lunes, 8 de agosto de 2022

Francisco y el tradicionalismo

 


por Eck


Introducción

Negras tormentas agitan los aires para los tradicionalistas. Corren rumores de que el cardenal Cupich, alias “Cupido”, una creatura e instrumento del infecto cardenal Mccarrick y aliado del papa Francisco en esa nación, pretende expulsar al Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote de su archidiócesis y echar el cierre definitivo a la misa tradicional en su territorio. Por otro lado, hemos conocido informaciones procedentes de otra ciudad norteamericana, Savannah, donde su obispo anunció que las misas en Rito Romano han de acabarse velis nolis para mayo del 2023 por mandato del dicasterio de Roma. 

De todos es sabido que a Bergoglio no le importa una higa la liturgia, sea la nueva o la vieja, como ya se ha podido ver en todo su pontificado, haciendo lo que le da la gana y saltándose hasta sus propias normas cuando le parece oportuno. Por lo que poco caso le podemos hacer a sus lagrimones de cocodrilo de su Desiderio desideravi sobre los abusos: si el abad juega a naipes, ¿qué harán los frailes?. Así, ¿Qué mayor prueba tenemos que haya en ese documento multitud de párrafos imposibles de ser escritos por él? Prueba de que fue un encargo a miembros muy bajos y segundones de la Curia, que tiraron de archivos, que fue compuesto con disgusto, que tuvieron que meter algún parrafito del pontífice y, porque no, se ve un poco de mala intención contra el pontífice haciéndole decir cosas que ni en una sesión psicodélica hubiese sido posible ni imaginable.

No, el problema no está en la Liturgia ni siquiera en el tradicionalismo en sí aunque Francisco le tuviera siempre prevención o menosprecio. Hombre práctico y político hasta el exceso, sabe muy bien que “enemigos, los menos”, por lo que no hay que creárselos innecesariamente y menos por algo de tan poco valor para él como son cuatro gorgoritos gregorianos y las puntillas de la abuela...


El pecado original del tradicionalismo

Repetimos, a Bergoglio le importa un comino la liturgia y, por ende, el tradicionalismo, grupo mínimo, sin  influencia ni poder real dentro de la Iglesia Universal ni grandes apoyos en el mundo profano, más bien lo contrario. Entonces, ¿Por qué está actuando de esta manera en un ámbito que ni le va ni le viene? ¿Qué gana con ello? Por un pequeño detalle que se nos está olvidando pero que en Santa Marta ven claro: el tradicionalismo se ha convertido, por una serie de errores garrafales del obispo de Roma, en el principal símbolo de oposición a su pontificado. Que el tirano Banderas vaticano haya sido capaz de transformar las puntillas de la vieja en un bandera contestataria y las pusiera de moda vendiéndose como rosquillas en el mundo clerical, tiene su mérito. Este hecho es el que me hace pensar que sus ataques traicioneros y arteros continuarán aunque no se diga nada ni se haga nada en su contra porque es nuestra mera existencia, después de decretar nuestra gradual extinción y de no llevarse a cabo, una bofetada continua contra su poder, su prestigio; un ataque directo a su persona. Este es nuestro pecado original y no hay bautizo que lo limpie.


No es nada personal, sólo son negocios

¿Cómo hemos llegado a esto? En mi opinión se debe a un fallo de cálculo de Francisco que se metió solito en un carajal sin darse cuenta. Acorralado como estaba por los que le auparon al solio petrino, en medio de una rebeldía teutónica y cercado por muchos escándalos sexuales, económicos, doctrinales y de mal gusto de sus criaturas, aliados y amigos, Bergoglio se negaba panza arriba a acometer unas “reformas” y a cortar por lo sano los problemas porque le restarían poder y perdería prestigio, sus tesoros. Podrá hacer capirotes con la tiara pontificia pero ni rozará con una pluma la base de su potestad. Se imponía tomar una medida contundente y que cumpliese con estos fines:

1º) Contentar al progresismo echado al monte y que no lo indispusiese con el conservadurismo mayoritario.

2º) Mostrar su poder absoluto en la Iglesia para aviso de amigos y enemigos.

3º) Montar lío que generase polémicas y ríos de papel, pasto de periodistas y opinólogos pero que, en fondo, no tocase el status quo real ni los equilibrios de poder eclesiásticos.

En resumen: contentar a los suyos, no indisponerse con la mayoría, meter miedo a todos, avisar a los contrarios (no es indiferente que después del TC haya metido en vereda al Opus Dei; demasiado obsequiosos para fiarse de ellos...) y arrojar tinta de calamar con la cuestión litúrgica. Salió la bola negra al tradicionalismo porque reúne todas esas características, además de ser caza mayor preferida para muchos altos curiales pedantescos y ser visto por la parte más radical del conservadurismo como un peligroso adversario. La víctima perfecta, pues. Y como un regodeado Nerón en Quo vadis? decretó su extinción diciendo que la historia no recordaría ni sus nombres para tapar al culpable del incendio dentro de la Urbe.


El chivo expiatorio contrataca

La víctima perfecta: pocos, débiles, mal avenidos entre sí, sin apoyos eclesiásticos ni simpatía del mundo secular, envidiados por el oficialismo, lleno de frikismos y tronados, muy sospechosos de no ser fieles y no aceptar el ultramegahipersupermagisterial Vaticano II y siempre con la sombra del cisma sobre la cabeza. ¿Quién se iba a oponer en serio a su destrucción?¿Quién iba a salir en su defensa? Además se oponían a los amores francisquitas. Pocos amigos, muchos enemigos y pocas simpatías de la mayoría. Creó un símbolo terrible y dio un arma formidable a sus adversarios: una víctima inocente. 

Pero no contó con varios hechos que cambiaron el rumbo de su Diktat hacia el desastre:

1º) Que no estamos en sus primeros años de pontificado. Jorge Mario, con sus formas de gobernar tiránicas, insultantes y cutres, ha creado un rencor y un resentimiento tal a su alrededor que cualquier víctima suya se ve con simpatía y reconocimiento. Otros han visto debilidad en la medida debido a sus golpes bajos y la mayoría ha olido el fin del pontificado y no quieren mancharse con un crimen reciente que les hace solidarios con este papado descalificado. Apoyar al tradicionalismo pasivamente, aunque sea con la nariz tapada, es apoyar la oposición a este papa y prepararse bien para el siguiente. Muy pocos lo han hecho por amor a la justicia y a la verdad. Sólo los más fanáticos y los que están bajo la mirada directa de Sauron han cumplido con las medidas a gusto del líder. 

2º) Que el tradicionalismo está muy curtido en mil batallas, al revés que un oficialismo tan acostumbrado a los mimos del poder por su lacayismo y cuya mayor desgracia concebible es perder el favor de la jerarquía. Sólo hay que ver la reacción al TC de los institutos Ecclesia Dei y compararlos con el del Opus Dei “Ad charisma tu(ll)endum”. Acostumbrados a la desgracia y al sufrimiento, a los baculazos y mitrazos, despreciados por defender lo que aman hasta con los dientes y  convencidos contra viento y marea de la justicia de su causa, escarmentados de los errores pasados, no cayeron esta vez en la trampa de una sublevación general ni pidieron árnica servilmente ante las pantuflas pontificias. Se mantuvieron de pie, dieron sus razones, prepararon las catacumbas y organizaron la resistencia en todos los ámbitos. Ahora todos los golpes se le vuelven a Francisco, quien rabea porque va perdiendo poder y prestigio. Ha creado un símbolo de oposición a su tiranía y encima procedente de la Tradición. Se ha encontrado con la resistencia pasiva pública del episcopado, ha chocado contra la dura realidad de un grupo pequeño de fieles convencidos, dado munición a los críticos de la iglesia contemporánea incluyendo al Concilio y su espíritu, y, sobre todo, corroído su poder. Esto NO se lo esperaba. Esto NO lo va a consentir. Esto NO lo va a perdonar nunca.  Ahora sabe que hay una bandera poderosa contra él y que cualquier medida de pacificación, de transacción, se verá como una derrota, como una victoria, como una rendición ante sus oponentes. Habrá guerra y hay que prepararse porque usará todas las triquiñiuelas, ardides y trampas.


¿Qué hacer?

Resistir, unir, ayudar y prepararse. El lema de S. Agustín debe ser el nuestro: In necessitate, unitas; in dubiis libertas; in omnibus, caritas. Fue un motivo de esperanza en medio de las tinieblas del TC que se reunieran todos los superiores de Ecclesia Dei en París para acordar medidas en común porque Bergoglio jugará a la división, como creo que son sus acercamientos a la FSSPX y su decreto manuscrito a Fraternidad San Pedro pero no a los demás, para que cayesen en la tentación non sancta de ser sus aliados a cambio de quedarse con el campo tradicional en exclusiva. Para ser los últimos en ser devorados, vamos. Debe quedar claro que un ataque a cualquier miembro es un ataque a todos.

Pero la unidad no debe ser solo entre sí sino con otras partes de la Iglesia y no por mero interés. Se debe formar un frente común con todos los que tengan la fe católica, quieran la santidad y le honren con culto digno. Es hora de enterrar el exclusivismo y paternalismo romano para siempre. No estamos luchando para volver al siglo XIX y sus polvos tóxicos sino por toda la Tradición y por la fe de nuestros Padres, desde los apóstoles, mártires, santos e, incluso, lo mejor de la esperanza pagana y la herencia de Israel. Se deben forjar lazos de amor, afecto y reconocimiento con el Oriente y sus iglesias católicas, que mucho bueno y experiencia nos pueden dar. También con otros grupos católicos, incluidos a los carismáticos y kikos decentes, porque responden a una necesidad, a pesar de algunas necedades suyas. Los pueblos libres de Tolkien se unieron a pesar de sus diferencias contra el enemigo y con la esperanza de un mundo mejor. Sigamos su ejemplo.

Prepararse para devolver la belleza y el resplandor a la Santa Iglesia para que pase de la pobreza y los harapos de hoy a los vestidos regios del Bien, Verdad y Belleza, para ser luz para todas las gentes hasta el confín del mundo y refugio seguro para todos los pecadores. Esto se hace amando a Dios con toda el alma, con toda la mente, con todo el cuerpo. El amor a Dios en todas las cosas es la vara con la que hace el Señor sus maravillas. Hay pues que honrar a Dios con el estudio de la fe, el cultivo de la verdad tanto en lo sobrenatural y en lo natural, con obras de caridad corporales y espirituales, creando belleza humana que se una a la divina de la Creación, dando frutos de santidad y salvación. De nada nos sirve defender la Tradición sin la savia, sin el fuego que da vida: Jesucristo. Sólo Él tiene palabras de vida eterna y sin Él nada podemos. Nunca lo olvidemos.


jueves, 4 de agosto de 2022

Sobre la buena prédica



Fides ex auditu (Rm. 10:17)



Cristo mandó a sus discípulos a predicar “a toda la creación” (Mc. 16:15), pero se olvidó quizás de agregar que la prédica debía ser buena, conforme a las reglas de la oratoria, elegante, poética, interesante, oportuna (e inoportuna si a mano viene), sencilla, elocuente, didáctica, original, ortodoxa, pegada a la Escritura, sugerente, evocativa, consistente, graciosa y conmovedora... por lo menos. 

Y breve, que lo bueno si breve, dos veces bueno (y si gravis, brevis, como mandaban los Romanos).

Pero, además, si no es pedir demasiado, parecida a la de Cristo, tan llena de parábolas, imágenes poéticas, comparaciones y metáforas. 

Y carente de moralina, como se lo reprochan los fariseos de su tiempo. Con todo acierto, Castellani les hizo decir lo que pensaban, indignados como estaban porque “Jesucristo no fulminaba con indignación a las pecadoras”:

¡Hubiese sido tan fácil y era de tan buen tono! ¿Y por ventura era mentira? ¿No podía tronar una vez al menos, como todos los predicadores, contra la disolución de las costumbres, la corrupción que lo invade todo, las porquerías de la carne, y esas mallas de baño venidas de Grecia y cada vez más cortas? Pero ¡ni una sola palabra acerca de «las playas»! 

¡Puras parábolas luminosas, comparaciones poéticas y preceptos generales, es decir, poesía, poesía y poesía! (Cristo y los fariseos, p. 48). 

 ¡Y qué gozo se produce en el alma cuando uno oye predicar bien! ¡Y qué eficacia tiene, como lo reconocen incluso los satélites del templo que fueron a apresarlo!

Nadie nunca habló como este hombre (Jn. 7:46)

Ya no hace falta obtener licencia para predicar, cualquiera lo hace y eso, de cualquier manera, lo que no quita que los que no saben deberían abstenerse, conforme al viejo adagio árabe que impone callar “si tu palabra no es mejor que tu silencio”. 

No, ya sé que no es fácil, pero, caray, razón de más para que los curas se callen. Y si no, si todavía quieren predicar, que se preparen con extremo cuidado y siempre siguiendo las reglas de la homilética (que no estudiaron en el seminario, ya sé, ya sé). 

Y, digámoslo una vez más, por amor de Dios y de sus fieles (que hace frío, que hace calor, que los chicos no se aguantan más, que se me pasa el asado), que sean breves.

En fin y como fuere, aquí dejo un ejemplo de prédica excelente, de parte de Malcolm Guite, capellán de la universidad de Cambridge y cura anglicano.

Y se preguntarán ustedes por qué tiene que ser un cura anglicano el que nos venga a enseñar alguna que otra cosa. Señores, no tengo yo la culpa, encontré este ejemplo y ningún otro, qué le voy a hacer (no hay traducción posible de a humbling experience, que algunos bestias vierten como “experiencia humillante”, pero mejor sería, quizás, “aleccionadora”. Pues de eso se trata, oír a este cura es aleccionador y constituye a humbling experience).

En fin, ojalá que Dios nos mande sacerdotes capaces, inteligentes, dotados, divertidos y, si a mano viene, santos. 

Pero, sobre todo, que sepan predicar 

Jack Tollers 

lunes, 1 de agosto de 2022

¡Loba! El amor hermoso y Mons. Tucho Fernández

Eugene de Leastar, The Arte of Kissing, óleo sobre tela, detalle.
Colección privada



 

En la estela de los grandes comentadores del Cantar de los Cantares, tales como Orígenes, Gregorio de Elvira o Guillermo de Saint-Thierry, Mons. Víctor “Tucho” Fernández continúa instruyendo al pueblo fiel acerca del amor hermoso. ¡Oh Mater Pulchrae Dilectionis!

Como un eco del Cantar (1,2) Osculetur me osculo oris sui! (“Bésame con los besos de tu boca”), siendo aun joven sacerdote, Tucho comenzó su magisterio con su obra primogénita Sáname con tu boca. El arte de besar, publicada en la colección "Vida Feliz" de editorial Lumen (Buenos Aires, 1995), rápidamente agotada y que lamentablemente no puede ser encontrada en ninguna librería. Los lectores del blog, sin embargo, podrán descargarla gratuitamente desde aquí. Y me parece oportuno ofrecer algunos párrafos escogidos.

El p. Tucho se preocupa de ilustrar a los fieles acerca de la taxonomía de los besos

“De acuerdo con la forma cómo se haga, se lo suele llamar también “piquito”, “chupón”, “taladro”, etc. (p. 13). 

Pero, más allá de los nombres, lo verdaderamente importante son las instrucciones para besar adecuadamente. ¿De qué nos valdría a los fieles saber el nombre de los besos si no sabemos cómo llevarlos a la práctica? Porque pueden ocurrir incidentes: 

“Cuando las cosas no funcionan entre los dos, más que pretender arreglarlo en la cama, hay que seguir los caminos que llevan al beso. (p. 21)”. 

Pero, como la virtud, los arrumacos oscularios deben conservar su justa medida, puesto que 

“…cuando el sexo se descontrola, y queremos más, más placer, más intensidad, el otro se transforma en una esponja que queremos exprimir totalmente, hasta la última gota. (p. 15)”. 

Evitaremos preguntar acerca de la naturaleza de esa última gota para centrarnos en los higiénicos consejos que también aparecen en el libro. Por ejemplo, 

“Puede ser que uno de los dos esté teniendo mal aliento, lo cual puede resultar profundamente desagradable y quitarle al beso todo su encanto. Pero se soluciona tomando la precaución de lavarse los dientes y mascando unos granitos de café, o enjuagándose con bicarbonato” (p. 26). 

O bien, pueden aparecer desagradables incomodidades al momento de oscular: 

“Puede tratarse también de la posición del cuerpo, y entre los dos podrían descubrir cuál es la posición más cómoda para ambos”. (p. 26).

Mons. Víctor Fernández siempre tuvo un oído puesto en el pueblo. Y así, nos trae el testimonio de algunos de sus fieles, no sabemos si de su Río Cuarto natal o de Buenos Aires, que detallan a los lectores del libro sobre los secretos del beso. Uno de ellos, particularmente fogoso, dice: 

“Me parece que cuando empezás a besar con la lengua es muy posible que pierdas el control, y ya querés adueñarte de la mina…”(p. 61). 

Una señorita, digna heredera de santa Inés y de santa Cecilia, explica: 

“Es hermoso ir girando por la mejilla y por la pera, y luego volverse a encontrar en la boca. Es un paseo maravilloso”. (p. 63). 

Finalmente, un novel profesor de colegio secundario, instruye: 

“El beso centrípeto es cuando chupás y absorbés con los labios. El beso centrífugo es cuando entrás con la lengua. Cuidado con los dientes” (p. 63).

No queremos cerrar este florilegio sin incluir algunos de los versos de autoría del mismo arzobispo de La Plata que aparecen en el libro y que esperamos ver algún día publicados en la antología poética de la cultura occidental:

Me preguntás

qué le pasa a mi piel

cuando te miro,

y a mis labios

que tiemblan como locos.

[…]

Por eso, no preguntes

qué le pasa a mi boca.

Matame de una vez

con el próximo beso,

desangráme del todo,

LOBA,

devolvéme la paz

sin piedad. (p. 44).


El motivo que nos ha llevado a recordar el magisterio oscular de Mons. Víctor Fernández ha sido la homilía que pronunció el 26 de julio pasado en una misa para conmemorar los 70 años de la muerte de Evita Perón, acerca de la cual pueden leer aquí. Llama la atención que, siendo una misa de difuntos, haya usados ornamentos blancos, aunque siempre existe la posibilidad de que Su Excelencia haya autorizado el culto a Santa Evita en su arquidiócesis. En la kermesse de santos inaugurada por Juan Pablo II y llevada al paroxismo por Francisco, bien puede la Abanderada de los Trabajadores recibir culto público. 

La misa se celebró en la misma iglesia donde, en 1945, Eva Duarte contrajo matrimonio con Juan Domingo Perón. Y ¡qué oportuno era ese lugar para celebrar el recuerdo de su tránsito a la gloria celestial! Como dijo Mons. Fernández, “Evita trasciende un movimiento político y es patrimonio de la humanidad”. Y cómo no serlo… ella, a los quince años escapó de su hogar materno en un oscuro pueblecito de las pampas para llegar a Buenos Aires donde se dedicó a la noble y decente tarea de actriz. Se esforzó en todos los méritos necesarios para complacer a los exigentes productores artísticos y a los severos miembros de la farándula a fin de alcanzar, finalmente, un módico estrellato radiofónico. ¡Qué ejemplo para las jóvenes argentinas: entregarse por enteras a fin de conseguir el alto ideal de vida que se han propuesto!

Y, finalmente, llegó el amor. Un flechazo desinteresado con el coronel Juan Domingo Perón, viudo y estrella en ascenso en el ámbito político argentino. El resto de la historia ya lo conocemos, pero lo importante es destacar lo que Mons. Tucho Fernández señaló en su homilía: el amor de Perón y Evita “no dejará de ser uno de los grandes amores de la historia”. Y razón tiene para tal aseveración. En la historia hubo amores míticos, como Tristán e Isolda; históricos, como Marco Antonio y Cleopatra; literarios, como Romeo y Julieta. En todos ellos, los amantes prefieren la muerte a vivir separados, y así terminan siempre sus historias: muriendo juntos. En el caso de nuestros amantes criollos, cuando Evita murió en 1952, Juan Perón también creyó morir, pero pocos meses después encontró consuelo en Nelly Rivas, una estudiante de 14 años con la que convivió en la quinta presidencial durante dos años, hasta su exilio. La soledad del Perón exiliado no duró mucho: en enero de 1956 conoció en Panamá a Estela Martínez, riojana y bailarina de una compañía itinerante de variette y de un cabaret de Caracas. Sería la Isabelita que gobernaría durante algunos años la República Argentina. 

Sí, efectivamente Mons. Víctor Fernández tiene razón. El amor entre Perón y Evita es uno de los más grandes, y permanentes, de la historia.


Más allá de la ironía, que es casi el único modo de posible de tratar este tema, lo cierto es que el autor de ese libro lascivo e infame en 1995 y de esta homilía grotesca en 2022, es un importante arzobispo, firme candidato a la sede primada argentina y al cardenalato, teólogo de confianza del papa Francisco y autor de buena parte de sus encíclicas. Este es el estado de postración absoluta en el que se encuentra la Iglesia católica en nuestros días. 

lunes, 25 de julio de 2022

La palmada pontificia al Opus Dei

 


En el post publicado hace una semana, hablábamos de una “eclesiología del poder” que se había ido enquistado dentro de la Iglesia desde hace varios siglos y, con un timing impecable, el papa Francisco publicó esos mismos días el motu proprio Ad charisma tuendum con el que decapita al Opus Dei. La única prelatura personal existente deja de orbitar en la Congregación de Obispos y pasa a hacerlo a la de Clero; su prelado ya no será obispo y, como premio consuelo, se le conceden los títulos y oropeles de protonotario apostólico. Deberán rendir un examen anual de las actividades desarrolladas en el mundo y, en los hechos, están a un tris de ser comisariados en cualquier momento. 

Autoritarismo puro, esta vez manifestado sobre “la Obra”, pero que ya se había ejercitado sobre el monasterio de Bose y sobre movimientos tales como el Camino Neocatecumenal y Comunión y Liberación, y un buen número de congregaciones e institutos religiosos. Todo debe someterse a la voluntad omnímoda del papa de Roma. 

Recuerdo que pocas horas después de que conociera la noticia de la elección de Bergoglio al pontificado romano, azorado e incrédulo, hablé con un amigo numerario del Opus Dei. Él estaba enfurecido. No se privó de ningún epíteto para calificar a quien tan bien conocíamos los argentinos. Tres días después, sin embargo, sus furias se habían calmado, y dos semanas más tarde, él y sus compañeros de residencia, eran los seres más felices de la tierra por tener un papa argentino. Las órdenes de Mons. Mariano Fazio, en ese momento vicario regional del Opus para Argentina, habían bajado rápidamente: no más que loas y flores para quien hasta hace un momento habían aborrecido y quien los sigue aborreciendo hasta el día de hoy. La bajeza de Fazio, sin embargo, recién había comenzado a revelarse. En 2014, cuando Mons. Rogelio Livieres, obispo de Ciudad del Este y sacerdote del Opus Dei, fue expulsado de su sede por la misericordia del papa Francisco, quedando literalmente sin lugar donde reposar su cabeza y con un estado de salud extremadamente delicado que la causó la muerte poco tiempo después, Mons. Fazio prohibió que fuera recibido en las residencias que el Opus tiene en Argentina —y que son muchas—, y prohibió además que se lo ayudara de cualquier modo, aún enviándole dinero. Todo era poco para congraciarse con el nuevo y temible pontífice. 

Por supuesto, poco tiempo después sus servicios fueron recompensados y fue nombrado vicario general de la Obra por el prelado, Mons. Javier Echeverría. Los ingenuos pensaba que teniendo a Fazio en Roma, un argentino cerca del pontífice argentino, se minimizarían los peligros. Los arrumacos del Opus con Francisco se incrementaron a límites exorbitados; todo absolutamente previsible y propio de esa institución. Y así, renunciando a cuantos ideales y proclamas realizadas en tiempos juanpablistas y benedictinos fueran necesarios, pensaron que podrían capear el temporal. Sí, fueron tan ingenuos como para pensar que Francisco iba a creer que habían cambiado, que ya no eran tan conservadores y elitistas, y que ahora se habían tragado en serio las versificaciones pontificias sobre el cambio climático, la conversión ecológica y los pobres de la periferia. La semana pasada recibieron la respuesta.

Lo que repugna es la vergonzosa obsecuencia y bobería del prelado, Mons. Fernando Ocariz. Claro que mucho no debía esperarse de él: hijo de un militar antifranquista, se las iba de niño liberal y republicano; en los '80 fue encargado como teólogo de la Congregación de la Doctrina de la Fe mantener conversaciones con la FSSPX sobre temas de libertad religiosa pero, llegados a un punto de objeciones puestas por la Fraternidad, declinó seguir el diálogo con la excusa de que los superiores no le permitían seguirlo. Se trata, como se ve, de una persona de grandes ideales e inquebrantable coraje, y ahora le agradece a Francisco, papa de Roma, la decapitación de la Obra que él tiene a cargo, con estas palabras: «Desearía que esta invitación del Santo Padre resonara con fuerza en cada una y en cada uno. Es una ocasión para profundizar en el espíritu que el Señor infundió en nuestro fundador y para compartirlo con muchas personas en el ambiente familiar, laboral y social. Damos gracias a Dios por los frutos de comunión eclesial que han significado los episcopados del beato Álvaro y de don Javier. Al mismo tiempo, la ordenación episcopal del prelado no era ni es necesaria para la guía del Opus Dei. La voluntad del Papa de subrayar ahora la dimensión carismática de la Obra nos invita a reforzar el ambiente de familia, de cariño y confianza: el prelado ha de ser guía, pero, ante todo, padre». Es tal el servilismo que hasta utiliza el lenguaje inclusivo para seguir haciendo mimos al verdugo que los está escupiendo y golpeando. Más dignidad tuvo Enzo Bianchi, a pesar de su progresía, o el cardenal Becciu, a pesar de sus opacidades financieras. 

        Como aventura Specola, se sospecha con fuertes razones, que en las próximas semanas será nombrado un “cardenal protector” del Opus Dei en la figura del jesuita Ghirlanda. No me extrañaría que Ocariz se ofrezca para lavarle personalmente las medias. 

El Opus Dei había iniciado hace ya algunos años el proceso de lenta desaparición que sufren muchos institutos católicos. Cada vez son más escasas las “vocaciones” de numerarios, y cada vez son más los numerarios que dejan las filas de la Obra. Y sin numerarios, la Obra tenderá al ocaso y a la desaparición pues, entre otras cosas, será imposible mantener sus costosísimos centros y residencias. En Buenos Aires, por caso, el famoso Cudes, ubicado en una de las zonas más caras de la ciudad, languidece y los vecinos apenas observan una que otra luz encendida, cuando hasta hace algunos años, no quedaba ventana sin iluminar, signo de la actividad permanente de allí había. En la misma Pamplona, están alquilando edificios enormes que antes eran ocupados por seminaristas propios o numerarios, al mejor postor. El lánguido declinar del Opus Dei ha recibido ahora, de parte de su idolatrado Francisco, una enérgica palmada que los ha aproximado más rápidamente a los bordes del precipicio. 


Nota bene: Desde hace algún tiempo, las maldades del papa Francisco le están despertando las antipatías de quienes antes eran sus amigos. El para nada tradicionalista Francisco Marhuenda, director de La Razón (España), es un buen ejemplo en este sabroso editorial

jueves, 21 de julio de 2022

La descomposición del catolicismo

 


La descomposición del catolicismo es una de las obras más breves, más conocidas y más emblemáticas de Louis Bouyer. Escrita en 1968, cuando autor ha decidido ya renunciar al Consilium, la comisión vaticana encargada de formular la reforma litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en ella expresa toda su frustración y su enojo por la mediocridad con que se han hecho las cosas.
Pero no se trata solamente de una reforma litúrgica a la que percibe anticipadamente fracasada. Se trata de la situación de la Iglesia católica en general, a la cual se convirtió a comienzo de los años '40 y a la que ve postrada e incapaz de solucionar los profundos problemas que la afligen. Si el Concilio había sido para él como para muchos otros una gran esperanza de reforma, el correr de los años le ha demostrado que, lejos de mejorarse, las cosas han empeorado hasta lo impensable.
Es este el drama que Bouyer expone en su libro a través de tres capítulos: Progresismo, Tradicionalismos y Conclusiones. Con el estilo irónico y a veces cáustico que lo caracteriza describe la situación que ha vivido y la que está viviendo dentro de la Iglesia a la que quiso servir, y advierte sobre las consecuencias que sobrevendrán si no se corrige lo que está mal.

Sus previsiones, cincuenta años más tarde, se han revelado proféticas.

Aquí un extracto que revela el carácter del libro: 



Éste es el punto más paradójico de la situación, que en el momento en que se ha perdido todo sentido de la autoridad se ve renacer una especie de neoclericalismo, por cierto tanto de los seglares como de los clérigos, más cerrado, más intolerante, más quisquilloso que todo lo que se había visto anteriormente.

Un ejemplo típico es el del latín litúrgico. El Concilio ha mantenido en términos explícitos el principio de conservar esta lengua tradicional en la liturgia occidental, aunque abriendo la puerta a amplias derogaciones cada vez que las necesidades pastorales impongan un uso, más o menos extenso, de la lengua vulgar. Pero la masa de los clérigos que hasta ahora no podían siquiera imaginar que se hiciera sitio a la lengua vulgar, por lo menos en el anuncio de la palabra de Dios, han saltado inmediatamente de un extremo al otro y no quieren ya que se oiga una palabra de latín en la Iglesia. Según parece, los seglares tienen hoy la palabra, pero, por supuesto, a condición de que en este punto, como en los otros, se limiten a repetir dócilmente lo que se les dice. Si protestan y quieren, por ejemplo, conservar el latín por lo menos en los cantos del ordinario de la misa con que estaban familiarizados, se les replica que su protesta carece de valor: no están iniciados en la nueva teología y por tanto no hay que tener en cuenta lo que dicen... Esto es tanto más curioso cuanto que reclaman precisamente lo que el Concilio había recomendado.

Pero el Concilio tiene mucho aguante: cuando se evoca su nombre, las tres cuartas partes de las veces no se apela precisamente a sus decisiones y a sus exhortaciones, sino a tal o cual declaración episcopal individual que la asamblea no había en modo alguno ratificado; o se apela a lo que tal o cual teólogo o tal o cual chupatintas sin mandato alguno habría querido ver canonizado por el Concilio, y hasta a tal o cual exposición atribuida al Concilio, aun cuando tal exposición lo contradiga palabra por palabra.

Y lo que sucede con el latín se puede decir también de toda la liturgia, lo cual es tanto más grave en el momento preciso en que el Concilio acaba de proclamar el carácter central de la liturgia en la vida y en la entera actividad de la Iglesia. No hace mucho se subrayaba que las Iglesias tradicionales, y en primer lugar la Iglesia católica, con su liturgia objetiva, sustraída a las manipulaciones abusivas del clero, salvaguardaban la libertad espiritual de los fieles frente a la subjetividad fácilmente invasiva y opresiva de los clérigos. Pero esto ha pasado a la historia. Los católicos contemporáneos sólo tienen ya derecho a tener la religión de su párroco, con todas sus idiosincrasias, sus limitaciones, sus rarezas y sus futilidades.

La princesa palatina describía a Luis XIV el protestantismo alemán con esta fórmula: “Aquí, cada uno se hace su propia religioncita”. Hoy día, cada sacerdote, o poco menos, se halla en este caso, y los fieles sólo tienen que decir amén, y todavía tienen suerte cuando la religión del párroco o del coadjutor no cambia cada domingo, a merced de sus lecturas, de las tonterías que ha visto hacer a otros o de su pura fantasía.


Disponible en Amazon, en formato Kindle y soporte papel.

lunes, 18 de julio de 2022

Una eclesiología del poder

 


Hace algún tiempo, remedando a los encuestadores, hice el siguiente ejercicio. En conversaciones informales, pregunté a tres sacerdotes de institutos tradicionalistas —de los más antiguos y serios—, lo siguiente: “Si el papa Pablo VI hubiese promulgado una reforma radical de la misa como la que hizo, pero en sentido católico y no protestantizante ¿la hubiesen aceptado?”. Los tres me respondieron sin dudar afirmativamente, y la razón fue que el papa tiene autoridad para cambiar la liturgia, aún cuando se trate de cambios profundos, siempre que se hagan de acuerdo al espíritu católico. Y la misma pregunta la hice a tres sacerdotes claramente modernistas, que vivían felices con los cambios conciliares. Ellos también, y sin dudar, aceptarían cualquier tipo de reforma de la liturgia, y aún de la doctrina, porque el papa tiene autoridad suficiente para hacerla. Curiosamente, ambos extremos se tocan en un punto en común: la autoridad omnímoda del pontífice romano, la coincidentia oppositorum que diría Nicolás de Cusa. 

Sobre este tema, la primacía del magisterio sobre la tradición, traté en este blog hace un tiempo en un artículo titulado justamente “La Tradición devorada por el magisterio”, que fue reproducido en varios sitios y lenguas. Y ahora vuelvo sobre el tema pero mirándolo desde otra perspectiva. 

La enseñanza católica expresada en los Padres y en los grandes doctores medievales, afirma que la Iglesia ejerce un doble ministerio, aunque profundamente uno: el de enseñar la verdad divina y el de proponer su misterio vivificante en la celebración sacramental; una Iglesia que enseña y que santifica; una Iglesia docente y sacerdotal. No aparecía en este binomio la tercera función de la que habla la teología moderna: la Iglesia regens, es decir, la Iglesia como autoridad, y no porque se le negara tal ejercicio, sino porque estaba unificado con el de enseñar. Explica Santo Tomás, que tanto en el ámbito natural como sobrenatural, no hay ley digna de este nombre que sea distinta de una aplicación concreta a las circunstancias de la ley eterna que está incluida en la naturaleza de Dios y de sus obras. Por consiguiente, hacer leyes justas y velar por su aplicación no es sino una consecuencia de la capacidad de enseñar la verdad. En el ámbito civil y con mucha más razón en el eclesiástico, quienes legislan y quienes aplican la ley deben ser sabios, como ya lo enseñaban los filósofos griegos. En la Iglesia, la función de regir al pueblo de Dios no es, pues, más que un apéndice de la función de instruirlo en las cosas divinas.

Pero hacia fines de la Edad Media las cosas comenzaron a cambiar. Así como a Cristo se le atribuyen tres funciones —regia, doctoral y sacerdotal—, se le atribuirán también a la Iglesia. En principio, no habría problema en esta translatio. La cuestión se complicó, sin embargo, muy pronto con el escotismo y el posterior nominalismo. Esta corriente filosófica, inaugurada hacia fines del siglo XIII, atribuye a Dios la potentia absoluta, según la cual podría, con sólo quererlo, hacer que el mal fuera bien y el bien, mal. Este principio, más o menos rechazado irá, sin embargo, cociéndose lentamente en las facultades de teología, no sin cierto beneplácito pontificio. ¿Por qué no atribuir esa potentia absoluta también a la Iglesia la que, en concreto, sería al mismo papa? Si el poder de Dios es absoluto aún para hacer que el mal sea bien, es decir, no está “atado” a la naturaleza de las cosas, el poder del Romano Pontífice, análogamente, no debe estar atado a la naturaleza docente y santificante de su munus. En otras palabras, la función de gobierno tiene preeminencia sobre las otras dos. Se trata de una nueva eclesiología, que añade este elemento que es el más típico del catolicismo postridentino: ha nacido una eclesiología del “poder”. San Roberto Belarmino, jesuita, decía: “La Iglesia católica es visible como es visible la república de Venecia”. La Iglesia, sin duda, tiene un aspecto visible, aunque no todo sea en ella visible; el problema está en concebir esta visibilidad como la de un poder político, y precisamente de un poder que es la primera especie de dictadura política, como fue la Venecia del siglo XVII. Este fue el espíritu que fue impregnando a la Iglesia de la Contrarreforma.

De este modo, entonces, la autoridad, la Ecclesia regens, se erige por sobre las otras dos funciones. La autoridad ya no está sometida a la tradición sino que es su guardiana, y el paso siguiente será, naturalmente, la exaltación de tal autoridad a punto tal que, de hecho, reemplaza a la tradición. La autoridad pontificia no tiene ya más norma que sí misma, puesto que se ha hecho de ella algo absoluto, y por eso cualquier papa podrá decir: Stat pro ratione voluntas, Baste mi voluntad como razón. Como dijo Pío IX al cardenal Guidi: “Io sono la tradizione” (Cf. K. Schatz, Vaticanum I, vol. III, Paderborn, 1992, p. 312-322). Curiosamente, este es el punto de coincidencia de tradicionalistas y progresistas: la autoridad del papa es suficiente para cambiar aquello que fue recibido por la tradición. Las diferencias —cambios más o menos católicos, o más o menos protestantes—, terminan siendo detalles.

Esta eclesiología del poder, que ha ido creciendo poco a poco, ha permitido no solamente los cambios litúrgicos hechos en nombre del concilio Vaticano II, sino también un derrame de autoritarismo absolutamente impensado en los primeros quince siglos de la Iglesia. El papa los es todo para los obispos, y vemos cómo Francisco expulsa obispos de sus diócesis pro ratione voluntas (y no nos engañemos pensado que esto responde a la maldad de Bergoglio: san Pío X expulsó con los mismos métodos a un tercio del episcopado italiano) o, como en el caso de Mons. Rey, les prohibe ordenar sacerdotes. El obispo lo es todo para sus sacerdotes, y tenemos casos recientes como el de Mons. Taussig en San Rafael, o como el de tantos obispos del mundo que persiguen a sus sacerdotes  por el solo hecho de, por ejemplo, dar la comunión en la boca. El párroco lo es todo para los vicarios, y mejor no entremos en estos lodazales. Y los sacerdotes lo son todo para los fieles, que no tienen derecho ni siquiera a opinar; su papel se reduce simplemente a obedecer, a llenar la canasta semanalmente y a ayudar a mover los bancos del templo y sacar las telarañas. 

De servidora de la verdad y de los miembros de la Iglesia, la autoridad se ha convertido en su dueña. El papa ya no es el intérprete fiel de la tradición; ha sido sustituido por el oráculo que decide su carácter.