
El Mago Blanco me ha desorientado con algunos pasajes de su última encíclica. Leo en el número 67:


En la Sagrada Congregación para el Culto Divino, la base está. El Papa Benedicto es como jefe máximo. El prefecto, cardenal Cañizares, el segundo subsecretario, Mons. Juan Miguel Ferrer y el padre Lang, aseguran no sólo la protección de la liturgia tradicional sino también su promoción. El prólogo escrito por el cardenal al libro del padre Nicola Bux – “La reforma de Benedicto XVI (Ciudadela, Madrid, 2009) - y la historia que Mons. Ferrer escribió en Toledo con sus acciones decididas a favor del rito romano antiguo y de los sacerdotes que lo celebran, garantizan mi afirmación.
Tal como decíamos en un post anterior, había una espina. El primer subsecretario que permanecía enclavado en su cargo. Pero en las últimas horas, los corrillos curiales hablan de un nuevo “colpo di scena” del papa Benedicto: removería al espinoso personaje y, en su lugar, nombraría al padre Bux, hasta ahora asesor de las ceremonias pontificias.
Hasta hace unos poquísimos años, decisiones de este tipo parecía milagrosas, o imposibles. La asunción del papa Ratzinger a la sede de Pedro nos ha deparado más sorpresas que las previstas.
Dominus conservet eum, vivificet eum et non tradat eum in manibus inimicorum suorum!
El Santo Padre había nombrado hace ya algunos meses prefecto de la Congregación del Culto Divino al cardenal Cañizares, antiguo arzobispo de Toledo. La decisión fue festejada por todos a quienes el papa Ratzinger ha dado un respiro no sólo en enseñanzas y consuelo sino también en hechos concretos de restauración litúrgica.
Sabíamos, sin embargo, que la tarea del nuevo prefecto no iba a ser fácil puesto que su secretario – que en la curia romana ostenta un gran poder – no iba a ser ya el ceilandés Ranjith sino algún mala línea impuesto desde las oscuras galerías de la Secretaría de Estado. No fue así. Ocupó ese puesto un dominico tomista, Mons. Di Noia, antiguo integrante de la Congregación para la Doctrina de la Fe. No sería un experto defensor de la liturgia tradicional, pero era tampoco un enemigo.
Quedaba el problema del subsecretario, un personaje clave también, e imposible de remover, porque no había ya motivos de edad o de origen. Pero el sorprendente Benedicto XVI nos acaba de sorprender nuevamente: ayer domingo nombró como segundo subsecretario (algo infrecuente en los dicasterios romanos) a Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche, ex vicario de la arquidiócesis de Toledo, mano derecha del cardenal Cañizares, capallán toledano del rito mozárabe, doctor en liturgia y gran defensor y propagador con hechos efectivos y hasta militantes del motu proprio y de su efectiva aplicación.
Deo gratias! Y larga vida al papa Benedicto.
Estimado señor Wanderer:
Cuando veíamos que su peligroso blog estaba languideciendo y próximo ya a la muerte, nos anuncia Ud. una segunda época. Frente a tamaña amenaza permítame que platee mis objeciones a su tarea.
Llegué a su blog a través del por todos recordado Cruz y Fierro, cuyos escritos eran una maravilla de ortodoxia y buena línea. Consideré que el Wanderer sería similar, pero el primer post que leí fue un sainete sobre Mons. Wach y su Instituto. Pensé enseguida, con impecable lógica, que sería Ud. un línea media que, al rechazar los zoquetes morados y los capelos de Gricigliano, arrastraba con ellos los principios de la tradición católica. Sin embargo, aparecieron luego post con críticas a la Society of St. John y a Father U. Quedaba excluida, entonces, su pertenencia a la línea media dura.
Lo ubiqué, para tranquilizar a mi ordenadora inteligencia (tenga presente que soy tomista), dentro de la línea media moderada pero, hete aquí que, a raíz de la furiosa intervención de un tal Alemán, se le dio a Ud. por abrir el foro a las críticas de los Miles Christi. Mis clasificaciones volvían a caer. ¿En qué casillero podía meterlo? Se iban agotando las opciones. No era un progresista por cierto –todavía recuerdo su memorable post sobre Mons. Romanín- y no lo creía un tradí. ¿Sería, entonces, un línea media soft? Sin embargo, al poco tiempo comenzaron Ud. y sus comentadores un sostenido ataque contra el Instituto del Verbo Encarnado y de su respetable fundador, con lo cual quedaba excluida esta última posibilidad.
Le aclaro que esto no me preocupó demasiado su anti-kukusismo. Por el contrario, me parecieron razonables muchas de sus críticas. Permítame que, continuando con sus costumbre proustiana, intercale aquí un pequeño relato personal para iluminar mi reacción. Cuando era apenas poco más que un adolescente comencé a colocar en las hornacinas de mis devociones a los ídolos que, en aquella época, poseíamos todos los chicos del palo: el padre Sáenz y el padre Ezcurra, ambos en el mítico seminario de Paraná, y el padre Buela, mucho más cerca, que nos deleitaba con su amarillo “Catecismo de los Jóvenes”. Con mucha fe y piedad comenzamos a preparar con un par de amigos la necesaria peregrinación a Villa Progreso, sede del nuevo Iñigo. Llegamos el día señalado cuando finalizaba la misa de la que salía un grupo de peregrinos de zonas aledañas que se habían acercado a recibir el escapulario de Nuestra Señora de Villa Progreso, práctica de piedad que Karloncho estaba comenzando a imponer. (Nunca se supo bien si el tal escapulario fue fruto de una visión. Si así fuera, es notable la capacidad que tiene el p. Carlos para recibir este tipo de revelaciones puesto que, luego de la fundación de su instituto, comenzó a imponer también escapularios color beige). Nos dirigimos a la casa parroquial y pedimos hablar con el nuevo profeta. Debimos esperarlo un buen rato y, de pronto, apareció el objeto de nuestros deseos casi en pijamas y con chancletas de lana. Con su natural algarabía, pronto nos comenzó a contar de sus proyectos fundacionales, de San Luis María Grignion de Montfort y de los apóstoles de los últimos tiempos. Con palmadas en la espalda y abundantes sonrisas nos alentó a dejar a nuestras novias (a quienes comerían los gusanos) y a asistir a uno de sus ejercicios espirituales.
Debo confesarle, don Wanderer que, en esa entrevista, el Buela de la historia asesinó al Buela de la fe.
Dejo ya el relato y sigo con mi perplejidad. ¿Es que sería Ud., finalmente, un tradicionalista? No podía serlo: se despachaba periódicamente contra el tomismo, hablaba bien de Louis Bouyer y de otros representantes de la “nueva teología”, simpatizaba con Platón y no tenía inconvenientes en criticar a la Fraternidad de Mons Lefebvre e, incluso, se las agarró con el pobre Mons. Williamson cuando, luego de su oportuno discurso reivindicador de la altura de las chimeneas de Auschwitz, fue expulsado del país.
No me quedaban ya, don Wanderer, casilleros donde ubicarlo ni etiquetas que colgarle. Estaba desesperado. Ud. era mi obsesión.
Pero ayer un amigo logró que mis penurias acabaran. Él me acercó el rótulo que a Ud. le cabe. Ud. es un LEFOPROGRESISTA.
EL DEFINIDOR


Estimado Wanderer:
Me parece oportuno incluir en la magnífica reflexión de Tollers un par de párrafos de Bouyer:
La nuestra “ya no es más la espera de los pecadores para quienes el juez debe venir, ni, incluso, la de los cautivos encadenados en las tinieblas donde esperan un redentor pero sin conocerlo aún, si pertenecerle aún. Es la espera de la Esposa que dice al Esposo, inspirada por el Espíritu que la prepara para la boda: “Ven Señor, ven pronto”. Por ella ya ha sido lavada en la sangre del Cordero, ya ha bebido de las fuentes de agua viva, ya ha comido el pan celestial, su frente en la que pronto lucirá la corona ya porta la unción de la alegría con la que el Esposo mismo ha sido ungido, el sello de ese Espíritu que la hace santa de su santidad, que le permite afirmar de cara a los ángeles: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado”.
Estamos en la última noche que nos separa del alba luego de la cual no habrá más atardecer, a la puerta misma del banquete de bodas, y el Espíritu suspira en nosotros en la espera del momento que esa puerta se abra”.
Amigos, hemos recibido las arras del Espíritu. El Señor está a las puertas. Viene pronto!
(En el sitio de Jack Tollers ya está colgada su traducción de “La misa en cámara lenta”, de Ronald Knox, corregida por un conocido traductor).
