sábado, 29 de diciembre de 2007

Las últimas batallas


El siglo XX se caracterizó, entre otras cosas, por ser el marco temporal de guerras declaradas abierta y claramente contra la fe. Es el caso de la guerra cristera de México y la Guerra Civil Española. En ambas, la lucha era entre la religión y la impiedad atea.
El siglo XIX, en cambio, cobijó guerras que no sólo eran contra la fe, sino contra el orden cristiano establecido. El caso paradigmático lo constituye la guerra de La Vandée, cuando los católicos del oeste de Francia se levantan contra los revolucionarios en defensa no sólo de la religión sino también del rey. Pareciera que, una vez destruido el orden tradicional, la próxima (¿y última?) trinchera era la fe, y contra ella se dirigieron en la centuria apenas concluida.
Creo yo que podríamos considerar también a la guerra de Crimea como una de estas últimas batallas, y derrotas, libradas contra el orden cristiano. Me ayudarán a dilucidar si verdaderamente fue así los lectores del blog que conozcan la historia mejor que yo.
Esta guerra se desarrolló entre 1853 y 1856 en el Mar Negro, principalmente en torno a la ciudad de Sebastopol, entre el imperio ruso y una coalición de naciones integrada por Turquía, Inglaterra, Francia y Cerdeña, con el apoyo tácito de Prusia y la traición del imperio austro-húngaro. La guerra terminó con la derrota rusa, luego de la muerte del zar Nicolás I. Mi hipótesis es que las fuerzas rusas representaron al orden tradicional que combatió a la revolución.
Es verdad que la ocasión que desencadenó el conflicto fue, a primera instancia, una afrenta a la iglesia católica romana. En efecto, el sultán de Turquía entregó las llave de la iglesia de Belén, cuyos territorios estaban bajo su poder, a los católicos, lo que provocó la queja del zar Nicolás I, protector de los ortodoxos. Francia apoyó incondicionalmente a los católicos y Rusia, afrentada, ocupó los principados danubianos de Valaquia y Moldavia que estaban en poder del imperio otomano. Y a partir de aquí, la guerra abierta.
Sin embargo, la cuestión de los templos de Tierra Santa fue sólo una excusa. Creo yo que a Napoleón III no le interesaba tanto apoyar a la Iglesia cuanto detener el imperio ruso y defender el comercio francés en Oriente medio. Su alianza con los católicos había sido sólo una estrategia que le permitió ser elegido emperador de los franceses. Lo demostrará luego con su apoyo a los independentistas piamonteses y, consecuentemente, la desaparición posterior de los Estados Pontificios.
La figura central en este episodio es la del zar Nicolás I. Es verdad que se trataba de un personaje mesiánico, envalentonado por todos los triunfos que había conseguido a lo largo de su reinado, confiado en los favores que le debían los monarcas europeos, muchos de los cuales permanecían en sus tronos gracias a él, y convencido de la misión providencial de la madre Rusia. Pero el zar estaba convencido también de que él representaba al orden tradicional cristiano, y que la defensa de este orden justificaba, en ciertos casos, la guerra. Cuando se decide a atacar a la infiel Turquía lo hace seguro del apoyo de las naciones cristianas que no dudarían en liberar a sus hermanos en la fe, no sólo los danubianos, sino también los búlgaros y los griegos, del dominio musulmán. A los ojos de Nicolás, lo suya era una nueva cruzada. Y es así que, cuando se concreta la alianza turco-franco-británica, el zar anuncia a su pueblo, en febrero de 1854, que ha declarado la guerra a Inglaterra y Francia porque estas naciones se han ubicado “junto a los enemigos de la cristiandad”.
Con el paso de los meses, Nicolás ve con estupor que todas las naciones se definen en defensa del Islam. Aún el emperador austro-húngaro, Francisco José, que le debía el trono al zar, adopta una actitud hostil. El zar Nicolás I, creyendo reunir en torno a su bandera a toda la cristiandad, sólo ha conseguido reunir contra él una alianza mostrenca entre revolucionarios, católicos y musulmanes.
Es verdad que entender la guerra de Crimea sólo desde este punto de vista sería simplista. Detrás estaba también el temor de Europa al creciente poderío ruso. Pero, en el fondo, creo que se trató de una guerra entre las restantes fuerzas de la cristiandad contra los intereses comerciales de Inglaterra y Francia en Asia Menor y contra los ideales revolucionarios triunfantes en tierras galas y que habían ya infectado todos los países europeos. Los revolucionarios no podían soportar que Nicolás I siguiera considerándose el Autócrata de todas las Rusias, y actuara como tal.
No puedo dejar de ver un paralelismo entre Nicolás I y Francisco Franco. Ambos son conscientes de su misión providencial y, contra viento y marea, contra opiniones y consejos, persisten en sus convicciones. Ambos fueron capaces de hacer frente, con suerte diversa, no sólo a las fuerzas claramente anticristianas, lo cual es bastante fácil de resolver en la consciencia, sino también al mundo liberal y revolucionario, lo cual es bastante más difícil, porque en él militan, disfrazados de ovejas, un buen número de obispos e intelectuales “cristianos”.
Puesto yo en lugar de los súbditos de Nicolás, siento una sana envidia. Tenían un rey, elegido por Dios, y que peleaba por la religión. ¡Cuánto nos cuesta a nosotros, nacidos en el desamparo, imaginar esa situación! Jamás tuvimos una “padrecito zar” que nos protegiera. Nuestros “padres de la patria” no fueron más que confabulados masones y liberales, en el mejor de los casos y, luego, una banda de oportunistas que accedieron al poder en el esperpento democrático que nos heredaron aquellos progenitores. Y en la fe, no sé si algún otro compartirá conmigo la terrible y desoladora sensación de orfandad que experimenté durante el largo cuarto de siglo de pontificado polaco. La restauración de Benedicto XVI, que supongo breve, me da un respiro. ¿Será el aliento prometido a los fieles antes de la consumación final?


7 comentarios:

Cruz y Fierro dijo...

¡Excelente! Suscribo todo lo dicho. Especialmente --algo muy olvidado por muchos tradicionalistas-- el papel de traidores que los Lorena (Habsburg-Lothringen) jugaron en la destrucción de la Cristiandad al menos desde José II y, especialmente desde que Metternich tomara las riendas (recordemos ya la traición austríaca a los griegos en la década de 1820).

Respecto a la Guerra de Crimea, sin embargo, no puedo dejar de expresar mi simpatía por la famosa "carga de la Brigada Ligera" en la Batalla de Balaclava. Una de las últimas "cargas" contra la maquinaria bélica moderna (si no me equivoco, la última fue la de la caballería polaca contra los panzer en 1939).

Anónimo dijo...

Sobre Bendicto XVI a mi no deja de asombrarme y alegrarme la Encíclica "Spe Salvi": la primera en mucho tiempo con una interpretación más crítica de la modernidad y con varias referencias a la importancia de vivir cara a la Parusía

Xavier de Bouillon

CHESTERTON dijo...

ESTIMADO:


“Nuestros “padres de la patria” no fueron más que confabulados masones y liberales, en el mejor de los casos y, luego, una banda de oportunistas que accedieron al poder en el esperpento democrático que nos heredaron aquellos progenitores”.


ME PERMITO DISENTIR. EL PADRE DE LA PATRIA, EL GRAL. DON JOSÉ DE SAN MARTIN, NO ERA MASÓN NI LIBERAL.

(HAY UN LIBRO DE DÍAZ ARAUJO SOBRE ESTE TEMA: “DON JOSÉ Y LOS CHATARREROS”)

A PESAR DE QUE LOS HISTORIADORES OFICIALES DE LA MASONERÍA ARGENTINA NOS QUIERAN HACER CREER ESO, Y OTRAS GROTESCAS CARICATURAS, QUE EN BIZARROS PROGRAMAS DE TV, HABLAN DE “LA VERDADERA HISTORIA” O VENDEN MILLARES DE EJEMPLARES DE SUS LIBELOS.

DON SANGIAGO DE LINIERS, TAMPOCO ERA DE ESOS. AL MENOS, CONSIDERO QUE LA PATRIA NO NACIO EN 1810, ASÍ QUE TENGO EN ALTA ESTIMA AL FRANCÉS AL SERVICIO DEL REY.

PODRÍAMOS MENCIONAR A BELGRANO, Y, CLARO A ROSAS Y LA SANTA CONFEDERACIÓN ARGENTINA, Y SALVANDO LAS DISTANCIAS….EL GOU, EL PRIMER PERÓN, EL DEL 43’.

LUEGO UD., PODRÁ COMPROBAR QUE EN LA HISTORIA DE NUESTRA PATRIA, PERSISTE ESE ENFRENTAMIENTO ENTRE LIBERALISMO Y TRADICIONALISMO. PERO NO VAYA A CREER QUE TODOS LOS ACTORES DEL POEMA QUE ES NUESTRA PATRIA ERAN HEREJES, MASONES, LIBERALES Y DEMÁS ALIMAÑAS.

POR CIERTO QUE LOS PADRES DE LA PATRIA NO LO ERAN (LOS ACTORES PRINCIPALES).

SALUDOS!

Wanderer dijo...

Estimado Chesterton: Ya se discutió en este blog el candoroso relato que la historiografía nacionalista realizó de nuestros Padres y aquel que escribieron los historiadores liberales. No re editaremos la discusión.
Para tranquilizarlo con respecto a San Martín, le propongo un eufemismo: el prócer no era masón, era logiado, que es lo que dice justamente Díaz Araujo. Si cree aún en cuento de hadas, o en Papá Noel, podrá encontrar la diferencia.
Y con respecto a la religiosidad de San Martín, lea las Máximas que le deja a su hija Mercedes, y dígame si ese texto corresponde a un cristiano o a un deísta.

Wanderer dijo...

Estimado Chesterton: Disiento con Ud. y con el Lobizón.
Como le dije anteriormente, esa discusión ya se dio en este blog, y no volveremos sobre ella.

El Gallo Cascarudo dijo...

Estimado Wanderer: coincido 100 % con su último blog, o no tanto, digamos, 97%, por tres puntos de divergencia, o con respecto a los cuales tengo duda positiva. Uno es el papel de Austria en la época referida -y de SM el emperador Francisco José- al que ud. (y Cruz y Fierro) hacen un cargo. Quizás fué algo corto de miras, pero en el fondo ¿podía hacer más? Lo dudo. Segundo punto: yo creo que ud. da una visión algo idealizada de la Santa Rusia. Me parece que Rusia -admirable a tantos títulos por otra parte- sufría mal su bicefalía, tironeada ya a esa altura entre el absolutismo de oriente y el liberalismo de occidente. ¿Cuando y donde encontró su quicio?. Espero no molestar a ud., ni a Pablo de Rosario, ni a otros amigos de éste blog; pero a Rusia, a la magnífica Rusia, siempre le faltó el quicio de la romanidad. Y el tercer punto es el de la supuesta oposición (que ud. plantea, como muchos otros hoy día) entre Benedicto XVI y Juan Pablo IIdo. Es evidente que Benedicto XVI y Juan Pablo IIdo se llevaron excelentemente bien toda la vida, y que trabajaron estrechamente unidos. Hoy día es verdaderamente rara la oportunidad en que Benedicto deje de mencionar a su precedesor como amado y admirado ¿Como podemos levantar entonces la idea de una diferencia significativa? ¿Acaso sabemos de ésto más que el mismo Benedicto?

Anónimo dijo...

Estimado Gallo Cascarudo,
Es cierto que Ratzinger estuvo siempre al lado de Woyjtila, pero eso no implica que estuviera de acuerdo con él. Le diré que, en su corto Pontificado, Benedcito XVI ha demostrado que poco tiene que ver con el polaco. Por caso, lea su última y magnífica encìclica "Spe Salvi": ni el esperpentico CVII, ni el llorado (no por mí) polaco son citados NI SIQUIERA UNA VEZ (!!!!) Esto, para el que conoce la sutuliezas romanas, no es casual.