He escuchado decir en más de una ocasión que no hay nadie
más cruel que los hombres de Iglesia, “y entre ellos, los jesuitas”, agregaría
yo. Tenemos el caso vernáculo del P. Castellani y aparece ahora el caso del
cardenal Daniélou, reportado por
http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350241?sp=y
Jean Daniélou integraba la constelación de “nuevos teólogos”
de los que era necesario estar precavidos. Los grandes custodios de la
ortodoxia nos decían que él, junto a De Lubac, Congar y Bouyer, eran peligrosas
cizañas sembradas en medio del trigo limpio de los manuales de teología
escolástica de la primera mitad del siglo XX.
Yo estaba convencido de que así era hasta que comencé a leer
a Daniélou, que me pareció excelente. Y su figura se engrandeció mucho más
cuando me enteré que había sido él mismo, junto con Henri De Lubac, quienes
habían iniciado la renovación de los estudios serios de patrística, sobre todo
a través de la magnífica colección Sources
Chrétiennes.
Pero cuando se hablaba, o se pensaba en Daniélou, siempre
aparecía la sombra de su muerte ignominiosa: murió de un ataque cardíaco en
casa de una prostituta. Dolía saber que este gran intelectual de la Iglesia, a
sus años, seguía aún aprisionado de ese modo por la carne.
Sin embargo, su figura ha sido reivindicada en justicia en
una congreso realizado hace pocos días en Roma, en la Universidad de la Santa Cruz
(el Opus Dei, a veces, se juega por las buenas causas). Allí se ha revelado que
la investigación conducida por la Compañía de Jesús dejó perfectamente claro
que el cardenal Daniélou había ido a casa de la prostituta a llevarle dinero
para que pudiera sacar a su esposo de la cárcel. Era esta una de las tantas obras
de caridad que hacía en secreto.
Sin embargo, los superiores de la Compañía decidieron
cajonear, o no publicitar suficientemente, los resultados de la investigación.
Es que les convenía que la memoria del cardenal, que había comenzado a ser
extremadamente duro con sus críticas a la renovación conciliar, quedara
mancillada. De ese modo, sus palabras perdían autoridad. Y así fue. La crueldad
jesuítica se ensañó con él, no solamente echándolo de la casa religiosa donde
había vivido durante décadas, sino aún después de muerto, robándole también su
buena fama.
A continuación copio el reportaje que desató las iras de la
Compañía, y en el link de arriba pueden leer la noticia completa.
Entrevista al
cardenal Jean Daniélou en la Radio Vaticana, 23 de octubre de 1972
P. – Eminencia,
¿existe realmente una crisis de la vida religiosa y puede dimensionarla?
R. – Pienso que hay actualmente una crisis muy grave de la
vida religiosa y que no se debe hablar de renovación, sino más bien de
decadencia. Pienso que esta crisis golpea sobre todo al área atlántica. Europa
del Este y los países de África y de Asia presentan respecto a esto una mejor
salud espiritual. Esta crisis se manifiesta en todos los ámbitos. Los consejos
evangélicos no son considerados ya como consagración a Dios, sino que son
vistos en una perspectiva sociológica y psicológica. Nos preocupamos por no
presentar una fachada burguesa, pero en el plano individual no se practica la
pobreza. La dinámica de grupo sustituye a la obediencia religiosa; con el
pretexto de reaccionar contra el formalismo, se abandona toda reglamentación de
la vida de oración y las consecuencias de este estado de confusión son ante
todo la desaparición de las vocaciones, porque los jóvenes reclaman una
formación seria. Por otra parte, hay numerosos y escandalosos abandonos de
religiosos que reniegan del pacto que los ligaba al pueblo cristiano.
P. – ¿Puede decirnos
cuáles son, a su parecer, las causas de esta crisis?
R. – La fuente esencial de esta crisis es una falsa
interpretación del Vaticano II. Las directivas del Concilio eran clarísimas:
una más grande fidelidad de los religiosos y de las religiosas a las exigencias
del Evangelio expresadas en las Constituciones de cada instituto y al mismo
tiempo una adaptación de las modalidades de estas Constituciones a las
condiciones de la vida moderna. Los institutos que son fieles a estas
directivas conocen una verdadera renovación y tienen vocaciones. Pero en muchos
casos se sustituyen las directivas del Vaticano II con ideologías erróneas
puestas en circulación por revistas, por congresos y por teólogos. Entre estos
errores se pueden mencionar:
- La secularización. El Vaticano II ha declarado que los
valores humanos deben ser tomados en serio. Jamás ha dicho que nosotros
ingresemos en un mundo secularizado, en el sentido que la dimensión religiosa
ya no ha de estar presente en la civilización, y es en el nombre de una falsa
secularización que religiosos y religiosas renuncian a sus hábitos, abandonan
sus obras para insertarse en las instituciones seculares, sustituyendo la
adoración a Dios por las actividades sociales y políticas. Entre otras cosas,
esto va a contramano en lo que se refiere a la necesidad de espiritualidad que
se manifiesta en el mundo de hoy.
- Una falsa concepción de la libertad que lleva consigo la
desvalorización de las Constituciones y de las Reglas y exalta la espontaneidad
y la improvisación. Esto es tanto más absurdo en cuanto la sociedad occidental
sufre actualmente por la ausencia de una disciplina de la libertad. La
restauración de reglas firmes es una de las necesidades de la vida religiosa.
- Una concepción errónea de la mutación del hombre y de la
Iglesia. Aún cuando los contextos cambian, los elementos constitutivos del
hombre y de la Iglesia son permanentes, por eso es un error tremendo cuestionar
los elementos constitutivos de las Constituciones de las órdenes religiosas.
P. – ¿Pero usted ve
que hay remedios para superar esta crisis?
R. – Pienso que la solución única y urgente es la de detener
las falsas orientaciones que se difunden en un cierto número de institutos.
Para esto es necesario detener todas las experimentaciones y todas las
decisiones contrarias a las directivas del Concilio; poner en guardia contra
los libros, las revistas y los congresos en los cuales son puestas en
circulación estas concepciones erróneas; restaurar íntegramente la práctica de
las Constituciones con las adaptaciones pedidas por el Concilio. Allí donde
esto parece imposible, me parece que no se puede rechazar a los religiosos que
quieren ser fieles a las Constituciones de sus órdenes y a las instrucciones
del Vaticano II de constituir comunidades distintas. Los superiores religiosos
están obligados a respetar este deseo conciliar.
Estas comunidades deben estar autorizadas y deben tener
casas de formación. La experiencia mostrará si las vocaciones son más numerosas
en las casas de estricta observancia o en las casas de observancia mitigada. En
caso que los superiores se opongan a estos pedidos legítimos, está ciertamente
autorizado recurrir al Sumo Pontífice.
La vida religiosa está llamada a un grandioso futuro en la
civilización técnica: cuanto más se desarrolle ésta, más se hará sentir la
necesidad de la manifestación de Dios. Este es precisamente el propósito de la
vida religiosa, pero para cumplir con su misión es necesario que ella
reencuentre su auténtico significado y rompa radicalmente con una
secularización que la destruye en su esencia y le impide atraer vocaciones.