lunes, 21 de septiembre de 2020

Hacia un catolicismo jacarandoso

  Recuerdo con precisión un diálogo que tuve con mi abuela cuando yo era niño. No sé bien a cuento de qué, pero en esa ocasión me dijo que así como el primer fin del mundo había sido por el agua, el segundo y definitivo sería por el fuego. Y yo imaginé ese día como un enorme incendio. Le pregunté entonces cómo sabríamos que ese momento estaba cerca, y me respondió que un signo sería que los hombres se vistieran de mujer, y yo imaginé un planetario baile de disfraces.  

La anécdota es verdadera. La primera parte no es novedosa, porque las profecías anuncian el fuego en las postrimerías del mundo, pero no sé de dónde habrá sacado mi abuela la segunda parte. Lo cierto es que si vemos lo que ha ocurrido en las últimas décadas, la situación es la inversa: son las mujeres las que se visten de varones, pues ya quedan pocas que siguen usando falda y todas calzan pantalones. Sin embargo, si recurrimos a una interpretación más simbólica que literal de la predicción, pareciera que, a tenor de lo que estamos viendo, mi abuela diría que estamos viviendo los tiempos cercanos al día de fuego, puesto que

los hombres no se visten sino que se transforman en mujeres

No sería novedoso ni tampoco es objetivo de este blog discutir la homosexualización del mundo contemporáneo, pero en el último lustro estamos viendo con alarma que lo propio está ocurriendo en la iglesia. Ya no se trata sólo de sacerdotes, obispos y cardenales con vidas desordenadas y conductas sodomíticas; a lo que estamos asistiendo propiamente es a la instauración de una agenda gay, en orden a que en poco tiempo la homosexualidad sea aceptada por la moral católica y su práctica se convierta en una opción válida de vida para aquellos que así lo deseen. Dado que me resisto a llamar a esta nueva religión “catolicismo gay”, utilizo un equivalente castizo, y hablo entonces de “catolicismo jacarandoso”.

No sé si esto significa ser apocalíptico. En todo caso, se trata de observar hechos. Y aquí propongo tres de ellos ocurridos en los últimos días:

El miércoles 16 de septiembre el Papa Francisco recibió después de la audiencia general a un grupo de padres de hijos homosexuales, y que reivindican el derecho de sus hijos a un estilo de vida jacarandoso, y les dijo: “El Papa ama a vuestros hijos así como son porque son hijos de Dios”. El típico discurso bergogliano: decir las cosas a medias, del modo más confuso posible, para que sea interpretado a gusto del oyente, habilidad adquirida en los oscuros claustros de la Compañía. Es verdad que una persona bautizada y que es homosexual es hija de Dios y Dios la ama. El problema está en la afirmación de que ese amor es al homosexual “así como es”. ¿Se refiere a la sola condición, que en sí misma no constituye pecado y es un fruto más de la caída original, o al ejercicio de la conducta homosexual, que sí constituye un gravísimo pecado contrario a la ley de Dios? Los medios de comunicación, como era previsible, tomaron la segunda interpretación. Y así tenemos otra expresión pontificia en favor de las conductas homosexuales.

Se está dictando en modalidad virtual la materia “Sagradas Escrituras V”, dedicados a los libros proféticos, en la Facultad de Teología (algunos malvados aseguran que ya ha mudado su nombre y ahora se conoce como Facultad de Trología) de la Pontificia Universidad Católica Argentina, que tiene a cargo el P. Eleuterio Ruíz, de la diócesis de Lomas de Zamora y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica. Como pueden ver en el programa, en la primera unidad se dedica un apartado a estudiar “Exégesis bíblica y contextos: lecturas popular, feminista, pos-colonialista, queer…”. Por la información adicional que tenemos, no parece ser un detalle sino un aspecto importante del dictado del curso. El fenómeno queer se suele traducir como torcido, y hace referencia a todos los especímenes del género humano que se resisten a encuadrarse no sólo ya en las categorías binarias de varón y mujer, sino incluso en las LGTB. Son algo torcido o queer, que escapa a cualquier clasificación. Uno de sus representantes icónico —el actor americano Ezra Miller— ha afirmado: “No me identifico como hombre; no me identifico como mujer y escasamente me identifico como humano”. ¿Cómo es posible que en una universidad católica y pontificia se legitime este tipo de interpretaciones sacrílegas de la Palabra de Dios? ¿No es acaso sacrílego proponer una lectura queer de la Revelación del Dios Altísimo?


Finalmente, la semana pasada Mons. Alejandro Giorgi, obispo auxiliar de Buenos Aires y del que ya nos hemos ocupado en este blog, invitó a todos los fieles de la arquidiócesis a participar de la VI Semana Bíblica Arquidiocesana de Buenos Aires. Hoy lunes 21 de septiembre a las 19 hs., tendrá lugar por Zoom la primera conferencia a cargo del Ariel Álvarez Valdés (aquí dejo el link por si algún lector del blog quiere participar: Zoom – ID 875 3566 1513). La Santa Sede le prohibió a este sacerdote enseñar y él abandonó el ministerio. Razones habían: afirmaba que la Virgen no era virgen, que los milagros tenían explicación natural, que el demonio era un cuento chino, que Adán y Eva eran mitos pues venimos del mono, etc. Es decir, la Sagrada Escritura debe ser leída de un modo simbólico y desmitificado, como corresponde a cristianos adultos como nosotros. Álvarez Valdés publicó en 2015 un trabajo titulado: “¿Hizo Jesús un milagro a un homosexual?”. Allí realiza una interpretación del milagro de Jesús al centurión de Cafarnaúm, tal como aparece en el Evangelio de Mateo, y analiza el trasfondo de los términos griegos empleados en la narración, concluyendo que el joven por el cual el militar solicita un milagro era su pareja. Sin juzgar, como nos manda el Romano Pontífice, sobre las fantasías febriles del Sr. Álvarez Valdés con centuriones, sargentos y furrieles, me pregunto cómo es posible que un obispo católico (Mons. Giorgi) pueda avalar como actividad diocesana a un personaje de esta ralea. 


[By the way, el nombre de Mons. Alejandro Giorgi suena como próximo obispo de San Rafael. Probablemente sea un rumor infundado, pero lo cierto es que hoy lunes Mons. Eduardo Taussig ha viajado en automóvil a Buenos Aires, donde se entrevistará con el recién estrenado nuncio apostólico, y el próximo domingo vuela a Roma de donde ha sido llamado con cierta urgencia por el Papa Francisco. Le espera una entrevista con el cardenal Stella, en la que se afinarán los detalles de la liquidación del seminario diocesano de San Rafael, y luego otra con el Santo Padre, en la que se decidirá su futuro. Estimamos que recibirá la paga bergogliana por su servicio prestado a la iglesia].


jueves, 17 de septiembre de 2020

La distopía de don Gabino

Era la tarde un sábado de septiembre y los oreos primaverales se dejaban sentir en San Etelberto. Las ramas escuchimizadas de los sauces brillaban de verde radiante y los ciruelos se habían sonrosado. Luego de un breve garbeo, don Gabino se había sentado en un banco de piedra mohosa que se recostaba sobre un viejo pino que se alzaba en uno de los extremos de su jardín.

— Se está pasando rápido el año —pensó don Gabino—, y en cuanto nos descuidemos se nos habrá ido el 52. 


La guerra había acabado hacía siete años, Evita había muerto hacía dos meses y Perón era nuevamente el presidente de Argentina. Estados Unidos continuaba con sus experimentos atómicos y en Europa comenzaba a reunirse en una suerte de parlamento multinacional los productores de acero y carbón. Noticias todas prosaicas y aburridas. 

Don Gabino se sentó en su parterre dispuesto a leer un libro que Mr. Pale, el dueño de la librería del Tiempo del ángel, le había regalado para festejar la apertura de su nuevo local. No parecía gran cosa: su tapa, con trazos futurista, representaba a hombres caminando cabizbajos por una calle gris, en medio de edificios altos, feos e igualmente grises. Distopía se titulaba, y leyendo el título de los capítulos confirmó su sospecha de que se trataba de un libro de ciencias ficción religiosa, como los que les gustaba escribir a Robert Benson, Vladimir Soloviov, Hugo Wast o a un cura revoltoso llamado Leonardo Castellani.

Sin muchas ganas —no era afecto a ese tipo de fantasías literarias—, comenzó a leer. 

La trama se desarrollaba en un país incierto en el que toda la población había sido confinada en sus casas a lo largo de los últimos meses y podían salir solamente para atender a las cuestiones básicas. Debían hacerlo con el rostro cubierto por un ancho bozal y quien no cumplía con esa disposición, era encarcelado. Todos los habitantes —niños, adultos y ancianos— llevaban permanentemente consigo un pequeño dispositivo con el que podían comunicarse fácilmente aún con los lugares más remotos del planeta, y a través del cual recibían incesantemente noticias, opiniones y alertas que eran emanadas de centros de información distribuidos en todo el mundo, y que pertenecían a muy pocos dueños. Esos mismos dispositivos, además, permitían que cada uno de los habitantes de ese país pudiera ser rastreado y ubicado a cada instante en el lugar en el que se encontraba. Todos sus movimientos y todas sus comunicaciones —las que emitía, las que recibía y las informaciones que leía— eran almacenadas por el gobierno.

La sociedad de ese país regulaba el nacimiento de los niños impidiendo su concepción, o bien, asesinándolos antes de nacer, y lo hacían sin remordimientos; al contrario, todos estaban felices y orgullosos de haber conquistado lo que consideraban un derecho. Además, habían decretado la existencia de diversos “géneros”, llamando así a las identidades sexuales que no necesariamente coincidían con el sexo biológico y, a fin de incentivar los tránsitos genéricos, se multiplicaban subsidios estatales, empleos privilegiados y otros beneficios a todos aquellos que adoptaban un género diverso a su sexo. En todas las escuelas —incluidas las católicas— los niños eran adoctrinados en esta nueva teoría y para ellos era ya normal que alguno de sus compañeros se convierta en compañera, o que otro tuviera dos padres, o dos madres; o que su madre fuera un hombre que se vestía de. mujer.

El gobierno de ese país había prohibido la celebración de oficios religiosos y, cuando ocasionalmente los permitía, legislaba sobre el modo en que debían realizarse las ceremonias. Era así que la. mayor parte de los fieles católicos no podían asistir a misa ni comulgar. Los obispos obedecían solícitamente los mandatos del gobierno y ellos mismos se dedicaban a vigilar, identificar y castigar a todos los sacerdotes que osaban infringir las leyes, desalentando a los fieles a participar de cualquier encuentro religioso. Algunos pocos religiosos, en secreto, celebraban misas en casas particulares donde se reunían grupos pequeños de familias, que debían llegar allí sigilosamente a fin de no ser denunciadas a la policía y al obispado por los vecinos.

El Papa, un personaje proveniente de un país inconcluso y fracasado, había adoptado el discurso y el lenguaje de las organizaciones internacionales. Se sentía a gusto con la agenda que había sido impuesta por un club de naciones y por un grupo de poderosos millonarios. Escribía una encíclica llamando a la fraternidad universal y su máxima preocupación era atender y cobijar a una marea de inmigrantes musulmanes que invadían diariamente los territorios cristianos. Afirmaba que resultaba indiferente la religión a la que cada cual pertenecía, fuera cristiano, judío o musulmán, puesto que todos caminaban hacia un mismo dios. Hacía públicas sus amistades con notorios ateos a quienes confesaba sus dudas de fe y relativizaba conceptos como los del pecado o del infierno. Además, autorizaba el adulterio y promovía el cambio de género recibiendo en su sede romana a personas que lo practicaban y alentando a quienes lo promovían.

Al mismo tiempo, perseguía a las pocas congregaciones religiosas que continuaban con los usos tradicionales y deponía de sus sedes a los escasos obispos que no se amoldaban estrictamente a su nueva visión de la iglesia. 

Don Gabino terminó el cuarto capítulo y cerró libro.

— Demasiado fantasioso —dijo— Y ya sé como termina: en un par de capítulos, más aparece el Anticristo y se asoma el fin de los tiempos. 

Se levantó del poyo y volvió a su casa dispuesto a devolverle el libro a Mr. Pale y a recomendarle que no lo vendiera ya que no era bueno excitar las imaginaciones calenturientas de los vecinos del pueblo. 

lunes, 14 de septiembre de 2020

Llegó la bendición del Papa Francisco

  


No me refiero a que el Santo Padre haya enviado a este blog su bendición apostólica. Es un hecho improbable aunque, si acaeciera, sería recibido con gozo y gratitud. Me refiero a que el ascenso del Papa Francisco al solio petrino ha sido una bendición para la Iglesia, del tipo de bendiciones que Dios suele propinar a aquellos a los que ama, como le recriminaba santa Teresa. 

Lo que quiero decir es que la iglesia vivió durante décadas sometida a una enfermedad terrible, que fue corroyendo sus órganos rápidamente, y muy pocos se dieron cuenta de la situación. Y estos pocos fueron silenciados o excomulgados. El resto, la enorme mayoría de fieles y clérigos, prefirieron seguir creyendo que la vitalidad ficticia que ocasionaba en ese cuerpo enfermo la morfina por goteo que recibía durante el rimbombante pontificado de Juan Pablo II era signo de salud y no un mero enmascaramiento de la gravedad de la situación. Creían que las multitudes que recibían el papa polaco en cada ciudad que pisaba era signo de un resurgimiento del cristianismo, o que las populosos e inútiles JMJ evidenciaban la conversión en masa de la juventud. Lo cierto es que las décadas juanpablistas y benedictinas no hicieron más que disimular el agresivo cáncer que se estaba diseminando por todo el cuerpo eclesial (sería ingenuo pensar que todo esto comenzó en 2013).

Fueron los largos años del auge de los movimientos neoconservadores, nuestros conocidos neocones, a los que muchos veían como la nueva manifestación del Espíritu en la iglesia. Opus Dei, Neocatecumenales, Focolares, Schöenstatt, Legionarios de Cristo, otros de cabotaje como Fasta o el IVE, y muchos más, vivían en la fantasía de la arrolladora primavera eclesial liderada por un papa carismático y magno, con potestad para determinar incluso lo bueno y lo malo. 

Varios años después, mirando hacia atrás, podemos decir que lo único que se logró fue perder un tiempo valiosísimo e irrecuperable; se enmascaró la situación gravísima por la que atravesaba la iglesia, originada por una monumental pérdida de fe, con oleadas de multitudes cantando al mensajero de la paz y, más recientemente, con la pompa y circunstancia del pontificado del papa Benedicto. 

El pontificado del papa Francisco levantó la alfombra y mostró crudamente la basura que estaba acumulada debajo. Un espectáculo triste y cruel, e impensado. Porque la pérdida de fe está mucho más extendida de lo que se creía, es mucho más profunda y afecta a la enorme mayoría del colegio episcopal, con lo cual las posibilidades de restauración son mínimas. Por otro lado, nos enteramos que esa crisis estaba acompañada de un hecatombe moral entre los miembros del clero que nadie hubiera supuesto hace algunos años, y que quienes tenían elementos para suponerla se dedicaban a viajar por el mundo para recibir aplausos y aclamaciones.

Francisco puso negro sobre blanco. Nos mostró la realidad, nos guste más o menos. Y eso es ya una enorme bendición. Nadie puede curarse si vive en la fantasía de que está sano. Ahora sabemos la gravedad de la enfermedad, y son muchísimos los que están cayendo en la cuenta y están actuando en consecuencia. E insisto, eso es una gran bendición.

La reacción de muchos neocones es sorprendente, y basta ver algunos ejemplos. Hace ya algunos años que ciertos grupos de miembros del Opus Dei (numerarios y supernumerarios) habían comenzado a expresar su malestar. El detonante fue la nominación como segundo de la prelatura de Mons. Mariano Fazio, un bergante trepador, y como tal era conocido y considerado en Argentina. Habíamos dado cuenta en este blog de las ayudas escondidas que estos miembros del Opus le hacían llegar a Mons. Rogelio Livieres cuando fue defenestrado de su diócesis. Pero últimamente, muchos de ellos han dado un paso más significativo y asisten a la misa tradicional en los prioratos de la FSSPX. Y una actitud similar han tomado un buen número de fieles de parroquias “normales” que, ante la cobardía y traición de obispos y curas durante los tiempos de cuarentena, no dudaron en buscar refugio espiritual en las misas de la Fraternidad. Estos hechos, impensados hasta hace unos pocos años, muestran un incipiente desmoronamiento del neoconismo: los fieles se animan a pensar por sí mismos, a seguir a su conciencia y a liberarse de los escrúpulos romanistas a los que estaban sometidos.

Veamos otra cara de la bendición del papa Francisco. Son muchos los que se están animando a decir las cosas como son, con una crudeza asombrosa, que hasta hace un tiempo estaba limitada a blogs disruptivos como Mundabor, Rorate Coeli, Wanderer y alguno más. Marco Tosatti nunca fue tradicionalista ni crítico de la iglesia. Conocido vaticanista, fue cercano a Juan Pablo II y calificaría con honores para integrar el grupo neoconservador. Sin embargo, la semana pasada publicó en su blog (que cosecha más de dieciocho millones de lectores) una entrevista que le hicieron en USA y en la que entre otras cosas, afirma: 

Este es el panorama: Tenemos a Bergoglio que dice cosas, y que habla continuamente de los migrantes; y uno mira qué casualidad, los migrantes y las ONG son el gran caballo de batalla de las finanzas internacionales, de Soros y de la izquierda, etc.  Habla de ecología, pero mira qué curiosidad…la ecología con todas sus enormes contradicciones, es otro caballo de batalla de ese mundo.  [Sin embargo] Habla poco de la familia, lo mismo que de toda una serie de otras cosas. [He dicho lo anterior] Esto es para aclarar el campo. Entonces Bergoglio, como Papa, está renegando de la que siempre ha sido la posición contracultural de los últimos treinta años de la Iglesia, la cual está basada no por los caprichos de los Papas que lo precedieron, sino en la Fe Católica. Este es -muy brevemente- el panorama general.

Entonces la gente queda encantada con el hecho de que [Francisco] sonríe, pero eso no es cierto en absoluto, él es un hombre muy duro, despiadado, vengativo. Sin embargo, los medios de comunicación se dedican a endulzar su imagen, y la gente se lo cree, dado que no tiene otros medios para enterarse y para comprender [esta situación].

Una vez más, afirmaciones como están hubieran sido impensadas hace dos años. El papa Francisco ha abierto los ojos a mucha gente, y entre ellos a muchísimos sacerdotes. Lamentablemente, me parece difícil que los obispos, que son los únicos que pueden encabezar una reforma, sean capaces de la misma actitud. Sus ojos fueron ablacionados en el momento de su consagración. 

Nadie sabe cómo se comportará el futuro. Tosatti dice en la misma entrevista: “También existen consideraciones metafísicas, que señalan que nos acercamos al fin de los tiempos, pero esas cosas se las cedo a los videntes, a aquellos con experiencias particulares. Hay varios que lo dicen. Y quizás no sea una cosa peregrina; es decir, si se ve la realidad del mundo actual desde el punto de vista metafísico, aparecen dos visiones de la vida que se encuentran en fuerte contraposición”. Sabemos que el mundo acabará algún día y sabemos cuáles son los signos que lo precederán. Nos lo dijo el mismo Señor en el evangelio. Es verdad que en varias ocasiones a lo largo de la historia de la Iglesia muchos santos creyeron estar contemplando esos momentos postreros, y estaban equivocados, pero eso no significa que alguna vez, más pronto que tarde, lo profetizado deba cumplirse. 

La otra posibilidad es que esta sea una crisis más de las que asolaron a la iglesia, pero yo no encuentro la forma en que puede manifestarse la solución. Y no tengo por qué encontrarla. De esas cosas se ocupa Dios.


sábado, 12 de septiembre de 2020

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Newman: Doce sermones sobre Jesucristo

 


San John Henry Newman fue, además de intelectual y maestro, un gran predicador, tanto en sus años de párroco anglicano de St. Mary the Virgin en Oxford como en su época de católico en el Oratorio de Birmigham. Uno de los oyentes habituales de sus homilías escribía: “Cuando se lo escuchaba, no podía uno escapar al sentimiento que él hablaba solamente para ti, y que iba a decir de un momento a otro aquello que se creía que sólo nosotros conocíamos”. Y todavía permanece, cuando se lo lee, ese efecto que producía su palabra viva.

En este libro se reúnen doce de sus sermones dedicados a distintos aspectos de la figura de Jesucristo: 

Newman recorre la vida del Salvador contemplando sus misterios tales como la encarnación, los dolores de su pasión, su resurrección o su presencia escondida en medio de la Iglesia y de los fieles.

La selección, realizada y editada en 1943 por Pierre Leyris, permite no solamente profundizar en la fe cristiana sino también introducirse en el pensamiento y la espiritualidad de San John Henry Newman.

El libro cuenta, además, con una introducción del P. Louis Bouyer, uno de los teólogos más importantes del siglo XX y profundo conocedor de Newman y su obra. Como en todos los escritos de Bouyer, asoma la ironía pero, sobre todo, la aguda inteligencia de quien ha sido capaz de profundizar en la letra de los textos newmanianos y muestra la hondura de su riqueza.

Disponible en Amazon.


martes, 8 de septiembre de 2020

La sal que perdió su sabor

     La semana pasado me sorprendí por un gesto inusitado de Mons. Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza. Y así como en muchas ocasiones he destacado lo censurable en nuestros prelados, esta vez es preciso destacar lo bueno. 

    El gobernador de Mendoza, presionado por el gobierno nacional y por los medios de comunicación, decidió aplicar una serie de restricciones extras para enfrentar los contagios de coronavirus, entre las cuales incluyó disminuir el aforo permitido en las reuniones de culto, que pasaron de 30 a 10 personas. Enterado el arzobispo, publicó una carta en la que de un modo muy claro se queja por la falta de consulta para la adopción de tales medidas, y sostiene que “Más consideración han merecido los gimnasios y restoranes. La salud espiritual de los mendocinos también merece ser respetada y alentada”. Un gesto que distingue al arzobispo de mendocino de la mayor parte de sus hermanos que han corrido presurosos a acatar las órdenes de gobernantes inicuos.

  

    Sin embargo, la queja de Mons. Colombo rezuma cierta candidez. El mundo, desde hace ya varios años, considera mucho más relevantes a los gimnasios y restaurantes, entre otros rubros, que a la iglesia. Lo cierto es que la iglesia ha pasado a ser irrelevante y no sólo para los gobiernos del mundo sino también y cada vez más, para los mismos seglares. Es la sal que perdió su sabor.

A partir del Vaticano II, con la cómplice ingenuidad o negligencia de Juan XXIII y Pablo VI, la iglesia se arrojó a los brazos del mundo gritando: “No nos peleemos. Nosotros buscamos lo mismo que ustedes. Ambos somos buenos. Caminemos juntos”. Y el mundo comenzó riéndose a carcajadas mientras continuaba dando puntapiés a esa nueva iglesia boba y solícita, la usó todo lo que la pudo usar y la terminó despreciando. 

Los obispos creyeron que abandonando la misión propia que les había sido encomendada, y que es eminentemente espiritual, e involucrándose en las cuestiones del mundo, cambiarían la tensa relación de enemistad que siempre había existido —y que debe existir porque así los anuncia Nuestro Señor en el evangelio— entre ambos. Y al hacerlo, perdieron el sabor. Como la sal evangélica, los obispos ya no sirven ni siquiera para el muladar. Su destino es ser tirados a los caminos y pisados por los viandantes (Lc. 14, 34).

Trocaron el anuncio del evangelio, cuyo mensaje no consiste en la fraternidad universal ni en la filantropía sino en la redención del pecado original y en la promesa de la vida eterna, por la asistencia social, queriéndonos hacer creer que porque todos los hombres somos hermanos —que no lo somos porque sólo lo son quienes han sido regenerados por las aguas del bautismo— ser cristiano consistía en ser amables y solidarios con los pobres. Nos estafaron y estafaron a un sinnúmero de personas de buena voluntad que terminaron entregando sus vidas a estos fines inmanentes similares a los de cualquier ONG humanitaria.

La semana pasada murió víctima del covid el P. Bachi, un sacerdote villero de Buenos Aires. Había nacido en una villa de emergencia y desarrolló su ministerio sacerdotal entre los suyos. Quienes lo conocieron afirman que era una persona de fe pero desorientado por la montaña de sal sin sabor de la iglesia del posconcilio. Y será el caso de muchos. La elite intelectual de teólogos que enseñan desde sus cátedras romanas o alemanas, a las que los obispos escuchan con devoción, señalaron caminos que no conducen a ningún lugar —ciegos que guían a otros ciegos—pretendiendo hacerse aceptables a los dictados del mundo. 

La semana pasada —el 3 de septiembre— fue el día de San Remaclo, que vivió durante el siglo VII y fue, con todas las letras, un obispo villero, pero no como el infame Jorge García Cuerva de quien ya hablamos en este blog. Era abad en el norte de Francia y llegó a sus oídos lo que ocurría en Maastricht que, en esa época, era propiamente una villa de emergencia, y no solamente por la pobreza de sus habitantes, que eran común en casi toda Europa, sino por sus costumbres, groserías y violencias. Varias obispos habían intentado mejorar la situación, pero había sido inútil. El último de ellos había sido San Amando, que salió de su sede sacudiendo el polvo de sus pies por la imposibilidad de mejorar a sus ovejas. Fue entonces que Remaclo se dirigió al rey Sigiberto con la siguiente propuesta: para cambiar la vida y costumbre de los habitantes de Maastricht no era necesario implementar en primer lugar medidas asistenciales como se había hecho hasta ese momento sin resultado alguno. Era necesario desarrollar en la región la vida contemplativa. El rey accedió, y Remaclo fundó él mismo la abadía de Stavelot, y sus discípulos pronto poblaron toda la región de monasterios. Maastricht se reformó y dejo de ser la villa miseria que era, y San Remaclo fue su obispo durante más de diez años.

Los obispos argentinos han caído en la insignificancia y les resulta imposible remontar la situación. Ni los esfuerzos y millones de pesos que la Conferencia Episcopal destina a consultoras y especialistas en medios que les publican videos semanales que nadie ve, ni los manotazos que dan los obispos por su cuenta han sido suficientes. Muchos de ellos —me consta—, pagan a un community manager que se encarga de administrarle sus redes sociales a fin de gestionar su “imagen de marca”. Y ya vemos los resultados; basta mirar los comentarios que recibieron los tweets de la semana pasada de Mons. Oscar Ojea, presiente de la CEA. Ya nadie les cree ni los considera.

La sal se volvió sosa.