miércoles, 29 de enero de 2020

Aclaración importante

Me ha advertido un amigo de la existencia de una cuenta de Twiter que se presenta como complementaria de este blog o, al menos, de su mismo autor:



Aclaro que no tengo nada que ver son este señor ladrón de identidades y que, además, no tengo Twitter, ni Facebook ni ninguna otra de las redes sociales en boga.

lunes, 27 de enero de 2020

Post nubilia, Phoebus (II)


Dentro de cinco años se cumplirán mil setecientos años del Concilio de Nicea, uno de los más importantes en la historia de la Iglesia. A él asistieron, por ejemplo, Arrio y el joven Atanasio de Alejandría que mucho darían que hablar en las décadas posteriores. Por eso motivo, se están haciendo varios y muy serios estudios acerca de las discusiones cristológicas que ocuparon la centralidad de la agenda de ese encuentro.

Hace algunos meses escuché una conferencia muy interesante. La tesis que sostenía el expositor es que los obispos arrianos, que fueron una enorme mayoría en la Iglesia (“El mundo se despertó con un llanto cuando se descubrió arriano”, escribía San Jerónimo), no se “autopercibían” como arrianos. Ellos estaban seguros de ser católicos. Fue tarea del archiperseguido y calumniado Atanasio de Alejandría mostrarles el error en el que habían caído.
La hipótesis expuesta, que creo probable, puede tener varias lecturas. La primera y más fácil es decir que el arrianismo no fue más que un rótulo que pegó San Atanasio a cuantos enemigos se le ponían enfrente; un modo de salirse con la suya. Pero también hay otra que puede ser usada como hermenéutica de la situación contemporánea. Los obispos del siglo IV eran personajes muy similares a los obispos actuales, y a los obispos de todos los tiempos. Personajes en su mayoría mediocres e ignorantes, que acceden a sus sedes mediante manejos e intrigas, y cuyos objetivos son pasarla bien, haciendo lo que hace todo el mundo, no desentonando y fastidiando siempre a los curas que tienen a cargo a fin de mostrarles quién es el que manda. Los obispos “arrianos” eran arrianos porque era lo más fácil, porque en esa posición estaba la mayoría de sus colegas, porque no había definiciones claras por quien debía darlas y porque no tenían ganas de tener problemas. Casi la misma situación que vemos en los obispos progres actuales, que también son inmensa mayoría. Creo que pocos de ellos son ideológica y voluntariamente progresistas: son personajes menores que no quieren fastidiarse la vida y buscan seguir trepando en la carrera eclesiástica, por lo que cambiarán de postura según sean los vientos que corren. 
Con lo cual, y para terminar con la analogía, es cuestión de que aparezca algún Atanasio, o que no aparezca y sigamos penando. Se nos prometió la victoria final; pero no tranquilidad en el tiempo.
Me sugirió esta reflexión un texto que el artista Daniel Mitsui publicó hace mucho en su desaparecido blog (The Lion and the Cardinal) y que fue apareció en español en el recordado blog Cruz y Fierro. Aquí lo dejo:


Entre ciertos católicos existe una suerte de optimismo fácil acerca del futuro próximo de la Iglesia; la expectativa de que si alguna vez las cosas se ponen muy feas, Dios nos dará nuevos santos y héroes y genios para hacer todo bueno otra vez. Es una expectativa de que esto pasará como algo natural.
Pero la promesa contra las puertas del infierno fue sólo una promesa de la victoria final, no de estabilidad y comodidad en nuestro tiempo. Si la Iglesia tiene que sobrevivir, sobrevivirá ocasionalmente como lo hizo en las catacumbas romanas, las cuevas del Líbano, los pozos de los recusantes ingleses o las Islas Goto. Algunas veces sobrevive a pesar de impresionantes defecciones materiales en circunstancias desesperadas. La esperanza no sería una virtud si fuese fácil.
Los optimistas gustan de citar un capítulo de El Hombre Eterno de Chesterton sobre las cinco muertes de la Fe, y su inexplicable resurrección cada vez. La implicancia, por supuesto, es que esto es lo que sucede siempre. Nunca pensé que éste fuese uno de los argumentos más convincentes de Chesterton; si hubiese sido un asirio y no un inglés, hubiese corregido el capítulo, porque en Asiria la fe murió cinco veces sin nunca regresar a la vida.
Aunque decir esto no es exactamente justo; unos pocos asirios fieles aún existen al día de hoy, y unos pocos buenos cristianos existieron en cada era de muerte de las identificadas por Chesterton. Cuando habla de una muerte de la Fe, nunca quiso decir que desapareció, sino que dejó de ser sana, vibrante e influyente. No fue una crisis del Cristianismo, sino de la civilización cristiana.

Es más, nunca se nos prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra la civilización cristiana. En Europa, la civilización cristiana fue resucitada cinco veces; no existe promesa de una sexta. Perfectamente el Cristianismo podría tener necesidad de sobrevivir sin una civilización cristiana, como algo brutalmente perseguido, internamente en conflicto y socialmente irrelevante. Ésta, en realidad, no es más que la situación normal del Cristianismo.
Existe, tanto entre los católicos como en los ortodoxos, un deseo abiertamente expresado de regresar a los principios del Cristianismo del primer milenio. Es un deseo que comparto, en tanto creo que la continuidad con los Padres de la Iglesia es absolutamente indispensable, y que las Iglesias romana y bizantina deben ser una. Pero ese deseo no debe engañarnos acerca de lo que la gran Iglesia del primer milenio realmente era.
En el curso de los primeros dos siglos de la legalización del Cristianismo, la gran Iglesia perdió dos de los antiguos patriarcados; en los siglos siguientes, perdió la mayor parte de su territorio y de su gente a manos de los mahometanos, y nunca recuperó mucho de eso. La historia del Cristianismo del primer milenio es una de continuo fracaso y atrición; la Iglesia sufrió de herejías cristológicas y trinitarias en una sucesión continua, y siendo tan fácil distanciar a la Iglesia de ellas una vez que fueron leídos los anatemas, todas estas herejías permanecieron dentro de la Iglesia. Hubo un tiempo antes de que los anatemas fuesen leídos, cuando cada herejía no había sido aún condenada, en que eran abiertamente profesadas en todos los niveles de la Iglesia. 

Vivir como cristiano en el primer milenio, especialmente en cualesquiera de los patriarcados orientales, significaba a menudo tener obispos y sacerdotes herejes, y que la mayoría de los fieles profesaran ellos mismos los errores o fuesen demasiado cobardes o indiferentes para oponerse a ellos.
Durante los sesenta y un años siguientes al Segundo Concilio de Nicea, y aún después por otros 28 años, la Iglesia de Bizancio fue gobernada por emperadores iconoclastas y los sicofantes que ellos lograban colocar en la sede patriarcal; las imágenes eran decoloradas, los monjes torturados y asesinados, las reliquias lanzadas al mar, las devociones del santoral suprimidas. Fue la destrucción de la tradición más violenta jamás ocurrida desde la misma Iglesia; sólo un muy pequeño resto de íconos anteriores a la crisis sobrevivieron, la mayoría de ellos bajo la seguridad relativa del gobierno mahometano. Existe una admirable porción de la memoria histórica del Cristianismo bizantino que la mayoría de sus admiradores y conversos occidentales no conoce aún. La iconoclasia asoma en su mente, y esto puede templar su alarde; ya que hubo un tiempo en que la Ortodoxia oriental también lo perdió todo.
Hay detrás de esto una verdad tan simple que con frecuencia olvidamos: Satanás es más sutil que nosotros. Y es más fuerte que nosotros y es más paciente que nosotros. Si no lo fuese, no tendríamos necesidad de un Salvador. No se nos prometió un paraíso en esta vida, sino un asalto continuo hasta que el Reino venga. Satanás destruiría, dividiría y degradaría la Iglesia en cualquier forma que se pueda divisar. Lo haría con la herejía, el cisma y la guerra, en el merodeo de las hordas bárbaras y en la conspiración de las sociedades secretas.
Obraría a través de la avaricia de los príncipes, la lujuria de los reyes, el orgullo de los emperadores y la estupidez de los papas. Aconsejaría malas ideas a los oídos de hombres de buena voluntad. Traería terremotos, fuego y plaga, sujetaría a su manipulación lo que pudiese de la tierra buena de Dios. Arruinaría la Iglesia desde dentro y desde fuera. Obraría en momentos horribles y en siglos de degradación imperceptible.
Satanás odia a la Iglesia y quiere que nosotros también la odiemos. Y es lo suficientemente sutil, fuerte y paciente para arruinar cada cosa que hace fácil que amemos a la Iglesia. Fue lo suficientemente sutil para arruinar la aparentemente inmortal Edad Media, por lo que, con certeza, es lo suficientemente sutil para arruinar el frágil movimiento tradicionalista de hoy. Y es lo suficientemente sutil para arruinar la ortopraxia y la estabilidad teológica del Oriente cristiano. Si esto no fuese obvio como un dato teológico, debería serlo como un hecho histórico; lo ha hecho antes.
Y la Ortodoxia latina patrístico-medieval en que deseo se convierta el Catolicismo romano, y a lo que dedicaré los esfuerzos de mi vida entera: él es lo suficientemente sutil para arruinar eso también. Esto es lo que necesitan recordar quienes buscan refugiarse del Modernismo en el Catolicismo romano o en la Ortodoxia oriental o en sus propias fantasías historicistas de cualquiera de ellos. No hay refugio en la Iglesia Militante. Si una Iglesia parece haber vencido al Modernismo, simplemente significa que Satanás está esperando afligirla con algún otro error en cuanto pueda. Las antiguas Iglesias son vulnerables y siempre han sido vulnerables.
Al inspeccionarlas, todas ellas portan las cicatrices permanentes del ataque del enemigo; las pérdidas y las rupturas y las traiciones de la antigua tradición. Si hubiese una Iglesia sin ellas, no tendría pretensión creíble de ser la verdadera Iglesia; sería algo tan poco amenazante para el principado de Satanás que ni siquiera se molestaría en prestarle atención. Una Iglesia que no es permanentemente lastimada no es el Cuerpo de Cristo.
Los apóstoles lo entendieron, y vivieron siempre como si el eschaton fuese inminente y el enemigo estuviese cerca. Dudo que cualquiera de ellos esperara que la sociedad de continentes enteros viviera orientada al Cielo durante miles de años. Esto sería algo mucho mejor de lo que tenían derecho a esperar.
La civilización cristiana y todos sus tesoros eran un regalo; un don inmerecido y demasiado generoso. Cuando un niño recibe un regalo precioso de su amado padre, lo cuida y protege, recordando siempre la generosidad de quien se lo dio. Sólo la ingratitud más despreciable lo haría descuidarlo, desfigurarlo, decidir que ya no le gusta y tirarlo a la basura, o convertirlo en algo diferente. Esto es lo que olvidan los apologistas del nuevo catolicismo, quienes constantemente afirman su validez sacramental como si ésta fuese lo único que importa. El problema de la nueva liturgia, de la música banal, las iglesias vacías no es que hable mal de Dios; sino más bien que hablan mal de nosotros.
Pero algo diferente es olvidado por los tradicionalistas que incesantemente se quejan de que los problemas no se arreglan lo suficientemente rápido, o que amenazan con dejar la Iglesia hasta que se arreglen. Si el regalo se rompe, el niño no tiene derecho a refunfuñar y exigir a su padre que se lo arregle o le compre uno nuevo inmediatamente. Porque ni siquiera lo merecía en primer lugar. El padre está perfectamente en su derecho de contener su generosidad hasta que el niño aprenda la lección, o decirle al niño que lo arregle él mismo. No es nuestra prerrogativa exigir que los problemas de la Iglesia sean arreglados según nuestra conveniencia. Ni siquiera son estos problemas necesariamente para que los arregle algún otro.
Dios confió a la humanidad el cuidado de su Iglesia en este mundo hasta la parusía. Es construyéndola en el territorio del enemigo que participamos en la acción de la Providencia en la historia, y que nos santificamos. Dios ciertamente puede asistirnos de maneras extraordinarias; la notable vigorosidad de la Iglesia en algunos momentos sólo puede ser explicada por intervención divina. Pero nada en justicia exige a Dios darnos un nuevo grupo de santos, héroes y sabios para arreglar todas las cosas como si nada. Cuando la Iglesia necesita santos, héroes y sabios, no tiene a nadie más que a nosotros. Y la mayoría de nosotros estamos demasiado malditamente orgullosos de nuestra falsa humildad para aunque sea intentar la santidad heroica.
El estado de la vida cristiana hoy, como siempre, es el de rezar entre ruinas; de rastrillar entre los escombros de una iglesia largamente destruida en busca de pedazos que podamos reconocer; en asirnos a ellos y atesorarlos de una manera que los hombres que los disfrutaron en su esplendor nunca hicieron. Venerar estos pedazos de escombros, y estudiarlos para darnos una idea de la forma en que encajaron y el significado que alguna vez tuvieron. Inducir lo que podamos de los olvidados métodos de construcción y el lenguaje del simbolismo también olvidado, y reconstruir lo que podamos en el tiempo que se nos da. Construir algo bello para Dios, de modo que el recuerdo de la antigua fe pueda sobrevivir para la próxima generación, hasta que las fuerzas del mal destruyan, quemen y sepulten nuestras construcciones.
Y hacer esto creyendo, a pesar de toda tentación para desesperarse, que la victoria ya se ha ganado, y que la liberación está cerca. Nos ha sido dada la tarea de modo que en ella podamos encontrar nuestro propósito, nuestro gozo y nuestra santidad. Y perseverando, heredaremos un nuevo cielo y una nueva tierra, en la cual construir en forma permanente lo que hemos construido en pobre imitación en este mundo roto.



jueves, 23 de enero de 2020

Cuánto importa la imaginación en la batalla cultural


Breve conferencia de Anthony Esolen, traducida y subtitulada por Jack Tollers.

lunes, 20 de enero de 2020

Post nubilia, Phoebus (I)


Nos ha tocado atravesar el valle de lágrimas en el ocaso, cuando comienzan a envolvernos sombras oscuras. Caminamos entre marjales, hundiéndonos por momentos en el barro espeso y maloliente de los pantanos, cada vez más desanimados y tristes al escuchar el chillido de las aves que revolotean amenazadoras sobre nosotros. Y las noticias que nos llegan a diario, dan cuenta que el camino se hará cada más duro y desdichado.

Pero debemos seguir caminando, aún medio de las tinieblas, porque alcanzar la meta, cruzar los montes, no es una opción; es un deber. Y aunque no olvidamos las promesas, con facilidad se entumecen en la lejanía y a veces nos negamos a creer que, detrás de las montañas grises que ciernen el valle, se encuentra la tierra de la la luz. 
Es entonces cuando debemos detenernos un momento y, sentados en alguna roca húmeda o a los pies de aquellos a quienes amamos, escuchar nuevamente las historias de nuestra raza y de nuestro mundo, a fin de aguzar las miradas y no sumergirnos en las mentiras que los ruc graznan mientras sobrevuelan el valle.
Dejo aquí un esclarecedor texto de Bouyer.



“El mundo de los espíritus, buenos o malos, no es un mundo distinto al nuestro si tomamos a éste en todo su espesor. Newman nos lo recuerda: para la Biblia como para toda la tradición, judía y cristiana, no existe un mundo visible y otro mundo invisible. El mundo visible es la parte emergente, para nosotros, de un universo único cuyas profundidades se pierden más allá de donde pueden alcanzar nuestras miradas oscurecidas. Porque para nosotros, aquello que no vemos tampoco existe, ni acá ni allá. 
Jacob creyó poner la piedra que usó como almohada en un lugar solitario. Pero apenas se cerraron los ojos de su carne, Dios le abrió los ojos del espíritu. Y entonces vio a los ángeles subir y bajar en el mismo lugar donde antes había visto no más que cosas banales. Y Newman concluye que las cosas visibles, o las que llamamos de ese modo, no son más que los flecos de un vestido tejido en torno a aquello que no vemos, pero que ellos ven a Dios sin cesar.
El sentido final de la cosmología que los Padres de la Iglesia han tomado de la Escritura y que otorga mucho espacio a los ángeles (y a los demonios), es que la creación no es de modo accesorio sino esencial la creación de seres personales. El mismo Dios, el Dios de los judíos, es Alguien. Y el evangelio afirma que ese Alguien nunca estuvo solo, sino en eternas relaciones personales del Padre con el Hijo, y ellos dos con el Espíritu. ¿Por qué motivo tal Dios crearía un mundo que no fuera, él también, un mundo de personas, una ocasión de comunión?
La primera creación, por tanto, de los teólogos antiguos, es una creación personal. Como dice Dionisio, el Pseudo-Areopagita, es una ‘jerarquía celeste’. Ella extiende a la nada llamada al ser, la circulación del amor y de vida de la ‘tearquía divina’, es decir, de la Trinidad eterna.
Las criaturas originales son los pensamientos del Padre en el Verbo sobre los cuales se posa la presencia del Espíritu de amor y que, a su imagen, piensan y aman. El mundo al que llamamos visible no es más que este pensamiento amante, común a las primeras criaturas, objetivado a su vez por el único Creador, de modo que el universo sensible proclama la gloria divina contemplada por la creación invisible. Él es la comunicación y como el lugar de la comunidad entre los primeros espíritus creados. La luz y la vida lo atraviesan, cántico de los ‘hijos de la aurora’, de aquellos que, —nos dice el libro de Job—, cantan unánimes, desde el primer día, al autor de todas las cosas.

Sin embargo, apareció una fisura que resquebrajó el coro de los primeros espíritus. Lucifer, que debía ser el ángel guardián del cosmos, se quiso hacer dios. Con los compañeros de su infidelidad, se estrelló de alguna manera sobre el mundo sensible. Y su rapiña orgullosa proyectó, eclipsando la claridad de Dios, la sombra de la muerte.
La belleza del universo no desapareció por completo. Se hizo equívoca, ya no fue más el cántico de las criaturas inteligibles, sino el reflejo de su conflicto, un cruce de luz y de sombra, una vida que se nutre de la muerte a la que tiende.
Dios, por tanto, no abandonó la superficie terrestre, que es su obra, al poder diabólico, ni tampoco a una lucha interminable entre ángeles fieles e infieles. Él la había creador como un espejo de la creación celestial. Desde el seno mismo de las aguas agitadas que ya no reflejaban su imagen estelar, hizo resurgir, con el hombre, una espiritualidad renovada. Ella podía, ella habría debido ser redimida del mundo esclavizado. En torno a la libertad recobrada por el cosmos en el hombre inocente, todas las cosas se incorporaron a él, refloreciendo en un paraíso, es decir, en el jardín de Dios. 
Pero el hombre, al que la humildad de la obediencia amante había hecho el amigo de Dios, prefirió seguir, en su avidez, al orgullo demoníaco. En vez de escuchar la Palabra divina, cedió a las mentiras de las apariencias convertidas en engañosas. Y lejos de transformarse en un dios, se hizo esclavo de Satanás, el cual no podía encontrar un imperio que no fuera el de la muerte.
Pero Dios, una vez más, produjo un redentor. El alma viviente del primer hombre, encarnándose en el mundo caído, en vez de levantarlo, había consumado su postración. Pero el Espíritu vivificante del Hombre nuevo, del Cristo, del Hijo eterno del Padre, se encarnará a su vez en la humanidad pecadora. Recapitulando en sí mismo la historia corrompida del hombre debilitado, cumplirá la obra de salvación que el hombre había arruinado.
Anonadándose para obedecer al Padre, el último Adán obtuvo la exaltación soñada por el primero, pero que la concupiscencia le había impedido obtener. Por la Cruz, toda la humanidad, asociada a un Divino jefe, entrará en la gloria prometida a los hijos de Dios. Por ella, el cosmos físico, en la resurrección, será salvado, arrancado de las sombras de la muerte, transportado al Reino de la luz, ese Reino del cual el heredero es el Hijo mismo del amor del Padre y del que nosotros somos co-herederos con Él. 
Las noventa y nueve ovejas que quedaron en el rebaño, es decir, los ángeles fieles, no cesaron de alabar al único Señor. La única oveja perdida, que era la humanidad, todo el cosmos en el cual había nacido, no solamente volvió al rebaño, sino que fue llamada a ingresar, con el Pastor del rebaño, en el seno del Padre, a sumergirse con el Hijo en el océano sin riberas de la luz y de la vida en el Espíritu Santo. 
Hasta la venida de Cristo a la tierra, los ángeles fieles, como ese daimon del cual Sócrates tomó su inspiración, no habían cesado de infundir a las almas prendadas de la justicia el recuerdo del destino primero del hombre y del universo. En el laberinto de las religiones que llamamos “naturales”, los huecos de las más altas filosofías religiosas reanimaban de esa manera, incluso en medio del culto a los ídolos, el presentimiento del Dios desconocido. Miguel (‘¿Quién como Dios?’), el príncipe de las milicias celestiales, a pesar de las tentaciones, de las caídas incesantes, mantenía el testimonio profético del solo Señor y Dios, frente a los dioses multiplicados, a los señores innumerables que se disputaban la adoración de los humanos. Gabriel (“Fuerza de Dios”), el arcángel de las anunciaciones, en las Pascuas renovadas, presagiaba al Redentor definitivo. Su pascua, la que no “pasará” más, nos hará “pasar” con él del reino de las tinieblas al reino de la luz sin crepúsculo.

Finalmente, en la noche de Belén, descendió junto el Hijo único engendrado en el seno de la Virgen, el Primer nacido de los hermanos sin número, el coro de ángeles de la alabanza ininterrumpida en los cielos. Porque al hacerse carne la Palabra, el Espíritu de verdad puso en fuga al espíritu de mentira y la acción de gracias eterna del Hijo al Padre elevó a la humanidad al cielo.
Una vez muerto Cristo en la Cruz, los sepulcros se abrieron y el velo del Templo se rasgó. El nuevo Adán resurgió de los infiernos, arrastrando tras él a la humanidad liberada, al cosmos eximido de las cadenas demoníacas. Él las empujó al santuario celestial. Los ángeles, que habían descendido hacia nosotros sobre el Hijo del hombre, nos hicieron remontar con él, como todo nuestro universo, en el cuerpo del Resucitado del cual nos convertimos en miembros.
A partir de ahora, todo lo que la Palabra emanada del silencio eterno había sacado de la nada se sumerge con ella en el seno del Padre, con el júbilo angélico del Alleluia pascual.
Los dos querubines del santo de los santos de Jerusalén, habiendo rodeado con su adoración perpetua el propiciatorio figurado, ese espacio vacío ubicado encima del arca, la Schekinah de la luz y de la vida —la Presencia divina en la nube de fuego—, se manifestaba a Israel por la palabra profética. Ellos rodean ahora la tumba vacía de la cual se elevó la carne donde la Palabra eterna estableció su tabernáculo definitivo, para ‘morar entre nosotros, lleno de gracia y verdad’. Incluso los dos ‘vigías’ nos lo dicen en la Ascensión: ‘Este Jesús que habéis visto subir al cielo vendrá del mismo modo…’.
En la comunión eucarística, por supuesto, Él viene sin cesar, para prepararnos a su retorno final, cuando nos tomará con Él, porque ‘allí donde Él está, estaremos también nosotros’, y para siempre. La Merkabah vista por Ezequiel, ese carro ardiente que se mueve como el relámpago de Dios que es un fuego que consume, así como había arrebatado al cielo en su estela a Elías, después de Enoc y Moisés, nos arrebatará también a nosotros. Con el Hijo del Hombre, con todo el Reino de los santos, iremos al encuentro del Padre de los vivos. Ya cantamos en la tierra, en la sagrada liturgia, el Sanctus de los Serafines, los espíritus de fuego que no vuelven jamás su rostro. Entonces lo acabaremos con el Benedictus de los Querubines, los ‘Vivientes’ que aclaman el advenimiento final de Aquel que vive por los siglos de los siglos. Los Tronos, ‘ruedas’ resplandecientes que son miradas que nos atraen invenciblemente, como ellas mismas son atraídas hacia esa luz inaccesible donde mora Dios.
Será entonces cuando no habrá gemidos, ni dolor, que todas las lágrimas serán enjugadas de todos los ojos, porque el diablo y los suyos habrán sido devorados por la segunda muerte y la muerte ya no existirá más, sino solamente Dios todo en todos.

Esta visión ¿es algo más que el último mito, quizás el más bello de todos, en el que los sueños de la humanidad han querido hechizar su miseria? Digamos más bien que es la última palabra de la Palabra que hizo estallar todos los mitos, para reconstruir con sus símbolos el mensaje que dirige a los hombres en su Hijo, nacido de mujer, ‘el Viviente que da la vida’”.

Louis Bouyer, Prólogo al libro Anges et démons, Zodiaque, La Pierre-qui-Vire, 1972.
Traducción: Wanderer 


jueves, 16 de enero de 2020

Conclusiones inconclusas sobre un best-seller


No pueden ser más que inconclusas las conclusiones que podemos sacar hasta el momento del follón armado en torno al libro a cuatro manos entre Benedicto XVI y el cardenal Sarah, puesto que los sucesos aún no terminan. Sin embargo, algo podemos ya ir viendo.
1. La otrora prestigiosa corte papal es ahora poco más que la corte de un reyezuelo africano. Los escándalos, filtraciones y desmanejos se suceden cada día, con hechos que sobrepasan con creces escándalos análogos como el portazo del príncipe Harry y su mestiza mujer a la familia real inglesa. Si no fuera por la protección mediática de la que goza Francisco, hace tiempo que lo habrían destripado. Y señalemos lo más obvio: ¿cómo es posible que el Papa y su guardia de corps progre se enteraran por la prensa y a días de su aparición sobre la publicación del famoso librito, siendo que los protagonistas viven a un tiro de piedra de Santa Marta? Evidentemente, el servicio secreto Vaticano está dirigido por el nieto de Maxwell Smart.
2. Circuló en varios medios una cronología de los hechos atribuida a Antonio Socci (fue publicada como comentario del post anterior) y creo que es verosímil: la co-autoría del libro sobre el celibato estaba clara y acordada entre las partes - Benedicto y Sarah -, con el conocimiento y beneplácito de Mons. Gänswein. Cuando se conoció la noticia, en Santa Marta ardió Troya y el incendio se dirigió directamente hacia Gänswein, como era lógico que sucediera. ¿Qué opciones tenía el prefecto-secretario? O desobedecía una orden directa del Romano Pontífice, que le habrá exhibido todos los poderes de llaves y llaveros que obran en sus manos. O traicionaba a Benedicto XVI. O traicionaba a Sarah. La primera opción difícilmente se la permitiera su conciencia alemana y, además, aceptarla llevaba consigo la defenestración —literaliter— desde la ventana más alta del torrione San Giovanni. Optó por la más fácil, y la más estúpida. Traicionó al cardenal Sarah sin darse cuenta que éste tenía todos los documentos que prueban de modo fehaciente la veracidad de los hechos tal como él mismo la relató. Y el cardenal me sorprendió gratamente al hacer públicas esas cartas puesto que podría haber tenido algún escrúpulo y quedarse callado pro bono pacis
3. Este hecho objetivo más los datos que publicó hoy Marco Tosatti, muestran que Gänswein no es el angelical guardaespaldas del Papa Benedicto que se pensaba, sino un personaje de cuidado, mucho más sinuoso de lo que creíamos. Y frente a este hecho, vale la pena preguntarnos si es que la renuncia de Ratzinger al pontificado no fue un hecho sabio. Si aún siguiera en el Trono de Pedro, estaríamos en manos de Gänswein rodeado probablemente de la camarilla de Sodano, y seguiríamos creyendo que estábamos bien porque abundarían las mucetas y los zapatos rojos. Ahora, con Bergoglio, estamos mal, pero estamos conscientes que lo estamos, y cientos de miles de católicos abrieron los ojos. La morfina, en este caso, no sirve porque enmascara los síntomas y no cura; permite que la muerte se acerque sin darnos cuenta. Es lo que sucedió durante el largo y tedioso pontificado de Juan Pablo II, cuando la Iglesia fue inconscientemente entrando en su agonía.
4. El diario Clarín publicó la noticia de un libro que aparecerá en pocos días en el que el Papa Francisco afirma que el “celibato obligatorio es intocable” lo que, según el viboroso periodista que la escribe, “hace fruncir las cejas de muchos progresistas”. 
Yo me inclino a pensar, como adelanta también Sandro Magister en un reportaje de hoy, que Bergoglio colocará en la exhortación apostólica post-sinodal una ambigüa y estratégica nota a pie de página, como hizo con Los amores de Leticia, que permita la ordenación de hombres casados en ciertos y excepcionales casos. Y con esto no estará introduciendo ninguna novedad: la iglesia católica de rito oriental ordena hombres casado, y la iglesia católica de rito latino ordena “en ciertos y excepcionales casos” a hombres casados (por ejemplo, en el ordinariato de Walsingham). Ya Pío XI había escrito hace más de ochenta años: “38. No es nuestro ánimo que cuanto venimos diciendo en alabanza del celibato eclesiástico se entienda como si pretendiésemos de algún modo vituperar, y poco menos que condenar, otra disciplina diferente, legítimamente admitida en la Iglesia oriental; lo decimos tan sólo para enaltecer en el Señor esta virtud, que tenemos por una de las más altas puras glorias del sacerdocio católico y que nos parece responder mejor a los deseos del Corazón Santísimo de Jesús y a sus designios sobre el alma sacerdotal”. (Carta encíclica Ad catholici sacerdotii. 20 de diciembre de 1935). Bien podría Francisco escribir un texto similar y añadir una por aquí una notita por la que se abriera la brecha de los curas casados.
5. Pero si así fuera, ¿por qué su rabieta y tanto escándalo con el libro? Para entenderlo, hay que recurrir al manual de bergoglismo básico: porque le escupieron el asado, y el único que escupe y orina el asado es él. Y aclaremos que a Bergoglio le importa un bledo el asado; él es vegetariano. Lo que le importa es conservar la potestad exclusiva de escupirlo. En otros términos, el enojo se debió a que le cuestionaron la autoridad, y no a una cuestión doctrinal en la que no cree y que le tiene sin cuidado. Es lo que sucedió con la reciente exoneración de su secretario privado: el problema no fue lo que hacía don Fabián sino que no cumplió la condición que se le había impuesto. Desobedeció al Papa; a dormir bajo algún puente del Tíber.
Lo que a Bergoglio le interesa es ejercer el poder; no hay que olvidarlo. Es el más digno y acabado hijo de San Ignacio, y se relame, como sus hermanos en religión siempre lo hicieron, siendo el armador en las sombras de cualquier componenda política. En este caso, claro, están muy alejadas de las intrigas con las que los jesuitas gobernaban las cortes europeas en el siglo XVII. Francisco se conforma con organizar una reunión entre el presidente argentino Alberto Fernández y los directivos del FMI en el Vaticano. 
6. Entonces, ¿las previsibles excepciones excepcionales al celibato son cosa de poca mota? No. Si la famosa exhortación post-sinodal abriera efectivamente la posibilidad de la ordenación de hombres casados, sería una cuestión gravísima porque, como lo han afirmado ya muchos medios, esa excepción sería el codicilo del que se agarrarían los alemanes y con ellos toda la progresía para incorporar sacerdotes casados a su clero. Y prueba de ellos es la carta confidencial que envió hace tres días el cardenal Hummes a todos los obispos del mundo pidiéndoles que fueran particularmente diligentes en dar a conocer y efectivizar el próximo documento amazónico en sus diócesis. Cuesta entender qué interés puede tener tal escrito para los fieles de Madrid, de Budapest, de Melburne, de Temuco o de Los Ángeles. La única explicación es que, a partir de él, se quiere sentar doctrina para la Iglesia universal. El documento sobre la Amazonía a los que menos les interesará será a los amazónicos. 
7. Pero si la iglesia oriental han mantenido la posibilidad del clero casado desde la época apostólica, ¿dónde radicaría la extrema gravedad de trasladar la misma experiencia a la iglesia latina? Specola, en su entrada de ayer, ha sido muy agudo en señalar el peligro: “Sobre los curas casados es evidente que hoy no existe, como lo podía estar hace decenios, una demanda por parte del clero católico. El matrimonio está viviendo una profunda crisis y no entra en los proyectos de vida de los jóvenes de las generaciones actuales y el número reducido de jóvenes sacerdotes tienen mucho más claro que sus antecesores el tema del celibato. Estamos ante una palanca ideológica que pretende instituir un sacerdocio distinto del que conocemos y que no pertenece a la tradición católica. Este es el verdadero problema de fondo y es el contenido fundamental de la reciente publicación. Quedarse en las ramas es querer despistar y no poco sobre las verdaderas intenciones. Entramos en momentos decisivos en los que los impulsores de cambios radicales ven que la oportunidad Francisco se va terminado”.
Se trata, sin más, en la introducción de un nuevo modelo de sacerdote quien no será ya el hombre elegido y consagrado para “hacer sagradas” las cosas profanas —concepto arcaico y ampliamente superado por el mundo contemporáneo—, sino una suerte de mediador social, lenitivo de los conflictos vecinales y pacificador de greñas y disturbios, con algún resto de difusa espiritualidad cósmica. 


Buon pranzo a tutti!



martes, 14 de enero de 2020

Il pasticcio Benedicto - Sarah y el celibato


La situación que explotó en los últimos dos días a raíz del libro escrito por Benedicto XVI y el Cardenal Sarah sobre el celibato es grave. Pareciera que no aporto ninguna novedad al calificarla de tal modo porque lo cierto es que todo lo que ocurre durante el pontificado de Bergoglio es grave, pero en este caso, la gravedad es aún mayor y todavía es muy pronto para saber cómo terminará el affaire. Lo cierto es que en el Vaticano están furiosos y los “guardianes de la revolución” han soltado a la jauría.
Copio a continuación el artículo de Ricardo Cascioli aparecido recién en La brújula cotidiana. Me parece un excelente análisis de los hechos. Agregaría solamente una observación. Me huelo que el que complicó la situación fue Nicolás Diat, el editor de los libros del cardenal Sarah. Y, como apunta Marco Tosatti, lo hizo “tutto a sua gloria e merito”.


El libro sobre el celibato, el gran lío de monseñor Georg Gänswein

Tras el clamor suscitado por los extractos del libro en defensa del celibato eclesiástico, firmado por Benedicto XVI y el cardenal Robert Sarah, se discute el sensacional giro de 180 grados del secretario de Ratzinger, monseñor Georg Gänswein. Había asegurado el desconocimiento del Papa emérito sobre el proyecto del libro a cuatro manos, pero los hechos lo desmienten. Y el cardenal Sarah confirma que todo estaba claro y compartido, y publica cartas de Benedicto XVI dirigidas a él. Y los editores también recibieron en su momento el "visto, se imprima" de Gänswein. Quizás después de los violentos ataques, mentiras y amenazas recibidas, el secretario ha querido proteger al Papa emérito, pero va a obtener el resultado contrario, porque separar a Benedicto XVI del cardenal Sarah sólo ha facilitado a sus enemigos su eliminación. Mientras tanto, el libro saldrá con la firma del cardenal Sarah y "con la contribución de Benedicto XVI". Pero el contenido, que es lo que cuenta, sigue siendo el mismo.

Empecemos con los hechos. El libro "Desde lo más profundo del corazón", del que Le Figaro anticipó algunos extractos causando un gran revuelo, ha sido compartido realmente por Benedicto XVI y el cardenal Robert Sarah. La obra está compuesta por dos ensayos sobre el sacerdocio, con especial atención al celibato, escritos respectivamente por Benedicto XVI y el cardenal Sarah. Luego hay una introducción y una conclusión firmada por ambos: las dos fueron escritas por el cardenal Sarah pero vistas y aprobadas por Ratzinger. Y el "visto, se imprima" vino directamente del secretario personal de Benedicto XVI, monseñor Georg Gänswein.
¿De dónde viene entonces todo el caos de estas horas y el giro inesperado de Gänswein? El secretario de Ratzinger ha declarado a la agencia de noticias ANSA: "El Papa emérito sabía que el cardenal estaba preparando un libro y había enviado un texto suyo sobre el sacerdocio autorizándole a usarlo como quisiera. Pero no había aprobado ningún proyecto de libro firmado por ambos, ni había visto o autorizado la portada". En realidad, los editores son capaces de demostrar que monseñor Gänswein está mintiendo: el secretario sabía muy bien que el libro saldría con la doble firma y había dado el visto bueno a pesar de que era consciente del enorme impacto que tendría la publicación. Además, desde la tarde del lunes 13 de enero, tan pronto como se difundió la noticia de una disputa sobre las firmas, el cardenal Sarah –hablando de "difamaciones de excepcional gravedad"- hizo circular en las redes sociales las cartas que le había escrito Benedicto XVI en las que se ponía de manifiesto que el Papa emérito era consciente del proyecto del libro.
Y de nuevo, la introducción corresponde a esa media página preparada por el cardenal Sarah que es el tema de la carta enviada por Ratzinger el 25 de noviembre: "Querida Eminencia, de todo corazón quiero darle las gracias por el texto añadido a mi contribución y por toda la elaboración que ha hecho. Me ha conmovido profundamente que haya comprendido mis intenciones: en realidad había escrito siete páginas de aclaración metodológica de mi texto y me alegra decir que usted ha sido capaz de decir lo esencial en media página. Por lo tanto, no veo la necesidad de enviarle las siete páginas, ya que usted ha expresado lo esencial en media página. Por mi parte, el texto puede ser publicado en la forma que usted ha previsto".
En la mañana del 14 de enero, el cardenal Sarah reconstruye de nuevo con un comunicado oficial todo el proceso que ha llevado a la publicación del libro: desde el 5 de septiembre pasado, cuando fue a ver a Benedicto XVI a la Mater Ecclesiae pidiéndole un "texto sobre el sacerdocio católico, con especial atención al celibato", hasta el 3 de diciembre, cuando en otra visita explicó a Benedicto XVI que "nuestro libro se imprimiría durante las vacaciones de Navidad y que se daría a conocer el miércoles 15 de enero". Entre tanto, las fechas que han marcado los distintos momentos han sido en gran parte ya documentadas con las cartas que circularon el día 13 por la tarde. En la conclusión del comunicado, el cardenal Sarah habla de "una abyecta controversia": "Perdono sinceramente a todos aquellos que me calumnian o que quieren oponerse al Papa Francisco. Mi adhesión a Benedicto XVI permanece intacta y mi obediencia filial al Papa Francisco es absoluta".
El tema es entonces por qué monseñor Gänswein, en nombre de Benedicto XVI, ha dado este insólito giro con el doble y dramático resultado de haber puesto al cardenal Sarah en serias dificultades y de haber distraído la atención de los contenidos del libro, que siguen estando en cualquier caso confirmados y al mismo tiempo son perturbadores. Además, las afirmaciones más relevantes teológicamente sobre la cuestión del celibato, que niegan absolutamente la posibilidad de excepciones motivadas por necesidades sociales, se pueden encontrar precisamente en el ensayo de Ratzinger.

Sin ninguna duda la publicación de los extractos del libro ha provocado un terremoto en el Vaticano: una verdadera bomba mientras se espera la exhortación post-sinodal con la que algunos albergan la esperanza de que el Papa Francisco se abra a las peticiones contenidas en las conclusiones, precisamente en lo que se refiere a las excepciones al celibato eclesiástico. Las reacciones de los "guardianes de la revolución" no se han hecho esperar en absoluto: si por un lado el gran jefe de la comunicación vaticana, Andrea Tornielli, ha escrito en Vatican News un artículo "normalizador" que intenta reconciliar la posición expresada por Ratzinger con la del Papa Francisco, por otro lado ha “desatado a sus hombres” con el doble propósito de cerrar la boca del Papa emérito y “manchar” al cardenal Sarah, que habría dado vueltas alrededor de un Papa emérito descrito como un pobre viejo tonto. Es significativo a este respecto que el "delfín" de Tornielli, Domenico Agasso jr., firmara el 14 de enero el artículo de apertura de La Stampa, con el título inequívoco de "El Vaticano, el nudo del Papa emérito". Resumen: "Crece la petición de un texto que prevea límites al ejercicio del magisterio del Pontífice renunciante". ¿No está claro?
Se pueden hacer una idea del tipo de presiones que habrán recibido Benedicto XVI y monseñor Gänswein quien, entre otras cosas, es Prefecto de la Casa Pontificia y por lo tanto, se encuentra en una posición delicada entre Ratzinger y el Papa Francisco. Dada la violencia de los ataques públicos, podemos adivinar fácilmente lo que ha ocurrido en privado. Eso no justifica los cambios de rumbo de monseñor Gänswein, pero tal vez se pueda entender que, ante las amenazas y falsedades que circulaban, pretendía proteger a Benedicto XVI. El problema es que obtendrá el resultado contrario: al separar al Papa emérito del cardenal Sarah sólo ha facilitado a sus enemigos su eliminación. Y al mismo tiempo ha debilitado la contribución que los ensayos de Benedicto XVI y Sarah pretenden aportar al debate sobre el celibato eclesiástico, para detener el ataque a la identidad de la Iglesia. El cardenal Sarah ha escrito en Twitter: "Considerando la controversia que ha causado la publicación del libro ‘Desde lo más profundo de nuestro corazón’, se ha decidido que el autor del libro será para futuras publicaciones: el cardenal Sarah, con la contribución de Benedicto XVI. Sin embargo, el texto completo permanece absolutamente inalterado".



lunes, 13 de enero de 2020

Sor Práxedes y los mártires ingleses


Luego del mis diálogos estivales con las sororas (¿podré llamar así a las monjas?), me quedé pensando en sor Práxedes  y en su apertura y concepto de la Iglesia, y estando en esas ocupaciones se me vino a la memoria un hecho reciente. El 3 de diciembre es una de las fiestas litúrgicas en las que se celebra a los Mártires Ingleses. Y como estaba yo en tierras británicas, me acerqué a una iglesia, y me contré con una misa solemne en rito romano antiguo. Asistí a ella y entre otras distracciones, se me ocurrieron un par de reflexiones:
1. La fiesta era de los mártires del colegio inglés de Roma. Se trata de cuarenta y dos sacerdotes que se formaron allí y que fueron martirizados cuando regresaban a su país entre 1581 y 1679. Nos separan de ellos algo más de trescientos cincuenta años, lo que no es mucho tiempo, pero hay otra distancia que es abismal. Estos mártires, como tantísimos otros, entregaron su vida por sostener la existencia de una sola fe, o bien, de la existencia de una sola y verdadera religión. ¿Cuántos sacerdotes o fieles hoy estaríamos dispuestos a hacer lo mismo? Y la pregunta no se dirige a indagar sobre la densidad de la virtud de la fortaleza que posee cada uno, sino del grado de convicción que tenemos acerca de que real y efectivamente existe una sola y verdadera iglesia, que es la Iglesia católica. Más de cinco décadas de ecumenismo no han pasado en vano y resulta muy fácil y tranquilizador ablandarse y considerar que el Testigo de Jehová, el luterano o el metodista, en última instancia, también busca a Jesús, lee la Escritura con mayor empeño que los católicos y es una buena persona, por lo que tiene todo el derecho de salvarse. A los católicos comienza a avergonzarnos el seguir afirmando que somos los depositarios exclusivos de la franquicia de la salvación. Y aunque suene política y eclesialmente incorrecto, no es más que la pura verdad.
No se trata de discutir aquí la verdad del extra Ecclesia nulla salus, ni las interpretaciones y malabares que se hicieron con ella en el Vaticano II. Se trata de algo menos teórico y más existencial. Si, efectivamente, un anglicano o un metodista pueden salvarse con los mismos títulos y derechos con que puede hacerlo un católico, ¿qué sentido tiene entonces ser católico y, consecuentemente, dar la vida por ser católico? En concreto, ¿qué sentido tuvo el martirio de los santos ingleses que celebramos el 3 de diciembre? Aquí el principio de no contradicción tiene plena vigencia: si la posición más o menos oficial que asumió la Iglesia en las últimas décadas con respecto al ecumenismo es la acertada, los mártires ingleses fueron unos estúpidos y pasmados que ingenuamente se dejaron matar por una causa que no valía la pena. No hay modo de evitar esta conclusión. Y si alguien lo descubre, le pido que me lo diga. 
La principal y quizás única objeción que puede ponerse es la remanida afirmación de que las circunstancias históricas han cambiado. El problema es que, si la aceptamos, estamos aceptando también la relatividad de la verdad, que se ajusta y amolda de acuerdo a las circunstancias, y estamos dando la razón al Papa Francisco quien afirma que el tiempo es superior al espacio. Se trata de una cuestión que exige de nuestra parte una definición: o afirmamos la santidad y el martirio de los hermanos nuestros de quienes celebramos su fiesta, o afirmamos que fueron unos ingenuos y primitivos católicos que no habían llegado a la madurez de la fe. No hay tercera posición.
2. En la misa solemne, además del sacerdote, diácono y subdiácono, había cuatro monaguillos, asistían al coro cinco sacerdotes, la schola la integraban tres cantores, y el “pueblo fiel” éramos seis personas y una monja. No llama la atención; era un día de semana al mediodía, y todo el mundo estaba trabajando, y esta circunstancia era sobradamente conocida por el párroco y los sacerdotes asistentes. Y sin embargo, igualmente decidieron celebrar una misa solemne y posterior Te Deum
Señalo este hecho porque el reflejo que tenemos la gran mayoría de los católicos actuales es pensar, en todas las circunstancias, primero en la gente. Obviamente, si se trata de organizar un espectáculo con trapecistas, payasos y monos equilibristas, hay que pensar primeramente en el público, que es el objeto hacia el cual se dirige el espectáculo. Pero los católicos —incluidos los sacerdotes y obispos—, tienen la tendencia a pensar en los actos del culto en término similares: el primer criterio para su celebración es que pueda llegar a la mayor cantidad posible de fieles. Y esto implica, entre otras cosas, utilizar la lengua vulgar, o el desatino de celebrar las vigilias de Pascua o Navidad a las ocho de la tarde. 
La cuestión es que el culto no es para los fieles; es para Dios, y realmente importa poco que asistan muchos o pocos fieles. Durante la Edad Media, cuando el obispo celebraba en su catedral las mayores solemnidades, los únicos que asistían eran los canónigos. 

Los fieles podían hacerlo, pero no veían nada; a lo sumo escucharían algunos cantos. Los sacerdotes que celebraron la fiesta de los mártires ingleses de la que hablo, entendieron que se trataba de honrar a esos santos en su día con la liturgia solemne, más allá de que hubiera pocos o muchos fieles que pudieran “aprovechar” la ceremonia. Sólo de un modo secundario la liturgia es un espectáculo, o un acto destinado a los hombres. La liturgia es el culto debido a Dios que ofrecen sus sacerdotes en representación de su pueblo, más allá de la presencia física de éste en las ceremonias. 

Para los criterios mundanos y también para los criterios eclesiales actuales, la misa de los mártires ingleses a la que asistí habría sido un rotundo fracaso: seis personas y una monja vieja —como tienden a ser las monjas últimamente—, es una calamidad que no justifica en modo alguno tal despliegue litúrgico. Y sin embargo, no tengo dudas que los santos mártires se habrán regocijado aún más, si es que esto es posible, en su eterna alegría de la contemplación de la Trinidad.