Excelencia Reverendísima,

Excelencia Reverendísima,


Hace un par de días empecé a leer su página, y la verdad que me parece sencillamente impresionante.
Hasta ahora venía leyendo a diario a Panorama Católico Internacional, y tenía lo que Marcelo Gonzalez decía como la voz de la verdad católica en nuestro tiempo. Como dice la entrada sobre los nuevos Midas. Jaja. La verdad, no me gustaban y no me gustan de ahí varias cosas que en otro momento puedo contarle.
Ahora que leo la suya, me paso de bando.
Leo lo que dicen los posts y los comentarios, y me parece leer mi misma vida espiritual. O lo que esta quiso ser.
Te cuento que tengo 33 años y fui seminarista en una diócesis del GBA.
Empecé a los 16 años con dirección espiritual con un sacerdote diocesano muy bueno. Como sabemos, a esa edad la mínima sugerencia de régimen de vida espiritual uno la toma como Palabra de Dios. o sea que si bien no me mandaron usar el "estadillo", yo mismo sin saberlo me lo autoimponía.
De ahí al Seminario. En el seminario obviamente un régimen de vida espiritual marcado.
Y siempre mirando con admiración a los hardliners: Opus Dei, Legionarios de Cristo, IVE. Miles Christi creo que no existía aun o no era conocido.
Ahora, años después, me estoy acercando a la liturgia de San Pio V gracias a este gran Papa, al Motu Propio, al levantamiento de las excomuniones, etc... Y volviendo a la dirección espiritual y confesión frecuente. Casado, con dos hijos.
Es verdad que uno prueba en carne propia las falencias de esos regímenes de ascética. Se ve que Dios no se nos da por ahí. Y más aun, que uno cada tanto tiene una experiencia de la Gracia en serio, y que no se nos dio por haber usado cilicios, ni haber ayunado ni nada, sino que, justamente, se nos dá Gratis (gracia). Sin embargo, tengo algunas tesis que quisiera debatir con Ud:
1. Si uno no hace esa experiencia de ascética, digamos, jesuítica, me parece difícil que uno pruebe la gracia. No porque la gracia se nos dé ahí, sino porque esta ascética "jesuítica" tiene por finalidad mostrarse insuficiente y ahí Dios viene y te ilumina. Como la Ley de Moisés, que lo que quería hacer era encerrarnos a todos en el pecado como dice San Pablo.
2. Si uno quiere ir a algún lugar a escuchar la doctrina católica, tiene que caer en algún hardliner. Tanto desde la dogmática como desde la moral, hasta la espiritualidad. Sobre eso, hacer comentarios, matizar, relativizar, etc... Pero no podemos negar que entre ir al IVE o a la comunidad de San Egidio uno iría al IVE.
3. Esto no quiere decir que los fundadores de esas comunidades sean santos. Solamente que enseñan la verdad católica tradicional independientemente de sus cualidades personales. Como se dice, Dios escribe derecho en renglones torcidos. Y muchas veces estos fundadores son instrumentos de Dios, aunque personalmente sean vanidosos, manipuladores, etc... Lo cual no me consta, lo digo en base a lo que leo en su blog.
4. Es muy difícil hacer una comunidad de "la verdad pura" tipo P. Castellani. Lo que sería la Iglesia de los primeros discípulos.
Bueno, otra vez sigo. Espero no haberle dado largas como dicen los gaitas.
Muchas gracias por su blog, es interesantísimo ver como la tecnología del malvado S XXI puede juntar a las almas y servir a Dios.
Cordialemente,
Le agradezco su mensaje, y le sugiero que agradezca a Dios por haber dejado a tiempo el seminario. Tomó una decisión saludable, a la vista de los tiempos.
No soy nadie para dar consejos, y mucho menos espirituales, pero ya que me pregunta, le doy mi opinión.
1. Hay cierta contradicción en su argumentación. Ud. plantea que es necesario que yo haga algo – ascética jesuítica – para recibir la gracia. Pero como Ud. bien dice más arriba, la gracia es regalada, y no viene como respuesta necesaria a una acción mía. La gracia, o el Espíritu, es el Espíritu, y Dios es Dios. Se da cuando quiere y a quien quiere.
Pero, cuidado. La idea no es que no haya que hacer ascesis, o sufrir de algún modo. San Pedro tiene una expresión muy significativa: “Hemos sido llamados a obrar el bien sufriendo con paciencia”. Es decir, nuestra vida de cristianos es una vocación al sufrimiento; así de simple, y de terrible.
Pero la cuestión radica en la hermenéutica que hagamos de ese sufrimiento. Una, es la interpretación jesuítica, con la que no acuerdo, y que consiste en centrarse en el “yo sufro” o en “mi voluntad me lleva al sufrimiento” y, así, con el esfuerzo de mi voluntad, o de mi yo, podré salvarme.
La fe cristiana, sin embargo, nos hace desesperar de nosotros mismos a fin de poner todas nuestras esperanzas en la intervención de Cristo. Pero no se trata de no actuar y no hacer nada, cayendo en un quietismo, sino que el Señor nos hace desviarnos de nosotros mismos y tornarnos a Él, a fin de que pongamos en Él la fuerza de nuestro actuar, que nada, absolutamente nada de nosotros, nos podría dar. El sufrimiento, entonces, no es más que un arrojarse en Cristo, ciegamente, sin confiar en nada en nosotros. Y ese salto da vértigo, y asusta. Pero eso es la fe. Es luz, y es oscuridad. Es vida, y es muerte. Lo dice muy bien Castellani.
2. Tiene razón. Yo mismo muchas veces caigo en las misas de los lefe e, incluso, he ido a varias misas kukusas. Siempre es mejor hacerse mala sangre por las predicaciones de un cura bobo pero piadoso, que por las de un cura bobo y hereje.
3. Dios utiliza como instrumentos a quien quiere. A un caballo, montado por San Pablo y del que se pegó un porrazo, a Stalin, que convirtió en mártires en muchos cristianos, a Pablo VI, que también martirizó a muchos católicos, y a Karloncho, que engatuza a jóvenes y familias excelentes. A Dios no le podemos discutir, aunque a veces hace cosas medio raras. Si no, pregúntele a San Roque que se hizo santo haciéndose el loco y mendigando por las calles y en las puertas de las iglesias de Roma.
4. No es difícil hacer una comunidad pura. Es imposible. Si no me cree, pregúntele a Fr. U.
Su amigo,
Wanderer.
Su Beatitud Kirill, patriarca de Moscú y de todas las Rusias, se mostró satisfecho y alabó el anuncio del presidente ruso Dimitri Medvedev sobre la propuesta de introducir la asignatura de Religión en las escuelas rusas. Sin embargo el proyecto piloto prevé sólo enseñar cuatro credos entre los que no se incluye el católico. | |
Nota desiderativa: Esperemos que Mons. Pezzi no encuentre eco a su propuesta. Entre aprender el cristianismo ortodoxo con su bellísima liturgia y su doctrina clara e intocable, aunque cismática, y el cristianismo latino, con su liturgia montiniana, horrible y desacralizada, y su doctrina ambigüa y secularizada, no sé con cuál quedarse. |

Estimado amigo Ludovicus:
Le agradezco su comentario al último post. Como siempre, lúcido y agudo. Quisiera, sin embargo, terciar en algunas de sus afirmaciones y presunciones, pero antes, responderé brevemente a otros comentaristas.
No creo yo, como muchos sostienen, que la única alternativa al activismo contrarrevolucionario del p. Ramiro sea el quietismo o el cruzarse de brazos a esperar que venga la Parusía. Como afirmo al final de post, creo que la opción es preparar ese reinado que está ya presente entre nosotros en aquellos que nos han sido dados, sean éstos los fieles del cura, los hijos del padre, los amigos del amigo o los alumnos del profesor. ¡Y vaya que esa tarea no es quietismo! Pareciera que para muchos la única tarea posible es la que tiene resonancia pública y resultados inmediatos y espectaculares. Por el contrario, el trabajo del Espíritu del que alguna vez podemos ser instrumentos, es silencioso y, por lo general, pausado y progresivo.
Al amigo Carlista en primer lugar lo corrijo: el p. Ramiro no es S.J., a Dios gracias. Si lo fuera, no sería noticia en la revista 23...
En segundo lugar, un cura puede salvar almas y formar una comunidad católica en un pueblo perdido, como muchos lo hacen, sin mandar a sus fieles a pelearse con doña Carlotta o a inundar un cine. Insisto, eso no sirve para nada más que para alimentar a las fieras.
Pero vayamos a lo nuestro, amigo Ludovicus. No me parece que el tema esté en el centro del Vaticano II; me parece que es mucho más viejo que eso. Ya habrá visto Ud. que yo no soy un defensor del Concilio de los ´60, sino todo lo contrario. Sin embargo, debo admitir algo: los Padres del Concilio se dieron cuenta que estaban frente a un gozne de la historia y que la Iglesia, frente a tal “signo de los tiempos”, debía reaccionar de alguna manera. Y reaccionaron. Para el carajo.
Veámoslo en paralelo con el Concilio de Trento. También en esa ocasión los Padres se dieron cuenta que estaban en el gozne, y su reacción fue cristalizar todo, para salvarse de la tormenta. Cristalizaron, entonces, la liturgia en el rito romano; la doctrina en el Catecismo Romano; la formación sacerdotal en los seminarios y convirtieron a los jesuitas en abanderados de la nueva religión esclerotizada. No fue una buena solución. ¿Cuál habría sido la alternativa? No lo sé.
Era tan fuerte la inercia de los siglos dorados del cristianismo, que ese catolicismo tridentino subsistió cuatrocientos años más, bastante bien, aunque con una progresiva decadencia que, junto a la descristianización de la sociedad, comenzó a hacer mucha agua con la Revolución Francesa. Pío VII asiste a la coronación de Napoleón, por ejemplo, desorientado o asustado, no lo sé. Y la cuestión se puso peor en la segunda mitad del siglo XIX, cuando vemos a los papas dar manotazos porque, me parece a mí, no sabían muy bien como salvar la situación. Pio IX con el Syllabus, León XIII con la Rerum Novarum, San Pío X con la Pascendi. Pío XI y Pío XII cedieron mucho más. Me parece que ya no tenía margen. El escenario era una religión gravemente enferma y un mundo cada vez más agresivo. Después vino Juan el Gordo, que levantó la compuerta y convocó al Vaticano II.
Por eso creo, Ludovicus, que la cuestión es mucho más vieja que el Concilio. Quizás allí se patentizó de un modo más claro, pero venía de antes. La cuestión del “reinado social de Cristo”, entendiendo por tal un Estado confesional a lo Franco, como lo entienden la mayoría de nuestros amigos nacionalcatolicistas, había dejado de ser viable en el siglo XVII. Y no sólo por una cuestión de presión externa, sino de descomposición interna. Vea si no, lo que pasó con la España franquista. ¿Qué logró el Generalísimo? Nada, y menos que nada. Apenas muerto él, se vino todo abajo, en menos de un año. Y no fue solamente por acción de Pablo VI y el cardenal Villot o el cardenal Tarancón, aunque estos malvados tuvieron mucho que ver, sino porque el mundo era otro, y la Cristiandad ya no podía ser el armado triunfalista de la Edad Media.
Yo creo que la cuestión ahora es armar la Cristiandad interior, que ya existe y está entre nosotros.
Y eso no es quietismo, ni es sentarse a esperar la Parusía.
Por mis propias limitaciones, jamás me aprovecharon la docena y media de Ejercicios Ignacianos que hice en mi primera juventud. Las meditaciones me dejaban tan seco como un palo, los silogismos que me sugería el predicador no concluían más que en arideces y las cronometradas conferencias, vía crucis y demás ejercicios de piedad pasionaria me aburrían preocupantemente.
Lo que más me pasmaba era que la famosa meditación de las dos banderas no me decía nada, ni me impulsaba a nada. Comprendía, por cierto, los razonamientos y el texto ignaciano, pero al final, no me movía a nada. Veía, en cambio, que mis amigos y co-ejercitantes salían eufóricos a enfrentar al Mandinga con acciones heroicas como pintarrajear un busto de Sarmiento, romper la vidriera del quiosco que vendía revistas pornográficas o cortar la electricidad del cine donde proyectaban una película blasfema. Muchos de ellos, incluso, sacrificaban a su novia y a su futura vida matrimonial en aras de las sublimidades del sacerdocio que los convertía, ipso facto, en altos oficiales del ejército de Nuestro Señor.
Pero a mí, eso de la lucha y de los dos ejércitos, nada de nada... y yo sabía que algo de eso había en la vida espiritual, pero era incapaz de incorporarlo en la lógica ignaciana.
Y no ha sido un jesuita, sino un oratoriano, quien me lo ha enseñado. Un solo párrafo de Louis Bouyer me ha bastado para entender. Aquí va, con perdón de mi pobre traducción:
“El combate de Cristo no es un combate de hombre a hombre, sino que tiene lugar en el hombre, entre la carne y el Espíritu. La carne, que no es el cuerpo solamente, sino la degradación de todo lo humano, cuerpo y alma, cuando está bajo la influencia del demonio. El Espíritu, que no es nuestro espíritu, sino el Espíritu divino con el que Cristo fue ungido, según su nombre de guerrero, y ungido por él de poder”.
- Pero don Wander, fíjese que este ex-pastor luterano está diciendo que no soy yo el que pelea sino el Espíritu Santo. ¿Qué mérito tiene eso?
- ¿Es que Ud. se cree capaz de vencer a la carne?
- Claro que sí, como la vencieron los santos: con ayuno, silicio y piedritas en los zapatos, más el rosario, la comunión frecuente y la dirección espiritual. Y también la medalla de San Benito, el escapulario y un pomo de agua bendita para cuando vienen las tentaciones...
- ¿Y qué tal le fue en la lucha, munido con tantas armas?
- Y..., vamos tirando. Vio como es esto, a veces se gana, y a veces se pierde. El demonio es muy mal tipo. Hay defectos que tengo desde años y años, y no hay caso..., no los puedo vencer. ¡Y eso que me paso todo el día peleando!
- Ese es su problema. Deje ya de pelear. Su humanidad caída no puede vencer.
- ¡Eso es luteranismo! Eso le pasa por incursionar en autores peligroso como Bouyer.
- No se asuste. No tenga miedo. No pelee, rece, y el Espíritu Santo lo librará de esa maldita inclinación. Esa temible propensión, combatida en vano durante años, desaparecerá un día insensiblemente, discretamente, de modo que podrá decir sencillamente que fue, que ya no es más, porque como respuesta a su oración, se le ha sencillamente borrado, tachado del orden de la existencia. Y esto no es mío. Es de Frank-Duquesne.
- Ya viene Ud. a enseñarme ahora con un judío converso. Acabemos, que se me hace tarde la meditación y después no puedo terminar tranquilo el ramillete espiritual.