miércoles, 31 de marzo de 2021

martes, 30 de marzo de 2021

Que se doble pero que no se quiebre

 

Los primeros capítulo de Ana Karenina, obra cumbre de la literatura universal, narran las desgracian que le sobrevienen a Stepan Arkadi Oblonski. Le ha sido infiel a su mujer en una ocasión con la institutriz francesa y, enterada Daria Alexandrovna de la situación, decide terminar el matrimonio y alejarse junto con sus hijos de la casa de Stepan. 


La semana pasada apareció en Italia un nuevo libro de Marco Marzano titulado La casta dei casti. I preti, il sesso, l’amore, en el que se hace un análisis del ejercicio de la castidad en los sacerdotes y seminaristas católicos a partir de entrevistas y otros informes. No se trata de un libro escrito contra la Iglesia y a los solos fines del escarnio; presenta una situación más que preocupante, cuyas conclusiones llevan a afirmar que las promesas del celibato son escasamente cumplidas y faltan a ella la gran mayoría de los sacerdotes, secundum vel contra natura. Hay que señalar, sin embargo, que el autor se basa en una muestra muy pequeña que no permite universalizar la conclusión como él hace, pero no deja de ser significativa, sobre todo cuando se la ubica en el marco de las noticias que aparecen casi a diario sobre las costumbres sacerdotales en todos los países del mundo.

Ambos textos —el de Tolstoi y el de Marzano— me llevan a una reflexión: dada una situación concreta y real, ¿es preferible que la caña se doble o que se quiebre?, según se preguntaría el suicida Leandro Alem. Daria Alexandrovna decidió que aunque su corazón se rompiera de dolor, la caña debía quebrarse pero nunca doblarse; nunca ceder y ablandar los principios. Como ella dice: “Mis hijos no pueden vivir bajo el mismo techo que un libertino”. No se trata de debatir acerca de la mayor o menor prudencia de la mujer de Oblonski; será ese tema de moralistas y confesores. Se trata de observar la actitud que toma esta mujer ante el hecho y mirar la actitud que está tomando otra mujer —la Iglesia—, ante un hecho análogo. 

Reduciendo la situación a los elementos básicos, podría enunciarse del siguiente modo: la realidad muestra que el cumplimiento del sexto mandamiento y, consecuentemente, del noveno, es una ficción. Son escasos los que los cumplen entre las personas solteras, casadas o consagradas. ¿Qué hacemos? ¿Seguimos insistiendo en el cumplimento de una regla externa —mandamientos y leyes morales—, o aceptamos la realidad y nos conformamos a ella, tratando de minimizar los daños y aliviando a los hombres el dolor psíquico que produce el faltar habitualmente a una norma de imposible cumplimiento? 

Pongámoslo en términos de Alem: ¿doblamos la caña o la quebramos? Quebrar la caña desencadena un daño irreparable, y de esto puede dar fe la pobre Daria Alexandrovna. Y también, para quedarnos en el imperio ruso, Nicolás II que no quiso que la caña se doblara, siendo perfectamente consciente que se quebraría lo cual significaría que su familia acabara como acabó en la casa Ipátiev. Santa María Goretti prefirió también quebrar la caña, y lo mismo hicieron los mártires de la Guerra Civil Española, y tantos miles de santos que venera la Iglesia.

La fornicación, el adulterio y los sacerdotes infieles siempre existieron, pero estos pecados acarreaban no solo la condena de la Iglesia sino también la condena social, cuyas penas eran gravísimas cuando los hechos salían a luz. Desde hace unas pocas décadas, la sociedad no solamente ya no condena sino que festeja y enaltece a los impuros, adúlteros y sacrílegos, enarbolando activamente el derecho universal a la fornicación, que merece un respeto mucho mayor a otros más básicos, como el derecho a la vida. Y si no, miremos a España que legaliza el aborto, la eutanasia y el matrimonio homosexual.

Los pontífices inmediatamente anteriores a Francisco, al enfrentarse a esta situación, no tuvieron duda en la defensa de la fe y de sus principios seculares. La caña permanecería inhiesta a toda costa, en el peor de los casos se quebraría, pero jamás se doblaría. Y así les fue. El mundo se encarnizó contra la moral de Juan Pablo II y, sobre todo, contra Benedicto XVI.

No podíamos pedirle a Bergoglio, que es peronista, que adoptara los principios del radical Leandro Alem, pero teníamos derecho a exigirle que adoptara los principios de la Iglesia. Pues no lo hizo. Cambió de política. A fin de evitar daños mayores —según los criterios mundanos—, para evitar que la caña se quebrara, había que doblarla. Y así, comenzó a dar cabida en el corpus doctrinal de la Iglesia al derecho universal a la fornicación.

Bergoglio ha reemplazado los principios morales —entelequias ideadas por sus despreciados teólogos— por sus famosos “discernimientos”. Lo dijo con todas las letras la semana pasada en un texto clave sobre el que todavía no se ha dimensionado su gravedad extrema: “La teología moral no puede reflexionar sólo sobre la formulación de principios, de normas, sino que necesita hacerse cargo propositivamente de la realidad que supera cualquier idea”. Es la realidad la que domina, y no los principios. La caña debe estar en constante ejercicio de flexión, pero jamás quebrarse. 

¿Cuántos son los confesores que aún advierten a los penitentes que la fornicación es un pecado mortal? Lo que hasta los años juanpablistas se llamaba “relaciones prematrimoniales” se ha convertido ahora en una práctica habitual y universalmente aceptada, contrariando directamente los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Es el discernimiento el que permite estas licencias, y lo que era pecado, ya no lo es más.

Con Amoris letitiae, Bergoglio legalizó el adulterio, lo que si bien era una práctica más o menos extendida, lo era con discreción y con ciertas dudas por parte de sacerdotes y fieles. Ahora se trata solamente de discernir. En apenas diez minutos, me reconcilio con la realidad, que supera cualquier idea, y tomo distancia de las normas morales. Soy libre para vivir en adulterio y volver a ser un feliz católico con plenos derechos en Iglesia.

El último paso del Pontífice ha sido con respecto a una variante del derecho universal al que nos hemos referidos. En este caso, el derecho a la fornicación homosexual. En una táctica muy típica de él, mandó que apareciera un sorpresivo y terminante documento de parte de la execrada Congregación para la Doctrina de la Fe, siempre asociada en el imaginario con el cardenal Ratzinger, afirmando que las relaciones homosexuales son pecaminosas, y pocos días más tarde, tomó distancia del mismo, ayudado por el aparato de prensa internacional que le es adicto. El mensaje es que también en estos casos hay que discernir, confrontarse con la realidad y flexibilizar las normas morales. Doblar la caña.

No se me escapa que si Francisco mantenía la doctrina del depositum fidei y prefería que finalmente la caña se quebrara, las consecuencias iban a ser, quizás, las peores de la historia de la Iglesia. Si aún torciéndola como la ha ya torcido, se le están rebelando los alemanes, belgas y austríacos, podemos imaginar qué sucedería si insistiera en no ceder ni un tranco: quedaría un pequeño rebaño fiel a la fe que recibida de nuestros padres.

¿Imaginación de este modesto blogero? El Papa Benedicto XVI lo dijo en 1969, siendo aún sacerdote y profesor de teología. Y agregaba que sería justamente en este resto fiel en el que los hombres del mundo, asqueados de su soledad y de su vida materialista, terminarían recurriendo en una nuevo surgimiento de la fe. 


lunes, 29 de marzo de 2021

El Apocalipsis de San Juan - Minisierie


Se podrá estar más o menos de acuerdo con la exégesis de Leonardo Castellani al Apocalipsis de San Juan. Pero aún así, y más allá de las divergencias ocasionales, vale la pena ver este primer capítulo. 

viernes, 26 de marzo de 2021

Nobleza obliga

 

En este sitio criticamos con dureza la actitud de Mons. Eduardo Taussig de negar la posibilidad de comulgar en la boca a sus fieles, para lo cual no dudó en desplegar todo el arsenal canónico a su disposición suspendiendo a sacerdotes, retirándoles las licencias y amenazando con el entredicho a parroquias enteras.

Ayer, día de la Encarnación de Nuestro Señor, y luego de un año y de provocar en su diócesis males que ya no tienen remedio y de los que tendrá que dar cuenta a Dios en el día de Juicio, si no antes a la Curia Romana, revocó su decisión. 

Deo gratias!



 

miércoles, 24 de marzo de 2021

Presagios de la inminencia I

 

Que la Iglesia está en crisis lo sabemos desde hace décadas. Sin embargo, en los últimos años y, sobre todo, en los últimos meses, estamos asistiendo a mi entender a la manifestación de presagios que indicarían la inminencia del desenlace. La crisis es terminal, es decir, irreversible. No hay vuelta atrás. Sin una intervención divina directa, la Iglesia católica desaparecerá en la próxima década, convertida en una multinacional religiosa, desfigurada de su carácter original y furiosa perseguidora de los pocos católicos fieles al depositum fidei.


Cuando hace algunos años el Papa Francisco nos develó las andanzas amorosas de Leticia, comenzamos a ver que la cuestión ya no se reducía al latín o a la guitarra en la liturgia; se tocaba la doctrina secular y revelada. Y en los últimos días hemos asistido a los pasos de comedia provocados por la declaración de la Congregación de la Doctrina de la Fe en la que se niega la bendición a las parejas homosexuales, una cuestión que para un católico normal que aprendió su catecismo, es de perogrullo. Pues bien, lo que debería haber sido una respuesta casi superflua por obvia, ha causado un gran batifondo. Solo por dar un par de ejemplos, los sacerdotes austríacos han dejado en claro que no obedecerán, otro tanto han dicho muchos de sus colegas alemanes y un importante obispo belga, Mons. Johan Bonny dice sentirse avergonzado de la Iglesia por tal documento y pide disculpas a todas las parejas homosexuales, a sus padres y a sus abuelos. Y hasta el momento la Santa Sede no ha reaccionado ante estos signos de rebeldía contra la doctrina de la fe cristiana; y, al mismo tiempo, Mons. Eduardo Taussig y numerosos obispos más, siguen sancionando a sacerdotes y fieles por dar y recibir la comunión en la boca. No sé si caemos en la cuenta de la situación de apostasía en la que nos encontramos, o si por habitual, nos parece ya normal.

No voy a repetir aquí la historia del documento en cuestión y las marchas y contramarchas posteriores que han sido suficientemente documentadas en otros sitios, pero vale la pena hacer algún análisis:

1. El episodio pinta a Bergoglio de cuerpo entero. Su principio es: Nunca firmar nada comprometido contra la doctrina sino aprobar y alentar los cambios a través de gestos y operaciones de prensa. Es la vieja táctica jesuita y peronista. Un amigo recordaba convenientemente el cuento de Marco Denevi, El gran tamerlán de Persia. Y algunos medios italianos se preguntaban si no se trataría de una muestra de desequilibrio psicológico de Bergoglio. En mi opinión, fue una maniobra perfectamente planificada.

2. Es claro e indiscutible que la respuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe fue publicada con la autorización expresa del Pontífice. El mismo documento dice: “El Sumo Pontífice Francisco, en el curso de una Audiencia concedida al suscrito Secretario de esta Congregación, ha sido informado y ha dado su asentimiento a la publicación del ya mencionado Responsum ad dubium, con la Nota explicativa adjunta.”. Las jesuíticas explicaciones del jesuita Pino Piva no tienen ningún sustento.

3. Pocos días después de la publicación del documento y de la sucesiva polvareda, el matrimonio periodístico integrado por Gerard O’Donnell y nuestra conocida compatriota Elizabetta Piqué, publicaba en medios internacionales (American Magazine y La Nación) que según una fuente reservada del Sacro Palacio, el Papa Francisco estaba muy disgustado por esa nota prueba de lo cual debían considerarse las palabras que pronunció en el Angelus del domingo pasado. Las notas periodísticas aparecieron apenas después que terminara ese rezo, con lo cual estimo que el escrito ya estaría preparado desde hacía un buen rato. Muchos se preguntaron quién podía esa fuente autorizada. A mí no me cabe duda: fue el mismo Bergoglio. Él es amigo personal de la pareja y la ha utilizado en otras ocasiones, incluso siendo arzobispo de Buenos Aires, para sus operaciones de prensa. 

Bergoglio, por el motivo que sea, quiere cambiar la práctica de la Iglesia hacia las personas homosexuales, no sólo permitiendo sino incluso bendiciendo sus conductas. No puede o no quiere firmar un cambio doctrinal oficial que sería catastrófico para la ya endeble unidad de la Iglesia y lo haría pasar a la historia como un apóstata documentado. Lo que hace, entonces, es lograr su objetivo con insinuaciones y discursos ambiguos que cada uno entiende como quiere, y que él se asegura que sean entendidos en el peor de los sentidos a través de la prensa internacional con él alineada. 

Es por esto que tengo mis dudas acerca de las noticias que hablan de una feroz interna dentro de la Curia a favor y en contra de las bendiciones homosexuales. Las “altísimas presiones” estaba planificadas. Todo ha sido cuidadosamente previsto por Francisco.


4. Por si la ambigüedad de las palabras del Angelus no hubieran sido suficientes, el martes, en un discurso pronunciado en ocasión de un aniversario nada menos que de San Alfonso María de Ligorio, dio pistas mucho más clara, y su ambigüedad pasó casi desapercibida. Dijo:

Invito a los teólogos morales, a los misioneros y a los confesores a entrar en una relación viva con los miembros del pueblo de Dios, y a mirar la vida desde su perspectiva, para comprender las dificultades reales que encuentran y ayudar a curar sus heridas. […] La teología moral no puede reflexionar sólo sobre la formulación de principios, de normas, sino que necesita hacerse cargo propositivamente de la realidad que supera cualquier idea. Esto es prioritario porque el conocimiento de los principios teóricos por sí solo, como nos recuerda el mismo San Alfonso, no es suficiente para acompañar y apoyar las conciencias en el discernimiento del bien que hay que hacer.

Bergoglio, parafraseando a Perón, dice: “No miren lo que firmo sino lo que digo”. Luego de estas palabras, ¿con qué autoridad podrá reprochársele, por ejemplo, al sacerdote salesiano que hace pocas semanas bendijo públicamente a una pareja homosexual en Ushuaia como reportamos en este sitio. Él no fue más que un buen pastor que supo mirar la realidad y, tomando distancia de los principios teóricos, acompañó las conciencias y curó a los heridos.

5. Estos acontecimiento no hacen más que recordar y confirmar la intuición que Ludovicus tuvo en los primeros meses del pontificado bergogliano acuñando la expresión canibalismo institucional. La Piqué publicaba en La Nación de hace dos días: “.”Si bien la carta de hoy -como en el Angelus del domingo pasado-, no tuvo referencia alguna al “responsum” de la CDF –documento que contó con el “asentimiento” del Santo Padre-, el mensaje dejó claro la contrastante visión del papa Francisco y de la Iglesia en cuanto a su contenido y lenguaje”. Me pregunto cómo haber un contraste entre la visión del Papa y de la Iglesia. El mensaje de la periodista, y que es el mensaje que Bergoglio quiere transmitir, es que el Papa es el bueno y la Iglesia es la mala que impide sus buenas intenciones y acciones.

6. Finalmente, y como fue advertido hace pocos días, Francisco no es, como muchos creímos, la encarnación del Vaticano II. Esa malhadada asamblea no lanzó la piedra tan lejos. Francisco es el Vaticano III. 


sábado, 20 de marzo de 2021

Elogio del fracaso (el problema de Dios)

 

por Jack Tollers


Estimado Wanderer, ya sé, ya sé que Dios no puede tener problemas, en ningún sentido, bajo ningún aspecto, de ninguna manera. Pero, en fin, esto para los que quieran y puedan entender.   


¿Cuál sería el “problema” de un Dios que no tiene problemas? Se los diré rápidamente: nosotros somos “su” problema, porque nos quiere y “se hace problema” por nosotros, no vayan a creer, como cualquier buen padre por sus hijos. Pero aquí me quiero referir específicamente, a uno de los problemas de Dios con nosotros: y es que con muchísimo gusto nos daría lo que nosotros le pedimos. Pero no puede o no quiere, como señala San Agustín, porque no sabemos pedir lo que nos conviene (Rom. VIII:26), o porque no nos conviene en este momento o porque nos conviene otra cosa. Y por eso Santa Teresa dice que hay que pensar bien qué pide uno, no vaya a ser que se nos conceda y… ¡arripoa!, sea para peor.

Ahora, si nos adherimos al Evangelio vemos que a Jesucristo se le pide más que nada cosas relativas a la salud, curar cegueras, parálisis, hemorragias… muertes. Y muy a menudo Él se aviene y hace ver a los ciegos, andar a los paralíticos y resucitar a los muertos. También está lo que la gente no pide (porque es buena gente y discreta) pero que necesita: pan, por ejemplo. Y Jesucristo condesciende y multiplica la comida. Pero, si a mano viene, incluso concede disparates, como caminar sobre las aguas.

Y uno tiene experiencia de eso: de un Dios que se ocupa de nuestras necesidades materiales, que te regala una casa (¡si lo sabré yo!), a veces un buen trabajo (¡si lo sabré yo!) e incluso unas buenas vacaciones (¡eso nunca!), no diré que no. Pero, que yo sepa, nunca (o casi nunca) te da plata, por mucho que reces, supliques y pidas, incluso para otros que la pueden andar necesitando y mucho. Por lo general, plata no (será que no nos conviene, che, por mucho que pensemos otra cosa). Y si a Pedro le dio una moneda milagrosamente obtenida… ¡fue sólo para pagar impuestos!  

Pero aquí me quiero detener en cosas buenas para pedir, como cuando a Dios le pedimos cosas excelentes, espirituales, buenas para nosotros, para los demás, para la sociedad: no sé, un poco más de paciencia, por ejemplo (claro que para eso hay que pedir paciencia antes, paciencia para pedir paciencia, no sé si me siguen), espíritu alegre, generosidad con el tiempo de uno, don de gentes, pedir el ser agradecido, pedir espíritu celebratorio de las cosas buenas (que son tantas), espíritu hospitalario, pedir por el bien de los hijos (que sean buenos), pureza de corazón, confianza en la providencia o humildad (una virtud tan difícil de adquirir, dice Chesterton, que el que piensa haberla obtenido, acaba de perderla). A veces podemos pedir cosas pequeñísimas (y tan importantes) como ser corteses, atentos, receptivos (y este asunto que dice Tolkien de los hobbits de su pasión por los regalos, que se complacían en hacer regalos y resultar regalados, me ha dado que pensar mucho, muchísimo también). Qué sé yo, pedir el aprender a jugar con los nietos (Pieper decía que la astrofísica es juego de niños, comparado con los juegos de niños), soportar a los pelmazos, visitar a los enfermos, alegrarse con la alegría de los chicos, cantar en la mesa, hacer buenas bromas, divertir a los compañeros de trabajo… 

Pero muchas, muchísimas veces (quizás las más de las veces) Dios no concede los bienes que uno pide, se niega rotundamente, por excelentes que sean (y a veces en eso hay un gran misterio: pienso en Chesterton y Frances, por ejemplo, cómo habrán pedido tener hijos y no hubo caso, cómo no habrán sufrido por eso, aunque ahora sus “hijos” se cuentan por millares).

Pero aquí quiero formular sencillamente la cuestión a tratar: por qué las más de las veces Dios no nos concede lo que le pedimos, por bueno y oportuno que sea. Pongamos, por caso: la santidad. Quiero ser santo (como Él dice que debemos ser… tan santos como Él). ¿Y? ¡Nada! Ni parecido, che. (Más sobre esto, al final del post).

El problema de Dios reside en nuestra vanidad, tan raigal, tan enraizada en nuestras almas, como enervando  nuestros corazones. El problema de Dios es que si nos concede lo que le pedimos, nos la vamos a creer, nos vamos a envanecer, la jactancia nos va a ahogar, la presunción nos va a doblegar: casi inevitablemente nos convertiremos en más fatuos, pomposos y altaneros de lo que ya somos. Seremos peores de lo que ahora somos (lo cual es bastante decir), seremos más engreídos que nunca. Como lo dice Castellani en el post de hace unos días: ¡se saborea la victoria! (¡Ahora soy humilde, qué se han creído ustedes, je!).

Si me han acompañado hasta aquí y han entendido cuál es el “problema” de un Dios que nos quiere dar lo que nosotros queremos obtener, quizá estemos listos para formularlo con más precisión: Dios no nos dará los que le pedimos, por excelente que sea, hasta que se convenza plenamente de que nosotros estamos perfectamente convencidos de que es im-po-si-ble obtener eso que pedimos por las nuestras, con la fuerza de nuestra voluntad. De manera tal que cuando (y si acaso) nos concede algo, antes tiene que estar seguro de que nosotros estamos perfectament persuadidos de que eso es pura gracia, puro don y que si hubo parte nuestra en eso, sólo fue el mendigarlo (y que el mendigarlo fue pura gracia también). 


Así que, ¡oh felicidad!, en algunos casos Dios nos regala un gran don porque sabe que nosotros sabemos, sin la menor duda, que si llegamos a poseer esa virtud, no será por mérito nuestro sino que fue un regalo del Padre de las Luces de quien desciende todo don celeste. Y que entonces podemos rezar también (y tan bien) como nuestros mayores: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam.

Pero se me alarga este post y todavía no llegué a la médula de lo que quiero decir: y es que hay una sola manera de convencernos, persuadirnos, asegurarnos completamente de que así como para Dios no hay nada imposible, es imposible granjearnos, obtener los bienes que pedimos por las nuestras, ex voluntate viri.

Y así es el negocio: si Dios se convence de que estamos convencidos de que es imposible obtener lo que le pedimos por las nuestras, nos lo otorgará buenamente, no tengan ustedes dudas. 

Pues aquí la cuestión central: ¿cómo alcanzar esa persuasión perfecta, ese convencimiento pleno y genuino de que “sin Mí nada podéis hacer”, que decía Nuestro Señor?

Respuesta: hay una sola manera (y para esto se nos dio la voluntad) que consiste en esforzarse con toda el alma, intentarlo con una obstinación loca, insistiendo con tenacidad perfecta… para fracasar una y otra vez. No se puede fracasar si no se empeña uno. 

Y cuanto más grande el empeño, mayor será el fracaso. Bendito fracaso.

¿Hasta cuándo? Hasta que Dios se convenza de que nosotros estamos convencidos de que “no podemos nada en nada” como decía Teresa la Grande. 

Aquí la clave, aquí la explicación de la frase críptica de su hija, Santa Teresita, en su lecho de muerte: “Yo tampoco puedo ser santa; pero hagan como yo: un gran esfuerzo”.

martes, 16 de marzo de 2021

Comentarios litúrgicos


Aquí van algunos comentarios sueltos sobre noticias litúrgicas de los últimos días.



El viernes de la semana pasada se conocieron las nuevas normas que regularán las celebraciones de misas en la basílica de San Pedro. Hasta ahora, cualquier sacerdote del mundo que iba a la basílica, podía celebrar la Santa Misa dentro de ciertos horarios en alguno de los tantos altares secundarios, según se lo asignara la sacristía. Y podía celebrar el rito de Pablo VI o el rito tradicional indistintamente. Los peregrinos que se acercaban temprano a la basílica veía todos sus altares ocupados por sacerdotes, la mayor parte de las veces acompañados solamente por un monaguillo, celebrando el Santo Sacrificio. Pero ahora todo ha cambiado. El cardenal Burke emitió un fuerte comunicado al respecto y aquí van algunas conclusiones personales. 

Una primera cosa que llama la atención es que las disposiciones hayan sido establecidas por la Secretaría de Estado. ¿No sería lógico que de esas cuestiones se ocupara la Fábrica de San Pedro? Yo me pregunto —y es solamente una pregunta— si no tendrá algo que ver con esto el nuevo arcipreste de la basílica vaticana, el cardenal Angelo Gambetti, elevado a la púrpura en el último consistorio, y que pasó abruptamente de custodio del convento franciscano de Asís a regir el templo más importante de la cristiandad, por capricho omnímodo del Sumo Pontífice.

Un segundo detalle para la reflexión: luego de ocho años, vemos que el pontificado de Francisco ha sido y sigue siendo una catástrofe. ¿Cómo es posible que la Fábrica de San Pedro esté “comisariada”, y de esto hace ya varios meses? El Papa que se presenta como el mensajero de la misericordia, cual San Faustina rediviva, no para mientes en intervenir, comisariar y expulsar obispos a diestra y siniestra, sin ningún tipo de juicio previo y sin dar la posibilidad a la legítima defensa. 

En tercer lugar, la disposición elimina las misas individuales en la basílica. Los sacerdotes que quieran celebrar allí, deberán concelebrar. Se trata de la coronación de uno de los aspectos cuestionables de la reforma litúrgica —la concelebración—, una innovación absoluta dentro del rito latino y, por otro lado, de un nuevo desprecio de la Santa Misa cuyo único sentido parecería que surge de la participación en ella de los fieles. 

En cuarto lugar, se ordena que de la celebraciones participen activamente “lectores y cantores” laicos. Adiós a las piadosas misas celebradas en silencioso recogimiento. No imagino que los cantores que animarán estas celebraciones estarán formados en la escuela de Perosi. Y no me extrañaría que dentro de algunos meses comencemos a escuchar guitarras, panderos y alaridos de laicos comprometidos en la basílica vaticana.

En quinto lugar, los altares secundarios quedarán, después de cuatro siglos, vacíos e inútiles, porque en ellos solamente se celebrará misa el día del santo cuyas reliquias están depositadas a sus pies. Otra triste imagen —los altares desiertos— tan propia de los tiempos oscuros que vivimos.

Sextamente, el comunicado dice que el rito extraordinario (?) lo podrán celebrar "los sacerdotes autorizados". ¿A qué se refiere? Después del motu proprio Summorum Pontificum todos los sacerdotes están autorizados a celebrar la misa tradicional, sin necesidad de pedir permisos suplementarios. ¿O será que desconocen lo ordenado por el Papa Benedicto XVI?

Finalmente, las celebraciones en rito tradicional son escondidas en las grutas vaticanas, no sea que los peregrinos se sorprendan ante espectáculo tan escandaloso. Es verdad que se otorga para estos casos la Capilla Clementina, que es un lugar bellísimo y muy cercano a la tumba del Apóstol San Pedro, pero es verdad también que tiene un solo altar. Es decir, por día podrán celebrarse solamente cuatro misas en el rito antiguo. 


Pasemos a un tema doméstico.

Su Corpulencia Reverendísima, Mons. Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza, emitió hace pocos días un comunicado a los sacerdotes y fieles sobre la preparación de las ceremonias de Semana Santa. Ya había adelantado la Misa Crismal —grotesco espectáculo de ancianos enmascarados— y ahora nos advierte sobre los cuidados que deberán tenerse, alineado en la más estricta corrección política pandémica. En la nota ordena que la “comunión [deberá recibirse] únicamente en la mano y sin manípulos de tela,…”. 

No es novedad la abusiva imposición ilegítima de los obispos a los fieles sobre el modo de recibir la comunión, y todos recordamos el brote de histeria que sufrió Mons. Eduardo Taussig ha raíz del tema, y que aún perdura. Recomiendo un artículo del P. Federico Bortoli que publicó hace pocos días Infocatolica sobre el tema. El autor es una persona con conocimientos sobrados sobre el tema (fue su tesis doctoral) y sin sospecha de ser parte de grupos tradicionalistas. 


Pero en el escrito del arzobispo mendocino, se lee el detalle de la prohibición del uso de lo que él llama “manípulo”. Llama la atención la supina ignorancia del prelado en materia litúrgica. Todos sabemos en este blog qué es el manípulo y a ningún fiel en su sano juicio se le ocurriría colocarse uno de ellos para recibir la eucaristía, ya que se trata de un ornamento propio del subdiácono y del resto del orden sacerdotal. El “padre obispo”, como a él le gusta ser llamado, se refiere a una especie de purificador que algunos fieles mendocinos colocaban en sus manos a fin de recibir allí el Cuerpo del Señor y evitar de ese modo tocarlo. Luego de comulgar los guardaban reverentemente y, llegados a sus casas, los sumergían en agua a fin de que las partículas se disolvieran. 

No se entiende la razón de la prohibición. El argumento que dio la curia mendocina fue que se trataba de una innovación litúrgica que no está contemplada en las rúbricas. Ahora resulta que los paladines de la creatividad en el campo litúrgico, que no vacilan en aplicar la invención más ridícula que se les pasa por la cabeza en la celebración de la misa, son atacados por escrúpulos frente a este recurso propuesto por los fieles. ¿Dónde quedó la autonomía de los laicos, su madurez y su derecho a participar en las decisiones de la iglesia diocesana, tan cacareada por el Vaticano II y por sus lenguaraces? 

Queda demostrado que la imposición de la comunión en la mano es una cuestión que poco y nada tiene que ver con medidas higiénicas. Hay algo más grande y tenebroso detrás. No se explica tamaña reacción por parte de los obispos que no han temido aplicar del modo más contundente y cruel su autoridad, aún a riesgo de generar graves crisis entre su clero y sus fieles. Y esto no es imaginación. Hace algunas semanas, un párroco de la diócesis de La Pampa, comunicó a sus fieles la terminante prohibición que había recibido de su obispo, Mons. Raúl Martín, de distribuir la comunión en la boca, añadiendo en la esquela: “...dijo que no sólo por una cuestión sanitaria, sino que hay de por medio una situación que tiene que ver con la comunión eclesial”. Los obispos saben que el riesgo de contagio por comulgar en la boca es tan alto como comulgar en la mano, y en ambos casos es insignificante. Lo que a ellos les preocupa es la “comunión eclesial”, el comodín retórico que les permite incluir en él todas sus ocurrencias. 

Reconozco que cuando comenzó toda esta tragedia hace un año, pensé que a los obispos los movía solamente un exceso de precauciones higiénicas. Fui un ingenuo. Son peores de lo que pensaba.

No sé si estoy exagerando, pero da la impresión que dos iglesias se están delineando a pasos agigantados. 

lunes, 15 de marzo de 2021

A cuarenta años de la muerte del P. Castellani

 


P. Leonardo Castellani 

16/XI/1899 - 15/III/1981


Religión es religación o unión amorosa con Dios, no espantamientos contra un ‘destino’ inexistente, que los idólatras de todos los tiempos han creído inexorable, por ignorar y menospreciar de hecho la maravillosa intervención de la Divina Providencia. La tranquilidad ante el mañana incierto, el hombre verdaderamente religioso lo obtiene por añadidura (Mt. VI:33). Además, toda violencia, miedo y tristeza, no suele ser de Dios. 

La vida devota no es un conjunto de prácticas y reglas fastidiosas, que fraccionan la vida, pero son ineludibles; una lucha contra los deseos permitidos que es necesario trabar para vencerse; en fin, la ejecución de lo más molesto para salir victorioso de sí mismo (Y, sin confesarlo, ¡se saborea la victoria!).

Pues bien, ¡no, no y no! Todo esto es estar en el abecé de la vida espiritual; es no haber comprendido el amor ni el esplendor de Dios y del hombre. 

La verdadera piedad, el amor verdadero, es una vida: una vida transformada, una vida apacible, llena de confianza en Dios; una vida gozosa, porque es libre, una vida amante, porque se ha dado, una vida de maravillosa dilatación del alma… ¡una novedad de vida! Una de las cosas más sorprendentes del cristianismo, para el que lo mirase como una mera regla moral, sin espiritualidad, es ver cuántas veces los reprobados por Dios son precisamente los que quieren multiplicar los preceptos, como los fariseos de austera y honorable apariencia; mientras en la Epístola a los Gálatas San Pablo lucha por quitar preceptos en vez de ponerlos, con gran escándalo del beaterío de su época. Es esto un ejemplo notable para comprender que lo esencial, para el Evangelio, está en nuestra espiritualidad; es decir, en la disposición de nuestro corazón para con Dios. 

Lo que Él quiere, como todo padre, es vernos en un estado de espíritu amistoso y filial para con Él, y de ese estado de confianza y de amor hace depender, como lo dice Jesús, nuestra capacidad (que sólo de Él viene) para cumplir la parte preceptiva de nuestra conducta.

Domingueras Prédicas II, Mendoza, Jauja,1998 268-69.


jueves, 11 de marzo de 2021

La caridad cristiana según Waugh



 

Evelyn Waugh: Soy cristiano y creo que estamos en un periodo de prueba. No tenemos más que una vida para vivir, nuestro negocio es salvar nuestras propias almas. El mejor modo de salvar nuestras almas es con la caridad hacia los demás. Pero eso no significa introducir una nueva forma de vida social según la cual alguien piense que podría producir más almas con más probabilidades de salvarse.

El entrevistador: Umm.

Evelyn Waugh: La caridad, según se describe en el Nuevo Testamento, no es más que el hombre que vas y te encuentras por casualidad al borde del camino. Entonces lo tomas y lo llevas a la posada y lo cuidas. No es un sistema para soltar a todos los atracadores que atacan al hombre al borde del camino; es simplemente remediar sus necesidades inmediatas; ocurre que tú estás de camino y te lo encuentras. 

(Entrevista 14.08.1956).

domingo, 7 de marzo de 2021

Tomando mate con Lutero

 

Hace algunos días se conoció un adelanto del libro del médico y periodista argentino Nelson Castro titulado La salud de los Papas y editado por Sudamericana. Aparece allí parte de la entrevista que le concedió Francisco y en la que habla de sus problemas de salud. Se leen textos como los siguientes: “Francisco habló también de sus neurosis, a las que describió como una mezcla de ansiedad y de tristeza, y afirmó que “hay que cebarles mate” y “acariciarlas también”, ya que “son compañeras de la personas durante toda su vida”. O bien: “Es muy importante poder saber dónde chillan los huesos. Dónde están y cuáles son nuestros males espirituales. Con el tiempo, uno va conociendo sus neurosis”.


Estas afirmaciones causaron escozor en muchos sectores católicos: ¿qué era esto de “cebarle mate a las neurosis”? Lo cierto es que, más allá del lenguaje tosco y populachero del Papa, lo que dice está muy bien y tiene sentido cristiano. Debemos aprender a convivir con nuestras enfermedades, físicas o psíquicas, porque forman parte de la finitud propia del hombre caído. Un cristiano que quiere seguir a su Maestro sabe que tiene que cargar su cruz cada día y caminar detrás de Él. En todo caso, deberá poner los medios necesarios para limitar esas enfermedades a fin de que le permitan cumplir sus deberes de estado, pero sabiendo que algunas de ellas lo acompañarán a lo largo de toda su vida. El diabético sabe que debe privarse de los dulces y tener a mano la insulina; el hipertenso debe evitar la sal y no olvidar los inhibidores de la angiotensina; el ansioso debe aprender técnicas de control conductual y en ocasiones deberá recurrir a las benzodiasepinas. Encuentro, entonces, muy sensatas las palabras del Papa Francisco aunque no me guste su modo de expresión, más propio de Mamerto Menapache que de un Romano Pontífice.

En los mismos días, Rizzoli publicó en Italia otro libro pontificio: Sobre los vicios y las virtudes, surgido de una entrevista que le realizara al Papa el p. Marco Pozza, capellán de la cárcel de Padua. El título es, claro, una copia de los specula principis que aparecieron en el Alto Medioevo aunque, como era previsible, de una calidad notablemente inferior. Es interesante ver las reacciones de burla abierta que ha tenido el escrito en algunos medios italianos. “Banalidades”, es lo menos que le dicen. En los adelantos del libro aparecidos en el Corriere della sera se lee la siguiente afirmación del Santo Padre: “Hay personas virtuosas y hay personas viciosas, pero la mayor parte son una mezcla de virtudes y vicios. Algunos son buenos en una virtud pero tiene alguna debilidad. Porque todos somos vulnerables. Y debemos tomar en serio esta vulnerabilidad existencial. Es importante saberlo, como guía de nuestro camino y de nuestra vida”. No podemos sino estar de acuerdo con los periodistas italianos: banalidades que podrían ser dichas por el almacenero de la esquina. 

Pero me interesa hacer notar que encontramos aquí una escalada del argumento anterior. O dicho de otro modo, una aplicación de las recetas utilizadas para enfrentar las enfermedades al caso de las virtudes y de los pecados. Es como si Bergoglio hubiese dicho: “A los vicios [o pecados, que viene siendo lo mismo] hay que cebarles mate y acariciarlos también, porque nos van a acompañar a lo largo de nuestra vida”. Yo veo acá una extrapolación muy peligrosa. En primer lugar, porque las enfermedades no son pecados, aunque algunas de ellas, como las psiquiátricas, puedan ser dispositivas al pecado. Y en segundo lugar, porque aunque todos somos pecadores y “hasta el justo peca siete veces al día” (Prov. 24,16), lo cierto es que Nuestro Señor nos manda que estemos en permanente tensión a fin de evitar el pecado. “Sed sobrios y estad atentos” (1 Pe. 5,8), nos advierte San Pedro, y la prédica de toda la Iglesia ha sido constante en su rechazo al pecado y en la exigencia irrenunciable de tender a su superación. Se nos pide tensión permanente a la santidad, y esto implica atención constante a fin de evitar el pecado. Al pecado no se le puede cebar mate; hay que expulsarlo a patadas.  

Alguien podría aducir que la extrapolación señalada es una ocurrencia mía. Sin embargo, creo que no es así. Más aún, creo que los mates y las caricias están en la base de la teología de Bergoglio. Veamos un pasaje de Amoris letitiae:

303. A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. […] Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo.

Tomar mate con lo vicios desemboca irremediablemente en la permisión de las situaciones permanentes de pecado. Traduciendo el párrafo citado, el cristiano que vive en adulterio debe “acariciar” no solamente a su adúltera sino también a su adulterio, al “reconocer que es la única respuesta que puede ofrecer a Dios”. Más aún, debe tener la “seguridad moral” que es eso lo que Dios quiere de él, y seguir en paz tomando mate, y comulgado los domingos en misa. 

Muchas cosas podríamos decir sobre esta teología que perfilan los documentos pontificios. En primer lugar, una confusión desastrosa entre el plano natural (la enfermedad) y lo sobrenatural (el pecado y la gracia). Un artículo muy interesante aparecido en Infocatólica analiza una de las aristas de esta situación en Amoris letitiae, puesto que la exhortación apostólica termina afirmando la posibilidad de poseer la virtud de la caridad sin el estado de gracia. Esto es producto de una fenomenal confusión entre el amor natural, que está caído, y la caridad teologal, y entre ellos hay un verdadero abismo, el salto de la gracia sobrenatural. Pero Francisco confunde, o niega, tal distinción o tal abismo. Es difícil no ver en este condumio teológico la mano de Henri de Lubac y sus malabares entre lo natural y lo sobrenatural. Lo naturaleza, según el jesuita francés, ya estaría transida de sobrenaturalidad o, mejor aún, lo sobrenatural sería casi ocioso porque lo natural bastaría. Y como en el natural humano hay “mezcla de virtudes y vicios” imposibles de erradicar, Dios en definitiva me salva tal como mi natural es, así de machucado y oscuro como lo encontramos en el hombre concreto. 

En segundo lugar, se percibe una especie de freudismo teológico. Para Freud, la psique se cura cuando se consigue encauzarla nuevamente, es decir, cuando los motivos inconscientes, que provocan la neurosis, se convierten en conscientes. Este paso —de lo inconsciente a la conciencia — tiene una función catártica y sanadora. Y por eso el psicoanálisis permite al hombre liberarse de la libertad, le dice que no es responsable de sus propias acciones y de sus desviaciones morales, y que no existe libre elección, porque es el inconsciente el que lo hace todo. Así, se trata de una coartada y un alivio; el hombre ya se siente justificado no del pecado sino de no haber pecado. Freud tiende así a una “moral sin pecado”, en cuanto da una explicación patológica del mal moral.

Análogamente, el Papa Francisco afirma la necesidad de conocer profundamente esa situación de pecado —el adulterio, en el caso de Amoris letitae—, a lo que llama “discernimiento”. Y una vez discernido, el cristiano se dará cuenta que su naturaleza, por una razón o por otra, es tal, con tales vicios y virtudes, y que lo mejor que puede ofrecer a Dios es esto o aquello. Se superó el trauma; el pecado dejó de ser pecado, y todos felices y con la conciencia tranquila. Y esta particular teología, que no es propia de Bergoglio sino que campea en la Iglesia desde hace décadas, se aplica a múltiples circunstancias. Está detrás, por ejemplo, de todas las referencias equívocas a las relaciones homosexuales. No sólo su frase de “¿Quién soy yo para juzgar?”, sino la audiencia que la concedió a un/a trans español/a con su novia; o cuando recibió en la nunciatura de Washington a su amigo Yayo Grassi y su novio, con besos y algarabías.  “Tu naturaleza —dice el Francisco con sus gestos— está irremediablemente herida. Conócete, acéptala, y haz lo mejor que puedas con ella. Dá a Dios lo máximo que puedas en esta circunstancia concreta. Si eres homosexual y por tu naturaleza caída no puedes llevar una vida de celibato, lleva una vida de fidelidad hacia una sola persona. Si es eso lo máximo que puedes dar, y lo sabrás luego del proceso de discernimiento [o de conocimiento a través del psicoanálisis, diría Freud], es eso entonces lo que Dios te pide”. Así como el enfermo debe conformarse con su diabetes y evitar los dulces, así el homosexual o el irremediablemente infiel, debe conformarse con su condición y evitar la promiscuidad. 

Esta teología del Papa Francisco no es nueva. Tiene más de cinco siglos, y un nombre muy definido: luteranismo. 


jueves, 4 de marzo de 2021

La misericordia de Chesterton


Siempre se presume, sobre todo por razón de nuestras inclinaciones tolstoianas, que cuando el león se acuesta al lado del cordero, el león se transforma en un ser tierno y amable como el propio cordero. Pero eso equivale a una anexión imperialista y brutal de parte del cordero. Eso sencillamente es un caso de un cordero absorbiendo al león en lugar del león comiendo al cordero.

El problema real es el siguiente: ¿puede el león acostarse al lado del cordero y aun así conservar su real ferocidad? Ese es el problema que la Iglesia intentó resolver; eso es lo que milagrosamente logró.

Esto es lo que he dado en llamar “el presentimiento de las ocultas excentricidades de la vida”. Aquí se trata de saber que el corazón de un hombre está a la izquierda y no en el medio del cuerpo. Esto consiste en saber, no sólo que la tierra es redonda, sino saber también exactamente dónde es plana. La doctrina cristiana detectó que en la vida hay cosas raras. No sólo descubrió la ley, sino que también anticipó las excepciones. Los que dicen que el cristianismo descubrió la misericordia lo están menospreciando; cualquiera podría descubrir la misericordia. Y en realidad, todo el mundo hizo ese descubrimiento. Pero desarrollar un plan para ser misericordiosos y a la vez severos—eso sí que preveía una necesidad muy extraña de la naturaleza humana. Porque ocurre que nadie quiere que le perdonen un gran pecado como si fuera uno pequeño.

G.K. Chesterton, Ortodoxia.

Traducción de Jack Tollers