sábado, 28 de junio de 2008

La irresistencia del incienso quemado


El Athonita, quien en un ataque de humildad adoptó el prefijo "pseudo", aceptó el reto de explicarnos el problema del mal.

Destaco dos aspectos: 1) La defición clásica y archi-conocida de que el "mal es la ausencia de bien", es muy linda y muy cierta pero, convengamos, no resuelve el problema. Es una explicación insuficiente. 2) La importancia y necesidad de la literatura para comprender los problemas del hombre y del mundo.





"Mantén tu espíritu en el infierno,
y no desesperes".
San Silvano, el (auténtico) Athonita


El dolor y el horror y la sórdida malicia son presencias reales sobre la faz del orbe.
Que el rimbombante “impossibile est quod malo sit aliquid” con que arranca el Aquinate sus XVI quaestiones sobre el Mal no nos apuren.
El mal está vivo, y si es ausencia, pues será la hiriente y lacerante presencia de esta ausencia. Presencia activa; presencia operante; presencia que en permanente actividad, busca horadar, busca socavar, erosionar, avanzar, como un mar embravecido sobre la tierra firme.
Es que el intervalo que va del Gólgota a la Parusía no es justamente tiempo de calma ni mero preludio o compás de espera a lo Definitivo.
Es batalla. Y batalla campal. Mors et Vita duello... a la sombra y pulso de la Agonía de Cristo, y hasta el fin del mundo.
Sí. Es la muerte misma la que sigue viva, la que –si bien herida de muerte- ronda buscando a quién devorar. El texto petrino sabemos como remata: resistidle firmes.
Pero es propio de la Lectura divina habilitar la danza de la “analogia fidei”, permitiendo que la Escritura entera reverbere y refracte sus armónicos... Y así las cosas, ante el rugido de este maldito León cabe una alternativa a la prosaica resistencia.

Y es la irresistencia.

¿Al león, al mal, al pecado?
No. Al rugido. Al dolor y al horror, y a la viva muerte. Que en el mundo están a causa del pecado –y sólo del pecado- pero que no son el pecado.

¿Qué procura la irresistencia?
Absorber el mal.
Absorberlo, neutralizando sus efectos.
Como un contrafuego detiene el incendio.
Como un paragolpes evita que la fuerza destructiva se traslade.
Como un pararrayos procura “hacerse cargo” de la furia del relámpago.

Así Cristo –y los de Cristo- ante el Malo, ante lo malo y ante los efectos de toda maldad.
Lo del Señor nos suele ser sabido (aunque agravia a la magnitud del Misterio decirlo así). Él murió por nuestros pecados. Y mientras nos arremolinamos en torno al alcance del multis, podemos distraer la densa valencia del diminuto “pro”, que no agota su sentido en ser “en favor de” sino que refiere a la vez a un escalofriante “en lugar de”. (Barrabás significa Bar-Abbá...).
Y en tal sentido dirá san Pablo que Cristo “se hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21).
Cristo, el Chivo expiatorio, cargado con el pecado de todo el campamento, es sacado fuera de la ciudad, para consumir e incinerar en sí el mal de todos (Dionisio el Cartujo).
Los términos más técnicos del caso son: “víctima propiciatoria” y “sustitución vicaria”. (Al margen: para quienes aún crean que esto es invención de Lutero, o peor aun, de von Balthasar: “id y aprended qué significa” el castigo sustitutivo de Cristo, la Ira divina descargada sobre el Inocente en Orígenes, en Gregorio de Elvira, y sobre todo en Juan Crisóstomo. Y si la Patrística asusta, que lo escuchen el Doctor Común: Vere maledictus a Deo (Super Gal C3,1,1.).

Quien más, quien menos, todos “manejamos” este vertiginoso dato de fe respecto a Aquel que por Commercium se hizo Maldito por nosotros (Ruperto de Deutz).

Pero nos llega el turno.
Como Cristo, los de Cristo... repite cual una estribillo la Patrística entera de Saliente a Poniente.
La reducción posible es ponderar aquel completar en nuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo entendiendo “carne” por “cuerpo” en vez de ofrecerle el alcance que tiene en la economía de la Encarnación, donde el Verbo se hace enteramente Hombre. Pero más todavía que esto, puede reducirse este munus, este ejercicio de “involucramiento redentor” como un prolijo ofrecimiento de sacrificios voluntarios que unidos a la Pasión de Cristo redundan en frutos de gracia para el Cuerpo eclesial.

Y esto es cierto, pero incompleto.
Quien se planta en este topos y demarca allí los límites del Misterio redentor, delata el vano intento por domesticar lo divinamente indomable: la Locura de Dios, al decir de los rusos.

Completar en la carne también debe afrontar la doble valencia del “pro”, y tomar parte en este “hacerse pecado” por los demás. Dejar que la Ira divina se descargue sobre nosotros (habría que volver a leer el famoso “De ira Dei” del viejo Lactancio o el “Agnus Dei” de Bulgakov...).

He aquí la irresistencia en cuestión.
La que nos habilita a participar del Misterio más abisal de Cristo que mata en Sí la muerte en la estricta medida en que la asume y la vive (san Ireneo dixit). Y la vive por dentro –sin ficciones tertulianas- hasta los últimos subsuelos del Abismo infernal, que socava y desfonda desde adentro y no por un decreto de amnistía firmado desde la serena diestra del Padre. “¡Ven, Adán, salgamos de aquí! -canta un antiquísimo texto- Yo he pagado tu deuda”.
El Cordero quita el pecado del Mundo, porque el Cordero carga el pecado del Mundo. Y así, Cordero mata a León.

¿Y nosotros qué?
A nosotros se nos concede la inmerecida gloria, el inmerecido honor y privilegio, la desmedida misión de tomar parte en esta sustitución vicaria, para completar en nosotros esta tarea de cargar el pecado, de absorber la malicia, el horror y la muerte rondante.
Hacerlas propias. Apropiarse la pena ajena.
Todo el horror del mundo: en uno.
Comerlo. Comulgarlo.
Y en una suerte de implosión interior (cual un caballo de Troya invertido), ver cómo la piara de cerdos endemoniados se despeña en las propias entrañas...

Claro está: no nos atañe ejercer esto desde la Inocencia del Señor, sino desde la propia miseria. Nuestra es la libertad para aceptar como “añadidura” a nuestros cotidianos atropellos, a nuestros enquistados vejámenes, a nuestras diarias incineraciones, todo el horror del orbe, toda la pestilencia demoníaca. Y beber hasta las heces la negra espuma del pecado del Mundo.
Que lo diga sino Juan de la Cruz: “cuando esta purgación (libremente asumida) aprieta, sombra de muerte y gemidos de muerte y dolores de infierno siente el alma muy a lo vivo, que consiste en sentirse sin Dios y castigada y arrojada e indigna de Él, y que está enojado, que todo esto se siente aquí y le parece que es para siempre.”

El Kyrie Eleison sin orillas en el “in altum” de la oración continua no es más que la prolongación y el eco en el hoy, del infatigable Orante del Madero, buscando aplacar la Cólera divina desde un “yofuismo” tan vicario como genuino.

Tal vez hasta mejor que la misma teología, este Misterio de la sustitución vicaria ha sido magníficamente expresado por algunas joyas de la Literatura cristiana. Se me vienen a la cabeza –o al corazón- una docena de personajes... pero me ciño a dos: Violaine Vercors y William Callifer.

Ella es la protagonista de la obra cumbre de Paul Claudel, “La Anunciación a María”. Ella es la pura, la inocente; pequeña y perfumada como la flor a que alude su nombre. Pero ha aceptado quedar cubierta de lepra hasta la ceguera, y hacerse cargo –por la lepra y el leproso libremente besados- de toda la carroña del Mundo. Y no por una mera coyuntura. Sino por irreemplazable vocación. Se trata de la vocation de la mort, comme un lys solennel, -como se dirá al final de la obra.
Ella es la víctima inocente que inmola su cuerpo y su alma para la salvación de su familia, de su tierra, de su patria y de la Cristiandad (dividida por el cisma). La lepra, la ceguera, la pestilencia y el aislamiento conforman el idioma de la culpa y pena asumidas, que van consumiendo por dentro su ser y cumpliendo allí “toda justicia”...
Ya al final de la obra, agonizante, colocada -cual hostia viva- sobre la mesa familiar, le preguntarán al padre qué es lo que ella ha concebido en su seno. Y él dirá: “todo el inmenso dolor de este mundo en torno a ella, y la Iglesia partida en dos, y la Francia...”

(Marginalia: ya en “La Ville” Claudel le hace decir a Besme: “yo, solo, soporto sobre mí la carga de toda la muerte, la maldición total de todo hombre y de todo ser viviente”. Habría que leer (¡y traducir, amigo Tollers!) de Claudel: su “Introducción al Apocalipsis” y “El libro de Job”...)

Sí. Como Cristo sobre la Cruz, Quien “como levadura inextinguible no cesa de operar sobre las tres medidas de harina”, así este pan bendito de la vida de Viollaine, consumida y quemada por la lepra hasta sus fundamentos. Dios ha hecho de su violeta un ser nauseabundo, portador de la más concentrada pestilencia del mundo... ante quien se esquiva la mirada por su horrorosa deformidad...
Deformidad que se desfonda en sus propias entrañas en aquella escena escalofriante en la cueva de Géyn: su hermana Mara, llena de furia y rabia, le lleva al leprosario a su hijita muerta, a quien Voilaine resucita con la fuerza vital de la muerte que le acecha su hermana, quien la mata por odio y envidia. Y la niña rediviva, que era de ojos negros, resucita con el mismo azul de los ojos de Voillaine, que se cierran para siempre.
Sólo lo de-forme trans-forma (por acá va lo de la belleza salvífica, tan mal entendida...).
Tres frases fuertes en la obra van jalonando el argumento:

“Poderoso es el sufrimiento cuando es tan voluntario como el pecado.”

“Dios es avaro y no permite que ninguna creatura sea encendida sin que en ella se consuma un poco de impureza: la suya o la que le rodea, como la brasa del incensario que se atiza.”

“Y en verdad que la calamidad de este tiempo es grande. No tienen padre. Miran, y ya no saben dónde está el Rey y el Papa.
Por eso, he aquí mi cuerpo en actividad, reemplazando a la Cristiandad que se disuelve.”


¿A qué santo toda esta verba?
A la valiosa inquietud de un anónimo del penúltimo post, la válida y precisa no-respuesta de Pablo de Rosario y el “truco” que me cantó Sir Wanderer.
Y aunque sin cartas, es este mi “sí, quiero”. Y mi retruco, para desafiarnos a todos a “wanderiar” desde el por-qué al y-yo-qué.
Ante el mal, se eclipsa y silencia el por qué. Pero de tal silencio emerge (o desciende) la pregunta que explica estas letras: Y yo, ¿qué puedo hacer?
Si todos quemamos un poco de nuestro incienso en la brasa de la Ira divina, Rocío vivirá, y vivirá para alabar al Dios que sabe hacer del centro de todo Gólgota, la Fuente del nuevo Paraíso.

Ajustando un poco –y otro poco- unos versos de Hölderlin, nos queda algo así como:

¿De dónde proviene el rocío?
¿Lo irrita y destila el cielo
desde su oscura lejanía?
¿O es la no menos sombría
entraña de esta vida
quien la exuda sobre el suelo
a la aurora de cada nuevo día?
Tal vez sea,
que cuando en secreto
cielo y suelo se besan heridos:
vuelve (el) Rocío a la vida.

En fin y al margen: no veo que atente contra el Evangelio pedir la pena capital para Mauro Schechtel. Sí lo vería, si no fuéramos capaces –como la Petit de Lisieux- de privarnos del agua hasta no cerciorarnos que “el Perdido” haya besado el crucifijo antes de su ejecución.

Como asume san Pablo (2Cor 4,12), que en nosotros crezca y opere la muerte, para que en ella crezca y verdee la vida.
Para eso, ante la roja brasa del atizado incensario: irresistamos firmes en la fe.


El Pseudo-Athonita
pd: Creo que mejor a Callifer lo dejamos para otra vez.

8 comentarios:

Natalio Ruiz dijo...

Etimado Wanderer:

Dice Castellani, hablando del mal en las conferencias sobre el pensamiento de San Agustín, que nunca debemos olvidar que el mal siempre es privación (no tengo la cita textual) y que siempre tenemos que partir de ahí. Utilizo esa cita porque se trata de alguien que nunca podrá ser tildado de ucatomista. No sé qué problema no resuelve eso, a mi juicio lo resuelve todo. Lo digo más por su comentario introductorio que por los dichos del Athonita (que pueden tener dos lecturas). Cualquier modo de darle entidad autónoma al mal es una burda simplificación del problema, caricaturizado en su tiempo por Manes y rebatido por completo por San Agustín. Por último con relación al tema, no hay que confundir al demonio sin más con el mal.

En cuanto a su comentario 2, de acuerdo por completo y es algo que suele olvidarse hoy.

Wanderer dijo...

Natalio: Lo mío no es una crítica a la clásica definición de mal y, muchos menos, postular su existencia autónoma. Lo que he querido decir es que la definición podrá ser más o menos clara y tranqulizadora intelectualmente pero, existencialmente, dice poco y nada. Pregúntele, sino, a Aliosha.

Anónimo dijo...

Excelente post. Se agradece sinceramente a su autor por el tiempo y esfuerzo dedicado ante el comentario de un simple navegante anónimo, a una entrada que nada tenía que ver con el tema. El post dice mucho y mucho dice también el mismo hecho de haberse tomado el trabajo de escribirlo.

Anónimo dijo...

Te prometo, que no entiendo nada.

Natalio Ruiz dijo...

Estimado Wanderer:

Hoy le afino la cita (era del libro San Agustín y nosotros) y, contestando su comentario, le transcribo otra del mismo libro: "San Agustín dio la única solución posible al problema del mal. -Yo la he leído y no me convence esa solución- Pues no hay otra mejor, hasta que la muerte nos libere del mal; es decir, de ella misma". (Cap. IX, pág. 169) Después sigue analizando el diálogo que precede al Gran Inquisidor (me parece que contesta sus dos puntos).

Eso por parte de Castellani, mi opinión sobre el asunto la puse directamente en mi blog porque era demasiado larga y aquí ya se había ido el tema. De todos modos, está de más decirle que siempre será bienvenido por esos espacios cibernéticos. El post está en http://hombrecitogris.blogspot.com/2008/07/wanderer-el-atnito-y-el-mal.html

Natalio

Mary Lennox dijo...

Mortal pero genial el comentario. Asusta también, pues para hacer tamaño sacrificio se necesita tamaño amor!! Misterio es para mi como logran hacer esto los santos que lo han hecho! uno sabe que es el amor, pero hay Madre Santa!! el pensar tan solo en esta posibilidad a uno le hiela la piel, y como buen Hobbit desea quedarse en casa antes que emprender el viaje y la aventura de llevar la carga. Sin embargo es cierto lo que pone en una sola linea, la alternativa a los que somos pequeños: Si no podemos quemar en nosotros al mundo ofrescamos lo que hay de mundo, de miseria en nosotros. Quizas mas chica es la tarea, pero sigue siendo ya dificil, e importante.
Pero a todo esto, nos falta agregar algo que una profesora, que aunque es UCAtomista(perdon no pude resitir la tentación de la broma)es buena mujer,nos solia decir en clase: la graaaacia chicos!. Tanto para ofrecer nuestra miseria, como ofrecernos a tomar la miseria del mundo a imagen de Cristo sobre los hombros, necesitamos la GRACIA sin ella no podemos avanzar por mas disposición y buena voluntad que tengamos de cargar con nuestra Cruz o la del mundo. Es en la gracia de Dios que podemos perseverar en la fe, y es por la gracia y el don de Dios que podemos volver a ser imagen de El incluso en el cargar la Cruz.
POr ello no solo la invitación es a irresistir el mal sino a rezar, para poder conseguir la gracia de resistir e irrestir al mal de acuerdo a la vocación de cada uno.
Un saludo en Cristo

Anónimo dijo...

Y Callifer? Para cuándo?

Anónimo dijo...

Wanderer: Perdone la ignorancia, pero ¿a qué obra pertenece William Callifer? Así la leo.