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viernes, 13 de marzo de 2015

Dos pícaros sinvergüenzas

Elizabetta Piqué, la sinvergüenza corresponsal del diario La Nación publica hoy en el matutino una nota sobre el inicio del tercer año del pontificado de Francisco. Allí nos dice que el pontífice sigue fascinando y sorprendiendo a cientos de millones de personas de todas las confesiones e, incluso, a agnósticos y ateos.
A los católicos, claro que nos sorprende día a día. Nos sorprendió ayer cuando, al presentarle el bastón con el que la gran Santa Teresa se ayudaba a caminar en sus últimos años de vida, dijo “espontáneamente”: “¿Así que con esto caminaba la vieja?”. El pobre fraile que lo acompañaba salió a decir que esa expresión es signo de afecto en Argentina. Pues en Argentina, como en cualquier país de lengua castellana, esa expresión es una grosería. Es verdad que por estos lares, en lenguaje muy coloquial, un hijo puede referirse a su madre como “mi vieja”, y que también es propio de las clases menos educadas que los esposos se traten entre sí de “viejo” y “vieja”. Pero a ningún director de escuela se le ocurriría decir frente a sus alumnos la “vieja” para referirse a la Macacha Güemes o a Mariquita Sánchez de Thompson. Sería una muestra de grosería y ordinariez imperdonable.
Hoy mismo nos acaba de sorprender el papa Francisco cuando, a un periodista mexicano, le dijo que “a veces se ha sentido usado por los políticos argentinos”. ¿Alguien puede creerle este amague de candidez? ¿Alguien puede creer que fue sorprendido en su buena fe cuando se fotografió rodeado obscenamente por militantes de La Cámpora o por cuanto politicucho de quinta categoría que iba a Roma? ¿Es que pensó que el catatósfrico gobierno kirchenerista, que se mantiene en pie gracias a su apoyo, continuando de ese modo con la ruina del país, no lo iba a usar políticamente luego de las visitas presidenciales a Santa Marta?
Bergoglio es tan pícaro y sinvergüenza como lo es su agente de prensa, la impresentable Piqué. Su nota de hoy sobrepasa ya cualquier límite y es sorprendente que un diario pretendidamente serio como La Nación la haya publicado. La muy caradura basa buena parte de su escrito en las opiniones del vaticanista irlandés Gerard O’Connell que, por ejemplo, dice: “En un sector de la Iglesia Católica algunos piensan que entendieron todas las cuestiones y que tienen todas las respuestas y están cerrados a ver más allá. Para Francisco, esto es una falta de apertura al Espíritu Santo. Es un gran problema cambiar el corazón y la mentalidad de esta minoría, un gran desafío, porque hay no sólo obispos, sino muchos sacerdotes jóvenes que se formaron bajo estas estructuras de pensamiento, cerrados”.
La cuestión que el tal O´Connoll es un excura que se amancebó con la Piqué, y ahora la parejita vive en Roma medrando con su oficio de vaticanistas y operando para Francisco. Claro que no dicen que, por ejemplo, que la plaza de San Pedro, los días miércoles, día de audiencia pública del pontífice, se encuentra semi vacía como pudo verse recientemente en una foto publicada que tuvo escasísima difusión, cosa que jamás había sucedido.
En cualquier medio de prensa serio, si una periodista cita a su marido como una autoridad sin hacer el disclosure de su relación, la echan de una patada. Lo único que falta es que, en los próximos días, La Nación publique una nota que diga: "El entusiasmo con Francisco contagia a las generaciones. Dos niños que la semana pasada agitaban banderas durante el Angelus, Mikki O'Connell y Yamila O'Connell, dijeron a esta corresponsal que el Papa era lo mejor que les podría haber pasado, dado que sus padres tenían ahora trabajo e ingresos como nunca y les compraban todos los juguetes; en tanto, una anciana cercana a ellos, Eva Piqué, aseguraba que gracias a Francisco los mayores ahora podían visitar en Roma a sus familiares".
En definitiva, dos pícaros y sinvergüenzas.


jueves, 23 de septiembre de 2021

Bergoglio y el demonio cutre

 


En el post anterior decía que me parecía difícil que Francisco fuera el temido Papa de los tiempos apocalípticos porque siempre hemos pensando a éste como un brillante príncipe cuyos esplendores encandilarían a muchos, y evidentemente no es este el caso del papa argentino.

Un amigo, sin embargo, me comentó que exorcistas conocidos como el P. Amorth o el P. Mancuso, se han encontrado en varias ocasiones con demonios bobalicones, que dicen pavadas y hacen bromas zonzas. Una especie de demonios oligofrénicos, los cuales son capaces solamente de hacer tonterías. 

Y yo recordé que Yauseph Hazzaya, el maestro espiritual más importante del cristianismo siríaco, tiene un interesante librito llamado Las tres etapas de la vida espiritual (Sígueme, Salamanca, 2017; p. 118), en el que habla de un “demonio burlón” o “zumbón”, que también es bastante limitado y sus recursos para molestar a los cristianos es distraerlos con bobadas. Por ejemplo, dice Hazzaya, este demonio se pone a resoplar como un  caballo a la puerta de la celda, lo cual  es suficiente para distraer al monje en su oración. Pareciera, entonces, que en el mundo demoniaco no solamente está el rutilante Lucifer u otros como él, sino que hay también demonios zopencos y de cuarta categoría; demonios berretas o demonios cutres. 

Y me puse a pensar si no será ese el caso de Bergoglio. Quizás el pobre no es limitado ni  cutre, sino que lo que ocurre simplemente es que sufre permanentemente e irresistibles tentaciones por parte del demonio cutre y mequetrefe del que nos habla Yauseph el Visionario, o Hazzaya. Las intervenciones pontificias  de la semana pasada, por ejemplo, sólo pueden salir de la boca de un personaje que, o bien no está en sus cabales, o bien es un zopenco, o bien está tentado por  un demonio zopenco. Y esta última debe ser la situación que afecta al Romano Pontífice.

Veamos un breve listado, comenzando por la conferencia de prensa que brindó en el avión, regresando de Eslovaquia. Yo sospecho que los aviones en los que se desplaza el Santo Padre tienen alguna falla en su sistema de presurización y provocan en su augusta persona una suerte de hipoxia que lo hace decir simplezas e idioteces. O bien será que en esas alturas las inspiraciones del “demonio burlón” son mucho más intensas. 

1. Refiriéndose a un tema tan delicado como las vacunas, que requieren un conocimiento especializado y riguroso, afirmó que “algunas vacunas tiene la fama que no son eficaces o que son poco más que agua destilada”. Aquí tienen ya los antivacunas, tan afectos muchos de ellos a las posiciones ultramontanas, la intervención magisterial que necesitaban para sostener su posición.

2. Pero lo peor fue la irónica y burlona referencia al cardenal Burke. Dijo: “También en el Colegio cardenalicio hay algunos negacionistas y uno de ellos, pobrecito, está internado con e virus. Bah, ironías de la vida…”. Creo que habría que remontarse a los Papas renacentistas para encontrar tanta maldad, aunque ellos seguramente las comentaban con sus amigos o sus amantes, y no al mundo entero, como hace el Papa Francisco.

3. Cuando el ex-jesuita Gerard O’Connell, esposo de nuestra conocida Elizabetta Piqué, le pregunta sobre si se pueda dar la eucaristía a quienes promueven el aborto, Bergoglio responde: “Yo nunca he negado la eucaristía a ninguno, a ninguno”. Y relata la siguiente anécdota: “[en una ocasión] fui a celebrar a un asilo de ancianos, estábamos en el salón y dije: ‘El que quiera comulgar que levante la mano”, y todos, viejitos y viejitas querían la Comunión, y cuando le di la Comunión a una señora, me tomó de la mano y me dijo: ‘Gracias, padre, gracias… yo soy judía”. Y yo le  dije: “También al que yo te di es judío; no te hagas problema”. El descaro de Bergoglio es sólo comparable al del demonio cutre. En primer lugar, todo sacerdote sabe que la Comunión no se ofrece, sino que los fieles deben pedirla pero, más allá de eso, ¿cómo es posible que banalice de tal modo la Sagrada Eucaristía para decirle a una persona no bautizada que está muy bien que comulgue? ¿Cuál es la fe del Papa Francisco?

(Me permito dudar de la veracidad de la anécdota relatada por el Santo Padre. Como todo jesuita, tiene permiso para mentir, y el relato de la viejita judía debe ser tan mentiroso como el otro en la que afirmó que, siendo joven, fumó marihuana, o que fue patovica en una discoteca).

4. Y en la misma respuesta sugiere: “Pensemos en Port Royal, en el problema de Angélique Arnaud, en el jansenismo: sólo los perfectos pueden comulgar”. Recurre al trillado lugar común, tan caro a los jesuitas, de dar con un palo a los primeros jansenistas, sin el menor rigor científico o aprecio por la verdad histórica. Le recomiendo al Santo Padre leer Los jansenistas franceses, de Marguerite Tollemache, y traducido por dos compatriotas suyos, profesores de la Universidad Nacional de Nordeste (Las cuarenta, Buenos Aires, 2014), para enterarse de qué se trató realmente el fenómeno del primer jansenismo. Un poco de cultura no le vendría mal.

Como ocurre en todos sus viajes, el Papa Francisco dedica un buen rato para reunirse con sus hermanos jesuitas “a puertas cerradas” (¡tamaño aquelarre!), puertas que a la semana siguiente el P. Spadaro, s.j. abre a todo el mundo en las páginas de La civiltà cattolica. Allí, sentado en una postura muy cutre, respondió algunas preguntas de los jesuitas eslovacos en Bratislava. Veamos algunas respuestas. 

1. Le preguntan cómo se encuentra: “Vivo todavía. Aunque algunos me querrían muerto. Sé que hubo incluso reuniones entre prelados, que pensaban que el Papa estaba más grave de lo que se decía. Preparaban el cónclave. ¡Paciencia! Gracias a Dios, estoy bien. La operación fue una decisión que no quería tomar: fue un enfermero el que me convenció. A veces los enfermeros comprenden la situación mejor que los médicos, porque están en contacto directo con los pacientes”.

Estas declaración provocó que el cardenal Parolín saliera ayer a decir que "Probablemente el Papa tiene información que yo no tengo". Y con esto se abren tres opciones: a) El Papa divulga alegremente información hiper reservada que ni siquiera conoce su Secretario de Estado, con lo cual estaríamos en presencia de un irresponsable mayor incapacitado para desempeñar el cargo que  ocupa; b) El inútil es el Secretario de Estado que no conoce la información sensible que debiera conocer en razón de su cargo, o c) Todo esto  no es más que otra mentirijilla del Papa Francisco. Las opciones no son  excluyentes y, como anota Specola en su  entrada de ayer, se trata de las típicas estrategias de los políticos de bajo nivel que arremeten contra los medios de comunicación o contra lo jueces, y que ven conspiraciones para justificar sus carencias, todo en una terminología tabernera, exigiendo una especie de «obediencia fraterna», propia de ciertas logias masónicas: «Quieren matarme, ya están pilotando el próximo cónclave, están eligiendo a mi sucesor, unámonos y repelamos el asalto del enemigo». Todo suena a un llamamiento a las armas  de un pontífice que se siente cada vez más rodeado y traicionado incluso por sus colaboradores más cercanos.

Por otro lado, aún cuando el hecho fuera verdadero, la conducta más lógica y responsable de los prelados de la Curia romana es que, si el Papa está enfermo y atravesando una cirugía compleja, comiencen a pensar y preparar el cónclave. Y eso no es quererlo muerto; eso es ser responsable. El funeral de la reina Isabel de Inglaterra está preparado desde hace décadas, y seguramente está también preparada la coronación del príncipe Carlos como nuevo rey, pero a nadie se le ocurre pensar que los funcionarios que sirven en la Casa Real desean la muerte de la reina. 

Y finalmente Bergoglio volvió con la historia del enfermero. Populismo barato propio de su resentimiento, en el que opone a los médicos con los enfermeros, que siempre son mejores que aquellos. Me gustaría saber si el que le hizo la cirugía fue un enfermero…

2. Dice: “Has mencionado una palabra muy importante, que define el sufrimiento de la Iglesia en este momento: la tentación de volver atrás. Estamos sufriendo esto hoy en la Iglesia: la ideología del volver atrás. Es una ideología que coloniza las mentes. Es una forma de colonización ideológica. […] La vida nos da miedo.”.

Ya tenemos los tradicionalistas una nueva retahíla de insultos: no solamente somos rígidos y pelagianos con cara de pepinillos en vinagre, sino que estamos colonizados ideológicamente y, además, somos unos cobardes asustadizos de la libertad. 

Y continúa: “Buscar el camino en la rigidez y el clericalismo, que son dos perversiones”. Que nada menos que Francisco critique el clericalismo, cuando ha asumido las actitudes más clericales de los Papas de los últimos siglos, es una patente muestra de cinismo, por decir lo menos. ¿No es, acaso, clericalismo Traditiones custodes, en la que él se ubica como el supremo definidor de la liturgia que hace bien o mal a los laicos y las familias católicas, sin escuchar su parecer? ¿No es terriblemente clericalista la intervención vaticana en los movimientos laicales que se han producido en los últimos meses? Me gustaría saber qué piensan al respecto Enzo Bianchi, o don Julián Carrón de “Comunión y Liberación”, o Antonella Frongillo, de los “Memores Domini”. 

En fin, que si Bergoglio no es zopenco y cutre por naturaleza, debe ser con toda seguridad que sucumbe con mucha facilidad a las tentaciones del demonio zopenco y cutre. 


martes, 13 de octubre de 2015

Vizcacha

El Viejo Vizcacha es un personaje del Martín Fierro. Es el Maquiavelo argentino, hábil para dar consejos y enseñar mañas a fin de salirse con la suya, pasarla bien y mantener el poder. Decía, por ejemplo, 

No te debés afligir
Aunque el mundo se desplome;
Lo que más precisa el hombre
Tener, según yo discurro,
Es la memoria del burro
Que nunca olvida ande come.

Dejá que caliente el horno
El dueño del amasijo.
Lo que es yo, nunca me aflijo
Y a todito me hago el sordo:
El cerdo vive tan gordo
Y se come hasta los hijos.

Lo importante, para Vizcacha, no es la inteligencia del hombre superior sino la del burro que sabe lo esencial: el lugar donde hay comida. Lo importante es no pelearse con los que no conviene; dejar hablar a todos pero no hacer caso a nadie. 
Los memoriosos cuentan que el P. Jorge Bergoglio tenía siempre sobre su mesita de luz El príncipe de Maquiavelo. Es más probable que haya tenido el Martín Fierro de José Hernández, marcado en el episodio del Viejo Vizcacha.
Ya todos los lectores del blog estarán al tanto de las ideas y vueltas de la carta que publicó Magister en su blog; de la cobardía de algunos cardenales negacionistas y de la hombría de otros, como Pell y Napier, que admitieron haberla firmado. 
El matrimonio periodístico formado por el ex-sacerdote Gerard O’Connell y nuestra amiga Elizabetta Piqué asestaron entre ayer a la noche y hoy, una nueva operación de prensa, muy probablemente con la venia de Vizcacha. Pueden verlo en el semanario de los jesuitas de Estados Unidos America y en La Nación
Más allá de los firmantes asumidos o vergonzantes, la existencia de la carta indicaba una difusa y creciente inquietud entre muchos padres sinodales debido a la insistencia en imponerles como base de discusión un documento, el Instrumentum laboris, que día a día se revela como inadecuado, y el temor a que este escrito invadiera con su ambigüedad la Relatio finalis, cuya redacción está en manos de una comisión nombrada totalmente por Vizcacha -y no elegida por los miembros del sínodo, como había sido siempre la práctica-, integrada por una apabullante mayoría de progresistas.
En vez de una Relatio finalis larga, discursiva y condicionada por el Instrumentum laboris, insidiosa y complicada para ser votada, lo que provocaría que debiera ser aprobada o rechazada en bloque, muchos padres sinodales preferían que al final de la reunión se votara punto por punto propositiones sintéticas y claras, como siempre se hizo en el pasado. Pero está esperanza fue sepultada la primera semana del sínodo por la inesperada intervención del mismo papa Francisco y de sus dos secretarios a fin de bloquear cualquier posibilidad de cambio en el reglamento. 
Se trata, claramente, de una estrategia de Vizcacha: el documento o relatio finalis que probablemente ya esté escrito -es lo que se dice-, será largo, aburrido y ambiguo, con ese lenguaje repugnante e indigestible propio de los documentos episcopales argentinos, de las encíclicas bergoglianas y de los escritos de Tucho Fernández. Un texto de esta naturaleza no podrá ser votado punto por punto y se pedirá su aprobación o rechazo en bloque. Ciertamente, no será rechazado, y quedará entonces como fruto del sínodo de la familia un lagunoso documento que servirá para convalidar cualquier postura: la de los más progresistas y la de los conservadores. Díganme si no es esta una típica maña de Vizcacha.
Pero eso no es todo. Un periódico alemán publicaba hoy una nota titulada “El sínodo de las sombras”.  En síntesis, lo que allí se cuenta, es que el papa Francisco recibe todos los días en su despacho de Santa Marta, individualmente, a muchos de los participantes del sínodo con quienes pasa largos momentos de conversación. 
Es decir, Vizcacha se está encargando de “operar” a aquellos padres sinodales más flojitos o temerosos, ablandándolos con lisonjas o amenazándolos con misericordiaciones -no lo sabemos-, a cambio de que se pasen al bando de los progresistas y lo acompañen en todas sus decisiones.
Díganme, otra vez, si no es eso lo que históricamente hicieron los gobernantes peronistas con los legisladores de la oposición: un cheque o un carpetazo con el reporte de negocios sucios, son suficientes para comprar un voto a la hora de aprobar leyes. 

Nunca hubiera imaginado José Hernández que se convertiría en el libretista de uno de los peores y más dañinos pontificados de la historia.

viernes, 23 de enero de 2015

El juego de las diferencias

Hay dos personajes que, desde hace ya un buen tiempo, no cesan de avergonzar a todos los argentinos frente al mundo. Ellos son, claro, el Papa Francisco y la Presidente Cristina Kirchner. A tal punto llega nuestra desolación que es frecuente leer comentarios en blogs católicos donde se dice, por ejemplo, que Bergoglio es “como el resto de los argentinos”, o que “no podía esperarse otra cosa de un argentino”. Y tienen razón sólo en parte, o bien, tienen la razón que tienen todas las generalizaciones. Debo decir con pesar que, en las últimas décadas, la mayoría de los argentinos forma parte del grupo al que pertenecen el Papa y la primera mandataria. Pero hay otros argentinos, entre los cuales me cuento, que no somos de esa calaña. Somos pocos, y cada vez menos, pero estamos.
No me interesa escribir una entrada plañidera. No es cosa de caballeros deshacerse en lágrimas y secar los trapos al sol pero sí lo es señalar lo que evidencia a estos personajes calamitosos quienes, a su paso, infringen daños irreparables a un país y a la Iglesia toda.
Y la cuestión es que los acontecimientos de los últimos días han mostrado ya, y de un modo palmario, las innegables similitudes que tienen el Pontífice con la Presidente. Veamos aquí algunas de ellas:
1.     La filiación política: Ambos son hijos de San Perón. Como escribe el blog In Exspectatione, ambos poseen las “habilidades adquiridas en la escuela de aquel santo doctor y fundador de impar progenie”. Perón y su movimiento fue el sepulturero de la Argentina que supo ser hasta el año ’40. Es verdad que había mucho para enterrar: era un país con una selecta y eficiente clase dirigente pero liberal y masona, muchas veces anticlerical y que privilegiaba sus vínculos con los sectores occidentales liberales y masones de Francia, Inglaterra o los Estados Unidos. El problema es que, con todo eso, se sepultó la posibilidad de una clase dirigente y, desde ese momento, el país estuvo gobernado por los parias, es decir, por representantes de las clases inferiores incapaces de toda incapacidad para el gobierno y la administración de la cosa pública. Quienes debieran haber cumplido su rol en el teatro de la vida -diría Epicuro- en el honrado oficio de vendedores callejeros de achuras o menajes con el cual se habrían honrado a sí mismos y a la sociedad, se convirtieron en senadores, gobernadores y presidentes de una república. Perón y el peronismo des-ordenaron la sociedad; se mezclaron los papeles; su confundieron los roles; se ensució la política. Y esta es una situación irreversible. Argentina nunca más volverá a ser lo que fue: la nación líder en Latinoamérica por su educación, su cultura y su economía.
2.     El peronismo de ambos explica la desvergonzada duplicidad de discursos. Lo hemos visto hasta el hartazgo en el Papa Francisco, diciendo siempre lo que la platea que tiene enfrente desea escuchar, sin importarle que sea exactamente lo contradictorio a lo que dijo un día antes o a las mismas proposiciones de la fe. Omar Bello, uno de los biógrafos del Papa, cuenta el caso de un alto empleado de la curia porteña que fue echado de su trabajo por orden del entonces cardenal Bergoglio. Cuando el pobre hombre se acercó al cardenal para consultarle los motivos de su despido, éste le dijo: “¡Qué te hicieron! Son los viejos empleados de la Curia. No puedo hacer nada. Me torcieron el brazo”. Y así, todos en paz. Bergoglio le dice a los periodistas que los católicos deben controlar la procreación, abriendo disimuladamente una puerta a la contracepción y, un día después, le dice a los católicos que las familias numerosas son una bendición. Y de estos ardides, ¿cuántos llevamos desde el inicio de su pontificado? Cristina, por su parte, en la última semana ha dado un claro ejemplo de la misma política de cambio de discurso sin el menor sonrojamiento de mejillas: el martes, el fiscal Nisman se había suicidado; el jueves, en cambio, había sido asesinado. En 2011 Irán era un país terrorista y en 2012 había que buscar un entendimiento a través de una Comisión de la Verdad. Para ambos peronistas, la verdad, y con ella la realidad, no existen o no tienen entidad apreciable: lo importante es el momento y la conveniencia que marcan las circunstancias. Ayer, era conveniente echar a un funcionario; hoy, cuando soy interpelado por él, es conveniente mostrarme solidario en su desgracia: ¡Qué te hicieron! Doble discurso o mentira a secas sin rubores.
3.     Si bien ambos, Bergoglio y Cristina, son parlanchines y les gusta extenderse en palabras y alocuciones, necesitan, sin embargo, de intérpretes que popularicen sus discursos y deseos. Estos lenguaraces suelen ser personajes impresentables  que no pasan de paniaguados. En el caso de la presidente argentina, tenemos especímenes como Capitanich y Aníbal Fernández, la espantosa Diana Conti o el católico Julian Dominguez. El Romano Pontífice, en cambio, usa a su ceremoniero Karcher o a su secretario Pedacchio y, cuando la cosa se pone pesada y estos dos pobres infelices son insuficientes, recurre al P. Lombardi o, como en el último caso, a Mons. Becciu.
4.     Bergoglio y Cristina poseen, además, otra característica en común bastante más profunda de las anteriores: ambos son descastados, es decir, no poseen un grupo social de pertenencia. No están adscriptos e identificados a clase o colectivo social determinado lo cual genera en ellos una fuerte dosis de resentimiento. Cristina Fernández, por ejemplo, es hija natural de una mujer que, en su época, era obrera fabril e hincha fanática de fútbol, y que luego que se casa con un colectivero. Su hija jamás aceptó al padrastro y siempre buscó el ascenso precipitado de clase. Cuando joven, cuentan sus biógrafos, era habitual verla asistir a los partidos de rugby, caminando por sus canchas enlodadas con tacos aguja, en busca de algún pretendiente que perteneciera a familias distinguidas cuyos hijos practicaban ese aristocrático deporte. Bergoglio, por su parte y como lo narra el mismo Omar Bello, ha negado siempre a sus padres. Relata que, en una ocasión, hablando con él en su despacho, le preguntó si la mujer mayor de un pequeño retrato que había allí había era su madre. El cardenal le respondió que no, que era la mujer que lo había criado a él y a sus hermanos y por la cual, una vez  que ingresó a la Compañía de Jesús, nunca más se había interesado. Muchos años después, cuando ya era arzobispo de Buenos Aires, la mujer se había acerca al arzobispo a pedir ayuda porque estaba sumida en la pobreza. Bergoglio no quiso atenderla y la hizo echar. Tiempo después la buscó, pero era tarde: ya había fallecido en la miseria. La anécdota indica una personalidad particular: no tiene la foto de su madre pero sí la de una empleada doméstica, que había sido muy cercana a él, pero de la que se había desentendido durante décadas. Este renegar y no reconocerse en los suyos produce el resentimiento que se manifiesta de diversos modos. En Cristina, por ejemplo, cargándose de joyas carísimas, Rolex y carteras Vuitton pero, al mismo tiempo hablando delicias de los pobres trabajadores y pestes de la clase media y de los dueños del campo. Bergoglio criticando por televisión a los dirigentes de Cáritas que concurrían a un festejo a un caro restaurante de Puerto Madero y no perdiendo ocasión de mostrar su despecho por todo lo que implique cierta distinción, bueno gusto o meramente cultura, mientras alquila la Capilla Sixtina y los Jardines Vaticanos a los usuarios europeos de Porsche.
5.     Ambos personajes están rodeados de una corte de aplaudidores incondicionales. La mayor parte de los argentinos no podemos soportar los discursos en cadena nacional de nuestra presidente en los que, rodeada de ministros, legisladores y empresarios, se desliza entre aplausos y ovaciones a cada una de sus afirmaciones o bromas tontas. En el otro caso, cualquiera puede ver, por ejemplo, el video de la conferencia de prensa del papa Francisco a su regreso de las Filipinas. El P. Lombardi, la inefable Piqué junto con su marido, el ex sacerdote Jerry O’Connell, se deshacen a carcajadas con cada una de las vulgaridades pontificias: conejos copuladores, patadas en “donde no da el sol”, etc.
6.     Bergoglio y Cristina, también, tienen una particular inclinación y gusto por romper con las normas del protocolo y la buena educación. Así como Francisco decidió usar sotana blanca casi transparente con pantalones y zapatos negros, Cristina decidió que sus edecanes debían ser mujeres, para lo cual produjo un verdadero estropicio en las Fuerzas Armadas para que las señoras militares que se dedicaban a sus oficios de médicas ascendieran al grado de coronel. Mientras Francisco le dio una silla y un sanguchito de mortadela al guardia suizo que lo custodiaba, Cristina y los suyos se mataban de risa, y de desprecio, cuando los jefes de su guardia personal cumplían los rituales acostumbrados a su llegada a la Casa de Gobierno. Mientras Francisco despreció el usó de las seculares insignias pontificias, Néstor Kirchner jugueteó con el bastón de mando presidencial cuando le fue entregado. Mientras el Papa no asistió, sin aviso previo, a un concierto en su honor que se realizaba en el Aula Pablo VI, los Kirchner dejaron plantada a la reina Beatriz de Holanda en la comida que la soberana daba en su honor en su visita de estado a la Argentina.

El juego de las diferencias o el juego de las similitudes.