martes, 30 de diciembre de 2014
Tucho el Osculario
domingo, 3 de junio de 2018
Bala de plata
Lo que no parecía posible puesto que, pensábamos, desnudaría la miseria del papa Francisco y su falta de virtudes cristianas, sucedió el sábado último. Aceptó la renuncia de Mons. Héctor Aguer al arzobispado de La Plata y nombró en su lugar a Mons. Víctor “Tucho” Fernandez. Disparó una bala de plata que no matará al hombre lobo pero que será efectiva para matar lo mucho de bueno que quedaba en esa arquidiócesis y en su seminario, y también para asestar el tiro de gracia al episcopado argentino que quedará definitivamente marcado por la mediocridad y la insignificancia.Tal como el mismo Mons. Aguer explicó en su homilía de despedida y como completaron otras fuentes, la renuncia fue presentada cuando cumplió 75 años, el 24 de mayo. Siete días después recibió la llamada del encargado de negocios de la Nunciatura para transmitirle las órdenes pontificias: Corpus Christi debía ser su última liturgia pública; se nombraba administrador apostólico a Mons. Bochatey; debía irse de la arquidiócesis inmediatamente después de la celebración, no podrá residir en ella como arzobispo emérito, ni tampoco deberá hacer el traspaso de la sede a su sucesor. Al finalizar la misa, el obispo ortodoxo que se encontraba presente, tomó el micrófono y le ofreció a Mons. Aguer su casa para alojarse puesto que, literalmente, no tiene dónde ir (sus planes eran retirarse el ex-seminario menor de La Plata).
Me pregunto si esta desembozada venganza y manifestación de la carencia no sólo de virtudes cristianas sino también humanas, e incluso de la más elemental caballerosidad que ha demostrado el papa Francisco, no será también una suerte de bala de plata para él mismo. Mons. Aguer tenía predicamento y era apreciado por la mayor parte de los fieles argentinos debido a la claridad con la que decía las cosas y su valentía en defender el Evangelio, que es justamente lo que los fieles buscan en sus pastores, y no encuentran. En pleno debate por el aborto, la voz de Aguer había sido particularmente clara, y los católicos que están librando una buena batalla encontraban en él un cierto liderazgo. Desplazarlo de un modo tan humillante provocará que muchos de esos fieles terminen de comprender quién es verdaderamente Bergoglio.
¿Pero quién es el arzobispo electo de La Plata? Víctor Manuel Fernández nació en Alcira Gigena, una pequeña población de la provincia de Córdoba e hizo sus estudios religiosos en el seminario mayor de la arquidiócesis de Córdoba. Uno de sus compañeros de ese entonces, y ahora sacerdote en una diócesis cordobesa, me comentaba hace algunos meses: “Fernandez siempre se ocupó de botonear [es una expresión coloquial argentina que significa delatar o acusar a alguien]. Se unía a grupos de conversación donde se criticaba a los formadores, para luego ir a contárselo. Ese fue siempre su modus operandi en el seminario y en su vida presbiteral. Trepó haciendo de buchón del poder [expresión coloquial rioplatense que se aplica a una persona que delata a otra, denunciándola a sus espaldas o contando sus secretos]. Siempre estuvo del lado del poder, pero haciéndose el víctima: “Ay, padre Rector, cómo me preocupan mis compañeros que dicen tal cosa ... me preocupa que no tienen sentido eclesial porque fíjese lo que dicen de usted que es el rector…”; “Ay, monseñor, qué dolor que me producen los sacerdotes Fulano y Mengano. Cómo quisiera que tengan más sentido de unidad diocesana y eclesial , que no critiquen así al obispo (que es usted)”. Estas artes y un mediocre doctorado en teología conseguido en la Universidad Católica Argentina, lo llevaron a convertirse rápidamente en el valido del cardenal arzobispo de Buenos Aires, condición que aún ostenta y que ha ocasionado que en la curia vaticana se lo conozca como il coccolato, es decir, el consentido del papa.

La amplísima producción bibliográfica del arzobispo electo de La Plata comprende título tales como Para liberarse del aburrimiento y la rutina (San Pablo, Buenos Aires, 2004); Para liberarse de esa sensación de debilidad interior (San Pablo, Buenos Aires, 2004) o Para mejorar tu comunicación con los demás (San Pablo, Buenos Aires, 2005). Es importante notar que, con excepción de un solo libro publicado en Herder, todo el resto de sus abundantes obras teológicas han sido publicadas en editoriales destinadas a la divulgación y que no exigen ningún tipo de referato o evaluación previa sobre lo que editan, procedimiento que garantiza la seriedad del trabajo. Es el caso de ediciones San Pablo o Ágape de Argentina, o Dabar y Palabra de México. Un rápido recorrido por los catálogos de estas editoriales permite corroborar, además que, en promedio, los libros escritos por Mons. Fernández tienen una extensión máxima de ochenta páginas.
La ingente producción bibliográfica de Mons. Víctor Fernández y su calidad académica podrían poner de manifiesto que los curiales vaticanos comenten una gran injusticia calificándolo de coccolato (o chupamedias) del papa. Su cercanía al pontífice y la confianza que éste ha depositado en su capacidad teológica estarían plenamente justificadas. Y para ejemplo de esta hipótesis, propongo el siguiente párrafo de una carta escrita por Su Excelencia pocos meses después de la elección del papa Francisco y publicada en la revista argentina Vida pastoral:

También se sabe que, en general, no son los papas quienes escriben sus encíclicas sino los teólogos que lo asesoran, aunque el pontífice es quien da su aprobación y estampa la firma. Es lógico que así sea. El papa está envuelto en un sinnúmero de ocupaciones; pocas veces son teólogos o intelectuales y el magisterio es demasiado serio para escribirlo a la ligera. Los papas que escribieron sus propios documentos fueron pocos: León XIII y Benedicto XVI, entre los reciente, por ejemplo. Pero una cosa muy distinta es utilizar el método estudiantil de “cortar y pegar”, esperando que el profesor no se dé cuenta que se está cometiendo plagio.
lunes, 1 de agosto de 2022
¡Loba! El amor hermoso y Mons. Tucho Fernández
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| Eugene de Leastar, The Arte of Kissing, óleo sobre tela, detalle. Colección privada |
En la estela de los grandes comentadores del Cantar de los Cantares, tales como Orígenes, Gregorio de Elvira o Guillermo de Saint-Thierry, Mons. Víctor “Tucho” Fernández continúa instruyendo al pueblo fiel acerca del amor hermoso. ¡Oh Mater Pulchrae Dilectionis!
Como un eco del Cantar (1,2) Osculetur me osculo oris sui! (“Bésame con los besos de tu boca”), siendo aun joven sacerdote, Tucho comenzó su magisterio con su obra primogénita Sáname con tu boca. El arte de besar, publicada en la colección "Vida Feliz" de editorial Lumen (Buenos Aires, 1995), rápidamente agotada y que lamentablemente no puede ser encontrada en ninguna librería. Los lectores del blog, sin embargo, podrán descargarla gratuitamente desde aquí. Y me parece oportuno ofrecer algunos párrafos escogidos.
El p. Tucho se preocupa de ilustrar a los fieles acerca de la taxonomía de los besos:
“De acuerdo con la forma cómo se haga, se lo suele llamar también “piquito”, “chupón”, “taladro”, etc. (p. 13).
Pero, más allá de los nombres, lo verdaderamente importante son las instrucciones para besar adecuadamente. ¿De qué nos valdría a los fieles saber el nombre de los besos si no sabemos cómo llevarlos a la práctica? Porque pueden ocurrir incidentes:
“Cuando las cosas no funcionan entre los dos, más que pretender arreglarlo en la cama, hay que seguir los caminos que llevan al beso. (p. 21)”.
Pero, como la virtud, los arrumacos oscularios deben conservar su justa medida, puesto que
“…cuando el sexo se descontrola, y queremos más, más placer, más intensidad, el otro se transforma en una esponja que queremos exprimir totalmente, hasta la última gota. (p. 15)”.
Evitaremos preguntar acerca de la naturaleza de esa última gota para centrarnos en los higiénicos consejos que también aparecen en el libro. Por ejemplo,
“Puede ser que uno de los dos esté teniendo mal aliento, lo cual puede resultar profundamente desagradable y quitarle al beso todo su encanto. Pero se soluciona tomando la precaución de lavarse los dientes y mascando unos granitos de café, o enjuagándose con bicarbonato” (p. 26).
O bien, pueden aparecer desagradables incomodidades al momento de oscular:
“Puede tratarse también de la posición del cuerpo, y entre los dos podrían descubrir cuál es la posición más cómoda para ambos”. (p. 26).
Mons. Víctor Fernández siempre tuvo un oído puesto en el pueblo. Y así, nos trae el testimonio de algunos de sus fieles, no sabemos si de su Río Cuarto natal o de Buenos Aires, que detallan a los lectores del libro sobre los secretos del beso. Uno de ellos, particularmente fogoso, dice:
“Me parece que cuando empezás a besar con la lengua es muy posible que pierdas el control, y ya querés adueñarte de la mina…”(p. 61).
Una señorita, digna heredera de santa Inés y de santa Cecilia, explica:
“Es hermoso ir girando por la mejilla y por la pera, y luego volverse a encontrar en la boca. Es un paseo maravilloso”. (p. 63).
Finalmente, un novel profesor de colegio secundario, instruye:
“El beso centrípeto es cuando chupás y absorbés con los labios. El beso centrífugo es cuando entrás con la lengua. Cuidado con los dientes” (p. 63).
No queremos cerrar este florilegio sin incluir algunos de los versos de autoría del mismo arzobispo de La Plata que aparecen en el libro y que esperamos ver algún día publicados en la antología poética de la cultura occidental:
Me preguntás
qué le pasa a mi piel
cuando te miro,
y a mis labios
que tiemblan como locos.
[…]
Por eso, no preguntes
qué le pasa a mi boca.
Matame de una vez
con el próximo beso,
desangráme del todo,
LOBA,
devolvéme la paz
sin piedad. (p. 44).
El motivo que nos ha llevado a recordar el magisterio oscular de Mons. Víctor Fernández ha sido la homilía que pronunció el 26 de julio pasado en una misa para conmemorar los 70 años de la muerte de Evita Perón, acerca de la cual pueden leer aquí. Llama la atención que, siendo una misa de difuntos, haya usados ornamentos blancos, aunque siempre existe la posibilidad de que Su Excelencia haya autorizado el culto a Santa Evita en su arquidiócesis. En la kermesse de santos inaugurada por Juan Pablo II y llevada al paroxismo por Francisco, bien puede la Abanderada de los Trabajadores recibir culto público.
La misa se celebró en la misma iglesia donde, en 1945, Eva Duarte contrajo matrimonio con Juan Domingo Perón. Y ¡qué oportuno era ese lugar para celebrar el recuerdo de su tránsito a la gloria celestial! Como dijo Mons. Fernández, “Evita trasciende un movimiento político y es patrimonio de la humanidad”. Y cómo no serlo… ella, a los quince años escapó de su hogar materno en un oscuro pueblecito de las pampas para llegar a Buenos Aires donde se dedicó a la noble y decente tarea de actriz. Se esforzó en todos los méritos necesarios para complacer a los exigentes productores artísticos y a los severos miembros de la farándula a fin de alcanzar, finalmente, un módico estrellato radiofónico. ¡Qué ejemplo para las jóvenes argentinas: entregarse por enteras a fin de conseguir el alto ideal de vida que se han propuesto!
Y, finalmente, llegó el amor. Un flechazo desinteresado con el coronel Juan Domingo Perón, viudo y estrella en ascenso en el ámbito político argentino. El resto de la historia ya lo conocemos, pero lo importante es destacar lo que Mons. Tucho Fernández señaló en su homilía: el amor de Perón y Evita “no dejará de ser uno de los grandes amores de la historia”. Y razón tiene para tal aseveración. En la historia hubo amores míticos, como Tristán e Isolda; históricos, como Marco Antonio y Cleopatra; literarios, como Romeo y Julieta. En todos ellos, los amantes prefieren la muerte a vivir separados, y así terminan siempre sus historias: muriendo juntos. En el caso de nuestros amantes criollos, cuando Evita murió en 1952, Juan Perón también creyó morir, pero pocos meses después encontró consuelo en Nelly Rivas, una estudiante de 14 años con la que convivió en la quinta presidencial durante dos años, hasta su exilio. La soledad del Perón exiliado no duró mucho: en enero de 1956 conoció en Panamá a Estela Martínez, riojana y bailarina de una compañía itinerante de variette y de un cabaret de Caracas. Sería la Isabelita que gobernaría durante algunos años la República Argentina.
Sí, efectivamente Mons. Víctor Fernández tiene razón. El amor entre Perón y Evita es uno de los más grandes, y permanentes, de la historia.
Más allá de la ironía, que es casi el único modo de posible de tratar este tema, lo cierto es que el autor de ese libro lascivo e infame en 1995 y de esta homilía grotesca en 2022, es un importante arzobispo, firme candidato a la sede primada argentina y al cardenalato, teólogo de confianza del papa Francisco y autor de buena parte de sus encíclicas. Este es el estado de postración absoluta en el que se encuentra la Iglesia católica en nuestros días.





