por el Padre Ducadelia
Cuando el Señor vuelva de la boda debe encontrar a todos sus siervos despiertos y atentos para recibirlo. Y al encargado debe sorprenderlo también administrando las raciones a los que le han sido encomendados. Aunque el acento de la parábola recaiga sobre la espera de los fieles en general y de los pastores en particular, puede atenderse a que todos ellos deben permanecer en la casa de su Señor. “Que nadie abandone la era antes de la cosecha con la excusa de que le es imposible aguantar a los pecadores. No lo haga, no sea que al encontrarse fuera de la era, lo recojan los pájaros antes de llegar al granero” -conminaba San Agustín-.
Los interrogantes de Wanderer para el futuro (“comunidades” organizadas por los católicos laicos en torno a sacerdotes fieles, y desligadas del obispo”) me dejaron un gusto amargo. Una iglesia sin obispos o donde éstos son alguien abstracto que necesito más como título de legitimidad que como testigo, sacerdote y gobernante… ¿es esto aún Iglesia católica?
Esos sacerdotes fieles junto a sus feligreses... La experiencia muestra que estos grupos tienen una gran tendencia a degenerar tanto en idolatría de un cura carismático como en privatización del sacerdocio en favor de una condesa adinerada o un grupo selecto. Y tanto en un caso como en el otro se afirma progresivamente el espíritu de capillismo que Lewis sufrió en el protestantismo y tan bien describe en las Cartas del diablo.
Sin embargo que esta nueva situación tenga sus riesgos no la condena en sí y del peligro no puede concluirse necesidad. Podría atribuir esta precaución al espíritu de Hildebrando velando por la libertad de su Iglesia. Pero es mucho más cercano a nosotros el populismo peronista que también es causa suficiente de esta reacción. Busquemos si no hay algún principio que la justifique entonces.
Comunidades de fieles que no se unan en un obispo que a su vez busque constantemente estar unido a una comunión de obispos que guardan el depósito que Cristo les encomendó carecen de la universalidad de la vocación cristiana, comienzan a dejar de ser católicas en el sentido propio del término. La Iglesia es pública por su misma naturaleza, no encontró lugar en la legislación romana justamente porque siempre rehusó colocarse entre las asambleas cultuales privadas. Entiendo que no se niega esto y que se plantea algo similar a lo que sucedió con las persecuciones del Imperio. Pero no es igual: los cristianos y sacerdotes dispersos por la ciudad tenían una unidad visible y era su obispo. Del mismo modo que daba unidad a la región el gobernador, así también el sucesor de los apóstoles la expresaba y la realizaba en cuanto al orden sobrenatural.
No hay que perder de vista que Jesús viene a formar un pueblo sacerdotal, ser salvado es empezar a ser miembros de Cristo, hijos en el Hijo. ¿Por qué puedo considerarme liberado de mis pecados y con capacidad de obrar justicia? Porque estoy unido al Señor que me hace uno con Él por medio del don del Espíritu. Don y gracia que se me comunica en la recepción del Bautismo y en la participación a la Eucaristía.
Es acertado centrar en la celebración de la Eucaristía la pervivencia de la Iglesia. Por el don de la fe en ella nos hacemos uno en el Señor y recibimos su vida. Pero esa Eucaristía al igual que todos los sacramentos no pueden ser celebrados al margen del obispo, porque no pueden ser celebrados sin el Señor.
Que el desproporcionado desarrollo de las ciudades y el crecimiento de las diócesis haya centrado la vida cristiana alrededor de las parroquias no puede dejar en el olvido que la sagrada liturgia es la celebración del todo el pueblo fiel, presidido por su obispo y acompañando por su presbiterio.
Una Iglesia sin obispo es una Iglesia sin sacerdocio y por ende sin sacramentos. El obispo comunica el orden sagrado que ha recibido y sigue siendo siempre la fuente de ese orden que ha conferido. Un sacerdote desvinculado del obispo comienza a desvincularse de la autoridad de Cristo. Empieza a no entrar por la puerta al corral de las ovejas.
¿Pero si el obispo se separa de Cristo? ¿Si no es fiel al depósito? Entonces el fiel debe resistir sus errores pero hay que tener cuidado en no precipitarse a declarar su dimisión. También San Agustín tuvo que combatir contra aquéllos que declaraban nulos los sacramentos administrados por un ministro pecador. Es Jesucristo el que bautiza y es Jesucristo el que preside, si bien no es el Señor el que yerra o traiciona sino este o aquel ministro. El obispo sigue enseñando, santificando y gobernando en nombre de Jesucristo a pesar de sus ambivalencias y pecados.
¿El sucesor de los apóstoles no puede perder su autoridad? ¿No puede ser destituido? Sí puede, concilios regionales han depuesto obispos por herejía y por otras razones. Pero son los otros obispos que en virtud de la comunión en la fe y reclamando la sucesión apostólica juzgan a su par. Y cuando el que fue demitido gobernaba una sede principal, Antioquía por ejemplo, debieron también pedir la aprobación de Roma, sede primera.
La fidelidad al depósito debe ser también fidelidad a los que el Señor lo encomendó. Lo que es más fácil con pastores santos y prudentes y se dificulta mucho con los necios e interesados. No puede prescindirse de ellos porque son enviados por Jesucristo que fue enviado por el Padre. No recibir a Pedro con su acento norteño y todo es no recibir a Jesucristo. Hay que tomar el fruto -decía el obispo africano- y cuidarse de las espinas.
Sí, creo que frente a los tiempos tormentosos que vivimos debemos tener una tenaz esperanza. Dios está con nosotros y Dios vuelve, a pesar de que las olas arrecien contra la nave y el mismo Pedro parezca hundirse en el lago. Lo que enseñaba San Agustín (otra vez y de nuevo a mi modo) huir de los lobos con pieles de oveja, aprovechar y soportar a los mercenarios, seguir y pedir nos sean dados buenos pastores. Pero el que pastorea es el Señor.








