lunes, 19 de mayo de 2014

Rumores en la Cúpula

Llama la atención en Roma la aparición de los prelados más papistas que el Papa. Como contracara de la llamada resistencia de los señalados como conservadores, comienza a aparecer un nuevo perfil de obispos: los que leen los gestos de Francisco y los exageran por su parte. El caso más llamativo es el secretario de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI). Monseñor Nunzio Galantino fue nombrado en ese cargo directamente por el Papa, y lo ha distinguido nuevamente con una próxima visita a su pequeña, alejada y sufriente diócesis. Pero Galantino no quiso participar de la reunión de alumnos y profesores de escuelas y colegios católicos. Fue una multitud (trescientos mil, dicen) que aclamó al Papa en la Plaza de San Pedro y llenó la via della Conciliazione. El Papa los entusiasmó y alabó la tarea de la escuela católica. Ahora mons. Galantino se despachó desacreditando irónicamente a los fieles laicos pro-vida que rezan delante de las clínicas donde se practican abortos. Despertó una fuerte e inteligente reacción laical, a la que no ha sabido responder (al menos por ahora).
Tanto en clérigos como en laicos se va viendo cada vez más clara la opción por usar la libertad de los fieles que reconoce el mismo Código de Derecho Canónico. Actuar con fidelidad a la doctrina explícita y clara. Si es con el beneplácito de la jerarquía, mejor. Si no lo es, no es imprescindible. También el criterio de hacer efectiva la descentralización, disminuir la papa-dependencia, y fortalecer las comunidades locales. Hay plena confianza en que el Papa no modificará ni un ápice de la doctrina. Que a lo sumo promoverá costumbres o acciones innovadoras y en desacuerdo con la disciplina vigente. Pero nada más (que ya es mucho).
En otro orden, les comento algo con referencia a la Argentina. Desde la elección de Francisco, los medios de prensa que se leen en los ambientes eclesiásticos prestan atención a las noticias que vienen de la Iglesia en la Argentina. Antes no existían esas noticias. Obviamente, siempre hay una referencia indirecta, como si fuera una iglesia modélica: de la que surgió el Papa (como en los 80' se miraba a Polonia). En los últimos días aparecieron las noticias del contrapunto de los obispos argentinos y el gobierno. En el medio, la existencia de llamadas ida y vuelta con Santa Martha a ese propósito. Esas crónicas abonan los comentarios romanos sobre lo que se señala (críticamente) como el estilo del VDR (vescovo di Roma): alentar direcciones de acción opuestas, con medias frases y gestos de lectura abierta.
El último sábado, en lo que parecía un apacible día de primavera romana, una conversación telefónica con Buenos Aires le trajo malestar al Papa. A pesar de las aclaraciones de Tucho Fernández y de los esfuerzos de Mons. Arancedo que visitó a la Presidenta, surgió la novedad de que nuevamente ella no asistirá a la Catedral para el 25 de Mayo. Lo que parecía un nuevo rumbo en las relaciones con el gobierno, y la idea de Francisco de que el último tramo del gobierno de Cristina fuera en buena relación y con acompañamiento de la Iglesia, se empantanó. La noticia no cayó bien. Se puede interpretar que tanto por el freno al objetivo principal, como por el deslucimiento que significa a la actuación de los alfiles episcopales de Bergoglio (léase Fernández, Lozano y Sucunza) que estaban quedando anotados como la primera línea de la CEA. También se entiende que la figura del Nuncio permanece bastante al costado en todo este trámite.
El cardenal Jorge Mejía está cada vez más delicado de salud. Sus episodios de agravamiento y de internación se repiten cada vez con mayor frecuencia. El Papa lo bromea amistosamente con una expresión de raigambre peronista: para un Jorge no hay mejor que otro Jorge.
La primavera está hermosa y la sombra del Cuppolone es una maravilla.
 
Dall'ombra der Cuppolone

 

viernes, 16 de mayo de 2014

De escapes y de escapismos


¿Por qué desdeñaríamos a un hombre que
encontrándose en la cárcel,
intentara fugarse y volver a su casa?
¿Y por qué lo menospreciaríamos, si,
 cuando cae en la cuenta de que no puede salir,
se pone a pensar y a hablar de otras cosas
y no sobre los carceleros y las paredes de su prisión?
Al recurrir así a este vocablo "Escape",
los críticos han elegido la palabra equivocada,
 y, lo que es peor, están confundiendo
—y no siempre es un error inocente—
el Escape del Prisionero con la Huída del Desertor.
J.R.R. Tolkien

Si alguno se imagina que sabe alguna cosa,
vaya enterándose que aún no sabe nada,
como se debe saber.
I Cor. 8:2

Se entregó por nuestros pecados,
para sacarnos de este presente siglo malo.

Gál. I:4 

A propósito del desencadenamiento de malas noticias todos los días, de la catarata de bergoglemas con que nos desayunamos todos los días, nos hemos puesto a conversar, el Anónimo Normando y yo, sobre los peligros de la hora.
Y para empezar, hemos coincidido que uno de esos peligros consiste en dejarnos encerrar demasiado, que corremos el riesgo de hacemos dependientes del enemigo que tenemos enfrente y nos quedamos como hipnotizados por el basilisco que no deja de mirarnos, como el ojo de Sauron.
Y nos pareció que hay que escaparse de eso.   
Un poco. Y bien.

Allí fue que el Anónimo Normando recordó el texto de Tolkien que encabeza esta nota, la distinción primera que hemos de hacer, entre escapes legítimos y falsos escapismos, entre el escape del prisionero y la huída del desertor.
Pero claro, me apresuro a reconocerlo redondamente: esta es materia difícil, este asunto de los escapismos, de las escapadas, de las escapaditas y de los grandes escapes. Y la dificultad está, antes que en ninguna otra cosa, en las numerosas y tediosas distinciones a las que estamos obligados al dirigirnos a esta cuestión. Para facilitar un poco la inteligencia de todo esto, me propongo usar aquí la palabra equívoca que dice Tolkien, del siguiente modo: "escape" por cosa legítima, necesaria, buena y sensata; "escapismo" por falsas salidas, rumbos erróneos, cobardes huídas y actitudes insensatas
Pero antes que nada, hemos de ver de dónde nos queremos escapar, de qué diablos.
A modo de ejemplo, hay quiénes quieren escaparse de todo, sencillamente, y se suicidan (conocí personalmente a uno, uno que supo ser amigo, y presumo de entenderlo un poco, un poco bastante). Pero eso está mal, claro, que se parece más a la fuga del desertor que dice don Tolkien y no tanto al Gran Escape que aquí propongo. Porque nosotros no somos del mundo, pero estamos en él, presos por un tiempo, por Voluntad de Uno que sabe más. Y que vino a rescatarnos de esta cárcel de maneras y modos muy suyos (y ya se los dije, ya les avisé: esto no es fácil de entender).
Están los que se quieren escapar de la pesadez de esta existencia, del aburrimiento, del tedio de esta vida y lo procuran drogándose o entregándose al alcohol o prolongando artificialmente las horas de sueño (ay, si sabremos de esto). Son pequeños escapes, a veces legítimos, pero muy a menudo, no. Como decía Chesterton, hay que beber porque uno está feliz, no para estarlo. Y ahí tienen otra distinción (que, como decía el mismo Gordo, distinguir es propio de gente distinguida).
A veces, se recurre a esto como quien quiere anestesiarse, como si dijéramos, para ir llevándola. Cristo se negó: "Le dieron a beber vino mezclado con hiel; y gustándolo, no quiso beberlo" (Mt. 27:32).
Pero claro, no es para todos la bota del potro. Así y todo, conviene andar con pies de plomo en esto también, andar con cuidado con esto de anestesiarse, pues la inclinación se hace cada vez más fuerte y el escape puede terminar mal (que así se murió el gran Michael Jackson).
Con la droga, no puede terminar de otro modo. Con el alcohol—bueno, el tema es tan grande y la materia tan intrincada que lo dejaré para otra vez.  Baste indicar aquí con Santo Tomás que toda destemplanza se enraíza en una fuerte inclinación que tenemos hacia la nada… de donde venimos y hacia la que tendemos (por lo menos hacia allí se inclina la mitad de nuestra naturaleza, compuestos como estamos de ser y nada).
Y en cualquier caso, ¿cómo nos escaparíamos de este siglo malo acentuando la solicitación terrena? (Y es de saber que hay modos sutiles de acentuarla, no sólo alimentando la concupiscencia, a veces con la excusa de "meternos en política", a veces dejándonos enredar en los negocios de la vida).
Hay quienes quieren escaparse de la vulgaridad que nos rodea, de la democratización de todo, del generalizado cretinismo de los profesores, periodistas, publicistas y polígrafos que dominan por doquier, y el escape sería con recurso a cosas más elevadas, las artes, un buen libro, la música o la poesía. Y eso puede estar muy bien. Y otras veces, no tanto. Porque depende del modo en que uno se refugia en todo esto. Hay casos en que uno busca salida hacia cosas superiores, más refinadas, más bellas, escapando así de lo plebeyo, de lo vulgar, de lo feo que lo rodea: y eso es bueno, y eso es necesario, y eso está muy bien. Pero existe un modo desordenado de huir hacia todo eso, sobre todo cuando lo que lo impulsa hacia la cultura y el refinamiento procede más de una suerte de esnobismo, de un resentimiento invertido, de un desprecio por las masas envilecidas por la propaganda y no de un sencillo instinto, de un gusto desarrollado por lo mejor, por la "areté", por el "aristos" (las estupideces que en esta materia profiere Bergoglio, tienen siempre un alguito de verdadero, que si no fuera así, sus dichos caerían en saco roto). Como digo, depende.
El historiador, por ejemplo, que escapa hacia el pasado, huyendo de ese "presente siglo malo" que dice San Pablo, puede hacerlo bien y puede que no tanto. Si lo hace impulsado por un fuerte apetito de saber, de conocer la verdad de lo que pasó, de averiguar qué fue lo que sucedió, su escape en el tiempo es legítimo y muy bueno, y cuando vuelva al presente, vendrá enriquecido con cosas que aprendió a fuerza de estudiar lo pasado. Pero hay historiadores, ya saben ustedes, que nunca vuelven del pasado y sólo estudian y leen cosas de "en antes" para no tener que enfrentar lo que les toca en el aquí y el ahora. Y ese escape se parece más a la huída del desertor, y eso está mal.
Por no hablar del escape hacia el futuro que constituye la tara del progresista (el futuro no existe y por eso escaparse hacia allí resulta un ejercicio harto peligroso). Claro que estudiar las profecías y las cosas por venir puede realizarse bien, sobre todo si se escudriñan los signos de los tiempos con ánimo parusíaco, con nostalgia por el Rey que Viene. Y eso no es escaparse para adelante, eso es instalarse en el centro de la realidad toda.
También está los que se escapan de la vida social, que se refugian en una soledad buscada, que se apartan de la vida amical auto-excomulgándose. Esto se puede hacer bien, como lo repetían sin cesar los Padres del Desierto, los anacoretas del s. IV, si es por el bien, precisamente, de los demás. Ahora, si uno se aisla, se insulariza deliberadamente apartándose de los demás para su propio provecho… pues, no se aprovechará nada y quedará preso de sí mismo. De uno mismo sólo se puede escapar en forma de compasión, gratitud, alabanza y celebración de los demás (contra Sartre diríamos que "los otros son el cielo", y no estará de más recordar aquí la oración de aquel niño, ¿no?, "Señor, que los malos sean buenos, y que los buenos sean simpáticos").    
Ahora bien, Dios nos ha dado muchas y muy variopintas maneras de escaparnos (por un rato) del tedio de esta vida y de este tipo de escapaditas hay para todos los gustos: desde el golf hasta la pesca, desde el juego hasta la tauromaquia, desde el ajedrez hasta la filatelia, desde la natación hasta la taxidermia, la jardinería o un buen viaje, o un veraneo, y todos aquellos "metaxu" que decía la Simona Weil. Y eso contribuye al bien de todos nosotros, de nosotros y de los que nos rodean, eso contribuye decisivamente a la riqueza de la existencia. Con tal de que lo tomemos un poco a la ligera, con tal de que nunca nos lo creamos del todo, que no lleguemos a pensar ni por un instante, que esas cosas, tan divertidas, tan lindas, constituyen un refugio definitivo, un escape completo, una ciudadela para instalarse definitivamente. Son, como dice Lewis, posadas a la vera del camino (¡y no desdeñaremos una buena cerveza!). Pero en algún punto hay que retomar la peregrinación, porque "no tenemos aquí ciudad permanente" (Hebreos, 13:14).  
Pero sí, hay otros modos de escaparnos del presente siglo malo. La oración, por ejemplo; aunque hay casos aquí también, y conozco demasiados, en que se reza "con los ojos cerrados" (Castellani), no tanto buscando las cosas de arriba ("pensad en las cosas de arriba"—Col 3:3) cuanto huyendo del puesto de combate, del oficio de centinela, del deber de profeta, de magisterio, de consolar a los demás, de la obligación que sea: Dios tiene asignado un puesto para cada cual y siempre podemos abandonarlo malamente, huyendo como desertores (si me apuran, ahí tienen al último Papa, un escapista profesional).
La verdadera liturgia (la liturgia divina) constituye un inmenso escape del presente siglo malo. En sus rúbricas y rituales, en sus pasos de danza, en sus fórmulas y vestidos, en su música e incienso, en sus diversas posturas y juegos de luz y de sombras… toda la liturgia constituye una especie de enorme recordatorio de que no somos de aquí y participando de todo eso se nos facilita el escape del mundo (y en cambio, la liturgia posconciliar, la desacralizada y desacralizante, no es sino todo lo contrario, la teatralización de la inmanencia, de la "svolta antropologica", la dramatización de nuestra condición mundana que no constituye sino un refuerzo de los cerrojos de esta cárcel que nos toca en suerte. Como decía Gamber el celebrante de cara al pueblo, cierra un círculo del que no se puede salir).
Las conclusiones son inescapables: estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Estamos de paso. Cristo murió por nuestros pecados y vino a sacarnos del presente siglo malo. Como lo dice San Pablo, otra vez: "Él nos ha arrebatado de la potestad de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor" (Col. 1:13).
De manera que por razón de nuestra condición actual, la de prisioneros cumpliendo una "probation" es natural que nos querramos escapar de aquí (aunque sea por un rato, aunque sea un poquito). Y ponemos toda nuestra esperanza en "la gracia que se nos traerá cuando aparezca Jesucristo" (I Pet. 1:13) nuestro Redentor, el que nos sacará de acá de una vez y para siempre "porque lo de antes pasó" (Apoc, 21:4).   
Pero antes de eso, nada, contaremos con pequeños "escapes", lícitos, necesarios y buenos, pero no se nos permitirá quedar fijas las "miradas en el cielo, mientras Él se alejaba" sin que dos varones vestidos de blanco nos lo reproche: "Varones de Galilea, ¿por qué quedáis aquí mirando al cielo?".
Como se ve este asunto de los escapes y de los escapismos tiene más de una vuelta de tuerca.
Digan que los dos varones vestidos de blanco también nos hizo una promesa: "Este Jesús que de en medio de vosotros ha sido recogido en el cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto ir al cielo" (Hechos 1:11).     
¿Vendrá? ¿De la misma manera?
Sí, para abolir el presente siglo malo.
Y entonces sí, de eso (y de lo que sigue) nadie podrá escaparse.

    Jack Tollers

jueves, 15 de mayo de 2014

Quod non fecerunt daemonia...

... fecit Franciscus!
Efectivamente. El P. Fortea es un conocido exorcista español que ha pasado décadas cazando fantasmas y expulsando demonios. Es, también, un celebérrimo neocon.
Pues bien, la lobotomización que no lograron hacer los demonios expulsados a pesar del rencor que guardaban por el preste, la ha hecho el papa Francisco.
La estupidez y la abdicación de la inteligencia de los neocones ya no tiene nombre!


Esto es lo que el P. Fortea ha publicado en su blog:

La Iglesia siempre ha condenado el adulterio. El adulterio es una traición. Pero, por poner sólo un ejemplo de entre muchos posibles, creo que si la hay debemos buscar una solución para el pobre chico que a los veintinueve años de edad su mujer abandonó tras un año de matrimonio, y que tras muchos años de soledad y dolor encontró una mujer que le amaba y hacia la que lleva una vida de unión y fidelidad desde hace más de un cuarto de siglo. ¿Se debe calificar de vida de adulterio a esta nueva unión?
Creo firmemente todo lo que se dice en el Catecismo acerca del matrimonio. Pero no creo que el Catecismo diga todo lo que se puede saber sobre el matrimonio. Tengo la íntima convicción de que el Espíritu Santo sobrevolará al Colegio Cardenalicio para aconsejar sabiamente al Santo Padre. Y que el Sucesor de Pedro con los Príncipes de la Iglesia venidos a Roma de todo el mundo, nos darán una palabra de luz sobre este tema. Palabra, sea cual sea, que aceptaremos externa e internamente. Porque quien a vosotros escucha, a mí me escucha"

lunes, 12 de mayo de 2014

Chismes del Cuppolone

La idea de promover en el interior de la Iglesia el debate y la formación de opinión pública libre está en marcha. Aunque a más de uno desoriente, el modelo (visto un poco de lejos y con matices) es el National Catholic Reporter de USA.
Una prueba de esta nueva línea es la salida a la plaza de los medios de cardenales que rebaten al cardenal Kasper sobre la comunión de los divorciados vueltos a casar por civil.
Aunque las simpatías del Papa estén con Kasper, ha dado instrucciones para que, previo al Consistorio sobre el tema, se anticipen las posiciones. La mayoría parece ir contra Kasper, como ocurrió cuando hizo la presentación de su relazione. Ya publicaron sus fundadas opiniones los cardenales Cafarra, Brandmüller y De Paolis. No son desdeñables y van mostrando el escenario tal como se plantea. Hasta ahora ningún cardenal salió a apoyar en público, y con un escrito razonado, a Kasper. Unas declaraciones de Rodriguez Maradiaga más bien lo desacreditaron, como quien habla sin medir sus palabras.
Otro tema que se comenta es que los trabajos del G8 o G9 de cardenales para la reforma de la Curia van tomando perfil más realista, en cuanto advierten que no es lo mismo opinar y lanzar desideratas que gobernar. Esto hace que las cosas vayan más lentas. Hasta ahora lo más seguro es que se vaya al accorpamento de algunas oficinas (agrupamiento de Consejos Pontificios. Es reducción de estructuras, algunas verdaderamente duplicadas de modo innecesario. Pero hay mucha resistencia: nadie quiere desaparecer en su autonomía relativa. Para dar una señal de avance se eligió una dirección: mayor protagonismo de los laicos, pero se hizo algo casi anodino. Al secretario del Consejo de los Laicos se le encargó la Vicepresidencia (ninguno de los dos cargos existe en el organigrama). Se trata de un histórico de los tiempos de Juan Pablo: el uruguayo Carriquiry, tan asimilado a la Curia que ya casi nadie se acuerda de que es un laico, si no fuera por la corbata, y porque en algunos agasajos se acompaña con su esposa. También se esperan algunas modificaciones de estructura en la Secretaría de Estado donde cuerda propia su titular Parolin.
Aunque el Papa no se rectificó nunca, los allegados cuentan que todavía le arde el error con el nombramiento de mons. Ricca como prelado del IOR. Es famoso el relato de que cuando estalló el escándalo por el pasado de su hombre (!!!) de confianza, Francisco interpretó que lo engañaron al no explicitarle el estado de la cuestión. Habría preguntado: “¿Cómo se dice en italiano: me hicieron un gol de media cancha?”.
En el lenguaje críptico de algunos curiales circula la sigla VDR para referirse al actual Papa; no es muy ingenioso, pero revela una cierta ironía: significa VESCOVO DI ROMA (el obispo de Roma) como él mismo se presenta.

La comunicación con la Argentina es muy fluida. Antes del domingo 4 de mayo, en alguna conversación telefónica con el Fin del Mundo, le comentaron algo que salió en los diarios porteños que no le hizo mucha gracia. Son declaraciones de un cura funcionario del gobierno kirchnerista en materia de drogadicción. Le sonó como una estupidez (desde mi lugar All'ombra der Cuppolone no conozco qué salió y ni qué dijo el cura, pero sí que no cayó nada bien). El comentario posterior de Francisco fue breve, como twitter, pero muy expresivo en un giro de fastidio. 
Dall'ombra der Cuppolone

viernes, 9 de mayo de 2014

Aprestos en Isengard

Es fácil ver ya que en el valle de Isengard, hay fuego. Con frecuencia se alzan altas llamaradas y el espeso humo negro se avizora desde lejos.
No hay duda. Saruman, el Mago Blanco, se apresta para lanzar su primer ataque sobre las praderas a fin de destruir y quemar lo que aún queda en pie. Ya ha salido en expedición un primer escuadrón de orcos, y es bueno recordar que los orcos isengardianos son más fuertes, más altos y más inteligentes que los orcos de Mordor. Al mando está el despiadado Uglúk que, a pesar de sus años, no deja de proferir rugidos aterradores.

No es solamente una brevísima variación sobre un tema tolkiniano. Es el marco sobre el que pueden leerse las últimas declaraciones del cardenal Kasper:
“Quisiera comparar esta situación con la forma en la que la Iglesia católica ve a las demás Iglesias. La Iglesia católica es la verdadera Iglesia de Cristo, pero hay otras Iglesias que tienen elementos de la verdadera Iglesia, y nosotros reconocemos estos elementos. De la misma manera, podemos decir: el verdadero matrimonio es el sacramental; el segundo no es un matrimonio en el mismo sentido, pero tiene elementos del primero: la pareja se cuida recíprocamente, están vinculados exclusivamente uno al otro, pretenden permanecer en este vínculo, cuidan a los niños, llevan una vida de oración, y así… No es la mejor situación. Es la mejor situación posible”.
“¿Vivir juntos como hermano y hermana? Naturalmente tengo un enorme respeto por los que están haciendo esto -dijo Kasper. Es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio”.

Reflexión de Ludovicus: Si el vivir en abstinencia sexual, tal como aconsejaba Juan Pablo II a las parejas de hecho, es un acto heroico al que solamente algunos pueden acceder, se sigue necesariamente que el celibato sacerdotal es también un acto heroico y no un acto arduo y difícil.
Si un obispo como Kasper, que está obligado al celibato, dice que este estado es solamente para los héroes, quiere decir que, o bien él es un héroe, o bien es un picarón.

¡Ay Gasparín, Gasparín, no quisiera estar en tu pellejo el día del juicio!

miércoles, 7 de mayo de 2014

Kérenski en Isengard

Poco tiempo después de su creación en el siglo XIII, las universidades de todos los países occidentales comenzaron a entregar un grado académico honorario que no se alcanzaba, como es habitual, luego de superar una serie de requisitos establecidos, como escribir y defender públicamente una tesis, sino por los méritos académicos que una persona poseía y que no siempre implicaban un recorrido “escolar” por esa casa de estudios. Es lo que se conoció como doctorado honoris causa.
Era una distinción que se entregaba excepcionalmente a una figura de gran prestigio e importancia en el mundo de las ciencias, de las artes o de algún otro dominio de la cultura. Se constituía para la universidad que lo concedía en una ocasión de gran importancia y formalidad: todos los profesores, ataviados con sus togas y birretes, ingresan al Aula Magna donde, solemnemente, el Rector investía con el título de Doctor Honoris Causa al personaje en cuestión, quien recibía las vestiduras académicas correspondientes, junto con el anillo y el diploma, y luego pronunciaba su clase magistral que, habitualmente, se constituían en un brillante discurso en el que descollaba la ciencia y el brillo del nuevo doctor.
Esto sucedía también, aunque sin togas ni birretes, en las universidades argentinas. Pero llegó la democracia y, peor aún, llegó el kirchnerismo y, con él, toda una recua de rectores y rectoras que tenían poco y nada de académicos y mucho de políticos, y para quienes el alto cargo universitario que ocupaban no era más que un medio de saltar a algún puesto de mayor importancia e influencia. Y es por eso que no dudaron un solo momento en utilizar todos los recursos que la universidad les ofrecía -poco importaba para ellos la importancia, historia y prosapia que los mismos pudieran tener-, a fin de congraciarse con el poder K y ser bendecidos con recursos económicos y cargos. Y pudimos ver, en la última década, como nuestras más prestigiosas universidades nacionales como Buenos Aires, La Plata, Córdoba, Cuyo, Rosario y Tucumán, comenzaron a repartir doctorados honoris causa a troche y moche. Tenemos hoy entonces pavoneándose por el mundo a prestigiosísimos doctores honoris causa: Evo Morales y Hugo Chávez; Estela de Carlotto y Mercedes Sosa; Oscar Santaolalla y Leonardo Favio; Cristina Kirchner y Ricardo Foster. Total, que estos señores rectores manosearon hasta tal punto una tradición secular que, en la actualidad, poseer un doctorado honoris causa de una universidad argentina no significa nada. Ellos habrán agradado al soberano de turno y obtenidos vaya a saber qué favores; la universidad se desprestigió, se puso en duda su seriedad y perdió credibilidad.
No cuesta mucho trabajo hacer la analogía con lo que está ocurriendo en Roma por estos días. Reemplacemos a los rectores peronistas y kirchneristas por el papa Francisco, y a los doctorados honoris causa por las canonizaciones, y tendremos el resultado. En concreto, el Sumo Pontífice está utilizando las canonizaciones para conseguir los favores y las simpatías del pueblo, pero no ya solamente del “pueblo fiel católico”, que no sé hasta dónde le importa al Santo Padre, sino del pueblo en general. En términos tolkinianos, Bergoglio está metiendo mano hasta en los recursos más antiguos y venerables que posee nuestra Madre la Iglesia para congraciarse con los millones de orcos que lo siguen y alaban a través de los medios de comunicación para, de esa manera, aumentar y consolidar su poder e influencia.
Escribo esta reflexión movido por la enorme sorpresa, indignación y tristeza que me ha producido la noticia, aparecida hace pocas horas, de que en octubre se beatificaría a Pablo VI. Llamo la atención de que se trata de un disparate mayúsculo pero, sobre todo, gravísimo. Insisto, es una situación de extrema gravedad porque con la banalización e instrumentalización de las canonizaciones a la que estamos asistiendo, no solamente la Iglesia se debilita a los ojos de sus fieles –aunque se fortalece a los del mundo-, sino que pueden llegarse a extremos que aún hoy nos cuesta avizorar. Muchos están sospechando ya una “turbo-beatificación” del padre Carlos Mugica, a partir de los homenajes que la Conferencia Episcopal Argentina le está rindiendo por estos días y, detrás, podría venirse la de Mons. Angelelli.
No se trata aquí de volver a la discusión de eruditos acerca de la probable infalibilidad de las canonizaciones. Mucho menos se trata de cuestionar si Juan XXIII o Pablo VI están o no en el cielo. No me corresponde a mí meterme en esas cuestiones. Lo que sí cuestiono es lo siguiente:
1. El líder de una institución no puede por una cuestión elemental de respeto institucional, de prudencia política, de conciencia histórica y de pudor personal, canonizar a sus antecesores inmediatos. Es un disparate; una imprudencia mayúscula que jamás sucedió en la Iglesia. Un dato estadístico lo demuestra: en mil cien años (entre 885 y 2013) la Iglesia canonizó solamente  a cinco papas: León IX (1049-1054); Gregorio VI (1073-1085); Celestino V (1294); Pío V (1566-1572) y Pío X (1903-1914). Con Francisco, en un solo año, canonizó a dos y beatificará a uno. 
2. Una canonización no implica solamente declarar que tal o cual persona se encuentra gozando de la visión beatífica sino proponer a ese tal como modelo de vida a todos los fieles cristianos, y modelo de vida implica heroicidad comprobada y evidente de sus virtudes. Francamente, yo no puedo encontrar que Juan XXIII o Pablo VI hayan ejercido de modo heroico, por ejemplo, la virtud de la prudencia. Y este no es un juicio particular; es un juicio estrictamente objetivo basado en la evidencia histórica reciente: el estado en el que quedó la Iglesia luego del Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Gordo y continuado y propagado por el Papa Afrancesado (recordemos que el papa Montini tenía particular predilección por la literatura francesa). E insisto, son datos objetivos que cualquiera puede comprobar: entre 1964 y 2004, los años más floridos de la primavera conciliar, dejaron los hábitos casi 70.000 sacerdotes y religiosos. Este es un dato estadístico. ¿Y cuántos fieles dejaron la Iglesia? Es cuestión de pasearse un domingo por los templos europeos para ver que sus misas están vacías, tan vacías como los seminarios y noviciados convertidos hoy en albergues para turistas o en centro de convenciones.
La evidencia no puede ser negada ni manipulada porque salta a la vista: a partir de datos puramente objetivos y cuantitativos resulta claro que el Concilio Vaticano II fue un rotundo fracaso y una medida de una pavorosa imprudencia. Si añadimos a estos datos las reflexiones teológicas y litúrgicas que ya todos conocemos, podemos calibrar la magnitud del daño que provocó a la iglesia la “inspiración” de don Ángelo Roncalli y la pertinacia en profundizarla de Gianni Montini.
Por estas razones y por algunas más que pueden aportar los lectores del blog, creo que la beatificación de Pablo VI constituiría en hecho gravísimo para la Iglesia.
Corolario 1: Desde hace unos días estoy experimentando la sensación de que la Iglesia ha sido tomada por personajes ajenos a ella. Como ya algunos han señalado, el papa Francisco no piensa y no actúa como católico. No tiene reflejos católicos. Es un hombre del mundo, con criterios oportunistas mundanos, que funge de católico. Huelo que es mucho menos nuestro de lo que yo pensaba.

Corolario 2: En los últimos tiempos me vuelve una y otra vez el primer centellazo que recibí el 13 de marzo de 2013 cuando lo vi asomarse a la loggia: “Éste nos va entregar”, me dije. Después me pareció un juicio exagerado. Ahora me estoy preguntando seriamente si Bergoglio no será un nuevo Kérenski y si no tendremos que comenzar a llamar al Vaticano dentro de poco con el nombre de Isengard. 

lunes, 5 de mayo de 2014

Domingo del Sin Pastor

Al último domingo, segundo de Pascua, se lo llama del “Buen Pastor” ya que en él se lee el bellísimo y enternecedor texto del evangelio de San Juan en el que Nuestro Señor se compara con el pastor bueno que da la vida por sus ovejas. Y dice: “Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen”. Y la razón por la que las ovejas conocen a su pastor es porque conocen su voz, que llama a cada una por su nombre, con el mismo tono y con la misma intensidad cada vez que se acerca a ellas.
Comparto aquí una charla al respecto entre los amigos que hacemos el Wanderer. A ellos corresponden los créditos de este post:
Si el pastor del rebaño hablara cada vez de un modo distinto, llamara con nombres diferentes a sus ovejas o, peor aún, propinara patadas y golpes con su cayado a su rebaño mientras dijera palabras amables a los lobos merodeadores sería, quizás, un mal pastor, pero lo que con mayor seguridad podemos decir es que ese aprisco estaría sin pastor, pues el suyo no cumple las funciones específicas para las cuales fue designado.
Y es esa la sensación que padecemos desde hace mucho tiempo un buen número de fieles católicos argentinos. Casi me animo a decir que tenemos el cuero curtido luego de años de abandono y persecución por parte de nuestros obispos, y ahora que justamente nuestro obispo primado llegó a Papa, la espantosa sensación de orfandad se ha intensificado. Digámoslo claramente: no tenemos pastores, excepto a algunos buenos sacerdotes y religiosos, medio perseguidos y ocultos, que nos alientan con sus palabras y nos alimentan con los sacramentos. Y quiero discutir aquí el caso más grave de todos, el del papa Francisco, que confunde continuamente a sus ovejas con cambios de discursos, de tonalidades, de nombres; propinando bastonazos a los suyos y sonrisas y halagos a los lobos.
Podemos distinguir en esto dos posturas. La primera, más dura, es la de Sherlock Holmes. Dice el detective inglés: “Yo nunca supongo nada. Es un mal hábito que destruye la facultad de pensar lógicamente. Lo que te parece extraño es solamente porque no sigues la evolución de mi pensamiento ni observas los pequeños hechos de los cuales dependen las inferencias más importantes.”.
Se trata de observar, según Holmes, los pequeños hechos a fin de deducir las inferencias mayores. Si aplicamos este principio al papado del cardenal Bergoglio, podemos encontrar muchísimos hechos en principio insignificantes si se los toma aisladamente pero que, si se los anuda unos con otros, se descubre una peligrosa red de cambios y direcciones equivocadas. Las entrevistas, llamadas telefónicas y afirmaciones casuales; el cambio en las rúbricas, el rompimiento de tradiciones seculares, la ostentación de humildad, la inacabable letanía de insultos y desprecios dirigidos hacia los católicos tradicionales y hacia la piedad tradicional, la actitud desenfadada hacia toda disciplina, la reinstalación de herejes pertinaces, las frecuentes auto-contradicciones que hacen imposible saber qué es lo que realmente cree el Pontífice, el recurso a pensadores heterodoxos, la expresión de sentimientos de afecto hacia sostenedores de ideologías peligrosas, el aliento de expectativas con muchísima anticipación de los hechos, el disimulo de malas conductas bajo el nombre de “misericordia” o “preocupación pastoral”, etc, etc. etc.
Todos estos hechos y actitudes a las que nos ha acostumbrado el papa Francisco, fácilmente comprobables a diario, parecieran, en sí mismas, no ser más que insignificancias o detalles en los que reparan solamente aquellos que siempre están prontos a criticarlo. Pero si comenzamos a armar el listado o a “tejer” los hechos, las inferencias a las que llegaría Holmes o cualquier persona sensata, son de extrema gravedad. En pocas palabras, el Sumo Pontífice tendría un objetivo muy claro y hacia él se dirigiría: arruinar (= convertir en ruinas) a la Iglesia y a la fe tal como la hemos conocido durante siglos. Si ese fuera el caso, podría ser asimilado a los apocalípticos pontífices que encontramos retratados en los libros de Benson, Castellani, Lacunza, y tantísimos otros. Las profecías se estarían, aparentemente, cumpliendo.
Pero hay otra posibilidad, por la que yo me inclino: si bien el diagnóstico descrito es acertado, hay que tener en cuenta un detalle ineludible: Bergoglio es un personaje menor, al que el papel de papa apocalíptico le queda demasiado grande, a no ser que la Providencia quisiera reírse un poco más de nosotros que siempre hemos imaginado a ese personaje como un gran príncipe lleno de inteligencia y maldad y nos cuesta verlo como un mediocre vulgar y de intelecto menguado.
El papa Francisco soporta sobre sí décadas de jesuitismo de la peor especie que le estropeó la cabeza y se la unció servilmente al intelecto práctico. Es un hombre maquiavélico que ha convertido la religión en política. Sus contradicciones son notable, pero es un fenómeno frecuentemente observable en los políticos. Cuando uno habla con un político tiene que tener en cuenta que la verdad le importa nada. El político usa la palabra para generar efectos en los sectores de opinión, en el sentido de aceptarlo y votarlo o, una vez en el poder, para fijar líneas de fuerza en la dirección que quiere llevar al rebaño. Esto provoca el hábito de considerar la palabra como una herramienta de dominio o persuasión, a despreciar toda ulterior connotación de la palabra y a quienes buscan algo más. En la persona que entra en este vicio, las contradicciones -por ejemplo, hablar continuamente de que no es más que el obispo de Roma y después irrumpir en la jurisdicción del arzobispo de Santa Fe y del párroco de los juntados- no tienen mayor entidad porque no hay una verdad ante la que responden.
Por eso está volviendo locos a todos –obispos, curas, fieles y periodistas-, porque no entra en categorías religiosas. Se desenvuelve en un campo religioso, pero sin las restricciones propias de la religión, en una especie de versión personal de lo que hay que hacer que cambia continuamente. Otra vez: esto es típico de la política, donde permanentemente los adeptos a un líder están chequeando lo que hay que pensar y hacer en un momento determinado, de acuerdo a lo que el jefe manda (¿Les suena Mons. Taussig?). Esta sensación de imprevisibilidad es lo más típico de la realpolitik moderna. Nunca se puede estar seguro porque la “ortodoxia” cambia permanentemente, de conformidad con los golpes de timón de la voluntad del jefe.
Martin Amis, en su biografía sui generis de Stalin, cuenta la historia de un poeta laureado soviético, que solía publicar en el Pravda versificaciones de la política del momento. Por ejemplo, odas a los planes quinquenales y cosas por el estilo. El personaje tuvo un día la idea de escribir un poema con el descenso a los infiernos de Hitler y su recua de fascistas, y la mala suerte de publicarlo el mismo día del pacto Ribentrop-Molotov. Stalin agarró el diario que traía la noticia en primera plana y la Oda en la sección literaria, y dijo: “Díganle a este Dante de pacotilla que seguirá escribiendo versos en Siberia”. La ortodoxia, por exigencias de la realpolitik, había cambiado. No hay principios; los principios cambian según las circunstancias y necesidades.
Claro, todo esto es historia sabida. No es más que Platón, que ya nos adoctrinó muy bien, hace dos mil quinientos años, sobre quiénes eran y cómo se comportaban los sofistas.