lunes, 25 de febrero de 2008

Cardenales, popes e imanes


El sitio Sombreval ha dado a conocer una noticia sorprendente: el Instituto Católico de París (la UCA francesa) va a recibir a veinticinco estudiantes de imanes (seminaristas musulmanes) quienes harán cursos en esa institución. Los ingenuos se asombrarán del éxito misionero francés y soñarán con las posibles y próximas conversiones de los islámicos. Y tienen razón. El objetivo del rector del ICP es lograr en ellos una conversión, pero, claro está, no al cristianismo, sino al laicismo y a la interculturalidad, pues así se llama el curso que tomarán en esa tradicional institución católica: “Religión, laicismo e interculturalidad”.
Y no se trata de una maliciosa interpretación. Uno de los dirigentes del Institut Catholique lo declaró sin ambages: “El laicismo merece una pedagogía y una transmisión, sobre todo para aquellos que provienen de países donde este principio fundamental de la cultura francesa no es un referente”. Las bolillas que integran el curso son: 1) Libertad; 2) Igualdad; 3) Fraternidad; 4) Laicismo; 5) Democracia.
No es broma. Es terriblemente cierto. La Iglesia, con este acto, expresa claramente su compromiso con los principios de la revolución.
Alguien podría pensar de que se trata de una decisión desafortunada de un decano despistado; una especie de Néstor Corona con vuelo parisino y sin envolturas de celofán alemán. Pero no es así. Es parte de una traición más profunda.
Cuando leí la noticia que colgaba Nelly (UN parisien que vive solo y trabaja mucho) en su excelente sitio, enseguida me vino a la memoria la editorial que en el año 2002 escribió el cardenal Walter Kasper en “La civilità cattolica” como respuesta a ciertas palabras y actitudes del patriarcado de Moscú. Veamos el caso:
A comienzos de noviembre de 2002, la Santa Sede erigió en Rusia una provincia eclesiástica latina integrada por una arquidiócesis y tres diócesis sufragáneas. Fue una medida inesperada y audaz por parte del Vaticano puesto que a nadie era ajeno la carga de agresividad que suponía para con la iglesia ortodoxa: se trataba de introducir obispos donde ya habían obispos válidos, en contra de la venerable regla de la iglesia primitiva que disponía: una ciudad, un obispo. Hubiese sido una decisión plenamente comprensible en el periodo pre-conciliar, cuando la iglesia católica tenía pretensiones aún de ser la única verdadera y reclamaba su derecho de convertir a sus filas no sólo a paganos y protestantes sino también a ortodoxos. Pero en la iglesia de la Dignitatis humanae, en la Iglesia del pontificado del campeón del diálogo e inventor de Asís, y con la planificación intelectual de Kasper, era francamente inconcebible. ¿Por qué acabar de ese modo abrupto con el diálogo ecuménico?
La respuesta de Moscú, como era previsible y comprensible, no se hizo esperar. Alexis II retiró la representación del patriarcado ante la Santa Sede y suspendió la visita de una delegación católica largamente planificada, además de pronunciarse duramente sobre el hecho en una declaración pública.
El cardenal Kasper, enfurecido, le responde desde la jesuítica revista “La civilità cattolica”. Llama la atención la aspereza del lenguaje cardenalicio, habituados siempre como estamos a sus palabras amerengadas cuando se dirige a los hermanos separados, lo que, nuevamente, volvía a restar puntos al esfuerzo ecuménico. Una cosa quedaba clara luego de leer la editorial: Walter Kasper quería enfriar, o cortar definitivamente, el diálogo ecuménico con el patriarcado de Moscú. Pero, ¿por qué?
El cardenal alemán explica que tratará en su escrito el problema fundamental, en sus términos esenciales, que está incancrenendo, es decir, convirtiéndose en un cáncer, en la iglesia ortodoxa rusa. En la primera parte del texto divaga sobre cuestiones canónicas y semánticas, acertadas en general, que justifican la decisión vaticana. Pero el último punto es sugestivamente titulado: “La libertad religiosa como problema central”. “Este es el cáncer”, parece decir Su Eminencia. Allí afirma que el conflicto entre Moscú y Roma es sustancialmente el modo en el cual la iglesia rusa expresa su propia imposibilidad de aceptar la vigencia de los derechos humanos. Con una notable actitud compasiva, Kasper dice que tal actitud es comprensible y que hay que ser paciente, puesto que la misma iglesia católica “no fue capaz de conciliarse con la concepción de la libertad religiosa... (durante mucho tiempo, ya que) sostenía que solamente la verdad tiene el derecho de existir, y no el error, y por eso rechazó la concepción liberal de la libertad de conciencia y religión. Solamente el Concilio Vaticano II, luego de largas y dramáticas discusiones, dio un giro con la declaración Dignitatis humanae”. De ese modo, entonces, los católicos pudimos “emanciparnos de la época constantiniana..., encontrando un lugar dentro de un mundo moderno, pluralista y liberal...”.
Y prosigue el purpurado diciendo que “la iglesia ortodoxa rusa... se encuentra frente al mundo moderno pluralista... y se mantiene en una postura cerrada...”. Por eso, el problema de Alexis con la erección de la jerarquía latina en Rusia no es canónico sino “sustancialmente de naturaleza ideológica”. Y finaliza afirmando sin tapujos: “Mientras la iglesia ortodoxa rusa permanezca anclada en esta posición ideológica no podrá iniciar un diálogo constructivo con la sociedad moderna y con la Iglesia católica”.
Aquí estaba finalmente la madre del cordero. Kasper, y con él Juan Pablo II debemos suponerlo, se encontraban cómodos en el diálogo ecuménico con aquellos que negaban la divinidad de Nuestro Señor y la eficacia de los sacramentos, la virginidad de María Santísima y la presencia real de su Hijo en la eucaristía, pero jamás se prestarían al diálogo con aquellos que se atreven a negar la libertad religiosa y a cuestionar al mundo moderno. A aquellos, sonrisas y guiños, ya que, en definitiva, han elegido, en uso de su libertad, otro camino para llegar al Cristo Total; a estos eslavos desubicados y trogloditas, el desaire y la represión, augurios de su inevitable condenación por resistirse a aceptar los dogmas revolucionarios.
La reciente decisión del Institut Catholique de París es coherente con la postura del cardenal Kasper de hace cinco años. Se trata, podemos suponer, no de un hecho aislado sino de una política, y política de estado. Seguramente hoy estará hibernando por el efecto Benedictus, pero ¿qué ocurrirá en el próximo pontificado? Da escalofríos el solo pensarlo. No sé porque, se me vienen a la memoria Robert Benson y Hugo Wast.


15 comentarios:

Pablo (Rosario) dijo...

La Iglesia Ortodoxa Rumana, que es la más “latina” de las ortodoxas, no piensa muy distinto que la rusa, respecto del ecumenismo mal entendido.

Dejo el link de un video –subtitulado en inglés- que recoge las opiniones del P. Dimitru Staniloae -uno de los más importantes teólogos ortodoxos rumanos del siglo pasado- y las de otros ancianos, venerados en Rumania por su resistencia heroica en los campos de concentración comunistas.

http://youtube.com/watch?v=m-RdNeKlFs8

Se habla de la panherejía de nuestro tiempo, de origen masónico…

No sólo Benson…

Saludos.

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo

La verdad, los dichos de este Kasper me han dejado más caliente que una pipa...
Y me pregunto, cuántos turros por el estilo a lo largo de la historia de la Iglesia habrá habido, enarbolando el principio de la supremacía del poder espiritual sobre el temporal, no por amor a la Verdad, sino por hacer prevalecer su afán de dominio sobre este mundo y de despliegue de su prepotencia, como una forma ilegítima de competir políticamente con los poderes terrenales.
Hoy es al revés: hay que tirar por la ventana toda pretensión de monopolio de la verdad, para ganarse al mundo.
Pero la actitud es la misma, en aquellos y en éstos.

Anónimo dijo...

En verdad, Wanderer, cuando listó las bolillas del curso pensé que estaba Ud. en jodenda... No, no me hace falta saber el contenido de cada una, salvo que ponga un vidrio en la mesa y nos alarguemos al churrete.

Lo de Kasper, ¿a quién lo toma desprevenido? Sin embargo, una mínima divergencia: "La Iglesia, con este acto, expresa claramente su compromiso con los principios de la revolución".

Pues no, que no, la Iglesia no. Ésos, sólo ésos. El I. C. de París es un eco creciente, de acuerdo, pero aún así no son ni serán la Iglesia. Ni aún cuando llegue la hora en que sean tantos que parezcan todos. Y por más que sea, como Ud. dice (y tiene razón), una política de estado y no un hecho aislado.

No parece mala política, entonces, quedarse del lado de los hechos aislados. A-islarse, ir a la isla, encontrar un poco de paz... Después, el que sepa y quiera, que tome el bote y salga de pesca. Y de caza.

Lupus

Anónimo dijo...

Terminé leer su post y quedé rumiando su pregunta: ¿Qué ocurrirá en el próximo pontificado?. A su vez, hoy leo en "La Nación": Polémica en la Iglesia
Piden debatir el celibato de los sacerdotes (http://www.lanacion.com.ar/EdicionImpresa/cultura/nota.asp?nota_id=990554). Creo que tarde o temprano, cambiará la discplina del celibato. Me parece que las posiciones negadoras a ultranza de esta posibilidad están condenadas al fracaso. En definitiva se trata de una cuestión meramente disciplinaria y si la autoridad competente lo varía no hay muchos argumentos que oponerle. Ahora bien, lo conecto con el tema del post en el sentido que precisamente un modelo a seguir sería el de las iglesias orientales y no obviamente el de la Reforma. Por otro lado, y dado que el tema del celibato será utilizado para querer introducir otro, el de la ordenación de mujeres, cosa que nada tiene que ver con aquél, pero en muchos sectores está "mezclado", la posición de la las Iglesias orientales es clara y definidamente opuesta a esta posibilidad a diferencia de los protestantes. Por eso el sector progresista trata de diseñar un ecumenismo orientado a las comunidades protestantes, siéndole absolutamente adverso el contacto con la ortodoxia. Lamentablemente, veo en la iglesia católica polarizado el tema del celibato entre progresistas y ultramontanos contrarreformistas que obran por reacción contra estos (es decir, quedan atrapados en su lógica). En este sentido parecería importantísimo sacar el debate de esas coordenadas e insertarlo en su verdadera dimensión, en la cual el diálogo con la iglesia oriental tradición puede ser una vía para solucionar la cuestión en forma en el espíritu de los Padres y la Tradición.

Pablo (Rosario) dijo...

Anónimo 15:18:

Difícil hacer pronósticos sobre un próximo Pontificado en lo tocante a la cuestión del celibato. No habría obstáculos de tipo dogmático para la Iglesia adoptara en Occidente lo que ya tiene establecido para las iglesias orientales católicas.

De todas maneras, pienso que si se aceptara la ordenación de hombres casados, tal medida no sería una suerte de blanqueo general de situaciones canónicas irregulares.

La ordenación de mujeres, en cambio, es un tema magisterialmente cerrado por Juan Pablo II.

Cordiales saludos.

Anónimo dijo...

Pablo (rosario): Si también aparentemente estaba cerrado el tema de la misa con la bula Quo Primun y vean lo que pasó.

Anónimo dijo...

Tengo entendido que la razón principal contra la abolición del celibato va por el lado de que se quiere impedir la creación de una casta clerical.

Bastante tenemos ya con el clericalismo.

Pablo (Rosario) dijo...

Anónimo 22:26:

Me parece que la comparación con la Bula Quo Primum, arroja demasiadas diferencias. Creo que Juan Pablo II cerró definitivamente con un acto magisterial solemne toda posible controversia acerca de la admisión de mujeres al sacerdocio ministerial.

Cordiales saludos.

Anónimo dijo...

Entiendo que la interpretación liberal e indiferentista de la libertad religiosa se explica, en parte, por la ambigüedad del texto conciliar. Pero creo que, al respecto, durante el Pontificado de Juan Pablo II hubo algunos cambios positivos:

a) Que el indiferentismo no puede sostenerse como interpretación válida, pues aparece claramente condenado en documentos como "Redemptoris missio" o "Dominus Iesus", entre otros.

b) Que la libertad religiosa en sentido liberal está puesta en duda si se lee bien el "Catecismo de la Igesia Católica" cuando habla del "deber social de la religión" y los límites a la libertad religiosa (que no pueden radicar en un orden público entendido de manera "naturalista", tal las palabras del CIC).

Queda, sin embargo, por reafirmar nuevamente la "tesis" del estado católico, que no es contraria a una sana laicidad, como bien lo entendía Pío XII. Pero eso supone romper con la aceptación del humanismo integral de Maritain o con la errónea noción de laicidad que esgrimen algunos teólogos. Empero, creo que con el párrafo de "Dignitatis humanae" que salva la "doctrina tradicional" y con el Catecismo, se puede seguir defendiendo lo esencial de la doctrina católica al respecto (y, obviamente, sabiendo que no se puede aceptar ninguna proposición contraria a la Tradición). Digo lo esencial, porque liberarse de cierta confusión entre lo espiritual y lo temporal que había y hay en algunos ambientes tradicionalistas, también es algo necesario.

No me parece justo, pues, hacerle decir a Juan Pablo II cosas que no dijo ni sostuvo. Sí reconocer que hay un largo camino por recorrer luego del problema causado por esa declaración conciliar, pero lo defendido en este curso objeto de debate (libertad, igualdad, fraternidad, laicismo, democracia, entendidas en clave "liberal") no parece que haya sido la postura oficial de la Santa Sede durante el anterior Pontificado. Que hay en Roma una simpatía por la democracia y los derechos humanos, es algo indudable...y que viene desde los tiempos de León XIII. Esa simpatía no implica adhesión a los errores del democratismo moderno, pero en tanto es simpatía por un régimen opinable, tampoco nos obliga en conciencia a los católicos. Y me atrevería a decir que se corre el riesgo de haber pasado de una indebida alianza del Trono y del Altar a una más peligrosa alianza del Altar y al Urna...Pero siendo un tema prudencial, que cada uno decida como mejor le dicte su conciencia. Lo que hay que defender es lo permanente: la necesidad de que el bien común inmanente se ordene al trascendente, que el orden social y político se configuren conforme no sólo a la ley natural sino también a la divno- positiva y que el Estado colabore con la Iglesia en promover la verdadera religión, con una distinción de poderes (sana laicidad) sin separación (contra el laicismo) y manteniendo el ideal del estado católico (evitando la "laicidad" de Maritain y del liberalismo católico en general)

Xavier de Bouillon

Anónimo dijo...

Anónimo de las 11:32: A veces no se puede hacer todo lo que uno desearía. Frente a la necesidad de proveer a la "salus animarum" los otros objetivos, aunque buenos y loables, deben ceder y subordinarse a ésta.

El Último dijo...

Estimado Wanderer:

Soy un asiduo lector suyto aunque por falta de tiempo para contestarle a su altura no me prodigo mucho en los comentarios.

Quiero decirle que suelo estar de acuerdo en muchas de sus afirmaciones pero que esta vez me parece que ha sido algo tramposo en su argumento.

De las palabres y/o acciones del cardenal Kasper, que no conozco en profundidad, no se puede generalizar lo que se infiere de su discurso: que hay un programa de fondo contra la verdad de la unicidad de la Iglesia. Y no se puede porque la Iglesia volvió a dejar claro, por si alguien le cabía alguna duda, en su declaración Dominus Iesus sobre cuál es la única Iglesia verdadera y sobre la especial cercanía a la comunión con los cristianos orientales.

Por último el CVII, aunque lo diga Kasper, y tampoco JPII, han hecho una aceptación o connivencia con la laicidad. Lo que ha hecho el CVII, claramente indicado en su constitución dogmática Lumen Gentium, es acomodar la inalterable misión de la Iglesia a un mundo secularizado. Lejos de renunciar a la misión ha ahondado en lo vital de la evangelización. Se trata de reconocer que existe la oveja perdida y tratar de buscarla para llevarla a Cristo y su Iglesia para que se salve. Se trata, pues, de reconocer que la cristiandad ha muerto, nos guste o no, y que hay que fijarse en la pastoral de la Iglesia primitiva pues vivía en un entorno pagano similar al actual (aunque ahora es peor pues es un mundo apóstata) para ser fiel a su misión evangelizadora.

No podemos seguir como en Trento donde todo el mundo pertenecía jurídicamente a la Iglesia pues no es verdad, hay que ser fieles a las fórmulas previstas por JC en el evangelio para ser un sacramento de salvación para el hombre impío. No es aceptar la laicidad sino saber como dar una respuesta a ella.

Con afecto.

Anónimo dijo...

A el último:

La única laicidad legítima es la que se ordene a Dios, a Cristo y a la Iglesia. Lo que antes se llamaba "Cristiandad". Que eso hoy no sea posible es algo para tolerar, no para elogiar. Renunciar a la instauración cristiana del orden temporal - que además es la misión específica de los laicos según el CVII - es caer en el error del laicismo o en el del estado laico- cristiano de Maritain, que es una laicidad errónea y no una "sana laicidad". Fe y razón, Gracia y naturaleza, lo sacro y lo profano, lo espiritual y lo temporal, la Iglesia y el Estado deben estar en armonía. No entenderlo así es interpretar el CVII de modo contrario a la Tradición y a la Fe de siempre. La hermenéutica de la continuidad debe aplicarse también en este tema. Recomiendo leer a Victorino Rodriguez O.P y a Fernando Ocariz. Creo que Pablo (de Rosario) podría ilustrarnos mejor al respecto

Xavier de Bouillon

Anónimo dijo...

Los textos magisteriales a los que me referí son los siguientes:

DIGNITATIS HUMANAE

"Ahora bien, puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo"

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

El deber social de la religión y el derecho a la libertad religiosa

2104 ‘Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla’ (DH 1). Este deber se desprende de ‘su misma naturaleza’ (DH 2). No contradice al ‘respeto sincero’ hacia las diversas religiones, que ‘no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres’ (NA 2), ni a la exigencia de la caridad que empuja a los cristianos ‘a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe’ (DH 14).

2105 El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es ‘la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo’ (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan ‘informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive’ (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, enc. "Inmortale Dei"; Pío XI, enc. "Quas primas").

..................................

2108 El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error (cf León XIII, enc. "Libertas praestantissimum"), ni un supuesto derecho al error (cf Pío XII, discurso 6 diciembre 1953), sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en materia religiosa por parte del poder político. Este derecho natural debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de manera que constituya un derecho civil (cf DH 2).

2109 El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI, breve "Quod aliquantum"), ni limitado solamente por un ‘orden público’ concebido de manera positivista o naturalista (cf Pío IX, enc. "Quanta cura"). Los ‘justos límites’ que le son inherentes deben ser determinados para cada situación social por la prudencia política, según las exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad civil según ‘normas jurídicas, conforme con el orden objetivo moral’ (DH 7).

Estos criterios hermenéuticos deben ser seguidos, sobre todo frente a enseñanzas que puedan ser más ambigüas. Como se ha aclarado recientemente lo del "subsiste en la Iglesia católica"....

Xavier de Bouillon

El Último dijo...

Tal vez la redacción de mi anterior comentario no ha sido correcta por eso matizo: Afirmo que ni la Iglesia, ni el CVII, ni JPII ni tampoco yo aceptamos o admitimos la lenidad o la connivencia con la laicidad.

Pero yo digo que la cristiandad ha desaparecido, esto es un hecho, no lo juzgo, Dios establece en su providencia las conyunturas, y ante este hecho la Iglesia tiene que ser fiel a su misión de llevar a los hombres a JC; es decir, de buscar a la oveja perdida. Esto no se hace con los esquemas verticalistas e inmovilistas de la cristiandad, muy buenos para esa época, sino con celo evangélico y disposición al martirio y humildad, mucha humildad.

Anónimo dijo...

Childerico, acepto su consejo, pues lo sé de buena cepa. Será que soy tosco, pero hay un deber viril que ni el anonimato debe soslayar. Disentir y discutir, con toda la altura que se pueda. Acusar y juzgar, o prejuzgar, no se lo permito ni a una mujer. Mucho menos a Némesis.

Lupus