viernes, 17 de octubre de 2014
De Kikuyo a Roma con Ronald Knox
lunes, 15 de agosto de 2022
La vía anglicana
Volver la mirada a los hechos históricos siempre ayuda a comprender el presente y, aunque los paralelismos nunca sean exactos, pueden ser indicativos del decurso que pueden tomar los acontecimientos.
En base a esta premisa, me animo a señalar algunos hechos sucedidos hace más de un siglo, en la iglesia de Inglaterra.
1. En 1841, el gobierno inglés y al arzobispo de Canterbury, acordaron con el rey de Prusia y las autoridades de las iglesias luterana y calvinista, establecer un obispado en Jerusalén que tuviera jurisdicción sobre los fieles de las tres comuniones, alternándose obispos anglicanos y luteranos. Esto despertó un gran escándalo y fue una de las causas que terminaron de definir a John Henry Newman en su conversión a Roma. Escribía al respecto: “Al parecer nos encontramos en un camino donde debemos fraternizar con todo tipo de protestantes, monofisitas, judíos medios conversos, drusos. Si un evento así llegara a suceder, no podré impedir que ningún hombre se vaya a Roma. Todos comenzarán a irse, tarde o temprano”. (Carta a J.W. Bowden, del 10 de octubre de 1841).
2. Pocos años después, en 1847, se produjo el “caso Gorham”. El obispo Phillpotts, de Exeter, decidió no concederle al reverendo Gorham la parroquia de Brampford Speke, aunque había sido nominado para tal cargo por la Corona, debido a que el clérigo sostenía que la administración del bautismo no implicaba la regeneración espiritual ni la gracia santificante. La situación creó un conflicto que debió ser resuelto por el Consejo Privado de la reina que, dos años y medio más tarde, ordenó al obispo instalar a Gorham en el cargo que le negaba, basándose en que los candidatos no debían ser forzados a firmar aquellos puntos doctrinales sobre los que la iglesia anglicana no tenía doctrina clara. Esta situación, como es de suponer, despertó un gran malestar puesto que según muchos obispos y clérigos anglicanos, su iglesia tenía una doctrina definida con respecto a la gracia bautismal. Se elevó un protesta formal firmada en la que sus firmantes aseguraban que la iglesia de Inglaterra, con el juicio a Gorham, “se separaba formalmente del cuerpo católico, y ya no podría asegurar a sus miembros la gracia de los sacramentos y la remisión de los pecados”. Algún tiempo después, los arzobispos de Canterbury y York declararon su apoyo a la sentencia del juicio. Fue esto lo que definió que los archidiáconos Henry Manning y Robert Wilberforce, y James Hope, un prominente miembro de la Cámara de los Lores, siguieran el camino de Newman y fueron admitidos en la Iglesia de Roma.
3. En 1913 tuvo lugar la “controversia de Kikuyo”. Todo había comenzado cuando dos diócesis anglicanas de África —Mombasa y Uganda— habían participado de un congreso de iglesias protestantes que había tenido lugar en Kikuyo (Kenia) y en el que se había tratado el tema de la colaboración entre las distintas denominaciones cristianas. La reunión terminó con una celebración litúrgica ecuménica, celebrada por un obispo anglicano, y “concelebrada” por pastores protestantes. Este hecho produjo un gran escándalo y división en Inglaterra. Los obispos participantes fueron denunciados como herejes, aunque finalmente se rehabilitó su gesto. ¿Era correcta esa postura aperturista de algunos sectores de la iglesia establecida? Ronald Knox, sacerdote anglicano, estaba en profundo desacuerdo y, para exponer su posición escribió en cuatro días un pequeño libro cuyo argumento era una simple reducción al absurdo. Lo tituló Reunion All Round y pueden leerlo, en inglés, aquí. Fue este uno de los hechos determinantes para que 1917 Knox se convirtiera a la Iglesia católica.
4. En 1947, el obispo anglicano de Birmingham Ernest Barnes, publicó un libro titulado The Rise of Christianity en el que ponía en duda la virginidad de María y la resurrección física de Jesús. Además, defendía públicamente la necesidad y conveniencia del control de la natalidad. Estos hechos provocaron una gran protesta en muchos ámbitos británicos, y se presionó para que Barnes fuera apartado de su sede, lo cual nunca sucedió. Sin embargo, muchos anglicanos —clérigos y fieles— vieron en esta situación una deriva inaceptable en su iglesia, y decidieron convertirse al catolicismo. Entre ellos estaba el sacerdote escocés Onich MacFarlene-Barrow, quien escribía: “Continuamente me hacía yo esta pregunta : ¿Es posible permanecer en comunión con un obispo que, a pesar de sus blasfemos discursos, no es privado de su cargo? Es cierto que los errores sostenidos por el obispo Barnes no podían considerarse precisamente como cosa rara, pues, desde la fundación de la Iglesia, en todos los tiempos se habían dado dignatarios eclesiásticos que decían y hacían cosas por las cuales se escandalizaban los fieles; sin embargo, nada me había preocupado nunca tanto como las manifestaciones del obispo de Birmingham y estaba convencido de que no me sería posible permanecer en la iglesia anglicana.”.
Seguramente podrían citarse otros casos similares, como la conversión de Graham Leonard, obispo de Londres en 1989, debido a la decisión de la iglesia de Inglaterra de conferir a mujeres el orden del presbiterado. Y en todos ellos se observa un patrón común: un hecho concreto de tendencia modernista tomada por la iglesia de Inglaterra en su conjunto o por obispos individuales pero con el apoyo de la jerarquía, que provoca una o varias conversiones a la iglesia romana.
Saquemos ahora algunas conclusiones:
1. Buena parte de las afirmaciones o hechos que provocaron las crisis podrían ser hoy protagonizados por sacerdotes u obispos católicos, y tendrían el apoyo de la jerarquía vaticana. Pongamos un caso reciente: el cardenal Hollerich, S.J., la semana pasada defendió el “amor” homosexual, actitud bastante más osada que el control de la natalidad propiciado por el obispo Barnes. En cualquier seminario o universidad católica se enseña abiertamente la no virginidad de María y resurrección simbólica de Nuestro Señor (¿Hay que recordar, por ejemplo, al finado biblista argentino Luis Rivas?). En Alemania, las ceremonias con intercomunión entre católicos y luteranos es cosas corriente, y el mismo papa Francisco dio públicamente la comunión a una mujer protestante. A ningún obispo católico se le ocurriría suspender a alguno de sus sacerdotes si éste pusiera en duda la doctrina sobre la justificación de las aguas bautismales, y las fraternizaciones con protestantes, judíos y budistas son cosa corriente desde el lamentable episodio de Asís.
La Iglesia católica está, con toda evidencia, en el mismo lugar en que estaba la iglesia de Inglaterra hace un siglo.
2. La iglesia anglicana hoy ha desaparecido. Sólo queda una estructura oficial, mantenida por el Estado, que cumple una función social y decorativa, pero en ella cada uno cree lo que quiere, sus templos están vacíos y cerrados, y muy pocos son los que encuentran en ella algún vestigio de vida propiamente espiritual. Es decir, ha dejado de ser una religión.
¿Anunciará esta situación el futuro cercano de la Iglesia católica, dada la similitud de trayectorias?
3. Los anglicanos que fueron testigos de los casos relatados tenían un lugar donde refugiarse: Roma. Y muchos de ellos lo hicieron. Nosotros, los católicos del siglo XXI, no lo tenemos, pues afirmamos que la iglesia fundada por Nuestro Señor es la iglesia romana. Y los que propone un escape a la ortodoxia, mucho me temo que también los ortodoxos estén en el mismo derrotero. Basta ver esta noticia muy reciente.
Si la iglesia católica continúa, entonces, el camino de defección que emprendió a partir de los ’60 y que aceleró con el papa Francisco, mucho me temo que para permanecer fieles a la fe de los apóstoles debamos pensar, en algún momento más o menos cercano, en soluciones que no serán nada fáciles de tomar.
“Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lc. 18,8).
jueves, 20 de agosto de 2020
Una profecía de Newman
[Hace casi doscientos años, Newman veía que en la iglesia de Inglaterra estaba sucediendo lo que sucede en la iglesia católica desde hace algunas décadas. En 2014 discutimos en este blog una situación similar, siendo protagonista Ronald Knox a raíz de la conferencia de Kikuyo (aquí). Pareciera que lo que ocurrió en la iglesia anglicana hace más de un siglo está ocurriendo, casi como un calco, en la iglesia romana. Espero que los responsables frenen a tiempo. Caso contrario, terminaremos con mujeres obispo en pocos años]
“Así, en el sagrado terreno de la religión, sin seguir un mal principio, sin la ignorancia o el rechazo a la Verdad ni ese autoengaño que son los principales instrumentos de Satán en nuestros días, no debido a la mera cobardía o a la mundanidad, sino a la falta de reflexión, a un temperamento indolente, a la excitación del momento, al gusto por hacer felices a los demás, a la susceptibilidad o a la adulación y al hábito de mirar en una sola dirección, los hombres se ven conducidos a abandonar las verdades del Evangelio, a consentir en abrir la Iglesia a las diversas denominaciones del error que abundan entre nosotros o a alterar nuestros ritos para complacer al tibio, al burlón o al vicioso. Ser amables es su único principio de conducta y cuando encuentran que se ofende el credo de la Iglesia, empiezan a pensar cómo cambiarlo o recortarlo, con el mismo ánimo con el que intentarían ser generosos en una transacción económica o ayudar a otro a costa de renunciar a la propia conveniencia. Al no entender que sus privilegios religiosos son un depósito que deben entregar a la posteridad, una sagrada propiedad confiada a toda la familia cristiana que ellos no poseen sino que sólo disfrutan, desperdician esos privilegios y son pródigos con los bienes de los demás. Así, por ejemplo, hablan contra los anatemas del credo atanasiano, O las disposiciones litúrgicas, o algunos de los salmos, y desean prescindir de ellos”.
[…]
“Obsérvese, pues, que estos tres sistemas de pensamiento, por muy distintos entre sí que sean en principios y espíritu, coinciden en dejar a un lado que Dios está representado en la Escritura no sólo como un Dios del amor sino también como un «fuego abrasador». Al rechazar el testimonio de la Escritura, no extraña que rechacen también el de la Conciencia, que, desde luego, no presagia nada bueno para el pecador pero, como sostiene el fanático, no es en absoluto la voz de Dios, o, según los partidarios del utilitarismo, queda en una mera benevolencia, o, según los más místicos, en una suerte de pasión por lo hermoso y lo sublime. Así, al considerar sólo la «bondad» y no la «severidad» de Dios, no es de extrañar que se «desciñan los lomos» y se feminicen, ni que su noción ideal de una Iglesia perfecta sea la de permitir que cada cual vaya por su lado, y renuncie a cualquier derecho a expresar una opinión, y mucho menos a censurar el error religioso”.
[…]
“Sólo entonces triunfarán en su lucha los cristianos, «entregándose como hombres», conquistando y dominando la furia del mundo y conservando la unidad y el poder de la Iglesia: cuando sometan sus sentimientos a una severa disciplina y amen con firmeza, santidad y rigor. Sólo entonces podremos prosperar (bajo la bendición y la gracia de aquel que es el espíritu tanto del amor como de la verdad), cuando se nos dé un corazón como el de Pablo, incluso más grande que el de Pedro y Bernabé, si es que han de verse superados en sentimientos humanos, para «no conocer ya ningún hombre según la carne», para alejar de nosotros a sobrinos u otros familiares cercanos, para renunciar a su trato, su esperanza y su deseo cuando Él lo ordena; Él que da amigos también al solitario si confía en Él y que nos proporcionará «dentro de mi casa y de mis muros, parte y renombre mejores que hijos e hijas: les daré nombre eterno que no será borrado»”. (Is 56,5).
Sermón para el día de san Bernabé de 1834. (Parochial and Plain Sermons II, 23)
sábado, 1 de mayo de 2021
La tempestad
En octubre de 2014 publiqué aquí un artículo comentando un breve folleto de Ronald Knox escrito en 1914 y en el que mostraba a través de una sátira las consecuencias que podían tener las actitudes aperturistas que algunos sectores minoritarios de la iglesia anglicana exhibían en ese momento, y que se habían puesto de manifiesto en una reunión ecuménica celebrada en la ciudad africana de Kikuyo. Pocas décadas más tarde, esa iglesia superó con creces las sátiras que había imaginado Knox.
Yo no dejo de ver cómo la Iglesia Católica esta siguiendo con menos de un siglo de atraso, los pasos anglicanos y mucho me temo que, si seguimos en la misma ruta, terminemos como han terminado ellos. En los ’80, ni aún el más ácido de los comentaristas religiosos hubiese podido imaginar que cuarenta años más tarde se estuviera discutiendo con seriedad la licitud y conveniencia de bendecir, cuando no casar, a parejas del mismo sexo.
Los anglicanos, sin embargo, tenían una ventaja sobre nosotros; tenían una chalupa aparcada junto a la nave que se iba a pique y que permitiría a quienes quisieran salvarse del naufragio. Cuando en 1993 la iglesia de Inglaterra decidió ordenar mujeres sacerdotes, Graham Leonard, obispo de Londres, decidió dejar esa comunión y convertirse a la Iglesia de Roma, en la que fue ordenado sacerdote poco después. Cuando en 2010 dieron un paso más y decidieron ordenar mujeres obispos, fueron cinco los obispos anglicanos que volvieron a la iglesia católica y este movimiento no se ha detenido. Hace poco más de un año, otro obispo del sur de Inglaterra y antiguo capellán de la Reina, se convertía. Y lo mismo ha sucedido con muchísimos sacerdotes y fieles. Se subieron a la chalupa y se alejaron del naufragio.
El problema es que los católicos no tenemos chalupa o, mejor dicho, estamos en la nave que se está hundiendo rápidamente bajo el comando del Papa Francisco. Hace algunos días discutíamos el cisma alemán que probablemente se producirá luego de finalizado el famoso “camino sinodal”, y decíamos que no ocurriría nada. Los alemanes no harán ninguna declaración oficial de separación de la sede de Pedro y aplicarán con mayor o menor premura las resoluciones a las que lleguen. Y no sería raro que un par de años, o antes, algún obispo ordene diaconisas, y poco más adelante sacerdotisas. Y no será raro tampoco que casen a divorciados y a homosexuales, y vaya uno a saber qué otros disparates. Y Roma no hará nada, con Francisco o con quien sea que lo suceda, y no lo hará no por falta de convicción sino por falta de fuerzas. Sabe perfectamente que cualquier sanción o prohibición que establezca será desoída. O bien, pasará por la criba de los discernimiento en los que tanto ha insistido Bergoglio, y los obispos tedescos terminarán diciendo que tales ordenanzas no son de aplicación en sus territorios. A Roma los únicos que la obedecen son los obispos y católicos conservadores.
La última entrada de este blog, sobre el desarrollo de la comunión en la mano en los últimos tiempos, es un buen ejemplo. Más allá de la voluntad de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI ampliamente documentada en decretos y disposiciones tendiente a limitar o suprimir esta práctica, fue desobedecida por los obispos del mundo entero, y Roma no hizo nada, no tanto porque no quiso sino porque no pudo. Y hoy estamos con que es obligatorio comulgar en la mano.
La nave de la Iglesia está naufragando y se acerca lo peor de la tormenta. Sus oficiales eligieron al más chapucero e improvisado de los capitanes que podía encontrar quien, en vez de ordenar trincar velas e izar el tormentín para capear la tempestad, se adentra en ella con todo el velamen desplegado. Y nosotros a bordo, como corresponde, asustados, cansados y tristes. Sabemos, claro, que hay Alguien que duerme y que despertará en el momento apropiado pero, mientras tanto, debemos soportar los vaivenes de las olas y los vientos.
miércoles, 11 de noviembre de 2015
La nave vacía
miércoles, 18 de enero de 2017
Divisoria de aguas

En la víspera de la fiesta de la Epifanía del Señor, el Pontificio Consejo para la Unión de los Cristianos, emitió un documento acerca de las nuevas relaciones entre católicos y luteranos. Allí nos enteramos que “Separando lo que es polémico de las cosas buenas de la Reforma, los católicos ahora son capaces de prestar sus oídos a los desafíos de Lutero para la Iglesia de hoy, reconociéndole como un «testigo del evangelio»”.
- Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio, ¿puede afirmarse entonces que el Papa León X, que lo condenó el 3 de enero de 1521 con su bula Decet Romanum Pontificem, estaba equivocado?
- Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio y, como dice el Señor, por sus frutos se conoce el árbol, ¿puede afirmarse entonces que la doctrina escrita y enseñada por Lutero es fiel reflejo de su testimonio evangélico?
- Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio y habiendo iniciado él mismo un movimiento conocido como Reforma ¿puede afirmarse entonces que los católicos que se opusieron y combatieron a ese movimiento estaban errados, combatiendo a una persona y a una doctrina que daban testimonio de Nuestro Señor?
- Si, de acuerdo al Papa Francisco, Martín Lutero fue un testigo del Evangelio, ¿puede afirmarse entonces que San Pedro Canisio, doctor de la Iglesia, gastó su vida en vano en la predicación de la verdad contra los seguidores de Lutero?
Habría, claro, una diferencia: ellos dejaron la iglesia de Inglaterra y entraron en la Iglesia católica. Nosotros, los católicos, no deberíamos dejar nada ni entrar en ninguna parte porque, de hecho, ya estamos dentro. En tal caso, quien dejaría la Iglesia católica sería el mismísimo Papa Francisco.





