jueves, 9 de agosto de 2018

miércoles, 8 de agosto de 2018

Terrible como un ejército


Quae est ista quae progreditur quasi aurora consurgens, pulchra ut luna, electa ut sol, terribilis ut castrorum acies ordinata?

¿Quién es esta que aparece como la aurora naciente, hermosa como la luna, elegida como el sol y terrible como un ejército en orden de batalla?

lunes, 6 de agosto de 2018

Iglesia casual


La semana pasada el Papa Francisco regaló a la Iglesia algunas de sus acostumbradas sorpresas. Como ya comentamos en este blog, se erigió en dueño de la doctrina y dispuso el cambio del Catecismo de la Iglesia católica que desde ahora dice: ”La Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona”. El problema es que algo que atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona es siempre inmoral, es malum per se. En consecuencia, la doctrina católica de estos últimos dos mil años ha sido inmoral. Apenas un detalle; bobadas que solamente interesan a los teóricos y no a los hombres de acción y de voluntad como Bergoglio.
En un orden menos trascendente pero no menos significativo, se erigió en juez de la moda y el buen gusto. El 1 de agosto recibió a un numeroso grupo de jesuitas jóvenes a los que dirigió un mensaje que comenzó que estas palabras: “Cuando yo era estudiante, y debíamos ir a ver al General, o cuando con el General debíamos ir a ver al Papa, debíamos usar sotana y manteo. Veo que esta moda ya no existe; ¡gracias a Dios!”. Se entiende. Muchos de los sacerdotes presentes estaban en mangas cortas, o en mangas de camisa, y ninguno con sotana. El Santo Padre, que nunca se dignó a usar el hábito coral que le corresponde por su cargo, no solamente ha establecido la moda casual en la Iglesia, sino que se ríe de la moda de su época y, a la vez, de todos sus predecesores y de todos los sacerdotes que usaron, y aún usan sotana. Gracias a Dios, el ridículo traje talar ha desaparecido de los escaparates de las tiendas de moda. Gammarelli quebrará y cerrará sus centenario negocio  del Pantheon. Los sacerdotes de Francisco se visten en Primark.
El Papa Francisco nos regaló la Iglesia casual; desde el modo de vestirse en las audiencias pontificias hasta la doctrina, pasando  por las personas que lo rodean.

¡Fuera las rigideces! ¡Fuera las formalidades! ¡Fuera la seriedad! ¡Fuera los monaguillos con las manos unidas! ¡Fuera el roquete y la muceta pontificia! ¡Fuera la uniformidad! ¡Bienvenida sea la diversidad de clérigos con camisas celestes, grises, blancas y negras rodeando al pontífice! ¡Bienvenida sea la diversidad en el acceso a los sacramentos! ¿Quién soy yo para negarle el bautismo al hijo made in USA del coreógrafo pública y escandalosamente homosexual Flavio Mendoza que fue cristianado ayer en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, y a la que llegó en brazos de su padre y del novio de su padre? 
¡Fuera la uniformidad de monseñores y cardenales piadosos ocupando los puestos jerárquicos de la Curia vaticana! ¡Bienvenidos a la colina del martirio de San Pedro los clérigos abiertos a la diversidad gay ! ¡Bienvenido el cardenal Kevin Farrell, autor del prólogo del libro del jesuita  James Martin S.J., “Construyendo un puente. Cómo la Iglesia Católica y la Comunidad LGBT pueden entrar en una relación de respeto, compasión y sensibilidad” (HarperCollins, 2018)! ¡Fuera los sacerdotes sabios y eruditos de la venerable Biblioteca Vaticana! ¡Bienvenidos los poetas mimosones y cariñosos! ¡Bienvenido el P. José Tolentino Mendonça, nombrado arzobispo y archivista y bibliotecario de la Santa Iglesia Romana! ¡Viva la diversidad y la desestructuración de las rigideces! ¡Qué importa que este portugués sea el autor del prólogo del libro de la monja Forcades “Teología feminista en la historia", o que varios sitios de Internet de su país lo señalen como un promiscuo practicante de conductas homosexuales, expulsado en su momento de su diócesis en la isla de Madeira por esa razón! ¡Viva la diversidad!

La Iglesia casual, el legado del Papa Francisco.


jueves, 2 de agosto de 2018

Analogías


De un modo casi análogo se están desplazando en los últimos días los carriles de la Iglesia y de Argentina, al menos en los zonas más ensombrecidas de la historia de ambas. Ayer salían a la luz diez cuadernos en los que el chofer de un alto funcionario anotó cuidadosamente y con caligrafía casi dibujada, todos los detalles de las obscenas coimas que recibió el gobierno peronista de Néstor y Cristina Kirchner, todas ellas en bolsos y en billetes contantes y sonantes. Se habla que superarían el 20% del PBI del país. Quiera Dios que la filtración de los cuadernos y la obsesión del chofer por el relato, arroje a la cárcel a los capitoteste del peronismo y a la buena sarta de empresarios cómplices entre los que probablemente se encuentren también relaciones muy cercanas del mismo presidente Macri.
En la Iglesia, análogamente, la línea de flotación del iceberg está bajando y cada día aparecen más y más casos de abusos y conductas sexuales inapropiadas cometidas ya no por algún clerigillo de barrio, sino por altos cardenales. ¿Hasta dónde llegará el escándalo y cuáles serán sus consecuencias? No lo sabemos, pero lo cierto es que la situación es mucho más grave de lo que se pensaba y la mancha ha llegado ayer mismo a los niveles más altos de la Curia vaticana. 
Las palabras que hace cinco años dijera el padre Dariusz Oko, de la Universidad de Cracovia y que fueran consideradas una impía exageración, se están revelando como verdaderas. “Se estima que alrededor del 30-40% de los sacerdotes y el 40-50% de los obispos en los EE. UU. tienen inclinaciones homosexuales, y al menos la mitad de ellos, al menos periódicamente, puede realizar abusos graves”, decía. No exageraba. Tenía razón.
Y hoy se ha conocido un envoltorio sospechoso en las mismísimas entrañas vaticana que tiene todas las apariencias de ser una bomba. Lo trae Sandro Magister en su blog, y se trata del cardenal Kevin Farrell, creado cardenal por el Papa Francisco en 2016, y una de las estrellas ascendentes en el firmamento clerical. Farrell ingresó a mitad de los años sesenta a la congregación de los Legionarios de Cristo,  y al retirarse quince años después mantuvo a continuación un silencio total sobre las andanzas sexuales de Maciel – salidas clamorosamente a la luz – y afirmó siempre no haber tenido jamás contactos dignos de mención con él. Pero de testimonios verosímiles se desprende que siempre ocupó cargos en esa institución religiosa y gozó de una proximidad no episódica con Maciel, lo que hace inverosímil su total desconocimiento de los comportamientos perversos de su superior por todos conocidos. 
Se incardinó en la arquidiócesis de Washington, cuando McCarrick era arzobispo y en 2001, Farrell fue designado obispo auxiliar, lo cual suscitó asombro. Su anterior militancia entre los Legionarios de Cristo no hablaba ciertamente a favor suyo, a causa de lo que comenzaba a filtrarse sobre la doble vida de su fundador Maciel y sobre la complicidad o silencios culpables de muchos en torno a él. Pero McCarrick era en ese entonces una potencia, en la alta jerarquía estadounidense y no sólo en ella. Quería a Farrell junto a sí y lo obtuvo, ordenándolo obispo en persona. Y quiso también que en Washington habitara en su mismo departamento, no en el palacio episcopal, sino en el cuarto piso de un ex orfanato, oportunamente readaptado. Una vez más: parece inverosímil que Farrell no advirtiera nada de las reiteradas aventuras sexuales ocasionales de su nuevo patrón. Y despierta sospechas también que el pobre haya tenido tan mala suerte de ser en dos oportunidad ser acobijado por quienes, con el tiempo, se revelarían ser depredadores sexuales.

Luego fue promovido a la diócesis de Dallas y desde el momento que el papa Francisco reemplazó a Benedicto XVI, Farrell se alineó rápidamente al nuevo curso. En los Estados Unidos formó inmediatamente equipo con los nuevos líderes progresistas – también ellos tenían a McCarrick como patrono  y protector– Blaise Cupich y Joseph Tobin, promovidos respectivamente por Jorge Mario Bergoglio a Chicago y a Newark, el uno y el otro creados también prontamente cardenales. Finalmente, Farrell llegó a ser cardenal prefecto del nuevo dicasterio vaticano para los Laicos, la Familia y la Vida. Como tal es el director oficial del próximo encuentro mundial de las familias que se va a llevar a cabo en Dublín a fines de agosto, del que también participarán parejas homosexuales de todo el mundo.
Frente a todas esta cuasi evidencia, el cardenal Farrell ha declarado en referencia a la conducta de McCarrick:“Ni una vez sospeché”. ¿Quién puede creerle?
Y mientras todo esto ocurre en la Iglesia, el Papa Francisco se dedica a cambiar el Catecismo. Hoy nos enteramos que ha sido reemplazado el artículo 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica que, de ahora en más dice: “Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común”, inicia el texto del mencionado artículo y añade: “Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. […] Por tanto, la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que la pena de muerte es inaceptable porque atenta contra la dignidad de la persona, y se comprometen con determinación para su abolición en todo el mundo”. 
Es verdad que ya nada de lo que hace este personaje triste y siniestro  nos sorprende, pero no dejemos por eso de reconocer la gravedad de esta nueva ocurrencia. Frente a un hecho concreto -el ajusticiamiento de un reo-, la Iglesia siempre reclamó que el mismo era legítimo cuando se daban las condiciones requeridas. Ahora, ya no lo es más porque la conciencia eclesial “está más viva” y porque hemos llegado a “una nueva comprensión”. Y así, lo que antes era bueno, ahora el Papa Francisco determina que es malo y, además, compromete a la Iglesia en la proclamación y abolición de ese mal. 
Yo me pregunto si a la vista de todos los escándalos que están saltando y a la vista también del voluntarismo jesuítico de Bergoglio llevado ya al extremo de pretender que lo bueno y justo es justo e injusto porque a él se le ocurre, no estará mucho más cerca de lo que pensamos el día en que debamos leer un comunicado de este tipo:
“Durante mucho tiempo, la Iglesia consideró que la unión sexual de personas del mismo sexo, aún cuando se diera en un ámbito de amor y fidelidad mutuas, era contrario a la moral cristiana. Sin embargo, hoy está cada vez más viva la conciencia de que la persona posee múltiples vías y modos de expresar su amor y de canalizar su afectividad a través de la sexualidad, que siempre es un don de Dios y regalo a la comunidad que vive del Evangelio. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca de la familia, según la cual pueden también participan de esta comunidad doméstica otras manifestaciones de la diversidad humana, más allá de la conformada por un hombre y una mujer, lo cual refleja la multifacética riqueza divina. […] Por tanto, la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo son aceptables cuando se dan en un marco de amor, respeto y fidelidad mutua, y se comprometen con determinación para que está aceptación sea respetada en todo el mundo.”

Hace algunos años, este texto no habría pasado de ser una broma sin mucha gracia. Hoy, con Bergoglio como papa, ya no lo es. 

lunes, 30 de julio de 2018

El lazo


Una de las conclusiones que aparecen luego de la lectura del  recomendable editorial de La Nación de ayer, es que lo que quieren en el fondo los defensores del aborto es que los deje fornicar tranquilos. Y el embarazo es un inconveniente que siempre está latente y limita, o puede limitar el placer de la carne. Es el non serviam primigenio que se manifiesta en la voluntad de hacer con la sexualidad lo que se les antoje sin que nada ni nadie, ni siquiera un posible hijo, pueda impedirlo.
Me resulta difícil, como a muchos católicos, ahondar en el tema de la sexualidad. No es agradable, el pudor sigue siendo para nosotros una virtud y con estos temas se resiente, y también tenemos una suerte de cola de paja: la Iglesia, afirmamos, durante mucho tiempo redujo el problema del pecado al sexto mandamiento; se insistió demasiado sobre ese tema, cuando en realidad hay pecados más graves. Y, finalmente, los más conservadores tenemos terror que se nos aplique el rótulo de “jansenistas”, que siempre provoca un efecto estigmatizante, aun cuando no sea más que una etiqueta fabricada por los jesuitas en el siglo XVI. Y sigue funcionando del mismo modo: “jansenista” es el cómodo vertedero donde se amontona toda suerte de beatones, exagerados, tímidos, traumados y otros clase de indeseables. 
Sin embargo, lo cierto es que la Iglesia, desde sus mismos orígenes, fue muy firme en la denuncia de los pecados contra el sexto mandamiento y muy severa en sus castigos. Esto es muy llamativo y no es cuestión de escudarse diciendo que era una cuestión cultural, propia de una época, porque si esta es una argumentación válida, se nos caen buena parte de las argumentaciones que sostienen la racionalidad de la fe. 
Y está severidad y cautela extrema con respecto a la sexualidad no aparece solamente en una época determinada de la Iglesia. Por el contrario, desaparece con el Vaticano II: antes, siempre estuvo, con modalidades diversas. Sería ocioso e imposible intentar la elaboración de un elenco de citas que prueban lo que digo. Mencionaré sólo algunas que me resultan útiles para argumentar el tema de esta entrada. San Agustín intercambió varias cartas con su amigo Evodio, el que lo acompañó a lo largo de toda su vida cristiana y que, como él, fue también obispo. En una de ellas, hablan sobre la muerte edificante de un joven de veintidós años, y dice: “Traté de saber si se había manchado alguna vez con el trato con alguna mujer; testificó que estaba inmune, y eso acrecentó mi gozo. Murió, pues. Le hicimos exequias muy honrosas, dignas de alma tan grande” (Carta 158). 
Pareciera que el santo de Hipona exagera un poco. ¿Tanta importancia podía tener para una muerte santa una canita al aire de un joven en el ardoroso clima de África del Norte? “Mancharse”, ¿no es demasiado?

Avancemos algunos siglos. San Pedro Damián (s. XI), doctor de la Iglesia y autor entre muchas otras obras del Liber Gomorrhianus, de tanta vigencia en la actualidad, mantiene una posición  particularmente rígida en todo lo relacionado con el sexo, también secundum naturam, y lo más llamativo son sus durísimas referencia a la vida sexual de los esposos. Las citas son muy numerosas. Espigo un par: “Para la esposa carnal, el abrazo [sexual] del esposo representa la corrupción de su carne; el pacto de amor se realiza a costa de su castidad; casi siempre ella llega virgen a la cámara nupcial, pero sale profanada (violata)”. (De divina omnipotentia, 36, 4; ed. Brezzi, p. 68). “El apóstol Pedro fue lavado de la suciedad del matrimonio con la sangre de su martirio” (Op. 13, 6; 299A). El pudor y el espacio aconsejan abstenerse de más citas de este santo. Para el autor, el sexo aún practicado en el ámbito matrimonial no deja de ser una concesión a la carne a los solos efectos de la procreación, y se ubica en el límite de lo permitido. Quizás exagera, pero los cierto es que San Pedro Damián fue proclamado Doctor de la Iglesia por León XIII y, como tal, posee eminens doctrina, es decir, eminencia doctrinal en materia de teología y culto. Sus escritos no pueden ser salteados con un simple: “Respondía a la realidad de época”, o “Está traumado con el tema”.
Santo Tomás de Aquino aporta mucha más claridad y contradice al Damián cuando, por ejemplo, considera que aún antes del pecado original, el hombre se habría reproducido mediante la unión sexual porque es lo que corresponde a su naturaleza (Suma de Teología, I, 98, 2). Ergo, el matrimonio no puede ser una “suciedad”, ni la virtud de la castidad puede ser identificada con la virginidad. And yet…
San Gregorio Magno, uno de los cuatro grandes doctores y Padres de la Iglesia, decía:“El varón que duerme con su propia esposa, si no es lavado con agua, no debe entrar en la iglesia, y aún cuando sea lavado no debe entrar inmediatamente […] la costumbre de la iglesia romana, desde los tiempos más antiguos, es que después de la unión conyugal se debe pedir el lavado purificatorio y debe abstenerse con reverencia de ingresar a la iglesia. No consideramos por ello culpable la unión conyugal, sino que la unión de los esposos no puede hacerse sin el placer de la carne y, por tanto, deben abstenerse de ingresar en un lugar santo, porque el placer mismo no puede darse sin culpa” (Gratianus, De poenitentia, dist. VII, q. 4, c. 7).
El Catecismo Romano, promulgado por San Pío V por mandato del Concilio de Trento y publicado en 1566, dice: “Requiere asimismo la dignidad de tan grande sacramento [la eucaristía] que los casados se abstengan por algunos días del uso del matrimonio teniendo presente el ejemplo de David, quien estando para recibir del sacerdote los panes de la Propiciación, manifestó que hacía tres días que él sus criados estaban limpios del uso conyugal” (Catecismo Romano II parte, c. IV, n. 58).
Y Santo Tomás se expide también al respecto en su Summa Theologiae (III, q. 80, a. 7 ad 2), y dice que aún cuando la unión conyugal haya cumplido todos los requisitos morales que enseña la Iglesia, se aconseja abstenerse de ella antes de recibir la eucaristía.

Nunca se me ocurriría cuestionar la santidad del matrimonio y mucho menos reclamar la vigencia de prácticas purificatorias. He traído a colación estas citas un poco incómodas, para mostrar que en la Iglesia, desde sus inicios, ha existido siempre una reserva muy marcada hacia el ejercicio de la sexualidad, aún dentro del ámbito matrimonial. Aparece constantemente una cautela, un caveat, como si la sexualidad fuera algo inevitable pero peligroso, al que hay que mirar con mucha atención y, por tanto, conviene incluso exagerar en el ajuste de riendas para evitar un desastre que sabían gravísimo. 
Y las riendas dejaron de ajustarse y se aflojaron; quizás como reacción a la obsesión por lo sexual que caracterizó a los años del pre-concilio y seguramente porque es mucho más divertido andar suelto de riendas en estos temas. El desboque sexual que estamos viendo probablemente sea la causa de una de las crisis más profundas de la Iglesia -quizás la mayor de ella porque no sabemos cuándo y cómo terminará-. La semana pasada el cardenal McCarrick fue despojado de la dignidad cardenalicia y sus correrías con seminaristas y jóvenes sacerdotes, y sus estrechos vínculos con el Instituto del Verbo Encarnado, han aparecido detallados en el The New York Time y en la Catholic News Agency. Y más abajo en el mapa, el caso de Honduras está adquiriendo ribetes similares a los de Chile: renuncia del obispo auxiliar de Tegucigalpa por denuncias de conducta inapropiada con jóvenes, carta de un grupo de “seminaristas heterosexuales” del seminario de Tegucigalpa a los obispos hondureños en la que expresan su desazón por las conductas homsexuales de muchos de sus compañeros, que son amparados por los superiores de esa casa y una mancha que está se está acercando también al saxofonista cardenal Madariaga, cercano amigo del Papa Francisco. Y si todavía éramos pocos, parió la abuela: está comenzando a destaparse el guisado de los abusos de obispos y sacerdotes hacia monjas y religiosas. 
Y si todo esta abominable realidad está allí, oculta a nuestros ojos, y ocurriendo en las entrañas mismas de la Iglesia, cuánto más es lo que ocurrirá en el mundo. Los que tenemos la gracia inmerecida de vivir en un cierto apartamiento del mundo y de sus costumbres no sabemos y quizás ni siquiera podemos sospechar los excesos sexuales que se dan a nuestro alrededor. Y es mejor que así sea.
Dice el Señor: “Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa” (Mc. 3, 27). Me pregunto yo si el relajamiento de las riendas, si el dejar de hablar de “esos pecaditos de debilidad” para concentrarnos en los más graves e importantes como son, por ejemplo, los  "pecados sociales", si el abandono de la cautela con la que la Iglesia siempre había tratado la sexualidad, no fue uno de los motivos para que ésta se haya terminando convirtiendo en el lazo con el que el enemigo ha atado no solamente al mundo -que quiere fornicar tranquilo-, sino a los hombres de la Iglesia, que también quieren hacerlo, para de esa manera saquear tranquilamente la casa. 
La Iglesia era ese hombre fuerte cuya casa no podía ser tomada por asalto. En ella habitaban hombres virtuosos y fornidos que la defendían contra el enemigo. Pero se distrajeron, se emborracharon y se dejaron atar con un lazo maldito. Ahora sí el enemigo puede entrar y hacerse con ella.

miércoles, 25 de julio de 2018

Liberales


En entradas anteriores nos alegrábamos porque nuestros pastores por fin se había despertado y comenzaban a demostrar de un modo claro y firme su postura contra la ley del aborto. Y la verdad es que seguimos alegrándonos aunque rápidamente caemos en la cuenta que lo de ellos es pan para hoy y hambre para mañana. Veamos dos ejemplos recientes.
El episcopado argentino emitió hoy un comunicado animando a los fieles a rezar y ayunar para que la ley del aborto no sea aprobada, y a manifestarse públicamente en el mismo sentido. Se agradece. Sin embargo, a poco que se analiza el texto, resulta claro que los obispos se "autoperciben" como una parte más de la “sociedad argentina [de la que formamos parte]”. No asumen, y no se les pasa por la cabeza pensar que ellos están puestos para ser maestros de la sociedad en cuestiones como la que se está tratando. La fe de la cual ellos son custodios, no es una opción más entre tantas otras y con derecho a expresarse como en una sociedad liberal lo tienen las feministas o los marxistas. La fe está por encima, muy por encima, de todo eso, como la verdad lo está sobre el error. Los obispos entran voluntariamente en el tramposo juego democrático, se consideran maduros por jugarlo y se pavonean públicamente de que no son unos trasnochados medievales que todavía pretenden que sea la Iglesia la que enseñe y le diga a los legisladores qué deben hacer. 
Si recorremos el documento, vemos que en ningún momento se cita la ley de Dios o los mandatos divinos. La consigna que enarbolan es #Toda vida vale, que bien podría ser adoptada por Greenpeace; no es “Deus lo vult”, que gritó Urbano II, y tampoco es “Quis ut Deus?”, que todavía sigue gritando el arcángel San Miguel a los demonios. Ellos, modositos, se acurrucan en un biologismo liberal y prevarican de la función que Dios les encomendó. Más grave aún, dicen: “…apoyamos y animamos a participar a quienes deseen manifestarse públicamente como ciudadanos responsables para testimoniar el respeto por la vida en el marco del derecho de expresión propio de la democracia”. Su prédica no se “enmarca” en los derechos de Dios, Señor y Dador de la vida, sino que su marco es la libertad de expresión “propio de la democracia”, y llaman a los fieles a “testimoniar” como “ciudadanos responsables”. Nuestros pastores no recurren a los dogmas de la fe sino que asumen y se encierran o “enmarcan” en los dogmas de la Revolución Francesa. 

Veamos otro caso. Hace pocos días se representó en la ciudad de Rafaela un espectáculo teatral blasfemo. El obispo de la diócesis, Mons. Luis Fernández, vecino de Mons. Sergio Buenanueva, el osito cariñoso, emitió un comunicado que enerva. Allí, entre otras cosas dice: “Deseo dejar en claro nuestro respeto y defensa de la libertad de expresión artística, pero con la misma fuerza creo que no se tuvo en cuenta el respeto a los hombres y mujeres que profesamos la fe de los cristianos, y que su libre ejercicio y expresión constituyen un derecho debidamente garantizado por la Constitución Nacional”. Cuesta creer no ya que un obispo, sino que un simple cristiano pueda recurrir a esta argumentación. El problema, para Mons. Fernández, es que se nos faltó el respeto a los que profesamos la fe cristiana, respeto que es un derecho garantizado por la Constitución. La verdad sea dicha: a los fieles no se nos faltó el respeto; el respeto se le faltó a Dios y a su Madre Santísima, que no necesitan ampararse en ninguna constitución u otra legislación humana. Pero para este obispo, los derechos de Dios no cuentan; sólo cuentan los de los hombres, que afortunadamente están garantizados por la democracia liberal. 
Además, el comunicado de Mons. Fernández está redactado en el lenguaje asustadizo de un gazapo. Él solamente se limita a “recoger los sentimientos de sorpresa”; él “desea expresar...”; él “considera que...”. En definitiva, él es un cobarde miserable, que se niega a asumir su función de padre, pastor, maestro y defensor de su rebaño y de los derechos de Dios, y prefiere ser un simple opinador más que, aparado por la democracia, hace oír con timidez su voz.
Los obispos argentinos no aprenden ni aprenderán. No ha bastado que la democracia liberal en la que creen y bajo la que se amparan, haya sido el sistema político que permitió la aprobación de leyes aberrantes como el “matrimonio” conta natura y tantísimas otras, y que se prepara para aprobar el asesinato de niños inocentes, para que descrean de ella. Todo lo contrario. Parecería que asumen la premisa alfonsinista según la cual la democracia se cura con más democracia.
¿Qué merecen estos obispos liberales? No soy yo para decirlo, pero sí que puedo sugerir al Santo Padre que ponga en práctica uno de los el cánones que que los padres del Concilio de Trento redactaron cuando trataban la reforma de la Iglesia sobre el modo de elegir a los obispos. Se titulaba: “Del examen de los candidatos al episcopado” (De examine promovendorum ad Ecclesiae cathedrales) y precisaba hasta en sus menores detalles el contenido de dicho examen que tenía que ser concienzudo, público y riguroso. El nombre del candidato y su fecha de nacimiento tenían que darse a conocer desde el púlpito de la catedral y de las parroquias de la diócesis y figurar expuestos en carteles públicos durante quince días, para asegurarse que todo el mundo estaba plenamente informado sobre el aspirante. Clérigos y seglares estaban obligados a informar de posibles motivos por los que en su opinión un determinado candidato no debería ser promovido al episcopado. El candidato tenía que presentar testigos dignos y cualificados que, además de opinar sobre el carácter del candidato, podían ser interrogados por el arzobispo que presidía el tribunal y por otras personas, y naturalmente el candidato estaba obligado a presentar toda la documentación relativa a los grados académicos y otros títulos o diplomas que poseyese. Finalmente, el candidato era examinado por el arzobispo y otras personas presentes, y predicaba un sermón a manera de prueba (Cf. Robert Trisco, “The Debate on the Election of Bishops in the Council of Trent”, en Jurist 34 (1974), pp. 257-291). El canon no fue aprobado, no fuera hacer que los mejores resultaran electos y los mediocres se quedaran afuera.

lunes, 23 de julio de 2018

Vírgenes y mártires en modo #Francisco


Muchas son las modas que el pontificado del Papa Francisco está imponiendo en la Iglesia y algunas tienen ese gustillo tan propio del mundo posmoderno, de ese mundo que busca negar la evidencia, es decir, rebelarse por puro imperio de la voluntad contra la realidad que, en el fondo, no es otra cosa que rebelarse contra el Creador de esa realidad. 
Dicho de otra manera, el Santo Padre quiere que las cosas sean como él quiere que sean, y si no son así, peor para las cosas, porque él continuará imponiéndoles su jesuitica voluntad.  Él quiere que el pasto sea azul y aunque los prados con todas sus hierbas proclamen a viva voz que son verdes porque así los hizo el Creador, peor para las praderas y pastizales: por decreto o breve pontificio serán azules.
Veamos dos ejemplos de los últimos días. El 4 de julio se dio a conocer un documento de la Sede Apostólica titulado Ecclesiae Sponsae Imago, dedicado a regular el noble orden de las vírgenes, vocación de vida de muchas mujeres que permanecen solteras consagrando su virginidad al Señor pero sin pertenecer a ninguna orden religiosa (o prelatura personal). Se trata de una antiquísima institución de la Iglesia que en las últimas décadas cobró nuevo auge. Pues bien, nuestro Beatísimo Padre ha dispuesto, en un borbotón de puro voluntarismo que, para pertenecer al orden de las vírgenes, no hace falta ser virgen"... se tendrá presente que la llamada a dar testimonio del amor virginal, esponsal y fecundo de la Iglesia a Cristo, no se reduce al signo de la integridad física, y que haber guardado el cuerpo en perfecta continencia o haber vivido ejemplarmente la virtud de la castidad, aunque es de gran importancia en orden al discernimiento, no constituye requisito determinante en ausencia del cual sea imposible admitir a la consagración", dice en el número 88. Es decir, que el pasto es azul.
Posiblemente lo que no esperaba el Santo Padre es que las vírgenes consagradas se le levantaran en armas. Pocos días después de conocido el documento, la Asociación de Vírgenes Consagradas de Estados Unidos sostuvo que se encontraban "profundamente decepcionadas por la negación de que la virginidad integral es el fundamento esencial y natural de la vocación". “Es impactante escuchar de la Madre Iglesia que la virginidad física puede ya no ser considerado un prerrequisito esencial para la consagración a una vida de virginidad".
¿Y cómo no entenderlas? Esta política de inclusividad y misericordiosis propia del pontificado de Bergoglio se choca con los límites que fija la realidad. La situación me recuerda los conflictos que se están ocasionando en deportes como el hockey sobre césped o el boxeo femenino cuando intenta integrar alguno de estos equipos un señor que en un momento dado se autopercibió como mujer. Así como el Estado decide que un hombre que fue constituido como tal por la naturaleza pueda ser considerado mujer, así también el Papa Francisco decide que una mujer que perdió su su virginidad pueda ser considerada virgen. Como bien dice la Cigüeña de la Torre, habrá que recurrir a los servicios de La Celestina que ejercía de remendadora de vírgenes.
La distinción que están reclamando con fuerza las vírgenes consagradas no implica un "acto de discriminación" sino un acto de realidad. Es cosa buena y preciosa que una mujer que no vivió "ejemplarmente la castidad" se convierta. Para eso vino Cristo, para buscar la oveja perdida, y qué mejor ejemplo que el de Santa María Magdalena, igual a los apóstoles. Pero a nadie se le ocurriría incluirla en el orden de las vírgenes, sino que ella es conocida como "penitente". Y de ese modo son conocidas tantas otras santas como Santa Thais de Alejandría o Santa Pelagia de Jerusalén. "Pues nada de discriminar", dice el Santo Padre, "son todas vírgenes porque lo digo yo y así lo decreto y mando".
Pero la tozuda afirmación de que el pasto es azul no se reduce a cuestiones de virginidad sino que el Papa Francisco está redefiniendo el martirio. Ya comentamos en este blog la milagrosa aparición en Argentina de tres mártires desconocidos: Angelelli, Longueville y Murias, que ya están siendo festejados. Y la semana pasada aparecieron dos nuevos mártires: Teresio OlivelliLucien Botovasoa.
La diferencia de estos dos hombres sin duda ejemplares con los "mártires argentinos" es abismal y no vale la pena detenernos en eso. Resulta también claro que eran virtuosos y buenos cristianos pero, ¿eso los convierte en mártires, aun cuando hayan sido asesinados? ¿Entregaron efectivamente su vida "por odio a la fe"? Yo tengo mis dudas. Insisto, la vida de tanto de Teresio como de Lucien fue ejemplar y más la quisiera yo para mi, y seguramente están contemplando el Rostro Divino, pero no termino de ver que  hayan sido muertos por odio a la fe sino, en todo caso, por odio simple y puro a un enemigo del nazismo o a un opositor al régimen inicuo del rey malgache Tsimihoño. Pero todo esto, aunque meritorio, no puede traducirse sin más en odium fidei.
Veamos un caso análogo, el del requeté Antonio Molle Lazo, que muere en manos de los milicianos comunistas durante la Cruzada Nacional española, poco después asistir a misa. Los relatos de quienes presenciaron su muerte dicen: "Intentaron (los milicianos) varias veces que gritara: “¡Muera la religión!” y “¡Viva Rusia!”; a lo cual sólo respondía: “¡Viva Cristo Rey!” y “¡Viva España!” También, cuando le amenazaban con ir a matarle y a beber su sangre, dijo: “Me mataréis, pero Cristo triunfará”. De los labios de Antonio, sin embargo, no se escuchó ningún insulto. Ante su negativa a blasfemar y a renegar de la fe, le mutilaron las orejas y le sacaron los ojos y parte de la nariz, pero únicamente decía: “¡Ay, Dios mío!” y seguía profesando: “¡Viva Cristo Rey!” Recibía golpes en todo el cuerpo, pero fundamentalmente en la cabeza. Sobre su pecho seguía llevando, también ensangrentado, el “Detente” con el Corazón de Jesús sobre el fondo de la bandera española. Y, comprendiendo que llegaba ya su final, pues uno de los asesinos dijo que iba a dispararle, extendió cuanto pudo sus brazos en forma de cruz, colocó sus piernas asemejándose a las del Crucificado y, con todas cuantas fuerzas pudo sacar aún de su interior, gritó con voz potentísima: “¡Viva Cristo Rey!
Se trata de un joven, como Teresio, que siempre había sido un buen cristiano, como Teresio y Lucien, y que se enrola en uno de los dos bandos de una contienda, como Teresio y Lucien. Pero a diferencia de ellos, fue asesinado claramente y sin duda alguna "por odio a la fe". Sin embargo, Antonio, hasta donde yo se, no es beato y no creo que lo sea, pues para el Santo Padre estaba en el bando equivocado.
Las vírgenes no son vírgenes, los mártires no son mártires y el pasto es azul. ¡No nos cerremos al Espíritu! ¡Abrámonos a las sorpresas del Papa Francisco!