
Tal como bien señala el Hombrecito del Sombrero Gris, las últimas discusiones del blog han estado muy divertidas, y dan para pensar. Creo que hay, al menos, dos temas conexos que deben aclararse. Uno, la naturaleza de la ascesis cristiana; y el otro, la profundidad de la presencia del Mal en el hombre y en el mundo. Y empiezo por el primero.
Insisto en el asombro que me causa el empecinamiento de muchos amigos en mantener la propia voluntad en un rol protagónico en el camino de salvación, en desmedro, a veces, de la centralidad de la gracia.
Coincidiendo con Ludovicus, adjudico esta actitud a la influencia barroca, o a la espiritualidad moderna contrareformista y, consecuentemente, al olvido de la espiritualidad cristiana tradicional, aquella emanada de las enseñanzas de los Padres y, a través de ellos, de la enseñanza apostólica.
Una de las características del barroquismo espiritual, nacido con la modernidad es la insistencia en la etapa ascética de la vida cristiana, otorgándole, incluso, una gran autonomía y desconexión con el resto del camino de perfección.
Se trata, sin duda, de una característica de la modernidad: la dispersión de lo que es uno. Y esto sucede en todos los ámbitos. En el religioso, lo vemos, por ejemplo, en la separación de teología, espiritualidad y liturgia y, en el tema que nos ocupa ahora, en la “autarquización” de la ascética con respecto a la iluminación y a la perfección, las otras dos etapas de la vida de perfección.
Para los Padres Orientales, las tres etapas del ascenso a Dios son la purificación (o vía purgativa), la iluminación (o vía contemplativa) y la perfección (o vía unitiva). Estas tres etapas aparecen también, como no podía ser de otro modo, en todos los tratados espirituales de la Contrareforma. Sin embargo, muchas veces se entendió a la primera etapa como de una purificación eminentemente moral, o moral en lo inmediato. No es así en la espiritualidad de los Padres. La purificación es del conocimiento. Es lo que dice el evangelio de Juan: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Un conocimiento purificado, y por conocimiento me refiero al conocimiento de Dios, me liberará de las ataduras, también las morales. Es decir, la purificación moral se producirá como consecuencia y fruto de la purificación del conocimiento.
Se trata, claro está, de un conocimiento amoroso y activo. No es una cuestión de “quietismo intelectualista”, sino de actividad intelectual, la única propiamente humana, que avanza en el conocimiento y en el amor de Dios que se le revela. Y es ese conocimiento amoroso el que obrará la purificación moral.
Este conocimiento se convierte para el alma en una realidad viva: no es sólo teoría, es una fuerza de vida, es una unión de amor transformadora. El conocimiento de Cristo no es sólo pensamiento, también es amor que abre los ojos, transforma al hombre y crea comunión con el Logos, que es verdad y vida. En esta comunión, que es conocimiento perfecto y es amor, el cristiano perfecto alcanza la contemplación, la unificación con Dios.
La espiritualidad barroca provocó una deformación de esta realidad, construyendo una purificación, o ascesis, dolorista y acósmica, que muchas veces termina en una falsa interioridad y en un replegarse sobre sí mismo. La ascesis bien entendida, en cambio, no implica condenación sino, más bien, preferencia. Ella debe ocupar su justo lugar de dependencia de los valores primeros y del valor absoluto, es decir, Dios contemplado, reconocido y servido en una total donación de sí mismo. Toda ascesis tiene esta finalidad.
La vida cristiana consiste en seguir a Cristo, seguirlo a todos los lugares donde Él va, y seguirlo también en la gloria de la Resurrección, y seguirlo por el camino necesario, que es la Cruz. Pero, atención, la cruz es sólo un camino. El fin es la plenitud de la vida eterna. No estamos destinados a la cruz y la cruz no debe ser nuestro objetivo. Nuestro destino es la resurrección.
(Por cierto, el Wanderer ahora es no sólo molinista y feneloniano, sino también gnóstico. Cuidado. Podemos ser varios los herejes. El párrafo en azul es de Benedicto XVI)





