viernes, 19 de junio de 2020

Sobre la "reflexión" de un párroco mendocino

El P. Aldo Vallone, párroco de la catedral de Mendoza, ha hecho circular en los últimos días una “reflexión” destinada a los fieles que se niegan a comulgar en la mano, tal como lo han ordenado los obispos mendocinos.

El autor comienza descalificando a esos fieles. Los trata de escrupulosos, desobedientes e ignorantes. Y así, el objetivo de su escrito es deshacer los escrúpulos, reparar la ignorancia y doblegar la desobediencia. A mi entender, se queda bastante corto en sus propósitos. Analicemos sus argumentos:

1. Comienza estableciendo que la potestad de régimen en la Iglesia la tiene el Sumo Pontífice y los obispos que están en comunión con él. Y esto incluye también la disciplina litúrgica, por lo que los obispos, concluye el P. Vallone, tendrían potestad para prohibir la comunión en la boca y obligar a sus fieles a recibirla en la mano.

Se trata de un argumento FALSO. En primer lugar, porque los obispos, aún con la autoridad disciplinar que poseen, no pueden modificar la disciplina litúrgica de acuerdo a sus caprichos y en contra de la Tradición y del rito mismo. Por ejemplo, no podrían obligar a sus sacerdotes a distribuir la comunión bajo las dos especies, aunque sea ésta una práctica permitida, y tampoco podrían prohibirles usar el velo del cáliz, porque una ley superior a la de su autoridad —la de la Sede Apostólica—, deja su uso ad libitum. Es decir, ni el Papa ni los obispos pueden comportarse como dictadores africanos. Su autoridad en este campo, no es absoluta. Está limitada por la Tradición y el derecho.

En segundo lugar, la falsedad del argumento se manifiesta porque el P. Vallone no tiene en cuenta el principio jurídico por el que la ley de una autoridad inferior no puede contradecir la de una autoridad superior. Un gobernador de provincia o un intendente no podría disponer que en su territorio no se aplique, por ejemplo, la ley del divorcio, puesto que ha sido sancionada por una autoridad superior. En nuestro caso, la autoridad superior en materia litúrgica es la Congregación del Culto Divino que, cuando autorizó la comunión en la mano, envió a los obispos una carta en que se establecía la disciplina de esta nueva práctica. Allí se dice: 

La nueva manera de comulgar no deberá ser impuesta de modo que excluya el uso tradicional. Importa especialmente que cada fiel tenga la posibilidad de recibir la Comunión sobre la lengua allí donde se conceda legítimamente el nuevo uso y cuando se acerquen a comulgar al mismo tiempo que otras personas que reciban la Hostia en la mano. (Acta Apostolicae Sedis 69, p. 546)

Por tanto, la autoridad que legítimamente dispone la disciplina litúrgica ha dispuesto exactamente lo contrario a lo que afirma el P. Vallone. 

2. Recurre también el autor a algunos argumentos históricos. Los hechos que destaca son acertados. Tal como sostiene Jungmann (El sacrificio de la misa, BAC, Madrid, 1963, p. 942), el historiador de la liturgia más reconocido del último siglo, la costumbre de comulgar en la mano se abolió en el siglo IX. Es decir, durante ochocientos años, en algunas zonas de las cristiandad, la comunión podía ser distribuida en la mano de los fieles. Infiere entonces el P. Vallone que este hecho debería ser suficiente para despejar cualquier escrúpulo u objeción contra dicha práctica que, para él, sería tan tradicional como la comunión en la boca.

Se trata, una vez más, de un argumento FALSO. En primer lugar, porque la selección de elementos de una tradición no puede ser arbitraria, sino que debe seguir un desarrollo homogéneo entre sus partes y es así como se la guarda de un modo inviolado. Si fuera el caso de tomar tradiciones de los primeros tiempos, podría el P. Vallone proponer que las mujeres entraran con la cabeza cubierta al templo o que la misa se celebrara en latín, pues es así como la iglesia procedió no sólo durante el primer milenio, sino hasta finales del segundo. 

En segundo lugar, la instrucción Memoriale Domini de la Congregación para el Culto Divino que establece la práctica de la comunión en la mano, dice en su número 7: 

Andando el tiempo, después de que la verdad del misterio eucarístico, su eficacia y la presencia de Cristo en el mismo fueron escrutados más profundamente, por ungirlo ya el sentido de la reverencia hacia este Santísimo Sacramento, ya el sentido de la humildad con que es preciso que éste sea recibido, se introdujo la costumbre de que el ministro pusiese por sí mismo la partícula de pan consagrado en la lengua de los que recibían la comunión.

Y esto justamente lo que afirma Jungmann: “Con todo, más que el temor a los abusos, influyó [en la prohibición de comulgar en la mano], sin duda, la creciente reverencia al sacramento a que se diese más tarde la sagrada forma directamente en la boca” (Jungmann, 942).

Como vemos, se trata de un prístino caso de desarrollo armónico no sólo del dogma, sino también de las formas sacramentales. El cambio en la práctica de la distribución de la eucaristía no se debió a un capricho pontificio que podría ser anulado por otro capricho pontificio, o episcopal, sino a una profundización en el misterio de la Eucaristía.

3. El P. Aldo Vallone afirma a continuación: “las dos [formas de recibir la eucaristía] son tradicionales, si el Magisterio con su autoridad disciplinar las ha legitimado y recomendado a ambas”. En poco más de diez palabras ha concretado tres graves error por lo que su afirmación, una vez más, es FALSA.

En primer lugar, como ya vimos, recibir la comunión en la mano no es tradicional, sencillamente porque la tradición se desarrolla armónicamente. Sobre este punto tan importante se explayó con autoridad magisterial, el Papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei, donde parece que responde a este reclamo de tradición del P. Vallone. Allí dice en el n. 80: 

“… pero, ciertamente, no es prudente y loable reducirlo todo, y de todas las maneras, a lo antiguo. […] Tal manera de pensar y de obrar hace revivir, efectivamente, el excesivo e insano arqueologismo despertado por el ilegítimo concilio de Pistoya, y se esfuerza por resucitar los múltiples errores que un día provocaron aquel conciliábulo y los que de él se siguieron,…”.

Más aún, la instrucción Memoriale Domini, en el n. 10, adjudica expresamente el carácter de “tradicional” a la comunión en la boca, en contraste con la comunión en la mano. Por tanto, reclamar el carácter de tradicional a este último modo de comulgar sólo porque fue una práctica de los primeros siglos, como hace Vallone, es erróneo y contradice el magisterio pontificio.

En segundo lugar, pareciera que el párroco de la catedral mendocina, tiene un concepto de magisterio demasiado extenso. Se designa por magisterio la función que incumbe a la Iglesia, y especialmente a su jerarquía apostólica, de anunciar perpetuamente la palabra de Dios en su nombre y con sus autoridad y definir su sentido cuando es necesario (L. Bouyer, Diccionario de teología, Herder, Barcelona, 1977, p. 419). Me pregunto, entonces, de qué modo entra en la categoría magisterial una disposición disciplinar sobre el modo de recibir la eucaristía. ¿Es que esa cuestión forma parte del Depósito de la Fe, del que el magisterio es guardián? Como afirma el cardenal Billot, s.j., lo que le corresponde a la jerarquía es proponer y definir con autoridad en qué sentido Escritura y tradición deben entenderse. Consecuentemente, las disposiciones de los obispos mendocinos que obligan a sus fieles a comulgar en la mano no forman parte de ninguna manera del magisterio.

En tercer lugar, el P. Vallone afirma que el magisterio “ha recomendado” ambas formas de recibir la eucaristía. Es exactamente lo contrario. El magisterio no recomienda la comunión en la mano; más aún la desaconseja. Y recurro al documento magisterial con mayor autoridad en el tema, la instrucción Memoriale Domini

15. Así, pues, […] en razón de la gravedad del asunto y la fuerza de los argumentos aducidos, al Sumo Pontífice [San Pablo VI] no le ha parecido oportuno mudar el modo hace mucho tiempo recibido de administrar a los fieles la Sagrada Comunión” [es decir, en la boca]. 

Hacia el final del documento, el Papa permite a los que obispos de aquellas zonas donde la costumbre de comulgar en la mano se hubiese arraigado, recurrir a la Santa Sede a fin de conseguir un indulto para continuar con la misma.

En conclusión, y tal como se desprende de toda instrucción Memoriale Domini , y en especial del n. 18, la posibilidad de comulgar en la mano es un indulto o permiso especial y extraordinario concedido expresamente y para cada caso en particular por la Sede Apostólica. Afirmar, entonces, como hace el P. Vallone, que la Iglesia recomienda tanto la comunión en la boca como en la mano, es un error. Es equivalente al caso del indulto que concede un obispo para que puedan casarse primos hermanos. Este permiso no implica que se recomiende el casamiento entre primos; se lo permite a regañadientes.

El P. Vallone ofrece otro argumento para defender su postura. Escribe: “…en otra diócesis sólo se permitía comulgar en la boca. Y, Esto (sic), no es ni discriminación, ni abuso de autoridad… ¿Por qué aceptar y alabar con religioso respeto una determinación y despreciar otra?”. Es decir, así como en una diócesis (San Luis) no se permite comulgar en la mano, es perfectamente lícito que en otra (Mendoza y San Rafael) no se permita comulgar en la boca. Pareciera que no es necesario explicar que se trata, una vez más, de un argumento FALSO.

Siguiendo el mismo razonamiento, podríamos decir que así como en San Luis está prohibido que las mujeres ayuden a misa, Mendoza podría prohibir que lo hagan los varones. ¿Le parecería a alguien atinada semejante prohibición? O, para seguir con el ejemplo anterior y siguiendo con el razonamiento de Vallone, así como un obispo podría negar el indulto a una pareja de primos hermanos para contraer matrimonio, otro obispo podría obligar a que todos las parejas que se casen en su diócesis sean primos hermanos.

Finalmente, los argumentos de autoridad que esgrime el P. Vallone en los últimos párrafos de su “reflexión” se vuelven en su contra. Cita allí al Papa Pío IX, que en su carta Tuas libenter afirmó que “llega a estar frecuentemente de acuerdo con quienes claman y chillan contra los decretos de esta Sede Apostólica y de nuestras Congregaciones…”. Lo que hemos visto es que la Sede Apostólica y las Congregaciones vaticanas sostienen que “la nueva manera de comulgar no deberá ser impuesta de modo que excluya el uso tradicional. Importa especialmente que cada fiel tenga la posibilidad de recibir la Comunión sobre la lengua…” (AAS 69, 546). ¿Quiénes son, entonces, los que “claman y chillan”? ¿Los fieles que se resisten a comulgar en la mano, o los obispos que quieren obligarlos a ello?


 

jueves, 18 de junio de 2020

El Papa Benedicto XVI y el cardenal Sarah. Las dos noticias de hoy

Acaba de publicarse la inesperada y extraña noticia de que el Papa Benedicto XVI ha viajado a Alemania a visitar a su hermano enfermo. Como dice el nota, la relación entre los hermanos Ratzinger siempre fue muy estrecha y parecería lógico el viaje en el caso, bastante probable, que el hermano pontificio se encuentre in extremis
Sin embargo, algo suena raro. La logística del desplazamiento no ha sido nada fácil, como se desprende de la noticia, y Benedicto es una persona muy mayor y con serias dificultades para desplazarse. Y se afirma, además, que se quedaré en Ratisbona varios días.
Es el caso de un papa emérito que, al momento de su renuncia, aseguró que pasaría el resto de sus días retirado, en oración y que su única conversación sería con los gatos pontificios. ¿Y ahora viaja a Alemania para una visita familiar?
Es posible, claro, pero es raro, muy raro.


También acaba de publicarse la noticia que el Papa Francisco no ha aceptado la renuncia del cardenal Sarah y lo ha confirmado en su cargo de Prefecto de la Congregación del Culto Divino. Muchos sitios tradis habían asegurado hace algunas semanas que su sucesor ya estaba designado, y era nada menos que un "nieto" de Bugnini.
La noticia viene a confirmar lo que hemos repetido en este blog desde 2013: Francisco tiene ablacionado el intelecto especulativo y es puro intelecto práctico. No tiene ideología ni intereses doctrinales. Su avidez no es la verdad y tampoco el error; mucho menos la fe. Su avidez es el poder. 
Si su pontificado está volcado al progresismo y favorece las peores causas, es simplemente porque estima que esa postura le reportará mayor poder; no porque crea en ella. Consecuentemente, le tiene sin cuidado la liturgia, sea tradicional o sea bugniniana. Esos ceremoniales no son para él más que pérdida de tiempo que lo distraen de sus juegos de poder.  

martes, 16 de junio de 2020

La carta de Viganò

La evidencia en sí misma, enseña santo Tomás, es aquella que se impone inmediatamente al sujeto. La luminosidad del sol o la humedad del agua se nos imponen. No hay discusión al respecto; no queda más que aceptar esa realidad, y si alguien duda o niega que el sol sea luminoso o que el agua sea húmeda, no dudaremos en dudar de la salud mental de esa persona.

El P Jerónimo Nadal, uno de los compañeros de San Ignacio de Loyola, fundó en 1561 en Palma de Mallorca el colegio de Nuestra Señora de Montesión, el más antiguo que posee la Compañía en todo el mundo. Fue atendido durante siglos por una comunidad floreciente de padres jesuitas. La foto de la derecha representa a la decrépita comunidad actual: diez ancianitos con una edad promedio de ochenta años que hace presagiar la pronta desaparición de una comunidad histórica y centenaria. Este ejemplo, tomado al azar, no es más que uno entre cientos. La vida religiosa en la iglesia católica está desapareciendo, y en la mayor parte de los casos el proceso es irreversible.

¿Cuándo comenzó esta tragedia? No hace falta discutirlo demasiado: el concilio Vaticano II fue el inicio de la debacle que ha sumido a la iglesia católica, y no solamente a sus congregaciones religiosas, en una de sus crisis más graves a lo largo de toda su historia milenaria. Y este afirmación es evidente en sí misma; como la luminosidad del sol, no necesita ser demostrada ni discutida. Es cuestión de hojear el Anuario Pontificio de los últimos cincuenta años, o de visitar el convento de la esquina, que probablemente haya dejado de ser convento por falta de inquilinos para comprobar la verdad de la proposición.

Esta realidad evidente, indiscutible e innegable —y tenemos derecho a dudar de la salud mental de quien la discuta o la niegue—, ya no puede ser ocultada como lo fue durante décadas por las piroctenias de pontificados rumbosos como los de Juan Pablo II o de Benedicto XVI. Ha sido el Papa Francisco quien, con su tosquedad, ha dejado ver a todo el mundo la realidad: el rey esté desnudo

En un artículo publicado hace poco más de cinco años en este mismo blog, yo escribía: “Para ponerlo en imágenes del infante don Juan Manuel: hasta la llegada del Papa Francisco, nadie se había animado a decir que el rey estaba desnudo. A Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI los vimos desnudos pero la cosa era aún vidriosa, no muy clara y, razonablemente en muchos casos, era mejor callarse como los súbditos del rey moro: quizás era verdad que el rey estaba finamente vestido y que era nuestra miopía e impureza la que nos impedía ver sus atuendo y nos mostraba, en cambio, la desnudez del soberano. Pero la llegada de Bergoglio cambió todo: el rey está, evidentemente, desnudo”.

Vuelvo ahora sobre el tema porque en los últimos días observo que ya son muchos más que un puñados de tradis o de bloggers los que están finalmente, admitiendo cabizbajos la realidad que se impone con el peso de una montaña. La larga carta de Mons. Viganó del 9 de junio pasado lo demuestra. Allí habla del “vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy”. Y afirma: “El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito”. 

Muchos descalificarán sin discutir estas afirmaciones recurriendo a la fácil descalificación del autor. Y es verdad que Mons. Viganò quizás hable demasiado y lo haga desde un ignoto refugio por temor a las misericordiosas represalias pontificias, pero nadie puede negar su autoridad y competencia. No cualquiera llega a ser nuncio en Estados Unidos, y no cualquiera se anima a hacer sus declaraciones y acusaciones que nunca han podido ser rebatidas. En todo caso, quienes lo discuten, podrían comenzar desmontando lo que afirma en su carta y probando que, efectivamente, el Vaticano II fue un beneficio para la Iglesia.

El problema, en el fondo, es que son pocos los que quieren asumir la incomodidad que supone rever las propias posiciones mantenidas durante décadas. Por ejemplo, el juanpablismo ingenuo, edificado sobre los engañosos recuerdos de juventud. Como bien dice Viganò, “Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad”.

O bien, la reforma litúrgica, que fue emprendida no por el Concilio sino por el “espíritu del Concilio”, aduciendo motivos pastorales. ¿Quién puede hoy en buena fe afirmar que esa reforma fue pastoralmente exitosa? Basta contabilizar el compromiso real de los católicos con la fe católica para sacar conclusiones que no dejan lugar a dudas.

Reconocer el error y repararlo no es tarea fácil y exige muchas virtudes, y la primera de ellas es la humildad: “Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo…”, escribe Mons. Viganò. 

Soy moderadamente optimista sobre la posibilidad que no sea solamente un arzobispo escondido, otro itinerante y algún que otro emérito los que sean capaces de reconocer la situación terminal en la que se encuentra la Iglesia. Significativamente, Aldo Maria Valli, un histórico periodista con serias credenciales y durante años exponente del neoconismo católico, es quien comenta con claridad la carta de Viganò. Todo un cambio para los que avizoran los signos de los tiempos.

Pero para que la imprescindible reacción católica ocurra, además de la virtud de la humildad y de otras muchas, debe mantenerse el saludable factor que la hace posible: Bergoglio. Es justamente el actual pontífice el catalizador que ha permitido que la reacción se produzca. Como decía Chernyshevski, inspirador de Lenin, “cuanto peor, mejor”.

lunes, 15 de junio de 2020

La variedad de los ritos litúrgicos: ¿tolerada o valorada?






Iba a publicar hoy la la última entrega de la traducción del texto sobre la variedad de los ritos litúrgicos, en que se se tratan las definiciones del magisterio reciente sobre ese tema. sin embargo, tal como expliqué en su momento, se trataba de una traducción del texto aparecido originalmente en francés en 
Paix Liturgique. "Una voce Sevilla" ha publicado una versión más actual y mucho más completa, que incluye notas y varias adiciones que enriquecen el texto. Por lo tanto, retiro la primera versión y quienes quieran leer el texto completo pueden hacerlo en el sitio de Una voce Sevilla que, además, tiene una gran cantidad de recursos muy interesantes.




jueves, 11 de junio de 2020

Las canciones de Miliki


En mi niñez y en la de muchos lectores de este blog, tres payasos españoles —Gaby, Fofó y Miliki—, nos hacían reír con un humor sano y ingenuo que los niños de hoy, con celulares y Netflix, desconocen por completo. Y una de sus canciones decía: “Mi barba tiene tres pelos, tres pelos tiene mi barba…”. Los puntanos quiere saber cuántos pelos tiene Barba. Me temo que los suyos serán pelos hirsutos y muy alejados de las inocentes canciones de Miliki.
Pasada la tormenta de clemencia pontificia, propongo algunas reflexiones:
1. El día mismo de conocida la renuncia, Mons. Martínez Perea dio algunas breves entrevistas explicando la situación. Más allá de lo patético de algunas de sus afirmaciones, a todos nos resultó claro que estábamos frente a un hombre aplastado y hundido. Y no le pasó por encima una aplanadora sino la misericordia del papa Francisco. Este mismo personaje, Bergoglio, tal como informan hoy los medios, volvió a admitir ayer en su alto cargo en la administración vaticana a Mons. Gustavo Zanchetta, acusado de abuso sexual a seminaristas, cuyas fotos en las que aparecía desnudo y que enviaba a sus contactos de Facebook fueron publicadas y autor, además, de varios desfalcos financieros. Mientras se persigue y expulsa de su sede a un obispo que, con virtudes y defectos, procuraba el bien de sus fieles y conservaba la fidelidad a la enseñanza de la Iglesia, se reivindica a otro que ha pasado su vida en la abyección de los vicios más vergonzante y ha utilizado su posición para ejercerlos.
Sé que este blog lo leen muchos obispos y sacerdotes. ¿Necesitan más ejemplos para caer en la cuenta de quién es verdaderamente el papa Francisco? Creo que es una cuestión de dignidad personal reaccionar frente a tamañas e inocultables injusticias.
2. Sabemos que Mons. Gabriel Barba lee y escribe, y últimamente aprendió a usar el cuchillo y tenedor. Probablemente sea también un hombre coherente. Si ese fuera el caso, los puntanos podrían esperar buenas noticias. Convencido como está sobre las bondades de la nueva iglesia inaugurada por el Vaticano II (al margen, resulta absolutamente imperdible la carta publicada hoy por Mons. Viganò sobre este tema), seguramente considera que los laicos son adultos y deben tener un papel activo en la iglesia. Por tanto, los escuchará y aceptará sus razones para, entre otras cosas, seguir con la tradición de la comunión en la boca, de la música sagrada en las misas en vez de guitarreadas y la enseñanza del catecismo católico.
La iglesia que peregrina en San Luis, de la que se hará cargo don Gabriel, tiene características propias y un hombre tan adicto a la sinodalidad que predica el Sumo Pontífice, seguramente sabrá respetar estas particularidades y no pasará por su mente imponer otros usos y costumbres que son rechazados por su clero y sus fieles. Todos sabemos la importancia que tienen las iglesias particulares y la imposición del centralismo romano no se condice con la iglesia renovada y en salida que nos anuncia el papa Francisco.
Me temo, sin embargo, que la coherencia en estas cuestiones no sea una de las virtudes de Mons. Barba. 
3. Como se ha dicho en muchos comentarios del artículo anterior, el resto católico del país estará expectante de la reacción del clero y de los seglares puntanos cuando comiencen los primeros escarceos de Barba. Yo no me hago muchas ilusiones. Es más fácil decir que hacer, y la cuarentena eterna que estamos viviendo ha mostrado que buena parte de los cruzados de la cristiandad y la tradición, que se llenaban la boca con heroicidades, han cerrados sus iglesias y muy modositos obedecen las disposiciones del gobierno.
Sin embargo, podemos hacer un análisis de lo ocurrido en las diócesis cuyanas y, de ese modo, arribar a algunas previsiones sobre el futuro de San Luis.
a. La arquidiócesis de Mendoza es la más grande e importante de Cuyo, y se llevó la peor parte. En 1965, veintisiete curas tercermundistas se rebelaron contra el arzobispo Alfonso Buteler. Luego vino el pontificado progresista de Maresma, el acomodaticio de Rubiolo y el catastrófico de Arancibia. La arquidiócesis quedó arrasada, con curas que valían nada y menos que nada, pero está situación provocó que ya a fines de los ’70 grupos importantes de laicos “hicieran rancho aparte”. Se organizaron, crearon instituciones, con grupos de estudio y otras actividades formativas, luego fundaron colegios; se organizaron para importar, o contrabandear, sacerdotes de otras diócesis a fin de que les predicaran retiros espirituales y les administraran los sacramentos. Hoy, este laicado paralelo es sanamente anticlerical, autónomo con respecto al obispo y al clero, y mucho más fuerte y valioso que el lumpen que se amontona en las parroquias. Consecuentemente, que el arzobispo sea Barba o sea Bigote, no tiene en ellos demasiado incidencia. Están acostumbrados a vivir frente al enemigo.
No será esta la situación de San Luis cuyo laicado es profundamente clerical. 
b. San Juan es la otra arquidiócesis de la región, más antigua pero más pequeña que Mendoza. A diferencia de ésta, tuvo una larga sucesión de buenos obispos: Orzali, Rodríguez y Olmos, Sansierra y Distéfano, que lograron que las cosas se mantuvieran tranquilas y pasablemente católicas, aunque con un clero cada vez más decadente. Arribó luego Mons. Delgado, del Opus Dei, en el que se habían cifrado muchas esperanzas a las que él se preocupó de defraudar sistemáticamente. Su pontificado fue desastroso pero, aún así, el laicado permaneció sumiso. Aparecieron aquí y allá valientes reacciones e iniciativas, pero nunca lograban despegarse de los remanidos discursos y actitudes clericalistas. A Mons. Lozano, el actual arzobispo, le importa un bledo San Juan, y sus intereses se concentran en su ocasional protagonismo como portavoz de la pastoral social del episcopado. Su arquidiócesis, sus curas y sus laicos, por su parte, siguen durmiendo apaciblemente la siesta.
c. San Rafael es la cuarta diócesis de la región cuyana y la más similar a la situación puntana. Fue marcada por el pontificado de Mons. León Kruk, un santo varón al que crucificaron al hacerlo obispo, pero que dio su vida, literalmente diría yo, por los suyos. La fundación del seminario diocesano que formó y sigue formando buenos sacerdotes —con virtudes y defectos, como todo lo humano—, estableció una suerte de curioso bastión clerical. Luego de la inesperada muerte de Kruk, el episcopaje argentino apuntó toda sus armas a destruir San Rafael y su seminario. En esos momentos, era la casa de formación con más seminaristas de todo el país, cosa extraña siendo como es una diócesis pequeña y suburbial. Enviaron a Mons. Roldán, que nada pudo hacer y terminó a los pocos años con un cruel cáncer de cerebro. Luego, en 1997, Juan Pablo II —sí, ese mismo al que muchos dan por santo—, envío allí a Mons. Guillermo Garlatti, una personaje malvado, que destilaba bilis en cada una de sus intervenciones y al que llegaron a odiar todos, curas y laicos, conservadores y progresistas. Huyó a la primera ocasión que tuvo y terminó ciego como arzobispo de Bahía Blanca, sin haber podido domesticar al clero sanrafaelino ni arruinar su seminario. 

Finalmente, llegó el turno de nuestro conocido Mons. Taussig, del que ya hemos hablado suficientemente en este blog. Luego de dieciséis años, las cosas siguen como estaban, casi tan firmes como en la época de Kruk. Más aún, hace dos días, reaccionando a la nota que aparece en la imagen de la derecha, con fecha equivocada y tan propia de su temperamento y en la que, contra todo derecho y racionalidad (en su extensísima diócesis nunca hubo un solo caso de coronavirus), prohibía distribuir la comunión en la boca, todo su clero —o al menos, los decanos y párrocos—, le elevaron una durísima carta en la que le señalan los continuos desaguisados de sus gestión y, de frente, le comunican que no obedecerán su orden por injusta e ilegítima. 
Aunque el laicado sanrafaelino es clerical, su clero es indómito. Pasaron tres obispos y un administrador apostólico y no pudieron contra él, a pesar de varios traidorzuelos que se arraciman en torno al prelado de turno.

¿Qué ejemplo seguirá San Luis? Probablemente no siga ninguno. No tiene por qué hacerlo. Si queremos hacer previsiones, diría yo que no será el de Mendoza, porque tiene un laicado débil y clerical; tampoco el de San Rafael, porque una fracción mínima de su clero sería capaz de presentar batalla frente a los avances episcopales; me inclino entonces por el caso de San Juan. No correrá sangre y no me parece que aparezcan grandes tragedias. Será un declinar lento y cansino y, cuando queramos darnos cuenta, las solemnes y conmovedoras misas en la catedral, con la música sonando en su vociferante órgano de tubos, y las solistas cantando el bellísimo Tulerunt Dominum meum de Mendelssohn, no será más que un recuerdo sobre el que derramaremos lágrimas. 




martes, 9 de junio de 2020

Tormenta de misericordia para Mons. Pedro Martínez

Tal como habíamos adelantado en este blog hace algunos meses y como se comentaba en mentideros clericales, finalmente la misericordia pontificia alcanzó a Mons. Pedro Martínez Perea, obispo de San Luis. Se acaba de conocer públicamente la renuncia a su sede, la que no fue voluntaria sino exigida por el Romano Pontífice. Más aún, ni siquiera fue él quien la redactó. Simplemente, le habrían pasado la nota ya redactada para que firmara. Y firmó.
Con este hecho termina en la iglesia la existencia de una diócesis pequeña y provinciana que, desde hace casi cincuenta años, con sus más y sus menos, mantuvo una linea si no tradicional, al menos conservadora. La obra iniciada y consolidada en el largo pontificado de Mons. Juan Rodolfo Laise, fue continuada por Mons. Horacio Lona y, finalmente, por Mons. Martínez. San Luis queda en manos de Mons. Gabriel Barba, a quien no conozco. Se comenta que sabe leer y escribir y que tiene modales de camionero. Es un obispo francisquista, que apesta a cabra y en pocos meses probablemente destruya lo que llevó tantos años construir.
San Luis era una de las pocas diócesis del mundo donde la comunión en la mano estaba prohibida. En los últimos años, con el vendaval de Bergoglio, Mons. Martínez Perea había tenido ciertas actitudes de resistencia que fueron la excusa perfecta para su defenestración. En 2017, luego de la publicación de Amoris laetitia, y en contradicción con la interpretación oficial del episcopado argentino que admitía a quienes vivían en adulterio a la comunión sacramental, Mons. Martínez escribió una carta pastoral en la que, haciendo malabares, interpretaba el documento pontificio a la luz de la Tradición. A fines de 2019, había prohibido por decreto la presencia de mujeres como ayudantes de las ceremonias litúrgicas, lo cual provocó un escándalo nacional replicado por los medios de comunicación. Además, había dado cobijo en su diócesis a algunos institutos religiosos conservadores con clara tendencia al tradicionalismo, que podían formar allí a sus estudiantes y ejercer tranquilos su apostolado. 
Todo esto, por supuesto, fue demasiado para sus hermanos obispos que llevaban y traían chismes a Santa Marta. “No estás en comunión con el episcopado argentino”, era la cantinela que le repetía a Mons. Martínez el presidente de la CEA, Mons. Oscar Ojea, el cardenal Poli, primado de la Argentina y su vecino Mons. Marcelo Colombo, el mismo que llevó a los alteres a Angelelli. Luego de las presiones, vino la visita apostólica ordenada por el papa Francisco y delegada en el obispo uruguayo Milton Tróccoli, habituado ya a obedecer sin chistar las órdenes pontificias por más injustas y arbitrarias que sean. Una visita de Mons. Pedro Martínez a Roma no le sirvió más que para ser destratado y para convencerlo que todo estaba ya decidido, y perdido. Y así fue. Hoy ya es obispo emérito, a sus 64 años. 
Como dijimos en el artículo publicado en diciembre pasado, Bergoglio se había quedado con la sangre en el ojo. Le birlaron San Luis cuando era arzobispo de Buenos Aires y quería ubicar allí a uno de sus curas paniaguados. Y aguardaba la hora de la venganza. Y esa hora llegó. Un hombre de alma pequeña como es él, esperó el tiempo oportuno para asestar el golpe y comerse frío al enemigo.
Las razones, claro, no fueron solamente sus rencores. También fue en menor grado creo yo, el “rompimiento” de la comunión eclesial de Mons. Martínez. 

Curiosamente, la expulsión de su sede se produce apenas unas días después de otra expulsión, la de Enzo Bianchi de la comunidad de Bose. Uno de los iconos más relevantes del Vaticano II y del progresismo católico fue también defenestrado de su particular comunidad mixta y ecuménica, propinándole a esta iniciativa que tenía ya casi sesenta años, un golpe mortal.
Esto es Francisco. Una de cal y una de arena. Un personaje sinuoso e inasible que busca agradar a todos. Rencoroso, resentido y vengativo. ¡Dios nos libre!

Conocí al entonces p. Pedro Martínez en 1985. Lo encontré sentado tras su escritorio, rodeado de libros y escribiendo. Y pesar de que yo no era más que un muchachito curioso, no ahorró su tiempo y estuvo un buen rato hablándome de sus estudios sobre los Padres, sobre la espiritualidad carmelitana y sobre la historia de la iglesia. Lo vi luego con cierta frecuencia. Durante mis años de estudio en Europa, siempre era solícito en interesarse en mis lecturas, y más de una vez me lo crucé en la Chiesa Nuova, siempre ajetreado con sus libros, sus clases y sus horas de estudio en las bibliotecas romanas. Ese es Mons. Martínez Perea, un intelectual, una persona leída y culta, de buenos modales y distinción, justamente las cualidades que más detesta Francisco.
Debo decir, sin embargo, con afecto y devoción hacia un digno sucesor de los Apóstoles, que Mons. Martínez cayó en la trampa del ultramontanismo, tan de moda en los círculos conservadores durante la larga era del juanpablismo. Estudioso de la controvertida figura de Pío IX, sostuvo y defendió en las universidades romanas la tesis de la infalibilidad del magisterio ordinario, lo cual me parece un completo disparate. A los efectos prácticos, cada palabra, o cada rebuzno, del Romano Pontífice terminaba estando divinamente inspirado. Y, continuando el silogismo, debía uno tragarse completamente el Concilio Vaticano II, y hacerlo sin asco, con gusto y alegría. Y así, Mons. Martínez se convirtió en un fundamentalista de esa hidra cuyos venenos y pústulas están hoy a la vista de todos. 
Consecuentemente, nunca fue amante o defensor de la liturgia tradicional, y no por rechazo progresista, sino porque ella contradecía el querer de los padres conciliares y de los pontífices. Y por eso mismo, insistía a tiempo y destiempo a los laicos que tenían actitudes independientes con respecto a sus obispos progresistas, sobre la necesidad de la obediencia al propio pastor y de conservar a toda costa la comunión eclesial. 
Todos recordamos el innecesario y publicitado festejo por la beatificación de Wenceslao Pedernera, un laico puntano cercano a la teología de la liberación que terminó mal. En pocas palabras, Mons. Martínez defraudó a muchos. Quiso gitanear con los gitanos y, por supuesto, perdió. Un poquito sí, pero no mucho. Se quedó en el medio, y sus protestas de infalibilidades, obediencias y comuniones lo inhiben ahora de cualquier reacción.
Verdad es, por otro lado, que al renunciarlo le sacan un enorme peso de encima. Desde hace tiempo la diócesis de San Luis estaba en serios problemas financieros y en la actualidad, luego del confinamiento por la pandemia, está literalmente en bancarrota. Será un problema que deberá solucionar su sucesor. Él podrá dedicarse a lo que más le gusta y hace bien: estudiar, en la tranquilidad y silencio de las grandes bibliotecas. Aunque, claro, si lo quisiera, podría también convertirse en una suerte de cardenal Burke o Mons. Schneider, celebrando misa e impartiendo sacramentos a las comunidades de rito tradicional, y siendo una voz de consuelo y claridad en tiempos de tanta confusión. Mucho me temo que esto no sea más que una vana ilusión.



miércoles, 3 de junio de 2020