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miércoles, 25 de julio de 2018

Liberales


En entradas anteriores nos alegrábamos porque nuestros pastores por fin se había despertado y comenzaban a demostrar de un modo claro y firme su postura contra la ley del aborto. Y la verdad es que seguimos alegrándonos aunque rápidamente caemos en la cuenta que lo de ellos es pan para hoy y hambre para mañana. Veamos dos ejemplos recientes.
El episcopado argentino emitió hoy un comunicado animando a los fieles a rezar y ayunar para que la ley del aborto no sea aprobada, y a manifestarse públicamente en el mismo sentido. Se agradece. Sin embargo, a poco que se analiza el texto, resulta claro que los obispos se "autoperciben" como una parte más de la “sociedad argentina [de la que formamos parte]”. No asumen, y no se les pasa por la cabeza pensar que ellos están puestos para ser maestros de la sociedad en cuestiones como la que se está tratando. La fe de la cual ellos son custodios, no es una opción más entre tantas otras y con derecho a expresarse como en una sociedad liberal lo tienen las feministas o los marxistas. La fe está por encima, muy por encima, de todo eso, como la verdad lo está sobre el error. Los obispos entran voluntariamente en el tramposo juego democrático, se consideran maduros por jugarlo y se pavonean públicamente de que no son unos trasnochados medievales que todavía pretenden que sea la Iglesia la que enseñe y le diga a los legisladores qué deben hacer. 
Si recorremos el documento, vemos que en ningún momento se cita la ley de Dios o los mandatos divinos. La consigna que enarbolan es #Toda vida vale, que bien podría ser adoptada por Greenpeace; no es “Deus lo vult”, que gritó Urbano II, y tampoco es “Quis ut Deus?”, que todavía sigue gritando el arcángel San Miguel a los demonios. Ellos, modositos, se acurrucan en un biologismo liberal y prevarican de la función que Dios les encomendó. Más grave aún, dicen: “…apoyamos y animamos a participar a quienes deseen manifestarse públicamente como ciudadanos responsables para testimoniar el respeto por la vida en el marco del derecho de expresión propio de la democracia”. Su prédica no se “enmarca” en los derechos de Dios, Señor y Dador de la vida, sino que su marco es la libertad de expresión “propio de la democracia”, y llaman a los fieles a “testimoniar” como “ciudadanos responsables”. Nuestros pastores no recurren a los dogmas de la fe sino que asumen y se encierran o “enmarcan” en los dogmas de la Revolución Francesa. 

Veamos otro caso. Hace pocos días se representó en la ciudad de Rafaela un espectáculo teatral blasfemo. El obispo de la diócesis, Mons. Luis Fernández, vecino de Mons. Sergio Buenanueva, el osito cariñoso, emitió un comunicado que enerva. Allí, entre otras cosas dice: “Deseo dejar en claro nuestro respeto y defensa de la libertad de expresión artística, pero con la misma fuerza creo que no se tuvo en cuenta el respeto a los hombres y mujeres que profesamos la fe de los cristianos, y que su libre ejercicio y expresión constituyen un derecho debidamente garantizado por la Constitución Nacional”. Cuesta creer no ya que un obispo, sino que un simple cristiano pueda recurrir a esta argumentación. El problema, para Mons. Fernández, es que se nos faltó el respeto a los que profesamos la fe cristiana, respeto que es un derecho garantizado por la Constitución. La verdad sea dicha: a los fieles no se nos faltó el respeto; el respeto se le faltó a Dios y a su Madre Santísima, que no necesitan ampararse en ninguna constitución u otra legislación humana. Pero para este obispo, los derechos de Dios no cuentan; sólo cuentan los de los hombres, que afortunadamente están garantizados por la democracia liberal. 
Además, el comunicado de Mons. Fernández está redactado en el lenguaje asustadizo de un gazapo. Él solamente se limita a “recoger los sentimientos de sorpresa”; él “desea expresar...”; él “considera que...”. En definitiva, él es un cobarde miserable, que se niega a asumir su función de padre, pastor, maestro y defensor de su rebaño y de los derechos de Dios, y prefiere ser un simple opinador más que, aparado por la democracia, hace oír con timidez su voz.
Los obispos argentinos no aprenden ni aprenderán. No ha bastado que la democracia liberal en la que creen y bajo la que se amparan, haya sido el sistema político que permitió la aprobación de leyes aberrantes como el “matrimonio” conta natura y tantísimas otras, y que se prepara para aprobar el asesinato de niños inocentes, para que descrean de ella. Todo lo contrario. Parecería que asumen la premisa alfonsinista según la cual la democracia se cura con más democracia.
¿Qué merecen estos obispos liberales? No soy yo para decirlo, pero sí que puedo sugerir al Santo Padre que ponga en práctica uno de los el cánones que que los padres del Concilio de Trento redactaron cuando trataban la reforma de la Iglesia sobre el modo de elegir a los obispos. Se titulaba: “Del examen de los candidatos al episcopado” (De examine promovendorum ad Ecclesiae cathedrales) y precisaba hasta en sus menores detalles el contenido de dicho examen que tenía que ser concienzudo, público y riguroso. El nombre del candidato y su fecha de nacimiento tenían que darse a conocer desde el púlpito de la catedral y de las parroquias de la diócesis y figurar expuestos en carteles públicos durante quince días, para asegurarse que todo el mundo estaba plenamente informado sobre el aspirante. Clérigos y seglares estaban obligados a informar de posibles motivos por los que en su opinión un determinado candidato no debería ser promovido al episcopado. El candidato tenía que presentar testigos dignos y cualificados que, además de opinar sobre el carácter del candidato, podían ser interrogados por el arzobispo que presidía el tribunal y por otras personas, y naturalmente el candidato estaba obligado a presentar toda la documentación relativa a los grados académicos y otros títulos o diplomas que poseyese. Finalmente, el candidato era examinado por el arzobispo y otras personas presentes, y predicaba un sermón a manera de prueba (Cf. Robert Trisco, “The Debate on the Election of Bishops in the Council of Trent”, en Jurist 34 (1974), pp. 257-291). El canon no fue aprobado, no fuera hacer que los mejores resultaran electos y los mediocres se quedaran afuera.

viernes, 20 de julio de 2018

Más perdido que Oso en la neblina

Mons. Sergio Osvaldo Buenanueva, cariñosamente conocido como Oso,  es un fanático de Twitter. Solamente durante la mañana de hoy -20 de junio-, ha emitido doce mensajes. Parece que las ocupaciones de su diócesis cordobesa le deja mucho tiempo libre. 
Hace dos días trinó el siguiente mensaje:






La Iglesia católica no está en guerra con el presidente Macri. Participa con seriedad en un debate ciudadano clave. Hace oír su voz. Expresa su disenso donde corresponde. Formula propuestas claras y firmes. Así los pastores como, sobre todo, los laicos. ¡Esto es democracia!

Uno está tentado a decir: ¡Cómo se puede ser tan pelo...! Ahora resulta que la democracia es lo importante, que la discusión en democracia es saludable siempre, claro, que sea con propuestas claras, firmes y respetuosas. 
Justo cuando nos alegramos que la mayor parte de los obispos, por primera vez en décadas, se pusieron firmes y están diciendo las cosas como son, y de un modo desacostumbradamente agresivo, aparece este Osito Cariñoso festejando entre signos de admiración a la democracia.
Lástima que sopapear a un obispo puede traer pena de excomunión.

lunes, 25 de enero de 2016

La fábula del Oso

Había nacido para cosas grandes, predestinado incluso por su apellido: Buenanueva, es decir, Evangelium. Hasta su físico -un poco más que corpulento-, lo animaba a la grandeza, tanto es así, que sus amigos lo llamaban el Oso. Se hizo cura en la arquidiócesis de Mendoza y, en medio de la progresía constitucional de su clero, él era conservador. Fue designado rector del seminario y, amante de la liturgia como era, alentaba el gregoriano entre los seminaristas y hasta les prohibía entrar con zapatillas al templo. En su momento, se mostró gran defensor del papa Benedicto XVI e, incluso, llegó a alentar discretamente la celebración de la misa tradicional en la diócesis. Sentido común y nada de otro mundo, por cierto, pero para quien escasamente podía ser catalogado de línea media, todo esto lo convertía en un cura interesante y prometedor.
Y la promesa tomó aún más cuerpo, si esto fuera posible, cuando fue elegido por el papa Ratzinger como obispo auxiliar de Mendoza, y desde el primer momento mostró que lideraría una línea conservadora: se opuso tenazmente al arzobispo y ordenante de su consagración, el odioso Mons. Arancibia, quien prácticamente le había prohibido que se hiciera escudo episcopal, ya que no era más que una rémora de épocas feudales. Pero el P. Sergio Buenanueva, el Oso, se puso firme y se ordenó con lema, escudo, faja de moiré y filetata.
Pero las cosas cambiaron cuando llegó el fatídico marzo 13 del 13. Como la inmensa mayoría de obispos argentinos, que detestaban discretamente al cardenal Bergoglio, y a la vez le temían, se permitió inicialmente unos cuantos chistes e ironías, que comentaba a sus allegados, dejando ver la distancia que lo separaba del nuevo papa. Pero las cosas cambiaron cuando Francisco lo eligió obispo de, justamente, la diócesis de San Francisco, ubicada en los contornos de Córdoba. Una jurisdicción pequeña y sin ninguna importancia, pero serviría para un despegue que, quizás, podría llevarlo a la púrpura. Y así, el Oso se fue poco a poco alineando con el bergoglismo. Se volvió un mediático-virtual, manteniendo al rojo vivo sus cuentas de Tweeter, FaceBook, blog y cuanto recurso más que le permitiera notoriedad.
Y lo que quería Mons. Buenanueva era ser notorio sobre todo en Roma, donde sabía que lo estaban midiendo. Había que aprovechar el momento, no dejar pasar la oportunidad y así, empezó a desparramar elogios a Francisco a diario, a troche y moche, a tiempo y a destiempo. Era insólito para todos lo que lo conocían. ¿Era posible que el Oso hubiese dado tal golpe de timón? 
En realidad, y bien mirada la cosa, los elogios no eran tanto al pontífice cuanto a sí mismo. Lo que mostraba en la cámara -o en la selfie de la que es muy adicto- , era que él, Sergio Buenanueva, era la encarnación misma de los postulados bergoglianos. Y la política, parece, le empezó a redituar pronto ya que se posicionó muy bien en la Conferencia Episcopal Argentina, presidiendo la CEMIN o Comisión de Ministerios, tal vez la comisión más importante del episcopado si por proyección se mide. 
Y fue justamente este puesto el que le permitió que hace apenas dos semanas haya viajado a Roma a visitar el Colegio Argentino, donde estudian los curas de diversas diócesis del país. Era una visita formal y apostólica, que culminaba con un encuentro en el Palacio Apostólico con el mismísimo Papa. El encuentro seguiría el protocolo previsto, lo cual implicaba que Su Excelencia, como presidente de la CEMIN, leería un discurso ante la augusta figura del Romano Pontífice. 
El Oso se preparó con tiempo. No es muy inteligente, pero se las arregló para redactar, después de pulir y pulir, día tras día y noche tras noche, una alocución ampulosa y relamida. Dicen los indiscretos que pasó los últimos días horas enteras delante del espejo midiendo no solamente cada palabra y cada entonación sino también cada gesto. ¿Quién decía? Podía ser que volviera hecho arzobispo.Y así, tal como indica el protocolo vaticano, Mons. Buenanueva presentó con antelación el discurso en la Oficina vaticana, de lo más orondo con su obra de oratoria digna de Bossuet.
Y llegó por fin el día del encuentro. Y apareció Bergoglio en la Sala Clementina, con andar desacomodado y faja caída. Simulando una sonrisa, saludó a todos los curitas estudiantes argentinos. Y se sentaron todos. Su Excelencia sabía que había llegado la hora de su gloria. Desenrolló su panegírico, miró al Pontifex Maximus cual cónsul romano redivivo, o cual nuevo Arístides en espera de su corona de laureles. Carraspeó un poco a fin de clarificar su voz… y sucedió lo imprevisto. Las musas lo abandonaron, y con ellas se fueron todos los faunos y dioses menores que merodeaban por los mármoles clementinos.
Bergoglio le hizo un ademán con su mano derecha abierta, barriendo el aire de arriba hacia abajo, y le espetó en voz alta: “Dejá eso; ya lo leí. Dejame charlar un rato con estos buenos muchachos”. 
Y el Oso, encinchado en violeta episcopal, tuvo que sentarse entre confuso, colorado y lloroso. Y allí se quedó, achicado cual osito de peluche, mientras el Papa pasó una hora y media conversando con los curas, sin mirarlo siquiera una vez, en un ninguneo expreso y elocuente para todos.

Moraleja:
Esta anécdota verídica y muy reciente viene bien para obispos, curas y hasta laicos: no le laman más las botas ni le chupen más las medias a Bergoglio. No sólo es una actitud vil, baja y rastrera, sino que es absolutamente ineficaz. El personaje podrá ser psicópata pero, justamente por eso, no es tonto y se da cuenta enseguida quiénes son los serviles que quieren sacar partido con sus halagos. Y no le gusta nada. Y se venga. Y les hace morder el polvo, como al Oso Buenanueva quien, previsiblemente, terminará sus días como Mons. Taussig, que hizo lo mismo que él, en una diócesis de cuarta categoría. 

Reflexión:
Se entienden los temores que padecen obispos y curas. Se entiende la dificultad de sobrevivir en estos tiempos. Nadie les pide extremo heroísmo. No sería justo. Nadie está obligado a ser un héroe (aunque un obispo me parece que sí). Pero resulta muy canalla subirse al elogio desmedido y tan abiertamente hipócrita. Da pena y vergüenza ajena verlos, y pescarlos, in fraganti en una doble vida de apóstoles disidentes, conscientes de los disparates de Francisco, junto a un servilismo infame, que recuerda a los aplaudidores compulsivos que rodeaban a Cristina Kirchner en sus apariciones. Y es dos veces penoso ver que terminan resbalando sobre su propio rendezvous para risa de todos. 
Un papelón.

sábado, 18 de mayo de 2013

Cultura cristiana


En los tiempos que nos tocan vivir, característicos por su descomposición en todos los niveles, aún eclesiales, y cuando en los últimos meses nos llegan oleadas de aromas bovinas, o caprinas, desde las Siete Colinas, es conveniente tratar el tema de la imprescindible cultura cristiana. No me refiero en este caso a la idea propuesta por John Senior y que ya tratamos en este foro hace algunos años, a partir de la lectura del primer capítulo de su obra The Restoration of the Christian Culture (a quienes les interese leerlo, puede bajarlo de aquí) La propuesta es discutir el tema desde el concepto que propone Bouyer.
Los católicos de los siglos anteriores sabían, ciertamente, muchas menos cosas que nosotros, pero tenían mucha más cultura cristiana, porque la cultura no es una cuestión de ciencia, y ellos, aun conociendo pocas cosas, conocían lo que era necesario y como era necesario. Y esto es fácil constatarlo cuando se revisa la biblioteca de cualquier “católico comprometido” de hoy. Si husmeamos en los estantes de algún neocon fervoroso encontraremos una buena cantidad de obras de vulgarización inmediata de la espiritualidad o del apostolado, además de todos los tomos y tomitos de los escritos del fundador correspondiente y algunas estampitas de santos y beatos recientes. Pero lo que falta, y aquí está lo grave, son las obras fuentes, los libros que no se leen una sola vez sino que se leen toda la vida. Los libros que no se leen para saber lo que contienen, del mismo modo en el que un niño despanza a un osito de peluche, para después olvidarlos en el anaquel. Me refiero libros a los cuales se vuelve sin cesar porque se sabe que en ellos siempre se encontrará materia de reflexión.
Entonces, por cultura en este caso, entiendo la posesión en sí mismo, o más bien la incorporación a sí mismo, no de nociones descarnadas sino de ideas vivas. Es decir, la familiaridad con una tradición que es una comunión de espíritus y no el índice de contenidos de un libro. No se trata de subrayar o hacer fichas de los libros para memorizar frases que “vendrán bien” en una discusión o conversación, sino de un mundo que se lleva consigo porque se ha convertido en parte integrante de uno. Se trata de una larga historia, de una experiencia milenaria que impregna el alma, y la hace rica, vasta y compleja.
¿Cuáles son esos libros? No son muchos. Bouyer los reduce a la Biblia acompañada por la recitación inteligente del oficio divino, -al menos de sus horas principales-, las Actas de los Mártires, las Sentencias de los Padres del Desierto, la Exposición de los Salmos de San Atanasio y las Enarrationes sobre los salmos de San Agustín, las Conferencias de Casiano, algunos comentarios de San Juan Crisóstomo a las epístolas de San Pablo, los Sermones sobre las fiestas litúrgicas de San León Magno, y poca cosa más.
¿Por qué estas obras patrísticas además de la Palabra de Dios? Porque las enseñanzas de las Escrituras con todas sus resonancias se transmiten de un hombre a otro hombre (Cor ad cor loquitur era el lema del cardenal Newman), y los primeros de entre estos transmisores deben ser nuestros Padres en la fe, porque a la Iglesia la dicen sus propios Padres; sus escritos constituyen la mens Ecclesiae, la “mente de la Iglesia”, el nou'" Cristou', “la inteligencia de Cristo”. Es esto lo que debe ser asimilado por el cristiano, pasar a la sustancia de su alma para comprender y vivir de ese modo el misterio cristiano.
Recordemos que la cultura cristiana se adquiere más bien por simple contagio de los antiguos que con toda la erudición de los modernos y con todo el tonelaje de escritos fundacionales. Un pleno sentido cristiano, restaurado por una auténtica cultura cristiana, nos recordará, por ejemplo, que la oración es alabanza rendida a Dios antes que un ejercicio de virtud y antes también de ser un instrumento de apostolado. Escribía ayer un monje amigo: “La oración simple y sencilla -la única que admite ser tenida por oración- no cuenta, jamás cuenta, jamás saca cálculos, jamás mide tiempos, jamás pesa el costo/beneficio. Jamás se pregunta si ella sirve o no sirve. La oración simple y sencilla reza porque reza, reza por rezar. Y por eso (y sólo por eso) ella ya es el Reino”, es decir, -añado yo- soberanía de Cristo, como nos enseña el papa Benedicto en su magnífico libro.
Estos es cultura cristiana.

P.S.: Aunque la aclaración ya está en uno de los comentarios, no está de más repetirla también aquí: el "listado" de libros que presenta Bouyer, lo hace dentro de un artículo que escribió en 1945 sobre el rezo del breviario. Es ese el motivo por el que incluye, sobre todo, comentarios psálmicos y bíblicos. No se trata, por eso mismo, de una lista cerrada y, mucho menos aún, de una alternativa a la propuesta de Senior; más bien, ambas se complementan.