En las
últimas semanas he escuchado con cierta insistencia la frase: “Voy a Brasil a
ver al papa”. La dicen jóvenes y otros que no lo son tantos; padres en
referencia a sus hijos o sacerdotes en referencia a sí mismos y su jóvenes
parroquianos. Y yo me pregunto qué sentido puede tener hacer semejante viaje,
que la mayoría hará por vía terrestre-, para “ver al papa”. O, dicho de otro
modo, qué aporte real para la fe y para la vida cristiana implica “ver al
papa”.
La
concupiscencia multitudinaria de “ver al papa” es reciente, y hacerlo en las
famosas Jornadas Mundiales de la Juventud
(JMJ), lo son mucho más aún. Ciertamente, las movilizaciones más o menos
masivas de fieles poseen una antigua y venerable historia. Pensemos, por
ejemplo, en las peregrinaciones medievales, tan abundantes y que cruzaban el
territorio europeo de norte a sur y de este a oeste para congregarse en torno a
los santuarios más reconocidos. Pero el fenómeno actual es otra cosa.
Hasta
bien avanzado el siglo XX se peregrinaba a los lugares saagrados para venerar
las reliquias de los santos que allí se albergaban. Pensemos, por ejemplo, en
el relato que nos hace Santa Teresita en su Diario.
En 1889 peregrina en tren con su padre a Roma, y resulta muy claro que el
objeto es rezar ante las tumbas de los apostoles y venerar a los mártires
romanos. Extraordinariamente, consiguieron una audiencia con León XIII, pero
jamás a la santa ni a ningún otro católico de la época se le ocurría ir a Roma
a “ver al papa”. En primer lugar, porque al papa no se lo veía. Los papas de
esa época tenían cosas más importantes que hacer que andar paseándose entre
multitudes y no solía ser afectos al populismo. En segundo lugar, porque tenían
claro que la religión no pasaba por el papa sino por Cristo y por sus apóstoles
y santos como encarnación de su mensaje. La religión, en definitiva, no estaba
personalizada en un hombre vestido de blanco.
No sé
muy bien cuándo empezó a cambiar la cosa. Estimo que el “marco teórico” fue el
pontificado de Pío XI y su invento de la Acción Católica, ese ejército militante
de católicos al servicio de la jerarquía. El tal servicio pasó a ser obediencia
irrestricta y clericalismo, y terminó en la desproporción de la figura de los
obispos y en la idolatrización del papado como pináculo de la jerarquía
católica.
Pío XII
empezó con las famosas audiencias, en las que hablaba de de lo que viniera a cuento, con sus audiciones radiofónicas y alguna que otra
congregación multitudinaria. La agilización del transporte terrestre y aéreo contribuyó
sin duda para la eclosión del histrionismo papal que produjo Juan Pablo II,
actor de teatro en su juventud, quien encontró fácilmente el modo de ser
semanalmente el centro de cientos de miles de hombres del mundo entero que iban
a Roma no ya a venerar la tumba de las apóstoles, sino a “ver el papa”. Y así
estamos hoy. Jugaría mi pellejo a que la gran mayoría de los católicos que
peregrinan a la Ciudad Eterna tienen como ideal “ver al papa”, aunque eso
signifique horas de espera bajo la lluvia y el sol en la plaza de San Pedro
pero, a la vez, a muy pocos de ellos se les ocurre descender a la cripta de la
basílica vaticana a rezar ante la tumba de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo
y, si descienden, se detendrán en oración frente al sarcófago del Juan Pablo
II, del gordo Roncalli o de Pablo VI. Ni se acuerdan ni se ocupan de los
apóstoles y, mucho menos, de los mártires. Si visitan las iglesias que guardan
los huesos de los primeros testigos de nuestra fe, lo hacen con fines
turísticos, y no se ocupan mucho de saber quiénes están allí, si es santa Inés,
santa Cecilia, los santos Pedro y Pablo, Clemente o cualquiera de los otros
grandes mártires. “Ver al papa” es suficiente; venerar al obispo de Roma es la
experiencia más buscada.
El
cambio de actitud no es menor, y es grave. Es la religión descentrada. Louis Bouyer,
cuando explica lo que él llama la barroquización de la liturgia romana, dice que
la causa fue la pretensión de los hombres de iglesia de los siglos XVII y XVIII
de trasladar el ceremonial de las cortes reales a la liturgia, lo que terminó
en convertir a esta última en un espectáculo que poco tenía de sobrenatural y
mucho de teatro o de ópera. Basta escuchar la polifonía religiosa de esa época
para darse cuenta que, ir a una misa solemne, poco difería de asistir a una
función en la Scala de Milán.
En la
actualidad, claro está, la liturgia ya no es una ópera. Es un tristísimo
espectáculo de bailanta o, en algunos casos, de Piñón Fijo. El problema ahora
es que la Iglesia toda, y no sólo su liturgia, se ha convertido en un
espectáculo de masas. Así como hoy la gente con cierta formación cultural viaja
a Buenos Aires a ver a André Rieu; las adolescentes a ver Justin Bieber; otros
a escuchar a Joaquín Sabina o alguna banda de acid rock, todos ellos juntos,
viajan a Río al ver al papa… La lógica es exactamente la misma: integrarse a un
rebaño amorfo que se congrega en torno a un hombre que dice cosas que les
entran por un oído y les salen por el otro. Se puede entender la motivación y la
excitación que supone para los adolescentes pasarse una semanita en Río de
Janeiro, donde tendrán oportunidad no solamente de divertirse con sus amigos,
sino bañarse en sus playas y conocer a miles de adolescentas venidas de todo el
globo. Y de paso, ven al papa, que es casi un semidios, un santo viviente, al
que hay que ver y tocar para tomar gracia. Quién dice, capaz les ayuda a aprobar
los exámenes sin esforzarse demasiado… Es comprensible. Son adolescentes. Pero
que gente grande promocione y propicie esta desfiguración de la iglesia y del
ser católico, es bastante incomprensible.
No me
parece que alguien con mediana inteligencia pueda aún pretender que estos
viajes causarán algún tipo de conversión espiritual o aumente consistente en la
fe de los “peregrinos”, más allá de un pasajero efecto emocional. Recuerdo que
en el año 2000 pasé una temporada en Angers. Allí asistía a misa a la catedral
de esta bellísima ciudad. Muy poca gente iba a misa y, en su enorme mayoría,
eran personas mayores. Una tarde tuve oportunidad de hablar un buen rato con
los curas de la catedral, y me tenté con preguntarles cómo veían ellos el
futuro de la Iglesia en Francia tan despoblada de jóvenes. La respuesta fue
unánime: le renovación y reflorecimiento de la Iglesia vendría por las JMJ.
Hacía poco, en 1997, habían tenido la primera de ellas en París, que congregó a
un millón doscientos mil jóvenes a los pies de Juan Pablo II, y ese año se haría la gran concentración en
Tor Vergata (o Tor fornicata), esa misma en la que el papa polaco se deleitó, llevando
el ritmo con sus pies, con el Color
Esperanza que cantaba Diego Torres... Y ya vemos los millones de
conversiones que ocasionaron esos encuentros… El mundo cambió de un modo
ostensible… Estamos mucho mejor y somos cada vez mejores católicos…
Y no es
cuestión que el papa sea Juan Pablo, Benedicto o Bergoglio. Por cierto que
escuchar a Ratzinger era un placer para la inteligencia y para el oído, cosa
que no sucede con pontífices que dicen tante
cose belle en un pésimo italiano, porque son incapaces de hablar otra
lengua, y que, a lo sumo, provocan hilaridad y vergüenza ajena, o propia.
El
problema es que se desfocalizó la religión. Se concentró en un hombre, en un
caudillo, bueno algunas veces, mediocre otras, pero hombre al fin.
Algunas
noticias neoconas:
1)
Sacerdotes neocones formados en un seminario diocesano cuyano, están
propiciando en sus parroquias una conferencia dictada por el hno. Magdaleno, de
los Maristas, con el objeto de que relate a la extasiada concurrencia de fieles
su experiencia como profesor ocasional del joven Bergoglio en el colegio del
Salvador. Parece que luego de su formación secundaria en una escuela de Flores,
y manifestada su voluntad de hacerse jesuita, los sacerdotes de esta congregación
lo hicieron completar su formación en su colegio de la calle Callao. Una de las
experiencias que relata don Magdaleno y que más llega a la audiencia es cuando
afirma que ya de joven, Jorgito era muy humilde y de bajo perfil porque
prefería ubicarse al fondo de la clase… Otra versión indica que lo hacía para
poder copiarse más tranquilo en los exámenes. Sabido es que siendo jesuita
nunca se distinguió por sus dotes intelectuales, al punto que jamás terminó su
doctorado en teología, ni aún con la estadía que sus superiores le costearon en
Alemania, lo cual se deja ver en las altísimas especulaciones de sus homilías
diarias.
2) Se
cuenta desde hace varias semanas que en alguna casa de formación del IVE,
cuando se anunció quién era el nuevo papa, los seminaristas adoctrinados por
sus superiores, comenzaron a gritar desaforados: “Bergoglio hijo de p… Viva
Francisco”, remedo vulgar, como no podía ser de otro modo, de la conocida
anécdota de Don Bosco cuando la elección de Pio IX. Y al rato de los gritos
patoteriles apareció la vergonzosa carta del Superior General, explicando al
nuevo pontífice sus lazos de familia con algunos insignes jesuitas argentinos.
No se
sabe si lo que conmovió el transparente corazón bergogliano fueron los hurras a
su nueva condición o las relaciones avunculares mencionadas en la misiva, pero
lo cierto es que parece que ahora es un sacerdote del IVE, el p. Codutti, el
encargado de distribuir las entradas para acceder a las audiencias pontificias
de los miércoles.
Se ve
nomás que entre porteñitos cancheros se terminan entendiendo bien.













