martes, 15 de junio de 2010

Rodeados


Cuando era más joven, la figura de Santo Tomás Moro no me terminaba de simpatizar. La asociaba –erróneamente de mi parte-, con el humanismo renacentista y cuasi pagano que, en esos momentos, agotaba mi comprensión del concepto humanismo. Hizo falta leer el libro de Bouyer sobre Erasmo y su breve semblanza de Tomás Moro para que cambiara de opinión.

Justamente en este último librito, Bouyer describe una escena terrible y, a la vez, oportuna, cuando no premonitoria, de los tiempos que nos tocan vivir y que se avecinan.

El 11 de mayo de 1534 Tomás Moro es el único laico convocado a Lambeth para prestar juramento, junto con el clero de la ciudad y de Westminster, del acta por la cual se reconocen como legítimos herederos del reino a los hijos de Enrique VIII y Ana Bolena y la aceptación formal del cisma que reconoce al rey como cabeza de la Iglesia.

Los tres jueces le piden que firme el acta, a lo que él se niega, como había hecho en otra ocasión, un mes antes. Le ordenan entonces que se retire a una sala contigua del palacio de Lambeth a fin de que reflexione acerca de su decisión, mientras los jueces toman el juramento al resto de los convocados. Tomás Moro prevé que su negativa equivaldrá ya no sólo a la pérdida de su posición y de parte de su fortuna –como antes había ocurrido- sino a su prisión y, luego, a su muerte.

Mientras piensa en todo esto, ve por la ventana de la sala en la que se encuentra, a toda la clerecía londinense, rivalizando en servilismo, que hace cola para firmar el acta. Sabe, o sabrá, que todos los obispos del reino también la firmarán, excepto uno, John Fisher, obispo de Rochester, que lo acompañará más tarde en la prisión. Es más, los únicos que morirán en esa etapa de la persecución, serán él, Fisher y una comunidad de cartujos. El resto, todo el resto, de los obispos, sacerdotes y religiosos, prefieran aceptar el acta.

Posiblemente habrán hecho algún vericueto en su conciencia: en definitiva –habrán pensado-, se trata de una cuestión jurídica, y no es cosa de andar arriesgando las prebendas y la misma vida.

Y Tomás, un simple laico, los mira desde su ventana. Da escalofríos pensar en la soledad de ese hombre. ¿Dónde se apoya? ¿En la Iglesia? Sus representantes más conspicuos están allí abajo, peleándose por ser los primeros en firmar. Y él va a morir por no firmar. ¿Hasta dónde su conciencia le indica lo correcto? ¿No será que se equivoca? ¿Hasta dónde es necesario ser fiel a ella?

No sé por qué, pero hace unos días esta escena me ronda por la cabeza. Como dice un amigo –y todos lo tomamos en broma-, “Estamos rodeados”. Creo que tiene razón. Estamos rodeados y, por eso mismo, estamos solos.

18 comentarios:

Coronel Kurtz dijo...

Pero vale la pena seguir leyendo:

"Now when Sir Thomas More had remained in the Tower a little more than a month, my wife, longing to see her father, by her earnest suit at length gat leave to go to him. At whose coming (after the seven psalms and litany said, which whensoever she came to him, ere he fell in talk of any worldly matters, he used accustomably to say with her) among other communication he said unto her, “I believe (Meg) that they that have put me here, ween they have done me a high displeasure. But I assure you on my faith, mine own dear daughter, if it had not been for my wife and you that be my children, whom I account the chief part of my charge, I would not have failed, long ere this, to have closed myself in as strait a room and straiter too. But since I come hither without mine own desert, I trust that God of his goodness will discharge me of my care, and with his gracious help supply my want among you. I find no cause (I thank God, Meg) to reckon myself in worse case here, than in mine own house. For methinketh God maketh me a wanton, and setteth me on his lap and dandleth me.”". William Roper (yerno de Moro), The Life of Sir Thomas More.

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

Siempre pensé que Tomás Moro es un megalomártir de la modernidad.

Porque una cosa es morir con la convicción absoluta de que la conducta que te están pidiendo es intrínsecamente mala y que no cabe sino apostatar de Cristo y de su Iglesia si te rendís; y otra muy distinta tener la duda de qué sea aceptable o no. Si no te estarás pasando de rosca y de rigorista. Si estás siendo mártir de una pelotudez.

Eso debe ser un martirio extra. Que venga tu buena Alice y te diga que sos un obstinado, que ella ya prestó juramento. Que venga la niña de tus ojos, Margaret y lo mismo. Tu buen yerno Roper, rescatado de las fauces del protestantismo y lo mismo. Si me autorizó el cura, si se agrega con la mente "hasta donde lo permita la fe de Cristo", como había inventado el buen obispo conservador el año anterior...

Y la casuística de las preguntas nocturnas:
¿No me estaré equivocando? ¿Está bien o está mal prestar juramento? ¿No habrá forma de zafar, un límite milimétrico a la restricción mental que me salve del pecado mortal y me salve el cuerpo? ¿Hasta dónde llega el vestido de mi juramento para que no sea pecado mortal, cuán larga debe ser la falda para cubrir las rodillas de la apostasía? ¿No será que es pura stubbornness y me estoy arruinando la vida y la de los míos al cuete?

Lo más difícil no es hacer el bien. Es saber qué está bien, sobre todo cuando no está claro y me estoy arriesgando al tuciorismo ridículo. Y eso, en la Torre, entre el frío y los piojos, escribiendo sobre la amarga Pasión... Solo.

Megalomártir.

Anónimo dijo...

Malachi Martin dijo:

Gran post, Wanderer.

Y justísimo el comentario de Ludovicus.
Ahora,en cuanto al tema de "cómo saber si no me estaré pasando de rosca o de rigorista" cuando el límite no está muy claro, yo creo (humildemente)que siempre es mejor darlo todo, aunque sea "por las dudas": Dios no se merece menos...

Y si resultara que,en realidad, no hubiera sido tan necesario, ¿quién puede dudar del gozo y la ternura infinita que causaría al Corazón del Padre ese "error de apreciación" de su pobre hijo? ¿Y cómo no se encargaría Él de hacer que las consecuencias de ese acto redundaran en el mayor de los bienes para los familiares directos de quien no se reservó nada por Él?

Los tres jóvenes ante el horno ardiente, ni siquiera tomaron en consideración la posibilidad de ser salvos por el poder de Dios: "No tenemos necesidad de responderte acerca de este asunto. Si nuestro Dios, a Quien servimos, quiere librarnos, nos librará del horno de fuego ardiente y de tu mano, oh, rey. Y si no, sabe, oh rey, que nosotros no serviremos..." (Dn 3, 16-18). No les importaba si Dios los salvaba o no, porque en realidad lo más digno para un hijo de Dios era dar la vida por este Dios tan grande.

Me parece que tenemos que pedir al Señor esta gracia: no temer ser "exagerados" en la fidelidad. Nuestras mediciones estrictas son indignas de Él...

-M.Martin -

Pippin dijo...

Estimados amigos

Gracias por el post y los comentarios. Le han hecho muy bien a mi alma. Coincido en que muchos de los que queremos realmente ser católicos hoy padecemos ese "martirio" de la soledad por nuestra "exageración" al querer seguir a Cristo. Y cuanto más lo pìenso, más me doy cuenta de mi indignidad y pequeñez para tamaña empresa; sin embargo "todo lo puedo en aquel que me conforta", pues al fin y al cabo, nuestra salvación es obra de Él, de principio a fin.

Pippin
Hobbit ignorante

Edmundo Florio dijo...

Bergoglio habria firmado?? jajajajajaja

Anónimo dijo...

Y aun así como lo pinta Ludovicus, Sto. Tomás tenía ante sí un acta determinada que firmar o no, con el hacha pendiendo sobre su cabeza.

En los tiempos que corren tenemos también en cierta manera diversas actas ante nosotros, aunque no se nos hace comparecer ante un tribunal exigiéndonos su firma so pena de muerte. Al menos no por ahora, o no de manera generalizada.

Pero el resultado de no firmarlas, después de haber atravesado la tribulación de la que da cuenta Ludovicus, es quedarse cada vez más solos, rodeados por el enemigo, como dice Wanderer.

Odiados por el mundo. Mirando la fiesta desde la noche oscura, a través de los cristales.

¿Será de este modo la tribulación como nunca antes la hubo?

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

Se la complico más, Malacchi. ¿Y cuando las consecuencias de mi acto van a afectar a terceros? Y si por terquedad o error de apreciación me estoy "martirizando" y martirizando a otros sin necesidad? ¿si pongo en juego vidas de otros, como el jesuita de "Silencio" de Endo?

Ahí está la clave de la cerrada defensa de Moro, hasta el final. No regaló la vida, ciertamente, se defendió usque chicanam.

Un martirio esa duda, porque no versa sobre la fe o sobre el bien asequible, sino sobre el juicio de la razón práctica, es decir, sobre la prudencia. Martirio de la prudencia.

Anónimo dijo...

Malachi Martin dijo:

Sin duda, Ludovicus, que es tremendo ese "martirio de la prudencia"... Déjeme pensar mejor la respuesta que me animaría a darle en cuanto tenga un poquito de tiempo, más tarde. (Aunque no difiere mucho de lo que ya expresé)

Toto corde.

jack tollers dijo...

¡Eh, eh! ¡Paren la mano un poco con lo del martirio! Esperen un cachito, bajen un cambio...

No se olviden que también está el otro lado del asunto, los "provocantes", etc., y recuerden que en los primeros tiempos de la Iglesia, los principales heresiarcas se inclinaban por cuenta de más, y que, de rigoristas que eran, perseguían a los que no "buscaban" el martirio.

Fracuentemente sucede en la historia de la Iglesia lo que describe Ronnie Knox en su "Enthusiasm":

"El debilitamiento de la fe o de la caridad en el cuerpo general de los cristianos suele, como veremos una y otra vez en el curso de nuestra indagación, producir una reacción en el sentido contrario; un sarampión de rigorismo que exagera la disciplina de la Iglesia. Y pareciera que como resultado de aquella reacción, hay entre los fieles quienes estiman en demasiado (como si eso fuera posible) el martirio mismo".

Y un poco más adelante:

"Con las persecuciones siempre pasa así, a menos que sean llevadas à l'outrance. Por una parte, hay tanto para decir a fvor de tomar partido por los contrafuertes más salientes de los principios; si uno se niega a conceder una sola pulgada, el perseguidor te respetará tanto más por eso mismo, comprenderá que lo tuyo es cosa seria. Pero de otra parte, hay mucho para decir a favor de evitarlo si resulta posible, por lo menos no precipitando un conflicto; resistid, por supuesto, pero al hacerlo distinguid entre lo que resulta esencial y lo que es meramente accesorio, entre las concesiones que puede hacerse con cierto desgano y las que no pueden hacerse bajo ningún punto de vista; no provoquéis severas medidas por razón de un fanatismo innecesario..."

El caso de Tomás Moro es fabuloso, precisamente porque anduvo en este negocio. Intentó zafar cuánto pudo, cuánto lo dejó su conciencia.

Y tuvo, cómo no, su dosis de aquellas noches que tan bien describe el Megalomártir. Y ahí está el martirio. Ahisito mismo, créanme.

Con su primer premio. El día de su ejecución Tomás estaba bien, alegre, y se permitió el chiste con su verdugo, dándole propina para que haga bien su trabajo.

De manera que murió perfectamente en paz, perfectamente convencido.

Ese sí que es martirio perfecto.

J. T.

Anónimo dijo...

Malachi Martin dijo:

Ludovicus, aquí va mi humilde respuesta.

Ud. pregunta qué pasa "cuando las consecuencias de mi acto van a afectar a terceros". Como en el caso del gran Tomás Moro, obviamente primero intentaría analizar lo más exhaustivamente posible el asunto con la guía del Espíritu Santo, rogándole su luz para evaluar bien a pesar de que vea o escuche a otros hacer o decirme lo contrario. Si aún así continuara viendo que es mejor o más digno de Dios mantener mi negativa, la mantendría. Y me cuidaría más del ejemplo que podría dejar en los allegados a mí que en ninguna otra cosa. Después de todo, en realidad no dependen de mí: todos estamos en las manos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (o "del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo", como le guste más); de Él recibimos el ser (nosotros y todos los nuestros), en Él vivimos, nos movemos y existimos yo y los que Él me ha dado, que son suyos...

Creo que tenemos que tener presente ésto: que "los míos" son Suyos, antes que míos, y por lo tanto Él es Quien cuidará de que nada les falte...Y que es mejor el bien que se les pueda hacer en el alma, antes que en sus necesidades materiales.

Hablo ahora como un hijo: sería un gozo enorme y un honor para mí el ver a mi padre optar de ese modo, aunque yo me quedase en la calle... (Dios no me dejaría sin ayuda, pierda cuidado).

Y si fuera una esposa terrena, quisiera ser como aquella joven Señora (con mayúsculas) que tranquilizaba a su esposo militar que murió en Malvinas: "Cumplí con tu deber. No te preocupes por mí. Yo sabré qué hacer." Lamento no recordar el nombre de esta Señora, pero seguramente Ud. sabe quién es.

Y, disculpe que le diga esto, pero me parece que los esposos deben "educar" a sus esposas en estos ideales, y a sus hijos, e ir haciéndoles "comprender" (lo hará el Señor, no tema) que en caso de plantearse una situación así, hay que responder según la propia conciencia delante de Dios, y que éso no significa amarlos menos sino todo lo contrario, porque primero está "El Primero" que "me amó hasta entregarse por mí", y a Él nos debemos en primer lugar.

Perdón por el atrevimiento de decir estas cosas, seguramente Ud. las sabe (y quizá mejor que yo), lo mismo que J. Tollers, pero me parece necesario hacerlo por el camino que van tomando las cosas y porque, al fin de cuentas, o educamos a nuestras familias así o fracasamos como cristianos, directamente.

Un saludo cordial.
- M. Martin -

Patricia Jáuregui dijo...

Estoy completamente de acuerdo que en la familia tenemos que educarnos mutuamente para vivir los mas altos ideales. Y me atrevo a ir avanzando un poco mas todavía en el rumbo de M.Martín: hemos de recordar que, siendo que "nadie da lo que no tiene", los primeros en educarnos en esos altos ideales e ir creciendo en confianza en Dios debemos ser nosotros mismos. La palabra martir viene de "testigo", tenemos que morir a nuestros egoismos y caprichos para vivir en la verdad en lo cotidiano, sin hacer ni si quiera pequeñas concesiones a la mentira! Para que no solo nuestras palabras sino nuestro testimonio de vida eduque y convenza a los que viven con nosotros y a nuestro alrededor.

Juancho dijo...

Yo lo que escuché sobre Tomás Moro es que evitó cuanto pudo el martirio.

Y que hizo la confesión que le trajo la muerte solo cuando no le quedó otra posibilidad.

Y también que el martirio no hay que buscarlo. Como tampoco hay que buscar o pedirle a Dios la cruz.

Y que los Santos Padres de los primeros siglos alertaban contra los imprudentes o presumidos que se presentaban ante los tribunales paganos para ser martirizados.

Juancho.

Coronel Kurtz dijo...

Me hizo pensar mucho lo de Jack Tollers. Las actitudes de algunos (a veces también las mías) me hacen acordar a los donatistas y sus acusaciones a "la iglesia de los traidores" porque no se dejaban martirizar "al cuete".

Juancho dijo...

Tollers:

Aplaudo sus palabras.

Y le juro que lo que escribí fue antes de leer lo suyo.

Repito lo que antes le pregunté: como hago para contactarme con Ud?
Le envié algunos mails pero no me contestó.

Juancho.

Anónimo dijo...

Malachi Martin dijo:

Juancho, y Cnel. Kurtz, no se trata de arrojarse imprudentemente a una ocasión que, si se analizara un poco más (siempre en fidelidad a la Verdad), mostraría una salida alternativa pero correcta.

Lo que he dicho es que si, una vez analizadas bien las cosas y sin ánimo de "esquivar" un fin violento, sino de ver si realmente corresponde mantener una postura hasta ese límite (cosa muy distinta a la que plantean Uds.), digo entonces que si la conciencia me sigue mostrando que ése es el camino, hay que ir adelante sin más, confiados en Dios y confiando a Dios los que dejemos atrás...

No creo que estuviera en el ánimo de Tomás Moro "esquivar" nada, sino asegurarse lo más posible de que ése era el camino, sin imprudencias pero sin prudencias carnales. Ojo cómo leemos las cosas.

Saludos.
-M.Martin -

Coronel Kurtz dijo...

Malachi: No me refería específicamente a lo que Ud. había escrito. Sin embargo, ahora que lo releo veo que eso está muy bien quizá desde la teoría, pero en la práctica es bastante más complicado. Si quiere, la seguimos en el post nuevo de W pues la complicación que yo veo tiene que ver más con eso (una cosa es aceptar el propio martirio, incluso -le diría- el de los hijos y la mujer [y, creo, hasta ahí nomás], pero ¿el de otros que no están directamente relacionados con nosotros? ¿podemos hacerles pagar por nuestras creencias? ¿no nos estaríamos convirtiendo en "talibanes"?).

jack tollers dijo...

Juancho, aquí, por segunda vez, mi correo:

tollers.jack@gmail.com

Saludos,

J. T.

Anónimo dijo...

Martirio o falta de prudencia... deberían leerlo los de la capillita de Flores, ahora que se quejan por su clausura...
Es la misma conducta de siempre la de estos tradis... qué mal que nos dejan... Y después lamentándose porque lo perdieron todo.
Todo por una procesión...