domingo, 7 de marzo de 2021

Tomando mate con Lutero

 

Hace algunos días se conoció un adelanto del libro del médico y periodista argentino Nelson Castro titulado La salud de los Papas y editado por Sudamericana. Aparece allí parte de la entrevista que le concedió Francisco y en la que habla de sus problemas de salud. Se leen textos como los siguientes: “Francisco habló también de sus neurosis, a las que describió como una mezcla de ansiedad y de tristeza, y afirmó que “hay que cebarles mate” y “acariciarlas también”, ya que “son compañeras de la personas durante toda su vida”. O bien: “Es muy importante poder saber dónde chillan los huesos. Dónde están y cuáles son nuestros males espirituales. Con el tiempo, uno va conociendo sus neurosis”.


Estas afirmaciones causaron escozor en muchos sectores católicos: ¿qué era esto de “cebarle mate a las neurosis”? Lo cierto es que, más allá del lenguaje tosco y populachero del Papa, lo que dice está muy bien y tiene sentido cristiano. Debemos aprender a convivir con nuestras enfermedades, físicas o psíquicas, porque forman parte de la finitud propia del hombre caído. Un cristiano que quiere seguir a su Maestro sabe que tiene que cargar su cruz cada día y caminar detrás de Él. En todo caso, deberá poner los medios necesarios para limitar esas enfermedades a fin de que le permitan cumplir sus deberes de estado, pero sabiendo que algunas de ellas lo acompañarán a lo largo de toda su vida. El diabético sabe que debe privarse de los dulces y tener a mano la insulina; el hipertenso debe evitar la sal y no olvidar los inhibidores de la angiotensina; el ansioso debe aprender técnicas de control conductual y en ocasiones deberá recurrir a las benzodiasepinas. Encuentro, entonces, muy sensatas las palabras del Papa Francisco aunque no me guste su modo de expresión, más propio de Mamerto Menapache que de un Romano Pontífice.

En los mismos días, Rizzoli publicó en Italia otro libro pontificio: Sobre los vicios y las virtudes, surgido de una entrevista que le realizara al Papa el p. Marco Pozza, capellán de la cárcel de Padua. El título es, claro, una copia de los specula principis que aparecieron en el Alto Medioevo aunque, como era previsible, de una calidad notablemente inferior. Es interesante ver las reacciones de burla abierta que ha tenido el escrito en algunos medios italianos. “Banalidades”, es lo menos que le dicen. En los adelantos del libro aparecidos en el Corriere della sera se lee la siguiente afirmación del Santo Padre: “Hay personas virtuosas y hay personas viciosas, pero la mayor parte son una mezcla de virtudes y vicios. Algunos son buenos en una virtud pero tiene alguna debilidad. Porque todos somos vulnerables. Y debemos tomar en serio esta vulnerabilidad existencial. Es importante saberlo, como guía de nuestro camino y de nuestra vida”. No podemos sino estar de acuerdo con los periodistas italianos: banalidades que podrían ser dichas por el almacenero de la esquina. 

Pero me interesa hacer notar que encontramos aquí una escalada del argumento anterior. O dicho de otro modo, una aplicación de las recetas utilizadas para enfrentar las enfermedades al caso de las virtudes y de los pecados. Es como si Bergoglio hubiese dicho: “A los vicios [o pecados, que viene siendo lo mismo] hay que cebarles mate y acariciarlos también, porque nos van a acompañar a lo largo de nuestra vida”. Yo veo acá una extrapolación muy peligrosa. En primer lugar, porque las enfermedades no son pecados, aunque algunas de ellas, como las psiquiátricas, puedan ser dispositivas al pecado. Y en segundo lugar, porque aunque todos somos pecadores y “hasta el justo peca siete veces al día” (Prov. 24,16), lo cierto es que Nuestro Señor nos manda que estemos en permanente tensión a fin de evitar el pecado. “Sed sobrios y estad atentos” (1 Pe. 5,8), nos advierte San Pedro, y la prédica de toda la Iglesia ha sido constante en su rechazo al pecado y en la exigencia irrenunciable de tender a su superación. Se nos pide tensión permanente a la santidad, y esto implica atención constante a fin de evitar el pecado. Al pecado no se le puede cebar mate; hay que expulsarlo a patadas.  

Alguien podría aducir que la extrapolación señalada es una ocurrencia mía. Sin embargo, creo que no es así. Más aún, creo que los mates y las caricias están en la base de la teología de Bergoglio. Veamos un pasaje de Amoris letitiae:

303. A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. […] Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo.

Tomar mate con lo vicios desemboca irremediablemente en la permisión de las situaciones permanentes de pecado. Traduciendo el párrafo citado, el cristiano que vive en adulterio debe “acariciar” no solamente a su adúltera sino también a su adulterio, al “reconocer que es la única respuesta que puede ofrecer a Dios”. Más aún, debe tener la “seguridad moral” que es eso lo que Dios quiere de él, y seguir en paz tomando mate, y comulgado los domingos en misa. 

Muchas cosas podríamos decir sobre esta teología que perfilan los documentos pontificios. En primer lugar, una confusión desastrosa entre el plano natural (la enfermedad) y lo sobrenatural (el pecado y la gracia). Un artículo muy interesante aparecido en Infocatólica analiza una de las aristas de esta situación en Amoris letitiae, puesto que la exhortación apostólica termina afirmando la posibilidad de poseer la virtud de la caridad sin el estado de gracia. Esto es producto de una fenomenal confusión entre el amor natural, que está caído, y la caridad teologal, y entre ellos hay un verdadero abismo, el salto de la gracia sobrenatural. Pero Francisco confunde, o niega, tal distinción o tal abismo. Es difícil no ver en este condumio teológico la mano de Henri de Lubac y sus malabares entre lo natural y lo sobrenatural. Lo naturaleza, según el jesuita francés, ya estaría transida de sobrenaturalidad o, mejor aún, lo sobrenatural sería casi ocioso porque lo natural bastaría. Y como en el natural humano hay “mezcla de virtudes y vicios” imposibles de erradicar, Dios en definitiva me salva tal como mi natural es, así de machucado y oscuro como lo encontramos en el hombre concreto. 

En segundo lugar, se percibe una especie de freudismo teológico. Para Freud, la psique se cura cuando se consigue encauzarla nuevamente, es decir, cuando los motivos inconscientes, que provocan la neurosis, se convierten en conscientes. Este paso —de lo inconsciente a la conciencia — tiene una función catártica y sanadora. Y por eso el psicoanálisis permite al hombre liberarse de la libertad, le dice que no es responsable de sus propias acciones y de sus desviaciones morales, y que no existe libre elección, porque es el inconsciente el que lo hace todo. Así, se trata de una coartada y un alivio; el hombre ya se siente justificado no del pecado sino de no haber pecado. Freud tiende así a una “moral sin pecado”, en cuanto da una explicación patológica del mal moral.

Análogamente, el Papa Francisco afirma la necesidad de conocer profundamente esa situación de pecado —el adulterio, en el caso de Amoris letitae—, a lo que llama “discernimiento”. Y una vez discernido, el cristiano se dará cuenta que su naturaleza, por una razón o por otra, es tal, con tales vicios y virtudes, y que lo mejor que puede ofrecer a Dios es esto o aquello. Se superó el trauma; el pecado dejó de ser pecado, y todos felices y con la conciencia tranquila. Y esta particular teología, que no es propia de Bergoglio sino que campea en la Iglesia desde hace décadas, se aplica a múltiples circunstancias. Está detrás, por ejemplo, de todas las referencias equívocas a las relaciones homosexuales. No sólo su frase de “¿Quién soy yo para juzgar?”, sino la audiencia que la concedió a un/a trans español/a con su novia; o cuando recibió en la nunciatura de Washington a su amigo Yayo Grassi y su novio, con besos y algarabías.  “Tu naturaleza —dice el Francisco con sus gestos— está irremediablemente herida. Conócete, acéptala, y haz lo mejor que puedas con ella. Dá a Dios lo máximo que puedas en esta circunstancia concreta. Si eres homosexual y por tu naturaleza caída no puedes llevar una vida de celibato, lleva una vida de fidelidad hacia una sola persona. Si es eso lo máximo que puedes dar, y lo sabrás luego del proceso de discernimiento [o de conocimiento a través del psicoanálisis, diría Freud], es eso entonces lo que Dios te pide”. Así como el enfermo debe conformarse con su diabetes y evitar los dulces, así el homosexual o el irremediablemente infiel, debe conformarse con su condición y evitar la promiscuidad. 

Esta teología del Papa Francisco no es nueva. Tiene más de cinco siglos, y un nombre muy definido: luteranismo. 


jueves, 4 de marzo de 2021

La misericordia de Chesterton


Siempre se presume, sobre todo por razón de nuestras inclinaciones tolstoianas, que cuando el león se acuesta al lado del cordero, el león se transforma en un ser tierno y amable como el propio cordero. Pero eso equivale a una anexión imperialista y brutal de parte del cordero. Eso sencillamente es un caso de un cordero absorbiendo al león en lugar del león comiendo al cordero.

El problema real es el siguiente: ¿puede el león acostarse al lado del cordero y aun así conservar su real ferocidad? Ese es el problema que la Iglesia intentó resolver; eso es lo que milagrosamente logró.

Esto es lo que he dado en llamar “el presentimiento de las ocultas excentricidades de la vida”. Aquí se trata de saber que el corazón de un hombre está a la izquierda y no en el medio del cuerpo. Esto consiste en saber, no sólo que la tierra es redonda, sino saber también exactamente dónde es plana. La doctrina cristiana detectó que en la vida hay cosas raras. No sólo descubrió la ley, sino que también anticipó las excepciones. Los que dicen que el cristianismo descubrió la misericordia lo están menospreciando; cualquiera podría descubrir la misericordia. Y en realidad, todo el mundo hizo ese descubrimiento. Pero desarrollar un plan para ser misericordiosos y a la vez severos—eso sí que preveía una necesidad muy extraña de la naturaleza humana. Porque ocurre que nadie quiere que le perdonen un gran pecado como si fuera uno pequeño.

G.K. Chesterton, Ortodoxia.

Traducción de Jack Tollers

domingo, 28 de febrero de 2021

El próximo Papa y la extinción de la vida religiosa

 

Uno de los temas más preocupantes que deberá enfrentar el sucesor del Papa Francisco será el del desmoronamiento y posible extinción de la vida religiosa. No hace falta extenderse demasiado para probar esta afirmación. El blog de la Cigüeña de la Torre lleva cuenta pormenorizada de las casas religiosas que desaparecen en las diócesis españolas. No pasa semana sin que no aparezca una o dos mala nueva de ese tipo. El proceso de desaparición es ya irreversible para muchas congregaciones, sobre todo las más pequeñas: los noviciados han cerrado definitivamente pues ya no tienen vocaciones, y las religiosas o religiosos que quedan, vegetan esperando la muerte, la suya propia y la de su congregación. Los obispos, en tanto, se frotan las manos porque generalmente los bienes (grandes colegios, residencias, edificios) son “vendidos” a las diócesis por precios irrisorios.


En otros casos, y a fin de sobrevivir, los superiores decidieron recibir en sus filas a lo que venga, cualquiera fuera la calidad del candidato. Presentan, entonces, noviciados con un número aceptable de vocaciones; la mayor parte de ellos desertará afortunadamente, pero la perspectiva de esos institutos regidos por los que quedan es espeluznante. Veamos un ejemplo. Hace muy pocos días se realizó en la casa de formación de la provincia argentina de los Hermanos de las Escuelas Cristianas o de Lasalle, el ingreso al postulantado de un joven. Aquí pueden ver la ceremonia, y aclaro que es real y que no se trata de un sketch grotesco de algún irreverente director italiano ni de una remake de La armada Brancaleone. El acto tiene lugar en una pequeña sala de estar; los miembros de la comunidad religiosa están en bermudas y tomando mate, durante la lectura del evangelio ni se mosquean y el melenudo del fondo continúa repantigado en su sillón, y cuando al nuevo postulante le cuelgan la crucecita al cuello que lo distinguirá en su nuevo carácter, todos hacen mohínes de señorita. Además de las recias voces varoniles de los protagonistas, lo que llama la atención es la inanidad de los personajes: un grupo de buenos para nada, mantenidos por una congregación hipermillonaria, que en una vida laicos serían incapaces de ganarse la vida, por holgazanes, por cortedad intelectual, por inútiles o por todo eso junto. ¿Qué futuro le espera a los lasallanos, y a tantos otros institutos que han seguido la misma política, cuando dentro de un década este lumpen se haga cargo de su gobierno?

Ciertamente, no podemos achacar esta situación al Papa Francisco. El decaimiento de la vida religiosa es uno de los problemas que más claramente pueden vincularse a los frutos del Concilio Vaticano II. Son muy conocidas las estadísticas que señalan el impacto destructivo que produjo el engendro del Papa Juan XXIII entre los religiosos: miles de de ellos dejaron los hábitos en el término de pocos años y los nuevos ingresos se redujeron drásticamente hasta desaparecer del todo. Bergoglio, en todo caso, comparte la responsabilidad de haber desvirtuado completamente el sentido misionero de la fe cristiana, proclamando a diestra y siniestra que no es necesario ser católico para salvarse, que todo da más o menos lo mismo, que las monjas son solteronas, que los curas tienen cara de pepinillos en vinagres y que los jóvenes piadosos tienen algún desorden psicológico. ¿Qué sentido puede tener, entonces, entrar en religión? ¿Por qué un joven hecho y derecho se decidiría a entrar a los Hermanos de Lasalle? Destruido el ideal cristiano de convertir a los demás a la fe y entregar la vida en holocausto al Señor, sólo ingresarán quien no sabe qué hacer de su vida, quien es un holgazán que busca una vida cómoda, quien es un pícaro ambicioso que sabe que en pocos años será el dueño virtual de un imperio inmobiliario y el CEO de una empresa educativa multinacional que genera millones al año, o un baldado que, de quedarse en el mundo, terminaría viviendo en la calle. Porque gastar la propia vida en el modelo que los jóvenes novicios lasallanos del video proponen, no puede entusiasmar a nadie. 

Es verdad también que la situación que se avecina permitirá llevar a cabo, por las malas, una purificación que era necesaria. En mi opinión, la proliferación incontrolada de la nuevas congregaciones religiosas, sobre todo femeninas, en el siglo XIX, fue un desacierto. Cada obispo quería tener su propia congregación diocesana y cada cura soñaba con ser padre fundador. Y había casos en que no se contentaban con fundar un solo instituto. Con todo el respeto que me merece San Arnoldo Janssen, suena medio raro que haya fundado tres congregaciones diferentes. O bien, era bastante habitual que, una vez muerto el fundador, las fundadas se pelearan entre ellas, y la congregación naciente, cual estrella de mar, se reprodujera por escisión, y de una salieran dos o tres nuevas congregaciones.  Si la vida religiosa logra sobrevivir, y si hay aún tiempo, creo que sería conveniente reducir y limitar los famosos “carismas” , y volver a un número sensato de institutos religiosos.

Por otro lado, esta cuasi desaparición de la vida religiosa tal como la conocimos será también un sinceramiento. Las congregaciones de vida activa nacieron fundamentalmente ordenadas a uno de estos tres objetivos: las misiones, la educación, o la protección de los más desamparados (enfermos, ancianos, niños, mujeres de la calle, etc.). Los misioneros han dejado ya de tener sentido por lo que ya mencionamos. Desde que se nos dijo hasta el cansancio que la Iglesia no debe reclamar para sí la exclusividad del camino del salvación; se nos habló de la dignidad de todas las religiones, aún las paganas; se nos sentenció a respetar el sacrosanto santuario de las conciencias y el Papa Francisco nos ha machado sobre la maldad del proselitismo, las misiones y los misioneros están demás. Un misionero católico en África, en la actualidad, sólo sirve para lograr que una aldea posea agua potable o para conseguir de la ONU algunas bolsas de trigo. 


Las congregaciones educadoras, si bien algunas pocas nacieron en el siglo XVI, su auge se dio después de la Revolución Francesa, cuando los Estados dejaron de ser católicos y en las escuelas públicas comenzaron a enseñarse los ideales revolucionarios. Los religiosos, entonces, aseguraban a las familias católicas que sus hijos serían educados en la fe y prevenidos de los peligros del nuevo mundo secular. Pero cuando el Vaticano II nos despabiló explicándonos las bondades del mundo, del que ahora debíamos ser estrechos amigos, y los papas posteriores se preocuparon de señalarnos los elementos valiosos que encuentran en los ideales revolucionarios, ¿para qué, entonces, procurar una enseñanza católica? Sumado a eso, el envejecimiento y falta de renovación de los religiosos, provocó que la mayor parte de las instituciones educativas católicas estén en la actualidad en manos de laicos, que se han convertido en meros gestores, preocupados en el mejor de los casos por elevar el nivel académico de esas instituciones y lograr así más alumnos, y más ingresos. Aceptan pasivamente todas las imposiciones del Estado en cuanto a la enseñanza de contenidos tales como educación sexual, ideología de género y otros similares, y la religiosidad se limita a una rápida oración mal hecha por las mañanas, y a una misa una vez por mes. Los obispos, en tanto, que debieran velar por estos colegios, se mantienen contentos y tranquilos si reciben mensualmente el cheque con el porcentaje de ingresos acordado. Salvo muy contadas excepciones, la vida religiosa dedicada a la educación no tiene ya ningún sentido. 

Aquellas instituciones, finalmente, dedicadas a la protección de los más necesitados, están también en problemas. Los hospitalarios, que son los que llevan la vida más dura, suelen tener un número aceptable de vocaciones, sencillamente porque son genuinas. Dedicar la vida a cuidar de noche a los enfermos, como las Siervas de María, es cosa seria. Las congregaciones empeñadas en el cuidado de los niños expósitos, desfallecen, entre otras razones, por los escándalos que han salido a luz. El aberrante caso de la perversión de varios miembros de la congregación fundada por Antonio Próvolo para la educación de los sordomudos es más que significativa. Y aquellos institutos dedicados al servicio de los pobres, quizás la mayoría de este rubro, han convertido a sus escasos miembros en asistentes sociales, activistas de barrio y organizadores de ollas populares. Para hacer eso no es necesario consagrarse a Dios. 

Es verdad que hay algunos pocos casos de comunidades religiosas florecientes. Algunas provincias de órdenes religiosas seculares, por ejemplo, han logrado mantenerse fieles a la fe y a los ideales fundacionales, y las vocaciones no le faltan. Algunos institutos nacidos al calor del entusiasmo juanpablista y arropados por él, continúan con buen número de ingresos pero buena parte de ellos están heridos de muerte debido a los escándalos sexuales protagonizados por sus fundadores, que no dejan de crecer y de comprometer cada vez a más miembros. Los institutos tradicionales, amparados por la ex-Comisión Ecclesia Dei, tiene también vocaciones pero hay que reconocer que todos estos casos juntos no son más que una gota en el mar y que, además, tienen a todo el episcopado en contra esperando cortarles la cabeza cuando apenas tengan oportunidad. No les veo mucho futuro, al menos como esperanza de restauración de la vida religiosa.   

Mucho me temo, entonces, que el próximo Sumo Pontífice tenga que enfrentarse a la desaparición de la vida religiosa tal como la Iglesia la conoció a partir del siglo XVI. Y, como en todo aquello en lo que interviene la Providencia, me pregunto si no será mejor así. 


miércoles, 24 de febrero de 2021

Magisterio ordinario

 

"Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático". 

Papa Francisco,  Laudato sì, n. 23.


Nevada en Arabia Saudita, 15 de enero de 2021.
Temperatura mínima promedio en enero en Arabia Saudita: 20°




Nevada en Dallas, Texas, 19 de febrero de 2021.
Temperatura mínima promedio en Dallas en enero: 14°


Nevada en Atenas el 17 de febrero de 2021.
Temperatura mínima promedio en enero de Atenas: 13°






sábado, 20 de febrero de 2021

El marqués del Grillo

 

En Roma, detrás del Foro de Trajano y apenas pasando la sede italiana de la Orden de Malta, se forma una extraña esquina de dos calles que asciende abruptamente: la via degli Ibernesi, que recorre apenas unos metros para desembocar en via Baccina, y la Salita del Grillo, es decir, la “subida del Grillo”. Su nombre no homenajea a ningún insecto sino a los marqueses del Grillo que tenían su palacio ubicado en ese lugar. Y el más famoso de ellos, Onofrio, fue retratado en una película de Mario Monicelli estrenada en 1981 y protagonizada por el genial Alberto Sordi. 


El casi desconocido filme, es una magistral comedia que pinta de un modo ácido y descarnado la sociedad romana durante el pontificado de Pío VII, mientras la Urbe estaba ocupada por las tropas napoleónicas. Es una perfecta farsa que relata de modo satírico y burlesco los aspectos más groseros de las conductas de los eclesiásticos y seglares de ese ambiente, en que el hay mucho de exageración pero también mucho de verdad.

Onofrio del Grillo es un pícaro e indecente miembro de la nobleza negra y como tal de la Guardia Noble pontificia, integrada por viejos decrépitos, infradotados mentales y afeminados. Es perezoso y lujurioso. Traba estrecha amistad con los invasores franceses; durante su turno de guardia en el palacio pontificio se dedica a realizar carreras de ranas y no le importa abandonar su puesto para pescar in fraganti a una de sus amantes en un momento de infidelidad. Su madre, la anciana marquesa, profundamente católica y fiel al Pontífice, no repara en mandar a la guillotina a un pobre carbonero para salvar a su hijo de una de sus trastadas. En fin, Monicelli se encarga de mostrar a través de una comedia que la Iglesia católica, su doctrina, su moral y su jerarquía son solamente una farsa, un modo de pasar la vida con cierta comodidad de acuerdo a los vericuetos psicológicos de cada uno. Los dogmas y principios se adaptan según lo requieran las circunstancias o lo paguen los dineros y, en última instancia, la fe conservada y transmitida por la Iglesia no es más que una ficción creada para el consumo de una multitud a fin de que goce una minoría, a tal punto que en la película tiene más mérito y cosecha más simpatías un cura apóstata y asesino, convertido en salteador de caminos, que el mismo Pío VII.

Volví a ver la película hace unos pocos días y no pude dejar de pensar en el Papa Francisco quien pareciera que no es más que el reflejo del marqués del Grillo, sin la maestría ni la gracia de Sordi. Pícaro como Onofrio, su trabajo durante estos casi ocho años de pontificado ha sido convertir a la Iglesia en una farsa a los ojos del mundo, y de los mismos fieles. En un cruel canibalismo institucional, se ha gozado en exponer los defectos de la Iglesia de Cristo  y criticarlos con sorna e imágenes peyorativas; se ha aliado con sus enemigos y hecho causa común con ellos; se ha burlado incluso de las prácticas de piedad más tradicionales (basta recordar que llamó semipelagianos a un grupo de fieles que le habían ofrecido miles de rosarios por sus intenciones); se resiste a usar las vestimentas propias de su figura, a las que considera propias de un carnaval y provoca el espanto y burla de propios y ajenos en su diarias intervenciones públicas, en las que deja ver su indigencia teológica.

En los últimos días, sin embargo, su similitud con el marqués del Grillo alcanzó un nuevo pico. En un mensaje al director de la FAO sobre las importancia de las legumbres, afirmó que: “Las legumbres son un alimento noble con enorme potencial para reforzar la seguridad alimentaria a nivel mundial. Carecen de soberbia y no reflejan lujo, al tiempo que constituyen un componente esencial de las dietas saludables. Se trata de alimentos simples y nutritivos que superan barreras geográficas, pertenencias sociales y culturas. Lentejas, porotos, arvejas o garbanzos se pueden encontrar en las mesas de muchas familias, ya que logran satisfacer variadas necesidades proteicas en nuestras dietas diarias. […] seamos vigorosos y resilientes como las legumbres y nos unamos para acabar, de una vez por todas, con el hambre”. 

¿Alguien puede negar la desvergüenza de este hombre? ¿A quién se le ocurre atribuir virtudes morales como la humildad, la fortaleza y la “resiliencia” a los porotos”? Como bien acotaba Specola, agradezcamos que al Romano Pontífice no se le ocurrió hacer referencia a los efectos secundarios de frijoles y garbanzos tales como trastornos digestivos, excesos de gases, flatulencias humillantes , dolores y retortijones.

El proclamadamente ateo Mario Monicelli utilizó al marqués del Grillo como vehículo para satirizar a la Iglesia a través de una película que pasó sin pena ni gloria. No sabemos quién esta utilizando a Bergoglio como vehículo para satirizar nuevamente a Iglesia, esta vez en su realidad más cruda.

jueves, 18 de febrero de 2021

La iglesia vaciada

 

por Javier Urcelay


Parece ser que los obispos españoles están preocupados por la disminución del número de asistentes a las misas dominicales después del confinamiento. Lo han notado también en la bajada de la recaudación en los cepillos de las iglesias. Y la cuestión preocupa. La caída podría llegar a un 40%.

Es ya un lugar común decir que el coronavirus ha cambiado nuestras vidas, y que algunos cambios han llegado ya para quedarse. Son frases hechas y tópicas que se repiten en los periódicos. Sin embargo, no hay nada que haya venido para quedarse que no estuviera ya de alguna forma presente. Y, desde luego, muchas cosas que han venido, se irán por la misma puerta cuando “esto” pase: mascarillas, geles, distancias sociales…

Lo que sí ha hecho el coronavirus, es acelerar algunas tendencias prexistentes, es decir, adelantar de alguna manera el futuro previsible. Por ejemplo, las compras por internet, el teletrabajo, la explosión de las redes sociales, el dominio de las cinco grandes tecnológicas, la tendencia de los poderes a controlar nuestras vidas y dictar nuestros comportamientos… y el vaciamiento de las iglesias.

La tendencia al vaciamiento de las iglesias viene observándose, de manera constante, desde hace ya bastantes años. Los españoles, que hace algunas décadas constituíamos la “reserva espiritual” de Occidente junto con irlandeses y polacos, nos hemos ido “europeizando”, y con ello abandonando la religión y la práctica religiosa.


Las iglesias españolas van despoblándose, y encontrar en ellos un menor de cuarenta años, o incluso varones, empieza a ser raro. Según una reciente encuesta del CIS, ya sólo el 57% de los españoles se declaran católicos, diez puntos menos que al inicio de la pandemia, y cuando hace apenas un par de décadas la cifra estaba en torno al 90%.  Entre la juventud, la asistencia regular a la misa dominical está por debajo de uno de cada diez. En una reciente encuesta de World Vision y Barna Group, a la pregunta sobre la importancia de la dimensión religiosa en sus vidas, el 60% de los jóvenes entrevistados respondía que poco o nada.

Tampoco el panorama de los curas es mucho más alentador. Rara avis es un celebrante que baje de los sesenta, o de los setenta, o incluso de los ochenta…es decir, sacerdotes jubilados que siguen al pie del cañón, porque falla la “tasa de reposición”. Los seminarios están vacíos, las congregaciones religiosas subsisten gracias a las vocaciones de los países subdesarrollados. Los jesuitas, franciscanos, agustinos y dominicos están en torno a cinco seminaristas en España, muchos menos si contamos sólo a los nativos. Si la tendencia continúa, en quince o veinte años, desaparecerán de nuestro país las que han sido principales órdenes religiosas durante siglos. Por otra parte, los pueblos se quedan sin cura que les diga misa, es decir, en situación análoga a la que antes oíamos contar de los países de misión, donde los fieles tenían que andar 30 kilómetros para recibir los sacramentos.

No voy a entrar en las causas de todo lo anterior, porque desde luego que deben ser múltiples y complejas. Sólo señalo que van en paralelo con la proliferación eclesiástica de planes pastorales, comisiones de trabajo, documentos consensuados y deseos de los obispos, y más que obispos, de resultar simpáticos y políticamente correctos. Y en paralelo, también, a esa tendencia actual de convertir a la iglesia en una ONG. Porque, si la cosa va de ayudar a los más necesitados, a los migrantes, refugiados y marginados, ¿para qué necesita un jóven comprometerse al celibato, la pobreza, la obediencia…?

En este contexto, el coronavirus no ha cambiado nada, pero si puede haber acelerado las cosas, es decir, la progresión hacia una “iglesia vaciada”, y en esto sí que podemos descubrir algunas responsabilidades.

El trabajo de los curas -sanar las almas- no fue considerado “trabajo esencial” durante el confinamiento, y nuestros obispos aceptaron de buen grado y con plena sumisión todo aquello. Tampoco era el momento de organizar plegarias y rogativas como antaño. Un bien superior, la salud de la población, justificaba todos los sacrificios, incluido el del culto divino. Los sacerdotes deberían seguir diciendo sus misas en privado, y los fieles no habría ningún problema porque podrían seguir la Eucaristía desde sus casas, en la televisión, por internet, o incluso por la radio.

La situación era excepcional y lo primero, la salud de todos, era lo primero. Lo importante era seguir las recomendaciones del Ministerio de Sanidad -el “Ministerio de la Verdad” orweliano-, que se convirtió en gran administrador apostólico: cuándo podrían abrir las iglesias, con qué aforo, en qué horarios y con qué ritual: mascarillas, pasillos, señalizaciones, espaciamiento en los bancos…

Los obispos completarían el cuadro con más instrucciones sanitarias: circulación para acercarse a recibir la comunión, extensión de los brazos para la distancia de seguridad con el sacerdote, mamparas en los confesionarios (en los pocos que siguen funcionando), y sustitución del signo de la paz por una pequeña inclinación de cabeza, o un guiño a la señora de al lado.

En España fueron muy pocas las voces episcopales que se dieron entonces cuenta de lo que todo aquello significaba, del mensaje que se estaba dando a la feligresía con tanto anteponer la salud y tanta sumisión a los dictados del gobierno orweliano.

El primero, naturalmente, que la salud es lo primero, y ante ello, todo lo demás tiene que ceder, incluido el culto divino y los derechos de Dios. Un mensaje sin duda novedoso en la historia de la Iglesia, y que de haberse conocido antes hubiera ahorrado mucho mártir en el Coliseo y mucha madre Teresa atendiendo moribundos contagiosos.

El segundo, es que el gobierno tiene autoridad para abrir y cerrar iglesias y para disponer el orden interior en las mismas. Y si el gobierno puede decidir que no se pueden hacer procesiones el día del Corpus en el atrio de la iglesia, supongo que con más motivo se le está legitimando para que mañana disponga quitar el crucifijo de las escuelas o prohibir la celebración en las calles de la Semana Santa.

El tercero, es que, ante el bien superior de la salud, internet o la televisión suplen sin problema a la asistencia y participación directa en los sacramentos. Y, qué duda cabe, acaba hasta resultando más cómodo: elijo horario, oigo misa en un sofá, y hasta me paso de un canal a otra si el cura me aburre en la homilía. ¡No digamos ya la ventaja que tendría para las confesiones!

Conclusión: una parte de los católicos españoles que tenían el hábito de la asistencia dominical a misa, han perdido esa rutina durante los confinamientos, que están siendo suficientemente largos  y frecuentes como para hacernos cambiar de hábitos. Y una vez pasadas las restricciones, casi como que se han acostumbrado ya a que ir a misa pueda ser un poco como a la carta y un poco como cuando apetece.

A ello se suma el que, tantas medidas de seguridad, tanta distancia en los bancos y tanto gel hidroalcohólico en las iglesias hace que, ¿quién no?, todos pensemos que en las iglesias es uno de los sitios donde hay más riesgo. Total, que lo voy dejando, que por ahora no voy, que no quiere decir que haya dejado de ir a misa…

Así a lo tonto, y aun cuando este resultado estuviera lejos de lo que pretendían los obispos con sus recomendaciones, lo cierto es que hemos acortado algunos años en nuestro caminar hacia una iglesia vaciada. Lo que se nota también en la recaudación de los cepillos. La situación es preocupante.

Hace algunos meses escribí un artículo al que titulé “la profecía de Ratzinger”. Se trataba de la visión profética de un espíritu privilegiado, como el del papa emérito, sobre el futuro de la Iglesia en Europa. Algunos acogían ese panorama con alborozo -una iglesia minoritaria pero fervorosa-, y a otros se nos helaba la sangre: una Cristiandad en ruinas y un mundo mayoritariamente sin Dios.

La iglesia vaciada no es solo una tragedia para la Iglesia y para los creyentes. Es una tragedia, de incalculables consecuencias, para la humanidad, para las almas. Y será el fin de España como nación.

Cada uno haría bien en reflexionar sobre su papel y sus responsabilidades.

No hay motivos para el optimismo, y pocos para la esperanza humana. Pero si para avivar la esperanza virtud teologal. Dios ha vencido al mundo, y Él sabrá sacar bien del mal: omnia in bonum.


Fuente: Goretsi Jainkoa


sábado, 13 de febrero de 2021

Si esta no es la apostasía...

 

En nuestra imaginación, muchos de nosotros deseábamos vivir tiempos gloriosos. Aburridos de lo prosaico de nuestras vidas en el mundo gris que habitamos, envidiábamos a los cruzados, a los cristeros o a los católicos españoles de la Guerra Civil. Se trataba de épocas y circunstancias heroicas, donde los bandos estaban perfectamente delimitados. Del otro lado estaban los musulmanes, o los masones anticristianos o los rojos. No había duda. Se necesitaba solamente ser virtuoso para mantenerse firmes en la fe, lo que no es poco. 

Sabiendo que no podíamos volver al tiempo pasado, deseábamos entonces ser parte del pequeño rebaño, de los católicos de los últimos tiempos. Sabíamos, porque las profecías y los exégetas nos lo habían dicho, que vendría una gran apostasía, incluso de los obispos y quizás del mismo Papa, que sería apenas un puñado el que permanecería fiel y que, además, sería duramente perseguido. E imaginábamos los acontecimientos que marcarían esa época: obispos firmando actas de apostasía, como Lutero o Calvino, o al Vicario de Cristo rindiendo culto a alguna divinidad pagana. Es decir, siempre pensamos que los bandos estarían claramente delimitados como lo estuvieron en las cruzadas, o en México, o en España.

Yo no sé si estamos en los últimos tiempo, pero lo que sí sé es que estamos en tiempos muy confusos en los que pareciera —y sólo pareciera—, que algunas de esas profecías se están cumpliendo. No tenemos a Júpiter entronizado en el altar de la basílica de San Pedro; tenemos a la Pachamama sentada en los jardines vaticanos y rodeada de monjas y frailes que le rinden culto con cantos e inciensos, en presencia del Papa Francisco, y la tenemos luego paseándose por las aulas sinodales, llevada en andas por obispos. 


Tampoco tenemos apostasías solemnes y formales pero tenemos hechos que se le parecen mucho. Y se cuentan por cientos. Yo quiero detenerme en esta ocasión en uno muy reciente y por demás significativo:

El sábado 6 de febrero, en una parroquia salesiana de Ushuaia, se celebró públicamente la “unión matrimonial” de dos hombres, uno de ellos identificado como “trans”, y que “vestida completamente de negro, y con un ramo de flores en las manos, rodeadas por un lazo con los colores del orgullo gay, explicó que el color de su vestido era un homenaje a ‘todas las compañeras que no pudieron cumplir con este sueño’”. La noticia puede ser leída aquí. Según se explica, en la ceremonia se leyó el Evangelio, se realizó la promesa de fidelidad de los “cónyuges”, se rezó el Padre Nuestro y el Ave María, y comulgaron los novios y varios de los 60 feligreses presentes. No faltó nada para simular un sacramento que no existió. Y tampoco faltó su carácter público y hasta oficial. Asistió el gobernador de la provincia de Tierra del Fuego, él mismo ex-novicio salesiano y con una vida sexual más bien ajetreada como puede verse aquí, y la ex gobernadora Fabiana Ríos, que no fue novicia pero cuya vida privada tiene rasgos ambiguos, por decir lo menos. 

La noticia periodística afirma que tal ceremonia se hizo con el acuerdo del obispo, en este caso, Mons. García Cuerva, a quien ya conocimos en este blog. Sin embargo, al día siguiente, el obispado emitió un comunicado en que se dice que no se había autorizado esa celebración y que, además, se había “advertido convenientemente” al sacerdote oficiante. La cuestión fue saldada fácil y rápidamente. El escándalo, en cambio, no. Y tampoco el desprecio por la doctrina y el dogma de la fe católica.

Paralelamente, durante el 2020 el mundo entero conoció los desmanes protagonizados en la diócesis de San Rafael por su obispo, Mons. Eduardo Taussig, en su desesperación por ser obedecido y alinearse con los diktat del gobierno mundial. Cerró su seminario diocesano porque los seminaristas se negaban a comulgar en la mano —el menos esa fue la razón aducida—, y ha castigado a varios sacerdotes porque se han atrevido a dar la comunión en la boca a algunos fieles pertinaces y piadosos que pretenden hacer valer sus derechos. Estos sacerdotes han sido suspendidos, se les han revocado sus licencias o han sido trasladados de destino, y se espera que el próximo mes se produzca un gran remezón con varios párrocos decapitados. 

Lo que tenemos, entonces, es que un hecho gravísimo como el ocurrido en Ushuaia, impensable hasta hace algunas pocas décadas y que, si se hubiera dado, habría acarreado la sanción más severa y definitiva a los protagonistas, merece apenas una “advertencia” episcopal. Por otro lado, la práctica habitual de toda la iglesia universal a los largo de más de un milenio —recibir el cuerpo del Señor en la boca—, es castigado durísimamente y prohibido con solemnes decretos que pareciera promulgados por la cancillería de algún príncipe obispo elector del Sacro Imperio.

Alguien podrá aducir que se trata de dos casos puntuales, o que uno de los protagonista no está en sus cabales. Y no es así. La Conferencia Episcopal Argentina guarda silencio, siendo tan pronta para hablar en otros casos. La nunciatura guarda silencio, y la Santa Sede guarda silencio. Y sabemos que el que calla, otorga.

Yo pienso que, si esta no es la apostasía… pasa raspando.