miércoles, 20 de noviembre de 2019

Continuidad de la hermenéutica

El lunes pasado el Santo Padre recibió a los participantes del encuentro promovido por el Instituto para el Diálogo Interreligioso de Argentina y, graciosamente, les brindó un discurso.
En una de sus partes más memorables dijo: 
Me viene como símbolo una escena de la Chanson de Roland, cuando los cristianos vencen a los musulmanes y los ponen todos en fila delante de la pila bautismal, y uno con una espada. Y los musulmanes tenían que elegir entre el bautismo o la espada. Eso hicimos los cristianos.
Brevemente y dejando de lado el detalle de la dudosa historicidad de los detalles del poema épico de Rolando, el Papa Francisco condena y casi se disculpa por una actitud que tuvo la Iglesia durante varios siglos y, por otro lado, pareciera que equipara el islam al cristianismo.
Por cierto y con razón, ya comenzó el rasgado de vestiduras en los ámbitos virtuales.
Pero les dejo este recorte aparecido en el año 1999 en el diario La Nación [y agradezco al amable lector que me lo hizo llegar]:



Creo que los comentarios huelgan. ¿Hay alguna novedad en lo que dice Francisco? Sí, la vulgaridad. El resto, no es más que la continuidad con lo que decía Juan Pablo II

Yo soy el primero en señalar y criticar las barbaridades de este pontificado, pero no podemos negar el pasado: Francisco es la continuación degradada de Juan Pablo II.

martes, 19 de noviembre de 2019

Segunda a Timoteo



Estimado Wanderer, no sé si ha visto como armé un pequeño revuelo en su blog de Ud., a propósito de un comentarista que me impacientó sobremanera. Aquí el ripio sobre el que tropecé: 
…soy admirador de su blog, pero me gustaria que trate no tantas críticas, aunque haya motivos, sino soy admirador de su blog, pero me gustaria que trate no tantas críticas, aunque haya motivos, sino temas para aumentar la piedad y seguir a Jesucristo en estos tiempos, pues lo necesitamos y usted es muy leido y piensa correctamente.. cordialmente, pues lo necesitamos y usted es muy leido y piensa correctamente.. cordialmente
Se conoce la juventud de este comentarista (sobre todo por las faltas de ortografía) y también podríamos presumir que no le falta buena intención. Pero, como digo, igual, me impacientó. ¿Por qué, me preguntará Ud., habiendo tantas cosas malas y estúpidas dando vueltas, me iba a detener justamente en esta? Por varias razones, que paso a enumerar. 
  1. Porque denota a un típico católico de nuestro tiempo que todavía no se ha enterado que estamos en guerra. Que estamos en guerra contra el Anticristo y su Anti-Iglesia. Que es una guerra terrible (y muy despareja). Que nuestros enemigos son innumerables y que tienen los fierros. Yo soy católico desde la cuna y hace más de 50 años que siempre supe esto. Que está lleno de curas, de monjas, de religiosos, capillas, organizaciones, obispos, cardenales y Papas que trabajan (más o menos formalmente) para el enemigo y contra Cristo. Los detesto, claro está, sobre todo porque se hacen pasar por católicos y nos persiguen más o menos solapadamente y de todas las maneras posibles y porque usurpan sus puestos, oficios y funciones. No creo que en los días que pasan eso se pueda negar, como queda clarísimo en su último post de Ud. sobre el sinvergüenza de Mons. Arizmendi (uno solo de los innumerable botones de muestra de esto que digo). 
  2. Ahora, en esta guerra que digo, profetizada decenas de veces en el Evangelio, se hace una “crítica” considerablemente más incisiva que la de Ud., don Wanderer. Por ejemplo la de San Pablo: 
“Has de saber que los últimos días sobrevendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amadores de sí mismos y del dinero, jactanciosos, soberbios, maldicientes, desobedientes a sus padres, ingratos, impíos, inhumanos, desleales, calumniadores, incontinentes, despiadados, enemigos de todo lo bueno, traidores, temerarios, hinchados, amadores de los placeres más que de Dios” (II Timoteo 3:1-4). 
¿Qué diría sobre esto, por ejemplo, nuestro estimado Anónimo? Que le gustaría que en sus cartas Pablo no incluya “tantas críticas”? Que preferiría que Pablo trate “temas para aumentar la piedad y seguir a Jesucristo en estos tiempos”?
  1. Por supuesto que una cosa no quita la otra, pero el comentario me pareció especialmente desafortunado por lo que sigue. Esta guerra es muy particular, pero no deja de ser una guerra, en la que abundan los traidores, con propuestas inmundas y protestas hipócritas, como cuando uno se queja de que la Magdalena “gaste” una libra de ungüento de nardo puro de gran precio sobre la persona de Jesucristo, en lugar venderlo para darle plata a los pobres. Que nos recuerda lo que pasa con la liturgia y los progres de hoy. Si uno tiene devociones y vida interior y oración y vida sacramental, enhorabuena. Pero que no salga a ventilar todo eso en medio de la batalla, proponiéndolo como alternativa al combate (ni nunca, que la vida interior es interior).  
  2. Yo, que milito, como digo, hace más de medio siglo en este combate, estoy especialmente podrido de los que nos quieren amilanar, ablandar, torcer en la ortodoxia, aguar la ortopraxis con pedazos de beatería, devociones impúdicamente desplegadas a los cuatro vientos, los que engolan la voz cuando hablan de Jesucristo (supliendo la franqueza con aires de santurrones), con agua bendita, cachos del Evangelio (recortados con tal fin), los papólatras y “obedientes”, los buenistas… me tienen especialmente podrido los meapilas, los mojigatos y “católicos de letrerito”, los dubitativos seriales “que siempre están aprendiendo y nunca serán capaces de llegar al conocimiento de la verdad” (II Tim. 3:7). En una guerra como la que estamos, gente así en tu propia trinchera resulta especialmente peligrosa y como nos enseñó Castellani, hay que liquidar a esos primero, antes de hacer frente al enemigo.   
  3. Quizás haya una docena de blogs en lengua española que tienen esto perfectamente en claro. No creo que más. Y luego está repleto de blogs de espiritualidad, apostolado, apologética, estudios escolásticos y de la Escritura que son, muchos de ellos, harto recomendables. Pero están en las bibliotecas de los ministerios de guerra. Wanderer está en el frente de batalla y yo espero que también. Cada tanto, nos dan licencia, salimos de las trincheras y volvemos a alimentarnos de todo aquello que tanto queremos y por lo que estamos peleando. Platón decía que el dios Jano tiene dos caras: una, de malo, mirando al enemigo; la otra, tierna y amorosa, contemplando las cosas que ama y por las que pelea. 
Lamento que el Anónimo de este caso (y algunos otros comentadores) no vean esto, que, al final, es más fácil que la tabla del uno. En cuanto a la acusación de soberbio, difícil de defenderme y sólo diré una cosa: puede ser, no vayan a creer, puede ser. 
Cordialmente, 

Jack Tollers   


viernes, 15 de noviembre de 2019

¡Qué vergüenza, Mons. Arizmendi!


Cuando yo era pequeño y hacía alguna travesura, mis padres me retaban y era habitual que en sus regaños me dijeran: “¡Qué vergüenza! ¡Cómo podés haber hecho esto!”, o bien: “¿No te da vergüenza?”. Para mi, estos retos eran mucho más efectivos que las amenazas con el viejo de la bolsa, pues me sentía verdaderamente avergonzado.

Cuando leí la columna que escribió Mons. Felipe Arizmendi, encargado de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Mexicana, sobre los actos idolátricos en el Vaticano, mi reacción fue decirle: “¡Qué vergüenza, monseñor!” Pero habría sido inútil. Esta gente no tiene vergüenza, y no pretendo que la tenga por escribir semejantes sandeces, sino por aceptar el cargo de “defensor de la fe” en la noble nación mexicana. Personajes como Arizmendi nos hacen sentir nostalgia por los viejos tiempos en que los herejes y contrincantes de la fe al menos sabían teología, y se podía tener con ellos una discusión con cierta altura.
Y para peor y más vergüenza, la reflexión de Mons. Arizmendi no solamente se publicó en un sitio mexicano sino que, traducida al italiano, fue publicada en L’Osservatore Romano y en Vatican News. Deberíamos decir también entonces: “Santidad, ¿no le da vergüenza?”. No puede la Iglesia dar lugar en sus órganos de prensa a semejantes mamarrachos que no resisten el análisis de un buen estudiante de bachillerato.
En el primer párrafo, dice Mons. Arizmendi refiriéndose a la Pachamama: “No son diosas; no fue un culto idolátrico. Son símbolos de realidades y vivencias amazónicas, con motivaciones no sólo culturales, sino también religiosas, pero no de adoración, pues ésta se debe sólo a Dios”. La invalidez de este razonamiento es palmaria y es casi superfluo analizarlo. Nos dice el obispo que la Pachamama es un símbolo de realidades amazónicas con motivaciones religiosas pero no objeto de adoración pues esta sólo se debe a Dios. Para empezar, debería explicarnos qué entiende por “símbolo con motivaciones religiosas”, y qué tipo de culto se le debe a este tipo de simbologías, pues lo cierto es que en los jardines vaticanos se les rindió algún tipo de culto. Según me enseñaron a mi en el catecismo, la Iglesia reconoce tres clases de culto: latría, que se debe a Dios; dulía, que se debe a los ángeles y santos, e hiperdulía que se debe a la Santísima Virgen. ¿En cuál de los tres habrá que incluir a los “símbolos con motivaciones religiosas”, o habrá que crear una nueva categoría?
Otra dificultad es que la Iglesia afirma que el culto no se le rinde a las imágenes sino a quienes ellas representan: el Señor, la Virgen o los santos, que son en todos los casos personas y no entidades naturales o imaginarias. La Pachamama, en cambio, simboliza “realidades y vivencias amazónicas” y, como aclara más adelante el obispo mexicano, se trata de la tierra a la que los indígenas “reconocen como una verdadera madre, pues es la que nos da de comer, la que nos da el agua, el aire y todo lo que necesitamos para vivir”. Es decir, dan culto a una realidad que no es persona, por más que el prelado la llame “verdadera madre”, sino un ser material inanimado. Debemos concluir en buena lógica, entonces, que dan culto a seres de la naturaleza, lo que técnicamente se denomina idolatría. Más aún, ídolo proviene del griego εἲδωλον que significa, entre otras cosas, imagen  o representación mental, casi como si dijéramos un símbolo de realidades extramentales, con lo que idolatría sería la adoración de símbolos, de esos mismos que nos habla el obispo.
Es llamativo también el modo elemental con el que Mons. Arizmendi completa su razonamiento: como el culto de adoración se debe sólo a Dios, el culto que los amazónicos rinden a la Pachamama no puede ser de adoración porque la Pachamama no es Dios. Es una lástima que los mártires de los primeros siglos no hayan contando a Su Excelencia entre sus pastores  porque, en ese caso y apelando a tan magistral silogismo, se habrían ahorrado la vida. Santa Perpetua, o Santa Inés, o San Sebastián, por ejemplo, habrían podido razonar del siguiente modo: “Como la adoración sólo se debe a Dios, y Jupiter no es Dios, el culto que yo rindo a Jupiter no es idolatría”. ¡Cuánta sangre y dolores nos habríamos ahorrado si la lumbrera mexicana no hubiese iluminado antes el firmamento de la Iglesia!

Otra afirmación del obispo que llama la atención es la siguiente: “Es mucho atrevimiento condenar al Papa como idólatra, pues nunca lo ha sido ni lo será”. ¿Cómo sabe él que no lo será? ¿Se lo habrá profetizado algún chamán? Yo creo que está afectado por el papismo exacerbado en el que sumió a la Iglesia el ultramontanismo de Pío IX y que ha dado, como lo preveía el santo cardenal Newman, los resultados que están a la vista: por una cuestión meramente voluntarista, el Papa no puede ser idólatra. Todavía creen que al Papa lo elige el Espíritu Santo…
Pero pasemos a un segundo nivel de análisis del texto de Mons. Arizmendi. La cuestión del culto a la Pachamama no es algo que debamos sindicar a los indios sino a los “misioneros” actuales. La talla que todos vimos y que luego hizo buceo en el Tiber, ciertamente no fue diseñada por un amazónico. Sospecho que la autora fue una monja alemana que, junto a algún fraile español, “evangelizan” en el Amazonas predicando a un Cristo aguado que no tiene problemas en convivir con los dioses originarios. Es que —dicen ellos—, hay que ser respetuosos de las culturas y creencias locales, que tienen mucho por enseñarnos, que no podemos imponerles una religión europea, que el respeto por la diversidad, y que toda la monserga progre que ya conocemos. Total, que no le dan a los aborígenes la fe, sino hilachas de la fe.
La práctica de la Iglesia hasta el Vaticano II era arrasar con los cultos paganos luego de evangelizado un pueblo. Y eran precisamente los mismos pueblos recién convertidos los que quemaban a sus antiguos dioses. Era ese el modo más eficaz de evitar que volvieron a caer en la idolotría, tan castigada por un Dios celoso como es el nuestro. Es como si un joven de vida disoluta se casara y su mujer le permitiera continuar con visitas —o “simbologías con motivaciones religiosas”— a sus antiguas amigas y amantes. El Dios de los cristianos es un Dios que rechaza el poliamor y los matrimonios abiertos.
En el fondo, lo que ha ocurrido en los jardines vaticanos no es más que la floración pública del actual “carácter misionero de la Iglesia”. Ya no existe; ya no tiene sentido ser misionero y entregar la vida a Dios en esa función, puesto que ya no se convierte a los paganos ni es posible hacer proselitismo. A lo más, habrá que enseñarles a lavarse las manos antes de comer.
Finalmente, un último nivel de análisis. Si leemos con cierta atención, las motivaciones que ofrece Mons. Arizmendi en su columna no son teológicas; son pura y meramente emotivas. Por ejemplo, nos narra sus experiencias personales aquí y allá, y nos dice: “¡Estupenda respuesta! ¡Eso son! Son manifestaciones del amor de Dios,…”; o “Antes de conocerlos y compartir la vida y la fe con ellos, sentía la tentación de juzgarlos y condenarlos como idólatras; después, aprecié su respeto a estos elementos de la naturaleza…”. Se trata de respuestas a una cuestión muy seria —si se rindió culto idolátrico en los jardines del vaticano en presencia del Santo Padre— que es respondida desde la subjetividad, desde la experiencia personal, desde las emociones y los afectos, y no desde la razón, como corresponde a un ser humano.
MacIntyre advirtió en su libro Tras de la virtud que el discurso moral contemporáneo es no racional, y que se basa en la emotividad. “Si se aman y no hacen mal a nadie, ¿qué de malo tienen las relaciones entre personas del mismo sexo?”, es una respuesta emotiva, despojada de cualquier racionalidad, frente a una situación moral determinada. Lo que estamos viendo en discursos como el de Mons. Arizmendi, es que en el plano teológico está ocurriendo algo similar. Ya no hay argumentaciones racionales; es la pura emotividad, o la experiencia subjetiva, la que se impone a la hora de definir y de enseñar.


La vergüenza que debería sentir Mons. Felipe Arizmendi y no la siente, la siento yo. En verdad, me avergüenzo que la Iglesia haya caído en un estado de postración tan grande y que sus obispos sean capaces de publicar columnas como la que hemos leído y que, para peor, se las replique en los medios de prensa de la Santa Sede.

martes, 12 de noviembre de 2019

Racionalidad II: Arqueologismo



Si de verdad queremos que la Iglesia salga renovada y fortalecida de la crisis por la que está atravesando, debemos hacer las cosas seriamente, y nuestras observaciones y críticas, para que sean realmente efectivas, deben ser racionales. Si nos vamos en declaraciones rimbombantes, alegatos firmados por centenares de buenos católicos y rosarios con aparato frente al Castel Sant’Angelo, la verdad es que mucho no vamos a conseguir. Y las pruebas están a la vista. En definitiva, se trata de enfrentar la realidad tal como es y sin interponer nuestros prejuicios y los diktaten emanados de autoridades muchas veces autoconstituidas.
Hace unos días publiqué un breve y sintético repaso histórico sobre la evolución del tema del celibato eclesiástico en la iglesia latina, con el fin explícito de mostrar que los sacerdotes célibes siempre fueron el deseo de los concilios, papas y doctores pero que la norma fue resistida y sólo recientemente —luego de Trento—, pudo ser aplicada de modo permanente y universal. Con lo que, si la posibilidad de ordenar hombres casados se había discutido en el sínodo de la Amazonia, eso no significaba el acabose de la Iglesia, pues era ésta una agitación por la que había pasado muchas veces en la historia.
Junto a varias y valiosas reacciones racionales a la entrada, hubo otras que no lo fueron. Muchos aseguraron que el elenco histórico propuesto no hacía más que avivar la posibilidad de eliminar el celibato. Eliminemos la historia, entonces, y construyamos un relato, parece ser la solución que proponen. Otros señalaron que el problema es que yo soy un encubierto defensor de Bergoglio; cualquier cosa que diga, entonces, estará viciada. Frente a semejante argumento, no tengo otra respuesta más que lo que he escrito en esta misma página desde 2013 a esta parte. Otro, con una agudeza destacable, constató que yo no digo en el post que el concilio de Trullo no ha sido aceptado por la iglesia romana lo cual, como queda claro, cambia completamente la situación… En fin, que si esta es la resistencia que ofrecemos a los enemigos de la Iglesia que se han enquistado dentro de ella, me temo que la victoria no será nuestra. 
Una de la objeciones que recibí y que más me sorprendió es la que aseguraba que el abandono del celibato significaría un error de arqueologismo. Esto terminó de fastidiarme porque se trata de un sanbenito que de tanto en tanto aparece en los comentarios. “Arqueologismo”, espetan, y con ese rótulo ya dan por solucionado el problema. Y yo me temo que muchos han escuchado esa palabreja a algún curita que se la leyó a Bonneterre, autoridad suprema e indiscutible, y de ahí en más la usan para fijar a cualquier cosa que les huela a viejo y no les gusta. Veamos entonces, qué es el arqueologismo, cuándo debe ser aplicado y también, los peligros que trae el andar meneándolo.
El término aparece en la encíclica Mediator Dei del Papa Pío XII, de 1947. Se trata de un documento en el que el Papa Pacelli salió a “marcarle la cancha” al Movimiento Litúrgico que había comenzado ya con sus experimentos y sus presiones para reformar la misa, lo que obtuvieron en parte durante ese mismo pontificado, y en parte luego del Vaticano II. En el nº 82 dice: “Tal manera de pensar y de obrar hace revivir, efectivamente, el excesivo e insano arqueologismo despertado por el ilegítimo concilio de Pistoya, y se esfuerza por resucitar los múltiples errores que un día provocaron aquel conciliábulo y los que de él se siguieron,…” (Haec enim cogitandi agendique ratio nimiam illam reviviscere iubet atque insanam antiquitatum cupidinem.)… El sínodo al que hace referencia tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XVIII y fue condenado por el Papa Pío VI. En él se proponían una serie de reformas de la Iglesia, muchas de las cuales estaban falsamente basadas en un supuesto retorno a las costumbres y organización primitiva de la Iglesia. En el fondo, se trató de un intento galicano de volver a las iglesias nacionales más o menos independientes de Roma.

Para nuestro interés, lo primero que observamos es que el texto latino habla de un “insano deseo por lo antiguo —insanam antiquitatum cupidinem— que el traductor simplificó por “arqueologismo” dado a luz la bendita palabrita. Pío XII condena un “excesivo e insano arqueologismo” por lo que, en buena lógica, existiría un “deseo por las cosas antiguas” o una vuelta a las fuentes litúrgicas primitivas, que no sería insano en tanto no fuera excesivo y que, consecuentemente, no sería arqueologismo y ni siquiera tendría que ver con la arqueología. Esto lo había explicitado ya en el nº 79, donde dice: “Es en verdad cosa prudente y digna de toda alabanza volver de nuevo, con la inteligencia y el espíritu, a las fuentes de la sagrada liturgia, porque su estudio, remontándose a los orígenes, contribuye mucho a comprender el significado de las fiestas y a penetrar con mayor profundidad y exactitud en el sentido de las ceremonias” (Ad sacrae Liturgiae fontes mente animoque redire sapiens profecto ac laudabilissima res est,…). Es decir, no está condenado de ninguna manera el empeño y la voluntad de muchos de retornar al estudio de los antiguos ritos de la Iglesia e incluso de restaurar aquello que puede ser lícitamente —es decir, con la autorización de la Santa Sede— restaurado. Y me refiero, por ejemplo, a la restauración de los ritos de  Semana Santa previos a la reforma de Pío XII, que muchos consideran un intento “arqueologista”. 
Incluso, por qué no pensar en restaurar los ritos latinos que no fueron abolidos por San Píos V puesto que tenía más de dos siglos de antigüedad, y que estaban en igualdad de condiciones de algunos ritos vigentes aún hoy como el mozárabe en Toledo, el bracarense en Braga o el ambrosiano en Milán. Recordemos que la iglesia latina tenía variedad de ritos que, sin ser demasiado diferentes entre sí, eran una muestra de su riqueza y diversidad de origen. La leyenda piadosa dice que estos ritos cayeron en desuso debido a que reconocieron la superioridad del rito romano. Lo cierto es que las razones fueron bastante más prosaicas. Que una diócesis francesa, por ejemplo, conservara su rito propio implicaba que el obispo debía proveer misales y breviarios para sus sacerdotes, e imprimirlos era muy caro. Antes de la aparición de la imprenta, copiar un misal del rito parisino o un misal del rito romano, tenía el mismo precio puesto que significaba el mismo trabajo para el copista. Pero mandar a imprimir cien misales para las parroquias de París no es lo mismo que mandar a imprimir diez mil ejemplares para todas las parroquias del mundo. Una cuestión práctica y económica fue una de las razones -no la única claro-, por la que se adoptó de modo casi masivo el rito romano, perdiéndose en el camino ritos legítimos y venerables por su antigüedad. 
Y sigue el Papa Pío XII en el mismo párrafo: “… pero, ciertamente, no es prudente y loable reducirlo todo, y de todas las maneras, a lo antiguo”. El error arqueologista sería considerar que es lícito volver a todo lo que es antiguo por el sólo hecho de serlo. Y pone ejemplos: “Así, por ejemplo, se sale del recto camino quien desea devolver al altar su forma antigua de mesa; quien desea excluir de los ornamentos litúrgicos el color negro; quien quiere eliminar de los templos las imágenes y estatuas sagradas; quien quiere hacer desaparecer en las imágenes del Redentor Crucificado los dolores acerbísimos que Él ha sufrido; quien repudia y reprueba el canto polifónico, aunque esté conforme con las normas promulgadas por la Santa Sede” (80). Mucho me temo que, según el criterio del Papa Pacelli, gran parte de la reforma litúrgica del Vaticano II está condenada por arqueologista
Como vemos, ser o no ser arqueologista o albergar un deseo ordenado o insano por las antigüedades, es una cuestión de equilibrio, hazaña que que no cualquiera puede acometer. Dicho de otro modo, el mote “arqueologismo” empuñado por manos equivocadas constituye un arma peligrosa que puede provocar daños irreparables. Nunca es buena idea proveer a un mono de navaja. 

Un modernista podría utilizar el argumento en contra de nosotros. El propio Pío XII dice en el nº 81: “…cuando se trata de la sagrada liturgia, no resultaría animado de un celo recto e inteligente quien deseara volver a los antiguos ritos y usos, repudiando las nuevas normas introducidas por disposición de la divina Providencia y por la modificación de las circunstancias”. ¿No caerían en esta condenada la FSSPX, o la FSSP o cualquiera de los otros institutos que conservan la liturgia tradicional? De hecho, ellos “desean los antiguos ritos” y “repudian las nuevas normas”. Claro que el entuerto puede resolverse rápidamente, pero un modernista sin demasiados escrúpulos y sin ganas de pensar, podría acusarlos —y acusarme— de arqueologista.
Algunos tradicionalistas que blanden el arqueologismo con demasiada facilidad, podrían verse en aprietos si leen lo siguiente: “En la edad primitiva acudían más numerosos los fieles a estas horas litúrgicas [vísperas]; pero tal costumbre se perdió poco a poco, y, como acabamos de decir, al presente su rezo es obligatorio sólo para el clero y para los religiosos. […] …procurad que [el rezo de vísperas por parte de los fieles] se instaure de nuevo dentro de lo posible”. Fácilmente dirían que se trata de una propuesta arqueologista ya que se pretende de un modo declarado hacer revivir una costumbre primitiva. El problema es que quien pide tal restauración es el mismo Pío XII en la misma Mediator Dei (nº 184-185). 
Y esos mismos tradicionalistas podrían verse también en problemas si nos enfocamos en la cuestión eucarística. Uno de los argumentos con los cuales se obtuvo la posibilidad de comulgar en la mano es, ciertamente, arqueologista, pues se pretende volver a la costumbre que tenían los primeros cristianos para recibir la eucaristía según lo relata San Cirilo de Jerusalén. Pero, podríamos preguntarnos, ¿por qué no es arqueologista el retorno a la comunión diaria? Sabemos, porque nos los dice San Basilio, que los fieles comulgaban diariamente durante los primeros siglos, pero luego este uso desapareció y la costumbre que se mantuvo en la iglesia durante mil quinientos años fue la de comulgar pocas veces al años (dos o tres; a lo sumo, todos los domingos en algunos pocos lugares o comunidades) pero jamás todos los días. Y esto fue así hasta fines del siglo XIX (recordemos la alegría de Santa Teresita cuando su confesor le permite comulgar extraordinariamente en todas las fiestas importantes). Bien podríamos argüir que el decreto Sacra tridentina synodus de 1905, por el que la Sagrada Congregación de Ritos alentó la comunión frecuente e incluso diaria, fue una disposición arqueologista, pues se proponía volver a una costumbre de los primeros cristianos que había sido descartada durante quince siglos. 


En fin, vuelvo al comienzo. Los problemas de la Iglesia no se resuelven con discusiones de bloggers, y tampoco se resuelven en cafés filosóficos o teológicos. Las cosas hay que hacerlas aplicando la razón y estudiando seriamente. Ya tuvimos la experiencia de lo que sucede cuando se improvisa y cuando se deja todo librado a la buena voluntad e iniciativa de piadosos personajes: perdemos. Y eso fue lo que ocurrió en el Vaticano II, como bien lo demuestra el libro del Prof. Roberto de Mattei en su libro. 
Qué no nos ocurra lo mismo cuando haya que arremangarse para reconstruir las ruinas que nos deja este pontificado. 



viernes, 8 de noviembre de 2019

Dominus conservet eum


En la residencia papal de Castelgandolfo se alza un observatorio astronómico —uno de los más antiguos del mundo—, que se llama Specola vaticana. Con mucha oportunidad, alguien utilizó ese mismo nombre —Specola— para titular un blog alojado en Infovaticana desde hace dos años y medio, y cada día se vuelve más interesante e imprescindible de leer (he dejado su enlace en la columna de la derecha). Se trata, en principio, de un servicio diario de recogida, análisis y comentario de la información que sobre la Iglesia, la Santa Sede y el Vaticano aparece en la prensa generalista italiana. Su autor, sin embargo, comienza con una introducción o comentario que demuestra que se trata de una persona que conoce muy bien los pasillos y pasadizos vaticanos, y también a muchos de los monsignorinos que los recorren a diario y que, discretamente, le pasan información sobre los aires que se respiran en los sacros palacios.

El comentario que apareció hace apenas dos días es inquietante. Lo reproduzco porque creo que merece alguna reflexión:

Está en marcha la operación de sustitución del Papa Francisco. Hoy ya es noticia y lo que hasta ahora era un rumor ha saltado a los titulares. Antes de comentar las noticias de hoy tenemos que aclarar que para entender lo que está sucediendo debemos dejar a un lado la guerra entre ‘progres’ y ‘carcas’ que poco, o nada, tiene que ver con la realidad. El vacío de recientes muertes cardenalicias parece cubierto y entramos en un escenario en que todas las armas son necesarias en la batalla final el pontificado de Papa Francisco que ya está en acto.
El último libro de Gianluigi Nuzzi, su Giudizio Universale,  ha hecho saltar todas las alarmas y no precisamente por su contenido sino por su mera existencia. No es tolerable que podamos asistir a filtraciones periódicas y masivas de documentación interna de máximo nivel. Esto indica una institución en descomposición que va camino del precipicio y deja en evidencia tantas vergüenzas. El Papa Francisco no es un hombre de curia, en su vida ha tenido muy poca experiencia de los entresijos romanos, su consejero Maradiaga con los pastores en Belen, y el coro de jesuitas está en otra cosa, entretenido en los eLeGeBeTe, los calentamientos y los pecados ecológicos. La noticia de hoy es que ya está en marcha el plan para sustituir a Francisco por Parolin, que viene ensalzado por sus muchas virtudes y se presenta como el hombre justo que puede remendar tanto destrozo y confusión fruto de este pontificado.
El Papa Francisco no puede no saber y ha visto los movimientos. Parolin intenta mantenerse al margen de todo, el rumor interesado de su marcha a Venecia pretende hacer ver que con Francisco no se entiende y que no tiene nada que ver con todo lo que está sucediendo. Ha sido ignorado en el extraño suceso del asalto a su Secretaria de Estado. El Papa Francisco, como buen estratega, se ha dado cuenta y ha ofrecido en bandeja la cabeza de Gianni, por ahora, porque le quedan muy pocas que ofrecer. Esto no ha contentado a nadie y el dique de contención ha caído.
En este contexto tenemos que entender la medida, larga y calculada entrevista a Ruini. No es un tema menor, así lo hemos indicado desde el principio, y no por el contenido sino por el hecho de que exista. Es evidente que Ruini se lo dice a Juan para que lo entienda Pedro. Su estilo típicamente curial hecho de sonrisitas, abrazos, palabras suaves y nunca elevadas hacen de Ruini un elemento mucho más peligroso que otros presuntos ataques directos al Papa Francisco.

Ha navegado en el pontificado del ‘Rey de Polonia’ y del ‘Pastor Alemán’ con gran soltura. Ha sido llamado el ‘Maquiavelo’, el ‘doctor sutil’, siempre sonriente y sumiso pero maquinador sin límites. Ruini es vengativo y se mueve con dinámicas muy distintas de los llamados, despectivamente, los cuatro del Ave María, o del cardenal Sarah. Esto que estamos viviendo es otra cosa y han tomado la decisión de que es el momento de dejar fuera al Papa Francisco. No son tiempos de envenenamientos, pero asistiremos a la utilización de todas las armas a disposición para que el Papa Francisco, de la forma que sea, termine su pontificado.
Ruini, como cabeza visible, y todos los demás que están detrás, están limpiando la bandeja de plata para recoger su cabeza. El Papa Francisco está ante el peor momento, que muchos pensarán que se lo ha buscado, de su pontificado. Estamos en un mundo en que la fe ha desaparecido, se perdió hace tiempo en los laberintos de la pirámide, y los escrúpulos no existen. Silvestrini ha muerto pero vemos como entra en escena el latitante Ruini.
No olvidemos que todos estos se creen los únicos gestores del papado y que el papa reinante es solo un interino pasajero. El tradicional dicho vaticano: ‘el papa cambia, la curia permanece’ vuelve a ponerse en acto una vez más. Sobre Parolin como sucesor pensamos que es lanzar carnaza para que nos entretengamos mientras se cambia el escenario para el próximo acto.

Y el 5 de noviembre escribía el mismo Specola:
Hoy hay muchas noticias que son emanaciones de todo este cáncer interno que está descomponiendo a la iglesia católica como la hemos conocido hasta ahora. El cáncer no es otro que la apostasía general tan anunciada y tan increíble. Non enfrentamos a personas que han tenido fe, o al menos han vivido como si la tuvieran. Se respira una enorme falta de paz en muchas personas que viven amargadas ante una situación personal bipolar. Tienen que vivir como si tuvieran fe, han convertido su ministerio en un trabajo del que comen pero en el que no creen y no pueden soportar a su lado a nadie que le recuerde, ni de lejos, la fe que un día tuvieron. No son indiferentes, no pueden serlo, porque han echado a Dios de sus almas y pretenden echarlo de la iglesia para poder sentirse a gusto. Prefieren pensar que su situación es la ideal y ridiculizar sus propios pasados. La falta de fe lleva a la desesperación y se está notando demasiado. Todo esto está detrás de una descomposición anunciada y de un caos perpetuo del que solo podemos salir sí volvemos a poner a Jesucristo en el centro de nuestras almas y, por extensión, en  el centro de la vida de la iglesia y de la sociedad.

Algunas conclusiones:
1. Como dijimos en este blog desde el mismísimo 13 de marzo de 2013, Bergoglio es un puntero porteño que pensó que se iba a llevar por delante la curia romana por el sólo hecho de ser argentino y porteño. Imposible. Lo único que hizo fue destrozos a mansalva, hasta en la fe, y no logró ni siquiera poner el primer ladrillo de la tan cacareada reforma curial.
2. Los verdaderos enemigos del Papa Francisco, y él lo sabe, no son los conservadores y tradicionalistas. Los “cuatro del Ave María” o el cardenal Müller son, en el peor de los casos, apenas mosquitos molestos, y en el mejor, objetos de burla, sobre todo cuando los ve ataviados con sus largas caudas y capelos. 
Sus verdaderos enemigos son los curiales, que no son ni progresistas, ni conservadores ni católicos. Son funcionarios que si alguna vez tuvieron fe, hace mucho que la perdieron, y que quieren seguir viviendo en medio de los lujos, los placeres, los dineros y el poder que se mueven por entre las callejas de la Ciudad del Vaticano. Y no están dispuestos a abandonar estos privilegios; aunque tengan que rodar cabezas, que ya la historia los ha provisto de mucha experiencia en estos menesteres.

3. En 1999 apareció en Italia un libro titulado Via col vento in Vaticano. Lo leí enseguida, estando yo en esas épocas viviendo en Roma. Estaba escrito, bajo seudónimo, por un oficial de la curia retirado, que decidió dar a conocer algo de lo que sucedía detrás de las sacras murallas. Comparado con lo que hoy sabemos, el relato es tan inocente como un cuento de Grimm. Pero recuerdo que dedicaba mucho espacio a hablar del cardenal Silvestrini, a quien sindicaba como cabeza de una de las cordatas, o mafias, que se movían dentro de la Santa Sede, encargada de promocionar a sus validos, acrecentar su poder y engordar sus cofres. En ese momento me pareció un detalle aburrido e insignificante. Ahora veo de qué se trataba realmente. Juan Pablo II los dejó tranquilo. No se metió con la curia y jugó su propio juego de histrionismo planetario. Pero no sería extraño que hayan sido justamente estas cordatas las que, con más fuerza que el club de San Galo, hayan forzado la renuncia del Papa Benedicto XVI, luego que le fueran entregadas la enorme caja con los informes de los cardenales Herranz, Tomko y De Giorgi que, misteriosamente, desaparecieron luego de que le fueron públicamente consignadas a Francisco. 
4. Finalmente, me pregunto si no será mejor tener como papa a Francisco y no a uno de estos demonios atragantados de ambiciones mucho más sutiles de las que puede alimentar el pontífice porteño. En definitiva, Bergoglio no es más que un macaco que intenta imitar con sus cómicas destrezas los delicados movimientos de los verdaderos y peligrosos trapecistas. Quizás sea preferible tener a un volatinero de circo de barrio como Papa y no a un artista del Cirque du Soleil. Por eso, los tradicionalistas haríamos bien, cuando cantamos el Christus vincit, de incluir nuevamente la estrofa que dice Dominus conservet eum.
Y como dice mi amiga, Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.


martes, 5 de noviembre de 2019

Racionalidad I: el celibato


Lo propio del hombre, lo que lo distingue de los animales, es su razón. Y el hombre es más hombre y se comporta de un modo más acorde a su naturaleza cuando actúa racionalmente. En cambio, cuando actúa movido por las pasiones, se asemeja a las bestias. 
Estos principios básicos de la antropología aristotélica, asumida luego por el cristianismo, los conocemos todos, y creo que acordamos con ellos. Pero no siempre actuamos de acuerdo a ellos; es decir, no siempre actuamos racionalmente, o al menos todo lo racionalmente que se espera. Y digo esto por muchas de las reacciones a las últimas entradas de este blog. 

Nadie podrá decir que soy un defensor del Papa Francisco. Desde el mismísimo día de su elección advertí acerca de la catástrofe que significaría para la Iglesia la llegada a la sede de Pedro del arzobispo de Buenos Aires, y fueron muchos los que me censuraron por actitud tan negativa. El tiempo terminó dándome la razón, y mi opinión sobre Bergoglio no ha cambiado. Sin embargo, una cosa es ser racionalmente críticos del Papa Francisco y otra muy distinta es dejarse inundar por la pasión —o el demonio— de la ira, y criticar absolutamente todo lo que hace el pontífice por el simple hecho que el que lo hace es él. Y a tal punto llega la ceguera, que niegan incluso la evidencia. Como la misa de conclusión del sínodo de la Amazonia fue sobria y sin ningún detalle pagano, algunos sitios tradicionalistas han descubierto que la plantita que el Santo Padre ordenó poner sobre el altar papal era en realidad una ofrenda a la Pachamama y, por lo tanto, constituyó un sacrilegio. Seguramente esos mismos medios olvidaron la misa de clausura del sínodo de Oceanía celebrada en 1998 por Juan Pablo II, cuando hombres en taparrabos danzaron en torno al mismo altar papal. En este caso, no habría existido sacrilegio ni escándalo.
Pero la irracionalidad va más allá de comparar actitudes litúrgicas. Se asumen postulados tomados de no se sabe qué sitios o personas, y se defiende contra toda evidencia como si se tratara del dogma de la Santísima Trinidad. No es cuestión de exigir que se expresen solamente los eruditos, pero sí un mínimo de seriedad para consigo mismo y para con los demás a la hora de tomar posiciones y apasionarse con ellas. 
Y al respecto, tengo dos ejemplos que trataré en sendas entradas. Y el primero es la cuestión del celibato. Lo que yo afirmé en el post titulado Macondo fue que, en el documento final del sínodo, resultaba más grave la insistencia en admitir a las mujeres al diaconado o a algún otro ministerio —u orden menor—, que la posible ordenación de hombres casados, puesto que el primer caso tocaba una cuestión relativa al dogma, y el segundo a la disciplina. Y esto levantó una oscura polvareda porque muchos le dan igual importancia a la relajación del celibato que a la negación de la divinidad de Nuestro Señor.
Seamos, entonces, racionales y veamos las cosas como son.
Resulta claro que la Iglesia mostró desde su época más temprana su preferencia por un clero célibe, pero la imposición de esta condición se realizó lentamente, con mucho esfuerzo por parte de algunos y resistencia por parte de otros, y se dio solamente en los clérigos latinos, pues los otros ritos conservan la posibilidad de ordenar para las órdenes mayores a hombres casados. 
Los hitos históricos de la cuestión son los siguientes:
1. El concilio de Elvira, en el año 300, prohibe en su canon 33 que los obispos, sacerdotes y diáconos casados mantengan relaciones sexuales con sus esposas. Si no aceptan este matrimonio célibe, en el que se vive como hermanos, deben ser expulsados del estado clerical. No se prohibe el matrimonio de los clérigos, sino el ejercicio de la sexualidad dentro del matrimonio. Este concilio afectó a una parte muy pequeña de la península ibérica.
2. En el concilio de Nicea de 325, a instancias del obispo español Osio de Córdoba, se propuso que se estableciera la norma del celibato para todos los clérigos, pero la votación resultó negativa debido a la oposición del obispo Pafnucio de Tebas que, aún siendo él mismo célibe, no creía que debía imponerse a todos esta condición (PG LVII, 101-104; 905).
3. Los datos históricos muestran que la situación era compleja y discutida a tal punto que, veinte años después de Nicea, el concilio de Gangra dispuso que: “Si alguno sostiene que es contrario a la ley acercarse a la eucaristía cuando es celebrada por un sacerdote casado, que sea anatema” (Hefele-Leclercq, Histoire des Conciles I, 2, 1029-49). 
4. Durante los siglos IV y V puede observarse que toda la literatura patrística considera que las relaciones sexuales de los clérigos con sus esposas los hace indignos de sus ministerio. Y el motivo es que la vida célibe los ubica en un estrato superior ya que el matrimonio es solamente una concesión a la debilidad del hombre y una consecuencia del pecado. En este sentido, San Ambrosio, uno de los grandes doctores de la Iglesia, escribe a los sacerdotes: “… vosotros debéis permanecer alejados de toda intimidad conyugal, porque sabéis que tenéis un ministerio, total e inmaculado, que nunca debe ser profanado por las relaciones sexuales”.(Acerca de los oficios de los ministros 1.50, PL XVI, 97-8). Eusebio de Cesarea advierte: “Corresponde a los consagrados y a quienes han tomado la tarea de servir al Señor abstenerse de relaciones con sus esposas” (Demostraciones del evangelio 1.9; PG XXII, 81). San Jerónimo, con su vehemencia característica, advierte: “Frente a la pureza del cuerpo de Cristo, toda unión sexual es impura” (Contra Joviniano 1.20; PL XXIII, 249). Y San Cirilio de Jerusalén enseña en sus Catequesis: “Aquél que desee servir correctamente al Hijo debe abstenerse de la mujer” (13.25, PG XXIII, 758).
5. El sínodo de Trullo de 692 estableció que los obispos debían ser célibes, y que si estaba casado cuando era elegido, su mujer debía ingresar a un convento. Todos los otros clérigos podían casarse antes de su ordenación pero no podrían hacerlo luego de ésta. En caso de enviudar, el sacerdote debía permanecer célibe.
6. En estos siglos —V al VII— pareciera que, aunque se privilegiaba el celibato, no era condición exigida para las órdenes mayores. De hecho, dos papas de esa época eran casados: Agapito I (535-36) y Adrián II (867-72). Incluso existía una bendición especial que se daba en la liturgia a la mujer del sacerdote en el día de la ordenación de su marido. Era llamada presbyterissa y vestía de modo particular (New Catholic Encuclopedia III, 374).

7. San Gregorio Magno reafirmó la legislación según la cual en la iglesia romana incluso los subidáconos debían ser célibes (PL LXXVII, 506), lo cual muestra la falta de criterios comunes y la diversidad y cambios de costumbres en la época que comentamos. Los concilios y sínodos de los cuatro siglos posteriores muestran que resultó imposible para la iglesia latina prohibir el matrimonio a los clérigos mayores. 
8. El Papa Benedicto VIII (1012-1024) sostuvo en el concilio de Pavía que los sacerdotes casados debían ser obligados renunciar. El obispo de Verona le respondió que, si hiciera eso, su diócesis se quedaría sin sacerdotes (Ratlier de Verona, Cartas, PL CXXXVI, 585-86).
9. Poco tiempo después, el concilio de Bourges en 1031, bajo el pontificado de Juan XIX, estableció que: “Está prohibido a los sacerdotes, diáconos y subdiáconos tener esposas o concubinas. Si se niegan a dejarlas, podrán actuar solamente como lectores o cantores. Del mismo modo, prohibimos a todos los clérigos de ahora más casarse o tener concubinas” (Mansi V, 19, 553). 
10. El papa León IX, en el sínodo de Mainz (1049), prohibió que los sacerdotes fueran casados (MGH VII, 346-7). 
11. Pareciera que en el siglo XI se endurece la ley del celibato, no solamente por el caso del ejemplo anterior, sino también porque el sínodo pascual de Roma de 1051, ordenó que las esposas y amantes de los sacerdotes fueran esclavizadas. Se convertirían en ancillae del palacio de Letrán.
12. Es esta la época de San Pedro Damián, que con tanta fuerza se opuso no solamente a los sacerdotes casados, sino también a todos aquellos que llevaban una vida inmoral con amantes femeninas o masculinos. Recordemos sus obras Liber Gomorrhianus y Sobre el celibato de los clérigos
13. Pero no todos aceptaban la opinión de San Pedro Damián. El obispo Ulrico de Imola afirmaba que el celibato debía surgir de una convicción personal del sacerdote, y no de una disposición institucional, puesto que el matrimonio era bueno. Su libro sobre esta cuestión fue condenado por el papa Gregorio VII.
14. Fue justamente este papa, autor de la conocida Reforma gregoriana, el que con mayor ahínco postuló el celibato sacerdotal. Pero no todos lo aceptaban. Los clérigos de la diócesis de Milán afirmaban que el derecho a casarse era parte de las costumbres de su iglesia y que no les podía ser arrebatado. 
15. En 1073, en el sínodo cuaresmal de Letrán, Gregorio VII, siguiendo al concilio de Nicea, estableció que ningún sacerdote casado podía oficiar la eucaristía (canon 17). Pero también tuvo objeciones. El obispo Lanfranco de Canterbury le comunicó que si aplicaba esa legislación, Inglaterra se quedaría sin sacerdotes. El Papa Gregorio, entonces, permitió que los decretos conciliares fueran aplicados gradualmente.
16. El concilio de Clermont de 1095, conocido por haber llamado a la primera cruzada, establece en su canon 1: “Ningún ministro de la Iglesia, sacerdote, diácono o subdiácono, puede tener esposa. Si alguno de ellos la tiene y celebra la Santa Misa, que permanezca condenado hasta la venida del Señor” (Mansi, XX, 906).
17. Pero volvemos a observar una gran resistencia a cumplir estos mandatos. El historiador Oderico Vitalis relata el caso del obispo Godofredo de Ruan que, cuando quiso las directivas conciliares a los sacerdotes de sus diócesis reunidos (parece que ya en esa época existían las reuniones de clero), se produjo un gran tumulto que tuvo que ser sofocado por los guardaespaldas del prelado. Luego, los sacerdotes se amotinaron y expulsaron al obispo de la catedral (The Ecclesiastical History of Orderic Vitalis, vol. 3, Oxford, 1968–1980).
18. El II Concilio de Letrán de 1139 prohibió la ordenación de hombres casados. Se trató en este caso de un concilio ecuménico y es, por tanto, la medida que mayor fuerza posee. Pero aún así, hubo esfuerzos posteriores por levantar la prohibición tanto en el concilio de Constanza como en el concilio de Trento, como ya vimos en el post anterior. 
19. A pesar de la prohibición del segundo Concilio Lateranense, pareciera que hasta la férrea aplicación del Concilio de Trento —es decir, entre los siglos XIV y XVI —, fue habitual en la iglesia latina la existencia de sacerdotes casados.

Luego de este largo y tedioso recuento histórico, las conclusiones a las que llego son las siguientes:
a. La Iglesia siempre prefirió el celibato de sus clérigos. Esto queda demostrado en las numerosas intervenciones de concilios, sínodos y papas.
b. A pesar de esta explícita preferencia y a pesar de las numerosas razones espirituales y ascéticas que recomiendan el celibato, siempre hubo resistencia a aceptar la norma y las discusiones al respecto, algunas de ellas muy acaloradas, llegaron hasta bien entrado el siglo XVI. Por lo tanto, que algunos obispos planteen nuevamente la necesidad de revisar el celibato sacerdotal no resulta novedoso para la historia de la Iglesia, ni el mundo se está por acabar porque eso ocurra.
c. Resulta claro que el celibato es una cuestión estrictamente disciplinar, lo cual no significa que sea meramente un capricho de los papas y de los obispos. Por el contrario, las razones de la norma se hunden en la espiritualidad evangélica, pero no puede considerarse una cuestión que tenga que ver con el dogma, y tampoco un requisito esencial para el sacerdocio. Si así no fuera, la iglesia habría ordenado inválidamente hasta el siglo XVI cientos de miles de sacerdotes, y lo continuaría haciendo aún hoy día en Oriente.
d. Finalmente, si a partir de las conclusiones del sínodo de la Amazonia, el Papa Francisco permitiera la ordenación de sacerdotes casados, eso constituiría un gravísimo paso atrás, puesto que se estaría echando por tierra un logro alcanzado luego de muchos siglos de luchas y discusiones. Pero aún así, no implicaría menoscabo alguno para la fe católica

viernes, 1 de noviembre de 2019

Nuestra frustrante finitud

Estimado Wanderer: Ahí le mando traducción de un breve artículo escrito por un protestante americano de origen presbiteriano como botón de muestra de la lucidez y agudo caletre en tantos de nuestros “hermanos separados”—por la religión y por la lengua (¿y cuándo los católicos de lengua castellana aprenderemos a pensar y escribir así?). Cordialmente, J. T.  


Nuestra frustrante finitud

por Peter J. Leithart



El escritor Raymond Tallis comienza su libro Of Time and Lamentation (que quizá se podría traducir como Lamentaciones sobre el tiempo) con una conmovedora descripción de cómo él experimenta el tiempo. Despertando a la mañana, dice que se encuentra “menos inclinado a reflexionar sobre el hecho de que un nuevo día ha llegado que al hecho de que todavía otro día más se ha ido”. ¿Y bien? Esa es una de las utilidades de la edad. Tallis promedia los setenta años y, colocado “en algún lugar entre la hora de la cena y medianoche, en el día de mi vida”, sabe que “el período durante el cual todavía permaneceré en control de mis capacidades, especialmente la capacidad de pensar, probablemente será mucho más breve que la cantidad de tiempo que me queda”. El ayer brillaba con sus promesas porque poseía “más del futuro que lo que hace al presente”. En momentos de lucidez, caemos en la cuenta de que además de ser seres temporales, también somos seres contingentes. Aquí no hacíamos falta. El universo habría quedado perfectamente contento y permanecido prácticamente igual si nunca hubiésemos existido. Y además somos dependientes—del oxígeno que respiramos, del agua que tomamos, de la comida que comemos, de la inimaginable y compleja trama de procesos corporales que operan enteramente fuera de nuestra conciencia, de la amistad y del amor. No sabemos todo lo que hay por saberse. Algunas cosas no podemos saber, algunas otras todavía no las sabemos; otras son sabidas por otros, pero no por nosotros. Nuestras debilidades e ignorancia nos fastidia. Nuestra finitud nos frustra.
Y Tallis vuelve todo esto más melancólico al fusionar realidades que el cristiano distingue. Para Tallis, vivir en el tiempo es vivir camino a la muerte. En cambio, los cristianos, creen que la muerte entró al mundo sobre los talones del pecado (Rom. 5:12-21). Pero también es cierto que a veces consideramos la finitud del hombre como una condición trágica. Damos de mano con las cosas que nos irritan y concluimos que seguramente han de ser resultado de la Caída. Estamos tentados de creer que si no fuésemos seres caídos, no estaríamos atados al tiempo, no seríamos así de ignorantes, de dependientes. Que si no fuésemos seres caídos, no seríamos seres finitos. A menudo los cristianos resbalamos hacia una especie de inconsciente “gnosticismo” por el que creatureidad y caída se nos hacen equivalentes.
Pero desde sus primeras páginas, la Escritura trata a la finitud como parte de la creación que Dios llamó “muy buena”. Cuando el primer día de la semana de la Creación, Dios trae la luz a la existencia. La luz dispersa la oscuridad original, pero Dios no elimina la oscuridad—al menos, no todavía. En lugar de eso, pone a la luz y a la oscuridad a danzar rítmicamente al compás del día y de la noche, baile que forma los atardeceres y los amaneceres de cada día desde entonces. Aquel ritmo temporal es bueno, y cuando Dios delega el gobierno del día y de la noche en las lumbreras celestiales, dice que eso es “bueno” también (Gén. 1:14-16). 

Tallis dice que el tiempo es “inflacionario”. A medida que los años pasan el tiempo parece acelerarse a raíz de “la significación cada vez menor de las novedades y los acontecimientos diarios que llenan nuestras horas”. A medida que se acumulan los momentos, el valor de cada momento disminuye. Pero el tiempo también contaría con esta calidad inflacionaria aun para una persona inmortal. Indudablemente Matusalén lo había visto todo, y habría visto aun más si hubiera vivido durante milenios en lugar de los escasos 969 años que le tocaron en suerte.
Incluso sin la muerte, los momentos se acumularían y el tiempo padecería de inflación. La inflación del tiempo está inextricablemente unida a la existencia finita. Y con todo, Dios dice, “esto es todo muy bueno”. 
Para vivir, hemos de alimentarnos, convirtiendo al mundo en parte nuestra. De acuerdo a Génesis I, siempre fue así. Antes de que Eva y Adán comieran del fruto prohibido, Dios les ofreció toda clase de plantas y frutas como comida (Gén. 1:29-30). Adán y Eva no hubieran podido cumplir con su cometido de crecer y multiplicarse individualmente, sin la participación del otro. La diferencia sexual y la recíproca dependencia constituyen rasgos del diseño mismo, no es un error. Los seres humanos no nos convertimos en seres dependientes después de la Caída. Fuimos creados seres dependientes. Y Dios dice, “todo es muy bueno”. 
La condición original del hombre es una condición de temporalidad, de contingencia, de dependencia, de ignorancia. Constituiría una condición trágica sólo si diésemos por supuesto que estábamos destinados a ser eternos, independientes, omniscientes y omnipotentes como el mismo Dios. No es así. Somos creaturas, y nuestras limitaciones son parte “muy buena” de la creación. Si la finitud resulta frustrante, es porque constituye una frustración original, una frustración concomitante con la creación. Y eso significa que en realidad no puede ser una verdadera frustración. La verdad es que nuestra finitud es más bien una gloria, un don del Dios que declara que todo es muy bueno.  


Tradujo Jack Tollers.