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viernes, 17 de octubre de 2014

De Kikuyo a Roma con Ronald Knox

Un comentario que llegó al blog hace algunos días me recordó un texto de Ronald Knox, no muy conocido, que fue escrito durante las últimas épocas de su periodo anglicano, cuando la Iglesia de Inglaterra atravesaba, análogamente, una situación similar a la que estamos viviendo hoy en la Iglesia Católica.
Todo había comenzado cuando dos diócesis anglicanas de África había participado de un congreso de iglesias protestantes que había tenido lugar en Kikuyo y en el que se había tratado el tema de la colaboración entre las distintas denominaciones cristianas. La reunión terminó con una celebración litúrgica ecuménica, celebrada por un obispo anglicano, y “concelebrada” por pastores protestantes.
Este hecho produjo un gran escándalo y división en Inglaterra. ¿Era correcta esa postura aperturista de algunos sectores de la iglesia establecida? Por supuesto, Knox estaba en profundo desacuerdo y, para exponer su posición escribió en cuatro días un pequeño libro o pamphlet cuyo argumento era una simple reducción al absurdo. Lo tituló Reunion All Round y pueden leerlo, en inglés, aquí.
Traslademos los argumentos de Ronnie a nuestra situación actual: Si es un deber, como pareciera, que todos los cristianos deben unirse, borrando las diferencias que los separan –sugiero releer esta catequesis del papa Francisco- ¿por qué no abrirse también a los no cristianos? ¿Por qué no unirnos con los judíos? De ellos solamente nos separa el Concilio de Jerusalén. ¿Y con los mahometanos? Siempre sería posible salvar las diferencias entre la monogamia nuestra y la tetragamia de ellos partiendo diferencias: dos esposas para cada uno. Incluso los ateos deberían ser parte de esta unión pancristiana, ya que siempre sería posible –y esta sería una tarea para encomendarle a Mons. Trucho Fernández- llegar a una fórmula de consenso sobre la Naturaleza Divina que comprenda simultáneamente la existencia y la no existencia.  
Si los principios que, en época de Knox se propusieron en Kikuyo y que hoy propone el papa Francisco, son apropiados, debemos seguirlos hasta las últimas consecuencias. Si, en nombre de la caridad, es un deber de la Iglesia incluir en ella a todos los que se profesan cristianos, y ella misma debe estar dispuesta a realizar todos los sacrificios que esto implique –no importa que sean litúrgicos, disciplinares o doctrinales-, ¿por qué no deberemos incluir también a todos las personas buenas? ¿Por qué una creencia, por ejemplo la divinidad de Jesucristo, debe ser un impedimento para la inclusión en la Iglesia de puertas abiertas que nos pregonan desde Roma? ¿Por qué debemos incluir, por ejemplo, a un buen hombre como Roberto de Mattei y excluir a otro buen hombre como el ateo Scalfari? Si la Iglesia, que nunca puede perder de vista la caridad, frena la inclusión en su Cuerpo a muchos hombres simplemente por cuestiones de índole disciplinar o doctrinal, ¿no será hora de buscar una Iglesia más caritativa y derribar esas murallas oscurantistas?  
Ronald Knox llevó hasta las últimas consecuencias en un ejercicio lógico los principios que comenzaban a aparecer a comienzos del siglo XX en la Iglesia de Inglaterra, pero nunca llegó a pensar que, casi cien años más tarde, esa iglesia aprobaría la ordenación de mujeres obispos.  Era un absurdo demasiado grotesco.
Me pregunto yo si Bergoglio no es también un absurdo demasiado grotesco para que lo hubiese sido imaginado los católicos de hace cincuenta años. 

lunes, 15 de agosto de 2022

La vía anglicana

 





Volver la mirada a los hechos históricos siempre ayuda a comprender el presente y, aunque los paralelismos nunca sean exactos, pueden ser indicativos del decurso que pueden tomar los acontecimientos. 

En base a esta premisa, me animo a señalar algunos hechos sucedidos hace más de un siglo, en la iglesia de Inglaterra.

1. En 1841, el gobierno inglés y al arzobispo de Canterbury, acordaron con el rey de Prusia y las autoridades de las iglesias luterana y calvinista, establecer un obispado en Jerusalén que tuviera jurisdicción sobre los fieles de las tres comuniones, alternándose obispos anglicanos y luteranos. Esto despertó un gran escándalo y fue una de las causas que terminaron de definir a John Henry Newman en su conversión a Roma. Escribía al respecto: “Al parecer nos encontramos en un camino donde debemos fraternizar con todo tipo de protestantes, monofisitas, judíos medios conversos, drusos. Si un evento así llegara a suceder, no podré impedir que ningún hombre se vaya a Roma. Todos comenzarán a irse, tarde o temprano”. (Carta a J.W. Bowden, del 10 de octubre de 1841).


2. Pocos años después, en 1847, se produjo el “caso Gorham”. El obispo Phillpotts, de Exeter, decidió no concederle al reverendo Gorham la parroquia de Brampford Speke, aunque había sido nominado para tal cargo por la Corona, debido a que el clérigo sostenía que la administración del bautismo no implicaba la regeneración espiritual ni la gracia santificante. La situación creó un conflicto que debió ser resuelto por el Consejo Privado de la reina que, dos años y medio más tarde, ordenó al obispo instalar a Gorham en el cargo que le negaba, basándose en que los candidatos no debían ser forzados a firmar aquellos puntos doctrinales sobre los que la iglesia anglicana no tenía doctrina clara. Esta situación, como es de suponer, despertó un gran malestar puesto que según muchos obispos y clérigos anglicanos, su iglesia tenía una doctrina definida con respecto a la gracia bautismal. Se elevó un protesta formal firmada en la que sus firmantes aseguraban que la iglesia de Inglaterra, con el juicio a Gorham, “se separaba formalmente del cuerpo católico, y ya no podría asegurar a sus miembros la gracia de los sacramentos y la remisión de los pecados”. Algún tiempo después, los arzobispos de Canterbury y York declararon su apoyo a la sentencia del juicio. Fue esto lo que definió que los archidiáconos Henry Manning y Robert Wilberforce, y James Hope, un prominente miembro de la Cámara de los Lores, siguieran el camino de Newman y fueron admitidos en la Iglesia de Roma.


3. En 1913 tuvo lugar la “controversia de Kikuyo”. Todo había comenzado cuando dos diócesis anglicanas de África —Mombasa y Uganda— habían participado de un congreso de iglesias protestantes que había tenido lugar en Kikuyo (Kenia) y en el que se había tratado el tema de la colaboración entre las distintas denominaciones cristianas. La reunión terminó con una celebración litúrgica ecuménica, celebrada por un obispo anglicano, y “concelebrada” por pastores protestantes. Este hecho produjo un gran escándalo y división en Inglaterra. Los obispos participantes fueron denunciados como herejes, aunque finalmente se rehabilitó su gesto. ¿Era correcta esa postura aperturista de algunos sectores de la iglesia establecida? Ronald Knox, sacerdote anglicano, estaba en profundo desacuerdo y, para exponer su posición escribió en cuatro días un pequeño libro cuyo argumento era una simple reducción al absurdo. Lo tituló Reunion All Round y pueden leerlo, en inglés, aquí. Fue este uno de los hechos determinantes para que 1917 Knox se convirtiera a la Iglesia católica.


4. En 1947, el obispo anglicano de Birmingham Ernest Barnes, publicó un libro titulado The Rise of Christianity en el que ponía en duda la virginidad de María y la resurrección física de Jesús. Además, defendía públicamente la necesidad y conveniencia del control de la natalidad. Estos hechos provocaron una gran protesta en muchos ámbitos británicos, y se presionó para que Barnes fuera apartado de su sede, lo cual nunca sucedió. Sin embargo, muchos anglicanos —clérigos y fieles— vieron en esta situación una deriva inaceptable en su iglesia, y decidieron convertirse al catolicismo. Entre ellos estaba el sacerdote escocés Onich MacFarlene-Barrow, quien escribía: “Continuamente me hacía yo esta pregunta : ¿Es posible permanecer en comunión con un obispo que, a pesar de sus blasfemos discursos, no es privado de su cargo? Es cierto que los errores sostenidos por el obispo Barnes no podían considerarse precisamente como cosa rara, pues, desde la fundación de la Iglesia, en todos los tiempos se habían dado dignatarios eclesiásticos que decían y hacían cosas por las cuales se escandalizaban los fieles; sin embargo, nada me había preocupado nunca tanto como las manifestaciones del obispo de Birmingham y estaba convencido de que no me sería posible permanecer en la iglesia anglicana.”.


Seguramente podrían citarse otros casos similares, como la conversión de Graham Leonard, obispo de Londres en 1989, debido a la decisión de la iglesia de Inglaterra de conferir a mujeres el orden del presbiterado. Y en todos ellos se observa un patrón común: un hecho concreto de tendencia modernista tomada por la iglesia de Inglaterra en su conjunto o por obispos individuales pero con el apoyo de la jerarquía, que provoca una o varias conversiones a la iglesia romana. 

Saquemos ahora algunas conclusiones:

1. Buena parte de las afirmaciones o hechos que provocaron las crisis podrían ser hoy protagonizados por sacerdotes u obispos católicos, y tendrían el apoyo de la jerarquía vaticana. Pongamos un caso reciente: el cardenal Hollerich, S.J., la semana pasada defendió el “amor” homosexual, actitud bastante más osada que el control de la natalidad propiciado por el obispo Barnes. En cualquier seminario o universidad católica se enseña abiertamente la no virginidad de María y resurrección simbólica de Nuestro Señor (¿Hay que recordar, por ejemplo, al finado biblista argentino Luis Rivas?). En Alemania, las ceremonias con intercomunión entre católicos y luteranos es cosas corriente, y el mismo papa Francisco dio públicamente la comunión a una mujer protestante. A ningún obispo católico se le ocurriría suspender a alguno de sus sacerdotes si éste pusiera en duda la doctrina sobre la justificación de las aguas bautismales, y las fraternizaciones con protestantes, judíos y budistas son cosa corriente desde el lamentable episodio de Asís. 

La Iglesia católica está, con toda evidencia, en el mismo lugar en que estaba la iglesia de Inglaterra hace un siglo.

2. La iglesia anglicana hoy ha desaparecido. Sólo queda una estructura oficial, mantenida por el Estado, que cumple una función social y decorativa, pero en ella cada uno cree lo que quiere, sus templos están vacíos y cerrados, y muy pocos son los que encuentran en ella algún vestigio de vida propiamente espiritual. Es decir, ha dejado de ser una religión.

¿Anunciará esta situación el futuro cercano de la Iglesia católica, dada la similitud de trayectorias? 

3. Los anglicanos que fueron testigos de los casos relatados tenían un lugar donde refugiarse: Roma. Y muchos de ellos lo hicieron. Nosotros, los católicos del siglo XXI, no lo tenemos, pues afirmamos que la iglesia fundada por Nuestro Señor es la iglesia romana. Y los que propone un escape a la ortodoxia, mucho me temo que también los ortodoxos estén en el mismo derrotero. Basta ver esta noticia muy reciente.

Si la iglesia católica continúa, entonces, el camino de defección que emprendió a partir de los ’60 y que aceleró con el papa Francisco, mucho me temo que para permanecer fieles a la fe de los apóstoles debamos pensar, en algún momento más o menos cercano, en soluciones que no serán nada fáciles de tomar. 

“Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lc. 18,8).


jueves, 20 de agosto de 2020

Una profecía de Newman

 [Hace casi doscientos años, Newman veía que en la iglesia de Inglaterra estaba sucediendo lo que sucede en la iglesia católica desde hace algunas décadas. En 2014 discutimos en este blog una situación similar, siendo protagonista Ronald Knox a raíz de la conferencia de Kikuyo (aquí). Pareciera que lo que ocurrió en la iglesia anglicana hace más de un siglo está ocurriendo, casi como un calco, en la iglesia romana. Espero que los responsables frenen a tiempo. Caso contrario, terminaremos con mujeres obispo en pocos años]


“Así, en el sagrado terreno de la religión, sin seguir un mal principio, sin la ignorancia o el rechazo a la Verdad ni ese autoengaño que son los principales instrumentos de Satán en nuestros días, no debido a la mera cobardía o a la mundanidad, sino a la falta de reflexión, a un temperamento indolente, a la excitación del momento, al gusto por hacer felices a los demás, a la susceptibilidad o a la adulación y al hábito de mirar en una sola dirección, los hombres se ven conducidos a abandonar las verdades del Evangelio, a consentir en abrir la Iglesia a las diversas denominaciones del error que abundan entre nosotros o a alterar nuestros ritos para complacer al tibio, al burlón o al vicioso. Ser amables es su único principio de conducta y cuando encuentran que se ofende el credo de la Iglesia, empiezan a pensar cómo cambiarlo o recortarlo, con el mismo ánimo con el que intentarían ser generosos en una transacción económica o ayudar a otro a costa de renunciar a la propia conveniencia. Al no entender que sus privilegios religiosos son un depósito que deben entregar a la posteridad, una sagrada propiedad confiada a toda la familia cristiana que ellos no poseen sino que sólo disfrutan, desperdician esos privilegios y son pródigos con los bienes de los demás. Así, por ejemplo, hablan contra los anatemas del credo atanasiano, O las disposiciones litúrgicas, o algunos de los salmos, y desean prescindir de ellos”.

[…]

“Obsérvese, pues, que estos tres sistemas de pensamiento, por muy distintos entre sí que sean en principios y espíritu, coinciden en dejar a un lado que Dios está representado en la Escritura no sólo como un Dios del amor sino también como un «fuego abrasador». Al rechazar el testimonio de la Escritura, no extraña que rechacen también el de la Conciencia, que, desde luego, no presagia nada bueno para el pecador pero, como sostiene el fanático, no es en absoluto la voz de Dios, o, según los partidarios del utilitarismo, queda en una mera benevolencia, o, según los más místicos, en una suerte de pasión por lo hermoso y lo sublime. Así, al considerar sólo la «bondad» y no la «severidad» de Dios, no es de extrañar que se «desciñan los lomos» y se feminicen, ni que su noción ideal de una Iglesia perfecta sea la de permitir que cada cual vaya por su lado, y renuncie a cualquier derecho a expresar una opinión, y mucho menos a censurar el error religioso”.

[…]

“Sólo entonces triunfarán en su lucha los cristianos, «entregándose como hombres», conquistando y dominando la furia del mundo y conservando la unidad y el poder de la Iglesia: cuando sometan sus sentimientos a una severa disciplina y amen con firmeza, santidad y rigor. Sólo entonces podremos prosperar (bajo la bendición y la gracia de aquel que es el espíritu tanto del amor como de la verdad), cuando se nos dé un corazón como el de Pablo, incluso más grande que el de Pedro y Bernabé, si es que han de verse superados en sentimientos humanos, para «no conocer ya ningún hombre según la carne», para alejar de nosotros a sobrinos u otros familiares cercanos, para renunciar a su trato, su esperanza y su deseo cuando Él lo ordena; Él que da amigos también al solitario si confía en Él y que nos proporcionará «dentro de mi casa y de mis muros, parte y renombre mejores que hijos e hijas: les daré nombre eterno que no será borrado»”. (Is 56,5).

Sermón para el día de san Bernabé de 1834. (Parochial and Plain Sermons  II, 23)


sábado, 1 de mayo de 2021

La tempestad

 

En octubre de 2014 publiqué aquí un artículo comentando un breve folleto de Ronald Knox escrito en 1914 y en el que mostraba a través de una sátira las consecuencias que podían tener las actitudes aperturistas que algunos sectores minoritarios de la iglesia anglicana exhibían en ese momento, y que se habían puesto de manifiesto en una reunión ecuménica celebrada en la ciudad africana de Kikuyo. Pocas décadas más tarde, esa iglesia superó con creces las sátiras que había imaginado Knox. 


Yo no dejo de ver cómo la Iglesia Católica esta siguiendo con menos de un siglo de atraso, los pasos anglicanos y mucho me temo que, si seguimos en la misma ruta, terminemos como han terminado ellos. En los ’80, ni aún el más ácido de los comentaristas religiosos hubiese podido imaginar que cuarenta años más tarde se estuviera discutiendo con seriedad la licitud y conveniencia de bendecir, cuando no casar, a parejas del mismo sexo. 

Los anglicanos, sin embargo, tenían una ventaja sobre nosotros; tenían una chalupa aparcada junto a la nave que se iba a pique y que permitiría a quienes quisieran salvarse del naufragio. Cuando en 1993 la iglesia de Inglaterra decidió ordenar mujeres sacerdotes, Graham Leonard, obispo de Londres, decidió dejar esa comunión y convertirse a la Iglesia de Roma, en la que fue ordenado sacerdote poco después. Cuando en 2010 dieron un paso más y decidieron ordenar mujeres obispos, fueron cinco los obispos anglicanos que volvieron a la iglesia católica y este movimiento no se ha detenido. Hace poco más de un año, otro obispo del sur de Inglaterra y antiguo capellán de la Reina, se convertía. Y lo mismo ha sucedido con muchísimos sacerdotes y fieles. Se subieron a la chalupa y se alejaron del naufragio.

El problema es que los católicos no tenemos chalupa o, mejor dicho, estamos en la nave que se está hundiendo rápidamente bajo el comando del Papa Francisco. Hace algunos días discutíamos el cisma alemán que probablemente se producirá luego de finalizado el famoso “camino sinodal”, y decíamos que no ocurriría nada. Los alemanes no harán ninguna declaración oficial de separación de la sede de Pedro y aplicarán con mayor o menor premura las resoluciones a las que lleguen. Y no sería raro que un par de años, o antes, algún obispo ordene diaconisas, y poco más adelante sacerdotisas. Y no será raro tampoco que casen a divorciados y a homosexuales, y vaya uno a saber qué otros disparates. Y Roma no hará nada, con Francisco o con quien sea que lo suceda, y no lo hará no por falta de convicción sino por falta de fuerzas. Sabe perfectamente que cualquier sanción o prohibición que establezca será desoída. O bien, pasará por la criba de los discernimiento en los que tanto ha insistido Bergoglio, y los obispos tedescos terminarán diciendo que tales ordenanzas no son de aplicación en sus territorios. A Roma los únicos que la obedecen son los obispos y católicos conservadores.

La última entrada de este blog, sobre el desarrollo de la comunión en la mano en los últimos tiempos, es un buen ejemplo. Más allá de la voluntad de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI ampliamente documentada en decretos y disposiciones tendiente a limitar o suprimir esta práctica, fue desobedecida por los obispos del mundo entero, y Roma no hizo nada, no tanto porque no quiso sino porque no pudo. Y hoy estamos con que es obligatorio comulgar en la mano. 

La nave de la Iglesia está naufragando y se acerca lo peor de la tormenta. Sus oficiales eligieron al más chapucero e improvisado de los capitanes que podía encontrar quien, en vez de ordenar trincar velas e izar el tormentín para capear la tempestad, se adentra en ella con todo el velamen desplegado. Y nosotros a bordo, como corresponde, asustados, cansados y tristes. Sabemos, claro, que hay Alguien que duerme y que despertará en el momento apropiado pero, mientras tanto, debemos soportar los vaivenes de las olas y los vientos.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

La nave vacía

La semana pasada apareció en la revista americana The Spectator un artículo titulado “El Papa versus la Iglesia. La anatomía de una guerra civil católica” (que pueden leer aquí en traducción de “Adelante la Fe”) y cuya portada se ilustraba con el dibujo que acompaña este post. La idea que subyace es: “El Papa Francisco está destruyendo la Iglesia a puro golpe de herramientas de demolición”. Sin embargo, yo creo que Bergoglio no está destruyendo la Iglesia sino vaciándola
Estamos asistiendo al mismo proceso de vaciamiento que sufrieron las iglesias cristianas occidentales a lo largo de  dos siglos aunque, en el caso de la iglesia católica, los tiempos se han acelerado exponencialmente. 
Las iglesias protestantes, luteranas y calvinistas, más allá de su herejía, conservaban estructuras que actuaban como refugios o barcas a las que los hombres podían izarse a fin de escapar del oleaje que golpea a todos los mortales. Es fácil verlo en la historia y los relatos literarios. Por ejemplo, la novela de Karen Blixen, La fiesta de Babette, llevada magistralmente al cine por Gabriel Axel, muestra la vida de los habitantes de una perdida aldea de pescadores en la península de Jutlandia a mediados del siglo XIX. Allí, la iglesia protestante local, elemental y carismática, les ofrecía un encuentro semanal, una mínima liturgia, normas morales, reglas ascéticas, memoria de un Dios encarnado y de un líder religioso y la esperanza de una vida futura. Todos ellos elementos secos y despojados con respecto a la Iglesia católica como lo muestra la obra, pero elementos religiosos al fin. 
Frente a eso, relato una experiencia personal. En enero de 1999 visité la catedral de Lausanne, emblemática ciudad junto a Ginebra, del calvinismo. El templo del siglo XIII había sido católico hasta la Reforma, y yo no vi más que un gran espacio vacío: sin imágenes religiosas y con apenas una mesa en el centro en remedo de un altar. Pero lo más significativo era una gran lápida moderna colocada en el pórtico que explicaba a los visitantes qué era la iglesia reformada del cantón de Vaud: el largo texto no mencionaba en ninguna ocasión la palabra “Dios”. Era el manifiesto de lo que el protestantismo es en la actualidad: una mera organización de carácter social y asistencial vaciado completamente de contenido religioso. 
En la iglesia anglicana ocurrió algo similar. Y para entender el fenómeno basta leer al cardenal Newman. Él, durante la primera mirad del siglo XIX, cayó en la cuenta que el liberalismo estaba socavando los fundamentos de la iglesia de Inglaterra, y como reacción nació el Movimiento de Oxford que frenó en buena medida este proceso, pero no lo detuvo del todo. Un siglo más tarde, Ronald Knox alertaba sobre la tormenta que veía avecinarse luego de las conferencias de Kikuyo, que tratamos en este blog hace un año. Finalmente, ocurrió lo que está a la vista: el anglicanismo ya no es más que una instancia cultural reducida a su mínima expresión. Es sintomático del proceso el hecho de que el anterior arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, un conocido patrólogo profesor en Oxford, haya renunciado y la sede primada haya sido ocupada por el ex Ceo de una multinacional devenido obispo. La iglesia de Inglaterra, despojada de todo contenido religioso, ha dejado de existir.
La Iglesia católica romana había resistido con mayor o menor acierto a estos embates. El paso de los siglos, es verdad, había acumulado en la barca de Pedro una buena cantidad de cosas inútiles de las que había que desprenderse y, por otro lado, había que redistribuir las cargas a bordo fin de encontrar el punto de equilibrio que evitara que la nave escorara. Nada nuevo para una Iglesia bimilenaria. Pero el problema fue que la tripulación no acertó esta vez en encontrar al piloto apropiado: Juan XXIII convocó imprudentemente un concilio ecuménico que se le fue rápidamente de las manos y que, con la ayuda del papa Montini, empezó a tirar por la borda todo lo que pudo: desde lo latines y las puntillas hasta el dogma y la moral. Los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI lograr frenar, en buena medida, el naufragio: el primero de ellos, sosteniendo con firmeza los principios morales de nuestra fe, y el segundo, la doctrina y el dogma. Pero a comienzos de 2013 nos encontramos con que los cardenales colocaron como timonel de la barca al personaje más inapropiado que pudieron encontrar. Como escribe Damian Thompson, autor del artículo del The Spectator, Bergoglio “a veces se asemeja a un conductor que va a toda velocidad sin un mapa o espejo retrovisor. Y cuando el coche se detiene, intenta solucionar el problema golpeando el capó con un palo”. 
El Papa Francisco está vaciando la Iglesia, despojándola de todo aquello que la convertía en segura y acogedora arca de salvación para los perdidos y entumecidos náufragos del mundo.
Newman, varias años antes de su conversión, hizo un viaje a Italia. Y describe: “Haciendo una excursión caminando por las zonas rurales de Sicilia, a las seis de la mañana llegué a una pequeña iglesia, escuché voces y entré. Estaba llena, y todos los fieles cantaban. Por supuesto, se estaba celebrando la Misa aunque yo en ese momento no lo sabía. Y, en los agotadores días que pasé en Palermo [donde estuvo gravemente enfermo], me resultó muy reconfortante y consolador visitar las iglesias, lo cual nunca olvidaré. Y en esos días nuevamente, reconocí como de origen apostólico el celo de la Iglesia católica por mantener la doctrina y la regla del celibato, y su fidelidad a muchos puntos de las doctrinas antiguas, lo cual fue para mí un argumento en favor de la gran iglesia de Roma”.  Newman descubría en esos momentos que la Iglesia católica conservaba elementos de origen apostólico -la doctrina, la liturgia, el celibato- que su iglesia, la anglicana, estaba desechando. Y será ésta una de las razones por las cuales, varios años más tarde, se convierte. Y su caso no es aislado. Hace pocas semanas setenta ex-pastores protestantes y ciento cuarenta intelectuales conversos pidieron al Papa que evitara caer en los errores del protestantismo. Lo que argumentan es que todos ellos se convirtieron a la Iglesia de Roma porque ésta conserva los principios apostólicos de la fe y, con enorme preocupación, observan que las políticas del actual pontífice consiste en tirar todo por la borda, rodeado de los aplausos del mundo. 
Estamos todos en una nave milenaria que, probablemente el paso de los siglos había sobrecargado y necesitaba un reordenamiento de los pesos. Y  nos encontramos con que el timonel ha ordenado vaciarla, arrojando por la borda desde la muceta y los zapatos colorados, hasta la disciplina sacramental y la fe ortodoxa en el Dios trinitario. 

Advertimos desde este blog desde el mismísimo 13 de marzo de 2013 que todo esto ocurriría, frente a la incredulidad y críticas de la gran mayoría de sitios colegas. Decíamos: “Hagan algo; frénenlo porque este hombre se lleva puesta la Iglesia”. Ahora, hasta The Spectator nos da la razón: “Comienza a parecer como si Jorge Bergoglio fuera el hombre que heredó el papado y luego lo rompió”, finaliza Thompson su artículo.  

miércoles, 18 de enero de 2017

Divisoria de aguas


En la víspera de la fiesta de la Epifanía del Señor, el Pontificio Consejo para la Unión de los Cristianos, emitió un documento acerca de las nuevas relaciones entre católicos y luteranos. Allí nos enteramos que “Separando lo que es polémico de las cosas buenas de la Reforma, los católicos ahora son capaces de prestar sus oídos a los desafíos de Lutero para la Iglesia de hoy, reconociéndole como un «testigo del evangelio»”.
Los disparates que venimos escuchando últimamente nos anestesian. Prestemos atención: la Santa Sede, o el mismo Papa, porque sus dicasterios tienen poder vicario, nos dicen que Lutero fue un testigo del Evangelio, es decir, un santo, porque justamente la santidad consiste en ser testigos de Cristo en la heroicidad de las virtudes. 
Más allá de que al Papa Francisco no le guste responder por sí o por no, o que prefiera los tonos pastel a los definitivos blanco o negro, lo cierto es que el principio de no contradicción sigue vigente. Y por tanto, siguiendo los pasos de los cardenales, yo planteo las siguientes dubia:
  1. Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio, ¿puede afirmarse entonces que el Papa León X, que lo condenó el 3 de enero de 1521 con su bula Decet Romanum Pontificem, estaba equivocado?
  2. Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio y, como dice el Señor, por sus frutos se conoce el árbol, ¿puede afirmarse entonces que la doctrina escrita y enseñada por Lutero es fiel reflejo de su testimonio evangélico?
  3. Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio y habiendo iniciado él mismo un movimiento conocido como Reforma ¿puede afirmarse entonces que los católicos que se opusieron y combatieron a ese movimiento estaban errados, combatiendo a una persona y a una doctrina que daban testimonio de Nuestro Señor?
  4. Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio, ¿puede afirmarse entonces que San Pedro Canisio, doctor de la Iglesia, gastó su vida en vano en la predicación de la verdad contra los seguidores de Lutero?
Por cierto que podría agregar varias dudas más pero no creo tener mejor suerte que los cardenales: el Papa Francisco no las va a responder.
El documento en el que aparece esta asombrosa afirmación fue escrito como preparación para la Semana de oración por la unidad de los cristianos que se inicia hoy. Según varios sitios especializados es probable que, al finalizar la misma, el Papa Francisco permita que católicos y luteranos puedan “compartir la Eucaristía” en ciertas ocasiones, es decir, que los luteranos puedan recibir la comunión en iglesias católicas, y viceversa y que, incluso, los ministros del culto de ambas confesiones puedan “concelebrar” la eucaristía. En este sentido se expresó hace poco tiempo el cardenal Kasper y la iglesia luterana de Suecia afirma en su página web que el deseo más grande que tienen es que la eucaristía puede ser celebrada oficialmente por católicos y luteranos. Por otro lado, esté sacrilegio ya se practica habitualmente en varios países pero los obispos desean que sea permitido oficialmente, según han declarado recientemente. Y relato al respecto un caso personal: el sábado pasado tuve oportunidad de hablar con un anglicano devoto y practicante de su religión. Me comentó que mientras vivía en Basilea (seis años), concurría todos los domingos a la misa católica en la iglesia de los jesuitas quienes le permitían comulgar. En definitiva, es una práctica que desde hace años está vigente al menos en los países de influencia alemana.
Ya sabemos lo que Bergoglio opina al respecto: el 20 de noviembre de 2015, en una celebración con protestantes realizada en Roma, el Papa le respondió públicamente a una mujer que le había preguntado si, siendo ella luterana, podía recibir la comunión. Aquí pueden ver el video con la respuesta que es realmente escandalosa. Las palabras pontificias fueron: “Háblelo con el Señor y siga adelante”, es decir, "Puede comulgar si su conciencia se lo permite".  
Si esta declaración finalmente se hiciera, se estaría marcando en la Iglesia un punto de inflexión mucho más grave, a mi entender, que lo ocurrido con la Amoris laetitia
Hagamos un poco de historia. El proceso de conversión del John Henry Newman fue largo y serenamente meditado. Durante varios años, él se inclinó por lo que llamaba vía media, y consistía en ubicar a la iglesia anglicana en medio de la opción católica y protestante o, dicho de otra manera, en afirmar que la iglesia de Inglaterra era una parte de la Iglesia católica, que poseía usos particulares pero que comulgaba en la misma fe. Esta ilusión de Newman se evaporó súbitamente cuando la jerarquía anglicana aprobó el obispado anglicano de Jerusalén. Consistió en la instalación de un obispo de esa confesión en la Ciudad Santa, con jurisdicción no solamente sobre los fieles anglicanos sino también sobre los luteranos y demás protestantes, celebrando los sacramentos en forma conjunta. Esta decisión convenció a Newman que la iglesia anglicana era, en el fondo, una iglesia protestante y apuró sus pasos hacia Roma: poco tiempo después se convertiría.
Veamos otro caso. Ya hicimos referencia aquí a la reunión de Kikuyo. Se trató de una suerte de congreso realizado en África en la década del ’30 por dos diócesis anglicanas que culminó con una celebración litúrgica de la que participaron obispos y sacerdotes anglicanos y ministros de otras confesiones protestantes. Este hecho fue decisivo para la conversión de Mons. Ronald Knox a la fe católica. Para él quedaba claro que la iglesia anglicana era una iglesia protestante más. 
Notemos que en ambos casos, la comunicatio in sacris o, más concretamente, la comunión del sacramento de la eucaristía con miembros de otras confesiones religiosas, fue la divisoria de aguas. “Hasta aquí llegamos”, dijeron los dos ilustres ingleses, y dejaron la iglesia anglicana. 
Lo que está en juego es, nada menos, que el concepto de gracia, de presencia real de Nuestro Señor en la eucaristía, de ortodoxia y herejía, de sacramento y, si se llegara a permitir una suerte de “concelebración” de la misa, de la mismísima sucesión apostólica. Es decir, está en juego la fe y la verdadera religión.
Si la Iglesia permite que en casos de necesidad, los católicos puedan recibir la eucaristía en una iglesia ortodoxa, lo hace porque estas iglesias conservan la sucesión apostólica y la fe católica. No es el caso de las iglesias protestantes, que perdieron la sucesión apostólica, que no admiten el sacramento del orden, que no creen en la presencia real y unas cuantas herejías más.
Yo no soy teólogo y puedo equivocarme. Pero me da la impresión que si el Papa Francisco hiciera una declaración de este tipo, sería quizás el acto más grave de todo su pontificado y marcaría, o debería marcar, un punto de inflexión para los católicos. Estaría, de hecho, cruzando una línea que exigiría definiciones, como ocurrió con Newman y Knox. 
Habría, claro, una diferencia: ellos dejaron la iglesia de Inglaterra y entraron en la Iglesia católica. Nosotros, los católicos, no deberíamos dejar nada ni entrar en ninguna parte porque, de hecho, ya estamos dentro. En tal caso, quien dejaría la Iglesia católica sería el mismísimo Papa Francisco.