lunes, 15 de julio de 2019

Apostilla a los árboles otoñales


El último post, dedicado a reflexionar sobre las dificultades de la vida religiosa en esta Iglesia de las últimas décadas, tuvo un elevadísimo número de lectores, sobre todo de España. Y también muchos e interesantes comentarios. Uno de ellos me pareció particularmente lúcido. Decía lo siguiente:
El compromiso que se asume en la vida religiosa y en el matrimonio es principalmente con Dios.
Si el cónyuge te abandona y te estafa, vos le debés igualmente fidelidad. 
Si la congregación cambia o te estafa, lo que hay que evaluar es si las condiciones permiten vivir los votos en sus elementos esenciales.
A mi modo de ver el escrito está encarado desde un punto de vista psicológico natural, sin tener en cuenta la dimensión sobrenatural y la principal referencia a Dios del voto religioso.
Que hay congregaciones que estafan, las hay. Pero eso no justifica de por sí abandonar la vida religiosa.
Yo respondí diciendo que, efectivamente, mi post acentuaba el aspectos psicológico pero que el mismo no debía ser despreciado, sin por eso desconocer la primacía de lo sobrenatural. Pero el núcleo de la cuestión que plantea el comentarista es la siguiente: el voto se hizo a Dios, y a Él se debe fidelidad, más allá de los desvíos de la orden. Si ésta me estafa, eso no justifica que yo rompa mis votos hechos a Dios. 
Lo que yo arguyo es que, en la actualidad, son muchas las órdenes y congregaciones religiosas que impiden cumplir esos votos. Y no lo hacen introduciendo mozuelas (o mozuelos) en la celda del fraile para hacerle romper el voto de castidad, sino volviéndolo loco (literaliter) y privando de sentido la vida que eligió, tal como intenté mostrar en el caso de monja fugitiva.
Pero el comentario da mucho que pensar, y pensando me vino a la memoria un episodio de la Vida de San Benito escrita por San Gregorio Magno. En el capítulo tercero, se narra que los monjes de un monasterio cercano a la cueva de Subiaco se acercaron a Benito para pedirle que fuera su abad. Luego de alguna resistencia, éste accedió y comenzó a exigir a sus súbditos la sujeción y el cumplimiento de la regla monástica, lo que pareció demasiado a aquellos, acostumbrados como estaban a una vida muelle, por lo que decidieron asesinarlo envenenando su vino. Sin embargo, cuando San Benito traza la señal de la cruz sobre la vasija envenenada, ésta se rompe y descubre el complot. Decide, entonces, dejar su puesto de abad y regresar a la caverna subiacense. Y escribe San Gregorio:
Entonces regresó a su amada soledad y allí vivió consigo mismo, bajo la mirada del celestial Espectador.
PEDRO.- No acabo de entender qué quiere decir eso de que “vivió consigo mismo”.
GREGORIO.- Si el santo varón hubiese querido tener por más tiempo sujetos contra su voluntad a aquellos que unánimemente atentaban contra él, y que tan lejos estaban de vivir según su estilo, quizás el trabajo hubiera excedido a sus fuerzas y perdido la paz, y hasta es posible que hubiera desviado los ojos de su alma de los rayos luminosos de la contemplación. Pues fatigado por el cuidado diario de la corrección de ellos, hubiera negligido su interior. Y acaso olvidándose de sí mismo, tampoco hubiera sido de provecho a los demás. Pues, sabido es, que cada vez que por el peso de una desmesurada preocupación salimos de nosotros mismos, aunque no dejemos de ser lo que somos, no estamos en nosotros mismos, ya que divagando en otras cosas no nos percatamos de lo nuestro. […]
El ejemplo del patriarca Benito y la reflexión de San Gregorio ilumina de modo análogo a nuestro caso. Hablando desde el sentido común cristiano y sin tener un conocimiento particular sobre el tema, creo que el compromiso o el fin de nuestra vida es conocer, amar y servir a Dios para gozarle en la futura. En otras palabras, nuestro objetivo es alcanzar el cielo; el objetivo no es, y no puede ser, ser sacerdote, monja, fraile o padre de familia. Estos son medios más o menos aptos, según sea la persona, para alcanzar el fin. Si luego de un prudente proceso de discernimiento que involucre todas las condiciones y virtudes necesarias -memoria de lo pasado, inteligencia de lo presente, razón, providencia, circunspección, cautela y consejo-, el religioso concluye que ese medio que eligió en su momento ha dejado de ser conducente al fin, es decir, la vida en tal o cual congregación le impide cumplir sus votos, no solamente puede sino que debe dejarla. Es lo que hizo San Benito según reflexiona San Gregorio: si la vida comunitaria en ese monasterio se le volvía imposible, le quitaba la paz interior y le impedía la contemplación, lo que correspondía era que lo abandonara.

Ya pasaron los tiempos en que los católicos podíamos darnos lujos que hoy parecen asiáticos. Me refiero a los tiempos en los que, cuando un joven descubría en su interior que tenía vocación para la vida religiosa como educador, podía elegir entre hacerse marista, salesiano, lasallano, viatoriano o escolapio; o si prefería entregarse al cuidado de los enfermos, podía hacerse camilo o hermano de San Juan de Dios; o misionero, se hacía pasionista o redentorista; o monje, y podía elegir entre benedictinos, cirsterciences, trapenses o camaldulenses.  Tiempos pasados. Como bien dijo otro comentarista, si hoy un joven considera que tiene vocación religiosa, más le conviene hacer una carrera universitaria, y permanecer célibe -como aconseja con insistencia San Pablo- hasta que escampe, si es que escampa, porque más que le conviene que el Hijo del Hombre lo encuentre esperando con la lámpara encendida, aunque sea sin hábito, ni votos ni hijos, a que lo encuentre en la celda de un rumboso monasterio con la lámpara apagada.

Nota bene: San Benito, cuando decidió dejar su puesto de abad, no se fue con la mujer que turbaba sus sueños; volvió a su casa, o a su cueva, a vivir en pobreza, castidad y penitencia. Dejar la vida religiosa porque la congregación se desnaturalizó implica continuar en otro ámbito con el cumplimiento de los votos que se hicieron, no tirar la chancleta. 


miércoles, 10 de julio de 2019

Árboles de otoño

Hace algunos días me comentaron que una religiosa a la que conozco desde hace mucho, dejó los hábitos y vive ahora sola en una pequeña casa que ha rentado. Lo curioso es que esta ahora ex-monja tiene más de sesenta años y casi cuatro décadas de vida religiosa. El motivo que adujo para justificar su decisión fue que sus superioras la cambiaban a un destino que ella rechazaba y entonces prefería pasar sus últimos años cerca de su familia de sangre. 
El hecho, que no es desacostumbrado en los tiempos que corren, provoca algunas reflexiones. La primera y más obvia es que probablemente la razón aducida no haya sido más que la excusa que, consciente o inconscientemente buscaba desde hace mucho para dejar la vida religiosa. 
La segunda es posterior a la primera reacción que mucho tenemos al enterarnos de defecciones como esta: “Fue infiel”; “No quiso seguir diciendo sí”, “¡Insensata!” o, incluso, proferimos la maldición del apóstol Judas: “¡Ay de ellos, que son árboles de otoño sin fruto!” (12). And yet… Me pregunto si esta infructuosidad de árboles otoñales se debió a su propia incapacidad de dar frutos o, más bien, al terreno en el cual fue plantada. Dicho de otra manera, ¿no habrá sido que esta religiosa decidió, en la plenitud de su juventud, entregarse a Dios en una congregación determinada en la que esperaba dar frutos pero que, a la postre, ese instituto religioso terminó estafándola, porque el terreno que le ofreció era pedregoso y sulfuroso? ¿Hasta dónde, entonces, las culpas no son compartidas o, más bien, recaen en los dueños del terreno?
Una buena parte de la vida religiosa actual se ha convertido en una estafa, y no me refiero a la estafa de la vida religiosa que denunciaba Bouyer en su Clérigos contra Dios; me refiero a otra más grave aún. Imaginemos cómo habrá sido la vida de nuestra monja. Habrá pasado algunos años en colegios de su congregación pero que ya no son gestionado por las religiosas sino por laicos que les conceden graciosamente, en el mejor de los casos, la coordinación de la catequesis, o la posibilidad de alguna breve reflexión diaria antes de izar la bandera. Coordinará catequistas que estudiaron sus catecismos según las directivas de las Conferencia Episcopal, que apenas sabrán los puntos básicos de la fe y que rebosarán de sociología y de palabras como “encuentro”, “solidaridad”, “amor”, “servicio”. Sus reflexiones diarias le entrarán a alumnos y maestros por un oído y le saldrán por el otro en cuestión de segundos. Si tiene suerte, esta monja organizará un grupo de “jóvenes misioneros” que se reunirá una vez por semana para tener veinte minutos de oración en los que, luego de leer un párrafo de alguno de los libritos de Mons. Tucho Fernández, se tomarán de la mano, cantarán una cancionista pavota y pasarán a la segunda parte de la reunión que consistirá, indefectiblemente, en planificar una colecta solidaria, un recorrida por un barrio pobre distribuyendo juguetes a los niños o una noche de juerga católica. 
Otro lustro lo habrá pasado nuestra religiosa como superiora de la casa que tiene su congregación para almacenar a las monjas ancianas y enfermas. Todo un privilegio: es la única casa que crece de toda la provincia religiosa. Su cometido será estar al día con el pago de los servicios de emergencia, mantener a raya a médicos y enfermeras y conseguir los mejores precios en las funerarias de la zona.
Probablemente, en sus años más jóvenes, la habrán destinado al pensionado que tiene la congregación en alguna ciudad capital, y en el que albergan a jovencitas que van allí a hacer sus estudios universitarios. Allí habrá intentado por todos los medios reunir un grupo de residentes al menos una hora a la semana para hablarles de la fe, es decir, de la necesidad de amar al prójimo, pero seguramente habrá tenido poco éxito. Las pensionistas estaban más bien preocupadas en sus estudios, en sus novios, en que no se les note demasiado las resacas de los fines de semana y en no quedar inadvertidamente embarazadas.
Puede haber pasado también algún tiempo en alguna casa “de misión”. Puede haber sido en Bolivia, donde habrá quedado condolida por la cantidad de jóvenes y adultos alcohólicos, pero su superiora le advirtió que es parte de la cultura de ese pueblo por lo que ella no tiene ningún derecho a ejercer colonialismo cultural pretendiendo imponer la sobriedad. También se habrá escandalizado porque en el dispensario que atienden sus hermanas religiosas se distribuyen a jóvenes y adolescentes pastillas y otros medios anticonceptivos. Pero nuevamente su superiora le advertirá que lo hacen porque las niñas ricas de la ciudad tiene acceso a estos métodos porque tienen plata, y no es justo ni igualitario que las pobres queden embarazadas o deban privarse de divertirse con sus novios. [Estos dos casos son reales; los he escuchado con mis propios oídos].

La “misión” puede haberle tocado en algún barrio pobre del país. Allí, junto a una capilla a la que un cura viene a decir “misa”, o algo que se parece, una vez por semana, habrá vivido junto a otras dos hermanas. Allí habrá enseñado a cocinar y a coser a las mujeres adultas, a lavarse las manos a los niños y el pelo a las niñas. Habrá tocado la guitarra con los jóvenes -los escasos jóvenes que asisten de tanto en tanto a la “misión”- y les habrá hablado de un Dios en el que ella escasamente cree porque, en definitiva, si ese es el Dios verdadero, una y otra vez se preguntará a sí misma si vale la pena consagrarse a él en pobreza, castidad y obediencia. Con los más pequeños, habrá pintado dibujos que luego colgaría en el interior del salón frío y feo que sirve de capilla, con la esperanza de que fueran un señuelo para que los padres de esos niños vayan a la misa dominical. Habrá soportado diversos sacerdotes, algunos mejores y otros peores, pero todos mediocres, y habrá tenido que disimular los problemas que esos curas tenían con el alcohol, con las mujeres o con los muchachitos, porque a ellos, como a ella, también los estafaron.
Llegada a los sesenta años, esta monja con toda legitimidad se habrá preguntado: “¿Qué sentido tiene mi vida? Si me equivoqué, al menos me quedan diez o veinte años para aprovechar”. Habrá imaginado su futuro en una agonizante casa religiosa de su congregación, rodeada de la indiferencia y el tedio de la vida comunitaria, escasa vida comunitaria con otras dos monjas de su edad o más ancianas. Habrá decidido, entonces, dejar los hábitos y volver junto a sus hermanos y sobrinos de sangre. Con lo que recibe de su jubilación de maestra, le bastará para vivir entre ellos, esperando recibir más afecto que el que recibía en su vida religiosa y haciendo algo que la haga sentir útil. 
Esta mujer, que entró en la vida religiosa a fines de los ’70 o principio de los ’80, fue estafada por la Iglesia. Habrá sido más o menos consciente y más o menos culpable de esa estafa, pero la plantaron en un terreno sin nutrientes, con sólo piedras y ripios que le impidieron crecer y dar fruto. Y ella no eligió el terreno. Ella tomó una decisión generosa y sincera, y fue engañada. 
¿Se equivocó? Probablemente, pero yo no la juzgo.


lunes, 8 de julio de 2019

Fuera la teología




Thomas Hobbes dedica la cuarta parte de su Leviathan a realizar una severísima crítica a la Iglesia católica basada en la conocida mitología que utilizan sus enemigos cuando quieren atacarla. Sin embargo, no todo lo que dice son mentiras. Cuando se refiere a las universidades y seminarios católicos afirma que allí no se enseñan más que oscuras teorías basadas en el aristotelismo y que, si alguno de los estudiantes pretende levantar la cabeza por encima de la media, la institución se las arreglará para hallarlo culpable de pactos diabólicos. Trescientos cincuenta años después de esta afirmación, los católicos daríamos rendidas gracias al cielo si nuestros sacerdotes se formaran en el aristotelismo. El problema que tenemos es que no se forman en nada y que muchos pactos siguen vigentes. Y este no es un problema reciente.
El escritor francés Huysmans, escribía en una de sus novelas a fines del siglo XIX: “Ya no existe sacerdote alguno que tenga talento, al menos para los libros; son los laicos los que han heredado esa gracia tan extendida en la Iglesia en la Edad Media. […] La ignorancia del clero, su falta de educación, su carencia de inteligencia de los ambientes, su desprecio por la mística, su incomprensión del arte, le han privado de toda influencia sobre el patriciado de las almas. No influye ya más que en las mentes infantiles de las beatas y camanduleros; y es sin duda providencial, es sin duda mejor así, ya que si se adueñara, si consiguiera alzarse y vivificar a la desoladora tribu a la que dirige, ¡sería la tromba de la estupidez clerical abatiéndose sobre un país, sería el final de toda literatura, de todo arte…” (En route, II parte, c. 1).
Cincuenta años más tarde, el teólogo Louis Bouyer decía lo mismo, como ya comentamos en este blog. Y nuestro Leonardo Castellani desarrolló largamente el tema en su Seis ensayos y tres cartas
¿Por qué traigo nuevamente la cuestión a la discusión? Porque a mi entender, la situación se ha agravado aún más, lo cual parecía ya imposible. Sin embargo, siempre puede hacerse daño, y es lo que está ocurriendo con el pontificado de Bergoglio. No estoy diciendo que hayan bajado órdenes vaticanas para hacer tal o cual cosa, sino simplemente que el gobernante -y en este caso, gobernante absoluto- es arché o principio y, al gobernar, enseña a sus súbditos. Y así como durante el pontificado de Benedicto XVI, por ejemplo, poco a poco comenzó a recuperarse la solemnidad y devoción en la liturgia en muchas iglesias y parroquias de todo el mundo, en el actual, están aflorando las peores truhanes dedicados a destruir. 
Si el Sumo Pontífice, desde su cátedra, menosprecia a los teólogos y aconseja que sean deportados a una isla para que continúen allí con sus discusiones inútiles, mientras los pastores con olor a oveja se dedican a hacer el bien al Pueblo de Dios sin injerencias teóricas, ¿qué actitud podemos esperar de los obispos con respecto a la formación de sus seminaristas? Si el Sucesor de Pedro adhiere a así llamada “teología del pueblo”, según la cual el amorfo “pueblo” es lugar teológico y, en cambio, las grandes obras teológicas no son más que ejercicios dialécticos, y si cuenta entre sus “teólogos” de confianza a impresentables tales como  Juan Carlos Scannone, Tucho Fernández y Carlos Galli, ¿qué podemos esperar de la preparación y solvencia de los profesores de seminario?
En Argentina, hace años ya que se está viendo está nueva degradación. Un caso concreto y reciente ha ocurrido en la arquidiócesis de San Juan de Cuyo, en cuyo seminario, si bien nunca fue de excelencia -era más bien calamitoso-, sus estudiantes hacían los cursos de filosofía y teología siguiendo la ratio acostumbrada en la Iglesia. Pero en el último año ha sufrido una transformación lamentable. Nombrado arzobispo Mons. Jorge Lozano, uno de los bufones favoritos de Bergoglio, se ha dedicado a desmantelar todo lo que de formación seria podía tener, despidiendo a los sacerdotes que poseían títulos académicos y priorizando de forma exclusiva la pastoral. Pareciera que lo que la Iglesia necesita son pastores, y éstos no necesitan saber filosofía y teología. Les basta con las últimas encíclicas pontificias, con los documentos de la Conferencia Episcopal y, por supuesto, con el documento de Aparecida. 

El caso de San Juan de Cuyo no es el único. Como hemos dicho varias veces, la anhelada partida a la casa del Padre de Jorge Bergoglio dejará en la Iglesia argentina tierra arrasada. 

jueves, 4 de julio de 2019

Papas en el Infierno, por Anthony Esolen


(Si los subtítulos en español no aparecen automáticamente, debe activarlos)
Traducción y subtitulado: Walter Kurz

lunes, 1 de julio de 2019

Torpezas y farabutes


Aunque resulte ya tedioso y de poco interés, vale la pena detenerse de vez en cuando para tomar conciencia de lo que el Papa Francisco está haciendo con la Iglesia y la catástrofe a la que la está conduciendo. No hablemos ya de las cuestiones doctrinales, bien conocidas por todos y que tendrán un nuevo cenit en el próximo Sínodo sobre la Amazonía. Baste pensar que uno de los asesores teológicos que tendrán los sinodales será nada menos que nuestro conocido P. Carlos Galli, del que tuvimos oportunidad de ver algunos videos aquí y aquí.

No nos detengamos tampoco en cuestiones disciplinares. ¿Qué hubiese pasado en la Iglesia hasta hace siete años, si un cardenal condenaba un sínodo por herético y apóstata? Es lo que hizo el cardenal Brandmüller, y pocos se han enterado y a nadie le extraña ya que altos personajes de la jerarquía cuestionen abierta y duramente al Sumo Pontífice. 
Miremos simplemente tres hechos ocurridos durante la semana pasada y que son muestra evidente de la torpeza absolutamente inexcusable de Bergoglio en el manejo de las cosas de la Iglesia, en la catástrofe que está ocasionando y en el estado lamentable en que la dejará. Y, asombrosamente, nadie hace nada, más que el citado Brandmüller, o Burke, o el viajero Schneider. El resto, calladitos, y criticando por lo bajo, no vaya a ser que sean comisariados y misericordiados de sopetón.

  1. Hace menos de un año que la Santa Sede, gracias a la insistencia de Francisco, firmó un acuerdo con el gobierno chino por el cual reconocía a los obispos cismáticos de la iglesia patriótica china y, en los hechos, entregaba a los obispos, sacerdotes y fieles que a riesgo de su vida y su libertad, habían permanecido fieles en medio de las persecuciones comunistas. El primer hecho bochornoso fue que el presidente de China, en visita a Roma días más tarde, ni siquiera se dignó mandarle un saludito al Pontífice, con el que acababa de firmar un histórico acuerdo. Y lo segundo llegó la semana pasada, cuando el Vaticano tuvo que publicar una carta pidiendo al gobierno chino que respete la libertad de los sacerdotes católicos. El éxito del tratado es manifiesto; una nueva cucarda para la diplomacia vaticana… Un gobernante mediocre ya habría actuado hace tiempo descabezando al Secretario de Estado, autor de este fracasado y nocivo acuerdo. Bergoglio no lo hace porque, si fuera el caso de descabezar, debería autodegollarse.
  2. El Papa Francisco recibió en la mismísima sacristía de San Juan de Letrán con gran ruido mediático a una familia gitana a la que los vecinos de un humilde barrio gitano, no querían ver ni pintados. Se vendió la cosa como odio al diverso, racismo, y demás tópicos políticamente correctos. El ‘cato buenismo’ lo vistió de abrazos pontificios y apoyos incondicionales, en medio de fotógrafos y camarógrafos, sin que a nadie se le ocurriera escarbar un poquito. Pero se descubrió el motivo por el cual los discriminados eran rechazados por sus vecinos: el pobre rumano es propietario de 27 automóviles de alta gama y de origen más que dudoso. Seguramente algún farabute de los que rodean a Bergoglio, o él mismo, que en farabuteadas no se queda corto, habrá leído la noticia de lesa discriminación en los medios italianos y rápidamente ideó el encuentro para ganarse otro poroto entre el decadente mundillo progre. Así le fue. Un bochorno que en otros tiempos no se habría perdonado tan fácilmente.
  3. La Conferencia Episcopal de Estados Unidos lanzó por Tweeter el anuncio de la colecta anual llamada Óbolo de San Pedro, cuyos fondos van íntegramente a financiar la Santa Sede, y que en el caso de USA, son más que sustanciales; vitales según algunos, para sostener el Estado Vaticano. Como podrán ver, la catarata de respuestas de católicos furiosos con Francisco es muy notable: “no pondremos un solo dólar mientras siga Bergoglio”, es el resumen. Insisto, es asombrosa la agresividad y la cantidad de mensajes del mismo tenor, comparable a los comentarios argentinos cuando algún medio de prensa nacional publica una noticia sobre el Papa. Habitualmente, deben cerrar los comentarios debido a su virulencia. ¿Había pasado algo similar en la Iglesia durante los último siglos? Creo que no. Bergoglio lo hizo. 

miércoles, 26 de junio de 2019

Congar


Luego de la lectura del imprescindible libro de Roberto De Mattei, Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, publicada en español por Homo Legens, y sobre el cual ya hablamos en este blog en dos ocasiones (aquí y aquí), quedan muchas pistas para seguir. Por ejemplo, las razones del abrupto cambio de bando de Mons. Parente que, de ser un acérrimo defensor de la ortodoxia, se apichettó o se fernandizó o se massificó, y se pasó a la facción ultraprogre; o del cardenal Suenens, que terminó convertido en un fervoroso carismático. Otro de los enigmas es el de los protagonistas en las sombras de la catástrofe que gestó el Papa Juan que fueron, en gran medida, los verdaderos dueños del Concilio, manejando como títeres a decenas o centenas de obispos que levantaban la mano según los consejos que recibían en recreos y veladas. Me refiero a los famosos periti o asesores, y a los teólogos de relumbrón que menudeaban en los alrededores del aula conciliar. 

Uno de los más relevantes fue, sin duda alguna, el dominico Yves Congar. Y para conocerlo, qué mejor que escudriñar sus diarios, que los dejó escritos con detalles, y publicados. Leí el primero de ellos: Journal d’un théologien. 1946 - 1956 (Cerf, Paris, 2000). 
Son casi quinientas páginas densas que relatan en primera persona todos los sufrimientos reales -y merecidos, la mayoría de las veces-, por los que atravesó Congar en esa década, signada por las prohibiciones de enseñar en Le Saulchoir y de publicar; sus exilios en Jerusalén y en Cambridge, y sus desencuentros con superiores provinciales y con los maestros generales de la orden. En este sentido, me recordó mucho a los diarios de Castellani que tan bien ha engarzado Sebastián Randle en su monumental biografía. Ambos fueron hombres de genio, ambos fueron desobedientes, ambos fueron perseguidos, ambos se dedicaron a plañir sus cuitas, pero uno terminó cardenal, y el otro murió en un minúsculo apartamento de Constitución, viviendo merced a la caridad de sus amigos.
La lectura del libro conduce a varias conclusiones:
  1. En los años ’40, la Iglesia era una bomba de tiempo. La explosión debía producirse, antes o después. Un Papa prudente podría haber manejado una explosión controlada, pero a los egregios cardenales eligieron luego de la muerte de Pío XII a don Angelo Roncalli, a quien se le ocurrió de sopetón, convocar un concilio ecuménico para solucionar el problema. Como si a un bombero se le ocurriera reunir todos los focos de fuego dispersos por una enorme llanura, para acabar con el incendio… ¡insensato Juan XXIII e insensatos los cardenales que lo eligieron!
  2. La realidad de la vida religiosa, aún de la dominicana, dista bastante de la imagen que tenemos de hermanos viviendo en paz y alegría, y procesionando dentro del claustro conventual. Los odios e enemistades acérrimas que describe Congar son muy notables. En su caso particular, arremete una y otra vez, con pasión desencarnada, contra el P. Garrigou-Lagrange, profesor en el Angelicum de Roma. Cuenta el editor de las memorias, que Congar compró en su primer viaje a Roma, una postal con una reproducción de Perseo librando a Andrómeda del monstruo, de Piero de Cosimo, la cual conservaba en su celda con un etiqueta que decía: “Retrato de la Nouvelle théologie y de Garrigou abatiéndola” (p. 119). Ejemplos como este se suceden continuamente, en lo que aparece la ironía y el humor ácido del dominico, reflejos ambos de una agudísima inteligencia.
  3. Congar era, efectivamente, un hombre de gran inteligencia, y por eso, un hombre muy peligroso. Muchas de sus observaciones son ciertas, quizás la mayoría, pero las conclusiones a las que llega no siempre lo son, aunque resulta muy difícil argüir contra ellas, porque el razonamiento se presenta impecablemente concatenado. Cómo no estar de acuerdo, por ejemplo, cuando afirma: “La tragedia de la situación actual y del modo en el que se ejerce concretamente el magisterio ordinario romano, es que este magisterio hace teología sin cesar, y expone, con la autoridad del magisterio católico, las posiciones de una escuela teológica” (p. 182). La conclusión obvia es que el famoso “magisterio” deje de hacer teología, pues ese es asunto de los teólogos, y no tome posición explícita por una escuela, de lo cual la Iglesia siempre se cuidó, particularmente los padres del Concilio de Trento. Pero cuando tal cosa se hizo, en tiempos de Pablo VI, ya vimos lo que pasó. Y como el horror vacui también se aplica en este caso, tenemos en la actualidad al Papa Francisco que de tan progresista y a-teólogo, ha afirmado en varias ocasiones que todo lo que él dice -incluidas las sandeces aéreas y las monsergas de Santa Marta-, son parte del magisterio romano. Si el P. Congar viviera en estos tiempos, ya se habría arrojado de cabeza al Tíber desde el puente Sant’Angelo.
O bien, uno podría acordar con ciertos matices en que, durante la primera mitad del siglo XX, se dio en la Iglesia una desproporción del culto mariano en desmedro de la figura central de Cristo, lo que Congar llama “marilatría”, pero eso no lo autoriza a burlarse, por ejemplo, de San Luis María Grignion de Montfort (p. 159). Son exageraciones o reflexiones desmedidas frente a hechos reales. Uno de los párrafos más célebres en este sentido, dice: “Cuando, en mi estado actual, busco una conclusión para descubrir cuál es el fruto de mi vida, me pregunto si mi vocación no será la de sacrificarme a mi mismo, incluyendo mi felicidad y mi desarrollo espiritual, para luchar contra la hidra romana, para ayudar a las próximas generaciones a no ser cooptados por la empresa de la Bestia. Hay una lucha que ofrecer; un testimonio que dar. Y vale la pena”. (Muy castellaniano, por cierto).  

4. Se constata una vez más lo que tantas veces hemos dicho: el Vaticano II y el inmisericorde triunfo progresista que surgió de él, mucho tiene de venganza y de viejas reivindicaciones. Durante el Vaticano I, las posiciones contrarias al ultramontanismo de Pío IX no solamente fueron vencidas, sino que fueron humilladas; se les hizo besar, y en algunos casos literalmente, el polvo. Y pasó lo mismo que con el Tratado de Versailles: la Alemania humillada se levantó con muchas más fuerzas y destruyó Europa. Escribe Congar: “Nuestro asunto es una vieja historia que se remonta no solamente a 1942 (con el caso Chenú), sino a la época de Pío X, a los grandes debates de entonces. La cuestión de los curas obreros fue una ocasión para derribar a los representantes de una tendencia; no hay otros motivos para las medidas recientes que los motivos antiguos” (p. 264). Él lo hace derivar de la crisis del modernismo; yo creo que viene de antes. La cuestión es que ambos bandos extremaron posiciones. Congar y la nouvelle théologie por un lado, y Roma prohibiendo, por ejemplo, que los seminarios franceses tuvieran la colección de textos patrísticos Sources Chrétiennes (p. 202), por otro. Demencial. 
5. Congar comienza su decurso teológico promoviendo el ecumenismo, un movimiento que había comenzado a principios del siglo XX con el cardenal Mercier. Y la mayor parte de sus problemas con las autoridades de la orden y las autoridades romanas, vinieron por ese lado: su afán de unidad  y diálogo con los hermanos separados. Después de ochenta años, ¿qué tenemos? La misma situación de división, pero con una iglesia católica debilitada y frágil en sus posiciones dogmáticas. ¿Se cumplió el objetivo? Sí, se cumplió el objetivo del que Congar fue instrumento probablemente involuntario. Y me refiero a lo siguiente: relata en su diario en su entrada del 20 de septiembre de 1950: “El movimiento ecuménico (se refiere a la iniciativa protestante con sede en Ginebra) es muy poderoso. Tiene, en su central, 150 empleados y un presupuesto de 500 000 francos suizos y ha recibido una donación de un millón de dólares” (p. 172). Ese dinero, aclara el editor, venía de Rockefeller. 



Apostilla: Decía al comienzo que una de las cosas que me intrigaba era el errático comportamiento que tuvo Mons. Parente en el Vaticano II. Pietro Parente era decano de la Facultad de Teología de la Urbaniana e influyente consultor del Santo Oficio, y se consideraba, junto al cardenal Ottaviani y a mons. Piolanti, como los representantes más eximios de la Escuela Romana. Congar escribe: “El P. Barré me ha aconsejado hacerme el encontradizo con Mons. Parente. Me dice que es un espíritu primario, que asimila rápidamente y escribe más rápidamente aún, sin jamás prestar atención al nivel de los problemas y ni siquiera darse cuenta de su existencia” (p. 325). Y más adelante: “A propósito del Santo Oficio, el P. Vignon me habla de Parente. Y me dice que contribuyó personalmente a confundirlo en cuestiones de fe. Parente, me dice, es un espíritu superficial y concluyente. Juzga sobre todo sin haber estudiado nada. Hace tiempo, le dijo al P. Vignon que no había estudiado nunca las virtudes teologales, y el P. Vignon le pasó una biblioteca entera sobre la fe. Cuatro meses después, Parente sacaba un tratado sobre la fe…” (p. 351). 



lunes, 24 de junio de 2019

¿Hasta cuándo, Señor?


Continúo con algunas notas de lectura sobre la perspectiva de nuestra fe en el mundo:

Muchos cristianos, devotamente clericales, dirán que es verdad que es difícil el diálogo con el mundo, y que no hay que ser ingenuos al respecto, pero que las oposiciones y luchas que vemos se trata de un malentendido pasajero. Si somos pacientes y nos esforzamos, podremos salir del túnel. 

Es verdad que el evangelio dice que la lucha y el conflicto no durarán para siempre, pero también dice que la paz de Cristo no será nunca una paz firmada con este mundo. Estos mismo cristianos dirán: “Por supuesto, estamos convencidos que el mundo no podrá encontrar la solución sin una intervención de Dios”. Pero, precisamente, Dios ya intervino. No tenemos que esperar al Salvador. Él ya vino. Nos queda por hacer la tarea que nos encomendó: actualizar las virtualidades de los tesoros inagotables que nos ha dejado; son los talentos que deben dar fruto. En Jesucristo tenemos todo lo que necesitamos.
Nuestros obispos y los cristianos clericales dirán que este es un discurso desfasado en el tiempo. La Edad Media fue la infancia del cristianismo. Pero ahora estamos ya en la edad adulta, cuando la semilla evangélica dará el ciento por uno. Estamos en la espera de una cristiandad nueva, laica, autónoma, plenamente consciente de sí en la plenitud de su libertad. Trabajemos, entonces, confiados en Cristo y en el mundo, porque nuestra tarea recién comienza. Intervengamos en política, hagamos marchas, peguemos calcomanías y lancemos globos de colores. Compremos el marketing del mundo para nuestras campañas a favor de las buenas causas. No nos desanimemos frente a las dificultades, y de ese modo haremos reinar a Cristo en el mundo. 
No digo que estas acciones sean malas. Son buenas y, a veces, efectivas, pero debemos recordar no es lo que se nos ha prometido en el evangelio. Lo que Cristo y los apóstoles nos han prometido como el porvenir del cristianismo, es que esta situación no es una fase, sino que es el todo. Insisto, el conjunto de textos evangélicos y neotestamentarios no conocen un desenlace bienaventurado de la historia, ni antes ni después de la primera venida del Salvador. Esta primera venida no hizo sino lanzar un conflicto latente y empujarlo hasta el final. Pero en ninguna parte aparece la idea de que lo resolverá. Pretenderlo, es querer conciliar aquello que el Nuevo Testamento unánimemente declara inconciliable.
Pero ¿qué hacemos con las parábolas de la semilla y de la levadura? Lamentablemente, ellas no nos libran de las conclusiones a las que hemos llegado porque no pueden contradecir la parábola del trigo y la cizaña, y porque deben ser leídas en el contexto en el que fueron dichas, y no en el nuestro. Ellas prometen la difusión general del evangelio y aseguran que la humanidad entera será afectada por él. Pero no prometen de ninguna manera la conversión universal y la cristianización integral. No puede concluirse a partir de ellas que la humanidad, a la larga, aceptará el evangelio. 

Es una verdad incontestable que los cristianos de la época apostólica esperaban el retorno de Cristo, y que lo esperaban en un sentido tan real y poco metafórico como su primera venida. “Hombres de Galilea –dice el ángel a los apóstoles-, ese Jesús que habéis visto subir al cielo, volverá de la misma manera en que lo habéis visto subir” (Hech. 1, 11). Y es en su retorno, y solamente en su retorno, en el que esperaban la solución y el triunfo y, también, el juicio: “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos un Salvador, el Señor Jesucristo, que transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas” (Fil. 3, 20-21).

La historia permanece en manos de Cristo y no en las nuestras. La Iglesia lo representa pero no lo reemplaza y, con mucha más razón, no puede sobrepasarlo. Su obra consiste en llevar la salvación a los hombres por el Evangelio y los sacramentos. Y la promesa que ha recibido es la de la indefectibilidad en esta tarea. Ella no hará otra cosa que lo que Cristo mismo hizo durante su primera venida. Deberá hacer brillar la luz, Su luz, en las tinieblas. Pero si las tinieblas no recibieron al mismo Cristo, no esperemos que la Iglesia tenga alguna ventaja en este sentido. Es verdad que se prometió que los discípulos harían obras más grandes que el Maestro, pero esto debe ser entendido en el sentido que llevarían el evangelio a todo el universo, mientras que Él sólo lo predicó en Galilea. La salvación del mundo ha sido confiada a la Iglesia, pero el juicio del mundo permanece en manos del único Señor. Es necesario que Él reine, pero no seremos nosotros quienes lo hagamos reinar. El anuncio evangélico es tarea de la Iglesia, pero su efecto definitivo es un secreto del Padre hasta el día que Él ha fijado y que sólo Él conoce. Ese día, el Hijo del Hombre vendrá a su reino y cosechará el campo en el que la Iglesia arrojó la semilla. Es verdad, en ese día asociará a los santos al juicio que hará entre los elegidos y los réprobos, y como ellos han sufrido con Él, con Él reinarán. Pero no es cuestión de ellos –de los santos-, el anticipar el día de su venida y atribuirse el poder de hacerlo reinar. El día de su reino, es el día de Yavé, el día que sólo el Padre conoce. Sería locura pretender la posesión de aquello que ni siquiera el Hijo poseyó. Hasta ese día, los cristianos no podemos sino arrojar la semilla y gritar con toda nuestra voz: “¿Hasta cuándo Señor, Santo verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?” (Ap. 6, 10).