lunes, 28 de septiembre de 2020

El ocaso de los dioses

 Vivimos en el ocaso. No sé si es el ocaso del mundo —el kali yuga del que hablan los hindúes—, pero ciertamente es el ocaso de la civilización occidental, aquella que fue edificada por Grecia y Roma y vitalizada por el cristianismo. Como escribía Evelyn Waugh: 

Los constructores no sabían los usos a que descendería su obra; hicieron una mansión nueva con las piedras del castillo antiguo, año tras año, generación tras generación, la enriquecieron y extendieron; año tras año crecía la enorme cosecha de maderos en el parque; hasta que, con la helada repentina, llegó la era de Hooper; el lugar quedó en la desolación y el trabajo en la nada: Quomodo sedet sola civitas.

En cuestión de décadas se dilapidó aquello que tardó siglos en ser construido. Esa es la perversa maldad del progresismo, nos recordaba Roger Scruton. Y dentro de esa obra de destrucción se encuentra también la iglesia católica. Sabemos por la fe que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, pero sabemos también por las profecías que en los tiempos postreros esa iglesia verdadera será reducida a un puñado de fieles, mientras que otros serán los que se apoderarán de sus estructuras.


Una de las películas icónicas del film noir es Sunset Boulevard, conocida en el mundo hispano como El ocaso de los dioses. Narra la historia de Norma Desmond, una estrella del cine mudo que, al llegar el sonido, perdió su estrellato y su fama. Ella, sin embargo, vive sola con su mayordomo en una enorme mansión, alimentando un permanente narcisismo y convencida de que su fama sigue intacta, lo cual es falso porque ya nadie se acuerda de ella y ha perdido toda influencia. La película termina con una imponente escena en la que Norma desciende las escaleras de su palacio vestida como una diva, y abajo la esperan las cámaras de televisión, los reflectores… y la policía para conducirla a la cárcel o al manicomio. Ella baja convencida que los periodistas y las luces cubren su retorno estelar. Es el ocaso (sunset) de una diosa. 

En estos días, dentro del gran ocaso de la civilización y de la iglesia, estamos siendo testigos del ocaso del pontificado de Bergoglio. Ya no le alcanzan los bergoglemas para enamorar al mundo que se olvidó de él; su verdadero rostro, aquel que conocían los obispos, sacerdotes y fieles argentinos, se está manifestando ahora al mundo: Bergoglio no es el Papa de la misericordia; es el Papa del rencor, de la furia, de los castigos y de la injusticia.

Porteñito canchero, creyó que podría aplicar en el Vaticano las tácticas que aplicaba en la curia porteña; las aplicó, y las consecuencias saltan a la vista. El episodio del semi cardenal Becciu sacó a la luz los errores cometidos una y mil veces: el nombramiento de los personajes más inapropiados para los cargos más importantes (recordemos a Mons. Ricca y a Mons. Peña Parra, entre muchos otros), desplazando y castigando con impiedad a aquellos que tenían la capacidad y la santidad para dirigir los destinos de la Iglesia (recordemos a los cardenales Müller y Burke, entre otros). Como bien decía la Specola en una de sus últimas entradas, las revoluciones progresistas, como lo fue la Francesa, solamente pueden sostenerse con la guillotina.

Hay que ser precisos. El problema no es la curia romana. La curia siempre fue un problema. Es cuestión de leer la historia del Concilio de Trento, en el que los padres insistieron una y mil veces en su reforma, y no lo lograron. Y si resulta aburrido leer historia, recordemos lo que Giovanni Bocaccio (s. XIV) escribía en el segundo cuento de su Decameron:

...encontró que [en la curia romana] del mayor al menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las meretrices y garrones al impetrar cualquier cosa grande no era poder pequeño. Además de esto, universalmente golosos, bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificio o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas más comercio...

Los papas de esos siglos difíciles de la iglesia supieron manejar la situación mejor o peor, pero jamás provocaron el estropicio en la fe que está provocando Bergoglio. Ha demostrado no solamente que es incapaz de gestionar la curia, sino que ha agravando los conflictos que anidaban dentro de ella. Bergoglio es un inútil. Es Chauncy Gardener. 

El papado de Francisco está acabado. Sólo es cuestión de tiempo. Morirá más pronto que tarde, o se verá forzado a renunciar, porque Becciu era parte importante de una de las cordatas que funcionan dentro del Vaticano, y ya advirtió que dará batalla, y los suyos lo protegerán. No es cuestión que salgan a la luz décadas de trapos sucios y muy sucios. Como Norma Desmond, Bergoglio se encuentra solo y refugiado en su fortaleza de Santa Marta, sin poder confiar ya en nadie, y olvidado por muchos, al menos por aquellos que más le interesaban. Un caso notable lo constituye el diario La Nación, en el que Elizabetta Pique, una de las operadoras periodísticas más cercanas al pontífice, publicaba al menos una nota semanalmente glorificándolo. No solamente esos tiempos pasaron sino que ayer, ese mismo diario publicó una columna con una durísima crítica a Bergoglio, algo que jamás habría ocurrido hace algún tiempo. 

Sus manotazos de ahogado de los últimos meses son patéticos: los inmigrantes, la casa común y la fraternidad universal, los tópicos que en otro momento le dieron brillo y tapa en la prensa, ahora ya nadie tiene en cuenta. Pero, como Norma Desmond, no esperemos que entre en razones. Se trata de personajes que jamás reconocerán su fracaso y, en medio del ocaso, porfiarán con que el sol está en su cenit.

La Providencia ha querido que seamos testigos de un triple ocaso: el de la iglesia, el de la civilización y el de un papado vergonzoso y torpe que será recordado, si hay tiempo para el recuerdo, como el más catastrófico de la historia. 


sábado, 26 de septiembre de 2020

El pobre pontífice ha sido traicionado nuevamente...

por Marco Tosatti

 Veo que en los periódicos - o al menos en algunos de ellos - se intenta construir una narración que pretende hacernos creer que pobre Pontífice reinante que intenta sanear las finanzas del Vaticano y sus alrededores, y que lamentablemente es traicionado... sería muy hermoso y edificante, si fuera cierto; pero en realidad no es así; e incluso en los periódicos que suelen estar bien informados y ciertamente no son los principales, encontramos reconstrucciones y relatos que son el resultado de rencores personales que nunca están latentes, pero que sin embargo dan una impresión engañosa. Para aquellos que siguen los eventos del Vaticano con cuidado y desapasionadamente, algunos elementos emergen.


Es cierto que el Papa Bergoglio trató, al principio de su pontificado, de arrojar luz sobre las oscuridades del dinero del Vaticano. Firmó un Motu Proprio, con el que confió todos los asuntos financieros a un solo organismo, la Secretaría de Economía, y puso al Cardenal George Pell a la cabeza del mismo, dándole todo el poder para operar. Pell, como buen jugador de rugby australiano, se lanzó de cabeza a la aventura, evidentemente encontrando todas las dificultades y objeciones de quienes no quisieron ceder sus poderes, y su dinero: la Secretaría de Estado, con la Sección Económica, la administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (Apsa), el IOR, Propaganda Fide con su presupuesto independiente. ¿Y qué hizo el Pontífice? En conversaciones con Pell le decía: “No mires a nadie a la cara, adelante”. E inmediatamente después firmaba un rescripto con el cual satisfacía a sus oponentes, y le quitaba una parte de su poder. Pell estaba amargado, y quizás todavía lo está, por esta interminable serie de pequeñas traiciones perpetradas por su Superior. Y la pequeña jungla del Vaticano ha permanecido como lo que era, una jungla. Esa fue la oportunidad de limpiar; pero falló, y por la única y exclusiva responsabilidad del Pontífice.

Segundo elemento. Como Becciu ha declarado en el pasado, era responsable ante sus superiores. Pero, para el sustituto de la Secretaría de Estado el superior real es el Papa. El Secretario de Estado generalmente ve al Papa con mucha menos frecuencia que al Sustituto. Por lo que sabemos, durante los años pasados, cuando no existían sospechas, el Papa usó ampliamente a Becciu para trabajos de todo tipo. Becciu aspiraba a la púrpura. El Pontífice no quería dársela sino que quería enviarlo de arzobispo a Cagliari. Finalmente Becciu consiguió la púrpura, y la Congregación para las Causas de los Santos.

Pero creo que además de esto hay otras consideraciones que deben hacerse. La primera es psicológica y de comportamiento. Este Pontífice, cuyos repentinos y muy fuertes cambios de humor, incluso con connotaciones verbales muy fuertes, no son un secreto para nadie en el Vaticano, tiene ahora una pequeña lista de decapitaciones en su haber, pequeñas y grandes, que rompen records. Queremos recordar a los funcionarios de la Congregación para la Doctrina de la Fe echados sin razón, al Gran Maestre de la Orden de Malta, Matthew Festing, al general Domenico Giani, y a otros [agrego: el cardenal Burke, Mons. Carlo Viganò, Mons. Georg Gänswein y el P. Ángel Vallejo Balda], y ahora al muy fiel Becciu.

"Traicionado", dice la narración de algunos periódicos. ¿Me están tomando el pelo? En este Pontificado se sabe que dentro del Vaticano cada palabra puede ser repetida, y causar problemas; en el cual los teléfonos - y el correo electrónico - están bajo control; en el cual los cardenales vienen con sus memorias flash para conectarse a Internet pasando por alto el circuito del Vaticano; y alguien nos quiere hacer creer que el Número Uno, que aún estando en Buenos Aires y que tiene oídos en todas partes, no conocía a ese cardenal. ¿Becciu tenía una pasión, quizás inocente y exitosa, por los negocios y la empresa? Más bien, una vez más vemos que cuando uno de sus hombres de confianza (McCarrick es el mejor ejemplo) está involucrado, con razón o sin ella, en escándalos que son o corren el riesgo de hacerse públicos, la reacción es inmediata y de vanguardia. Incluso contra cualquier hipótesis de justicia mínima.

Fuente: https://www.marcotosatti.com/2020/09/26/la-pietosa-falsa-narrazione-del-papa-tradito/


jueves, 24 de septiembre de 2020

El cuidado de la casa común, según Newman



“Consideremos ahora cuál es realmente el estado de la cuestión. Supongamos que el investigador que he estado describiendo, al examinar una flor, o una hierba, o un guijarro, o un rayo de luz, cosa que considera tan por debajo de sí mismo en la escala de la existencia, de pronto descubriera que se halla en presencia de cierto ser poderoso que estaba oculto tras las cosas visibles que estaba inspeccionando; un ser que, a pesar de esconder su mano llena de sabiduría, fuera quien les diera su belleza, gracia y perfección, al ser el instrumento de Dios para ese propósito. Pensemos en que esos objetos que iba a analizar con tanto interés fueran su vestido y ornamentos, ¿cuáles serían entonces sus pensamientos? ¿Deberíamos —aunque fuera de forma accidental — mostrar un comportamiento rudo hacia nuestro semejante, pisotear el dobladillo de su ropa, o darle un empellón? ¿No nos sentimos insultados?, y no porque le hubiésemos hecho daño, sino del temor que tenemos a haber sido poco educados. David contempló la terrible peste durante tres días, sin duda sin asomo de curiosidad en sus ojos , sino con un terror y remordimiento indescriptibles; mas cuando al cabo «David, al levantar los ojos, vio al ángel del Señor» (que había provocado la peste) «que estaba entre el cielo y la tierra con la espada desenvainada en su mano y apuntando a Jerusalén, entonces David y los ancianos se vistieron de saco y se postraron rostro en tierra.» (1 Cro 21,16). La peste misteriosa e irresistible se hizo aún más temible cuando se conoció su causa. Y lo que es cierto de lo que es temible, es también, por otro lado, cierto de lo que es agradable y atractivo en las cosas de la naturaleza. Cuando damos un paseo y «meditamos en el campo al atardecer», ¡cuántas cosas tienen cada hierba y cada flor para sorprendernos y anonadarnos! Pues, incluso aunque supiéramos acerca de ellas tanto como los más sabios, sin embargo existen aquellos que están en nuestro derredor, que aunque invisibles hacen que el mayor de nuestros saberes no sea más que ignorancia; y cuando hablamos de temas de la naturaleza desde una perspectiva científica, repitiendo los nombres de las plantas y de las clases de terreno, y describiendo sus propiedades, deberíamos hacerlo con religiosidad, como si los grandes Criados de Dios nos estuvieran escuchando, con esa clase de inquietud que siempre sentimos cuando hablamos ante los sabios y los instruidos de nuestra propia raza mortal: como pobres principiantes en el camino del conocimiento intelectual al igual que en el de los logros morales”.

(John Henry Newman, Sermones parroquiales, t. II, 29; trad. Víctor García Ruiz, Encuentro, Madrid, 2007; 322-323).

lunes, 21 de septiembre de 2020

Hacia un catolicismo jacarandoso

  Recuerdo con precisión un diálogo que tuve con mi abuela cuando yo era niño. No sé bien a cuento de qué, pero en esa ocasión me dijo que así como el primer fin del mundo había sido por el agua, el segundo y definitivo sería por el fuego. Y yo imaginé ese día como un enorme incendio. Le pregunté entonces cómo sabríamos que ese momento estaba cerca, y me respondió que un signo sería que los hombres se vistieran de mujer, y yo imaginé un planetario baile de disfraces.  

La anécdota es verdadera. La primera parte no es novedosa, porque las profecías anuncian el fuego en las postrimerías del mundo, pero no sé de dónde habrá sacado mi abuela la segunda parte. Lo cierto es que si vemos lo que ha ocurrido en las últimas décadas, la situación es la inversa: son las mujeres las que se visten de varones, pues ya quedan pocas que siguen usando falda y todas calzan pantalones. Sin embargo, si recurrimos a una interpretación más simbólica que literal de la predicción, pareciera que, a tenor de lo que estamos viendo, mi abuela diría que estamos viviendo los tiempos cercanos al día de fuego, puesto que

los hombres no se visten sino que se transforman en mujeres. 

No sería novedoso ni tampoco es objetivo de este blog discutir la homosexualización del mundo contemporáneo, pero en el último lustro estamos viendo con alarma que lo propio está ocurriendo en la iglesia. Ya no se trata sólo de sacerdotes, obispos y cardenales con vidas desordenadas y conductas sodomíticas; a lo que estamos asistiendo propiamente es a la instauración de una agenda gay, en orden a que en poco tiempo la homosexualidad sea aceptada por la moral católica y su práctica se convierta en una opción válida de vida para aquellos que así lo deseen. Dado que me resisto a llamar a esta nueva religión “catolicismo gay”, utilizo un equivalente castizo, y hablo entonces de “catolicismo jacarandoso”.

No sé si esto significa ser apocalíptico. En todo caso, se trata de observar hechos. Y aquí propongo tres de ellos ocurridos en los últimos días:

El miércoles 16 de septiembre el Papa Francisco recibió después de la audiencia general a un grupo de padres de hijos homosexuales, y que reivindican el derecho de sus hijos a un estilo de vida jacarandoso, y les dijo: “El Papa ama a vuestros hijos así como son porque son hijos de Dios”. El típico discurso bergogliano: decir las cosas a medias, del modo más confuso posible, para que sea interpretado a gusto del oyente, habilidad adquirida en los oscuros claustros de la Compañía. Es verdad que una persona bautizada y que es homosexual es hija de Dios y Dios la ama. El problema está en la afirmación de que ese amor es al homosexual “así como es”. ¿Se refiere a la sola condición, que en sí misma no constituye pecado y es un fruto más de la caída original, o al ejercicio de la conducta homosexual, que sí constituye un gravísimo pecado contrario a la ley de Dios? Los medios de comunicación, como era previsible, tomaron la segunda interpretación. Y así tenemos otra expresión pontificia en favor de las conductas homosexuales.

Se está dictando en modalidad virtual la materia “Sagradas Escrituras V”, dedicados a los libros proféticos, en la Facultad de Teología (algunos malvados aseguran que ya ha mudado su nombre y ahora se conoce como Facultad de Trología) de la Pontificia Universidad Católica Argentina, que tiene a cargo el P. Eleuterio Ruíz, de la diócesis de Lomas de Zamora y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica. Como pueden ver en el programa, en la primera unidad se dedica un apartado a estudiar “Exégesis bíblica y contextos: lecturas popular, feminista, pos-colonialista, queer…”. Por la información adicional que tenemos, no parece ser un detalle sino un aspecto importante del dictado del curso. El fenómeno queer se suele traducir como torcido, y hace referencia a todos los especímenes del género humano que se resisten a encuadrarse no sólo ya en las categorías binarias de varón y mujer, sino incluso en las LGTB. Son algo torcido o queer, que escapa a cualquier clasificación. Uno de sus representantes icónico —el actor americano Ezra Miller— ha afirmado: “No me identifico como hombre; no me identifico como mujer y escasamente me identifico como humano”. ¿Cómo es posible que en una universidad católica y pontificia se legitime este tipo de interpretaciones sacrílegas de la Palabra de Dios? ¿No es acaso sacrílego proponer una lectura queer de la Revelación del Dios Altísimo?


Finalmente, la semana pasada Mons. Alejandro Giorgi, obispo auxiliar de Buenos Aires y del que ya nos hemos ocupado en este blog, invitó a todos los fieles de la arquidiócesis a participar de la VI Semana Bíblica Arquidiocesana de Buenos Aires. Hoy lunes 21 de septiembre a las 19 hs., tendrá lugar por Zoom la primera conferencia a cargo del Ariel Álvarez Valdés (aquí dejo el link por si algún lector del blog quiere participar: Zoom – ID 875 3566 1513). La Santa Sede le prohibió a este sacerdote enseñar y él abandonó el ministerio. Razones habían: afirmaba que la Virgen no era virgen, que los milagros tenían explicación natural, que el demonio era un cuento chino, que Adán y Eva eran mitos pues venimos del mono, etc. Es decir, la Sagrada Escritura debe ser leída de un modo simbólico y desmitificado, como corresponde a cristianos adultos como nosotros. Álvarez Valdés publicó en 2015 un trabajo titulado: “¿Hizo Jesús un milagro a un homosexual?”. Allí realiza una interpretación del milagro de Jesús al centurión de Cafarnaúm, tal como aparece en el Evangelio de Mateo, y analiza el trasfondo de los términos griegos empleados en la narración, concluyendo que el joven por el cual el militar solicita un milagro era su pareja. Sin juzgar, como nos manda el Romano Pontífice, sobre las fantasías febriles del Sr. Álvarez Valdés con centuriones, sargentos y furrieles, me pregunto cómo es posible que un obispo católico (Mons. Giorgi) pueda avalar como actividad diocesana a un personaje de esta ralea. 


[By the way, el nombre de Mons. Alejandro Giorgi suena como próximo obispo de San Rafael. Probablemente sea un rumor infundado, pero lo cierto es que hoy lunes Mons. Eduardo Taussig ha viajado en automóvil a Buenos Aires, donde se entrevistará con el recién estrenado nuncio apostólico, y el próximo domingo vuela a Roma de donde ha sido llamado con cierta urgencia por el Papa Francisco. Le espera una entrevista con el cardenal Stella, en la que se afinarán los detalles de la liquidación del seminario diocesano de San Rafael, y luego otra con el Santo Padre, en la que se decidirá su futuro. Estimamos que recibirá la paga bergogliana por su servicio prestado a la iglesia].


jueves, 17 de septiembre de 2020

La distopía de don Gabino

Era la tarde un sábado de septiembre y los oreos primaverales se dejaban sentir en San Etelberto. Las ramas escuchimizadas de los sauces brillaban de verde radiante y los ciruelos se habían sonrosado. Luego de un breve garbeo, don Gabino se había sentado en un banco de piedra mohosa que se recostaba sobre un viejo pino que se alzaba en uno de los extremos de su jardín.

— Se está pasando rápido el año —pensó don Gabino—, y en cuanto nos descuidemos se nos habrá ido el 52. 


La guerra había acabado hacía siete años, Evita había muerto hacía dos meses y Perón era nuevamente el presidente de Argentina. Estados Unidos continuaba con sus experimentos atómicos y en Europa comenzaba a reunirse en una suerte de parlamento multinacional los productores de acero y carbón. Noticias todas prosaicas y aburridas. 

Don Gabino se sentó en su parterre dispuesto a leer un libro que Mr. Pale, el dueño de la librería del Tiempo del ángel, le había regalado para festejar la apertura de su nuevo local. No parecía gran cosa: su tapa, con trazos futurista, representaba a hombres caminando cabizbajos por una calle gris, en medio de edificios altos, feos e igualmente grises. Distopía se titulaba, y leyendo el título de los capítulos confirmó su sospecha de que se trataba de un libro de ciencias ficción religiosa, como los que les gustaba escribir a Robert Benson, Vladimir Soloviov, Hugo Wast o a un cura revoltoso llamado Leonardo Castellani.

Sin muchas ganas —no era afecto a ese tipo de fantasías literarias—, comenzó a leer. 

La trama se desarrollaba en un país incierto en el que toda la población había sido confinada en sus casas a lo largo de los últimos meses y podían salir solamente para atender a las cuestiones básicas. Debían hacerlo con el rostro cubierto por un ancho bozal y quien no cumplía con esa disposición, era encarcelado. Todos los habitantes —niños, adultos y ancianos— llevaban permanentemente consigo un pequeño dispositivo con el que podían comunicarse fácilmente aún con los lugares más remotos del planeta, y a través del cual recibían incesantemente noticias, opiniones y alertas que eran emanadas de centros de información distribuidos en todo el mundo, y que pertenecían a muy pocos dueños. Esos mismos dispositivos, además, permitían que cada uno de los habitantes de ese país pudiera ser rastreado y ubicado a cada instante en el lugar en el que se encontraba. Todos sus movimientos y todas sus comunicaciones —las que emitía, las que recibía y las informaciones que leía— eran almacenadas por el gobierno.

La sociedad de ese país regulaba el nacimiento de los niños impidiendo su concepción, o bien, asesinándolos antes de nacer, y lo hacían sin remordimientos; al contrario, todos estaban felices y orgullosos de haber conquistado lo que consideraban un derecho. Además, habían decretado la existencia de diversos “géneros”, llamando así a las identidades sexuales que no necesariamente coincidían con el sexo biológico y, a fin de incentivar los tránsitos genéricos, se multiplicaban subsidios estatales, empleos privilegiados y otros beneficios a todos aquellos que adoptaban un género diverso a su sexo. En todas las escuelas —incluidas las católicas— los niños eran adoctrinados en esta nueva teoría y para ellos era ya normal que alguno de sus compañeros se convierta en compañera, o que otro tuviera dos padres, o dos madres; o que su madre fuera un hombre que se vestía de. mujer.

El gobierno de ese país había prohibido la celebración de oficios religiosos y, cuando ocasionalmente los permitía, legislaba sobre el modo en que debían realizarse las ceremonias. Era así que la. mayor parte de los fieles católicos no podían asistir a misa ni comulgar. Los obispos obedecían solícitamente los mandatos del gobierno y ellos mismos se dedicaban a vigilar, identificar y castigar a todos los sacerdotes que osaban infringir las leyes, desalentando a los fieles a participar de cualquier encuentro religioso. Algunos pocos religiosos, en secreto, celebraban misas en casas particulares donde se reunían grupos pequeños de familias, que debían llegar allí sigilosamente a fin de no ser denunciadas a la policía y al obispado por los vecinos.

El Papa, un personaje proveniente de un país inconcluso y fracasado, había adoptado el discurso y el lenguaje de las organizaciones internacionales. Se sentía a gusto con la agenda que había sido impuesta por un club de naciones y por un grupo de poderosos millonarios. Escribía una encíclica llamando a la fraternidad universal y su máxima preocupación era atender y cobijar a una marea de inmigrantes musulmanes que invadían diariamente los territorios cristianos. Afirmaba que resultaba indiferente la religión a la que cada cual pertenecía, fuera cristiano, judío o musulmán, puesto que todos caminaban hacia un mismo dios. Hacía públicas sus amistades con notorios ateos a quienes confesaba sus dudas de fe y relativizaba conceptos como los del pecado o del infierno. Además, autorizaba el adulterio y promovía el cambio de género recibiendo en su sede romana a personas que lo practicaban y alentando a quienes lo promovían.

Al mismo tiempo, perseguía a las pocas congregaciones religiosas que continuaban con los usos tradicionales y deponía de sus sedes a los escasos obispos que no se amoldaban estrictamente a su nueva visión de la iglesia. 

Don Gabino terminó el cuarto capítulo y cerró libro.

— Demasiado fantasioso —dijo— Y ya sé como termina: en un par de capítulos, más aparece el Anticristo y se asoma el fin de los tiempos. 

Se levantó del poyo y volvió a su casa dispuesto a devolverle el libro a Mr. Pale y a recomendarle que no lo vendiera ya que no era bueno excitar las imaginaciones calenturientas de los vecinos del pueblo. 

lunes, 14 de septiembre de 2020

Llegó la bendición del Papa Francisco

  


No me refiero a que el Santo Padre haya enviado a este blog su bendición apostólica. Es un hecho improbable aunque, si acaeciera, sería recibido con gozo y gratitud. Me refiero a que el ascenso del Papa Francisco al solio petrino ha sido una bendición para la Iglesia, del tipo de bendiciones que Dios suele propinar a aquellos a los que ama, como le recriminaba santa Teresa. 

Lo que quiero decir es que la iglesia vivió durante décadas sometida a una enfermedad terrible, que fue corroyendo sus órganos rápidamente, y muy pocos se dieron cuenta de la situación. Y estos pocos fueron silenciados o excomulgados. El resto, la enorme mayoría de fieles y clérigos, prefirieron seguir creyendo que la vitalidad ficticia que ocasionaba en ese cuerpo enfermo la morfina por goteo que recibía durante el rimbombante pontificado de Juan Pablo II era signo de salud y no un mero enmascaramiento de la gravedad de la situación. Creían que las multitudes que recibían el papa polaco en cada ciudad que pisaba era signo de un resurgimiento del cristianismo, o que las populosos e inútiles JMJ evidenciaban la conversión en masa de la juventud. Lo cierto es que las décadas juanpablistas y benedictinas no hicieron más que disimular el agresivo cáncer que se estaba diseminando por todo el cuerpo eclesial (sería ingenuo pensar que todo esto comenzó en 2013).

Fueron los largos años del auge de los movimientos neoconservadores, nuestros conocidos neocones, a los que muchos veían como la nueva manifestación del Espíritu en la iglesia. Opus Dei, Neocatecumenales, Focolares, Schöenstatt, Legionarios de Cristo, otros de cabotaje como Fasta o el IVE, y muchos más, vivían en la fantasía de la arrolladora primavera eclesial liderada por un papa carismático y magno, con potestad para determinar incluso lo bueno y lo malo. 

Varios años después, mirando hacia atrás, podemos decir que lo único que se logró fue perder un tiempo valiosísimo e irrecuperable; se enmascaró la situación gravísima por la que atravesaba la iglesia, originada por una monumental pérdida de fe, con oleadas de multitudes cantando al mensajero de la paz y, más recientemente, con la pompa y circunstancia del pontificado del papa Benedicto. 

El pontificado del papa Francisco levantó la alfombra y mostró crudamente la basura que estaba acumulada debajo. Un espectáculo triste y cruel, e impensado. Porque la pérdida de fe está mucho más extendida de lo que se creía, es mucho más profunda y afecta a la enorme mayoría del colegio episcopal, con lo cual las posibilidades de restauración son mínimas. Por otro lado, nos enteramos que esa crisis estaba acompañada de un hecatombe moral entre los miembros del clero que nadie hubiera supuesto hace algunos años, y que quienes tenían elementos para suponerla se dedicaban a viajar por el mundo para recibir aplausos y aclamaciones.

Francisco puso negro sobre blanco. Nos mostró la realidad, nos guste más o menos. Y eso es ya una enorme bendición. Nadie puede curarse si vive en la fantasía de que está sano. Ahora sabemos la gravedad de la enfermedad, y son muchísimos los que están cayendo en la cuenta y están actuando en consecuencia. E insisto, eso es una gran bendición.

La reacción de muchos neocones es sorprendente, y basta ver algunos ejemplos. Hace ya algunos años que ciertos grupos de miembros del Opus Dei (numerarios y supernumerarios) habían comenzado a expresar su malestar. El detonante fue la nominación como segundo de la prelatura de Mons. Mariano Fazio, un bergante trepador, y como tal era conocido y considerado en Argentina. Habíamos dado cuenta en este blog de las ayudas escondidas que estos miembros del Opus le hacían llegar a Mons. Rogelio Livieres cuando fue defenestrado de su diócesis. Pero últimamente, muchos de ellos han dado un paso más significativo y asisten a la misa tradicional en los prioratos de la FSSPX. Y una actitud similar han tomado un buen número de fieles de parroquias “normales” que, ante la cobardía y traición de obispos y curas durante los tiempos de cuarentena, no dudaron en buscar refugio espiritual en las misas de la Fraternidad. Estos hechos, impensados hasta hace unos pocos años, muestran un incipiente desmoronamiento del neoconismo: los fieles se animan a pensar por sí mismos, a seguir a su conciencia y a liberarse de los escrúpulos romanistas a los que estaban sometidos.

Veamos otra cara de la bendición del papa Francisco. Son muchos los que se están animando a decir las cosas como son, con una crudeza asombrosa, que hasta hace un tiempo estaba limitada a blogs disruptivos como Mundabor, Rorate Coeli, Wanderer y alguno más. Marco Tosatti nunca fue tradicionalista ni crítico de la iglesia. Conocido vaticanista, fue cercano a Juan Pablo II y calificaría con honores para integrar el grupo neoconservador. Sin embargo, la semana pasada publicó en su blog (que cosecha más de dieciocho millones de lectores) una entrevista que le hicieron en USA y en la que entre otras cosas, afirma: 

Este es el panorama: Tenemos a Bergoglio que dice cosas, y que habla continuamente de los migrantes; y uno mira qué casualidad, los migrantes y las ONG son el gran caballo de batalla de las finanzas internacionales, de Soros y de la izquierda, etc.  Habla de ecología, pero mira qué curiosidad…la ecología con todas sus enormes contradicciones, es otro caballo de batalla de ese mundo.  [Sin embargo] Habla poco de la familia, lo mismo que de toda una serie de otras cosas. [He dicho lo anterior] Esto es para aclarar el campo. Entonces Bergoglio, como Papa, está renegando de la que siempre ha sido la posición contracultural de los últimos treinta años de la Iglesia, la cual está basada no por los caprichos de los Papas que lo precedieron, sino en la Fe Católica. Este es -muy brevemente- el panorama general.

Entonces la gente queda encantada con el hecho de que [Francisco] sonríe, pero eso no es cierto en absoluto, él es un hombre muy duro, despiadado, vengativo. Sin embargo, los medios de comunicación se dedican a endulzar su imagen, y la gente se lo cree, dado que no tiene otros medios para enterarse y para comprender [esta situación].

Una vez más, afirmaciones como están hubieran sido impensadas hace dos años. El papa Francisco ha abierto los ojos a mucha gente, y entre ellos a muchísimos sacerdotes. Lamentablemente, me parece difícil que los obispos, que son los únicos que pueden encabezar una reforma, sean capaces de la misma actitud. Sus ojos fueron ablacionados en el momento de su consagración. 

Nadie sabe cómo se comportará el futuro. Tosatti dice en la misma entrevista: “También existen consideraciones metafísicas, que señalan que nos acercamos al fin de los tiempos, pero esas cosas se las cedo a los videntes, a aquellos con experiencias particulares. Hay varios que lo dicen. Y quizás no sea una cosa peregrina; es decir, si se ve la realidad del mundo actual desde el punto de vista metafísico, aparecen dos visiones de la vida que se encuentran en fuerte contraposición”. Sabemos que el mundo acabará algún día y sabemos cuáles son los signos que lo precederán. Nos lo dijo el mismo Señor en el evangelio. Es verdad que en varias ocasiones a lo largo de la historia de la Iglesia muchos santos creyeron estar contemplando esos momentos postreros, y estaban equivocados, pero eso no significa que alguna vez, más pronto que tarde, lo profetizado deba cumplirse. 

La otra posibilidad es que esta sea una crisis más de las que asolaron a la iglesia, pero yo no encuentro la forma en que puede manifestarse la solución. Y no tengo por qué encontrarla. De esas cosas se ocupa Dios.