lunes, 10 de enero de 2011

La visión política de Ratzinger


Apareció hace pocos meses la traducción francesa de un libro escrito por Josef Ratzinger en 1971, titulado La unidad de las naciones, en el que desarrolla su visión política que –estoy seguro- interesará a los lectores del blog porque muchas veces hemos discutido sobre el tema. Se trata responder a la pregunta acerca de cómo debe situarse el cristiano frente al orden político. La traducción y la introducción del libro es obra del P. Ibora, vicario de Saint Eugene de París.

El origen de este se sitúa en un curso impartido por Ratzinger en 1962 en la universidad de Bonn, en el que renovaba el debate sobre la “teología política”. Esta expresión hace referencia a la controversia que enfrentó, durante los años ´30, a Erik Peterson y Carl Schmitt. Por otro lado, en ese mismo ambiente, se tomaba conciencia de la importancia de la escatología en la vida cristiana a partir de la obra de Karl Barth y Rudolf Bultmann. Y es en este punto, escribirá Ratzinger, que se alcanza “un total abandono del mundo a la razón profana”. La reacción viene de parte de Moltmann y Metz y, a partir de ellos, “ser cristiano”, dice Ratzinger, “es afrontar los hechos del mundo en nombre del futuro” y “practicar el cristianismo se convierte en tomar como regla la esperanza de modificar el mundo”. Esta es la doctrina que encontrará su expresión práctica con la teología de la liberación y sus aplicaciones en Latinoamérica.

Se trata, como bien lo notaba Henri de Lubac, de un resurgimiento del joaquinismo que no ha dejado nunca de irrigar subterráneamente al pensamiento occidental, con el marxismo como ejemplo, y que conduce a la “desescatologizar” al cristianismo al secularizar su término. Se pretende realizar el Reino de Dios en el mundo. Y, paradojalmente, se regresa a la concepción barroca de la Iglesia que afirma que es una sociedad visible perfecta en la cual se contempla la realización casi perfecta de su reino.

Orígenes

¿Cómo se sitúa el cristiano frente al orden político? Ratzinger se interesa en primer término en la respuesta de Orígenes, que escribe en el contexto de un imperio perseguidor de la fe cristiana, y desarrolla una “metafísica política”. Las naciones no son esplendores empíricos sino simbólicos. Ellas se han constituido en la saga de Babel y han caído en el poder de los arcontes que las gobiernan y cada una representa un grado de alejamiento en relación a la humanidad que ha quedado en manos de Dios, “en Oriente”, y que está representada por Israel. En esta perspectiva, el intento de unificación de las naciones por el imperio no es más que la caricatura de la unificación realizada por Cristo a través de la Iglesia. El orden político en general, y el orden político romano en particular, es malo. El cristiano no puede colaborar con esta figura política del orden social, sino que debe apartarse para intentar la única forma verdadera de organización social, en la que la realidad es trascendente.

Esta posición de Orígenes es calificada como escatológica puesto que propone emigrar con prisa hacia la verdadera ciudad ya que todas las ciudades de la tierra son malas. Se trata de una radicalización del apolitismo de los cínicos: de la indiferencia por la política se pasa a una oposición a la política.

Como hace notar Ratzinger, Orígenes se acerca peligrosamente a la posición de los gnósticos que veían en el cosmos la obra de un demiurgo malvado. Pero no se identifica con ellos, puesto que Orígenes piensa a partir de la Biblia y, por eso, el pecado no se identifica con la materia, sino que tiene que ver más bien con los espíritus, interviene en la historia –o en la protohistoria- y caracteriza menos el cosmos que al orden político. Para el actual Pontífice, la crítica origeniana del orden político es radicalmente revolucionaria, pero no busca tanto transformar el mundo para mejorarlo cuanto evadirse de él lo más rápido posible.

San Agustín

La posición de San Agustín es diferente. El contexto histórico ya no era el mismo: el imperio, de pagano y perseguidor, se había convertido en cristiano y cooperador. Pero, al mismo tiempo, de invencible se había transformado en vulnerable, como lo había mostrado el saqueo de Roma de 410. San Agustín denuncia la tentativa de unificar a todos los pueblos ya que, detrás de esos atractivos fantasmas, se esconden los poderes reales de los verdaderos gobernantes de este mundo, que son los demonios. Aunque cristiano, el imperio sigue siendo terrestre, puesto que no ofrece promesas de vida eterna. Es una realidad de aquí abajo a partir de la cual la Iglesia debe hacer pasar -con mayor o menor facilidad- a los hombres, desde la ciudad de la perdición a la ciudad de la redención, de la ciudad terrestre a la ciudad de Dios. Los cristianos podrán colaborar con las actividades del Estado solamente con esta reserva escatológica. Las patrias terrestres no merecen que se les sacrifique todo; sólo la patria celestial merece esto.

El amor a la patria terrestre, al que San Agustín no es insensible, es hipotético. La ciudad de Dios no puede condensarse en el Estado, aunque este sea un imperio cristiano. Es justamente esta instancia crítica la que indica la imperfección persistente del orden político.

En este sentido, el pensamiento de San Agustín es escatológico y revolucionario como el de Orígenes, pero en un grado menor, puesto que reconoce que los cristianos pueden imprimirle a la política un soplo que favorezca la fe y, por tanto, al verdadero bien de todos los ciudadanos. Pero sin ilusionarse demasiado, puesto que lo que es terrestre, permanecerá terrestre. De este análisis que realiza Ratzinger del De civitate Dei, es difícil deducir el agustinismo político que caracterizó a la Edad Media y, en cierta medida, a los tiempos modernos.

Luego de la lectura del libro, resulta claro que Ratzinger se sitúa más bien del lado de Peterson que en el de Schmitt y que, en la controversia escatológica, considera que si bien no hay un medio político que realice la construcción del reino de Dios, la Iglesia puede ejercer a través de sus hijos una buena influencia en el mundo de las naciones terrestres.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Malachi Martin dijo:

Wanderer, "la Iglesia puede ejercer a través de sus hijos una buena influencia en el mundo de las naciones terrestres"... ¿Actualmente? Absit.
A menos que sea por la sangre...

Porque, ¿cómo lo haría, según Ratzinger? Me parece que es absolutamente "ingenuo", pues el grado actual de alejamiento de Dios y del orden natural no admite coincidencias.

Si cada vez se hace más patente éso de "no habrá adónde escapar", ¿cómo puede proponer semejante cosa sin caer en ser la Gran Ramera?

Ojalá me equivoque pero, la verdad, me inspira muchas reservas...

Saludos cordiales.

El diablillo dijo...

La recensión está interesante, pero hay modos de ser parcial y uno de ellos es diciendo "sólo" la verdad. Me explico; hay algunas conclusiones de Ratzinger que hay que precisar que vienen dadas por su tendencia hacia ese agustinismo del que siempre hizo gala. Y hablar del "Agustín teólogo" abstraído de cualquier otra determinación histórica y filosófica es no saber de lo que se habla.
Primero, lo relativo a la cualificación de las "ciudades agustinianas". Congar había dicho que la civitas terrena y la civitas Dei eran conceptos ambiguos y complejos, precisamente porque son al mismo tiempo, realidades místicas e históricas. El mismo Agustín lo indica "quas mystice apellamus civitates duas". El "mystice" es ahí pertinente. En realidad, las dos ciudades son realidades místicas, o si se quiere modos simbólicos de hablar, que no se identifican con la Iglesia y el Estado, como formas históricas.
En segundo lugar, hablar de la des-escatologización de lo temporal en San Agustín, es hacerle partícipe de una polémica que es más de nuestros tiempos. Y hacerlo depender todo en este asunto de lo teológico, me parece abusivo. De hecho, el estado como reflejo de lo trascendente (frente a la idea tomista de realidad sustantiva) es más una dependencia neoplatónica que otra cosa. "Impari imagine, attamen imagine" también se le puede aplicar al estado. Hay que reparar que San Agustín utiliza de modo intercambiable "civitas" y "societas", y no es casualidad que utilice la misma denominación para los miembros de una sociedad terrena o trascendente, porque para san Agustín la realidad humana carece de la realidad sustantiva que le confiere la dependencia sobrenatural. Desde ese planteamiento, aunque dependiente de Dios, es imposible la creación de una esfera temporal propia. Sólo se soluciona el problema si entendemos cuál es el alcance de la metáfora de San Agustín y cuál es su límite. Prefiero lo escrito por Dante : "Sicut ergo dico quod regnum temporale non recipit esse a spirituali, nec virtutem, quae est eius auctoritas nec etiam operationem simpliciter; sed bene ab ea recipit, ut virtuosius operetur per lucem gratia, quam in coelo et in terra benedictio summi pontificis infundit illi"

Mary Lennox dijo...

Uhm...la política... una gran tentación pensar como Orígenes y alejarse de ella... huele muy mal, y cada vez es más difícil sino casi imposible el siquiera hacer algo.
Sin embargo con esta conciencia, uno tiene que seguir obrando para poder clamar aunque sea en el desierto el nombre de Cristo. Y con Él todo lo que conlleva, en cuanto al orden natural que lo acompaña.
Decía un viejo dicho naval: trabajar como si el barco se hundiera pero con la conciencia de que no se va a hundir.
En fin me parece sensata la opinión de Ratzinger, aunque la política está cada vez menos política y más maquiavélica.
Atentamente
Mary Lennox

Anónimo dijo...

Creo que el problema pasa más bien por definir las relaciones Iglesia y Estado, que entiendo están clarificadas por el magisterio, aunque hayan sido puestas luego en duda a partir del Concilio. Creo que desde Bonifacio VIII, cuando se renunció al sometimiento del poder temporal al espiritual, se ha venido acentuando la debacle que hoy constutuye el Estado moderno, con la complicidad de los mismos hombres de iglesia que, desde el Dante, han ido oscureciendo la auténtica doctrina católica de la subordinación de la sociedad terrena a la celeste.

Martin Ellingham dijo...

Éramos pocos... el anónimo parió el agustinismo político (no confundir con san Agustín)...

Saludos.