lunes, 13 de julio de 2020

O felix culpa!

Más que oportuna fue la reflexión que dejó Jack Tollers en uno de los comentarios al artículo anterior sobre la necesidad de pensar seria y pausadamente la monumental crisis por la que atraviesa la Iglesia. Eso implica, entre otras cosas, apartar la mirada momentáneamente de las trapisondas de Bergoglio, titular de un pontificado que hasta sus mejores amigos califican ya de agonizante y fracasado, o de las querellas domésticas protagonizadas por personajes menores y prescindibles (al respecto, es llamativo que Mons. Barba, junto al gobierno de San Luis, haya permitido a los fieles que así lo deseen a comulgar en la boca en su misa de toma de posesión, tal como puede verse en este video, mientras su infame vecino de San Rafael entrega a sus propios fieles a la policía por romper el aislamiento).

Lo afirmado por Mons. Viganò y ratificado por Kwasniewski sobre la responsabilidad del Concilio Vaticano II en la crisis de la iglesia y la necesidad imperiosa de corregir el mal infligido, merece ser tenido en cuenta y pensado seriamente. Y podría ser simplificado en dos cuestiones: hasta dónde se extiende la responsabilidad del Concilio, y hasta dónde, consecuentemente, el Concilio puede ser “desautorizado” o encauzado apropiadamente. En este sentido, las tres propuestas que sugiere Kwasniewski son interesantes.

Pero antes de pensar en posibles soluciones, propongo pensar en algunas aristas del problema. Y lo primero es tener en cuenta la perspectiva histórica. En general, todos los concilios ecuménicos fueron instancias traumáticas para la Iglesia, y varios de ellos terminaron en cismas, como se aventura que sucederá también en el caso del Vaticano II. El Concilio de Éfeso terminó precipitando el cisma de los nestorianos y la pérdida para la ortodoxia de la iglesia siria, y el de Calcedonia el cisma monofisita y la pérdida de la iglesia copta. Trento oficializó la pérdida de gran parte de Europa a raíz de la herejía protestante, y el Vaticano I el cisma de los Viejos Católicos y el asentamiento en Roma del ultramontanismo, responsable de muchos de los problemas posteriores. Un concilio es cosa muy seria y no puede ser convocado a tontas y a locas como hizo el Papa Juan XXIII, lo que ya discutimos en este blog. 

Por otro lado, debemos ser cuidadosos en no caer en la falacia del post hoc, propter hoc. Es decir, de achacar al Concilio toda la responsabilidad de lo que está sucediendo actualmente en la Iglesia. Si el Concilio no se hubiera celebrado, ¿estaría la Iglesia mejor? ¿Estaríamos libres de crisis? No lo creo. Lo único que sabemos con certeza es que el Vaticano II fue completamente inútil para solucionar los problemas que arrastraba la Iglesia. ¿Los agravó? Yo opino que sí, pero es sólo una opinión. Pongamos un ejemplo acorde a los tiempos. Supongamos que un grupo de esclarecidos médicos afirmara que eucalipto es un remedio eficaz contra el coronavirus y, para probar su teoría, eligieran cien enfermos graves y, durante diez días, los trataran con infusiones de eucalipto, vapores de eucalipto y pastillas de eucalipto. Pasado ese tiempo, observan que los cien pacientes mueren. La conclusión sería que el eucalipto no es una medicina adecuada para tratar el coronavirus, pero no podrían decir con fundamento que el eucalipto es perjudicial o empeora la enfermedad. El único modo de hacerlo habría sido si se hubiera seguido la metodología adecuada con un grupo de control. Ese grupo tampoco se usó en el caso de la implementación del Vaticano II; es decir, no se dejó ninguna zona del planeta libre de los efluvios conciliares. No podemos saber con certeza, entonces, si el Vaticano II fue inocuo o si aceleró la decadencia. Lo único que sabemos es que no fue efectivo para evitarla. 

[Alguien podría argüir con cierta razón que sí existió un grupo de control: la diócesis de Campos, en Brasil. Sería interesante estudiar el caso en profundidad, pero sospecho que no haría más que confirmar mi duda: Según lo que sé -y que es mas bien poco-, Campos, aún con misa tradicional en todos templos, no se libró de la crisis].

La situación previa al concilio era grave e insostenible. Algo había que hacer, pero lo que no había que hacer era llamar a un concilio, que es lo que hizo el Papa Roncalli. Siempre que pienso en este tema veo la analogía con la Revolución Rusa. La situación de la Rusia zarista, a comienzos del siglo XX, era insostenible. Algo había que hacer. El problema es que quien tuvo que enfrentar la situación fue Nicolás II, un gobernante inútil, aunque haya sido un santo; tan inútil y tan santo, en todos caso, como Juan XXIII. 

La distinción que hizo el Papa Benedicto XVI entre “el Concilio” y el “espíritu del Concilio” me parece, por eso mismo mismo, necesaria. Y creo que es justamente esta distinción la que permitiría deshacer muchos de los entuertos. Y pongo como ejemplo el que quizás sea más paradigmático: la reforma litúrgica. Ciertamente, los padres conciliares propiciaron una revisión de la liturgia y en tal sentido promulgaron la constitución Sacrosanctum Concilium que fue aprobada casi por unanimidad, con el voto positivo incluso de Mons. Lefebvre o de Mons. de Castro Meyer. El caso es que la efectivización de esa reforma fue hecha por un Consilium, manejado por Bugnini, y el estropicio que se hizo del rito romano no fue propiamente fruto del Concilio, sino del “espíritu del Concilio”. Ese era el remanido argumento utilizado una y otra vez por los capitostes de la reforma: “es lo que quiere el Concilio”. Y era falso. ¿Por qué, entonces, ni hubo reacción? Porque muchas de las personas más esclarecidas del momento y que eran perfectamente conscientes de lo que estaba sucediendo, se autocensuraron en sus opiniones puesto que no era políticamente correcto cuestionar la reforma, así como ahora no es políticamente correcto cuestionar la pandemia o la cuarentena. Quienes sí se animaron a hacerlo, terminaron excomulgados, como Mons. Lefebvre, o apartados de todos sus puestos y viviendo solitarios en una casa a orillas del mar, como el padre Louis Bouyer. 

Sería, entonces, relativamente sencillo desandar la huella equivocada que se siguió con la reforma litúrgica, ya que puede ser fácilmente demostrado que no se hizo de acuerdo al deseo de los padres conciliares sino de un grupo de eruditos, ideologizados en algunos casos, y presionados con engaños y mentiras en otro. 

Pero aquí, una vez más, habría que evitar sofimas e ilusiones. Resulta evidente que la reforma litúrgica no alcanzó ninguno de los objetivos y expectativas que se había propuesto. Por poner un caso, luego de cincuenta años, el número de fieles que asisten a misa cayó abruptamente. Sin embargo, si la Iglesia hubiese conservado la liturgia milenaria que celebraba, ¿habría sido distinta la situación? No podemos saberlo, pero me temo que no. Las iglesias estarían tan vacías como ahora, con el agravante que los movimientos tradicionalistas, integrados sobre todo por jóvenes, que son los que revitalizan iglesias como la francesa o la norteamericana, no existirían. No estoy reivindicando la reforma litúrgica, así como tampoco San Agustín reivindicó el pecado original, pero pudo decir con él: O felix culpa!


miércoles, 8 de julio de 2020

La madre del cordero

¿Por qué la crítica al concilio de Monseñor Viganò debería tomarse muy en serio?


por Peter Kwasniewski


¿En una de esas, no podríamos sostener que el reciente ataque de Monseñor Viganò al Concilio Vaticano II, de hecho nos puso en jaque (digo a nosotros, los tradicionalistas)? ¿O quizás, no será el caso que estamos dirigiendo nuestra enemiga hacia un concilio legítimo y laudable en lugar de centrar nuestra ira como corresponde sobre un liderazgo inepto que lo ha seguido, para luego traicionarlo?

Ésa ha sido la línea adoptada por los conservadores durante mucho tiempo: una “hermenéutica de la continuidad” combinada con una fuerte crítica de obispos bribones acompañados de una canalla clerical.

La debilidad de semejante postura queda demostrada—aparte de otras muchas señales de eso—por el éxito infinitesimal que han tenido los conservadores al intentar revertir la catarata de desastrosas “reformas”, hábitos e instituciones establecidas como secuela del último concilio y llevadas a término con aprobación papal, o al menos, contando con su tolerancia. 

Lo que el Arzobispo Viganò viene diciendo recientemente con una franqueza inusual en los prelados de hoy (véase aquí, aquí y aquí), no es sino un capítulo más de la prolongada crítica al Concilio formulada por católicos tradicionalistas, desde El Concilio del Papa Juan de Michael Davis, pasando por el famoso Iota Unum de Romano Amerio, siguiendo con El Concilio Vaticano Segundo, la historia nunca escrita de Roberto de Mattei y terminando con el libro de Henry Sire, Phoenix from the Ashes: The Making, Unmaking, and Restoration of Catholic Tradition (este último no ha sido todavía traducido al castellano).

Hemos visto cómo los obispos, las conferencias episcopales, los cardenales y varios Papas han venido construyendo el “nuevo paradigma”, pieza por pieza, durante más de medio siglo—una fe católica “nueva” que, en el mejor de los casos se superpone parcialmente con la fe católica tradicional, cuando no barre con ella directamente, contradiciendo la fe católica tradicional tal como la hallamos expresada por los Padres de la Iglesia, los Doctores, los primeros concilios, y cientos de catecismos tradicionales, por no mencionar los antiguos ritos litúrgicos latinos que terminaron suprimidos y reemplazados por otros enteramente diferentes.

Un abismo semejante entre lo antiguo y lo nuevo no puede dejar de contemplarse sin que uno se pregunte acerca del papel jugado por el Concilio Ecuménico Vaticano II en el despliegue progresivo de una historia modernista que comenzó a fines del s. XIX y que florece plenamente en los días que corren. La línea que va desde Loisy, Tyrrel y von Hügel hasta Küng, Teilhard, Ratzinger (cuando joven), Kasper, Bergoglio y Tagle, resulta ser bastante consistente si uno empieza a conectar sus ideas. Esto no equivale a decir que no hay interesantes e importantes diferencias entre esta gente, sino sólo que comparten principios que habrían sido tachados como dudosos, peligrosos, malolientes o heréticos por cualquiera de los grandes confesores y teólogos, desde Agustín hasta el Crisóstomo, desde Tomás de Aquino hasta Belarmino.  

Es hora de que demos de mano de una vez y para siempre con la ingenuidad de creer que lo único que importa son los textos promulgados por Vaticano II. No. En este caso, tanto los progresistas como los tradicionalistas concurren correctamente en afirmar que el acontecimiento en sí mismo importa tanto como los textos (sobre esto, vean el incomparable libro de de Mattei). La ambigüedad en los propósitos abrigados cuando se convocó el Concilio; cómo se manipularon todos sus procedimientos; la forma consistentemente liberal en que se lo implementó con apenas algún débil gemido de protesta por parte de los episcopados del mundo entero—nada de esto resulta irrelevante para interpretar el significado y relevancia de los textos conciliares, que, además, exhiben por sí solos géneros literarios nuevos y peligrosas ambigüedades, por no señalar los pasajes directamente erróneos, como la enseñanza de que musulmanes y cristianos adoran al mismo Dios (acerca de lo cual se expidió brillantemente el obispo Athanasius Schneider en su Christus Vincit).

Resulta sorprendente que tantos años después, aún se encuentren defensores de los documentos del Concilio cuando está más que claro que nunca que se prestaron exquisitamente al objetivo de una total secularización y modernización de la Iglesia. Aun cuando su contenido fuera inobjetable, su verborrea, complejidad, su mezcla de verdades obvias con quebraderos de cabezas, constituyeron la fórmula y el pretexto perfectos para llevar adelante la revolución. Esta revolución está ahora fundida en esos textos, fusionados dentro de ellos como piezas de metal pasadas por un horno sobrecalentado.  

Así, el sólo hecho de citar a Vaticano II se ha convertido en santo y seña del que desea alinearse con todo lo que ha sido hecho por los Papas—¡sí, por los Papas!—o bajo su paraguas. En su vanguardia se halla la destrucción litúrgica, pero los ejemplos se podrían multiplicar ad nauseam: consideren ustedes momentos funestos como los encuentros interreligiosos de Asís, cuya lógica misma fue formulada por el Papa Juan Pablo II socorriendo su iniciativa con una sucesión de citas de Vaticano II. El pontificado de Francisco no ha hecho más que apretar el acelerador.

Siempre lo mismo: siempre se recurre a Vaticano II para explicar o justificar cada una de las desviaciones y despegues de la fe dogmática en los términos en que siempre se la había concebido. ¿Es todo puramente casual—una serie de notablemente desafortunadas interpretaciones y juicios caprichosos que se podrían disipar fácilmente con una lectura honesta, como el sol radiante dispersando las nubes?

¿Pero es que los documentos no tienen cosas buenas?

He estudiado y enseñado los documentos del concilio, algunos de ellos en numerosas oportunidades. Los conozco muy bien. Devoto como soy de la escuela de los “Grandes Libros”,* siempre he enseñado en colegios afiliados a esa pedagogía y así mis cursos de teología típicamente comenzarían con la Escritura y los Padres, para pasar luego a los escolásticos (especialmente Santo Tomás), terminando con los textos del Magisterio, encíclicas papales y documentos conciliares. 

A menudo se me caía el alma a los pies cuando en el curso llegábamos a los documentos de Vaticano II, textos tales como Lumen Gentium, Sacrosanctum Concilium, Dignitatis Humanae, Unitatis Redintegratio, Nostra Aetate, o Gaudium et Spes. Desde luego—¡por supuesto!—en ellos se encuentran párrafos hermosos y ortodoxos. Nunca habrían alcanzado los votos necesarios si se hubiesen opuesto flagrantemente a la enseñanza católica. 

Y con todo, allí uno se topa también con textos despatarrados, oscuros, productos inconsistentes paridos en algún anónimo comité que innecesariamente complican muchos temas y que carecen de la claridad cristalina que se supone es la difícil pero primordial incumbencia de un concilio. Todo lo que tenéis que hacer es echarle una mirada a los documentos de Trento o a los primeros siete concilios ecuménicos para comprobar allí ejemplos brillantes de un estilo conciso y consistente, que da de mano con la herejía en cada renglón, cosa en la que se empeñaban con máximo esfuerzo los padres conciliares en las épocas históricas en las que les tocaba vivir. Y luego los párrafos de Vaticano II—y no son pocos—ante los que uno se detiene y se dice: “¿De veras? ¿Estoy realmente viendo las palabras que tengo impresas en la página delante de mí? ¡Qué manera enmarañada de expresarse, qué forma más problemática de decir las cosas, qué proximidad con el error, qué manera embarullada de decir las cosas!”. (Y no se trata sólo de traducciones deficientes; eso también, pero aun las primeras versiones tenían estas taras). 

Yo también supe sostener, con tantos otros conservadores, que debíamos “tomar lo bueno, y dar de mano con lo demás”. El problema con esto ha sido adecuadamente señalado por el Papa León XIII: 

Ciertamente que los arrianos, los montanistas, los novacianos, los décimocuartos, los eutiquianos, no se oponían a toda la doctrina católica: sólo abandonaban algunos de sus principios. Y, sin embargo, ¿quién no sabe que fueron todos declarados heréticos resultando luego excomulgados? Y de igual modo fueron condenados todos los autores de proposiciones heréticas en los siglos subsiguientes. “Nada puede haber más peligroso que aquellos herejes que admiten prácticamente el ciclo entero de la doctrina y que, sin embargo, con una sola palabra, como si fuera una gota de veneno, infectan la fe simple y real enseñada por Nuestro Señor transmitida por la tradición apostólica” (Tract. De Fide, Orthodoxa contra Arianos). 

En otras palabras, es la mezcla, el revoltijo, entre cosas grandiosas, buenas, indiferentes, malas, genéricas, ambiguas, problemáticas, erróneas, todo eso en párrafos interminables, lo que hace que Vaticano II sea el único concilio merecedor de un repudio.

¿Es que no hubo siempre problemas después de los concilios de la Iglesia?

Indudablemente: los concilios de la Iglesia siempre han dado lugar a controversias más o menos importantes. Pero aquellas dificultades generalmente se suscitaban a pesar de la naturaleza y contenido de los documentos, no por razón de su formulación. San Atanasio podía apelar una y otra vez a Nicea, como quien apela a un estandarte durante una batalla, porque sus enseñanzas eran concisas y sólidas como una roca. Los Papas después del Concilio de Trento podían apelar una y otra vez a sus cánones y decretos porque sus enseñanzas eran sucintas y claras como el agua. Mientras Trento produjo un gran número de documentos a lo largo de los años en que ocurrieron las sesiones (1545-1563), cada uno de esos textos constituyen una maravilla de claridad, sin una palabra de más.

Por decir lo menos, los documentos de Vaticano II fallaron miserablemente en lo que se refiere a los propósitos del Concilio, tal como los explicó el Papa Juan XXIII. En 1962 dijo que quería una presentación de la fe más accesible para el hombre moderno. Ya para 1965 resultaba dolorosamente obvio que los dieciséis documentos nunca serían una cosa que uno podía juntar en un libro para dárselo a cualquier lego o laico con inquietudes. Bien se podría decir que el Concilio se quedó sin el pan y sin la torta: ni produjo un punto de acceso fácil para el mundo moderno, ni tampoco un breve bosquejo o plan para apoyo de pastores y teólogos. ¿Qué diablos logró? Una cantidad inmensa de papeles, mucha prosa insustancial, y un codazo acompañado de un guiño: “Muchachos, ¡llegó la hora de adaptarse al mundo moderno!” (Y si no lo hacen, parafraseando a Hobbes, tendrán problemas con “el poder irresistible del dios mortal” en Roma, cosa que el Arzobispo Lefebvre no tardó demasiado tiempo en descubrir). 

He aquí por qué este último concilio resulta absolutamente irrecuperable. Si el proyecto de modernización terminó en una pérdida masiva de la identidad católica, incluso de las doctrinas más básicas de dogma y moral, el único modo de proceder es despedirse respetuosamente de ese gran símbolo y proyecto y asegurarse de que quede bien enterrado. Como dice Martin Mosebach, la verdadera “reforma” siempre ha de significar una vuelta a la forma—esto es, un regreso a una disciplina más estricta, una doctrina más clara, un culto más pleno. No significa y no puede significar lo contrario. 

¿Por ventura existe algo perteneciente a la sustancia de la Fe, o alguna cosa indiscutiblemente beneficiosa que perderíamos si fuéramos a darle el adiós al último concilio para no oírlo mencionar nunca más? La Tradición Católica de por sí contiene recursos inmensos (que hoy, por lo general, desafortunadamente no son aprovechados) para enfrentar cualquier de las irritantes cuestiones que nos plantea el mundo de hoy. Hoy a casi un cuarto de camino en otro siglo, estamos en otro lugar, y las herramientas que nos hacen falta no son las de los ’60.

¿Qué se puede hacer en el futuro? 

Desde que el Arzobispo Viganò escribió la carta del 9 de junio y sus siguientes escritos sobre este asunto, la gente ha comenzado a discutir qué cosa podría significar “anular” al Concilio Vaticano II.

Por mi parte, veo tres posibilidades teóricamente posibles para un futuro Papa:

  1. Podría publicar un nuevo Syllabus de errores (tal como propuso el Obispo Schneider allá por el año 2010) que identifica y condena los errores más comunes asociados con Vaticano II sin atribuirlos explícitamente a Vaticano II: “Si cualquiera dijese XYZ, sea anatema”. Esto dejaría abierta una especulación acerca del grado en que los textos conciliares de hecho tienen errores; sin embargo, cerraría la puerta a muchas interpretaciones “populares” del Concilio.
  2. Podría declarar que, contemplando retrospectivamente los últimos cincuenta años, podemos ver claramente que, debido a sus ambigüedades y dificultades, los documentos conciliares han hecho más daño que bien en la vida de la Iglesia y que, en el futuro, no deberían utilizarse como referencia magisterial en discusiones teológicas. El Concilio debería ser tratado como un acontecimiento histórico que ha perdido toda relevancia. Nuevamente, en este caso no haría falta afirmar que los documentos contienen errores; sólo que se reconoce que el Concilio se ha mostrado más problemático de lo que se esperaba, y que no vale la pena. 
  3. Podría explícitamente “desautorizar” o apartar ciertos documentos o partes de algunos de ellos, así como partes del Concilio de Constanza nunca fueron reconocidos ni repudiados.   

La segunda y tercera alternativa abrevan en el reconocimiento hecho tanto por el Papa Juan XXIII como Pablo VI en el sentido de que el Concilio adoptaba la forma—única entre todos los demás concilios ecuménicos de la historia—de concilio “pastoral” tanto en su propósito como naturaleza misma; esto facilitaría lo de dejarlo de lado. En cuanto a la objeción de que todavía, necesariamente, concierne a temas de fe y moral, por mi parte contestaría que los obispos nunca definieron ni anatematizaron nada. Incluso las “constituciones dogmáticas” no hacen afirmaciones dogmáticas. Se trata de un concilio curiosamente declarativo y catequístico, que no zanja prácticamente ninguna cuestión y desestabiliza más de una. 

Si acaso y como fuere, un Papa futuro o concilio se decidiese a enfrentar redondamente este verdadero despelote, nuestra tarea como católicos permanece como siempre la misma: aferrarse a la Fe de nuestros Padres, en sus fórmulas normativas de siempre y en las que podemos confiar: principalmente en la lex orandi de los ritos litúrgicos de Oriente y Occidente, en la lex credendi de los Credos aprobados y el testimonio consistente del magisterio universal ordinario, además de la lex vivendi que nos han mostrado los santos canonizados a lo largo de los siglos, antes de que arribara esta era de confusión. Con esto alcanza y sobra. 


Publicado originalmente en Onepeterfive.

Tradujo Jack Tollers


The Great Books fue una idea de dos profesores de la Universidad de Chicago (Robert Hutchins y Mortimer Adler) que consiguieron que la Enciclopedia Británica publicara en 54 tomos los textos esenciales de la literatura occidental (“el canon literario de hombres blancos  muertos” como le gusta decir ahora a los progres yanquis). Eso fue en 1952. Desde entonces, eso dio lugar a una cantidad de colegios donde no se enseñaba otra cosa, siendo el más famoso el “Saint Thomas Aquinas” de California en el que estudiaron algunos argentinos aventajados, como Roberto Helguera (aunque hay unos cuantos más)

lunes, 6 de julio de 2020

Obediencia, sor Faustina y Santa Zoe

A todos nos resulta molesto cuando quieren hacernos pasar por tontos; cuando pretenden engatusarnos con discursos falaces, en los que se usan argumentos torcidos a fin de convencernos. Es decir, nos molesta que quieran hacernos pasar por tontos. Y es lo que me ocurrió cuando vi uno de los últimos vídeos que publicó Mons. Taussig sobre la  situación que está ocurriendo en su diócesis que se agrava cada vez más. 

Fieles de San Rafael frente al Seminario Diocesano

Comprendo perfectamente al obispo cuando dice que está triste. No es para menos después del desaguisado que él mismo armó pretendiendo obligar a sus fieles a recibir la sagrada comunión exclusivamente en la mano y a los sacerdotes a distribuirla exclusivamente de ese modo. Fabricó un Trafalgar de lo que podría haber sido no más que una escaramuza. Como decíamos la semana pasada, se metió en un berenjenal del que no podrá salir y las cosas se le están yendo de la mano. Este domingo sufrió una segunda pueblada a las puertas del seminario diocesano, donde él se ha refugiado, en la que los fieles le suplican que les permita continuar con la tradición de la Iglesia y comulgar en la boca. En este video pueden ver lo ocurrido.

Esta disposición transitoria en cuanto al modo de recibir la comunión se aplica en la mayor parte de las diócesis del mundo afectadas por la pandemia, incluido países como Italia, Francia o Estados Unidos. Y sin embargo, las redes están silenciosas y no hay batalla alguna librándose por allí. ¿Es que en esas naciones no hay fieles conservadores o tradicionalistas que se resistan a recibir la comunión en la mano? ¿Alguien puede pensar que en Francia o Estados Unidos, donde el movimiento tradicional es muy fuerte, todos aceptan mansamente las disposiciones? De ninguna manera. Lo que ocurre es que allí, como en otras diócesis argentinas, los obispos se manejaron con prudencia cosa, que no ocurrió en San Rafael. Publicaron la reglamentación pero no se dedicaron a investigar si se cumplía y cómo se cumplía. Eso quedaba librado a la prudencia de los sacerdotes. Es lo que cualquier persona sensata haría en circunstancias similares. No fue el caso, sin embargo, de Mons. Taussig que armó una batalla demencial provocando en sus sacerdotes y fieles un estado de angustia y sufrimiento por el que deberá rendir cuentas, y un escándalo que ha tomado proporciones internacionales pues la noticia ha salido en medio europeos y americanos.

En el video al que me refiero, Mons. Taussig basa todo el peso de su argumentación en la obediencia que se debe al propio obispo. Todos sabemos que la obediencia es una virtud y que al obispo hay que obedecerle. Pero no se trata de una virtud absoluta sino, como todas, debe estar regulada por la razón, caso contrario puede dejar de ser obediencia para convertirse en sometimiento, en pecado y en vicio. 

Todos sabemos el enorme daño que ha causado en muchas ocasiones a lo largo de la historia de la Iglesia el ejercicio imprudente de la obediencia o bien, las pretensiones de obediencia que muchos superiores quisieron imponer a sus súbditos. Recomiendo la lectura de El ruiseñor fusilado de Leonardo Castellani para entender la cuestión y los límites que tiene la obediencia. Porque el conflicto aparece cuando se llega a la situación, como se ha llegado en San Rafael, de tener que decidir a quién obedecer: o al obispo, o a la Iglesia y su tradición. Porque, aunque Mons. Taussig sea la voz de la Iglesia para su rebaño, deja de serlo cuando en su discurso se opone a las enseñanzas y tradiciones de Iglesia universal, y contraviene sus mandatos. Los fieles, en ese caso, tienen todo el derecho e incluso el deber de no obedecer. 

Y estoy ha ocurrido innumerable cantidad de veces. Espiguemos algunas: Orígenes desobedeció a su obispo Demetrio de Alejandría y huyó a Cesarea de Palestina donde fue ordenado sacerdote por el obispo de esa ciudad. San Atanasio desobedeció al Sínodo de Tiro en 335 y al Concilio de Milán de 355. San Juan de la Cruz desobedeció a sus superiores calzados en repetidas oportunidades y debió fugarse de la cárcel donde lo habían recluido. Santa Juana de Arco desobedeció al tribunal que la juzgó, integrado por obispos y clérigos. La Madre Teresa de Calcuta desobedeció a sus superioras de la congregación de las Madres Irlandesas para fundar las Hermanas de la Caridad. En fin, hay un sinnúmero de casos en la historia de la Iglesia donde se ve que los santos, que son hombre y mujeres prudentes, desobedecen cuando es virtuoso hacerlo.

Mons. Taussig es un hombre formado que sabe teología, por eso resulta llamativo que utilice como argumento de autoridad —“iluminante” lo llama él recurriendo a un neologismo—, las palabras de Santa Faustina Kowalska que dijo: “El demonio se puede revestir del hábito de la humildad, pero nunca del hábito de la obediencia”. Si Mons. Taussig quiere apoyarse en autoridades de monjitas santas, podría recurrir a Santa Catalina de Siena, que además es doctora de Iglesia, y vería allí lo que esta santa le dijo no sólo a su obispo, sino al mismísimo Papa. O bien, recurrir a otra doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Ávila y enterarse de cómo trató al arzobispo de Burgos o al de Sevilla. 

Y no soy impío porque discuto los dichos de Santa Faustina, que habrá que ver en qué circunstancias los dijo, sino porque la realidad impone crudamente que el demonio en muchas ocasiones se viste con el hábito de la obediencia, mal que le pese al obispo sanrafaelino. Y no es necesario irse a casos lejanos. La semana pasada, Sandro Magister publicó la carta de una reconocida historiadora católica en la que narra con dolor sus descubrimientos en los archivos vaticanos en relación a los abusos sexuales cometidos por el fundador del movimiento de Shoënstatt, el P. Joseph Kentenich. Copio aquí un fragmento “iluminante”:

Las religiosas, mensualmente, debían arrodillarse frente al “padre”, extender sus manos hacia él y darse totalmente a él. El diálogo que se desarrollaba, frecuentemente con la religiosa a solas y a puertas cerradas, era el siguiente:

“¿De quién es la hija?”. Respuesta: “¡Del padre!”

“¿Qué es la hija?”. Respuesta: “¡Nada!”

“¿Qué es el padre para la hija?”. Respuesta: “¡Todo!”

“¿A quién pertenecen los ojos?”. Respuesta: “¡Al padre!”

“¿A quién pertenecen las orejas?”. Respuesta: “¡Al padre!”

“¿A quién pertenece la boca?”. Respuesta: “¡Al padre!”

Algunas religiosas se refirieron también a esta continuación del rito:

“¿A quién pertenece el seno?”. Respuesta: “¡Al padre!”

“¿A quién pertenecen los órganos sexuales?”. Respuesta: “¡Al padre!”.

Las pobres religiosas no se prestaban a semejantes humillaciones porque les gustara. Lo hacían por obediencia. Y no es necesario explicar que en este caso, mal que le pese al obispo de San Rafael, un demonio muy feo y aborrecible —el de la lujuria—,  se había revestido del hábito de la obediencia. 

Monseñor, no nos corra con la vaina.

Por una cuestión de justicia, debo hacer una ajuste a lo que afirmé en un artículo de la semana pasada. En los últimos días, el vocero del obispado de San Rafael, en una larga entrevista concedida a una radio salteña, aclaró que los seminaristas diocesanos fueron conminados por su obispo a comulgar en la mano no debido a una cuestión sanitaria (el seminario está confinando desde el inicio de la pandemia por lo que no hay peligro de contagio) sino como una "prueba de obediencia". Pueden escuchar aquí el audio. Respetuosamente, me permito sugerirle a Mons. Taussig que evite pedir "pruebas de obediencia" de cualquier tipo que sean, puesto que el horno no está para bollos. También pidieron pruebas de obediencia a sus seminaristas el Sr. McCarrick cuando era cardenal arzobispo de Washington y Marcial Maciel, cuando al frente de los Legionarios de Cristo.


Un comentario final. Ayer, 5 de julio, la Iglesia celebró entre otros, a santa Zoe. Vivía en Pamfilia (actual provincia de Antalya, en Turquía), en la primera mitad del siglo II, con su esposo Hesperio y sus hijos Siríaco y Teodulo. Eran esclavos. Ella era la encargada del cuidado de los perros de sus patrones. Éstos eran devotos paganos pero trataban bien a sus esclavos y les dejaban practicar el cristianismo libremente. En una ocasión, se celebraba una fiesta doméstica --algún cumpleaños o aniversario--, y los patrones enviaron a Zoe y su familia parte de la comida del festejo. Sin embargo, esas carnes habían sido previamente sacrificadas a los ídolos por lo que ellos se negaron a comerlas. Enterado el patrón, se enfureció, pidió cuentas a sus esclavos y éstos que no cedieron. Finalmente, Zoe y su familia fueron arrojados a una hoguera y murieron mártires de la fe.

Pongámonos un momento en la cabeza de Zoe y su marido, y pongámonos un momento en la cabeza de los actuales jerarcas de la Iglesia. ¿No parecería que fue exagerada la actitud de estos cristianos? No se les pedía que ellos hicieran el sacrificio a los ídolos; no se les pedía que renunciaran a la fe; no se les pedía que pecaran contra el sexto mandamiento. No se les pedía nada; se les ofrecía un poco de carne. Pero esa carne pertenecía a un animal que había sido sacrificado a los ídolos. San Pablo (I Cor. 8) dice que "No perdemos nada si no la comemos (a esa carne), y no ganamos nada si la comemos", pero añade que comerla puede ser un mal ejemplo para los demás, ya que pueden creer que acordamos con el culto a los ídolos. Por lo tanto, manda no comerla. No se trataba de que comer esa carne en sí mismo fuese un acto pecaminoso sino que, al hacerlo, muchos podían pensar que se cedía a las presiones de los paganos y, de esa manera "se destruirá un creyente débil por el que Cristo murió" (I Cor. 8, 11). Zoe prefirió morir ella y su marido, y animar a la muerte a sus hijos por esa "insignificancia". "En la boca o en la mano, ¿qué más da?", dice Mons. Taussig.  Era un detalle mínimo; sin embargo, Zoe y los suyos resistieron hasta la muerte. 

Santa Zoe, ruega por nosotros. 

 


jueves, 2 de julio de 2020

El alma de los niños


por S. John Henry Newman

Parochial and Plain Sermons II, n. 6. 




Lo que sí sabemos, en cambio, por nuestros recuerdos y por nuestra propia experiencia de la infancia, es que en el alma del niño hay, en los primeros años después del bautismo, un discernimiento del mundo invisible en las cosas visibles, una captación de lo Soberano y Adorable, y una incredulidad e ignorancia acerca de los perecedero y cambiante, que deja marcado en el alma un emblema propio del cristiano maduro, que se ha emancipado de las cosas del mundo y vive en la convicción íntima de la Presencia de Dios. No quiero decir que un niño tenga ningún principio formado en su corazón, o hábitos de obediencia o capacidad de distinguir entre lo visible y lo invisible, como los que promete Dios en nombre de Cristo como recompensa a aquellos que alcanzan la edad de discreción. No debemos olvidar que, a pesar de su nuevo nacimiento, el mal está en él, aunque sea sólo como semilla. Pero el niño tiene este gran don: haber llegado recientemente desde la presencia de Dios y no entender del todo todavía el lenguaje de esta escena presente, que es una tentación, un velo que se interpone entre el alma y Dios. La sencillez con que el niño actúa y piensa, su pronta aceptación de lo que se le dice, su cariño ingenuo, su confianza franca, su desvalimiento evidente, su ignorancia del mal, su incapacidad para ocultar sus pensamientos, su conformidad, su rápido olvido de los problemas, su capacidad para admirar sin codiciar y, sobre todo, su espíritu de reverencia que mira todas las cosas a su alrededor como maravillas, prendas y figuras del Único Invisible, son todo pruebas de que, por así decir, hasta hace poco se encontraba en un estado de cosas más elevado. Bastaría con observar la seriedad y el asombro con que un niño escucha cualquier descripción o cuento, o también lo libre que está de ese espíritu de orgullosa independencia que se instala en el alma a medida

que pasa el tiempo.

[…]

Está claro que la inocencia del niño no participa de esta santidad más alta. El niño es un anticipo de lo que al final se cumplirá en él. La belleza más grande de su alma se encuentra en la superficie y cuando, con el paso del tiempo, se pone a la acción (como es su deber), al instante desaparece. Sólo mientras permanece inactivo es como el agua tranquila en que se refleja el cielo. Por tanto, no debemos lamentar que los años de la infancia hayan pasado ni suspirar por los recuerdos de placeres puros y contemplaciones que no podemos recuperar. Sino que,  más bien, lo que éramos de niños es un barrunto, un presagio santo, dado para nuestro consuelo, de lo que Dios iba a hacer con nosotros si rendíamos el corazón a la guía del Espíritu Santo, una profecía del bien que nos espera, una muestra de lo que tendremos, multiplicado, en el cielo. Así que la infancia es una prenda de la inmortalidad, porque lleva sobre sí, en figura, esas altas y eternas excelencias en que consisten las alegrías del cielo; y el Creador, que nos ama inmensamente, no nos daría las sombras si no fuera a darnos algún día las realidades.

miércoles, 1 de julio de 2020

El suicidio de un obispo

En las últimas dos semanas hemos asistidos atónitos al suicidio demencial del obispo de San Rafael, Mons. Eduardo Taussig.
El blog de la Cigueña de la Torre publicó hace dos días una relación de los hechos que dan cuenta del lamentable estado de insanía por el que atraviesa el prelado.

Resumo lo acontecido:

La provincia de Mendoza nunca tuvo circulación comunitaria de coronavirus. Por tanto, los obispos de las dos diócesis que allí se asientan —Mendoza y San Rafael—, presionados por sus fieles, solicitaron al gobierno provincial autorización para la celebración de la misa, para lo cual presentaron un cuidadoso protocolo. Entre las disposiciones que ellos mismos se autoimponían estaba la de distribuir la comunión exclusivamente en la mano de los fieles. Mendoza, una arquidiócesis de matriz progresista, no tuvo inconvenientes con la medida. Otra cosa fue San Rafael, fuertemente conservadora en su clero y laicado.

Mons. Taussig, el ordinario sanrafaelino, fue muy explícito y claro en la disposición: los sacerdotes estaban obligados a distribuir la comunión exclusivamente en la mano, sin ningún tipo de excepciones y los laicos estaban obligados a recibirla de ese modo. Y él mismo demostró la fuerza de su ley cuando, en el día del Corpus Christi —¡nada menos!—, negó la comunión a una persona mayor, con serias dificultades de movilidad que le hacían imposible extender su mano para recibir la Sagrada Forma, tal como puede verse  este video (los responsables de prensa de la diócesis de San Rafael eliminaron el video original y, poco después, también el que se encontraba alojado en el canal de este blog, "por reclamación de derechos". ¿Será que desean borrar el pasado? Los lectores interesados pueden bajarlo igualmente desde este enlace).

Apenas conocida la situación, los decanos y la mayor parte de los párrocos de la diócesis le comunicaron por escrito que ellos no estaban dispuestos a violentar el deseo de los fieles que deseaban seguir comulgando en la boca. Fue en ese momento que Mons. Taussig se brotó. Anunció que iría al seminario diocesano a celebrar misa, en la que deberían comulgar todos los seminaristas y en la mano. Los superiores se resistieron a tal atropello. El brote episcopal se acentuó

Frente a esto, el párroco de la catedral, un venerable sacerdote y sin ninguna filiación conservadora, le suplicó llorando (literaliter) que desistiera de la medida, y lo mismo hicieron sacerdotes que forman parte de su séquito de paniaguados. Veían que su obispo se estaba atando la soga al cuello y se acabarían sus canonjías.

Fue inútil. En los últimos días se han sucedido una serie de mediadas, cuál de todas más demencial. Sintetizo:

1. Un joven sacerdote recién ordenado fue denunciado por su párroco, el P. Horacio Valdivia —todo un caballero—, por varias conductas sospechosas: en privado celebra la misa tradicional y también reza el oficio tradicional, con lo cual “queda fuera de la realidad de nuestra iglesia particular”; se inclina demasiado sobre el altar cuando dice las palabras de la consagración; celebra la misa pública sin tapaboca y, lo peor de todo, da la comunión en la boca a aquellos que se lo piden. 

Enterado el obispo de los chismes parroquiales, ordenó al joven sacerdote que dejara su parroquia y se fuera a su casa.  En los últimos días, al tomar Mons. Taussig conciencia de la arbitrariedad cometida, ha querido volver atrás pero es un entuerto difícil de resolver.

2. Los sacerdotes de la parroquia San Francisco Solano, que se encuentra en la ciudad de San Rafael, continuaron dando la comunión en la boca a quienes así lo deseaban. Enterado que fue Mons. Taussig, concurrió a la parroquia, reunió a los fieles y los “catequizó” sobre la exigencia de comulgar exclusivamente en la mano, con argumentos falaces como los que esgrime en este video. Los fieles con lágrimas en los ojos pero también firmes le dijeron que no obedecerían. En consecuencia, el obispo suspendió en esa parroquia la celebración pública de los sacramentos. En términos prácticos, puso en entredicho a una parroquia entera.

3. La situación más grave, sin embargo, se dio en el seminario diocesano. Ante la insistencia de la extravagante orden de que todos los seminaristas debían comulgar, y hacerlo en la mano, el rector del seminario presentó su renuncia la cual fue aceptada. Y, posteriormente, se licenció al vice rector,  enviándolo a casa de su familia. Seguidamente, Mons. Taussig se nombró a sí mismo rector, y aplicó draconianamente su voluntad, provocando consternación, enorme dolor e incertidumbre en los seminaristas que, si se acercaban a comulgar debían hacerlo en la mano y, si no comulgaban, eran considerados sospechosos. 


Pasemos al análisis. El Manual básico del buen gobernante habría aconsejado en este caso que Mons. Taussig diera a conocer las nuevas disposiciones y luego hiciera la vista gorda, dejando hacer a sacerdotes y laicos, sobre todo sabiendo que en toda la extensión de su diócesis no hay y nunca hubo infectados de coronavirus, por lo que el peligro de contagio es prácticamente inexistente. 

Un gobernante prudente conoce los bueyes con los que ara; Taussig conoce a sus sacerdotes y a sus fieles, y sabe que son conservadores y levantiscos, y debería haber sabido que, para declararles la guerra, debía tener un buen ejército que lo respalde. El pobre obispo ni tiene siquiera un escuadrón de boy scouts. Se lanzó solo a una batalla que perderá irremediablemente y de la peor manera, y de la cual no puede ya escapar. Hasta quien fuera uno de sus valedores para el episcopado y  co-consagrante en su ordenación, Mons. Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata, publicó ayer una larga columna disolviendo cada uno de los argumentos esgrimidos por Taussig para imponer su voluntad y llamándolo sin nombrarlo, “genuflexo”. O tomemos el caso del seminario. ¿A quiénes pondrá ahora como superiores, si todos los sacerdotes de su diócesis que podrían ocupar ese cargo comparten las convicciones del rector saliente? Sabemos que está ofreciendo cargos desesperadamente y no encuentra candidatos que los acepten. No le quedan muchas más opciones que cerrarlo.

La situación de San Rafael, aunque acallada por los medios oficiales, es conocida ya por el mundo entero. Y no exagero. El blog de la Cigüeña de la Torre es ampliamente leído no solamente en España sino también, y sobre todo, en el Vaticano. Es cuestión de preguntar a los obispos españoles al respecto. Me consta que en los próximos días la noticia aparecerá en otros medios de prensa americanos y europeos. Por otro lado, los fieles sanrafaelinos han denunciado a las autoridades vaticanas los atropellos de su obispo. En pocas palabras, Bergoglio sabe lo que está pasando. Mons. Eduardo Taussig integra desde hace muchos años la lista de obispos indeseados del Papa Francisco, y no por cuestiones ideológicas, sino porque representa aquello que el pontífice más odia y desprecia. Se trata de un obispos leído —tiene un doctorado en Roma— y viene de una familia bien de Recoleta.

Una hipótesis que se baraja es que, aterrado por la reciente expulsión de Mons. Pedro Martínez de la diócesis de San Luis, y sabiendo que él es el próximo que recibirá  la misericordia pontificia, haya querido hacer buena letra, buscando salvarse a costa de su rebaño. Más aún, probablemente Mons. Taussig haya querido ofrecer también el seminario al Santo Padre, como Salomé ofreció la cabeza de Juan el Bautista a su madre. Es que la clausura del seminario de San Rafael y la próxima clausura del de San Luis, que sin duda ordenará Mons. Barba, creará las condiciones apropiadas para finalmente proceder con el proyecto largamente acariciado por el episcopado argentino: la obliteración de los dos últimos seminarios conservadores que quedaban en el país y la creación de un seminario interdiocesano en Mendoza en el que estudiarían los candidatos de las tres diócesis. Invito a los viriles seminaristas sanrafaelinos a conocer a sus nuevos compañeritos en este video

Sin embargo, me parece demasiado torpe de parte de Mons. Taussig tamaña maniobra. Sería desconocer cómo funciona la psicología de Francisco. En última instancia, el pontífice lo habrá usado para hacer el daño y luego de usado, lo arrojará lejos. Sus resentimientos nunca se aplacan.

La crisis provocada en San Rafael por la impericia de su obispo le ha dado al Santo Padre motivos suficientes para apartar al ordinario de su puesto. Ya no necesita siquiera de una visita apostólica, como fue el caso de San Luis o Ciudad del Este. Los hechos son suficientemente elocuentes: un obispo que se revela incapaz de gobernar a su diócesis.

La cuerda se estaba trenzando en el Vaticano hace varios años —lo habíamos denunciado en este blog—, y Mons. Taussig se la puso en el cuello. Es sólo cuestión de tiempo. Probablemente, cuando sea alcanzado por la misericordia pontificia, lo envíen a una casa de reposo, rodeada de un bosque de tilos, hasta que se recupere. 


domingo, 28 de junio de 2020

La razón inhibida

Después de más de cien días de pandemia, cuarentena y un sinfín de hipótesis, teorías y personajes que nacen y mueren como la hierba de verano (¿quién se acuerda hoy de la Dra. Chinda Brandolino?), aquí va otra retahíla de reflexiones.


1. Lo que más exaspera de la situación no es tanto el encierro, que en el interior del país es relativo, sino el menosprecio de la inteligencia. Los políticos y las elites científicas con la complicidad del periodismo, se burlan abiertamente de la capacidad racional de las personas, y éstas aceptan mansamente esa burla y ni siquiera se anotician de ella. Decía Aristóteles que las pasiones oscurecen, dificultan y a veces incluso impiden el ejercicio de la razón. El miedo es una pasión, y estamos viendo cómo ha sido capaz de inhibir el uso de la razón en la enorme mayoría de los habitantes del país y del mundo, que se revelan incapaces de concluir ante los datos de la realidad, que son fácilmente accesibles, y creen a pie juntillas el discurso oficial. Y aquellos que sí se dan cuenta, se callan porque es políticamente incorrecto cuestionar la pandemia, no sea que lo confundan a uno con Trump, Bolsonaro o algún otro impresentable.

2. El periodismo juega un papel fundamental en la generación del pánico social. Una vez que pase la pandemia, seguramente se harán varios estudios sobre los titulares permanentes que estamos obligados a leer. Lo curioso es que a pesar de que gran parte de ellos son evidentemente ridículos, la gente los sigue comprando y aterrándose. El fin de semana escribía un medio de prensa este alarmante título: “Rusia se acerca a los 9000 muertos por coronavirus”. Rusia tiene 150 millones de habitantes. ¿Alguien puede realmente creer que se trata de una situación desesperada? Sí, la mayoría de los lectores se espantan de lo que está sucediendo en Rusia.

3. Muchos periodistas mienten y amparan la mentira de los demás. Hace algunos días nos anunciaban la víctima más joven de Covid en Argentina: una beba de un año que había sido contagiada. Hacia el final de la nota deslizaban que, además, tenía antecedentes de enfermedad neurológica y pulmonar, con dependencia de oxígeno. ¿De qué murió esta pobre niñita? Es claro que no murió de coronavirus sino con coronavirus. Esto me hace pensar en la veracidad de las cifras de muertos y preguntarme si no estarán infladas por difuntos que murieron de las patologías de las que habitualmente se mueren las personas pero, por las dudas, los anotan como muertos por Covid. Y no es una suposición peregrina. Curiosamente, los datos oficiales de Italia indican que durante los dos meses que duró lo más álgido de la pandemia, no murió ningún italiano por enfermedades cardiovasculares. ¿No será que a todos a los que le dio un infarto los pasaron al casillero del Covid?

4. Se ha escuchado hablar mucho en los últimos tiempos del ingeniero español radicado en Silicon Valley —lo cual es ya un pasaporte de genialidad— Tomás Pueyo quien, apenas conocido el avance de la pandemia elaboró en pocos días una estrategia que llamó del “martillo y la danza”, y publicó, como el mismo dice, “en un blog para amigos”.“Más de 40 millones de personas lo leyeron en los días siguientes, fue traducido en 40 idiomas y su difusión fue decisiva para que muchos gobiernos impusieran cuarentenas estrictas en todo el mundo”, se afirma. La pregunta que me surge es cómo fue posible que los gobiernos mundiales tomaran decisiones tan trascendentes para sus poblaciones a partir del artículo de un ignoto personaje aparecido en un blog. Es como si yo publicara en mi blog del Wanderer un artículo en el que hago elucubraciones sobre los beneficios que tendría para la religión el retorno de la misa tradicional, y en cuestión de una semana todos los episcopados mundiales adoptaran la liturgia preconciliar e impusieran, con medidas draconianas, a sus sacerdotes y fieles tal celebración. ¿Alguien creería posible tal situación? La tacharíamos de demencial y absurda. Pues bien, eso mismo, de modo análogo, ocurrió con el artículo del ingeniero español.

5. Pueyo afirmaba, entre otras cosas, que Estados Unidos tendría 10 millones de muertos por coronavirus. Hoy hay en aquel país 150.000 muertos, es decir, el 1,5% de lo predicho por el geniecillo de Silicon Valley. Y a pesar de la evidencia abrumadora de su error, Pueyo sigue siendo asesor de muchos gobiernos, incluido Argentina. 

Algo similar afirmó por esos días de marzo el prestigioso Imperial College de Londres: la pandemia dejaría 20 millones de muertos en el mundo. Hoy hay 500.000, el 2,5 % de lo anunciado. 

Frente a errores tan brutales, nadie reacciona. Y lo curioso es que la institución mundial que debería haberse involucrado en la cuestión, y me refiero a OMS, apoyó abiertamente estas predicciones. No sólo eso, hace pocos días el director adjunto de esa organización, Ranieri Guerra, afirmó que la pandemia, que se encuentra en franco retroceso en Europa, puede volver en el otoño y provocar cincuenta millones de muertos como ocurrió con la Gripe Española. Pareciera que esta gente no tiene vergüenza, y tampoco la tienen los países que siguen considerando a la OMS como la autoridad mundial en salud. Las únicas reacciones conocidas han sido la de Trump, que retiró a Estados Unidos de la OMS, cinco diputados italianos que denunciaron penalmente a Guerra por terrorismo mediático y Javier Milei.

6. Estamos viendo en las últimas semanas el castigo que está imponiendo el mundo a los países que no obedecieron los diktate de la nomenklatura, como es el caso de Suecia. Los medios anunciaban que ese país se había convertido en el paria de Europa, y la OMS falsificó datos para perjudicarlo. Suecia tiene 5300 muertos por coronavirus. ¿Es, acaso, un número tan aterrador para infligirle tamaño castigo? ¿No es completamente irracional?

7. En este breve video se enseña una sencilla técnica de manipulación. La semana pasada, diez reconocidos científicos italianos de diversas especialidades firmaron una declaración en la que aseguran que el Covid ha perdido su agresividad inicial y se está apagando. Han sido duramente atacados y cuestionados, entre otros, por la misma OMS. Me pregunto si no será el caso de que, quien dice que la carpeta es verde en contra de la mayoría que afirma que es roja, es censurado. 

8. Espanta el cinismo de los políticos. En el discurso del viernes pasado, el presidente Fernández afirmó: “De lo que estamos enamorados es de la vida y por eso la cuidamos tanto y nos pesa tanto ese número de 1000 personas que dejaron de estar entre nosotros”. Esto lo dice una semana después de asegurar que en septiembre enviará al Congreso el proyecto de ley del aborto. Curioso enamoramiento de la vida; en todo caso debería aclarar que se trata de un enamoramiento selectivo. Y añade su lamento y pesar por los mil muertos que el coronavirus ha dejado en Argentina a lo largo de tres meses. Una vez más, me pregunto por qué su pesar por estos muertos y no por los que murieron de un infarto o de cáncer, que son muchos más de mil. ¿O es que los muertos por coronavirus tienen coronita y son más importantes que otros?

9. Según afirma Fernández, el único remedio para el coronavirus es el confinamiento, por lo tanto, tendrá encerrado a los argentinos todo el tiempo que haga falta para cuidarnos de la muerte. No entiendo por qué no aplica esa misma lógica a otros casos. En Argentina mueren 600 personas por mes debido a accidentes de tránsito, y el único remedio efectivo que se conoce es que no haya circulación de automóviles. ¿Por qué, entonces, no los prohibe? Mueren también 6100 personas por mes debido a problemas cardiovasculares. ¿Por qué no prohibe entonces la sal, las carnes grasas y el tabaco?

10. Para finalizar, el viernes nos enterábamos que investigadores de la Universidad de Barcelona han descubierto en muestras congeladas de aguas servidas de marzo de 2019, la presencia del Covid19. Si este dato se confirma, tendremos que el famoso bichito estaba circulando por Europa un año antes de que los europeos se dieran cuenta. Estimo que el año pasado era un virus domesticado y se le ocurrió volver a las salvajes costumbres de sus ancestros en 2020, justamente el año de las elecciones de Estados Unidos, donde no se decidirá solamente quién ocupará la Casa Blanca sino, en muchos sentidos, el destino del mundo.  Pura coincidencia.



jueves, 25 de junio de 2020

Leonardo Castellani por Sebastián Randle


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Excelente entrevista al biógrafo del P. Leonardo Castellani