miércoles, 30 de noviembre de 2022

El fracaso, y desesperación, de la línea media

 


[Aclaración previa: El fenómeno sobre el que quiero plantear la siguiente reflexión es propio de una región particular de Argentina. Por eso mismo, no hago aquí referencia a los centenares de buenos y abnegados sacerdotes que pueblan el país y que hacen lo que pueden en las circunstancias en las que viven, sometidos a la tiranía de sus obispos y que por ser simpatizantes de la liturgia tradicional, los destinan a las parroquias más desoladas de la diócesis. A esos sacerdotes que, a pesar de todo, creen, esperan y continúan su oblación a Dios y a los hermanos, no me queda más que la admiración y el agradecimiento].


Luego del Vaticano II, entre mediados de los ’70 hasta comienzos del nuevo milenio aproximadamente, el catolicismo quedó divido en tres grandes líneas: la progresista, que nunca fue muy numerosa pero sí muy activa e influyente debido a las elites intelectuales que la integraban; la línea media, con matices más o menos marcados en cuanto a sus inclinaciones a derecha o izquierda, y que concentraba la mayoría absoluta, y el tradicionalismo, apenas un puñado de fieles nucleados muchos de ellos en torno a Mons. Lefebvre o en otras asociaciones. 

La “línea media” es la que en este blog hemos denominados “neocon”, sobre cuyas características escribimos mucho. Línea media o neocon es una actitud eclesial que reside en materia dogmática como un apego al oficialismo eclesial por encima de las fuentes de la Revelación, en un maximalismo teológico consistente en exorbitar el magisterio hodierno al cual no se jerarquiza, en una justificación a priori de las actitudes prudenciales de la jerarquía, y en la suposición gratuita de que la asistencia del Espíritu Santo es aceptada en forma automática por los pastores, por lo que no cabe a un católico más que la adhesión necesaria, externa y sobre todo interna a todas las decisiones que toma la jerarquía, sin posibilidad de crítica o razonamiento alguno, a la luz de la fe. Quines deseen abundar en la mentalidad neocon pueden consultar aquí un esclarecedor diccionario al respecto. 

El neocon o línea media es una especie en extinción. Se caracterizaba por una postura obediencialista, que lo hacía considerar al romano pontífice como una suerte de incuestionable hipóstasis del Espíritu Santo, que jamás podía equivocarse y que necesariamente era santo, y al que debía tributársele el culto y la oblación de la más perfecta obediencia y sumisión a su magisterio, se refiriera éste a materia teológica o cinematográfica (No exagero. Es cuestión de ver la recepción que tuvo en el medio neocon la [malísima] película La vida es bella sólo porque le había gustado a Juan Pablo II). Consecuentemente, el concilio Vaticano II era obra del Espíritu Santo y, en todo caso, tenía algunas ambigüedades que no eran particularmente problemáticas. Y consecuentemente también, todos los que se atrevían a cuestionar de cualquier modo las reformas promovidas por el Concilio, en particular la reforma litúrgica, eran leprosos y perros, que debían ser expulsados como apestados no solo de los templos, sino también de los círculos sociales (Una vez más, no exagero. En Argentina, a comienzos de los ’80, se dio el caso de profesores de la Universidad Católica Argentina que comenzaron a asistir a la misa tradicional y fueron expulsados de sus cátedras por las autoridades que hasta pocos días antes habían sido amigos cercanos y de muchos años). 

Para la línea media, la iglesia posconciliar estaba viviendo una primavera florida y perfumada, de las más sorprendentes de toda su historia. Bastaba ver el éxito del pontificado de Juan Pablo II, las masas que lo seguían y su gran logro de derribar el comunismo. Pero los años pasaron, y el pontificado de Francisco ha demostrado que ese obediencialismo era suicida (¿qué dirán los teólogos que hablaban acerca de la cuasi infalibilidad del magisterio ordinario cuando leen, por ejemplo, esta entrevista al papa Francisco publicada anteayer?) y que el éxito del juanpablismo fue solo espuma. Y afirmo que fue espuma porque de ese éxito que consideraban arrollador hoy no quedan más que despojos. Me refiero, por ejemplo, a los institutos religiosos típicamente línea media que terminaron envueltos en los más espeluznantes casos de abuso (Legionarios, IVE, Miles, etc.); el Opus Dei languideciendo y aproximándose a su agonía; el seminario de San Rafael cerrado por orden del papa que nunca se equivoca, como pregonaban sus autoridades; las JMJ que reunían millones de asistentes en los '90 y que muchos ingenuos pensaban que constituirían el núcleo de la recristianización de Europa, etc. 

Pero quiero señalar un dato más que es francamente escalofriante: las iglesias neocon están vacías. Por diversas circunstancias, en las últimas semanas debí asistir a tres misas dominicales en tres iglesias distintas en una diócesis argentina emblemáticamente línea media. En los tres casos, esos templos parroquiales los domingos tienen sólo dos misas: una por la mañana y otra por la tarde. Yo asistí siempre a la misa matutina (11 hs.), y quedé pasmado. La última vez que había asistido a misa en esas iglesias, estaban colmadas de gente, todos los bancos ocupados, como así también el fondo con gente de pie y un buen número de feligreses siguiendo la celebración desde fuera del templo, con largas colas para confesarse y dos o tres sacerdotes disponibles. En esta ocasión, pude contar los asistentes: 30 personas en un caso, 65 en otro y 53 en otro. El domingo siguiente, asistí como hago habitualmente, a la misa tradicional en la capilla de la FSSPX en una diócesis vecina. Allí tienen 4 misas cada domingo. Yo fui a la de 9 hs.: habían 250 personas. La de las 10:30 (misa cantada) y la de 12:30 tienen una afluencia aún mayor. Estimo que a la de 7:30 irá un número sensiblemente menor.

La situación que describo es el signo más evidente del fracaso de la línea media y sus representantes están, como es lógico, desesperados. Y han reaccionado orquestado una campaña consistente en conferencias virtuales, visitas, reuniones, charlas personales o por las redes, etc. a fin de advertir a los fieles, otrora sus fieles, acerca de la necesidad de permanecer en la línea media. Y es comprensible que procedan de ese modo; no hacerlo sería admitir el rotundo fracaso de la postura que sostuvieron a lo largo de toda su vida. Y hay que ser muy santo para alcanzar, como diría san Ignacio, ese grado de humildad.

Pero vale la pena profundizar en el análisis. ¿Qué ocurrió para que las iglesias se vaciaran? ¿Qué ocurrió para que los fieles que hasta hace poco no tenían problema en asistir a un culto protestante pero que jamas pisaban una iglesia “lefebvrista” se hayan volcado hoy por la misa tradicional?

En primer lugar, se impuso la evidencia. En la época de Juan Pablo II y de Benedicto XVI podía funcionar el discurso obediencialista y papólatra. En la época de Francisco, y de internet, este discurso se cae a pedazos. Lo curioso es que los referentes más encumbrados de la línea media siguen insistiendo aún hoy en el mismo argumento. No caen en la cuenta que ya están viejos y perdieron el ritmo del modo de ser y pensar del católico contemporáneo.

El confinamiento decretado por la pandemia fue también un factor decisivo. Cuando los obispos exigieron la comunión en la mano como único modo posible de comulgar, la directiva emanada de las fuentes del pensamiento neocon fue clara: no se comulga, pues no hay obligación de comulgar. Sin embargo, pasó el tiempo y llegaron las presiones episcopales; y buena parte de los sacerdotes de línea media cedió e instruyó a sus fieles a que aceptaran el nuevo modo impuesto de comulgar. Fue muy curioso que un número importante de personas, de un domingo a otro, comenzaron a poner la mano sin problemas cuando antes permanecían firmemente en sus bancos. Pero un número de fieles más importe aún decidieron que los principios no se cambian según los tiempos. Abandonaron, entonces, el rebaño neocon, cruzaron la calle y comenzaron a alimentar las misas tradicionales de la FSSPX. Y la cuestión es que algo que podría haber sido transitorio, se convirtió en permanente. Cuando pasó la locura del confinamiento, muy pocos, si es que alguno, volvió a la misa del rito de Pablo VI, y por una sencilla razón: quien conoce la misa tradicional, no puede volver al rito nuevo, así como quien se acostumbró al Rutini no puede volver al Toro Viejo.

El tercer factor es lo que está ocurriendo en estas semanas, y tiene que ver con la reacción de los referentes de la línea media, que están jugando con asustar a los fieles advirtiéndoles que la FSSPX está fuera de la iglesia y que no deben participar de sus misas. Siguen creyendo que la gente es estúpida y que internet no existe. Pero no pueden explicar cómo es posible que si están tan fuera de la iglesia, el papa Francisco les haya dado permiso universal para confesar y celebrar matrimonios, o cómo justifican que no haya problema en ir a misas donde se dicen herejías en los sermones y se celebra un rito inventado por el cura de turno y, sin embargo, sea muy peligroso ir a la misa que la iglesia celebró durante más de 1500 años. No terminan de entender que esos fieles no quieren “hacerse lefes” —el mismo Mons. Lefebvre jamás habría admitido tal cosa—, sino gozar del derecho que tiene todo católico de asistir a la misa de siempre. 

El problema es que estos referentes ya están viejos y no pueden y no quieren reconocer que se equivocaron. Y, por otro lado, admitir la situación tal y como la advierten sus antiguos fieles y seguidores supondría para ellos salir de su zona de confort y tomar decisiones difíciles que modificaría su estilo de vida. Pero es mucho más fácil seguir en la postura en la que se estuvo siempre y evitarse problemas.

El problema es que si tan preocupados están de que sus fieles se vayan con los “cismáticos” lefebvristas por qué no presionan a los obispos para que designen una iglesia en cada diócesis en la que los fieles puedan tener diariamente la misa tradicional. Algunos responden que eso ya fue ofrecido, pero pretenden tener no sólo la misa sino también el resto de los sacramentos según el rito tradicional, y eso está prohibido por Traditiones custodes. Curioso: son tan obediencialistas, pero no saben que ese tipo de prohibiciones en la mayor parte del mundo no se aplican, y con la anuencia del mismo papa Francisco; y tan cegados están en su ideología que tienen escrúpulos en que se administre, por ejemplo, el sacramento del matrimonio en el mismo rito en que se casaron sus propios progenitores, pero bajan la cabeza cuando Roma no dice nada —absolutamente nada—, con respecto al ritual vigente en Bélgica para la bendición de parejas del mismo sexo; una bendición que, por lo demás, ellos saben que se imparte en iglesias muy cercanas a las suyas, y desde hace varios años. Los fieles pueden ir sin problema a las misas celebradas por sacerdotes que bendicen la sodomía, pero no pueden ir a la de un sacerdote de la FSSPX, o a la de un sacerdote suspendido por su obispo por querer seguir celebrando el rito tradicional. 

La línea media fue solo una postura que duró algunas décadas pero que el huracán Bergoglio, e internet, agostó tal como los años agostaron a sus principales sostenedores. 


lunes, 28 de noviembre de 2022

Francisco y los desaparecidos - Aclaraciones pertinentes

 


por el Barrendero del Sacro Palacio


Es imposible explicar en unos pocos renglones la vida y trayectoria de Hebe de Bonafini, menos aún resolver el caso de Emanuela Orlandi. Mi intención fue mostrar una gran contradicción. El soberano de la Ciudad del Vaticano, que presta gran atención y se deshace en elogios con un personaje –al menos discutible– como es Hebe de Bonafini, no quiere recibir a la familia Orlandi, cuya hija desapareció y aún hoy es ciudadana vaticana. Por otra parte, él es el obispo diocesano de esa familia.

Visto que además, siendo el jefe de ese estado dijo que Emanuela Orlandi está en el cielo, sería bueno que dé razones de sus dichos. El registro civil de la Ciudad del Vaticano no registra la muerte de la chica. Sin embargo el Papa jamás dio explicaciones al respecto.

Es cierto que ya conocemos la irresponsabilidad de Jorge Mario Bergoglio sobre lo que dice. Sin embargo, pensemos cómo cayeron esas palabras para la familia Orlandi. Fueron palabras del papa, quien a su vez es el jefe de estado.

Todos conocemos los malabarismos "piadosos" del clero para sacarse a la gente de encima. Basta ir a cualquier funeral para escuchar de boca del sacerdote una especie de canonización del difunto. Pero insisto, esa frase de Francisco "certifica" una muerte hasta el momento no corroborada.

Sobre qué sucedió con Emanuela Orlandi, algunos analistas quisieron aplicar la novacula Occami, o sea buscar la explicación más simple. Esto llevaría a pensar que fue secuestrada por unos malvivientes de Piazza Navona que quisieron aprovecharse de ella y que murió la misma noche del 22 de junio de 1983. Luego, todas las falsas pistas que aparecieron habrían surgido a raíz de que la familia Orlandi empapeló la ciudad de Roma con el rostro de la chica desaparecida y eso habría dado lugar a que el caso se hiciera notorio. Dicen los mismos analistas que los ocho reclamos públicos de Juan Pablo II hablando de secuestro habría desviado más aún las investigaciones.

Este razonamiento podría explicar todo el asunto excepto porque Mons. Carlo Maria Viganò afirma que en la misma noche en la que despareció la joven, se recibió una llamada en la Sala Stampa Vaticana en la que se hablaba del secuestro de la chica. Esto sucedió aún antes de que la familia hiciera la denuncia en la policía.

Además, luego de 39 años se siguen creando falsas pistas. Y aunque es cierto que estos casos atraen a mitómanos para cobrar notoriedad, así como personas crueles que quieren crear falsas esperanzas, sin embargo en este caso lo que parece son 2 cosas:

a. Aparecen pistas que suenan a extorsión a personas que pueden tener alguna implicación en los hechos.

b. Hasta el presente no apareció nadie que proporcione algún dato capaz de resolver el caso. O sea, si la desaparición de Emanuela Orlandi hubiera sido un hecho llevado a cabo por criminales de poca monta, ya habría aparecido algún "arrepentido" que hubiera dicho dónde está el cadáver. Y eso hasta ahora no sucedió. Y convengamos en que llevarse una chica, matarla y hacer desaparecer un cadáver no es una acción que pueda hacer una sola persona sin que nadie la vea.


Juan Pablo II tuvo ocho intervenciones públicas sobre Emanuela Orlandi, además de los encuentros con la familia. Pero jamás les dijo nada que pudiera esclarecer la desaparición de la joven. Solamente habló de terrorismo internacional. Tesis a la que –al menos durante algún tiempo– habría adherido.

El papa polaco siempre mostró un trato particular a la familia. Incluso, luego de la desaparición de Emanuela, le dio a su hermano Pietro un trabajo en el IOR (Banco Vaticano). Sin embargo, luego del fallecimiento de Juan Pablo II, Pietro Orlandi quiso buscar entre los papeles del difunto papa algo relativo a la desaparición de su hermana y el cardenal Stanisław Dziwisz no le quiso responder la llamada.

Lo emblemático de este caso, es que sacó a la luz algunas irregularidades en las que está implicado directa o indirectamente el Vaticano. Se supo que en la Basílica de Sant'Apolinare (Emauela estudiaba música en el edificio anexo y en esa zona desapareció) en 1990 fue sepultado Reantino De Pedis, líder de la Banda della Magliana (crimen organizado romano). Esto por un pedido expreso del Cardenal Poletti, Vicario del papa Juan Pablo II para Roma. De Pedis murió asesinado en un ajuste de cuentas. El escándalo surgió años después de la desaparición de la chica.

Otra irregularidad fueron las tumbas del cementerio teutónico, en la Ciudad del Vaticano, abiertas para ver si allí estaba sepultado el cuerpo de Emanuela, y se descubrió que allí no estaban sepultadas ni siquiera las personas que figuraban en la lápida.

Nadie puede pensar que el actual Pontífice haya tenido participación alguna en los hechos referentes a Emanuela Orlandi. Pero sí en proteger a otras personas. Todo el "manejo" del caso Orlandi con sus anexos empaña un poco la canonización de Juan Pablo II, pues el "aparato" del Vaticano no colaboró jamás con esclarecer este caso. Muchos consideran que más bien lo entorpeció. Y resulta difícil pensar que el Papa fuera totalmente ignorante a esas decisiones.

Sin negar la buena fe de Juan Pablo II, él siempre apuntó al éxito mediático. Así es como no supo dimensionar ni enfrentar los abusos de menores; tal vez este caso tampoco.

De todos modos, insisto en que la idea es mostrar la diferente actitud de Francisco ante hechos similares, cuando éstos lo tocan de cerca.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Francisco y los desaparecidos

 


por el barrendero del Sacro Palacio

Murió Hebe de Bonafini, la activista de izquierda que, financiada con decenas de millones de dólares por el progresismo internacional y criollo, se ocupó de hacer un daño enorme al país. Como era de esperarse, se conoció el saludo que el papa Francisco le mandó por medio de Mons. “Tucho” Fernández, Arzobispo de La Plata, su ordinario diocesano.

La relación entre la histórica presidente de las Madres de Plaza de Mayo y Jorge Mario Bergoglio fue cambiante. Generalmente, distantes y por momentos enfrentados, como cuando las “Madres” ocuparon la catedral de Buenos Aires, se transformó en franca amistad desde la elevación al papado. Circula una frase atribuida a Francisco en esos momentos de gloria: “A Hebe se le perdona todo”. Y los motivos serían porque todo debe perdonársele a una madre cuyos dos hijos fueron desaparecidos en razón de sus activismo terrorista durante los años ’70. Hay que decir que son muchos los que afirman, luego de diligentes investigaciones, que estas dos personas se exiliaron, viven en España y cobraron las millonarias cifras con las que el Estado argentino indemnizó sus muertes.

Sin embargo, no se nota esta misma actitud de compasión por el drama de los desaparecidos por parte del Bergoglio hacia la familia de Emanuela Orlandi, ciudadana vaticana desparecida el 22 de junio de 1983. Desde ese día su familia la busca con desesperación y, hasta la fecha, no se sabe nada de cierto sobre su paradero. Solamente un cúmulo de pistas falsas, encubrimientos y secretos en los que también parece estar de alguna manera implicado el Vaticano. En estos días se ofrece en Netflix una docuserie con el título: Vatican girl, referida a este caso no resuelto.

Todas las líneas de investigación que surgieron en los últimos 39 años sobre el caso Orlandi ofrecen algún tipo de información más o menos fiable, pero todas quedan truncas. Se habló de terrorismo internacional (Lobos grises), crimen organizado (Banda della Magliana), servicios secretos (Stasi, KGB, CIA, SISDE, SISMI) intrigas palaciegas (“maffia vaticana”) y un largo etcétera.

Se tiene la idea de que cada una de estas pistas son partes de un rompecabezas al cual le faltan algunas piezas. Cuando se analizan las que tienen mayores rasgos de veracidad, se nota que falta un ente coordinador a todos esos componentes. Y todo confluye en que ese ente está en alguna parte del poder del Vaticano o relacionado con éste.

En ambientes romanos laicos y curiales desde mitad de los años ’80 hasta el presente se escuchan algunas hipótesis en lo que se refiere a delitos en los que la Santa Sede está de algún modo implicada:

1. El atentado a Juan Pablo II no fue con intención de matarlo sino de advertirlo, para “domesticarlo”. Prueba es que un killer de la categoría de Agca no podía fallar desde esa distancia. Más aún, hubo ese día en la Plaza de San Pedro otros disparos además de los que los que salieron del arma de Agca. El turco jugó el papel de hacerse el loco hasta su liberación. Y hasta hoy no ha dado ninguna declaración coherente que explique su accionar.

2. Emanuela Orlandi fue acosada por un eclesiástico del entorno estrecho de Juan Pablo II. En estos días, esto salió a la luz por el testimonio de una compañera de clases de la joven, pero esa versión circula desde hace décadas en ambientes cercanos a la Curia Romana y al Vicariato de Roma.

3. El comandante de la Guardia Suiza asesinado junto a su esposa, Alois Estermann, fue un agente de la Stasi infiltrado allí y murió no por un crimen pasional, sino por asuntos bien diversos. Sobre esto hay hasta libros escritos.

Siempre se supo que la Secretaría de Estado estaba infiltrada por los servicios secretos guiados detrás de la Cortina de Hierro. Basta preguntarle a cualquier obispo de los países que integraron la Unión Soviética para corroborarlo.

Puede creerse que la tercera parte del Secreto de Fátima fue el atentado al Papa del 13 de mayo de 1981. Pero es evidente que ese relato no cierra por ningún lado. La realidad es evidentemente otra. 

Apenas haber sido elegido como Sumo Pontífice, Francisco celebró la Santa Misa en la parroquia Santa Ana, la parroquia del Vaticano. Allí asistieron los familiares de Emauela Orlandi. La señora Maria, madre de Emanuela, aún hoy vive en la Ciudad del Vaticano y Sant'Anna dei Palafrenieri es su parroquia, y era la parroquia de Emanuela. Cuando se acercaron los Orlandi a saludar al Papa, éste fue informado por la custodia sobre quiénes eran. Y Francisco dijo a la madre y al hermano de la joven desaparecida: "Emanuela è in cielo".

Sobre esta frase cabe aclarar que probablemente el recién elegido papa la haya dicho para sacarse de encima a la señora Maria, asegurándole de un modo piadoso que su hija está muerta (la hipótesis más probable). Sin embargo, esas palabras pronunciadas por un jefe de estado pueden tener consecuencias legales y de parte de un papa consecuencias teológicas.

Fue esa la única ocasión en que el Santo Padre habló con los Orlandi. Nunca más los quiso recibir ni referirse al tema. Aceptó un encuentro “casual” con la mamá de Emanuela, pero con la condición de que no estuviera presente Pietro Orlandi, el hermano. Jamás explicó cómo sabe que Emanuela está en el cielo y dónde está su cuerpo en la tierra. Y tampoco para darles una palabra de consuelo siendo que es su obispo diocesano y su jefe de estado.


[El autor de este breve informe conoce los rincones y recovecos del Vaticano y, al leerlo, no podemos sino observar la diferencia de la actitud pontificia entre los caso Orlandi y Bonafini. Hebe es madre de dos desaparecidos tan desaparecidos como Emanuela. Pareciera que para Francisco hay algunos desaparecidos más desaparecidos que otros, o bien, que hay desaparecidos que reditúan políticamente y otros que embrollan.

Viene bien recordar aquí la “semántica del discurso bergogliano” de la que nos hablaba hace algunos años Ludovicus, uno de cuyos principios dice: “Despreciarás a tu prójimo y amarás (o mejor, adularás) a tu lejónimo”].

martes, 22 de noviembre de 2022

Dos buenas noticias


La primera es muy reciente. El Santo Padre nombró ayer nuevo prefecto del Dicterio para las iglesias orientales --y futuro cardenal--, a Mons. Claudio Gugerotti. Como una imagen vale más que mil palabras, en el video pueden ver una misa celebrada hace pocos meses por el nuevo prefecto.

    La segunda es conocida en término generales y tiene que ver con la elección de la nueva cúpula de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, en la que todos los candidatos francisquistas perdieron, y perdieron mal. Pero una especial mención debe hacerse a quien fue elegido Secretario: Mons. Paul Coakley, arzobispo de Oklahoma City, que reemplazará al cardenal Tobin, uno de los sostenedores más rabiosos de cuanta herejía anda suelta y que se postulaba para un nuevo mandato.
     Para los lectores de este blog será especialmente significativo saber que Mons. Coakley fue discípulo de John Senior y parte de los cientos de estudiantes que, en los '70, se convirtieron a la fe gracias a sus clases sobre los clásicos. Tiene un historial de apoyo a la doctrina de la Iglesia sobre la vida y la sexualidad y ha dicho que a los políticos que apoyan el aborto y el "matrimonio" entre personas del mismo sexo se les debería negar la Eucaristía. Fue uno de los pocos obispos que apoyó públicamente la prohibición de la comunión del arzobispo (Salvatore) Cordileone a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, a principios de este año, y ha calificado de 'demoníaca' la motivación del movimiento transgénero.
    

lunes, 21 de noviembre de 2022

Francisco, un papa providencial

 


Se trata de un tema acerca del cual siempre se vuelve de una manera u otra. Y que el paso de los años está verificando la hipótesis que en este blog arriesgamos pocos meses después del 13 de marzo de 2013: Francisco es un papa providencial.

Al papa no lo elige el Espíritu Santo; al papa lo eligen los cardenales que pueden tener más o menos disposición para seguir las gracias divinas. De eso se trata la libertad; los cardenales no la dejan a las puertas de la Sixtina cuando entran a votar. La llevan consigo, y votan lo que quieren.

Esto no significa que a Dios se le escape el curso de la historia y de su iglesia. Él es el Señor de la historia y el Logos es la cabeza de la iglesia. Nada escapará de su designio y, por eso mismo, tampoco puedo escapar el pontificado de un malandra como Bergoglio.

Como nos informaba hace pocos días el imprescindible Specola comentando una investigación que acaba de publicarse, ante la inminencia de la muerte de Juan Pablo II, comenzó a moverse en firme el grupo de San Gall. “El cardenal Murphy-O’ Connor se relacionó con el cardenal Bergoglio y lo presentó al grupo como posible candidato anti-Ratzinger. Martini fue su mayor opositor por la información que recibió desde dentro de la Compañía de Jesús. Y en cónclave de 2005, el cardenal Martini anunció al cardenal Ratzinger que pondría a su disposición sus votos”. Sin embargo, en el cónclave de 2013, Martini estaba ya fuera de juego, y se enfrentaron entonces dos candidatos: un ratzingeriano, es decir, conservador, el cardenal Angelo Scola, y un progresista, delegado de la mafia de San Gall, el cardenal Bergoglio. Y aunque la mayoría de los cardenales eran conservadores, Scola era el peor candidato que podría haberse elegido para representar esa facción: era italiano, y no había ninguna posibilidad que el sacro colegio eligiera a un italiano para el pontificado. Demasiado desastre habían hechos los italianos en las últimas décadas dentro de la iglesia; basta repasar nombres como Bertone, Sodano o Silvestrini. La candidatura de Scola fue gravísimo error de Benedicto XVI, muy propio de él: nunca tuvo buen ojo para elegir a sus ayudantes, ni voluntad para echarlos cuando descubría su verdadero rostro.

Pero, en mi opinión, Scola era también el peor candidato por otros motivos. Los que recorren los pasillos de la curia ambrosiana, aseguran que poco antes de ingresar al cónclave, ya había hecho imprimir los tarjetones con su firma como romano pontífice. Había elegido llamarse Pablo VII. Todo un programa aterrador, si recordamos el siniestro pontificado de Montini, intelectual y arzobispo de Milán como Scola. Con el hipotético Pablo VII habríamos continuado con los zapatos rojos, la muceta y hasta con la piel de conejo; con encíclicas y discursos cuidados y con un artesonado teológico que seguiría ocultando el desastre real en el que se encontraba y se encuentra la iglesia luego del Vaticano II. Habrían sido varias décadas más de agonía, suturando una y otra vez la herida a fin de evitar que los propios —sobre todo los propios—, vieran el estado terminal de la infección.

Bergoglio, en cambio, en poco tiempo dejó al descubierto la situación catastrófica tal como era en realidad. Su personalidad chabacana, sus modales chuscos, su ignorancia documentada a diario y, sobre todo, su arrogancia han sido un bofetón para aquellos que lo aclamaban como el pontífice que por fin implementaría a fondo las reformas conciliares. Y habían hecho un buen cálculo: la iglesia que representa Bergoglio es la iglesia conciliar; la iglesia de las órdenes y congregaciones religiosas moribundas, de los seminarios desiertos, de la confusión doctrinal, de la corrupción enquistada en buena parte del episcopado y del clero, de la disolución y la pérdida de la fe, de la irrelevancia social, de los templos demolidos o vendidos por falta de fieles, de la desacralización litúrgica, etc..

Nadie que tenga un mínimo de sinceridad intelectual puede negar esta situación, y nadie puede hacerse el distraído y decir que el Concilio no tuvo nada que ver: estamos viendo los frutos sesenta años después de su celebración. Y hay que decir que cada vez son menos los negacionistas. Por un motivo u otro, continuamente me llegan testimonios de sacerdotes y también de obispos en este sentido. Y cuando me ha tocado participar de reuniones con asistencia de clérigos jovenes y que de ninguna manera podrían ser adscriptos a grupos tradicionalistas o conservadores, me he quedado sorprendido por su claridad de pensamiento, su crítica clara al pontificado de Bergoglio y, sobre todo, por su fe. Son pocos, muy pocos, los que aún creen el discurso francisquista, y de esos pocos, buena parte lo hace a fin de hacer carrera y conseguir un puesto cómodo y ambiente climatizado para pasar los calores del verano, como es el caso del ecopárroco del que hablamos hace poco. 

Por eso mismo, Dominus conservet eum. Dios le de larga vida al papa Francisco, y lo tengamos entre nosotros un par de años más, a fin de que supure todo el pus que aún queda, que la herida pueda ser cauterizada y que la iglesia, débil y enclenque como todo convaleciente, pueda lentamente recobrarse de la zozobra en la que fue colocada por la imprudencia de los últimos cinco pontífices.

viernes, 18 de noviembre de 2022

miércoles, 16 de noviembre de 2022

La misa tradicional: el tesoro redescubierto

 


por Aldo María Valli


La siguiente conferencia fue pronunciada en el Encuentro Pax Liturgica el viernes 28 de octubre de 2022, al comienzo de la peregrinación Populus Summorum Pontificum por el conocido periodista de la RAI y vaticanista Aldo Maria Valli, autor del blog Duc in altum.


Quisiera hablarles de la misa antigua –aunque tal vez sería mejor llamarla la Misa de todos los Tiempos–, como un tesoro redescubierto. Una perla preciosa, un tesoro invaluable escondido durante mucho tiempo de generaciones de católicos, incluido yo mismo, pero finalmente redescubierto, por la gracia divina y el compromiso de tantos valientes creyentes.

    Creíamos, porque así nos lo dijeron, que la misa "nueva" era sólo una traducción de la "antigua", para hacerla comprensible. Descubrimos que la misa de san Pío V, la misa de todos los papas hasta Pablo VI, no necesitaba traducción alguna, porque con sus gestos, sus signos, sus textos sublimes, sus silencios, iba directo al corazón. No había necesidad de explicarla. Como la zarza ardiente, como las lenguas de fuego sobre los apóstoles en Pentecostés, es un signo claro del Misterio que nos habla. Misterio de luz y redención.

    También descubrimos que la misa "nueva", la misa de Pablo VI, tiene poco que decir, aunque lo diga en lengua vernácula. Porque no es un asunto de palabras, sino de Fe. Para muchos de nosotros fue un descubrimiento doloroso y nos preguntamos por qué nadie nunca, y durante tanto tiempo, nos habló de este tesoro escondido.

    La misa Vetus Ordo  fue llamada "forma extraordinaria" con la intención de resaltar su marginalidad. Sin embargo, la fórmula, paradójicamente, es adecuada, porque esta misa es realmente extraordinaria no solo en la forma, sino también en el fondo. En su fidelidad a la doctrina y a la liturgia, es extraordinariamente bella, rica en significado, incluso conmovedora. Mientras que la otra es tan "ordinaria" como puede ser algo de uso común, a lo que, después de todo, uno no le da demasiada importancia ni le da un gran valor.

    Este tesoro escondido, oculto a la mayoría, lo encontramos hoy confinado en iglesias casi desconocidas y a veces guardado en secreto, como si asistir a tal rito fuese peligroso, como si casi nos debiera dar vergüenza. Sin embargo, a pesar del estigma religioso y social que pesa sobre la misa de nuestros padres, de nuestros ancestros, desde hace cincuenta años, cada vez son más las personas que se acercan a ella y dicen que, una vez redescubierta, es un tesoro que no quieren dejar nunca más. Lo dicen con el asombro incrédulo de los pequeños, no con la prosopopeya de los "expertos". Y derivan de ella serenidad, alegría, un sentido de plenitud, un auténtico crecimiento de la fe: todo lo contrario –lo digo con mucho pesar– de lo que se deriva de la misa "nueva", de la que a menudo se sale triste y azorado, conturbado.

    En la misa Vetus Ordo, la Misa de todos los Tiempos, todo es sagrado, todo habla de Dios, todo se vuelve a Dios y vuelve poderosamente de Dios. Todo es extraordinario porque el sacrificio eucarístico no es ni puede ser algo ordinario. Porque se entra en una dimensión diferente, más alta, más solemne. Porque se entra en un espacio y un tiempo que no es ni puede ser un día entresemana, el espacio y el tiempo cotidianos. Porque ante el sacrificio eucarístico es espontáneo arrodillarse y dejar hablar al Misterio mismo. Queda excluido todo protagonismo humano, protagonismo que es más bien característico de la misa "nueva", destinada a celebrar al hombre, no a dar gloria a Dios.

    Quiero señalar que, habiendo nacido en 1958, crecí en la Iglesia posconciliar y durante muchos años no supe nada de la misa anterior. Recuerdo vagamente al sacerdote de cara al tabernáculo, de espaldas a los fieles, y luego, en el momento del sermón, lo recuerdo allí, en lo alto del elevado púlpito (que ya no se usa). Pero estos son, en verdad, recuerdos muy vagos, porque yo era un niño de pocos años.

    Sin embargo, el Señor fue bueno y me permitió encontrar buenos sacerdotes, como el coadjutor del oratorio al que asistía de niño. Digo esto para enfatizar que mis comentarios no están motivados por un sentido de venganza o controversia. Al contrario, agradezco al Señor por todo lo que me ha dado y por dejarme crecer en la Iglesia (en mi caso ambrosiana). Sin embargo, no tengo dificultad en decir que desde que la Divina Providencia me hizo descubrir la misa antigua, se me ha abierto un mundo maravilloso de gracia divina.

    En mi blog Duc in altum he recogido numerosos testimonios de personas que han descubierto la misa antigua después de años y años de no saber nada de ella o de haber oído hablar de ella vagamente. Por caminos misteriosos e impredecibles, la Providencia, tal como me sucedió a mí, llevó a estas personas a una iglesia, les presentó a un amigo o a un sacerdote, y he aquí el milagro del redescubrimiento. Se trata de personas de todas las edades y estratos sociales. Diferentes niveles educativos, diferentes caminos en la vida. Hay hombres y mujeres, personas que han crecido en la fe y otras que se han convertido precisamente por el descubrimiento de este tesoro escondido. Un estribillo común es: "Es como volver a casa". Porque aquí está la verdadera acogida, no la de aquellos que hacen de la acogida una ideología.

    Esa expresión, "volver a casa", la usan sobre todo los conversos que me escriben para contarme sus historias. Nunca he oído a un converso decir que él o ella han sido llevados a la Iglesia Católica por un buen programa pastoral diocesano o como resultado de cierto sínodo de obispos o en virtud de un discurso sobre el diálogo o la colegialidad. Uno regresa o aterriza en la Iglesia Católica porque está buscando la Belleza y la Verdad. Porque está buscando a Dios, o quizás porque Dios te pilló por sorpresa cuando menos lo esperas. Y es precisamente en la Misa de todos los Tiempos donde estas personas se sienten verdaderamente acogidas.

    Para aquellos que argumentan que Dios se puede encontrar en todas partes y, por lo tanto, después de todo, la liturgia no es tan importante, los conversos tienen las respuestas más efectivas. Se podrían ofrecer muchas citas de, por ejemplo, Newman o Chesterton. Pero aquí me gustaría recordar la frase de un converso menos conocido, Thomas Howard, quien escribió: "Es en el mundo físico donde nos encontramos con lo intangible". Creo que aquí el escritor estadounidense capta el significado de dos mil años de liturgia. Precisamente lo que no entienden, o no quieren entender, los promotores de novedades es que, por su descuido de la liturgia, caen fácilmente en un espiritualismo que no tiene nada de cristiano ni, en particular, de católico.

    Antes de la conversión, Howard explica: "Yo creía que la verdad cristiana debía guardarse de manera incorpórea. Era para mi corazón, no para mis ojos". Pero somos cuerpo y alma. Como dice el adagio popular italiano, anche l'occhio vuole la sua parte. Los espiritualistas, despreciando la materia y la corporeidad, no quieren un hombre más puro, más cercano a Dios porque estaría casi desencarnado: quieren inventar un "hombre interior" a su imagen y semejanza.

    Entre los muchos testimonios que he recibido sobre el descubrimiento de la Misa de todos los Tiempos hay numerosos de jóvenes. Dicen que el descubrimiento de este tesoro escondido se produjo unas veces en virtud de una llamada indistinta, otras veces por una sensación de insatisfacción e insuficiencia. Llega un día en que uno entra en una iglesia y se encuentra con la sorpresa: un ritual desconocido y aparentemente incomprensible, pero que es precisamente la respuesta que uno estaba buscando. Algo que da alivio y guía espiritual, algo que te hace crecer en la fe. Como me dijo una vez una joven, incluso aquellos que normalmente luchan por concentrarse y rezar en la misa, cuando descubren la misa antigua, quedan atrapados en lo sagrado y el tiempo cesa de existir. Sólo hay adoración, oración, acción de gracias. Y no hay ninguna necesidad de que alguien te cuente lo que está pasando.

    Incluso los detalles aparentemente externos importan. Las vestimentas litúrgicas (nada de sacerdotes ni diáconos con zapatillas deportivas), los himnos cuidadosamente elaborados tan diferentes de la música cotidiana, las mujeres con velo, los fieles de rodillas. "Me sentí feliz", me dijo esa joven. “Los himnos, aunque no entendía su significado, se elevaban con tanta gracia hacia el cielo que estaba segura de que mis oraciones subían con ellos. Y el sermón, aunque me llegó como una bofetada, me dio un gran alivio. "

    Y esto es lo que dice Anna: "Cuando asistí por primera vez a la misa Vetus Ordo, sentí como si me surgiera una nostalgia. Pero no de algo que ya había visto, porque nunca había asistido a este tipo de misa. La nostalgia que sentí vino desde muy adentro, fue como el surgimiento de algo que había estado dentro de mí todo el tiempo. El rito de la misa antigua llega más al corazón que el de la misa reformada. Me duele decirlo, pero este último se siente vacío. No digo que esté vacío, digo que me transmite ese sentimiento. Inmediatamente se lo comenté a varios amigos y los llevé a la misa antigua para que ellos también probaran. Algunos de ellos, no creyentes, quedaron muy impresionados. y me dijeron que sintieron una presencia..."

    Y Andrea: "Fue mi hijo, hasta entonces no tan religioso, quien me llamó el 8 de diciembre hace seis años y me dijo: '¡Papá, fui testigo de algo hermoso!' Era la misa en el rito antiguo, la misa cantada para la fiesta de la Inmaculada Concepción. Entonces comenzamos a asistir juntos a la misa Vetus Ordo y ahora ya no voy al Novus Ordo, que se ha vuelto, especialmente después de las payasadas introducidas por la Covid, realmente indigerible".

    Y Piero: "Cuando puedo, viajo ochenta kilómetros de ida y otros tantos de regreso y asisto a la santa misa tradicional. Algo misterioso me envuelve y entro 'en la nube'. Soy hijo de una cultura racional y no soy sentimentalista. He comenzado a estudiar las diferencias sustanciales entre el ritual de todos los tiempos, de mis antepasados, y el del llamado Novus Ordo, y ahora comprendo, en parte, por qué, cuando participo en este último, me quedo casi indiferente y muchas veces tenso. Por otro lado, no entiendo cómo puede ser que tantos sacerdotes y, peor aún, obispos, no perciban esto”.

    Un último testimonio: "¡La misa tradicional! ¡Qué regalo tan maravilloso! Las diferencias que vi entre la misa tridentina y la misa posconciliar a la que estaba (cansadamente) acostumbrado fueron, desde el principio, implacables: por un lado, la solemnidad de una celebración en la que el centro es el sacrificio eucarístico y cada gesto del alter Christus, cada palabra y cada canción son perfeccionadas por la Fe. Por otro lado, la misa moderna, en la que el centro ya no es el Sacrificio sino la aburrida homilía del 'presidente de la asamblea', en el que hay cantos que no elevan, sino que distraen y entretienen, un altar que ya no parece ser tal, sino que se ha convertido en una 'mesa', y la comunión se recibe de pie y en la mano, sin respeto ni devoción. Entonces piensas: 'Pero ¿dónde he vivido hasta ahora? ¿De qué me he perdido? En estos tres años he visto por lo menos duplicar el número de personas que asisten a la misa tradicional, y no me sorprende. Hay también mucha gente joven, y en el presbiterio, con el sacerdote celebrante, de cuatro a siete monaguillos, y sabemos que acolitar en la misa antigua no es nada fácil”.

    Con testimonios como esos podría seguir y seguir. Todos son así, llenos de asombro y gratitud, pero también de un profundo pesar por el tiempo transcurrido antes de redescubrir el tesoro. Llama la atención que, si bien provienen de fieles ordinarios, muchas veces carentes de una preparación específica en los campos teológico, doctrinal y litúrgico, estas reflexiones están en profunda sintonía con las constataciones que, desde el principio, en 1969 –el mismo año en que la promulgación del nuevo misal– fueron hechas con autoridad por quienes denunciaron el proceso de protestantización implementado con la reforma litúrgica y dieron la voz de alarma sobre el desastre inminente.

    También informo que recibo muchas solicitudes de personas que preguntan dónde pueden recibir la comunión en la lengua y se quejan de que en sus parroquias a menudo se les niega (un patente abuso de la ley litúrgica vigente). Recuerdo una carta de una señora que, habiendo pedido al sacerdote recibir la comunión en la lengua, no sólo se la negó, sino que le dijo: "¿Qué les pasa a ustedes los tradicionalistas? ¿Por qué están tan obsesionados?" Palabras que hablan por sí solas y que explican muchas cosas, sobre todo en cuanto a la formación que reciben los sacerdotes.

    Ahora la pregunta es: ¿Por qué golpear, marginar y tratar de eliminar la Misa de todos los Tiempos si, aunque tan perseguida, sigue dando tan bellos y copiosos frutos de fe? ¿Por qué esta misa nos ha sido arrebatada autoritariamente?

    Las respuestas pueden ser muchas. Me viene a la mente, en primer lugar, lo que el diablo Escrutopo le escribe a Orugario: "Uno de nuestros grandes aliados en la actualidad es la Iglesia misma" (CS Lewis, Las cartas del diablo a su sobrino). Pero tal vez la Misa Eterna ha sido objetivo de eliminación porque, si los líderes de la iglesia simplemente hubieran colocado la misa reformada junto a ella, ciertamente esta última atraería gradualmente a menos y menos. La Misa Apostólica Eterna es tan profunda y auténticamente católica que inevitablemente expone las falsificaciones implementadas por aquellos que dicen ser católicos, pero no lo son.

    En la Misa de todos los Tiempos no hay necesidad de invitar a la actuosa participatio y no hay nada que "animar" (cuando escucho hablar de "animación" de la misa, sonrío con amargura). En la Misa de todos los Tiempos sólo hay que arrodillarse ante el mysterium tremendum. Pero para arrodillarse, para reconocerse pecadores ante Dios, es necesario ser humildes, despojándose del orgullo, del protagonismo y de la vanidad que lleva a lucirse, protagonismo que en cambio domina indiscutiblemente en el campo modernista, marcado por la pretensión de "hacer" la Iglesia.

    Por eso, una vez que has redescubierto la Misa de todos los Tiempos, la misa "nueva" te causa malestar: estás en presencia de una distorsión, de una caricatura. Sientes que no tienes nada que ver con ese sentimentalismo vacío, ese rito que a menudo parece tener lugar para dar gloria no a Dios sino, bajo la apariencia de Dios, al hombre.

    Ahora bien, puesto que el tesoro que hemos redescubierto, a pesar de todos los esfuerzos de quienes hubieran querido y aún quieren mantenerlo escondido, es patrimonio de la Iglesia, de los fieles y de toda la humanidad sedienta de verdad, de caridad y de trascendencia, debemos ser conscientes de que tenemos derecho a una restitutio in integrum. No nos cansemos de señalar la iniquidad del abuso, aunque el abuso provenga de la más alta autoridad.

    Quiero citar algunos pasajes de la carta que los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci escribieron a Pablo VI para presentar su famoso Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae. Los dos cardenales escribieron que el Novus Ordo “se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la santa misa tal como fue formulada por la XXII sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los ‘cánones’ del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio”.

    Luego precisaron: “Las razones pastorales atribuidas para justificar una ruptura tan grave, aunque pudieran tener valor ante las razones doctrinales, no parecen suficientes. En el nuevo Ordo Missae aparecen tantas novedades y, a su vez, tantas cosas eternas se ven relegadas a un lugar inferior o distinto –si es que siguen ocupando alguno– que podría reforzarse o cambiarse en certeza la duda que por desgracia se insinúa en muchos ámbitos según el cual las verdades que siempre ha creído el pueblo cristiano podrían cambiar o silenciarse sin que esto suponga infidelidad al depósito sagrado de la doctrina, al cual está vinculado para siempre la fe católica”.

    “Las recientes reformas”, prosiguieron los dos cardenales, “han demostrado suficientemente que los nuevos cambios en la liturgia no podrán realizarse sin desembocar en un completo desconcierto de los fieles, que ya manifiestan que les resultan insoportables y que disminuyen incontestablemente su fe. En la mejor parte del clero esto se manifiesta por una crisis de conciencia torturante, de la que tenemos testimonios innumerables y diarios”.

    Por último, un énfasis que nos atañe de cerca: “Los súbditos, para cuyo bien se hace la ley, siempre tienen derecho y, más que derecho, deber –en el caso en que la ley se revele nociva– de pedir con filial confianza su abrogación al legislador. Por ese motivo suplicamos instantemente a Su Santidad que no permita, –en un momento en que la pureza de la fe y la unidad de la Iglesia sufren tan crueles laceraciones y peligros cada vez mayores, que encuentran cada día un eco afligido en las palabras del Padre común–, que no se nos suprima la posibilidad de seguir recurriendo al íntegro y fecundo misal romano de san Pío V, tan alabado por Su Santidad y tan profundamente venerado y amado por el mundo católico entero”.

    ¡Recordemos que Deus non irridetur [Dios no será burlado]! La terrible advertencia de san Pablo es clara. Y también se refiere a la liturgia. A los que todavía afirman que “no se puede entender el latín”, les respondo que hay muchas ayudas y, en todo caso, la idea de que hay que ir a misa para “entender” es fruto de un racionalismo que, una vez penetrado en la Iglesia, impide ser transportado al misterio eucarístico y dar gloria al Padre.

    El autor italiano Giovannino Guareschi, célebre por su personaje Don Camilo, escribió páginas inolvidables en defensa de la misa tradicional, y lo hizo con mordaz humor contra los “renovadores”, aquellos que, como decía Ottaviani, están enfermos de “comezón de cambios”. “El latín”, escribió Guareschi, entre otras cosas, “es una lengua precisa, esencial. Será abandonada no porque sea inadecuada a las nuevas exigencias del progreso, sino porque los hombres nuevos ya no serán adecuados a ella. Cuando la era de los demagogos, de los charlatanes, comience, un idioma como el latín ya cumplirá un propósito, y cualquier patán podrá impunemente hacer un discurso público y hablar de tal manera que no sea expulsado de la plataforma. Y el secreto consistirá en que él, aprovechando una fraseología tosca, esquiva y con un ‘sonido’ agradable, podrá hablar durante una hora sin decir nada. Lo que es imposible con el latín.”

    En la misma línea, el cardenal Ottaviani explicó que el latín “por su estructura, por su intacta y genuina capacidad de síntesis, por su fijeza, es decir, por su continuidad incorrupta, por su valor expresivo, es el más adecuado para preservar el sentido genuino de cualquier doctrina”. ya que desconoce “el fenómeno de la continua transformación de las lenguas vernáculas por el paso de los siglos”. 

    Agregaría que el latín es el sello de la Tradición y universalidad de la Iglesia, mientras que con la lengua vernácula se ha abierto el camino a los abusos y particularismos de quienes consideran a la Iglesia como un organismo humano, siempre necesitado de adaptación.

    Todos aquellos que continúan tomando partido contra el antiguo ordo Missae e inventando formas cada vez más viciosas de combatirlo, deberían hacerse una simple pregunta: ¿Por qué, a pesar de todo, no ha desaparecido? ¿Por qué hay sacerdotes y fieles que se mantienen apegados a él y lo defienden enérgicamente? Y luego otra pregunta: ¿Por qué, a pesar de la reforma litúrgica, la Iglesia está perdiendo fieles y vocaciones? ¿Y por qué, por el contrario, la misa antigua, en contraste con las inmisericordes estadísticas, atrae cada vez a más personas?

    Desgraciadamente, son cuestiones que no son tomadas en consideración por quienes tienen una visión ideológica de la realidad y también de la Iglesia. 

    Estas son mis pobres reflexiones como católico posconciliar que por la gracia de Dios ha redescubierto el gran tesoro escondido. Por este regalo, Deo gratias! Y para los modernistas, nuestra oración: “Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen. Si lo saben, perdónalos de todos modos. Y haz que dejen de estorbarnos”.


Traducción de Agustín  Silva Lozina