lunes, 28 de mayo de 2018

Pemán en la calle del Grabador Espinosa

Dicen que Segovia es más bella que Toledo. Y es probable que sea así. Amarilla, encaramada a una colina que se alza apenas se cruza la sierra de Guadarrama y rodeada de su acueducto romano, conserva aún algo de Medioevo encerrado en sus calles empedradas, sus iglesias románicas y su alcázar. En medio de ella, la catedral, enorme, con cúpulas, torres y torretas grandes y pequeñas que aparecen como burbujas en cada rincón de sus techos y adentro, su inmensidad, sus capillas, su coro de piedra y el majestuoso silencio que pasma y sobrecoge.

Pero Segovia cubierta de nieve, como me tocó contemplarla en enero, es un espectáculo fascinante en el que la piedra amarilla aparece moteada de blanco por aquí, y totalmente cubierta de blancura por allá. Y aparecen también el frío, y el hielo, y los resbalones y el chocolate con churos y el cochinillo asado en el “Narizontas” de la plaza de Medina del Campo. 
Y como lo mejor de estas ciudades son las sorpresas que esconden a los infames ojos del turista profesional, es conveniente perderse en las callejuelas más solitarias, por las que no se desliza ningún cardumen de japoneses ni vocingleros grupúsculos de americanos en ojotas y pantalones cortos, y que ni siquiera aparecen mencionadas en las guías de viaje. Y así lo hice yo. Empecé a caminar y a desorientarme, subiendo y bajando escaleras, torciendo a derecha y a izquierda, parándome aquí a mirar una casa inclinada y sentándome por allá en un poyo de piedra a ver pasar la gente, hasta que di con una calleja estrecha que sube por escalones desde el Acueducto hacia la Plaza Mayor, pero se queda a mitad de camino. Tan ceñida es que en otras épocas apenas si habría pasado por ella un mulo y un carro. Leí: “Calle del Grabador Espinosa”, ponía la piedra, y ese nombre me dio la certeza que por allí algo bueno encontraría. 
Y así fue que comencé a subir la calleja, evitando la nieve que comenzaba a derretirse y buscando apoyo firme en los escalones que la adoquinaban. Después de recorrer un buen trecho, apareció a mi izquierda una puerta que para abrirla había descender un escalón de piedra y que arriba ostentaba un viejo cartel que decía: “Librería Torreón de Rueda”. Aquí estaba; había llegado al sitio al que debía llegar: una librería de viejos. 
La puerta abría a una especie de estrado en el que se mostraban bajo vitrinas los ejemplares más raros que poseía el local y, a la derecha, un largo mostrador de madera añejada, repleta de libros y papeles, sostenía también la pantalla de una computadora que desentonaba dramáticamente no sólo con la librería sino con la ciudad entera. Detrás de ella asomó la cabeza de un joven flacucho y algo encorvado, que me miró seriamente, como a un intruso, y continuó su trabajo que a poco me di cuenta era mecánico y aburrido: consistía en controlar los pedidos de libros que recibía de compradores iraquíes, canadienses o peruanos, que jamás habían caminado por la calle del Grabador Espinosa pero que se llevaban sus tesoros, buscar el libro en el anaquel adecuado, encerrarlo en un sobre de papel madera y estampar sobre él los datos del comprador. Amazon destruyó la magia de las librerías de viejo, que ahora no son más que sucursales del monstruo creado por Jeff Bezos. Y pulverizó el noble oficio de librero, al que con tanto gusto me habría dedicado en mi vejez, reemplazándolo por meros robots que cumplen las órdenes que reciben de una máquina. Shaun Bythell explica esta desgracia en un librito que no vale la pena leer (The Diary of a Bookseller, Profile Books, London, 2017).
El dependiente tenía ojos pequeños y, si su cara hubiese sido alargada y su nariz puntiaguda, no habría tenido modo de negar su pertenencia a la especie de las zancudas. Su indiferencia hacia los clientes de carne y hueso que rara vez entraban en la librería me liberó de timideces, descendí del estrado y me interné en la sala principal, colmada de recovecos, escaleras, viejos mapamundis y libros, libros y más libros, que coloreaban pálidamente las paredes y aromatizaban el espacio con olor a siglos. 
Lo primero que hago cuando entro en librerías de segunda mano, es averiguar qué criterio ha seguido el librero para ordenar sus libros. En las más nuevas, esas que amontonan saldos editoriales o libros que tuvieron la efímera existencia de dos meses o dos días, suelen no tener orden alguno; así como llegan, así son colocados en las estanterías. Pero si el dueño es más prolijo, suele recurrir a la brillante idea de ordenarlos alfabéticamente según el apellido del autor. Y de esa manera me encuentro que Roberto Roth con su Los años de Onganía, comparte lugar a su izquierda con el Contrato social de Rousseau y a su derecha con La misa renovada del canónigo Roguet, y es vecino lejano de Rilke y su Cartas a un joven poeta. Cuando encuentro esta absurda taxonomía, no pierdo ya tiempo en continuar con la visita. “De tal palo, tal astilla”, pienso. Así como es el librero, así serán sus libros. 

Era yo el único cliente en la librería de la calle del Grabador Espinosa; el frío del invierno segoviano y la facilidad de los clicks explicaban mi dichosa soledad que me permitía recorrer estantes y lomos, haciendo cálculos sobre qué comprar y qué no, de acuerdo a mi billetera y a la franquicia de equipaje que me daba la aerolínea. Andaba escaso de ambos, y queriendo evitar tentaciones, pregunté al dependiente por lo que me interesaba particularmente: la primera edición de Aguilar de las obras completas de Pereda, que me las ofreció a un precio que no quería pagar, y la sección de Teología y Religión. 
- Todo eso está en el depósito - me dijo. Y es comprensible; pocos son los que se interesan aún en tales antiguallas.
Me adentré entonces en la sección de literatura y comencé a recorrer al azar los títulos, hacia arriba y hacia abajo. Me encontré con los dos tomos de las obras completas de Lajos Zilahy, editados por Plaza&Janés y encuadernados en cuero azul y cantos dorados; los tres tomos con las novelas de Pérez Galdós de Aguilar en cuero rojo y lo cuatro tomos de la obra completa de Cronin por Juventud en cuero marrón, y que me recordó la biblioteca de mi abuelo paterno -de la que se adueñó sin ningún derecho un primo poco menos que analfabeto- que también las guardaba. 
Y así, deslizando los ojos y los dedos por centenares de lomos duros, blandos, rugosos y aterciopelados, di con un libro en cuero verde que bien podría haber llevado el rótulo: “Nuevo. Nunca leído”. En la tapa se estampaba un emplumado escudo de armas dorado y en el lomo letras también doradas que se escabullían entre hojas y ramas barrocas, decían: “José María Pemán. Narraciones y ensayos”. Era el tercer tomo de las obras completas del gaditano, editado por Escelicer, en Madrid y en 1949. De adolescente había leído los dos enormes primeros tomos marrones y pesados que contenían las novelas de Pemán y ya casi las había olvidado, y a pesar de no ser un libro barato, decidí comprar éste cuando, al abrirlo al azar, di con la página 467 en la que una “Nota editorial” introducía uno de los libros que componían el volumen, titulado Un laureado civil:
“Aunque este libro no fue publicado hasta el año 1944, en realidad había sido escrito mucho antes. La primera insinuación para escribirlo llegó a Pemán de la misma familia del biografiado, que guardaba un archivo familiar tan bien ordenado y meticuloso que se podía, con él, sin excesiva labor de investigación, reconstruir la vida llena de agitación novelesca, casi cinematográfica, del heroico don Domingo de Torres y Harriet. Era éste, abuelo del que fue secretario del rey don Alfonso XIII, don Emilio de Torres, primer marqués de Torres de Mendoza. Provenía la denominación de este título de las hazañas audacísimas que el don Domingo, funcionario del rey en la ciudad argentina de Mendoza, había llevado a cabo durante los primeros días del movimiento de Independencia de aquellas tierras. El deseo de dar a conocer aquellas hazañas, el origen de su título, documentadas minuciosamente en el archivo familiar, movió al marqués de Torres de Mendoza, a poner en manos de Pemán la prolija documentación, en la que éste encontró fácil base para la ampliación investigadora y sobre todo apasionante interés humano para una narración que tentaba al novelista y al poeta”.
Sin pensarlo mucho, y junto a otro tomito en inglés con la autobiografía de Maurice Baring, me acerqué al mostrador del enteco dependiente que seguía acurrucado detrás de su computadora y que sin decir una palabra ni mover un solo músculo de su rostro apagado, recibió mi tarjeta y me dio a firmar el comprobante.
Y así me fui yo de Segovia con la inesperada compañía de don Domingo de Torres a quien conocí de cerca apenas llegado de regreso al país.

Es interesante la vida de este don Torres. El 28 de julio de 1802 había sino nombrado “ministro tesorero de las Cajas Francas de la Real Hacienda de Mendoza”, que lo constituía casi en la máxima autoridad de esa ciudad argentina y en ella permaneció hasta luego de los sucesos de mayo de 1810. Luego de la sublevación, tomó por asalto con unos pocos hombres en nombre del rey de España el fuerte que había sido ocupado por los rebeldes, pero finalmente fue hecho prisionero, enviado junto a otros funcionarios a Buenos Aires y condenado por las nuevas autoridades a prisión en Carmen de Patagones. Pasó en ese fuerte de fronteras -no era más que eso en aquellas épocas- un tiempo hasta que, de un modo propio de una película de fantasías, abordó y redujo a la tripulación de un buque de guerra norteamericano que había fondeado en las cercanías, y con él regresó a España. Y en la Península pasó el resto de su vida en diversas funciones encomendadas por los gobiernos de turno.
La lectura de las memorias de este personaje que vivió y fue protagonista en pequeña escala de los hechos de los primeros movimientos revolucionarios en Argentina permite algunas conclusiones:
  1. Las mayor parte de las autoridades españolas en Mendoza, y quizás en buena parte de América, eran liberales deslumbradas por la Revolución Francesa. Y don Domingo de Torres, además, muy probablemente fuera masón. Es sugestivo que se refiera muchas veces al “Ser Supremo”, pero nunca hable de “Dios”.
  2. La Revolución de Mayo, al menos en Mendoza, fue una clarísima sedición contra la autoridad legítima que era el rey Fernando VII y el Consejo de Regencia que gobernaba en su nombre. Fue pergeniada por un pequeñísimo grupo de liberales jacobinos y masones que, lejos de buscar heroicos ideales católicos e hispánicos, estaban interesados en implantar lo principios revolucionarios o en gozar de beneficios económicos con un nuevo gobierno.
  3. En Mendoza, los únicos que conservaban los ideales católicos e hispánicos -algunos de los curas y algunos pocos vecinos-, eran todos sin excepción partidarios del rey de España y de conservar la fidelidad a la Corona. 
  4. El grueso de los que se plegaron a los sublevados fue el populacho que cambió de opinión un par de veces según corrieran los vientos, y se movía por el mismo choripán que poco más de un siglo después movería a los peronistas.
  5. En definitiva, la “heroica gesta de la independencia patria” no fue más que una lucha interna de dos grupos de liberales y masones para determinar cuál de ellos -el español o el franco-inglés- se quedaba con el botín que consistía, para unos y para otros, en inmensos territorios e inmensas riquezas. 



20 comentarios:

Anónimo dijo...

It seems to me you jump too easily to conclusions
Hilbert

Anónimo dijo...

Incuestionable. Sólo un incauto comprador de cuentos infantiles (que podrían entregarse gratis) puede llegar a creerse la historieta que se elaboró para explicar que había nacido una nación (y más que nación, estados, como es el caso de otros veintipico más que aparecieron de 1810 en adelante) donde antes había cuatro virreinatos.
Los ingleses son muy dotados en eso de inventar leyendas con usos múltiples. Historietas que les sirven para bajar o para subir, para ensalzar o para ensuciar, a quien sea según le sirva al inventor una u otra cosa.
Sus idas y vueltas con Stalin y sus muchachos, o la dispar reacción frente a Hong Kong o Malvinas, entre tantas actitudes versátiles de su historia, nos lo revelan para el que lo quiera ver.
Y lo propio puede decirse de sus primos, los masones franceses o españoles. O estadounidenses, argentinos o sub-saharianos, que lo mismo da.
El tema es que la libertad se obtuvo, el estado se formó -tardando 50 años en tener algún tipo de organización-, para luego tener otra deriva -absurda y más parecida a la desorganización paulatina y programada- que se viene produciendo desde 1945 a la fecha. Sin solución de continuidad, ni freno en la caída.
Pero la nueva y gloriosa Nación, que imaginariamente existía o había sido creada, se perdió entre las nubes de Úbeda.
Así la Argentina sigue su marcha hacia la sima. Cosa que poco les puede importar a los verdaderos jefes. Es más, hasta parece que lo único que realmente les importa es que se desmembre lo más rápido posible. Y en eso estamos.
Eso sí, se acerca el mundial de fútbol, y mientras el gas de aroma fétido se mantenga dentro de la canasta, aparecerán entusiastas sonidos onomatopéyicos que acompañarán los primeros compases del himno de lo que debería decirse una honorable y respetable canción de la nación y los nacionales, mientras la letra descansará en paz.
Como anticipando que no vale la pena el morir con gloria. Basta con la muerte o el olvido.
Insípido Heinodoro, un fruto más de una pasión sin otro sentido que el llorar en el tango (por la mama que no está y lo malas que son las mujeres y la injusticia de la vida) y abrazarse frenéticamente si la pelota entra más en el arco rival que en el propio.

Wanderer dijo...

Dear Hilbert,
Mis conclusiones son a partir de las memorias de Domingo de Torres; parciales entonces, y referidas a un solo territorio, el de Mendoza.
Claro que creo que es lícito aplicarlas también al resto de las provincias del Río de la Plata.

Antonio Caponnetto dijo...

Si pudiera servir de algo (y no lo sé;creo que de nada; tal vez de pura compañía de bibliómanos),permítaseme decir, que he usado y citado esa obra de Pemán en mi librete Independencia y Nacionalismo, Buenos Aires, Katejon,2016,p. 28 y ss. Por los datos es, en tiempo, espacio y editorial,la misma obra refugiada en "Torreón de Rueda". Como vino a parar desde allí a Floresta -¿o fue al revés?- ya no lo recuerdo.Buena descripción de Segovia. Recuerdo la de Machado:"¡Torres de Segovia/cigüeñas al sol/verdad que el agua del Eresma/nos va lamiendo el corazón".
Antonio Caponnetto




El de Hernández dijo...

Wanderer: interesante. Aunque personamente se me ocurre que la independencia de estas pampas es algo más complejo... En pocos años aparecerán caudillos como Rosas, reconocedores de la gran herencia hispana... Y con notable apoyo "popular"... Incluso el lema "¡viva la santa Federación!" (a mi me recuerda a la "santa Madre Rusia"), pero también "religión o muerte" muestran cierto espíritu que guiaba a buena parte de la población...

Anónimo dijo...

No le negaré que Segovia posee un encanto que Mendoza, aunque no lo parezca en seco y a primer requiebro, aún no ha alcanzado. Pero, buen hombre, que tiene Ud. ahí nomás al alcance a don Enrique Díaz Araujo para explicarle algo de historia argentina y americana y lo risible de toda esta chocarrería de los "liberales" de la Independencia y de la "tración" al rey de España -que estaba preso por cuenta propia, pues se fue a verlo al bondadoso Napoleón para pedirle ... averígüelo Usted. Y que de paso, lo felicitó por José Bonaparte. Y le podría explicar porqué América no era una colonia española ¿no lo sabía Ud.? sino que era un reino distinto a España con unidad dinástica con Castilla (como lo fuera Portugal por casi 100 años), así que eso del Consejo de Regencia, pamplinas, pues ni era nombrado por el Rey ni fue para América. América fue prolijamente estropeada por los borbones -escrito con unaa minúscula que aún así les huelga- durante todo el siglo XVIII y, como remate, el mismo Fernandito, cuando estos reinos americanos fueron a entregarle su acatamiento en 1815, pues los sacó pitando... siendo en cambio muy bien recibidos por Carlos IV que vivía en Florencia y era el rey verdadero, pues nunca había abdicado. Y como si no hubiesen sido masones y liberales (esta vez verdaderos y no de cuentito "carlista") los peninsulares de la Pepa, los del Consejo de Regencia, los de la Junta de Cádiz, los afrancesados (como Telerman) de Sevilla, o los "ainglesados", como el Pocho de por aquí. Pero si le gustan los novelones españoles, léase los "episodios nacionales" de Pérez Galdós, que por lo menos era historiador aficionado, y no a Pemán, que siendo todo un místico y un músico de las letras, vamos, que de historia nada de nada.
Pero es Ud. libre de elegir qué leer y qué creer; pero recuerde que nadie es libre de elegir lo que debe saber.
Con aprecio peninsular
Don Julián, preso en el Plata (con mucho gusto y nietos para probarlo)

Anónimo dijo...

Me parece que la Guerra de Independencia de Hispanoamérica podría leerse en el contexto de una Gran Guerra Civil Española Intercontinental. Que luego en España se continuó en las Guerras Carlistas, y en Hispanoamérica en las Guerras Civiles de cada país. Una gran guerra civil entre españoles liberales y tradicionalistas.
Me da la impresión de que en la Guerra de Independencia de España contra Napoleón, hubo liberales en ambos bandos. Unos aceptaban que el liberalismo llegara a España de la mano del Ejército Francés, y otros (como San Martín), no. Pero seguían siendo liberales los dos. Por supuesto que también había tradicionalistas luchando contra los franceses.
Es probable que en las primeras Juntas de América se haya mezclado auténtico nacionalismo español contra Pepe Botellas, con oportunismo liberal, y con sed de poder comerciar libremente con Inglaterra (esto al menos fue así en la capital del contrabando que era Buenos Aires). Luego, cuando los liberales de ambas márgenes se dieron cuenta de que Fernando VII pensaba reimplantar l'Ancien Regime, decidieron concretar la España Liberal en América, y a eso vinieron San Martín, Alvear, Zapiola.
La Guerra Civil Española siguió, a ambos lados del mar. Y fue así que la oportuna sublevación liberal del Coronel Riego en Cabezas de San Juan salvó al movimiento liberal americano. A su vez, la implantación del Trieno Liberal en España, disparó la independencia de México de la mano de Iturbide, ya que el monárquico Iturbide no tenía ningún interés en pertenecer a una España liberal.
Me parece que sin esta óptica no se puede entender, por ejemplo, que el General José de San Martín mantuviera excelentes relaciones con su hermano Justo Rufino, oficial del ejército español. Y que cuando San Martín estuvo en Londres, fuera visitado por este hermano suyo que vivía en París, tras haber escapado de España luego de la caída del Trieno Liberal.
Tampoco se podría explicar la profunda amistad que unió al General San Martín con Alejandro de Aguado. Alejandro de Aguado fue oficial del ejército español de José Bonaparte. Por tanto debería de haber sido considerado un traidor por San Martín que los combatió. No fue así. Porque eran -todos ellos- liberales españoles que luchaban por una España liberal de la forma que creían más conveniente.

Mario Santos dijo...

A propósito de Mayo, el libro de Caponnetto sobre Independencia y Nacionalismo, me parece muy interesante por su erudición y equilibrio. Por `ai no gusta ni a los revisionistas duros ni a los carlistas... Pero para el que le interese buscar la verdad (por encima de sostener una postura) creo que es una buena lectura.

Saludos,

Mario Santos

Anónimo dijo...

Sobre Pemán, también se encuentran por Argentina. En una librería de usados en la calle Paraguay, encontré El Divino Impaciente dedicado por... José María Pemán. Como llegó hasta ahí, no lo sé. El librero no tenía idea de lo que valía (a solo $30 hace 4 años). Mala suerte para él. Pero buena para mí.

Sobre el otro tema, recomiendo el libro de Antonio, Independencia y Nacionalismo. Cortito y claro. Se lo regalé a un amigo carlista. No cambió de idea, pero al menos discute con un poco más de prudencia.

Alfonso Jesús Vivar

Máximo Cozzetti dijo...

Justo ando leyendo sobre estas cuestiones patrias, sin haber pertenecido a ninguna corriente historiográfica, así que esta entrada me viene al pelo.

Creo que la honestidad de mayo/1810 de BsAs la explica bien el p. Olivera Ravasi en su blog, pero como dice Caponnetto, el trigo estuvo mezclado con la cizaña, así que no habría que generalizar diciendo que las resistencias de otras ciudades a la ilegítima Regencia fueron honestas. Ahora bien, creo que los temores de Cisneros, Liniers y Lué y su sometimiento provisional a la Regencia en aras a la unidad de España, eran legítimos.

Luego estalló la guerra civil entre españoles, leones contra leones, regentistas contra antirregentistas y secesionistas.

La cosa se complica más de 1814 a 1816, con la vuelta del Rey. En esto creo que es mejor Caponnetto que Díaz Araujo, que insiste, siguiendo el Manifiesto a las Nacione, en que "el Rey nos rechazó" y no quedó otra que independizarnos (fundamento que me cuesta aceptar dado lo verdaderos motivos que parecen haber tenido las misiones diplomáticas*)

Caponnetto en cambio expresa su desconfianza por el Congreso de Tucumán (que justifica la independencia por la tiranía de los Reyes) y pone como el verdadero y honesto espíritu se la independencia política (que no cultural ni religiosa) a José de San Martín, o eso le entendí yo.

Independencia y Nacionalismo no me terminó de convencer, me pareció con muchos agujeros y me produjo las siguientes preguntas:

¿De dónde se deduce que las intenciones de San Martín y los "buenos independentistas", fueron rechazar el liberalismo peninsular? No me sigan repitiendo que porque usaban escapulario, rezaban el rosario y no permitían las blasfemias no eran liberales...

¿Cuál fue el acto tiránico y despótico del Rey? ¿Querer retrotraer las cosas a como estaban en 1808? Mas las condenas a la Regencia y a las Cortes, a las que culpó del malestar en América, no parece tan liberal...

¿Pretender la coronación de su hermano u otro monarca o pedirle "o más autonomía o la independencia", no es una falta de respeto a su Real persona? El accionar de Fernando VII parecería legítimo también.

¿Y Etsi Longissimo Terrarum? Decir que es justo el llamado al orden del Papa, pero justificar la independencia en que los sumos pontífice nunca condenaron a los americanos ni a los Libertadores, no parece convincente... no parece algo que haría la Santa Sede, por bien de las almas y paz entre las naciones.

http://www.argentina-rree.com/2/2-022.htm
http://www.argentina-rree.com/2/2-024.htm
http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1853-17842012000200005

Por 'ai no gusta ni a los revisionistas católicos ni a los nacionalistas... Pero para el que le interese buscar la verdad (por encima de sostener una postura) creo que son buenas consideraciones a tener en cuenta.

Saludos,

Ravenna

Sir Edward Hopkins dijo...

Se hace mal en mixturar las cosas.
Wanderer puede no ser carlista y pensar la Independencia como lo hace.
También hay nacionalistas que ven así aquel proceso y no se dicen carlistas.
Y hay carlistas (aquí no, pero en España sí), que es tal el odio que sienten por Fernando VII, que en este tema coincidirían con Díaz Araujo.

El Carlismo se relaciona estrictamente con una cuestión dinástica peninsular (la que tuvo por malo a Fernando VII) que pudo haber repercutido en los virreinatos y nada más. Otra cosa es que los carlistas de aquí, con yerro en el foco esencial, relacionen al Carlismo con la Independencia y apenas, o nada, con la sucesión de la Corona.

Antonio Caponnetto dijo...

Don Wanderer:
Escribí mis líneas precedentes movido por dos razones. La solidaridad bibliográfica ante el feliz encuentro de “Un laureado civil”, de Pemán, y el elogio al hermoso retrato de Segovia por usted estampado, que me trajo a la memoria algunos otros, leídos hace ya tiempo, como los de Machado y el Marqués de Lozoya. Libros raros bien hallados y paisajes bellos, logradísimamente descriptos: he aquí mis dos motivaciones.

De la cuestión independentista deliberadamente preferí no hablar. Mi posición es distinta a la suya; y la misma obra de Peman que ambos leímos, nos ha llevado,al parecer, a conclusiones diferentes. Nada por lo que tengamos que mandarnos los padrinos. Que ya ni en los bautizos se estilan.

Pero de pronto, algunos lectores –y no lo juzgo ilegítimo- se formulan planteos de fondo sobre nuestra historia patria; llegando algunos de ellos a presentar un cuestionario que atañe a mi propio libro “Independencia y Nacionalismo”.

Me parece un abuso de hospitalidad que yo salga ahora a usar una casa que no es la mía para dirimir pleitos tan complicados. Me parece asimismo que tales pleitos han sido abundantemente tratados y aún resueltos por la mejor historiografía revisionista, la cual, lamentablemente, o no se conoce o se subestima apriori.

Me parece además que el amigo Cozzetti –si así lo desea,claro; y si vence la mudez y la internación hospitalaria a que lo confinaron en Los Simuladores- podría hacerme la inmensa gauchada de volver a leer mi libro en cuestión, otros más que le dediqué a este punto, y hasta un par de charlas y charlitas que andan circulando inmisericordemente por la red. Si así lo hiciera –y puesto que el material al que lo remito sino miga tiene al menos bulto- es probable que descubriera algunas de las respuestas que con recta intención y entrenada acuidad anda buscando. Respuestas a preguntas que, insisto,ya han sido analizadas y evaluadas por historiadores de valía. Y que, en el mejor de los casos, yo apenas si logré recopilar o balbucear.

Me dirá Cozzetti que nadie está obligado a mortificarse de este modo. Tiene razón, por lo que, tras agradecerle el gesto, pido los respectivos perdones, y lo libero de tan fieros trances, reduciendo mi solicitud a categoría de mera sugerencia o apostilla. Pero tampoco creo que un autor –así sea yo mismo; esto es un paraintelectual- pueda ser mortificado, pidiéndosele que escriba otra vez, pero en un blog, lo que escribió durante años y páginas.

Tengo para mí, con pesadumbre,que algunos frecuentadores de este sitio se han quedado con una imagen paródica del revisionismo y aún del nacionalismo. Lo que no sería tan grave (y hasta podría darse el caso de encontrar justificativos) sino conllevara en ocasiones la comisión de un cierto desdén por la patria y la virtud del patriotismo. Y hasta donde tengo aprendido, de ninguna de ambas cosas hemos de prescindir los buenos católicos.
Mis saludos a todos
Antonio Caponnetto

Carlista Argento dijo...

¡Qué suerte que tenemos a Sir Edward para "aclarar" las cosas!

Si alguien tenía una vaga idea de lo que es el carlismo, ahora sí que no entenderá nada.

Por mucho "odio" que puedan sentir los carlistas ibéricos por Fernando VII (según afirma Sir Edward), no por eso van a coincidir con Díaz Araujo. De hecho, no conozco ninguno que lo haga.

Que el carlismo se relacione "estrictamente con una cuestión dinástica peninsular" (según tira Sir Edward) no lo sostiene ningún carlista ni no-carlista (por ej. un Jordi Canal). De hecho, todos (carlistas y no carlistas) te dicen que lo dinástico fue una excusa. Hasta Vázquez de Mella, si no recuerdo mal, bien dice que si Isabel hubiese apoyado los principios que apoyó Carlos, los carlistas hubiesen sido isabelistas.

Los carlistas, estimado Sir Edward que habla sin saber, apoyan principios, no personas. Esos principios son: la Religión (unidad católica), la Patria (la unidad de Las Españas plurales), los Fueros (como ley consuetudinaria tradicional), y la Monarquía (tradicional, social y representativa).

En primer lugar, en ninguna orilla del Atlántico encontrará carlistas que consideren "algo bueno" las independencias, en cuanto atentan contra la unidad de la patria y las consecuencias de ellas están a la vista. Otra cosa (una segunda distinción a hacer) es que, dentro de la libertad recta del quehacer historiográfico, haya carlistas que tengan distintas (o, incluso, encontradas) opiniones sobre cuestiones históricas concretas relacionadas a las independencias, dado que ni de un lado ni del otro eran todos santos ni villanos. Y, si se me permite un tercer matiz, no hay carlistas serios que pidan un retrotraerse a 1809 (eso sería una suerte de arqueologismo antitradicional), sino por el contrario, trabajar en algún tipo de Hermandad de Naciones Hispánicas como la que proponía Vázquez de Mella hace un siglo a la manera de un Commonwealth con la idiosincrasia propia de los pueblos hispánicos.



Sir Edward Hopkins dijo...

Pero entonces, dear Argento, deberían llamarse "antindependentistas" y no "carlistas"; pues lo de carlistas lo toman de don Carlos y éste llegó a famoso con motivo de la Ley Sálica o Semi-sálica que Fernando irrespetó.
Nuestro grupo es el de los Carteristas dado el oficio que adoptamos en andenes y avenidas y poca claridad hubiésemos echado de haberlo bautizado los Borgeanos.

Lo indidable es que algo de borgeano hay en todo esto.

Sir Edward Hopkins dijo...

Y no sólo en España. Recuerdo recién ahora -son los achaques de los años- que también en Argentina: Rómulo Carbia, fue historiador argentino, carlista y sanmartineano.

Anónimo dijo...

y que va hacer....cada vez entiendo menos....

https://www.ole.com.ar/fuera-de-juego/francisco-vaticano-futbol-femenino_0_2024197629.html

Carlista Argento dijo...

Estimado Sir Edward,

Evidentemente Ud. no entiende de matices. ¿Cómo era? Ah, sí, "distinguir es de inteligentes". No tenemos nada que debatir entonces.

Anónimo dijo...

Sin ánimo de debate -más bien como un reflexión ad intra- adhiero a las dos opiniones vertidas por Antonio, a saber: primero, que muchos hablamos sobre los orígenes de la patria sin haber leído a quienes la estudiaron y pensaron con claridad y erudición. Hay libros de talla sobre el tópico y creo no equivocarme si digo que muchos de ellos son desconocidos por comentadores y hacedores del blog. Segundo, que al desdeñar al nacionalismo, se cuelan visiones erróneas sobre la patria (al punto de sostener que no existe ¡ay!) y resentimientos sobre nuestra identidad e idiosincrasia... Me parece que esas cosas no edifican, tampoco nos unen.
Cordialmente,

José.-

Anónimo dijo...

Un señor llamado "Carlista argento" dice lo siguiente: que en ninguna orilla del Atlántico encontrará carlistas que consideren "algo bueno" las independencias, en cuanto atentan contra la unidad de la patria y las consecuencias de ellas están a la vista. Dicho señor tiene una confusión de un tamaño paquidérmico, si se me permite minimizar los elefantes. Lo que dispersó "las independencias" fué la unidad del Estado, no de la Patria. Pero si el señor consideráse que son lo mismo, no me atrevería a corregirlo. Y tampoco discutiría con él. Pero si la Patria y el Estado no son lo mismo, los independentistas tuvieron, parece ser, algunas razones muy bien fundadas para cortar los vínculos "estatales" que no veremos ahora. En todo caso, vale la pena recordar que alguien dice por ahí arriba que los reinos americanos eran una unión dinástica con el Reino de Castilla impuesta por las Bulas papales y confirmada por la Recopilación americana de 1680, lo que es históricamente exacto y los "carlistas argentos" no suelen siquiera comentar, porque no les conviene. Y en efecto, así lo fue también Portugal, sin que a nadie se le ocurra que Portugal incurriese en traición o parricidio por desprenderse de los Austrias por medios bastante violentos.
Le agradezco, don Wander, por su hopstiladidad en este debate, que desde que se inició hará unos 20 años, todavía no manifiesta la virazón...
Cordialmente
Ath.

Carlista Argento dijo...

El Sr. Ath. parece que es él quien tiene una confusión de tamaño paquidérmico.

Empecemos porque hablar de Estado en el Antiguo Régimen es una burrada, como se lo puede aclarar cualquier manual de historia política.

Es Ud., en todo caso, el que parece estar mezclando conceptos tan disímiles como Patria y Estado-nación. Pero, como en ciencia política hay tantas definiciones como personas, no me voy a meter en discusiones semánticas. En todo caso, simplemente dejar sentado que para el tradicionalismo hispánico, la Patria es la de Las Españas (y el que no lo entienda que vaya y lea a Gambra o a Elías de Tejada, lo cual, además, dará unas cuantas satisfacciones).

En segundo lugar porque los Reinos de Indias eran una unidad política ("Y porque es nuestra voluntad y lo hemos prometido y jurado que siempre permanezcan unidas para su mayor perpetuidad y firmeza", dice Carlos I/V) y no eran "independizables" de la Corona de Castilla ("Y mandamos que en ningún tiempo puedan ser separadas de nuestra Real Corona de Castilla, desunidas ni divididas en todo o en parte, ni a favor de ninguna persona", continúa diciendo el Rey Emperador). Así que le pediría que vuelva a leer y repasar algunos conceptos antes de arrojar adjetivos de manera gratuita.

Agradezco a Wanderer el espacio y pido me disculpe la vehemencia, pero es que cada vez que salta el tema independencias siempre hay algún "intérprete" de turno que viene a embarrarnos a los carlistas.