Me parece que, a partir de texto de Tollers, algunos comenzaron
a errar el vizcachazo, o a bajar la puntería. Es cuestión entonces de
reflexionar un poco acerca de la tristeza,
sobre la cual el cristianismo tiene dos voces distintas, no opuestas sino complementarias.
En la tradición escolástica, la tristeza es definida como la emoción que aparece frente a un mal
presente. Es decir, cuando percibo un mal actual (una enfermedad, un desengaño,
etc.) reacciono “siendo” triste (y no “teniendo” tristeza, porque las emociones
no se “tienen” sino que se padecen). De allí la bellísima definición de la
emociones como las tendencias sentidas.
Toda mi interioridad sensible reacciona de un modo determinado frente a una
imagen mental de la realidad.
Justamente, las emociones responden a imágenes mentales de
la realidad, y no a la realidad misma. Son perturbaciones de la subjetividad
que juzga la imagen mental de la realidad que aparece a la conciencia. Por eso,
la tristeza en tanto que emoción no necesariamente es provocada por la realidad
sino por el modo en el cual percibimos esa realidad. Frente a un mismo objeto
real, una persona pueda estar triste y otra estar alegre. Lo que ha cambiado es
la percepción del objeto y la valoración que cada persona hace de ese objeto,
pero no el objeto mismo. Es por eso que las emociones no nos dan a conocer la
realidad sino nuestra posición frente
a la realidad, es decir, aquello que me atrae y aquello que rechazo. Las
emociones me dan a conocer mi propia interioridad sensible.
Es importante recordar esta doctrina casi manualística para
caer en la cuenta que mis tristezas variarán de acuerdo a muchos factores y,
entre ellos el más importante, de acuerdo a nuestra vida espiritual. Los Padres
del Desierto bien dicen que la tristeza es causada por nuestra debilidad en la
fe. Mientras más fuerte y profunda sea la fe en nuestro único destino -ser
conciudadanos de los santos en la visión eterna del Verbo y, en el Verbo, del
Padre- menos intenso será el juicio de rechazo que nos provocará un mal terreno
presente. Nuestra valoración habrá cambiado.
Y aquí engancho con la segunda voz cristiana acerca de la
tristeza, que corresponde a los escritores y Padres cristianos de los primeros
siglos. Para ellos, la tristeza nace de la frustración de un deseo carnal. Son
los demonios quienes, de acuerdo al temperamento de cada uno, lo atacan con
pensamientos y recuerdos de que aquellas cosas que fueron una vez y que ya no
serán más. Los deseos de volver a ser joven, de volver a estar sano o de volver
a ser amado se frustran cuando descubro que todo eso ya no será posible nunca
más. Y es allí donde soy presa de la tristeza. Quizás por eso también dicen que
la tristeza nace de un pensamiento de cólera, porque ese deseo que no será
cumplido despierta en mí la ira.
Pero hay una vuelta más. Escriben los Padres: “Del demonio
de la tristeza es signo la víbora, porque el veneno de este animal, dado al
hombre de manera apropiada, destruye el veneno de otros animales pero tomado en
estado puro destruye al mismo viviente”. Y esto es así porque hay una tristeza
buena, que es aquella que nace de la frustración de la virtud y del
conocimiento de Dios. Cuando, después de años y años de esfuerzos aún estamos
muy lejos de ser virtuosos o de haber progresado suficientemente en el
conocimiento y nos damos cuenta de lo que hemos perdido por propia culpa,
sobreviene la tristeza. Pero, en este caso, es una tristeza salutífera porque
actúa como un incentivo que nos empuja a convertirnos una vez más para volver a
ser dignos de aquello que hemos perdido. El hombre carnal y mundano nunca
podrá, ciertamente, “saborear” esta tristeza.
La tristeza, entonces, nos acompaña en toda la vida
espiritual, pero deberá ir disminuyendo a medida que avanzamos en ella. Es que,
al decir de los eremitas del desierto egipcio, “aquel que se ha liberado de
todas las ataduras naturales es inmune a la tristeza”.