domingo, 5 de abril de 2020

Planicies borrascosas


La borrasca que azota nuestra planicie no nos deja ver con claridad. Tratemos de agudizar la mirada.
1. Los obispos se comportaron en Argentina y en la mayor parte del mundo del mismo modo en que se comportaron sus colegas en otras ocasiones de la historia. Ya publicamos aquí una entrada en la que se demuestra con documentos históricos, que durante la peste amarilla a fines del siglo XIX, se suspendió por un buen tiempo el culto público en Buenos Aires, incluidas las ceremonias de Semana Santa. 
2. El precepto dominical es un precepto y, por tanto, puede ser levantado con la autoridad que tiene el Romano Pontífice y que es delegada a los obispos. El mandamiento de “santificar las fiestas” debe cumplirse pero existen muchos modos de santificarlas cuando no se puede asistir a misa.
3. Lo que nunca hizo la iglesia fue dejar a los fieles librados a su suerte, que es lo que vemos que está ocurriendo ahora en muchísimos casos. Sacerdotes escondidos en sus madrigueras que se niegan a asistir a quienes lo necesitan, sobre todo los ancianos y enfermos, alegando las razones más insólitas. Una de las más recurrentes es decir que sus padres son mayores y temen contagiarlos. No piensan que médicos y enfermeros también tienen familia y que, para no contagiarlos, no los visitan y se alojan en hoteles a fin de no regresar a sus casas. Si ellos pueden hacer este sacrificio para cumplir con su deber, ¿por qué no pueden hacerlo los sacerdotes?
En otras ocasiones de pestes y calamidades, los obispos siempre aseguraron que un grupo de sacerdotes estuviera dispuestos y siempre pronto para asistir a los necesitados. Basta leer I promessi sposi para ver cómo se comportó el clero durante la Gran Peste de Milán de 1630 (que mató 280.000 personas en la zona de Lombardía… no somos tan originales). No vemos que esto ocurra en la actualidad, más allá que muchos sacerdotes, por propia iniciativa, ejercen su ministerio arriesgando y entregando su vida en las zonas más azotadas por la plaga.
4. Lo que nos indigna a los fieles es la abyecta sumisión con la que los obispos acataron las órdenes del gobierno. No es cuestión que pretendieran la autorización para celebrar ceremonias litúrgicas abarrotadas de fieles y procesiones multitudinarias, pero al menos hubieran pedido que permitieran que las iglesias continuaran abiertas y el libre desplazamiento de los fieles para rezar en ellas. O bien, que se mantuviera el culto público con las garantías del distanciamiento social (dos personas por banco, por ejemplo) aunque eso implicara incrementar el número de misas.
Es esto lo que ocurre en Italia (las iglesias se han abierto nuevamente y los fieles pueden rezar en ellas), en Polonia e incluso en Texas, donde el gobernador ha declarado que los servicios religiosos son esenciales y no pueden ser prohibidos. 
5. A los fieles de la provincia de Mendoza indignó sobremanera la incoherencia (o hipocresía) de los obispos y muchos sacerdotes que, mientras cerraban los templos para evitar el contagio, los abrían para que se convirtieron en populosos vacunatorios, ufanándose y tranquilizando sus conciencias por una actitud tan caritativa.
6. Creo que nosotros, los simples seglares, debemos cuidarnos del peligro de la insensatez. Y pongo un par de ejemplos. Este es un pobre blog de cuarta categoría al que llegan comentarios muy curiosos. Por ejemplo, hay varios (que elimino) que insultan y despotrican con las peores groserías imaginables porque quieren comulgar y no pueden. Yo me pregunto qué disposiciones interiores tienen esas personas para recibir la Sagrada Eucaristía, vista la ira (que es un pecado capital) con la que se expresan. O bien, me consta que muchos fieles que asisten a misa y comulgan todos los domingos (pero no semanalmente) están ahora armando escándalo porque no los dejan tener misa el martes o el jueves. O bien, convencen a sacerdotes para que clandestinamente vayan a sus hogares y les celebren allí la misa para que ellos y unos pocos amigos, con la mesa del comedor como altar… y bajo el cuadro de la abuelita. Desproporción absoluta.
7. Y aquí veo yo un segundo peligro: que nos entusiasmemos con jugar a los soldaditos porque se ha dado la soñada oportunidad, nos pintemos la cara y salgamos a cazar ingleses y reconquistar Malvinas. Seamos sensatos: no estamos en una situación de persecución, no estamos en una situación desesperada y no hay montoneros, ni británicos ni esbirros del nuevo orden mundial a la vuelta de la esquina dispuestos a degollarnos. Si queremos jugar a los soldaditos, jueguemos, pero no no nos olvidemos que es un juego; no es en serio. 
En otras palabras, no nos hagamos los mártires y no exageremos; no somos cristianos bajo el régimen estalinista, ni católicos en territorio rojo durante la Guerra Civil Española, ni recusantes ingleses durante el reinado de Isabel I. Podemos pasar un mes, o dos o tres sin misa y sin eucaristía; no tomemos la circunstancia de la ausencia del culto público para desgañitar nuestras broncas acumuladas contra obispos y curas, y para enarbolar la palma convencidos que somos los nuevos testigos del Evangelio. No sería noble; sería grotesco.



Y sobre este tema, incluyo la breve reflexión para el Domingo de Ramos de dom Andrew Anderson, abad de Nuestra Señora de Clear Creek (monasterio benedictino fundado por Fontgombault) que es iluminadora:

“Sería el eufemismo del milenio sugerir que, tal vez, algo estaba mal en el mundo y que la crisis sanitaria mundial ha impactado tristemente en la forma en que vivimos como católicos. No sólo somos testigos del espectáculo de tantas personas que se enferman e incluso mueren, sino que el mismo Pan de Vida que se nos ha confiado desde el Cielo ha sido encerrado de tal manera que eun gran número de fieles no puede recibir este vital alimento espiritual. No culpo a nadie en particular.
Pero una pandemia no tiene por qué convertirse en un pandemonio. Después de todo, la Santísima Trinidad sigue siendo suprema en el Cielo; los coros de los ángeles se mantienen unidos en perfecto orden; las estrellas siguen su curso perpetuo; los pájaros están ocupados construyendo sus nidos; y, como se dice,  “el caracol sigue en su caparazón”. Todavía tenemos (bastante intacta) la fe junto con todas las virtudes y dones del Espíritu Santo. La gracia de Dios está operando ahora como siempre. Aunque algunos no puedan asistir en persona al Santo Sacrificio de la Misa y recibir a Nuestro Señor en la Comunión, somos libres de visitar en espíritu todos los tabernáculos del mundo, donde la presencia real reina en humilde y silenciosa majestad. Todos pueden aún recibir la Sagrada Comunión de manera espiritual. ¿Qué nos dijo el Señor? “Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará”. ¿Quién no puede hacer esto ahora? Todos debemos convertirnos en contemplativos por un tiempo.
Aunque aprecio mucho que el fenómeno de la transmisión en directo por internet permita a muchos fieles participar de alguna manera en la celebración de la misa, me preocupa que algunos tengan la impresión de que su televisión o pantalla de ordenador se ha convertido en su única esperanza, el único contacto con Dios que les queda. ¡Qué locura! En varias épocas y lugares a lo largo de los siglos, los cristianos se han visto imposibilitados durante un tiempo de recibir los sacramentos. Algunos de los primeros santos ermitaños vivieron tan lejos en el desierto que nunca pudieron recibir la Sagrada Eucaristía. Como nos enseña Nuestro Bendito Padre San Benito, “Que [el monje] considere que está siempre contemplado desde el cielo por Dios, y que sus acciones son vistas en todas partes por el ojo de la Divina Majestad, y que cada hora le son reportadas por sus ángeles”. Cada uno puede ser creativo al vivir la fe en esta dramática circunstancia.
¿Quién es responsable del nuevo brote del coronavirus? Tú y yo. En una época en la que miles y miles de no nacidos están siendo legalmente privados de la vida en todo el mundo y en la que la sagrada institución del matrimonio ha sido burlada y ridiculizada en tantos lugares, no debería sorprender que Dios permita que un microbio ponga a la humanidad de rodillas. Entonces, ¿qué debe hacerse? El mundo entero se lo está preguntando.
Los monjes de Nuestra Señora celebraremos este año, posiblemente como nunca antes, las grandes ceremonias litúrgicas del Triduo Sagrado. Lo haremos con vosotros y para vosotros (aunque la asistencia a las misas públicas sigue suspendida), dondequiera que estéis. “Pero llega la hora -dijo Cristo a la samaritana- y es ahora, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque el Padre también busca a los que le adoran”. Por encima de todo, contigo y para ti, viviremos en la alegría de pertenecer al Dios de quien ningún virus puede privarnos. Pronto el Hijo de Dios triunfará sobre la oscuridad de la muerte. Pronto la crisis sanitaria mundial se calmará y desaparecerá, aunque se necesite todavía más paciencia. Que nuestros corazones se encuentren fieles y llenos de esa esperanza y amor que dan la medida sobrenatural del gran esfuerzo que estamos realizando como cristianos. “Y ahora quedan la fe, la esperanza y la caridad, estas tres: pero la mayor de ellas es la caridad”.


(Publicado en el sitio de la abadía de Nuestra Señora de Clear Creek).



sábado, 4 de abril de 2020

ONG

Las iglesias están cerradas. 
Por orden del gobierno y con la sumisa anuencia de los obispos argentinos, el culto público ha sido suspendido (los judíos, en cambio, pueden asistir a sus cultos en las sinagogas).
Los argentinos podemos salir a pasear al perro a la plaza, pero no podemos ir a la rezar ante el Santísimo Sacramento en el sagrario de la iglesia que está frente a esa misma plaza porque está cerrada a cal y canto.
"Debemos cuidarnos", dicen los curas acovachados.
"La presencia de fieles en el templo es ocasión de contagio", insisten mientras apenas asoman la nariz de sus guaridas.
Sin embargo, esos mismos sacerdotes de la arquidiócesis de Mendoza no tuvieron ninguna objeción en abrir sus templos el jueves y viernes pasado para que se convirtieran en vacunatorios.

La catedral de Mendoza acoge a los jubilados que se vacunan contra la gripe y cierra sus puertas a los fieles que quieren ir rezar y rendir el culto debido a Dios, dispuestos como están a mantener la prudente distancia social entre ellos. 




El párroco de San Vicente Ferrer se regocija porque su templo está nuevamente poblado... por quienes se van a vacunar: "Parece que tuviéramos misa", dice complacido. ¿No le ocurrió preguntarse que, si las autoridades sanitarias de la provincia autorizaban la concurrencia de población vulnerable al templo a fin de vacunarse, debería estar también autorizada la celebración pública del culto?

No sé si son cobardes, idiotas o infieles.
Lo que sí sé es que estamos frente a dos iglesias: la iglesia de la publicidad y la iglesia de las promesas.

En Argentina, se ha presentado un recurso de amparo a fin de que el gobierno permita la apertura de los templos. Estimo que los obispos argentinos apoyarán con entusiasmo esta iniciativa. Mayor información y adhesiones en este link del blog del P. Javier Olivera Ravasi.

jueves, 2 de abril de 2020

El paraíso blanco


Los criterios de almacenamiento de recuerdos que posee nuestra memoria son extraños. En general, conservamos solamente aquellos asociados a los acontecimientos más importantes de la vida, aunque  el mismo concepto de “importante” suele ser incomprensible. Y por eso, casi misteriosamente, recordamos  acontecimientos a los que nunca le habríamos asignado el carácter de importantes, y lo hacemos con un asombroso nivel de detalle. Sospecho que tales eventos fueron, mal que le pese a nuestra imperfecta conciencia psicológica, realmente importantes e incluso definitorios para nuestra vida, y en todo caso providenciales. 
No recuerdo el día. Recuerdo solamente la tarde, o una fracción de ella. Era primavera, yo tendría no más de viente años y, cuando me disponía a estudiar, descubrí que había llegado a la biblioteca del lugar donde hacía mis estudios una donación. Alguien había muerto y sus hijos, en vez de vender los libros de su padre por kilo o por metro, habían tenido el buen tino de donarlos. Eran varias cajas que el bibliotecario estaba desarmando y ubicaba los libros desordenadamente en los anaqueles con cierta expresión de fastidio por el inesperado y polvoriento trabajo que le había llegado. Movido no por la caridad sino por el placer —uno de los placeres más grandes al que podía y hoy puedo aspirar—, me ofrecí a ayudarle. Me resultaba fascinante ir sacando libros, leer sus portadas, acariciar sus cubiertas y respirar el olor a moho y a viejo que comenzaba a envolver el ambiente. 
Habían libros sobre diversos temas: historia, política, mucha literatura y también muchos de teología y de espiritualidad, la mayoría de los cuales habían sido publicados en la primera mitad del siglo XX (Recuerdo que allí descubrí El marqués, una deliciosa novela de Francisco Seeber, editada privadamente en 1978, y que el autor tuvo a bien reglarme un ejemplar tiempo más tarde).
No sé bien por qué me detuve en un libro pequeño, de insípida tapa de cartoné blanco, cuyo título en letras doradas decía: El paraíso blanco, lo que no era mucho decir y menos me decía aún el autor: Pieter van der Meer de Walcheren. Posiblemente el libro me llamó la atención porque se anunciaba una “Introducción de Jacques Maritain” y estaba editado por Desclée de Brouwer. Lo hojee. Eran poco más de ciento cincuenta páginas en papel duro, intercaladas con algunas pocas fotografías en blanco y negro y pésima definición que mostraban distintas vistas de una cartuja cubierta de nieve.
Por alguna misteriosa razón, decidí leer el libro y comenzar en ese mismo momento. Abandoné mis servicios al bibliotecario y me instalé en uno de los sillones de la galería que daba a un jardín con palmeras, detrás del cual corría un canal siempre rumoroso. Y me quedé allí, atrapado, hasta que terminé el libro, sin pensar siquiera en levantarme o distraerme. A medida que iba pasando sus páginas, se iba despejando un mundo que siempre había presentido pero jamás otorgado la posibilidad de existencia. Era como ir apartando los trajes, vestidos y gabanes que colgaban del ropero hasta llegar al fondo y comenzar a ver, cual Narnia, los resplandores de otro eon que, sin embargo, no transcurría en la imaginación sino en esta misma instancia y que era más real que lo hasta ese momento había considerado como real.
Desde mi temprana adolescencia había estado agobiado por una espiritualidad jesuítica decadente e improvisada, espesada con retiros ignacianos anuales y mensuales, mal entendidos y peor predicados, y con la voluntarista consigna: “Debes hacerte santo”. Un despliegue diario de oraciones, meditaciones, adoraciones y exámenes de conciencia, me ahogaban y hacían el camino no ya difícil sino casi imposible. Fue en ese momento que un ángel vino en mi ayuda y me hizo conocer El paraíso blanco que me mostró que en la iglesia católica había muchas moradas; que se podía ser buen católico sin seguir la espiritualidad jesuita y que el camino del progreso espiritual, aún cuando fuera siempre arduo, era también esplendoroso y capaz de dar al alma un gozo y una paz que jamás antes había siquiera sospechado.
Me resultó muy difícil conseguir nuevamente el librito. Estaba agotado y aunque había una edición de Lohlé hecha en los '60, era imposible dar con ella. Finalmente, varios años después, conseguí un ejemplar de segunda mano en una librería de viejo de la calle Santa Fe y, con ella, otros libros del mismo autor. La editorial Frónimos acaba de publicar en formato electrónico El Paraíso Blanco. Recomiendo a todos su lectura. Puede ser comprado en Amazon.


La figura de Pieter van der Meer, lamentablemente, se va disolviendo en el tiempo. Nació en Utrecht en 1880, hijo de una familia noble de origen protestante pero atea en la práctica. Su entorno familiar, su formación artística y humanística y una inclinación natural hacia el bien lo condujeron tanto a la literatura como a la política de izquierdas. En 1911, y a raíz de la amistad con León Bloy y Jacques Maritain, se bautizó junto a su esposa Cristina y su hijo Pieterke. Formó parte de la generación de escritores que conformaron el efímero resurgimiento del pensamiento católico en Francia y Holanda en la primera mitad del siglo XX. Su vida no estuvo exenta de tragedias: además de atravesar las dos guerras mundiales, perdió a un pequeño hijo y a su hijo de treinta años siendo monje benedictino. A la muerte de su esposa en 1953, ingresó al monasterio de Oosterhout, en Brabante, donde permaneció hasta su muerte en 1970. Su vida está narrada en sus diarios: Nostalgia de Dios, Hombres y Dios, Magnificat y La verdad os hará libres.




miércoles, 1 de abril de 2020

Este mundo, y el otro


"Solo son realmente capaces de disfrutar este mundo quienes comienzan con el mundo invisible. Solo gozan de este mundo los que primero se han abstenido de él. Solo pueden disfrutar del banquete quienes primero han ayunado. Solo son capaces de usar de este mundo quienes primero han aprendido a no abusar de él. Solo lo heredan quienes lo ven como una sombra del mundo futuro, y por este mundo futuro, renuncian a él".

Cardenal John Henry Newman,  Sermón 580, Domingo de Pasión de 1841. 

domingo, 29 de marzo de 2020

La peste. Rarezas y previsiones


Estamos viviendo días extraños, históricos sin duda alguna, y las reflexiones que hacemos tienen la carencia propia de la inmediatez en la que nacen, por lo que siempre tendrán que ser cuidadosamente sopesadas y relativizadas.
1. La primera rareza de estos días es la peste misma. Se trata de una epidemia prevista por loco o cuerdos, poco importa en este caso, (video de hace siete años), planificada y con números que no cierran (aquí). Los enlaces que comparto son apenas una mínima muestra de lo que puede verse y escucharse. Se trata de archivos y de números. No estamos negando los muertos y las situaciones trágicas y extremas que se están viviendo en Italia y España, y que se vivirán en estos días en otros países. Se trata de alejar el zoom y tratar de tomar distancia por un momento del instante. Y lo que concluimos es que estamos siendo víctimas de un formidable experimento de disciplinamiento social, con consecuencias inimaginables, y la peor de todas no será ni de lejos los miles de muertos por el coronavirus sino los que morirán por la destrucción de la economía a escala planetaria y por el aniquilamiento del tejido social.
Aunque quizás ni siquiera sea esta la peor consecuencia, sino otra, orwelliana y cercana al kali yuga. Sólo algunos ejemplos espigados de las noticias del fin de semana: Gordon Brown, ex premier británico, pide formalmente la constitución de un gobierno mundial “provisorio”, el gobierno de España autoriza el seguimiento permanente y en tiempo real (trackeo) de sus ciudadanos a través del celular y en Perú eximen de responsabilidad penal a militares y policías que disparen o maten a personas por incumplimiento de la cuarentena mientras patrullan las calles. 
Esto no es conspirativismo. Esto es leer los diarios con un mínimo de diakrisis
2. Si vemos lo que ocurre en la Iglesia, tenemos casos ejemplares de sacerdotes que han entregado literalmente su vida en el cumplimiento de su ministerio. Al conocido caso de don Giuseppe Berardelli, de Bérgamo, podemos agregar el de don Pedro Pérez, de Madrid, que se encuentra en estado grave en su casa parroquial y ha renunciado a ser internado en la sala de terapia intensiva a fin de dejar el lugar a otros pacientes. Muchos sacerdotes de Argentina, y seguramente de otros países, al tener sus iglesias cerradas pero al estarles permitida la circulación, se dedican a visitar hospitales, o bien, a las personas ancianas, enfermas o solas en sus casas, confesándolos y confortándolos con su palabra. Gran parte del bajo clero está demostrando la entrega propia de su misión que todos esperábamos y son una realidad reconfortante para el alma.
3. Gran parte, pero no todos. Hay ejemplos de la cobardía e indignidad de otra buena parte del clero. En alguna diócesis hay sacerdotes que tratar de encontrar excusas higiénicas para no acercarse a los eventuales enfermos y en otras se proponen soluciones estrambóticas para poder asistirlos, tales como dar al hospital entero la absolución colectiva desde detrás de una pared. La más curiosa e indignante que he escuchado proviene de una diócesis argentina donde el obispo (¿a pedido de los interesados?) ordenó que todos los sacerdotes mayores de 60 años permanezcan en sus casas sin salir por ningún motivo (ni siquiera llevar los sacramentos). Y alguno(s) de estos sacerdotes felizmente exceptuados, con anuencia del ordinario, ofrecen a los fieles más allegados a la parroquia, llevar el Santísimo Sacramento a sus casas a fin de que puedan rezar ante él, y el padre de familia pueda dar de comulgar a sus hijos. Nunca había escuchado tamaño disparate que está revelando la calidad de la fe en la presencia real de Nuestro Señor en la eucaristía que tiene esta gente, que la ofrece como si ofrecieran una estampita o una imagen de la Virgen peregrina. Los que se llenaban la boca con la cercanía y el olor oveja, ahora se esconden en sus establos. Y, seguramente, se dedicarán a seguir leyendo la Laudato sì
4. Los obispos, en tanto, siguen con sus idioteces. Basta mirar el boletín diario de noticias de Aica para ver a los mitrados parloteando acerca de cómo lavarnos las manos, por qué hay que permanecer encerrados y lugares comunes por el estilo. Estamos experimentando en estas situaciones difíciles las consecuencias de que la cúpula vaticana haya elegido durante décadas para el oficio episcopal a los peores representantes del clero: los más decadentes, los más obsecuentes, los más idiotas, los más manipulables por sus vicios y doble vidas, los más ignorantes y un largo etcétera del mismo género. Mientras excelentes y virtuosos sacerdotes, que los hay en todas las diócesis, transcurren sus vidas ignorados y perseguidos por el episcopado, a esta categoría se encaraman solo los más esmirriados.
5. Como señala la Specola diariamente en su blog, el Vaticano está desierto. Los augustos representantes de la Iglesia en salida y constructora de puentes se encuentran en su covachas, sin asomar siquiera la nariz, por temor a que el virus, que puede llegar a convertirse en un saludable vector sanitario para toda la Iglesia, se ensañe con ellos. Cuando pase la tormenta, creo que una de las conclusiones que sacaremos es que el modelo de Iglesia que se impuso desde el Vaticano II a esta parte y cuyos frutos más maduros y prometedores ocupan ahora los puestos de dirección, comenzando por la Sede de Pedro, ha sido un fracaso rotundo. No quedará más, espero, que barajar y dar de nuevo, si es que tenemos tiempo para otra partida.
6. El viernes, el Papa Francisco dirigió una extraña ceremonia en una solitaria Plaza de San Pedro. La escenografía fue soberbia y dejó atrás a Amarcord y Luchino Visconti la habría querido para alguna de sus películas. La ceremonia tuvo dos partes claramente diferenciadas y producto de dos autores. La primera, guionada seguramente por el mismo Papa Francisco, y la segunda (la adoración y bendición con el Santísimo Sacramento), en cambio, siguió el guión de la tradición litúrgica de la Iglesia. 
La primera parte dejó gusto a nada: lavada y aburrida, con un protagonista falto de ángel, aun cuando se empeñara por entornar los ojos de tanto en tanto para señalar al público las pretendidas agudezas de su ingenio. El sermón del Pontífice fue lamentable. Si leyéramos los sermones que nos dejaron los papas y santos de tiempos pasados que tuvieron que atravesar también tiempos de epidemias, encontraríamos un argumento central y único: hemos pecado, Dios nos castiga, recemos y hagamos penitencia para aplacar la ira divina y obtener su perdón. Ninguno de estos conceptos estuvo presente en el discurso pontificio. Dijo: “Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti”. Esta es la esencia de la religión del Papa Francisco: la fe no consiste en creer que Nuestro Señor existe, sino en confiar en “algo” que puede ser inexistente. Psicologismo puro, consejos de autoayuda al peor estilo Stamateas y emotivismo. ¿Tiene fe el Papa Francisco?
Y siguió más adelante: “(Tener fe en la cruz de Cristo) es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad”. Palabras escalofriantes como las anteriores, propias de un sociólogo de izquierdas y no del Sucesor de Pedro. 
Este parte francisquista de la ceremonia fue lúgubre y aburrida, muy parecida a un servicio religioso calvinista. Muchos dirán que no podía pretenderse otra cosa dadas las circunstancias. Y yo digo que la liturgia católica, aún en las ocasiones más tristes y trágicas, como puede ser el Viernes Santo o los funerales, nunca es aburrida y mucho menos lúgubre. Tiene una vivacidad y un espíritu que aquí no se encontró. Peor aún. La liturgia romana tiene previstas varias ceremonias impetratorias para tiempos difíciles. No sólo no se siguió ninguna de ellas, sino que se innovó hasta lo insólito. En este tipo de celebraciones, lo propio ha sido desde los primeros siglos, las letanías de los santos. De eso se trata; de implorar a toda la corte celestial que interceda por nosotros ante el trono del Dios Omnipotente. En este caso tuvimos letanías inventadas probablemente por el mismo Bergoglio (son propias de su estilo), dirigidas directamente a Dios Padre prescindiendo de los mediadores (el típico estilo protestante) e implorando, entre otras cosas, que nos libre de las fake news.
Lo cierto es que ante un mundo que se derrumba, la Iglesia, excepción hecho de un legión de buenos y santos sacerdotes, nos ha dejado abandonados en el vendaval. Nos ayude la Santísima Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra.


Dejo aquí la versión actualizada de las oraciones para los tiempos de peste y mortandad. Las mismas se rezan diariamente en la iglesia de Nuestra Señora de la Paz de Madrid, atendida por los sacerdotes del Instituto de Cristo Rey, a las 19:30 hs. (14:30 hs. hora argentina) seguida de la Santa Misa. Puede verse a través de Youtube en el canal del Instituo siguiendo este enlace
La Santa Misa puede seguirse también diariamente a las 19:30 hs. en el canal del P. Javier Olivera Ravasi.

jueves, 26 de marzo de 2020

Nuevos prefacios y nuevos santos


por Peter Kwasniewski

Hoy, en la fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen María, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en su calidad de sucesora de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, ha emitido dos decretos que actualizan el tradicional Missale Romanum tradicional (1962): Quo Magis, por el que se añaden siete prefacios, y Cum Sanctissima, por el que se dispone la celebración de la misa en honor de los santos canonizados después de 1960. Si bien hasta ahora los decretos propiamente dichos sólo se han publicado en latín, la Congregación ha ofrecido “presentaciones” informativas en varios idiomas. Si buscan un resumen exacto de todos estos documentos, con citas apropiadas, le recomiendo el post de Gregory Di Pippo en New Liturgical Movement. [Versión española aquí]

Quiero enfatizar que las siguientes son mis reacciones y observaciones iniciales. Mis primeras impresiones son favorables, pero el asunto es complejo y necesitará tiempo para reflexionar y digerir. Por lo tanto, lo primero que aconsejaría es paciencia. Nadie tiene que temer que esto sea un “Caballo de Troya” que amenaza con destruir la integridad del Vetus Ordo. Los decretos parecen, para mí, cuidadosamente pensados, y sé de hecho que fueron redactados sólo después de una amplia consulta con individuos y organizaciones que representan los intereses de los católicos tradicionales.
1) Trece años después de que el Papa Benedicto XVI mencionara (en 2007) que el misal antigüo podría ser ampliado con nuevos prefacios y nuevas fiestas de santos, la CDF ha anunciado ahora la forma en que esto puede ocurrir. Las disposiciones evitan pisotear lo que ya estaba en el calendario general del MR1962. Se aplica generosamente el principio de las conmemoraciones (es decir, ningún santo o fiesta o vigilia será “abandonado”, y se declara inviolables una larga lista de fiestas de tercera clase). En pocas palabras: ningún santo es eliminado del calendario o eliminado por otro santo “nuevo”.
2) La celebración de los santos canonizados después de 1960 es totalmente opcional: el Vaticano no exige pero permite (por ejemplo) que San Maximiliano Kolbe, San Pío de Pietralcina, Santa Teresa Benedicta de la Cruz o Santa Isabel de la Trinidad sean celebrados o conmemorados en sus fiestas designadas. Hay que tener en cuenta que un gran número de santos canonizados después de 1960 vivieron, de hecho, décadas o siglos antes de la reforma litúrgica y son igualmente santos de la Misa tridentina como cualquiera de los santos actualmente honrados en el antiguo calendario. De hecho, el Padre Pío, como detalla un libro reciente, se opuso con vehemencia a la reforma litúrgica tal como se desarrolló en los años sesenta hasta su muerte en 1968. Hay que tener en cuenta que el calendario del rito tradicional romano es extremadamente “amigable con los santos” y siempre ha acumulado fiestas y conmemoraciones, en contraste con la mentalidad que se refleja en el calendario general para el Novus Ordo aplicado por Pablo VI en 1969, del que se habían eliminado más de 300 santos (!). Nuestra actitud debería ser la opuesta.
(Es cierto que el pensamiento de un sacerdote joven y bien intencionado aunque inexperto conmemore a “San Pablo VI” en la misa tradicional es suficiente para hacer que mis vísceras se retuerzan y mi carne se arrastre, pero me resulta difícil imaginar que cualquier sacerdote bien informado que tenga el “pulso” de una congregación tradicional considere siquiera la posibilidad de celebrar la misa tradicional en honor de los santos controvertidos de tiempos más recientes, y mucho menos que lo haga realmente).
3) Se han añadido siete nuevos prefacios. De éstos, tres son prefacios neo-galicanos ya estaban contenidos en muchas ediciones del MR1962, siendo su uso ahora ilimitado (extrañamente, el prefacio propio de Adviento no está listado, pero seguiría siendo permisible bajo las condiciones anteriores), mientras que los otros cuatro están basados en fuentes antiguas y han sido redactados para armonizar con los otros prefacios tridentinos en su fraseología. Los textos de estos cuatro prefacios aún no han sido publicados.
Para las personas que se preguntan “¿Realmente necesitamos nuevos prefacios en la misa tradicional?”, mi respuesta es doble. a) No los NECESITAMOS, estrictamente hablando... pero el rito romano ha tenido un número variable de prefacios a lo largo de los siglos, y siete bellísimos prefacios no van a destrozar la Romanitas del rito romano. b) ¿Por qué no buscamos, para variar, el lado positivo? Aquí, por ejemplo, está el recién aprobado (pero con varios siglos de antigüedad) Prefacio del Santísimo Sacramento. ¡Es magnífico!

Verdaderamente es justo y necesario, correcto y para nuestra salvación, que te demos gracias en todo momento y en todo lugar a Ti, oh santo Señor, Padre todopoderoso, Dios eterno, a través de Cristo nuestro Señor: Quien, habiendo abolido las sombras vacías de las víctimas animales, ha hecho aceptable para nosotros el sacrificio de su propio Cuerpo y Sangre: para que en todo lugar se ofrezca a tu nombre esa oblación inmaculada, que sólo a ti te ha agradado. Por lo tanto, en este Misterio de inescrutable sabiduría e inmensa caridad, lo que una vez cumplió totalmente en la Cruz no cesa su maravillosa operación, Él mismo ofreciendo, Él mismo la Víctima. Y nos invita, constituyéndose en una sola víctima con Él, a este Sagrado Banquete, en el que Él mismo es recibido como nuestro alimento, se recuerda la memoria de su Pasión, se llena nuestra mente de gracia y se nos da una prenda de la futura gloria. Y por lo tanto con los Ángeles y Arcángeles, con los Tronos y Dominios, y con todas las huestes del ejército celestial, cantamos un himno a Tu gloria, diciendo siempre:...

Este prefacio está lleno de alusiones al Antiguo y Nuevo Testamento, e incluso al O Sacrum convivium de Santo Tomás de Aquino. La liturgia más rica del mundo occidental acaba de enriquecerse. Personalmente, estoy deseando que nuestro sacerdote local de la FSSP use este prefacio en Corpus Christi o en una misa votiva del Santísimo Sacramento.
4) Tomó trece años para llegar a estas decisiones, y ahora que los decretos se publican, las nuevas posibilidades son opcionales. Así es como debe hacerse la reforma litúrgica: como le gusta decir a Gregorio DiPippo, “sube la bandera por el asta y mira quién saluda; si nadie saluda, bájala”. Esto está muy lejos de la draconiana imposición del Novus Ordo bajo Pablo VI. De hecho, se podría decir que los decretos representan un suave estímulo para el desarrollo orgánico: “Aquí están las posibilidades; úsenlas cuando puedan ser útiles”, y elimina el reproche de que el MR1962 está congelado y petrificado.
Desde este punto de vista, las nuevas disposiciones encajan bien con el movimiento mundial para recuperar la Semana Santa anterior a los años ’50 y otras glorias del antiguo rito que fueron dañadas bajo el Papa Pío XII. Estamos viendo una liturgia viva, no algo que sólo existe en los libros impresos en un cierto año arbitrario, y que refleja la mentalidad de los reformadores litúrgicos de ese período.
5) El decreto sobre los santos señala sutilmente que, por una parte, se debe dejar a discreción de los superiores (no al celebrante) qué disposiciones se utilizarán; y por otra parte, que el rito romano tradicional ha visto en el pasado misas santorales y devocionales opcionales: “durante el período post-tridentino, y hasta la reforma rubrica llevada a cabo por el Papa San Pío X, el calendario incluía no menos de veinticinco de estas llamadas fiestas ad libitum”.
Si bien es cierto que uno de los grandes alardes de la liturgia tradicional es su estabilidad, fijeza, constancia y previsibilidad, también es cierto que siempre ha habido opciones menores a discreción o elección del celebrante. Algunos Comunes presentan lecturas alternativas. Algunos santos pueden ser celebrados en su totalidad o mencionados como conmemoraciones en un formulario dominical. Existen costumbres para el uso de misas votivas, pero como su propio nombre indica, “votivo” es una ofrenda de libre elección; nadie necesita decir esta o aquella misa votiva en una feria determinada.
Sin embargo, estas pequeñas opciones encajan en un patrón más amplio: una vez que el sacerdote se compromete a una misa determinada, todo se explica con antelación; no hay lugar para “adaptaciones pastorales”, para una liturgia de “hágalo usted mismo” construida a partir de bloques modulares. En este sentido, los nuevos decretos no modifican en nada los puntos fuertes de la misa tradicional, ni la acercan en nada al Novus Ordo.
6) Uno de los elementos más notables de Cum Sanctissima está escondido, en cierto modo, en la letra pequeña. En 1960 se tomó la decisión de privilegiar las ferias de Cuaresma de tal manera que las fiestas de los santos más importantes, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino, San Gregorio Magno, San Benito de Nursia, el Arcángel Gabriel y San León Magno, se redujeron a meras conmemoraciones, lo que significó que, como señala Gregorio DiPippo, “a todos los efectos [fueron] abolidas del Calendario General”. El nuevo decreto establece ahora que las fiestas de los santos más destacados durante la Cuaresma (santos que el decreto enumera, dando razones de su listado) pueden triunfar sobre la feria de la Cuaresma, que en cambio se conmemorará. De este modo, Cum Sanctissima es un documento que desmodernaniza el rito tridentino, liberándolo de un pesado prejuicio del Movimiento Litúrgico.
7) He argumentado enérgicamente que los ritos litúrgicos se desarrollan en una perfección de forma y contenido que hace inútil un mayor desarrollo, y descarta por completo la legitimidad del tipo de renovación que produjo el Novus Ordo. Pero las adiciones menores siempre han sido parte de la historia de los ritos litúrgicos, y siempre lo serán. Las adiciones son cosa muy diferentes de las expurgaciones, abreviaturas o reescrituras ideológicas. Coincido con varios comentaristas que han señalado que el anuncio de hoy ahoga efectivamente a cualquier crítico cuya objeción a la misa tradicional es que está “congelado en el tiempo”. No sólo no está tan congelado, sino que cada año que pasa ha sido testigo de la recuperación de toda la herencia del rito tridentino, como se recuperó la Semana Santa anterior al 55, como se doblan las casullas en los días de penitencia, como reaparece la gran vigilia de Pentecostés, etc. Lo que estamos viendo, y gracias a Dios por ello, es una liturgia viva que es verdaderamente tradicional, eliminando las indeseables modernizaciones que prepararon el camino para el revolucionario Novus Ordo de Pablo VI - una pieza de época que ahora parece más anticuada que la eterna pero intensamente presente Misa de las Edades.
En conclusión: todo esto requerirá una mayor reflexión, por supuesto, pero aprecio la modestia, discreción y cuidado que se puso en los decretos y disposiciones.



Entrada original en el blog 1Peter5

Oraciones para rezar en tiempos de pestes y mortandad, preparado por los padres del Instituto Cristo Rey de Madrid. 

miércoles, 25 de marzo de 2020

La peste: un sano ejercicio de la memoria


El P. Javier Olivera Ravasi ha publicado hoy en su blog un interesante artículo en el que recurre al sano e imprescindible ejercicio de la memoria. ¿Qué hizo la Iglesia en tiempos similares al nuestro? 
Lo reproduzco aquí con su autorización:


Entre las cosas que nos preguntamos aquellos a quienes nos gusta la historia hay una que es permanente:
¿Y cómo hacían antes?.
Y esto, quizás, por ese hábito de buscar en el pasado (en la “memoria”, que es parte cuasi-integral de la prudencia, como dice Santo Tomás), lo que termina siendo una guía para el presente y el futuro.
Al menos el presente y el futuro probable.
Es por esto que, quizás, el gran Cicerón dijo que “la historia es maestra de la vida” (magistra vitae); porque nos enseña a vivir. Y a morir…
Incluso en tiempos de coronavirus.
Pensando y re-pensando entonces, en estos días lo de nuestros templos vacíos, dimos con la historia de la famosa fiebre amarilla de Buenos Aires (1871) que, de una ciudad de 180.000 habitantes, se llevó a 13.600, según los datos oficiales aproximados.
Lo que esos mismos datos no narran es que hubo un grupo social entre los fallecidos que, contrariamente a lo que el presidente (masón) Sarmiento haría por ese entonces (se escaparía a la ciudad de Mercedes, huyendo del contagio) vivió y murió codo a codo con los enfermos. Nos referimos a los 67 sacerdotes del clero de Buenos Aires que perdieron heroicamente la vida atendiendo y ayudando a enfermos y moribundos.
De doscientos noventa y dos sacerdotes que había por entonces en la ciudad ocupándose del prójimo, el 22 % perdió la vida, en comparación con sólo doce médicos, dos practicantes, cuatro miembros de la Comisión Popular y veintidós integrantes del Consejo de Higiene Pública.
Es a ellos a quienes, en pleno debate parlamentario acerca de la separación Iglesia y Estado, Guillermo Rawson se referiría a fines del siglo XIX:
“He visto también, señores, en altas horas de la noche, en medio de aquella pavorosa soledad, a un hombre vestido de negro, caminando por aquellas desiertas calles. Era el sacerdote, que iba a llevar la última palabra de consuelo al moribundo. Sesenta y siete sacerdotes cayeron en aquella terrible lucha; y declaro que este es un alto honor para el clero católico de Buenos Aires, y agrego, que es una prueba de que no necesita ese culto del apoyo miserable que pensamos darle”[A. MARTÍNEZ, Escritos y discursos del Doctor Guillermo Rawson, Buenos Aires, 1891, Tomo I, 45].
Honor y gloria, entonces, a aquellos hombres de negro, hoy recordados en un olvidado monumento en el Parque Ameghino.

– ¿Y qué pasaba con los templos?
La epidemia de la fiebre amarilla atacó a Buenos Aires en la misma época que ahora el Coronavirus. Para el inicio de año. Y no terminó hasta la mitad de ese año.
Y los templos… también fueron cerrados…
“Claro –se nos dirá– pero la historia nunca es igual: una cosa fue la tremenda fiebre amarilla (que no perdonaba a nadie) y otra el actual coronavirus», una epidemia que, al parecer, es letal sólo para los mayores y más vulnerables y que, lo que denota es doble:
– Un gran laboratorio de dominación de las masas.
– Una tremenda falta de Fe de muchos católicos -aún de los más «ortodoxos»- que temen desmesuradamente a la muerte.
Pero quizás sea aún demasiado pronto para hacer análisis o para reconocer si, estrictamente, era o no necesaria la clausura de nuestros templos. Lo que si sabemos es que, hubo un tiempo de epidemias duras en que los templos se cerraron por mandato del gobierno y con la anuencia de la Iglesia.
Ni misas públicas ni nada de nada. Todos a sus casas. Así nomás: 
“Día 31 de marzo (1871): Prohíbense funciones de Iglesia […]”[M. NAVARRO, Diario de la epidemia (en adelante DMN), Buenos Aires, 1871.]
Punto.
Ni la Semana Santa de ese año se salvó, siendo el pico de cantidad de muertos; más de 500 por día, de allí que la Comisión de Salubridad solicitase a Mons. Aneiros, por entonces Vicario Apostólico de Buenos Aires (dos años después sería nombrado su Arzobispo), la suspensión de las celebraciones propias de la Semana Mayor.
Y así se hizo:
El Vicario Capitular, Buenos Aires, Marzo 31 de 1871. A los señores Párrocos, Prelados Regulares y Capellanes de las Iglesias. Doloroso es al infrascrito tener que prohibir en la Semana Mayor, la solemnidad del culto, sus funciones de concurso, maitines cantados, estaciones de concurso y sermones, pudiendo hacerse todo el oficio demás rezado y cantado. Prohibimos la aglomeración y en las Iglesias pequeñas, reuniones de más de veinte personas. Encargando la ejecución a los señores curas, les recomendamos exhorten al pueblo que santifiquen estos días con doble empeño, aunque sea privadamente con la oración, con los sacramentos, lectura de la Pasión de Nuestro Señor y otras análogas y con obras de caridad cuando pudiesen. Aunque se tenga en veneración y depósito la Sagrada Hostia el jueves santo, será con sujeción a estas disposiciones, sin mayor adorno, y cerrándose la Iglesia a la noche. Nuevamente se recomienda el aseo y la ventilación. F. Aneiros .[LT, 2 de abril de 1871].
De allí que algunos, desde el diario La Tribuna escribiesen:
“El mismo Señor Obispo, comprendiéndolo así, y a instancias de la Comisión Popular de Salubridad, ha ordenado la suspensión de todas esas fiestas. No importa. Haremos un templo en nuestros pechos y dentro de él elevaremos nuestras preces fervientes.  Así, veneraremos al Mártir de los mártires, reforzaremos nuestro ánimo, tan necesario para continuar la tarea, y alcanzaremos la salvación de un pueblo sumido hoy en el dolor y el desconsuelo”[Diario La Tribuna (desde ahora, LT), 2 de abril de 1871].
Los templos cerrados, entonces. Pero no por ello la Iglesia cesó de atender a los enfermos y moribundos, celebrando, al mismo tiempo misas privadas, rogativas, novenas y hasta repartiendo oraciones dirigidas a la Madre de Dios para que terminase con la epidemia:
Virgen inmaculada, Refugio de los pecadores, Consuelos de los afligidos, Esperanza de los atribulados, os suplicamos con todo el afecto de nuestro corazón contrito y humillado, interpongáis vuestra intercesión para con el Dios de las misericordias, que no desea la muerte, sino la conversión de nosotros miserables pecadores, para que se digne mirar con ojos de compasión y de clemencia la aflicción de su pueblo. Haced, os pedimos, que ordene al Ángel ministro de su justa indignación, que hemos nosotros provocado con nuestras muchas culpas, que vuelva a la vaina la espada fulminante que tiene desenvainada para nuestro exterminio, y que se aleje de ESTA CIUDAD, devota vuestra, el azote terrible de la pestilencia, que tan de cerca le está amenazando […][AGN, Archivo y colección de Andrés Lamas, legajo 2672, Buenos Aires, 1997, Oraciones para pedir a Dios nos preserve de la peste de 1871 (cfr. Jorge Ignacio García Cuerva, “La Iglesia en Buenos Aires durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871”, en Teología 82 [2003/2] 115-147)].
Templos cerrados, curas heroicos y devoción a Maria Santísima entonces. Y si nos llegase a tocar (como es previsible) una Semana Santa con templos aún cerrados, una vez más, haremos un templo en nuestros pechos y dentro de él elevaremos nuestras preces fervientes venerando al Mártir de los mártires.
A Aquél que murió
Pero que está vivo.
Que no te la cuenten…
P. Javier Olivera Ravasi, SE