viernes, 10 de agosto de 2012

Tristeza a dos voces


Me parece que, a partir de texto de Tollers, algunos comenzaron a errar el vizcachazo, o a bajar la puntería. Es cuestión entonces de reflexionar un poco acerca de la tristeza, sobre la cual el cristianismo tiene dos voces distintas, no opuestas sino complementarias.
En la tradición escolástica, la tristeza es definida como la emoción que aparece frente a un mal presente. Es decir, cuando percibo un mal actual (una enfermedad, un desengaño, etc.) reacciono “siendo” triste (y no “teniendo” tristeza, porque las emociones no se “tienen” sino que se padecen). De allí la bellísima definición de la emociones como las tendencias sentidas. Toda mi interioridad sensible reacciona de un modo determinado frente a una imagen mental de la realidad.
Justamente, las emociones responden a imágenes mentales de la realidad, y no a la realidad misma. Son perturbaciones de la subjetividad que juzga la imagen mental de la realidad que aparece a la conciencia. Por eso, la tristeza en tanto que emoción no necesariamente es provocada por la realidad sino por el modo en el cual percibimos esa realidad. Frente a un mismo objeto real, una persona pueda estar triste y otra estar alegre. Lo que ha cambiado es la percepción del objeto y la valoración que cada persona hace de ese objeto, pero no el objeto mismo. Es por eso que las emociones no nos dan a conocer la realidad sino nuestra posición frente a la realidad, es decir, aquello que me atrae y aquello que rechazo. Las emociones me dan a conocer mi propia interioridad sensible.
Es importante recordar esta doctrina casi manualística para caer en la cuenta que mis tristezas variarán de acuerdo a muchos factores y, entre ellos el más importante, de acuerdo a nuestra vida espiritual. Los Padres del Desierto bien dicen que la tristeza es causada por nuestra debilidad en la fe. Mientras más fuerte y profunda sea la fe en nuestro único destino -ser conciudadanos de los santos en la visión eterna del Verbo y, en el Verbo, del Padre- menos intenso será el juicio de rechazo que nos provocará un mal terreno presente. Nuestra valoración habrá cambiado.
Y aquí engancho con la segunda voz cristiana acerca de la tristeza, que corresponde a los escritores y Padres cristianos de los primeros siglos. Para ellos, la tristeza nace de la frustración de un deseo carnal. Son los demonios quienes, de acuerdo al temperamento de cada uno, lo atacan con pensamientos y recuerdos de que aquellas cosas que fueron una vez y que ya no serán más. Los deseos de volver a ser joven, de volver a estar sano o de volver a ser amado se frustran cuando descubro que todo eso ya no será posible nunca más. Y es allí donde soy presa de la tristeza. Quizás por eso también dicen que la tristeza nace de un pensamiento de cólera, porque ese deseo que no será cumplido despierta en mí la ira.
Pero hay una vuelta más. Escriben los Padres: “Del demonio de la tristeza es signo la víbora, porque el veneno de este animal, dado al hombre de manera apropiada, destruye el veneno de otros animales pero tomado en estado puro destruye al mismo viviente”. Y esto es así porque hay una tristeza buena, que es aquella que nace de la frustración de la virtud y del conocimiento de Dios. Cuando, después de años y años de esfuerzos aún estamos muy lejos de ser virtuosos o de haber progresado suficientemente en el conocimiento y nos damos cuenta de lo que hemos perdido por propia culpa, sobreviene la tristeza. Pero, en este caso, es una tristeza salutífera porque actúa como un incentivo que nos empuja a convertirnos una vez más para volver a ser dignos de aquello que hemos perdido. El hombre carnal y mundano nunca podrá, ciertamente, “saborear” esta tristeza.
La tristeza, entonces, nos acompaña en toda la vida espiritual, pero deberá ir disminuyendo a medida que avanzamos en ella. Es que, al decir de los eremitas del desierto egipcio, “aquel que se ha liberado de todas las ataduras naturales es inmune a la tristeza”.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Decía Gandalf: "...no voy a deciros que no lloreis, porque no todas las lágrimas son malas..."

Crux Australis

Anónimo dijo...

Creo que una de las deudas pendientes del catolicismo tradicional es admitir que la ciencia -en el sentido amplio- también crece fuera de la Iglesia, a veces incluso en manos de auténticos indeseables.

Juzgar patologías psíquicas como simple falta de virtud me parece una parodia del catolicismo, como cuando los ateos nos retratan quemando libros o anatemizando cualquier innovación técnica o científica. De hecho, tiene un cierto deje calvinista.

Caminante dijo...

No estoy seguro de que toda tristeza interior provenga de la falta de Esperanza. Conozco dos casos cercanos de personas con graves trastornos depresivos. Necesitan medicación específica, pues es algo crónico (una de ellas tiene, además, antecedentes de esquizofrenia en su familia). Pues bien, ambos son para mí dos modelos de piedad y vida espiritual. Una de ellas es además consagrada. Sin duda, la virtud de la Esperanza abunda en ellos más que en mí y en la mayoría de los que les rodeamos.

Anónimo dijo...

¡Uhmmm!
“aquel que se ha liberado de todas las ataduras naturales es inmune a la tristeza”.
¿Qué decir del llanto de N. Señor Jesucristo por la muerte de su amigo Lázaro, o sobre la suerte de su patria, Jerusalén, o en el huerto de Getsemaní? ¿que no estaba librado de todas las ataduras naturales...? ¿ataduras naturales...? No deberían ser causa remota ni próxima de la tristeza, siendo naturales ¿no?
Ya sé de la impasibilidad de los ángeles; pero de los hombres ...
Si el más perfecto de los hombres, el Hijo de Dios, lloró ¡tres veces!
No me diga que era para probar que era humano de verdad, por que el argumento huele a prédica antidocetista. Dios no engaña: si dijo que era humano y divino, nomás que lo era: HUMANO y divino. Sin necesidad de probar nada.
Lloró antes de la Resurrección, es verdad, pero Él jamás estuvo sujeto al pecado, así que el llanto, la expresión más genuina de la tristeza, es propia también de la natura humana. Por eso, no encuentro la relación entre desligarse de las "ataduras naturales" y la inmunidad a la tristeza. Si me dice "las ataduras terrenales", mejor. Pero Dios creó al hombre en la Tierra, aunque para el Cielo. La Tierra no debía serle aflictiva, por naturaleza pero el pecado se la puso en contra.
Pero Cristo ...
Un cordial saludo
Lansen

Anónimo dijo...

“No estéis tristes”. Sí, hay que combatir la tristeza. ¿Pero cómo? Cuanto más nos recostamos en lo sensible, más nos abruma. Y a la inversa, cuanto más nos volvemos a Dios, y a la Fe, más ligera se hace. He ahí la suavidad del yugo de Cristo. Dicen.
Easy to say. Pero no es fácil, ni tampoco siquiera posible, si no nos es dado por la gracia. Podemos ver con los ojos de la ratio el error de los que se recuestan en lo sensible (vgr. Los progres), pero no podemos ubicar nosotros mismos lo sensible en el lugar que le corresponde. No está en nosotros el domar la tristeza y transformarla en alegría por medio de la esperanza. Lo único que podemos hacer es ponernos en posición de que nos sea gratuitamente concedido, por medio de la purificación y de la oración.
Y en tanto no nos es dado, por contraposición a los sentimentalistas, nos vemos envueltos en una especie de estoicismo en relación a las penas. Desde nuestra subjetividad tratamos de resistir la tristeza, y hasta en un acto de forzada voluntad puede que la ofrezcamos a Dios en pago indigno de nuestros pecados, mas nadie nos extiende un recibo ni por ello se nos reduce la deuda (siempre viéndolo desde nuestra propia subjetividad).
Y puede que nos pasemos la vida entera pagando las cuotas de nuestra deuda infinita, sin compensación alguna y por toda retribución, la sensación de estar echando las monedas en una bota sin fondo. Sin respuesta alguna, sin consuelo sensible, sin mitigación existencial de la tristeza. Munidos nada más que con una fé testaruda que a cada herida se encoge, sufre, sangra, y no obstante reafirma tercamente su “sí, creo, como Job, aunque me diere la muerte, creo”.
Como con la oración, cuanto más sentimos que estamos dirigiéndonos a un muro silencioso e impenetrable, que nunca responde, más debemos persistir, puesto que entonces nos pareceremos más a Aquel que oraba en el Getsemaní, triste hasta la muerte y abandonado luego en la misma Cruz.
Quizás sea esta una forma de “resistir” la tristeza, sin trucos, sin falsas alegrías sensibles, sin sacarse el problema de encima. Sin mirar para otro lado. Y quizás también el no ser vencido sea alegría. Alegría en estado de incubación. Alegría en expectativa. Alegría no sensible.

Nadie
(Si dije alguna herejía, me retracto en este acto).

Anónimo dijo...

Ey, anónimo, si lo de "deuda del catolicismo tradicional" lo decís por mí, apuntá mejor, que no creo que muchos parroquianos vayan a coincidir conmigo en esto. En realidad varios, creo que la mayoría, no lo harían.
Ahora, si es como dice "L" y existirían psicólogos que conociendo al hombre in totum no se limitan a "abrirle la cabeza", a "ayudarle a conocerse", a "sacar lo bueno que hay en él", cuando no a empestillarlo remendando una situación sin atacar las causas del problema ... jamón del medio, adelante con ellos.
Pero el mismo "L" nos menciona un problemita nada menor: sin rechazarlos de plano reconoce no conocer ninguno déstos aunque "habría escuchado que los hay", como las brujas.
En todo caso, resultó sano (como lo son casi siempre) el prejuicio.
El Carlista.

Wanderer dijo...

Caminante: De acuerdo. Pero usted está confundiendo "tristeza interior" con "depresión". La primera tiene que ver con la psique; la segunda con el espíritu.
Lansen, la expresión -a la que adhiero sin reservas- fue dicha por los Padres del Desierto, como bien se aclara en la entrada. Es decir, debe ser leída en ese mismo contexto. Usted la está leyendo desde una perspectiva escolástica, y los Padres -¡pobres de ellos!- no leyeron a los escolásticos.
Para los Padres, sobre todo los de tradición alejandrina, el hombre es una inteligencia que cayó de la unidad originaria debido a un enfriamiento en el amor. Por eso, su "naturaleza" es intelectual, y su perfeccionamiento consiste en una progresiva espiritualización.
Probablemente, a usted no le gusten estas ideas, pero son ideas de los Padres de la Iglesia.
Carlista et aliis, concedo que hay muchos psicólogos y psiquiatras que son unos chantas o personajes de cuidado; es más, creo que son la gran mayoría, pero eso no significa que la psicología o que la psiquiatría sean innecesarias.
Según San Pablo, hay una división tripartita en el hombre: cuerpo, alma y espíritu. Si ni usted ni yo tenemos problemas en que alguien que tiene problemas con su producción de insulina deba tomar una pastilla para regularla, o el que tiene problemas con su presión arterial deba hacer lo propio, no veo dónde está el problema en que alguien que tenga problemas en, por ejemplo, su absorción de serotonina, ocasional o crónicamente, deba tomar una pastilla para solucionarlo. Así como se enferma el cuerpo o se machuca cuando lo golpean, así se enferma y se machuca el alma. Y la inteligencia del hombre está para solucionar, en lo posible, estos dolores.

Anónimo dijo...

"Calvinismo"... Notable capacidad de relacionar, mire nomás a qué conclusiones llega.
¿Cómo sabe usted que el ejemplo que pongo no es de palmaria falta culpable de virtud y que el manosanta en vez verlo le recetó pastillas?
¿En vez de "buscar tu centro", no es conveniente darle su parte a la gracia a la naturaleza, como desde que el mundo es mundo?, ¿no es eso mismo lo que en aguda síntesis propone Hernández con aquella frase?
¿Tiene derecho el psicólogo a no notarlo?
Como dijo uno que lo engancharon en un renuncio con fotos y todo: "Yo no soy ese. Es mi posición y no la cambio"
El Carlista.

Caminante dijo...

Wanderer, posiblemente los términos hoy son un poco equívocos. Efectivamente, cuando decía tristeza interior me refería al dolor de la psique, pero es lo que hoy se denomina habitualmente como "depresión". Si lo dijeramos referido al espíritu supongo que sería "acedia", que sí implica desesperanza. Las personas cercanas que menciono padecen de la primera, pero no de la segunda, ya que no dejan de confiar en el Señor y ofrecen su sufrimiento psicológico en provecho de sus almas.

Anónimo dijo...

Y los santos alegres que nunca estaban tristes?
No podrían ser esos "también" arquetipos cristianos?
Porque si me dan a elegir...

Dante

Canisius dijo...

Disculpen pero me parece que no hay nada más dañino que estas "moralizaciones" o, incluso, "teorizaciones" sobre cual "deben ser" los sentimientos predominantes de un cristiano, "en abstracto".

La tristeza es parte del ser humano. Cristo lloró en las puertas de Jerusalén. Puede que no haya sido un sentimiento permanente, pero tampoco los evangelios pintan a Jesús como un sujeto alegre de modo permanente. Más bien la imagen que transmiten es el de un sujeto grave, de carácter docente. Creo que, en su humanidad, Jesús debe haber sido grave en los temas graves, alegre o coloquial en ocasiones más íntimas, triste cuando era golpeado por los infortunios de la vida.

Y como no somos Jesús, quizás algunos "sufrimos" más golpes como para vivir tristes que otros, y es con lo que se debe lidiar.

Tristeza o alegría es la vida. No hay una fórmula, ni hay obligación de poner cara alegre cuando uno esta hecho mierda. Y si puede ser una falta andar ensombrecido cuando no hay ningún motivo para ellos, y ni hablemos cuando objetivamente solamente se puede estar muy alegre -por ejemplo, al tener un hijo, al ganarse unos buenos mangos, etc.-

Saludos,

Anónimo dijo...

Wanderer, hoy abro el Clarin en internet y me encuentro con noticias sobre corrupción escandalosa, en que ya comienzo a reconocer nombres próximos, y actos de una maldad aberrante. Una niña de seis años raptada y abusada, luego una beca para otro mastín impositivo, con su rostro lleno de un odio inexplicable... y como marco, las más diversas temáticas sexuales depravadas. Es un vaho nauseabundo, como cuando se quema azufre con una lente, que hace doler las vías respiratorias.

Hay algo asqueroso y terrible que está pasando dentro de nuestra sociedad hace ya algún tiempo, y comienza a salir a flote, como las señales de descomposición de un cadaver. Esa horrenda sensación de vivir durante los decadentes tiempos del Heleogábalo, causan una inexplicable tristeza, una pena y un dolor que no tienen justificación evidente.

De ese río de lágrimas y dolor injusto, es que se llenan algunos corazones más perceptivos, que luego se enferman de pena. Es muy semejante al mundo que encontró la primer venida, con un Israel en plena descomposición, y un imperio que ya tenía sida en su sangre. La virtud pagana dejó lugar al reino del deseo y la codicia, la Santidad Israelita, al nacionalismo más burdo y rellano al ateísmo. ¿No le suena de otros posts? Los celotas, por dar un ejemplo, me recuerdan mucho a los montoneros.

Lo más terrible, es pensar en que quizá esto no se cierre -como muchos anhelan- en una pronta Segunda Venida, sino que sea solo uno de los primeros -y más suaves- dolores de parto. Si estas pruebas, tan menores y leves, nos inhundan de pena... ¿Qué va a pasar cuando estemos próximos a La Gran Tribulación? ¿Quién resistirá esos tiempos? ¿Qué querrá decir la escritura cuando se lee "...querrán morir, y la muerte no vendrá a ellos...".

Hay una pena que hizo al Niño Dios perder su sandalia, según el Ikono del Perpetuo Socorro. ¿No será esta? ¿No es la preparación para Getsemaní? Y justo ahora, es que a la Iglesia se le ocurre "aggiornarse" e impedir que los estados o las personas se declaren Católicos (vide Africa, y el rechazo episcopal a la Nación Cristiana!).

Disculpe si no es muy alentador este aporte, pero supongo que quienes tienen más otoños en este Valle de Lágrimas podrán comentar sus consuelos. Con gusto los leeré.

Crux Australis