[La publicación de Traditionis custodes ha traído un efecto colateral es volver a cuestionarnos acerca de concepto de obediencia que inundó a la Iglesia a partir de la Contrarreforma como consecuencia de la espiritualidad jesuita. El hecho de considerar una virtud —y una gran virtud— la obediencia ciega a los superiores se enseñó en los conventos y en los seminarios y se impuso a los laicos, que deben obedecer ciegamente lo que dice su director espiritual. Y los resultados han sido catastróficos.
Publico a continuación una síntesis de un imprescindible ensayo de John Lamont sobre el tema, que recomiendo vivamente leer en tu totalidad, y que fue publicado en 2018 por Rorate Coeli].
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Se trata de la influencia dentro de la Iglesia de una concepción de la autoridad como una forma de tiranía, en lugar de estar basada y constituida por la ley. Este ensayo presentará la naturaleza de esta concepción, describirá cómo llegó a ser influyente y explorará algunos de sus resultados más significativos.
Los orígenes intelectuales de esta concepción de la autoridad y la obediencia se encuentran en gran medida en la teología y la filosofía nominalistas. Guillermo de Ockham se posicionó notoriamente con respecto al dilema de Eutifrón al afirmar que las acciones buenas son buenas simplemente porque son ordenadas por Dios, y que Dios podría hacer que la idolatría, el asesinato y la sodomía fueran buenas, y que la abstención de estas acciones fuera mala, si ordenara que se realizaran. Esta concepción de la autoridad divina incentiva una concepción tiránica de la autoridad en general —, aquella basada en la voluntad arbitraria de quien posee el poder—, y no en la ley.
Una concepción de la autoridad basada en la ley, por el contrario, sostiene que la ley derivada de la naturaleza del bien proporciona la fuente de la autoridad de un gobernante, y delimita la esfera en la que un gobernante puede dar órdenes. Los estudiosos saben desde hace tiempo que el predominio del pensamiento nominalista en el siglo XIV dejó su huella en el pensamiento católico durante siglos, y que las tesis nominalistas claves permanecieron arraigadas incluso en estudiosos que creían defender tradiciones antinominalistas. La naturaleza de la autoridad fue una de estas tesis. Todos los teólogos y filósofos católicos de la Contrarreforma sostenían que la ley y la obligación moral debían entenderse como el resultado de la orden de un superior; Suárez dio una descripción característica de la ley en este sentido como “el acto por el que un superior quiere obligar a un inferior a la realización de un determinado acto”.
El restablecimiento de la disciplina del clero y los religiosos fue uno de los principales objetivos de la Contrarreforma. Aunque las teorías de la ley y la autoridad que guiaron esta restauración diferían de una posición nominalista pura, lo cierto es que estas diferencias se perdieron cuando se idearon los principios prácticos para la formación de la obediencia. Estos principios encarnaban una comprensión tiránica de la autoridad, y una comprensión servil de la obediencia legítima que consistía en la sumisión total a la voluntad del superior. La formulación más influyente de estos principios se dio en los escritos de San Ignacio de Loyola sobre la obediencia. Los elementos clave de la noción ignaciana de autoridad son los siguientes:
- La mera ejecución de la orden de un superior es el grado más bajo de obediencia, y no merece el nombre de obediencia ni constituye un ejercicio de la virtud de la obediencia. […]
- Para merecer el nombre de virtud, el ejercicio de la obediencia debe alcanzar el segundo grado de obediencia, que consiste no sólo en hacer lo que el superior ordena, sino en conformar la propia voluntad a la del superior, de modo que no sólo se quiere obedecer una orden, sino que se quiere que esa orden concreta se haya dado, simplemente porque el superior lo ha querido. […]
- El tercer y más alto grado de obediencia consiste en conformar no sólo la propia voluntad, sino también el intelecto, a la orden del superior, de modo que uno no sólo quiere que se dé una orden, sino que realmente cree que esa orden era la correcta, simplemente porque el superior la dio. […]
- En el grado más alto y meritorio de la obediencia, el seguidor no tiene más voluntad propia para obedecer que un objeto inanimado, [perinde ac cadever, como si fuera un cadáver].
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El desarrollo completo de una concepción tiránica de la autoridad religiosa y de una concepción servil de la obediencia se encuentra en la obra de Alfonso Rodríguez S.J. Práctica de la perfección y de las virtudes cristianas. Esta obra, el manual de teología ascética más leído de la Contrarreforma, se publicó en 1609. Fue de lectura obligatoria para los novicios jesuitas hasta el Concilio Vaticano II. Su contenido fue aceptado como la interpretación correcta de la enseñanza de San Ignacio sobre la obediencia. En su propuesta de examen de conciencia, el P. Rodríguez exige al penitente, entre otras cosas, “Seguir la obediencia ciega, es decir, la obediencia sin indagación ni examen, ni búsqueda de razones del por qué y del para qué, siendo para mí razón suficiente que sea obediencia y mandato del Superior”.
Al igual que otros autores, Rodríguez hace la habitual excepción de la obediencia a mandatos manifiestamente contrarios a la ley divina. Sin embargo, se ha observado que la doctrina jesuita del probabilismo tiende a anular esta excepción. Según esta doctrina, no hay pecado en hacer cualquier acción que una autoridad reputada sostiene que es permisible; y el superior religioso de uno normalmente cuenta como una autoridad reputada. También hay un hecho psicológico que tiende a hacer ilusoria esta excepción. Interiorizar y practicar esta noción de obediencia es difícil y requiere tiempo, motivación y esfuerzo. Cuando se ha hecho con éxito, tiene un efecto duradero. Una vez que se ha destruido la capacidad de criticar las acciones de los superiores, no se puede revivir esta capacidad y su ejercicio a voluntad. Seguir la directriz de rechazar la obediencia a los superiores cuando sus órdenes son manifiestamente pecaminosas se vuelve entonces psicológicamente difícil o incluso imposible.
Esta concepción de la obediencia no quedó como una peculiaridad de la Compañía de Jesús, sino que llegó a ser adoptada por la Iglesia de la Contrarreforma en su conjunto, imponiéndose en los seminarios nacidos de la Contrarreforma. […]
El enfoque jesuita de la manifestación de la conciencia contribuyó a inculcar una comprensión totalitaria de la autoridad. San Ignacio no sólo alentaba sino que exigía la manifestación de la conciencia, y exigía que la manifestación se hiciera al superior religioso. La manifestación de conciencia incluía “las disposiciones y deseos para la realización del bien, los obstáculos y dificultades que se encuentran, las pasiones y tentaciones que mueven o acosan al alma, las faltas que se cometen con más frecuencia... el modelo habitual de conducta, afectos, inclinaciones, propensiones, tentaciones y debilidades”. Exigió que tal manifestación se hiciera cada seis meses, y ordenó que todos los superiores e incluso sus delegados estuvieran capacitados para recibir estas manifestaciones. En lugar de restringir el propósito de la manifestación de conciencia al bienestar espiritual del manifestante, no sólo permitió sino que exigió al superior que utilizara el conocimiento de sus subordinados obtenido a través de la manifestación de conciencia para los propósitos del gobierno.
La novedad de esta forma de entender la obediencia puede verse contrastándola con la posición de Santo Tomás de Aquino, quien considera que el objeto propio de la obediencia es el precepto del superior (Summa theologiae, 2a2ae q. 104 a. 2 co., a. 2 ad 3). El grado más bajo de obediencia de San Ignacio, al que éste no considera virtuoso, es considerado por Santo Tomás como la única forma de obediencia posible. Sostiene que las supuestas formas superiores de obediencia de San Ignacio no caen bajo la virtud de la obediencia en absoluto:
Séneca dice (De Beneficiis III): "Es erróneo suponer que la esclavitud recae sobre todo el hombre: porque la mejor parte de él está exceptuada". Su cuerpo está sometido y asignado a su amo, pero su alma es suya. Por consiguiente, en lo que se refiere al movimiento interno de la voluntad, el hombre no está obligado a obedecer a sus semejantes, sino sólo a Dios. (2a2ae q. 104 a. 5 co.)
Santo Tomás considera que la virtud de la obediencia sólo implica el sacrificio de la propia voluntad. Por el contrario, Rodríguez aclara que no es la voluntad propia, sino toda la facultad humana de la voluntad en sí misma la que debe ser sacrificada. Se trata de un sacrificio en el sentido de un abandono y una destrucción, ya que implica eliminar la operación de la propia voluntad y entregarla a la voluntad de otro ser humano. Santo Tomás tampoco piensa en la obediencia como una forma virtuosa de ascesis personal. No sostiene que obedecer un mandato que nos disgusta sea mejor como tal que obedecer un mandato que nos alegra cumplir.
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La concepción de la autoridad religiosa y de la obediencia religiosa que se impuso en la Iglesia a partir del siglo XVI fue, pues, una innovación fundamental que se apartó de las posiciones católicas anteriores. Llegó a influir en la Iglesia a través de la formación impartida en los seminarios para los sacerdotes diocesanos y el enfoque de la disciplina en las congregaciones religiosas. La vida cotidiana de los seminaristas y los religiosos estaba estructurada por una multitud de normas que regulaban las minucias del comportamiento, y las actividades que se salían de esta rutina generalmente sólo podían realizarse con el permiso del superior. Este permiso se denegaba arbitrariamente de vez en cuando para fomentar la sumisión de los subordinados. No se motivaban las órdenes y no se respondía a las preguntas sobre los motivos de las mismas.
Este enfoque de la autoridad tuvo efectos perjudiciales para el clero y los religiosos. La prestación de la obediencia servil de los subordinados destruía la fuerza de carácter y la capacidad de pensamiento independiente. El ejercicio de la autoridad tiránica por parte de los superiores produjo un orgullo desmesurado y una incapacidad de autocrítica. El hecho de que todos los superiores comenzaran en una posición subordinada significaba que el ascenso se facilitaba para aquellos que dominaban las artes del esclavo: la adulación, el disimulo y la manipulación.
En cuanto a los laicos, por lo que el efecto de la promoción de una concepción servil de la obediencia, fueron infantilizarlos en la esfera religiosa. Esta infantilización puede observarse en el arte y la devoción religiosa, especialmente a partir del siglo XIX, y en la disposición a prestar obediencia ciega al clero. La disociación resultante entre la madurez adulta y la creencia religiosa socavó la fe y el compromiso religioso entre los laicos, y contribuyó a la constante secularización de las sociedades católicas.
Esta exposición de la historia y la naturaleza de una concepción tiránica de la autoridad en la Iglesia explica muchos rasgos de la crisis de los abusos sexuales. La madurez psicológica es necesaria para resistir con éxito la tentación sexual. Al atacar esta madurez, la inculcación de una concepción servil de la autoridad hace muy difícil la castidad. Las personalidades deformadas e inadecuadas de quienes se sienten atraídos por la actividad sexual perversa no se descubrirán en un sistema de formación que se basa en inculcar la obediencia servil. Estas personas suelen ser buenas en el servilismo y el disimulo. Prosperarán en un sistema basado en la obediencia servil, mientras que los hombres de inteligencia y carácter lucharán bajo él. [N. del T.: Para quienes se animen, recomiendo la lectura del terrible libro de Marco Marzano, La casta dei Casti (Bompiani, Milano, 2021) que demuestra, con casos concretos y actuales, la aplicación de esta política de “institución total”].
Los superiores no pensarán que su propia autoridad está ligada a la autoridad de la ley, y no estarán inclinados a respetar y obedecer la ley como tal. Tendrán un fuerte incentivo para ocultar los abusos sexuales, porque la autoridad del clero sobre los laicos se basará en una concepción infantilizada en la que los clérigos son considerados figuras paternas casi divinas que no pueden hacer nada malo. Pero esta concepción se destruye si se hacen públicas las infracciones graves cometidas por el clero. Los laicos serán fácilmente persuadidos o intimidados para que guarden silencio sobre los casos de abuso sexual que encuentren. […]
La infantilización producida por esta forma de entender la autoridad contribuyó al abuso sexual de varias maneras. Una persona infantilizada no puede ejercer un juicio independiente y no es capaz de defenderse a sí misma ni a los demás. […]
La brutal verdad es que gran parte de los abusos sexuales de niños por parte de los sacerdotes se produjeron con la connivencia de los padres de estos niños. Testigo de ello es esta declaración de “James”, un niño que sufrió repetidos abusos sexuales por parte del cardenal McCarrick:
James afirmó que había tratado de decirle a su padre que estaba siendo abusado cuando tenía 15 o 16 años. Pero el padre McCarrick era tan querido por su familia, y se le consideraba tan santo, que la idea era incomprensible. ... James dice que, de niño, no tenía ningún lugar seguro para hablar de lo que le ocurría. “Ningún lugar. Ningún lugar. Mi padre no iba a escucharlo”. ... “Lo intenté un par de veces con mi madre, pero me decía ‘creo que te equivocas’. Mi padre nació en 1918 y mi madre en 1920. Fueron educados de forma que la Iglesia católica lo era todo. Mi padre era un hombre santo. Andaba con un rosario en la mano todo el día. Mis padres eran muy santos, y sus padres eran muy santos.”
[…] Esta concepción errónea de la santidad no fue el resultado de la estupidez de los padres de este hombre. Era lo que les había enseñado el clero, siguiendo una concepción tiránica de la autoridad. Significaba que eran incapaces de comprender que los sacerdotes podían ser malos, y que pensaban que esta incapacidad era virtuosa y un deber religioso. […]
[…] Pero sería un error pensar que el progresismo como tal es responsable de esta crisis, y que su derrota resolvería el problema. Las raíces de la crisis se remontan más atrás, y requieren una reforma de las actitudes ante la ley y la autoridad en cada parte de la Iglesia.







