miércoles, 4 de mayo de 2022

El turno del cardenal Poli

 


Ayer, los medios de prensa argentinos publicaron una noticia que conocían desde hace algunas semanas y que, por alguna misteriosa razón, no aparecía en sus portales. Se trata de una inspección que realizó la Congregación para el Clero al arzobispado de Buenos Aires en relación a algunas irregularidades administrativas y financieras que serían bastante serias, si atendemos al riguroso lenguaje que expresa el informe enviado por el prefecto al cardenal Mario Poli. Pueden leer una síntesis, por ejemplo, aquí. 

Hoy, la noticia ha seguido desarrollándose y tenemos más detalles (aquí). Los periodistas, con la liviandad que los caracteriza y el mandato de proteger siempre al Papa Francisco, ofrecen una interpretación de los hechos bastante distinta de lo que verdaderamente ocurrió.

  La primera conclusión que se llega es que se trata de una excusa, o una operación, para enlodar al cardenal Poli. Mientras que algunos medios señala que el inmueble origen del entuerto es un terreno en Puerto Madero, otros insisten en que es una casa de Palermo. Y la explicación que dan en ambos casos no hace suponer ningún ilícito, y ellos mismos así lo expresan. Pero sabemos que los hechos poco importan cuando se quiere construir un relato, sea de la izquierda o de la derecha. 

El pontificado del cardenal Poli en Buenos Aires ciertamente no pasará a la historia como una gestión brillante. Nadie esperaba eso, pues no correspondía con su personalidad. Más allá de que se ha comportado como un personaje insulso y desangelado, todos saben que Su Eminencia es una persona piadosa, de fe católica, honesta y de indudable integridad moral, y es por eso que cuenta con el apoyo masivo de todos los sacerdotes de la arquidiócesis, tal como puede apreciarse en esta carta pública que le han dirigido solidarizándose con él. Y estas cualidades son las que le impidieron ser un mandadero de Bergoglio, que lo colocó en la sede porteña apenas asumido el pontificado con la ilusión de seguir gobernando su diócesis a través de una marioneta. En honor a la verdad, hay que decir que no es el primer pontífice en hacer algo semejante; los biógrafos narran que San Pío X siguió gobernando su diócesis de origen, Treviso, a través de un dócil y aguado obispo capuchino, Mons. Andrea Longhin. Lo cierto es que el cardenal Poli no fue lo sumiso que se esperaba y los bergoglianos de Buenos Aires, en complicidad con su valedor de Santa Marta, estaban esperando el momento de la venganza. 

Y aquí entra en escena el impresentable obispo auxiliar de Buenos Aires y abanderado de los lacayos de Bergoglio, Mons. Joaquin Sucunza. Un solo dato es suficiente para comprender el crédito del que goza: cuando en febrero del año pasado cumplió los 75 años y presentó la renuncia reglamentaria, el Papa Francisco lo “confirmó” como obispo auxiliar, un hecho insólito pues lo que se hace habitualmente es no aceptar su renuncia, y con eso es suficiente. La confirmación innecesaria venía al caso pues era un modo jesuita de poner presión al cardenal Poli quien, igualmente, lo despojó de su cargo de vicario para los Asuntos Económicos. Y desde ese mismo momento comenzó a tramarse la venganza.

Se trata, por supuesto, de una venganza apañada por Su Santidad. Nada se hace en Argentina sin su anuencia. Y él saca también rédito de la operación: la figura de Poli queda lo suficientemente esmerilada como para que, cuando a fines de noviembre de este año cumpla sus 75 años, sea inmediatamente relevado de su cargo el cual según se presume, será ocupado por el magister osculorum, es decir, Mons. Víctor “Tucho” Fernández, valido predilecto de Su Santidad. Algunos incluso arriesgan que es una jugada para forzar una renuncia anticipada de Poli a fin de asegurarle cuanto antes a Tucho la sede porteña pues no se sabe cuánto tiempo más de vida le queda a Francisco. 

Otros de los que queda enlodado con la operación es el P. Martín Bracht, párroco actual de San Benito de Palermo y, hasta el año pasado, de la iglesia Luján Castrense de la calle Cabildo. Muchos lectores del blog seguramente lo conocerán y todos saben que es un sacerdote ejemplar. Baste señalar que durante el confinamiento debido a la pandemia, jamás cerró su iglesia, jamás dejó de rezar misa y jamás dejó de dar la comunión en la boca. Pero a su celo pastoral se unen dos cualidades escasas en el clero: es un caballero de buena familia (su padre fue un gran amigo del P. Meinvielle y del P. Castellani) y es un buen administrador. Y es por este motivo que el cardenal Poli le encomendó tareas complejas, y fue capaz de recuperar parroquias y colegios que estaban al borde de la quiebra, y dejarlas con un importante superavit. Estas virtudes no están bien vistas en las alturas del segundo piso de la curia porteña y mucho menos por Mons. Sucunza. 

No debemos pensar sin embargo, que las carencias culturales y neuronales del clero son exclusivas de nuestro país. También ocurre en la misma curia romana. Y me refiero a una expresión que aparece en el documento remitido al cardenal Poli por la Congregación del Clero en el que, refiriéndose al P. Bracht, dice que se caracterizaría por “una búsqueda desmedida de protagonismo, incluso en detrimento de sus hermanos sacerdotes”. Cualquier persona que conozca mínimamente el ambiente clerical sabrá descubrir que se trata nada más que de una expresión de los celos y envidias de sus “hermanos sacerdotes” que aprovechan una inspección de Roma para dar rienda suelta a sus pasiones y una torpeza romana al incluir tales bajezas en un informe oficial. Sería interesante saber a qué se refieren con “búsqueda desmedida de protagonismo”, no sea que simplemente sea lo que sucede naturalmente cuando actúa una persona que posee cualidades por encima de la media: se nota enseguida, y los mediocres que lo rodean no ven más que “protagonismos”, y comienzan su labor de zapa. Lo peligroso es cuando quien les da las zapas, palas y picos es el mismo Sumo Pontífice.

En fin, una operación más, y esperemos que de las últimas, cometidas por un pontífice fracasado, cercano ya a su final (penoso y notable este video de la audiencia del día de hoy,) al que ya muy pocos prestan atención y que dejará a la iglesia argentina en una situación de crisis permanente de la que le llevará décadas recuperarse, si es que lo hace.

sábado, 30 de abril de 2022

Por una libertad católica… en la Iglesia católica

 


por el P. Claude Barthe



El actual pontificado, con su hinchazón, bien puede constituir, si no la fase terminal de la era post-Vaticano II, al menos la proximidad de su fin. Siempre y cuando haya hombres de la Iglesia que tengan la determinación necesaria para dar vuelta la página.

No cabe duda de que hoy nos encontramos en un ambiente de pre-cónclave. [1] Esto no significa que los cardenales electores tengan que reunirse mañana en la Capilla Sixtina. Pero cuando llegue el día en que se reúnan las Congregaciones Generales preparatorias, podemos esperar que se haga una evaluación sincera, que abra el camino a un valiente examen de conciencia. En su defecto, podemos esperar que se adopte una especie de realismo escénico, en virtud del cual se deje vivir y desarrollar a las fuerzas católicas que aún existen.


El contexto pesimista

Ya hemos tenido ocasión de constatar que entre los más altos prelados, no sólo los del ala conservadora, sino también una parte de la de los diversos movimientos progresistas, existe ahora una conciencia muy viva y pesimista de la secularización, considerada como fatal. La situación de la Iglesia, especialmente en Occidente, revela una reducción tal del número de fieles y de sacerdotes que se está volviendo casi invisible en algunos países. Esto ha ocasionado que se den cuenta de que todas las soluciones intentadas desde el Concilio han fracasado una tras otra: reformas a ultranza con el Papa Montini, intentos de “restauración” con Juan Pablo II y Benedicto XVI, reactivación de un conciliarismo desenfrenado con Francisco. Es fácil ver que el ecumenismo y el diálogo interreligioso del Vaticano II han contribuido a la devaluación de la misión. Sin embargo, nadie se atreve a decir abiertamente que las orientaciones de ese concilio que saltó todas las normas — a-normativo — tienen una gran parte de culpa en la catástrofe que vemos hoy. Es cierto que sólo los más ideologizados de los bergoglianos, como los jesuitas que trabajan actualmente en la preparación del Sínodo de los Sínodos, consideran que hay que ir más allá y que, además, la secularización es una “oportunidad”.

Muchos altos prelados están hoy desestabilizados por las palabras de mando contra el “clericalismo”, palabras de mando que son devastadoras para las vocaciones que quedan y que van seguidas de visitas canónicas, luego de sanciones contra las comunidades “clericales”, seminarios, diócesis, que pueden tener debilidades, pero que siguen beneficiándose de un cierto reclutamiento. También están muy perturbados por las delirantes propuestas del Camino Sinodal Alemán, con la que la asamblea del Sínodo Romano sobre la sinodalidad probablemente se comprometerá en un mecanismo probado de negociación-capitulación, haciendo propuestas que no alcanzan las propuestas alemanas pero que tendrán el valor de facto de un cheque en blanco y de no condena.

Por ello, no es difícil prever que, cuando se reúnan las Congregaciones Generales, dominen las críticas abiertas o tenues al caos actual, incluso entre los prelados progresistas: un gobierno extremadamente autoritario y escasamente sinodal, decisiones zigzagueantes, una reforma ilegible de la Curia, un fracaso estrepitoso de la diplomacia con China y una situación financiera especialmente preocupante (véanse los detalles bien informados del memorándum citado en la nota 1). En cuanto a la crítica doctrinal de los conservadores, será escuchada no sólo en lo que respecta al hiato entre la enseñanza bergogliana y la anterior (no la anterior al Concilio, sino la de los anteriores papas postconciliares): Amoris letitia que contradice a Familiaris consortio, Traditionis custodes que reescribe Summorum Pontificum, pero también sobre la síntesis teológica de las exhortaciones y encíclicas del pontificado.


¿Las fuerzas que actúan?

Todo el mundo constata que el Colegio Cardenalicio ha sido renovado en gran parte durante este pontificado con un número récord de creaciones y que se ha impedido a sus miembros reunirse, discutir y opinar libremente en los consistorios. Las predicciones sobre el peso de las tendencias en el Sacro Colegio son, por tanto, más inciertas que nunca, incluso si se asume que la mayoría es claramente progresista. Es probable que los nombramientos en el próximo consistorio traten de inclinar la balanza aún más en esta dirección.

Pero, ¿quién saldrá de esa tendencia? ¿A favor de quién votarán finalmente los cardenales Parolin, Marx y Becciu? El cardenal Tagle, de 66 años, Prefecto de Propaganda, que se ha beneficiado del apoyo inquebrantable de los jesuitas, parece demasiado cercano a Francisco y no muestra mucha profundidad teológica. El punto débil del cardenal Jean-Claude Hollerich, arzobispo de Luxemburgo, además de ser muy joven (63 años), es que es jesuita. Sandro Magister, que actualmente redobla su actividad, le ha llamado “Francisco-bis”[2], un término amargo en el contexto actual. De hecho, sus posibilidades, si es que las tiene, residen en el tipo de moderación algo ingenua con la que modera su heterodoxia: está a favor de los sacerdotes casados, pero “a largo plazo”; no está a favor de las mujeres sacerdotes, pero les confiaría gustosamente cargos de autoridad y la homilía en las celebraciones; cree que “las posiciones de la Iglesia sobre la pecaminosidad de las relaciones homosexuales son erróneas”, mientras rechaza las bendiciones de los “matrimonios” homosexuales, no tiene ningún problema con que los protestantes se acerquen a comulgar en la misa, pero se horrorizó cuando asistió a una Cena Protestante y vio que después se tiraba el pan y el vino porque cree en la Presencia Real (¿entre los protestantes?).

En el lado conservador, parece bastante improbable, al menos en esta fase, que un candidato (Robert Sarah, o con una base más amplia Peter Erdö, de 69 años, arzobispo de Budapest), pueda reunir 2/3 de los votos. Pero la contribución conservadora será necesaria para la elección de un candidato transaccional, de la izquierda liberal, que necesariamente tendrá que escuchar sus deseos. Podemos mencionar, pero sólo para dar una especie de esbozo de un candidato realista y tranquilizador, a Jean-Pierre Ricard, antiguo arzobispo de Burdeos, de 77 años, de un redondo progresismo liberal. Tal y como están las cosas, Matteo Zuppi, de 66 años, arzobispo de Bolonia, apoyado por el muy poderoso grupo de presión de Sant'Egidio, cumpliría las condiciones. ¿Podría haber otros?


Por una libertad católica... en la Iglesia católica

En el siglo XIX se produjo la siguiente situación paradójica en el sistema político francés: los más firmes partidarios de la Restauración monárquica, enemigos en principio de las libertades modernas que trajo la Revolución, abogaban sin embargo constantemente por la libertad. En definitiva, exigieron, no sin riesgo, que se les dejara espacio para vivir y expresarse: libertad de prensa, libertad de enseñanza (pero no aprovecharon las oportunidades que este espacio les brindaba para dar un giro al orden de las cosas).

En igualdad de condiciones está el sistema eclesial del siglo XXI... Desde el punto de vista católico, la perspectiva que hay que perseguir es, a la larga, la de una “restauración” más profunda que la buscada por Joseph Ratzinger/Benedicto XVI: un retorno, para reactivar una misión activa, a un magisterio de plena autoridad, separando en nombre de Cristo lo verdadero de lo falso en todas las cuestiones controvertidas de moral familiar, ecumenismo, etc. Porque es devastador para la visibilidad de la Iglesia que ya no sepamos dónde está el exterior y dónde el interior de una Iglesia minada por un cisma latente, o más bien sumergida por una especie de neocatolicismo sin dogma.

Pero, de forma más inmediata, parece que lo único que se puede conseguir es que se afloje el despotismo ideológico —no sólo el conciliar del actual pontificado— sino el más profundo que pesa sobre la Iglesia desde que se le impuso una forma blanda de creer y rezar. Es un despotismo que hace que, en nombre de la “comunión”, haya que someterse más o menos a un Concilio y a una reforma litúrgica que se plantean una especie de nuevas Tablas de la Ley.

El camino a seguir sería que un pontificado de transición diera plena libertad a todas las fuerzas vivas de la Iglesia. Si observamos el panorama francés, que puede servir de analogía para el análisis en toda la Iglesia, el catolicismo que hoy “funciona”, es decir, que llena las iglesias de fieles, sobre todo de jóvenes, de familias numerosas, que produce vocaciones sacerdotales y religiosas, que provoca conversiones, se puede resumir en dos grandes áreas. Por un lado, está lo que podría llamarse el nuevo conservadurismo, con la comunidad del Emmanuel, la comunidad de Saint-Martin (100 seminaristas en la actualidad, es decir, más que todos los seminarios diocesanos franceses juntos), la Comunidad de San Juan y los florecientes monasterios de religiosos y religiosas contemplativos. En otras partes del mundo, habrá comunidades religiosas, diócesis vigorosas, algunos seminarios. Y por otro lado, el mundo tradicionalista, con sus dos componentes, uno “oficial” y otro lefebvrista, sus lugares de culto (unos 450 en Francia), sus escuelas, sus seminarios (en 2020, el 15% de los sacerdotes franceses ordenados pertenecían a comunidades tradicionales). Se objetará que un “laissez faire, laisser passer”, aunque sea a favor de lo que produce los frutos de la misión, también está lleno de riesgos de deriva. Por lo tanto, sólo es deseable mientras permanezcamos en zonas magistrales grises e inciertas.

Sin embargo, todos son conscientes, ya sea porque lo desean o porque lo temen (cf. las motivaciones de Traditionis custodes), de que es en el mundo tradicional, por su peso simbólico, donde esta plena libertad para vivir y crecer puede dar más posibilidades de ayudar a los prelados que se decidan a “dar la vuelta a la tortilla”.


Fuente: Res Novae - Perspectives Romaine 



[1] Ver el memorandum publicado por Sandro Magister: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2022/03/15/entre-los-cardenales-circula-un-memorando-sobre-el-proximo-conclave-aqui-esta/

[2] Si el cónclave quiere otro Francisco, aquí está el programa: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2022/02/10/si-el-conclave-quiere-un-segundo-francisco-aqui-esta-el-nombre-y-el-programa/

sábado, 23 de abril de 2022

El Papa Francisco y la liturgia, una vez más

 


El archivo de este blog es testigo que, desde el momento mismo de su elección, hemos sido duros críticos del Papa Francisco. Sin embargo, y a diferencia de otros sitios similares, hemos sostenido que en la cuestión de la liturgia tradicional, tan cara para todos nosotros, el Santo Padre ha adoptado una actitud de prescindencia y que, cuando se ha visto obligado a actuar, como en el caso de Traditiones custodes, no ha hecho más que seguir la corriente progresista encabezada por Mons. Roche, pero por la que él no guarda especial afecto, como tampoco lo guarda por la misa tradicional. De hecho, no guarda afecto ni interés por la liturgia en general porque es un jesuita de tomo y lomo, y como buen hijo de San Ignacio, se dedica a las cosas importantes, dejando de lado las fruslerías y miriñaques de las ceremonias litúrgicas.

La semana pasada un nuevo hecho apoya mi hipótesis. Durante la visita que le realizó la cúpula del episcopado francés, Francisco recordó “enérgicamente que el decreto que exime a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP) de las disposiciones del Motu Proprio fue suyo”. Esto viene a cuento porque —se comenta en los pasillos vaticanos—, la permisión otorgada en febrero a la FSSP, y que de hecho se extiende a todos los institutos Ecclesia Dei, cayó muy mal en la Congregación de Culto porque echa por tierra buena parte de Traditiones custodes y menoscaba su fundamento teológico. Desde ese dicasterio, o personajes cercanos al mismo, se habrían dedicado a propagar la especie de que en realidad ese permiso no era muy claro y se dirigía sólo a una grupo muy concreto de la FSSP. Lo expresado a los obispos franceses por el Sumo Pontífice no deja lugar a dudas. 

Sin embargo, hace pocas semanas sucedió otro hecho que pasó prácticamente desapercibido y que es igualmente significativo para la hipótesis que estamos sosteniendo, y tiene como protagonistas a los católicos del rito sirio-malabar. Esta iglesia —la sirio-malabar—, es de origen apostólico pues fue fundada por el apóstol Santo Tomás en la India. Estableció vínculos con la iglesia caldea y por eso adoptó el rito propio de los persas, el rito siríaco, celebrando la liturgia en lengua siríaca y mayalalam. Luego de la llegada de los portugueses a Goa, los sirios-malabares restablecieron las relaciones con Roma y, como era previsible, su liturgia comenzó a adoptar elementos propios del rito romano. Esta contaminación se ha producido lamentablemente también en otros ritos orientales, como el maronita. 

Los papas Pío XI y, sobre todo, Pío XII impulsaron una reforma litúrgica a fin de que el rito volviera a su forma original, despojándose de las adherencias latinas. Y ha sido un proceso largo, complejo y conflictivo. La reforma culminó durante el pontificado de Juan Pablo II, y la Santa Misa en rito sirio-malabar, o Santa Qurbana, fue restaurada a su forma original. Sin embargo, surgió un problema: luego del Vaticano II, varias de las diócesis que conforman este iglesia, habían comenzado a celebrar la Santa Qurbana cara al pueblo, y abandonando de ese modo la tradición de celebrar ad orientem. Esto produjo un serio conflicto pues esta costumbre no solo latina sino moderna, impedía la uniformidad del rito. La situación tendió a resolverse el año pasado cuando el Santo Sínodo de los sirio-malabares decidió que a partir del primer domingo de adviento de 2021, el rito se unificaría y todos los sacerdotes debían celebrar la Santa Qurbana ad orientem. Sin embargo, la archieparquía de Ernakulam-Angamaly se resistió a hacerlo y recurrió a la Congregación del Culto Divino, la que, previsiblemente, respondió que no tiene competencia en estos asuntos que competen exclusivamente al santo sínodo. Los sacerdotes de esa eparquía, entonces, comenzaron una huelga de hambre a fin de que se les concediera el derecho de seguir celebrando cara al pueblo. Y la cosa llegó al Papa Francisco.

Si el pontífice fuera lo terriblemente progresista en materia litúrgica como muchas veces se afirma, es fácil adivinar que lo que debería haber hecho es apelar a su potestad como jefe universal de la Iglesia católica —cosa que ha hecho en numerosas ocasiones—, y permitir a esos sacerdotes que siguieran celebrando la Santa Qurbana según la saludable costumbre introducida por el Vaticano II en el rito romano: cara al pueblo. Sin embargo, sucedió exactamente lo contrario. En una carta paternal, pero clarísima y que no deja lugar a interpretaciones, le ordena a esa eparquía y a sus sacerdotes que abandonen sus deseos y opiniones particulares, que acepten lo decidido por el Santo Sínodo y celebren la liturgia ad orientem. Al día de hoy, 335 de las 340 iglesias de esa archieparquía siguen resistiéndose, aunque no sé si siguen en huelga de hambre. 

Aunque el hecho se refiere y afecta a católicos muy alejados de nosotros en la geografía y en el rito, lo cierto es que es significativo. Y me lleva a pensar que el Papa Francisco, en materia litúrgica, debería ser considerado por nosotros más bien como un aliado que como un enemigo. Y si esto es así, la estrategia debería ser distinta a la que hemos seguido, sobre todo después de la publicación de Traditiones custodes y, especialmente de las respuestas a las dubia, que fueron una expresión exclusiva de la Congregación de Culto. En vez de la confrontación abierta, que no conducirá a ningún resultado positivo —el poder lo tiene Roma—, vale más un acercamiento humilde y sincero como el que realizaron los sacerdotes de la FSSP. Y los resultados están a la vista. 

lunes, 18 de abril de 2022

"Histoire des traditionalistes", el último libro de Yves Chiron


 


Se publicó en Francia en enero de este año el libro Histoire des traditionalistes del historiador Yves Chiron (Paris: Talladier, 2022; 639 pp.). Se trata de un autor conocido, sobre todo por sus biografías, y que posee dos características que vale la pena destacar: es un historiador de profesión y conoce su oficio, y es católico tradicionalista. Ambos atributos conducen a que el suyo sea un libro de fiar: está escrito por un científico que documenta cada una de sus afirmaciones, y no es un “enemigo” de la causa tradicional sino que es parte de ella.

El libro, sin embargo, no ha gustado en los ambientes tradicionalistas. El distrito de Francia de la FSSPX ha enviado a sus fieles una nota en la que les pide apartarse del libro y no leerlo porque los confundirá, y conozco a varios amigos tradicionalistas Ecclesia Dei —por denominarlos de alguna manera—, que están furiosos con Chiron. La verdad no siempre gusta, y mucho menos cuando se muestran hechos que desmienten el relato.

Consta de quince capítulos, una conclusión y un extenso apéndice biográfico de los personajes más importantes de la Tradición. Hay que señalar también un límite que tiene libro, y es que prácticamente se limita a la historia de los tradicionalistas de Francia, con algunas pocas y breves menciones a los casos de Estados Unidos, Brasil o Argentina. Es verdad que Francia fue y sigue siendo la nación líder indiscutible en la defensa de la Tradición, pero también es verdad que el movimiento tradicionalista no es exclusivamente francés.

Aquí van mis impresiones del libro:

1. Yves Chiron comienza haciendo una aclaración muy importante y que prueba documentalmente, que echa por tierra muchos análisis que se hicieron y aún se hacen, y que parten de una asimilación del tradicionalismo religioso con el tradicionalismo político. Concretamente, el autor afirma que los tradicionalistas que luego del Vaticano II se levantaron en defensa de la liturgia de siempre no tenían vinculación alguna con la Acción Francesa y con el maurrasianismo. Ciertamente, había un buen número de personas que militaban en ambos movimientos, pero uno no implicaba necesariamente al otro. Y documenta cómo el personaje más conocido del tradicionalismo católico, Mons. Marcel Lefebvre, no tuvo ninguna relación ni incluso simpatía por Maurras y su movimiento.

2. El autor describe muy bien el clima de desconcierto que se generó en la Iglesia a partir del Vaticano II y, sobre todo, cuando comenzaron a implementarse las reformas de la misa. La confusión y el desconcierto entre los sacerdotes y los fieles era enorme, y eso explica muchas cosas. Y me provoca la reflexión acerca de qué hubiéramos hecho yo o mis amigos en esas mismas circunstancias. Probablemente algo peor de lo que hicieron quienes debieron hacerse cargo de esa tarea.

3. El libro muestra las grandezas y los límites de muchos de los líderes que se destacaron en ese par de décadas. Además de la figura indiscutible de Mons. Lefebvre, sacerdotes como el P. Michel André —que estuvo varios años en la parroquia argentina de Monte Comán (Mendoza)— o el P. Louis Coache, o laicos como Jean Madiran o Pierre Lemaire, que entregaron su vida a la defensa de la fe católica, a pesar de todos los sinsabores y ataques que recibieron de la misma jerarquía. Por otro lado, se documentan las derivas de otros que atravesaron en poco tiempo estadios sedevacantistas, lefebvristas y acuerdistas; una actitud que aunque ahora nos parezca extraña, se entiende en el contexto de confusión en el que se vivía. Y, finalmente, las extravagancias de otros, como El P. Guérard de Lauriers o el abbé de Nantes, que tanto daño hicieron.

4. Aparecen también los errores que tuvo la reacción tradicionalista. En primer lugar, la ausencia de un comando unificado. Es verdad que hubiera sido muy difícil o imposible lograrlo, pero el resultado fueron iniciativas sueltas, más o menos organizadas y más o menos discoordinadas; una suerte de guerra de guerrillas que obtuvo muy pocas victorias.

5. Es notable también lo inadecuado de las armas que se utilizaron para la defensa de la Tradición. Se prefirieron las proclamas, los discursos engolados y las “marchas sobre Roma” para pedir la destitución o el proceso de Pablo VI o de Juan Pablo II, o la abrogación del Novus Ordo, algo propiamente disparatado, en vez de optar por debatir con argumentos seriamente fundados y discusiones con la Santa Sede encabezadas por teólogos capaces y formados.

6. Es que, precisamente, queda claro que los tradicionalistas carecían de cuadros capacitados para la lucha que emprendieron. En el terreno litúrgico, por ejemplo, no había liturgistas formados científicamente en esa disciplina que hubieran estado a la altura de discutir con los autores de la reforma de Pablo VI. Los estudios serios de liturgia que comenzaran en varias universidades europeas a partir de los años ’20, fueron terreno en el que abrevó el progresismo. Los tradicionalistas habían conservado la liturgia como un tesoro recibido, que celebraban más o menos bien, con más o menos devoción, pero no había sido para ellos un objeto de estudio, más allá, en el mejor de los casos, de un interés por las rúbricas. Y algo análogo ocurrió en el ámbito teológico. No había teólogos formados en universidades serias —las universidades romanas no lo eran y no lo son—, y lo cierto es que un profesor de seminario, por más católico y piadoso que fuera, no podían sostener una discusión con el cardenal Seper y los suyos, oponiendo como argumento referencias al magisterio de Papas de siglo XIX y de la primera mitad del XX, o consignas neoescolásticas que poco decían a las nuevas ideas. Y los teólogos que habrían podido ser una oposición seria e irrefutable a la teología manipulada del Concilio, se apartaron cuidadosa y comprensiblemente del movimiento tradicionalistas cuando vieron la deriva incontrolable y estrafalaria que tomaba.

7. Al finalizar la lectura del libro, me ha quedado una cuasi certeza: si las cosas se hubieran hecho de otro modo, si la reacción tradicionalista hubiese actuado de un modo más orgánico y empleando medios sensatos de negociación, el motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI lo podríamos haber tenido durante el pontificado de Pablo VI, y la Iglesia y nosotros mismos nos habríamos ahorrado muchos sufrimientos y sinsabores. Y no es una fantasía. Algo por el estilo consiguió el cardenal Heenan para Inglaterra en 1971.

8. Una coda: los católicos cercanos a la Tradición, o al menos en mi caso, tomamos como un hecho dado e indiscutible la maldad de la declaración Dignitatis humanae del Vaticano II sobre la libertad religiosa. Y este documento, y su heterodoxia, fue y es uno de los caballitos de batalla más notorios del movimiento tradicional y en varias ocasiones impidió arreglos con Roma. Sin embargo, es muy llamativo que dos estudios serios, uno realizado por los “dominicos” de San Vicente Ferrer de Chémeré y el otro por dom Basil Valuet, del monasterio del Barroux, y que han dado fruto a tesis doctorales y libros difícilmente rebatibles (por ej. Le droit à la liberté religieuse dans la tradition de l’Eglise), muestran que Dignitatis humanae está en total acuerdo con la doctrina tradicional de la Iglesia. Y vale destacar que los autores provienen precisamente de comunidades religiosas sobre las que no puede pesar la más mínima sospecha de progresismo o de simpatías conciliares. Desconozco si hay estudios del mismo tenor y calidad que se haya publicado a fin de refutarlos. 


domingo, 17 de abril de 2022

Pascua de la Resurrección del Señor

 


Cristo resucitó de entre los muertos, 

pisoteando la muerte con la muerte, 

y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros.


Tropario de Pascua

Liturgia bizantina

sábado, 16 de abril de 2022

Sábado Santo

 


Oh Cristo Vida, fuiste colocado en un sepulcro, 

y los ejércitos angelicales se maravillaron glorificando Tu condescendencia.

Bajaste a la tierra para salvar a Adán, y no encontrándolo allí, 

oh Soberano, descendiste al Infierno a buscarlo.

Los Serafines temblaron, oh Salvador al verte en la Alturas, inseparablemente uno con el Padre, 

y abajo en la tierra yaciendo muerto.

Todas la generaciones ofrecen alabanzas a tu sepultura, 

oh Cristo.

No te lamentes Madre porque ahora sufro, 

es para salvar a Adán y a Evas ante tus sufrimientos. 


Lamentaciones de los maitines del Sábado Santo

Liturgia bizantina

viernes, 15 de abril de 2022

Viernes Santo


 

Hoy es colgado en el madero Aquel que colgó la Tierra en las aguas, se Le coloca una corona de espinas a Aquel que es el Rey de los ángeles; es vestido con un manto falso Aquel que vistió con nubes al cielo… Nos prosternamos ante tus sufrimientos, 

¡oh, Cristo!

Antífona de los maitines de Viernes Santo

Liturgia bizantina