miércoles, 14 de enero de 2009

Aburrimiento romano



Pablo de Rosario nos envía un texto muy interesante, y asombroso por sus coincidencias con la época actual: la decadencia y el aburrimiento romanos.

HEDONISMO Y DIVERSIONES EN EL IMPERIO ROMANO *

 La sociedad romana llevaba en sí esa enfermedad incurable de las civilizaciones decadentes: el repudio del trabajo y el ansia de placeres. Todo lo que intentaba parecía empapado de esa amargura particular que late en el fondo de todas las voluptuosidades excesivas; el hastío carcomía sus fibras más profundas.

 El romano había renunciado a toda participación en la dirección de sus destinos políticos, sacrificio que le dolía bien poco; ya que no tenía el vigor moral necesario para interesarse por la cosa pública; de muy buena gana dejaba su dirección al que tenía ya sus cargas, con tal que, por su parte, pudiese saborear en paz los únicos bienes que pedía al Estado: la seguridad de la vida privada y el goce tranquilo de la mayor cantidad posible de placeres. Esto era lo que se entendía por felicidad romana; no se la concebía sino bajo la forma del placer, y éste había llegado a ser el objeto de todas las existencias. Los goces múltiples que en una sociedad envejecida destilan, como veneno embriagador, los diversos órganos de la vida pública, eran el atractivo principal, y aun el único, de la existencia de multitud de seres humanos. Esta religión del placer era universal: grandes y pequeños la practicaban con la misma devoción, con análogo olvido de los intereses superiores del individuo y de la sociedad.

 La vida privada estaba profundamente alterada, las antiguas virtudes domésticas eran cada vez mis raras. Se rehuía la vida conyugal, y continuamente se veía aumentar el número de los solteros licenciosos, para quienes los goces de la paternidad no eran compensación suficiente de sus fatigas y cuidados. El matrimonio había perdido su dignidad, junto con la pompa imponente de sus ritos. Los que lo contraían no respetaban ya sus vínculos, y los rompían bajo cualquier pretexto, o los violaban, aun en los brazos de sus propias esposas. En la casa romana, convertida en abrigo silencioso de los placeres sensuales, había cesado de resonar  con el murmullo gozoso que entonan en el hogar doméstico los hijos.  El abandono de éstos continuaba despoblando el campo y la ciudad, al mismo tiempo que proveía de carne humana a los antros de los gladiadores y a los tugurios de las prostitutas.

 «Un pueblo que se divierte ––decía un histrión a Augusto–– no se amotina». Inerte y lánguida, Roma, se volvía en febril espera hacia el que presidía los destinos del Estado y que debía asegurar la satisfacción de las necesidades públicas; todos consideraban al Emperador como el proveedor obligado de los placeres de la multitud, y hasta él mismo juzgaba suya tal misión, pues su propio interés le impulsaba a animar todo lo que hiciera olvidar al pueblo la vida política. La diversión del pueblo era una institución estatal, y acabó por determinar la creación de magistratura especial: el tribunado de placeres públicos.

 Todo servía de pretexto para los goces materiales. De la satisfacción de una necesidad de limpieza habían pasado a ser las termas ocasión de las voluptuosidades más refinadas. Estos opulentos palacios de la molicie contenían todo un arsenal de placeres. Y de las termas, los romanos iban a terminar el día en los espectáculos públicos, cuya fascinación era aun mayor. Es difícil dar una idea del furor, digamos del fanatismo, de la plebe por sus juegos favoritos; éstos la consolaban de sus vergüenzas y le hacían olvidar su servidumbre. El anfiteatro y el circo eran 1os verdaderos domicilios del ciudadano romano: allí comía, allí dormía la siesta, allí trataba sus asuntos, allí se sentía vivir. 

 Las diversiones del pueblo romano tenían el triple carácter que toma a la larga todo placer gustado por sí y para sí: eran a la vez obscenas, sanguinarias e imbéciles.

 La obscenidad del teatro, por ejemplo, era tal que ––se decía–– bastaba una sola representación para marchitar definitivamente la vida moral del joven que se aventuraba en esos antros, y poetas poco escrupulosos confesaban que cualquier matrona que pasara por allí no tendría más nada que aprender en lo tocante a la lujuria.

 Hermana gemela de la lujuria, la sed de sangre se saciaba en espectáculos no menos sabrosos. La gradería inmensa del anfiteatro era  el punto de cita de todos los que encontraban que la carne humana tiene tantos encantos en las convulsiones del dolor como en los espasmos del placer; allí se había encontrado el arte de convertir los suplicios en goces públicos y de asociar todos los espectáculos al oficio del verdugo; allí se sentía el pueblo-rey en el colmo de su satisfacción cuando los seres humanos, a menudo débiles mujeres, perecían entre los dientes de las fieras, o cuando millares de hombres se degollaban mutuamente para darle gusto. Los gritos de gozo de la plebe se mezclaban con los alaridos de las víctimas y los rugidos siniestros de las fieras; la embriaguez del homicidio encendía todos los rostros, y a través del rojo vapor de la matanza, los ojos alterados de cien mil antropófagos iban a chupar la sangre humana que clamaba venganza al cielo.

 Finalmente, la imbecilidad, hija legítima de la lujuria y de la crueldad, llamaba a su vez a las muchedumbres hacia otras delicias que habían de encadenarla durante tiempo más largo. Al ver el fanatismo de la multitud por las carreras del circo, y su pasión insensata por caballos y palafreneros, se diría que había vuelto a la infancia.

 La sociedad estaba como hechizada: sólo veía y entendía eso; ante el ruido del mundo que se desmoronaba, continuaba sentada frente a sus espectáculos favoritos, con los ojos obstinadamente fijos sobre aquellas cuadrigas queridas que se alejaban llevando en el girar de sus ruedas el alma de los hijos de Rómulo.

 * Adaptado de: KURTH, Godofredo. LOS ORIGENES DE LA CIVILZACIÓN MODERNA. ps. 34-62, passim.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

En un contexto cristiano, vid. Baudelaire, "el mal monje"

Anónimo dijo...

Estimado Wanderer, me parece excelente su cita y prueba de la erudición que alguna vez debió tener UCA en sus cátedras. Pero quisiera hacer una pequeña acotación, de la que deben ser concientes usted y sus congéneres godo-celtas, que es el nombre del autor:

KURTH, Godofredo

Huelo, intuyo, cierto resentimiento antiromano. Quizá la misma ponsoña de los pastores protestantes en sus primeros tiempos, que no dejaban de mencionar la corrupción romana. O podríamos citar la conocida obra doctrinal de Alfred Rosemberg, que también descalifica con odio a mi querida cultura, diciendo que ha llegado la época de una renovación de mitos....

El hecho es que la descripción se aplica hoy en día a todo el mundo, y aún entonces, ya los germanos estaban bastante integrados en la sociedad romana. Quizá el eje sea quienes serán los nuevos bárbaros (evidentemente no los mismos, ni sus descendientes) que vendrán a terminar de destruir la sociedad actual.

Borges lo decía "...se acabaron los bárbaros, ¿Qué haremos?...".

Adriano