miércoles, 25 de noviembre de 2009

Protestantes

Carlos V, imperial comentador de este blog, descalificó recientemente al teólogo Louis Boyer con esta argumentación: Era pastor protestante, se convirtió al catolicismo pero parece que no dejó de protestar. El obrar sigue al ser: los protestantes protestan”. Un modo muy fácil y elemental de resolver los problemas y, además, falacia que pretende probar la verdad o falsedad de las conclusiones de acuerdo a quién es el que las afirma. Es muy fácil matar al mosquito de un cachetazo, tan fácil como callar a Bouyer recurriendo a su pasado protestante. Claro que no es válido, que es poco inteligente y, sospecho, Carlos V es lefe.

Pero no caigamos en la misma falacia imperial, y analicemos a fondo lo que subyace en la argumentación. No puede negarse la realidad: Louis Bouyer fue pastor luterano, párroco de una iglesia de esa denominación ubicada en las cercanías de las galerías Lafayette y de la estación parisina de St. Lazare, desde donde salen los trenes que van a Normandía. Se convirtió a la Iglesia católica e ingresó al Oratorio de Francia, donde fue ordenado sacerdote. Ejerció su ministerio pastoral en colegios y, fundamentalmente, en la educación universitaria en los buenos tiempos del Institut Catholique de París, y en otras universidades inglesas y americanas.

Carlos V ontologiza el protestantismo original de Bouyer. En efecto, introduce en su argumento un principio filosófico - El obrar sigue al ser – por el cual adjudica al ser de Bouyer el ser protestante de un modo sustancial, pareciera, porque no acepta en él la conversión al catolicismo. Es decir, Bouyer era sustancialmente protestante y, por tanto, no pudo convertirse en católico, como un perro no puede convertirse en gato. Carlos V no acepta la posibilidad de redención, y corta la cizaña antes del tiempo conveniente, cortando junto con ella al trigo, y al trigo de la mejor especie. Quizás le convendría leer un poco más de filosofía y, también, los pasajes evangélicos en los que se aconseja no aplicar una medida demasiado estrecha a los otros, porque con esa misma medida seremos juzgados nosotros.

Pero dejemos de lado las zopenquerías y veamos la otra cara de esta argumentación falaz. Pareciera que el buen católico no protesta. Es decir, hay que callarse, disimular, mirar para el otro lado pero no protestar. Si hay curas pedófilos, hay que callar; si hay monjas díscolas, hay que disimular; si hay obispos herejes, no hay que levantar la perdiz. “Le damos letra al enemigo”, argumentan. La cuestión es obedecer calladitos al superior de turno, y no protestar. ¡Qué ejemplo más grande de humildad!, piensan.

No sé si callar es un signo de humildad. Sí tengo por cierto que callar es mucho más cómodo que protestar. No se corren riesgos de ningún tipo. Y no me refiero aquí al riesgo de perder el trabajo o de ser asesinado (que a veces existen también), sino al riesgo que implica la fidelidad a uno mismo o, dicho de otro modo, al riesgo de ser testigos fieles de lo que vemos. Aquí me parece que está la clave: algunos vemos cosas que los otros o los muggles no ven.

¿Y por qué vemos? Porque somos profetas. Es este el sentido propio del profeta: ver lo que está delante.

¿Y por qué somos profetas? Porque en el momento de nuestra unción bautismal hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes.

¿En qué sentido? Puesto que, al recibir el don de la fe, somos capaces de ver lo que quienes no tienen fe no pueden ver.

Admito que mi argumentación, tal como está expuesta, es peligrosa. Es la misma que usaron muchos, o todos, los herejillos e iluminados de la historia del cristianismo. Si pensamos en George Fox, fundador de los Quakers, o en los anabaptistas, habrán seguido seguramente esta idea. Pero, arguyo, es una verdad vuelta loca. Es decir, salida de madre. Tanto Fox como Wesley como cualquier otro, ejercieron su profecía fuera de la Iglesia, aunque no sé hasta qué punto poseían la verdadera profecía. Más bien creo que era puro fundamentalismo alocado. Y, además, no sabían.

Como esa, esta particular profecía, que puede expresarse como una protestar, debe hacerse siempre dentro de la Iglesia, que no es lo mismo que decir dentro de la clerecía. Muchas veces los protestos tendrán como objeto a los mismos clérigos, y no a la Iglesia. El ejemplo cercano y típico es Castellani. Él mismo afirma que vio, y por eso protestó, y así le fue con los obispos y los jesuitas. Kierkegaard también protestó, y así le fue con los obispos daneses. Y San Pablo también protesto contra los judaizantes, y así le fue con San Pedro. Jesús también protestó contra los fariseos, y así le fue con el Sanedrín.

- ¿Y cualquiera que ve puede protestar?

- No. Solamente los que saben.

- Es decir que en nuestro país podrían protestar solamente los intelectuales católicos argentinos que, según Ud. y Ludovico, no existen.

- Así es.

- ¿Y será que Ud., Ludovicus, Tollers, los curas barbados y todos los demás viven protestando porque saben?

- Nosotros no sabemos. Apenas si somos unos pocos poligrillos haciendo pininos. Pero sabemos que si no hacemos esos pininos, probablemente no nos salvaremos.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La descomposición del catolicismo


El silenciado Louis Bouyer, quizás el teólogo más importante del siglo XX, es conocido fundamentalmente por sus trilogías, aunque es igualmente odiado por tradicionalistas y progresistas (como yo, je).
Pastor luterano, convertido a la iglesia católica y ordenado sacerdote del Oratorio de Francia, perdió el capelo cardenalicio debido a la oposición del episcopado francés en razón de haber publicado el breve libro La descomposición del catolicismo, en el que no se priva de decir nada.
Gracias a la generosidad de Pablo de Rosario, pueden bajarlo de alguno de los siguientes link en formato PDF.
Da para un año de blog.



lunes, 9 de noviembre de 2009

Maniqueísmo ingenuo


Hace unos días una lectora del blog, ejecutiva de una importante empresa multinacional, nos alertaba acerca del posible maniqueísmo larvado que podía existir en aquellos que rechazaban el mundo y todo lo que a él pertenece como malo y, por tanto, evitable y, aún más, aborrecible. Para nuestra lectora Aliena, el demonio no es el amo de este mundo, y ganar dinero no es tan malo como lo pintan.

Es sensata la advertencia de Aliena. El maniqueísmo ha sido siempre una tentación en el cristianismo y, al decir de Knox, cualquier entusiasmo cristiano está teñido de algún grado de maniqueísmo. Sin embargo, tampoco hay que ser ingenuos.

Ya Ludovicus advertía que negar que el Demonio sea el amo de este mundo es contradecir la palabra del Señor y la palabra apostólica. Hay que decirlo claramente, este mundo está en poder del Maligno, y ya está condenado, porque Él vino y no lo recibió. El concepto aión (o mundo, o siglo) que emplean San Juan y San Pablo para designar a este mundo, designa toda una economía temporal. “Este siglo” es este que nosotros vemos desarrollarse todavía frente a nuestros ojos, en los acontecimientos de “este mundo” en los que el diablo parece ser el amo.

Los ángeles convertidos en demonios y expulsados del cielo luego de su caída han establecido en este mundo su reinado y en él son como dioses. Y esto es así, a pesar del Opus Dei. Las expresiones de la Escritura no dejan lugar para las entelequias del marqués de Peralta. “¡Ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo”, dice el Apocalipsis (12, 12). Y San Pablo tiene dos expresiones extraordinarias: O Theós tou aionos toutou, “el Dios de este mundo” (II Cor. 4,4) y en Efesios 6, 13, habla de cosmoscrátores, es decir, “gobernante del mundo” refiriéndose al demonio.

Los cristianos, excepto el Opus y Aliena, siempre han tenido presente esta realidad. Sin embargo, a veces no resulta tan claro cuando por mundo nos referimos a la creación material. ¿Está también ella bajo el poder del demonio? Yo creo que sí, aunque haya que matizar. Y hay dos argumentos. El primero tiene que ver con lo que la Iglesia hace (o hacía hasta Pablo VI) cuando bendecía o “tomaba posesión” de algo material: lo exorcizaba. “Exorcizo te, creatura salis…”, para la bendición de la sal; “Exorcizo te, creatura olei…”, para la bendición del aceite, y el terrible y largo exorcismo de los fieles cristianos que se hacía durante la bendición del agua en las vísperas de la Epifanía, que comenzaba así: “Exorcizo te, omnis immunde spiritus, omnis satanica potestas, omnis incursio infernalis adversarii, omnis legio, omnis congregatio et secta diabólica, in nomine et virtute Domini Nostri Jesu Christi, eradicare et effugare a Dei Ecclesia, ab ómnibus ad imaginem Dei conditis…”. Alguien podrá decir que se trata de interpretaciones propias de la iglesia medieval o de los temerosos hombres primitivos. Sin embargo, la Iglesia hacía en su liturgia solamente lo que hicieron los apóstoles en su primera misión: echar a los demonios para tomar posesión, en nombre de Dios, de las cosas materiales.

El segundo argumento tiene que ver con la actitud de los primeros cristianos. Siempre me he preguntado por qué ellos aborrecían de tal modo quemar incienso frente a los ídolos. Un buen razonamiento podría decir que, si los ídolos son falsos, es decir, madera o bronce o piedra, quemar incienso ante ellos no significa nada, puesto que no es más que hacer humo perfumado delante de algunos elementos naturales. ¿Qué tanto mal habría en ello? La razón es mucho más profunda, y la encontré en Bouyer.

Si el ídolo es un pedazo de madera, de piedra o de metal, rendirle culto a ellos es rendirle culto a Satanás: “lo que sacrifican lo gentiles a los ídolos, lo sacrifican al demonio”, dice San Pablo (I Cor. 10, 19-22). Artemisa, o Baal o Astarté no son fantasías de madera, de piedra o metal; son falsos dioses, es decir, ángeles caídos, pero dotados en la tierra de un poder malvado y demasiado real. Ellos lograron hacerse adorar por los hombres bajo la cubierta de los elementos de la naturaleza que le están momentáneamente sometidos (Col. 2, 8-20). Así entendida, la idolatría de los elementos de este mundo no es otra cosa que la revelación del diablo y de sus ángeles en tanto se han convertido en señores de este mundo.

Demás está decir, claro, que no se trata hoy solamente de adorar madera o bronce o piedra. Es más peligrosa aún la adoración del dinero. Más allá del enigmático poder que tiene este poderoso señor que, a diferencia de cualquier otro bien material, jamás sacia, como explica Santo Tomás en la Summa, se trata nada más, y nada menos, que de adorar al príncipe de este mundo. Sólo así se entienden las palabras del Señor que hablan de la dificultad de que un rico se salve.

Castellánicamente hablando, es como pretender trepar un barranco después de la lluvia, todo barro, los yuyos flojos y un tipo arriba que nos empuja para abajo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Tiempo


Inesperadamente, el comentario de un lector ha dado lugar a una interesante discusión. La cosa es si conviene tener un conchabo en el Estado, más o menos bien rentado (alguien hablaba de $ 10.000 mensuales) o trabajar en un buen estudio particular que permita mayores ingresos.

Cada una de las opciones tiene sus ventajas: el Estado permite la seguridad del salario que llega puntualmente a fin de mes. Con un buen jefe, o si lo somos nosotros, disponemos de tiempos para nosotros mismos durante el trabajo y estamos de regreso temprano en casa. Las desventajas son que la regularidad del estipendio mensual implica, también sus límites y pocas perspectivas de crecimiento y, además, la existencia a veces gris y anodina del funcionario que tan bien describe Dostoiesvsky en varias de sus novelas.

Para el segundo caso, las ventajas son que un ingreso mayor otorga mayor libertad a la hora de decidir cosas bastante importantes como la educación de los hijos o el lugar dónde vivir, además de posibilitar el progreso personal en la propia profesión. La desventaja es no tener tiempo para uno mismo sino estar siempre dependiendo del cliente que no tiene horarios para consultar, y tampoco para pagar. Y, también, el peligro que bien señalaba alguien en el blog de caer en la tentación del dinero que, como dice Santo Tomás, nunca sacia, y siempre exige quiere más.

Sin embargo, me parece que lo que está en el fondo de la discusión es el tiempo. Es decir, cuál de las dos opciones nos da más tiempo para hacer lo único importante. Pieper diría cuál trabajo nos deja más tiempo para no trabajar y estar ociosos. No está de más recordar que trabajamos para no trabajar, y que lo ideal es trabajar lo menos posible, digan lo que digan los opusdeístas.

¿Holgazanería? No, simplemente vacare Deum. Como decía PL – si mal no recuerdo – que no es posible la vida cristiana en serio sin contemplación, es decir, sin theoría. No es cuestión de trabajar poco para hacer otras cosas, por más santas que sean. Por ejemplo, y dicho con brutalidad, no es cuestión de trabajar poco a fin de tener tiempo para hacer apostolado. La cosa es tener tiempo para no hacer nada. La acción se caracteriza siempre por la transitoriedad. En el cielo no habrá acción. Habrá pura contemplación. Y la idea es empezar a tener un poquito de cielo aquí en la tierra.

Cada uno tiene su propio camino espiritual, que se adapta a las circunstancias concretas de su vida. Eso es verdad. Pero me parece bastante difícil avanzar en la perfección del conocimiento de Dios – y me refiero al conocimiento interior que nos enseña el Espíritu- sin espacios diarios de contemplación o, si se prefiere el término, de oración. Y no hablo aquí de fenómenos místicos y mucho menos de meditación ignacianista; hablo, por ejemplo, de la lectio o de la lectura contemplada de la Escritura; o bien del silencio y de la escucha de la Brisa que siempre sopla. (Sé que todo esto suena progre, pastelero y cursi, pero no encuentro ahora otro modo de decirlo).

Y, para lograr esto, me parece que es más fácil con el empleo en el Estado. Pero claro, como dice un pensador argentino contemporáneo, puede fallar. Es decir, no siempre funciona, y por muchas razones.

Por ejemplo, la búsqueda del “no hacer nada” puede comenzar a ser motorizada poco a poco por la pereza y, entonces, será cuestión de no hacer nada para hacer cosas que creemos muy importantes, porque son en apariencia apostólicas y porque permite roscas políticas y triunfos pasajeros, casi siempre del orden estrictamente temporal. Y la pereza, insensiblemente enseñoreada de la situación, terminará por justificar ya no el trabajar en el Estado sino medrar en el Estado, lo cual es un vicio tan funesto como el que podría tener el denostado gerente que se pasea en automóviles importados con asientos de cuero.

Otra falla que puede tener, y que he visto en varias ocasiones, es que provoca disgustos familiares. Quiero decir, los hijos no siempre lo entienden y, entonces, o bien rumbean para el lado opuesto, o bien son incapaces no sólo de trabajar en el Estado, sino de trabajar lisa y llanamente, empezando todo sin terminar nada, desembocando al fin en una depresión más o menos disimulada y acusando de por vida a su padres por la educación que le dieron y, sobre todo, por la que no le dieron. Conozco varios casos, y me llaman la atención. Sería bueno tratar el tema algún día en el blog.

La cosa es, en definitiva, de tratar de vivir en la tierra lo más parecido posible al cielo, donde sólo habrá ocio, es decir, nada de acción y pura contemplación. Cada uno verá cuál es el mejor modo que tiene para alcanzarlo.

(Me va a interesar sobremanera el comentario de Ludovicus)

jueves, 29 de octubre de 2009

Decepción


Decepcionante. Esa es la impresión que me queda de las últimas reacciones al blog. Salvo un porcentaje menor de lectores, o comentaristas, la preocupación de la mayoría ha sido discurrir sobre si la entrevista era real o ficticia, si Wanderer es Tollers, si es una o son varias personas, si es cura, seminarista o laico; si tiene hijos o no los tiene. Y ese es el interés que, en muchos, despierta el blog: propiciar la cacería del Wanderer. ¿Cuál es el objetivo? Sospecho que el puro gusto de ensañarse contra una persona concreta en tenidas manijeras sin discutir o cuestionarse las ideas que se expresan en el blog.

Creo que eso es lo más decepcionante: que gran parte la así llamada (o autoconvencida) intelectualidad católica argentina que frecuentaba el blog no discuta ideas sino que ataque al mensajero. Eso es fácil, y no remueve estanterías. Pero, para eso, creo que les conviene seguir leyendo Gladius o Cabildo.

Se enojan los nacionalistas porque critico el nacionalismo. ¿Es que el nacionalismo tal como es actualmente practicado es necesario para salvación? ¿Por qué debo ser nacionalista? Les recuerdo que hay una multitud de blogs y medios de comunicación que no son nacionalistas, y que son mucho más peligrosos que yo. El tono patoteril de muchos de los comentarios y el aparato de inteligencia puesto al servicio de la causa para descubrir al impío Wanderer los convierte, sin más, en piqueteros que se visten de gauchos. Se impone la fuerza bruta y los slogans aprendidos. No hay lugar, ni posibilidad (¿ontológica?) de discutir ideas.

Se enojan los kukús. Sin embargo, toda la información que ha salido en el blog es pública. Quiero decir, o está en Internet, o es vox populi o fue en algún momento vos populi. Si mi intención fuera la guerra anti-kukusa hubiera publicado algunos de los innumerables mensajes que me han enviado a mi correo privado con casos graves, escritos por ex-miembros del Instituto (seminaristas, religiosas y sacerdotes). Jamás lo hice. Jamás publiqué un chisme. Toda fue información chequeada y chequeable.

Se enojan los tomistas porque critico algunas posturas de esa escuela (pero nunca a Santo Tomás). ¿Es dogma de fe el tomismo? ¿Cuál es el problema en disentir con la escuela o, incluso si fuera el caso, con el mismo Santo Tomás? ¿Es que allí comienza y se agota la revelación? Pareciera que la posibilidad del diálogo debería quedar reducido a las distinciones escolásticas. Aventurarse más allá sería caer en la herejía y merecer la hoguera. Más aún cuando se nombran autores de doctrina dudosa como Newman, Lewis o Bouyer. Quis ut Deus! Persecución al impío!

Se enojan los lefebvristas. En numerosas ocasiones hablé del enorme mérito que tiene la Fraternidad de haber conservado la misa. Si no hubiera sido por ellos, no digo que se habría perdido, pero no jamás hubiese existido la resistencia al Novus Ordo de un modo institucional y, además, miles de fieles se habrían quedado sin refugio. Pero eso no implica aceptar todos y cada uno de los postulados o de los miembros de la institución. Quiero conservar mi libertad. Quiero pensar por mí mismo.

Estimados amigos nacionalistas, kukuses, tomistas y lefebvristas e, insisto, amigos, porque lo son en el afecto y en la fe (compartimos la misma fe, creo…): NO QUIERO COMPRAR EL COMBO. Déjenme elegir.

¿Qué actitud tomar?

1. Cerrar el blog. Lo pensé muchas veces a lo largo de estos casi tres años. Pero sostenía que Internet podía ser un buen medio de apostolado. Ahora lo estoy dudando seriamente. Posiblemente le daría la razón a quien, en este mismo blog, se oponía al uso de esta herramienta. Quizás, definitivamente, el apostolado deba darse uno a uno, en la reunión del grupo de amigos que se miran el rostro y dialogan en una búsqueda común.

2. Continuar tal como hasta ahora. Me parece que no tiene sentido. No tengo vocación de mártir.

3. Mudar el blog a Wordpress que permite un acceso restringido a las entradas mediante contraseña. Sería la reunión virtual de los domingos. Claro, no tendría cien lectores diarios. Apenas seríamos poco más de una decena. Pero quizás sería lo mejor. Lo pensaré el fin de semana.

lunes, 12 de octubre de 2009

La develación de Jack Tollers


Jack Tollers, frecuentemente confundido con Wanderer, accedió a una entrevista, y se develó.
Podrán descargarlo desde su página (ver en las solapas superiores de esta página). Está hacia el final, bajo el título: "¿Quién dibalos es Jack Tollers?".
Ahora anda con ganas de hacerle él una entrevista a Wanderer. Veremos si se viene la segunda develación.

sábado, 3 de octubre de 2009

Jack responde, a P.L.


Jack Tollers le responde a P.L. quien, en un comentario, cuestionaba la conveniente de un medio como Internet para tratar temas tan serios como los de este blog.
Jack se enoja porque en el blog los post, y los temas, pasan muy rápidos. Pero esas son las reglas. Un blog que no se renueve, al menos dos veces por semana, comienza a languidecer y, irremediablemente, muere.
Aquí va, entonces, su atrasada respuesta, que publico antes que me envíe el reportaje (¿o lo publicarás en tu página?). Igualmente, ya hay varios post haciendo cola, dos de ellos referidos a las últimas correrías kukusas. Imperdibles!


Estimado P.L., ¿qué puedo decirle? No sé qué pensar sobre su comentario.

Pongo ejemplo. Usted dice que mi trabajo es “excelente” y a continuación sostiene que le esquivé a la crítica más pesada que se puede formular a un blog en cuanto tal. Pero no esquivé nada. No habré sido tan extenso en la misma impugnación que le hace usted, Ludovicus y cualquiera con dos dedos de frente, pero me parece que en la primera dificultad se formula eso de que “el medio tiende a la cabacanería”. Y me parece que está medianamente contestado con aquello que dice Ludovicus, ¿no?

Es lo que hay (¿y qué cosa hay que no “tiende a la chabacanería” en los días que corren?).

Un amigo me dice algo parecido a lo suyo, que para hacer un lechón al horno de barro se necesita un buen horno de barro, no siendo lo más recomendable un microondas. Y ambos tienen razón.

Excepto cuando alguien se está muriendo de hambre. Porque lo que nadie puede dudar es que allá fuera hay mucha gente “muriéndose de hambre”, a quienes nadie les enseñó nada, que fueron intoxicados con la “hermenéutica de la ruptura” (Ratzinger), que están asfixiados bajo “el matrix progre” (Prada), que se mueren de hambre porque los que les pueden dar de comer somos “nosotros, los perros” (Madiran) que somos censurados a rajatabla.

Esto que pongo, que no disponemos de prensa, publicaciones ni púlpito es un resumen un tanto escueto de una larga experiencia.

Primero, los tradicionalistas tienen que romperse el lomo por aprender de sus mayores. Hecho (pasablemente) por algunos que conozco. Los hay incluso que aprendieron griego y latín, algunas lenguas vivas más, Patrística, Metafísica, Lógica, Historia de la Iglesia, Teología, Antropología, etc.

Segundo. Pero luego tienen que aprender a “vivirlo” en su existencia diaria y reformular las viejas verdades de siempre para que sean comprensibles para sus contemporáneos. Hecho (bastante bien) por algunos que conozco.

Tercero. Si se puede, conviene que aderecen la cosa con humor, con elegancia, con humildad, con versatilidad en la expresión, con gestos de magnanimidad, con elocuencia, con buenas maneras, con recurso a la poesía, al cine, a otras lenguas a lo que sea que sirva para despertar la atención de nuestros prójimos. Hecho (más o menos, siempre se puede mejorar), pero en algunos casos que me sé, brillantemente.

¿Qué pasó después? Después de muchos años, de muchos esfuerzos, de sostenido empeño y trabajos de todo tipo, los echaron de las cátedras que tenían, entre conocidos y familiares se los miraba con recelo, con desconfianza, en grupo de amigos llegaron a impedirles hablar a fuerza de interrupciones intempestivas o denuestos, les rechazaron sus escritos, no les publicaban sus piezas.

El caso que mejor conozco es de un grupo de tipos que se habían deslomado durante años por educar chicos en un colegio—trabajo arduo, ingrato y sumamente esforzado si los hay, que requiere máxima inteligencia, máximo empeño. Y cuando quisieron hacer un colegio propio, conocidos y “amigos” (que durante aquellos años se dedicaron a cualquier otro menester, principalmente el de ganar plata, y algo de plata tenían) los denunciaron ante el obispo, los traicionaron prolijamente, se encargaron de impedir que obtuviesen cualquier clase de apoyo (económico, de autoridades, de lo que fuera) y los vilipendiaron hasta el cansancio. Con sumo éxito. No pudieron hacer el colegio que querían, muchos se quedaron sin cátedra, sin alumnos, confinados a un silencio compulsivo. Todo lo que habían aprendido, todo su experiencia docente, todos sus conocimientos, toda su vocación, bloqueada, silenciada, eliminada, reducida a nada, sus puestos ocupados por otros que no les llegaban ni a los talones.

Algunos probaron con cartas también. Consideradas y extensas con un solo destinatario en la mira. La mayoría no fueron contestadas. Cartas inútiles.

Y ahora los reputean porque les da por escribir en el blog de Wanderer.

Es como Peter Sellers con la trompeta en “La Fiesta Inolvidable”: al final son los propios que se dan vuelta y lo fusilan, hastiados de tanta estridencia. Pero la analogía renguea, porque en este caso la trompeta para la batalla suena bastante diáfana y le sirve de alimento para “los perritos que debajo de la mesa comen de la migajas de los hijos” (Mc. VII:28).

Y aquí hace falta aclarar que muchos de estos censuradores son “re-católicos”. ¿Cómo se atreven? A fuerza de reflexionar sobre el asunto, me parece que es porque introducen una extraña distinción entre “el testimonio de fe” o “el apostolado” por un lado, y cualquier otra comunicación de verdades (formalmente religiosas o no, lo mismo da). Por supuesto que nadie ha tenido el tupé de señalar por dónde pasa la línea que distingue una y otra cosa, y ni siquiera han tenido la audacia de sacar a la luz esta estúpida distinción. Y sin embargo así parecen pensar: que un catequista, un predicador, un abogado pro-life pueden hablar libremente—pero otros, no. Porque hablan de cosas molestas, porque introducen distinciones difíciles, “buscan el pelo en la leche”, o dicen cosas políticamente incorrectas. En esto, el de Castellani es el ejemplo que mejor conocemos, pero hay muchos más. En los últimos años el refinamiento ha llegado a tanto que incluso directamente suprimen la cátedra del profesor con tal de que no hable más (conozco dos caso recientes).

Como lo dijo, inmejorablemente, Bruckberger:

Si los católicos no aman la verdad, es que nunca les han enseñado a amarla, nunca los han alentado a amarla.

Y cuando alguno de ellos se atreve a decirla, ¡qué de exclamaciones ahogadas se comienzan a oír!: ¡Chsst! ¡Chsst! ¡Cállese! Sabemos todo eso pero ¡son cosas sobre las que más vale no decir nada! ¡Eso haría mal a la religión! ¡Tenemos bastantes problemas como éstos!

Toda mi vida he oído tales cuchicheos en las sacristías.

No sólo los católicos no aman la verdad sino que llegan a profesar un odio asesino contra quien la ama lo bastante como para decirla muy alta, sin importarle las consecuencia de nada.

Pero no podemos callar voluntariamente, está prohibido y ay del tradicionalista que no intenta con todo su talento, con todo empeño y con toda insistencia el ministerio del “alli tradere” es reo de defección.

Ay de Castellani si hubiese callado, ay de San Pablo si hubiese callado. O como lo dijo Jacques Loew:

La tentación del apóstol (y eso bastante antes de que llegue a viejo) es la de aflojar en el combate: la carrera está demasiada plagada de pruebas inesperadas. Pablo esperaba un combate “como un buen soldado del Cristo”, pero se lo imaginaba cara a cara con la infidelidad, cada uno explicando su posición. Y sin embargo, resulta que no se lo quiere escuchar: “otro día te oiremos”.

Nuestro Señor se lo dijo a los fariseos: “¿Por qué, pues, no comprendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi palabra” (Jn. VIII:43). Y claro, si el Verbo hubiese callado, se habría ahorrado la crucifixión (la Cruz no es sino una inmensa mordaza, sino que Él hace que eso se convierta en un inmenso altoparlante. Ahora, insisto, no hubiese hablado, no habría habido Cruz). Y rige su palabra, siempre: “Si he hablado mal, dime en qué. Pero si no…”

El blog es un medio medio mediocre, puede ser, qué sé yo. También lo es un cadalso, desde el que Edmundo Campion seguía hablando (explicando por qué las nuevas doctrinas eran heréticas o peligrosas) mientras lo destripaban. Pero no podía hacerse oír: simultáneamente un pastor tapaba su voz con prédica protestante mientras la plebe abucheaba al mártir. Igual murió intentándolo.

En un medio de mierda, cómo no.

Los semiólogos coinciden en que es mejor la tradición oral que la escrita, que es mejor la pluma que la máquina de escribir, que es mejor la máquina de escribir que el ordenador, que es mejor el ordenador que los mensajitos de texto y así ¿no? (las señales de humo sirven para avisar que viene el enemigo, pero no para distinguir entre el acto y la potencia).

Pero a mí, en pleno kali-yuga, todavía no lograron reducirme a eso, y antes de que me lleven preso, quizá alcance a mandar uno de esos mensajitos, de esas señales (ni tengo celular, aparatos que odio con toda mi alma).

“Toda vrdad no importa kien la diga procd dl E.S.”

O algo así.

Y después, y bueno, qué le vamo’ a hacer. Con un poco de suerte, finalmente me harán callar, nomás.

Abrazo, Patrología Latina (o témpora, o mores).

J. T.