
Aunque más de una vez lo he escrito, no está demás insistir en la dinámica que tiene en ocasiones este blog. A partir de un post, que muchas veces destaca un aspecto de la cuestión y omite otros que la complementan, los comentarios tienden a equilibrar recordando lo que no ha sido dicho. Por ejemplo, en el post anterior quizás se acentuaba demasiado una postura de algún modo quietista, pero vinieron los comentarios de Lupus, del Coronel Kurtz y de Gelfand para equilibrar. Algo así como un movimiento dialéctico en el que yo propongo la tesis, los comentaristas la antítesis y, de ese modo, logramos la síntesis.
Había quedado pendiente el tema del lugar de la Iglesia en el mundo que ahora quiero proponer a la luz, nuevamente, del cardenal Newman.
Recuerdo que, cuando era adolescente, me devoré los dos tomos de las obras completas de Hugo Wast. Uno de los escritos que más me gustó y que leí varias veces –creo que se llamaba Una ciudad en estado de gracias-, era el relato del congreso eucarístico del ´34. En la Argentina alfonsinista, esa memoria de cincuenta años atrás era el sueño de un país donde la religión católica se enseñoreaba sin discusión. ¡Si todo Buenos Aires estaba rendido a los pies del Santísimo cuando era conducido por el cardenal Pacelli! Viví mi adolescencia y mi juventud embriagado en esos anhelos de triunfalismo cristiano, y no me arrepiento. Es, o era, lo que correspondía en esa etapa de la vida.
Pero ahora, como Newman, desconfío de las esperanzas de resurgimiento religioso o de los sueños de una patria católica. El cardenal confesó “ser suspicaz respecto a cualquier religión que se presente como la religión de un pueblo o de una época”. Más bien por el contrario, “el símbolo de la verdadera religión es la luz que brilla en la oscuridad”, y “aunque sin dudas hay temporadas en la que surge un repentino entusiasmo por la Verdad… también tal popularidad de la Verdad es repentina, va y viene, sin crecimiento regular ni estancia duradera”.
Toda la Biblia, desde los profetas hasta el Evangelio, está recorrida por la idea del resto fiel o el pequeño rebaño. Pocos eran los que le creían a los profetas y pocos fueron los que le creyeron al Señor. Y si hoy Él volviera, es muy probable que la mayoría de los cristianos lo rechazara como antes hicieron los judíos. No sé bien por qué ni desde cuando, pero estamos matrizados con la idea de un cristianismo mesiánico y cuasi temporal, en el que las naciones sean católicas, y desde sus gobernantes hasta el último de los súbditos esté sometido al poder de Cristo. Algo así como Franco entrando bajo palio y el cardenal Gomá saludando con brazo en alto. La idea, reconozco, es atractiva, pero ¿es cristiana? No estoy tan seguro que sea eso lo que quiere el Señor.
Como dice Newman, a pesar de la gran influencia positiva del cristianismo debe admitirse que la multitud de los hombres “ha permanecido, desde el punto de vista espiritual, igual que antes”. Es triste, pero es un hecho: “la naturaleza humana permanece como era, aunque se haya bautizado”. El verdadero triunfo del Evangelio es elevar a los elegidos, que son unos pocos, a la santidad”. El resto, como dice San Mateo, “escuchan pero no oyen; miran pero no ven”, y esto ocurría cuando el mismo Verbo les hablaba. No pretendamos que ahora sea distinto cuando el que habla es Bergoglio. Si se demostrara que el cristianismo no es más que una fábula, para la mayoría de los cristianos, la cosa no cambiaría en nada; seguiría todo igual puesto que “ellos no van tan lejos como para tener amor por la religión”.
Es que “es cansador para el hombre natural servir a Dios con humildad y en la oscuridad”. La religión es para pocos; el resto fiel, los elegidos.
(Algo así decía Kierkegaard. Que nos lo explique Ruth).



