la tortilla”.


Fuente: Res Novae - Perspectives Romaine 



[1] Ver el memorandum publicado por Sandro Magister: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2022/03/15/entre-los-cardenales-circula-un-memorando-sobre-el-proximo-conclave-aqui-esta/

[2] Si el cónclave quiere otro Francisco, aquí está el programa: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2022/02/10/si-el-conclave-quiere-un-segundo-francisco-aqui-esta-el-nombre-y-el-programa/

sábado, 23 de abril de 2022

El Papa Francisco y la liturgia, una vez más

 


El archivo de este blog es testigo que, desde el momento mismo de su elección, hemos sido duros críticos del Papa Francisco. Sin embargo, y a diferencia de otros sitios similares, hemos sostenido que en la cuestión de la liturgia tradicional, tan cara para todos nosotros, el Santo Padre ha adoptado una actitud de prescindencia y que, cuando se ha visto obligado a actuar, como en el caso de Traditiones custodes, no ha hecho más que seguir la corriente progresista encabezada por Mons. Roche, pero por la que él no guarda especial afecto, como tampoco lo guarda por la misa tradicional. De hecho, no guarda afecto ni interés por la liturgia en general porque es un jesuita de tomo y lomo, y como buen hijo de San Ignacio, se dedica a las cosas importantes, dejando de lado las fruslerías y miriñaques de las ceremonias litúrgicas.

La semana pasada un nuevo hecho apoya mi hipótesis. Durante la visita que le realizó la cúpula del episcopado francés, Francisco recordó “enérgicamente que el decreto que exime a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP) de las disposiciones del Motu Proprio fue suyo”. Esto viene a cuento porque —se comenta en los pasillos vaticanos—, la permisión otorgada en febrero a la FSSP, y que de hecho se extiende a todos los institutos Ecclesia Dei, cayó muy mal en la Congregación de Culto porque echa por tierra buena parte de Traditiones custodes y menoscaba su fundamento teológico. Desde ese dicasterio, o personajes cercanos al mismo, se habrían dedicado a propagar la especie de que en realidad ese permiso no era muy claro y se dirigía sólo a una grupo muy concreto de la FSSP. Lo expresado a los obispos franceses por el Sumo Pontífice no deja lugar a dudas. 

Sin embargo, hace pocas semanas sucedió otro hecho que pasó prácticamente desapercibido y que es igualmente significativo para la hipótesis que estamos sosteniendo, y tiene como protagonistas a los católicos del rito sirio-malabar. Esta iglesia —la sirio-malabar—, es de origen apostólico pues fue fundada por el apóstol Santo Tomás en la India. Estableció vínculos con la iglesia caldea y por eso adoptó el rito propio de los persas, el rito siríaco, celebrando la liturgia en lengua siríaca y mayalalam. Luego de la llegada de los portugueses a Goa, los sirios-malabares restablecieron las relaciones con Roma y, como era previsible, su liturgia comenzó a adoptar elementos propios del rito romano. Esta contaminación se ha producido lamentablemente también en otros ritos orientales, como el maronita. 

Los papas Pío XI y, sobre todo, Pío XII impulsaron una reforma litúrgica a fin de que el rito volviera a su forma original, despojándose de las adherencias latinas. Y ha sido un proceso largo, complejo y conflictivo. La reforma culminó durante el pontificado de Juan Pablo II, y la Santa Misa en rito sirio-malabar, o Santa Qurbana, fue restaurada a su forma original. Sin embargo, surgió un problema: luego del Vaticano II, varias de las diócesis que conforman este iglesia, habían comenzado a celebrar la Santa Qurbana cara al pueblo, y abandonando de ese modo la tradición de celebrar ad orientem. Esto produjo un serio conflicto pues esta costumbre no solo latina sino moderna, impedía la uniformidad del rito. La situación tendió a resolverse el año pasado cuando el Santo Sínodo de los sirio-malabares decidió que a partir del primer domingo de adviento de 2021, el rito se unificaría y todos los sacerdotes debían celebrar la Santa Qurbana ad orientem. Sin embargo, la archieparquía de Ernakulam-Angamaly se resistió a hacerlo y recurrió a la Congregación del Culto Divino, la que, previsiblemente, respondió que no tiene competencia en estos asuntos que competen exclusivamente al santo sínodo. Los sacerdotes de esa eparquía, entonces, comenzaron una huelga de hambre a fin de que se les concediera el derecho de seguir celebrando cara al pueblo. Y la cosa llegó al Papa Francisco.

Si el pontífice fuera lo terriblemente progresista en materia litúrgica como muchas veces se afirma, es fácil adivinar que lo que debería haber hecho es apelar a su potestad como jefe universal de la Iglesia católica —cosa que ha hecho en numerosas ocasiones—, y permitir a esos sacerdotes que siguieran celebrando la Santa Qurbana según la saludable costumbre introducida por el Vaticano II en el rito romano: cara al pueblo. Sin embargo, sucedió exactamente lo contrario. En una carta paternal, pero clarísima y que no deja lugar a interpretaciones, le ordena a esa eparquía y a sus sacerdotes que abandonen sus deseos y opiniones particulares, que acepten lo decidido por el Santo Sínodo y celebren la liturgia ad orientem. Al día de hoy, 335 de las 340 iglesias de esa archieparquía siguen resistiéndose, aunque no sé si siguen en huelga de hambre. 

Aunque el hecho se refiere y afecta a católicos muy alejados de nosotros en la geografía y en el rito, lo cierto es que es significativo. Y me lleva a pensar que el Papa Francisco, en materia litúrgica, debería ser considerado por nosotros más bien como un aliado que como un enemigo. Y si esto es así, la estrategia debería ser distinta a la que hemos seguido, sobre todo después de la publicación de Traditiones custodes y, especialmente de las respuestas a las dubia, que fueron una expresión exclusiva de la Congregación de Culto. En vez de la confrontación abierta, que no conducirá a ningún resultado positivo —el poder lo tiene Roma—, vale más un acercamiento humilde y sincero como el que realizaron los sacerdotes de la FSSP. Y los resultados están a la vista. 

lunes, 18 de abril de 2022

"Histoire des traditionalistes", el último libro de Yves Chiron


 


Se publicó en Francia en enero de este año el libro Histoire des traditionalistes del historiador Yves Chiron (Paris: Talladier, 2022; 639 pp.). Se trata de un autor conocido, sobre todo por sus biografías, y que posee dos características que vale la pena destacar: es un historiador de profesión y conoce su oficio, y es católico tradicionalista. Ambos atributos conducen a que el suyo sea un libro de fiar: está escrito por un científico que documenta cada una de sus afirmaciones, y no es un “enemigo” de la causa tradicional sino que es parte de ella.

El libro, sin embargo, no ha gustado en los ambientes tradicionalistas. El distrito de Francia de la FSSPX ha enviado a sus fieles una nota en la que les pide apartarse del libro y no leerlo porque los confundirá, y conozco a varios amigos tradicionalistas Ecclesia Dei —por denominarlos de alguna manera—, que están furiosos con Chiron. La verdad no siempre gusta, y mucho menos cuando se muestran hechos que desmienten el relato.

Consta de quince capítulos, una conclusión y un extenso apéndice biográfico de los personajes más importantes de la Tradición. Hay que señalar también un límite que tiene libro, y es que prácticamente se limita a la historia de los tradicionalistas de Francia, con algunas pocas y breves menciones a los casos de Estados Unidos, Brasil o Argentina. Es verdad que Francia fue y sigue siendo la nación líder indiscutible en la defensa de la Tradición, pero también es verdad que el movimiento tradicionalista no es exclusivamente francés.

Aquí van mis impresiones del libro:

1. Yves Chiron comienza haciendo una aclaración muy importante y que prueba documentalmente, que echa por tierra muchos análisis que se hicieron y aún se hacen, y que parten de una asimilación del tradicionalismo religioso con el tradicionalismo político. Concretamente, el autor afirma que los tradicionalistas que luego del Vaticano II se levantaron en defensa de la liturgia de siempre no tenían vinculación alguna con la Acción Francesa y con el maurrasianismo. Ciertamente, había un buen número de personas que militaban en ambos movimientos, pero uno no implicaba necesariamente al otro. Y documenta cómo el personaje más conocido del tradicionalismo católico, Mons. Marcel Lefebvre, no tuvo ninguna relación ni incluso simpatía por Maurras y su movimiento.

2. El autor describe muy bien el clima de desconcierto que se generó en la Iglesia a partir del Vaticano II y, sobre todo, cuando comenzaron a implementarse las reformas de la misa. La confusión y el desconcierto entre los sacerdotes y los fieles era enorme, y eso explica muchas cosas. Y me provoca la reflexión acerca de qué hubiéramos hecho yo o mis amigos en esas mismas circunstancias. Probablemente algo peor de lo que hicieron quienes debieron hacerse cargo de esa tarea.

3. El libro muestra las grandezas y los límites de muchos de los líderes que se destacaron en ese par de décadas. Además de la figura indiscutible de Mons. Lefebvre, sacerdotes como el P. Michel André —que estuvo varios años en la parroquia argentina de Monte Comán (Mendoza)— o el P. Louis Coache, o laicos como Jean Madiran o Pierre Lemaire, que entregaron su vida a la defensa de la fe católica, a pesar de todos los sinsabores y ataques que recibieron de la misma jerarquía. Por otro lado, se documentan las derivas de otros que atravesaron en poco tiempo estadios sedevacantistas, lefebvristas y acuerdistas; una actitud que aunque ahora nos parezca extraña, se entiende en el contexto de confusión en el que se vivía. Y, finalmente, las extravagancias de otros, como El P. Guérard de Lauriers o el abbé de Nantes, que tanto daño hicieron.

4. Aparecen también los errores que tuvo la reacción tradicionalista. En primer lugar, la ausencia de un comando unificado. Es verdad que hubiera sido muy difícil o imposible lograrlo, pero el resultado fueron iniciativas sueltas, más o menos organizadas y más o menos discoordinadas; una suerte de guerra de guerrillas que obtuvo muy pocas victorias.

5. Es notable también lo inadecuado de las armas que se utilizaron para la defensa de la Tradición. Se prefirieron las proclamas, los discursos engolados y las “marchas sobre Roma” para pedir la destitución o el proceso de Pablo VI o de Juan Pablo II, o la abrogación del Novus Ordo, algo propiamente disparatado, en vez de optar por debatir con argumentos seriamente fundados y discusiones con la Santa Sede encabezadas por teólogos capaces y formados.

6. Es que, precisamente, queda claro que los tradicionalistas carecían de cuadros capacitados para la lucha que emprendieron. En el terreno litúrgico, por ejemplo, no había liturgistas formados científicamente en esa disciplina que hubieran estado a la altura de discutir con los autores de la reforma de Pablo VI. Los estudios serios de liturgia que comenzaran en varias universidades europeas a partir de los años ’20, fueron terreno en el que abrevó el progresismo. Los tradicionalistas habían conservado la liturgia como un tesoro recibido, que celebraban más o menos bien, con más o menos devoción, pero no había sido para ellos un objeto de estudio, más allá, en el mejor de los casos, de un interés por las rúbricas. Y algo análogo ocurrió en el ámbito teológico. No había teólogos formados en universidades serias —las universidades romanas no lo eran y no lo son—, y lo cierto es que un profesor de seminario, por más católico y piadoso que fuera, no podían sostener una discusión con el cardenal Seper y los suyos, oponiendo como argumento referencias al magisterio de Papas de siglo XIX y de la primera mitad del XX, o consignas neoescolásticas que poco decían a las nuevas ideas. Y los teólogos que habrían podido ser una oposición seria e irrefutable a la teología manipulada del Concilio, se apartaron cuidadosa y comprensiblemente del movimiento tradicionalistas cuando vieron la deriva incontrolable y estrafalaria que tomaba.

7. Al finalizar la lectura del libro, me ha quedado una cuasi certeza: si las cosas se hubieran hecho de otro modo, si la reacción tradicionalista hubiese actuado de un modo más orgánico y empleando medios sensatos de negociación, el motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI lo podríamos haber tenido durante el pontificado de Pablo VI, y la Iglesia y nosotros mismos nos habríamos ahorrado muchos sufrimientos y sinsabores. Y no es una fantasía. Algo por el estilo consiguió el cardenal Heenan para Inglaterra en 1971.

8. Una coda: los católicos cercanos a la Tradición, o al menos en mi caso, tomamos como un hecho dado e indiscutible la maldad de la declaración Dignitatis humanae del Vaticano II sobre la libertad religiosa. Y este documento, y su heterodoxia, fue y es uno de los caballitos de batalla más notorios del movimiento tradicional y en varias ocasiones impidió arreglos con Roma. Sin embargo, es muy llamativo que dos estudios serios, uno realizado por los “dominicos” de San Vicente Ferrer de Chémeré y el otro por dom Basil Valuet, del monasterio del Barroux, y que han dado fruto a tesis doctorales y libros difícilmente rebatibles (por ej. Le droit à la liberté religieuse dans la tradition de l’Eglise), muestran que Dignitatis humanae está en total acuerdo con la doctrina tradicional de la Iglesia. Y vale destacar que los autores provienen precisamente de comunidades religiosas sobre las que no puede pesar la más mínima sospecha de progresismo o de simpatías conciliares. Desconozco si hay estudios del mismo tenor y calidad que se haya publicado a fin de refutarlos.