jueves, 14 de febrero de 2008

Inconsciencia


Durante el periodo vacacional ya superado tuve ocasión de hablar un rato con un joven de 22 años. Es estudiante de veterinaria, rugbier, hijo de un coronel del Ejército, posee sólidos principios patrióticos y “normalidad” en su apariencia: nada de aritos, ni argollitas, ni tatuajes, ni camisas floreadas. En fin, el hijo deseado o el yerno perfecto. Sin embargo, cuando la conversación viró acerca de sus costumbres con respecto al sexo opuesto, me sorprendió descubrir que el jovencito vivía en el más completo desorden: varias señoritas descocadas se incorporaban mensualmente a su morral. “Si se puede, ¿por qué no lo voy a hacer?”, me dijo. En él no había el menor asomo de cargo de conciencia por su actuar. La situación se le presentaba tan normal como salir a tomar una cerveza con sus amigos o comer un asado en familia los domingos. Este estado de cosas, todos lo sabemos, no es privativo de mi ocasional amigo sino que se extiende a la mayoría, me animaría a decir, de los jóvenes argentinos.
El problema de la “inconsciencia” moral se puede ver desde dos puntos de vista. No trataré aquí del peligro de condenación eterna en el que viven estos jóvenes de costumbres desordenadas ni tampoco de los grados centígrados de temperatura que merecerán en el infiernos sus fornicaciones, en cuyo cálculo se entretienen algunos sacerdotes de la FSSPX. Tampoco trataré de estos juveniles pecados cometidos como una ofensa a Dios, que lo son, pero, todos sabemos, Dios es impasible y nuestros pecados a Dios no le hacen nada. El pecado no es problema de Dios; es un problema nuestro, y por eso mi preocupación pasa, fundamentalmente, por lo que el pecado nos hace a nosotros, los pecadores.
Todo pecado daña a quien lo comete y, creo yo, los pecados del sexo provocan un daño particularmente nocivo en la piscología y en los recovecos más naturales del pecador. Por algo son pecados de la carne. Nadie nunca está libre de ellos (salvo, claro, el piola de Tomás a quien un ángel le regaló el famoso cinturón: así cualquiera) y mucho menos durante la adolescencia y la juventud. Sin embargo, cayendo en ellos pero sabiendo que se está cometiendo un pecando, el remedio al daño que se produce está a la mano. Si se reconoce el trauma, es posible la curación, decía Freud. Si el muchachito sabe que peca, le conciencia le pesa, se confiesa y alcanzará un propósito más o menor firme de enmienda, aunque al día siguiente vuelva a lo mismo. La reincidencia no importa mucho: lo importante en la vida cristiana es el caminar continuamente y no el llegar porque, en realidad, nunca se llega, salvo en la eternidad, como bien decía San Gregorio de Nisa.
El problema de la inconsciencia crónica es que no se camina. Se pasa la vida detenido y estancado. No saben que pecan, pero el daño igualmente se produce en la naturaleza de los jóvenes. Ya nos dirán los moralistas qué grado de culpabilidad tienen o el nivel de morigeración que tendrá en ellos la obligación de observar el sexto mandamiento, pero problema no se resuelve. Cuando de niño rompí una ventana con una pelota, habrán juzgado los adultos mi mayor o menor culpabilidad en el incidente, pero la ventana estaba rota y mis padres tuvieron que pagarla. El daño es atroz, y no saben que lo están sufriendo. Y destaco el gerundio: sufriendo, porque a pesar de que crean ellos y los demás que están gozando de vivir la “vida loca”, en el fondo, aunque imperceptible muchas veces, el daño lo sufren.
Se están desangrando, y no lo saben. ¿Será este el enorme y terrible castigo que deberán enfrentar los hombres de los últimos tiempos?


15 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Wanderer: muy buen post... ¡y justo para el dia de San Valentín! justamente me reía porque en la Radio estaban sorteando entradas para Le Prive... y bue... mis cordiales saludos...

Luis Sancho Vélez
de Zárate Namuncurá

Anónimo dijo...

Dicen que el hombre es homo ludens: juega, se divierte. Dejo unos fragmentos del historiador Godofredo Kurth sobre las diversiones en el Imperio Romano. Y de paso aprovecho para dejar constancia de mi agradecimiento y admiración por el castellaniólogo mayor, que en su momento me recomendó su lectura.

Útiles para reflexionar sobre las semejanzas que guarda Roma decadente con nuestra cultura actual.

Cordiales saludos,

Pablo.




Las diversiones del pueblo romano, que eran toda su religión, tenían el triple carácter que toma a la larga todo placer gustado por sí y para sí: eran a la vez obscenas, sanguinarias e imbéciles. Atelanas brutales que no tenían del arte dramático más que una forma exterior; presuntas tragedias en las que se representaban al natural los amores de Pasifae o el suplicio de Hércules; mimos abyectos, en que los placeres vergonzosos de la vista habían suplantado a los goces nobles del espíritu; todo ello destilaba como un veneno mortal que infectaba con su contagio el alma más firme. Una sola representación bastaba para marchitar definitivamente la vida moral del joven que se aventuraba en esos antros, y poetas poco escrupulosos confesaban que cualquier matrona que pasara por allí no tendría ya nada que aprender en lo tocante a obscenidad.

Hermana gemela de la lujuria, la sed de sangre se saciaba en espectáculos no menos sabrosos. La gradería inmensa del anfiteatro era el punto de cita de todos los que encontraban en la carne humana tiene tantos encantos en las convulsiones del dolor como en los espasmos del placer; allí se había encontrado el arte de convertir los suplicios en goces públicos y de asociar todos los espectáculos al oficio del verdugo; allí se sentía el pueblo-rey en el colmo de su satisfacción cuando los seres humanos, a menudo débiles mujeres, perecían entre los dientes de las fieras, o cuando millares de hombres se degollaban mutuamente para darle el gusto.

Finalmente, la imbecilidad, hija legítima de la lujuria y de la crueldad, llamaba a su vez a las muchedumbres hacia otras delicias que habían de encadenarla durante un tiempo aún más largo. Al ver el fanatismo de la multitud por las carreras del circo y su pasión insensata por caballos y palafreneros, se diría que había vuelto a la infancia.

La sociedad estaba como hechizada: sólo veía y entendía eso; ante el ruido del mundo que se desmoronaba, continuaba sentada frente a sus espectáculos favoritos, con los ojos obstinadamente fijos sobre aquellas cuadrigas queridas que se alejaban llevando en el girar de sus ruedas el alma de los hijos de Rómulo.

Pero al igual que los individuos, las sociedades tampoco pueden sustraerse al castigo fatal de los voluptuosos: la esterilidad y la muerte, fin donde lleva a hombres y pueblos el abuso del placer, al producir el agotamiento rápido de las fuerzas físicas en intelectuales.

Todavía se hallaban entonces, de vez en cuando, pensamientos libres y palabras claras, y la dignidad humana encontraba en la muerte voluntaria refugio contra la servidumbre. El suicidio atestiguaba, sin duda, la desesperación, pero una desesperación que valía más que la adhesión a la vergüenza. Desde luego, el escepticismo de un Plinio o de un Tácito tiene algo de doloroso, y revela una crisis terrible de vida interior; pero esta actividad altiva del espíritu frente a los problemas eternos está muy por encima de la abyecta religiosidad de las generaciones siguientes.

Anónimo dijo...

Pienso que tales faltas no revisten la gravedad insinuada, a a pesar de su desorden. Creo que en tales cicunstancias no tenemos el más mínimo conocimiento de lo que hacemos (por éso el artículo del blog se refiere a la inconsciencia). Y si no hay conocimiento, una adecuada advertencia y decisión libre de hacer la acción, no cometemos pecado alguno. ¿Qué libertad tendríamos en tales circunstancias cuando somos bombardeados por los medios de comunicación, por la manera de vestir de nuestro opuesto sexo, cuando la inclinación a desconocer el 6º mandamiento está al alcance de la mano, sin esfuerzo alguno?. Además ¿cuáles son nuestras reservas contra tales insinuaciones? No conocemos ni buscamos la verdad (nuestro único consuelo que nos sacaría de nosotros mismos) ni tenemos tampoco quien nos la predique a nos la haga conocer. En tales circunstancias hasta me parece sano el joven protagonista del blog ¿qué otra salida tiene?
Como siempre, los felicito por sus artículos y reflexiones.-

Cruz y Fierro dijo...

Estimado Anónimo,

tomando prestado el ejemplo que da el amigo Wanderer: aunque yo no sepa que rompí la ventana, la ventana está rota. En todo caso, mi culpa está en haber pateado sin mirar o sin cuidado. Pero alguna culpa hay. Dios sabrá qué castigo me impone. Y en eso no nos metemos. Pero lo que sí debe preocuparnos es que anden por ahí rompiendo ventanas "sin darse cuenta" --o pretendiendo "no darse cuenta".

Perdone mi lenguaje algo escolástico que aquí no gusta, pero si en la línea de Santo Tomás, los actos humanos pueden analizarse desde el objeto, el sujeto y las circunstancias, éstas no excusan la culpa del sujeto, en todo caso la califican, menos aún disculpan la gravedad del objeto. El muchacho ése (y fui durante más de 5 años dirigente de un grupo universitario parroquial para chicos del Interior en Bs. As., así creo que algo sé de lo que hablo) de alguna forma sabe que lo que hace está mal (lo que llamamos ley natural) aunque se auto-justifique o incluso viva con tal vértigo que no le permita escuchar la voz de la conciencia.

Autonomo dijo...

Estimado Wanderer:

Me gustó mucho el enfoque del blog. Como bien dice anónimo, ¿habrá pecado con esas conciecnias? No nos compete a nosotros saberlo. Pero si nos compete saber que mas alla de ofensa a Dios o no, infierno o no (buen post, repito), las faltas nos hacen mal a nosotros mismos.

Aunque sea desde un punto de vista humano, el tener sexo con diferentes mujeres genera en la persona males tan dañinos como quien vive el sexo como algo malo, represivo, etc. Dos caras de una misma moneda.

Se pierde la vision del valor de la mujer (quien pasa a ser considerada "la encargada de darme placer"). Un sacerdote me comentaba una vez (yo le hablaba de los problemas de los adolescentes educados en la represion, en el sexo mal visto y demas) y el me decia que peor que eso se le hacia acompañar a los adolescentes que en los ultimos 5 o 7 años habian teido sexo desenfrenado. Perdian consciencia de si mismos, no sabian quienes eran. Y perdian el valor de la mujer. Se les hacia muy dificil contactarse profundamente con el sexo opuesto cuando quierian algo serio. En fin, un temita.

Para terminar, amigo, relajese con eso de "normalidad". Conozco jovenes tatuados o que usan arito etc, que son muy normales y con profundos valores cristianos tambien.

Cordialmente,
Autonomo

Anónimo dijo...

Anonimo de las 7:55: me parece correcto lo de "sano"... pero por favor no olvide de remarcar que hay que luchar por el Reinado de Cristo en la Sociedad, y sacar éstas deformaciones del siglo... bueno de todos los siglos...

Anónimo dijo...

Estimado Wanderer:
En este post, Ud. ha dado un buen ejemplo que echa por tierra lo que he venido argumentando acerca de una buena eduación, que obviamente necesaria, no es suficiente para enfrentar el mundo moderno.
De todos modos, entiendoque la inconsciencia es propia de la edad, y que una vez adulto, es probable - Gracia Divina de por medio- que la semilla plantada en el seno familiar germine y de su fruto.
En el mientras tanto a los padres sólo nos queda rezar por nuestros hijos y practicar una vigilancia inteligente que ayude a nuestros hijos a tomar consciencia de sus actos.
Jhonn Travolta

Anónimo dijo...

Caminante:

Ud. se preguntaba por el daño que produce en la naturaleza de los jóvenes el problema de inconsciencia crónica. Un psiquiatra de mis pagos publicó una carta de lectores en el diario local, que copio al pie.

Pablo.



Estimado Sigmund:

Quiero contarte algo que no has tenido oportunidad de comprobar ya que tu deceso ocurrió en 1939. Nos habías enseñado que los trastornos emocionales (neurosis) eran el producto de fuerzas inconscientes, energía reprimida, que resultaban de un conflicto intrapersonal donde las fuerzas del ello (instintos) chocaban con las del superyo (exigencias del deber ser) en una persona de estructura débil. Esta conflictiva operaba de manera destructiva en el individuo y no se desharía de ella hasta evacuarla a través de tu psicoanálisis o hasta que los hombres liberaran de una buena vez sus instintos libidinosos, ejerciendo una sexualidad libre y sin tabúes.

Hoy la sociedad ha cumplido con creces tu propuesta. Todos ejercitan su sexualidad en forma libre y sin represiones; cada uno se expresa como quiere: con personas del mismo u otro sexo, con uno o con varios, o aún con chicos y adolescentes. Hasta los medios de difusión muestran imágenes en TV, revistas o internet de manera muy accesible. También los gobiernos (como el nuestro) favorecen la diversidad sexual como una sana forma de vida donde además, nadie tiene derecho a opinar en contra porque constituiría una grave discriminación. Algunos países aprobaron leyes de matrimonio homosexual y sus activistas no cesan en su empeño proselitista.

Con toda esta liberación sexual y con tanto psicoanálisis, las neurosis deberían haber desaparecido del planeta; sin embargo estimado Sigmund, nunca hubo tantos problemas emocionales como hoy. Medio planeta va al psicólogo y al psiquiatra, toman medicamentos sedantes, tienen problemas de estima, son inestables en los vínculos personales y hay un alto porcentaje de fóbicos, obsesivos, dependientes y depresivos. El número de pacientes va en aumento. No voy a negarte que tu propuesta me ha generado mucho trabajo y me mantiene muy ocupado pero te aseguro, que tu teoría de "liberación sexual" no ha solucionado el complejo tema de las neurosis. Creo que si pudieras verlos, reformularías tus hipótesis.

Muy atte.

Dr. Javier Travella
Psiquiatra

Anónimo dijo...

Para el anónimo de las 7.55: Si bien puede reconocerse que la existencia de ciertos condicionamientos, estos condicionan pero no determinan y en modo alguno puede decirse que en el caso que nos ocupa lleguen al extremo de anular la voluntad del sujeto, por lo que la conducta realizada se le puede imputar y, por ende, cometer pecado. Debe señalarse que incluso en caso de perversiones graves, donde el sujeto dice experimentar una especie de compulsión para ejecutar el acto (p. ej. una violación), no por ello dejan sus acciones de serle imputables; su voluntad no está anulada, comprende la criminalidad del acto y por ello puede ser castigado penalmente, si así no fuera no podría encarcelarse a ningún violador. Otra cuestión a tener en cuenta es que el sujeto es libre de colocarse en determinadas situaciones y si temerariamente se coloca en una de la que puede resultar un pecado, éste aunque sea cometido bajo el impulso de la pasión le es imputable como tal, ya que en la causa su acción fue libre ("actio libera in causa")(p.ej. él decidió ir a ese lugar donde sabía que vería señoritas livianas de ropa que normalmente excitan su pasión). Además, debemos en conciencia, si la pasión que nubla nuestro juicio no tiene su arraigo en nosotros debido a nuestra culpa; es decir, libremente realizamos un acto, luego otro, y así sucesivamente hasta adquirir un vicio, luego aunque este vicio llegue a nublar completamente la razón, igualmente pecamos por que dicho vicio tiene su origen mediato en la voluntad.-
En cuanto a la incociencia de que se habla, cabe señalar que la conciencia errónea (p. ej. cometo una acción mala pero creo que no lo es) para exculpar de pecado no debe ser una conciencia culpablemente errónea y lo es cuando negligentemente se omite formarla rectamente, a través del conocimiento de la doctrina cristiana. Si bien es cierto que algún sacerdote puede enseñar erróneamente en esta materia o directamente no enseñar, una persona con cierto nivel socio-cultural como es el joven al que refiere el blog, bien debe saber que no puede guiarse por lo que aquél diga o no diga, sino por lo que la Iglesia diga, siendo en la actualidad muy fácil el acceso a los libros y documentos que contienen su doctrina.

Anónimo dijo...

Perdón: ese fui yo.

Lupus

Anónimo dijo...

Cito a Lupus: «Si bien es cierto que algún sacerdote puede enseñar erróneamente en esta materia o directamente no enseñar, una persona con cierto nivel socio-cultural como es el joven al que refiere el blog, bien debe saber que no puede guiarse por lo que aquél diga o no diga, sino por lo que la Iglesia diga, siendo en la actualidad muy fácil el acceso a los libros y documentos que contienen su doctrina.»

Mi experiencia al hablar con jóvenes de parroquia sobre estas materias es que no reconocen la autoridad de la Iglesia, ni buscan la verdad. Esto dificulta mucho el diálogo porque uno no encuentra un fondo para dar razones de nuestra fe. Es muy triste toparse con el relativismo de estos jóvenes.

Ezequiel.

Anónimo dijo...

Ezequiel: al decir "ése fui yo" no me refería al comentario anónimo de 15:01, sino a uno posterior, que terminó siendo posteado por la infatigable generosidad de Wanderer.

Lupus

Anónimo dijo...

Entonces... perdón. De todas formas Lupus eras un medio para expresarme. :-)
Mi intención era señalar la dificultad de mostrar esto que nosotros vemos. Para el común de los parroquianos no existen cosas objetivas, o al menos, no lo tienen claro.
A veces me preguntó porqué la gente sigue yendo a Misa a escuchar al cura si no aceptan su autoridad, ni la de Dios. Y sobre todo me asombra esto en la juventud.
Sabrá Dios cómo obra en el interior de esos jóvenes que cantan bobadas con voces melosas.
Nada más.
Ezequiel.

Anónimo dijo...

Me parece que el asunto es que se ha perdido el concepto de Pecado. Porque no se cree que exista el Alma ni la vida después de la Muerte. Por tanto no hay premios ni castigos, ni pérdida del fin último. Y el concepto de Pecado, carece entonces de inteligibilidad.
La gente cree a pie juntillas en los virus y las bacterias, y toma las precauciones del caso (en fin, casi siempre).
No cree en la existencia del Alma, el Pecado, etc, y por tanto hace caso omiso a todo lo relativo al tema. Aunque nominalmente sea católica.

Javier

Lhd dijo...

Estimado Wanderer:

Lo felicito por haber elegido estos temas. Yo diría que junto al tema de la pérdida de la Fé, el de las tentaciones sexuales son los mas generalizados y de difícil abordaje.

Y parecería que ambos temas están relacionados: si no creo en un un castigo -concepto que integra la Fe- es que "vale todo" ¿o no?

Ustedes me dirán que el sucumbir sexual no pasa por la falta de una "amenaza de" (castigo eterno). Es verdad, sin embargo no encuentro, en una primera aproximación, otro remedio. Veamos:

No lo es la promesa de un paraíso que nadie entrevé lo que pueda resultar (y apuesto a que si se supiera que ese paraíso es como el musulmán con vírgenes a gusto del consumidor, a lo mejor alguno se refrenaría...).

Ni lo es el recurso a una cualquiera explicación: "es contra la ley natural" -para el que no tiene Fe el acto sexual es el mismo antes o despues del matrimonio como Sacramento-; "te hace mal a tí mismo" (aquí me permito discrepar con Ud. W en cuanto esa explicación sirva para poner freno al mal, no como dato objetivo que es) porque el pecador dificilmente vea que ese acto le haga mal, incluso, en algunos casos, hasta lo podría ver como algo virtuoso (¿no se dice comunmente "hacer el amor"?).

Me dirán también que aun con la "amenaza de" (castigo eterno)igual se cae. Tambien es verdad y la prueba está en esos jóvenes aparentemente "bien formados" (aun bajo la enseñanza católica tradicional) que luego terminan enredados en estas cuestiones (¿quién no?).

Porque el tema no pasa por aprenderse bien o de memoria el catecismo o pontificarle "esto está bien" o "esto está mal" si despues el camino de ese joven no es allanado de alguna manera.

En mi experiencia sólo una vida comunitaria (católica en mis caso, pero me apresuro a decir cualquiera que viva de ciertos valores donde lo sexual pecaminoso esté refrenado) constituye el remedio.

Y cuando digo vida comunitaria no me refiero unicamente a la vida conventual sino a una vida organizada para la vida en común (actividades religiosas y recreativas) y esto durante TODO el año (vacaciones incluídas)y en lo posible que abarque e involucre a todos lo integrantes de una familia.

No en vano es la vida elegida desde siempre para llevar una vida apegada a los valores (recuérdese por ej. a los esenios que no eran solo monjes sino tambien familias)

¿Dónde está la explicación? En por un lado el elemento "confianza" (estoy persuadido que mi congénere no hace "tal cosa", lo que se dice el "buen ejemplo") y en por otro lado el elemento "colectivo" (no soy yo el único "loco" que me refreno, hay otros en mi misma situación).

Por supuesto, están las excepciones (el cura pedófilo o el encargado que sucumbe).

Pero son eso mismo, excepciones: en un caso porque se traiciona precismante la "confianza" (lo cual la hace doblemente nociva); en otro caso porque no se sigue la regla de la comunidad- pero se aparta él o ella sola- por falta de convencimiento (o de Fé).

Atentamente