¿Por qué
desdeñaríamos a un hombre que
encontrándose
en la cárcel,
intentara
fugarse y volver a su casa?
¿Y por qué
lo menospreciaríamos, si,
cuando cae en la cuenta de que no puede salir,
se pone a
pensar y a hablar de otras cosas
y no sobre
los carceleros y las paredes de su prisión?
Al recurrir
así a este vocablo "Escape",
los
críticos han elegido la palabra equivocada,
y, lo que es peor, están confundiendo
—y no
siempre es un error inocente—
el Escape
del Prisionero con la Huída del Desertor.
J.R.R. Tolkien
Si alguno
se imagina que sabe alguna cosa,
vaya
enterándose que aún no sabe nada,
como se
debe saber.
I Cor. 8:2
Se entregó
por nuestros pecados,
para
sacarnos de este presente siglo malo.
Gál. I:4
A propósito
del desencadenamiento de malas noticias todos los días, de la catarata de
bergoglemas con que nos desayunamos todos los días, nos hemos puesto a
conversar, el Anónimo Normando y yo, sobre los peligros de la hora.
Y para empezar, hemos coincidido
que uno de esos peligros consiste en dejarnos encerrar demasiado, que corremos
el riesgo de hacemos dependientes del enemigo que tenemos enfrente y nos
quedamos como hipnotizados por el basilisco que no deja de mirarnos, como el
ojo de Sauron.
Y nos pareció que hay que
escaparse de eso.
Un poco. Y bien.
Allí fue que el Anónimo Normando
recordó el texto de Tolkien que encabeza esta nota, la distinción primera que
hemos de hacer, entre escapes legítimos y falsos escapismos, entre el escape
del prisionero y la huída del desertor.
Pero claro, me apresuro a
reconocerlo redondamente: esta es materia difícil, este asunto de los
escapismos, de las escapadas, de las escapaditas y de los grandes escapes. Y la
dificultad está, antes que en ninguna otra cosa, en las numerosas y tediosas
distinciones a las que estamos obligados al dirigirnos a esta cuestión. Para
facilitar un poco la inteligencia de todo esto, me propongo usar aquí la
palabra equívoca que dice Tolkien, del siguiente modo: "escape" por
cosa legítima, necesaria, buena y sensata; "escapismo" por falsas
salidas, rumbos erróneos, cobardes huídas y actitudes insensatas
Pero antes que nada, hemos de ver
de dónde nos queremos escapar, de qué diablos.
A modo de ejemplo, hay quiénes
quieren escaparse de todo, sencillamente, y se suicidan (conocí personalmente a
uno, uno que supo ser amigo, y presumo de entenderlo un poco, un poco
bastante). Pero eso está mal, claro, que se parece más a la fuga del desertor
que dice don Tolkien y no tanto al Gran Escape que aquí propongo. Porque
nosotros no somos del mundo, pero estamos en él, presos por un tiempo, por
Voluntad de Uno que sabe más. Y que vino a rescatarnos de esta cárcel de
maneras y modos muy suyos (y ya se los dije, ya les avisé: esto no es fácil de
entender).
Están los que se quieren escapar
de la pesadez de esta existencia, del aburrimiento, del tedio de esta vida y lo
procuran drogándose o entregándose al alcohol o prolongando artificialmente las
horas de sueño (ay, si sabremos de esto). Son pequeños escapes, a veces
legítimos, pero muy a menudo, no. Como decía Chesterton, hay que beber porque
uno está feliz, no para estarlo. Y ahí tienen otra distinción (que, como decía
el mismo Gordo, distinguir es propio de gente distinguida).
A veces, se recurre a esto como
quien quiere anestesiarse, como si dijéramos, para ir llevándola. Cristo se
negó: "Le dieron a beber vino mezclado con hiel; y gustándolo, no quiso
beberlo" (Mt. 27:32).
Pero claro, no es para todos la
bota del potro. Así y todo, conviene andar con pies de plomo en esto también,
andar con cuidado con esto de anestesiarse, pues la inclinación se hace cada
vez más fuerte y el escape puede terminar mal (que así se murió el gran Michael
Jackson).
Con la droga, no puede terminar
de otro modo. Con el alcohol—bueno, el tema es tan grande y la materia tan
intrincada que lo dejaré para otra vez.
Baste indicar aquí con Santo Tomás que toda destemplanza se enraíza en
una fuerte inclinación que tenemos hacia la nada… de donde venimos y hacia la que
tendemos (por lo menos hacia allí se inclina la mitad de nuestra naturaleza,
compuestos como estamos de ser y nada).
Y en cualquier caso, ¿cómo nos
escaparíamos de este siglo malo acentuando la solicitación terrena? (Y es de
saber que hay modos sutiles de acentuarla, no sólo alimentando la
concupiscencia, a veces con la excusa de "meternos en política", a
veces dejándonos enredar en los negocios de la vida).
Hay quienes quieren escaparse de
la vulgaridad que nos rodea, de la democratización de todo, del generalizado
cretinismo de los profesores, periodistas, publicistas y polígrafos que dominan
por doquier, y el escape sería con recurso a cosas más elevadas, las artes, un
buen libro, la música o la poesía. Y eso puede estar muy bien. Y otras veces,
no tanto. Porque depende del modo en que uno se refugia en todo esto. Hay casos
en que uno busca salida hacia cosas superiores, más refinadas, más bellas,
escapando así de lo plebeyo, de lo vulgar, de lo feo que lo rodea: y eso es
bueno, y eso es necesario, y eso está muy bien. Pero existe un modo desordenado
de huir hacia todo eso, sobre todo cuando lo que lo impulsa hacia la cultura y
el refinamiento procede más de una suerte de esnobismo, de un resentimiento
invertido, de un desprecio por las masas envilecidas por la propaganda y no de
un sencillo instinto, de un gusto desarrollado por lo mejor, por la "areté",
por el "aristos" (las estupideces que en esta materia profiere
Bergoglio, tienen siempre un alguito de verdadero, que si no fuera así, sus
dichos caerían en saco roto). Como digo, depende.
El historiador, por ejemplo, que
escapa hacia el pasado, huyendo de ese "presente siglo malo" que dice
San Pablo, puede hacerlo bien y puede que no tanto. Si lo hace impulsado por un
fuerte apetito de saber, de conocer la verdad de lo que pasó, de averiguar qué
fue lo que sucedió, su escape en el tiempo es legítimo y muy bueno, y cuando
vuelva al presente, vendrá enriquecido con cosas que aprendió a fuerza de
estudiar lo pasado. Pero hay historiadores, ya saben ustedes, que nunca vuelven
del pasado y sólo estudian y leen cosas de "en antes" para no tener
que enfrentar lo que les toca en el aquí y el ahora. Y ese escape se parece más
a la huída del desertor, y eso está mal.
Por no hablar del escape hacia el
futuro que constituye la tara del progresista (el futuro no existe y por eso
escaparse hacia allí resulta un ejercicio harto peligroso). Claro que estudiar
las profecías y las cosas por venir puede realizarse bien, sobre todo si se
escudriñan los signos de los tiempos con ánimo parusíaco, con nostalgia por el
Rey que Viene. Y eso no es escaparse para adelante, eso es instalarse en el
centro de la realidad toda.
También está los que se escapan
de la vida social, que se refugian en una soledad buscada, que se apartan de la
vida amical auto-excomulgándose. Esto se puede hacer bien, como lo repetían sin
cesar los Padres del Desierto, los anacoretas del s. IV, si es por el bien,
precisamente, de los demás. Ahora, si uno se aisla, se insulariza
deliberadamente apartándose de los demás para su propio provecho… pues, no se
aprovechará nada y quedará preso de sí mismo. De uno mismo sólo se puede
escapar en forma de compasión, gratitud, alabanza y celebración de los demás
(contra Sartre diríamos que "los otros son el cielo", y no estará de
más recordar aquí la oración de aquel niño, ¿no?, "Señor, que los malos
sean buenos, y que los buenos sean simpáticos").
Ahora bien, Dios nos ha dado
muchas y muy variopintas maneras de escaparnos (por un rato) del tedio de esta
vida y de este tipo de escapaditas hay para todos los gustos: desde el golf
hasta la pesca, desde el juego hasta la tauromaquia, desde el ajedrez hasta la
filatelia, desde la natación hasta la taxidermia, la jardinería o un buen
viaje, o un veraneo, y todos aquellos "metaxu" que decía la Simona Weil.
Y eso contribuye al bien de todos nosotros, de nosotros y de los que nos
rodean, eso contribuye decisivamente a la riqueza de la existencia. Con tal de
que lo tomemos un poco a la ligera, con tal de que nunca nos lo creamos del
todo, que no lleguemos a pensar ni por un instante, que esas cosas, tan
divertidas, tan lindas, constituyen un refugio definitivo, un escape completo,
una ciudadela para instalarse definitivamente. Son, como dice Lewis, posadas a
la vera del camino (¡y no desdeñaremos una buena cerveza!). Pero en algún punto
hay que retomar la peregrinación, porque "no tenemos aquí ciudad
permanente" (Hebreos, 13:14).

Pero sí, hay otros modos de
escaparnos del presente siglo malo. La oración, por ejemplo; aunque hay casos
aquí también, y conozco demasiados, en que se reza "con los ojos
cerrados" (Castellani), no tanto buscando las cosas de arriba ("pensad
en las cosas de arriba"—Col 3:3) cuanto huyendo del puesto de combate, del
oficio de centinela, del deber de profeta, de magisterio, de consolar a los
demás, de la obligación que sea: Dios tiene asignado un puesto para cada cual y
siempre podemos abandonarlo malamente, huyendo como desertores (si me apuran,
ahí tienen al último Papa, un escapista profesional).
La verdadera liturgia (la
liturgia divina) constituye un inmenso escape del presente siglo malo. En sus
rúbricas y rituales, en sus pasos de danza, en sus fórmulas y vestidos, en su
música e incienso, en sus diversas posturas y juegos de luz y de sombras… toda
la liturgia constituye una especie de enorme recordatorio de que no somos de
aquí y participando de todo eso se nos facilita el escape del mundo (y en
cambio, la liturgia posconciliar, la desacralizada y desacralizante, no es sino
todo lo contrario, la teatralización de la inmanencia, de la "svolta
antropologica", la dramatización de nuestra condición mundana que no
constituye sino un refuerzo de los cerrojos de esta cárcel que nos toca en
suerte. Como decía Gamber el celebrante de cara al pueblo, cierra un círculo
del que no se puede salir).
Las conclusiones son
inescapables: estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Estamos de paso.
Cristo murió por nuestros pecados y vino a sacarnos del presente siglo malo. Como
lo dice San Pablo, otra vez: "Él nos ha arrebatado de la potestad de las
tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor" (Col. 1:13).
De manera que por razón de nuestra
condición actual, la de prisioneros cumpliendo una "probation" es
natural que nos querramos escapar de aquí (aunque sea por un rato, aunque sea
un poquito). Y ponemos toda nuestra esperanza en "la gracia que se nos
traerá cuando aparezca Jesucristo" (I Pet. 1:13) nuestro Redentor, el que
nos sacará de acá de una vez y para siempre "porque lo de antes pasó"
(Apoc, 21:4).
Pero antes de eso, nada,
contaremos con pequeños "escapes", lícitos, necesarios y buenos, pero
no se nos permitirá quedar fijas las "miradas en el cielo, mientras Él se
alejaba" sin que dos varones vestidos de blanco nos lo reproche: "Varones
de Galilea, ¿por qué quedáis aquí mirando al cielo?".
Como se ve este asunto de los
escapes y de los escapismos tiene más de una vuelta de tuerca.
Digan que los dos varones
vestidos de blanco también nos hizo una promesa: "Este Jesús que de en
medio de vosotros ha sido recogido en el cielo, vendrá de la misma manera que
lo habéis visto ir al cielo" (Hechos 1:11).
¿Vendrá? ¿De la misma manera?
Sí, para abolir el presente siglo
malo.
Y entonces sí, de eso (y de lo
que sigue) nadie podrá escaparse.
Jack Tollers