martes, 10 de septiembre de 2019

Los sofismas de Juan Manuel de Prada


Estando yo enfrascado en mis lecturas y estudios, saludablemente alejado del mundo de los blogs y, más saludablemente aún del incomprensible país en el que me tocó en suerte nacer, recibí de un amigo la noticia que Juan Manuel de Prada había publicado hace algunos días, una segunda columna con furiosas diatribas contra Dreher y su libro y, sobre todo, contra los que de un modo u otro adhieren a su tesis de la opción benedictina. Olvidé el asunto, y hoy, sin demasiadas ganas y por insistencias amicales, leí el artículo. Y me indigné. 

Con una catarata de insultos que recuerda las que descarga ocasionalmente el Papa Francisco contra monjas solteronas, o contra católicos con cara de pepinillos en vinagre, De Prada trata a los benedictinistas de liberales, egoístas, comunitaristas, burgueses, católicos pompier, faltos de caridad, dimitentes del bien común e hipócritas. Con la pluma que lo caracteriza, salpica con sus agravios un texto breve, cuyo párrafo más extenso es la cita textual de un autor desconocido del siglo II. Y es justamente en esa cita en la que basa toda su argumentación. 
Un rápido análisis del escrito de De Prada arroja como resultado tres breves párrafos que poseen como núcleo los improperios señalados, a los que reviste con una serie de afirmaciones que no pasan de eso: aseveraciones tomadas de aquí y allá, sin ninguna prueba o fundamentación. En el mejor de los casos, remite a un artículo de don Juan Retamar Server que apareció recientemente en la revista Verbo, lo cual habilita la sospecha que la parrafada de De Prada no sea más que una suerte de Verbo for dummies, o sea, una vulgarización de la postura de esa publicación que, recordemos, reivindica el trono de España para el heredero carlista de la casa de Borbón, una posibilidad tan arriesgada -o factible- como las comunidades benedictinas que propone Dreher. Son tres párrafos, en definitiva, que no tienen fundamento alguno, porque su autor intenta sostener toda la argumentación en el párrafo central, es decir, en la larga cita de la Carta a Diogneto. En otras palabras, su discurso se sostiene en un argumento de autoridad, y aquí reside el problema, según mi modesto entender. 
Veamos el caso. La cita corresponde a los capítulos 5 y 6 de la Carta a Diogneto (πρὸς Διόγνητον) sobre la que podemos arrimar algunos argumentos de crítica externa e interna.

Crítica externa
La Carta a Diogneto posee una historia particular ya que su aparición en el mundo cristiano es reciente. Ocurrió cuando un joven estudiante de griego encontró el manuscrito en una pescadería de Constantinopla, en la pila de papeles con los que se envolvían los pescados. Esto ocurrió en 1436, y es el único manuscrito que se poseía hasta que pereció en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo en 1870. 
Estos datos no son sólo una anécdota. Son significativos porque dan cuenta que la Carta fue totalmente desconocida por los Padres de la Iglesia. Ni siquiera Eusebio de Cesárea la menciona, lo cual es mucho decir puesto que este autor hace referencia en sus obras a prácticamente la totalidad de la literatura cristiana pre-nicena.
La otra cuestión es que desconocemos al autor autor del texto. Hay opciones para todos los gustos: Quasten se inclina por Cuadrato, aunque no termina de convencerse; Marrou dice que es Panteno, el fundador de la Escuela de Alejandría, otros, que es Clemente el alejandrino o el romano, e incluso Connolly arriesga la posibilidad que sea un documento falso, escrito en el siglo XVI.
Estos hechos nos conducen a una primera conclusión: la Carta a Diogneto no pertenece a la Tradición de la Iglesia, más allá que haya sido escrita efectivamente por un autor cristiano del siglo II. Y esto es así porque no fue un texto recepcionado por los Padres, ya que ninguno de ellos lo tuvo en cuenta. En efecto, todos los textos patrísticos están permanentemente cruzados de citas y referencias mutuas. El hecho de que este curioso texto, descubierto de un modo muy curioso no haya sido citado ni siquiera una vez por sus contemporáneos o por autores de lo siglos posteriores, es por demás curioso.
Y hablando de curiosidades, no puedo omitir el hecho que la Carta a Diogneto haya sido estudiada de modo entusiasta por académicos pertenecientes al Opus Dei. Notable curiosidad, la de apoyarse en un texto promocionado por el Opus para refutar al liberalismo….


Crítica interna
Todos los discursos, y de modo particular los patrísticos, deben ser contextualizados para realizar una exégesis correcta. Concretamente, es importante saber con quién está dialogando el autor y en qué circunstancias escribió su texto. Si la Carta a Diogneto fue escrita en el siglo II o III, pertenece a lo que se llama literatura apologética, cuyo autor más emblemático es San Justino con su Diálogo con Trifón. Y una de las características de esta literatura es que busca mostrar que los cristianos no eran bichos raros o psicópatas que adoraban a un burro y comían niños asados. Los cristianos eran gente pensante, que profesaban una religión que podían ser explicada en términos racionales aún conservando sus misterios, y que no tenían costumbres extrañas de corte antropofágico. 
De Prada no tiene en cuenta este factor y, entonces, lee la Carta con los ojos de un cristiano del siglo XX que, después de una encíclica del Papa Pío XI, se ilusiona con el reinado social de Cristo, y entonces, debe participar activamente del mundo y de las políticas de sus reyezuelos. De Prada debería probar, con argumentos que no sean los mismos que utiliza el Opus Dei para justificar su enamoramiento del mundo, que el autor de la Carta a Diogneto dice efectivamente lo que él cree que dice. Y no lo hace. 
Por otro lado, es posible hacer una exégesis de la Carta a Diogneto diametralmente opuesta a la que propone De Prada. Si se lee detenidamente la totalidad del texto, queda claro que la afirmación central del autor es que los cristianos son ciudadanos del cielo (“Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo”) que se encuentran transitoriamente en este mundo, del cual son excluidos porque este mundo los odia. Más aún, la comparación que realiza entre los binomios cuerpo - alma y mundo - cristianos -que tiene un claro origen platónico y estoico- lleva inmediatamente a afirmar el valor secundario del que se reviste el mundo para los cristianos, tal como es secundario el valor del cuerpo para alma, más allá que resulte imprescindible para alcanzar la salvación. 
Entonces, si bien es cierto que los discípulos de Cristo necesitan del mundo en tanto hombres carnales, de esto no se sigue que deban involucrarse en los asuntos del mundo y, mucho menos, en la política del mundo. Se trata, a mi entender, de un salto injustificado que hace De Prada del concepto mundo (κόσμος) al concepto acción política. Escribe, en efecto: “La Carta a Diogneto nos hace una propuesta política valerosa y auténticamente cristiana”. Tal como hizo en su primera columna sobre este tema, don Juan Manuel se despacha con otro sofisma, en este caso un silogismo de cuatro términos, ya que la supositio de mundo no es la misma supositio de propuesta política.
Y vayamos aún más lejos. Pareciera que el autor de la Carta a Diogneto dice exactamente lo contrario a las afirmaciones de De Prada: “Los cristianos están encerrados en el mundo tal como el alma está encerrada en el cuerpo”, escribe. Podríamos pensar, entonces, que la mejor solución es la de Dreher, que propone escapar de la cárcel del mundo.
Finalmente, y como una pequeña coda, me pregunto qué opinarían mis amigos nacionalistas que, según dicen, Dios habría definido que cada hombre naciera en una patria determinada a la que debería amar hasta dar la vida por ella, cuando leen en el texto patrístico propuesto por De Prada que para los cristianos “toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña”. 

Como dije en el comentario a la primera columna de Juan Manuel de Prada hace algunas semanas, no me interesa defender a Dreher ni a su libro, que no me parece gran cosa. Pero no es cuestión de encarnizarse no ya solamente con un lejano autor americano, sino con muchos buenos cristianos que tratan de idear soluciones para sobrevivir en la fe en medio del mundo apóstata y luciferino en el que vivimos. Y, peor aún, hacerlo con argumentos falaces. 

No nos corran con la vaina, (y ahora vuelvo a la pausa).


sábado, 31 de agosto de 2019

En pausa



Debido a razones de índole laborales de su autor, este blog permanecerá EN PAUSA por algunas semanas.

lunes, 26 de agosto de 2019

Dreher, Prada y los monjes


Juan Manuel de Prada publicó ayer un artículo que fue rápidamente reproducido en el blog de mi estimado amigo, el P. Javier Olivera. En él, el famoso novelista se dedica a aporrear a Rod Dreher por su libro La opción benedictina, en la misma línea en que lo hiciera recientemente el último número de la revista española Verbo.
Cuando el año pasado hice un comentario en este blog sobre el libro, dejé en claro que la propuesta de Dreher no puede ser considerada una receta que deba ser seguida por todos los católicos de hoy. En medio del naufragio en el que se encuentra la Iglesia y toda la cultura cristiana, cada uno debe aferrarse a lo que tenga a mano para tratar de mantenerse a flote. Algunos se izarán sobre un bote; otros sobre un barril de lata, y otros apenas si podrán abrazarse a algún madero medio podrido. En definitiva, se trata de cuestiones prudenciales, de decisiones que debe tomar cada uno, dependiendo de la situación concreta que le toca vivir. 

Esta consideración previa no invalida opinar sobre el libro y su propuesta. Yo particularmente, considero que el libro de Dreher no es malo, pero que definitivamente, no es un gran libro. Más aún, es un libro bastante superficial en muchos aspectos y creo que también deshonesto, ya que es innegable que su propuesta se basa en la que hizo hace más de treinta años John Senior, a quien no se menciona en ninguna ocasión. Podemos, entonces, con toda justicia expresar juicios matizados y más o menos negativos sobre La opción benedictina.
Pero lo que no puede hacerse es lo que hace Prada en su artículo, o en buena parte de su artículo.  En primer término, el argumento ad hominem que utiliza es una falacia que cualquiera percibe: que Rod Dreher se haya convertido a la ortodoxia luego de pasar por el protestantismo y el catolicismo, no lo hace “un converso saltimbanqui”. Si ese fuera el criterio para determinar la calidad literaria de una obra, creo que serían muchas las que deberían ser incineradas. No se puede juzgar la obra apelando a la calidad moral del autor.
A continuación, Prada blande contra el Dreher el patrón del chestertómetro, que parece que él posee, y determina que el americano está completamente fuera de los límites establecidos por esa cinta métrica y, por tanto, es un farsante que quiere vendernos gato por liebre, o liberalismo por chestertonismo. 
Sin embargo, el meollo del argumento de Prada, está en esta frase: “…la extensión de la forma de vida benedictina hubiese sido inconcebible si Carlomagno no la hubiese impuesto en todos los monasterios que se hallaban bajo su protección. Sin el amparo del poder político, la labor de San Benito no hubiese obtenido los resultados espectaculares de todos conocidos…”. Esta afirmación es históricamente falsa.  Y no es necesario ser especialista en historia de la Alta Edad Media para comprobarlo. Es cuestión de abrir cualquier historia del monacato occidental. Cuando Carlomagno accede al poder a fines de la segunda mitad del siglo VIII, el monacato estaba extendido por toda la Europa cristiana, y fue justamente ese monacato el que permitió que Carlos pudiera unificar no sólo política sino también culturalmente a Occidente. La renovación del imperio romano y el renacimiento cultural carolingio solamente pudo hacerse efectivo porque había una extensa red de monasterios que habían, a lo largo de más de dos siglos, sostenido no solamente la vida religiosa y la educación, sino incluso la organización política, junto a los obispos, de toda Europa.
Es verdad que fue Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno, quien en 817 impuso a todos los monasterios la Regla benedictina, pero este hecho histórico -que quizás sea al que hace referencia Prada-, ni significa que anteriormente los monasterios languidecieran porque no tenían el apoyo político. Fue un acto administrativo, concorde con el afán unificador que caracterizó a los carolingios. Lo cierto es que, hasta ese momento, aunque las fundaciones monásticas que seguían la regla de San Benito era mayoría, había también muchos e importantísimos monasterios que seguían la regla de San Columbano, y otros muchos que seguían reglas menos conocidas como la de los Cuatro Padres o la de San Ferreol. Lo que hizo la corona fue establecer cuál era la regla que debía seguirse y, además, alentar a que los monjes adhieran a la reforma de San Benito de Aniane. Pero todo esto de ninguna manera significa que el impulso y la acción monástica en la sociedad medieval haya sido efectiva porque fue promovida por los políticos de la época. En definitiva, a los efectos prácticos, fue casi intrascendente qué regla seguían los monasterios. Curiosamente, los monasterios con más prestigios intelectual durante la alta Edad Media, como Luxeuil, Bobbio o San Galo, era columbanianos. 
Finalmente, Prada asume en su artículo un concepto de “cristiandad” que no es al que hacen referencia ni Dreher, ni Senior ni ningún otro autor que se encuentra en esta línea de pensamiento. Escribe: “Por lo demás, hubo otras muchas ‘opciones’, aun dentro de la vida religiosa, que hicieron posible la Cristiandad, aparte de la benedictina: […] hubo órdenes más ‘mundanas’, como la Compañía de Jesús, que se encargaron – con apoyo político – de evangelizar el Nuevo Mundo o de presentar batalla a Lutero y sus mariachis”. Los jesuitas, que surgen en la historia en el siglo XVI, lo hacen cuando la Cristiandad ya había desaparecido, puesto que la Reforma había partido a Europa y el ethos católico que permeaba el continente se había diluido. Una confusión conceptual difícil de justificar en un autor de las indiscutibles características de Prada. 
Vuelvo al punto inicial: yo no propongo la opción de Dreher, y tampoco propongo que los católicos se alejen definitivamente de la participación política. Aunque personalmente no soy partidario de ella, entiendo que se trata de una cuestión prudencial. Pero una cosa es estar en desacuerdo con La opción benedictina, y otra arremeter contra el libro de un modo injusto y poco serio. 

sábado, 24 de agosto de 2019

¿Por qué el Papa Francisco no visita Argentina?


por George Neumayr
The Spectator

El sábado pasado llegué a una fría Buenos Aires. Seguramente fue casualidad, pero mi llegada coincidió con el derrumbe del peso. El dólar avanzó un largo camino en Argentina. For U$ 40, los americanos pueden conseguir un hotel cuatro estrellas; for U$ 4, comer un exquisito bife. Los signos de los problemas económicos en Argentina abundan, desde los barrios marginales en las afueras de Buenos Aires hasta los vagabundos que duermen en sucios colchones en el centro de la ciudad. A los argentinos les encantan los dólares, y ofrecen buenas ofertas para comprarlos en efectivo.
Parece que los peronistas están al borde la victoria. Así como Brasil votó por la derecha, Argentina vuelve a la izquierda, como una suerte de adicción a sus tradiciones socialistas.

El propósito principal de mi visita a Buenos Aires fue averiguar sobre quien no es precisamente uno de sus hijos favoritos, Jorge Bergoglio, que todavía no visitó Argentina desde que fue se convirtió en el Papa Francisco. Durante mis primeros días en el país, pregunté a cada católico con el que me encontré que me explicara esta anomalía. Y conseguí respuestas brutales.
“Todos sabemos que es un hijo de puta”, me dijo un ex-fiscal. “Estamos avergonzados de él. Representa nuestras peores cualidades”.
Su amigo agregó que los católicos consideran que Francisco “es una farsa, un papa imaginario”, por no decir, añadió, “que es un hombre inculto y mal educado”.
El ex fiscal me expresó su desprecio por Francisco: “No sabe nada, ni moral, ni teología, ni historia. Nada. Solo le interesa el poder”.
Me doy cuenta que la descripción del Papa Francisco como un ideólogo enloquecido por el poder está muy extendida. Hablé extensamente con Antonio Caponnetto, autor argentino de varios libros sobre el papa Francisco. “En el seminario, sus compañeros de clase lo llamaban Maquiavelo”, señaló.
Caponnetto da dos razones por las cuales el Papa ha evitado regresar a su país de origen: primera, porque al menos la mitad del país lo odia, y segunda, porque a Francisco no le gusta el régimen supuestamente “conservador” y pro capitalista de Macri. Esta última razón es absurda: Macri no es conservador, y los conservadores argentinos son los primeros en decirlo.
El miércoles por la mañana visité a Santiago Estrada, ex embajador de Argentina ante la Santa Sede. Ha estado cerca de Bergoglio durante décadas, y sabe que Bergoglio “odia a los hombres de negocios”. No le gusta Macri, dijo, no porque Macri sea un pilar del conservadurismo sino porque Macri simplemente no es tan anti-empresarial “como el Papa”. Estrada era reacio a criticar a su amigo, pero reconoció que la promoción que el Papa ha realizado de obispos con antecedentes de abusos sexuales es “inexplicable”.
Los predecesores del papa visitaron su países de origen. Incluso el tímido papa Benedicto XVI desafió a sus críticos alemanes y viajó a su patria.
¿Sería realmente posible que el Papa Francisco pudiera boicotear a Argentina por el resto de su mandato?
Probablemente no. Por un lado, dicen los católicos comprometidos, si los izquierdistas incondicionales regresan al poder, “él volverá al país”. Estrada cree que “definitivamente regresará el próximo año” si Macri pierde, pero que llamará a su viaje una “visita pastoral”.
“Francisco ha estado trabajando detrás de escena” para ayudar al oponente de Macri, me dijo un agente político argentino. “Quiere que Macri pierda”.
Los conservadores temen la posibilidad de una victoria peronista. Uno, que tiene un blog político, me dijo: “Dejaré el país. Ya no será seguro para nosotros”.
Lo comprobé el martes cuando pasé frente a la oficina de uno de los partidos de izquierda de Argentina. Tan pronto como saqué mi cámara para tomar algunas fotos, un par de matones aspirantes a peronistas salieron corriendo de la oficina para interrogarme. “¿Qué estás haciendo?”, me preguntaron. Los ignoré, mientras que otro miembro de mi grupo trató de apaciguarlos con una pieza de falsa adulación hábilmente compuesta.
Un católico conservador que me llamó la atención me dijo que el peronismo de los francisquistas es tan fuerte que algunos acólitos del Papa están hablando de canonizar a Evita.


jueves, 22 de agosto de 2019

Peregrinación de Nuestra Señora de Cristiandad








Participaron más de mil personas, congregadas de todos los rincones de Argentina, y también capítulos de Paraguay y Brasil.








jueves, 15 de agosto de 2019

La Asunción de Nuestra Señora


La solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad. La fiesta de hoy nos impulsa a elevar la mirada hacia el Cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el Cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos.
Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la “Santa” que se convirtió en su morada en la tierra, María. Mirando a la Virgen elevada al Cielo comprendemos mejor que nuestra vida de cada día, aunque marcada por pruebas y dificultades, corre como un río hacia el océano divino, hacia la plenitud de la alegría y de la paz. Comprendemos que nuestro morir no es el final, sino el ingreso en la vida que no conoce la muerte. Nuestro ocaso en el horizonte de este mundo es un resurgir a la aurora del mundo nuevo, del día eterno. Ante el triste espectáculo de tanta falsa alegría y, a la vez, de tanta angustia y dolor que se difunde en el mundo, debemos aprender de Ella a ser signos de esperanza y de consolación.
Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.

Benedicto XVI

lunes, 12 de agosto de 2019

Comentarios posteriores: Misa tradicional en Argentina




El mapeo realizado en el post anterior con los lugares de celebración de la misa tradicional en Argentina trajo aparejados una serie de cuestiones que sobrepasan lo que es estrictamente el relevamiento de datos para hundirse en otras cuestiones de la historia reciente.
En cuanto al relevamiento general en sí, lo cierto es que Argentina está en mejores condiciones que la mayor parte de los países de Hispanoamérica, y probablemente que la misma España, tal como nos advertían algunos comentaristas. Lo llamativo es que importantes ciudades y regiones del país no cuentan con misa tradicional, es decir, que aún después del motu proprio Summorum pontificum, ni obispos, ni sacerdotes ni laicos parecen interesados en volver al culto que la Iglesia rindió a Dios durante más de mil quinientos años, y seguían conformándose con la misa reformada por el Vaticano II.
Algunos amigos me señalaban que muchas de las razones de esta realidad hay que buscarlas en la historia. Y creo que tienen razón, aunque me parece que estas razones históricas pueden justificar lo sucedido en los ’70, ’80 y ’90, pero no lo que vino después. 
Veamos:

El frente interno: Varios diócesis de Argentina, apenas terminado el Vaticano II, eran un hervidero de curas marxistas y contestatarios. Casos como el de Mendoza, donde tan temprano como 1965, veintisiete curas tercermundistas se rebelaron contra el arzobispo Alfonso Buteler, o el de Rosario, donde treinta curas hicieron lo propio, ocupando parroquias, contra el arzobispo Guillermo Bollati en 1968, son muestras elocuentes del clima que se vivía a fines de los ‘60 en el país. Habían, además, varios obispos que alentaban las reivindicaciones revolucionarias de sus curas. Recientemente hemos tenido la vergonzosa beatificación de uno de ellos, Mons. Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, que promovió y protegió a curas y terroristas montoneros, y en la misma línea estaban otros como Mons. Carlos Ponce de León, obispo de San Nicolás -muerto, como Angelelli, en un accidente de tránsito-, Mons. Alberto Devoto, obispo de Goya, muerto igualmente en un accidente automovilístico y Mons. Carlos Cafferata, obispo de San Luis.
El episcopado en su conjunto, sin embargo, era conservador. No en vano eligió como presidente a Mons. Adolfo Tortolo, el más volcado a la derecha de todos ellos, y quizás también el más santo. Yo estimo que fue merced a estos factores que, en general, durante los ’70 se nombraran obispos de tendencia conservadora y se frenaran en seco los arrebatos de los curas tercermundistas. El nombramiento del recientemente fallecido Mons. Rodolfo Laise en San Luis, por ejemplo, impidió el crecimiento de un potente foco marxista entre el clero de esa diócesis. 
El caso concreto de Paraná, al que me referí en el último post, era particularmente complejo. Desconozco el estado de su clero en los ’70, pero lo cierto es que Mons. Tortolo, su arzobispo, estaba rodeado. Al oeste, tenía a Santa Fe, cuya universidad católica fue uno de los núcleos más virulentos de Montoneros, y Rosario, del cual ya señalamos ambiente. Al norte, la diócesis de Resistencia, liderada por un cambiante Mons. Di Stefano, fue también un foco montonero, y al sur estaba San Nicolás, con Mons. Ponce de León. Paraná estaba, literalmente, rodeada.
Si establecemos un “eje conservador” en la geografía argentina en esos años, podríamos decir que sus vértices eran Paraná, San Luis y San Rafael, que no tenía curas tercermundistas sino que no tenía curas a secas. Y en cuanto a la liturgia tradicional -que es el tema del post-, lo previsible desde nuestra perspectiva de cuarenta años después, es que es en esas tres jurisdicciones donde debería haberse conservado. Y eso no ocurrió.
¿Por qué? No tengo autoridad para dar una respuesta, pero a partir de la situación descrita, me parece claro que los obispos Tortolo, Laise o Kruk (San Rafael) no estaban en grado de abrir otro frente de batalla. Razonablemente orientaron todas sus fuerzas en evitar el desmadre del clero y en formar sacerdotes cercanos al pensamiento tradicional. De allí el surgimiento o la refundación de los seminarios de sus diócesis respectivas. Desconozco la opinión que tenían sobre la misa tradicional, pero no creo que haya sido negativa per se; si no lo promovieron, y más bien la prohibieron, fue porque no podían abrir otro frente de batalla y porque debían necesariamente tener una relación fluida con Roma que era donde, en definitiva, se asentaba su poder.


El frente romano: Pablo VI, de quien muy pocas cosas buenas pueden decirse, fue el encargado de aplicar el Vaticano II, y el epifenomeno de las reformas conciliares, o su mascarón de proa, era la nueva misa. Para él y para los corrosivos personajes de los que se rodeó, la prohibición de celebrar el rito tradicional era innegociable y en una inteligente maniobra de propaganda, lograron asociar la liturgia tradicional con una rebeldía imperdonable  y convirtieron a sus defensores en parias. Creo que debido a una concepción hipertrofiada de la virtud de la obediencia y a una adhesión exagerada al Sumo Pontífice, los obispos argentinos, más allá de su conservadurismo, compraron los que les vendía la publicidad vaticana. Y así, en todos los ambientes católicos del país, incluidas las tres diócesis del eje conservador, ser lefebvrista era equivalente a ser un leproso. Los curas que celebraban la misa tradicional y los fieles que a ella asistían era perros. Sus amigos de toda la vida le retiraron el saludo y varios fueron echados de sus trabajos y aislados socialmente. 
Si bien puede argüirse que esto ocurrió debido los factores que señalé más arriba —necesidad de mantener la cohesión interna y sumisión a Roma—, resulta difícilmente justificable la saña con la que fueron perseguidos. En lo hechos, eran mucho mejor considerados y tratados los curas tercermundistas que los curas tradicionalistas, con el detalle que aquellos eran marxistas y estos eran católicos. 

Cincuenta años después: Como siempre, es fácil impartir cátedra con el diario del lunes. Pero hoy, cuando han pasado más de cincuenta años de la finalización del Concilio Vaticano II y cuando todas sus reformas, y no solo la litúrgica fueron implementadas, difícilmente pueda alguien negar su fracaso más rotundo. Bergoglio no fue engendrado por un demonio. Bergoglio es el fruto más delicado y primoroso de ese Concilio, y es la muestra más palpable del estado real en el que se encuentra la Iglesia. Sería injusto cargarle a él solo la responsabilidad por el desastre que estamos viendo y que se profundiza día a día. Juan Pablo II, más allá de las simpatías que pueda despertar, fue el ejecutor del Concilio. Es verdad que la suya fue una ejecución moderada y conservadora en muchos aspectos, pero esto no lo exime de responsabilidad, sobre todo en el ámbito litúrgico que es el que nos ocupa en esta columna.
Porque debemos convenir que si el fracaso del Vaticano II es flagrante en todos sus ámbitos, el de la reforma litúrgica lo es más aún. Se inventó una nueva misa a fin de que los hombres del mundo se sintieran más cómodos y no se alejaran a la Iglesia. Lo cierto es que la asistencia a misa en la actualidad, cincuenta años más tarde y cuando los curas son capaces de hacer todas las piruetas necesarias para atraer fieles, está en su punto más bajo de toda la historia de la Iglesia. 
Alguien podría plantear una cuestión contrafáctica: Si la misa no se hubiese tocado, ¿la asistencia a misa se habría mantenido? No es posible saberlo, pero lo que sí sabemos y comprobamos es que la misa reformada no alcanzó su propósito y lo que único que logró fue destruir un monumentos religioso y cultural de más de mil quinientos años de antigüedad.

Conclusión imperfecta: Creo que sería injusto cargar las tintas en que los obispos y sacerdotes “línea media” se opusieran de modo tan cerrado a la misa tradicional en los ’70, ’80 y ’90. La circunstancias que expuse muestran que tanto el frente interno como el frente romano hacían muy complejo tomar otra decisión. Y no me parece que podamos exigirle a todos esos buenos prelados y sacerdotes las admirables actitudes que tuvieron beneméritos sacerdotes los padres Sánchez Abelenda, Gobbi o Sarmiento. 
Me resulta, en cambio, más difícil justificar el encarnizamiento con el que fueron perseguidos todos los que adhirieron al movimiento de Mons. Lefebvre. No fue necesaria, y mucho menos cristiana, la saña y crueldad con la que fueron perseguidos.
Pero más difícil de justificar aún me resulta la actitud de muchos buenos sacerdotes que hoy, cuando hace mucho que pasaron las difíciles circunstancias de las que hablamos, sigan aferrados a la misa de Pablo VI. Puedo entender razones de prudencia con respecto a sus obispos, y de oportunidad y prudencia con respecto a sus fieles, pero no puedo entender la reivindicación que hacen de ella, aludiendo a un novus ordo “bien celebrado”, como suficiente para mantener y restaurar la cultura cristiana.