miércoles, 8 de enero de 2020

Escenas de la vida religiosa


Paco Pepe —a quien agradezco la reciente mención de este blog en su página La cigüeña de la torre—, lleva allí mismo la triste estadísticas de las casas religiosas que cierran casi a diario en alguna ciudad o pequeño pueblo español. Es la crónica de la agonía y muerte de tantas y tantas congregaciones que fueron fundadas en los últimos siglos y que tanto bien hicieron a la Iglesia.

Sin embargo, cuando se nos permite curiosear dentro de esos institutos religiosos, vienen ganas de dar gracias a Dios y pedirle que acelere el exterminio. Por cierto, y para evitar malos entendidos, no meto a todas las monjas en el mismo convento, ni a todos los gatos en el mismo costal. Una cosa son las Hermanas de la Cruz, cuya vida de abnegación y servicio nos deja a todos admirados, y otras las hermanas del Buen Pastor, convertidas en millonarias agentes inmobiliarios por las ventas de sus casas. Una cosa son las Siervas de María, que aún pasan sus noches acompañando y asistiendo a los enfermos, y otra las Franciscanas de Gante, solteronas des-veladas de cara avinagrada.
Balzac dedicó un episodio de su La Comedia humana a la vida de los curas de provincia del siglo XIX. En El cura de Tours, el novelista describe con su ácida ironía el egoísmo y la maldad propia de una parte del clero -representada en el ambicioso abate Troubert-, con respecto a sus colegas más modestos de inteligencia y capacidades, como el abate Birotteau, "dotado de una locuacidad hueca y sonora como el eco que produce un globo". Si Balzac viviera en nuestros tiempos, no cabe duda que agregaría una novela más a fin de relatar las calamidades de la vida religiosa actual. 
Pero como ya no está entre nosotros, aquí ofrezco yo a la crítica literaria algunas viñetas absolutamente verídicas y recientes:




Escena 1
Hermana Sinforosa: Ayer, después de cincuenta años, volví a asistir a una misa en latín. ¡Cuánto le agradecí al Vaticano II por la reforma litúrgica!
Wanderer: Creo que no hay nada que agradecer. Cincuenta años después del Vaticano II nos encontramos con una Iglesia  en ruinas.
Hermana Sinforosa: Pero usted no puede atribuir al Concilio la actual ruina de la Iglesia. Si el Concilio no se hubiese celebrado, ¿cree usted que no habría crisis actual en la Iglesia?
Wanderer: Eso nadie puede saberlo. Es contrafactico. No puede comprobarse. Lo que sí podemos comprobar es que el Vaticano II fue completamente ineficaz para evitar que la eventual crisis que se acercaba, estallase. 
La Hermana Sinforosa hace mutis por el foro.


Escena 2:
Wanderer: ¿Cuántas religiosas son en su comunidad?
Hermana Eduviges: Somos tres. La animadora....
Wanderer: ¿Animadora de fiestas infantiles?
Hermana Eduviges: No sea irrespetuoso. Ahora llamamos animadora a quien antes llamábamos superiora.
Wanderer: ¿Y por qué el cambio?
Hermana Eduviges: Porque todas somos iguales; somos una familia.
Wanderer: Me decía entonces...
Hermana Eduviges: Le decía que la animadora de la comunidad es la más joven. Tiene 81 años, y luego estamos las otras dos ya más ancianas.
Wanderer: ¿Y qué actividad desarrollan?
Hermana Eduviges: El colegio ya lo hemos entregado a los laicos. Nosotras a veces nos damos una vuelta por allí para hablar con los profesores, o dirigimos la oración o el recreo eucarístico.
Wanderer: ¿Y la vida de comunidad?
Hermana Eduviges: Y, como siempre, hay cosas que no me gustan mucho. Al almuerzo y a la cena, las hermanas se ponen con sus celulares a mandar mensajes y fotos. Y eso a mi me aburre porque no sé manejar esos aparatos, por lo que enciendo el televisor y veo el noticiero. Cuando termina, me voy a mi cuarto. Las hermanas se quedan viendo una novela. 
Wanderer hace mutis por el foro.


Escena 3
Wanderer: ¿Ha tenido alguna visita en estos días de vacaciones?
Hermana Serafina: Tuve varias, pero una me conmovió mucho.
Wanderer: ¿Quién vino a verla?
Hermana Serafina: Vino Sofía. Es mi sobrina nieta. Pobre… vino cabizbaja, compungida y casi avergonzada. 
Wanderer: ¿Qué le ocurría?
Hermana Serafina: Me conmovió mucho su gesto. Vino a decirme que había decido irse a vivir con su novio; por eso estaba avergonzada.
Wanderer: ¿Y usted qué le dijo?
Hermana Serafina: Le dije: “Mira Sofía. En la vida hay que hacer todo aquello que nos hace felices. Si crees que te hará feliz convivir con tu novio, adelante. No te hagas problema. Dios quiere que seamos felices.
Wanderer: Pero eso está mal. Es un pecado contra el sexto mandamiento. 
Hermana Serafina: ¡Pero cómo puede ser tan duro! Hablar de pecado… No puede ser tan duro.
Wanderer hace mutis por el foro.



Escena 4
Wanderer: ¿Se enteró que en el barrio que usted misionaba han crecido mucho los evangélicos?
Hermana Práxedes: Sí, lo sé. En fin, son otros caminos para buscar a Dios.
Wanderer: Son religiones falsas; esos caminos no conducen a Dios.
Hermana Práxedes: ¿Será que usted sostiene todavía que fuera de la Iglesia no hay salvación?
Wanderer: Por supuesto. La iglesia verdadera es una sola: la iglesia católica.
Hermana Práxedes: De ninguna manera. Dios está en todas las religiones; todas son caminos diversos para llegar a él. 
Wanderer: ¿Es decir que da lo mismo ser católico, metodista, mormón o musulmán?
Hermana Práxedes: Por supuesto.
Wanderer: ¿Y qué sentido tiene entonces la vida religiosa? ¿Qué sentido ha tenido su consagración? ¿Qué sentido han tenido todas sus renuncias? Si cualquier religión da lo mismo, su equivocación fue trágica y usted desperdició inútilmente la vida.
La hermana Práxedes hace mutis por el foro.


Escena 5
Hermana Esperanza: Acabo de comprarme este libro: “¿Qué pasa después de la muerte?”, de Anselm Grün. Estoy muy contenta.
Wanderer: ¿Y por qué le pareció tan interesante el libro?
Hermana Esperanza: Porque me ayuda a entender qué nos espera después de la muerte. Nadie lo sabe. Cuando morimos, todo se acaba. El cuerpo se disuelve.
Wanderer: Sí, todo se acaba de este lado, pero del otro, todo empieza.
Hermana Esperanza: Puede que usted tenga razón. Lo que es yo, aún no sé si hay algo después de la muerte.
Wanderer: ¿Cuántos años de vida religiosa tiene usted?
Hermana Esperanza: 75 años de vida consagrada.
Wanderer: ¿Y después de 75 años de vida religiosa aún duda de la vida eterna? ¿Cómo hizo para resistir?
La hermana Esperanza hace mutis por el foro.

(Luego de los sucesos de San Silvestre, el Papa Francisco continúa acertando en su relación con los fieles. En la audiencia pública de ayer, le dijo a una religiosa africana que pugnaba vehementemente por saludarlo: "Está bien. Te saludo, pero no me muerdas").

lunes, 6 de enero de 2020

Conversaciones estivales


Las navidades estivales transcurren en días largos, casi interminables. Con tardes agobiantes y noches presurosas, son siempre ocasión para reuniones a las que se arriman parientes, amigos y entenados con los que se tiene la fortuna de encontrarse solamente una vez al año. En ellas se va descubriendo año a año el paso del tiempo: la niñita es ya una señorita presumida y feminista; y el niñito de hace poco ya gasta barba y alardea con sus cada día más fáciles y aburridas conquistas. Sin embargo, lo más triste y desconcertante no es el descubrimiento del paso del tiempo sino del paso del mundo, porque esos simpáticos y dulces niñitos de antaño, hogaño son otros autómatas más del innumerable ejército de la cultura poscristiana.

Me convidaron a una cena francesa, y por tal se entendía un interesante despliegue de quesos (todos argentinos y muy buenos, con excepción de un camembert francés, excepcionalmente mediocre) regados con un sauvignon blanc muy frío y más que aceptable. Mientras un perro se acurrucaba debajo de la mesa tendida en un parque enmarcado con álamos y carolinos, y otro intentaba vanamente acercarse a un gato muy seguro de su inmunidad felina, retazos e hilachas de nubes apenas si opacaban de tanto en tanto el brillante cielo estrellado. Los invitados eran o habían sido todos católicos, provenían invariablemente de padres y abuelos católicos de ley y en todos los casos habían recibido su educación en colegios religiosos. Dos o tres décadas más tarde, como las nubes, los que habían parecido ser un altostratus sólido y atemorizante, hoy son apenas retazos deshilachados. Divorciados, juntados y rejuntados, feministas, defensores del lenguaje inclusivo y de la libertad de la elección del “género”, algunos flirtean con el budismo, otros con el psicoanálisis y todos han perdido la fe. En el mejor de los casos, ésta se ha convertido en una suerte de elemento cultural, con una presencia equivalente a la importancia del cumpleaños del abuelo o de la fiesta patria. 
Y esta larga velada despertó algunas reflexiones.
En primer lugar, ¿por qué yo no soy uno de ellos? Casi todos fueron mejores y más virtuosos que yo en la adolescencia y la juventud; crecimos y fuimos educados más o menos en los mismos ambientes y cultura, y en algunos casos hasta compartimos parte de la sangre. Lo pongo en los términos en los que lo ponía una amiga hace algunas semanas en un almuerzo transoceánico: ¿por qué para mi el Señor es una presencia y referencia permanente en cada uno de mis pensamientos y actos? ¿Por qué su mirada no deja de mirarme? ¿Por qué los devaneos culturales, aún siendo importantes, están a distancias casi infinitas de las verdades de la religión? Y allí, en nuestra mesa arrinconada y mientras se retiraban los últimos comensales, concluimos del único modo posible y previsible la conversación: misterios del amor de Dios, que nadie puede sondear ni entender. 
Siempre queda la posibilidad, claro, que mi amiga, los lectores que se acercan a este blog y yo mismo estemos guillados; o que hayamos tenido quién sabe qué intríngulis psicológico en nuestra infancia que retardó o impidió nuestra plena maduración, o que seamos una porción residual de gazmoños que aún alienan sus temores frente a la ineluctabilidad de la muerte con el recurso paleolítico a la religión. Para responder a tales argumentos tenemos la certeza que nos da la fe. 
Y a estas respuestas —misterios del amor de Dios y fe—, no puedo explicarlas; apenas si me sale enunciarlas, y sé muy bien que los únicos que pueden entenderlas y aceptarlas como respuestas válidas  son aquellos que, como yo, son incapaces de explicarlas.
En segundo lugar, podemos dar al caso una mirada más aséptica, libre de humaredas místicas. ¿Qué falló? ¿Por qué las razones recibidas en el seno familiar y en el colegio fueron depuestas tan rápida y fácilmente por las razones del mundo? La primera respuesta, y más fácil y tranquilizadora, es decir que ellos no completaron —por pereza, desinterés o lo que sea— su formación en la fe, y se quedaron con ese alimento de niño que es insuficiente para nutrir a un adulto. Y ciertamente fue así, pero la respuesta quedaría incompleta si no respondemos otra pregunta: ¿no será, acaso, que la iglesia les dio un alimento tal que los indigestó en la adolescencia y les quitó cualquier deseo o interés en comer? Y tendremos para este caso también una respuesta contundente: “Efectivamente, el modernismo y la iglesia de la primavera conciliar desfiguraron el mensaje cristiano”. Y tendríamos también razón. Pero me pregunto qué hubiese pasado si las razones mundanas hubieran sido lanzadas con la ferocidad y con los medios técnicos actuales hace setenta años, contra una sociedad educada en un catecismo ortodoxo por monjitas cubiertas de amplios velos y largos hábitos. ¿Hubiesen resistido firmes en la fe? ¿Habrían rechazado esas razones mundanas? No estoy tan seguro. Quizás los cambios no habrían sido tan rápidos; quizás se habrían guardado las formas por algunos meses más, pero todo habría terminado por ser igual a lo que es hoy.
Dios escuchó las súplicas que desde hace milenios le dirigen sus fieles con el Eclesiástico: Festina tempus; “acelera el tiempo”. Los días y los meses corren cada vez más rápido. 
Domine, memento finis, “Señor, acuérdate del fin”. 

(Para quienes están interesados en las virtudes del Romano Pontífice, pueden ver aquí el momento en que destrata a uno de sus ceremonieros, y aquí cuando le propina un fuerte manotazo a una religiosa chilena. Dives in misericordia). 


viernes, 3 de enero de 2020

Develación


Curiosamente, el cachetazo pontificio ha levantado un gran polvareda en todo el mundo. Este blog, que es apenas un blog más, recibe un promedio de cien mil visitas por mes. Sin embargo, el post con el video del enfado del Papa Francisco, ha recibido ya más de quince mil visitas y sesenta comentarios en dos días. El hecho merece alguna reflexión.

Ciertamente, se trata de un episodio menor y anecdótico. Y, en este sentido, acertarían quienes consideran que caigo en una actitud mezquina al publicar el caso, aprovechándonos de una conducta  aislada del Papa Francisco para provocar su escarnio. 
Podemos aducir varias razones en favor del Santo Padre. Tengamos en cuenta que se trata de un hombre mayor, que venía de un día bastante ajetreado y que fue irrespetuosamente atrapado por una mujer que lo hizo trastabillar. Por otro lado, —debo confesarlo—, yo mismo, aún sin ser ni santo ni padre, más de una vez me han venido ganas de agarrar a cachetazos y puntapiés a los chinos que se mueve en cardumen por los lugares más sagrados. Y, como dijo más de un comentador, los nacionales de ese país, a diferencia de los japoneses o coreanos, suelen ser particularmente groseros y mal educados. Casi dan ganas de enviar una felicitación a Santa Marta.
Por otro lado, todos sabemos que Francisco no es santo, y no tiene por qué serlo. Si así lo pretendiéramos, deberíamos aceptar mansamente las insensatas canonizaciones express de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. En el fondo, estos desaciertos se explican solamente si sostenemos la hipótesis que todo papa ha sido elegido por el Espíritu Santo lo que, ipso facto, los convierte hombres santos. Como bien dijo el Papa Benedicto XVI, en la historia de la Iglesia hay más de un papa que el Espíritu Santo jamás habría elegido. Consecuentemente, que el Sumo Pontífice tenga un acceso moderado de ira no debería sorprender ni escandalizar. Si vamos a lapidar a papas y santos porque se encolerizan de tanto en tanto, podríamos proponer una lista que empezaría con San Jerónimo, en cuyas cartas pega chachetazos bastante más fuertes y crueles que los de Francisco. E incluir a Pío IX, conocido por los gritos destemplados con los que trataba al cardenal Guidi y el pisotón que le propinó en la cabeza al obispo oriental que cuestionaba razonablemente el dogma de la infalibilidad (Cf. K. Schatz, Vaticanum I, vol. III, Paderborn, 1992, p. 312-322).
El desafortunado hecho de la Noche Vieja dio pié, además, para un sin fin de conjeturas tendientes a probar que lo que causó las iras pontificias habrían sido las palabras que le dirigía la mujer de marras. En los comentarios al post, hay dos traducciones posibles y otras más han sido propuestas en diferentes sitios. Todas tienen en común que esta señora le habría pedido al Papa que no traicione a China, o a los fieles chinos o a la misma Sede Romana. Difícil saberlo, a no ser que ella misma se expida sobre el tema. Pero lo que sí sabemos es que Bergoglio no habla ni entiende inglés, por lo que resulta sumamente improbable que hubiera comprendido las palabras que le dirigían en medio de los gritos y exclamaciones del resto de los asistentes que se agolpaban en la valla. Aunque calce como anillo al dedo para nuestras convicciones, debemos ser honestos y descartar que la conducta del Papa se haya debido a su enojo por las supuestas súplicas de la mujer china. Se debió, creo yo, al tironeo que casi lo hace perder el equilibrio.
Sin embargo, este episodio en apariencia intrascendente tiene un significado que va más allá del hecho concreto y que, consecuentemente, justifica su exposición pública y la reacción negativa de millones de personas. El Papa Francisco construyó su pontificado a partir de la imagen que construyó de sí mismo y con la cual se vendió como candidato papal a los ingenuos cardenales. Bergoglio se ocultó detrás de una máscara y como sabe que en el mundo contemporáneo la realidad es aquello que aparece en los medios, siempre se cuidó de aparecer en ellos detrás de su máscara. Unos pocos blogs y sitios de católicos rígidos somos los que desde hace años venimos advirtiendo que se trata de una máscara detrás de la cual se esconde un depredador. En Noche Vieja la máscara se le cayó inesperadamente a la vista de cientos de millones de espectadores. El rostro desencajado por la ira con el cual se retira de la valla luego de cachetear a la pobre china, muestra el verdadero rostro de Bergoglio. 
Hay un detalle que fortalece la hipótesis de la mascarada. Si se observa con cuidado el vídeo, puede verse que el guardaespaldas que lo sigue carga en su mano izquierda el maletín mugroso que Bergoglio lleva en sus viajes y con el que sube las escalerillas del avión a la vista de todas las cámaras para mostrar de ese modo que él no es más que un humilde trabajador. Estimo que llevó ese mismo maletín a la sorpresiva misa exequial que había celebrado un rato antes de la iracundia en una alejada parroquia romana. Se trataba de un elemento más de utilería de la humildad pontificia. Habrá descendido de su modesto auto para ser visto por los peregrinos que se agolpaban en la plaza de San Pedro y, a fin de saludarlos más cómodamente, se lo habrá pasado a su custodio. Lo que resulta ridículo es que justamente sea su guardaespaldas quien se encargue de esos menesteres, cuando debería tener sus manos libres para evitar cualquier ataque sorpresivo sobre la pontificia persona.
No deberíamos sorprendernos que el Papa asumiera un rol actoral cuando se encienden las cámaras de televisión. Otros lo hicieron antes que él. Nunca más vigente la escena de I mostri de Dino Risi que pueden rever aquí. Cuando los papas comenzaron a exponerse a las cámaras, vemos que se comportaban con naturalidad y displicencia, tal como puede verse en las escenas de León XIII. Sin embargo, cuando se dieron cuenta del enorme poder que tienen las imágenes difundidas en el mundo entero, la actuación comenzó a ser una cuestión estratégica y cuidadosamente estudiada. Pío XII, en este sentido, fue un actor consumado y, creo yo, quien se lleva el Oscar a la mejor actuación pontificia: sus miradas perdidas en arrobamientos, sus brazos elevados y sus movimientos finamente calculados, alimentaban el rótulo de Pastor Angelicus que tan gustosamente portaba. Luego, Juan Pablo II, que había sido actor en salas de barrio durante su juventud, tuvo la oportunidad de actuar en los teatros planetarios más imponentes y ser aclamado semanalmente por multitudes. Sin embargo, en ambos casos, la actuación era un estrategia más de su misión por la que habían optado; un elemento más que de ninguna manera definía su pontificado.
Francisco, en cambio, edificó su pontificado sobre la actuación. El suyo es un pontificado mediático, y todo lo que dice y hace está ordenado a conformar al sentido común progresista que sostienen los medios globales de comunicación, que se encargan de blindarlo permanentemente. A Bergoglio le importa un bledo la religión, le importa un bledo que los alemanes en su sínodo se carguen el celibato sacerdotal o se dediquen a ordenar diaconisas. Lo que a él le importa es mantener el liderazgo del progresismo en materia política y para eso necesita no solamente de los medios de comunicación sino de su máscara, la misma que se le cayó por un momento el 31 de diciembre.
El verdadero Bergoglio es un ser malvado e irascible. Conozco personalmente a sacerdotes que fueron tratados del modo más cruel imaginable por el entonces cardenal arzobispo de Buenos Aires; conozco sacerdotes que fueron finamente calumniados por el mismo purpurado ante sus propios obispos a fin de malquistarlos con ellos. He recibido varios testimonios de sacerdotes y oficiales de la curia romana que narran las más que frecuentes rabietas y destratos del Sumo Pontífice ante quienes se le cruzan en su camino, o ante quienes pierden su favor. Es cuestión de preguntarle al cardenal Müller o al P. Fabián Pedacchio, que recorre ahora la Ciudad Eterna buscando un lecho donde reposar su cabeza luego de ser (justamente) expulsado de la antecámara pontificia.

El episodio del cachetazo a la dama china fue, en sí mismo, una anécdota insignificante. Sin embargo, desde lo simbólico, fue un hecho trascendente. Develó el verdadero rostro del Papa Francisco. 


martes, 31 de diciembre de 2019

El rostro de la misericordia


Saludo del Papa Francisco a los fieles reunidos en torno al pesebre de la plaza de San Pedro.
31 de diciembre de 2019

lunes, 30 de diciembre de 2019

Evidencias


En su breve mensaje de Navidad, Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, elegido recientemente por el 43% de los súbditos británicos, nombra varias veces a Jesucristo y dice textualmente: "En este día quiero recordar a los cristianos de todo el mundo que enfrentan persecuciones. Ellos pasarán Navidad en privado, en secreto e incluso en la cárcel. Como primer ministro hay algo que quiero cambiar: Nosotros estamos para defender a los cristianos en cualquier lugar, y defenderemos vuestro derecho a practicar la fe".
[¿Se acordó el Papa Francisco de los cristianos perseguidos en su mensaje de Navidad?]

Al segundo día de asumir como presidente de Argentina, Alberto Fernández, mimado del Sumo Pontífice y elegido por el 48% de los ciudadanos argentinos, aprobó un protocolo que libera la práctica del aborto y prepara una ley para ser presentada en marzo ante el Congreso para la legalización del aborto, que será de las más asesinas que se conocen.

lunes, 23 de diciembre de 2019

El Papa a la Curia: flecte quod est rigidum


Flanqueado por Mons. Georg Gänswein y el argentino Mons. Luis Rodrigo Ewart, el Santo Padre dirigió el sábado 21 de diciembre el saludo anual a la Curia Romana. Lo rodeaba un buen número de cardenales y obispos, aunque se veían varias sillas vacías con el nombre de su pretendido ocupante delatando ausencias voluntarias o forzosas. El espectáculo de la Sala Clementina tenían ribetes grotescos y proféticos reflejados en el aspecto de los eminentísimos. Alguno gordo y somnoliento; Kasper, con su rostro de simio viejo; Müller, con su altiva mirada de halcón; Bertone, con su cabeza ergida como un suricato en busca de depredadores; otro que bien podía pasar por una señorona con calores; Becciu, con la mirada torva de facineroso corredor inmobiliario en Chelsea, y el infaltable Sodano, capomafia de todos los corruptos de dentro y fuero del Vaticano. Era el rostro de la Iglesia actual: senil, decadente y decrépita. Son los frutos mustios y agostados de la fallida primavera conciliar que habrá que esperar que terminen de morir y den lugar a otra generación que salvará o hundirá definitivamente a la Iglesia.
Francsico fue más Bergoglio que nunca. No solamente en sus gestos, impidiendo violentamente que los cardenales besaran su anillo, sino también en sus palabras. Su discurso estuvo salpicado de citas del santo cardenal Newman, de San Clemente de Alejandría (y me alegró mucho que lo llamará santo puesto que había sido descanonizado en el siglo XVI), Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el cardenal Martini. Cometió un error que habría hecho las delicias de Freud: citando la encíclica Evangelii nuntianti de Pablo VI, se refirió a ella como la Evangelii gaudium y la calificó del documento misionero más importante del posconcilio. Vale decir que el autor de ese pastichio es él mismo junto a Tucho Fernández. Y, en la misma senda de humildad, pronunció una frase con mucha semejanza a sus bergoglemas y la adjudicó a un “gran hombre” que nunca nombró. Probablemente fuera él mismo. 
Se trató de un discurso lastimoso en el que una vez más el Santo Padre documenta para el presente y la posteridad su escasez de formación y sus penurias filosóficas y teológicas. Sin embargo, fue también un discurso elocuente de su desprovisto pensamiento. La palabra que más repitió una y otra vez fue cambio, y lo hizo desde el principio al final. Su tesis —estimo que la única que posee—, es que el tiempo es superior al espacio. Nosotros los hombres, vivimos arrastrados por los vientos del tiempo —“vientos de cambio”—; Dios es la estabilidad que se manifiesta en el tiempo que habitamos. Por tanto, estamos inmersos en un proceso que necesariamente exige el cambio permanente, a punto que nos dice el Papa que “hay que cambiar para ser fiel”.
Si dejáramos en este punto la reflexión pontificia podríamos acordar con ella puesto que, en el fondo, tiene mucho de aristotélico. El hombre, como toda naturaleza —entendida como esencia en tanto principio de acción—, está en un continuo proceso de autorrealización. Se mueve hacia su fin, que lo llama y atrae, y lo hace desplegándose en sus virtudes, o actualizando sus potencias; es decir, cambiando. Y, efectivamente, si no cambiamos, las potencias que posee nuestra naturaleza no se actualizan; nuestros talentos no dan fruto; vivimos una existencia fracasada.
Pero el Papa Francisco no se queda aquí, puesto que a este principio establecido por Aristóteles y asumido más tarde por Santo Tomás, él lo lee a la luz de Hegel, para quien ese proceso personal se traslada a las sociedades y es el espíritu —que nadie bien qué es—, el que se va manifestando de distintos modos según pasan los años y cambian los pueblos. Oponerse o “reaccionar” a esas siempre renovadas manifestaciones del espíritu es no ser fiel, y es propio de los rígidos que esconden detrás algún tipo de desequilibrio.
El Santo Padre, después de anunciar a la Curia que la cristiandad está ya terminada, afirma que estamos en un cambio de época lo que implica un cambio en el estilo de vida de los hombres. No cabe duda que es así y, como él mismo dice, se trata en este caso de cambios muy rápidos y casi abruptos. Frente a esto —una nueva manifestación del espíritu—, nuestro deber consiste en iniciar procesos y no ocupar espacios. Es decir, abandonar los “espacios” que eran propios de una Iglesia que lideraba un mundo cristiano, y liderar ahora los procesos propios de la nueva época que se abre. No hacerle, sería ser infieles a nuestra misión y al mismo Dios.
Pero ¿quién es el espíritu hegeliano para el Papa Francisco? Él aprendió del finado Juan Carlos Scannone, s.j. que ese espíritu es, o se manifiesta, en el pueblo. Es la famosa “teología del pueblo”. Dios irrumpe en el tiempo a través del pueblo que es fuente de revelación. Los cambios del pueblo —“cambios de estilos de vida”, dice Francisco—, son nuevas modalidades de la revelación de Dios. Oponerse o ser rígido a esos cambios es, en última instancia, oponerse a Dios.
Esta “teología del pueblo” no es tan novedosa como parece. Como lo han demostrado Ceferino Muñoz y Emiliano Cuccia en un artículo científico publicado recientemente (“Apuntes sobre el pueblo como cuerpo místico. Del Papa Francisco a Suárez, y vuelta”, Franciscanum, 171 (2018), 149 - 174), se trata del derivado de una vieja idea jesuita —la de pueblo como “cuerpo mítico”—, que fue desarrollada por Francisco Suárez en el siglo XVI para defender las conveniencias políticas de la Compañía. En definitiva, no es hegelianismo; es jesuitismo, ambos igualmente nocivos.
El diagnóstico que plantea Francisco es correcto puesto que estamos frente a un cambio de época que se manifiesta en un cambio radical en el estilo de vida de los hombres. El problema y mis diferencias con él, es con respecto a qué medidas tomar frente a tal situación. Yo creo que hay que resistir; no dejarse llevar por la corriente del proceso, o del viento, que nos arrastra; reaccionar contra esos cambios. Él me diría que mi postura corresponde a un rígido —y me manda a un psicólogo porque estaría desequilibrado—, que no soy fiel a Dios que se manifiesta en el pueblo que cambió, y he caído en “la tentación de replegarse en el pasado”. Yo le diría que el replegarse no es necesariamente una tentación; puede ser una estrategia.
La solución que él propone, en cambio, es aceptar esta nueva época y liderarla. ¿Y en qué consiste esta aceptación? En adaptarse y bendecir decididamente el nuevo estilo de vida de los hombres. Y lo ejemplifico con dos casos muy recientes:
1. Según lo reportado por el diario Il messaggero, Francisco visitó la semana pasada un liceo clásico (colegio secundario) de Roma donde habló libremente con los adolescentes que allí concurren. Una de las cosas que le dijo es que ya no estamos más en el tiempo de las cruzadas; por lo tanto, no se debe buscar la conversión de judíos y musulmanes. 
¿Cómo se explica entonces que la Iglesia haya derramado tanta sangre durante tantos siglos buscando la conversión de los infieles? Sencillamente, porque se trataba de otro pueblo, o de otra manifestación del espíritu, o de otra época, en la cual eso era correcto. En nuestra nueva época, ya no es así.
2. La Pontificia Comisión Bíblica publicó la semana pasada un documento en el que se dice:
“El examen exegético conducido sobre textos del Antiguo y del Nuevo Testamento ha hecho aparecer elementos que son considerados por una valoración de la homosexualidad, en sus implicaciones éticas. Ciertas formulaciones de los autores bíblicos, como las directivas disciplinarias del Levítico, requieren una interpretación inteligente que salvaguarde los valores que el texto sagrado intenta promover evitando, por lo tanto, repetir literalmente aquello que también trae consigo rasgos culturales de aquel tiempo. Será requerida una atención pastoral, en particular frente a las personas individuales, para llevar a cabo aquel servicio de bien que la Iglesia debe asumir en su misión para los hombres”
En pocas palabras, no hay que hacer una lectura rígida de los textos de la Escritura que condenan la homosexualidad sino hacer una lectura inteligente, lo cual significa que en ellos se valora el amor entre dos personas. En el contexto cultural en que fueron escritos, esas dos personas debían ser necesariamente varón y mujer. En nuestra nueva época, el pueblo considera que ese amor es también aceptable en dos personas del mismo sexo. 
Hacia el final de su alocución, el Santo Padre citó al cardenal Martini que, poco antes de morir, había dicho que la Iglesia se había quedado atrás doscientos años. Seguramente fue por culpa de los rígidos que nos hicieron llegar tan tarde a la fiesta inaugurada por el nuevo mundo que nació de la Revolución Francesa. Pero ahora está él, Francisco, que se ha propuesto ablandar las rigideces (flecte quod est rigidum, dice la secuencia de Pentecostés) y obligarnos a aceptar el nuevo mundo. 


jueves, 19 de diciembre de 2019

10 maneras de destruir la imaginación de tu hijo



En febrero de 2011 publiqué un post sobre un libro de Anthony Esolen del que me habían hablado mis amigos Jack Tollers y el Anónimo Normando. El libro se llamaba Ten Ways to Destroy the Imagination of Your Child. Y el año pasado, para estas mismas fechas, insistía en su lectura. Y ahora vuelvo a insistir porque, finalmente y gracias a Homo Legens, una editorial con un catálogo cada vez más interesante, el libro está traducido a nuestra lengua y magníficamente publicado. 
El título es provocador y sugiere que Esolen eligió la estrategia de C. S. Lewis en Cartas del diablo a su sobrino. En este caso, en lugar del experimentado y cariñoso Escrutopo, nos encontramos con una especie de tácita supervisora de una escuela estatal bastante menos afable que, en nombre de los avances educativos, insiste en proponer diez maneras de destruir la imaginación de los niños.
¿Con cuántos niños nos hemos cruzado en los últimos tiempos que jueguen a los ladrones o a las escondidas antes de que algún padre les arruine la diversión por temor a que comentan algún exceso? Decimos que amamos a nuestros hijos —contesta Esolen—, pero hacemos lo posible para privarlos de todo lo que necesitan. Negamos su naturaleza profunda. No solamente planificamos el tiempo de su concepción a fin de tener el menor número posible de hijos, sino que los tratamos desde que nacen, como una extensión egoísta de nosotros mismos. Desde la cuna hasta los “asilos públicos” —-en tal se han convertido las escuelas—, los videojuegos con perversiones sexuales pasando por un encadenamiento incesante de actividades supervisadas, terminamos ahogando su inocencia, su capacidad de admiración y su iniciativa en un universo artificial, ruidoso y narcisista.
“Podemos hacer un buen trabajo para calmar la imaginación de los niños haciendo hincapié en la creatividad, ya que se alienta al niño creativo a pensar en sí mismo como si fuera un pequeño dios, con todas sus brillantes ideas procedentes de dentro. La tradición más antigua, sin embargo, tiene al poeta como oyente antes de que sea un artesano de versos. La musa viene a él”, escribe Esolen. La verdadera creatividad, digan lo que digan los pedagogos contemporáneos, viene del escuchar y del contemplar la realidad. No viene de la interioridad solipsista. 
Construir la imaginación de un niño requiere otra cosa. El autor del libro muestra que una imaginación sana tiene necesidad del contacto con la Creación. Necesita tiempo, silencio, soledad para observar, soñar y explorar. Necesita de la voz y las rodillas de alguien; de la madre por ejemplo. Necesita héroes para imitar, una bella iglesia para rezar y un cielo lleno de estrellas para contemplar durante una noche de verano.
Nuestro mundo se ríe sarcásticamente de todas estas cosas y recomienda lo inverso. “Mantengan a los niños ocultos porque es más seguro”. “Embrutézcanlos e inícienlos en el mundo adulto, pero sin proponerles virtudes varoniles ni femeninas porque todos somos iguales”. “Ninguna palabra sobre el sentido de la unión conyugal puesto que lo primero es el placer”. “No dejen que nunca se acerque a un jardinero, a un artesano o a cualquier persona que ame su trabajo. Sugiéranle más bien, que prepare su carrera universitaria”. “Háganle saber que las generaciones anteriores estuvieron compuestas por conquistadores corruptos y crueles esclavistas; un televisor ubicado en el cuarto del niño será una gran ayuda para esta tarea”.
El libro se divide en diez métodos o capítulos para lograr el cometido de Escrutopo, o de la supervisora: 
  1. Mantén a tu hijo dentro de casa todo el tiempo que puedas
  2. Nunca dejes solo a tu hijo
  3. Mantén a tus hijos alejados de las máquinas y sus operarios
  4. Sustituye los cuentos de hadas por tópicos políticos o modas
  5. Demoniza lo heroico y lo patriótico
  6. Quita importancia a todos los héroes
  7. Reduce todas las conversaciones sobre el amor a narcisismo
  8. Allana las distinciones entre hombre y mujer
  9. Distrae al niño con lo superficial y lo irreal
  10. Niega la trascendencia

Esolen teje su obra con innumerables anécdotas muy bien elegidas, muchas extraída de biografías de personajes famosos o desconocidos, y con frecuencia de su propia vida, pues nos asegura que él —gracias a su madre—, tuvo una “vida de niño”.
Lo que el autor busca en su libro es advertirnos acerca de la necesidad de salvar la cultura a través de la preservación y el cultivo de la imaginación de nuestros hijos. Y lo hace admirablemente bien, pues es una verdadera fiesta no solo para la imaginación hambrienta de los niños, sino también para nosotros mismos, que fuimos y finalmente somos esos mismos niños. La lectura atenta de cada capítulo puede incluso hacer que caigan las escamas de nuestros ojos, y podamos ver con claridad, por ejemplo, la gloriosa liturgia del cosmos creado que intenta ser apagada y oscurecida por el Gran Enemigo del Imaginación. Como enfatiza Esolen, su cometido consiste en la evisceración de casi todo lo que puede interesar a un niño en un primer momento, y en negarle la posibilidad de una fe superior. Esta (anti) cultura no se contenta simplemente con borrar la pizarra, o de clausurar de la mente de los niños, las virtudes clásicas, la revelación cristiana y las bellezas de un universo ordenado por Dios. Bajo la apariencia de una supuesta neutralidad o “racionalidad objetiva”, inculca tácitamente su propio credo de secularismo liberal, positivista y tecnocrático, un credo que es mucho más coercitivo, peyorativo, dogmático y de hecho supersticioso. Por lo tanto, el problema de hoy, como Esolen se esfuerza en demostrar, no es tanto que se les ofrezca a los niños la opción perversa de rechazar una herencia que sea realmente mejor para ellos; sino que está siendo sistemáticamente socavada la negación de la posibilidad misma de elegir aquello que los hará verdaderamente felices.
Junto al blog De libros, padres e hijos, este libro de Esolen es, definitivamente, una herramienta valiosa y en muchos casos necesaria, para la difícil y peligrosa tarea que tienen los padres de educar a sus hijos en el sombrío mundo contemporáneo.