lunes, 13 de marzo de 2023

Hace diez años

 




[En este día de tristes recuerdos, cuando se cumplen diez años del error fatal cometido por el Sacro Colegio, reposteo el artículo que publiqué ese día, 13 de marzo de 2013. Me equivoqué en algunas de mis predicciones, sí; pero en la mayoría acerté, y me quedé corto, lamentablemente].


Algunas primeras reflexiones con la cabeza aún bamboleante entre la desesperanza y el terror.

1) La desesperanza es el peor enemigo y la tristeza es un demonio. No caigamos en esa tentación.

2) La Iglesia es la Esposa Inmaculada del Señor. Si Él no la cuida, para qué nos hacemos problema nosotros. Que se encargue Él.

3) Somos católicos y Bergoglio es el papa. Nos guste o no. No queda más que rezar por él y reconocerlo como tal.

4) ¿Cómo los cardenales pudieron elegirlo? No lo sé. Algunos habrán comprado el cuento del hombre humilde que viaja en subte; otros habrán visto en él la cabeza de los anti-ratzingerianos. Y todos habrán pensado: A este sudaca le damos un trabajo de sudaca que ningún europeo quiere hacer: limpiar la Iglesia. Convengamos que la cloaca venía tapándose y el Alemán, cuando vio el informe que le presentaron los tres cardenales, se dio cuenta que había que había que destaparla con mano, porque no hay sopapa que aguante. Y lo buscaron a Bergoglio. Y creo que es un trabajo que el jesuita va a hacer, pero mucho me temo que tire el agua sucia con niño y todo.

5) El problema es la fe. Algunos nos recuerdan con mucha razón que Dios es capaz de hacer de las piedras hijos de Abraham, pero nosotros tenemos que juzgar por lo que sabemos y por lo que vimos. Sobre lo que sabemos de él, huelga hablar. Y lo que vimos: hagamos la composición de lugar, ya que comenzamos un periodo jesuita. El Gran Humilde es elegido papa. Se acerca el maestro de ceremonias y le indica los pasos a seguir y las vestiduras a utilizar. Rechaza el hábito coral para su primera aparición pública y le ordena a Mons. Marini que le cambie pectoral estilo benedictino que tenía preparado por uno más sencillo. Le pide a la multitud que rece por el “obispo emérito” - y no por el papa emérito- y, antes de dar la bendición urbi et orbi, casi pide que lo bendigan primero a él, inclinándose en un gesto inaudito.

Es verdad. Son trapos y gestos, pero que aparecen en los primerísimos actos de su pontificado. Quiero decir, no tuvo ni tendrá ningún reparo en hacer lo que se le ocurra y cambiar lo que le venga en gana. Bergoglio va por todo.

Puede ser esta una personalidad que sirva para destapar la cloaca y mandar a su casa o a la cárcel a todos los pedófilos y a todos los maricas enquistados en el Vaticano, y también desarmar las matufias económicas de la Curia Romana. Pero temo que se lleve puesta la fe de la Iglesia, que se manifiesta en sus símbolos. Y ya vimos los primeros.

6) ¿Qué hacer?

a. En primer lugar, lo obvio: oración y penitencia. Y agregaría, rosario, oficio divino, las plegarias más tradicionales, porque hay que

b. cuidar la fe. Ahora veo bastante más claro la expresión de “pequeño rebaño”.

Hay que cuidar la fe católica, y se la cuida siendo católicos en el tiempo. Volver a leer, una y otra vez, todos los días, incansablemente, a los Padres, a los Doctores, a los Santos. Ellos son nuestros, y nosotros somos de ellos. Ellos son nuestra morada, y con ellos estamos en casa.

c. Esto lo digo con cierto temor y temblor. Puede ser excesivo, pero en fin. Creo que hay que adoptar la misma actitud que con Kristina: evitarlo a Francisco en lo posible en la TV, en la radio, en sus homilías. Muchas me dirán: es el papa y está asistido por la gracia del Espíritu Santo. Pero yo les digo: La gracia supone la naturaleza, y su naturaleza ya la conocemos. Quiera Dios que me equivoque, pero no espero un milagro que lo transforme.


Hay una idea que me ronda en cabeza desde hace algunas horas y no puedo espantarla: Bergoglio es un jacobino. Va a ser el Gran Entregador.



Scolia:

1) Qué tristeza para los argentinos: hacerle esto a la Santa Iglesia.

2) Debo reconocer que Ludovicus tenía razón: Ratzinger fue el peor político de los últimos tiempos. Fue el Gran Duhalde: le dejó servida la Iglesia a su enemigo.

3) No hay mal que por bien no venga: ya Luis D´Elía lo advirtió en su Tweeter. Bergoglio no se la va a perdonar a Cristina. Les va a hacer pagar a los K. todas las cuentas. Creo que se puede modificar, y mucho, el panorama político del país.

4) A todos nos gustaba hablar de las profecías de los últimos tiempos, pero cuando las vemos cerca… ay, ay, ay.

sábado, 11 de marzo de 2023

Comentario, y respuesta, de Mons. Víctor Fernández, arzobispo de La Plata

 


[Recibí un comentario firmado por Mons. Víctor Manuel Fernández. Resulta imposible saber si, efectivamente, quien lo firma es quien dice ser, pero todo hace suponer que sí lo es. Además, el comentario es respetuoso y tiene sentido. Aquí lo reproduzco y respondo]


Disculpe, Sr. Wanderer. Conozco su nombre real que usted no indica pero le llamaré cono usted se presenta. Usted afirma que yo digo textualmente que se puede comulgar sin estar en gracia de Dios, lo cual es ciertamente una herejía. Pero usted sabe bien que no es eso lo que yo dije textualmente, y se puede confirmar viendo el video. Eso se llama falso testimonio pero parece que no forma parte de su moral. Usted puede interpretar mis dichos como quiera y criticarme como justo. Pero sabe que es deshonesto decir que yo afirme textualmente algo que yo nunca dije ni diría. Por consiguiente debería plantearse en su conciencia si no está en el grave deber de retractarse.

Mons. Víctor Manuel Fernández

Arzobispo de La Plata


Respuesta:

Estimado Mons. Fernández,

Deseo agradecer, en primer lugar, su mensaje. Más allá de las profundas diferencias que tengo con respecto a muchas de sus opiniones, es un gesto que realmente valoro.

Usted me recrimina, y creo que con toda razón si fuera cierto, que yo escribí que usted habría dicho textualmente que se puede comulgar sin estar en gracia de Dios, lo cual es ciertamente una herejía. El caso es, monseñor, que yo nunca hice tal afirmación. En el colegio primario me enseñaron que todas las citas textuales deben colocarse entre comillas. Entonces, cuando en mi artículo yo hago referencia a dichos textuales suyos, éstos van siempre entrecomillados. Y en este caso son tres: “sin darse cuenta”, “terrible” y “la Iglesia se equivocó terriblemente”. Admito que esta última expresión no la dijo usted tal cual, pero es el sentido de sus palabras: es “terrible” lo que pasó, dice usted. ¿Qué es lo que pasó? Que la Iglesia desarrolló “una filosofía y una moral” clasificatoria y rotulatoria de las personas. Y concluye: “Gracias a Dios el papa Francisco nos ayuda a liberarnos de estos esquemas”. Se entiende entonces que esos esquemas —la filosofía y la moral clasificatoria que había desarrollado la Iglesia durante siglos— son equivocaciones, o errores “terribles”, de los que el papa Francisco nos libera.

De este modo, monseñor, debo rechazar la acusación que usted me hace. Por otro lado, yo sé que no soy un hombre dotado de una inteligencia particularmente aguda; sin embargo, también sé que no soy un idiota que escribiría una mentira, o un “falso testimonio” como usted muy bien indica, debajo de la prueba que sacaría a la luz tal mentira, y la prueba es el video publicado el día anterior y enlazado a la entrada en cuestión. Yo no estoy reportando algo que oí y los lectores son confundidos ingenuamente por mí interpretación. Estoy comentado un video que los lectores tienen a un click de sus dedos y en el que pueden corroborar lo que digo y sacar sus propias conclusiones.

Pero el núcleo de la cuestión, más allá de los entrecomillados, es que yo considero que usted efectivamente pronunció una herejía desde su cátedra. Y lo hizo estableciendo las premisas para que cualquier persona medianamente formada en la fe y capaz de elaborar un silogismo pueda llegar a esa conclusión. Usted dice que a la Iglesia le sucedió algo “terrible” —término que tiene una valencia claramente negativa— durante muchos siglos porque rotulaba a las personas y disponía que “este puede comulgar, este no puede comulgar” (1:10). Y tiene razón porque esas clasificaciones existieron y existen. Pero, ¿cuándo establece la Iglesia que alguien no puede comulgar? El catecismo nos dice que son tres casos: cuando está en pecado mortal, cuando no sabe a quien va a recibir o cuando no ha guardado el ayuno eucarístico de una hora, suponiendo siempre que la persona es un católico bautizado. Estos, y sólo estos tres, son los casos por los cuales la Iglesia impide que alguien se acerque a recibir la eucaristía. De los dos últimos, estimo que se hablará solamente en las clases de catecismo de los ambientes tradicionalistas. Por el contexto de toda su homilía —que también enlacé en el artículo— puede deducirse que usted se refiere al primer caso. Simplificando, usted dice que fue algo “terrible” que la Iglesia “clasificara” a las personas por su “aspecto, capacidades u orientación sexual” o por otras razones, impidiéndoles comulgar (es textual sólo lo que está entre comillas; el resto es la deducción que hace cualquier persona que escuchó su sermón, y que hago yo). Y usted, monseñor, sabe que la Iglesia nunca consideró que el aspecto, las capacidades o la orientación sexual fuera un motivo de negar la comunión; lo era y lo es, en tanto y cuanto, en este último caso, esa persona no viva castamente y, consecuentemente, estaría en pecado mortal, es decir, el primer requisito de los señalados más arriba.

La conclusión a estas premisas que usted tan claramente estableció en su homilía es prístina: esta “filosofía y esta moral” que “durante siglos y siglos” desarrolló la Iglesia era algo “terrible”, es decir, que infundía terror; era malo. Ellas establecían que algunas personas no pudieran comulgar. ¿Quiénes eran estas personas? Los que estaban en pecado mortal. Pero ahora “el papa Francisco nos ayuda a liberarnos de esos esquemas” y, por lo tanto, las personas que están en pecado mortal o, lo que es lo mismo, que no están en gracia de Dios, pueden comulgar. Esta es, monseñor, la conclusión a la que llega cualquier persona que haya escuchado su homilía. Y esta conclusión es una herejía, como usted bien dice en el mensaje que me envió. Y recurro verbatim a las últimas palabras de ese mismo mensaje: “Por consiguiente debería plantearse en su conciencia si no está en el grave deber de retractarse”. 

jueves, 9 de marzo de 2023

El silencio ante la herejía de Mons. Víctor Fernández

 


Ayer publiqué un breve fragmento de la homilía pronunciada el domingo 5 de marzo por el arzobispo de La Plata, Mons. Víctor “Tucho” Fernández, en su catedral. Pueden ver la ceremonia completa en este enlace

Creo que no es necesario abundar no sólo en este blog sino en cualquier ámbito católico, sobre la gravedad de las palabras pronunciadas por quien es uno de los asesores teológicos más importantes del papa Francisco. 

“Sin darse cuenta” —dice textualmente Mons. Fernández— la iglesia desarrolló durante siglos una doctrina llena de clasificaciones que establecían que: 

a) Sólo pueden comulgar aquellos bautizados que están en gracias de Dios y no pueden hacerlo quienes están en pecado mortal

b) Sólo pueden recibir la absolución sacramental quienes están arrepentidos de sus pecados y muestran propósito de enmienda. 

Esto —dice el prelado—, fue algo “terrible”. Felizmente, ocurrió en tiempos que ya pasaron pues el papa Francisco ha cambiado todas esas barbaridades.

Más allá de los pintoresco y de lo patético del personaje, lo que ha dicho de un modo público y magisterial —pues habló desde su cátedra de obispo— es gravísimo y no puede dejarse pasar.

En primer lugar, lo dicho constituye una herejía clara y distinta, pues "niega, después de recibido el bautismo, una verdad que ha de creerse con fe divina y católica" (canon 751). Las verdades que denuesta y considera malas y perimidas fueron establecidas por San Pablo (I Cor. 11,29), desarrolladas en toda la Tradición y enseñadas por los Padres y Doctores de la Iglesia. No es necesario un teólogo para que discierna si hay o no hay negación o atentado a las verdades de la fe: lo dice el arzobispo explícitamente: “la Iglesia se equivocó terriblemente” al establecer esas leyes. 

El Código de Derecho Canónico dice en su canon 1364  § 1: “El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latae sententiae, quedando firme lo prescrito en el c. 194 § 1, 2; el clérigo puede ser castigado además con las penas enumeradas en el c. 1336 § 1, 1, 2  y 3”. Se trata de la pena en la que ha incurrido el arzobispo de La Plata y, por ser latae sententiae, no es necesario que sea promulgada por la Sede Apostólica. Mons. Víctor Manuel Fernández está excomulgado. Y por estarlo, “queda removido del oficio eclesiástico”, como lo establece el canon 194, 2, en tanto “se ha apartado públicamente de la fe católica”. Esto implica que, de hecho, Mons. Víctor Fernández no tiene jurisdicción en su diócesis y que sus sacerdotes y fieles no están ya sujetos a su autoridad, aunque la aplicación del canon 194 seguramente debe ser ejercida por la autoridad competente y no es automática. Si algún canonista puede aportar al respecto, le estaremos muy agradecido. 

Algo similar ocurrió hace pocas semanas en Estados Unidos. Allí, el neo cardenal Robert McElroy, de San Diego, afirmó que los actos homosexuales no serían pecado mortal y que, por tanto, quienes lo comenten podrían comulgar. Pocos días después, el Obispo de Springfield y experto en derecho canónico, Mons. Thomas Paprocki publicó un artículo en el que, sin nombrar al purpurado, se pregunta: “¿No es acaso contrario a la fe católica y, por lo tanto, herejía decir que los pecados sexuales no son materia grave? ¿No es contrario a la fe católica y, por lo tanto, herejía decir que uno puede recibir la santa Eucaristía a pesar de haber cometido un pecado grave sin arrepentirse? ¿Si esto es así, cuáles son las implicancias canónicas de tales herejías?”. Y recuerda que el canon 750 establece que debemos creer “todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por tradición” y “todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria”. Y entonces, “Los herejes, apóstatas y cismáticos incurren en la penalidad de la excomunión sobre sí mismos”. 

En Estados Unidos, en el por algunos odiado país protestante del norte, un obispo se le animó a un cardenal y le dijo públicamente que es un hereje y que está excomulgado. Me pregunto si pasará algo parecido en nuestro católico país. Aquí tenemos obispos que saben teología, que dan cursos sobre Santo Tomás de Aquino y que se proclaman fieles a la doctrina católica de siempre. Más aún, algunos de ellos fueron despojados brutalmente de sus diócesis debido a la conocida misericordia del papa Francisco. Es decir, no tienen nada que perder porque ya lo perdieron todo. ¿Hablarán? ¿Se animarán a decir algo? O bien, seguirán enseñando que “la unidad de la Iglesia” está por encima de todo eso, aún de la herejía. Mons. Pedro Martínez, obispo emérito de San Luis, doctor en teología y doctor en derecho canónico, ¿tendrá algo para decir? Mons. Samuel Jofré, obispo de Villa María, doctor en derecho canónico, miembro del Consejo de Asuntos Jurídicos de la Conferencia Episcopal y muy cercano al Opus Dei, ¿se animará, como Mons. Paprocki, a decir lo evidente? Y más aún, así como aconsejan a sus fieles no asistir a las misas celebradas por los "cismáticos" lefebvristas, ¿les aconsejarán también no asistir a las que celebra el herético Tucho? El clamoroso silencio ante la herejía de Mons. Fernández es tan escandaloso como la misma herejía declarada desde la cátedra platense. Guardo la esperanza de que, al menos, Mons. Héctor Aguer diga algo. 

Tucho no es tonto. Sabe que lo que dice es herejía y sabe que no recibirá ninguna reprimenda. Según dicen algunos que lo conocen, quiere recibir otra cosa y por eso se desvela buscando agradar al soberano. Quiere recibir la sede de Buenos Aires, convertirse en primado de la Argentina y tener más o menos asegurado el capelo cardenalicio. La sede porteña quedará vacante en cualquier momento pues su titular hace ya bastante que presentó la renuncia, y los candidatos a ocuparla son mucho. Además de Tucho, están Mons. Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza; Mons. Jorge Lozano, arzobispo de San Juan, y Mons. Vicente Ojea Quintana, obispo de San Isidro entre otros. Y todos ellos saben que para encararmarse a tan preciada sede no es necesario mostrar valentía e intrepidez en la defensa de la fe católica, sino sometimiento y pleitesía al tirano. Pero conociendo al personaje tal como los últimos diez años nos permiten conocerlo, yo auguro que ninguno de ellos conseguirá su deseo y que el papa Francisco nombrará a un desconocido, a un inesperado, posiblemente a un cura de misa y olla, con mucho tufo a oveja, que le deba todo y le asegure obediencia ciega. Y si es hereje y tiene un par de cadáveres en el placard, mucho mejor. 


miércoles, 8 de marzo de 2023

Mons Tucho Fernández y las maldades de la iglesia


Fragmento de la homilía pronunciada por el arzobispo de La Plata, Mons. Víctor Tucho Fernández,
teólogo de cabecera del papa Francisco, el 5 de marzo de 2023.

sábado, 4 de marzo de 2023

Et ecce vivimus

 


El artículo que publiqué el lunes de la semana pasada, en el que ordenaba de un modo sintético la información que se comenta desde hace años en sitios de internet, y que pude comprobar personalmente, acerca del ambiente que se respira en el Vaticano como consecuencia del estilo de gobierno tiránico que allí ejerce el papa Francisco, despertó muchas más repercusiones de las esperadas. Fue traducido a varias lenguas y publicado en sitios importantes, lo que ya había ocurrido con otros artículos. Esta vez, sin embargo, las visitas se dispararon a niveles altísimos y, lo que es más sorprendente, comenzó a llegar una buena cantidad de comentarios progresistas. En este rincón de la blogósfera, los que comentan son todos de la misma línea aunque aparezcan distintos matices y se ocasionen interesantes discusiones. Pero los modernistas nunca se asomaban. Esta vez fue diferente. Publiqué varios comentarios y eliminé muchos más. Llegó a comentar un anciano jesuita colombiano celebrando el pontificado francisquista como la gran primavera de la Iglesia!

Esto me lleva a una reflexión. El hecho es que cada grupo ve cosas distintas: nosotros, la catástrofe de la Iglesia; ellos, la primavera que arriba con un cierto retraso. Entonces, o bien son dos realidades sobrepuestas; o bien, si la realidad es una y la misma, hay un sector que acierta y otro que se equivoca estrepitosamente. Nosotros estamos seguros de estar en el primero, a la vez que reconocemos que el otro es el más numeroso y poderoso. Nosotros, los que queremos guardar la fe de la Iglesia tal como la recibimos de nuestros padres y como la enseñaron los apóstoles y, con ella, conservar el culto debido a Dios, somos una minoría muy minoritaria. Hace algunas semanas apareció una estimación interesante: del ya reducido grupo de fieles que practica la religión, sólo el 4% corresponde a los, por llamarlos de algún modo, tradicionalistas. Si aplicáramos un criterio cuantitativo y democrático, sería altamente improbable que quien tuvieran la razón fuera el grupúsculo de los desposeídos, de los marginados, de los perros. 

Es verdad que podríamos introducir un criterio cualitativo en esos números y veríamos, por ejemplo, que ese porcentaje corresponde a los fieles laicos. En el grupo de los seminaristas y sacerdotes jóvenes la proporción de los tradicionalistas es mucho más elevada. En Europa y Estados Unidos, por ejemplo, los seminaristas de los clanes tradicionalistas representan una porción importante de la totalidad y, además, aquellos que estudian en seminarios “normales” pero tienen simpatías por el tradicionalismo, son también un buen número. Esto, probablemente, marque una diferencia en un futuro de mediano plazo, pero lo cierto, lo contante y sonante, es que hoy somos una ínfima minoría, y que los mastines romanos siguen rabiosos mordiéndonos siempre que pueden. Lógicamente, el desánimo se apodera de muchos; y eso también se ve. Es el cansancio de una lucha larga y extenuante y el lacerante sentimiento de orfandad que nos atraviesa desde hace décadas y que hemos naturalizado. Históricamente, podemos encontrar un sinfín de persecuciones a comunidades cristianas mucho más crueles y dolorosas que la que sufrimos nosotros. Lo que vivimos es apenas un rasguño comparado a lo que sufrieron los católicos franceses en el periodo post revolucionario; o los rusos durante el dominio soviético; o los mexicanos o españoles durante las guerras civiles. Y me refiero sólo a los hechos más recientes. Ellos, sin embargo, aunque se veían obligados a huir, abandonar sus bienes y familias, a enfrentarse cotidianamente a la muerte y, en muchos casos, entregar la vida, tenían el consuelo de una padre que, en la lejanía, los confirmaba en su testimonio. Quienes los perseguían eran claramente los enemigos de Cristo y su Iglesia, sin duda alguna; y sabían que sus hermanos católicos del pueblo vecino y de todo el mundo, estaban con ellos, como también lo estaban, sobre todo, los obispos con el papa a la cabeza. Todos ellos los confirmaban en la fe; les daban la certeza interior de que el sacrificio que hacían tenía un sentido y que, efectivamente, ellos estaban del lado de los corderos y quienes los atacaban eran los lobos que siempre merodean el rebaño. 

Nuestra persecución no es cruenta. Nadie nos pide la vida ni los bienes. Sin embargo, no solamente no tenemos el consuelo que tenían quienes nos precedieron en el testimonio, sino que quienes nos persiguen son los “buenos”, que se han unidos a los “malos”. La mayor parte del rebaño y sus pastores se fueron con los lobos; casi nunca por maldad, sino por distracción, por el hábito gregario, y cómodo, de seguir al grupo mayoritario. Apenas un pequeño rebañito deambula por los pastizales, y quienes los atacan son sus compañeras, otras ovejas con las que compartían el mismo rebaño. Los lobos, de lejos, miran y se ríen, esperando el momento del banquete.

Dejemos las metáforas. Estamos huérfanos; esa es la realidad. Y la orfandad vale para los laicos y también para una multitud de sacerdotes que son cotidianamente perseguidos, humillados, maltratados y cancelados por sus obispos por el solo hecho de querer ser fieles a la integridad de la fe apostólica. Y la vida de estos pobres curas no es fácil y, sin embargo, resisten “sicut Dei ministros in multa patientia” (II Cor. 6,4). Este texto paulino lo escuchamos la semana pasada, en la epístola del primer domingo de cuaresma. Y un poco después, decía: “quasi morientes, et ecce vivimos” (9). “Como moribundos, pero he aquí que vivimos”. Parece que el apóstol hubiese escrito para nosotros estas palabras. Los perros de los tiempos post conciliares, estamos como moribundos, y nos desanimamos porque muchos veces nos percibimos en una agonía final e inútil, pero ecce vivimus. Sí, estamos vivos. Esa es la realidad, y creo yo que seremos nosotros parte de ese pequeños grupo —ese del que hablaba Benedicto XVI en su “profecía”— al que, en algún momento, los hombres del mundo se volverán para pedirle, como la Samaritana a Nuestro Señor, que le dé el agua que atesoró en los cántaros que el mundo y esa Iglesia prefirieron arrojar por la borda mientras danzaban embriagados en la cubierta de un buque que ha comenzado ya a naufragar.


[Hacía referencia más arriba a los curas fieles que son muchos más de lo creemos. Algunos, abandonados por sus obispos, viven de la caridad de los fieles y administran los sacramentos en sus casas; otros, obligados por las circunstancias, celebran habitualmente la liturgia de Pablo VI y, cuando pueden, la tradicional, aunque la añoran y sufren por la pérdida. Son perseguidos por sus obispos, pero son también nuestra responsabilidad. No nos olvidemos de ellos; seamos cercanos, de todos los modos posible: con la amistad, con el amparo, con el entusiasmo, con el refugio, con la defensa, con el dinero cuando sea necesario (y lo es muchas veces). Sin ellos, se acaba la liturgia tradicional. Cuidemos a los pocos pastores que nos quedan. Se nos pedirá cuenta de eso].

jueves, 2 de marzo de 2023

I. Realidad y mito del Concilio Vaticano II

 





Parte primera: La superstición vaticana 

Realidad y mito del Concilio Vaticano II


por Eck


Un espíritu para gobernarlos a todos. Un espíritu para encontrarlos,
un espíritu para atraerlos a todos y atarlos en las Tinieblas

El Concilio Único


Introducción general

Un fantasma recorre la Iglesia: el fantasma del Concilio. Todas las fuerzas de la vieja Iglesia se han unido en santa cruzada a favor de ese fantasma: el Papa y la Curia, el progresismo y el oficialismo, los radicales liturgistas y los polizontes sinodales. ¿Qué parte de la Iglesia no ha sido motejada de anticonciliar por sus adversarios en el poder? ¿Qué parte de la Iglesia, a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes de los progresismos más avanzados, como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente de anticonciliar? De este hecho resulta una doble enseñanza: Que el anticonciliarismo está ya reconocido tácitamente como una fuerza por todas las potencias de Iglesia. 

Que ya es hora de que los anticonciliaristas expongan al mundo entero sus ideas, sus fines y sus razones; que opongan a la leyenda del fantasma del Concilio un manifiesto de la verdad de la Fe por el cual venga la luz y los fantasmas vuelvan a las tumbas que no debieron abandonar. 


El espíritu del Concilio

Este fantasma del Concilio en una superstición muy enraizada en el humus histórico de los últimos siglos que ha afectado de lleno a toda la Iglesia con la excepción de una facción minoritaria del progresismo, degeneración degeneradísima del modernismo, que la está usando para sus fines mundanistas, ora utilizándola como escudo frente a sus adversarios y como disfraz con el que pasan sus venenos de matute, ora como forma de control de opiniones y creencias y de control eclesial. Todos los demás han caído en la trampa del Vaticano II pues le atribuyen poderes y cualidades más allá de los pocos que realmente tiene: un espectro, un fantasma, un coco, una aparición, una iluminación, una visión; en definitiva, un embeleco que nos asusta y fascina por vivir entre nieblas y oscuridades porque a la luz de la fe y la razón se disuelve en la nada.

La superstición vaticana, fe desmedida o valoración excesiva de sus documentos, ha afectado a todos pero no de la misma forma. Como el Anillo Único ata los demás anillos de la Tierra Media, así el Espectro del Concilio ata a las distintas partes de la Iglesia, a unos con una tentación determinada, a otros con otra y a todos con su creencia fenomenal de su grandeza, buenísima o malísima, y su aceptación o rechazo porque tiene la virtud, esta sí real, de mostrar a cada uno sus flaquezas convertidas en deseos, sus debilidades en miedos.

La mayoría del progresismo la acogió como el 1789 de la Iglesia, entre locos deseos misticistas, fumadas esperanzas milenaristas y absurdos joaquinistas mientras que el tradicionalismo lo vio como todo lo contrario, monstruo apocalíptico y satánico, cuando el Diablo es mucho más fino, soberbio y malvado de lo que piensan para usar semejante porquería para su gran traca final aunque no le amaga el dulce de fastidiar de lo lindo a la Iglesia... El problema del progresismo es que su triunfo es su muerte como ya se está viendo ya que es una pura contradicción: ¿puede existir una Iglesia de incrédulos o una monarquía absoluta formada por republicanos? No, y esa es la tragedia interna de tanto alto clero, sus medidas minan la fuente de su poder pero, como en la fábula del escorpión y la rana en el río, es su naturaleza que sigan caminando hacia el abismo.

Los ultramontanistas, reconvertidos en oficialistas de la estricta obediencia, lo ven como sus pontífices les dijeron que había que verlo: la preparación y hoja de ruta de la Iglesia del Tercer Milenio patéticamente adveniente, de la que ellos son los representantes y legitimos primogénitos, y cuyos problemas de implementación proceden de los dos grupos anteriores, con la salvedad de que los progresistas, más cercanos a ellos en el fondo, están errados por sus prisas y utopismos, y que los otros, verdaderos enemigos por su apego al pasado, por ser infieles en el fondo a su único tesoro, a su único amor, a su único ídolo, a su único dios: la Santa Sede y su temporal ocupante.

Y a los tradicionalista les liga con la superstición farisea de que toda la culpa de la hecatombe procede del Concilio y de sus enemigos modernistas. Así pueden exclamar como Pilatos: “Yo soy inocente de la sangre de este justo. Vosotros veréis” (Mt. XVII, 24) mientras se lavan las manos del desastre para seguir adorando y defendiendo a sus idolillos más queridos: la iglesia ultramontana del siglo XIX. Paradójico, combaten a la hija con la madre que la parió y ponen como solución de las consecuencias a las causas que dieron lugar a lo que combaten. Sin saberlo, dependen del Concilio tanto como los demás y están atados a él con fuerte vínculo. Excusa y justificación de su fariseismo ¿Qué harían sin el Concilio, a quien mirarían, a quien echarían la culpa de una tragedia durante varios siglos incubada? A nadie.



La fabricación del anillo en el Monte Moria, sito en Utopia

Sauron lo forjó en Orodruin en la Tierra de la Opinión

El Neo-Silmarillion

Para comprender como se forjó el mito de estos textos debemos remontarnos a su origen: las circunstancias del Concilio. Dice un refrán español que a perro flaco, todo son pulgas. Lo mismo podríamos decir de la época en que se reunieron los padres conciliares bajo las naves de S. Pedro. La Iglesia venía del progresivo fracaso de la fórmula ultramontana inaugurada por el beato Pío IX. Solución de emergencia tras los huracanes y tormentas de la Revolución Francesa que barrieron la Iglesia hasta dejarla destrozada, permitió sortear el escollo pero se alargó en demasía y creó además nuevos y graves problemas. Enflaqueció la Iglesia hasta ser un saco de huesos por haber sido chupadas todas sus fuerzas vitales por ese vampiro del Vaticano. 

Por fin se había convocado un Concilio y en unos primaverales tiempos, todo era optimismo floreciente y buenas energías. Se iba a renovar la Iglesia de su cabeza a sus miembros, a derribar muros y murallas, a convertirla en un Asram cristiano entre nubes de incienso, a llevar el amor crístico al hippy modo por el todo el orbe conocido para al final cantar una voce el cumbayá de “juntos como hermanos” en medio de un mundo superfeliz de anuncio de Coca Cola. Para los aguafiestas era el ataque final de las hordas orquianas del modernismo, la antesala de la Dagor-Dagorath, la separación del trigo y la cizaña con ellos entre los puros cayendo gloriosamente como Thor en el Ragnarok ante la Roma apóstata, retrotraída a los tiempos de Nerón y Diocleciano pero con un tipo vestido de blanco en vez de los Césares y cardenales en vez de senadores.

En ambos la utopía fuera del tiempo, o el paraíso o el infierno en la tierra, pero esos textos y esa reunión no daban para tanto. Sin embargo, la Opinión obró el milagro: se forjó el Concilio único, el tambor que marca el son a todos con su retumbar en su danza frenopática en torno a él mientras ululan alucinados sus mantras entre la rabia y el delirio baboseando mantras surrealistas. Una idolatría pura, un nuevo Baal al cual se sacrifican almas entre el sonido de las trompetas de la modernidad, una máscara de soberbia y vanidad en medio de una sociedad veneciana decrépita, un trozo de papel que ni ve ni oye ni puede traer la salvación con su adopción o repudio. Sólo la indiferencia y el ninguneo lo puede matar.

Sin embargo, no se quiere aceptar esto por muchos motivos y confirma lo que decía agudamente Epicteto, los hombres se ven perturbados no por las cosas, sino por las opiniones sobre las cosas (Manual, Cp. V). Sigue el sabio estoico con otra frase sobre el temor a la muerte que puede ir como anillo al dedo a nuestro tema: la opinión sobre la muerte, la de que es algo terrible, eso es lo terrible. Lo terrible y que gran daño nos ha hecho son las creencias y su correlato en acciones a las que han desembocado, no los mismos textos conciliares. Su loca superstición, sea progresista, oficialista o tradicionalista, el bien llamado “espiritu del Concilio”, forjado durante décadas por todos, es lo que nos atrae a todos a las Tinieblas y, éste sí, producto del Demonio es lo que nos está perdiendo.



Veritas liberabit vos

Menos para los incrédulos del Vaticano II, ninguna de las locas esperanzas se han confirmado. Ni iglesia utópica y espiritualista a la escucha del kairós, que suele ser la última antigualla a la moda; ni iglesia del Tercer Milenio conquistadora del Mundo o Gran Ramera de él; ni iglesia apocalíptica con su Falso Profeta francisquita. Lo que tenemos es la iglesia en el pantano, donde han confluido los lodos de muchas décadas, moran todas las sabandijas y chapotean los errores de muchas generaciones. Paso a paso hemos andado por el cenagal hasta quedar atrapados en él, eslabón a eslabón nos hemos forjado las cadenas y grilletes que nos encarcelan. El culmen fue ese Concilio, fracaso tan absoluto, ridículo y total que debe hacernos replantear muchos temas e ir a la raíz de los problemas con la experiencia de todos estos siglos, con sus aciertos y errores. Sólo la Verdad hará libre a la Iglesia y a todos nosotros si somos valientes de reconocerla y acogerla con humildad.

Comprender que el verdadero poder del Concilio no está ni en él ni en sus textos sino en la creencia supersticiosa conciliar, es la clave para liberarnos de su poder de fascinación y de perdición. Si no lo hacemos, seguiremos encadenados y sin esperanza de futuro, dormidos en una pesadilla en vez de despertarnos a la realidad. Decía el filósofo Ortega y Gasset a los argentinos: !Argentinos, a las cosas, a las cosas¡, es mucho más justo y correcto decir: !Catolicos, a las verdades, a las verdades¡ A la verdad fundamentada con la razón y el corazón de Cristo y su Iglesia sin engolfarnos en bobadas ni futuristas ni pasadistas ni vaticanosegundistas, sea para alabar ni condenar. ¿Dónde está la investigación amorosa y abismal de la Verdad y los misterios de la Fe?¿Dónde están las obras de arte que muestre nuevas bellezas de Dios y su Creación, de la profundidad y luchas del corazón humano?¿Dónde están las nuevas formas de Caridad para llevar el fuego divino a los desgraciados y combatir al Malo? ¿Dónde están los continuadores y emuladores de la Tradición, los nuevos S. Agustín, Basilio, Tomás de Aquino, Dante, Cervantes, Calderón, Castellani, Newman, Chestertón, etc.? ¿Dónde está un culto y rito que nos transporte al paraíso como los orientales o que nos muestre el infinito amor de Cristo en la cruz como las del P. Pio? Nadie nos puede impedir estas cosas sino nosotros mismos y nuestras supersticiones. No sobre si son galgos o podencos, tonterías o herejías del Concilio y los magisterios posteriores los que nos debe preocupar, sino de esto para dar vida y darla en abundancia a este mundo desértico.

lunes, 27 de febrero de 2023

Tristezas romanas

 




Una cosa es que te lo digan, y otra que lo veas. A esta verdad la he constatado con tristeza en los últimos días. Algunos amigos romanos me suelen comentar infidencias, o no tanto, de lo que sucede dentro de los muros vaticanos y Specola diariamente también nos aporta este tipo de noticias, y de las que sabe mucho. Pero otra cosa es constatar personalmente los hechos y confirmar la conclusión que todos sabemos: el papa Francisco no es querido por nadie; ni por obispos, ni por sacerdotes ni por los fieles, sean éstos de donde sean. Y más allá que el romano pontífice no nos sea particularmente simpático, es muy triste comprobar el profundo rechazo que produce su figura. Se trata, nos guste o no, del vicario de Cristo. 

He podido hablar en las últimas semanas con sacerdotes de todos los pelajes. No es necesario verter aquí las opiniones de los conservadores y tradicionalistas. Todo el mundo las sabe. Lo que me ha asombrado es que los sacerdotes más progresistas, y que generalmente son también los de más edad, guardan por Bergoglio el mismo rechazo que sus colegas más jóvenes. Ya no se trata de una cuestión doctrinal en la que se enfrentan tradicionalistas contra progresistas; es algo más básico y que tiene que ver con lo humano y lo institucional. No pueden entender, por ejemplo, la permanente agresividad del papa hacia ellos; afirman de uno y otro lado que les asombra que siempre que hace referencia a los sacerdotes sea en términos fuertemente negativos: son carreristas, avaros, gruñones, proselitistas, criminales, miran pornografía, tienen problemas psiquiátricos, etc. Jamás una palabra de aliento; jamás la cercanía. Es como si hablara el enemigo, y no el padre que debiera confirmarlos en la fe. Alguno más malvado y agudo, me comentó que se trata de un típico caso de proyección: Bergoglio proyecta en los sacerdotes —y él mismo lo es— las características que inconscientemente sabe que posee y que detesta. Es decir, rechaza a los demás porque es él mismo quien se refleja en ellos. 

En la Curia vaticana viven aterrorizados. "Il cretino gloriosamente regnante", es una expresión que se escucha con cierta frecuencia dentro de los sagrados muros. Pero la palabra que más se repite es terror. Es el régimen que ha instaurado allí el papa argentino. Nadie sabe hasta cuándo estará en su puesto y, peor aún, nadie sabe quién espía a quien, pues ese es otro de los métodos bergoglianos: el espionaje, para saber qué piensa y qué dice cada uno de los sacerdotes y religiosos que caminan por el Sacro Palacio. Es el mismo método que aplicaba en Argentina cuando era arzobispo de Buenos Aires y mantenía espías en todas las diócesis y congregaciones religiosas. Pero en Roma, además, se fía absolutamente de lo que le dicen sus alcahuetes y así, son varios los curiales que han recibido el mensaje de: “El Santo Padre quiere hablar contigo”, y media hora después estaban en la calle.

Otra de las cosas que más desconcierta y enfurece a todos es lo que está haciendo con el colegio cardenalicio y el colegio episcopal. E insisto, estos comentarios no vienen de sectores conservadores sino al contrario. Se trata de una cuestión de institucionalidad. No es posible, me decían algunos sacerdotes italianos, que las sedes más antiguas y prestigiosas de ese país como Milán, Nápoles, Venecia, Palermo o Turín no tengan cardenales y, en cambio, sedes nuevas e insignificantes sí lo tengan. Esto enfurece no solamente a los titulares de esas sedes que se quedan sin birreta sino también a los fieles, pues lógicamente se sienten dolidos frente a un pontífice que les niegan un privilegio que poseían desde hace siglos.

Lo que vemos en Argentina con los nombramientos episcopales, ocurre en todo el mundo. En nuestro país, Francisco ha nombrado un enjambre de obispos elegidos entre los sacerdotes menos formados y capacitados para el ministerio episcopal y con el correr de los años se verán las consecuencias de tales decisiones. Y lo mismo ocurre en buena parte del mundo. Personas que lo conocen muy bien y desde hace muchos años, me comentaban que Mons. Robert Prevost, nombrado hace pocas semanas prefecto del dicasterio de los obispos, es decir, una de los cargos más importantes y con más poder en la Iglesia, es un nada. No es que sea progresista o conservador; es insignificantes, uno más del montón, limitado, cortito. Y será este buen señor el encargado de nombrar a los obispos del mundo entero… 

Finalmente, un grupo de sacerdotes estadounidenses, moderados y de ningún modo tradicionalistas, me comentaban el enorme malestar que causó en California el nombramiento cardenalicio del obispo de San Diego, una diócesis pequeña y sufragánea, mientras que el arzobispo de Los Ángeles, su metropolitano, no lo es. Y el problema no es solamente quién usa la púrpura; el problema es que el cardenal Robert McElroy es extremadamente progresista, demasiado aún para los propios.

En definitiva, el papa Francisco no será llorado por nadie; sólo harán algunos pucheros sus paniaguados, aquellos que con su muerte perderán su innobles puestos y funciones.