miércoles, 21 de noviembre de 2007

El Lobo y los fariseos


Lupus otra vez nos instruye con sus reflexiones castellanianas. Prosit!


El Arcipreste no quiere repetirlo, pero yo me lo voy a permitir: "El fariseísmo es el gusano de la religión; y después de la caída del Primer Hombre es un gusano ineludible, pues no hay en esta mortal vida fruta sin su gusano ni institución sin su corrupción específica". Es Castellani en "Cristo y los fariseos", obra que recién conocimos en el centenario de su nacimiento, donde estudia (horada, devela, desnuda) al antagonista principal de Cristo y, por ende, al principal antagonista de su propia vida. Obra capital, superior, imprescindible, que se puede leer aun desde joven, pero teniendo el cuidado de no dejar de leerlo una y otra vez al paso de los años. Es un libro como una muñeca rusa, pero al revés: cada vez es más grande, cada vez mejor magisterio.
No se asusten si me permito completar a Castellani, pero lo hago con sus propias palabras, dos páginas después: "Las desviaciones de la carne son corrupciones, pero las desviaciones del espíritu son perversión". Las instituciones católicas son principalmente instituciones religiosas. Luego, no hay institución católica sin su perversión específica. Así también la Iglesia, en lo que tiene de "institución católica", pues está claro hasta dónde llegará la "abominación de la desolación".
¿En qué consiste esa perversión? En copular consigo mismo, pecar contra el Espíritu, verse divino a sí mismo y considerar divinas las propias acciones, palabras y proyectos. Y dar muerte (manifiesta o sigilosa) a lo que hay de Dios en otros creyendo hacerle un obsequio a Dios.
¿En qué consiste la perversión específica de cada institución? Lo sabrán los miembros de cada una. Tiene que ver quizás con la vanagloria, la identidad reforzada en base al contraste con las "inferioridad" de otras, la obsecuencia, etc.; o con la progresiva anulación del entendimiento, la falta de formación, etc; o con los chanchullos típicos de todo conjunto humano, la capitalización por parte de los vivillos de un "bien común" fantasmal y siempre excedente a las realidades particulares, etc.; o quizás también con cierta atmósfera reglamentaria, cierto tono de impermeabilidad al pecado en el refugio. Lo que sea.
Si hay algo que no quiero hacer es faltar el respeto a quienes adhieren a un bien o un ideal común. Para llegar a lo que es, hay que saber sortear lo que parece que es, aquella máscara que se fue masillando con la mezcla inevitable de trigo y cizaña. De ese modo, en cualquier caso, se pueden entender los buenos motivos, las mejores intenciones, la bondad originaria, si existieron. La suma de los bienes particulares no resulta en bien común (¡cuántas crueldades sin embargo se amparan en esta sentencia!), pero, inverso modo, la suma de errores, injusticias y pecados puede resultar en una máscara común. Una institución no elige representantes para que asistan anualmente al confesionario llevando los pecados de todos, y sin embargo no se nos ocurre negar la importancia y validez de la confesión particular, porque no se nos ocurre negar la frecuencia del pecado en nuestras vidas. Ninguna institución queda indemne ante los pecados de sus miembros.
La perversión específica de una institución tiene que ver con el deterioro de la inteligencia, el grado de convertibilidad de la gracia en magia, la hinchazón de las estructuras, la torcedura o la desmesura de sus propios fines y, por supuesto, con el calibre espiritual de sus miembros, cúpula o tropa, así como la perversión específica de las parroquias es resultado de la acciones y omisiones de los curas malos o mediocres, los superlaicos omnipresentes y los ritos amorfos. No digo que esto ocurra en todos los casos ni en la mayoría de los casos; digo que es sumamente importante no negar que ocurre. Está claro, por supuesto, que mi compendio es limitado e incompleto. No obstante, también es muy incompleto mi conocimiento de los bienes y virtudes personales que allí se encuentran.
No me puedo exceptuar de este "vicio espiritual" que es el fariseísmo. Para evitar la sensualidad me vuelvo puritano y para evitar el puritanismo me vuelvo sensual. Para no ser burro me convierto en erudito y para no ser sentencioso me conformo con ser elemental. En este bamboleo compartido le damos forma a la "cristiandad" moderna. Quienes privilegian la acción, de algún extraño modo empiezan desconfiando y terminan despreciando a los intelectuales; quienes luchan por ubicar a la inteligencia en el lugar que le corresponde, por inentendibles razones confrontan con los voluntariosos. Quienes se obsesionan con los enemigos de afuera, descuidan los de adentro, y quienes privilegian los de adentro... Y de acuerdo a la superioridad que escogemos definimos a los demás, que siempre resultan inferiores, malos o imbéciles. Sólo una cosa en el planeta tierra es tan fácil como catalogar pecados ajenos, y es inflar las propias virtudes. Del mismo modo que uno ensalza su talento solitario, otros realzan su estilo participado. Tratamos de no descuidar nada y hacer acopio de certezas, de mantenernos en gracia y perfeccionarnos, de llegar a la jerarquía perfecta y a la síntesis precisa. Pero viene el Bufón y en vez de palomita sale urraca.
Castellani, al desarrollar la parte esencial de su doctrina sobre los fariseos, trató de eliminar, como correspondía, toda referencia actual a los prototipos farisaicos que le tocó enfrentar. Eso, sin quererlo él, como no lo quiere ningún maestro, a veces nos impele a nosotros, que lo leemos, a forzar las pinturas individuales que consideramos necesarias.
A Castellani, ya establecidos los argumentos centrales y el cuadro general, al llegar a la periferia, al dar nombres y ejemplos concretos, o sea, al pasar (en otras páginas, además de éstas) de la inteligencia a la militancia, le cayeron encima del modo que anticipaba y sabía, y conoció la crueldad farisaica todavía un poco más. No lo crucificaron porque eso ya no se usa, y porque ante el ejercicio de la verdad siempre se hace presente, renovada, experimentada, la mentira. Con sigilo, con la Escritura en la mano y el odio en el corazón. Pero no quería menos. (En realidad, desde la primera vez que leí "Cristo y los fariseos" pensé que a Castellani no lo crucificaron literalmente porque la Providencia dictó que este libro se publicara recién cuando estuvo muerto, y así Dios lo libró de la penuria completa, y a la vez permitió que el libro llegara hasta nosotros.)
Es fácil imaginarse a Anás o a Caifás pensando "ése que está ahí, ése que se cree hombre divino y dios humano, tiene que desaparecer, tiene que recibir una humillación máxima y una muerte emblemática, y antes de ser olvidado tiene que ser recordado como la peor aberración, que es la de haberse enfrentado a mí, que estoy en el mundo en nombre de Dios". Ése es el fariseo: lo que Dios sabe, yo lo sabo; lo que yo quiero, Dios lo quiere. Esa sima de ignorancia, bestialidad y soberbia. Esa podredumbre soterrada y potente. Pero lo que quisieron, no lo lograron. Ayudaron a que se logre todo lo contrario. La recompensa de su padre es una auténtica muñeca rusa: una sucesión de reducciones engañosas, y en el final, el vacío insignificante y oscuro.
No son tantos los fariseos. No son fariseos todos aquellos que están en una institución, cualquiera que sea. No son fariseos todos aquellos que no están en una institución, cualesquiera que sean.
El espíritu farisaico que nos mantiene tensos y vigilantes no habita en cualquier lado, sino donde reside Dios. De la Sinagoga pasó a la Iglesia. No anda al garete, ni va a inventar una nueva religión. Antes bien, siempre buscará apoderarse de la religión verdadera y de la única Iglesia, de la que todos los católicos formamos parte. Ese espíritu, cuanto más voraz y penetrante, más brumoso. No podemos decir: "no está con nosotros porque lo tienen aquellos", ni en plural ni en singular. Lo mejor es luchar para que no lo tengan ni aquellos ni nosotros.
(Releo lo anterior y encuentro cien huecos; pero bueno, va igual, apreciado Wanderer, no deja de ser una conversación entre amigos.)

Lupus

3 comentarios:

Juan mendocino dijo...

Amigo Lupus: excelente su reflexión: para edificación y despertamiento, diría Kierk. Bien merece Ud. un buen Cabernet Sauvignon, de esos que, para mi gusto, de tan duros parecen dulces. No resisto enfatizar ciertas fórmulas suyas que me parecen muy luminosas:
“…cierto tono de impermeabilidad al pecado en el refugio”
“Ninguna institución queda indemne ante los pecados de sus miembros”
“Sólo una cosa en el planeta tierra es tan fácil como catalogar pecados ajenos, y es inflar las propias virtudes”
“Con sigilo, con la Escritura en la mano y el odio en el corazón”
“No son tanto los fariseos. No son fariseos todos aquellos que están en una institución, cualquiera que sea. No son fariseos todos aquellos que no están en una institución, cualesquiera que sean”
“El espíritu farisaico que nos mantiene tensos y vigilantes no habita en cualquier lado, sino donde reside Dios”
Muy agradecido.

Anónimo dijo...

Estimado Lupus:

Muy consolador su comentario y una ayuda enorme para mi próxima confesión.

Muchas gracias.

The Seafarer

Anónimo dijo...

Agradezco a Juan Mendocino y Seafarer sus comentarios (me alegra haber servido), y a Wanderer su generosidad (bastante inusual en los blogs).

Hay mucho más de cien huecos ahí, así que veremos.

Y lo mejor es que juntos le agradezcamos a Castellani.

Lupus