Creo que somos varios los argentinos que sufrimos vergüenza ajena ante el comportamiento de nuestros gobiernos, de nuestros obispos y de muchos de nuestros conciudadanos. Sin embargo, cuando se asoma la nariz por sobre Los Andes o cuando se otea más allá del Atlántico, nos consolamos un poco porque vemos que lo que sucede en otros lares es también merecedor de vergüenza, entre otros sentimientos.
Nos hemos enterado en estos días que uno de las primerísimas decisiones del nuevo presidente del gobierno español ha sido apurar los trámites para exhumar los restos del general Francisco Franco de su tumba en la basílica del Valle de los Caídos y convertir este monumento en un sitio destinado a la reconciliación de los españoles, como si otro hubiese sido el destino que le dio en su momento el mismo Caudillo.
No vale la pena detenernos a analizar el hecho, puesto que todos los lectores del blog, y todo el mundo que conserve un mínimo uso de la inteligencia, se dará cuenta que en este acto no hay un sano deseo de reconciliación (y la verdad es que yo no veo a muchos españoles hoy en día dolidos o resquebrajados por la Guerra Civil, luego de ochenta años) sino de revancha y odio. La derrota que sufrió la izquierda en el '39 aún les duele y el resentimiento ha pasado de generación en generación.
Por mi parte, debo reconocer sin la menor vergüenza que la Guerra Civil Española me ha causado, desde mi adolescencia, una extraña fascinación. Claro que a partir de los diez años comencé a fascinarme con la Segunda Guerra Mundial, y que a los trece leí en menos de una semana en enorme librote que guardaba mi abuelo titulado "La Gran Guerra", extendiendo mi deslumbramiento a la Primera. Algún tiempo después, un buen sacerdote me prestó un monumental álbum con fotografías de la Guerra Civil Española, y fue allí cuando comenzó mi atracción por todo lo relativo a esa contienda, atracción que aún perdura. Quizás haya sido el relato de las hazañas de falangistas y requetés, algunos de ellos poco mayores que yo, que habían tenido la posibilidad de batirse por la fe y acribillar un buen puñado de marxistas o, simplemente el deslumbramiento por las imágenes en épocas en que no era tan fácil acceder a ellas como los es ahora.
Comento todo esto porque la próxima expoliación a que se verá sometida la historia y la memoria de España me ha llevado a recordar, y recomendar, la lectura de la tetralogía de José Maria Gironella.
Desconozco cuál es la opinión que tienen sobre este autor y su obra la gente amiga de la Península. Yo puedo dar testimonio de la lectura de los dos primeros volúmenes, Los cipreses creen en Dios y Un millón de muertos (el tercero y cuarto, Ha estallado la paz y Los hombres lloran solos, no los he leído aún). Cada uno de ellos tiene más de ochocientas páginas e infinidad de ediciones, por lo que no creo que resulte difícil conseguirlos todavía. La novela fue leída por millones de españoles en los '50 y '60, quizás como un recurso terapéutico que ayudara a curar tantas heridas, porque la palabra y las narraciones poseen el poder de curar. La estricta censura establecida por Franco quiso, en un primer momento, prohibirla, supongo que porque no la consideró suficientemente franquista pero, afortunadamente, se impuso el sentido común y finalmente esta saga contribuyó más que otras muchas medidas a sostener el gobierno.
La trama se desarrolla a través de lo vivido por una familia catalana de Gerona, los Alvear, particularmente de Ignacio, uno de los hijos, durante los años previos y preparatorios de la guerra en el primer volumen, y en el segundo, durante el desarrollo del conflicto. Los capítulos van pasando de un lado al otro; de nacionales a rojos, de Oviedo a Madrid, de Burgos a Barcelona, y tratando de ponerse en la piel no solamente del falangista o del monárquico, sino también del comunista, del anarquista o del socialista; de qué modo cada uno de ellos veía y vivía el conflicto que se avecinaba primero, y que se desencadenó después. Aparecen las miserias de un bando y del otro, y las virtudes y los sufrimientos de todos, de un modo, a mi entender, muy equilibrado.
La novela tiene mucho de autobiográfico. Gironella vivió en Gerona, estuvo en el seminario, fue soldado durante la guerra del lado de los nacionales como esquiador en el Pirineo aragonés, tal y como ocurre con Ignacio, el protagonista. No se trata de un escritor eximio, pero es un buen escritor y alcanza sobradamene su objetivo. Fue un hombre de fe, católico como eran católicos la mitad de los españoles en el década del '30, aunque me da la impresión que luego del Vaticano II viró un poco hacia el progresismo (digo esto último a raíz de una recomendable entrevista que le hizo Joaquín Soler en 1977, en su programa "A fondo").
En fin, una recomendación de lectura que puede servir para contrarrestar, al menos en el alma, con José María Gironella la iniquidad que cometerá Pedro Sánchez.
(Los interesados en leer los libros que no tengan problemas de conciencia demasiado graves, pueden bajarlos gratuitamente de este sitio).
Recomiendo a los interesados en este episodio de la historia, el documental en diez capítulos Gran historia de la Guerra Civil Española que, aunque realizada desde una perspectiva liberal y ligeramente favorable a los rojos, no deja de ser interesante, sobre todo por la gran cantidad de material fílmico y documental. Puede encontrarse fácilmente en Youtube.