miércoles, 5 de marzo de 2008

Implacable Lord Tollers




Como era de esperar, apareció Jack Tollers con su comentario. Quizás el mejor de los suyos. Imperdible. Impecable. E implacable.



Estimado Wanderer:
“In God we trust”. Como todos sabemos, la expresión se halla estampada en los billetes norteamericanos, y querría decir que el pueblo norteamericano confía en Dios. Ahora bien, nadie ignora que no es así, y que confían en el dólar, qué duda cabe. Y, sí señor, no tenga Ud. duda alguna: la idolatría está a la orden del día.
Porque no es tan fácil confiar en Dios. La Escritura lo recomienda una y otra vez y Cristo no dejó de pedir que confiemos en la Providencia, en Su Padre, en Él. Pero no es fácil, qué va a ser. Supone la fe, como bien se señala en la “Spe Salvi”, supone distinguir perfectamente entre el Reino de Dios y Su Justicia por una parte, y la añadidura por otra.
Lutero no confiaba en Dios. Confiaba en la Escritura. Calvino confiaba en la solicitación terrena. El mundo confía en el dinero. Los liberales en el progreso, los marxistas en el devenir de la historia, los progresistas en el espíritu del Concilio y los masones en los poderes ocultos. Los judíos confían en su destino de pueblo elegido y los musulmanes en Mahoma. Los escritores confían en el poder de su palabra, los artistas en su buena estrella, los políticos en la democracia y los pobres en el pai umbanda, el pai umbanda confía en sus pioladas. Y los yanquis, pobrecitos, en el dólar.
Pero los católicos... ¡mi Dios!... los católicos han puesto su confianza en su Religión, el ídolo más sutil, más eficaz, más mentiroso del mundo entero. Es -créase o no- Satanás disfrazado de Angel de luz.
Y esto ha sido posible porque se ha olvidado la gran verdad dicha hace siglos de siglos por Thomas Erskine:
“Aquellos que endiosan su religión,
tienen una religión
sin Dios”.
Y así es: lógica pura.
Esta tendencia que ya existía entre los católicos antes del Concilio, se vio agravada después. Antes, endiosaban a los curas, al régimen sacramental, al Papa y al agua bendita. Endiosaban el celibato y las órdenes religiosas, a las estampitas, la muela de Santa Apolonia y las imágenes del Sagrado Corazón, endiosaban a las peregrinaciones, a las novenas, al escapulario y a las devociones acumuladas, a las indulgencias, los Congresos Eucarísticos y a las prácticas reparacionistas. Se podría continuar indefinidamente. En todas estas cosas ponían su confianza al modo de los yanquis que creen confiar en Dios y confían en otra cosa.
Pero como digo, después del Concilio la cosa se agravó. Es que la gran estructura postridentina comenzó a derrumbarse viéndose progresivamente reemplazada por innumerables capillas católicas, más o menos ortodoxas, más o menos organizadas, más o menos grandes: el Opus, San Egidio, Comunismo y Desesperación, los Kukús, los Focolares, Miles Christi y un largo etcétera. Todas con características comunes, de entre las cuales sobresale esta de concitar una notable confianza entre sus numerarios, discípulos, fieles enrolados. Esa confianza se deposita un poco abstractamente en la capilla de su elección y bastante más concretamente en su Jefe. Tanto es así, que para estos fieles resulta inconcebible una fe verdadera si desapareciera la organización a la que pertenecen (no sé qué se van a hacer los Legionarios, ahora que recibieron tan gran palazo de Roma).
¿No me creen? Hagan la prueba. Pregúntenle a alguno por allí, ¿y si desapareciera el Opus, qué te harías? La respuesta no se hará esperar: eso es imposible. Tal la confianza que tienen. Yo pongo mi esperanza en... Escrivá, Buela, Giussani, e vía dicendo.
Es una confianza, ciega, incondicional, obtusa, infinita. Es una confianza que resiste cualquier análisis, cualquier signo, cualquier derrota. Es una confianza obstinada, persistente, incólume, firme, generosa, impúdicamente alegre.
Esa confianza es el combustible de estas sectas católicas y se la cultiva con todo cuidado, guay del que se quiera ir, separar, disentir. Equivaldría a una apostasía. Sería una infidelidad, sería como alejarse de Dios. Y ante la menor duda, te corren con eso.
Pero no deja de ser una estupidez, estimado Wanderer. Además de una franca violación del Mandamiento Primero. Porque quien endiosa a su religión, tiene una religión sin Dios.

Jack Tollers

14 comentarios:

Pablo (Rosario) dijo...

Siempre he pensado que la lectura meditada de Newman es una de las mejores catarsis cristianas que pueden hacerse. Ayuda, como pocos, a expulsar elementos nocivos al organismo espiritual del lector. Copio algunos párrafos –con modificaciones- de alguien que, desde una visión newmaniana, puede ayudarnos a comprender mejor el problema de las instituciones eclesiales y su tendencia a la absolutización.

Cordiales saludos.


Sabemos que el ser humano tiene una dimensión dialogal, propia de su naturaleza. Pero esa dimensión dialogal humana tiene como presupuesto la comunidad de cultura de las personas que participan en el diálogo. La cultura común es la que proporciona a los hombres que dialogan el mismo lenguaje, los mismos valores, las mismas referencias, la misma historia, las mismas perspectivas y, en definitiva, el ámbito común para su existencia interpersonal.

Una cultura buena es aquella que sitúa a sus miembros en condición adecuada para que puedan mantener un diálogo rico y profundo, que los ayuda en la búsqueda de su perfección última.

Sin embargo, pueden darse también situaciones culturales en las que los elementos de la cultura no se presenten como condiciones de posibilidad para la dimensión dialógica, sino que pretendan erigirse en una instancia última. Hay en efecto, mundos culturales muy intensos y abundantes de contenidos que no facilitan la existencia propiamente personal, sino que tienden a diluir a la persona, dándoles todas las respuestas, y todas las pautas de acción, de manera que la libertad y la conciencia, quedan abolidas en esa cultura. El ejemplo contemporáneo más expresivo de lo anterior tal vez sea la Alemania del Tercer Reich.

Lógicamente, lo que se ha dicho sobre los ámbitos culturales más extensos, es aplicable también a los ambientes profesionales, culturales, universitarios, políticos o religiosos, en los que los miembros comparten rígidamente las mismas opiniones, reconocen acríticamente las mismas autoridades, las mismas simpatías y antipatías, adoptan las mismas pautas de actuación allí donde cada uno podría y debería actuar más personalmente.

Estas pretensiones de absolutización se dan con especial fuerza en las instituciones de tipo explícitamente religioso. En efecto, si en las instituciones culturales de amplia influencia, aparece siempre el riesgo de la absolutización y de la divinización, aún cuando estas culturas tengan un ámbito propio de carácter profano, cuando las instituciones tienen un carácter explícitamente religioso, la tendencia a arrogarse cualidades divinas, es lógicamente mucho más fuerte y explícita. Ya no es que la vigencia de la propia cultura tienda a fundamentar una religión, sino que, en el caso de las instituciones explícitamente religiosas, se encuentra ya una religión comúnmente aceptada en la que apoyarse. En cualquier caso, lo decisivo es que estas formas institucionales explícitamente religiosas se encuentran particularmente inclinadas a concebirse a sí mismas garantizadas en sus elementos por el mismo Dios y, por eso mismo, capacitadas para exigir a las personas un sometimiento absoluto en todos los ámbitos.

Cuando la institución religiosa en vez de ser medio para la relación con Dios, de hecho tiende a sustituirlo, se absolutiza. Al hacerlo, ofrece la ventaja de dar a las personas un substitutivo, más o menos explícito, de la relación teologal. Esto es aparentemente una gran ventaja, pues la relación teologal, es decir, la conexión directa personal con Dios, no es algo controlable, ni se puede garantizar desde la posición humana. Si la relación con Dios se une de manera unívoca con una relación humana, material, el deseo de seguridad que todos tenemos queda satisfecho. Por eso es tan fácil que las personas cambien la relación teologal por una relación institucional, de este mundo.

Pero esto lo hace al precio de atribuirse a sí misma las características de lo que solamente corresponde a Dios. Éste es un riesgo grave de deformación en la vida religiosa de las personas. Quien ha sustituido la relación teologal por una relación institucional religiosa, no está alcanzando propiamente a Dios, sino a una institución absolutizada. Entonces la piedad ya no es medio para acercarse a Dios, sino una práctica concreta que se puede esgrimir como mérito para la seguridad personal. La oración ya no es hablar con Dios, sino una práctica llena de determinaciones materiales (puntualidad, temas, duración, lugar, posturas).

La relación teologal no puede substituirse nunca por la relación institucional. Como hemos repetido, la misma Iglesia, que tiene tantas garantías dadas por Jesucristo, distingue nítidamente entre lo que en ella es institucional, y la relación directa con Dios.

Los individuos institucionales no son "hombres buenos", sino más bien hombres cumplidores de reglamentos, por los cuales no dudarán en atropellar a las personas. Son gentes que viven en el ámbito de lo normativo y general, y carecen de sentido de la singularidad de la persona.

Cuando lo institucional se absolutiza, la vida moral toma como punto de referencia la institución. Ésta será el absoluto que reclama la aceptación incondicional. Hacer el bien será sobre todo contribuir al funcionamiento de la institución, y el mal será ante todo tratar a la institución sin considerarla absoluto. Cualquier juicio sobre ella, o cualquier crítica a alguno de sus elementos, será considerado como ofensa a lo absoluto.

Anónimo dijo...

Ludovico dijo

Excelente, insuperable Tollers. Que ha formulado con precisiòn lo que todos pensamos cum turpitudo.
Ahora, ahondando en su anàlisis, ¿què es lo que lleva a esa entrega de la fiducia a una persona y a una instituciòn, atribuyèndole lo que sòlo a Dios pertenece, i.e. cayendo en idolatrìa?
Pues la bùsqueda de seguridad. La resistencia a abandonarse a la intemperie de la fe, a pegar el salto mortal de desprenderse de todas las certezas humanas y aferrarse exclusivamente a Dios. De modo que, parafraseando a Chesterton, el que confìa en otras cosas ademàs de Dios, termina por confiar en cualquier cosa menos en Dios.
La bùsqueda de seguridad de la criatura asentada incestuosamente sobre sì misma (sobre su raza, su ideologìa, su orga, su "fundador")es la madre de la idolatrìa tanto como de la avaricia.
Ahora bien: existe un tipo de persona, que con mèrito de ella misma o sin mèrito, Dios lo sabe, repele biològicamente estas seguridades, estos incestos, estas autocomplacencias onanìsticas. Es un tipo humano dotado de espìritu crìtico y de devociòn, de fe y de aguda razòn, de amor a la Patria y de sano individualismo, de espìritu de orden pero tambièn de sed de justicia. A veces ocurre que se toma demasiado en serio la fe. Le toma la palabra a Cristo( Kierkegaard, Newman, Castellani). A veces, se muere de asco (y literalmente de hambre) ante la sociedad y la Iglesia burguesa (Bloy). Cuando este tipo de personas ingresa, para su mal, en una secta, o se topa con el idolito del fariseìsmo o de la orga, ay de èl. Y si tiene la fortuna y la viveza de jamàs entrar en una instituciòn que le exige dejar la inteligencia, la dignidad o su propio señorìo en la puerta a cambio de comodidad y certeza de que ya està salvado, què coruscante sentimiento de indignaciòn siente, que bronca(mezclado eso sì con un poquito de culpa- porque ningùn sectario se priva de la acusaciòn de "resentimiento" "acidia" "mal espìritu" "estar contra la Iglesia" "ser anti-por-sus-frutos-los-conocerèis") cada vez que toma conocimiento de los desastres de estas organizaciones. Hoy mismo, sin ir màs lejos, en el diario de hoy.

Don Pelayo dijo...

Muy bueno el post. Hago la salvedad que no todos y cada uno de los miembros confían en su jefe de esa manera. Los hay que confían en Dios, se lo puedo asegurar. Al menos en el Opus, los Legionarios y en Miles.
Sólo tengamos en cuenta, a modo de examen de conciencia cuaresmal, si no estamos endiosando a alguno que no sea Dios. Se llame ese falso dios "nuestros brillantes posts", Jack Tollers, The Wanderer, Cruz y Fierro, yo-el-único-que-la-tiene- clara y una larga serie de posibilidades.
Pero repito: lo escrito es brillante y lamentablemente es la tónica dominante en esos grupos (más allá de las excepciones como puse arriba).

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

con todo respeto Don Pelayo, su comentario me parece un poco ridìculo. Me recuerda a un artìculo criticado hace poco en el New Oxford Review, donde se decìa que existìa el riesgo de "idolatrar" a la Misa Tridentina.
Que quiere que le diga, no se me ocurrirìa guardar un pedacito de uña de Tollers para cuando lo canonicen. Ni poner en el Estatuto de una Orden religiosa que el objetivo de la pertenencia a la misma es conformarse con la mente de Wanderer. O establecer que no puede hacerse crìtica ni en el fuero externo ni en el interno a ninguno de los posts de este sitio.

Cruz y Fierro dijo...

Excelente lo de Tollers y lo que nos copia Pablo. Gracias Wanderer, una vez más, por este espacio.

Don Pelayo: Entiendo lo que dice, aunque ciertamente creo que me queda el sayo demasiado grande con esa compañía.

Me pregunto si "nosotros" (yo en primer lugar), los que nos mantenemos equidistantes de movimientos postconciliares, fraternidades preconciliares, parroquias y curias, no corremos el riesgo de pecar de soberbios.

Don Pelayo dijo...

Ludovicus,
Disculpas por lo no claro de mi mensaje. Cruz y Fierro me entendió bien al decir "los que nos mantenemos equidistantes de movimientos postconciliares, fraternidades preconciliares, parroquias y curias, no corremos el riesgo de pecar de soberbios".
A eso me refería.

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

de acuerdo Pelayo.
Sòlo creí percibir en su comentario cierto cuestionamiento hacia el fundador del foro, lo que denota mal espìritu y una independencia de criterio rayana en la desobediencia

Anónimo dijo...

La tesis esencial de Tollers es correcta y arroja luz sobre un problema muy real del catolicismo actual. El artículo que nos envía Pablo ayuda a encuadrar mejor el asunto. Pero conozco muchos católicos que pertenecen o tienen relación con alguna de las instituciones nombradas, sin que padezcan ese problema. Entiendo que cuando la relación con Dios y con la Iglesia ha pasado o pasa exclusivamente por una institución - la que sea - el peligro es mayor. Pero la experiencia me indica que no se puede generalizar. Y que mucho influye en cada caso la formación, la vida espiritual, la libertad interior, la personalidad...De todos modos y en lo que hace a mi caso - ¡la subjetividad que decía Castellani! -, la desvinculación formal con una de ellas no ha afectado mi Fe. Y la mirada relativamente crítica que tengo de algunos aspectos - no fundacionales - de la misma, no me ha impedido conservar una excelente relación con esa institución y con muchos de sus integrantes, que saben bien de mis reservas. Si sabemos y procuramos vivir conforme a lo "único necesario", lo demás - saber poner cada cosa en su sitio o sacarla del medio, si es lo que cuadra - sale con mayor facilidad. Ahora, es más cómodo - y más dañino - encerrarse en la falsa seguridad que da la primacía de lo institucional sobre lo teologal...Y esa tara no se arregla con recetitas prefabricadas...

El problema es muy serio, pero como dice Cruz y Fierro ojo con la soberbia que puede auto- encerrarnos en nuestra propia secta

Xavier de Bouillon

Anónimo dijo...

¡¡¡¡Cómo se autoelogian!!!!!
Ojo que no es para tento y me suena que se la creen: "Nosotros somos los buenos..."

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo

No, nosotros somos los malos. Y temblamos porque la tenemos clara...

Anónimo dijo...

¡Que vuelva el vengador Kukú!

CHESTERTON dijo...

Que tul estimados?

En primera instancia, y aunque no vale la aclaración puesto que es evidente, carezco de los conocimientos de teología, y humanidades afines de los que aquí se ventilan mediante sesudos razonamientos silogísticos escolásticos de fines de la Edad Media, la Edad de la Fe para ese entonces, hace rato que había terminado.

Una cuestión es tomar unos buenos anteojos y pensar que nuestra visión se asemeja a la de un halcón, y contemplar desde allí a la barbarie cartesiana, kantiana, hegeliana, nietzscheana y demás derivados modernos-positivos.

Allí sí, vienen bien esos razonamientos silogísticos, mediante los cuales podemos refutar a la barbarie y enfrentarnos al mundo, al menos en el ámbito académico, como bien vio ese zurdo de Gramsci. El “como” en cuanto a la metodología, es otra cuestión que no viene al caso plantear aquí.

Lo que quiero decir es esto:

Si utilizamos los mismos anteojos para contemplar el “accionar” de nuestros hermanos, en vez de una mirada de halcón, corremos el riesgo de volvernos filósofos de patio de comidas de Coto, o buitres carroñeros que sobrevuelan al “sujeto” porque lo ven renguear, o caminar torcido, y quizás, sin darnos cuenta por nuestra miopía, no veamos que ese “sujeto” renguea porque esta ayudando a alguien al que “le cortaron las piernas”.

Digo, yo también puedo criticar algunas cosas al Opus, o de quien sea, pero sé que algo hicieron (y me consta) y me pregunto: “¿yo que carajo hice?”.

Para concluir, si de sectas se trata, les recomiendo la lectura de estos comentarios y variados post’s, tratando de captar su significado desde la mirada de un bárbaro moderno, quizás entonces se den cuenta que uds. también entenderían a los bárbaros si se les ocurre culparnos por otro incendio de Roma.

Bah, después de leer a Tollers y Wanderer, como católico, les confieso que casi me dan ganas de rociarme con nafta y prenderme fuego.

G. K.

Pablo (Rosario) dijo...

Estimado Chesterton:

Me preocupa que a Ud. le den ganas de hacerse bonzo después de leer a los amigos Wanderer y Tollers. ¡Háblelo con su confesor!

Como católicos, si no podemos digerir la Parábola del trigo y la cizaña, estamos fritos. Claro que para poder necesitamos de la ayuda del Señor.

Si hemos leído a Chesterton, deberíamos recordar que nuestra Religión está repleta de paradojas.

Y con las paradojas no basta: «Hay que "sufrir tentación" en esta vida. (…) no solamente por la Iglesia sino también por parte de la Iglesia.» (Castellani). La fe, es así..

Saludos.

CHESTERTON dijo...

Estimado Pablo:

Ojala eso del “trigo y la cizaña” fuera tan simple de distinguir. En lo personal, lo considero algo muy complejo, es por esa cuestión que trato de hacer la distinción entre aquellos que viven en la Civitas mundi, y aquellos que (quizás con errores) tratan de acercarse a la Ciudad de Dios.
Juzgar el accionar de ambos desde la misma mirada, me hace pensar que algo se nos esta …escapando, o dejamos al margen de nuestra consideración.

Bue., eso lo digo no desde el “origen” de ese accionar (como puntualiza Tollers en su alusión a medallitas, iconos, etc.), sino desde el “hacia allá vamos”, el “a esto es a lo queremos llegar”. ¿Quién dijo que era sencillo apacentar nuestra alma en la “llanura de la Verdad”? ¿Quién no se va a equivocar en semejante travesía hacia esa comarca?

Por eso, aquello del “Implacable” con que W. adjetiviza a T. , me hace coincidir con C y F., en su pregunta y propia recriminación.

Un cordial y humilde saludo.

G. K.

Pd. : Hay muchas maneras de “prenderse fuego”, de eso sabían Sócrates y Soren, al primero le dieron la bebida venenosa, a Soren lo caricaturizaron. Eso es lo que nos espera a nosotros, en cualquier ámbito de interrelación social, en el laburo, en el facu, en el favor de las niñas y siguen las firmas. Su confesor no se lo dijo, porque de seguro pensó que ud., ya lo sabía.

Le recomiendo "Las catacumbas de hoy" de Caturelli.