lunes, 19 de febrero de 2024

El gran engaño y la mascarada

 

Hieronymus Bosch, El jardín de las delicias (detalle). Museo del Prado


Hace poco tuve oportunidad de hablar un largo rato con un pequeño grupo de monjas (que curiosamente eran monjas en serio: ni solteronas, ni cara de pepinillos en vinagre y mucho menos mujeres de cuarenta o sesenta años con la madurez de una chicuela de quince) como uno se imagina que deben ser las monjas y que, en este caso y por una serie de circunstancias, estaban descubriendo el mundo tradicional. Nunca habían sido progresistas, pero habían vivido toda su vida en la Iglesia de hoy, por lo que les parecía lo más normal del mundo desde la liturgia hasta la expresión de la fe propias del postconcilio. Nos encontramos en una misa cantada en rito tradicional, que estaba rebosante de gente, sobre todo de jóvenes —algo que ellas no podían creer— y, en la conversación posterior, repetían una frase una y otra vez: “Nos engañaron”.

    Sí, la Iglesia del postconcilio y sus ministros engañaron cruelmente a millones de católicos; les negaron las aguas frescas del manantial que regó a los cristianos durante dos mil años, para darles a beber aguas salobres que no calman la sed, sino que la acrecientan. Y esto que digo no es un recurso retórico: las pruebas aparecen por doquier a quien tenga ojos y honestidad intelectual para verlas. Acabo de narrar el caso concreto de una comunidad religiosa de monjas, pero pongamos algún otro ejemplo más universal. En el oficio de vísperas de los viernes, los monjes cantan —los pocos que aún lo hacen— desde la primera Edad Media un himno de San Gregorio Magno, el Plasmator hominis, una de cuyas estrofas dice lo siguiente:

Repelle a servis tuis,

quicquid per immunditiam,

aut moribus se suggerit,

aut actibus se interserit.


Aleja de tus siervos,

todo aquello que por la inmundicia,

se adhiera a las costumbres

o se interponga en las obras.

    Este enorme santo y doctor, Gregorio el Grande, sabía tal como sabían todos los cristianos, que de lo inmundo o impuro hay que escapar, y que hay que pedirle a Dios que nos aparte de él. Pero hoy vemos sin embargo, que los ministros de la Iglesia no sólo han dejado a los hombres vivir en la inmundicia sino que los animan a seguir revolcándose en ella. Por caso, el sábado pasado el blog Rorate Coeli informaba que en la catedral de San Patricio de Nueva York se ofició el funeral de un tal Sr. "Cecilia" Gentili, argentino, que había sido un conocido travesti de esa ciudad. Su foto presidía la misa junto al féretro, en el que fue recordado como the whore y travestite, es decir, como “la puta” y “el travesti”, porque el Sr. Gentili no murió arrepentido de su vida de pecado. Se hacía llamar públicamente "Cecilia la atea" y "Cecilia la puta", y como tales murió. En esa misa no se rezó a Dios por su alma, sino que se le rezó a él: “Querida puta Cecilia, madre de todas las putas, danos fuerza y coraje para continuar tu legado”, oraban. Es escalofriante ver el video en el que el sacerdote, desde el altar y revistiendo los ornamentos sagrados, ríe a carcajadas acompañado de la algarabía de los presentes -ataviados al modo “puta” y “travesti”-, junto al cuerpo insepulto del desgraciado difunto. Parece una escena tomada de El jardín de las delicias de El Bosco. Sí, a esto nos ha conducido la iglesia francisquista: no a rescatar a nuestros hermanos que se arrastran en la esclavitud del vicio y del pecado, como hicieron los santos, sino a festejarles su inmundicia, la misma que San Gregorio pedía evitar.

    Pero no estamos frente a un caso aislado. Fiducia supplicans es la prueba más estupefaciente de lo que estamos viviendo: la pretensión oficialmente proclamada por la Iglesia de bendecir la inmundicia, redactada por un cardenal, autor orgulloso de libros inmundos, y refrendada por la autoridad del Sucesor de Pedro. Este hecho es, por fin, el necesario sinceramiento de lo que se venía ocultado desde hace al menos cinco décadas. Con Fiducia supplicans se sacaron la máscara; ya no necesitan esconderse tras ella. Ellos efectivamente acompañan a los hombres, como les gusta decir, pero no para apartarlos del precipicio sino para conducirlos y arrojarlos a él.

    Pero alejemos la lupa y veamos la situación desde una perspectiva filosófica. Desde hace mucho tiempo, quizás ya desde el siglo XIX, el hombre perdió todas sus seguridades, o mejor, se hizo consciente de esa pérdida. La no-seguridad pertenece intrínsecamente a nuestra naturaleza caída. La sujeción a la amenaza de la nada y el malestar por la carencia de seguridad son nuestros modos de existir, inherentes al hombre no como defectos accidentales que una voluntad resuelta pueda vencer, sino como ineluctables consecuencias derivadas de la profundidad del ser humano. 

    El hombre es un criatura sacada de la nada, y su origen en la nada lo caracteriza constantemente. Tiene también, es verdad, un origen en la voluntad divina, pero Dios lo llamó de la nada, y es por eso que repercuten en él el esplendor de Dios junto al esplendor de la nada. 

    Nos movemos fatalmente en la cornisa de un abismo, que cuando todo sonríe está oculto, pero en épocas de dolor y sufrimiento se muestra en toda su profundidad. Como escribe Rilke en las Elegías de Duino, “Los sagaces animales advierten —¡qué peligrosamente se nos escurre la vida!— en este mundo de sentidos inventados…”. Somos “los eternamente expuestos al riesgo”. Y sin embargo, aquellos que no nos resignamos a este estado de desesperanza, acudimos a una realidad superior, imposible de abatir y que habita al reparo de la nada. Y a esta realidad que conocemos más allá de la experiencia sensible, la llamamos Dios. Es sólo en Dios que el hombre puede conseguir el albergue definitivo que anhela y que tiene clausurado en el ámbito de este mundo. Pero aún así, su inseguridad terrenal no desaparece, aunque se revela como una sujeción superficial a la amenaza , destinada a ser sumergida en la salvación (Rm. 8, 28-39).

    Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es la garantía inquebrantable de la superación de la no-seguridad que cargamos en nuestra naturaleza. Él es el pontífice, el puente que nos une al Padre, que nos traslada de la intemperie de la inseguridad y de los riesgos del abismo, a la seguridad y a la paz del albergue, que es el amor del Padre. Y es la Iglesia la encargada por el Salvador para transmitir a los hombres esta su gracia y para acompañarlos y ayudarlos a encontrar y atravesar el puente. 

    De aquí entonces la gravedad “metafísica” de lo que está sucediendo, y que va más allá de lo fenoménico de una “misa de putas” o de que quien custodia el Depósito de la Fe sea un pornógrafo. Se trata de la apostasía (απο - στασις) o el “colocarse fuera” del munus o de la misión recibida del Esposo, trocada en el munus o misión contraria: ya no acercar a los hombres al puente que atraviesa el abismo de la no-seguridad existencial y de la nada y ayudarlos a cruzar, sino de un “acompañamiento” del hombre —palabra tan cara al francisquismo— hasta el borde del precipicio y arrojarlo en él. 

    Ya nadie puede hacerse el distraído. El cambio de la liturgia fue la teatralización temprana del pasaje a una nueva iglesia y a una nueva fe; el cambio en la doctrina oficializado en los documentos del pontificado de Francisco son ya el fruto verdadero del gran engaño que sufrimos. Se cayeron las máscaras.

jueves, 15 de febrero de 2024

Hipótesis efímeras sobre el próximo Papa

 


Las previsiones, profecías o quinielas con respecto a la identidad del próximo Papa no pueden ser más que hipótesis provisorias. Para confirmarlas, debería ocurrir primero el acontecimiento del que estamos expectantes y, mientras éste no ocurra, nuestras hipótesis tendrán una vigencia muy acotada. Hace pocos meses decíamos que uno de los candidatos con más chances era el cardenal Zuppi, que parecía ser el candidato de Bergoglio. Pues ya me parece que tal posibilidad se alejó demasiado por dos motivos imprevistos: su rotundo fracaso en la pretendida mediación en el conflicto de Rusia y Ucrania, y su posicionamiento en una línea continuista con el actual pontificado. 

    En mi opinión, es este último un primer factor que ha entrado a tallar fuerte en el último mes entre los participantes del próximo cónclave: en su mayoría, evitarán a todo trance un nuevo Bergoglio. Y para este viraje, que parecía imposible hace poco tiempo, ha sido definitivo lo que yo considero uno de los errores más graves del pontificado de Francisco: el nombramiento del cardenal Víctor Fernández en el dicasterio de Doctrina de la Fe. Un necio indefectiblemente comete necedades, pero unas son las necedades que puede comentar un párroco necio que podrán ser subsanadas fácilmente por su obispo, y otras son las necedades que comente un necio encumbrado a uno de los puestos más relevantes de la Iglesia. La promulgación de Fiducia supplicans y el descubrimiento de su libro escondido La pasión mística fueron dos acontecimientos que lo han marcado frente al resto del Colegio que lo mirará con mucho recelo. No les agradará a sus integrantes tener sentado junto a ellos a un pornocardenal que a todas luces tiene alguna fijación sexual no superada. Y la culpa, siempre, no es del chancho sino de quien le da de comer. La primera culpa fue del bueno de Mons. Adolfo Arana que, sea dicho, era de lo mejorcito que tenía el episcopado argentino, que lo ordenó sacerdote; la segunda fue de Mons. Ramón Staffolani, que no lo sancionó luego de la publicación de su libro pornográfico que, junto a El arte de besar, presentó con pompas y matracas en la ciudad de Río Cuarto en 1998, tal como atestigua la edición correspondiente de El Puntal, el periódico local. Y la última y mayor culpa fue de Jorge Mario Bergoglio, que lo hizo obispo y promocionó al puesto que hoy ocupa. Por eso mismo, buena parte de los cardenales buscarán evitar que la Iglesia vuelva a caer en manos tan irresponsables.

    Un segundo factor que tallará es el hecho de que los cardenales no se conocen entre sí, pues Francisco se ha encargado de poblar el Sacro Colegio de personajes ignotos que pastorean a su grey en países remotos, y se ha cuidado mucho de reunirlos en consistorio. Recordemos que el último consistorio fue en febrero de 2014 —hace diez años—, y en él se discutieron los temas que se tratarían en el próximo sínodo de la familia. Fue allí donde el cardenal Kasper expuso todas sus tesis progresistas y fue allí donde el cardenal Caffarra, de feliz memoria, lo refutó con fuerza y solvencia. Y, por eso mismo, Francisco, el Papa de la sinodalidad, del diálogo y de la escucha, decidió no volver a convocar a un consistorio general pues se dio cuenta que la tropa se le rebelaba. Consecuentemente, los electores del próximo pontífice no se conocen entre ellos. Y esto, naturalmente, provoca que los candidatos que más chances tienen de ser elegidos son los más conocidos universalmente. De allí la tesis que sostuvimos que uno de ellos es el cardenal Pietro Parolin, sobre lo que también habló Tossatti hace pocos días: el Secretario de Estado sería apoyado por los cardenales de Curia, por los progresistas, pues él lo es, y por algunos conservadores que lo considerarían el mal menor frente a la posibilidad de un nuevo Bergoglio. 

    El caso Fiducia supplicans sacó a luz a un cardenal completamente desconocido: Fridolin Ambongo, arzobispo de Kinsasa, que tuvo la enorme valentía de organizar a todos los obispos del África subsahariana y oponerse frontalmente a la pretensiones del pornocardenal Fernández y del mismísimo Francisco. Son pocos, muy pocos, los obispos suficientemente hombres para tamaña osadía. No digo con esto que Ambongo sea por ahora candidato al papado; digo que todos los cardenales ya lo conocen —cosa que antes no sucedía— y así como habrá despertado el desprecio de alemanes y belgas, habrá despertado también muchas simpatías. Habrá que ver cuántas y de qué calibre.

    Finalmente, hay otra posibilidad cuya autoría corresponde a un buen amigo. Los cardenales, en términos generales, son hombres que no tienen fe. Han llegado donde están porque hicieron las debidas alianzas y renuncias, y no por su piedad y santidad de vida. Lo que quieren es pasarla bien y disfrutar de su púrpura; ellos ya no temen a Dios sino sólo a los medios de comunicación, por lo que elegirán un Papa que no les genere problemas. Y éstos surgirían con un Papa marcadamente progresista, o marcadamente conservador o que aún siendo un moderado, se tomara en serio su ministerio. “Tengamos la fiesta en paz” —dirán los cardenales— “y elijamos a un personaje anodino e insignificante”. De este modo, se asegurarán la tranquilidad que ansían sabiendo como saben que el cristianismo y sus ideales están ya muertos, asesinados por las fuerzas del mundo que, finalmente, terminaron triunfando. Basta leer las escalofriantes declaraciones del cardenal Ouellet. 

    Si esto sucediera, creo yo que seríamos testigos de una veloz balcanización de la Iglesia que, a nivel global, terminaría dividida en episcopados coloreados en distintas tonalidades de catolicidad. O bien, en una profusión de diócesis más o menos católicas, que prestarían una obediencia simbólica al pontífice romano. En algunas de ellas se bendecirían parejas irregulares y hasta parejas muy irregulares, y en otras no. En algunas estaría permitida y alentada la liturgia tradicional, y en otras habría desaparecido la Santa Misa, aún la de Pablo VI, reemplazada por “celebraciones de la Palabra” presididas por diaconisas y otros especímenes. En unas los niños recibirían en el catecismo las verdades de la fe de los apóstoles y en otras las verdades del ecologismo y de la democracia. En fin, una suerte de Comunión Anglicana o, si no se quiere pensar en ese extremo, en una “panortodoxia” en la que que cada patriarcado hace más o menos lo que quiere guardando, en el mejor de los casos, un pudoroso respeto por el patriarca de Constantinopla. 

    Las hipótesis aquí planteadas tienen una vigencia muy corta. Veremos cómo se movilizan los obispos y sacerdotes cuando se anuncie —es cuestión de semanas— la institución de las diaconisas “no sacramentales”. Y veremos quién se asoma a la loggia de San Pedro una vez que el Señor se digne conceder a su Iglesia la misericordia que todos esperamos. 

lunes, 12 de febrero de 2024

Los problemas de Javier Milei con la analogía, entre otros

 


por Ludovicus


No vamos a tratar el fatigoso asunto de las leyes que ha emanado (y retirado) Milei en estos últimos tiempos; doctores tiene el foro nacional para analizarlas. En la Argentina todo el mundo es abogado, y el que no, es juez. Tampoco hablaremos de Conan, la analogía con Incitatus es muy fácil y socorrida.

    Queremos simplemente poner el foco en un rasgo del presidente que cada vez resulta más intrigante: su desconcertante judaísmo. "Quasi" judaísmo diríamos, usando el quasi en su correcto sentido y no como la mayoría de los argentinos lo usa como sinónimo de ¨casi¨. Este judaísmo se manifiesta no sólo en su faceta religiosa sino también política, como ha demostrado su visita a Israel y a su presidente, Benjamín Netanayhu . Curiosamente, en tal visita no ha dudado en hacer un parangón entre el grupo terrorista Hamas y los nazis, cosa que siempre fustigó (incluso querelló a periodistas por hacerlo), bajo el rótulo de ¨banalizar el Holocausto¨. Es algo parecido al famoso concepto progre de ¨apropiación cultural¨, condenable cuando un blanco se caracteriza para representar a Otelo pero válido si un chino o un africano hacen de Enrique VIII o Ivan el Terrible.

    No nos hemos desviado con lo de la apropiación cultural. Lo que hace Milei es apropiación cultural en el más riguroso sentido, y lo ha demostrado recientemente, luego del rechazo de la malhadada ley omnibus, citando un pasaje en hebreo donde Moisés se enciende en furia contra el pueblo por adorar el becerro de oro, rompe las tablas de la ley, y castiga a los rebeldes.  El texto, por supuesto, tiene su propia hermenéutica en el judaísmo, ya no digamos en el cristianismo, donde a nadie se le ocurriría castigar con la muerte a quien no acepta al verdadero Dios. Recordemos que es Cristo mismo el que introduce una distinción de planos temporal-espiritual que impide el literalismo y univocidad entre ambos poderes. Moisés no es el César y rebelarse al César no es rebelarse a Dios.

    El símil podría ser una ironía, una atrevida analogía, sino fuera que Milei es absolutamente antianalógico, es un literalista enragé. Es por eso que habla de las ¨Fuerzas del Cielo¨ citando a los Macabeos, como si estos hubieran sido mártires de la libre competencia de monedas. Para Milei el Bien y la Verdad se interconvierten con el Mercado pero sobre todo con su voluntad. Nos animamos a decir que en realidad, es su voluntad desnuda la que prevalece, la libertad y el mercado son sólo vehículos de su fanatismo personal. No hace falta demasiada imaginación para imaginarnos un Milei jacobino o un Milei stalinista. Lo que le importa es, como dice ¨aplastar al adversario¨, i.e., al que se opone a su voluntad, convenientemente apoyada por las Fuerzas del Cielo. Esto, aquí y en Namibia, tiene un nombre: fanatismo.

    La apropiación cultural cobra tonos mayores cuando se trata de compromisos. Milei juró por Dios y sobre los Santos Evangelios cuando desde hace años habla de una eventual conversión al judaísmo. Con lo que defrauda y perjura contra unos y otros: jura por un Mesías que reputan falso aquellos a cuya religión promete convertirse. Muy extraño.

    Si yo fuera judío, estaría horrorizado y alarmado ante esta apropiación cultural, que puede atraer nuevos recelos e incluso persecuciones al pueblo judío, de quedar ¨pegado¨con Milei. En este sentido, se advierte la extrema cautela de la respetable colectividad con este quasijudaísmo mileísta, más allá de algún rabino oportunista y marginal que alimenta el monstruo.

    Hasta qué punto estos desbordes verbales de Milei, este frenesí partisano, se traducirá en violencia física o medidas concretas facciosas lo ignoramos. Hasta ahora no ha ocurrido; Milei se recorta sobre una figura caricaturesca del Milei panelista. Pero el peligro está, y es bueno que se le fijen límites, más allá de las necesidades de reforma de la hora.

    En fin, el rey está desnudo, y a diferencia de la parábola, todos lo advierten, sólo que algunos son más o menos hipócritas. Es una lástima, porque la reacción antipopulista es positiva y muchos postulados son buenos. 

    It´s the character, stupid!

jueves, 8 de febrero de 2024

El retorno del paganismo de la carne

 


Me comentaron que Netflix había lanzado un documental —“docuserie”— sobre la vida de Alejandro Magno. Decidí suspender mis deseos de verla luego de los primeros cinco minutos: la serie comienza hablando de la homosexualidad de Alejandro y dramatizando una repugnante escena amorosa con quien —supuestamente— era su amigo y amante. El hecho es una muestra más del estado de adoración que padece el mundo moderno por el sexo. ¿De qué otro modo se explica el hecho relatado, dado el caso que se trata de una serie histórica y con pretensiones científicas, sobre un personaje tan relevante para la historia universal? Y si sumamos la omnipresencia de la pornografía, que esclaviza a millones y millones de seres humanos —es cuestión de hablar con un sacerdote o un psicólogo para asomarse a esa terrible realidad oculta—, concluimos que la sexualidad y el placer que la acompaña se ha convertido en el nuevo dios del mundo contemporáneo.

    Esta situación ya la había vivido el género humano. Antes del nacimiento de Nuestro Señor, el dios que reinaba en la tierra era el dios de la carne; el paganismo estaba intrincadamente enredado con el sexo; era la misma esclavitud con la que hoy el Enemigo de los hombres los mantiene encadenados. Y fue la aparición del cristianismo la que posibilitó esa liberación. Cristo y su Iglesia fueron los únicos capaces de cortar de cuajo las cadenas de la esclavitud de la carne. Y por eso, “los cristianos no se deleitan ni discuten sobre sexo como un entretenimiento. Los cristianos no utilizan vídeos o imágenes pornográficas. Los cristianos ni siquiera hablan de esas cosas. La castidad es constitutiva de la fe y la moral cristianas. La castidad evita el trato despreocupado de asuntos sexuales propios del matrimonio. Para abreviar: lo que ocurre en el dormitorio debe permanecer en el dormitorio. La intimidad propia de la relación exclusiva que sólo comparten marido y mujer, y todo lo que conlleva, debe permanecer como un asunto privado entre los cónyuges. La única excepción son las conversaciones con un médico por motivos de salud o fertilidad o, en caso necesario, dentro del secreto de confesión”. Esto lo escribía la semana pasada el P. Kevin M. Cusick en el blog americano The Wanderer. Como decía San Pablo, “la fornicación y la impureza ni siquiera deben mencionarse entre ustedes”.

    Pero este estado de libertad y prescindencia pública de la carne se logró merced a la gracia que trajo el Señor Jesús y cuya administradora es la Iglesia. Lo aterrador es ver hoy que, frente a un estado de esclavitud peor aún que el que padecían los antiguos paganos, la Iglesia no solamente ha renunciado a constituirse en faro de liberación, sino que desde hace tiempo, de modo oficial, ha comenzado a justificar y legalizar los pecados sexuales, convirtiéndose así en aliada del nuevo paganismo de la carne. 

    Por un lado, nos encontramos con una Iglesia en la que buena parte de su clero chapotea en el pantano de estos vicios. Basta recordar lo ocurrido con el ex-cardenal McCarrick, el cardenal Coccopalmiero, el P. Rupnik o el recientísimo caso del canónigo de la catedral de Valencia. Y, por otro, con la osadía del Papa Francisco y de su lacayo purpurado, Víctor Fernández, de no sólo justificar sino incluso bendecir estos pecados en nombre de una “Iglesia en salida”. Resulta inexplicable que hombres que supuestamente conservan la fe católica, sean capaces de tamaño espanto. Viviendo en Roma, ¿no son capaces, acaso, de ver el ejemplo de los mártires —de Santa Inés o de Santa Cecilia, por ejemplo— que fueron y son testimonios rutilantes del triunfo del cristianismo sobre el paganismo del sexo y de la carne? ¿Es posible que viviendo en la Ciudad Santa, rodeados del testimonio de quienes nos precedieron en la fe, se atrevan a semejante vileza?

    Llama la atención también que Bergoglio y Fernández no se sonrojen ya no sólo en escribir declaraciones que documentan su ramplona ignorancia (“La sospecha de ignorancia y mala fe pesará sobre Fernández en cualquier documento que firme posteriormente”, declaró recientemente Mons. Nicola Bux) sino que no temen caer en las contradicciones más flagrantes. Por ejemplo, tanto Fiducia supplicans como el documento aclaratorio posterior, dicen que las bendiciones a parejas del mismo sexo deben realizarse fuera del templo y de cualquier contexto litúrgico. Y lo mismo ha dicho en más de una ocasión el Papa Francisco. Sin embargo, el arcipreste de la basílica vaticana ha dado instrucción a los canónigos de San Pedro sobre el modo de impartir esas falsas bendiciones en ese templo y junto a la tumba de San Pedro.

    Llama la atención también el acostumbramiento de los fieles católicos a estos escándalos. Como la rana de Clerc, nos hemos acostumbrado a que el agua cada día suba un poco de temperatura y dentro de muy poco seremos ya incapaces de saltar de la cacerola. No sólo nos hemos acostumbrado a la impunidad de la que gozan los jerarcas depravados, o a los escándalos contra la fe católica, sino que incluso nos quedamos impávidos frente a las burlas que sufrimos por parte del pontífice romano. No es otra cosa, por ejemplo, el hecho de que Bergoglio considere que los jóvenes que prefieren el rito tradicional o que los seminaristas que usan sotana sufren de algún tipo de desorden psicológico y, al mismo tiempo, ubique en el delicadísimo puesto de prefecto de Doctrina de la Fe a una persona que durante toda su vida sacerdotal ha escrito gran cantidad de textos de altísimo contenido sexual. ¿Quién es el que tiene problemas psicológicos? 

    San Serapión de Thmuis relataba a San Atanasio —y éste luego lo escribió en su biografía de San Antonio—, que dos años antes de su muerte, Antonio entró en un trance extático y tuvo una visión inquietante que presagiaba la violencia que devastaría Alejandría en 356. Vio un altar rodeado por un círculo de mulas que lo pateaban furiosamente, enloquecidas. Esto lo interpretó como “la ira” que alcanzaría a la iglesia; las mulas eran los arrianos que atacaban a la iglesia con la violencia de “bestias irracionales”. Entonces profetizó que “así como el Señor se ha enojado, así de nuevo sanará” y que los perseguidos y exiliados serían restaurados (VA 82). Hoy vemos que también una tropilla de mulas enloquecidas están pateando no solamente el altar de la eucaristía sino también el mismo edificio doctrinal de la Iglesia, impeliendo toda su fuerza para que ésta acepte el retorno del paganismo de la carne. Es como si el demonio quisiera resarcirse de la derrota que sufrió en los primeros siglos y volviera ahora con más fuerza por sus fueros. Quiera el Señor de nuevo sanarnos; quiera que todos los que son perseguidos por los nuevos arrianos, sean restaurados. 


lunes, 5 de febrero de 2024

El alarmante indiestrismo del cardenal Tucho Fernández

 


El sábado pasado, Tucho, prefecto de Doctrina de la Fe, emanó un nuevo un documento, y en este caso la novedad doctrinal que nos anuncia es que, en la administración de los sacramentos, el sacerdote debe respetar las fórmulas establecidas por la Iglesia pues, en caso contrario, se arriesga a que esos sacramentos sean inválidos. El orbe católico ha quedado pasmado ante la agudeza teológica de tal afirmación y los sectores neoconservadores respiran tranquilos: la Santa Sede puede tener algunos devaneos inquietantes con respecto a novedosas  bendiciones pastorales a parejas irregulares, pero es capaz también de emitir documentos tan  clarificadores de la doctrina perennis como Gestis verbisque ¡Qué no cunda el pánico! La Iglesia sigue en buenas manos. Una de cal y otra de arena.

   Su Eminencia, sin embargo, no puede con su vedettismo y entonces ha agregado al documento una introducción, escrita de su puño y mediocre letra. Allí redacta párrafos como el siguiente, que constituye la envidia de la cancillería pontificia de Benedicto XIV a la fecha: “Por tanto, los ministros debemos superar la tentación de sentirnos dueños de la Iglesia. Por el contrario, debemos ser muy receptivos al don que se nos presenta: no sólo el don de la vida o de la gracia, sino también los tesoros de los Sacramentos que nos confía la Madre Iglesia. ¡No son nuestros!”. Marco Tulio no lo habría dicho mejor.

    Por cierto, y a fin de evitar equívocos embarazosos que tergiversarían el espíritu de apertura y flacidez de este pontificado, el cardenal Víctor Fernández termina su introducción aclarando que: “La nota que presentamos aquí no trata, por tanto, de una cuestión meramente técnica o incluso ‘rigorista’”. Faltaba más, que nos vinieran en estos tiempos con tecnicismos y rigores, ordenándonos cómo decir tales o cuales palabras.

    Dejando de lado las ironías, único modo con que en ocasiones pueden ser tratados estos personajes mínimos, resulta curioso que justamente en el papado de Francisco, que se ha preocupado en alertar en los últimos años contra los indietristas, aquellos malvados que no entran en las categorías de los “todos, todos, todos” que tienen asegurado su lugar en la Iglesia, sea cuando se publica una nota reveladora de un indietrismo impensado. Veamos: hacia mediados del siglo VIII salió de Irlanda un monje llamado Fergal, latinizado como Virgilio, con intenciones de peregrinar a los lugares santos como hacían muchos de sus connacionales. Pero quedó en el camino y fue nombrado obispo de Salzburgo. Y estando en su sede, aconteció un conflicto con otro monje y obispo inglés, San Bonifacio, el gran apóstol de los pueblos germanos. El caso es que un sacerdote de la diócesis de San Virgilio —porque Fergal es santo—, por su ignorancia del latín, había celebrado bautismos utilizando esta fórmula: “Baptizo te in nomine patria et filia et spiritu sancta”. San Bonifacio consideró que esos fieles debían ser bautizados nuevamente; Virgilio, en cambio, afirmaba que el bautismo había sido válido. Y para dirimir la cuestión, se dirigieron con este dubium al Papa de Roma, que en ese tiempo era Zacarías, pontífice se daba tiempo para responder las dubia que le dirigían sus obispos. Y les mandó la siguiente breve nota, aunque sin estar precedida por ninguna introducción pavota: 

Zacarías, siervo de los siervos de Dios, a su reverendísimo y santo hermano y obispo, Bonifacio.

Hemos oído de Virgilio y Sedonio, hombres de vida religiosa en Baviera, que tú les ha ordenado conferir el bautismo por segunda vez a ciertos cristianos. Este informe nos ha causado cierta inquietud y, si los hechos son ciertos, nos ha sorprendido enormemente. Nos han dicho que había cierto sacerdote en esa provincia que no sabía nada de latín, y que en la ceremonia del bautismo, por ignorancia de la gramática latina, cometió el error de decir: “Baptizo te in nomine patria. et filia et spiritus Sancti”, y por esta razón tú consideraste necesario un segundo bautismo. Sin embargo, muy reverendo hermano, si el ministro no se proponía afirmar ningún error o herejía, sino que simplemente por ignorancia cometió un lapsus en latín, no podemos estar de acuerdo con una repetición del rito bautismal. Porque, como tú bien sabes, incluso una persona que ha sido bautizada por un hereje en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no necesita ser bautizada de nuevo, sino que es simplemente absuelta por la imposición de manos. Si, entonces, el caso es realmente tal como lo plantea el informe, tú ya no debe emitir instrucciones en este sentido. Debéis esforzaros por conformaros a la enseñanza y la predicación de los Padres de la Iglesia. (Epístola VII del papa Zacarías, PL 89, 929).

    ¡Qué mal deberán estar las cosas en la Iglesia para que, casi 1300 años después de sucedido este incidente, y pasado el magno acontecimiento del Concilio Vaticano II que llevó a la madurez a todo el pueblo de Dios, se deba volver sobre el tema! Indietrismo en estado puro.


jueves, 1 de febrero de 2024

Recomendaciones bibliográficas

 




Ronald Knox, Un retiro para laicos.

Ronald Knox, uno de los católicos conversos ingleses más importantes del siglo XX, fue durante muchos años capellán de la Universidad de Oxford, donde había estudiado él mismo. Allí y en otras ciudades de Inglaterra desarrolló su ministerio pastoral a través de la escritura de libros de espiritualidad, de teología para no teólogos y de traducción de las Sagradas Escrituras. Pero también se distinguió por la predicación de retiros espirituales para laicos de distintas edades y orígenes.

En este libro, él mismo reúne una serie de veinticuatro pláticas o conferencias, en las que repasa los puntos más importantes que todo católico debe tener en cuenta para su progreso en la vida espiritual. Meditaciones sobre la fe, el desaliento, la persona de Jesucristo y de su Madre, sobre la oración y sobre la muerte, se suceden en capítulos de lectura fácil pero también profunda.

Así, este libro es un excelente modo para que los católicos puedan realizar sus "ejercicios espirituales", solos en un monasterio o en su propia casa, siguiendo las reflexiones de avezado maestro en la vida espiritual.

Puede bajarse gratuitamente en formato PDF y Epub. 






Guido Morselli, Roma senza papa, Adelphi, Milano, 1986. 

En la Roma de finales del siglo XX en la que se desarrolla esta novela, una ciudad en gran parte trastornada y desbaratada, sólo un hecho esencial parece haber cambiado en comparación con la Roma de hoy: el silencioso abandono del Vaticano, que ya no habita el papa, Juan XXIV, quien ha trasladado la Sede Apostólica a una residencia, parecida a un hotel.

No soy particularmente afecto a las novelas distópicas de este tipo. Sin embargo, la de Morselli tiene asombrosos tintes premonitorios. Escrita en 1966, habla de una Iglesia en los ’90, con ordenación de diaconisas, la basílica de San Pedro convertida en museo, una congregación religiosa destinada a convertir a las “máquinas pensantes”, que son la inteligencia artificial; conferencias en Roma cuyo título es “Diálogo sí; proselitismo no”, o propuestas de reforma del procedimiento de la elección papal. El autor se pregunta: “Pablo VI dice que la paz es el bien supremo. Está bien, pero dando a la paz terrenal tanta importancia, ¿no se pone a la Iglesia en un plano humano? Antes, el bien supremo era la fe, aún con la guerra, y también a costa de la guerra”. Y también: “¿No es más cómodo y tranquilo respetar las prerrogativas del saber y dejar que el polvo se acumule sobre los dogmas? Es suficiente con declarar que el interés supremo (o único) de la Iglesia es el de ser promotora de la paz mundial, aunque esto signifique ubicarla al mismo nivel que la Cruz Roja internacional”. 

La agudeza irónica de este relato, la maestría con la que Morselli se mueve por los laberintos de doctrinas, reales e imaginarias, de la Iglesia, los retratos magistrales de eclesiásticos de alto y bajo rango, la incesante invención satírica, hacen de este libro una feliz novela de "anticipación teológica", donde las ideas tienen la concreción y lo grotesco de los personajes y donde, a cada paso, se siente una mirada desencantada y penetrante posada sobre un futuro con el que nos topamos todos los días.

Hay traducción española. Aquí puede bajarse en italiano.




Francisco Rego, De embryone humano. Thomas contra Thomam, Gladius, Buenos Aires, 2023.

Una de los permanentes argumentos que esgrimen los defensores del aborto cuando discuten con los católicos es que fue el mismísimo Santo Tomás quien afirmó que el embrión humano no es persona humana. Y tienen razón. Eso lo escribió el Aquinate y no una vez sino varias. La discusión, por tanto, es válida.

Sin embargo, no son muchos los que puedan adentrarse en ella pues requiere un conocimiento preciso de la obra de Santo Tomás y los postulados de la ciencia de su época. Y es esta empresa la que acomete Francisco Rego, un importante intelectual argentino y heredero y conocedor privilegiado de Santo Tomás. Y lo hace a través de un análisis minucioso, a lo largo de casi 300 páginas, de toda la opera omnia tomasiana, explicando metafísicamente las afirmaciones del maestro dominico para concluir afirmando que: “Y, si lo que se afirma como forma sustancial es “lo que hace que algo sea una realidad concreta”, entonces, al afirmarse al alma racional como “única forma sustancial del hombre”, se cumple el principal de los requisitos para afirmar que, desde su concepción, el embrión es hombre y persona humana”. 

El libro puede conseguirse en las librerías católicas de Argentina. 






Réginald Garrigou-Lagrange, O.P., La síntesis tomista, Pro Civitate Dei Ediciones, Santiago de Chile, 2023.

Pro Civitate Dei es una iniciativa para jóvenes universitarios basada en la liturgia, la amistad y la formación que, originada en Francia, actualmente se ha expandido a otros países como Chile o Brasil. Y es la sección chilena que ha comenzado también con la iniciativa de editar libros clásicos fundamentales que ya resulta imposible de conseguir. Y lo hacen en ediciones cuidadas y produce placer, aún antes de leerlas, su calidad. 

No necesita presentación el autor de la obra que recomiendo. Y tampoco necesita presentación el mismo libro en el que, como su título lo indica, se compendian los principios fundamentales del pensamiento tomista, desde sus fuentes a la teología moral y la espiritualidad.

En palabras de Juan Carlos Ossandón, quien prologa el libro: ““Este libro, «La Síntesis Tomista», de más de 500 páginas, es la mejor exposición que he leído y la más completa presentación de la sabiduría de aquel célebre fraile dominico. A pesar de la enorme dificultad de exponer la vastísima producción del teólogo medieval y tratar de misterios incomprensibles para nuestra débil razón, nos sorprende la claridad su de exposición; nota, por lo demás, típica del Fraile medieval y de muchos de sus discípulos. Dificilísimas cuestiones son explicadas de modo asequible a quien tenga una mínima preparación intelectual”.

El libro puede conseguirse en Amazon. 


lunes, 29 de enero de 2024

La gran traición

 



[La Iglesia --es un hecho incontestable-- se está vaciando; vaciando de fieles, vaciando de sentido, vaciando de contenido. Ya no tiene mucho sentido ser católico, si da lo mismo ser anglicano o luterano; si da lo mismo esforzarse por llevar una vida virtuosa, o vivir según los dictados del mundo o de la carne.
La semana pasada, varios sitios internacionales (por ejemplo este en italiano) sacaron a la luz una nueva serie de textos del cardenal Fernández: "Orgasmos y genitales". Así titulaban sus artículos porque esos eran los temas que el prelado trataba en sus escritos. Es un hecho que la Iglesia ha sido secuestrada y ha caído en manos de hombres sin fe. 
El artículo que sigue, de carácter teológico y reflexivo, ayuda a comprender la profundidad del daño, quizás irreparable, que Bergoglio y Fernández están infligiendo a la Iglesia].


por Henry Sire

En las últimas semanas hemos recibido una gran bendición: la demostración de que para un amplio sector de la Iglesia católica de todo el mundo el Papa Francisco ha ido demasiado lejos. Todos los indicios apuntaban hasta ahora a que no había límite en la capacidad de los fieles para aceptar los tejemanejes de este Papa con la verdad católica; pero ahora vemos que el límite estaba ahí, y que con Fiducia Supplicans se ha sobrepasado. Sin embargo, frente a este beneficio hay un mal mucho mayor: el estado de la Iglesia que hizo pensar a Francisco que podía salirse con la suya, y con su vergonzoso documento en primer lugar. Este estado de postración incluye muchos aspectos, entre los que destaca una jerarquía servil y al servicio del momento, pero lo que quiero tratar aquí es el fracaso de la Iglesia católica en los últimos sesenta años a la hora de transmitir a los fieles su enseñanza sobre la familia y la sexualidad.

    El ataque al ideal cristiano de la familia comenzó hace siglos, con la aceptación protestante del divorcio, y en el siglo XIX empezó a asumir un tono más ideológico con el auge del feminismo. El impacto de la Primera Guerra Mundial sacudió visiblemente las costumbres tradicionales, ya que las mujeres empezaron a abandonar las normas de modestia que habían prevalecido desde que Europa se hizo cristiana; el divorcio se aceptó ampliamente, y la defensa de la anticoncepción empezó a sacudir el instintivo aborrecimiento de la misma que había sobrevivido incluso en las sociedades protestantes. Contra esta marea, el Papa Pío XI se vio en la necesidad de publicar en 1930 la encíclica Casti connubii, oponiéndose a las nuevas tendencias. De este modo, el Papa Pío cumplió con el deber perenne de la Iglesia de reafirmar la enseñanza cristiana contra los errores de la época. Pero el enemigo no consistía en males morales aislados; era toda una falsa antropología que surgía de una nueva sociedad sin Dios. Impulsado por la ideología de la Revolución Francesa, el mundo avanzado empezaba a ver la sociedad humana como una colección artificial de ciudadanos, en la que la diferencia sexual era un mero accidente físico, el medio que la evolución había encontrado por casualidad para procrear la vida.

    Hoy en día, el marco moral que Pío XI expresó en Casti connubii se ha vuelto totalmente ajeno al mundo moderno, tan lejos hemos viajado por el camino neopagano; pero peor es el hecho de que esa alienación abunda también entre los católicos, tanto laicos como clérigos. La causa de ello es la desintegración de la filosofía católica provocada por el Concilio Vaticano II. Se vislumbra incluso en los documentos del propio Concilio. La declaración programática del Concilio, Gaudium et spes, en su afán por predicar un mensaje “moderno”, creyó oportuno instar al progreso social de la mujer y hablar como si el régimen capitalista de competencia sin trabas, incluso entre los sexos, fuera el orden natural de la sociedad. La ruptura se generalizó en el clima que siguió a la clausura del Concilio. En el sacerdocio y en los seminarios se extendió la suposición de que la regla del celibato estaba a punto de ser abolida, con repercusiones nefastas sobre las vocaciones y especialmente sobre el ethos de la castidad en el clero. Entre los laicos existía la suposición paralela de que la doctrina de la Iglesia sobre la anticoncepción había sido superada y pronto iba a ser modificada. Cuando el Papa Pablo VI intentó reafirmar la enseñanza tradicional en la Humanae vitae provocó un colapso de la autoridad papal. Su encíclica fue recibida con vituperio inmediato y en la secuela fue ampliamente ignorada.

    Estos fueron incidentes en la desintegración de todo el modo de pensar cristiano. Enseñados a considerar el aggiornamento como la nueva regla de fe, los católicos se rindieron a una ideología neopagana de la naturaleza humana. Las leyes de la moral sexual se convirtieron para ellos en prescripciones aisladas que ya no comprendían, porque habían perdido el contacto con su fundamento filosófico. Por tanto, no hay esperanza de enseñar a la generación moderna a comprender la moral cristiana a menos que se liberen de las categorías del mundo moderno y las sustituyan por la filosofía perenne de la Iglesia.

    Ese punto de vista es, de hecho, más antiguo que la propia Iglesia y pertenece a la primera revelación de Dios a la humanidad. Procede de las lecciones que enseñan los primeros capítulos del Génesis, confirmadas por la razón natural, y constituyen una prueba luminosa de que esos capítulos son la Palabra inspirada de Dios. El Génesis enseña, en primer lugar, la verdad trascendente de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. En segundo lugar enseña que Dios creó al hombre y creó a la mujer para que fuera su esposa y compañera. De esa verdad se deriva la realidad fundamental de la familia, y de ahí toda la naturaleza y el significado de la sociedad humana.

    Sin embargo, en estas dos verdades hay implícita una paradoja. La familia humana es la imagen de la perfecta unión de Personas que existe en la Trinidad; sin embargo, en la Trinidad no hay división de sexos. El Hijo es engendrado por el Padre, y el amor entre ellos, como enseña San Agustín, se personifica en el Espíritu Santo. En la sociedad terrenal existe una diferencia. Una persona humana no es engendrada sólo por un padre, sino que es traída a la existencia por un padre y una madre. Esta es una relación que no existe en la Trinidad, y debemos preguntarnos por qué es así. Es evidente que Dios podría haber ideado una raza humana sin diferencias sexuales, con un medio distinto designado para la procreación. ¿Por qué, pues, creó Dios una raza dividida entre hombres y mujeres? La respuesta debe ser que lo hizo por el bien de la Encarnación. La razón por la que cada ser humano deriva su naturaleza por igual de un hombre y de una mujer es que ésa era la única forma en que podía venir al mundo un Ser que era por naturaleza tanto Dios como hombre.

    La alternativa sería pensar que Dios inventó un orden arbitrario de la humanidad y luego improvisó la Encarnación a partir de sus accidentes; ése es el absurdo que implican los entregados a los supuestos del mundo. La verdad es lo contrario: la raza humana fue ideada para hacer posible la Encarnación. La dualidad de los sexos es la condición previa natural para la dualidad sobrenatural de la Encarnación. De ello se deduce que la diferencia de los sexos no es un accidente físico impuesto a una personalidad, sino que forma parte integrante de la naturaleza humana y de su relación con Dios. Un hombre es el tipo de ser humano que Dios ideó en el que debía realizarse la Encarnación; una mujer es el tipo de ser humano que Dios ideó como recipiente de la Encarnación. Dios sólo pudo encarnarse como hombre, porque el sexo masculino estaba formado para representarle; sólo pudo hacerse hombre como hijo de una mujer, porque el sexo femenino estaba formado para engendrarle.

    De esta antropología aprendemos también el significado de la familia como el reflejo que Dios pretendía de la Trinidad, haciendo de la verdad divina el modelo de la sociedad humana. La familia debía ser el escenario del amor inmutable en el que cada niño debía crecer y extraer sus primeras nociones de la realidad, del valor, de la virtud y de lo que es ser humano. Tan fundamental era este plan divino que vemos el instinto de la familia plantado profundamente en la naturaleza humana, incluso en la naturaleza humana tal y como luchó después de la Caída. En las sociedades primitivas, aunque incapaces de articular su marco moral, vemos un respeto por el vínculo matrimonial que casi podría considerarse supersticioso, junto con un horror natural a las lujurias que actúan contra él. La relajación de la institución del matrimonio y la aceptación de la perversión aparece como un vicio artificial en sociedades demasiado sofisticadas como las antiguas Atenas y Roma, y siempre se ha reconocido como el presagio de la decadencia.

    El matrimonio humano es, por tanto, uno de los ideales más elevados que Dios pone ante nosotros; pero cuando consideramos el abismo entre el ideal y el pantano de la sexualidad tal y como la ha convertido la Caída, la lección que debemos extraer es el lugar esencial que ocupa la virtud de la castidad en la protección del vínculo matrimonial, el castum connubium que Pío XI se esforzó en defender. La lección es aún más fuerte cuando observamos los estragos que nuestra propia sociedad antinatural ha causado en los caminos de la naturaleza. Aprendemos lo importante que es que los cristianos comprendan el plan divino de la naturaleza humana y repudien la falsa ideología que ha surgido entre nosotros. Ese fue el reto al que se enfrentó la Iglesia católica en el siglo XX, y ha fracasado tristemente. Donde deberíamos haber tenido defensores sabios y valientes, nos hemos dejado llevar con demasiada frecuencia por picapleitos de boca harinosa cuyo evangelio es la acomodación a los hábitos del mundo, que hablan de la necesidad de ser pastorales y de reconocer la realidad de las situaciones humanas, y que incluso se vuelven contra la propia Iglesia y la acusan de fanatismo e intolerancia históricos como base de su enseñanza moral. Lo que tenemos ahora con Fiducia Supplicans es esta traición elevada a la categoría de magisterio papal.

    Hay que reconocer también el efecto diabólico que esta traición ha tenido en nuestro mundo. El debilitamiento de la Iglesia católica tuvo su repercusión en otras religiones, sobre todo en la Comunión anglicana, que a estas alturas ha abandonado cualquier intento de defender la moral sexual cristiana; y el mismo fracaso ha afligido a la mayoría de las demás sectas protestantes. El colapso se inició en el momento en que el testimonio de la Iglesia católica empezó a fallar en la época del Concilio Vaticano II, y su resultado fue que el apuntalamiento cristiano de las sociedades seculares cedió rápidamente. El aborto, la sodomía y la pornografía perdieron la prohibición legal y el estigma que habían tenido antes, y un ethos de hedonismo pagano conquistó lo que antes habían sido naciones cristianas.

    Aprendemos de esto la rienda suelta que se da al Diablo cuando la Iglesia y el Vicario de Cristo faltan a su deber. El ejemplo más grave de ello se ha dado en los últimos años. Habiendo ganado todas sus batallas anteriores contra la familia natural, el Diablo encontró una nueva locura que soltar en la sociedad neopagana, y fue la ideología del “género”. De repente, hace unos diez años, los oráculos de la modernidad empezaron a proclamar que el sexo no es una realidad biológica sino una construcción social, que no hay dos sexos sino cuarenta y siete, o cualquier número que el cabalista desee conjurar, que el sexo de una persona no es lo que la naturaleza hizo sino aquello con lo que él o ella elige “identificarse”; y lanzaron una campaña fanática para animar a la gente a someterse a mutilaciones quirúrgicas, y para adoctrinar a los niños con un mensaje de confusión en cuanto a su identidad sexual.

    Esta locura surgió de la nada hace una década, y lo más chocante ha sido el silencio de la Iglesia católica ante ella. Si hubiéramos tenido un Papa que conociera su deber como Pío XI, habría dejado claro de inmediato que cambiar el sexo propio, o el de otra persona, es una enormidad moral del peor orden y está absolutamente prohibido por la ley de la Iglesia, y se habría levantado en armas contra la campaña de falsedades insolentes a la que se ha rendido la sociedad moderna. En lugar de ello, el rebaño se ha quedado sin pastor. Mientras el Diablo avanzaba a pasos agigantados entre las almas humanas, el Papa Francisco ha estado hablando del cambio climático.

    Este es el contexto del flagrante fracaso del Papa a la hora de proclamar la enseñanza cristiana sobre el pecado de la sodomía, un tema sobre el que se ha mostrado por muchas declaraciones privadas como un hereje evidente. Ha salido a la luz por su publicación de Fiducia Supplicans, y por la posterior revelación de que el jefe que ha nombrado para el Dicasterio para la Doctrina de la Fe es un hombre con la teología de un erotómano. Sin embargo, la traición más amplia ha sido el abandono de las funciones de la Iglesia en lo que respecta a la ética de la familia y la virtud de la castidad. La situación del mundo actual es aquella de la que la hermana Lucía de Fátima advirtió al cardenal Caffarra: “Llegará un momento en que la batalla decisiva entre el reino de Cristo y Satanás será sobre el matrimonio y la familia”. No hace falta ninguna visión sobrenatural para afirmar esto, ya que está entre nosotros para cualquiera que tenga ojos para ver. El Príncipe de la Mentira ha estado haciendo súbditos dispuestos por millones a nuestro alrededor, y la Iglesia no ha defendido la verdad. Y ese fracaso continuará mientras este maestro del pasado en desviaciones se siente en el trono de Pedro.


Fuente: OnePeterFive