viernes, 22 de octubre de 2021

La maldición del Papa Francisco (II)

 


El segundo daño que ha hecho el Papa Francisco debido a su torpeza, si somos generosos en señalar una causa, es el que se refiere al cuidado del medio ambiente o, como diría un cristiano, de la Creación.

Sucede que frecuencia que las buenas causas, cuando son promocionadas por las personas equivocadas, despiertan rechazo. Y es lo que sucede en este caso. Que la insistencia en cuidar la naturaleza venga impulsada por la ONU, Greta, Bill Gates y, lo que es peor, el Papa Francisco, despierta en muchos —en mí, por ejemplo—, una inmediata desconfianza y el casi irreprimible deseo de hacer lo contrario. Pero soy consciente que actuar de ese modo sería dejarme llevar por las emociones y no por la razón; sería una insensatez.

Cualquier persona sensata estará de acuerdo en que debemos cuidar la naturaleza y el medio ambiente, y acordará también que las condiciones en la que se da el actual crecimiento de la población mundial implica un peligro [destaco que el problema no está en el crecimiento de la población, sino en las condiciones en las que sucede]. Los bosques y selvas tienden a desaparecer para dejar lugar a cultivos intensivos; los ríos y mares tienden a contaminarse con los productos químicos y deshechos de las megápolis; las especies animales tienden a extinguirse por falta de habitat, etc. Nadie está conforme con ver islas de botellas plásticas flotando en el océano, o con la devastación del Amazonas, o con el derretimiento de los glaciares. Desde hace más de un siglo grandes autores nos alertan con sus obras literarias acerca de este peligro. Basta leer a William Blake o a J.R.R. Tolkien. 

La Creación le fue dada al hombre para que se sirviera de ella a fin de conservarse en la existencia, y no para que la explotara a fin de aumentar desmesuradamente sus riquezas artificiales. Hay un deber de conciencia hacia el cuidado y el buen uso de los recursos naturales que son, en definitiva, regalos de Dios.

El problema de Bergoglio y de su corte de aduladores, es que defienden esta buena causa con los peores argumentos, con aquellos que les provee el establishment del mundo, y son incapaces, por cobardes o impíos, de recurrir a los argumentos que nos da nuestra fe cristiana, y que son los únicos válidos. Es verdad que el capítulo II de Laudato sì ofrece los fundamentos cristianos del cuidado de la Creación, pero ese capítulo ha pasado sin pena ni gloria. Nadie lo recuerda y nadie lo cita. Se perdió en medio de la cháchara progresista del resto del documento. 

El problema nuestro es que, sin darnos cuenta, podemos contaminarnos con el concepto moderno del sujeto individual, herencia del dualismo carteciano, y abandonar la cosmovisión tradicional cristiana, y descuidar completamente el cuidado de la Creación.

En el universo bíblico el cuerpo no es nunca algo diferente del hombre. El acto de conocer no es producto de una inteligencia separada del cuerpo. El hombre es una criatura de Dios, del mismo modo que lo es el conjunto del mundo. El mundo fue creador por la Palabra. Dios dijo y todo fue hecho; ordenó, y todo existió. La materia es, entonces, una “emanación” del habla, no está fija ni muerta, fragmentada, sin solidaridad con las otras formas de vida. No es indigna como en el dualismo. La encarnación —y el mundo creado—, es el hecho del hombre, no su artefacto.

Estas consideraciones filosóficas no son más que la racionalización de lo que el hombre medieval, el que habitaba la Cristiandad, vivía cotidianamente. Él estaba inmerso en una totalidad social y cósmica, en la que participaba del destino común a los animales, a las plantas y al mundo invisible. Cuando venían sequías o heladas, el hambre y el frío era sentido y sufrido por los hombres, por los animales y por las plantas. Todo estaba vinculado, todo resonaba en conjunto, nada era indiferente, todo acontecimiento significaba. Existía una relación de simpatía con todas las formas animadas e inertes que se juntan en el medio en que vivía el hombre. Era una suerte de “comunidad de todo lo viviente”, que imposibilitaba la separación de una forma de vida del resto del mundo.

Es la modernidad, con su dualismo y con su endiosamiento de la razón y consiguiente desprecio del cuerpo y de lo material, la que hace posible el desprecio por la naturaleza y por las otras formas de vida que no gozan del privilegio de la razón. El hombre dejó de ser el rey de la creación, tal como lo había constituido Dios, para convertirse en su tirano y dueño absoluto.

Pero hay otra razón aún más importante. Todos los seres de la Creación, aún los más pequeños e insignificantes, son una huella de Dios. Ellos nos permiten conocer más al Creador y acercarnos más a Él, y no a través de un silogismo, como parecen sugerir algunos decadentes manuales escolásticos, sino porque el cristiano percibe en ellos el eidos divino, o las razones de Dios. En la plaza de la ciudad en la que nací, había una Victoria de Samotracia hecha en yeso. La escultura descabezada no me llamaba particularmente la atención, y hasta me parecía fea. Pero cuando visité por primera vez el Louvre, y subiendo distraídamente la escalera Daru, me topé en el descanso con la escultura original, quedé fascinado. Recuerdo que no podía moverme del lugar; estuve un largo rato contemplándola, atraído, casi imantado por la belleza de la escultura griega. El eidos del artista aún habitaba en aquel trozo de mármol y ejercía una suerte de magia hacia quienes lo contemplaban. Algo similar sucede con los seres de la Creación. En ellos habita el eidos o la razón que fue concebida por el Verbo y que luego plasmó en ese ser particular. Y lo que digo no es poesía filosófica; es la enseñanza pura de los maestros cristianos, desde los Padres a San Juan de la Cruz. ¿Qué otra cosa sino esa, explica en su Cántico espiritual? Mil gracias derramando, / pasó por estos sotos con presura, / y yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura. Sí, la Creación es el reflejo de la hermosura de Dios. Y por eso mismo merece el cuidado y respeto. 

La Creación es una escala descendente de teofanías o manifestaciones de Dios. Dios desciende hasta nosotros a través de sus “energías” que lo manifiestan, y nosotros ascendemos a Él a través de la contemplación de esas “energías”, o “razones” o eidos que encontramos en las cosas. La Creación es, en definitiva, un instrumento privilegiado e imprescindible del progreso espiritual, de la santidad.

Estos son sintéticamente los motivos por los cuales un cristiano debe cuidar y preocuparse por la Creación —que no del medio ambiente, término pagano—, y se trata de un deber que obliga en conciencia. 

Sin embargo, ¿hemos escuchado a Bergoglio aludir a razones cristianas en su arranques amorosos por la Pachamama? Claro que no. Las suyas son las razones del mundo; son las razones de Greta Thunberg; son, en el mejor de los casos, las razones del paganismo redivivo que él alienta irresponsablemente. 

Una vez más, el Papa Francisco ha manchado y arruinado una causa buena y justa. Es esa su maldición. Las consecuencias las paga la Iglesia y todos los fieles católicos. 

martes, 19 de octubre de 2021

La maldición del Papa Francisco (I)


 


El Papa Francisco tiene una maldición. Así como el rey Midas tenía la maldición de convertir en oro todo lo que tocaba, Bergoglio, en cambio, todo lo que toca queda convertido en cochambre, objetos arruinados, grasosos e inservibles. Los ejemplos se multiplican. Anunció con bombos y platillos al comienzo de su pontificado que modificaría la Curia romana, y nadie podía estar en desacuerdo con tal propósito. Todo lo contrario: la Curia es —y lo ha sido durante siglos—, uno de los problemas más graves de la Iglesia. ¿Y qué tenemos luego de más de más de ocho años de pontificado? La Curia sigue tan corrupta como lo era antes, y cuando se vaya Bergoglio, dejará como único testimonio de su reforma una cárcel más grande. ¡Vaya paradoja que el pontificado de la misericordia se caracterizará por haber ampliado las mazmorras pontificias!

Pero quiero detenerme en dos de los estropicios causados por Francisco: la sinodalidad y el cuidado del medio ambiente.

La Iglesia, aunque siempre fue una institución jerárquica gobernada por los obispos, tenía también una estructura sinodal que cumplió una función fundamental a lo largo de su historia. Podríamos citar muchos casos. El concilio de Elvira, realizado en la primera década del siglo IV, convocó a la iglesia de la Hispania Bética (lo que hoy, a grandes rasgos, sería Andalucía), y reunió a 19 obispos, 26 presbíteros, y con la asistencia de los diáconos y los laicos (“adstantibus diaconibus et omni plebe”). Fue allí donde se dispuso para esas iglesias la indisolubilidad del matrimonio (DzSch 117) y el celibato de los clérigos (DzSch 118). Los sínodos o concilios de Arlés, que reunieron a los obispos de la Galia, fueron muy importante para luchar contra herejías como el donatismo o el catarismo. 

Pero más interesante aún, es que los sínodos —sean diocesanos o provinciales—, existieron hasta entrado el siglo XX, y por la sencilla razón de que fueron impuestos por el Concilio de Trento. En efecto, según los cánones de ese concilio, los sínodos diocesanos debían ser anuales, y los concilios provinciales cada cinco años. San Carlos Borromeo, el gran artífice del “espíritu” de Trento, aplicó enseguida esta disposición en su iglesia milanesa, y allí, durante su pontificado, se celebraron seis concilios provinciales y once sínodos diocesanos. 

Por otro lado, estas reuniones no eran ficciones de papel pintado. El sínodo de la diócesis de Calahorra de 1698, por ejemplo, convocado por el obispo Pedro de Lepe pide que “sean enviadas como diputados aquellas personas, que se juzgaren, y sean tenidas por más prudentes, de celo, de virtud y letras, según que en cada Partido, Arciprestazgo o Vicaría se pudieren hallar. Han de ser elegidos con ánimo indiferente, sin presión, atendiendo al bien del Obispado y no a miras humanas y partidistas”. Entre las cualidades que se exigen a los diputados destacan, la mansedumbre, la justicia y el celo por el honor de Dios y el bien público. “Han de saber expresar su dictamen en la asamblea sinodal con modestia, paz y compostura, evitando las contiendas, que dañan más que edifican”. Se establece, que por cada Arciprestazgo o Vicaría tomen parte en el Sínodo dos diputados, además del Arcipreste. Además, participan también las dos universidades que había en la diócesis (Calahorra y Vitoria). Y el resultado fue un tomaco editado en Madrid en 1700, que comprende 790 folios y consta, de cinco Libros divididos en Títulos y estos, a su vez, en Constituciones.

Otra característica es que en los sínodos o concilios en los que debían debatirse cuestiones doctrinales o disciplinares, estaban presentes todas las partes. Y cada una de ellas tenía derecho a exponer su postura y a defenderse. Al Concilio de Trento fueron invitados tanto Lutero como Melanchton, por ejemplo.

¿Qué será de los sínodos francisquistas? El Papa ya ha dicho lo que pretende: “El padre Congar, de santa memoria, recordaba: «No hay que hacer otra Iglesia, pero, en cierto sentido, hay que hacer una Iglesia otra, distinta»”. Los sínodos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia se ordenaban a hacer una iglesia mejor y más católica. Los actuales se ordenan a hacer una iglesia “distinta”. ¿Cuál es la distancia que separa a “una iglesia distinta” de “otra iglesia”? 

Las definiciones doctrinales de los sínodos, cuando aparecían, no eran más que explicitaciones de lo que ya estaba contenido en el Depositum fidei, en la Tradición. Es lo que Newman llama “desarrollo  de la doctrina cristiana”. ¿Qué ocurrirá con estos nuevos sínodos impuesto por el Papa Francisco a todas las diócesis del mundo? Si el ejemplo es el sínodo alemán, me temo que la iglesia que resultará será tan pero tan distinta que, de hecho, será otra iglesia: una iglesia más preocupada por cuidar a la “madre tierra” que por administrar los sacramentos; tan solícita con los descarriados de cualquier pelaje, que desaparecerán los pecados personales, sobre todo si son contra el sexto mandamiento; tan cuidadosa en “no juzgar” que bendecirá uniones de parejas del mismo sexo y tan ecuménica que, en la práctica, será lo mismo profesar un credo que otro, o no profesar ninguno en absoluto, con tal de ser educado y buen ciudadano del mundo.

En resumen, una institución venerable y enraizada en la tradición de la Iglesia, y capaz de causar el necesario balanceo del poder episcopal, como fue la de los sínodos, será destrozada y desacreditada por la torpeza de Bergoglio.


Una duda: Decíamos que los sínodos siempre eran verdaderamente representativos, participando aún aquellos que eran disidentes del poder episcopal. ¿Ocurrirá lo mismo en esta ocasión? ¿Serán llamados también a sumarse a los sínodos diocesanos los fieles rígidos y semipelagianos? Me pregunto, por ejemplo, si Mons. Marcelo Colombo, tan entusiasta de las iniciativas del Sumo Pontífice, invitará a participar del sínodo de la arquidiócesis de Mendoza a la comunidad parroquial más activa e importante de su territorio, por cantidad de sacerdotes, de fieles, de actividades y de celebración de los sacramentos. Me refiero al priorato de la Fraternidad San Pío X. 

Mucho me temo que las sinodalidades, aperturas y acogidas no lleguen a tanto. 

jueves, 14 de octubre de 2021

Respuesta al Prof. Massimo Viglione

 

[Desde hace ya algunos meses, el reconocido periodista italiano Aldo Maria Valli, tiene la gentileza de reproducir en su blog Duc in altum la mayor parte de los post que publico en Caminante Wanderer. 

Hoy ha publicado también mi última entrada, titulada “Resignación” y lo hace adjuntando una extensa réplica del Prof. Viglione, a la cual me veo obligado a responder]


El Prof. Massimo Viglione ha tenido la amabilidad de redactar un largo y minucioso artículo en respuesta a mi escrito titulado “Resignación”. No puedo si no agradecer su tarea y el interés puesto de manifiesto hacia mis breves líneas.

Sin embargo, me resulta difícil comprender el objeto de la respuesta del colega Viglione. Mi intención no fue discutir la Revolución sanitaria ni las eventuales tasas de contagio provocados por las vacunas, entre otras tantas cuestiones. Son temas que están fuera de mi competencia e interés.

Expresamente digo en mi artículo lo que me interesa discutir: 

Pero no me interesa discutir estas cuestiones que, en el fondo, son fenoménicas. Me interesa indagar en la psicología de aquellos que continúan esperando, como Helen White subida al tejado de su casa, el apoteósico final. En el fondo, creo yo, hay una fuerte necesidad de poblar su fe y su esperanza con hechos concretos que las confirmen.. 

En pocas palabras, lo que yo quería discutir es el modo que tenemos los cristianos de vivir las virtudes de la fe y la esperanza en el valle de sombras que estamos atravesando, oscuridades innegables que vemos en la Iglesia y en el mundo. 

Y para hacerlo, proponía utilizar como clave de interpretación de la fe y la esperanza el concepto de “resignación” de San John Henry Newman, que cito textualmente al final de mi artículo. Como cualquiera puede observar, la resignación newmaniana nada tiene que ver con la resignación según la entiende el Prof. Viglione, que llega incluso a asimilarla a la complicidad con el mal y a la pereza.

Me da la impresión entonces, que no he sido suficientemente claro en mi artículo, o bien, que he sido interpretado erróneamente, y no puedo si no lamentar cualquiera de las dos posibilidades.

martes, 12 de octubre de 2021

Resignación

 


La pandemia de coronavirus está terminando. Siempre que llovió, paró, y epidemias hubo miles en la historia de la humanidad, y siempre terminaron. Las vacunas no dejaron mortandad alguna y quienes la recibieron no se han convertido en autómatas ni en rinocerontes. El Gran Reset no se avizora en el horizonte: los mercados financieros siguen operando como antes y se recuperan rápidamente, como así también las economías nacionales. La temida gobernanza global parece una ilusión: Europa, además de fracturada por el Brexit, ni siquiera ha sido capaz de ponerse de acuerdo en políticas sanitarias comunes; Rusia se aleja cada vez más de una entente cordial con el Occidente liberal, China vive en su mundo, los talibanes volvieron al poder, y las regiones periféricas como Hispanoamérica son un mosaico de países con gobiernos de derecha virando hacia la izquierda, y con gobiernos de izquierda virando a la derecha. Es decir, el Nuevo Orden con un gobierno mundial unificado parece más lejano que hace dos años.

Esta es la situación, al menos tal como puede colegirse a partir de la lectura de la prensa. Y tengo la impresión que muchos de mis buenos amigos están decepcionados. Ellos esperaban que la peste provocara un cataclismo político y económico, que las vacunas fueran el instrumento perfecto para el dominio mundial y que el Amo del Mundo estuviera por estas horas ajustándose el traje para aparecer en escena de un momento a otro como el (falso) salvador de una humanidad desesperada. Y Bergoglio, por cierto, coronándolo y apostatando de Jesucristo. 

No parece que las cosas vayan en esa dirección: el mundo sigue como siempre y en menos de un año habrá retornado a los mismos hábitos que tenía antes de la pandemia, y Bergoglio no es más que un simple cachafaz surgido de las orillas porteñas cuyo pontificado pasará a la historia como un vergonzoso y fracasado experimento. Le monde va de lui même.

Pero no me interesa discutir estas cuestiones que, en el fondo, son fenoménicas. Me interesa indagar en la psicología de aquellos que continúan esperando, como Helen White subida al tejado de su casa, un próximo y apoteósico final. En el fondo, creo yo, hay una fuerte necesidad de poblar la fe y la esperanza con hechos concretos que las confirmen. Yo soy el primero que quisiera ver signos en el cielos y escuchar las trompetas angélicas; siempre soñé con vivir en los días de la gran persecución y ser testigo de la lucha cósmica entre el arcángel Miguel y el Hijo de la Perdición. Pero últimamente me está pareciendo que esos deseos y esas necesidades de ver signos, prestar oídos a revelaciones y apariciones y estar oteando en el horizonte los fulgores del fin, son solamente una comprensible búsqueda de muletas a la fe y a la esperanza, lisiados como estamos y debiendo caminar como debemos en este valle de lágrimas lleno de amarguras y tinieblas. Estamos cansados y necesitamos un poco de entusiasmo que nos ayude a continuar el camino, y la hipotética proximidad de un fin, y del triunfo definitivo de nuestra causa, nos lo da. Es la comprensible búsqueda de una esperanza optimista en un éxito cercano, al que nosotros podamos ver y tocar, y del que podamos ser protagonistas.

La solución, sin embargo, está en la resignación. Sí, resignarnos a que la fe y la esperanza son oscuras, que nuestra vida de cristianos es caminar ex umbris et imaginibus in veritatem,“desde las sombras y las imágenes hasta la verdad”. Y no se trata de una postura pesimista y triste. Todo lo contrario. Es la postura del gozo profundo que nos dan las virtudes que recibimos en el bautismo: que al final de todo, está Dios. 

Y mucho mejor que yo lo expresa Newman:

Llamo resignación a un estado espiritual más dichoso que la esperanza optimista del éxito presente (I call resignation a more blessed frame of mind than sanguine hope of present success) porque es el más verdadero y el más coherente con nuestro estado de naturaleza caída, el que más contribuye a corregir el corazón; y porque es aquel por el que se han distinguido los siervos de Dios más eminentes. […] Mirad la Biblia, y veréis que los siervos de Dios, aunque comenzaran con éxito, terminan decepcionados. No es que la causa de Dios y sus instrumentos fallen, sino que el momento de cosechar lo que hemos sembrado es el más allá, no aquí; a lo largo de su vida, aquí abajo ningún hombre verá mucho fruto.

Parochial and Plain Sermons 9, t. 8, del 12 de septiembre de 1830.


domingo, 10 de octubre de 2021

Don Gabino y los tres linyeras


 

por el Capitán Dalroy


No sé si la primavera se adueñó de San Etelberto o fue al revés, la cosa es que el pueblo se vistió más hermoso que Salomón en su esplendor. La tarde era un licor añoso que nos invitaba una y otra copa de silencio y reflexiones profundas, como si el horizonte y el alma fueran dos notas musicales unidas en la exactitud de la armonía. 

Allí estaba yo, luego de mi oración vespertina, intentando hallar la cifra de una espiritualidad genuina, sin sesgos, ni remaches, ni adornos. Yo, un viejo y católico de a pie, cavilando para encontrar el secreto evangélico, el centro proverbial de la Sabiduría… Una pobreza en el espíritu que nos hace ricos por dentro; y una paz que nos sosiega para la resistencia y el combate. Y un cultivo necesario y bello que nos prepara para la Fe, o nos aparta de ella por la desfachatez de nuestro orgullo. Una comunidad de santos intelectuales y analfabetos, monjes y guerreros, párrocos y pater familias, niños y ancianos que obtuvieron la Corona de Gloria que añoramos; cuyos medios veníamos pensando y conversando trasnochadamente entre amigos (¡Lo bien que le hace a uno!).  

Ensimismado en estos pensamientos, algo cansado por querer llegar donde no podía, vi una estampa que encendió mi asombro: tres linyeras –creí yo, por sus andrajos y sus barbas crecidas y despeinadas– caminando por la callejuela que linda con mi jardín. Algo inesperado en San Etelberto y que causó cierto revuelo, como era de esperarse y me enteraría luego. El asunto que viene a cuento comenzó en el mismo instante en que escuché la campanilla de mi puerta. Allí estaban los tres, casi ancianos, pidiendo algo de pan en nombre del Dios trinitario. 

No sé si fue mi hospitalidad o curiosidad la que me empujó a invitarlos a pasar y convidarles algo mejor que un trozo de pan. Ofrecí mazapán y licor de mandarinas caseros y encendí mi pipa con intención de provocar algún diálogo que resolviera el enigma… Confieso que lo sucedido fue bien distinto de las conversaciones acaloradas con mis habituales comensales. Esta vez el inquisitivo fui yo –a propósito del asunto que me tenía en ascuas– y sus respuestas fueron tan simples como diáfanas, siempre escuetas. 

Eran tres hombres de Dios, eso seguro; pero no logré saber a ciencia cierta sus orígenes ni el motivo de su peregrinación. Poco y nada me dijeron de ellos mismos, y solo contestaron a mis inquietudes religiosas por no incumplir una obra de misericordia espiritual. Sería difícil transcribir nuestra plática, las palabras ahogarían la fuerza del espíritu que me transmitieron. Sus ideas quedaron rondando en mi interior y, con el afán de darles lugar honrado, decidí probar mi afición y ordenarlas en unos versos menores que, al menos, serán una estela del tesoro que me brindaron. 

El primero de ellos, de semblante apacible y como surcado por la penitencia, fue siempre amigo de la discreción. Sus sentencias sobre la fuerza del silencio y el sacrificio en pos del equilibrio interior y la humildad en el espíritu se traslucían de algún modo en todo su ser. Y sus consejos que eran continuación de ese mismo ser, yo traté de condensarlos así:

Escuchar despacio, preguntar con tino,

huir del bullicio al silencio de Dios;

derramar la sangre que libera el alma

para asir su manto y conocer su Voz.


El segundo linyera de Dios, parecía orar cuando hablaba y casi textualmente lo hizo de esta forma:

Perderme en tu mundo viviente y sonoro,

por cada palabra un misterio de luz;

feliz vagabundo del Libro Sagrado

que en todos sus pliegues me dice: Jesús.


Ciertamente, era un “vagabundo del Libro Sagrado”. Su boca era un caudal bíblico y, en cada cita, el mismo Jesucristo latente o patente. Su oración, su estudio y hasta sus pasatiempos –perdón la irreverencia– rondaban en torno a ese Fuego que le daba luz, calor, tonada y sentido a todo su devenir temporal y espiritual. 

El tercer y último peregrino fue el más conversador y no por eso perdió la calma ni la actitud contemplativa que cargaban los tres. Noté ataviada sus mientes de cuantiosas lecturas, quizás de ciertos estudios sistemáticos que marcaron algún pasado académico. Sin embargo, desde esa multiplicidad de saberes sabía llegar a lo esencial y hasta había ido despojándose de mucho para quedarse con la mejor parte. No sé yo qué me causaba más admiración, si su sabiduría o su recogimiento… o cierta semejanza con mis experiencias y deseos. La cosa es que todo este torbellino pude abreviarlo poéticamente así:


La Sacra Escritura, Platón y los Padres,

la Misa de siempre, la guarda interior.

La oración continua, humilde y callada,

la vida acabada sirviendo al Señor.


Hasta aquí mi encuentro y escueta creación poética. Creo haber cumplido con lo que enseña el Eclesiástico: “El sabio recogerá las explicaciones de los varones ilustres”.

Había algo común en los tres, más allá de sus acentos y singularidades: una actitud monástica. No sabría decirlo distinto. No sé. Si hasta se me ocurrió pensar que quizás fueron ángeles enviados a derrumbar mis pronósticos y disputas, y a convidarme de esas aguas profundas que están más allá de las riberas de mi razón cansada… 


martes, 5 de octubre de 2021

Juan XXIV, el sucesor del Papa Francisco


 

La prensa nos informa que hace algunos días el Papa Francisco respondió a la invitación que le hizo el obispo de Ragusa (Italia) a que visitara su diócesis en 2025 de este modo: ““El Santo Padre sonrió y asintió con la cabeza, y con una broma respondió diciendo que en 2025 Juan XXIV hará esa visita”.

Los titulares y analistas se han dado desde ese día a especular acerca del sucesor en el que piensa Francisco o, al menos, en las características que debería tener. Y si espera que tome el nombre de Juan XXIV es porque lo supone comprometidísimo con el más que fracasado Concilio Vaticano II. Un buen análisis del hecho puede encontrarse en el artículo de Carlos Esteban.

Sin embargo, los argentinos no podemos dejar de señalar algunos hechos. No hay duda que el obispo de Raguso se animó a develar a la prensa el diálogo privado con Bergoglio porque este mismo le pidió que lo hiciera. Así se ha manejado siempre a lo largo de su pontificado en Buenos Aires y en Roma. ¿Qué quiso decir entonces? ¿Solamente una broma sobre su sucesor al que ya eligió nombre? 

Podría haber algo más. El P. Leonardo Castellani, jesuita argentino expulsado de la Compañía, buen teólogo y mejor escritor, y al que Bergoglio conoce muy bien, escribió una novela en 1964 titulada Juan XXIII, Juan XXIV.Una fantasía (Theoría, Buenos Aires). En ella se narra que, cuando en 1963 murió el Cónclave elige a un papa argentino, un jesuita que ejercía su ministerio en el porteñísimo barrio de San Telmo, un teólogo excepcional, cuyo nombre era Ducadelia. Pío Ducadelia, al ser elegido papa, tomó el nombre de Juan XXIV.

El cura Pío Ducadelia es un sacerdote que ha tenido problemas con la jerarquía de la Compañía de Jesús por opiniones y actitudes juzgadas irreverentes. ¿Cómo llega Ducadelia al papado sin siquiera ser cardenal? En su fantasía anticipatoria, Castellani imagina una situación mundial caótica. Francia ha ganado una guerra contra la Unión Soviética, que desaparece, y los Estados Unidos han invadido América del Sur. Ducadelia se encuentra en Montevideo, pero el arzobispo de Buenos Aires lo va a buscar y le pide que lo acompañe a Roma, como asesor en el Concilio que ha de elegir al sucesor de Roncalli. Ducadelia es un gran teólogo. Y el Cónclave, debido a la situación excepcional del mundo y de la Iglesia, lo elige Papa. 

Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía explica a lo largo de sus 342 páginas cómo la burocracia vaticana le hace la vida imposible al Papa y sabotea sus reformas. El libro narra las vicisitudes de ese papa para sobrevivir en Roma —conseguir mate, hacer comprensibles sus argentinismos, adaptar la picardía y algunos tics porteños que los romanos no entienden—. Al margen de estas tribulaciones cotidianas, Leonardo Castellani plantea la necesidad de una modernización y humanización de la Iglesia. Porque Ducadelia quiere reformar la institución partiendo de la acepción original de la palabra Iglesia, que significa asamblea, es decir, reunión de los fieles. Quiere vender los tesoros del Vaticano, quiere que los pastores sean austeros, quiere eliminar la pompa, los privilegios, las rigideces dogmáticas, quiere revalorizar la tarea de los laicos, clama contra el pecado eclesial, sale de noche a caminar por Roma y a compartir la vida de los pobres. Por todo ello le ponen palos en la rueda.

Parecería que Pío Ducadelia, Juan XXIV, es la anticipación de Francisco, o bien, que Francisco no hizo más que llevar a la práctica las reformas de la Iglesia que Castellani imaginó en su novela. Pero éste imaginó un final feliz y Pío Ducadelia era, además de excelente teólogo, una persona inteligente y hábil. Bergoglio es todo lo contrario. Y claro, el resultado es el desastre que tenemos ante nuestros ojos. 

Quizás el Papa Francisco, viendo el fracaso irremediable de su pontificado y sabiendo que su días están contados, espera que sea su sucesor que culmine la obra por él comenzada. Veremos. De lo que sí podemos estar seguro es que nunca más un argentino —y me atrevería a decir que tampoco un latinoamericano— será elegidos en un cónclave. El que se quemó con leche, ve una vaca y llora.