En los tiempos que nos tocan vivir, característicos por su
descomposición en todos los niveles, aún eclesiales, y cuando en los últimos
meses nos llegan oleadas de aromas bovinas, o caprinas, desde las Siete
Colinas, es conveniente tratar el tema de la imprescindible cultura cristiana. No me refiero en este
caso a la idea propuesta por John Senior y que ya tratamos en este foro hace
algunos años, a partir de la lectura del primer capítulo de su obra The Restoration of the Christian Culture
(a quienes les interese leerlo, puede bajarlo de aquí) La propuesta es
discutir el tema desde el concepto que propone Bouyer.
Los católicos de los siglos anteriores sabían, ciertamente,
muchas menos cosas que nosotros, pero tenían mucha más cultura cristiana, porque la cultura no es una cuestión de ciencia,
y ellos, aun conociendo pocas cosas, conocían lo que era necesario y como era
necesario. Y esto es fácil constatarlo cuando se revisa la biblioteca de
cualquier “católico comprometido” de hoy. Si husmeamos en los estantes de algún
neocon fervoroso encontraremos una buena cantidad de obras de vulgarización
inmediata de la espiritualidad o del apostolado, además de todos los tomos y
tomitos de los escritos del fundador correspondiente y algunas estampitas de
santos y beatos recientes. Pero lo que falta, y aquí está lo grave, son las obras fuentes, los libros que no se leen
una sola vez sino que se leen toda la vida. Los libros que no se leen para
saber lo que contienen, del mismo modo en el que un niño despanza a un osito de
peluche, para después olvidarlos en el anaquel. Me refiero libros a los cuales
se vuelve sin cesar porque se sabe que en ellos siempre se encontrará materia
de reflexión.
Entonces, por cultura
en este caso, entiendo la posesión en sí mismo, o más bien la incorporación a
sí mismo, no de nociones descarnadas sino de ideas vivas. Es decir, la familiaridad con una tradición que es una
comunión de espíritus y no el índice de contenidos de un libro. No se trata de
subrayar o hacer fichas de los libros para memorizar frases que “vendrán bien” en
una discusión o conversación, sino de un mundo que se lleva consigo porque se
ha convertido en parte integrante de uno. Se trata de una larga historia, de
una experiencia milenaria que impregna el alma, y la hace rica, vasta y
compleja.
¿Cuáles son esos libros? No son muchos. Bouyer los reduce a
la Biblia acompañada por la recitación inteligente del oficio divino, -al menos
de sus horas principales-, las Actas de
los Mártires, las Sentencias de los
Padres del Desierto, la Exposición de
los Salmos de San Atanasio y las Enarrationes
sobre los salmos de San Agustín, las Conferencias
de Casiano, algunos comentarios de San Juan Crisóstomo a las epístolas de
San Pablo, los Sermones sobre las
fiestas litúrgicas de San León Magno, y poca cosa más.
¿Por qué estas obras patrísticas además de la Palabra de
Dios? Porque las enseñanzas de las Escrituras con todas sus resonancias se
transmiten de un hombre a otro hombre (Cor
ad cor loquitur era el lema del cardenal Newman), y los primeros de entre estos
transmisores deben ser nuestros Padres en la fe, porque a la Iglesia la dicen sus propios Padres; sus escritos
constituyen la mens Ecclesiae, la “mente
de la Iglesia”, el nou'" Cristou',
“la inteligencia de Cristo”. Es esto lo que debe ser asimilado por el
cristiano, pasar a la sustancia de su alma para comprender y vivir de ese modo
el misterio cristiano.
Recordemos que la cultura
cristiana se adquiere más bien por simple
contagio de los antiguos que con toda la erudición de los modernos y con
todo el tonelaje de escritos fundacionales. Un pleno sentido cristiano,
restaurado por una auténtica cultura cristiana, nos recordará, por ejemplo, que
la oración es alabanza rendida a Dios antes que un ejercicio de virtud y antes
también de ser un instrumento de apostolado. Escribía ayer un monje amigo: “La
oración simple y sencilla -la única que admite ser tenida por oración- no
cuenta, jamás cuenta, jamás saca cálculos, jamás mide tiempos, jamás pesa el
costo/beneficio. Jamás se pregunta si ella sirve o no sirve. La oración simple
y sencilla reza porque reza, reza por rezar. Y por eso (y sólo por eso) ella ya
es el Reino”, es decir, -añado yo- soberanía
de Cristo, como nos enseña el papa Benedicto en su magnífico libro.
Estos es cultura
cristiana.
P.S.: Aunque la aclaración ya está en uno de los comentarios, no está de más repetirla también aquí: el "listado" de libros que presenta Bouyer, lo hace dentro de un artículo que escribió en 1945 sobre el rezo del breviario. Es ese el motivo por el que incluye, sobre todo, comentarios psálmicos y bíblicos. No se trata, por eso mismo, de una lista cerrada y, mucho menos aún, de una alternativa a la propuesta de Senior; más bien, ambas se complementan.
P.S.: Aunque la aclaración ya está en uno de los comentarios, no está de más repetirla también aquí: el "listado" de libros que presenta Bouyer, lo hace dentro de un artículo que escribió en 1945 sobre el rezo del breviario. Es ese el motivo por el que incluye, sobre todo, comentarios psálmicos y bíblicos. No se trata, por eso mismo, de una lista cerrada y, mucho menos aún, de una alternativa a la propuesta de Senior; más bien, ambas se complementan.







