martes, 14 de julio de 2009

Desorientación


El Mago Blanco me ha desorientado con algunos pasajes de su última encíclica. Leo en el número 67:

Ante el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdaderaAutoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común, comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos. Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a las diversas partes, así como las medidas de coordinación adoptadas en los diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta, el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboración internacional exigen el establecimiento de un grado superior de ordenamiento internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la globalización, que se lleve a cabo finalmente un orden social conforme al orden moral, así como esa relación entre esfera moral y social, entre política y mundo económico y civil, ya previsto en el Estatuto de las Naciones Unidas.

¿Alguien puede explicarlo? ¿Alguna interpetación druidica disponible?
Habrá que leer las 6 conferencias sobre exégesis bíblica (inéditas) de Castellani que acaba de publicar Jack Tollers en su página.

miércoles, 8 de julio de 2009

La base está


En la Sagrada Congregación para el Culto Divino, la base está. El Papa Benedicto es como jefe máximo. El prefecto, cardenal Cañizares, el segundo subsecretario, Mons. Juan Miguel Ferrer y el padre Lang, aseguran no sólo la protección de la liturgia tradicional sino también su promoción. El prólogo escrito por el cardenal al libro del padre Nicola Bux – “La reforma de Benedicto XVI (Ciudadela, Madrid, 2009) - y la historia que Mons. Ferrer escribió en Toledo con sus acciones decididas a favor del rito romano antiguo y de los sacerdotes que lo celebran, garantizan mi afirmación.

Tal como decíamos en un post anterior, había una espina. El primer subsecretario que permanecía enclavado en su cargo. Pero en las últimas horas, los corrillos curiales hablan de un nuevo “colpo di scena” del papa Benedicto: removería al espinoso personaje y, en su lugar, nombraría al padre Bux, hasta ahora asesor de las ceremonias pontificias.

Hasta hace unos poquísimos años, decisiones de este tipo parecía milagrosas, o imposibles. La asunción del papa Ratzinger a la sede de Pedro nos ha deparado más sorpresas que las previstas.

Dominus conservet eum, vivificet eum et non tradat eum in manibus inimicorum suorum!

lunes, 6 de julio de 2009

El equipo está completo




El Santo Padre había nombrado hace ya algunos meses prefecto de la Congregación del Culto Divino al cardenal Cañizares, antiguo arzobispo de Toledo. La decisión fue festejada por todos a quienes el papa Ratzinger ha dado un respiro no sólo en enseñanzas y consuelo sino también en hechos concretos de restauración litúrgica.

Sabíamos, sin embargo, que la tarea del nuevo prefecto no iba a ser fácil puesto que su secretario – que en la curia romana ostenta un gran poder – no iba a ser ya el ceilandés Ranjith sino algún mala línea impuesto desde las oscuras galerías de la Secretaría de Estado. No fue así. Ocupó ese puesto un dominico tomista, Mons. Di Noia, antiguo integrante de la Congregación para la Doctrina de la Fe. No sería un experto defensor de la liturgia tradicional, pero era tampoco un enemigo.

Quedaba el problema del subsecretario, un personaje clave también, e imposible de remover, porque no había ya motivos de edad o de origen. Pero el sorprendente Benedicto XVI nos acaba de sorprender nuevamente: ayer domingo nombró como segundo subsecretario (algo infrecuente en los dicasterios romanos) a Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche, ex vicario de la arquidiócesis de Toledo, mano derecha del cardenal Cañizares, capallán toledano del rito mozárabe, doctor en liturgia y gran defensor y propagador con hechos efectivos y hasta militantes del motu proprio y de su efectiva aplicación.

Deo gratias! Y larga vida al papa Benedicto.

domingo, 5 de julio de 2009

Una carta para el Wanderer




Estimado señor Wanderer:

Cuando veíamos que su peligroso blog estaba languideciendo y próximo ya a la muerte, nos anuncia Ud. una segunda época. Frente a tamaña amenaza permítame que platee mis objeciones a su tarea.

Llegué a su blog a través del por todos recordado Cruz y Fierro, cuyos escritos eran una maravilla de ortodoxia y buena línea. Consideré que el Wanderer sería similar, pero el primer post que leí fue un sainete sobre Mons. Wach y su Instituto. Pensé enseguida, con impecable lógica, que sería Ud. un línea media que, al rechazar los zoquetes morados y los capelos de Gricigliano, arrastraba con ellos los principios de la tradición católica. Sin embargo, aparecieron luego post con críticas a la Society of St. John y a Father U. Quedaba excluida, entonces, su pertenencia a la línea media dura.

Lo ubiqué, para tranquilizar a mi ordenadora inteligencia (tenga presente que soy tomista), dentro de la línea media moderada pero, hete aquí que, a raíz de la furiosa intervención de un tal Alemán, se le dio a Ud. por abrir el foro a las críticas de los Miles Christi. Mis clasificaciones volvían a caer. ¿En qué casillero podía meterlo? Se iban agotando las opciones. No era un progresista por cierto –todavía recuerdo su memorable post sobre Mons. Romanín- y no lo creía un tradí. ¿Sería, entonces, un línea media soft? Sin embargo, al poco tiempo comenzaron Ud. y sus comentadores un sostenido ataque contra el Instituto del Verbo Encarnado y de su respetable fundador, con lo cual quedaba excluida esta última posibilidad.

Le aclaro que esto no me preocupó demasiado su anti-kukusismo. Por el contrario, me parecieron razonables muchas de sus críticas. Permítame que, continuando con sus costumbre proustiana, intercale aquí un pequeño relato personal para iluminar mi reacción. Cuando era apenas poco más que un adolescente comencé a colocar en las hornacinas de mis devociones a los ídolos que, en aquella época, poseíamos todos los chicos del palo: el padre Sáenz y el padre Ezcurra, ambos en el mítico seminario de Paraná, y el padre Buela, mucho más cerca, que nos deleitaba con su amarillo “Catecismo de los Jóvenes”. Con mucha fe y piedad comenzamos a preparar con un par de amigos la necesaria peregrinación a Villa Progreso, sede del nuevo Iñigo. Llegamos el día señalado cuando finalizaba la misa de la que salía un grupo de peregrinos de zonas aledañas que se habían acercado a recibir el escapulario de Nuestra Señora de Villa Progreso, práctica de piedad que Karloncho estaba comenzando a imponer. (Nunca se supo bien si el tal escapulario fue fruto de una visión. Si así fuera, es notable la capacidad que tiene el p. Carlos para recibir este tipo de revelaciones puesto que, luego de la fundación de su instituto, comenzó a imponer también escapularios color beige). Nos dirigimos a la casa parroquial y pedimos hablar con el nuevo profeta. Debimos esperarlo un buen rato y, de pronto, apareció el objeto de nuestros deseos casi en pijamas y con chancletas de lana. Con su natural algarabía, pronto nos comenzó a contar de sus proyectos fundacionales, de San Luis María Grignion de Montfort y de los apóstoles de los últimos tiempos. Con palmadas en la espalda y abundantes sonrisas nos alentó a dejar a nuestras novias (a quienes comerían los gusanos) y a asistir a uno de sus ejercicios espirituales.

Debo confesarle, don Wanderer que, en esa entrevista, el Buela de la historia asesinó al Buela de la fe.

Dejo ya el relato y sigo con mi perplejidad. ¿Es que sería Ud., finalmente, un tradicionalista? No podía serlo: se despachaba periódicamente contra el tomismo, hablaba bien de Louis Bouyer y de otros representantes de la “nueva teología”, simpatizaba con Platón y no tenía inconvenientes en criticar a la Fraternidad de Mons Lefebvre e, incluso, se las agarró con el pobre Mons. Williamson cuando, luego de su oportuno discurso reivindicador de la altura de las chimeneas de Auschwitz, fue expulsado del país.

No me quedaban ya, don Wanderer, casilleros donde ubicarlo ni etiquetas que colgarle. Estaba desesperado. Ud. era mi obsesión.

Pero ayer un amigo logró que mis penurias acabaran. Él me acercó el rótulo que a Ud. le cabe. Ud. es un LEFOPROGRESISTA.

EL DEFINIDOR

martes, 30 de junio de 2009

Newman by Tollers


Jack Tollers acaba de traducir un nuevo sermón del cardenal Newman que ya está colgado de su web. Aquí va un maravilloso adelanto.
Y hablando de adelantos, adelanto que en poco tiempo más se iniciará la segunda época del Wanderer.


Él “te llama por su nombre”. Te ve, y te entiende, tanto como que te hizo. Sabe lo que tienes en tu interior, todos los sentimientos y pensamientos en particular, tus gustos e inclinaciones, tu fortaleza y debilidad. Te ve en el día del gozo y en el día de la tribulación. Simpatiza con tus esperanzas y tentaciones. Se interesa en todas tus ansiedades y recuerdos, en todas las exaltaciones y depresiones de tu espíritu. Ha contado los mismísimos cabellos de tu cabeza y sabe exactamente cuál es tu altura. Te envuelve y te abraza; te levanta y te deja caer. Se fija en tu rostro, estés sonriendo o llorando, estés sano o enfermo. Contempla tiernamente tus manos y tus pies; oye tu voz, siente los latidos de tu corazón, y tu mismísima respiración. Tú no te quieres más a tí mismo que lo que te quiere Él. Tú no puedes encogerte frente al dolor más que lo que a Él le disgusta que lo tengas que pasar; y si te carga con eso, es con la esperanza de que seas sabio y sepas que es para un bien mayor para tí, más adelante. No sólo eres Su creatura (aunque también se ocupa de los mismísimos gorriones y se compadeció del “numeroso ganado” de Nínive), también eres un hombre redimido y santificado, su hijo adoptivo, favorecido con una porción de la gloria y bendición que fluye eternamente desde Dios hacia el Hijo unigénito. Has sido elegido para ser Suyo, incluso por encima de tus compañeros a diestra y siniestra. Eres uno de aquellos por los que Cristo ofreció Su última oración, sellándola con su preciosísima sangre.

domingo, 21 de junio de 2009

Las tres ideas de Tollers y una nota intrusa


Estimado Wanderer:

No querría abusar de esta “plataforma de lanzamiento de ideas” en que se ha transformado vuestro apreciado blog, suerte de “Cabo Cañaveral” desde donde parten misiles para todos lados. Y menos que menos atiborrar al pobre lector que ya bastante despatarrado anda, como yo, con el bombardeo constante de noticias, ideas y sugerencias. Como están las cosas, ya bastante “infoxicados” estamos.

Y sin embargo, me atrevo a someter a su consideración lo que sigue, no sea que alguno se alegre con estas tres ideas que, no sé cómo, se me han ocurrido en los últimos tiempos, y (que si son buenas, no son mías). Y como esto se escribe en la Octava de la Trinidad, quizá las tres resulten ser misteriosamente consonantes.

Si llegó hasta aquí, le pido entonces al lector que preste atención: pues la primera idea requiere bastante de eso. No sé bien qué titulo ponerle, pero quizá funcione algo así como “Pensemos bien”. Así, imperativamente. Tenemos que pensar bien. Pase lo que pase. ¿Qué es pensar bien? No estoy muy seguro (y resulta considerablemente más difícil pensar bien cuando uno viaja a bordo del Titanic en medio del despelote que se está armando a propósito del run-run que corre por ahí de que el buque se hunde), pero de lo que sí estoy seguro es de lo que sigue: si nuestras consideraciones en torno a un asunto terminan entristeciéndonos, estoy seguro de que estamos pensando mal. Cuando terminamos de pensar en algo y quedamos como deprimidos, melancólicos o atribulados, entonces hay que llamarse al orden a uno mismo y si a mano viene, darse órdenes a uno mismo en tono viril, militar diría yo, a guisa de “¡Tollers! ¡Estás pensando mal!” “¡Pensá bien, ché, dejáte de embromar!” “¿Qué diablos estás pensando que terminás con ideas de este tenor?” “¿Estás loco, o qué?”. Y es ahí en ese momento donde se juega un gran partido, el gran partido contra la akedia, pues… si hemos acabado así, quiere decir que no hemos terminado nada. Y entonces, que resulta imperioso, por más fiaca que nos de, arrancar de nuevo con el hilo de ideas… hasta que terminemos contentos, con esperanza o, por lo menos, con tranquila confianza en Dios, en su Providencia, en la firme convicción de que al final, todo termina bien.

Y para esto, aquí ofrezco una pequeña receta: una manera sumamente eficaz de exorcisar este mal espíritu consiste en contestar la Gran Pregunta que, si prestamos atención, oiremos claramente, venida de lo Alto, como ésas, las últimas grandes preguntas del Libro de Job: “Cíñete los lomos, que quiero hacerte una pregunta”. Y entonces prestarle mucha atención a lo que Dios Todopoderoso nos pregunta:

“¿Señor, usted está sugiriendo que Yo hice las cosas mal?”.

¿Así que todo termina bien? Sí, por supuesto que sí: es el moderno, decía Claudel, quien cree que al final todo termina mal. Y yo no soy moderno, ni quiero serlo. Cristiano soy y eso quiero ser, como decían los mártires en Roma cuando interpelados por la autoridad. Pero se me objetará que esto parece puro voluntarismo, que lo desmiente la experiencia de los que vivieron mucho, los viejos, que miran hacia atrás con melancolía y… constatan que atrás, en el pasado, quedaron cosas feas, cosas malas, cosas que salieron mal. Y que son irrevocables.

Con lo que vamos a la segunda idea. En efecto, con el paso del tiempo, uno repasa el pasado, mira para atrás y tiene la indefinible sensación de que todo salió mal, que la historia, personal, familiar, amical, política, moral, religiosa, etc., salió mal.

¿Salió todo mal?

La respuesta correcta es: no sabemos. Sólo Dios sabe. Aquí quizá quepa recordar una ipssísima verba Jesu, ¿no?, esa su palabra cuando mandó no juzgar para que no seamos juzgados. Nosotros no tenemos derecho a hacer un “balance” sobre nuestra historia, es incumbencia específica del Justo Juez, Jesucristo, que efectivamente emitirá juicio sobre eso… en el Juicio Final, en el tiempo de la Irrevocabilidad. Pensar que nuestra vida “salió mal” constituye usurpación de una prerrogativa exclusiva de Jesucristo; y si pensamos así, de nuevo estamos pensando mal. Por supuesto, me apresuro a agregar que esto no quita el examen de conciencia, el esfuerzo por mejorar todos los días, la santificación diaria, etc… Pero “mirar cómo ando”, fijarse si las cosas salieron bien… sencillamente, no.

Así que, estimado Wanderer, ahí tiene el lector dos ideas para considerar: la primera, que si terminamos tristes es porque estamos pensando mal; la segunda, que en ningún caso hemos de emitir juicio sobre nuestra propia existencia. La primera está más o menos formulada en los “Ejercicios” de San Ignacio, la segunda, más o menos patente en la “Spe Salvi” y en el poema “Eclesiastés” de Chesterton (¿recuerdan? Una sola cosa es necesaria / Todo / el resto es vanidad de vanidades).

La tercera está en el Evangelio de San Juan.

Consiste en esforzarnos por disipar un verdadero disparate. Esta idea roma, torpe y estúpida. Que no por eso deja de ser una burrada, un devaneo neurótico, una majadería brutal y embrutecedora. No sé cómo vino a instalarse semejante sandez entre nosotros, en nuestro confundido mayín, esta cretina, fatua y ridícula memez digna de zopencos. Y sin embargo esta idea boba, obtusa, insistente, insidiosa, obsesiva, diabólica, persiste, se reproduce, anda buscando los lugares vacíos y, si nos descuidamos, por vía de usurpación se puede alojar en nuestra alma. Es una noción que flota en el aire caliginoso, que se infiere directamente de todas las comunicaciones del mundo, que se reitera hasta el cansancio, como una letanía incesante pronunciada infatigablemente por “los espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”. Se trata de una impresión absurda, que contamina nuestras almas con su misma taradez, que nos enferma y debilita, que atenta directamente contra el Evangelio, que compromete los mejores esfuerzos, que abre la puerta a otras gansadas mucho peores: y que ha sido inspirada por el Padre de la Mentira. Es una fantasía blasfema que hemos de esforzarnos en exorcisar a diario, ganándole a Satanás allí donde con más empeño se posiciona.

La insensata idea, la peregrina noción, el insano postulado, el artero espejismo, la venenosa conciencia, la imbécil ocurrencia de que Dios no nos quiere.

Porque el cielo y la tierra pasarán, pero no esto: “El Padre os ama Él mismo, porque me habéis amado y habéis creído que Yo salí de Dios” (Jn. XVI:27).

Habría que inventar un formulario que nos pregunte por tres veces:

- ¿Renunciáis a la idea de que el Padre no os quiere?

- ¡Sí, renunciamos!

En síntesis, estimados amigos, pensemos bien. Si terminamos tristes, pensemos más, mejor, de nuevo, que si pensamos bien, el fin de nuestros pensamientos por fuerza ha de desembocar en pensamientos consoladores, gozosos y confiados. Y dejemos a Dios y para el día del Juicio que se establezca cuánto vale lo que hacemos o no y que diga Él cómo salieron las cosas.

Sé bien lo que sigue, mido mis palabras. Sé que los lectores de este blog aman a Jesucristo (un poquito, ya sé, ya sé). También sé que no tienen duda alguna de que salió de Dios.

Y que el Padre, Él mismo, los ama.

De modo que… os lo ruego, ¡sursum corda!

Jack Tollers.

Nota intrusa del Wanderer

Me parece oportuno incluir en la magnífica reflexión de Tollers un par de párrafos de Bouyer:

La nuestra “ya no es más la espera de los pecadores para quienes el juez debe venir, ni, incluso, la de los cautivos encadenados en las tinieblas donde esperan un redentor pero sin conocerlo aún, si pertenecerle aún. Es la espera de la Esposa que dice al Esposo, inspirada por el Espíritu que la prepara para la boda: “Ven Señor, ven pronto”. Por ella ya ha sido lavada en la sangre del Cordero, ya ha bebido de las fuentes de agua viva, ya ha comido el pan celestial, su frente en la que pronto lucirá la corona ya porta la unción de la alegría con la que el Esposo mismo ha sido ungido, el sello de ese Espíritu que la hace santa de su santidad, que le permite afirmar de cara a los ángeles: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado”.

Estamos en la última noche que nos separa del alba luego de la cual no habrá más atardecer, a la puerta misma del banquete de bodas, y el Espíritu suspira en nosotros en la espera del momento que esa puerta se abra”.

Amigos, hemos recibido las arras del Espíritu. El Señor está a las puertas. Viene pronto!

(En el sitio de Jack Tollers ya está colgada su traducción de “La misa en cámara lenta”, de Ronald Knox, corregida por un conocido traductor).

martes, 9 de junio de 2009

Provida


Es habitual, en Argentina y mucho más en otros países como Estados Unidos o Inglaterra, que los católicos conservadores y tradicionalistas se embanderen decidida y activamente en la lucha contra el aborto y la defensa de la vida humana desde sus inicios en el vientre materno. Se trata de una justa y laudable causa puesto que no se trata solamente de la defensa del inocente sino también, y sobre todo, de la santidad de la vida misma, que es don de Dios y en la que el hombre presta tan sólo su colaboración.
Y a esos mismos católicos conservadores y tradicionalistas los enfurece y escandaliza que muchos de sus pastores callen mansa – o cobardemente – frente a Mordor y sus orcos de muerte.
Esta explosión provida del catolicismo es positiva pero, en tanto que humana, riesgosa. Veamos:
No cabe duda que la actitud se apoya y fortalece en el pontificado moralista de Juan Pablo II y sus secuelas. El papa polaco centró su largo (en años y en páginas) magisterio en una visión del evangelio que destacaba los aspectos éticos (sus luchas contra el divorcio, el neoliberalismo, el aborto, la homosexualidad, etc.) y no insistía en aquellos dogmáticos que podían despertar algún resquemor o fricción con nuestros hermanos separados con quienes se había empeñado en un ecumenismo infundadamente optimista. La pregunta que me hago es qué ética o moral puede sostenerse sin una dogmática, es decir, sin una fe firme, arraigada y sostenida por el magisterio de los pastores. Es cierto que hay algunas: la de Kant, la de Scheler y la de Wojtila.
Los orígenes eslavos del providismo no lo ha librado de un gravísimo peligro en el que muchos han caído: confundir a la religión católica con la defensa de la vida, es decir, comenzar a vivir una religión biológica. Basta darse una vuelta por los sitios conservadores del catolicismo americano para descubrir hasta qué punto la lucha contra el aborto se ha mimetizado con la fe que ya no termina de saberse cuál es cuál. Todos nos enternecimos y enfurecimos cuando hace alguna semanas atrás nos pasaron el video de Youtube donde un anciano sacerdote prolife era encarcelado durante una manifestación en el campus de la universidad de Notre Dame días antes de la visita de Obama. Muchos calificaron al cura de mártir. Con todo el respeto y la admiración que me merece la actitud de ese sacerdote, debo decir que no es mártir o, en todo caso, es un mártir biológico: su valioso testimonio ha sido no de la fe católica sino de la vida humana.
Más aún. Ya es bastante común en los ámbitos católicos comprometidos y militantes la preocupante mutación del nombre de la solemnidad que festejamos el 25 de marzo: ya no es el día de la Encarnación del Redentor, sino el día del Niño por Nacer. Nadie pone en duda la buena voluntad y sinceridad de quienes así se expresan, pero nadie puede negar tampoco la gravedad del caso: nuestra fe cristiana se basa justamente en el hecho de la irrupción de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en la historia humana mediante su encarnación en el seno de la Santísima Virgen. La fe no puede reducirse, entonces, a un hecho biológico y natural como es el origen de la vida humana en el seno femenino. Casi las mismas palabras, pero una diferencia abismal. Fe cristiana y fe biológica.
Sin embargo, debo conceder que nuestra fe se basa necesariamente en la vida. La esencia misma del cristianismo consiste en la imitación de Cristo entendida como el misterio por el cual nosotros debemos ser injertados en Él para que la misma vida que reside en Él y que Él nos vino a dar se desarrolle en nosotros como en Él y produzca en nosotros los mismos frutos de santidad y de amor que produjo en Él (Fil. 2, 5; Rom. 6, 6; 6, 4; Ef. 2, 3; Rom. 9, 17).
El cristianismo es, necesariamente, pro Vida y se debe a la Vida, pero se trata de esa vida que surge del río de agua viva que se derrama sobre la tierra desde el trono del Cordero. Esa es nuestra fe.