viernes, 10 de agosto de 2012

Tristeza a dos voces


Me parece que, a partir de texto de Tollers, algunos comenzaron a errar el vizcachazo, o a bajar la puntería. Es cuestión entonces de reflexionar un poco acerca de la tristeza, sobre la cual el cristianismo tiene dos voces distintas, no opuestas sino complementarias.
En la tradición escolástica, la tristeza es definida como la emoción que aparece frente a un mal presente. Es decir, cuando percibo un mal actual (una enfermedad, un desengaño, etc.) reacciono “siendo” triste (y no “teniendo” tristeza, porque las emociones no se “tienen” sino que se padecen). De allí la bellísima definición de la emociones como las tendencias sentidas. Toda mi interioridad sensible reacciona de un modo determinado frente a una imagen mental de la realidad.
Justamente, las emociones responden a imágenes mentales de la realidad, y no a la realidad misma. Son perturbaciones de la subjetividad que juzga la imagen mental de la realidad que aparece a la conciencia. Por eso, la tristeza en tanto que emoción no necesariamente es provocada por la realidad sino por el modo en el cual percibimos esa realidad. Frente a un mismo objeto real, una persona pueda estar triste y otra estar alegre. Lo que ha cambiado es la percepción del objeto y la valoración que cada persona hace de ese objeto, pero no el objeto mismo. Es por eso que las emociones no nos dan a conocer la realidad sino nuestra posición frente a la realidad, es decir, aquello que me atrae y aquello que rechazo. Las emociones me dan a conocer mi propia interioridad sensible.
Es importante recordar esta doctrina casi manualística para caer en la cuenta que mis tristezas variarán de acuerdo a muchos factores y, entre ellos el más importante, de acuerdo a nuestra vida espiritual. Los Padres del Desierto bien dicen que la tristeza es causada por nuestra debilidad en la fe. Mientras más fuerte y profunda sea la fe en nuestro único destino -ser conciudadanos de los santos en la visión eterna del Verbo y, en el Verbo, del Padre- menos intenso será el juicio de rechazo que nos provocará un mal terreno presente. Nuestra valoración habrá cambiado.
Y aquí engancho con la segunda voz cristiana acerca de la tristeza, que corresponde a los escritores y Padres cristianos de los primeros siglos. Para ellos, la tristeza nace de la frustración de un deseo carnal. Son los demonios quienes, de acuerdo al temperamento de cada uno, lo atacan con pensamientos y recuerdos de que aquellas cosas que fueron una vez y que ya no serán más. Los deseos de volver a ser joven, de volver a estar sano o de volver a ser amado se frustran cuando descubro que todo eso ya no será posible nunca más. Y es allí donde soy presa de la tristeza. Quizás por eso también dicen que la tristeza nace de un pensamiento de cólera, porque ese deseo que no será cumplido despierta en mí la ira.
Pero hay una vuelta más. Escriben los Padres: “Del demonio de la tristeza es signo la víbora, porque el veneno de este animal, dado al hombre de manera apropiada, destruye el veneno de otros animales pero tomado en estado puro destruye al mismo viviente”. Y esto es así porque hay una tristeza buena, que es aquella que nace de la frustración de la virtud y del conocimiento de Dios. Cuando, después de años y años de esfuerzos aún estamos muy lejos de ser virtuosos o de haber progresado suficientemente en el conocimiento y nos damos cuenta de lo que hemos perdido por propia culpa, sobreviene la tristeza. Pero, en este caso, es una tristeza salutífera porque actúa como un incentivo que nos empuja a convertirnos una vez más para volver a ser dignos de aquello que hemos perdido. El hombre carnal y mundano nunca podrá, ciertamente, “saborear” esta tristeza.
La tristeza, entonces, nos acompaña en toda la vida espiritual, pero deberá ir disminuyendo a medida que avanzamos en ella. Es que, al decir de los eremitas del desierto egipcio, “aquel que se ha liberado de todas las ataduras naturales es inmune a la tristeza”.

martes, 7 de agosto de 2012

Las penas son de nosotros, by Tollers




"One has to accept sorrow
for it to be of any healing power,
and that is the most difficult thing in the world."
Maurice Baring

1.- Cuando aprendimos la "Salve", no sé, a los catorce o quince años tal vez, nos gustó y la rezamos muchas veces. Pero había un tramo de la oración que nos hacía sonreír un poco: "a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas". No será para tanto, nos decíamos. Tampoco tanto. Catorce, quince años, la vida por delante, con inmensas expectativas y poca experiencia. ¿Valle de lágrimas? Exceso pietista, andaluzada devota, pensábamos.
2.- Después vino la vida, acreditando los suspiros, haciéndonos gemir una y mil veces, llorar también y ahora lo de que esta vida no es mucho más que un valle de lágrimas, nos parece una verdad incontrovertible. Y cada día, un poquito más. Porque si bien todavía concordamos con Teresa la Grande en que "no es todo más que una noche de mala posada", se nos hace larga la noche esta. Y sí, la venta es mala en verdad.
3.- Y, a poco de reflexionar sobre la cosa, no hay alegría, gozo o felicidad que no venga ineluctablemente unida a su correspondiente pena: ese sí que es un matrimonio indisoluble. Como la borrachera está casada con la resaca y los hijos con unos dolorazos de cabeza y todos los afectos con separaciones igualmente penosos. Como que la vida misma en esta tierra está casada con la Tremenda, y no hay cómo negarlo. Y sí, en esto también tenía razón Teresa: "aquí, todo es un sí y un no".
4.- ¡Cómo abundan las penas en esta vida! ¡Y cuán variopintas no lo son! La de quien perdió a un hijo, la de quien se peleó con un amigo, la del que se quedó sin trabajo, la del que contrajo esta enfermedad terrible, la del cónyuge engañado, por no mencionar la del que quedó preso, o no tiene qué comer, o la del que se muere incomprendido por sus seres queridos, o esas penas inconmensurables como la que produce el amor no correspondido… ¿para qué seguir? Son la trama secreta de esta vida, la fuente inagotable que riega este valle de lágrimas.
5.- Y cuando uno aprende esto (aunque son muchos los que no lo quieren aprender nunca, que niegan esto tozudamente o que se niegan a mirarlo de frente), le quedan dos caminos: rebelarse, pelear con todas las fuerzas para construirse una vida sin penas, o con la menor cantidad posible. Y si vienen, hacerle frente como sea y ver cómo liquidarlas cuanto antes. El otro camino es aceptarlas.
6.- Pero en esto de "aceptar" las penas de esta vida, por recomendable que fuere, conviene hacer unas cuantas distinciones. La primera es que hay que aprender a lidiar con la tristeza concomitante. Toda pena es pena sólo en la medida en que constatamos una distancia entre lo que creíamos nos era dable esperar y la realidad que nos cachetea con otra cosa. Esa distancia tiene un efecto concomitante sobre nuestras almas y lo llamamos tristeza. No hay pena sin tristeza. Pero por mucho que querramos aceptar la pena como venida de la mano de Dios (ora en términos de desgracia, de destino fatídico, ora en términos de Providencia-secreta-buena-para-mí) siempre habrá que combatir la tristeza pues con su morbo bien puede vencernos, convirtiéndonos en seres infértiles. Por eso Santo Tomás se empeña en enseñarnos los cinco remedios para vencer la tristeza. Y por eso San Agustín insiste en definir a la virtud de la fortaleza como "resistir y no dejarse vencer por la tristeza". Pues tristeza tiene que haber, como hija que es de las penas que nos tocan en suerte. Y las penas están ahí, no hay cómo negarlo. Las penas, sí, está muy bien, hay que aceptarlas, es gran negocio. Pero a la tristeza hay que combatirla con toda el alma (o con lo que nos queda de ella, apenados como estamos).
7.- Negar las penas de esta vida es locura, insensatez y a la larga no puede sino aumentar su número y peso. Intentar digerirlas con gobierno político del alma, administrarlas como si dijéramos, combatiendo la tristeza, es mejor. Pero lo mejor de todo, más allá de una resignada resignación está en aceptarlas como venidas de la mano de Dios, para nuestro bien. Para eso, hay que tener perfectamente en claro que es el único remedio para nuestro mal principal: la culpa.
8.- Si tenía razón aquel Papa que denunciaba que se había perdido la noción de pecado, yo diría que eso se debe a que se ha perdido la noción de culpa, muchas gracias señor Freud. Porque resulta que si se amputa la noción esta de que todos somos culpables, que hay una culpa en nuestro origen ("He aquí que mi madre me concibió en iniquidad", como quiere el salmista), que todos somos culpables de innumerables pecados acumulados a lo largo de nuestras vidas, entonces las penas de esta vida carecen de sentido (y no hay cómo aceptarlas). Un poco al modo de las cárceles en las que uno se topa con que todos se declaran perfectamente inocentes, así andan la mayoría de los hombres en este mundo sublunar. Y con eso la cárcel se vuelve más penosa aun, se agrava la pena del preso, aumenta su número y peso y todo parece un gran sinsentido.
9.- Pero si lográsemos aceptar las penas que nos tocan en suerte, podríamos extraerle el jugo terapéutico que tienen: curan la culpa, remedian nuestro mal mayor, que es el mal de culpa y, en esa medida se les puede dar (hasta cierto punto, y en cierto modo) la bienvenida.
10.- Esta disposición del alma es una cosa interior y muy difícil de lograr—es el resultado de intensos y variados ejercicios llevados a cabo a lo largo de la vida. Ejercicios de aceptación. Y por tratarse de cosas interiores, no es fácil detectarla (esta disposición que digo) mediante signos exteriores, pues esos signos frecuentemente se revelan ambivalentes y de difícil interpretación. Por caso, la gran protesta de Lewis ante la muerte de su mujer en "Una pena observada" o la de Job a lo largo de más de treinta capítulos en el libro que lleva su nombre, parecen casos, justamente de "no-aceptación" de las penas que les tocaron en suerte. Y bien sabemos que no es así. Lo que hacen estos dos es enfatizar con toda precisión la distancia que existe entre lo que ellos habrían querido y la realidad que les toca: definen, delimitan, precisan, identifican la pena. Si ese ejercicio parece una rebelión, si adopta una dialéctica de protesta, no lo es, pues no termina ahí. Eso es el principio del ejercicio. Sigue una cosa más interior, menos visible y que en cierta forma resulta incomunicable: qué se hacen con la correspondiente tristeza.
11.- O más bien, qué hace Dios con esa tristeza del apenado que acepta su pena. Frecuentemente se les aparece aunque no lo reconozcan fácilmente, como María Magdalena que lo tomó por un jardinero. Pero ella "estaba afuera y lloraba". Y Cristo se le apareció pronto, cuanto antes, es a la primera que se le aparece, según los Evangelios. ¿Por qué? Porque ella es ejemplo de perfecta aceptación de la pena que le da comprobar que su "Rabbuní" ha muerto. Y la tristeza concomitante la hace llorar. Quizás se había olvidado que su "Rabbuní" había enseñado que los que lloran son bienaventurados. Pero lo comprobó, esto de los "beati lugent", esto de que aceptar las cosas tal como son, las penas de este mundo, por dolorosas que sean, es el mejor negocio del mundo.
*

viernes, 13 de julio de 2012

El fundador que pescaba en la pecera


Me han pasado un documento reservado que se ha manejado, hace ya algunos años, en algunas curias en torno a la investigación del caso del controvertido fundador de un instituto religioso cuyos seminaristas, durante algún tiempo, estudiaron junto a otros jóvenes en un mismo seminario. Aquí se informa el modo en el cual dicho fundador “pescaba en la pecera” y manipulaba a los seminaristas.









DOCUMENTO N° 4

ACTUACIÓN DEL P. AAA CON LOS SEMINARISTAS
Se han dado:
            Casos incontestables de proselitismo directo y personal del padre AAA. Es frase suya a un seminarista: “El Corazón de Jesús me ha dado a sentir claramente que te necesito en mi Instituto” y otras semejantes.
            Casos de verdadera conquista, llevada a cabo por seminaristas que ya tenía apalabrados para ingresar, entre los demás compañeros.
            Casos de clara insinuación vocacional.
            En otras ocasiones, táctica de lograr amplia simpatía y acercamiento a su obra, pintando sugestivamente con caracteres deslumbradores y de gran atractivo apostólico. Si algún seminarista le manifestaba sus ilusiones por algún apostolado particular, le ofrecía grandes facilidades para su especialización en aquel orden si ingresaba en su instituto. Cuando un seminarista se le acercaba, o se le acercaban, con algún modo de vocación, unas veces pintaba las dificultades porque había de pasar su obra, otras todo lo hacía ver de color de rosas. Siempre lo rodeaba de un ambiente de sobrenaturalidad y providencialismo verdaderamente arrastrante para un corazón juvenil.
(…) (Al seminarista que) se ponía en contacto con él con posibilidades de atraérselo, pedía no tratara de este asunto con el director espiritual.
XXX, siendo seminarista, hizo entre algunos compañeros labor de desprestigio de los superiores del seminario porque, según él, se oponían a la obra del P. AAA.
El P. AAA ha manifestado a seminaristas diversas actuaciones de los superiores del seminario de BBB en contra de su obra, siguiéndose de estos el desprestigio de estos superiores que se aumentaba por lo siguiente: cuando al P. AAA los seminaristas le preguntaban qué pensaba de dicha actuación, contestaba que ni siquiera había formulado el juicio interno, lo consideraba como una prueba del Corazón de Jesús, que por otra parte le proporcionaba los elementos necesarios para defenderse, lo cual le rodeaba de una aureola de sobrenaturalidad grande y automáticamente la mente del seminarista se enfrentaba con la manera de obrar de los superiores que así se oponían a la obra de un santo.
(…)



Clave de lectura:
AAA: P. Marcial Maciel
BBB: Universidad Pontificia de Comillas
En efecto, antes de leer las claves, muchos pensamos que se trataba de otro fundador más cercano y bastante más grasa que Maciel, y que la pecera donde pescaba era un autóctono seminario de provincia.
Lo notable es que las recetas que emplean estos “fundadores” manipuladores, perversos y, en algunos casos, también pervertidos, son exactamente las mismas. Nada nuevo sub sole. Y sin embargo, los chorlitos siguen cayendo y las autoridades, a sabiendas o no, siguen permitiendo estos experimentos fundacionales.
El documento original puede bajarse desde aquí y más información sobre el tema aquí.

miércoles, 11 de julio de 2012

Licuado de banana

Apareció en Perfil. No me gusta el lenguaje, pero lo que dice su autor - Guillermo Raffo, escritor y cineasta- es bastante cierto:


Google te da 1.160.000 hits si buscás “azúcar banana leche”. De ellos, 975 mil refieren, previsiblemente, al licuado; los 185 mil restantes (el 16%), a otra cosa. Anoten este último número porque les puede salvar la vida.
Esta semana, entre Calamaro, D’Elía y el muñequito de trapo del Che, me convencieron, otra vez, de que se van a terminar cagando a tiros allá, y va a ser horrible. Cada vez que me pasa reconsidero y vuelvo a una conversación que tuve hace tiempo –gracias al blog de mi vecino Quintín– con una chica de La Cámpora que me contaba el cuento de la Juventud Maravillosa. Ya sabemos que es mentira, pero (pensaba yo) ¿es necesariamente perjudicial?
Suponemos a menudo que la reivindicación de aquella militancia mesiánica y criminal, pasteurizada ahora y presentada como un batallón de heroicos idealistas, es peligrosa. Peligrosa en el sentido de repetir la historia, de que vuelvan a hacer cosas parecidas. Pero si la pasteurización es efectiva y realmente hay generaciones enteras que se convencen de que, digamos, Perdía era Mandela, ¿cuál es el riesgo? Porque la emulación, si la hubiera, estaría condicionada por la ignorancia sobre quién era Perdía, y sobre la fantasía de que Perdía era Mandela. Por lo tanto, reivindicarían a Perdía pero actuarían como Mandela. No está tan mal eso. Hay algo absurdo en este razonamiento, y sin embargo sugiere escenarios muy verosímiles. Por ejemplo: el costado más humano de la Iglesia Católica (la ayuda a los pobres, la caridad) sin duda depende de que sus actores crean que su institución está más cerca de San Francisco de Asís que de Torquemada. Esto puede no ser cierto, pero produce efectos benéficos. No sé si se entiende: mientras actúen como Mandela no me importa si reivindican a Hannibal Lecter. Lo único que me importa es que no actúen como Hannibal Lecter.
Resumiendo: la hipótesis es que la reivindicación de políticas criminales podría en realidad tener efectos positivos en la medida en que esas políticas sean transfiguradas por una revisión histórica disparatada que las presenta como benignas (i.e. Carlotto: “nuestros hijos luchaban por un país más justo”). Cagate de risa pero tiene sentido, aunque suene ridículo.
Ahora bien, el problema con mi propia hipótesis optimista es el siguiente: las organizaciones armadas no nacieron de un repollo. Y cuando le pregunté a la chica de La Cámpora por su formación política, me dijo: “Leemos a Kusch, el Popol Vuh, Galeano, Mariátegui, Galasso. Después, hablando de revoluciones burguesas independentistas en América latina leemos el plan de operaciones de Moreno, Di Meglio, el Facundo de Sarmiento, el Martín Fierro, más Kusch, Jauretche, Terán. Viñas, Hernández Arregui, Puiggrós, Abelardo Ramos. Películas de Pino, de Hugo del Carril, de Mariotto. Walsh, Cooke, Perón, Evita. Cosas de Fidel, de Ramonet, discursos de Cámpora, Perón, Amado Olmos, el gringo Tosco”.

Ninguno nuevo. Y todos los de aquella época. No falta ni uno, eh. En realidad falta Kadafi y sobra Mariotto, pero tampoco es un enroque muy tranquilizador. Entonces, si los viejos llegaron a esas conclusiones leyendo esas cosas, ¿por qué los nuevos no van a llegar a las mismas? Me quedaría más tranquilo si me dijeran: “confiamos en la visión de la historia de Felipe Pigna y José Nun”. Porque lo que dicen ellos es cualquier verdura, pero está por lo menos matizado por la época y por sus propias ambiciones materiales. Pero cuando me dicen Kusch, Galeano, Galasso, pienso: “otra vez sopa, es la ruta al desastre”. ¿Por qué no lo sería? ¿Sólo porque el resto del mundo cambió mucho? Los Beatles cantaron All You Need Is Love por primera vez en 1967 y 400 millones de personas en 26 países los vieron por la tele. Lo que pasó después pasó igual.
Banana, azúcar, leche. Esto puede producir cosas distintas, ¿pero cuál es la más probable? Licuado de banana con leche. Ustedes verán qué hacen con los elementos que tenemos hoy. La probabilidad de zafar es 16%.

lunes, 9 de julio de 2012

Paganismo liberal



Algunos días atrás, cuando discutíamos las correrías caribeñas de Fernando y Mariví (la muy descarada que es tapa de Noticias de esta semana), aparecieron dos comentarios que me han dado que pensar.
Uno, de un Anónimo del 30/06, a las 9:50 hs., escribía: “San Juan Bautista, el primer martir (sic) es martir (sic) de la moral , no de la Fé (sic). Jésus (sic) nos da la Fé (sic) para ejercer la moral ( virtud )”
Otro, de un Anónimo del 1 de julio, a las 9:31 hs., que terminaba: “Voy a decir algo más. Creo que hoy la vida religiosa se resuelve en una sola cosa: ayudar a los pobres y a los enfermos. No hay más. O se toma la decisión o hablamos y nos creemos cristianos… o leemos a Santo Tomas y le decimos a los demás como tienen que vivir desde un escritorio”.
Resulta claro que las procedencias ideológicas de los dos comentaristas son bien diversas: el primero, un digno representante del “tradicionalismo” de los ´50 y el segundo, de una progresía culta, estilo Criterio. Sin embargo, la base en la que reposan es la misma, y no sé si llamarla paganismo o liberalismo, o paganismo liberal, a fin de cuentas.
Veamos. Afirmar que la fe nos es dada para ejercer la moral, es una burrada bastante grande que eximiría de comentarios, al menos en este blog. Séneca, o algún otro de los filósofos paganos, podría haber dicho algo semejante: lo importante es ser buenitos y portarse bien. Ser virtuosos para que los dioses nos regalen la contemplación, podría decir Aristóteles. Y no está mal para una sociedad pagana, pero el cristianismo es tutta un´altra cosa. Es un orden radicalmente distinto del orden pagano. Ciertamente, debemos ser virtuosos y portarnos bien, pero esto es apenas un medio, y de los más básicos y elementales, para ascender a los estadios superiores de la fe, en el camino de retorno al Uno. El comentarista ha invertido el orden: la fe es un medio para ser buenos; un instrumento bastante útil para lograr que nos portemos bien, que es el fin. No me digan que no es más que una reformulación para nada sutil del mandato liberal según el cual la religión debe ser apoyada a fin de que ayude a la regulación social, es decir, a conseguir ciudadanos buenos y que hagan demasiado lío. La finalidad de la fe, y de la religión, para nuestro comentarista es ser buenos.
Y para rematarla, lo pone al Bautista como mártir de este paganismo liberal. Que si volviera Juancito le cortaría la cabeza, me parece… Un mártir es un testigo de Cristo. Es decir, alguien que da testimonio de una Persona que nos dejó un mensaje y, en ese mensaje, hay un componente moral. Y así, el mártir es mártir de Cristo, autor del mensaje, no de una parte mezquina de éste, aunque haya sido esa partecita la causa inmediata del martirio. Como si la pobre Santa María Goretti hubiese muerto por la virginidad, como podría haberlo hecho una vestal romana. Ella murió por su fe en Cristo que, en ese momento concreto, se manifestaba en la defensa de su virginidad.
Vayamos al segundo. La vida del cristiano pivotea constantemente en tres virtudes: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Sin ellas, no se es cristiano. Y la Caridad, la más importante de todas y que consiste en el amor a Dios, necesariamente debe derramarse en un amor concreto a los demás. Y así, efectivamente, el cristiano debe ayudar al otro y, de entre ellos, a los más débiles y necesitados, en todo sentido. La historia de la Iglesia es una buena muestra de este razonamiento. Podemos decir que esta acción social sobrenaturalizada aparece ex abundantia cordis: porque hay Caridad, hay ayuda a los demás.
Sin embargo, el segundo comentarista, como el primero, invierte los términos: para él, el cristianismo se resuelve en ayudar a los pobres. No hay aquí ni abundancia ni corazón. Lo que hay, es pura acción filantrópica. En otros términos, la religión, y las religiones, son no más que grandes, efectivas y honestas ONG que, con su accionar, contribuyen a lograr una sociedad mejor y más justa. Los gobiernos deberán apoyar entonces a estas antiguas ONG a fin de lograr mejores ciudadanos. Un postulado que sería suscrito por cualquier liberal y, seamos honestos, por muchos -la mayoría- de los obispos argentinos.
En definitiva, no entendieron la esencia del cristianismo. No son religiosos. A lo sumo, son éticos.

martes, 3 de julio de 2012

Obispos carnales


Siguiendo con el tema de los devaneos gastronómicos de Bargalló, recomiendo vivamente la lectura del texto de Antonio Caponnetto en el que claramente marca las íes del problema. Allí utiliza una expresión que me pareció muy acertada y esclarecedora. Sindica a muchos de nuestros obispos, con pruebas a la vista, de “obispos carnales”. Me parece que merece una reflexión.
Muchos de los participantes de este blog -y yo a la cabeza de todos- tendemos en ciertas circunstancias a tirar el agua sucia de la tina con el bebé adentro. Entonces, cuando digo, y decimos, que el Barroco y los siglos posteriores “genitalizaron” la moral e incluso la religión, sin dejar de ser cierto, no por eso debemos desconocer la importancia que tiene para la vida espiritual el cuidado de la genitalidad. Dicho de otro modo, si los santos y maestros del Barroco insistieron en ese aspecto, por algo será, aunque a algunos se les haya ido la mano.
El problema de los pecados de la carne, me parece a mí, es que carnifican, y materializan, al hombre de un modo cada vez más intenso y acelerado. “Nos volvamos, patrón”, le decía el peón al inglés que se adentraba en el pantano siguiendo a la garza herida, nos cuenta Castellani en las Camperas. Pero tanto se metió el inglés, que después no pudo salir, de tan enlodado y pesado que estaba. Es que de la ciénaga, nos saca Dios, o no nos saca nadie, concluye el Cura. Y ahí está el problema. Estoy seguro que a Maccarone, de seminarista o joven sacerdote, jamás se le hubiera ocurrido que terminaría en la abyección en la que terminó. Un abismo llamó a otro abismo y la carne llamó a la carne.
Jack Tollers, en su Catena argéntea, pone el texto de alguien (no recuerdo de quien, y no lo puedo encontrar), en el que dice que el hombre carnal es incapaz de juzgar espiritualmente. Está ciego para las cosas del espíritu. Pienso, entonces, en nuestros obispos carnales. No hay modo que pretendamos que nos hablen de las cosas espirituales. Sus discursos provendrán de la carne y por eso, son diletantes de la sociología y la religión que nos enseñan no trasciende este mundo de materia.
San Alberto Magno, doctor de la Iglesia, enseña que el hombre, en su camino de retorno al Padre, del cual salió, “desmaterializa” a las cosas materiales de este mundo, para arrastrarlas consigo en su regreso a la Unidad. Es decir, el hombre, al ejercer su naturaleza humana, plenificado con la gracia, espiritualiza a la creación. Los obispos carnales -y esto lo digo yo-, son incapaces de desmaterializar o de espiritualizar a los fieles que les fueron dados. Los dejan con ellos en la noche. Para ellos, la noche no ha pasado, como anuncia San Pablo.
Que Dios tenga misericordia de sus almas!

Lectura recomendada: Simone Weil. El Espíritu sopla donde que quiere, de Carlos Baliña. Puede bajarse desde aquí